sábado, febrero 28, 2026

PÉREZ-REVERTE / UCLÉS

Podría haber titulado este apunte al revés, colocando a David Uclés en primer lugar; pero si no lo he hecho ha sido porque respeto, simplemente, el criterio de la edad. El cartagenero Arturo Pérez-Reverte es un hombre maduro de 75 años, mientras que el ubetense (aunque él se considera casi quesadeño) David Uclés es un joven de solo 36 años.

            Le pregunto a mi amigo si ha leído La península de las casas vacías y su opinión. Me responde que sí y que considera que es una de las mejores novelas publicadas en España en los últimos años. Pero Zalabardo, que no suele estar muy al tanto de las redes ni de las incontables tertulias que nos ofrece la televisión, me pregunta a su vez si este Uclés es quien ha protagonizado el enfrentamiento con Pérez-Reverte a propósito de un fallido acto que iba a celebrarse en Sevilla. Le contesto afirmativamente, aunque intento aclararle que a veces creo que a uno y otro escritor se los ha convertido, quizá a su pesar, en protagonistas de una confrontación que otros han querido montar sobre dicho acto.

 

           Este espíritu cainita, esta actitud maniquea de convertir casi por necesidad cualquier disparidad de opinión en el enfrentamiento del que debe salir un bueno y un malo parece ser algo muy propio de nuestra idiosincrasia española. No otra cosa ―le añado a mi amigo― parece extraerse de un repaso de nuestra historia. ¿Sería nuestra literatura distinta si no contabilizamos choques como los protagonizados por Quevedo y Góngora? ¿Qué sería de la tauromaquia si olvidamos las discusiones en torno a si Ordóñez o Dominguín? ¿Los aficionados al fútbol dormirían igual si no tuvieran que optar entre Ronaldo o Messi? ¿Cómo serían las charlas políticas si no contáramos con Sánchez y Feijóo? ¿Nos resultaría más divertida nuestra televisión si se anulara la posibilidad de elegir entre Pablo Motos y David Broncano?

            Necesitamos de alguien a quien alabar frente a alguien a quien vituperar. Precisamos decantarnos en la rivalidad entre un malo y un bueno, un Caín y un Abel. Parece dichas para nosotros, y solo para nosotros, las palabras que el evangelista Mateo pone en boca de Cristo: «no vine a poner paz, sino espada. Porque […] los enemigos del hombre serán los de su casa».

            Nos gusta crear enemigos. Ahora tenemos lo de Pérez-Reverte/Uclés. ¿Y quién no se lanza a la palestra para conceder la razón a uno y quitársela a otro? ¿Quién resiste la tentación de contar cuál de los dos obtiene más partidarios dispuestos a intervenir en su favor? Así, los tertulianos ―le digo a mi amigo― se afanan cuanto pueden en su tarea de «crear opinión» hasta conseguir de se coloque la vitola de bueno y la de malo a quien consideran que corresponde en esta lucha que no debería ser tal, sino una muy natural y lícita diferencia de pareceres.

            Zalabardo y yo comenzamos nuestro particular debate, que no es otro sino el de intentar analizar serenamente qué une o qué separa a estos dos novelistas, los dos de calidad, pero cada uno hijo de su padre y de su madre y, además, pertenecientes a generaciones distantes ―casi cuarenta años los separan―, lo que justificaría ya por sí solo que no tengan que presentar unanimidad en sus criterios ni en su manera de ver el mundo. Y es que esa es otra ―le digo a mi amigo―. Hay quien tiende a uniformarlo todo, como si pensar todos lo mismo no fuese la cosa más aburrida y terrible que pudiera darse en una sociedad moderna y civilizada.

       Me contesta Zalabardo que lo que digo le hace pensar en aquella espeluznante distopía, 1984, nacida de la pluma de George Orwell. Y creo que no le falta razón. Cuando nos enfrentamos a uno de estos episodios en que dos mentalidades chocan y hay empeño en que la verdad asista solo a una de ellas, parece como si deseáramos ser regidos por ese Gran Hermano omnipresente al que nunca vemos, pero de cuya mente emanan los principios del Partido que todo lo controla. Que añoramos la actuación de la ubicua Policía del Pensamiento, encargada de vigilar que nadie piense nada diferente a lo que el Partido quiere que pensemos. Que no dudaríamos en enviar a quienes nos llevan la contraria a la terrorífica habitación 101, de la nadie se puede librar más que traicionando su pensamiento y aceptando el que se le impone. Y que nos plegamos servilmente a la neolengua que lo simplifica todo para así controlar el pensamiento único y hacer inviables cualesquiera otras formas de pensamiento.

            Ante este conflicto reciente entre los dos escritores, le digo a Zalabardo que yo pienso que Arturo Pérez-Reverte es un hombre maduro que ya tiene su vida hecha; que, con todo lo que tenga de bueno o de malo, se ha ganado el espacio que ocupa y que tiene todo el derecho del mundo a opinar como opina, coincidamos o no con él. Como académico, se considera a sí mismo algo así como el «gamberro de la RAE». En mi opinión, tras la muerte de Javier Marías y Francisco Rico, sus dos grandes amigos junto a los que formaba el «trío de gamberros» de la docta casa, Pérez-Reverte se siente un poco huérfano en su lucha dentro de la Academia.


            David Uclés, por su parte, es una persona joven que ha irrumpido con fuerza en los ambientes literarios con una magnífica novela. A su edad, todavía tiene años por delante para modelar y construir la figura que llegue a ser con el paso de los años. Y, con lo de bueno y lo de malo que tenga, va ocupando un espacio propio. Por ello le asiste todo el derecho del mundo a opinar como opina, coincidamos o no con él.

            En este debate, no he leído qué opina David Uclés. Sí he leído una entrevista con Pérez-Reverte. Le cuento a Zalabardo alguna de sus respuestas. Sobre el gallinero en que se han convertido muchas tertulias, cree que ese cacareo vuelve locos a muchos receptores aquejados de orfandad intelectual, porque, piensa, estamos faltos de una cultura verdadera. Dice también que él pelea por razones válidas, pero nunca por fanatismo. Y mantiene que con sus novelas no pretende en modo alguno educar a nadie, sino contar el mundo como lo ve y como lo ha vivido. Creo que David Uclés firmaría estas palabras y si, en sus novelas, habla de un mundo que él, por su edad, no vivió, el ímprobo esfuerzo realizado para documentarse sobre cómo fue bastaría para que, de haberlo vivido, lo que nos contase no difiriese mucho de lo que muestra en la novela. Y tampoco creo que él pretenda educar a nadie. Es, por encima de todo, un novelista.

sábado, febrero 21, 2026

EL SUECO, EL ZUECO, EL ZOCATO Y EL ZOQUETE

Se me presenta hoy Zalabardo con una noticia que, dice, lo ha sorprendido. El embajador de Suecia Per-Arne Hjelmborn ―afirma que le han contado― ha solicitado a la RAE y a la Fundación Fundéu que se suprima la expresión hacerse el sueco, porque expresa un juicio negativo hacia su país. O que, caso de que se mantenga, se aplique con un sentido positivo, ya que los suecos son un pueblo trabajador, atento y cuidadoso del medio ambiente. A este buen hombre le extraña que en nuestro diccionario se recoja el modismo con el significado de ‘desentenderse de algo, fingir que no se entiende’, lo que lleva a pensar que los suecos son personas que tratan de eludir sus responsabilidades y compromisos.

            Le contesto a Zalabardo que la presentación de esa propuesta ―más que queja― es real, aunque ya hace casi un año desde que la hizo pública. Y también le aclaro a mi amigo que tal vez lo que el embajador sueco no sepa es que son muchas las pruebas de que dicha locución no tiene nada que ver con el pueblo nórdico.

            El equívoco nace cuando el gaditano José María Sbarbi y Osuna, en su libro Refranes, adagios, proverbios, modismos, locuciones y frases populares, de 1872, recoge hacerse el sueco, y explica que tal significado se debe «a ser el disimulo y la envidia cualidades características de la clase del pueblo de Suecia, según informes de los viajeros más autorizados y fidedignos». Su argumento carece de base, porque Sbarbi no tuvo ocasión de comprobar tal afirmación y habla de oídas, haciéndose eco de un rumor, un prejuicio, actitud que, aunque frecuente, es poco recomendable. Pero ya sabemos que los prejuicios y los rumores son los únicos elementos con los que algunas personas montan sus opiniones infundadas. No ya en tiempos de Sbarbi; también hoy.

            En este tema de frases coloquiales y modismos se suele acudir hoy a El porqué de los dichos, un muy documentado libro de José María Iribarren. En la página 98 se lee «No nos convence esa explicación ―la de Sbarbi―, porque, aunque fuese cierto que los suecos sean disimulados y envidiosos […] la frase alude a alzarse de hombros, a no darse por enterado». Se rechaza así la teoría, pero se deja en el aire la duda sobre la forma de ser de los suecos.


           Pero no es esta la única interpretación que hay que negar sobre esta locución. Implicando también a Suecia, hay quienes afirman que el origen de la expresión debemos hallarlo en la Guerra de los treinta años (1618-1648), conflicto político-religioso, cuando los marineros suecos, al ser hechos prisioneros, fingían desconocer la lengua de sus captores para evitar declarar.

            Y tampoco faltan filólogos que se adscriben a defender sueco como gentilicio, aunque rechazan que se refiera a los habitantes de Suecia, haciendo creer que hace alusión a los campesinos del valenciano pueblo Sueca. Alberto Buitrago, por ejemplo, apunta que los suecos de Sueca, cultivadores de arroz, eran gente ignorante y considerados como paletos, pero que, cuando acudían a la ciudad a vender sus productos, fingían no entender nada y así procurar sacar el máximo provecho en los negocios. La dificultad de esto está en que el gentilicio de Sueca, en valenciano, es suecà, y en castellano, secuense, siendo sueco una forma muy poco utilizada.

            Iribarren niega todos estos orígenes, por mucho que haya gente que los crea, y le atribuye al dicho un origen latino, que es lo que parece más lógico. Aunque la locución parece no remontarse más allá del siglo XVI, según él, sueco no es ningún gentilicio, sino un sustantivo procedente de soccus, que es un tipo de calzado humilde y, en especial, el que usaban los actores cómicos, en oposición al coturno que realzaba la figura del actor trágico. El cómico era un personaje tosco, dotado de poca inteligencia, incapaz de comprender muchas cosas.

            No hay más que aplicar las leyes de evolución fonética para ver que soccus pasó a ser en castellano sueco. El italiano Lorenzo Franciosini, primer traductor del Quijote al italiano y autor de un Vocabolario español-italiano, en 1620, dice de sueco, o çueco, que es una pianella di legno con guiggia de cuoio, es decir ‘un zapato de madera con correas de cuero’. Y lo que designaba un tipo de calzado pasó a designar no solo al actor que lo llevaba sino a cualquier persona torpe. Y, finalmente, sirvió para señalar a quien fingía no entender una situación para quedarse al margen. Quien pretendía eludir obligaciones, responsabilidades, compromisos, imitaba a aquellos comediantes, es decir, se hacía pasar por tonto, o sea, se hacía el sueco.

            Donde ya creo que yerra Iribarren, le digo a Zalabardo, es en atribuir otros derivados al soccus latino, pues afirma que de esa misma palabra proceden zueco, el ‘calzado de madera’, zocato, ‘zurdo’, y zoquete, ‘torpe, inútil’. Pudiera ser que la afirmación valga para zueco, según hemos visto, pero no para las otras.  Joan Corominas, en su Diccionario etimológico lo explica bien. En árabe existía una palabra suqât, que significaba, ‘pedazo de madera o de pan que queda sobrante’. Este desecho de la madera es el zoquete, que por ser algo inútil, pasó a designar también a la ‘persona torpe’. Y la idea de torpeza sirvió para referirse, con la palabra zocato, a quien era torpe en el uso de la mano derecha.

            O sea, que el señor Hjelmborn puede estar tranquilo, pues nadie se refiere a sus paisanos cuando habla de hacerse el sueco. Y a mi amigo le digo que quizá otro día hablemos de locuciones que, estas tal vez sí, expresan una visión peyorativa, como pasa en trabajar como un negro, engañar a alguien como a un chino y otras semejantes.

sábado, febrero 14, 2026

SE BUSCA UN CASTELAR

 

Emilio Castelar (1832-1899) fue político, historiador, periodista y escritor. Aparte de esto, fue presidente de la Primera República Española entre los años 1873 y 1874. Considerado como el más elocuente orador político que haya tenido España, su nombre ha terminado por ser referencia obligada de la buena oratoria. Menéndez Pelayo, aunque ideológicamente muy distanciado del gaditano, admiraba su altura intelectual y dijo de él: «En cada discurso del señor Castelar se recorre la universal historia humana».

            Los tiempos han cambiado mucho y la oratoria ―arte de hablar con elocuencia― es algo que, por desgracia, se va abandonando. Le pregunto a Zalabardo si él consigue soportar un debate de los que se celebran en el Parlamento, tanto si es el nacional como cualquiera de los regionales. Me contesta que hace ya años que abandonó esa costumbre, porque lo pasa mal escuchando las delicias que sueltan sus señorías. Sus intervenciones ―no solo por su contenido, sino más por la forma― suelen ser de una pobreza que impresiona.

            En nada se avienen a lo que escribió Cicerón ―hace ya veintidós siglos― en su tratado De Oratore: «¿Qué hay tan placentero a la inteligencia y al oído como un discurso pulido y engalanado con sabios pensamientos y solemnes palabras?» Hoy, el discurso de un político es tedioso. Los pensamientos que nos ofrecen son zafios y horros de sabiduría y las palabras carecen de solemnidad. Oyéndolos, pensaría uno que para ser parlamentario en la España actual se requiere primero hacer un curso de lenguaje grosero y chabacano que atienda más a insultar y menospreciar al contrario que a convencer al auditorio y, lo que debería ser esencial, a los ciudadanos.

            No hay quien, en el atril o en el escaño, sea capaz de pronunciar cuatro palabras seguidas sin necesidad de leer el papel que llevan preparado o de improvisar una buena réplica. No pocos necesitarían recibir unas clases de lectura fluida, pues no atinan a respetar la entonación, el ritmo y pausas que la lectura pide. Y de esperar elocuencia, ‘hablar deleitando y persuadiendo’, podemos olvidarnos, como de esperar solemnidad en las palabras. Miramos a derecha e izquierda y cuesta encontrar alguien a quien salvar. No hay nadie tan soso, me indica Zalabardo, como Pablo Fernández, portavoz de Podemos; a Ione Belarra, del mismo partido, se le podría recordar que un país no avanza solo utilizando el género femenino al hablar. Si nos vamos al polo opuesto, da grima oír a Isabel Ayuso, que no abandona ni un segundo el gesto de asco que ofrece su rostro y que habla como si continuamente gimoteara; y su amigo Tellado parece un bulldog dispuesto a lanzarnos un mordisco al menor descuido. Y en el pétreo Abascal es difícil no ver a un legionario, tipo Millán Astray gritando: «¡Muera la inteligencia!»

            Hablando de perros y falta de elocuencia, le comento a Zalabardo que los cabezas de los partidos mayoritarios no mejoran a sus subordinados. Sánchez se encuentra cómodo desglosando datos macroeconómicos que muestran el avance del país, pero no se entera de que el pueblo preferiría que les hablase de otra cosa. Los jóvenes querrían oír hablar de las dificultades para acceder a una vivienda; los trabajadores, de la precariedad de sus empleos; y las familias, de lo duro que resulta llegar a final de mes. Y si Feijóo se olvidara de andar presentando denuncia tras denuncia contra Sánchez ante todos los tribunales del mundo, podría dedicar alguna de sus intervenciones, siquiera una de ellas, a explicarnos cuál es la idea de país que él y su partido defienden.

            Me pregunta Zalabardo qué tiene que ver lo que acabo de decir con los perros y la elocuencia. Me disculpo ante mi amigo y le digo que, a veces, me voy por las ramas. Le aclaro que pensaba en que hoy no tenemos un Castelar que entusiasme a la gente. Que nuestros políticos meten la pata hasta en el momento de usar una cita para reforzar sus argumentos. Un día, Sánchez creyó conveniente utilizar un proverbio de Machado, Hoy es siempre todavía. Al momento, Feijóo le saltó al cuello: «¡No insulte usted a Machado! Si lo cita, cítelo completo». Y soltó lo que él llamó las palabras que seguían a las de Machado: Toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir promesas que nos hicimos. Algún cerebro privilegiado de su partido debió de pasarle una chuleta, que el jefe de la oposición leyó engolando la voz. Ni él ni su adlátere sabían que el poema de Machado es ese único verso: Hoy es siempre todavía. Y nada más. La continuación que el jefe de la oposición exigía son palabras que el cantautor Ismael Serrano usó para presentar en un concierto su canción Ahora. Esos deslices reflejan que no se tiene otra cultura que la que aparece en Google, Wikipedia o la IA. Porque ahí es donde encontramos hasta la saciedad las palabras de Ismael Serrano atribuidas a Machado. ¡Ay, si don Antonio levantara la cabeza!

            Claro, que Sánchez no se libra de estas meteduras de pata nacidas de fiarse más de redes sospechosas que del conocimiento adquirido con la lectura de nuestros más preclaros autores. Hace pocos días, en una bronca comparecencia, para defenderse de los ataques que la oposición le dirigía, dijo muy serio: Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos. ¿Todavía no se ha enterado Sánchez de que tal cosa no aparece en el Quijote ni la escribió Cervantes? Por mucho que en internet se la adjudiquen. Fue Goethe quien cierra un poema titulado Ladran de la siguiente manera: …pero sus estridentes ladridos / solo son señal de que cabalgamos.

            «Entonces ―me pregunta Zalabardo― ¿no hay un político del que podamos fiarnos?» Le contesto que, lamentablemente, no hay ningún Castelar entre nosotros. Y que si los hay, unos quedan ocultos por la disciplina de partido. Otros por el sistema electoral español de listas cerradas. Y otros que apuntan maneras acaban fagocitados por el sistema. Pablo Iglesias, que parecía una esperanza contra el bipartidismo imperante y fue uno de los cabecillas de los indignados del 15-M, se dejó abducir por la «casta» contra la que pretendía luchar. Y algunos se medio salvan. Por ejemplo, Gabriel Rufián, republicano catalán, parece seguir la línea de otros parlamentarios ilustres: uno de su propio partido, Joan Tardà y otro que militó en Chunta Aragonesista, José Antonio Labordeta. No comparto la idea independentista de Rufián, pero es uno de los pocos parlamentarios que sabe hablar sin un papel por delante y es capaz de hacer autocrítica: «A la izquierda no nos entiende la gente, no nos sabemos explicar. Hablamos de cosas que no interesan, porque a la gente le interesa que ha subido la luz, y el gas, y la comida...» Me gusta, aunque muchos no crean sus palabras, eso de que «la clase trabajadora de Cornellá y de Vallecas es la misma». O cuando dice que es posible defender los intereses de Algeciras sin dejar de ser catalán independentista. Rufián no es quizá el Castelar que necesitamos, pero hace autocrítica. Los demás ―PSOE, PP, VOX, Sumar, Podemos…―, ni tienen un Castelar ni reconocen los propios errores. Por eso a la gente le cuesta apreciarlos.

sábado, febrero 07, 2026

¿HAY VACUNA CONTRA EL ALGORITMO?

Hay quienes pertenecen a una generación caduca, ya en declive. Y no me extrañaría que se nos incluya en ella a Zalabardo y a mí; incluso no faltará quien nos tache de gagás si no fuera porque también este adjetivo ha caído ya en desuso. Quizá los jóvenes de hoy, tan dados a usar términos que en otro tiempo sorprenderían, nos encuadrarían en la generación de los boomers ―individuos anticuados y desconectados de la realidad― pese a que mi amigo y yo nacimos en fechas anteriores a la de quienes pertenecen a la generación que recibe ese nombre.

            Pero, aunque sea verdad que tanto mi amigo como yo hemos decaído en el empleo de parte de nuestras facultades, me atrevería a decir que aún razonamos de manera suficientemente adecuada como para considerarnos con derecho a disentir de ciertas conductas y opiniones que proliferan en nuestros días.

            Una de las cosas que más nos rebelan es ver cómo se va perdiendo la noción de la prudencia, e incluso de la educación, en estos tiempos que corren. No entendemos que una militante de un partido político acuda a un mitin electoral de otro partido, al que pertenece el presidente del Gobierno, con el único objetivo de gritarle a este «¡Hijo de puta!» como no entendemos la crispación con que discurren los debates políticos en nuestro país, si es que a esas trifulcas barriobajeras se les pueden llamar debates, o que denuncie vivir en una dictadura quien goza de plena libertad para decir lo que piensa, aunque sea para criticar a quien califica de dictador.

            Le recuerdo a Zalabardo lo que escribió Baltasar Gracián en su Arte de la prudencia: «Se vive más del oído que de lo que vemos. Vivimos de la fe ajena. El oído es la segunda puerta de la verdad y la principal de la mentira». También pide «moderación al juzgar» y Cervantes, en Trabajos de Persiles y Segismunda, afirma: «Los jueces discretos castigan, pero no toman venganza de los delitos: los prudentes y los piadosos mezclan la equidad con la justicia». ¿Y cuál es el vehículo que, en nuestro siglo, permite circular con mayor rapidez noticias, reproches y condenas? Las redes sociales. Parece demostrado que estas redes son la carroza que lleva de puerta en puerta las mentiras, muchas veces de manera anónima. Como parece demostrado que a quienes más perjudican es a los menores que se encuentran en periodo de formación de su personalidad, a ciudadanos que no poseen los medios suficientes para combatir lo que contra ellos se publica y a la sociedad en general que sufre un ataque de desinformación sin límites.

            Pero no por esto tendremos que culpar a las redes, que son un instrumento que hace posible acceder a donde antes no llegábamos, que facilita la comunicación entre personas antes alejadas y con dificultad para contactar. ¿Dónde está el mal, entonces? Está en el inadecuado uso que de ellas se hace, en la falta de una formación en los usuarios y, más que nada, en los rectores de esas redes que no solo no ponen los medios para evitar la circulación de contenidos dañinos, sino que, además, los promocionan.

 

           Los ejemplos no faltan. Hoy mismo muestro a Zalabardo cómo aparecen en la prensa varios casos que deberían hacernos pensar. Un partido político pone en marcha toda la artillería que las redes le conceden para atacar a una militante que denuncia de acoso al alcalde de un ayuntamiento en el que ella era concejala. Una participante en un concurso de televisión ha de salir a defenderse contra las acusaciones en redes de que las preguntas a que ella debió enfrentarse ―no sé si a lo largo de un año― eran más fáciles que las de su oponente. El Ministerio de Universidades se ve obligado a desmentir el bulo difundido en una red de que quienes no convaliden un determinado título esta misma semana lo perderán. En Estado Unidos, el presidente Donald Trump ―¿cómo este impresentable está presente en todas las salsas?― difunde en sus redes imágenes de Michelle y Barack Obama presentados como monos. Y no olvidemos el papel que las redes tienen en los casos de acoso escolar y laboral.

            ¿Cómo es posible esto? Gracias a ese dichoso algoritmo que ni Zalabardo ni yo ―que no pasamos de ser usuarios con un nivel de primaria― sabemos bien qué es y cómo funciona. Pero Yuval Noah Harari, autor de Nexus. Una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA, lo explica perfectamente. Un algoritmo, leemos en cualquier manual, es «una secuencia ordenada, finita y definida de instrucciones lógicas que permiten a sistemas automáticos procesar datos, resolver problemas o controlar procesos». O sea, creemos entender Zalabardo y yo, un algoritmo, sin que en ello intervenga el usuario, puede evitar la difusión de un mensaje en redes, minimizar esa difusión o ampliarla. Harari explica ―y no es una opinión, sino que ofrece numerosas pruebas de lo que dice― que las empresas, buscando una mayor cantidad de usuarios y publicaciones, crearon unos algoritmos que aprendían que una información escandalosa hacía aumentar la implicación, es decir, su mayor difusión, mientras que a la moderación apenas si se le hace caso. Y escribe: «Los creadores de contenidos de YouTube […] se dieron cuenta de que, cuando publicaban un vídeo escandaloso y lleno de mentiras, el algoritmo los premiaba recomendándoselo a numerosos usuarios y aumentando la popularidad […]. En cambio, cuando moderaban el tono y se atenían a la verdad, el algoritmo solía ignorarlos».

            Hay varios países que han tomado conciencia del problema y han pedido a las empresas que pongan los medios para evitar esto, es decir, que creen algoritmos que pongan coto a los mensajes engañosos o dañinos. Pero estas empresas, alegando un equivocado sentido de qué sea la libertad, se niegan. Por eso varios países están intentando crear leyes que protejan a los usuarios vulnerables y hagan responsables penales de los daños causados a las empresas que permiten su difusión. Australia va en la cabeza de esta lucha. Y, en Europa, España, Francia, Portugal, Dinamarca y algún otro. La reacción de las empresas afectadas ―todas ellas en manos de las personas más ricas del mundo― no se ha hecho esperar. No hay más que ver los ataques que ese vesánico Elon Musk ―dueño de X― y el no menos poderoso Pável Dúrov ―de Telegram― están lanzando contra España y contra el presidente Sánchez, que se ha puesto en vanguardia de esta lucha contra la nefasta influencia de las redes en los más jóvenes.

 

sábado, enero 31, 2026

DE TOMAR EL PELO A PELILLOS A LA MAR

Comento con Zalabardo que hace unos días, el martes pasado, fui a pelarme. Suelo acudir siempre al mismo lugar y es la misma persona quien me atiende, Toñi, porque sabe muy bien como despejar mi cabeza de la maleza que el tiempo va acumulando. Toñi es mujer prudente, buena profesional y tiene conversación agradable. Mientras estaba ocupada en la tarea, le conté que un amigo del pueblo, Antonio Delgado, no usa la expresión ir a pelarse, sino ir a que le corten el pelo. No es, así se lo dije a Toñi, porque tenga en cuenta el valor reflexivo que añade el pronombre se a un verbo, sino porque Antonio es de otras tierras y, posiblemente, allí sea costumbre decirlo de esa manera.

            «Pues ya que hablas de cortar el pelo ―tercia Zalabardo―, se me vienen a la cabeza dos expresiones sobre las que siempre me ha picado la curiosidad de conocer su origen». Y me confiesa, primero, desconocer qué razón explica que tomar el pelo signifique ‘hacer burla de alguien con elogios o promesas fingidos’ y, luego, por qué echar pelillos a la mar significa ‘reconciliarse, olvidar cualquier rencilla’.

            Le contesto a mi amigo que, para explicar ambas preguntas, es preciso aclarar los muchos significados que pelo tiene en nuestra lengua. Siendo el principal ‘filamento cilíndrico, alargado, de naturaleza córnea, que nace y crece en la piel de algunos animales’, aquí nos interesaría saber otros tres: Uno, ‘cabello de los humanos’; dos, ‘en los tejidos, parte que queda en la superficie y sobresale en el haz y cubre el hilo’; y tres, ‘capa de vello de algunos animales’.


            Sobre la primera expresión, tomar el pelo, no hay seguridad acerca de su origen, aunque se considera que es bastante antigua y su significado primario muy diferente al actual. Hay una versión que sostiene que se remonta a la antigüedad de Grecia y Roma, donde, y en la Edad Media aún tenía vigencia esa creencia, la barba se consideraba signo de dignidad. Por eso, tirarle a alguien de ella era igual que infligirle una afrenta o retarlo. En el Poema del Cid, Rodrigo dice ―y resumo sus palabras― al conde García Ordóñez: «¿Qué tenéis, conde, contra mi barba? Desde que me nació, ninguna persona, ni mora ni cristiana, me tomó de ella como yo a vos, cuando tomé Cabra y a vos por la barba». Mesarsetomarseel pelo o la barba uno a sí mismo era señal de dolor o sufrimiento; que lo hiciera otro, era agravio y ofensa.

            Pero hay otra versión que sostiene que su significado de humillación, burla o broma proviene de otra costumbre. De hecho, cuando se ingresaba en la milicia, o en prisión, lo primero que se hacía era rapar el pelo como medida higiénica para evitar los parásitos. Pero esta medida, a su vez denunciaba que aquel a quien se le había tomado ―rapado― el pelo era un novato sobre el que solían recaer burlas de todo tipo. En nuestra guerra civil, fue muy corriente, como medida de castigo y humillación, rapar a las mujeres de las que se tenía constancia de sus creencias republicanas. De ahí ―se dice― procede que tomar el pelo haya pasado a significar ‘burlarse de alguien’, aunque, finalmente, se haya suavizado su sentido y se entienda como ‘gastar una broma’.


            Lo de echar pelillos a la mar, ‘olvidar un pleito, zanjar una disputa’, parece más claro, aunque con el tiempo, la palabra pelo se haya entendido de manera diferente. Rodrigo Caro, en Días geniales o lúdricos (1626), escribe: «Cuando los muchachos han reñido y se meten en paz, para firmeza de ella echan pelillos cortándoselos de la ropa y echándolos por el viento». Y cuando se le pregunta por la razón de tal cosa, dice: «Como aquellos se los llevará el viento y de ellos no se hallará arte ni parte […], así no se acordarán más de los agravios pasados». Aquí se ve que no habla de cabellos, sino del pelo del tejido de la ropa. Y cuando trata de explicar el origen de esta costumbre, recuerda que en el canto III de la Ilíada, reunidos en la playa griegos y troyanos, acuerdan no luchar entre ellos, ya que eran Paris y Menelao quienes se enfrentaban por Helena. En la ceremonia para acordar la paz, deciden sacrificar unos corderos. Se puede leer en la versión de Samuel Butler: «El hijo de Atreo sacó la daga que colgaba junto a su espada y cortó lana de la cabeza de los corderos; los heraldos la repartieron entre los príncipes troyanos y griegos». Esto confirma que los pelillos del juego de los niños fuesen de los vestidos, como decía Rodrigo Caro.

            Pero con el tiempo, hay cosas que se olvidan y alguien tomó aquellos pelillos como ‘cabellos’. Por ejemplo, Rodríguez Marín, en el primer volumen de Cantares populares españoles (1882), escribe: «Pero los niños, por regla general, no son rencorosos y hacen las paces con la misma facilidad con que riñeron. ¡Y para hacerlas sinceras y durables, está probado que no hay mejor cosa que echar pelillos a la mar! Arráncase un pelo cada uno y, teniéndolos cogidos entre los dedos, dicen:

―¿Aónde va ese pelo?

―Ar biento.

―¿Y er biento?

―A la má.

―Pos ya la guerra ‘stá ‘cabá.

Dicho lo cual hacen volar de un soplo los dos pelos y se ponen a jugar, como si tal enemistad no hubiera existido».

            En esa coplilla recogida por mi paisano ―le digo a Zalabardo― queda claro por qué esos pelillos se echan a la mar; porque, aunque en la conciencia popular no se sepa, aún late el recuerdo del encuentro entre troyanos y griegos, junto al mar, para evitar la contienda. Aunque luego, en Troya, pasase lo que pasó.

sábado, enero 24, 2026

PREMIOS LITERARIOS Y NEGOCIO

 

Resguardados del frío de estos días, tomando café y churros en una cafetería de barrio, tranquila y alejada de esas modernas, hablamos Zalabardo y yo de premios literarios. Por casualidad, llevo un volumen de Larra y le leo fragmentos del artículo Horas de invierno; «Escribir y crear en el centro de la civilización […] como Hugo y Lherminier, es escribir. Porque la palabra escrita necesita retumbar, y como la piedra lanzada en medio del estanque […] necesita irradiarse. […] Escribir como Chateaubriand y Lamartine en la capital del mundo moderno es escribir para la humanidad. […] Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla». Se publicó en El Español, periódico madrileño que circuló de 1835 a 1837. Era 23 de diciembre de 1836. Apenas mes y medio después, el 13 de febrero de 1837, aunque por motivos diferentes, se suicidó.

            Larra hablaba de «escribir en Madrid» y no de «escribir en España» como con harta frecuencia se repite. ¿Pero es llorar el hecho de escribir en España? De eso hablamos mi amigo y yo, porque él, me dice, cree que en nuestro país se publica bastante. Consultamos en internet los datos correspondientes a 2024 y vemos que ese año se inscribieron en el registro del ISBN aproximadamente 90.000 libros, unos 250 al día, de los de casi un 25% son literatura.

            Podría parecer un buen dato. Sin embargo, le digo, son cifras engañosas si tenemos en cuenta el auge que ha tomado la autoedición. En nuestros días es fácil publicar. Proliferan las empresas dedicadas a ello e incluso las editoriales tradicionales crean sus propias filiales destinadas a la autoedición. El proceso es sencillísimo: yo escribo un libro, digamos una novela, y acudo a una de estas empresas. Me lo maquetan, me lo imprimen y me lo encuadernan. El número de páginas y de ejemplares impresos determinarán lo que tendré que pagar.


           «Pero eso parece un gran avance» ―me dice mi amigo―. Le respondo que según se mire y le cuento que la experiencia de haber publicado tres novelas en autoedición me ha hecho recelar de ese pretendido avance. Su lado bueno es la facilidad con que permite colmar la vanidad por haber publicado un libro. Los aspectos negativos son más numerosos El primero, la ausencia de filtros que determinen la calidad de lo que se publica. Puedo escribir la peor novela del mundo, pero si asumo los gastos, nadie se negará a publicármela. Le confieso a mi amigo que me aplico lo que digo, ya que mis novelas no han pasado por ese filtro que me asegure si merecían o no ser publicadas. Segundo, que una vez impreso, no tiene un respaldo sólido para su promoción. Lo más frecuente es que el libro se venda entre amigos y conocidos; ninguno de ellos te dirá que has escrito un bodrio. Y económicamente, solo arriesga el autor. Para la editorial, distribuidora y librerías, mucho o poco, todo son ganancias. Solo el autor ―que en la mayoría de los casos apenas recupera su inversión― puede tener pérdidas.

            ¿Que hay algunos casos de éxito? Sin duda, pero lo normal es lo que le he dicho a Zalabardo. Hay, no obstante, algo que me parece peor; con este sistema, las editoriales tradicionales se muestran remisas a aceptar originales de autores desconocidos y no afrontan el riesgo de conceder oportunidades a posibles jóvenes valores.

 


           Al autor novel que no quiere dejar su obra en el fondo de un cajón le quedan dos caminos: que la suerte le conceda encontrar un buen agente literario que crea ver mérito en su obra o presentarla a un concurso. Tras la guerra civil, que aplicó una feroz censura a la libre creación, algunos premios posibilitaron la eclosión de nombres brillantes de nuestra literatura. Jordi Gracia, crítico literario opina: «Érase una vez una época en que los premios literarios cumplieron en España una importante labor para promocionar la creación literaria». Muestra de esto fueron el Premio Nadal, de Ediciones Destino o el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Pero llegó un día en que los premios literarios atendieron más el factor mercantil que el de la calidad literaria, En ello tuvo mucho que ver el Premio Planeta. Y en la actualidad, son múltiples las ciudades y ayuntamientos que convocan su propio premio literario.

            El resultado final ha sido que muchos premios literarios buscan más la promoción del convocante que premiar la calidad de las obras. Adolfo Torrecilla, director literario de la agencia Aceprensa, escribió en un artículo: «La finalidad de estos premios, y de modo especial el Planeta, no es honrar la excelencia literaria, sino llamar la atención y publicitar una obra que pueda dispararse en las ventas en un mercado, como el español, repleto de novedades literarias». El novelista y crítico catalán Juan Perucho dijo: «Ahora no es un escritor el que busca un premio, sino un premio el que busca un escritor». Y Arturo Pérez-Reverte: «El Planeta no es un premio que se gane o se pierda. Es el lanzamiento comercial de un libro que se pretende vender mucho». La razón la explica que, mientras en la mayor parte de países los premios los otorgan instituciones, en España son las editoriales.

            Por desgracia, casi todos los premios han ido siguiendo ese camino, pues el grupo Planeta casi monopoliza la industria editorial. Poco a poco, ha ido engullendo otras editoriales: Espasa, Destino, Tusquets, Seix Barral, Minotauro, Crítica... Así, apenas quedan premios que cuiden la calidad, como Adonáis, Alfaguara, Herralde o los oficiales Premios Nacionales de Literatura.


           Ello ha dado lugar a lo que hace pocos días escribía Jordi Gracia: «El festival de los premios encierra una gran fuente de declaraciones, esperas tensas sin misterio, ganadores con libro impreso y encuadernado en el mismo momento del fallo, ganadores con contrato editorial firmado con el editor…» Los nombres de los ganadores dan pistas sobre el interés comercial de estos premios.

            Le cuento a Zalabardo el caso del Premio Ciutat de Palma, patrocinado por el Departamento de Cultura y Patrimonio del Consell de Mallorca, al que presenté una novela. El premio debería haberse concedido el pasado día 20. De las más de 700 novelas presentadas, un jurado «auxiliar» seleccionó cincuenta finalistas; pues bien, el jurado «oficial» ha declarado desierto el premio, opción no especificada en las bases del concurso. Escribir una novela no es llorar, pero sí un duro trabajo que ocupa entre uno y varios años. ¿Es creíble que, entre más de setecientas, no haya al menos una merecedora de que se reconozca ese trabajo?

sábado, enero 17, 2026

SOBRE MANDAS Y EXVOTOS

 

No es extraño que momentos y situaciones muy dispares generen la posibilidad de hablar sobre un mismo tema. El jueves, Zalabardo y yo comentábamos unas frases de la novela Melancolía de la resistencia, del Premio Nobel de Literatura László Krasznahorkai. Como la cita podría resultar extensa, resumo: Los humanos ―viene a decir― vivimos en un permanente estado de espera, aguardando algo que se desconoce, confiando en algo que, por muchos indicios, parece inexistente, lo que hace inútiles la espera y la esperanza. Según esto ―es la conclusión― tener fe no es creer en algo, sino creer que todo lo que sostenemos no es como nos parece que es.

            Solo un día después ―Zalabardo no estaba presente― en una agradable reunión de amigos, disfrutando de una suculenta comida, departíamos de forma sosegada sobre temas muy diversos. Lo mismo surgía una pregunta sobre el origen de algún apellido que comentábamos la actualidad futbolística; alguien planteaba el estado actual de nuestras respectivas profesiones cuando otro interrumpía con la evolución de la banca en los últimos tiempos; nos interesábamos por el estado de amigos comunes a los que no vemos desde hace tiempo y lamentábamos la ausencia de los que ya jamás podrán participar en un encuentro de estos…; y en uno de esos saltos, alguien sacó a colación la costumbre de las mandas, una tradición muy popular de nuestra tierra.


            No sé si es necesario explicar qué es una manda y qué relación tiene con otra palabra de su mismo campo semántico, exvoto, con la que, a veces, puede compartir significado. Manda tiene un campo de uso más restringido, pues su empleo se localiza de forma más precisa en algunos países sudamericanos y en Andalucía. La manda, aparte de ser un legado específico que en un testamento se deja a una persona, se entiende más comúnmente como la ‘promesa que se hace a Dios o a cualquier santo de cumplir una determinada acción que suponga un sacrificio si se recibe el don que se solicita’. Por ejemplo, «si me sale bien este negocio, prometo que haré…». El exvoto, por su parte, es, por lo general, un ‘pequeño objeto que se deposita en un lugar sagrado como reconocimiento y agradecimiento de un favor recibido’.

            Zalabardo me pregunta qué tiene que ver nuestra charla sobre el escritor húngaro y la que le cuento con estos amigos. Le digo que bastante. En principio, aceptadas ambas tradiciones ―la manda y el exvoto― como manifestaciones religiosa, está por ver el origen de una y otra. Según uno de los presentes, la manda se remonta a la historia bíblica del rey David y Betsabé. En aquel momento, no tenía yo claro el asunto, pero, al regresar a casa, recordé la conversación y estuve revisando dicha historia en la Biblia. El episodio de David y Betsabé se cuenta en el segundo Libro de Samuel. El rey vio a aquella bella mujer mientras se bañaba, se encaprichó de ella, la hizo llevar a su palacio y la violó. De resultas, quedó embarazada. Pretendiendo ocultar aquello mandó traer a su esposo, Urías, que luchaba junto a otros generales para, llegado el momento, poder demostrar que era el padre del ser concebido. Pero Urías se negó al disfrute carnal con su esposa mientras otros generales se jugaban la vida en el campo de batalla. Despechado, David lo envió a primera línea, donde halló la muerte. Más tarde, reconoció su pecado y se arrepintió. En esa historia no vemos nada que pueda considerarse manda.


En cambio, sí puede mantenerse ese origen bíblico en otro episodio, este recogido en el Génesis, con Jacob como protagonista. Tras haber tenido un sueño, Jacob dijo: «Si el Señor está conmigo y me ampara en este viaje, me proporciona comida y vestido y me permite volver a casa sin daño, lo reconoceré como mi Dios, erigiré un monumento que sea su casa y le entregaré un diezmo de cuanto reciba». Eso sí es una manda. Asistimos a una promesa que se cumplirá si se concede la petición que se hace.

Por otra parte, el exvoto, de remoto origen también, parece extendido en casi todas las culturas y ya era muy frecuente en la antigua Roma. Su nombre nos viene del latín. Es una demostración pública de agradecimiento por la feliz solución de un problema que preocupaba. En su forma más común, es una pequeña figura, de animal o de persona, un brazo, una pierna, una mano, una oveja, un texto escrito a mano, una foto… Con ello, se agradece haber sanado de una enfermedad, haber encontrado una res perdida, haber solucionado favorablemente un negocio…

La segunda cuestión que se me plantea ―le digo a Zalabardo― es la de que, pese a lo que la novela diga respecto a la inutilidad de la fe y la esperanza, cuesta creer que la humanidad se desentienda de la esperanza o acabe renegando de la fe. La fe vive en todos los ámbitos de la vida. Pero, quizá se ve de modo especial en el terreno de la religión, y con mayor fuerza en personas de formación escasa. Me pregunta mi amigo si acaso pienso que la fe es propia de personas ignorantes. Por supuesto que no pienso eso, aunque sí que son las clases más deprimidas las que más se refugian en la fe, porque tienen menos a lo que agarrarse aparte de esa esperanza que, posiblemente son incapaces de explicar. Eso explica la expresión fe del carbonero, que se aplica a quienes sostienen esta esperanza de forma más ciega, sin necesidad de argumentos incontestables y sin cuestionar nada de lo que se les diga.


Este cifrarlo todo en la fe puede explicar que monseñor Gaspar Quintana, obispo emérito de Copiapó, Chile, y Presidente de la Comisión Nacional de Pastoral de Santuarios y Piedad Popular sostenga en una carta pastoral que sectores de la Iglesia recelen de las mandas y las interpreten como «una actitud devocional ignorante». De las razones que expone, cito algunas: que no manifiestan un auténtico valor cristiano, sino una piedad popular revestida de paganismo; que, al dejar todo en manos de Dios, se niega a la humanidad capacidad para decidir; o que convierte la religión en una relación contractual regida por el principio «yo te doy a cambio de que tú me des».

O sea, le digo a mi amigo, que concluimos en algo que casaría con lo que dice Krasznahorkai: dudamos de lo que tenemos (por ejemplo, el médico experto que nos podrá curar) y ponemos nuestra confianza en algo de lo que no tenemos seguridad (el milagro que no sabemos si se producirá).