sábado, abril 18, 2026

SI VIS PACEM…

Hace unos días, un diputado de Vox protagonizó en el Congreso un desagradable incidente que nunca debería haber tenido lugar. De ello hablamos Zalabardo y yo, y mi amigo me recuerda que también estos días, otro diputado de Vox, este en la Asamblea Regional de Murcia, mostrando un talante antidemocrático, pronunció unas palabras que incitan a rechazar unas leyes concretas «incluso con violencia». Conmueve el ánimo observar cómo día tras día hemos de contemplar cómo este poco halagüeño nivel de crispación que se va imponiendo en la política española. A nadie se le escapa la frecuencia con que se producen esos actos definitorios de la exasperación violenta a la que se entregan algunos de nuestros representantes en las instituciones, sin que sus conductas sean atajadas de una manera firme. Se ha perdido el decoro, se ha perdido la educación, se han perdido las formas.

         Hubo un tiempo en que se podía hablar de cuáles de nuestros representantes eran mejores o peores oradores, de quiénes tenían más o menos acierto a la hora de esgrimir los argumentos en que basaban sus posturas; de que este o aquel otro tenían una lengua más afilada o se servían mejor de la ironía para rebatir a sus oponentes. Es lícito criticar al presidente Sánchez, aunque haya sido el primer dirigente europeo en oponerse con firmeza a la escalada belicista desencadenada por unos mandatarios faltos de ética y humanidad. También es lícito criticar la bisoñez como estadista de Feijóo y reprocharle su tibieza a la hora de condenar lo que cualquier demócrata debe condenar. Eso entra en el enfrentamiento político. Pero rompe todos los moldes la falta de respeto a las instituciones del diputado José María Sánchez, la violencia verbal de Antonio Martínez, el matonismo de Vito Quiles o el gusto de Isabel Díaz Ayuso por el insulto. Avergüenzan comportamientos como el de Ábalos o Cerdán. Esas conductas, provengan del bando de que provengan, desprestigian las instituciones. Tampoco es admisible la prostitución del lenguaje para disimular ideas y conductas que podrían tacharse de irresponsables.

            En 1955, Blas de Otero publicó un libro, Pido la paz y la palabra. En el poema titulado En el principio se quejaba de haber perdido muchas cosas ―tiempo, vida, cuanto creía suyo y resultó ser nada―, pero declara que, al menos, «me queda la palabra», verso que definía todo un estado de ánimo. También eso, el valor de la palabra, se va perdiendo hoy, pues vemos que muchos de los representantes a quienes las urnas concedieron la responsabilidad de dirigir la nave de la nación ―en la mayoría gobernante o en la oposición― nos abochornan cuando con sus palabras ponen más énfasis en el ataque al contrario que en las cuestiones que de verdad importan al país.

            Recuerdo haber leído un texto de Confucio y, cuando lo encuentro, se lo leo a mi amigo. No quiero dejar pasar la ocasión de reproducirlo aquí:

―Si el soberano de Wei os confiara su gobierno, ¿qué es lo primero que haríais?

―Rectificar las palabras.

―¿No estáis dando un rodeo? Rectificar las palabras ¿para qué?

―¡Qué zafio eres! Un hombre superior no habla si no sabe de qué habla. Cuando las palabras no son correctas, el discurso no es coherente. Cuando el discurso no es coherente, los asuntos no pueden tratarse adecuadamente. Si los asuntos no se tratan adecuadamente, las penas y los castigos no se aplican con justicia. Cuando las penas y los castigos no se aplican con justicia, el pueblo no sabe cómo actuar.

            Así estamos ahora los ciudadanos, aturdidos ante lo que sucede. Que este clima de crispación no sea privativo de España, sino que se extienda por todo el mundo, no es consuelo para nadie. Asusta que la violencia verbal se vaya acercando cada día más a la violencia física.


           Me pregunta Zalabardo si creo que estamos llegando a un momento en que se hace preciso recurrir a aquella vieja máxima latina que dice Si vis pacem, para bellum, prepárate para la guerra si quieres tener paz. Le digo que esa antigua expresión ―erróneamente atribuida a Julio César, pues su autor fue un estratega romano del siglo IV, Flavio Vegecio, y su enunciado original Igitur qui desiderat pacem praeparet bellum― no soluciona nada y lo único que consigue es alentar aún más el espíritu de violencia.

            Solo con paz es posible conseguir vivir en paz. Asistimos a un periodo en que guerras sin sentido no generan más que calamidades. Antes que prepararme para el combate, le digo a mi amigo, prefiero acogerme a lo que se lee en una placa del Monumento Pacifista a los Muertos que se levanta en un pueblecito francés de apenas mil habitantes, Saint-Martin-d’Estreaux: «Si quieres la paz, ¡prepárate para la paz! debe ser la fórmula del futuro. Es decir, debemos mejorar el espíritu de las naciones mejorando el de los individuos mediante una educación sólida y ampliamente difundida. La gente debe leer y, sobre todo, comprender el valor de lo que lee».

            La pena es que muchos de nuestros diputados y senadores, así como todos los tiranos que hay en el mundo, posiblemente no hayan leído a Blas de Otero ni a Confucio y ni siquiera conozcan la existencia de ese monumento del pueblo alpino francés.

sábado, abril 11, 2026

PAREJAS CONFLICTIVAS

Me dice Zalabardo que algunas veces le surgen dudas leyendo u oyendo ciertas informaciones. Por ejemplo, no tiene claro si es lo mismo deflagración que explosión. Le aclaro que hay diferencias notables. Deflagración es la ‘acción de arder algo de manera súbita, sin explosión’; en cambio, explosión es una ‘ruptura violenta producida por exceso de presión interior y acompañada de fuerte estruendo’.

            Da la casualidad de que estoy leyendo ahora un ensayo de Bernat Castany Prado ―le digo a Zalabardo― Una filosofía del miedo (2022). Entre otras muchas cosas habla de que la mayoría de los peligros que imaginamos no sucederán nunca, aunque para quien no deja de pensar en esos peligros, «No existe peor sala de torturas que la sala de espera». Y añade que una de las mayores torturas que podemos padecer es el catastrofismo. «A la imaginación catastrofista» ―escribe― «le gusta confundir la posibilidad con la probabilidad».

            No tengo intención de hablar con mi amigo de miedos, ni de tortura, ni siquiera del autor de este libro, profesor en la Universidad de Barcelona. Quiero apoyar mi respuesta a su pregunta partiendo del ejemplo citado. Es bastante frecuente ―en todo tipo de personas― confundir lo que sea una posibilidad con lo que sea una probabilidad. Tan es así, que el propio Diccionario de la Academia las considera palabras sinónimas. Pero si yo tengo miedo a que, en un día de tormenta, caiga sobre mí un rayo, es cierto que existe la posibilidad de que eso suceda; sin embargo, por mera cuestión estadística, hay poca o nula probabilidad de que tal cosa ocurra.

            A este tipo de parejas de palabras se las podría llamar parejas conflictivas, aunque los especialistas empleen otro término. Y es que resulta muy común que las utilicemos indiferentemente pese a que su significado pudiera ser muy distinto. Eso es lo que nos ocurre cuando, por descuido o ignorancia confundimos actitud con aptitud. La actitud es la ‘disposición mental para hacer una cosa’; en cambio, la aptitud es la ‘capacidad para realizar algo’. Yo puedo manifestar la mejor actitud para arreglar una avería de un grifo en mi casa; sin embargo, puede ser que carezca de las aptitudes que requieren un trabajo de fontanería.

            Cuando caemos en un error de este tipo, los lingüistas hablan de impropiedad, que es aplicar a una palabra un significado que no le corresponde. Si yo califico a alguien de agnóstico, de ninguna forma lo estoy llamando ateo, ‘que niega la existencia de Dios’, ya que el agnóstico, por creer solo en aquello que la razón puede demostrar, admitirá o no la existencia de Dios en la medida en que dicha existencia pueda ser demostrable. O cuando se nos indica que un espectáculo al aire libre se ha suspendido por malas condiciones climatológicas también se comete impropiedad, ya que la climatología es la ‘ciencia que estudia el conjunto de condiciones propias de un determinado clima’. Lo que se nos ha querido decir es que la suspensión viene causada por las desfavorables condiciones meteorológicas; es decir, porque llueve, hace viento, nieva, hay niebla, etc.

            Impropiedades hay de muchas clases, pero le digo a mi amigo que voy a fijarme solamente en un tipo, las de aquellas parejas de palabras que llamamos parónimas. Se habla de paronimia si dos palabras ―a veces más― tienen una forma parecida, aunque difieran en sus significados. No hay que confundir la paronimia con la homonimia, pues en este último caso lo que sucede es que dos o más palabras suenan ―e incluso se escriben― igual, aunque sus significados son diferentes. Es lo que sucede con baca/vaca o haya (árbol)/haya (haber).

            Las parejas conflictivas van por otro lado. Una de estas parejas es la formada por astrólogo y astrónomo. El primero es quien dice conocer el carácter de las personas y vaticina su futuro atendiendo a la posición y movimiento de los astros; el segundo, en cambio, es quien practica la ciencia que estudia el movimiento de los astros, así como las leyes que los regulan. Podríamos compararlos, aunque en este caso parece que hay menos confusión, con curandero y médico. El astrónomo y el médico basan su actividad en unos conocimientos científicos; el astrólogo y el curandero viven, en gran medida, de mera superchería.

            Una pareja conflictiva peculiar ―aunque en este caso parece que el uso las ha fundido y confundido― es la que forman honestidad y honradez. Ya en 1734 el Diccionario de Autoridades decía que la honestidad es ‘moderación y pureza contraria al vicio de la lujuria’ y la honradez ‘pundonor que obliga al hombre de bien a obrar siempre conforme a sus obligaciones, y cumplir su palabra en todo’. Estas definiciones siguen siendo válidas en la actualidad. No obstante, hoy apenas si diferenciamos una cosa de otra. Exigimos a un político que sea honesto. ¿No sería mejor ―pregunto a Zalabardo― pedirle que sea honrado? Y no nos cansamos de ofrecer nuestra honesta opinión sobre cualquier tema, aunque nada tenga que ver con la decencia y el recato.

            Sería larga la lista de impropiedades cometidas a causa del mal uso de parónimos. Sirvan estos pocos ejemplos: especie (‘categoría de lo que presenta caracteres comunes’)/especia (‘condimento’); prejuicio (‘opinión previa y por lo común desfavorable’)/perjuicio (‘daño material o moral’); mortandad (‘gran cantidad de muertes causada por guerras, cataclismos, epidemias…’)/mortalidad (‘tasa de muertes durante un periodo dado’); infectado (‘contaminado por un germen, enfermedad, virus…’)/infestado (‘lleno de parásitos u otros seres molestos o nocivos’). En este último caso, valga decir, para acabar, que no es igual descubrir que mi hijo tiene la cabeza infestada de piojos que descubrir que mi ordenador ha sido infectado por un virus que me destruye la información que guardaba. 

sábado, abril 04, 2026

PALABRAS QUE SOBRAN ( O A VECES NO)

Nos cuenta la mitología griega que Apolo, entregó su hijo Asclepio al centauro Quirón para su formación y que este le enseñó la medicina hasta tal punto que el joven adquirió una habilidad tan notable que se decía que podía resucitar a un difunto. Entre los numerosos hijos de Asclepio, dios de la Medicina, destacó Panacea, diosa de rango menor experta en toda clase de plantas que utilizaba para preparar los remedios que indicaba su padre. Su nombre llegó a ser tan popular que acabó convirtiéndose en epónimo, es decir, que pasó a ser nombre común, panacea, que designa un remedio que lo cura todo.

            Me pregunta Zalabardo que, si panacea es lo que lo soluciona todo, es correcto el empleo de panacea universal. Le tengo que responder que sí y que no. Y es que, en nuestra lengua, en el tomo V del Diccionario de Autoridades (1737) ya se dice que panacea es el ‘nombre que dan los boticarios a algunas medicinas […] por ser eficaces para varias enfermedades’, definición que, actualizada en su redacción, sigue manteniendo el diccionario de la Academia como primer significado, aunque añade como segundo ‘remedio o solución para cualquier mal’. Esto sería propiamente lo que se llama panacea universal.


            Le digo a mi amigo que su pregunta nos lleva a pensar en el principio de economía lingüística y en lo que llamamos redundancia y pleonasmo, es decir, eso tan socorrido de entra dentro, sube arriba, etc., que suelen tildarse como vicios o incorrecciones lingüísticas. La economía en el lenguaje se entiende como el hecho de decir lo que se pretende con el número de palabras indispensable para que se entienda. La redundancia, así la define Georges Mounin, se produce cuando «un mensaje no se reduce al mínimo exigido por este principio de economía». Y el pleonasmo se produce «cuando en un enunciado se repite un significado (lo que se quiere decir) con un significante (una palabra) diferente».

            Lo que sucede, según sostiene Fundéu (Fundación del Español Urgente) recogiendo la doctrina de la RAE, es, en primer lugar, que pleonasmo y redundancia son en muchos casos términos coincidentes puesto que los dos implican el uso de palabras innecesarias para que el sentido sea completo. Y, en segundo lugar, que pleonasmo se entiende más como término técnico, retórico, y redundancia se aplica más al lenguaje común.

            En la exposición que hace Fundéu, y dado que todos los casos que citemos serán redundantes, añade que el hecho de que una redundancia sea considerada incorrección viene determinado en muchos casos por el contexto. En el caso que me ponía Zalabardo, aunque panacea universal sea una expresión redundante, ya que etimológicamente panacea engloba el significado de remedio y el de universal, no podrá ser considerada incorrección, porque hay dos tipos de panacea.

            ¿Y qué sucede con subir arriba? Aunque en principio se acepte que el adverbio es innecesario, puesto que subir significa ‘moverse hacia arriba’, si hablamos de una construcción con varios niveles, decir sube arriba significa ‘subir a lo más alto’, con lo que de ningún modo será redundancia, lo mismo que entrar dentro puede significar ‘hasta el fondo’. Si miramos hacia bajar abajo, nos encontramos otra pega. ¿Por qué se considera incorrección y nadie dice nada de bajar al sótano, cuando un sótano siempre está abajo.

            Cuando con la repetición buscamos dar mayor énfasis a la frase o incluso añadir un matiz estilístico, en ningún caso podemos hablar de vicio o incorrección. Le pongo a mi amigo ejemplos tomados de los orígenes de nuestra literatura. El primer verso del Cantar de Mío Cid dice «De los sos ojos tan fuertemientre llorando»; indudablemente hay algunas palabras que podrían sobrar (por ejemplo, sos y ojos), pero la emotividad que esa repetición aporta a lo que se cuenta impide que hablemos de redundancia y menos aún de incorrección. Igual pasa con el énfasis que se pone en frases del tipo ¿Eso me lo vas a decir a mí? Casos en los que la redundancia puede no considerarse error hay muchos. Por ejemplo, aunque cita supone ‘asignar lugar y hora para verse dos o más personas’, el empleo de medios como el teléfono o internet para concertarla ha consolidado la validez de cita previa. Si recaer, rehacer, repetir, etc., son verbos que suponen ya una repetición, no debieran aceptarse formas como volver a recaer, volver a rehacer o volver a repetir. Pero cabe la posibilidad de que una persona enferma recaiga y, tras reponerse, al cabo de cierto tiempo recaiga de nuevo, es decir, vuelva a recaer.


            En cambio, le digo a Zalabardo, lo que debemos evitar son aquellas redundancias que, aparte de no aportar nada al mensaje, son absolutamente innecesarias. Por ejemplo, si cometemos una infracción de tráfico, nos pueden imponer una multa. Pero, dado que la palabra significa ‘sanción administrativa o penal que consiste en la obligación de pagar una cantidad de dinero’, resulta del todo erróneo hablar de una fuerte multa económica. Cualquier otra cosa que nos acarree una infracción será sanción, como, por ejemplo, la retirada de puntos. O, siguiendo con el tráfico, cuando tras un atasco la circulación recobra la normalidad, diremos que se ha reanudado, pero no que se ha vuelto a reanudar. Si erario es ‘el conjunto de bienes de un Estado, municipio o provincia’, sobra decir que un gasto se ha cargado al erario público. Si opción es ‘cada una de las cosas entre las que se puede elegir’, carece de sentido hablar de opción alternativa. Y si abarrotar significa ‘llenar por completo un espacio’, ¿por qué decir que una plaza estaba completamente abarrotada? Por fin, le doy a mi amigo el ejemplo de un titular que leía hace unos días:  Italia se queda fuera del Mundial por tercera vez seguida consecutiva, ya que seguida y consecutiva significan exactamente lo mismo.

  

domingo, marzo 29, 2026

TRADICIONES Y TRAICIONES

 

La llegada de Semana Santa, fuente de tantas tradiciones, nos deja al descubierto no pocas contradicciones de nuestra sociedad. Por ejemplo, la resistencia a aceptar la igualdad de los miembros que la forman. Y todo ―le digo a Zalabardo―, por una defectuosa interpretación de lo que sea la tradición. Se ha hablado mucho de una cofradía de Sagunto que se niega a modificar sus estatutos para admitir en igualdad de condiciones a las mujeres. No ha sido un acto irreflexivo, una medida tomada a la ligera. Los cofrades se han reunido para estudiar el tema, lo han analizado concienzudamente y han votado. El resultado ha sido que a las mujeres se les sigue vedando una participación semejante a la de los hombres. No se habla de menosprecio, ni de antifeminismo. La razón, dicen, es el gran daño que supondría modificar una tradición inmemorial.

            Al hilo de este caso se van conociendo otros. Me dice Zalabardo que acaba de leer que en Aguilar de la Frontera, pueblo cordobés, se ha dado una situación semejante en otra cofradía. Y me viene a la memoria cómo en mi pueblo ―y supongo que en otros muchos más―, el papel reservado a las mujeres era el de ser camareras, es decir encargadas de vestir a las imágenes y de cuidar su ajuar. Ignoro en cuántos lugares se seguirá respetando esta tradición.

            Le digo a mi amigo que esto podría estar relacionado con el nombre de estas asociaciones de culto semanasantero: cofradías. La palabra, procedente del latín, viene derivada de cum fratres, es decir, ‘con los hermanos’. Sus miembros son los cofrades. Y aquí no vale hablar del carácter de nombre común para ambos géneros, ya que, en latín, el frater es el varón, pues para hermana existía la palabra soror. Si en una sociedad que evoluciona aplicásemos la misma regla evolutiva al idioma, deberíamos hablar de cum fratres y cum sorores, y esta segunda denominación podría haber dado en nuestra lengua cosor, cosorore, o algo semejante. Pero, en una sociedad patriarcal, esa palabra no era precisa, pues en esas instituciones solo participaban hombres.

            Me pregunta mi amigo por qué, si la tradición es la costumbre, los ritos, las ideas que se van transmitiendo de generación en generación, digo más arriba que los casos que comentamos obedecen a una mala interpretación del término. Le explico que tradición viene del latín traditio, término derivado del verbo tradere, ‘lo que se da, lo que se entrega a alguien’. Y que, entre los romanos, se conocía como traditio el acto por el que una compraventa de algo, por ejemplo una casa, se hacía efectiva en el momento en que el vendedor entregaba la llave y permitía la entrada al comprador para que comprobase el buen estado en que se encontraba lo que se entregaba. Suponía un acto de inclusión, acogida, y no de exclusión, marginación.


           Nada de lo anterior supone que una tradición tenga que ser inmovilista. Sin embargo, seguimos acostumbrados a que, en pleno siglo XXI, muchas de estas agrupaciones se comporten como cofradías en el más estricto sentido de la palabra, es decir, incluyendo solamente a varones. ¿Sufriría una tradición si se adaptara a los nuevos tiempos? No faltan casos en que fiestas populares con mucho arraigo han ido cambiado ―si bien lentamente― sin que ello haya supuesto una merma del interés del festejo. Las tradiciones que las regulaban han ido entregando sus llaves, abriendo sus puertas a mujeres y adoptando conductas más inclusivas: en los Alardes de muchos pueblos vascos, las mujeres van dejando de ser solo cantineras; en el Baile de San Gil, de la riojana Cervera del Río Alhama, ya no bailan solo los mozos; en las levantinas fiestas de Moros y Cristianos, las escuadras admiten mujeres. Y se podrían ir dando más ejemplos.

            Es, pues, falso que una tradición no pueda acomodarse a la evolución de la sociedad. Para quienes se resisten a los cambios ―y concretamente en el asunto de la Semana Santa que ha motivado nuestra charla― le sugiero a Zalabardo que piense un poco. Esta semana, crucial en la manifestación de las creencias cristianas, era en sus orígenes un tiempo de recogimiento, de meditación, casi de reafirmación de las creencias religiosas. El pueblo, los gremios, expresaba todo ese sentimiento y todas esas creencias sacando a la calle las imágenes que reproducían los últimos momentos de Cristo. ¿Ha cambiado esa forma de sentir y manifestarse con el paso de los años? Ciego está quien diga que no. Por lo pronto, se ha perdido su carácter gremial. La Esperanza trianera ya no es la cofradía de los ceramistas ni Jesús Nazareno y Nuestra Señora del Traspaso es la de los viñeros malagueños.


            En no pocos casos, podríamos considerar escandaloso que las cofradías se hayan entregado a la ostentación y al boato, a dar más muestras de enriquecimiento exterior y lujo que de piedad interior. Los desfiles procesionales se convierten en espectáculo más que en acto religioso. Y como el espectáculo resulta caro de mantener, se inventan tribunas y se acotan las calles para colocar sillas por cuyo uso los espectadores habrán de pagar. De esta forma, se excluye a gran parte del pueblo ―a los que no pueden realizar ese desembolso económico― de los mejores momentos del desfile procesional. ¿No es alteración de la tradición la marginación del pueblo llano en los desfiles procesionales para beneficiar al turista y al adinerado?

        Le digo finalmente a Zalabardo que quienes consideran intocables las tradiciones debieran no olvidar que traición es palabra que nace de la misma raíz. La diferencia está en que mientras la tradición pretende preservar la pureza de una idea, la traición ―que también es un modo de entrega― supone el rompimiento de la lealtad debida a esa idea.

sábado, marzo 21, 2026

EL ANVERSO Y SU REVERSO

Durante un paseo, Zalabardo y yo nos encontramos frente a la pintada que encabeza este apunte. Una pintada, un grafiti dejado sobre el lienzo de una pared es, en principio, la declaración de un sentimiento, la manifestación de una idea o de una visión de la realidad. Puede ser un acto espontáneo o muy meditado. Más tarde, durante ese paseo, muy lejos de ese lugar, encontramos otra pintada, muy diferente: S R te quiere con el alma.

            Se puede afirmar que la diferencia entre esta y la primera ―aunque puedan obedecer a un principio semejante― es abismal por razones bien diversas. En primer lugar, la primera pintada la forman dos, superpuestas, creadas por dos manos diferentes y con intención de expresar no un sentimiento, sino un juicio. Queda claro que la primera fue Perro SANCHEZ; sobre ella, otra mano ha rectificado una parte, ha convertido Perro en Perdo y ha añadido, debajo, er mejó. Podríamos ver en estas pintadas ―le digo a mi amigo― un claro ejemplo de lo que la dialéctica hegeliana pretendía con su teoría de la tesis y la antítesis para explicar la evolución del pensamiento y la realidad.

            La tesis, la proposición inicial aceptada como verdad por quien la plantea es un insulto, Perro SANCHEZ, un exabrupto que no acaba de argumentarse y que persigue solo despreciar al contrario; la antítesis, negación de la afirmación inicial, Perdo SANCHEZ er mejó, es un elogio, carente también de argumentación probatoria. Llama al mismo tiempo la atención la firmeza del trazo de la tesis frente a la inseguridad de la antítesis: en esta, quien quiso convertir Perro en Pedro se confunde al corregir y cambia la segunda r en lugar de la primera (lo que hubiese dado Pedro); aun así, muestra ingenio claro y se expresa con naturalidad escribiendo tal como se habla. Eso explica er y mejó. Sin embargo, el dueño de esta segunda mano sabe que mejó, como palabra aguda terminada en vocal ha de llevar tilde; la primera mano, la que parece más segura, muestra en cambio su ignorancia al no colocar la tilde sobre SÁNCHEZ, palabra llana acabada en consonante que no es ni n ni s y olvidar que las mayúsculas no quedan exentas de la tilde.

            Ante esta pintada, Zalabardo y yo coincidimos en la dificultad de hallar la síntesis que nos ofrezca la combinación superadora de ambas ideas y nos conduzca a la realidad sobre qué se puede decir sobre el sujeto de las pintadas. Basamos esa inseguridad en el hecho irrebatible de que todo anverso tiene su reverso. ¿O tal vez esa suposición no sea válida y estemos, en realidad ante un laberinto del que es difícil salir? Machado ya se preguntaba en su Juan de Mairena cuántos reversos puede tener un anverso.


            Esta pregunta nos sitúa, al menos a nosotros, ante otro problema: el de la dificultad, en no pocas ocasiones, para obtener la síntesis de dos opuestos, ¿Y si un anverso careciera de reverso? Sería una paradoja, ¿o no? Sin embargo, ahí tenemos la cinta de Moebius, la gran paradoja del anverso sin reverso, la cinta que, debiendo tener dos caras, tiene, sin embargo, solo una, de forma que, si la recorremos, llegamos a la conclusión de que no tiene un lado interior y otro exterior, de que caminamos por ella una y otra vez sin abandonar nunca su único lado; ¿anverso o reverso?

            Le digo a Zalabardo que el mundo nos ofrece multitud de paradojas, de aparentes conflictos insolubles: el río de Heráclito en cuyas aguas no podemos repetir el mismo baño, la liebre de Zenón incapaz de alcanzar a una lenta tortuga por la infinitud del espacio que hay que recorrer, hallar la pregunta válida para saber sin errar cuál de los dos hermanos es el mentiroso y cuál el veraz, entender que asociaciones como esas llamadas Hazte oír o Abogados cristianos, al defender su libertad en creer lo que creen verdadero ―actitud razonable― nieguen a los demás la libertad de creer algo diferente ―con lo que caen en el campo de la irracionalidad―, cómo librarse de la muerte al ir a cruzar un puente, paradoja que ya recogía Cervantes en el Quijote

            Una simple pintada nos ha hundido a mi amigo y a mí en estas elucubraciones: la tesis y la antítesis, el anverso y el reverso, el derecho y el revés, la cara y la cruz de la realidad en que vivimos… En este punto, Zalabardo me propone que bajemos a niveles menos complicados y sugiere que le explique por qué, en las monedas, no hablamos de anverso y reverso, sino de cara y cruz.

            En verdad, es una pregunta curiosa cuya respuesta se atiene a una realidad tan palpable que a nadie le ofrece dificultad para entenderla. Aunque, le aclaro, lo de cara y cruz apenas si se dice fuera de España o del ámbito hispánico. Parece que hay bastante coincidencia en lo de la cara, y bastantes diferencias en lo de la cruz. Los romanos hablaban de cabeza y barco; los ingleses, de cabeza y cola; los suecos, de corona y llave; los alemanes, de cabeza y número; los franceses, de cara y torre, etc.

            La razón, le explico a mi amigo es que, desde el origen de las monedas, fue costumbre ―aunque hay excepciones― que en el anverso apareciera el rostro del gobernante bajo cuyo mandato se acuñaron. El reverso, en cambio, se prestaba a una multiplicidad de posibilidades y modelos: el escudo de la nación, un animal simbólico, una flor, una edificación, un dibujo alegórico, un objeto peculiar por alguna razón… Recuérdese ―es solo un ejemplo― el porqué de las perras chicas y las perras gordas de los años 40 y 50. Pues bien, que la cruz apareciera en las monedas españolas obedece a una razón tanto política como religiosa.

 

          En efecto, ya en el siglo XIII, las monedas acuñadas bajo el reinado de Jaime II llevaban en su reverso una cruz griega, que con la llegada de los Borbones ―ya a comienzos del XVIII― aún se mantenía. En el XVI, las monedas españolas acuñadas en los Países Bajos llevaron la cruz aspada o de san Andrés, que era el distintivo de los Tercios de Flandes. Y Carlos III decidió unificarlas todas con la cruz de lises ―o de don Pelayo―. Es decir, España era muy de cruz. Pero si bien las monedas han ido cambiando su aspecto a velocidad casi de vértigo, en no pocas ocasiones encontramos expresiones lingüísticas que han quedado fosilizadas. Así, el viejo juego de dejar algo al albur de lo que decidiera una moneda ―lo que en su origen fue echar algo a cara o cruz― ha llegado a mantenerse hasta nuestros días, aunque lo que ahora veamos en el reverso de la moneda de un euro no sea una cruz, sino el 1 de su valor y el mapa de Europa.

sábado, marzo 14, 2026

AL PELO

 

Tengo la impresión ―son ya muchos los apuntes recogidos en esta Agenda― de que con anterioridad se han comentado aquí varias expresiones en las que interviene el pelo. Creo recordar haber hablado sobre las locuciones La ocasión la pintan calva y Salvarse por los pelos; no sé ahora si alguna más. Espero no repetirme si, siendo pelo una palabra que admite tantos significados en nuestra lengua, procuro atender la duda que me plantea Zalabardo.

            Me plantea mi amigo que conoce dos interpretaciones diferentes de la expresión Venir algo a pelo (o al pelo), que, según el Diccionario de la RAE significa ‘a punto, con toda exactitud, a medida del deseo’. Lo que mi amigo desea saber es cuál de las dos que circulan sobre esta locución adverbial es más atinada. La primera es la que hace referencia a las armas de fuego, ya que el gatillo dispone de un dispositivo muy sensible, llamado precisamente pelo, que ayuda a la precisión del disparo. Así, si este dispositivo está bien regulado, hace que con la simple presión de un pelo ―de ahí le viene el nombre― cumpla su función.

            Le contesto que pudiera ser, aunque existe otra interpretación ―quizá la segunda a la que él alude― que me parece anterior y más adecuada y que, además, se encuentra registrada en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611), de Sebastián de Covarrubias. Ahí se habla de A pelo o a pospelo, refiriéndose no a las armas de fuego, sino al sentido del pelo en los tejidos y pieles. Y añade: «Dícese también de los negocios». La locución que menciona Covarrubias es la que hoy usamos como A pelo o a contrapelo.


            Ya que hablamos de pelo, le digo a mi amigo que Covarrubias cita varias expresiones más referidas a dicho vocablo, entre las que aparece un caso curioso, el adjetivo peliagudo. El eminente lexicógrafo, capellán de Felipe II, lo define como «se dice del cabrito, ternero y conejo y otros animales semejantes». ¿Cómo peliagudo ha llegado a significar ‘difícil de resolver, complicado’? Supongo ―pienso yo― que, por ser el de estos animales pelo muy fino y largo, es difícil de eliminar. Es posible que a eso se refiera Cervantes en la segunda parte del Quijote, cap. 47, cuando, estando en su ínsula Sancho, a la hora de comer, el médico Pedro Recio de Agüero le dice: «…no coma de aquellos conejos guisados que allí están, porque es manjar peliagudo», es decir, porque, por tener pelo tan fino, se puede encontrar muchos en el plato.

            Y puesto que pelo se refiere, como ya vemos, a la piel de los animales, le cito a Zalabardo otra locución no tan fácil de explicar: Hacer a pluma y a pelo. Lo que a mí me extraña es que el DLE solamente la recoja con el significado de ‘ser bisexual’. Mejor sería preguntarse cómo la locución ha llegado a significar ‘adaptarse a todo, no desperdiciar nada y aceptar lo que se presente’. Su origen hay que buscarlo en el vocabulario cinegético, pues alude al buen perro que lo mismo sirve para cazar aves ―que tienen plumas― que mamíferos ―animales de pelo―. Es locución que en nuestra lengua se podría incluir en el grupo de otras parecidas: Servir tanto para un roto como para un descosido, Servir lo mismo para un fregado que para un barrido, Estar en misa y repicando o No hay olla que no tenga su cobertera.

            Puestos a preguntar, Zalabardo quiere saber si la locución Lucirle a uno el pelo tiene que ser interpretada en sentido positivo o negativo. Le contesto todo depende del contexto y de la ocasión en que se emplee. Por ejemplo, al decir ¡Buen pelo nos ha lucido!, podríamos estar diciendo, empleando una lítote ―afirmar lo contrario de lo que pretendemos negar― que nos ha ido mal un asunto del que tratamos. Podríamos haber dicho también, irónicamente, Así nos ha lucido el pelo. Pero si deseamos dar a entender que a uno le van bien las cosas, decimos que Le luce bien el pelo, ya que lucir significa ‘brillar, resplandecer’. Por eso de un animal que aparece bien tratado por sus dueños se dice que Le luce el pelo y de una persona que llama la atención por su belleza o por sus ornatos decimos que está lucida.

sábado, marzo 07, 2026

¿PERO QUÉ ES MANSPLAINING?

En 1997, Fernando Lázao Carreter, a la sazón director de la Real Academia de la Lengua, publicó El dardo en la palabra, que recogía artículos que venía publicando desde 1975 en los que analizaba usos de la lengua que él consideraba inadecuados. No hace mucho, Arturo Pérez-Reverte, académico, hacía las siguientes declaraciones: «La Academia ha mirado siempre el uso para incorporarlo, pero debería pasar un tiempo de vigencia para incorporarlo; no es suficiente que esté documentado en la red». Hacía con esto una crítica contra la docta casa, a la que acusa de no cuidar suficientemente una de las labores recogidas en su lema, la de «limpiar». Y recordaba que Lázaro Carreter fue siempre un hombre muy preocupado por esta limpieza. Hoy, en opinión de Pérez-Reverte, y es algo que he comentado a veces con Zalabardo, parece existir prisa en incorporar cuanto antes cualquier término que aparece.

            En parte, esta «culpa» habría que cargarla también en los medios que, pese a disponer casi todos de un Libro de Estilo, descuidan mucho su cumplimiento. Le expongo a mi amigo dos casos: recientemente me he encontrado, tanto en prensa escrita como en televisión dos «perlas léxicas»: therians y mansplaining. ¿Es que no hay formas en nuestra lengua para expresar estos conceptos, por muy nuevos que sean y por muy extendidos que estén? Sobre la primera, que procede del griego theríon, ‘bestia’ y que designa a la ‘persona que se siente vinculada a un animal hasta el punto de imitar su aspecto y comportamientos’ Fundéu propone que sería mejor utilizar teriano, más acorde a los ya existentes teriólogo, terioterapia o teriotomía.

            Le digo a Zalabardo que, dada la fecha, 8 de marzo, Día internacional de la Mujer, me interesa centrarme más en la segunda, no tanto por su forma sino por la vigencia de su significado. Mansplaining es un anglicismo que creó la ensayista Rebecca Solnit en su libro Los hombres me explican cosas (2008). Sobre su significado, es ilustrativa la siguiente anécdota: a Solnit le preguntó un periodista sobre qué iban sus libros. Ella comenzó a explicarse y su interlocutor la interrumpió diciéndole: «Es curioso. Estoy leyendo ahora un libro muy interesante que habla sobre ese asunto». Costó hacerlo callar para poder decirle que el libro del que hablaba era precisamente el que acababa de escribir Rebecca Solnit, punto que a él le costaba creer.

            El mansplaining surge cuando se asume una postura de superioridad intelectual respecto a la mujer. Podríamos definirlo como un comportamiento que lleva al hombre a explicar de manera condescendiente a una mujer algo que ella ya sabe dando por supuesto que no lo sabe o que, aun sabiéndolo, sabe menos que él o no lo entiende de manera correcta. Quien practica tal comportamiento no duda en interrumpir a una mujer para explicar de nuevo lo que ella está explicando, incluso en casos en los que ella pueda ser experta en el tema.


            En marzo de 2017, The New Yorker publicaba una caricatura que reproduzco aquí y un artículo de la sicóloga Evelyn Muñoz en el que se lee: «Es una forma de cómo el hombre tiende a manejar los diálogos que establece con otras mujeres sin importar necesariamente el tema del que se está hablando, donde actúa desde una relación de poder que anula consciente o inconscientemente a la mujer en sus opiniones». Y en 2020, Mary Katherine Tramontana publicaba en el New York Times un artículo que comenzaba así: «Es algo común. Es digno de vergüenza. Y algunas personas podrían argumentar que ha sido documentado desde al menos el siglo XVII. Se produce en Twitter. Sucede en el trabajo y en las cenas de Acción de Gracias. En los bares y en las aulas. Lo hacen los hombres famosos, Lo hacen los tíos. Los políticos, los colegas, los hombres que conocemos en citas desagradables, los burócratas y los vecinos también lo hacen. (Quizás, irónicamente, algunos de ustedes lo hagan después de leer esto). Sí, estamos hablando de la machoexplicación».

            Fundéu considera que esta, machoexplicación, podría ser una equivalencia adecuada para el anglicismo mansplaining. E incluso señala como alternativa más formal la fórmula condescendencia machista o masculina, ya que el verbo condescender, ‘tolerar con suficiencia o desdén’ hace hincapié en lo que pretende expresar el anglicismo.

            Termino señalándole a Zalabardo cómo, con independencia de esta o cualquier otra palabra, aun en nuestros días parece difícil, en el momento de juzgar una actuación u opinar sobre una mujer, manejar los mismos criterios que al hacerlo sobre un varón. No se necesita demasiado para comprobar la cantidad de personas que, al referirse a una mujer, no pasan más allá de su físico, su vestimenta, su maquillaje y su peinado.