Le
contesto a Zalabardo que la presentación de esa propuesta ―más que queja― es
real, aunque ya hace casi un año desde que la hizo pública. Y también le aclaro
a mi amigo que tal vez lo que el embajador sueco no sepa es que son muchas las pruebas
de que dicha locución no tiene nada que ver con el pueblo nórdico.
El
equívoco nace cuando el gaditano José María Sbarbi y Osuna, en su libro Refranes,
adagios, proverbios, modismos, locuciones y frases populares, de 1872,
recoge hacerse el sueco, y explica que tal significado se debe «a
ser el disimulo y la envidia cualidades características de la clase del pueblo
de Suecia, según informes de los viajeros más autorizados y fidedignos». Su
argumento carece de base, porque Sbarbi no tuvo ocasión de comprobar tal
afirmación y habla de oídas, haciéndose eco de un rumor, un prejuicio, actitud que,
aunque frecuente, es poco recomendable. Pero ya sabemos que los prejuicios y los
rumores son los únicos elementos con los que algunas personas montan sus
opiniones infundadas. No ya en tiempos de Sbarbi; también hoy.
En este tema de frases coloquiales y modismos se suele acudir hoy a El porqué de los dichos, un muy documentado libro de José María Iribarren. En la página 98 se lee «No nos convence esa explicación ―la de Sbarbi―, porque, aunque fuese cierto que los suecos sean disimulados y envidiosos […] la frase alude a alzarse de hombros, a no darse por enterado». Se rechaza así la teoría, pero se deja en el aire la duda sobre la forma de ser de los suecos.
Pero no es esta la única interpretación que hay que negar sobre esta locución. Implicando también a Suecia, hay quienes afirman que el origen de la expresión debemos hallarlo en la Guerra de los treinta años (1618-1648), conflicto político-religioso, cuando los marineros suecos, al ser hechos prisioneros, fingían desconocer la lengua de sus captores para evitar declarar.
Y
tampoco faltan filólogos que se adscriben a defender sueco como
gentilicio, aunque rechazan que se refiera a los habitantes de Suecia, haciendo
creer que hace alusión a los campesinos del valenciano pueblo Sueca. Alberto
Buitrago, por ejemplo, apunta que los suecos de Sueca,
cultivadores de arroz, eran gente ignorante y considerados como paletos, pero
que, cuando acudían a la ciudad a vender sus productos, fingían no entender
nada y así procurar sacar el máximo provecho en los negocios. La dificultad de
esto está en que el gentilicio de Sueca, en valenciano, es suecà,
y en castellano, secuense, siendo sueco una forma
muy poco utilizada.
Iribarren
niega todos estos orígenes, por mucho que haya gente que los crea, y le
atribuye al dicho un origen latino, que es lo que parece más lógico. Aunque la
locución parece no remontarse más allá del siglo XVI, según él, sueco
no es ningún gentilicio, sino un sustantivo procedente de soccus,
que es un tipo de calzado humilde y, en especial, el que usaban los actores
cómicos, en oposición al coturno que realzaba la figura del actor
trágico. El cómico era un personaje tosco, dotado de poca inteligencia, incapaz
de comprender muchas cosas.
No
hay más que aplicar las leyes de evolución fonética para ver que soccus
pasó a ser en castellano sueco. El italiano Lorenzo
Franciosini, primer traductor del Quijote al italiano y autor
de un Vocabolario español-italiano, en 1620, dice de sueco,
o çueco, que es una pianella di legno con guiggia de cuoio,
es decir ‘un zapato de madera con correas de cuero’. Y lo que designaba un tipo
de calzado pasó a designar no solo al actor que lo llevaba sino a cualquier
persona torpe. Y, finalmente, sirvió para señalar a quien fingía no entender
una situación para quedarse al margen. Quien pretendía eludir obligaciones,
responsabilidades, compromisos, imitaba a aquellos comediantes, es decir, se
hacía pasar por tonto, o sea, se hacía el sueco.
Donde ya creo que yerra Iribarren, le digo a Zalabardo, es en atribuir otros derivados al soccus latino, pues afirma que de esa misma palabra proceden zueco, el ‘calzado de madera’, zocato, ‘zurdo’, y zoquete, ‘torpe, inútil’. Pudiera ser que la afirmación valga para zueco, según hemos visto, pero no para las otras. Joan Corominas, en su Diccionario etimológico lo explica bien. En árabe existía una palabra suqât, que significaba, ‘pedazo de madera o de pan que queda sobrante’. Este desecho de la madera es el zoquete, que por ser algo inútil, pasó a designar también a la ‘persona torpe’. Y la idea de torpeza sirvió para referirse, con la palabra zocato, a quien era torpe en el uso de la mano derecha.
O
sea, que el señor Hjelmborn puede estar tranquilo, pues nadie se refiere
a sus paisanos cuando habla de hacerse el sueco. Y a mi amigo le
digo que quizá otro día hablemos de locuciones que, estas tal vez sí, expresan
una visión peyorativa, como pasa en trabajar como un negro, engañar
a alguien como a un chino y otras semejantes.






















