sábado, febrero 14, 2026

SE BUSCA UN CASTELAR

 

Emilio Castelar (1832-1899) fue político, historiador, periodista y escritor. Aparte de esto, fue presidente de la Primera República Española entre los años 1873 y 1874. Considerado como el más elocuente orador político que haya tenido España, su nombre ha terminado por ser referencia obligada de la buena oratoria. Menéndez Pelayo, aunque ideológicamente muy distanciado del gaditano, admiraba su altura intelectual y dijo de él: «En cada discurso del señor Castelar se recorre la universal historia humana».

            Los tiempos han cambiado mucho y la oratoria ―arte de hablar con elocuencia― es algo que, por desgracia, se va abandonando. Le pregunto a Zalabardo si él consigue soportar un debate de los que se celebran en el Parlamento, tanto si es el nacional como cualquiera de los regionales. Me contesta que hace ya años que abandonó esa costumbre, porque lo pasa mal escuchando las delicias que sueltan sus señorías. Sus intervenciones ―no solo por su contenido, sino más por la forma― suelen ser de una pobreza que impresiona.

            En nada se avienen a lo que escribió Cicerón ―hace ya veintidós siglos― en su tratado De Oratore: «¿Qué hay tan placentero a la inteligencia y al oído como un discurso pulido y engalanado con sabios pensamientos y solemnes palabras?» Hoy, el discurso de un político es tedioso. Los pensamientos que nos ofrecen son zafios y horros de sabiduría y las palabras carecen de solemnidad. Oyéndolos, pensaría uno que para ser parlamentario en la España actual se requiere primero hacer un curso de lenguaje grosero y chabacano que atienda más a insultar y menospreciar al contrario que a convencer al auditorio y, lo que debería ser esencial, a los ciudadanos.

            No hay quien, en el atril o en el escaño, sea capaz de pronunciar cuatro palabras seguidas sin necesidad de leer el papel que llevan preparado o de improvisar una buena réplica. No pocos necesitarían recibir unas clases de lectura fluida, pues no atinan a respetar la entonación, el ritmo y pausas que la lectura pide. Y de esperar elocuencia, ‘hablar deleitando y persuadiendo’, podemos olvidarnos, como de esperar solemnidad en las palabras. Miramos a derecha e izquierda y cuesta encontrar alguien a quien salvar. No hay nadie tan soso, me indica Zalabardo, como Pablo Fernández, portavoz de Podemos; a Ione Belarra, del mismo partido, se le podría recordar que un país no avanza solo utilizando el género femenino al hablar. Si nos vamos al polo opuesto, da grima oír a Isabel Ayuso, que no abandona ni un segundo el gesto de asco que ofrece su rostro y que habla como si continuamente gimoteara; y su amigo Tellado parece un bulldog dispuesto a lanzarnos un mordisco al menor descuido. Y en el pétreo Abascal es difícil no ver a un legionario, tipo Millán Astray gritando: «¡Muera la inteligencia!»

            Hablando de perros y falta de elocuencia, le comento a Zalabardo que los cabezas de los partidos mayoritarios no mejoran a sus subordinados. Sánchez se encuentra cómodo desglosando datos macroeconómicos que muestran el avance del país, pero no se entera de que el pueblo preferiría que les hablase de otra cosa. Los jóvenes querrían oír hablar de las dificultades para acceder a una vivienda; los trabajadores, de la precariedad de sus empleos; y las familias, de lo duro que resulta llegar a final de mes. Y si Feijóo se olvidara de andar presentando denuncia tras denuncia contra Sánchez ante todos los tribunales del mundo, podría dedicar alguna de sus intervenciones, siquiera una de ellas, a explicarnos cuál es la idea de país que él y su partido defienden.

            Me pregunta Zalabardo qué tiene que ver lo que acabo de decir con los perros y la elocuencia. Me disculpo ante mi amigo y le digo que, a veces, me voy por las ramas. Le aclaro que pensaba en que hoy no tenemos un Castelar que entusiasme a la gente. Que nuestros políticos meten la pata hasta en el momento de usar una cita para reforzar sus argumentos. Un día, Sánchez creyó conveniente utilizar un proverbio de Machado, Hoy es siempre todavía. Al momento, Feijóo le saltó al cuello: «¡No insulte usted a Machado! Si lo cita, cítelo completo». Y soltó lo que él llamó las palabras que seguían a las de Machado: Toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir promesas que nos hicimos. Algún cerebro privilegiado de su partido debió de pasarle una chuleta, que el jefe de la oposición leyó engolando la voz. Ni él ni su adlátere sabían que el poema de Machado es ese único verso: Hoy es siempre todavía. Y nada más. La continuación que el jefe de la oposición exigía son palabras que el cantautor Ismael Serrano usó para presentar en un concierto su canción Ahora. Esos deslices reflejan que no se tiene otra cultura que la que aparece en Google, Wikipedia o la IA. Porque ahí es donde encontramos hasta la saciedad las palabras de Ismael Serrano atribuidas a Machado. ¡Ay, si don Antonio levantara la cabeza!

            Claro, que Sánchez no se libra de estas meteduras de pata nacidas de fiarse más de redes sospechosas que del conocimiento adquirido con la lectura de nuestros más preclaros autores. Hace pocos días, en una bronca comparecencia, para defenderse de los ataques que la oposición le dirigía, dijo muy serio: Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos. ¿Todavía no se ha enterado Sánchez de que tal cosa no aparece en el Quijote ni la escribió Cervantes? Por mucho que en internet se la adjudiquen. Fue Goethe quien cierra un poema titulado Ladran de la siguiente manera: …pero sus estridentes ladridos / solo son señal de que cabalgamos.

            «Entonces ―me pregunta Zalabardo― ¿no hay un político del que podamos fiarnos?» Le contesto que, lamentablemente, no hay ningún Castelar entre nosotros. Y que si los hay, unos quedan ocultos por la disciplina de partido. Otros por el sistema electoral español de listas cerradas. Y otros que apuntan maneras acaban fagocitados por el sistema. Pablo Iglesias, que parecía una esperanza contra el bipartidismo imperante y fue uno de los cabecillas de los indignados del 15-M, se dejó abducir por la «casta» contra la que pretendía luchar. Y algunos se medio salvan. Por ejemplo, Gabriel Rufián, republicano catalán, parece seguir la línea de otros parlamentarios ilustres: uno de su propio partido, Joan Tardà y otro que militó en Chunta Aragonesista, José Antonio Labordeta. No comparto la idea independentista de Rufián, pero es uno de los pocos parlamentarios que sabe hablar sin un papel por delante y es capaz de hacer autocrítica: «A la izquierda no nos entiende la gente, no nos sabemos explicar. Hablamos de cosas que no interesan, porque a la gente le interesa que ha subido la luz, y el gas, y la comida...» Me gusta, aunque muchos no crean sus palabras, eso de que «la clase trabajadora de Cornellá y de Vallecas es la misma». O cuando dice que es posible defender los intereses de Algeciras sin dejar de ser catalán independentista. Rufián no es quizá el Castelar que necesitamos, pero hace autocrítica. Los demás ―PSOE, PP, VOX, Sumar, Podemos…―, ni tienen un Castelar ni reconocen los propios errores. Por eso a la gente le cuesta apreciarlos.

sábado, febrero 07, 2026

¿HAY VACUNA CONTRA EL ALGORITMO?

Hay quienes pertenecen a una generación caduca, ya en declive. Y no me extrañaría que se nos incluya en ella a Zalabardo y a mí; incluso no faltará quien nos tache de gagás si no fuera porque también este adjetivo ha caído ya en desuso. Quizá los jóvenes de hoy, tan dados a usar términos que en otro tiempo sorprenderían, nos encuadrarían en la generación de los boomers ―individuos anticuados y desconectados de la realidad― pese a que mi amigo y yo nacimos en fechas anteriores a la de quienes pertenecen a la generación que recibe ese nombre.

            Pero, aunque sea verdad que tanto mi amigo como yo hemos decaído en el empleo de parte de nuestras facultades, me atrevería a decir que aún razonamos de manera suficientemente adecuada como para considerarnos con derecho a disentir de ciertas conductas y opiniones que proliferan en nuestros días.

            Una de las cosas que más nos rebelan es ver cómo se va perdiendo la noción de la prudencia, e incluso de la educación, en estos tiempos que corren. No entendemos que una militante de un partido político acuda a un mitin electoral de otro partido, al que pertenece el presidente del Gobierno, con el único objetivo de gritarle a este «¡Hijo de puta!» como no entendemos la crispación con que discurren los debates políticos en nuestro país, si es que a esas trifulcas barriobajeras se les pueden llamar debates, o que denuncie vivir en una dictadura quien goza de plena libertad para decir lo que piensa, aunque sea para criticar a quien califica de dictador.

            Le recuerdo a Zalabardo lo que escribió Baltasar Gracián en su Arte de la prudencia: «Se vive más del oído que de lo que vemos. Vivimos de la fe ajena. El oído es la segunda puerta de la verdad y la principal de la mentira». También pide «moderación al juzgar» y Cervantes, en Trabajos de Persiles y Segismunda, afirma: «Los jueces discretos castigan, pero no toman venganza de los delitos: los prudentes y los piadosos mezclan la equidad con la justicia». ¿Y cuál es el vehículo que, en nuestro siglo, permite circular con mayor rapidez noticias, reproches y condenas? Las redes sociales. Parece demostrado que estas redes son la carroza que lleva de puerta en puerta las mentiras, muchas veces de manera anónima. Como parece demostrado que a quienes más perjudican es a los menores que se encuentran en periodo de formación de su personalidad, a ciudadanos que no poseen los medios suficientes para combatir lo que contra ellos se publica y a la sociedad en general que sufre un ataque de desinformación sin límites.

            Pero no por esto tendremos que culpar a las redes, que son un instrumento que hace posible acceder a donde antes no llegábamos, que facilita la comunicación entre personas antes alejadas y con dificultad para contactar. ¿Dónde está el mal, entonces? Está en el inadecuado uso que de ellas se hace, en la falta de una formación en los usuarios y, más que nada, en los rectores de esas redes que no solo no ponen los medios para evitar la circulación de contenidos dañinos, sino que, además, los promocionan.

 

           Los ejemplos no faltan. Hoy mismo muestro a Zalabardo cómo aparecen en la prensa varios casos que deberían hacernos pensar. Un partido político pone en marcha toda la artillería que las redes le conceden para atacar a una militante que denuncia de acoso al alcalde de un ayuntamiento en el que ella era concejala. Una participante en un concurso de televisión ha de salir a defenderse contra las acusaciones en redes de que las preguntas a que ella debió enfrentarse ―no sé si a lo largo de un año― eran más fáciles que las de su oponente. El Ministerio de Universidades se ve obligado a desmentir el bulo difundido en una red de que quienes no convaliden un determinado título esta misma semana lo perderán. En Estado Unidos, el presidente Donald Trump ―¿cómo este impresentable está presente en todas las salsas?― difunde en sus redes imágenes de Michelle y Barack Obama presentados como monos. Y no olvidemos el papel que las redes tienen en los casos de acoso escolar y laboral.

            ¿Cómo es posible esto? Gracias a ese dichoso algoritmo que ni Zalabardo ni yo ―que no pasamos de ser usuarios con un nivel de primaria― sabemos bien qué es y cómo funciona. Pero Yuval Noah Harari, autor de Nexus. Una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA, lo explica perfectamente. Un algoritmo, leemos en cualquier manual, es «una secuencia ordenada, finita y definida de instrucciones lógicas que permiten a sistemas automáticos procesar datos, resolver problemas o controlar procesos». O sea, creemos entender Zalabardo y yo, un algoritmo, sin que en ello intervenga el usuario, puede evitar la difusión de un mensaje en redes, minimizar esa difusión o ampliarla. Harari explica ―y no es una opinión, sino que ofrece numerosas pruebas de lo que dice― que las empresas, buscando una mayor cantidad de usuarios y publicaciones, crearon unos algoritmos que aprendían que una información escandalosa hacía aumentar la implicación, es decir, su mayor difusión, mientras que a la moderación apenas si se le hace caso. Y escribe: «Los creadores de contenidos de YouTube […] se dieron cuenta de que, cuando publicaban un vídeo escandaloso y lleno de mentiras, el algoritmo los premiaba recomendándoselo a numerosos usuarios y aumentando la popularidad […]. En cambio, cuando moderaban el tono y se atenían a la verdad, el algoritmo solía ignorarlos».

            Hay varios países que han tomado conciencia del problema y han pedido a las empresas que pongan los medios para evitar esto, es decir, que creen algoritmos que pongan coto a los mensajes engañosos o dañinos. Pero estas empresas, alegando un equivocado sentido de qué sea la libertad, se niegan. Por eso varios países están intentando crear leyes que protejan a los usuarios vulnerables y hagan responsables penales de los daños causados a las empresas que permiten su difusión. Australia va en la cabeza de esta lucha. Y, en Europa, España, Francia, Portugal, Dinamarca y algún otro. La reacción de las empresas afectadas ―todas ellas en manos de las personas más ricas del mundo― no se ha hecho esperar. No hay más que ver los ataques que ese vesánico Elon Musk ―dueño de X― y el no menos poderoso Pável Dúrov ―de Telegram― están lanzando contra España y contra el presidente Sánchez, que se ha puesto en vanguardia de esta lucha contra la nefasta influencia de las redes en los más jóvenes.

 

sábado, enero 31, 2026

DE TOMAR EL PELO A PELILLOS A LA MAR

Comento con Zalabardo que hace unos días, el martes pasado, fui a pelarme. Suelo acudir siempre al mismo lugar y es la misma persona quien me atiende, Toñi, porque sabe muy bien como despejar mi cabeza de la maleza que el tiempo va acumulando. Toñi es mujer prudente, buena profesional y tiene conversación agradable. Mientras estaba ocupada en la tarea, le conté que un amigo del pueblo, Antonio Delgado, no usa la expresión ir a pelarse, sino ir a que le corten el pelo. No es, así se lo dije a Toñi, porque tenga en cuenta el valor reflexivo que añade el pronombre se a un verbo, sino porque Antonio es de otras tierras y, posiblemente, allí sea costumbre decirlo de esa manera.

            «Pues ya que hablas de cortar el pelo ―tercia Zalabardo―, se me vienen a la cabeza dos expresiones sobre las que siempre me ha picado la curiosidad de conocer su origen». Y me confiesa, primero, desconocer qué razón explica que tomar el pelo signifique ‘hacer burla de alguien con elogios o promesas fingidos’ y, luego, por qué echar pelillos a la mar significa ‘reconciliarse, olvidar cualquier rencilla’.

            Le contesto a mi amigo que, para explicar ambas preguntas, es preciso aclarar los muchos significados que pelo tiene en nuestra lengua. Siendo el principal ‘filamento cilíndrico, alargado, de naturaleza córnea, que nace y crece en la piel de algunos animales’, aquí nos interesaría saber otros tres: Uno, ‘cabello de los humanos’; dos, ‘en los tejidos, parte que queda en la superficie y sobresale en el haz y cubre el hilo’; y tres, ‘capa de vello de algunos animales’.


            Sobre la primera expresión, tomar el pelo, no hay seguridad acerca de su origen, aunque se considera que es bastante antigua y su significado primario muy diferente al actual. Hay una versión que sostiene que se remonta a la antigüedad de Grecia y Roma, donde, y en la Edad Media aún tenía vigencia esa creencia, la barba se consideraba signo de dignidad. Por eso, tirarle a alguien de ella era igual que infligirle una afrenta o retarlo. En el Poema del Cid, Rodrigo dice ―y resumo sus palabras― al conde García Ordóñez: «¿Qué tenéis, conde, contra mi barba? Desde que me nació, ninguna persona, ni mora ni cristiana, me tomó de ella como yo a vos, cuando tomé Cabra y a vos por la barba». Mesarsetomarseel pelo o la barba uno a sí mismo era señal de dolor o sufrimiento; que lo hiciera otro, era agravio y ofensa.

            Pero hay otra versión que sostiene que su significado de humillación, burla o broma proviene de otra costumbre. De hecho, cuando se ingresaba en la milicia, o en prisión, lo primero que se hacía era rapar el pelo como medida higiénica para evitar los parásitos. Pero esta medida, a su vez denunciaba que aquel a quien se le había tomado ―rapado― el pelo era un novato sobre el que solían recaer burlas de todo tipo. En nuestra guerra civil, fue muy corriente, como medida de castigo y humillación, rapar a las mujeres de las que se tenía constancia de sus creencias republicanas. De ahí ―se dice― procede que tomar el pelo haya pasado a significar ‘burlarse de alguien’, aunque, finalmente, se haya suavizado su sentido y se entienda como ‘gastar una broma’.


            Lo de echar pelillos a la mar, ‘olvidar un pleito, zanjar una disputa’, parece más claro, aunque con el tiempo, la palabra pelo se haya entendido de manera diferente. Rodrigo Caro, en Días geniales o lúdricos (1626), escribe: «Cuando los muchachos han reñido y se meten en paz, para firmeza de ella echan pelillos cortándoselos de la ropa y echándolos por el viento». Y cuando se le pregunta por la razón de tal cosa, dice: «Como aquellos se los llevará el viento y de ellos no se hallará arte ni parte […], así no se acordarán más de los agravios pasados». Aquí se ve que no habla de cabellos, sino del pelo del tejido de la ropa. Y cuando trata de explicar el origen de esta costumbre, recuerda que en el canto III de la Ilíada, reunidos en la playa griegos y troyanos, acuerdan no luchar entre ellos, ya que eran Paris y Menelao quienes se enfrentaban por Helena. En la ceremonia para acordar la paz, deciden sacrificar unos corderos. Se puede leer en la versión de Samuel Butler: «El hijo de Atreo sacó la daga que colgaba junto a su espada y cortó lana de la cabeza de los corderos; los heraldos la repartieron entre los príncipes troyanos y griegos». Esto confirma que los pelillos del juego de los niños fuesen de los vestidos, como decía Rodrigo Caro.

            Pero con el tiempo, hay cosas que se olvidan y alguien tomó aquellos pelillos como ‘cabellos’. Por ejemplo, Rodríguez Marín, en el primer volumen de Cantares populares españoles (1882), escribe: «Pero los niños, por regla general, no son rencorosos y hacen las paces con la misma facilidad con que riñeron. ¡Y para hacerlas sinceras y durables, está probado que no hay mejor cosa que echar pelillos a la mar! Arráncase un pelo cada uno y, teniéndolos cogidos entre los dedos, dicen:

―¿Aónde va ese pelo?

―Ar biento.

―¿Y er biento?

―A la má.

―Pos ya la guerra ‘stá ‘cabá.

Dicho lo cual hacen volar de un soplo los dos pelos y se ponen a jugar, como si tal enemistad no hubiera existido».

            En esa coplilla recogida por mi paisano ―le digo a Zalabardo― queda claro por qué esos pelillos se echan a la mar; porque, aunque en la conciencia popular no se sepa, aún late el recuerdo del encuentro entre troyanos y griegos, junto al mar, para evitar la contienda. Aunque luego, en Troya, pasase lo que pasó.

sábado, enero 24, 2026

PREMIOS LITERARIOS Y NEGOCIO

 

Resguardados del frío de estos días, tomando café y churros en una cafetería de barrio, tranquila y alejada de esas modernas, hablamos Zalabardo y yo de premios literarios. Por casualidad, llevo un volumen de Larra y le leo fragmentos del artículo Horas de invierno; «Escribir y crear en el centro de la civilización […] como Hugo y Lherminier, es escribir. Porque la palabra escrita necesita retumbar, y como la piedra lanzada en medio del estanque […] necesita irradiarse. […] Escribir como Chateaubriand y Lamartine en la capital del mundo moderno es escribir para la humanidad. […] Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla». Se publicó en El Español, periódico madrileño que circuló de 1835 a 1837. Era 23 de diciembre de 1836. Apenas mes y medio después, el 13 de febrero de 1837, aunque por motivos diferentes, se suicidó.

            Larra hablaba de «escribir en Madrid» y no de «escribir en España» como con harta frecuencia se repite. ¿Pero es llorar el hecho de escribir en España? De eso hablamos mi amigo y yo, porque él, me dice, cree que en nuestro país se publica bastante. Consultamos en internet los datos correspondientes a 2024 y vemos que ese año se inscribieron en el registro del ISBN aproximadamente 90.000 libros, unos 250 al día, de los de casi un 25% son literatura.

            Podría parecer un buen dato. Sin embargo, le digo, son cifras engañosas si tenemos en cuenta el auge que ha tomado la autoedición. En nuestros días es fácil publicar. Proliferan las empresas dedicadas a ello e incluso las editoriales tradicionales crean sus propias filiales destinadas a la autoedición. El proceso es sencillísimo: yo escribo un libro, digamos una novela, y acudo a una de estas empresas. Me lo maquetan, me lo imprimen y me lo encuadernan. El número de páginas y de ejemplares impresos determinarán lo que tendré que pagar.


           «Pero eso parece un gran avance» ―me dice mi amigo―. Le respondo que según se mire y le cuento que la experiencia de haber publicado tres novelas en autoedición me ha hecho recelar de ese pretendido avance. Su lado bueno es la facilidad con que permite colmar la vanidad por haber publicado un libro. Los aspectos negativos son más numerosos El primero, la ausencia de filtros que determinen la calidad de lo que se publica. Puedo escribir la peor novela del mundo, pero si asumo los gastos, nadie se negará a publicármela. Le confieso a mi amigo que me aplico lo que digo, ya que mis novelas no han pasado por ese filtro que me asegure si merecían o no ser publicadas. Segundo, que una vez impreso, no tiene un respaldo sólido para su promoción. Lo más frecuente es que el libro se venda entre amigos y conocidos; ninguno de ellos te dirá que has escrito un bodrio. Y económicamente, solo arriesga el autor. Para la editorial, distribuidora y librerías, mucho o poco, todo son ganancias. Solo el autor ―que en la mayoría de los casos apenas recupera su inversión― puede tener pérdidas.

            ¿Que hay algunos casos de éxito? Sin duda, pero lo normal es lo que le he dicho a Zalabardo. Hay, no obstante, algo que me parece peor; con este sistema, las editoriales tradicionales se muestran remisas a aceptar originales de autores desconocidos y no afrontan el riesgo de conceder oportunidades a posibles jóvenes valores.

 


           Al autor novel que no quiere dejar su obra en el fondo de un cajón le quedan dos caminos: que la suerte le conceda encontrar un buen agente literario que crea ver mérito en su obra o presentarla a un concurso. Tras la guerra civil, que aplicó una feroz censura a la libre creación, algunos premios posibilitaron la eclosión de nombres brillantes de nuestra literatura. Jordi Gracia, crítico literario opina: «Érase una vez una época en que los premios literarios cumplieron en España una importante labor para promocionar la creación literaria». Muestra de esto fueron el Premio Nadal, de Ediciones Destino o el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Pero llegó un día en que los premios literarios atendieron más el factor mercantil que el de la calidad literaria, En ello tuvo mucho que ver el Premio Planeta. Y en la actualidad, son múltiples las ciudades y ayuntamientos que convocan su propio premio literario.

            El resultado final ha sido que muchos premios literarios buscan más la promoción del convocante que premiar la calidad de las obras. Adolfo Torrecilla, director literario de la agencia Aceprensa, escribió en un artículo: «La finalidad de estos premios, y de modo especial el Planeta, no es honrar la excelencia literaria, sino llamar la atención y publicitar una obra que pueda dispararse en las ventas en un mercado, como el español, repleto de novedades literarias». El novelista y crítico catalán Juan Perucho dijo: «Ahora no es un escritor el que busca un premio, sino un premio el que busca un escritor». Y Arturo Pérez-Reverte: «El Planeta no es un premio que se gane o se pierda. Es el lanzamiento comercial de un libro que se pretende vender mucho». La razón la explica que, mientras en la mayor parte de países los premios los otorgan instituciones, en España son las editoriales.

            Por desgracia, casi todos los premios han ido siguiendo ese camino, pues el grupo Planeta casi monopoliza la industria editorial. Poco a poco, ha ido engullendo otras editoriales: Espasa, Destino, Tusquets, Seix Barral, Minotauro, Crítica... Así, apenas quedan premios que cuiden la calidad, como Adonáis, Alfaguara, Herralde o los oficiales Premios Nacionales de Literatura.


           Ello ha dado lugar a lo que hace pocos días escribía Jordi Gracia: «El festival de los premios encierra una gran fuente de declaraciones, esperas tensas sin misterio, ganadores con libro impreso y encuadernado en el mismo momento del fallo, ganadores con contrato editorial firmado con el editor…» Los nombres de los ganadores dan pistas sobre el interés comercial de estos premios.

            Le cuento a Zalabardo el caso del Premio Ciutat de Palma, patrocinado por el Departamento de Cultura y Patrimonio del Consell de Mallorca, al que presenté una novela. El premio debería haberse concedido el pasado día 20. De las más de 700 novelas presentadas, un jurado «auxiliar» seleccionó cincuenta finalistas; pues bien, el jurado «oficial» ha declarado desierto el premio, opción no especificada en las bases del concurso. Escribir una novela no es llorar, pero sí un duro trabajo que ocupa entre uno y varios años. ¿Es creíble que, entre más de setecientas, no haya al menos una merecedora de que se reconozca ese trabajo?

sábado, enero 17, 2026

SOBRE MANDAS Y EXVOTOS

 

No es extraño que momentos y situaciones muy dispares generen la posibilidad de hablar sobre un mismo tema. El jueves, Zalabardo y yo comentábamos unas frases de la novela Melancolía de la resistencia, del Premio Nobel de Literatura László Krasznahorkai. Como la cita podría resultar extensa, resumo: Los humanos ―viene a decir― vivimos en un permanente estado de espera, aguardando algo que se desconoce, confiando en algo que, por muchos indicios, parece inexistente, lo que hace inútiles la espera y la esperanza. Según esto ―es la conclusión― tener fe no es creer en algo, sino creer que todo lo que sostenemos no es como nos parece que es.

            Solo un día después ―Zalabardo no estaba presente― en una agradable reunión de amigos, disfrutando de una suculenta comida, departíamos de forma sosegada sobre temas muy diversos. Lo mismo surgía una pregunta sobre el origen de algún apellido que comentábamos la actualidad futbolística; alguien planteaba el estado actual de nuestras respectivas profesiones cuando otro interrumpía con la evolución de la banca en los últimos tiempos; nos interesábamos por el estado de amigos comunes a los que no vemos desde hace tiempo y lamentábamos la ausencia de los que ya jamás podrán participar en un encuentro de estos…; y en uno de esos saltos, alguien sacó a colación la costumbre de las mandas, una tradición muy popular de nuestra tierra.


            No sé si es necesario explicar qué es una manda y qué relación tiene con otra palabra de su mismo campo semántico, exvoto, con la que, a veces, puede compartir significado. Manda tiene un campo de uso más restringido, pues su empleo se localiza de forma más precisa en algunos países sudamericanos y en Andalucía. La manda, aparte de ser un legado específico que en un testamento se deja a una persona, se entiende más comúnmente como la ‘promesa que se hace a Dios o a cualquier santo de cumplir una determinada acción que suponga un sacrificio si se recibe el don que se solicita’. Por ejemplo, «si me sale bien este negocio, prometo que haré…». El exvoto, por su parte, es, por lo general, un ‘pequeño objeto que se deposita en un lugar sagrado como reconocimiento y agradecimiento de un favor recibido’.

            Zalabardo me pregunta qué tiene que ver nuestra charla sobre el escritor húngaro y la que le cuento con estos amigos. Le digo que bastante. En principio, aceptadas ambas tradiciones ―la manda y el exvoto― como manifestaciones religiosa, está por ver el origen de una y otra. Según uno de los presentes, la manda se remonta a la historia bíblica del rey David y Betsabé. En aquel momento, no tenía yo claro el asunto, pero, al regresar a casa, recordé la conversación y estuve revisando dicha historia en la Biblia. El episodio de David y Betsabé se cuenta en el segundo Libro de Samuel. El rey vio a aquella bella mujer mientras se bañaba, se encaprichó de ella, la hizo llevar a su palacio y la violó. De resultas, quedó embarazada. Pretendiendo ocultar aquello mandó traer a su esposo, Urías, que luchaba junto a otros generales para, llegado el momento, poder demostrar que era el padre del ser concebido. Pero Urías se negó al disfrute carnal con su esposa mientras otros generales se jugaban la vida en el campo de batalla. Despechado, David lo envió a primera línea, donde halló la muerte. Más tarde, reconoció su pecado y se arrepintió. En esa historia no vemos nada que pueda considerarse manda.


En cambio, sí puede mantenerse ese origen bíblico en otro episodio, este recogido en el Génesis, con Jacob como protagonista. Tras haber tenido un sueño, Jacob dijo: «Si el Señor está conmigo y me ampara en este viaje, me proporciona comida y vestido y me permite volver a casa sin daño, lo reconoceré como mi Dios, erigiré un monumento que sea su casa y le entregaré un diezmo de cuanto reciba». Eso sí es una manda. Asistimos a una promesa que se cumplirá si se concede la petición que se hace.

Por otra parte, el exvoto, de remoto origen también, parece extendido en casi todas las culturas y ya era muy frecuente en la antigua Roma. Su nombre nos viene del latín. Es una demostración pública de agradecimiento por la feliz solución de un problema que preocupaba. En su forma más común, es una pequeña figura, de animal o de persona, un brazo, una pierna, una mano, una oveja, un texto escrito a mano, una foto… Con ello, se agradece haber sanado de una enfermedad, haber encontrado una res perdida, haber solucionado favorablemente un negocio…

La segunda cuestión que se me plantea ―le digo a Zalabardo― es la de que, pese a lo que la novela diga respecto a la inutilidad de la fe y la esperanza, cuesta creer que la humanidad se desentienda de la esperanza o acabe renegando de la fe. La fe vive en todos los ámbitos de la vida. Pero, quizá se ve de modo especial en el terreno de la religión, y con mayor fuerza en personas de formación escasa. Me pregunta mi amigo si acaso pienso que la fe es propia de personas ignorantes. Por supuesto que no pienso eso, aunque sí que son las clases más deprimidas las que más se refugian en la fe, porque tienen menos a lo que agarrarse aparte de esa esperanza que, posiblemente son incapaces de explicar. Eso explica la expresión fe del carbonero, que se aplica a quienes sostienen esta esperanza de forma más ciega, sin necesidad de argumentos incontestables y sin cuestionar nada de lo que se les diga.


Este cifrarlo todo en la fe puede explicar que monseñor Gaspar Quintana, obispo emérito de Copiapó, Chile, y Presidente de la Comisión Nacional de Pastoral de Santuarios y Piedad Popular sostenga en una carta pastoral que sectores de la Iglesia recelen de las mandas y las interpreten como «una actitud devocional ignorante». De las razones que expone, cito algunas: que no manifiestan un auténtico valor cristiano, sino una piedad popular revestida de paganismo; que, al dejar todo en manos de Dios, se niega a la humanidad capacidad para decidir; o que convierte la religión en una relación contractual regida por el principio «yo te doy a cambio de que tú me des».

O sea, le digo a mi amigo, que concluimos en algo que casaría con lo que dice Krasznahorkai: dudamos de lo que tenemos (por ejemplo, el médico experto que nos podrá curar) y ponemos nuestra confianza en algo de lo que no tenemos seguridad (el milagro que no sabemos si se producirá).

viernes, enero 09, 2026

LA MANIPULACIÓN DEL LENGUAJE

Tomo este título del de un ensayo publicado por Nicolás Sartorius en 2018. Me parece adecuado porque Zalabardo me muestra un tuit en que el novelista argentino Martín Caparrós escribe: «Trump se toma el trabajo de decir que Maduro era un “dictador ilegal”, no como él, que es un dictador perfectamente legal». La carga irónica del texto está en destacar cómo el presidente estadounidense manipula y corrompe el lenguaje, ya que, si dictador es la «persona que se arroga todo el poder político apoyado en la fuerza y lo ejerce sin limitación jurídica», es imposible establecer categorías ―legales o ilegales― porque cualquier dictador queda fuera de la legalidad.

            En respuesta a mi amigo, le recuerdo dos citas. Una es del filólogo Gregorio Salvador, que en 1985 escribía; «Cada persona distingue tantos colores como nombres tenga en su lengua para dividir el espectro cromático». La otra es de Álex Grijelmo, que escribía en 1998: «Las palabras consiguen que los conceptos existan, y no al revés […] Pero las palabras no forman una caja de cartón en cuyo interior solo se vea el dibujo de una idea. Al contrario, dentro de la caja se halla la idea misma». Eso significa, le aclaro, que, por un lado, si una persona no conoce la palabra colorado, ese concepto es inexistente para ella; y, por otro, que, como el cuadro de Magritte Ceci n’est pas une pipe, que dibujemos una pipa no quiere decir que tengamos una.

            Vivimos una época en que, lamentablemente, se tiende a convertir las palabras en meras imágenes, despojándolas de lo que en realidad dicen. Eso nos hunde en la duda de si nos rodea una lengua nueva o si la que consideramos nuestra ha caído en un estado de alarmante deterioro. No niego con esto el natural proceso de evolución y cambio de todo el conjunto de la lengua. Pero si una empresa comunica que «va a proceder a una flexibilización de la plantilla», no es que piense introducir novedades que ayuden a la movilidad o que mejore la situación de los trabajadores, ya que flexibilizar significa ‘que algo se dobla con facilidad o que no se sujeta a normas estrictas’. Lo que realmente se está diciendo es que se va a recortar, disminuir el número de empleados.

            Hemos caído, por desgracia, en la trampa de las posverdades, es decir, distorsiones deliberadas de la realidad para manipular la percepción del receptor. Asistimos estos días a un fenómeno insólito. Nicolás Maduro, es presidente ilegítimo de Venezuela porque aún no se conocen las actas de las últimas elecciones; es dictador; es presunto narcotraficante; un demócrata piensa que no debería presidir su país. Pero ¿justifica eso que un megalómano como Trump viole todas las leyes internacionales y de su país, haciendo uso de la fuerza de que dispone para entrar militarmente en Venezuela y secuestrarlo? Y, sorprendentemente, asistimos a una incomprensible discusión sobre si tal acto es o no una agresión. ¿Qué es entonces? Por supuesto que todo el mundo debería condenar esta flagrante agresión, sin que ello suponga defender a Maduro.


            Podría hablarle a mi amigo de que estas manipulaciones se dan en todos los órdenes de la vida. Pero da la lamentable coincidencia de que el tema de estos días es la política, Trump y Venezuela. Y sufrimos al ver que la lengua, instrumento cuya finalidad es la de entendernos en nuestra relación con los demás, se nos convierte a marchas forzadas en fuente discordia y de empleo de posverdades, es decir, mentiras, que eso es lo que significa ese neologismo. La gente común y corriente, como Zalabardo y como yo y como muchísima gente más, asume la forma de hablar de quienes nos parecen ser las personas más notables: escritores, periodistas, contertulios de televisión, políticos… Pero hay televisiones que nos atiborran de tertulias y análisis, que ni son análisis, porque en ellas se discute acaloradamente sin hacer un estudio detallado para llegar a una conclusión válida, ni son tertulias, pues no se conversa serenamente para contrastar opiniones, sino que parecen más un gallinero alborotado.

            Y los políticos… ¡Ay, los políticos! Si el concepto de política es el que recogía la expresión griega politiké techné, es decir, ‘arte de vivir en sociedad o de solucionar los asuntos del Estado’, deberíamos sentirnos orgullosos de quienes se ocupan de buscar la solución de esos asuntos para beneficio de la comunidad. Sin embargo, contemplamos la paradoja de que en el pueblo llano aumenta el desapego e incluso el aborrecimiento de la política. En un parlamento se debaten ―o debieran debatirse― los asuntos clave del Estado. Pero si un debate es la ‘discusión sobre un tema desde ópticas y opiniones diferentes para llegar a un acuerdo’, nos encontramos con que, ahora, por debatir se entiende crispación, insultos e improperios dirigidos a quien no piensa igual.


           Y, claro, miramos hacia el escenario de Venezuela. Y oímos hablar de dictaduras, de libertad, de paz, de liberación… ¿Encierran algún concepto estas palabras en boca de quienes las pronuncian o son meras imágenes, como la pipa dibujada por Magritte? Oigo a ese ególatra jactancioso Donald Trump hablar de libertad, de dictadura y de paz ―¿sabe él que significan esas palabras?―, lo oigo proponerse para el Premio Nobel de la Paz y no sé si reír o llorar. Le pregunto a Zalabardo si recuerda aquella maravillosa película El hombre que mató a Liberty Valance, que dirigió John Ford. Se acuerda. Un joven e idealista abogado, Ransom Stoddard, llega a un pequeño pueblo con el objetivo de que se imponga la legalidad frente al capricho de los fuertes, que son el grupo de poderosos y corruptos ganaderos que encargan el trabajo sucio a un cruel forajido, Liberty Valance y a su banda.  Donald Trump es, sin duda, un Liberty Valance que siembra el terror entre los más débiles para defender la ambición propia y de otros poderosos. Stoddard es el defensor de la ley y la razón que Trump desprecia con su proceder. Lo que no encontramos en este escenario es la figura de Tom Doniphon, el único que presenta cara al despiadado matón. Esperemos que la Unión Europea deje a un lado su timidez y haga ver al presidente de los Estados Unidos que se es fuerte hasta que se le pierde el miedo. Porque nada asusta más a un matón que ver que no se le tiene miedo.


sábado, enero 03, 2026

NUEVO DÍA Y NUEVO AÑO


El año que ha cerrado ha sido el cincuentenario de la aparición del álbum Nuevo día. Lole y Manuel, no sé si conscientemente, protagonizaron una auténtica revolución en la cultura y la música del flamenco. Dieron nuevo aire a las letras y añadieron instrumentos nunca pensados anteriormente en el género. Fundieron el flamenco con otros ritmos. Aquello fue antes de Kiko Veneno o de la formidable Leyenda del tiempo, de Camarón. Y, por supuesto, muy anterior a Omega, de Enrique Morente, que no aparecería hasta veinte años más tarde.

            Le digo a Zalabardo que, con este recuerdo, quiero darle a entender que no hay que posicionarse por sistema contra lo nuevo, porque la vida toda es proceso y cambio, y porque el progreso, aunque en algunas ocasiones parezca que nos hace la puñeta, trae mejoras la mayor parte de las veces. Lo que sucede, le digo, es que mientras todo se va renovando, nosotros vamos recorriendo un proceso inverso, el de la decrepitud que lleva aparejada el hecho de cumplir años.

            Ahora, mientras escribo, veo iniciarse el segundo día de un nuevo año, 2026. Le recuerdo a mi amigo, sin dejar de mirar el punto por el que asoma el nuevo día, que este año que también se inicia se cumplirán veinte desde el día en que me ofreció su Agenda para ir anotando estos apuntes. Si en el discurrir del tiempo veinte años es poco, para nosotros, hay que reconocerlo, es ya bastante. Le cuento a mi amigo que, días atrás, un buen amigo, José María Pérez Moreno, declaraba al felicitarme las fiestas que, para este año, lo que él desea ―para mí, para él mismo y para todos― no es más dicha, ni más felicidad, ni éxito, ni ninguna de esas cosas; lo que él desea es que venga «completo». A nuestra edad, no es mal deseo.


            Como es mi costumbre, una de las primeras cosas que hago cada día, es asomarme a mi terraza. Hoy me he acordado de la canción de Lole y Manuel ―«El sol, joven y fuerte, ha vencío a la luna…»―. Me dije: «Ahora se estará levantando José María». Lo hice con ganas de chincharlo, porque sostengo que soy un poco más viejo que él y bastante más madrugador. Y sé que eso lo enrabieta. Luego me puse más serio y le dije a Zalabardo que, con los años que acumulamos, cada nuevo amanecer contemplado es un regalo por el que debemos sentirnos hondamente agradecidos, ya que cualquier ocaso bien pudiera ser el último de nuestras vidas.

            Me pregunta mi amigo, Zalabardo, no el otro, si con esto lo estoy haciendo participe de mi temor a la muerte. Niego tal sospecha y contesto que puedo sentir respeto, pero no temor, porque la muerte, tal como la concibo, forma parte del proceso natural de la vida. Todo tiene su comienzo y todo tiene su final. Somos ―así lo expresó hace siglos Quevedo en un inolvidable soneto― «presentes sucesiones de difunto». Y muchos más siglos han transcurrido desde que Epicuro, en la carta que escribió a su discípulo y amigo Meneceo, conocida también como Carta sobre la Felicidad, lo exhortaba a contentarse con poco, ya que quien con poco se contenta no está acuciado por la necesidad y, consecuentemente, queda menos expuesto al dolor. Por eso le dice: «El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos».

            Alguna vez le he hablado a Zalabardo de que jamás he pensado que un cementerio sea una construcción fúnebre y triste. Los veo como lugares apacibles y me intereso en conocer los de las poblaciones que visito. Es mucha la gente que desconoce que la palabra cementerio procede de la raíz indoeuropea kei-, que significa ‘estar tendido’ y que de ella proceden el verbo griego koimao, ‘estar acostado’, y el sustantivo koimētḗrion, ‘dormitorio’.


            En mis visitas, paseo lentamente por sus calles y patios y me detengo a leer epitafios, porque se encuentran bastantes que huyen del tono doliente que refleja la mayoría. En Alcaucín (Málaga), alguien dejó en la repisa de un nicho dos botellas vacías de vodka y tres granadas más un mensaje escrito a mano sobre un trozo de madera: «Hola, Toni. Te echamos de menos». En Benadalid, la sepultura de un joven la cierra una lápida en la que se ha grabado un epitafio copiado de otro hallado en la necrópolis del Marugán, en Atarfe (Granada), perteneciente al siglo XI: «Yace ahora XXXX en los felices campos celestes. Noble e inmaculado en el mundo, nacido para el cielo, pacífico, amable, empapado en el rocío celeste…». Y en el Cementerio Inglés de Málaga, sobre el suelo, se puede ver una pequeña sepultura sobre cuya losa se lee: «VIOLETTE / 24-XII-1958 / 23-I-1959». Y, debajo, grabado: «…Ce que vivent les violettes…». Podría contar más casos.


           No sé quién sería ese Toni; tampoco ese joven de Benadalid que murió con solo 24 años. Y me conmoví fuertemente la primera vez que vi la tumba de esa pequeña Violette, fallecida con solo un mes de vida. En estos casos, no es temor a mi muerte lo que me asalta, sino rabia porque considero que son muertes equivocadas, que llegaron antes de tiempo, que no correspondían. Pero la muerte es así de imprevisible. Le digo a Zalabardo que, en esos casos, lo que siento es una especie de remordimiento porque, a mi edad, creo haberles robado parte de sus vidas a Toni, a ese joven de Benadalid, o a la pequeña Violette. Ellos ―como tantos otros― merecerían haber vivido más.

            Pero, epicúreo al fin, ¿cómo no voy a dar las gracias por el nuevo día que se me ha regalado hoy, como no alegrarme por este nuevo año que empieza a dar sus primeros y torpes pasos? Si algún ansia me guía, es la de que, como escribió Antonio Machado, «cuando llegue el día del último viaje» me coja «ligero de equipaje». Con ese ánimo, a todo el que me lea le deseo lo que me deseaba mi amigo José María: que el 2026 les venga «entero».