Sabido es ―y, si no, lo aclaro para quien dude― que Zalabardo no es exactamente un personaje apócrifo, supuesto. Aunque pueda extrañar, le concedo más entidad que a otras personas que andan por la calle. Tampoco es un heterónimo, un nombre tras el que me oculte para escribir estos apuntes, puesto que en todo momento asumo la responsabilidad de lo que aquí escribo. Para mí, Zalabardo es como un desahogo y un freno, un espejo en el que me miro para procurar cometer los menos errores posibles. Si en algún momento me siento indignado, me pongo ante ese espejo. Desde su atalaya, Zalabardo me pide comedimiento, porque mi amigo es discreto y tiene los nervios más templados que yo. Es, diría, una especie de yo reflexivo, como si fuese mi terapeuta.
Hoy
le he planteado hasta qué punto las redes sociales son buenas ―que yo creo que
lo son― y hasta qué punto florecen los imprudentes, o los ignorantes ―o los
imprudentes ignorantes― que se mueven por ellas sin control y sin conocimiento
de lo malo que en ellas pudiera haber. Porque un mal uso de las redes puede dañar.
Por suerte, la mayoría de las veces son daños nimios y los dejamos pasar sin
darles importancia. Pero siempre acecha el peligro de que ese mal uso origine
conflictos de mayor entidad. Sobre todo, si quien transita por estas redes no
es capaz de discernir qué consecuencias puede tener lo que en ellas vuelca.
Dice Yuval Noah Harari en Nexus. Una breve historia de las redes
de información desde la Edad de Piedra hasta la IA: «Para que [las
redes] ejerzan nuestra voluntad, primero hemos de comprender qué son y qué
pueden hacer las nuevas tecnologías. Esta es una responsabilidad apremiante de
todo ciudadano».
Zalabardo,
desde ese espejo imaginario, adivina que algo me enfada. Así que le cuento mi
caso, relacionado precisamente con esa falta de responsabilidad, ese
desconocimiento. Porque la mayor parte de los ciudadanos que nos servimos de las
redes somos auténticos analfabetos. Y así pasa lo que pasa. Me entero
casualmente de que un mensaje que envío por wásap a un amigo ha sido difundido
por su receptor sin mi conocimiento. Esa difusión irresponsable no causa nada
grave; ni siquiera se puede hablar de que haya habido daño para nadie, pues es
un mensaje «blanco». No obstante, ha hecho que alguien se sienta afectado y me
utilice como argumento para apoyar su queja.
¿Mi primera reacción? Pensar que no puedo considerar fiable
y discreta a la persona a la que envié mi mensaje porque se ha manifestado
incapaz de mantener la confidencia de una conversación privada. La segunda, que
es aconsejable participar lo menos posible en redes grupales porque nunca se
sabe qué cosas van a ser mal interpretadas o mal utilizadas por otros. Y la
tercera, que igual que la mano necesita ser educada para escribir con
corrección, nuestra mente ha de ser educada ―la responsabilidad de que habla Harari―
para moverse en las redes de manera correcta.
El
Diccionario de Autoridades, (1726-1739) recoge la expresión irse
de boca con el siguiente significado: ‘Se dice del sujeto que no se
detiene ni repara en decir’, o sea, lo que podríamos llamar un lenguaraz.
Y la asimila a la sentencia latina que dice: Quidquid in bucam venit
evomere, affutire, que vendría a valer como ‘Decir lo primero que se le
viene a uno a la boca, hablar sin parar y sin reflexionar’. ¡Y cuánta gente
pulula en las redes sociales yéndose de boca, no reflexionando lo
que descargan en ellas!
El rico refranero español posee uno que tal vez cuadre mejor para esta ocasión: Por la boca muere el pez. Metáfora de origen marinero. Un pez puede ir nadando tranquilamente y observar una apetitosa gamba o una no menos deliciosa lombriz sin apercibirse del riesgo que se esconde tras la gamba y la lombriz, el anzuelo que supone su captura y su muerte.
Llevado
al ámbito humano, se utiliza para avisar de que es un peligro abrir demasiado
la boca, hablar más de la cuenta sin discurrir. A quien habla sin medir las
consecuencias de sus palabras se le llama también bocazas. El Centro
Virtual Cervantes, en su Refranero multilingüe, lo recoge diciendo
que hay que relacionarlo con la discreción ―o con su falta― y afirma que avisa sobre
lo peligroso que puede ser hablar de forma desconsiderada. Y esto es algo que
hay que cuidar mucho en las redes si no se quiere ser responsable de conflictos
que muy fácilmente se podrían evitar.
Como
este vicio no es exclusivo de nuestro país, la página del CVC enumera
refranes semejantes que se utilizan en otras lenguas. Los franceses dicen que Demasiado
rascar escuece, pero demasiado hablar hiere. En Grecia, cuna de la
tragedia, encontramos Un hombre charlatán se precipita en un abismo de
males. Para los ingleses, tan comedidos y estirados, La lengua
habla a expensas de la cabeza. Los polacos recurren a la ética y creen
que Callar es la virtud de las virtudes. Y los rusos se expresan
de forma lapidaria: Mi lengua es mi enemigo.


























