Conversamos
Zalabardo y yo sobre cómo muchas expresiones, no ya de los juegos, sino de
otras muchas actividades, pasan al lenguaje diario. Por ejemplo, esta de la que
hablamos. Salir, o actuar a dos caras es hacerlo de
forma que despista al interlocutor haciéndole creer una cosa que pudiera ser diferente
a lo que luego se realice. En el dominó, salir a dos caras suele
ser una manera de despistar al contrario sobre cuál es el juego que se persigue;
lo que sucede es que, siendo lo usual que se juegue por parejas, este proceder puede
despistar al propio compañero.
El
añadido como los hombres malos ya me resulta más difícil de
explicar a mi amigo. Hay quien dice que se refiere solamente al mero hecho de engañar.
Otros, en cambio, dice que el origen hay que buscarlo en el dios Jano,
el bifronte, que tenía dos caras, una que mira hacia el pasado y otra que mira
hacia el futuro. Y si tanto pasado como futuro carecen de valor, porque uno ya
no es y el otro no es aún, ocuparse de ellos y no del presente, que es lo único
cierto, puede interpretarse como engaño e hipocresía.
Y
ya que hablamos de engaño, ¿qué decir de ir de o echarse un
farol? El farol, primero en el póquer y luego en el resto
de los juegos consiste en lanzar una apuesta fuerte con un juego débil con la
intención de impresionar, deslumbrar, al resto de jugadores, que piensan que
quien tanto se juega se siente amparado por las buenas cartas que tiene en la
mano. En la vida diaria, ir de farol es fingir una situación muy
por encima de las expectativas de que se dispone para intimidar o asustar a un
oponente.
Otro
envite fuerte es el órdago, palaba de origen vasco, hor
dago, que significa ‘ahí está’. Lanzar un órdago, en el
juego del mus, es apostar todo en una sola mano, a veces fiándolo todo a una
carta, con la idea de que tal acción puede suponer ganar todos los tantos y,
con ello, finalizar la partida. El órdago supone un riesgo
porque, a veces, la jugada sale mal y el resultado es diferente al esperado.
Fuera de este contexto, lanzar un órdago es adoptar una firme y
privilegiada, en un negocio o en cualquier otro asunto, para hacer creer a la
otra parte que quien así procede tiene en su mano todos los recursos para salir
vencedor en el litigio de que se trate.
Le digo a Zalabardo que hemos repasado expresiones que, en cierto modo, suponen engaño o estrategia para simular superioridad, pero no todas las expresiones nacidas de los juegos se relacionan necesariamente con el engaño. Por ejemplo, cantar las cuarenta. En el tute, el jugador que consigue unir el caballo y el rey del palo que marca el triunfo se anota cuarenta puntos, lo máximo posible. Se habla de cantar porque el jugador que logre esa pareja debe declarar en voz alta, cantar, que la tiene una vez logre ganar una baza. De ahí nace que cuando a alguien se le reprende con severidad o se le hacer ver con claridad cualquier verdad o situación, aunque le pueda resultar incómoda, se diga que se le ha cantado las cuarenta.
Y
queda entre las que comentamos, por el momento y ya que hablamos de cartas, una
expresión que puede resultar bastante confusa, en cuanto a su origen, pero que
todo el mundo entiende, tener carta blanca. En el Diccionario
panhispánico del español jurídico se define la carta blanca
como ‘título o despacho de un empleo en que se deja en blanco el nombre del
agraciado para poderlo llenar después a favor de quien parezca’. También se
dice que la carta blanca es aquella, el comodín, que se puede
utilizar con el valor que cada uno prefiera. En un sentido más amplio, se afirma
que tiene carta blanca la persona que dispone de ‘absoluta
libertad para decidir o actuar sin tener que rendir cuentas a nadie por ello’.
Zalabardo
se echa a reír y no puedo menos que preguntarle qué le provoca esa risa. Me
dice que, tras lo que hemos hablado de jerga de los juegos aplicada a la vida
diaria, se le ha ocurrido pensar que podría inventarse un juego en el que los
participantes tuviesen que adivinar, en nuestro panorama político, quién está jugando
a dos caras, quién va de farol, si alguien está en
disposición de lanzar un órdago, a quién se le deberían cantar
las cuarenta o si existe alguien merecedor de que se le conceda carta
blanca. Me río con él y le digo que no es mala idea.
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