El día que comienzo a preparar este apunte, jueves 27 de enero, Francisco Rodríguez Marín, nacido en Osuna como yo, ilustre cervantista (la suya fue la primera edición anotada del Quijote que leí), secretario perpetuo de la Real Academia Española, insigne paremiólogo, lexicólogo acertado, poeta y folclorista entusiasta, habría cumplido 167 años. Su nombre honra al instituto en que cursé mis estudios de bachillerato; no en su sede actual, sino en la que ha recuperado su antiguo rango de Universidad.
Para
celebrar ese cumpleaños, invito a Zalabardo a que me acompañe en una breve
relectura de la interesante obra Cantos Populares Andaluces, de
1872, recopilación de nanas, adivinanzas, rimas infantiles,
oraciones, canciones de juegos, conjuros, y canciones varias. Encabeza la
colección con estos versos de la Comedia de Dante:
Vosotros que tenéis la mente
sana
pensad en la doctrina que se
esconde
bajo el velo de versos
enigmáticos.
Pienso
ahora, así se lo confieso a mi amigo, que nunca antes me pregunté qué razón llevó
a mi paisano a hablar de versos enigmáticos en la cabecera de un libro
de esta naturaleza. Lo comprendo cuando, tras el primer apartado, dedicado a
las nanas y, tras ellas, reproduce un capítulo sobre las nanas
(Cantares de los muchachos, Nina, Nina y Lala, Lala)
incluido una obra de Rodrigo Caro: Días geniales o lúdricos,
que, aunque escrita en 1626, permaneció inédita hasta esos años del siglo XIX.
Si
consultamos el DEL, leeremos que nana es un ‘canto
con que se arrulla a los niños’ y, en su tercera acepción, ‘coloquialmente,
abuela’. Lo raro es que la palabra no entró
en un Diccionario de la Academia hasta la edición de 1803,
aunque como ‘mujer casada, madre’. En la de 1869, se le añaden ‘abuela’ y ‘en
algunas partes, canto con que se arrulla a los niños’. Y, ya en 1884, se le
asigna etimología italiana, nanna, ‘dormir’. Sin embargo, en el texto
de Rodrigo Caro, que estudió cánones en la Universidad de Osuna, encontraremos
las claves para entender el sentido y origen de la palabra nana.
Arturo
Montenegro, en la revista digital Rinconete, que publica el Centro
Virtual Cervantes, escribe en 2006: «Si cayera en el olvido toda nuestra
memoria musical, la última tonada que desaparecería de nuestros recuerdos sería
la nana». Y recupera cuanto decía Rodrigo Caro en sus Días
geniales o lúdricos, comenzando por la defensa del origen onomatopéyico
de la palabra, criterio que siguen ya los diccionarios actuales. Pero no solo
es él. Gabriel Celaya afirma que «las nanas no son canciones de niños,
sino canciones para los niños» y que su tono pausado y repetitivo hay que
buscarlo en la imitación del «vaivén de la cuna, adormecedor por sí mismo al
que apela la madre». O sea, la onomatopeya. Lo vemos, por ejemplo, en esta
sugerente nana:
Nana, nanita,
nanita, nana,
a dormir va mi niño
hasta mañana.
Pues bien, ya Rodrigo Caro estableció la antigüedad de las nanas al llamarlas: «reverendas madres de todos los cantares, y de los cantares de todas las madres» y basar su opinión en unos cantarcillos conocidos como Nina, Nina, uno de ellos, y Lala, Lala, el otro. Resumo lo más posible, pues la obra de Caro se encuentra en internet. El sevillano, en su erudita exposición, dice que ese Nina, Nina nace de las bocas de las madres que, no teniendo o no sabiendo qué cantar, cantan lo primero que se les viene a la boca, o sea, que es canción onomatopéyica. Argumenta que nina es forma corrupta del latín naenia, ‘canto fúnebre de las exequias’, utilizada por Varrón como ‘canto desaguisado, insuave y triste, propio de las plañideras’ y por Horacio como ‘sortilegio o canto mágico’, y también ‘cantinela infantil’. De ahí, Rodrigo Caro colige que niño y niña derivan de noenia, pues así llamaban los romanos a los niños que aún no sabían hablar; por eso, la nana, es un «cantarcillo de muchachos», que se adapta con sus indescifrables palabras para dormir a los niños.
Me interrumpe Zalabardo y pregunta que eso puede explicar el origen y la extrañeza de las letras, pero no la relación entre un canto fúnebre, el de las plañideras, y una nana. Echo mano entonces de García Lorca, que, en una conferencia de la que no tengo referencia del lugar y año en que tuvo lugar, menciona al comenzar la autoridad de Rodrigo Caro, todos miran hacia él, y señala que una de las características que une a las nanas que conoce es la coincidencia en ser una melodía suave y monótona, para inducir al sueño, y poseer un aire de melancolía, que no hay que confundir con monotonía. La nana, así, pierde el viejo carácter fúnebre, pero mantiene su aire de tristeza.
Buscando
parecidos y diferencias entre las distintas nanas, añade Lorca
que las europeas y algunas del norte de España tienden a adormilar al niño
mediante el miedo (lo que aclara el porqué de Duérmete, mi niño, que viene
el coco). En cambio, sigue, la nana andaluza es más propensa
a la creación de paisajes abstractos habitados por un desconocido y donde
suceden hechos cuyo final no se desvela, lo que la impregna de misterio. Sustenta
su idea con una nana que escuchó en Granada y que sería luego
inspiración para su Nana del caballo grande, en una de las
escenas más emotivas de Bodas de sangre:
A la nana, nana, nana,
a la nanita de aquel
que llevó el caballo al agua
y lo dejó sin beber.
Con lo
dicho hasta ahora, le digo a Zalabardo, entenderíamos que Rodríguez Marín
hable de versos enigmáticos. Y le recuerdo el atractivo de la nana
para muchos escritores clásicos y modernos: Lope de Vega, Lorca, Unamuno,
Miguel Hernández…, cuyas composiciones respetan el tono de las
populares. Y, juntos, escuchamos la Nana del despertar, del
cantaor más prohibido que haya existido nunca en España, Manuel Gerena,
cantada como se cantan las nanas, sin acompañamiento
instrumental.
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