Sabe bien Zalabardo que no soy muy amigo de insistir en determinados temas. Pero sucede que la realidad es tozuda e insiste muchas veces en repetirse obligándonos a nosotros a repetirnos.
Una paradoja es cualquier hecho o dicho que encierra contradicción o se opone a la lógica. Se cita un poema de Epiménides,
filósofo y poeta nacido en Creta en el siglo VI a.C. como creador de la llamada
paradoja del mentiroso, enunciado que, dado como verdadero,
contradice, sin embargo, su propio contenido. Refiriéndose a los que niegan la
inmortalidad de Zeus, escribía Epiménides:
Te prepararon
una tumba, oh santo y excelso,
los cretenses,
siempre mentirosos, bestias perversas y holgazanes.
Pero tú no has
muerto…
Si
lo que afirma es verdad ―los cretenses son siempre mentirosos―,
él mismo, cretense de nacimiento, tendría que ser un mentiroso; luego lo que
afirma en el poema ha de ser falso. Un filósofo posterior, Eubulides de
Mileto, que vivió en el siglo IV a.C., volvió sobre esta cuestión con este
enunciado:
Un hombre
afirma que miente. ¿Es verdad o es mentira lo que dice?
Según aceptemos como verdadera o falsa la primera parte del enunciado, tendremos que concluir que la respuesta es, necesariamente «miente», en el primer caso, o «dice la verdad», en el segundo. Porque hemos de aceptar que, por simple cuestión lógica, todo enunciado ha de ser o verdadero o falso. Las paradojas han dado mucho juego en la literatura y, concretamente esta, sobre si un enunciado se contradice en su propio contenido, ha sido repetida a lo largo de los siglos con múltiples variantes: los dos hermanos gemelos de los que uno siempre dice la verdad y otro siempre miente; las dos puertas guardadas una por un vigilante que miente y otra por uno veraz; el cruce del puente en cuyo extremo hay una horca que ya encontramos en el Quijote; el guardián de la puerta de la justicia que nos aparece en El proceso, de Kafka… En ellas se nos pide determinar con una sola pregunta la verdad o falsedad de algo o adivinar cuál de las opciones es la verdadera.
Zalabardo me pregunta qué pretendo al hablar de las paradojas y por qué digo al principio que nos repetimos. Le contesto que mi intención es hacerle ver que vivimos en un mundo todo lleno de paradojas y contradicciones y que de esto hemos hablado antes. ¿O no es paradoja que un genocida como Netanyahu, masacrando la Franja de Gaza y la Cisjordania, proclame que defiende a un Israel en peligro? ¿Quién representa mayor peligro, el ejército israelí o los palestinos? ¿O no es paradójico que un ególatra como Donald Trump se presente a sí mismo como garante de la democracia, pacificador y libertador del mundo mientras bombardea países y amenaza anexionarse territorios que no le pertenecen?
Le digo a mi amigo que he encontrado, buscando información para este apunte, un artículo de Daniel Gil Iglesias publicado en 2025 en The Political Room, un medio de comunicación digital e independiente. Se titula La gran paradoja europea: lucidez estratégica y parálisis política. Es un interesante análisis de la situación mundial. La idea fundamental que desarrolla es la de que la Unión Europea habla de la necesidad de defender su soberanía y su poder frente a peligros externos, pero se muestra remisa a actuar por miedo a crear conflictos. Paradójica actitud la de mostrarse pasivos frente al peligro. Opina que la situación de Europa ―hoy más que cuando escribió el artículo― requiere «asumir riesgos, tomar medidas impopulares y abrir debates difíciles», pero todo se queda en «grandes palabras y pequeñas acciones».
¿Quién
no piensa en estos días, desde finales de agosto, en la situación de Ceuta? Hay
un primer hecho que para muchos pudiera ser paradójico: Ceuta es parte
integrante de España y, por tanto, de Europa. Sin embargo, está ubicada en el
continente africano, lo que la hace más vulnerable que otros territorios
europeos. Pero eso no debe hacer pensar que es un caso único. La Guayana
francesa es Francia y está en Sudamérica; San Martín es Países Bajos y está en
el Caribe; Hawái es EEUU y se encuentra en el océano Pacífico. Los ejemplos
podrían seguir.
Ceuta
sufre las consecuencias de una masiva entrada de inmigrantes ilegales. De la
noche a la mañana, ha visto su población casi duplicada con las consecuencias
previsibles. ¿Se sabe cuál debe ser la solución a ese problema? Se sabe. Hay
leyes ―españolas y europeas― que marcan el camino. Pero su cumplimiento es
complejo. Habrá que analizar qué emigrantes son susceptibles de ser acogidos y
quiénes deberán ser devueltos al lugar de procedencia, porque una sentencia
firme de un tribunal español dictaminó que no pueden realizarse las que se
llaman «extradiciones en caliente». Y porque las leyes dictaminan que a un
menor no acompañado hay que protegerlo y acogerlo si no hay una familia que lo
reclame.
Tiempo
habrá de buscar culpables. Pero, lo primero de todo es descongestionar la
ciudad de esta avalancha de inmigrantes que padece. Mientras se tramita la
expulsión o acogida, especialmente en el caso de los menores no acompañados, lo
único que cabe es una actitud humanitaria de solidaridad con Ceuta y ayudar a
que la ciudad recobre su normalidad. Ayudaría al proceso el reparto de esos
inmigrantes ilegales, al menos esos niños desvalidos, entre diferentes
comunidades españolas.
Parece fácil, le digo a Zalabardo. Pero no lo es. ¿Por qué? Porque, debido al régimen autonómico de nuestro país, las comunidades tienen muchas competencias en las que el Gobierno central puede hacer poco. Por ejemplo, para mandar menores a la Península es precisa la autorización de las autoridades ceutíes. Y estas no la conceden, pese a que ya hay dinero presupuestado y lugares dispuestos a su acogida. Y para que ese traslado sea posible, es necesario que haya comunidades dispuestas a acoger a quienes Ceuta no puede atender. Pero nos encontramos con la negativa de comunidades, gobernadas por el mismo partido que gobierna Ceuta, a cualquier tipo de acogida. ¿Dónde está la solidaridad?
Así resulta que Ceuta se halla sumida en la paradoja de
Juan Jesús Vivas, presidente de la Ciudad autónoma. Se queja de la
caótica situación de su ciudad ―con razón―, pero se niega a autorizar traslados
―con lo que su queja pierde sentido―. Sea por voluntad propia, o porque su
partido se lo impone, Vivas se convierte en obstáculo para la solución
del conflicto. ¿No es paradoja?
¿No es paradoja perderse en grandes declaraciones sin realizar ninguna actuación positiva, o no abrirse a debates difíciles ni arriesgarse a asumir medidas impopulares por miedo a perder votos en las próximas elecciones? Tal vez la respuesta a esta pregunta sea que a algunos les interesa más lo de «cuanto peor, mejor» que recuperar la normalización de Ceuta.





















