sábado, mayo 23, 2026

CUANDO PEDIR NO ES VICIO

He estado por llamar a este apunte Derechos y obligaciones; y también, En favor de la escuela pública. Pero recordé que hay un refrán, bastante antiguo y sin origen documentado conocido, que dice: Ante el vicio de pedir, la virtud de no dar, forma correcta según el Centro Virtual Cervantes, pese a que la más extendida suele emplear contra en lugar de ante.

            En Instituto Cervantes se limita a decir simplemente que es una fórmula para rechazar una petición. En otros lugares, en cambio, se amplía la explicación y se afirma que su significado va referido a cuando una petición se considera desproporcionada e incluso fuera de lugar. En cualquier caso ―le digo a Zalabardo― da igual, pues lo que importa saber es que el refrán, justificado o no, alude a la actitud de negar una petición que se hace.

            Obedece esta introducción a que hablamos Zalabardo y yo de los movimientos reivindicativos que los funcionarios docentes de varias comunidades están llevando a cabo estos días. ¿Qué es lo que piden estos docentes? Piden más atención a sus condiciones laborales, una reducción del número de alumnos por aula, una más adecuada dotación de medios. En suma, todo aquello que haga posible una educación de mayor calidad, para lo que se requiere más atención a la escuela pública y que no se deriven las partidas económicas necesarias hacia la escuela privada. Sin embargo, a buena parte de la ciudadanía, lo primero que le suena es que estos profesores reclaman un aumento de sus retribuciones.

            El problema no es cosa de hoy ni hay que culpar a este o aquel partido, ya que, en España, casi desde el principio de los tiempos, todos vienen desatendiendo la escuela pública. Qué refleja, si no, este otro viejo refrán que habla de pasar más hambre que un maestro de escuela. La razón hay que buscarla en que, durante el siglo XIX y principios del XX, la financiación de la enseñanza estaba en manos de los municipios y era muy frecuente que estos pagasen poco, mal y tarde, con lo que se condenaba al maestro a una vida precaria, cercana en muchos casos a la mendicidad. Tendría que llegar el año 1901 para que se dictase un Real Decreto que obligaba al Estado a hacerse cargo del sueldo de los maestros, por lo que se fijaba una partida en los presupuestos del Estado destinada a tal fin.


           En la Constitución de 1978 queda reconocido el derecho que todos tienen a una educación digna y la obligación del Estado a proporcionarla. También se reconoce el derecho que asiste a particulares a crear centros privados y el derecho de los padres a la libre elección de centro. A esto obedece lo de Derechos y obligaciones. Sin embargo, el problema surge cuando el Estado se encuentra con que no dispone de medios suficientes ni de centros para atender a toda la población que hay que escolarizar. Por esa razón, un Gobierno socialista, presidido por Felipe González, firma en 1985 un sistema de conciertos educativos por los que el Estado se comprometía a cofinanciar centros privados que aceptasen impartir los niveles de la enseñanza gratuita. Con el tiempo, el sistema se anquilosaría y fondos que deberían dedicarse a la creación y sostenimiento de los centros públicos siguen yendo a parar a centros privados. Eso explica la tercera opción de título: En favor de la escuela pública.

            Trato de explicarle a Zalabardo que una situación que tuvo sentido en un tiempo y bajo unas condiciones precisas debería estar ya superada. Han pasado 40 años y el Estado sigue derivando hacia centros de enseñanza privados ―que al fin y al cabo son un negocio de sus promotores― fondos que deberían destinarse a la mejora de los centros públicos. Nada ni nadie se opone a que haya centros privados; nada ni nadie se opone a que las familias tengan libertad de elección de centro. Son derechos reconocidos y defendidos por la Constitución. Pero la obligación del Estado va referida al sostenimiento de los centros públicos. Quien renuncie a la educación que el Estado le proporciona de manera gratuita debiera pagar de su bolsillo la que elija en su lugar. Exactamente igual que pasa con la sanidad. Quien rechaza la que el Estado concede se paga un seguro médico privado.


            Por todo lo anterior ―le digo a mi amigo― no es justo decir que los docentes que piden mejoras en la enseñanza pública piden por vicio, aunque se les responda con negativas. Sus demandas no son otra cosa que la exigencia de que se cumpla cuanto viene reflejado en la Constitución. Entre ello, una remuneración acorde al trabajo que realizan. ¿Por qué un docente no va a reclamar su derecho a un mejor sueldo? En este asunto de la retribución de los profesores, sería conveniente que la sociedad sepa que los docentes españoles no se encuentran entre los mejor pagados de los países europeos. Si miramos solo los sueldos de un profesor de primaria ―tomo los datos de un informe de UGT de 2025―, veremos que, para alcanzar el nivel máximo, unos 48.000 € anuales, en España se requieren treinta y nueve años de servicio, mientras que en otros países se logra ese nivel con solo veinte años de servicio. Frente a esto, el sueldo máximo de un profesor de primaria en Austria está en torno a los 73.000 €; Alemania, 90.000 €; y en Luxemburgo, 120.000 €. A esto habría que añadir el agravio comparativo que supone que, en España, el sueldo de los docentes puede presentar una diferencia de hasta 600 € mensuales según las distintas Comunidades.

            El resumen de todo lo expuesto es que estos profesores que muestran su descontento no piden por vicio y el no dar de las autoridades educativas de ninguna manera puede llamarse virtud, sino pura racanería y, en no pocos casos, descarado clientelismo que favorece a empresas privadas frente a las necesidades públicas. 

sábado, mayo 16, 2026

VERBA VOLANT

 

Zalabardo sabe ―me conoce desde hace mucho tiempo― que una de mis primeras actividades al comenzar el día es leer la prensa. Hoy me encuentro con un artículo del novelista y periodista argentino Martín Caparrós que se inicia con una frase que casi podría considerarse una perogrullada: «Las palabras cambian». Pero no es ninguna obviedad ni desliz, ya que a renglón seguido añade: «No por ninguna perfidia particular; lo hacen porque todo cambia. Mal que les pese a los que nos amenazan con dioses, reyes, leyes invariables, tradiciones eternas, todo cambia».

            Nuestra capacidad de lenguaje se manifiesta de dos formas diferentes, aunque complementarias: la oralidad y la escritura. Puede haber quien conceda más valor a la palabra escrita que a la oral por la mera razón de que la oralidad parece agotarse en el mismo instante de producirse mientras que la escritura es un modo de conservación y recordamiento de lo dicho. No en vano nuestro rico refranero nos ofrece muestras variadas sobre este punto: Palabras y plumas, el viento se las lleva; Callen barbas y hablen cartas; Palabras y hojas secas, el viento se las lleva. El primero se nos conserva en el lenguaje oral como Las palabras se las lleva el viento. Y el tercero nos hace recordar unos versos de Espronceda: Hojas del árbol caídas / juguetes del viento son.


            Todas estas expresiones proceden, muy posiblemente, de una sentencia latina, verba volant, scripta manent, si es que no hay por ahí algún dicho anterior. Las palabras vuelan, los escritos permanecen. Por eso tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de dar nuestra palabra para no caer en aquel otro dicho que mantiene que por la boca muere el pez. A partir de este domingo tendremos ocasión de ver cuántas palabras pronunciadas por quienes nos piden el voto no se convierten en hojas volanderas arrastradas por el viento. Pero para su vergüenza, si fuese preciso, ahí están recogidas, conservadas en forma escrita. Es algo que le debemos al progreso, ya que la escritura pertenece a un estado posterior.

            Regresando a Martín Caparrós, las palabras cambian y así ha sido siempre. En su artículo nos hace partícipes de su sorpresa porque, escribe, acaba de descubrir que se le ha cambiado una, dependencia, por lo que, cuando ahora la oye, se da cuenta de que debe entender algo diferente a lo que en otra época entendía. Le digo a Zalabardo que a mí, más que las palabras que cambian, me preocupan aquellas que se pierden porque, consecuencia del imparable cambio, se pierde la realidad que una palabra designaba. Eso ocurre, le pongo solo dos ejemplos a mi amigo, con faltriquera ―aquella antigua bolsa que se llevaba bajo el delantal― o con parva ―cuya necesidad desapareció con la presencia de las modernas cosechadoras―.

            Pero más que preocuparme, me acongojan las palabras extraviadas, aquellas cuyo olvido hay que catalogar como síntoma de un mal que padece quien no acierta a encontrarlas cuando las necesita. Un buen amigo ―redundancia, pues si es amigo ha de ser bueno― me contaba que, sin que nadie le haya dado razón que explique lo que le sucede, el momento en que no es capaz de pronunciar, y ni siquiera de recordar la existencia de la palabra faisán denuncia la aparición de un mal transitorio que sufre.

 


           Le cuento a Zalabardo que he pasado unos maravillosos días en Portugal con este amigo. Creo que las dos parejas hemos vivido esos días con la relajación que las personas de nuestra edad ya nos merecemos. Y hemos gozado de la buena acogida que nos han dispensado personas con quienes hemos hablado amigablemente: Caterina en Mértola; Ariel, cubano asentado hace mucho en el país, en Almodóvar; un camarero de O Alentejano de Serpa, que, siendo seguidor fiel del Sporting Clube, trabaja en un restaurante que parece templo de adoración del Benfica. Y hemos hablado, también en Almodóvar, con Rui Cortes, arqueólogo que nos enseñó el Museu da Escrita do Sudoeste y tuvo la amabilidad de regalarnos un ejemplar del libro que recoge la historia y el contenido del Museu.

            Y de este museo es de lo que quiero hablar a Zalabardo. Es un admirable museo que recoge una rica colección de ―especialmente― estelas de piedra que dan cuenta de las más antiguas muestras de la escritura en la Península Ibérica. La mayoría se corresponde al periodo comprendido entre los siglos VII al V a. C. Recorriendo sus salas, descubrimos que aunque no sepamos cómo hablaban los habitantes de esta parte del mundo, las viejas piedras de esquisto ―cuya no excesiva dureza permite grabar fácilmente en su superficie―conservan la forma escrita de la lengua en que se entendían. Y esas palabras no se las lleva el viento.


            Interesante es el llamado Signário de Espanca, curiosa muestra que nos presenta en dos líneas el alfabeto utilizado, con claras muestras de estar inspirado en el fenicio. La primera línea, que refleja un trazo firme y regular de los signos, debe pertenecer al maestro que enseñaba a su discípulo el arte de la escritura, pues la segunda línea reproduce, imitándolos, los trazos de la línea superior, aunque mostrando una mano más torpe.

            Y también es interesante la que parece ser muestra capital del Museu, la llamada estela de Abóboda, que debió pertenecer a la tumba de un guerrero, ya que presenta la imagen de un soldado con su lanza y su escudo, enmarcado por el texto que debería dar cuenta que quién es. No lo conocemos ni qué se dice de él. Pero hasta que alguien descifre el significado de ese texto, allí permanecerán unas palabras que el viento no arrastrará. El catálogo del Museu recoge unas palabras de Jean-Marie Gustave Le Clézio, premio Nobel de Literatura en 2008: «La escritura es la única forma perfecta del tiempo». En otro lugar, Clézio dejó dicho: «La escritura no es un mero ejercicio estético, sino un medio de rescatar la memoria». El Museu da Escrita do Sodoeste de Almadóvar es un monumento a la memoria.

sábado, mayo 09, 2026

LECTURAS PARA NIÑOS

 

Leíamos hace unos días un artículo de Sergio del Molino titulado Platero, los pedagogos y yo. Le comento a Zalabardo que me satisface encontrar en estos tiempos alguien que defiende una tesis que defendí con fuerza ―aunque con no mucho éxito― cuando me encontraba ya próximo a la jubilación como profesor: que es un error adaptar para preadolescentes lecturas que un preadolescente es capaz de entender sin que se las mutilen de ninguna forma. Eran mis últimos años como profesor y empezaba a encontrarme con Lazarillos adaptados para niños, con Quijotes expurgados, con cuentos reescritos para no herir sensibilidades, con libros especialmente escritos con el objetivo de «educar en valores» y barbaridades de ese tipo. ¿Acaso ―me decía― no se aprenden valores leyendo Oliver Twist, de Charles Dickens, por ejemplo? Pensaba entonces ―y sigo pensando― que es un desatino tal manera de mutilar libros.

            Recuerdo que, a la edad del hijo de Sergio del Molino, entre 10 y 13 años, leía sin problemas La isla del tesoro, de Stevenson; novelas de Verne, como Ivanhoe, de Walter Scott y tantas más. Tenía profesores que me hacían leer fragmentos del Quijote e incluso no olvido que haberme dado a leer el episodio en que la astucia de Ulises libra a él y a sus compañeros del Cíclope despertó años después mi interés por leer la Odisea.


            Muestra primero Sergio del Molino su alegría por que hagan leer a su hijo de 13 años Platero y yo. Pero esa alegría se desvanece al observar que ponen en sus manos una edición «adaptada para niños». ¿Cómo entender la incoherencia de adaptar para niños un libro en el que, nada más abrirlo, leemos «Advertencia a los mayores que lean este libro para niños»? Y se pregunta, con razón, qué clase de pedagogos son los que consideran que un niño de 2026 debe ser más tonto y tener déficits de comprensión lectora que no tenía un niño de 1914, año en que se publicó el libro de Juan Ramón.

            Le digo a Zalabardo que Sergio del Molino, novelista, periodista, premio Alfaguara y premio Espasa, a quien casi doblo en edad, piensa como yo que los niños de aquellos años no éramos más listos que los de ahora y si ―acaso, pues no puedo asegurar que sea así― teníamos una superior capacidad lectora tal vez se debiese a que no nos hacían leer versiones resumidas, asépticas, paternalistas, profilácticas, inanes ―son adjetivos utilizados por este novelista― sino versiones íntegras.

            Qué razón tiene este hombre al afirmar que a los niños como su hijo hay que orientarlos para que se dejen seducir por los misterios del lenguaje, para que gocen con aquello que, tal vez, no logren comprender al primer vistazo, pues ya irán comprendiendo con el tiempo lo que se les pueda escapar en la primera lectura. ¿Comprendíamos mis compañeros y yo en toda su plenitud lo que leíamos? Por supuesto que no. Pero episodios en que el ciego, tras darle a Lázaro la cruel trompada en la cabeza contra el toro de piedra del puente le dice: «Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo», nos enseñaba que hay que espabilar porque según vayamos creciendo habremos de encararnos a muchas dificultades. Y cuando leíamos el episodio en que los galeotes liberados por don Quijote lo dejan maltrecho en mitad de un camino, adquiríamos conciencia de que, aunque la vida nos muestre muchos casos en que un favor desinteresado se ve correspondido con un vil desagradecimiento, la solidaridad sigue siendo una virtud que hay que cultivar.

 


           No sabría decir exactamente a qué edad leí Platero y yo. Quizá fuese durante el tercer curso del bachillerato elemental de entonces, con 13 años. El profesor de Francés ―en eso baso mi recuerdo― nos propuso mantener correspondencia con estudiantes franceses de nuestra edad. Mantuve durante un tiempo un intercambio epistolar con una alumna francesa cuyo nombre no recuerdo, aunque por algún lado debo conservar una foto suya. Y en varias de esas cartas, recuerdo, tuve la osadía de enviarle la traducción que, en un pésimo francés, hice de algunos capítulos del libro de Juan Ramón Jiménez, que leía por aquellos días.

            Tampoco recuerdo qué edición es la que utilicé para mi primera lectura. Si la edición de 1914, con solo 63 capítulos, o la de 1917, la versión definitiva, ya con 138 capítulos. La Lectura hizo una edición que iba acompañada de un Prologuillo en el que decía; «Suele creerse que yo escribí Platero y yo para los niños […] Yo nunca he escrito ni escribiré para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones». Más tarde desapareció este prologuillo y apareció el que todavía vemos hoy como «Advertencia los hombres que lean este libro para niños». Y en un texto inédito preparado para otra edición, leemos: «Yo creía y creo que a los niños no hay que darles disparates para interesarles y emocionarles, sino historias de seres y cosas reales tratados con sentimiento profundo, sencillo y claro. […] No es, pues, Platero, como tanto se ha dicho, un libro escrito sino escojido para los niños».

 


           Aclarado todo esto, le comento y muestro a mi amigo las ediciones que poseo de Platero y yo. No conservo la primera que leí, pero sí dos ejemplares facsimilares de la de 1914, con ilustraciones de Fernando Marco; una, realizada por la Asociación de Libreros Españoles en 1973 y otra, por La Despensa de Palacio, fábrica de mantecados de Estepa, en 2014, con motivo del centenario. También tengo una edición facsimilar de la editada en Paris, en 1950, por la Librairie de Éditions Espagnoles, con ilustraciones de Bartolomé Lobo. Otra de Aguilar, de 1958, con ilustraciones de Rafael Álvarez Ortega. Y tengo la de Cátedra, así como una que publicó Castalia en 2014 con ilustraciones de Kabe Solas, que si se puede considerar para niños es solo por el colorido de las ilustraciones.

sábado, mayo 02, 2026

A DOS CARAS (COMO LOS HOMBRES MALOS)

Aunque no se pase de ser, como yo, jugador mediano, cualquiera que haya participado en una partida de dominó ―también llamado por muchos dómino― habrá oído alguna vez la expresión salir a dos caras, como los hombres malos. En este juego, en la primera ronda de la partida es obligado salir con el seis doble y aunque ya en las siguientes hay libertad para salir con cualquier ficha, lo más frecuente es comenzar con una doble ―aquella que presenta cinco/cinco, dos/dos, etc.― Quizá sea porque, en ocasiones, una ficha doble es más complicada para ser colocada. No obstante, no es raro que un jugador, por cualquier motivo, salga con otra ficha, seis/uno, cuatro/cero o cualquiera que presente un número diferente en cada uno de sus lados. A eso se le llama salir a dos caras.

            Conversamos Zalabardo y yo sobre cómo muchas expresiones, no ya de los juegos, sino de otras muchas actividades, pasan al lenguaje diario. Por ejemplo, esta de la que hablamos. Salir, o actuar a dos caras es hacerlo de forma que despista al interlocutor haciéndole creer una cosa que pudiera ser diferente a lo que luego se realice. En el dominó, salir a dos caras suele ser una manera de despistar al contrario sobre cuál es el juego que se persigue; lo que sucede es que, siendo lo usual que se juegue por parejas, este proceder puede despistar al propio compañero.

            El añadido como los hombres malos ya me resulta más difícil de explicar a mi amigo. Hay quien dice que se refiere solamente al mero hecho de engañar. Otros, en cambio, dice que el origen hay que buscarlo en el dios Jano, el bifronte, que tenía dos caras, una que mira hacia el pasado y otra que mira hacia el futuro. Y si tanto pasado como futuro carecen de valor, porque uno ya no es y el otro no es aún, ocuparse de ellos y no del presente, que es lo único cierto, puede interpretarse como engaño e hipocresía.

            Y ya que hablamos de engaño, ¿qué decir de ir de o echarse un farol? El farol, primero en el póquer y luego en el resto de los juegos consiste en lanzar una apuesta fuerte con un juego débil con la intención de impresionar, deslumbrar, al resto de jugadores, que piensan que quien tanto se juega se siente amparado por las buenas cartas que tiene en la mano. En la vida diaria, ir de farol es fingir una situación muy por encima de las expectativas de que se dispone para intimidar o asustar a un oponente.

            Otro envite fuerte es el órdago, palaba de origen vasco, hor dago, que significa ‘ahí está’. Lanzar un órdago, en el juego del mus, es apostar todo en una sola mano, a veces fiándolo todo a una carta, con la idea de que tal acción puede suponer ganar todos los tantos y, con ello, finalizar la partida. El órdago supone un riesgo porque, a veces, la jugada sale mal y el resultado es diferente al esperado. Fuera de este contexto, lanzar un órdago es adoptar una firme y privilegiada, en un negocio o en cualquier otro asunto, para hacer creer a la otra parte que quien así procede tiene en su mano todos los recursos para salir vencedor en el litigio de que se trate.


            Le digo a Zalabardo que hemos repasado expresiones que, en cierto modo, suponen engaño o estrategia para simular superioridad, pero no todas las expresiones nacidas de los juegos se relacionan necesariamente con el engaño. Por ejemplo, cantar las cuarenta. En el tute, el jugador que consigue unir el caballo y el rey del palo que marca el triunfo se anota cuarenta puntos, lo máximo posible. Se habla de cantar porque el jugador que logre esa pareja debe declarar en voz alta, cantar, que la tiene una vez logre ganar una baza. De ahí nace que cuando a alguien se le reprende con severidad o se le hacer ver con claridad cualquier verdad o situación, aunque le pueda resultar incómoda, se diga que se le ha cantado las cuarenta.

            Y queda entre las que comentamos, por el momento y ya que hablamos de cartas, una expresión que puede resultar bastante confusa, en cuanto a su origen, pero que todo el mundo entiende, tener carta blanca. En el Diccionario panhispánico del español jurídico se define la carta blanca como ‘título o despacho de un empleo en que se deja en blanco el nombre del agraciado para poderlo llenar después a favor de quien parezca’. También se dice que la carta blanca es aquella, el comodín, que se puede utilizar con el valor que cada uno prefiera. En un sentido más amplio, se afirma que tiene carta blanca la persona que dispone de ‘absoluta libertad para decidir o actuar sin tener que rendir cuentas a nadie por ello’.

            Zalabardo se echa a reír y no puedo menos que preguntarle qué le provoca esa risa. Me dice que, tras lo que hemos hablado de jerga de los juegos aplicada a la vida diaria, se le ha ocurrido pensar que podría inventarse un juego en el que los participantes tuviesen que adivinar, en nuestro panorama político, quién está jugando a dos caras, quién va de farol, si alguien está en disposición de lanzar un órdago, a quién se le deberían cantar las cuarenta o si existe alguien merecedor de que se le conceda carta blanca. Me río con él y le digo que no es mala idea.

sábado, abril 25, 2026

EL QUILIÓGONO Y LA PRIORIDAD NACIONAL


Me solicita Zalabardo mi opinión sobre la expresión que desde hace unos días está en boca de todos, prioridad nacional, impuesta por Vox en sus acuerdos con el PP y la matización que este segundo partido nos ofrece al decir que, para ellos, no indica discriminación, sino dar preferencia a determinados colectivos. Lo primero que se me ocurre decirle a mi amigo es que yo me pongo en guardia cuando los oigo, porque las palabras no son nunca inocentes. Una profesora de la Universidad de Alcalá, María Dolores Porto, en el libro Así se fabrican las palabras del miedo, escribe: «Las palabras son poderosos instrumentos capaces de conformar la realidad que nos circunda». Y creo que nadie mejor que los políticos ―y los publicistas― saben mejor que nadie y ponen mayor interés en que las palabras se conviertan en argumentos convincentes de lo que pretenden.

            Esto lo vemos cada día cuando dirigentes de primera, segunda o tercera línea nos hablan. Si la OTAN propone un aumento en gastos militares, no hay dudas de que el ciudadano de a pie no interpretará igual que se le hable de una estrategia de rearme o que se le hable de una mejora de la seguridad, aunque tras ambas expresiones lata la misma intención por parte de quienes las pronuncian. Y si partidarios de las políticas antiinmigración del presidente Trump están dispuestos a seguir su descabellada idea, procuran no hablar de plan de deportación, sino que eligen plan de remigración. Pudiera parecer que hay diferencia, pero no la hay.

            No sé si acierto o no, pero pensando en lo que, aparentemente, dicen las palabras y lo que en realidad pensamos cuando las escuchamos, me viene a la memoria el ejemplo que Descartes utilizó para hablar del modo en que conocemos la realidad que nos rodea. El ejemplo del quiliógono le servía para establecer la diferencia entre entender e imaginar. Me gustaría tener al lado a mi amigo Carlos Rodríguez, matemático, o a otro amigo, Juan Ángél de la Calle, filósofo, aunque este último, desgraciadamente, ya falleció. Ellos lo explicarían mejor que yo.


           Un quiliógono es un polígono de mil lados y mil ángulos. Su representación gráfica no difiere de una circunferencia. Decía Descartes que entendemos perfectamente lo que es un triángulo, porque no solo sabemos que es un polígono de tres lados sino que nuestra mente imagina perfectamente esos tres lados y nos permite diferenciarlo, por ejemplo, de un pentágono. Pero en el caso de un quiliógono, nuestro intelecto entiende perfectamente que es un polígono de mil lados, pero lo que imaginamos es solo una forma confusa que no sabremos diferenciar no ya de un miriágono, sino ni siquiera de un polígono de solo novecientos lados.

            Vuelvo entonces a lo que me planteaba mi amigo Zalabardo. La prioridad nacional, tomada así, tal cual plantea Vox el concepto, es algo que mi intelecto entiende, como también entiende lo de no es discriminación, sino dar preferencia. Sé qué se dice con eso. Sin embargo, soy incapaz de imaginar lo que hay detrás de esas palabras ―ninguna de ellas, en este caso, inocentes― porque no logro imaginar una sociedad en la que sea fácil aplicar o negar a sus miembros la condición de nacional. Me cuesta más todavía imaginar el planteamiento del PP porque, en su pretendida justificación, pervierten a conciencia el lenguaje con su falaz intento de hacernos ver la realidad de la forma tergiversada que ellos pretenden.

            ¿Y por qué hablo de perversión y de tergiversación? Porque si acudimos al significado cándido e inofensivo que las palabras tienen al nacer, el que tienen cuando están libres de cargas añadidas, dar preferencia es anteponer, favorecer, privilegiar, distinguir, etc., y discriminar es ‘seleccionar excluyendo’, o sea, marginar, distinguir, etc. Es decir, que, si yo doy preferencia a unos sobre otros, establezco entre ellos ―¿cabe acaso duda?― una distinción, estoy excluyendo, marginando a los otros, por la razón que sea. Y es un principio básico de cualquier sociedad civilizada que no se puede discriminar a nadie en cuestiones tan básicas como la educación, la sanidad, la justicia, el trabajo o la calidad de vida.

            Si mi intelecto me lleva a entender que todos los seres humanos somos iguales, me resulta imposible imaginar cómo se puede hacer diferencia entre unos y otros sin caer en contradicción con lo anteriormente enunciado. Y ante esta aberración de lo que se ha dado en llamar prioridad nacional, deberíamos pararnos un momento a reflexionar sobre la frase que se atribuye a Petrarca: «Te ruego evites ser uno de los que, con obras o con palabras, encienden el fuego de la contienda civil».

sábado, abril 18, 2026

SI VIS PACEM…

Hace unos días, un diputado de Vox protagonizó en el Congreso un desagradable incidente que nunca debería haber tenido lugar. De ello hablamos Zalabardo y yo, y mi amigo me recuerda que también estos días, otro diputado de Vox, este en la Asamblea Regional de Murcia, mostrando un talante antidemocrático, pronunció unas palabras que incitan a rechazar unas leyes concretas «incluso con violencia». Conmueve el ánimo observar cómo día tras día hemos de contemplar cómo este poco halagüeño nivel de crispación que se va imponiendo en la política española. A nadie se le escapa la frecuencia con que se producen esos actos definitorios de la exasperación violenta a la que se entregan algunos de nuestros representantes en las instituciones, sin que sus conductas sean atajadas de una manera firme. Se ha perdido el decoro, se ha perdido la educación, se han perdido las formas.

         Hubo un tiempo en que se podía hablar de cuáles de nuestros representantes eran mejores o peores oradores, de quiénes tenían más o menos acierto a la hora de esgrimir los argumentos en que basaban sus posturas; de que este o aquel otro tenían una lengua más afilada o se servían mejor de la ironía para rebatir a sus oponentes. Es lícito criticar al presidente Sánchez, aunque haya sido el primer dirigente europeo en oponerse con firmeza a la escalada belicista desencadenada por unos mandatarios faltos de ética y humanidad. También es lícito criticar la bisoñez como estadista de Feijóo y reprocharle su tibieza a la hora de condenar lo que cualquier demócrata debe condenar. Eso entra en el enfrentamiento político. Pero rompe todos los moldes la falta de respeto a las instituciones del diputado José María Sánchez, la violencia verbal de Antonio Martínez, el matonismo de Vito Quiles o el gusto de Isabel Díaz Ayuso por el insulto. Avergüenzan comportamientos como el de Ábalos o Cerdán. Esas conductas, provengan del bando de que provengan, desprestigian las instituciones. Tampoco es admisible la prostitución del lenguaje para disimular ideas y conductas que podrían tacharse de irresponsables.

            En 1955, Blas de Otero publicó un libro, Pido la paz y la palabra. En el poema titulado En el principio se quejaba de haber perdido muchas cosas ―tiempo, vida, cuanto creía suyo y resultó ser nada―, pero declara que, al menos, «me queda la palabra», verso que definía todo un estado de ánimo. También eso, el valor de la palabra, se va perdiendo hoy, pues vemos que muchos de los representantes a quienes las urnas concedieron la responsabilidad de dirigir la nave de la nación ―en la mayoría gobernante o en la oposición― nos abochornan cuando con sus palabras ponen más énfasis en el ataque al contrario que en las cuestiones que de verdad importan al país.

            Recuerdo haber leído un texto de Confucio y, cuando lo encuentro, se lo leo a mi amigo. No quiero dejar pasar la ocasión de reproducirlo aquí:

―Si el soberano de Wei os confiara su gobierno, ¿qué es lo primero que haríais?

―Rectificar las palabras.

―¿No estáis dando un rodeo? Rectificar las palabras ¿para qué?

―¡Qué zafio eres! Un hombre superior no habla si no sabe de qué habla. Cuando las palabras no son correctas, el discurso no es coherente. Cuando el discurso no es coherente, los asuntos no pueden tratarse adecuadamente. Si los asuntos no se tratan adecuadamente, las penas y los castigos no se aplican con justicia. Cuando las penas y los castigos no se aplican con justicia, el pueblo no sabe cómo actuar.

            Así estamos ahora los ciudadanos, aturdidos ante lo que sucede. Que este clima de crispación no sea privativo de España, sino que se extienda por todo el mundo, no es consuelo para nadie. Asusta que la violencia verbal se vaya acercando cada día más a la violencia física.


           Me pregunta Zalabardo si creo que estamos llegando a un momento en que se hace preciso recurrir a aquella vieja máxima latina que dice Si vis pacem, para bellum, prepárate para la guerra si quieres tener paz. Le digo que esa antigua expresión ―erróneamente atribuida a Julio César, pues su autor fue un estratega romano del siglo IV, Flavio Vegecio, y su enunciado original Igitur qui desiderat pacem praeparet bellum― no soluciona nada y lo único que consigue es alentar aún más el espíritu de violencia.

            Solo con paz es posible conseguir vivir en paz. Asistimos a un periodo en que guerras sin sentido no generan más que calamidades. Antes que prepararme para el combate, le digo a mi amigo, prefiero acogerme a lo que se lee en una placa del Monumento Pacifista a los Muertos que se levanta en un pueblecito francés de apenas mil habitantes, Saint-Martin-d’Estreaux: «Si quieres la paz, ¡prepárate para la paz! debe ser la fórmula del futuro. Es decir, debemos mejorar el espíritu de las naciones mejorando el de los individuos mediante una educación sólida y ampliamente difundida. La gente debe leer y, sobre todo, comprender el valor de lo que lee».

            La pena es que muchos de nuestros diputados y senadores, así como todos los tiranos que hay en el mundo, posiblemente no hayan leído a Blas de Otero ni a Confucio y ni siquiera conozcan la existencia de ese monumento del pueblo alpino francés.

sábado, abril 11, 2026

PAREJAS CONFLICTIVAS

Me dice Zalabardo que algunas veces le surgen dudas leyendo u oyendo ciertas informaciones. Por ejemplo, no tiene claro si es lo mismo deflagración que explosión. Le aclaro que hay diferencias notables. Deflagración es la ‘acción de arder algo de manera súbita, sin explosión’; en cambio, explosión es una ‘ruptura violenta producida por exceso de presión interior y acompañada de fuerte estruendo’.

            Da la casualidad de que estoy leyendo ahora un ensayo de Bernat Castany Prado ―le digo a Zalabardo― Una filosofía del miedo (2022). Entre otras muchas cosas habla de que la mayoría de los peligros que imaginamos no sucederán nunca, aunque para quien no deja de pensar en esos peligros, «No existe peor sala de torturas que la sala de espera». Y añade que una de las mayores torturas que podemos padecer es el catastrofismo. «A la imaginación catastrofista» ―escribe― «le gusta confundir la posibilidad con la probabilidad».

            No tengo intención de hablar con mi amigo de miedos, ni de tortura, ni siquiera del autor de este libro, profesor en la Universidad de Barcelona. Quiero apoyar mi respuesta a su pregunta partiendo del ejemplo citado. Es bastante frecuente ―en todo tipo de personas― confundir lo que sea una posibilidad con lo que sea una probabilidad. Tan es así, que el propio Diccionario de la Academia las considera palabras sinónimas. Pero si yo tengo miedo a que, en un día de tormenta, caiga sobre mí un rayo, es cierto que existe la posibilidad de que eso suceda; sin embargo, por mera cuestión estadística, hay poca o nula probabilidad de que tal cosa ocurra.

            A este tipo de parejas de palabras se las podría llamar parejas conflictivas, aunque los especialistas empleen otro término. Y es que resulta muy común que las utilicemos indiferentemente pese a que su significado pudiera ser muy distinto. Eso es lo que nos ocurre cuando, por descuido o ignorancia confundimos actitud con aptitud. La actitud es la ‘disposición mental para hacer una cosa’; en cambio, la aptitud es la ‘capacidad para realizar algo’. Yo puedo manifestar la mejor actitud para arreglar una avería de un grifo en mi casa; sin embargo, puede ser que carezca de las aptitudes que requieren un trabajo de fontanería.

            Cuando caemos en un error de este tipo, los lingüistas hablan de impropiedad, que es aplicar a una palabra un significado que no le corresponde. Si yo califico a alguien de agnóstico, de ninguna forma lo estoy llamando ateo, ‘que niega la existencia de Dios’, ya que el agnóstico, por creer solo en aquello que la razón puede demostrar, admitirá o no la existencia de Dios en la medida en que dicha existencia pueda ser demostrable. O cuando se nos indica que un espectáculo al aire libre se ha suspendido por malas condiciones climatológicas también se comete impropiedad, ya que la climatología es la ‘ciencia que estudia el conjunto de condiciones propias de un determinado clima’. Lo que se nos ha querido decir es que la suspensión viene causada por las desfavorables condiciones meteorológicas; es decir, porque llueve, hace viento, nieva, hay niebla, etc.

            Impropiedades hay de muchas clases, pero le digo a mi amigo que voy a fijarme solamente en un tipo, las de aquellas parejas de palabras que llamamos parónimas. Se habla de paronimia si dos palabras ―a veces más― tienen una forma parecida, aunque difieran en sus significados. No hay que confundir la paronimia con la homonimia, pues en este último caso lo que sucede es que dos o más palabras suenan ―e incluso se escriben― igual, aunque sus significados son diferentes. Es lo que sucede con baca/vaca o haya (árbol)/haya (haber).

            Las parejas conflictivas van por otro lado. Una de estas parejas es la formada por astrólogo y astrónomo. El primero es quien dice conocer el carácter de las personas y vaticina su futuro atendiendo a la posición y movimiento de los astros; el segundo, en cambio, es quien practica la ciencia que estudia el movimiento de los astros, así como las leyes que los regulan. Podríamos compararlos, aunque en este caso parece que hay menos confusión, con curandero y médico. El astrónomo y el médico basan su actividad en unos conocimientos científicos; el astrólogo y el curandero viven, en gran medida, de mera superchería.

            Una pareja conflictiva peculiar ―aunque en este caso parece que el uso las ha fundido y confundido― es la que forman honestidad y honradez. Ya en 1734 el Diccionario de Autoridades decía que la honestidad es ‘moderación y pureza contraria al vicio de la lujuria’ y la honradez ‘pundonor que obliga al hombre de bien a obrar siempre conforme a sus obligaciones, y cumplir su palabra en todo’. Estas definiciones siguen siendo válidas en la actualidad. No obstante, hoy apenas si diferenciamos una cosa de otra. Exigimos a un político que sea honesto. ¿No sería mejor ―pregunto a Zalabardo― pedirle que sea honrado? Y no nos cansamos de ofrecer nuestra honesta opinión sobre cualquier tema, aunque nada tenga que ver con la decencia y el recato.

            Sería larga la lista de impropiedades cometidas a causa del mal uso de parónimos. Sirvan estos pocos ejemplos: especie (‘categoría de lo que presenta caracteres comunes’)/especia (‘condimento’); prejuicio (‘opinión previa y por lo común desfavorable’)/perjuicio (‘daño material o moral’); mortandad (‘gran cantidad de muertes causada por guerras, cataclismos, epidemias…’)/mortalidad (‘tasa de muertes durante un periodo dado’); infectado (‘contaminado por un germen, enfermedad, virus…’)/infestado (‘lleno de parásitos u otros seres molestos o nocivos’). En este último caso, valga decir, para acabar, que no es igual descubrir que mi hijo tiene la cabeza infestada de piojos que descubrir que mi ordenador ha sido infectado por un virus que me destruye la información que guardaba.