
A PROPÓSITO DE 'LOS ÁRBOLES Y EL BOSQUE'
A todos nos habrá conmovido, al menos a Zalabardo y a mí sí, el acto en que Óscar Tulio Lozano, rehén recién liberado tras permanecer ocho años cautivo de las FARC colombianas, pedía disculpas por su incoherencia expresiva, producida por "la falta de uso de la palabra" durante tanto tiempo. Pensaríamos que una persona que pasase largo tiempo sin poder hablar explotaría en cuanto que tuviera posibilidad de hacerlo. Este hombre, por contra, titubea y se excusa por sus posibles fallos. Gran lección para tantos otros, entre los que me incluyo, que, aun sin haber tenido tales trabas, no acertamos a guardar silencio alguna que otra vez y nos damos a la verborrea sin medida. Y pasa lo que pasa.
La lectura de esta información me ha llevado, tras larga meditación y analizarlo seriamente con Zalabardo, a contestar al comentario que un compañero, también él jubilado, Antonio Huertas, hace al apunte de esta agenda titulado Los árboles y el bosque. Y es que sabéis que ya dije que no acostumbro a responder a los comentarios que esta agenda provoque por una razón de principio: que del mismo modo que yo soy libre para escribir de cualquier tema, toda persona que me lea tiene la misma libertad para opinar o disentir de lo que escribo, pues nunca pretenderé ser depositario exclusivo de la verdad y la razón; a eso añado otra norma: procurar no herir nunca a nadie con lo que digo, o, al menos, no hacerlo conscientemente. De todas formas, siempre ronda el peligro de caer en el error.
Pero resulta que, esta vez, no creo que haya lugar a la acusación que me lanza Huertas de haber descalificado a alguien; por ello, precisamente, es por lo que estimo que debo responder, para que no se interprete mi silencio como aceptación. Trataré de justificarlo. Cuando alguien expone sus ideas por escrito debe saber que se enfrenta por lo menos a cuatro niveles: el de lo que quiere decir, el de lo que realmente dice, el de cómo lo dice y el de lo que los demás interpretan que dice. Por si esto no fuese ya de por sí complejo, el lector se ha de enfrentar a otros tres, por lo menos, niveles de lectura: el de la lectura recta (el lector interpreta rectamente lo que el autor ha querido decir), el de la lectura entre líneas (el lector repone aquello que el autor pudiera haber callado porque lo da por supuesto) y el de la lectura sesgada (el lector pretende que el autor del texto dice algo que realmente no ha querido decir). Excluyo, de forma totalmente consciente, el de la incapacidad para interpretar un escrito, que, en este caso, sobra. Y no me meto aquí en la cuestión sobre de quién es la culpa cuando no se produce el recto entendimiento entre autor y lector porque eso nos metería en serios berenjenales.
Me he vuelto a leer detenidamente el apunte de marras (pues ya lo hago antes cuando lo escribo) y, sinceramente, no creo encontrar nada que pueda ser descalificador para nadie. Esa es la razón por la que concluyo en que Antonio Huertas debe haberlo leído sesgadamente y halla en él algo que yo no he pretendido. Veamos: que Aquilino Melgar y yo pensamos de diferente manera, y que nos lo hemos dicho de modo claro y educado, es una verdad objetiva e inobjetable, lo que no es malo para ninguno de los dos. Que él llevaba un tiempo trabajando mucho más en los despachos que en las aulas tampoco creo que se pueda discutir ni significa más que lo que quiere decir. Que él analiza el estado de la educación más con ojos de persona de partido que con interés meramente pedagógico es, por supuesto, una interpretación mía, ante la que solo caben dos cosas: que yo esté errado o que no lo esté y, en ninguna de las dos opciones mi opinión debe tomarse como descalificación. Que él ocupe un cargo elevado en la administración educativa es, ni más ni menos, consecuencia de los méritos que ha venido acumulando; pero también es algo que desde hace tiempo venía buscando; ¿es eso malo? ¿Se puede criticar a alguien por aspirar a algo? Yo mismo, Huertas lo dice, pretendí ser director (por cierto, una vez solo, no múltiples como afirma) y, al ser derrotado mi proyecto, me olvidé de intentarlo nuevamente. Aunque fuese por eso de no tropezar dos veces en la misma piedra. ¿O es que él, el propio Huertas, no ha tenido aspiraciones, e incluso a algo más que a una modesta dirección de instituto, sin que ello pueda suponer desdoro? Lo que no se puede evitar es que haya por ahí quienes (y Antonio Huertas tiene que estar de acuerdo conmigo) parece que arrastran durante toda su vida el desencanto, si no resquemor, provocado por cualquier frustrada aspiración.
Por tanto, repito, no creo que haya descalificación ni ofensa en mi apunte, salvo que se considere incorrecta la forma en que lo dije (tercero de los niveles que enumero arriba); si es eso, de verdad que no alcanzo a verlo; utilizo el tono desenfadado que intento emplear en toda la agenda. En cualquier caso, quede claro que nunca en mi ánimo hubo intención de descalificar. ¿O tal vez lo que molesta es que yo pueda declarar mi estima, por su valía, hacia una persona de la que se supone que estoy bastante separado en el ámbito de las ideas (que a lo mejor no lo estoy tanto)? Le pido, pues, a Antonio que vuelva a leerse el apunte y lo interprete con el sentido que yo quiero darles a mis palabras. Y, por supuesto, que sepa que nunca me he puesto ni pretendo ponerme (sería presuntuoso y fatuo) como ejemplo de nada ni para nadie. Quede eso para otros.
Como final, quiero referirme a dos aspectos de su comentario que no sé si interpreto bien. El primero: por muy jubilado que uno esté, estoy convencido de que nunca se pierde la condición de profesor; ¿o él ya la ha perdido? El segundo: por muy jubilado que uno esté, la libertad de tener opiniones y emitir juicios, respetuosos (aunque críticos) con las personas, sus opiniones y sus juicios, no nos la podrá quitar nadie.