sábado, enero 31, 2026

DE TOMAR EL PELO A PELILLOS A LA MAR

Comento con Zalabardo que hace unos días, el martes pasado, fui a pelarme. Suelo acudir siempre al mismo lugar y es la misma persona quien me atiende, Toñi, porque sabe muy bien como despejar mi cabeza de la maleza que el tiempo va acumulando. Toñi es mujer prudente, buena profesional y tiene conversación agradable. Mientras estaba ocupada en la tarea, le conté que un amigo del pueblo, Antonio Delgado, no usa la expresión ir a pelarse, sino ir a que le corten el pelo. No es, así se lo dije a Toñi, porque tenga en cuenta el valor reflexivo que añade el pronombre se a un verbo, sino porque Antonio es de otras tierras y, posiblemente, allí sea costumbre decirlo de esa manera.

            «Pues ya que hablas de cortar el pelo ―tercia Zalabardo―, se me vienen a la cabeza dos expresiones sobre las que siempre me ha picado la curiosidad de conocer su origen». Y me confiesa, primero, desconocer qué razón explica que tomar el pelo signifique ‘hacer burla de alguien con elogios o promesas fingidos’ y, luego, por qué echar pelillos a la mar significa ‘reconciliarse, olvidar cualquier rencilla’.

            Le contesto a mi amigo que, para explicar ambas preguntas, es preciso aclarar los muchos significados que pelo tiene en nuestra lengua. Siendo el principal ‘filamento cilíndrico, alargado, de naturaleza córnea, que nace y crece en la piel de algunos animales’, aquí nos interesaría saber otros tres: Uno, ‘cabello de los humanos’; dos, ‘en los tejidos, parte que queda en la superficie y sobresale en el haz y cubre el hilo’; y tres, ‘capa de vello de algunos animales’.


            Sobre la primera expresión, tomar el pelo, no hay seguridad acerca de su origen, aunque se considera que es bastante antigua y su significado primario muy diferente al actual. Hay una versión que sostiene que se remonta a la antigüedad de Grecia y Roma, donde, y en la Edad Media aún tenía vigencia esa creencia, la barba se consideraba signo de dignidad. Por eso, tirarle a alguien de ella era igual que infligirle una afrenta o retarlo. En el Poema del Cid, Rodrigo dice ―y resumo sus palabras― al conde García Ordóñez: «¿Qué tenéis, conde, contra mi barba? Desde que me nació, ninguna persona, ni mora ni cristiana, me tomó de ella como yo a vos, cuando tomé Cabra y a vos por la barba». Mesarsetomarseel pelo o la barba uno a sí mismo era señal de dolor o sufrimiento; que lo hiciera otro, era agravio y ofensa.

            Pero hay otra versión que sostiene que su significado de humillación, burla o broma proviene de otra costumbre. De hecho, cuando se ingresaba en la milicia, o en prisión, lo primero que se hacía era rapar el pelo como medida higiénica para evitar los parásitos. Pero esta medida, a su vez denunciaba que aquel a quien se le había tomado ―rapado― el pelo era un novato sobre el que solían recaer burlas de todo tipo. En nuestra guerra civil, fue muy corriente, como medida de castigo y humillación, rapar a las mujeres de las que se tenía constancia de sus creencias republicanas. De ahí ―se dice― procede que tomar el pelo haya pasado a significar ‘burlarse de alguien’, aunque, finalmente, se haya suavizado su sentido y se entienda como ‘gastar una broma’.


            Lo de echar pelillos a la mar, ‘olvidar un pleito, zanjar una disputa’, parece más claro, aunque con el tiempo, la palabra pelo se haya entendido de manera diferente. Rodrigo Caro, en Días geniales o lúdricos (1626), escribe: «Cuando los muchachos han reñido y se meten en paz, para firmeza de ella echan pelillos cortándoselos de la ropa y echándolos por el viento». Y cuando se le pregunta por la razón de tal cosa, dice: «Como aquellos se los llevará el viento y de ellos no se hallará arte ni parte […], así no se acordarán más de los agravios pasados». Aquí se ve que no habla de cabellos, sino del pelo del tejido de la ropa. Y cuando trata de explicar el origen de esta costumbre, recuerda que en el canto III de la Ilíada, reunidos en la playa griegos y troyanos, acuerdan no luchar entre ellos, ya que eran Paris y Menelao quienes se enfrentaban por Helena. En la ceremonia para acordar la paz, deciden sacrificar unos corderos. Se puede leer en la versión de Samuel Butler: «El hijo de Atreo sacó la daga que colgaba junto a su espada y cortó lana de la cabeza de los corderos; los heraldos la repartieron entre los príncipes troyanos y griegos». Esto confirma que los pelillos del juego de los niños fuesen de los vestidos, como decía Rodrigo Caro.

            Pero con el tiempo, hay cosas que se olvidan y alguien tomó aquellos pelillos como ‘cabellos’. Por ejemplo, Rodríguez Marín, en el primer volumen de Cantares populares españoles (1882), escribe: «Pero los niños, por regla general, no son rencorosos y hacen las paces con la misma facilidad con que riñeron. ¡Y para hacerlas sinceras y durables, está probado que no hay mejor cosa que echar pelillos a la mar! Arráncase un pelo cada uno y, teniéndolos cogidos entre los dedos, dicen:

―¿Aónde va ese pelo?

―Ar biento.

―¿Y er biento?

―A la má.

―Pos ya la guerra ‘stá ‘cabá.

Dicho lo cual hacen volar de un soplo los dos pelos y se ponen a jugar, como si tal enemistad no hubiera existido».

            En esa coplilla recogida por mi paisano ―le digo a Zalabardo― queda claro por qué esos pelillos se echan a la mar; porque, aunque en la conciencia popular no se sepa, aún late el recuerdo del encuentro entre troyanos y griegos, junto al mar, para evitar la contienda. Aunque luego, en Troya, pasase lo que pasó.

sábado, enero 24, 2026

PREMIOS LITERARIOS Y NEGOCIO

 

Resguardados del frío de estos días, tomando café y churros en una cafetería de barrio, tranquila y alejada de esas modernas, hablamos Zalabardo y yo de premios literarios. Por casualidad, llevo un volumen de Larra y le leo fragmentos del artículo Horas de invierno; «Escribir y crear en el centro de la civilización […] como Hugo y Lherminier, es escribir. Porque la palabra escrita necesita retumbar, y como la piedra lanzada en medio del estanque […] necesita irradiarse. […] Escribir como Chateaubriand y Lamartine en la capital del mundo moderno es escribir para la humanidad. […] Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla». Se publicó en El Español, periódico madrileño que circuló de 1835 a 1837. Era 23 de diciembre de 1836. Apenas mes y medio después, el 13 de febrero de 1837, aunque por motivos diferentes, se suicidó.

            Larra hablaba de «escribir en Madrid» y no de «escribir en España» como con harta frecuencia se repite. ¿Pero es llorar el hecho de escribir en España? De eso hablamos mi amigo y yo, porque él, me dice, cree que en nuestro país se publica bastante. Consultamos en internet los datos correspondientes a 2024 y vemos que ese año se inscribieron en el registro del ISBN aproximadamente 90.000 libros, unos 250 al día, de los de casi un 25% son literatura.

            Podría parecer un buen dato. Sin embargo, le digo, son cifras engañosas si tenemos en cuenta el auge que ha tomado la autoedición. En nuestros días es fácil publicar. Proliferan las empresas dedicadas a ello e incluso las editoriales tradicionales crean sus propias filiales destinadas a la autoedición. El proceso es sencillísimo: yo escribo un libro, digamos una novela, y acudo a una de estas empresas. Me lo maquetan, me lo imprimen y me lo encuadernan. El número de páginas y de ejemplares impresos determinarán lo que tendré que pagar.


           «Pero eso parece un gran avance» ―me dice mi amigo―. Le respondo que según se mire y le cuento que la experiencia de haber publicado tres novelas en autoedición me ha hecho recelar de ese pretendido avance. Su lado bueno es la facilidad con que permite colmar la vanidad por haber publicado un libro. Los aspectos negativos son más numerosos El primero, la ausencia de filtros que determinen la calidad de lo que se publica. Puedo escribir la peor novela del mundo, pero si asumo los gastos, nadie se negará a publicármela. Le confieso a mi amigo que me aplico lo que digo, ya que mis novelas no han pasado por ese filtro que me asegure si merecían o no ser publicadas. Segundo, que una vez impreso, no tiene un respaldo sólido para su promoción. Lo más frecuente es que el libro se venda entre amigos y conocidos; ninguno de ellos te dirá que has escrito un bodrio. Y económicamente, solo arriesga el autor. Para la editorial, distribuidora y librerías, mucho o poco, todo son ganancias. Solo el autor ―que en la mayoría de los casos apenas recupera su inversión― puede tener pérdidas.

            ¿Que hay algunos casos de éxito? Sin duda, pero lo normal es lo que le he dicho a Zalabardo. Hay, no obstante, algo que me parece peor; con este sistema, las editoriales tradicionales se muestran remisas a aceptar originales de autores desconocidos y no afrontan el riesgo de conceder oportunidades a posibles jóvenes valores.

 


           Al autor novel que no quiere dejar su obra en el fondo de un cajón le quedan dos caminos: que la suerte le conceda encontrar un buen agente literario que crea ver mérito en su obra o presentarla a un concurso. Tras la guerra civil, que aplicó una feroz censura a la libre creación, algunos premios posibilitaron la eclosión de nombres brillantes de nuestra literatura. Jordi Gracia, crítico literario opina: «Érase una vez una época en que los premios literarios cumplieron en España una importante labor para promocionar la creación literaria». Muestra de esto fueron el Premio Nadal, de Ediciones Destino o el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Pero llegó un día en que los premios literarios atendieron más el factor mercantil que el de la calidad literaria, En ello tuvo mucho que ver el Premio Planeta. Y en la actualidad, son múltiples las ciudades y ayuntamientos que convocan su propio premio literario.

            El resultado final ha sido que muchos premios literarios buscan más la promoción del convocante que premiar la calidad de las obras. Adolfo Torrecilla, director literario de la agencia Aceprensa, escribió en un artículo: «La finalidad de estos premios, y de modo especial el Planeta, no es honrar la excelencia literaria, sino llamar la atención y publicitar una obra que pueda dispararse en las ventas en un mercado, como el español, repleto de novedades literarias». El novelista y crítico catalán Juan Perucho dijo: «Ahora no es un escritor el que busca un premio, sino un premio el que busca un escritor». Y Arturo Pérez-Reverte: «El Planeta no es un premio que se gane o se pierda. Es el lanzamiento comercial de un libro que se pretende vender mucho». La razón la explica que, mientras en la mayor parte de países los premios los otorgan instituciones, en España son las editoriales.

            Por desgracia, casi todos los premios han ido siguiendo ese camino, pues el grupo Planeta casi monopoliza la industria editorial. Poco a poco, ha ido engullendo otras editoriales: Espasa, Destino, Tusquets, Seix Barral, Minotauro, Crítica... Así, apenas quedan premios que cuiden la calidad, como Adonáis, Alfaguara, Herralde o los oficiales Premios Nacionales de Literatura.


           Ello ha dado lugar a lo que hace pocos días escribía Jordi Gracia: «El festival de los premios encierra una gran fuente de declaraciones, esperas tensas sin misterio, ganadores con libro impreso y encuadernado en el mismo momento del fallo, ganadores con contrato editorial firmado con el editor…» Los nombres de los ganadores dan pistas sobre el interés comercial de estos premios.

            Le cuento a Zalabardo el caso del Premio Ciutat de Palma, patrocinado por el Departamento de Cultura y Patrimonio del Consell de Mallorca, al que presenté una novela. El premio debería haberse concedido el pasado día 20. De las más de 700 novelas presentadas, un jurado «auxiliar» seleccionó cincuenta finalistas; pues bien, el jurado «oficial» ha declarado desierto el premio, opción no especificada en las bases del concurso. Escribir una novela no es llorar, pero sí un duro trabajo que ocupa entre uno y varios años. ¿Es creíble que, entre más de setecientas, no haya al menos una merecedora de que se reconozca ese trabajo?

sábado, enero 17, 2026

SOBRE MANDAS Y EXVOTOS

 

No es extraño que momentos y situaciones muy dispares generen la posibilidad de hablar sobre un mismo tema. El jueves, Zalabardo y yo comentábamos unas frases de la novela Melancolía de la resistencia, del Premio Nobel de Literatura László Krasznahorkai. Como la cita podría resultar extensa, resumo: Los humanos ―viene a decir― vivimos en un permanente estado de espera, aguardando algo que se desconoce, confiando en algo que, por muchos indicios, parece inexistente, lo que hace inútiles la espera y la esperanza. Según esto ―es la conclusión― tener fe no es creer en algo, sino creer que todo lo que sostenemos no es como nos parece que es.

            Solo un día después ―Zalabardo no estaba presente― en una agradable reunión de amigos, disfrutando de una suculenta comida, departíamos de forma sosegada sobre temas muy diversos. Lo mismo surgía una pregunta sobre el origen de algún apellido que comentábamos la actualidad futbolística; alguien planteaba el estado actual de nuestras respectivas profesiones cuando otro interrumpía con la evolución de la banca en los últimos tiempos; nos interesábamos por el estado de amigos comunes a los que no vemos desde hace tiempo y lamentábamos la ausencia de los que ya jamás podrán participar en un encuentro de estos…; y en uno de esos saltos, alguien sacó a colación la costumbre de las mandas, una tradición muy popular de nuestra tierra.


            No sé si es necesario explicar qué es una manda y qué relación tiene con otra palabra de su mismo campo semántico, exvoto, con la que, a veces, puede compartir significado. Manda tiene un campo de uso más restringido, pues su empleo se localiza de forma más precisa en algunos países sudamericanos y en Andalucía. La manda, aparte de ser un legado específico que en un testamento se deja a una persona, se entiende más comúnmente como la ‘promesa que se hace a Dios o a cualquier santo de cumplir una determinada acción que suponga un sacrificio si se recibe el don que se solicita’. Por ejemplo, «si me sale bien este negocio, prometo que haré…». El exvoto, por su parte, es, por lo general, un ‘pequeño objeto que se deposita en un lugar sagrado como reconocimiento y agradecimiento de un favor recibido’.

            Zalabardo me pregunta qué tiene que ver nuestra charla sobre el escritor húngaro y la que le cuento con estos amigos. Le digo que bastante. En principio, aceptadas ambas tradiciones ―la manda y el exvoto― como manifestaciones religiosa, está por ver el origen de una y otra. Según uno de los presentes, la manda se remonta a la historia bíblica del rey David y Betsabé. En aquel momento, no tenía yo claro el asunto, pero, al regresar a casa, recordé la conversación y estuve revisando dicha historia en la Biblia. El episodio de David y Betsabé se cuenta en el segundo Libro de Samuel. El rey vio a aquella bella mujer mientras se bañaba, se encaprichó de ella, la hizo llevar a su palacio y la violó. De resultas, quedó embarazada. Pretendiendo ocultar aquello mandó traer a su esposo, Urías, que luchaba junto a otros generales para, llegado el momento, poder demostrar que era el padre del ser concebido. Pero Urías se negó al disfrute carnal con su esposa mientras otros generales se jugaban la vida en el campo de batalla. Despechado, David lo envió a primera línea, donde halló la muerte. Más tarde, reconoció su pecado y se arrepintió. En esa historia no vemos nada que pueda considerarse manda.


En cambio, sí puede mantenerse ese origen bíblico en otro episodio, este recogido en el Génesis, con Jacob como protagonista. Tras haber tenido un sueño, Jacob dijo: «Si el Señor está conmigo y me ampara en este viaje, me proporciona comida y vestido y me permite volver a casa sin daño, lo reconoceré como mi Dios, erigiré un monumento que sea su casa y le entregaré un diezmo de cuanto reciba». Eso sí es una manda. Asistimos a una promesa que se cumplirá si se concede la petición que se hace.

Por otra parte, el exvoto, de remoto origen también, parece extendido en casi todas las culturas y ya era muy frecuente en la antigua Roma. Su nombre nos viene del latín. Es una demostración pública de agradecimiento por la feliz solución de un problema que preocupaba. En su forma más común, es una pequeña figura, de animal o de persona, un brazo, una pierna, una mano, una oveja, un texto escrito a mano, una foto… Con ello, se agradece haber sanado de una enfermedad, haber encontrado una res perdida, haber solucionado favorablemente un negocio…

La segunda cuestión que se me plantea ―le digo a Zalabardo― es la de que, pese a lo que la novela diga respecto a la inutilidad de la fe y la esperanza, cuesta creer que la humanidad se desentienda de la esperanza o acabe renegando de la fe. La fe vive en todos los ámbitos de la vida. Pero, quizá se ve de modo especial en el terreno de la religión, y con mayor fuerza en personas de formación escasa. Me pregunta mi amigo si acaso pienso que la fe es propia de personas ignorantes. Por supuesto que no pienso eso, aunque sí que son las clases más deprimidas las que más se refugian en la fe, porque tienen menos a lo que agarrarse aparte de esa esperanza que, posiblemente son incapaces de explicar. Eso explica la expresión fe del carbonero, que se aplica a quienes sostienen esta esperanza de forma más ciega, sin necesidad de argumentos incontestables y sin cuestionar nada de lo que se les diga.


Este cifrarlo todo en la fe puede explicar que monseñor Gaspar Quintana, obispo emérito de Copiapó, Chile, y Presidente de la Comisión Nacional de Pastoral de Santuarios y Piedad Popular sostenga en una carta pastoral que sectores de la Iglesia recelen de las mandas y las interpreten como «una actitud devocional ignorante». De las razones que expone, cito algunas: que no manifiestan un auténtico valor cristiano, sino una piedad popular revestida de paganismo; que, al dejar todo en manos de Dios, se niega a la humanidad capacidad para decidir; o que convierte la religión en una relación contractual regida por el principio «yo te doy a cambio de que tú me des».

O sea, le digo a mi amigo, que concluimos en algo que casaría con lo que dice Krasznahorkai: dudamos de lo que tenemos (por ejemplo, el médico experto que nos podrá curar) y ponemos nuestra confianza en algo de lo que no tenemos seguridad (el milagro que no sabemos si se producirá).

viernes, enero 09, 2026

LA MANIPULACIÓN DEL LENGUAJE

Tomo este título del de un ensayo publicado por Nicolás Sartorius en 2018. Me parece adecuado porque Zalabardo me muestra un tuit en que el novelista argentino Martín Caparrós escribe: «Trump se toma el trabajo de decir que Maduro era un “dictador ilegal”, no como él, que es un dictador perfectamente legal». La carga irónica del texto está en destacar cómo el presidente estadounidense manipula y corrompe el lenguaje, ya que, si dictador es la «persona que se arroga todo el poder político apoyado en la fuerza y lo ejerce sin limitación jurídica», es imposible establecer categorías ―legales o ilegales― porque cualquier dictador queda fuera de la legalidad.

            En respuesta a mi amigo, le recuerdo dos citas. Una es del filólogo Gregorio Salvador, que en 1985 escribía; «Cada persona distingue tantos colores como nombres tenga en su lengua para dividir el espectro cromático». La otra es de Álex Grijelmo, que escribía en 1998: «Las palabras consiguen que los conceptos existan, y no al revés […] Pero las palabras no forman una caja de cartón en cuyo interior solo se vea el dibujo de una idea. Al contrario, dentro de la caja se halla la idea misma». Eso significa, le aclaro, que, por un lado, si una persona no conoce la palabra colorado, ese concepto es inexistente para ella; y, por otro, que, como el cuadro de Magritte Ceci n’est pas une pipe, que dibujemos una pipa no quiere decir que tengamos una.

            Vivimos una época en que, lamentablemente, se tiende a convertir las palabras en meras imágenes, despojándolas de lo que en realidad dicen. Eso nos hunde en la duda de si nos rodea una lengua nueva o si la que consideramos nuestra ha caído en un estado de alarmante deterioro. No niego con esto el natural proceso de evolución y cambio de todo el conjunto de la lengua. Pero si una empresa comunica que «va a proceder a una flexibilización de la plantilla», no es que piense introducir novedades que ayuden a la movilidad o que mejore la situación de los trabajadores, ya que flexibilizar significa ‘que algo se dobla con facilidad o que no se sujeta a normas estrictas’. Lo que realmente se está diciendo es que se va a recortar, disminuir el número de empleados.

            Hemos caído, por desgracia, en la trampa de las posverdades, es decir, distorsiones deliberadas de la realidad para manipular la percepción del receptor. Asistimos estos días a un fenómeno insólito. Nicolás Maduro, es presidente ilegítimo de Venezuela porque aún no se conocen las actas de las últimas elecciones; es dictador; es presunto narcotraficante; un demócrata piensa que no debería presidir su país. Pero ¿justifica eso que un megalómano como Trump viole todas las leyes internacionales y de su país, haciendo uso de la fuerza de que dispone para entrar militarmente en Venezuela y secuestrarlo? Y, sorprendentemente, asistimos a una incomprensible discusión sobre si tal acto es o no una agresión. ¿Qué es entonces? Por supuesto que todo el mundo debería condenar esta flagrante agresión, sin que ello suponga defender a Maduro.


            Podría hablarle a mi amigo de que estas manipulaciones se dan en todos los órdenes de la vida. Pero da la lamentable coincidencia de que el tema de estos días es la política, Trump y Venezuela. Y sufrimos al ver que la lengua, instrumento cuya finalidad es la de entendernos en nuestra relación con los demás, se nos convierte a marchas forzadas en fuente discordia y de empleo de posverdades, es decir, mentiras, que eso es lo que significa ese neologismo. La gente común y corriente, como Zalabardo y como yo y como muchísima gente más, asume la forma de hablar de quienes nos parecen ser las personas más notables: escritores, periodistas, contertulios de televisión, políticos… Pero hay televisiones que nos atiborran de tertulias y análisis, que ni son análisis, porque en ellas se discute acaloradamente sin hacer un estudio detallado para llegar a una conclusión válida, ni son tertulias, pues no se conversa serenamente para contrastar opiniones, sino que parecen más un gallinero alborotado.

            Y los políticos… ¡Ay, los políticos! Si el concepto de política es el que recogía la expresión griega politiké techné, es decir, ‘arte de vivir en sociedad o de solucionar los asuntos del Estado’, deberíamos sentirnos orgullosos de quienes se ocupan de buscar la solución de esos asuntos para beneficio de la comunidad. Sin embargo, contemplamos la paradoja de que en el pueblo llano aumenta el desapego e incluso el aborrecimiento de la política. En un parlamento se debaten ―o debieran debatirse― los asuntos clave del Estado. Pero si un debate es la ‘discusión sobre un tema desde ópticas y opiniones diferentes para llegar a un acuerdo’, nos encontramos con que, ahora, por debatir se entiende crispación, insultos e improperios dirigidos a quien no piensa igual.


           Y, claro, miramos hacia el escenario de Venezuela. Y oímos hablar de dictaduras, de libertad, de paz, de liberación… ¿Encierran algún concepto estas palabras en boca de quienes las pronuncian o son meras imágenes, como la pipa dibujada por Magritte? Oigo a ese ególatra jactancioso Donald Trump hablar de libertad, de dictadura y de paz ―¿sabe él que significan esas palabras?―, lo oigo proponerse para el Premio Nobel de la Paz y no sé si reír o llorar. Le pregunto a Zalabardo si recuerda aquella maravillosa película El hombre que mató a Liberty Valance, que dirigió John Ford. Se acuerda. Un joven e idealista abogado, Ransom Stoddard, llega a un pequeño pueblo con el objetivo de que se imponga la legalidad frente al capricho de los fuertes, que son el grupo de poderosos y corruptos ganaderos que encargan el trabajo sucio a un cruel forajido, Liberty Valance y a su banda.  Donald Trump es, sin duda, un Liberty Valance que siembra el terror entre los más débiles para defender la ambición propia y de otros poderosos. Stoddard es el defensor de la ley y la razón que Trump desprecia con su proceder. Lo que no encontramos en este escenario es la figura de Tom Doniphon, el único que presenta cara al despiadado matón. Esperemos que la Unión Europea deje a un lado su timidez y haga ver al presidente de los Estados Unidos que se es fuerte hasta que se le pierde el miedo. Porque nada asusta más a un matón que ver que no se le tiene miedo.


sábado, enero 03, 2026

NUEVO DÍA Y NUEVO AÑO


El año que ha cerrado ha sido el cincuentenario de la aparición del álbum Nuevo día. Lole y Manuel, no sé si conscientemente, protagonizaron una auténtica revolución en la cultura y la música del flamenco. Dieron nuevo aire a las letras y añadieron instrumentos nunca pensados anteriormente en el género. Fundieron el flamenco con otros ritmos. Aquello fue antes de Kiko Veneno o de la formidable Leyenda del tiempo, de Camarón. Y, por supuesto, muy anterior a Omega, de Enrique Morente, que no aparecería hasta veinte años más tarde.

            Le digo a Zalabardo que, con este recuerdo, quiero darle a entender que no hay que posicionarse por sistema contra lo nuevo, porque la vida toda es proceso y cambio, y porque el progreso, aunque en algunas ocasiones parezca que nos hace la puñeta, trae mejoras la mayor parte de las veces. Lo que sucede, le digo, es que mientras todo se va renovando, nosotros vamos recorriendo un proceso inverso, el de la decrepitud que lleva aparejada el hecho de cumplir años.

            Ahora, mientras escribo, veo iniciarse el segundo día de un nuevo año, 2026. Le recuerdo a mi amigo, sin dejar de mirar el punto por el que asoma el nuevo día, que este año que también se inicia se cumplirán veinte desde el día en que me ofreció su Agenda para ir anotando estos apuntes. Si en el discurrir del tiempo veinte años es poco, para nosotros, hay que reconocerlo, es ya bastante. Le cuento a mi amigo que, días atrás, un buen amigo, José María Pérez Moreno, declaraba al felicitarme las fiestas que, para este año, lo que él desea ―para mí, para él mismo y para todos― no es más dicha, ni más felicidad, ni éxito, ni ninguna de esas cosas; lo que él desea es que venga «completo». A nuestra edad, no es mal deseo.


            Como es mi costumbre, una de las primeras cosas que hago cada día, es asomarme a mi terraza. Hoy me he acordado de la canción de Lole y Manuel ―«El sol, joven y fuerte, ha vencío a la luna…»―. Me dije: «Ahora se estará levantando José María». Lo hice con ganas de chincharlo, porque sostengo que soy un poco más viejo que él y bastante más madrugador. Y sé que eso lo enrabieta. Luego me puse más serio y le dije a Zalabardo que, con los años que acumulamos, cada nuevo amanecer contemplado es un regalo por el que debemos sentirnos hondamente agradecidos, ya que cualquier ocaso bien pudiera ser el último de nuestras vidas.

            Me pregunta mi amigo, Zalabardo, no el otro, si con esto lo estoy haciendo participe de mi temor a la muerte. Niego tal sospecha y contesto que puedo sentir respeto, pero no temor, porque la muerte, tal como la concibo, forma parte del proceso natural de la vida. Todo tiene su comienzo y todo tiene su final. Somos ―así lo expresó hace siglos Quevedo en un inolvidable soneto― «presentes sucesiones de difunto». Y muchos más siglos han transcurrido desde que Epicuro, en la carta que escribió a su discípulo y amigo Meneceo, conocida también como Carta sobre la Felicidad, lo exhortaba a contentarse con poco, ya que quien con poco se contenta no está acuciado por la necesidad y, consecuentemente, queda menos expuesto al dolor. Por eso le dice: «El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos».

            Alguna vez le he hablado a Zalabardo de que jamás he pensado que un cementerio sea una construcción fúnebre y triste. Los veo como lugares apacibles y me intereso en conocer los de las poblaciones que visito. Es mucha la gente que desconoce que la palabra cementerio procede de la raíz indoeuropea kei-, que significa ‘estar tendido’ y que de ella proceden el verbo griego koimao, ‘estar acostado’, y el sustantivo koimētḗrion, ‘dormitorio’.


            En mis visitas, paseo lentamente por sus calles y patios y me detengo a leer epitafios, porque se encuentran bastantes que huyen del tono doliente que refleja la mayoría. En Alcaucín (Málaga), alguien dejó en la repisa de un nicho dos botellas vacías de vodka y tres granadas más un mensaje escrito a mano sobre un trozo de madera: «Hola, Toni. Te echamos de menos». En Benadalid, la sepultura de un joven la cierra una lápida en la que se ha grabado un epitafio copiado de otro hallado en la necrópolis del Marugán, en Atarfe (Granada), perteneciente al siglo XI: «Yace ahora XXXX en los felices campos celestes. Noble e inmaculado en el mundo, nacido para el cielo, pacífico, amable, empapado en el rocío celeste…». Y en el Cementerio Inglés de Málaga, sobre el suelo, se puede ver una pequeña sepultura sobre cuya losa se lee: «VIOLETTE / 24-XII-1958 / 23-I-1959». Y, debajo, grabado: «…Ce que vivent les violettes…». Podría contar más casos.


           No sé quién sería ese Toni; tampoco ese joven de Benadalid que murió con solo 24 años. Y me conmoví fuertemente la primera vez que vi la tumba de esa pequeña Violette, fallecida con solo un mes de vida. En estos casos, no es temor a mi muerte lo que me asalta, sino rabia porque considero que son muertes equivocadas, que llegaron antes de tiempo, que no correspondían. Pero la muerte es así de imprevisible. Le digo a Zalabardo que, en esos casos, lo que siento es una especie de remordimiento porque, a mi edad, creo haberles robado parte de sus vidas a Toni, a ese joven de Benadalid, o a la pequeña Violette. Ellos ―como tantos otros― merecerían haber vivido más.

            Pero, epicúreo al fin, ¿cómo no voy a dar las gracias por el nuevo día que se me ha regalado hoy, como no alegrarme por este nuevo año que empieza a dar sus primeros y torpes pasos? Si algún ansia me guía, es la de que, como escribió Antonio Machado, «cuando llegue el día del último viaje» me coja «ligero de equipaje». Con ese ánimo, a todo el que me lea le deseo lo que me deseaba mi amigo José María: que el 2026 les venga «entero». 

sábado, diciembre 20, 2025

CALEPINO, LA MUJER DEL CÉSAR Y LAS NOVEDADES RAE

 


Zalabardo me confunde erróneamente con Ambrogio Calepino, aquel fraile italiano autor de un monumental diccionario que daría lugar a la expresión popular saber más que Calepino. Y es que mi amigo piensa que yo tengo respuesta para todo, cuando la única verdad es que, como creo que sucede a cualquier mortal, también yo tengo más preguntas que respuestas.

            Hoy me ha venido recabando mi opinión sobre las novedades que, como cada año ―desde un tiempo a esta parte― publica la RAE sobre añadidos, aclaraciones y rectificaciones al Diccionario de la Lengua Española. Le digo en primer lugar que tal cosa no me parece ni bien ni mal por el sencillo hecho de que la Academia se sumó, con buen criterio, a las facilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y apostó por la edición electrónica del DLE, con lo que cualquier alteración de su contenido resulta fácil y cómodo, pues no hay que recurrir a una nueva publicación, en papel cada año. Le digo, de paso, que eso es un gran favor que hacen a todos los hablantes, pues nos permiten un acceso fácil a la magna obra desde cualquier dispositivo, ya sea un ordenador o un teléfono móvil.

            O sea ―le pongo como ejemplo―, que si estoy sentado al sol comenzando la lectura de Comerás flores, la reciente novela de Lucía Solla, y en la primera página me encuentro con la palabra retenedor y no sé a qué se refiere, no me tengo que levantar; simplemente cojo el móvil y busco en el diccionario académico. Aunque, en este caso, me llevo el chasco de que dicha palabra no me aparece. Este ejemplo me sirve para preguntarle a mi amigo si conoce la historia que se cuenta sobre Julio César y su esposa.


           Durante el periodo en que ocupó el puesto de Pontifex Maximus, algo así como sumo sacerdote en la religión romana, allá por el año 62 antes de nuestra era, su esposa Pompeya asistió a una fiesta reservada exclusivamente a mujeres. Cuentan que un joven aristócrata, Clodio, algo casquivano, se disfrazó de mujer y se coló en el lugar de la celebración con intención de seducirla. Pero fue descubierto y arrestado. En el juicio no se pudo probar nada y era opinión unánime que Pompeya no sucumbió al asedio del joven. Sin embargo, Julio César la repudió con un argumento que resumió en estas palabras: «Mi esposa debe estar por encima de cualquier sospecha». Se dice también que Cicerón, testigo de la acusación en el juicio contra Clodio, le birló la idea y nos dejó para la posteridad la frase como «La esposa del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo».

            Zalabardo me mira sin entender qué quiero decirle con esta historia. Le respondo que lo hago porque esta historia no me gusta, ya que viene a establecer como principio que importa más la apariencia que la realidad, que es preferible parecer a ser. Y no sé si estamos inmersos en una sociedad que, en todos sus ámbitos, está abrazando dicho principio. Mi amigo sigue sin entender y bajo a la tierra y vuelvo a su pregunta acerca de las novedades que comunica la Academia. Le digo que, si el lema de la casa es Limpia, fija y da esplendor, lo ideal es que se atuviera a eso y no entre en la competición que, cada año, surge sobre las mejores películas, los mejores libros, las personas más ricas o los actores más elegantes. Porque no se trata de aparentar que se trabaja, sino de trabajar aunque no se vea.


            No creo que haya necesidad de andar removiendo el diccionario a cada instante. La lengua, y el léxico, son organismos vivos de los que se vale el pueblo y constantemente se alteran con absoluta naturalidad. Unos cambios triunfan y permanecen; otros, no dejan de ser una moda pasajera y se van a tomar viento a las primeras de cambio. Por eso, lo más lógico es dejar que las palabras vayan cociendo lentamente, Y cuando se vea que han adquirido el punto de cocción adecuado, entonces será el momento de darles asiento en el diccionario. Mientras, que vivan su vida en libertad y sin ninguna clase de atadura.

            Vamos al caso. Le digo a Zalabardo que, en las novedades publicadas por la Academia me encuentro algunas sorpresas. Comienzo por el ejemplo que le ponía de retenedor. Pues no viene, aunque sí tenga sitio bracket, que podríamos sustituir por corrector. ¿Quiere esto decir que estoy en contra de los neologismos o, más, de los anglicismos? No. Pero si ambos son dispositivos que se emplean en tratamientos de ortodoncia, aunque cumplan funciones diferentes, ¿por qué uno aparece en el diccionario y el otro no? En la historia que le cuento de Julio César se dice que repudió a su esposa; si repudiar es palabra es vieja como el mundo, ¿por qué hasta ahora no aparece ‘rechazar legalmente al cónyuge para romper el matrimonio?

            Añado a mi amigo otros ejemplos: me extraña sobremanera que ahora se le conceda carta de naturaleza a neolengua, ‘lenguaje intencionadamente desplazado de su verdadero significado para distorsionar la realidad en beneficio de unos intereses’, cuando el término circula desde que en 1949 George Orwell escribió su novela distópica 1984. Me pasa lo mismo con la novedad de la forma compleja juguete roto para referirse a quien ha tenido popularidad y, de pronto, la pierde hasta quedar olvidado. O, por ejemplo, que se incluya desratizador si ya tenemos raticida. O que se incluyan eurófobo y turismófobo, si basta añadir el sufijo -fobo para indicar que se siente aversión hacia aquello a lo que acompaña. ¿Cuántas más tendrían que aparecer?

            Y, para terminar, le señalo a mi amigo, solo por señalar, otras novedades que aparecen: farlopa, teletransportar, exvoto, cortejar, hidratar… ¿Por qué ha tardado la Academia tanto en acogerlas si vemos que aparecen acompañadas de gif, crowdfunding, drugstore y otras?

sábado, diciembre 13, 2025

SOBRE EL LENGUAJE INCLUSIVO

 

Son varias las mujeres que en nuestro espectro político son representantes de un partido a la hora de hablar en nombre de su grupo ―Cuca Gamarra, Mertxe Aizpurua, Pepa Millán, Verónica Martínez…―. Dicho cargo recibe el nombre de portavoz. Zalabardo me cuenta haber leído no hace muchos días en un periódico una información en la que se hacía alusión a la portavoza de un determinado partido y solicita mi opinión sobre dicha forma.

            Naturalmente, le digo que no la considero válida y que no es sino una curiosa anécdota que rompe el espíritu de la lengua y que se une a otras parecidas que se han dado a lo largo de los años. En 1997, Carmen Romero, esposa de Felipe González utilizó en un mitin la forma jóvenas y en 2008, siendo ministra, Bibiana Aído se dirigió a las miembras de una comisión; ya en 2018, fue Irene Montero quien por primera vez hizo alusión a las portavozas. No dejan de ser intentos fallidos, a la vez que incorrectos, de llevar al lenguaje el esfuerzo por hacer más visible el papel de la mujer en la sociedad actual.

            Me pregunta mi amigo si lo que digo supone desafección o desconfianza hacia el lenguaje inclusivo, que es tratar en el lenguaje de modo equitativo a cualquier persona sin que haya discriminación de ninguna clase. Le respondo que no e intento aclararle que la creación y modificación de palabras está presente en la misma naturaleza de la lengua y que cualquier hablante dispone de capacidad para crear palabras. Le recuerdo un caso. César Gómez Lucía, piloto que, terminada la guerra civil buscaba un nombre para designar a las personas, mujeres, que atendían durante el vuelo a los viajeros, pues no le gustaba camarera, se decidió por azafata, término con larga historia a sus espaldas y adquiría un nuevo significado. Cuando esta tarea se encomendó también a hombres, se les llamó finalmente, hacia 2014, azafatos. ¿Niega alguien que es ejemplo de lenguaje inclusivo?


            Otro ejemplo. Los partos eran atendidos tradicionalmente por mujeres, las matronas. Cuando en 1980 se autorizó que los hombres pudiesen acceder a esta titulación y desarrollar un trabajo tradicionalmente feminizado, hubo que darles un nombre; y se recurrió al más lógico, matrón. Otro caso de lenguaje inclusivo. Los dos ejemplos buscan favorecer a hombres en ambientes que se consideraban propios de las mujeres. Ahora estamos en la búsqueda de un lenguaje que reconozca a las mujeres en un mundo de hombres. Médico, arquitecto, ingeniero, etc., trabajos que siempre realizaron hombres, hoy se han feminizado en las formas, médica, arquitecta, ingeniera, etc. Como debe ser.

            Portavoza es caso diferente. Las palabras españolas terminadas en z pueden ser femeninas ―nuez, paz, luz― o masculinas ―lápiz, antifaz, arroz―, aunque algunas sean comunes en cuanto al género, es decir, que sirven tanto para el masculino como para el femenino ―juez, aprendiz―. Pues bien, lo primero que hemos de mirar es que voz, parte del compuesto portavoz, es de género femenino, aunque el compuesto resultante actúe como común. Feminizarla parece un poco absurdo. Aunque no lo es en los casos de jueza o aprendiza, por ejemplo.

¿Hay que luchar, en una sociedad cada día más igualitaria, por un lenguaje inclusivo que elimine los rasgos excesivamente androcéntricos de la lengua? La respuesta es rotundamente sí. Pero no olvidemos que la lengua se va transformando según evoluciona la sociedad y su mentalidad, pero nunca al revés. Le digo a mi amigo que la ONU tiene unas Orientaciones sobre lenguaje inclusivo en cuanto al género en español, que pueden consultarse en internet. En la introducción se dice que el lenguaje inclusivo ha de tener en cuenta el tipo de comunicación, la finalidad, el contexto y el público al que se dirige. Que ha de servir para construir mensajes claros, fluidos, concisos y legibles. Y que para ello ha de disponer de estrategias que valgan tanto en la comunicación oral como en la escrita. En suma, que cumpla lo que siempre se ha pedido a la lengua, que sea un instrumento claro de comunicación

            Al hablar de las estrategias, establece varios grupos. En el primero sugiere que se usen formas de tratamiento similares ―si se habla del presidente Sánchez, debe hablarse también de la presidenta Ayuso―. Que no se utilicen expresiones que supongan connotaciones negativas ―evitar no llores como una mujer o ser fuerte como un hombre―. Que no se perpetúen estereotipos ―no hablar de enfermeras y médicos, sino de personal sanitario―.

            En un segundo grupo se proponen estrategias para visibilizar a la mujer cuando lo exija la situación comunicativa. Vale el desdoblamiento, aunque no hay que abusar hasta hacer pesado el discurso. Por eso es aconsejable decir Los candidatos y las candidatas al puesto deben presentar las instancias…, pero se considera preferible Los españoles se manifiestan en favor de la sanidad pública. Son válidos ciertos recursos ortográficos, como El/La Directora/a, pero se rechaza el uso se símbolos como x o @ porque producen palabras ―amigxs o amig@s― que son imposibles de leer o de pronunciar.

                Y en un tercer grupo aparecen estrategias para no visibilizar el género cuando la situación comunicativa no lo exija. Así, propone evitar los determinantes ―se desaconseja decir asistieron al acto algunos periodistas porque decir simplemente asistieron al acto periodistas es suficientemente claro―. Se sugiere emplear, cuando haya dudas, colectivos y estructuras genéricas ―el funcionariado, la comunidad científica―, o emplear persona o relativosAcudieron unas diez personas; quien desee asistir…―.


            O sea, le digo a Zalabardo, que hay muchas maneras de conseguir un lenguaje inclusivo sin caer en el grado de absurdez y pedestrismo que se observa en algunos casos que defiende la Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género, publicada por la Junta de Andalucía en 2007. Le enseño a mi amigo un único ejemplo que me parece especialmente llamativo. Es un poco largo, pero creo que vale la pena. En la página 38 se rechaza la redacción de un texto por estar escrito con «perspectiva androcéntrica»: En un Paraje Natural se va a construir una urbanización de lujo con todos los servicios para que a pesar de estar alejado de zonas urbanas se pueda vivir con todas las comodidades. Para sustituirlo, se propone esta redacción con «perspectiva ecofeminista»: En un Paraje Natural se va a construir una urbanización de lujo, esto generara un crecimiento económico en la zona. Asimismo está provocando unas protestas de las vecinas y los vecinos por el impacto ecológico que puede provocar. Respeto los fallos gramaticales que aparecen en ambas redacciones. ¿Qué tiene de inclusivo el segundo y qué le sobra al primero?

        ¿Es necesario un lenguaje inclusivo? Sí. Pero de poco sirve si no conseguimos que esa equiparación se afirme en la conciencia social.