sábado, septiembre 19, 2026

LA PARADOJA DE VIVAS

Sabe bien Zalabardo que no soy muy amigo de insistir en determinados temas. Pero sucede que la realidad es tozuda e insiste muchas veces en repetirse obligándonos a nosotros a repetirnos.

            Una paradoja es cualquier hecho o dicho que encierra contradicción o se opone a la lógica. Se cita un poema de Epiménides, filósofo y poeta nacido en Creta en el siglo VI a.C. como creador de la llamada paradoja del mentiroso, enunciado que, dado como verdadero, contradice, sin embargo, su propio contenido. Refiriéndose a los que niegan la inmortalidad de Zeus, escribía Epiménides:

Te prepararon una tumba, oh santo y excelso,

los cretenses, siempre mentirosos, bestias perversas y holgazanes.

Pero tú no has muerto…

            Si lo que afirma es verdad ―los cretenses son siempre mentirosos―, él mismo, cretense de nacimiento, tendría que ser un mentiroso; luego lo que afirma en el poema ha de ser falso. Un filósofo posterior, Eubulides de Mileto, que vivió en el siglo IV a.C., volvió sobre esta cuestión con este enunciado:

Un hombre afirma que miente. ¿Es verdad o es mentira lo que dice?


            Según aceptemos como verdadera o falsa la primera parte del enunciado, tendremos que concluir que la respuesta es, necesariamente «miente», en el primer caso, o «dice la verdad», en el segundo. Porque hemos de aceptar que, por simple cuestión lógica, todo enunciado ha de ser o verdadero o falso. Las paradojas han dado mucho juego en la literatura y, concretamente esta, sobre si un enunciado se contradice en su propio contenido, ha sido repetida a lo largo de los siglos con múltiples variantes: los dos hermanos gemelos de los que uno siempre dice la verdad y otro siempre miente; las dos puertas guardadas una por un vigilante que miente y otra por uno veraz; el cruce del puente en cuyo extremo hay una horca que ya encontramos en el Quijote; el guardián de la puerta de la justicia que nos aparece en El proceso, de Kafka… En ellas se nos pide determinar con una sola pregunta la verdad o falsedad de algo o adivinar cuál de las opciones es la verdadera.

            Zalabardo me pregunta qué pretendo al hablar de las paradojas y por qué digo al principio que nos repetimos. Le contesto que mi intención es hacerle ver que vivimos en un mundo todo lleno de paradojas y contradicciones y que de esto hemos hablado antes. ¿O no es paradoja que un genocida como Netanyahu, masacrando la Franja de Gaza y la Cisjordania, proclame que defiende a un Israel en peligro? ¿Quién representa mayor peligro, el ejército israelí o los palestinos? ¿O no es paradójico que un ególatra como Donald Trump se presente a sí mismo como garante de la democracia, pacificador y libertador del mundo mientras bombardea países y amenaza anexionarse territorios que no le pertenecen?


           Le digo a mi amigo que he encontrado, buscando información para este apunte, un artículo de Daniel Gil Iglesias publicado en 2025 en The Political Room, un medio de comunicación digital e independiente. Se titula La gran paradoja europea: lucidez estratégica y parálisis política. Es un interesante análisis de la situación mundial. La idea fundamental que desarrolla es la de que la Unión Europea habla de la necesidad de defender su soberanía y su poder frente a peligros externos, pero se muestra remisa a actuar por miedo a crear conflictos. Paradójica actitud la de mostrarse pasivos frente al peligro. Opina que la situación de Europa ―hoy más que cuando escribió el artículo― requiere «asumir riesgos, tomar medidas impopulares y abrir debates difíciles», pero todo se queda en «grandes palabras y pequeñas acciones».

            ¿Quién no piensa en estos días, desde finales de agosto, en la situación de Ceuta? Hay un primer hecho que para muchos pudiera ser paradójico: Ceuta es parte integrante de España y, por tanto, de Europa. Sin embargo, está ubicada en el continente africano, lo que la hace más vulnerable que otros territorios europeos. Pero eso no debe hacer pensar que es un caso único. La Guayana francesa es Francia y está en Sudamérica; San Martín es Países Bajos y está en el Caribe; Hawái es EEUU y se encuentra en el océano Pacífico. Los ejemplos podrían seguir.

            Ceuta sufre las consecuencias de una masiva entrada de inmigrantes ilegales. De la noche a la mañana, ha visto su población casi duplicada con las consecuencias previsibles. ¿Se sabe cuál debe ser la solución a ese problema? Se sabe. Hay leyes ―españolas y europeas― que marcan el camino. Pero su cumplimiento es complejo. Habrá que analizar qué emigrantes son susceptibles de ser acogidos y quiénes deberán ser devueltos al lugar de procedencia, porque una sentencia firme de un tribunal español dictaminó que no pueden realizarse las que se llaman «extradiciones en caliente». Y porque las leyes dictaminan que a un menor no acompañado hay que protegerlo y acogerlo si no hay una familia que lo reclame.

            Tiempo habrá de buscar culpables. Pero, lo primero de todo es descongestionar la ciudad de esta avalancha de inmigrantes que padece. Mientras se tramita la expulsión o acogida, especialmente en el caso de los menores no acompañados, lo único que cabe es una actitud humanitaria de solidaridad con Ceuta y ayudar a que la ciudad recobre su normalidad. Ayudaría al proceso el reparto de esos inmigrantes ilegales, al menos esos niños desvalidos, entre diferentes comunidades españolas.


            Parece fácil, le digo a Zalabardo. Pero no lo es. ¿Por qué? Porque, debido al régimen autonómico de nuestro país, las comunidades tienen muchas competencias en las que el Gobierno central puede hacer poco. Por ejemplo, para mandar menores a la Península es precisa la autorización de las autoridades ceutíes. Y estas no la conceden, pese a que ya hay dinero presupuestado y lugares dispuestos a su acogida. Y para que ese traslado sea posible, es necesario que haya comunidades dispuestas a acoger a quienes Ceuta no puede atender. Pero nos encontramos con la negativa de comunidades, gobernadas por el mismo partido que gobierna Ceuta, a cualquier tipo de acogida. ¿Dónde está la solidaridad?

            Así resulta que Ceuta se halla sumida en la paradoja de Juan Jesús Vivas, presidente de la Ciudad autónoma. Se queja de la caótica situación de su ciudad ―con razón―, pero se niega a autorizar traslados ―con lo que su queja pierde sentido―. Sea por voluntad propia, o porque su partido se lo impone, Vivas se convierte en obstáculo para la solución del conflicto. ¿No es paradoja?

            ¿No es paradoja perderse en grandes declaraciones sin realizar ninguna actuación positiva, o no abrirse a debates difíciles ni arriesgarse a asumir medidas impopulares por miedo a perder votos en las próximas elecciones? Tal vez la respuesta a esta pregunta sea que a algunos les interesa más lo de «cuanto peor, mejor» que recuperar la normalización de Ceuta. 

sábado, septiembre 12, 2026

LA SERPIENTE MULTICOLOR


En casi todos los deportes ―y en actividades que no lo son― encontramos expresiones metafóricas que pueden tener más o menos éxito dentro del léxico propio de ese mundillo. En fútbol, un balón baja con nieve si un jugador le ha dado un patadón que lo eleva a una altura exagerada; en los toros, un diestro toma el olivo si salta la barrera para protegerse de una acometida. Cuando se habla de ciclismo, es frecuente referirse al pelotón de ciclistas, porque los imaginamos siempre muy juntos, que marcha estirado como la serpiente multicolor, por su disposición alargada y la variedad de colorido en las equipaciones. La dificultad de estas expresiones es mínima, se interpretan fácilmente; cuestión diferente es saber quién fue su creador.

            Ayer viernes estuvimos contemplando sobre el terreno la etapa correspondiente de la Vuelta Ciclista a España. El lugar que escogimos no podía ser más adecuado, el aparcamiento que hay al pie del Mirador del Guarda Forestal, a medio camino entre El Burgo y Ronda, con sombra suficiente y un amplio tramo de carretera visible. Dado que era un tramo en pendiente ―subida al Puerto del Viento―, los ciclistas tenían que realizar un esfuerzo especial y resultaba difícil ir agrupados, por lo que iban más bien formando una fila alargada. Es decir, como una auténtica serpiente multicolor.

            Como ver una etapa sobre el terreno requiere tiempo de espera, pues hay que llegar al lugar elegido antes de que corten la carretera, mi amigo y yo aprovechamos para conversar sobre la exigencia física de este deporte (ayer, 210 kilómetros y subida de tres puertos de montaña, uno de ellos especialmente duro). En un momento de la conversación, Zalabardo salió con una pregunta: «Oye, esto de la serpiente multicolor, ¿de dónde viene?».


            No me preguntaba sobre su sentido ―ya he dicho que no es complicado entenderlo―, sino sobre cuándo, dónde y por quién se utilizó la vez primera. La pregunta es delicada, pero ha habido suerte y encontramos la respuesta. Tengo que decir, primero, que me ha extrañado sobremanera leer a Álex Grijelmo, en un artículo publicado en el diario deportivo AS en 2016, atribuir la creación de la metáfora a un locutor de RNE y TVE, Juan Martín Navas. Digo que me ha extrañado porque admiro a Álex Grijelmo, periodista y grandísimo lexicólogo, autor del Libro de estilo de El País y elegido el pasado junio miembro de la RAE.

            Pero a Grijelmo tiene doble disculpa. La primera, que nadie tiene por qué saberlo todo. La segunda, porque para hacer tal atribución, se fía de que su informador fue otro reportero de TVE, Paco Grande. Y aún se puede alegar una tercera disculpa. Que en la fecha en que escribió tal artículo, una obra de la institución de la que es miembro, el Diccionario Histórico de la Lengua Española, que es producto de cocción lenta, tal vez no hubiese incluido todavía en sus páginas que serpiente multicolor apareció por primera vez en España en un artículo sobre el Tour de Francia publicado en julio de 1934 en Luz, periódico madrileño de ideología republicana. Su autor, e inventor de la expresión, fue un tal P.H.C., a quien no he podido identificar. De hecho, el diccionario académico marca el artículo como de autor anónimo.

            ¿Es, entonces, española esta metáfora? No lo sé. Le digo a mi amigo que he leído que en Francia ya se usaba la expresión long serpent multicolore en los años treinta, pero el ejemplo que se aporta es de 1937. Y, aunque he consultado varios diccionarios franceses, incluido el de la Acamédie Française, ninguno de ello recoge tal giro.

            Pero, continuamos con nuestra charla, en el ciclismo no solo hay serpientes, pues, desde que en este deporte fue cobrando más importancia la técnica aplicada a la herramienta básica del protagonista, la bicicleta, nos encontramos con que también hay cabras. Este es el nombre que se le da a la bicicleta que se emplea en competiciones especiales, las pruebas contrarreloj. El nombre proviene de la forma del manillar, que facilita la posición del cuerpo para ofrecer menos resistencia al viento. Aunque es preciso decir que el actual ya ha variado del de aquellas primeras cabras que conocimos.

 

           Y aunque seamos defensores de la igualdad, no es posible negar que en el ciclismo hay clases, que vienen impuestas por las cualidades de cada uno y por las funciones que de ellos requiera el equipo, pues este deporte aún sigue siendo uno de aquellos en los que el espíritu de grupo es importante. En principio, hay que hablar del jefe, aquel en quien el equipo tiene puestas sus esperanzas de victoria, y los gregarios, quienes han de trabajar para que el jefe alcance su objetivo. Por sus cualidades personales, los hay rodadores, ciclistas capaces de mantener ritmo constante en terrenos llanos, escaladores, que se mueven mejor cuando el terreno pica hacia arriba, en la montaña, y esprínteres, los que son capaces de alcanzar velocidades de vértigo en las llegadas. Otro escalón es el de los lanzadores, que preparan el camino para estos últimos, y los aguadores, que han de cuidar de abastecer de bidones de agua a sus compañeros.

            El ciclismo, coincidimos mi amigo y yo, es un deporte duro. Por lo pronto, con tantos corriendo agrupados, es un riesgo que alguno haga el afilador, que toque con su rueda delantera la trasera de quien lleva delante y uno de ellos, o los dos, vayan al suelo, lo que puede acabar en una montonera, caída masiva de ciclistas. Por supuesto, no falta riesgo, una vez coronado un puerto, bajar a tumba abierta, es decir, sin poner demasiadas precauciones. Hay miedo a los recorridos rompepiernas, terrenos aparentemente llanos, pero cuajados de subidas y bajadas poco apreciables, y a las tachuelas, pendientes poco pronunciadas, pero que minan las fuerzas; también, miedo a los abanicos, formación que adopta el pelotón para protegerse del viento, pero que origina rompimientos del grupo que son causa de que algunos queden descolgados.

 

          Y como el ciclismo es deporte que pide derrochar energías, hay que cuidar los demarrajes, aceleración brusca que permite al ciclista separarse, fugarse, de los que lo acompañan y tomar ventaja. El ciclista que ve que sus fuerzas no le dan para mucho más, se abre, se echa a un lado y deja que sean los más fuertes quienes marquen el ritmo; es desesperante hacer la goma, acercarse y alejarse respecto a quien lo precede sin lograr nunca alcanzarlo; hay el resignado que coge el autobús, se refugia en el grupo de cola para aguantar hasta el final; hay el espabilado chupa ruedas, que se pega a quien lo precede para ir a su rebufo, protegido del viento que este desplaza, y no le da nunca relevo. Y como nadie está libre de un mal día, lo que más temen los ciclistas es que les venga la pájara, una pérdida súbita de fuerzas que casi impide continuar pedaleando. Quienes la sufren dicen que los ha cogido el tío de mazo. 

sábado, septiembre 05, 2026

PARECE QUE FUE AYER


Llega septiembre y me reencuentro con mi amigo Zalabardo. Tanto él como yo necesitamos darnos este descanso estival y, cuando llega julio, tiramos cada uno hacia un lado para reencontramos una vez que acaba agosto. Pero este año parece que estos meses sabáticos que nos concedemos, al menos en lo que a la situación meteorológica se refiere, se han prolongado. Persiste el calor y cuesta desprenderse de la galbana que nos ha tenido inactivos. Tan fuerte es la pereza que causan las insoportables temperaturas que ni ganas hay de intentar saber el origen de la palabra, galbana. Hasta Corominas, tan sabio en estos temas, se limita a una faena de aliño: «palabra de origen incierto».

            Había quedado citado con Zalabardo el jueves, en una cafetería del centro, para compartir desayuno con café y churros. En la enorme pantalla de un televisor se veía a Pedro Sánchez en el Congreso, dispuesto a dar explicaciones sobre la crisis de Ceuta. «Vamos a ver que dicen», me propuso Zalabardo. Le contesté que es tarea difícil, pues el jaleo reinante en el local impide oír nada. Mi amigó se sonrió: «Ojalá todos los problemas fuesen así. Yo tengo alguna práctica en lectura labial y te iré informando de lo que se diga en el hemiciclo». Y así lo hicimos. «Habla Sánchez» ―me aclaraba Zalabardo mientras mojaba un churro en el café― «del respeto a las personas que migran huyendo de la pobreza y la guerra». Me dije para mí que podía ser buena manera de empezar. «Ahora dice que las fuerzas de seguridad optaron por defender la vida humana». La primera impresión parecía confirmarse.

            Quiero adelantar que Pedro Sánchez ―mi amigo lo sabe bien― no es un político que goce de todas mis simpatías, aunque jamás le negaré la valentía de ser uno de los pocos líderes europeos que no se ha amilanado ante el ensoberbecido (por no usar una palabra más dura) Donald Trump, ni se ha callado al denunciar la locura genocida de Netanyahu en la Franja de Gaza. En otros momentos y situaciones quizá se haya limitado a sostener el tipo. Quizá ahora le haya podido la galbana.


            Poco después, fueron tomando la palabra Feijóo, Abascal y el resto de representantes de partidos. Veía la exagerada gesticulación de algunos al hablar, aunque no los oía. Pero mi amigo me iba transmitiendo los adjetivos que dedicaban al presidente: «mentiroso», «corrupto», «traidor», «cobarde»… En ocasiones, adjetivos más duros. Ahí ya comencé a preocuparme. Durante una de aquellas intervenciones, me dijo Zalabardo: «Le ha pedido Feijóo que dimita porque su Gobierno ya ofrece encefalograma plano». Me sonreí mientras intentaba hacer un cálculo: ¿Cuántas veces, desde su desengaño por no salir elegido presidente en 2023, ha repetido Feijóo la misma cantinela, sea cual sea el tema debatido?

            En aquel instante dejó de interesarme lo que veía ―que no oía― en la tele y me dediqué a terminar mi café y un churro que me había dejado mi amigo, porque la escena me provocaba cansancio y aburrimiento. No veía que el debate transcurriese por la senda debida. Siempre he defendido que se puede disentir de las opiniones de otras personas o grupos, porque nadie es dueño de la verdad absoluta y es grave error empecinarse en la defensa de un argumento que, al final, pudiera resultar errado. El debate ―lícito―, el enfrentamiento ―justificable―, solo vale si se produce dentro de un ambiente de respeto y urbanidad, porque una cosa son las personas y otras las ideas. Las ideas pueden ser rebatibles; las personas han de ser respetadas. Y también exige el debate aportar argumentos sólidos. Pero, por lo que veía, pensé en esos momentos que, en el pasado periodo legislativo, los ciudadanos tuvimos que soportar un clima de acritud y mala educación que parece ser el único que entienden muchos de nuestros representantes políticos. Mirando la tele y escuchando la transcripción que me hacía mi amigo, mi impresión era que me encontraba ante una edición ―ampliada y  no corregida― de la anterior.

            Zalabardo y yo hablamos de muchas cosas y no siempre coincidimos. Pero esa disparidad de criterios, cuando se produce, jamás afecta a nuestro mutuo respeto. A veces, a mí me parece bien algo que él condena; y al revés. En el momento actual, sin embargo, cuando hablamos de la crisis cuyo epicentro está en Ceuta, estamos de acuerdo casi al ciento por ciento. Creemos que el Gobierno ha reaccionado tarde y mal. Que, aunque no haya pruebas irrefutables de su participación, es fácil colegir que alguna responsabilidad cabe al Gobierno de Marruecos en esa entrada masiva de migrantes. Que no ha habido los suficientes reflejos para paliar los efectos de esa entrada de migrantes.

        Pero, del mismo modo, coincidimos en que no solo al Gobierno hay que cargarle culpas sobre lo que sucede. Hay Comunidades y hay partidos que carecen de sentido de Estado ―o se comportan como si no supieran qué es eso― y aprovechan la crisis para atacar al presidente y al Gobierno central cometiendo un acto de deslealtad institucional. Porque, por muchos errores que le achaquemos, ahora no es momento para la crispación, para pelea de gallos, para competir por los votos. Es hora de que todos arrimemos el hombro para poner remedio a lo que estamos padeciendo. Sobre todo, Ceuta y esos miles de migrantes ―víctimas no se sabe bien de quién, aunque lo supongamos― que están necesitados de ayuda. Necesitada Cuta y necesitados los migrantes.


            Porque ―y esto es lo que no hay que olvidar― no es Ceuta quien tiene un problema. Lo tiene España y ninguna Comunidad española debe olvidar que Ceuta, como ellas, es una parte integrante, en igualdad de condiciones, de la nación española. Y lo tiene Europa porque ningún país miembro de la UE debe olvidar que Ceuta es parte importante de su frontera con África. ¿O acaso no lo saben? Si hay partidos políticos, Comunidades y países europeos que han dado un paso a un lado en este problema, habrá que pedirles responsabilidades cuando llegue el momento. También al Gobierno central. Pero no consideremos primario lo secundario.

            Ha pasado el verano, comienza un nuevo curso político y parece que estamos perdidos en un bucle en el que se repite indefinidamente el ayer y seguimos como antes, metidos en el fango de la crispación, del insulto y de la hipocresía. A esos que hablan de la amenaza y el peligro de la migración se les podría recordar estas palabras que incluye Arundhati Roy en su novela Mi refugio y mi tormenta: «La pobreza extrema era, es y debería ser la mayor amenaza para la seguridad interna del país» Zalabardo me añade: «Di también eso de que tire la primera piedra quien esté libre de pecado»; le pregunto a qué viene su recomendación y me contesta que hay por ahí un obispo que, hablando sobre la crisis ceutí ―«aquí no cabemos todos» es una de sus frases favoritas―, incita a sus fieles a iniciar una nueva reconquista. «Este será obispo» ―me dice Zalabardo― «pero de buen samaritano no tiene nada».

sábado, junio 13, 2026

SOBRE CARLEO Y CASLEO

Me imagino la cara de mi buena amiga Mari Pepa cuando se enteró de que Valderrama, para hacer el rosario que se la recordaría cuando estuviera lejos de España pensaba utilizar como cuentas los dientes de ella, de su novia, dijo más o menos así: «Ojú ¿y la va a dejar así, desdentaíta a la pobre?» Ella siempre había creído que en la copla se hablaba de perlas, no de dientes. Pero el cantaor andaluz nunca hubiese dicho perlas, sino peɦlas, con esa aspiración típica de la -r final de grupo o sílaba con que en nuestra habla pronunciamos esa palabra. Igual que cuando decimos Caɦlos, viɦgen, caɦne en lugar de Carlos, virgen o carne.

            Recordé este momento después de que otro buen amigo, José María, me enviara un poema en el que, entre otras cosas, mencionaba el casleo de los perros. Le contesté manifestándole mi agrado por haber visto emplear ―después de muchos años― esta palabra que tanto utilizaba de pequeño, allá en mi pueblo, carleo. No olvido las advertencias de mi madre cuando me enviaba a realizar algún mandado y me decía: «Pero no vengas corriendo, que luego llegas carleando». José María, casi de inmediato, me respondía que no es carleo, sino casleo. ¿Cómo explicarle, así de inmediato, que lo que él consideraba palabra correcta ―incluso me decía que es un término propio del andaluz― no es más que una pronunciación incorrecta de una palabra corriente ―en otras épocas, no ahora― en la generalidad del español?

            Le indico a Zalabardo que preferí dejar ahí el debate para comentar ambas formas en este apunte de la Agenda, porque el tema, aparte de parecerme curioso, serviría para cerrar la temporada que, con este verano adelantado que estamos padeciendo, nos hace a todos carlear. Como Zalabardo me confiesa no conocer tal palabra, le digo que ese verbo es sinónimo de jadear. ¿Palabra curiosa? Sí. El DLE dice que su origen es incierto ―Sebastián de Covarrubias ni siquiera la recoge en su Tesoro, de 1611― y Joan Corominas, en su Diccionario Etimológico, que la considera documentada a partir de 1565, defiende que procede de la forma calorear, derivada de calor, que primero por síncopa ―pérdida de un sonido― se convierte en calrear y más tarde, por metátesis ―alteración del orden de dos sonidos―, en el definitivo carlear. De la misma opinión es María Moliner.


           En el Diccionario de Autoridades de la Academia, de 1729, encontramos carlear: «Hacer ruido el perro cansado y falto de aliento, sacando la lengua; y lo mismo las aves de rapiña cuando están muy fatigadas de calor». Sustenta este significado con ejemplos de Fray Luis de Granada, Vicente Espinel y Esteban González. Por mi parte, encuentro un ejemplo de 1565 ―posiblemente al que se refiere Corominas―, de Fadrique de Zúñiga y Sotomayor. El primero y el segundo son andaluces; el tercero es gallego y el cuarto, cacereño. La diferencia de cunas me hace pensar que carlear era palabra bastante extendida en todo el territorio español.

            Dicen estos textos: «Caminando este señor por el mes de agosto, andadas ya tres leguas antes de comer, iba el lebrel carleando de sed» (Fray Luis de Granada: Introducción al símbolo de la fe). «Hícele andar de manera que iba carleando como podenco con sed» (V. Espinel: Vida del escudero Marcos de Obregón). «Estando siempre, como el rico avariento, carleando con un palmo de lengua fuera de la boca» (Esteban González: Vida y hechos de Estebanillo González). «Ponerlo has al sol en dándole de comer, y estése allí entre tanto que vieres que lo sufre sin congoxarse ni carlear» (F. de Zúñiga: Libro de cetrería de caza de azor).

            Me sugiere Zalabardo que, por lo que antecede, mi amigo José María debe estar equivocado al emplear casleo y darlo por bueno. Y tengo que contestarle que no o, al menos, que no anda completamente descarriado. Estoy seguro de que puede haber oído no una, sino más veces, la voz casleo. He localizado tres obritas que recogen la palabra caslear, con la indicación de «no recogida por la Real Academia»: Vocabulario de Porcuna, de 2021; Diccionario cordobés, sin fecha; y Rosario de voces y claros linajes de la Puebla de Cazalla, de 1992. Pero ninguna de ellas es un léxico elaborado con criterio científico, sino grupos de palabras que sus autores dicen haber oído en cada uno de los lugares. De los otros vocabularios andaluces que conozco, ya sean de carácter local ―Cádiz, Málaga, Jerez, Cabra, etc.― o bien tengan carácter general, como el prestigioso Vocabulario andaluz, de Antonio Alcalá Villoslada, o el monumental Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía, dirigido por Manuel Alvar, ninguno recoge ni carlear ni caslear.

            ¿Qué hay que pensar, entonces? Para aclarar la cuestión hay que volver al comienzo de este apunte, a lo de peɦlas, viɦgen y esas formas. El andaluz viene constituido por una morfología, una sintaxis y un léxico, aparte de ―que es lo que nos interesa en este caso― una fonética, que encontramos reflejada no solo en los andalucismos, sino en todas las palabras. En este caso, nos interesa fijarnos en el consonantismo. En Andalucía es frecuente ―sigo en esto lo que dice la Dialectología española, de Alonso Zamora Vicente―, por ejemplo, el llamado rotacismo, es decir la conversión en r de la l seguida de otra consonante (barcón, arguno, etc.). Menos frecuente es el fenómeno inverso, la lalación, conversión en l de r seguida de consonante (cuelpo, picaldía, etc.). Y no se pueden dejar atrás los casos de aspiración, especialmente de s- o de r- (muɦlo, oɦcuro, raɦgo, vieɦnes, ɦner…).

            Sobre carlear/caslear le expongo a Zalabardo mi teoría. Una persona interesada en recoger el habla de su pueblo se encuentra ante una forma que oye como caɦlear, porque así, con aspiración, pronunciamos carlear, palabra que, por desusada, posiblemente no reconozca. A la hora de transcribir la palabra, de manera inconsciente interpreta la aspiración de r- como si fuera la de s- (igual que en aɦco, cueɦta, eɦlabón, etc.) y escribe caslear, que cree que es lo que su oído percibe. Ese criterio será seguido por otras personas y ya tenemos una palabra aparentemente diferente.

            Espero ―le digo a Zalabardo― que a mi amigo José María le satisfaga esta explicación que nos permite hablar de un pequeño error sin importancia cuyas causas hay que buscar en el fonetismo andaluz.

            Y con esto, como avisaba al comienzo, la Agenda de Zalabardo se toma el descanso veraniego. 

sábado, junio 06, 2026

TODOS SOMOS CULPABLES (PRESUNTAMENTE)

 

Existe un refrán, Las armas las carga el diablo, con el que se quiere advertir acerca del peligro que supone su utilización sin la debida prudencia. Su origen no está bien determinado, aunque se supone que proviene del lenguaje militar y más específicamente del momento en que se está procediendo a instruir a los soldados bisoños en su manejo. Por eso, en ocasiones, aparece seguido de la coletilla y las disparan los idiotas.

            Antes de continuar, le digo a Zalabardo que la palabra idiota tiene una curiosa historia. Su etimología se remonta a la forma sánscrita s(w)e-, pronombre reflexivo que puede entenderse como ‘suyo’ o ‘sí mismo’, que con el tiempo nos ha dado las formas solo, consigo, se, y que, por no alargar la cosa, llega también hasta el griego ἵδιος, ‘lo propio y personal de cada uno’, de donde se deriva tanto idioma, ‘la lengua propia de una nación’ como idiota, ‘ignorante, individuo común y corriente que no entiende de los asuntos sociales’. El Diccionario de la Academia le añade, además, el significado de ‘engreído, presuntuoso sin fundamento para serlo’.

            A veces, también sucede que es el diablo quien carga las palabras y por ignorancia o por puro engreimiento, cuando no con intencionalidad malsana, las utilizamos mal. Y si no siempre hay que considerar falta grave la mala utilización, en no pocas ocasiones corremos el riesgo de que un uso inadecuado provoque daños irreparables.

            Como Zalabardo me pide ejemplos claros de ese peligro al que me refiero, le cito dos adjetivos que, aunque de antigua historia y empleo, circulan hoy quizá más de lo debido y no siempre con la prudencia que requiere pronunciarlos o escribirlos. El uno es presunto y el otro es prospectivo.

            Sobre presunción nos dice el DEL que significa ‘suposición, sospecha, conjetura’; pero, curiosamente, también leemos ―y de ahí pudiera provenir el daño― que es ‘tener por cierta una cosa sin necesidad de que esté probada’. Por eso hemos de ser cuidadosos al abusar de presunto, ‘supuesto, hipotético’, cuando se aplica a personas sobre las que recaen sospechas no fundamentadas o poco claras. Insistir demasiado en la expresión presunto culpable es lo que da lugar ―de manera intencionada o no― al aberrante concepto de presunción de culpabilidad, sin cabida en ningún sistema legal y que es el pistoletazo de salida para que se dicten las llamadas condenas de telediario, por ser los juicios mediáticos que tanto circulan los que inducen a dar por cierto lo que no está probado.

 

           Le cuento a mi amigo un caso paradigmático de presunción de culpabilidad. En 1999 fue asesinada una joven, Rocío Wanninkhof. La policía detuvo en 2000 a Dolores Vázquez, sobre quien se difundieron multitud de informaciones no contrastadas que fueron la raíz de su condena en 2001, sin que en el juicio se aportase ni una sola prueba concluyente de su culpabilidad. Tan fue así, que en 2003 hubo que repetir el juicio. Salió absuelta, pero el daño que ya había padecido no lo podía resolver nadie.

            El único principio válido que contemplan las leyes es el de la presunción de inocencia, derecho recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en nuestra propia Constitución. Este derecho reconoce que todos somos inocentes mientras no exista una condena firme, fuera de toda duda razonable. Desgraciadamente, cada día asistimos al caso frecuente de que se lancen acusaciones basadas en meras suposiciones que, de inmediato, convierten a la persona contra la que se dirigen en presunta culpable.

            Caso parecido al de la presunción de culpabilidad es el de la investigación prospectiva. La prospectiva es una técnica muy loable en el campo de la medicina, por ejemplo, ya que consiste en realizar estudios y análisis con el objetivo de explorar o de predecir cómo se va a desarrollar en el futuro un determinado proceso. Con estas investigaciones, se pretende descubrir cómo podrían ser tratadas con éxito determinadas enfermedades que hoy apenas si es posible controlar.

            Pero, en el terreno jurídico, una investigación prospectiva es una práctica que cualquier jurista debería aborrecer, pues supone iniciar ―sin que existan indicios ni hechos objetivos comprobados― una búsqueda de motivos para considerar culpable a alguien. Dicho de otra manera, una investigación prospectiva es la que, partiendo de una sospecha sin fundamento, se realiza solo para ver si se encuentra algo que sirva apoyar el encausamiento de la persona denunciada.


            Tal como le he dado un ejemplo de cómo el empecinamiento en la presunción de culpabilidad puede acabar en un imperdonable error judicial, Zalabardo me pide si es posible aportar algún ejemplo real de investigación prospectiva. Y me parece claro el caso de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno. ¿Ha cometido esta persona algún delito? Ciertamente ―le digo a mi amigo― no puedo inclinarme ni por su culpabilidad ni por su inocencia. Pero los hechos permiten al menos sospechar que algo no se está haciendo bien. En 2024, la asociación Manos Limpias presentó una denuncia por tráfico de influencias y corrupción contra Begoña Gómez, sin aportar ninguna clase de prueba ni indicio, lo que llevó a la Fiscalía a pedir su archivo; pero otra asociación, Hazte Oír y el partido VOX insistieron en la denuncia y un juez, Juan Carlos Peinado, se hizo cargo del caso. Han pasado dos años y ninguna de las múltiples pesquisas llevadas a cabo ha hallado indicios de delito. No obstante, el juez sigue empeñado en llevarla a juicio. ¿Estamos ante una investigación prospectiva? Sí, porque no estamos ante la tarea de probar la veracidad de unos hechos, sino en el mero intento de hacer que una simple sospecha infundada esté ocultando un delito. Es una investigación prospectiva porque se acoge a la presunción de culpabilidad, con claro desprecio de la presunción de inocencia. Aunque sepamos ―o debiéramos saber― lo que dice la ley: In dubio, pro reo, es decir, en caso de duda, ante la falta de pruebas condenatorias concluyentes, ha de prevalecer la opción más favorable para la persona acusada.

sábado, mayo 30, 2026

USTEDES SABÉIS

El Cabildo de Gran Canaria ―leo la noticia esta misma semana―se ha movilizado en las redes para defender el ustedeo. Se piensa ―es opinión respaldada por no pocos profesores e instituciones insulares― que en Canarias se está produciendo un fuerte retroceso de ustedes en favor de vosotros. En la campaña que le cuento a Zalabardo se dice: «Esto no lo podemos perder. Es algo que forma parte de la identidad del canario». Canarias heredó ese típico ustedeo de la Andalucía occidental, donde está teniendo lugar el mismo problema.

        Comentar la evolución de las formas de tratamiento en español es algo más complejo de lo que parece, le digo a Zalabardo. No obstante, simplificando mucho la cuestión, intento explicar el proceso a mi amigo. En la Edad Media apenas si se usaban otras formas que y vos. Utilizaban vos los miembros de las clases superiores entre ellos y, por supuesto, los inferiores para dirigirse a los nobles. se empleaba para dirigirse a inferiores y era la forma que estos usaban entre sí. Vosotros era una forma apenas utilizada.

        En el siglo XVI comenzó a darse cierta confusión entre vos y , razón que explica la aparición de una forma nueva, vuestra merced, que acabaría por simplificarse en usted y adquiriría también el valor de forma de cortesía. Junto a esa neutralización /vos y usted, el sistema se expande creando para el plural la doble forma vosotros y ustedes, que reflejaban la misma diversidad de clase y el tratamiento cortés.

        Para explicar la situación actual, es interesante el estudio Sociologística histórica del voseo, tuteo, ustedeo y sumercedeo (2022), del profesor de la Universidad de Cádiz Víctor Lara Bermejo. En resumidas cuentas, viene a decir que, como consecuencia de las ideas liberales, la urbanización, la industrialización y el auge de la burguesía, surge en el siglo XVIII una especie de gesto de solidaridad en ambos lados del Atlántico que fijó el sistema en /usted para el singular y vosotros/ustedes para el plural, aunque algunas regiones, como evidencia de las desigualdades sociales que vivían, se mantuvieron ajenas a esa norma.

        Estas regiones que se desmarcan, como ya señalaron hace años Rafael Lapesa y Manuel Alvar, son la Andalucía occidental ―Huelva, Sevilla, Cádiz y Málaga―, las Canarias e Hispanoamérica. Lo más destacado en estas zonas es la casi total desaparición de vosotros, con lo que el plural queda solo con ustedes y el mantenimiento del voseo en tierras americanas.

        Lo peculiar de ustedes como forma de respeto de segunda persona es que su uso exige concordancia con la tercera persona verbal (ustedes saben frente a vosotros sabéis). Sin embargo, explica Manuel Alvar, en la Andalucía usteísta y como forma de reacción cultista es frecuente oír ustedes sabéis.


        Ese frente formado por Andalucía occidental, Canaria e Hispanoamérica frente al resto de la Península tiene su explicación. El punto de partida es Andalucía ―tan diferente al resto de España en tantas otras cuestiones lingüísticas―. Al ser la mayor parte de marineros que intervinieron en el descubrimiento de América y en las posteriores tareas de comercio, sería la norma andaluza del español la que se extendería por aquella tierra. Y como Canarias estaba entre una y otra región y era zona de abastecimiento, también su lengua recibió la misma influencia.

        Otra cuestión diferente que habría que estudiar con detenimiento es por qué Canarias ―y por supuesto Andalucía― van perdiendo parte de su peculiar ustedeo. La razón es simple. No solo sucede que la lengua va cambiando a lo largo de los siglos; también hay que contar con la influencia que tienen en las hablas peculiares los medios oficiales ―radio, televisión, prensa― y las redes sociales, que emplean siempre una lengua más próxima a la norma oficial en detrimento de las peculiaridades dialectales.

        Estos cambios no afectan solo a las formas de tratamiento. Acaban por desterrar palabras populares que se van perdiendo, como sucede con los canarismos balde o magua, sustituidos por cubo y pena, o los andalucismos vilorio o advertío sustituidos por inquieto e inteligente.

        Lo que parece fuera de toda lógica es que se continúe señalando que construcciones tan arraigadas como ustedes sabéis o ustedes se quedáis quietos son incorrectas. No siguen el proceso del español normativo, eso es cierto, pero forman parte del andaluz con tanto derecho como el seseo y el ceceo, pongamos por caso. Y le recuerdo a Zalabardo un viejo anuncio ―entre 1960 y 1970― aparecido un periódico malagueño que anunciaba una película de Cantinflas. Más o menos, decía: «Niños, El Señor Doctor lo cura todo; pero ustedes se moriréis de risa viendo a Cantinflas».

sábado, mayo 23, 2026

CUANDO PEDIR NO ES VICIO

He estado por llamar a este apunte Derechos y obligaciones; y también, En favor de la escuela pública. Pero recordé que hay un refrán, bastante antiguo y sin origen documentado conocido, que dice: Ante el vicio de pedir, la virtud de no dar, forma correcta según el Centro Virtual Cervantes, pese a que la más extendida suele emplear contra en lugar de ante.

            En Instituto Cervantes se limita a decir simplemente que es una fórmula para rechazar una petición. En otros lugares, en cambio, se amplía la explicación y se afirma que su significado va referido a cuando una petición se considera desproporcionada e incluso fuera de lugar. En cualquier caso ―le digo a Zalabardo― da igual, pues lo que importa saber es que el refrán, justificado o no, alude a la actitud de negar una petición que se hace.

            Obedece esta introducción a que hablamos Zalabardo y yo de los movimientos reivindicativos que los funcionarios docentes de varias comunidades están llevando a cabo estos días. ¿Qué es lo que piden estos docentes? Piden más atención a sus condiciones laborales, una reducción del número de alumnos por aula, una más adecuada dotación de medios. En suma, todo aquello que haga posible una educación de mayor calidad, para lo que se requiere más atención a la escuela pública y que no se deriven las partidas económicas necesarias hacia la escuela privada. Sin embargo, a buena parte de la ciudadanía, lo primero que le suena es que estos profesores reclaman un aumento de sus retribuciones.

            El problema no es cosa de hoy ni hay que culpar a este o aquel partido, ya que, en España, casi desde el principio de los tiempos, todos vienen desatendiendo la escuela pública. Qué refleja, si no, este otro viejo refrán que habla de pasar más hambre que un maestro de escuela. La razón hay que buscarla en que, durante el siglo XIX y principios del XX, la financiación de la enseñanza estaba en manos de los municipios y era muy frecuente que estos pagasen poco, mal y tarde, con lo que se condenaba al maestro a una vida precaria, cercana en muchos casos a la mendicidad. Tendría que llegar el año 1901 para que se dictase un Real Decreto que obligaba al Estado a hacerse cargo del sueldo de los maestros, por lo que se fijaba una partida en los presupuestos del Estado destinada a tal fin.


           En la Constitución de 1978 queda reconocido el derecho que todos tienen a una educación digna y la obligación del Estado a proporcionarla. También se reconoce el derecho que asiste a particulares a crear centros privados y el derecho de los padres a la libre elección de centro. A esto obedece lo de Derechos y obligaciones. Sin embargo, el problema surge cuando el Estado se encuentra con que no dispone de medios suficientes ni de centros para atender a toda la población que hay que escolarizar. Por esa razón, un Gobierno socialista, presidido por Felipe González, firma en 1985 un sistema de conciertos educativos por los que el Estado se comprometía a cofinanciar centros privados que aceptasen impartir los niveles de la enseñanza gratuita. Con el tiempo, el sistema se anquilosaría y fondos que deberían dedicarse a la creación y sostenimiento de los centros públicos siguen yendo a parar a centros privados. Eso explica la tercera opción de título: En favor de la escuela pública.

            Trato de explicarle a Zalabardo que una situación que tuvo sentido en un tiempo y bajo unas condiciones precisas debería estar ya superada. Han pasado 40 años y el Estado sigue derivando hacia centros de enseñanza privados ―que al fin y al cabo son un negocio de sus promotores― fondos que deberían destinarse a la mejora de los centros públicos. Nada ni nadie se opone a que haya centros privados; nada ni nadie se opone a que las familias tengan libertad de elección de centro. Son derechos reconocidos y defendidos por la Constitución. Pero la obligación del Estado va referida al sostenimiento de los centros públicos. Quien renuncie a la educación que el Estado le proporciona de manera gratuita debiera pagar de su bolsillo la que elija en su lugar. Exactamente igual que pasa con la sanidad. Quien rechaza la que el Estado concede se paga un seguro médico privado.


            Por todo lo anterior ―le digo a mi amigo― no es justo decir que los docentes que piden mejoras en la enseñanza pública piden por vicio, aunque se les responda con negativas. Sus demandas no son otra cosa que la exigencia de que se cumpla cuanto viene reflejado en la Constitución. Entre ello, una remuneración acorde al trabajo que realizan. ¿Por qué un docente no va a reclamar su derecho a un mejor sueldo? En este asunto de la retribución de los profesores, sería conveniente que la sociedad sepa que los docentes españoles no se encuentran entre los mejor pagados de los países europeos. Si miramos solo los sueldos de un profesor de primaria ―tomo los datos de un informe de UGT de 2025―, veremos que, para alcanzar el nivel máximo, unos 48.000 € anuales, en España se requieren treinta y nueve años de servicio, mientras que en otros países se logra ese nivel con solo veinte años de servicio. Frente a esto, el sueldo máximo de un profesor de primaria en Austria está en torno a los 73.000 €; Alemania, 90.000 €; y en Luxemburgo, 120.000 €. A esto habría que añadir el agravio comparativo que supone que, en España, el sueldo de los docentes puede presentar una diferencia de hasta 600 € mensuales según las distintas Comunidades.

            El resumen de todo lo expuesto es que estos profesores que muestran su descontento no piden por vicio y el no dar de las autoridades educativas de ninguna manera puede llamarse virtud, sino pura racanería y, en no pocos casos, descarado clientelismo que favorece a empresas privadas frente a las necesidades públicas.