sábado, abril 04, 2026

PALABRAS QUE SOBRAN ( O A VECES NO)

Nos cuenta la mitología griega que Apolo, entregó su hijo Asclepio al centauro Quirón para su formación y que este le enseñó la medicina hasta tal punto que el joven adquirió una habilidad tan notable que se decía que podía resucitar a un difunto. Entre los numerosos hijos de Asclepio, dios de la Medicina, destacó Panacea, diosa de rango menor experta en toda clase de plantas que utilizaba para preparar los remedios que indicaba su padre. Su nombre llegó a ser tan popular que acabó convirtiéndose en epónimo, es decir, que pasó a ser nombre común, panacea, que designa un remedio que lo cura todo.

            Me pregunta Zalabardo que, si panacea es lo que lo soluciona todo, es correcto el empleo de panacea universal. Le tengo que responder que sí y que no. Y es que, en nuestra lengua, en el tomo V del Diccionario de Autoridades (1737) ya se dice que panacea es el ‘nombre que dan los boticarios a algunas medicinas […] por ser eficaces para varias enfermedades’, definición que, actualizada en su redacción, sigue manteniendo el diccionario de la Academia como primer significado, aunque añade como segundo ‘remedio o solución para cualquier mal’. Esto sería propiamente lo que se llama panacea universal.


            Le digo a mi amigo que su pregunta nos lleva a pensar en el principio de economía lingüística y en lo que llamamos redundancia y pleonasmo, es decir, eso tan socorrido de entra dentro, sube arriba, etc., que suelen tildarse como vicios o incorrecciones lingüísticas. La economía en el lenguaje se entiende como el hecho de decir lo que se pretende con el número de palabras indispensable para que se entienda. La redundancia, así la define Georges Mounin, se produce cuando «un mensaje no se reduce al mínimo exigido por este principio de economía». Y el pleonasmo se produce «cuando en un enunciado se repite un significado (lo que se quiere decir) con un significante (una palabra) diferente».

            Lo que sucede, según sostiene Fundéu (Fundación del Español Urgente) recogiendo la doctrina de la RAE, es, en primer lugar, que pleonasmo y redundancia son en muchos casos términos coincidentes puesto que los dos implican el uso de palabras innecesarias para que el sentido sea completo. Y, en segundo lugar, que pleonasmo se entiende más como término técnico, retórico, y redundancia se aplica más al lenguaje común.

            En la exposición que hace Fundéu, y dado que todos los casos que citemos serán redundantes, añade que el hecho de que una redundancia sea considerada incorrección viene determinado en muchos casos por el contexto. En el caso que me ponía Zalabardo, aunque panacea universal sea una expresión redundante, ya que etimológicamente panacea engloba el significado de remedio y el de universal, no podrá ser considerada incorrección, porque hay dos tipos de panacea.

            ¿Y qué sucede con subir arriba? Aunque en principio se acepte que el adverbio es innecesario, puesto que subir significa ‘moverse hacia arriba’, si hablamos de una construcción con varios niveles, decir sube arriba significa ‘subir a lo más alto’, con lo que de ningún modo será redundancia, lo mismo que entrar dentro puede significar ‘hasta el fondo’. Si miramos hacia bajar abajo, nos encontramos otra pega. ¿Por qué se considera incorrección y nadie dice nada de bajar al sótano, cuando un sótano siempre está abajo.

            Cuando con la repetición buscamos dar mayor énfasis a la frase o incluso añadir un matiz estilístico, en ningún caso podemos hablar de vicio o incorrección. Le pongo a mi amigo ejemplos tomados de los orígenes de nuestra literatura. El primer verso del Cantar de Mío Cid dice «De los sos ojos tan fuertemientre llorando»; indudablemente hay algunas palabras que podrían sobrar (por ejemplo, sos y ojos), pero la emotividad que esa repetición aporta a lo que se cuenta impide que hablemos de redundancia y menos aún de incorrección. Igual pasa con el énfasis que se pone en frases del tipo ¿Eso me lo vas a decir a mí? Casos en los que la redundancia puede no considerarse error hay muchos. Por ejemplo, aunque cita supone ‘asignar lugar y hora para verse dos o más personas’, el empleo de medios como el teléfono o internet para concertarla ha consolidado la validez de cita previa. Si recaer, rehacer, repetir, etc., son verbos que suponen ya una repetición, no debieran aceptarse formas como volver a recaer, volver a rehacer o volver a repetir. Pero cabe la posibilidad de que una persona enferma recaiga y, tras reponerse, al cabo de cierto tiempo recaiga de nuevo, es decir, vuelva a recaer.


            En cambio, le digo a Zalabardo, lo que debemos evitar son aquellas redundancias que, aparte de no aportar nada al mensaje, son absolutamente innecesarias. Por ejemplo, si cometemos una infracción de tráfico, nos pueden imponer una multa. Pero, dado que la palabra significa ‘sanción administrativa o penal que consiste en la obligación de pagar una cantidad de dinero’, resulta del todo erróneo hablar de una fuerte multa económica. Cualquier otra cosa que nos acarree una infracción será sanción, como, por ejemplo, la retirada de puntos. O, siguiendo con el tráfico, cuando tras un atasco la circulación recobra la normalidad, diremos que se ha reanudado, pero no que se ha vuelto a reanudar. Si erario es ‘el conjunto de bienes de un Estado, municipio o provincia’, sobra decir que un gasto se ha cargado al erario público. Si opción es ‘cada una de las cosas entre las que se puede elegir’, carece de sentido hablar de opción alternativa. Y si abarrotar significa ‘llenar por completo un espacio’, ¿por qué decir que una plaza estaba completamente abarrotada? Por fin, le doy a mi amigo el ejemplo de un titular que leía hace unos días:  Italia se queda fuera del Mundial por tercera vez seguida consecutiva, ya que seguida y consecutiva significan exactamente lo mismo.

  

domingo, marzo 29, 2026

TRADICIONES Y TRAICIONES

 

La llegada de Semana Santa, fuente de tantas tradiciones, nos deja al descubierto no pocas contradicciones de nuestra sociedad. Por ejemplo, la resistencia a aceptar la igualdad de los miembros que la forman. Y todo ―le digo a Zalabardo―, por una defectuosa interpretación de lo que sea la tradición. Se ha hablado mucho de una cofradía de Sagunto que se niega a modificar sus estatutos para admitir en igualdad de condiciones a las mujeres. No ha sido un acto irreflexivo, una medida tomada a la ligera. Los cofrades se han reunido para estudiar el tema, lo han analizado concienzudamente y han votado. El resultado ha sido que a las mujeres se les sigue vedando una participación semejante a la de los hombres. No se habla de menosprecio, ni de antifeminismo. La razón, dicen, es el gran daño que supondría modificar una tradición inmemorial.

            Al hilo de este caso se van conociendo otros. Me dice Zalabardo que acaba de leer que en Aguilar de la Frontera, pueblo cordobés, se ha dado una situación semejante en otra cofradía. Y me viene a la memoria cómo en mi pueblo ―y supongo que en otros muchos más―, el papel reservado a las mujeres era el de ser camareras, es decir encargadas de vestir a las imágenes y de cuidar su ajuar. Ignoro en cuántos lugares se seguirá respetando esta tradición.

            Le digo a mi amigo que esto podría estar relacionado con el nombre de estas asociaciones de culto semanasantero: cofradías. La palabra, procedente del latín, viene derivada de cum fratres, es decir, ‘con los hermanos’. Sus miembros son los cofrades. Y aquí no vale hablar del carácter de nombre común para ambos géneros, ya que, en latín, el frater es el varón, pues para hermana existía la palabra soror. Si en una sociedad que evoluciona aplicásemos la misma regla evolutiva al idioma, deberíamos hablar de cum fratres y cum sorores, y esta segunda denominación podría haber dado en nuestra lengua cosor, cosorore, o algo semejante. Pero, en una sociedad patriarcal, esa palabra no era precisa, pues en esas instituciones solo participaban hombres.

            Me pregunta mi amigo por qué, si la tradición es la costumbre, los ritos, las ideas que se van transmitiendo de generación en generación, digo más arriba que los casos que comentamos obedecen a una mala interpretación del término. Le explico que tradición viene del latín traditio, término derivado del verbo tradere, ‘lo que se da, lo que se entrega a alguien’. Y que, entre los romanos, se conocía como traditio el acto por el que una compraventa de algo, por ejemplo una casa, se hacía efectiva en el momento en que el vendedor entregaba la llave y permitía la entrada al comprador para que comprobase el buen estado en que se encontraba lo que se entregaba. Suponía un acto de inclusión, acogida, y no de exclusión, marginación.


           Nada de lo anterior supone que una tradición tenga que ser inmovilista. Sin embargo, seguimos acostumbrados a que, en pleno siglo XXI, muchas de estas agrupaciones se comporten como cofradías en el más estricto sentido de la palabra, es decir, incluyendo solamente a varones. ¿Sufriría una tradición si se adaptara a los nuevos tiempos? No faltan casos en que fiestas populares con mucho arraigo han ido cambiado ―si bien lentamente― sin que ello haya supuesto una merma del interés del festejo. Las tradiciones que las regulaban han ido entregando sus llaves, abriendo sus puertas a mujeres y adoptando conductas más inclusivas: en los Alardes de muchos pueblos vascos, las mujeres van dejando de ser solo cantineras; en el Baile de San Gil, de la riojana Cervera del Río Alhama, ya no bailan solo los mozos; en las levantinas fiestas de Moros y Cristianos, las escuadras admiten mujeres. Y se podrían ir dando más ejemplos.

            Es, pues, falso que una tradición no pueda acomodarse a la evolución de la sociedad. Para quienes se resisten a los cambios ―y concretamente en el asunto de la Semana Santa que ha motivado nuestra charla― le sugiero a Zalabardo que piense un poco. Esta semana, crucial en la manifestación de las creencias cristianas, era en sus orígenes un tiempo de recogimiento, de meditación, casi de reafirmación de las creencias religiosas. El pueblo, los gremios, expresaba todo ese sentimiento y todas esas creencias sacando a la calle las imágenes que reproducían los últimos momentos de Cristo. ¿Ha cambiado esa forma de sentir y manifestarse con el paso de los años? Ciego está quien diga que no. Por lo pronto, se ha perdido su carácter gremial. La Esperanza trianera ya no es la cofradía de los ceramistas ni Jesús Nazareno y Nuestra Señora del Traspaso es la de los viñeros malagueños.


            En no pocos casos, podríamos considerar escandaloso que las cofradías se hayan entregado a la ostentación y al boato, a dar más muestras de enriquecimiento exterior y lujo que de piedad interior. Los desfiles procesionales se convierten en espectáculo más que en acto religioso. Y como el espectáculo resulta caro de mantener, se inventan tribunas y se acotan las calles para colocar sillas por cuyo uso los espectadores habrán de pagar. De esta forma, se excluye a gran parte del pueblo ―a los que no pueden realizar ese desembolso económico― de los mejores momentos del desfile procesional. ¿No es alteración de la tradición la marginación del pueblo llano en los desfiles procesionales para beneficiar al turista y al adinerado?

        Le digo finalmente a Zalabardo que quienes consideran intocables las tradiciones debieran no olvidar que traición es palabra que nace de la misma raíz. La diferencia está en que mientras la tradición pretende preservar la pureza de una idea, la traición ―que también es un modo de entrega― supone el rompimiento de la lealtad debida a esa idea.

sábado, marzo 21, 2026

EL ANVERSO Y SU REVERSO

Durante un paseo, Zalabardo y yo nos encontramos frente a la pintada que encabeza este apunte. Una pintada, un grafiti dejado sobre el lienzo de una pared es, en principio, la declaración de un sentimiento, la manifestación de una idea o de una visión de la realidad. Puede ser un acto espontáneo o muy meditado. Más tarde, durante ese paseo, muy lejos de ese lugar, encontramos otra pintada, muy diferente: S R te quiere con el alma.

            Se puede afirmar que la diferencia entre esta y la primera ―aunque puedan obedecer a un principio semejante― es abismal por razones bien diversas. En primer lugar, la primera pintada la forman dos, superpuestas, creadas por dos manos diferentes y con intención de expresar no un sentimiento, sino un juicio. Queda claro que la primera fue Perro SANCHEZ; sobre ella, otra mano ha rectificado una parte, ha convertido Perro en Perdo y ha añadido, debajo, er mejó. Podríamos ver en estas pintadas ―le digo a mi amigo― un claro ejemplo de lo que la dialéctica hegeliana pretendía con su teoría de la tesis y la antítesis para explicar la evolución del pensamiento y la realidad.

            La tesis, la proposición inicial aceptada como verdad por quien la plantea es un insulto, Perro SANCHEZ, un exabrupto que no acaba de argumentarse y que persigue solo despreciar al contrario; la antítesis, negación de la afirmación inicial, Perdo SANCHEZ er mejó, es un elogio, carente también de argumentación probatoria. Llama al mismo tiempo la atención la firmeza del trazo de la tesis frente a la inseguridad de la antítesis: en esta, quien quiso convertir Perro en Pedro se confunde al corregir y cambia la segunda r en lugar de la primera (lo que hubiese dado Pedro); aun así, muestra ingenio claro y se expresa con naturalidad escribiendo tal como se habla. Eso explica er y mejó. Sin embargo, el dueño de esta segunda mano sabe que mejó, como palabra aguda terminada en vocal ha de llevar tilde; la primera mano, la que parece más segura, muestra en cambio su ignorancia al no colocar la tilde sobre SÁNCHEZ, palabra llana acabada en consonante que no es ni n ni s y olvidar que las mayúsculas no quedan exentas de la tilde.

            Ante esta pintada, Zalabardo y yo coincidimos en la dificultad de hallar la síntesis que nos ofrezca la combinación superadora de ambas ideas y nos conduzca a la realidad sobre qué se puede decir sobre el sujeto de las pintadas. Basamos esa inseguridad en el hecho irrebatible de que todo anverso tiene su reverso. ¿O tal vez esa suposición no sea válida y estemos, en realidad ante un laberinto del que es difícil salir? Machado ya se preguntaba en su Juan de Mairena cuántos reversos puede tener un anverso.


            Esta pregunta nos sitúa, al menos a nosotros, ante otro problema: el de la dificultad, en no pocas ocasiones, para obtener la síntesis de dos opuestos, ¿Y si un anverso careciera de reverso? Sería una paradoja, ¿o no? Sin embargo, ahí tenemos la cinta de Moebius, la gran paradoja del anverso sin reverso, la cinta que, debiendo tener dos caras, tiene, sin embargo, solo una, de forma que, si la recorremos, llegamos a la conclusión de que no tiene un lado interior y otro exterior, de que caminamos por ella una y otra vez sin abandonar nunca su único lado; ¿anverso o reverso?

            Le digo a Zalabardo que el mundo nos ofrece multitud de paradojas, de aparentes conflictos insolubles: el río de Heráclito en cuyas aguas no podemos repetir el mismo baño, la liebre de Zenón incapaz de alcanzar a una lenta tortuga por la infinitud del espacio que hay que recorrer, hallar la pregunta válida para saber sin errar cuál de los dos hermanos es el mentiroso y cuál el veraz, entender que asociaciones como esas llamadas Hazte oír o Abogados cristianos, al defender su libertad en creer lo que creen verdadero ―actitud razonable― nieguen a los demás la libertad de creer algo diferente ―con lo que caen en el campo de la irracionalidad―, cómo librarse de la muerte al ir a cruzar un puente, paradoja que ya recogía Cervantes en el Quijote

            Una simple pintada nos ha hundido a mi amigo y a mí en estas elucubraciones: la tesis y la antítesis, el anverso y el reverso, el derecho y el revés, la cara y la cruz de la realidad en que vivimos… En este punto, Zalabardo me propone que bajemos a niveles menos complicados y sugiere que le explique por qué, en las monedas, no hablamos de anverso y reverso, sino de cara y cruz.

            En verdad, es una pregunta curiosa cuya respuesta se atiene a una realidad tan palpable que a nadie le ofrece dificultad para entenderla. Aunque, le aclaro, lo de cara y cruz apenas si se dice fuera de España o del ámbito hispánico. Parece que hay bastante coincidencia en lo de la cara, y bastantes diferencias en lo de la cruz. Los romanos hablaban de cabeza y barco; los ingleses, de cabeza y cola; los suecos, de corona y llave; los alemanes, de cabeza y número; los franceses, de cara y torre, etc.

            La razón, le explico a mi amigo es que, desde el origen de las monedas, fue costumbre ―aunque hay excepciones― que en el anverso apareciera el rostro del gobernante bajo cuyo mandato se acuñaron. El reverso, en cambio, se prestaba a una multiplicidad de posibilidades y modelos: el escudo de la nación, un animal simbólico, una flor, una edificación, un dibujo alegórico, un objeto peculiar por alguna razón… Recuérdese ―es solo un ejemplo― el porqué de las perras chicas y las perras gordas de los años 40 y 50. Pues bien, que la cruz apareciera en las monedas españolas obedece a una razón tanto política como religiosa.

 

          En efecto, ya en el siglo XIII, las monedas acuñadas bajo el reinado de Jaime II llevaban en su reverso una cruz griega, que con la llegada de los Borbones ―ya a comienzos del XVIII― aún se mantenía. En el XVI, las monedas españolas acuñadas en los Países Bajos llevaron la cruz aspada o de san Andrés, que era el distintivo de los Tercios de Flandes. Y Carlos III decidió unificarlas todas con la cruz de lises ―o de don Pelayo―. Es decir, España era muy de cruz. Pero si bien las monedas han ido cambiando su aspecto a velocidad casi de vértigo, en no pocas ocasiones encontramos expresiones lingüísticas que han quedado fosilizadas. Así, el viejo juego de dejar algo al albur de lo que decidiera una moneda ―lo que en su origen fue echar algo a cara o cruz― ha llegado a mantenerse hasta nuestros días, aunque lo que ahora veamos en el reverso de la moneda de un euro no sea una cruz, sino el 1 de su valor y el mapa de Europa.

sábado, marzo 14, 2026

AL PELO

 

Tengo la impresión ―son ya muchos los apuntes recogidos en esta Agenda― de que con anterioridad se han comentado aquí varias expresiones en las que interviene el pelo. Creo recordar haber hablado sobre las locuciones La ocasión la pintan calva y Salvarse por los pelos; no sé ahora si alguna más. Espero no repetirme si, siendo pelo una palabra que admite tantos significados en nuestra lengua, procuro atender la duda que me plantea Zalabardo.

            Me plantea mi amigo que conoce dos interpretaciones diferentes de la expresión Venir algo a pelo (o al pelo), que, según el Diccionario de la RAE significa ‘a punto, con toda exactitud, a medida del deseo’. Lo que mi amigo desea saber es cuál de las dos que circulan sobre esta locución adverbial es más atinada. La primera es la que hace referencia a las armas de fuego, ya que el gatillo dispone de un dispositivo muy sensible, llamado precisamente pelo, que ayuda a la precisión del disparo. Así, si este dispositivo está bien regulado, hace que con la simple presión de un pelo ―de ahí le viene el nombre― cumpla su función.

            Le contesto que pudiera ser, aunque existe otra interpretación ―quizá la segunda a la que él alude― que me parece anterior y más adecuada y que, además, se encuentra registrada en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611), de Sebastián de Covarrubias. Ahí se habla de A pelo o a pospelo, refiriéndose no a las armas de fuego, sino al sentido del pelo en los tejidos y pieles. Y añade: «Dícese también de los negocios». La locución que menciona Covarrubias es la que hoy usamos como A pelo o a contrapelo.


            Ya que hablamos de pelo, le digo a mi amigo que Covarrubias cita varias expresiones más referidas a dicho vocablo, entre las que aparece un caso curioso, el adjetivo peliagudo. El eminente lexicógrafo, capellán de Felipe II, lo define como «se dice del cabrito, ternero y conejo y otros animales semejantes». ¿Cómo peliagudo ha llegado a significar ‘difícil de resolver, complicado’? Supongo ―pienso yo― que, por ser el de estos animales pelo muy fino y largo, es difícil de eliminar. Es posible que a eso se refiera Cervantes en la segunda parte del Quijote, cap. 47, cuando, estando en su ínsula Sancho, a la hora de comer, el médico Pedro Recio de Agüero le dice: «…no coma de aquellos conejos guisados que allí están, porque es manjar peliagudo», es decir, porque, por tener pelo tan fino, se puede encontrar muchos en el plato.

            Y puesto que pelo se refiere, como ya vemos, a la piel de los animales, le cito a Zalabardo otra locución no tan fácil de explicar: Hacer a pluma y a pelo. Lo que a mí me extraña es que el DLE solamente la recoja con el significado de ‘ser bisexual’. Mejor sería preguntarse cómo la locución ha llegado a significar ‘adaptarse a todo, no desperdiciar nada y aceptar lo que se presente’. Su origen hay que buscarlo en el vocabulario cinegético, pues alude al buen perro que lo mismo sirve para cazar aves ―que tienen plumas― que mamíferos ―animales de pelo―. Es locución que en nuestra lengua se podría incluir en el grupo de otras parecidas: Servir tanto para un roto como para un descosido, Servir lo mismo para un fregado que para un barrido, Estar en misa y repicando o No hay olla que no tenga su cobertera.

            Puestos a preguntar, Zalabardo quiere saber si la locución Lucirle a uno el pelo tiene que ser interpretada en sentido positivo o negativo. Le contesto todo depende del contexto y de la ocasión en que se emplee. Por ejemplo, al decir ¡Buen pelo nos ha lucido!, podríamos estar diciendo, empleando una lítote ―afirmar lo contrario de lo que pretendemos negar― que nos ha ido mal un asunto del que tratamos. Podríamos haber dicho también, irónicamente, Así nos ha lucido el pelo. Pero si deseamos dar a entender que a uno le van bien las cosas, decimos que Le luce bien el pelo, ya que lucir significa ‘brillar, resplandecer’. Por eso de un animal que aparece bien tratado por sus dueños se dice que Le luce el pelo y de una persona que llama la atención por su belleza o por sus ornatos decimos que está lucida.

sábado, marzo 07, 2026

¿PERO QUÉ ES MANSPLAINING?

En 1997, Fernando Lázao Carreter, a la sazón director de la Real Academia de la Lengua, publicó El dardo en la palabra, que recogía artículos que venía publicando desde 1975 en los que analizaba usos de la lengua que él consideraba inadecuados. No hace mucho, Arturo Pérez-Reverte, académico, hacía las siguientes declaraciones: «La Academia ha mirado siempre el uso para incorporarlo, pero debería pasar un tiempo de vigencia para incorporarlo; no es suficiente que esté documentado en la red». Hacía con esto una crítica contra la docta casa, a la que acusa de no cuidar suficientemente una de las labores recogidas en su lema, la de «limpiar». Y recordaba que Lázaro Carreter fue siempre un hombre muy preocupado por esta limpieza. Hoy, en opinión de Pérez-Reverte, y es algo que he comentado a veces con Zalabardo, parece existir prisa en incorporar cuanto antes cualquier término que aparece.

            En parte, esta «culpa» habría que cargarla también en los medios que, pese a disponer casi todos de un Libro de Estilo, descuidan mucho su cumplimiento. Le expongo a mi amigo dos casos: recientemente me he encontrado, tanto en prensa escrita como en televisión dos «perlas léxicas»: therians y mansplaining. ¿Es que no hay formas en nuestra lengua para expresar estos conceptos, por muy nuevos que sean y por muy extendidos que estén? Sobre la primera, que procede del griego theríon, ‘bestia’ y que designa a la ‘persona que se siente vinculada a un animal hasta el punto de imitar su aspecto y comportamientos’ Fundéu propone que sería mejor utilizar teriano, más acorde a los ya existentes teriólogo, terioterapia o teriotomía.

            Le digo a Zalabardo que, dada la fecha, 8 de marzo, Día internacional de la Mujer, me interesa centrarme más en la segunda, no tanto por su forma sino por la vigencia de su significado. Mansplaining es un anglicismo que creó la ensayista Rebecca Solnit en su libro Los hombres me explican cosas (2008). Sobre su significado, es ilustrativa la siguiente anécdota: a Solnit le preguntó un periodista sobre qué iban sus libros. Ella comenzó a explicarse y su interlocutor la interrumpió diciéndole: «Es curioso. Estoy leyendo ahora un libro muy interesante que habla sobre ese asunto». Costó hacerlo callar para poder decirle que el libro del que hablaba era precisamente el que acababa de escribir Rebecca Solnit, punto que a él le costaba creer.

            El mansplaining surge cuando se asume una postura de superioridad intelectual respecto a la mujer. Podríamos definirlo como un comportamiento que lleva al hombre a explicar de manera condescendiente a una mujer algo que ella ya sabe dando por supuesto que no lo sabe o que, aun sabiéndolo, sabe menos que él o no lo entiende de manera correcta. Quien practica tal comportamiento no duda en interrumpir a una mujer para explicar de nuevo lo que ella está explicando, incluso en casos en los que ella pueda ser experta en el tema.


            En marzo de 2017, The New Yorker publicaba una caricatura que reproduzco aquí y un artículo de la sicóloga Evelyn Muñoz en el que se lee: «Es una forma de cómo el hombre tiende a manejar los diálogos que establece con otras mujeres sin importar necesariamente el tema del que se está hablando, donde actúa desde una relación de poder que anula consciente o inconscientemente a la mujer en sus opiniones». Y en 2020, Mary Katherine Tramontana publicaba en el New York Times un artículo que comenzaba así: «Es algo común. Es digno de vergüenza. Y algunas personas podrían argumentar que ha sido documentado desde al menos el siglo XVII. Se produce en Twitter. Sucede en el trabajo y en las cenas de Acción de Gracias. En los bares y en las aulas. Lo hacen los hombres famosos, Lo hacen los tíos. Los políticos, los colegas, los hombres que conocemos en citas desagradables, los burócratas y los vecinos también lo hacen. (Quizás, irónicamente, algunos de ustedes lo hagan después de leer esto). Sí, estamos hablando de la machoexplicación».

            Fundéu considera que esta, machoexplicación, podría ser una equivalencia adecuada para el anglicismo mansplaining. E incluso señala como alternativa más formal la fórmula condescendencia machista o masculina, ya que el verbo condescender, ‘tolerar con suficiencia o desdén’ hace hincapié en lo que pretende expresar el anglicismo.

            Termino señalándole a Zalabardo cómo, con independencia de esta o cualquier otra palabra, aun en nuestros días parece difícil, en el momento de juzgar una actuación u opinar sobre una mujer, manejar los mismos criterios que al hacerlo sobre un varón. No se necesita demasiado para comprobar la cantidad de personas que, al referirse a una mujer, no pasan más allá de su físico, su vestimenta, su maquillaje y su peinado. 

sábado, febrero 28, 2026

PÉREZ-REVERTE / UCLÉS

Podría haber titulado este apunte al revés, colocando a David Uclés en primer lugar; pero si no lo he hecho ha sido porque respeto, simplemente, el criterio de la edad. El cartagenero Arturo Pérez-Reverte es un hombre maduro de 75 años, mientras que el ubetense (aunque él se considera casi quesadeño) David Uclés es un joven de solo 36 años.

            Le pregunto a mi amigo si ha leído La península de las casas vacías y su opinión. Me responde que sí y que considera que es una de las mejores novelas publicadas en España en los últimos años. Pero Zalabardo, que no suele estar muy al tanto de las redes ni de las incontables tertulias que nos ofrece la televisión, me pregunta a su vez si este Uclés es quien ha protagonizado el enfrentamiento con Pérez-Reverte a propósito de un fallido acto que iba a celebrarse en Sevilla. Le contesto afirmativamente, aunque intento aclararle que a veces creo que a uno y otro escritor se los ha convertido, quizá a su pesar, en protagonistas de una confrontación que otros han querido montar sobre dicho acto.

 

           Este espíritu cainita, esta actitud maniquea de convertir casi por necesidad cualquier disparidad de opinión en el enfrentamiento del que debe salir un bueno y un malo parece ser algo muy propio de nuestra idiosincrasia española. No otra cosa ―le añado a mi amigo― parece extraerse de un repaso de nuestra historia. ¿Sería nuestra literatura distinta si no contabilizamos choques como los protagonizados por Quevedo y Góngora? ¿Qué sería de la tauromaquia si olvidamos las discusiones en torno a si Ordóñez o Dominguín? ¿Los aficionados al fútbol dormirían igual si no tuvieran que optar entre Ronaldo o Messi? ¿Cómo serían las charlas políticas si no contáramos con Sánchez y Feijóo? ¿Nos resultaría más divertida nuestra televisión si se anulara la posibilidad de elegir entre Pablo Motos y David Broncano?

            Necesitamos de alguien a quien alabar frente a alguien a quien vituperar. Precisamos decantarnos en la rivalidad entre un malo y un bueno, un Caín y un Abel. Parece dichas para nosotros, y solo para nosotros, las palabras que el evangelista Mateo pone en boca de Cristo: «no vine a poner paz, sino espada. Porque […] los enemigos del hombre serán los de su casa».

            Nos gusta crear enemigos. Ahora tenemos lo de Pérez-Reverte/Uclés. ¿Y quién no se lanza a la palestra para conceder la razón a uno y quitársela a otro? ¿Quién resiste la tentación de contar cuál de los dos obtiene más partidarios dispuestos a intervenir en su favor? Así, los tertulianos ―le digo a mi amigo― se afanan cuanto pueden en su tarea de «crear opinión» hasta conseguir de se coloque la vitola de bueno y la de malo a quien consideran que corresponde en esta lucha que no debería ser tal, sino una muy natural y lícita diferencia de pareceres.

            Zalabardo y yo comenzamos nuestro particular debate, que no es otro sino el de intentar analizar serenamente qué une o qué separa a estos dos novelistas, los dos de calidad, pero cada uno hijo de su padre y de su madre y, además, pertenecientes a generaciones distantes ―casi cuarenta años los separan―, lo que justificaría ya por sí solo que no tengan que presentar unanimidad en sus criterios ni en su manera de ver el mundo. Y es que esa es otra ―le digo a mi amigo―. Hay quien tiende a uniformarlo todo, como si pensar todos lo mismo no fuese la cosa más aburrida y terrible que pudiera darse en una sociedad moderna y civilizada.

       Me contesta Zalabardo que lo que digo le hace pensar en aquella espeluznante distopía, 1984, nacida de la pluma de George Orwell. Y creo que no le falta razón. Cuando nos enfrentamos a uno de estos episodios en que dos mentalidades chocan y hay empeño en que la verdad asista solo a una de ellas, parece como si deseáramos ser regidos por ese Gran Hermano omnipresente al que nunca vemos, pero de cuya mente emanan los principios del Partido que todo lo controla. Que añoramos la actuación de la ubicua Policía del Pensamiento, encargada de vigilar que nadie piense nada diferente a lo que el Partido quiere que pensemos. Que no dudaríamos en enviar a quienes nos llevan la contraria a la terrorífica habitación 101, de la nadie se puede librar más que traicionando su pensamiento y aceptando el que se le impone. Y que nos plegamos servilmente a la neolengua que lo simplifica todo para así controlar el pensamiento único y hacer inviables cualesquiera otras formas de pensamiento.

            Ante este conflicto reciente entre los dos escritores, le digo a Zalabardo que yo pienso que Arturo Pérez-Reverte es un hombre maduro que ya tiene su vida hecha; que, con todo lo que tenga de bueno o de malo, se ha ganado el espacio que ocupa y que tiene todo el derecho del mundo a opinar como opina, coincidamos o no con él. Como académico, se considera a sí mismo algo así como el «gamberro de la RAE». En mi opinión, tras la muerte de Javier Marías y Francisco Rico, sus dos grandes amigos junto a los que formaba el «trío de gamberros» de la docta casa, Pérez-Reverte se siente un poco huérfano en su lucha dentro de la Academia.


            David Uclés, por su parte, es una persona joven que ha irrumpido con fuerza en los ambientes literarios con una magnífica novela. A su edad, todavía tiene años por delante para modelar y construir la figura que llegue a ser con el paso de los años. Y, con lo de bueno y lo de malo que tenga, va ocupando un espacio propio. Por ello le asiste todo el derecho del mundo a opinar como opina, coincidamos o no con él.

            En este debate, no he leído qué opina David Uclés. Sí he leído una entrevista con Pérez-Reverte. Le cuento a Zalabardo alguna de sus respuestas. Sobre el gallinero en que se han convertido muchas tertulias, cree que ese cacareo vuelve locos a muchos receptores aquejados de orfandad intelectual, porque, piensa, estamos faltos de una cultura verdadera. Dice también que él pelea por razones válidas, pero nunca por fanatismo. Y mantiene que con sus novelas no pretende en modo alguno educar a nadie, sino contar el mundo como lo ve y como lo ha vivido. Creo que David Uclés firmaría estas palabras y si, en sus novelas, habla de un mundo que él, por su edad, no vivió, el ímprobo esfuerzo realizado para documentarse sobre cómo fue bastaría para que, de haberlo vivido, lo que nos contase no difiriese mucho de lo que muestra en la novela. Y tampoco creo que él pretenda educar a nadie. Es, por encima de todo, un novelista.

sábado, febrero 21, 2026

EL SUECO, EL ZUECO, EL ZOCATO Y EL ZOQUETE

Se me presenta hoy Zalabardo con una noticia que, dice, lo ha sorprendido. El embajador de Suecia Per-Arne Hjelmborn ―afirma que le han contado― ha solicitado a la RAE y a la Fundación Fundéu que se suprima la expresión hacerse el sueco, porque expresa un juicio negativo hacia su país. O que, caso de que se mantenga, se aplique con un sentido positivo, ya que los suecos son un pueblo trabajador, atento y cuidadoso del medio ambiente. A este buen hombre le extraña que en nuestro diccionario se recoja el modismo con el significado de ‘desentenderse de algo, fingir que no se entiende’, lo que lleva a pensar que los suecos son personas que tratan de eludir sus responsabilidades y compromisos.

            Le contesto a Zalabardo que la presentación de esa propuesta ―más que queja― es real, aunque ya hace casi un año desde que la hizo pública. Y también le aclaro a mi amigo que tal vez lo que el embajador sueco no sepa es que son muchas las pruebas de que dicha locución no tiene nada que ver con el pueblo nórdico.

            El equívoco nace cuando el gaditano José María Sbarbi y Osuna, en su libro Refranes, adagios, proverbios, modismos, locuciones y frases populares, de 1872, recoge hacerse el sueco, y explica que tal significado se debe «a ser el disimulo y la envidia cualidades características de la clase del pueblo de Suecia, según informes de los viajeros más autorizados y fidedignos». Su argumento carece de base, porque Sbarbi no tuvo ocasión de comprobar tal afirmación y habla de oídas, haciéndose eco de un rumor, un prejuicio, actitud que, aunque frecuente, es poco recomendable. Pero ya sabemos que los prejuicios y los rumores son los únicos elementos con los que algunas personas montan sus opiniones infundadas. No ya en tiempos de Sbarbi; también hoy.

            En este tema de frases coloquiales y modismos se suele acudir hoy a El porqué de los dichos, un muy documentado libro de José María Iribarren. En la página 98 se lee «No nos convence esa explicación ―la de Sbarbi―, porque, aunque fuese cierto que los suecos sean disimulados y envidiosos […] la frase alude a alzarse de hombros, a no darse por enterado». Se rechaza así la teoría, pero se deja en el aire la duda sobre la forma de ser de los suecos.


           Pero no es esta la única interpretación que hay que negar sobre esta locución. Implicando también a Suecia, hay quienes afirman que el origen de la expresión debemos hallarlo en la Guerra de los treinta años (1618-1648), conflicto político-religioso, cuando los marineros suecos, al ser hechos prisioneros, fingían desconocer la lengua de sus captores para evitar declarar.

            Y tampoco faltan filólogos que se adscriben a defender sueco como gentilicio, aunque rechazan que se refiera a los habitantes de Suecia, haciendo creer que hace alusión a los campesinos del valenciano pueblo Sueca. Alberto Buitrago, por ejemplo, apunta que los suecos de Sueca, cultivadores de arroz, eran gente ignorante y considerados como paletos, pero que, cuando acudían a la ciudad a vender sus productos, fingían no entender nada y así procurar sacar el máximo provecho en los negocios. La dificultad de esto está en que el gentilicio de Sueca, en valenciano, es suecà, y en castellano, secuense, siendo sueco una forma muy poco utilizada.

            Iribarren niega todos estos orígenes, por mucho que haya gente que los crea, y le atribuye al dicho un origen latino, que es lo que parece más lógico. Aunque la locución parece no remontarse más allá del siglo XVI, según él, sueco no es ningún gentilicio, sino un sustantivo procedente de soccus, que es un tipo de calzado humilde y, en especial, el que usaban los actores cómicos, en oposición al coturno que realzaba la figura del actor trágico. El cómico era un personaje tosco, dotado de poca inteligencia, incapaz de comprender muchas cosas.

            No hay más que aplicar las leyes de evolución fonética para ver que soccus pasó a ser en castellano sueco. El italiano Lorenzo Franciosini, primer traductor del Quijote al italiano y autor de un Vocabolario español-italiano, en 1620, dice de sueco, o çueco, que es una pianella di legno con guiggia de cuoio, es decir ‘un zapato de madera con correas de cuero’. Y lo que designaba un tipo de calzado pasó a designar no solo al actor que lo llevaba sino a cualquier persona torpe. Y, finalmente, sirvió para señalar a quien fingía no entender una situación para quedarse al margen. Quien pretendía eludir obligaciones, responsabilidades, compromisos, imitaba a aquellos comediantes, es decir, se hacía pasar por tonto, o sea, se hacía el sueco.

            Donde ya creo que yerra Iribarren, le digo a Zalabardo, es en atribuir otros derivados al soccus latino, pues afirma que de esa misma palabra proceden zueco, el ‘calzado de madera’, zocato, ‘zurdo’, y zoquete, ‘torpe, inútil’. Pudiera ser que la afirmación valga para zueco, según hemos visto, pero no para las otras.  Joan Corominas, en su Diccionario etimológico lo explica bien. En árabe existía una palabra suqât, que significaba, ‘pedazo de madera o de pan que queda sobrante’. Este desecho de la madera es el zoquete, que por ser algo inútil, pasó a designar también a la ‘persona torpe’. Y la idea de torpeza sirvió para referirse, con la palabra zocato, a quien era torpe en el uso de la mano derecha.

            O sea, que el señor Hjelmborn puede estar tranquilo, pues nadie se refiere a sus paisanos cuando habla de hacerse el sueco. Y a mi amigo le digo que quizá otro día hablemos de locuciones que, estas tal vez sí, expresan una visión peyorativa, como pasa en trabajar como un negro, engañar a alguien como a un chino y otras semejantes.