Coincidiendo con el final de octubre, la Real Academia Española ha presentado la 24ª edición del Diccionario de la Lengua Española en su doble versión, impresa y digital. Son bastantes las novedades y no es mi intención ―le aclaro a Zalabardo― comentarlas aquí. Solo señalaré que hay una que me parece importante y que está acorde con los tiempos que vivimos. Por primera vez, la edición impresa se realiza sobre el modelo de la digital y no al revés como venía siendo usual. No cabe duda de que siempre será más fácil cualquier adición, supresión o modificación sobre un contenido digital que sobre lo impreso en papel.
De
lo que le quiero hablar a Zalabardo es de que, siendo la lengua un producto en
el que mandan los hablantes, no está mal que la RAE recoja los usos que
se van haciendo normales en la comunicación diaria. Por ejemplo, que en esta
edición aparezcan términos como influencer, que a mí no me gusta
nada, o pódcast, que se ha impuesto en el mundo de la
comunicación.
Porque
la lengua no se hace por lo que a mí o a todo un señor académico le guste o le
deje de gustar, sino por la evolución y cambios debidos al uso que el pueblo
hace de ella. La Gramática oficial de nuestra lengua, así como el
Diccionario, no tienen un valor prescriptivo, es decir, no imponen
usos ni recetan fórmulas de decir; se limitan a recoger y explicar lo que se
habla en la realidad cotidiana. Por supuesto, aconsejan el buen uso, miran
hacia quienes pueden servir de modelos y no olvidan cuáles son nuestros
orígenes ni la evolución seguida hasta el presente. Pero hasta ahí llegan. Por
eso, es posible que haya académicos a los que no guste, como a mí, influencer;
pero no podemos cerrar los ojos a la realidad y tenemos que reconocer cómo se
ha extendido el término. Como no podemos negar que lo que un día se llamaba de
una forma pase a llamarse de otra. Es el caso, de los muchos que hay, de túrmix
y minipimer ―aunque la segunda no esté recogida en el Diccionario―,
que, de ser marcas comerciales de un producto, la batidora manual,
pasaron a denominar dicho electrodoméstico.
«Pero
la gente puede decir barbaridades», me comenta Zalabardo y le recuerdo que ya Goya
puso el titulo de El sueño de la razón genera monstruos a uno de
sus caprichos. Le quiero decir con esto que, manteniendo todo lo expuesto
arriba, creo que al hablante hay que pedirle responsabilidad. Y, sobre todo,
hay que pedírsela a quienes tienen la palabra como medio de contacto con otras
personas: periodistas, escritores, políticos, locutores de radio y televisión…
En los pasados incendios forestales, no había periodista que no hablase del drama de los montes «completamente calcinados». Esos periodistas tienen la obligación de saber que en nuestra lengua hay dos verbos, calcinar y carbonizar que tienen que ver con los efectos del fuego sobre determinados cuerpos, pero que no significan lo mismo. Calcinar es ‘reducir a cal viva los minerales calcáreos, privándolos del ácido carbónico por el fuego’ y también ‘abrasar por completo, especialmente por el fuego’; pero, siempre, refiriéndose a cuerpos inorgánicos. En cambio, carbonizar significa ‘reducir a carbón, por efecto del fuego, un cuerpo orgánico’. Por eso, cuando un monte se quema, queda carbonizado y si un autobús arde por completo queda calcinado.
Si a la gente normal llega una y otra vez la confusión,
acaba por creer que ambos verbos son lo mismo y, una vez que la generalidad de
hablantes ha aceptado el error de manera inconsciente, la Academia no
tiene otra salida que considerar que esas palabras han pasado a ser sinónimas o
afines.
En informaciones futbolísticas, con frecuencia oímos decir que tal equipo ha cesado al entrenador por considerarlo culpable de los malos resultados. Ya he comentado este caso otras veces, pero no me importa explicárselo de nuevo a mi amigo. El verbo cesar, que es intransitivo, significa ‘interrumpirse o acabarse algo’; por ejemplo, cesa la lluvia, o el calor o una narración. También significa ‘dejar alguien de desempeñar un cargo o empleo’ por haberse cumplido el tiempo para el que fue designado; cesan un presidente de un gobierno y sus ministros al cumplirse los años señalados para una legislatura. Pero si el presidente de un equipo echa al entrenador o un presidente de gobierno echa de su cargo a un ministro, ese entrenador y ese ministro han sido destituidos o depuestos, pero jamás cesados. Hay una tercera posibilidad. Si quien ocupa un cargo no cesa ni es destituido, sino que lo abandona por voluntad propia, lo que hace es dimitir.
Tenemos, pues tres verbos que no debiéramos confundir: cesar, destituir y dimitir. Los tres indican salida del cargo que se ocupa, pero las razones de esa salida son diferentes en cada caso. Hace unos días, Óscar Puente dimitió de su cargo de ministro. Pues bien, poco antes, el señor Feijóo había proclamado: «Si no dimiten, los dimitiremos en las urnas». A una persona cuya mayor ambición es ser presidente de su país ―¡y que probablemente lo sea, válgame san Cirilo de Macedonia!― habría que pedirle, por lo menos, que elija bien las palabras al hablar. Aunque también es posible ―creo que poco probable― que en el colegio de los Hermanos Maristas de León en que estudió ―privado, naturalmente, ¿qué es eso de ir a un centro público?― no le hubiesen enseñado que dimitir es verbo intransitivo.
Por casualidad, leo la información de tribunales que un
periódico gallego ―¿será coincidencia con Feijóo?―, La Voz de
Galicia, publica hoy ―escribo esto el viernes día 6 de noviembre―. Dice
en titulares que una empleada de una peluquería canina ha dimitido;
en el desarrollo de la noticia afirma que la empresaria la ha destituido
y que un juez decide que se trata de un cese improcedente, por lo
que hay que indemnizar a la trabajadora. ¿Puede una persona dimitir,
ser destituida y cesar al mismo tiempo? ¿Es así como
pretendemos que la gente normal y corriente hable mejor?
(Las fotografías corresponden a El País)
























