Mi
amistad con Zalabardo se remonta a hace ya veinte años. No sabría decir cuántas
veces hemos discutido. Por fortuna, la paz siempre se impone y alcanzamos el punto de acuerdo
que para limar las fricciones. Lo importante para que un enfrentamiento
no se encone ―y esto me lo enseñó mi amigo― es que en la disputa manejemos
argumentos y no opiniones para acercarnos a la otra parte.
El
argumento nace de la razón. Es un razonamiento que prueba o demuestra de manera
objetiva algo. La opinión, en cambio, es un juicio o una valoración que una
persona se forma sobre algo. La opinión siempre tiene naturaleza subjetiva y
carece de elementos de apoyo externos.
En
caso de conflictos mayores, no un desacuerdo pasajero, sino un verdadero choque
de posturas, lo más aconsejable es partir del análisis sereno de lo que nos enfrenta. En
un análisis se distinguen y separan las partes del conflicto sobre el que se
debate. Estudiar la naturaleza y composición de esas partes abre el camino que
nos lleva a una conclusión válida.
Pero
lo que parece tener fácil solución se complica si se llega al grado de
crispación que lamentablemente se observa en los tiempos que vivimos. No solo
en la sociedad de nuestro país, pues parece que es una epidemia que se ha
extendido por todas partes. Zalabardo me habla de que la mejor vacuna para el
ciudadano y para quienes tienen una mentalidad aún en formación es el ejemplo que
ofrezcan los que están en primera fila. Un profesor jamás logrará que sus
alumnos entiendan la inconveniencia de emplear el móvil en clase si él no es el
primero en cumplir la norma. Un médico no conseguirá que un fumador abandone
ese nocivo hábito si se lo pide mientras él mismo enciende un cigarrillo. Es
imposible conseguir que otros no hagan lo que yo no dejo de hacer.
Si nuestros representantes en el Parlamento escenifican cada día un panorama de polarización extrema, si no debaten con argumentos, sino que recurren continuadamente al insulto y al exabrupto, si no respetan, no ya las ideas de otros, sino sus mismas personas, si se aprovecha incluso la más terrible de las desgracias para obtener votos, ¿cómo conseguiremos una sociedad sana en la que los ciudadanos convivan sin recurrir a medios violentos?
Miremos
cualquiera de las «tertulias» ―me sonroja darles ese nombre― de las
televisiones. Una serie de individuos atrincherados cada uno en su personal visión
del tema que se debate gritan sin escuchar a los oponentes y sin proceder al
menor análisis del asunto. Sueltan cascadas de opiniones ―muchas veces sesgadas
o abiertamente falsas― sin aportar el menor argumento. Pelean, que no debaten,
desde las vísceras y no desde la razón.
Vemos
con tristeza un espectro político ―en toda su amplitud― encastillado en una polarización irreductible. Cada grupo se niega a
aceptar las proposiciones del otro, porque no se ve en ese otro a un adversario,
sino a un enemigo. Eso hace que las posturas se tornen irreconciliables. No hay
acercamiento porque se parte de no escuchar ni uno de los argumentos de quien tenemos enfrente. Si es que hay argumentos.
Zalabardo me dice que echa de menos un refrán ―piensa él que es portugués― que afirma: Cuando nos encontremos perdidos, procuremos hacer juntos el camino. Porque son muchas las ocasiones en las que, aunque algo vaya mal y nadie lo desee, nadie hace nada para solucionar lo que a todos nos daña.
Me acuerdo en ese instante de otro refrán que comenta Juan de Mal Lara, humanista, poeta, dramaturgo y paremiólogo sevillano del siglo XVI, en su Philosophia vulgar: Ser como los novios de Hornachuelos, que él lloró por no llevarla y ella por no ir con él. Hoy decimos también: El uno por el otro, la casa sin barrer.
Mal
Lara, con buen criterio, opina que los refranes son a veces oscuros, pero
que, «si dos comienzan a desagradarse el uno al otro, no es menester ir a
Hornachuelos para dar validez al refrán». Y nos cuenta su origen. En este
pueblo cordobés, dos familias concertaron el matrimonio de sus hijos
respectivos sin que ellos se conocieran. En el momento de la ceremonia, al
verse, «concibieron gran odio el uno al otro por ser tan feos y tan mal
acondicionados, que no se halló cosa del uno que agradase al otro. Y una vez
casados, cuando el novio la había de llevar, en lugar del placer que suele
haber en esto, comenzaron a llorar de gana ambos. Preguntado por qué, respondía
el novio que no quería ir con ella, y respondía ella que porque no quería ir
con él. Y así estaban conformes y diferentes de un parecer, y muy contrarios de
una misma voluntad y muy apartados sin poner ningún medio». (Centuria cuarta,
número 96).
Así veo actuar a nuestros partidos, que presentando todos suficientes dosis de fealdad y
contrahechos en muchas cosas, solo ven la deformidad de los demás, no la propia,
lo que los retiene a aceptarse como son y tratar de encontrar una armonía que, ya
que no los une a ellos, al menos no haga la puñeta a los ciudadanos.

























