sábado, febrero 07, 2026

¿HAY VACUNA CONTRA EL ALGORITMO?

Hay quienes pertenecen a una generación caduca, ya en declive. Y no me extrañaría que se nos incluya en ella a Zalabardo y a mí; incluso no faltará quien nos tache de gagás si no fuera porque también este adjetivo ha caído ya en desuso. Quizá los jóvenes de hoy, tan dados a usar términos que en otro tiempo sorprenderían, nos encuadrarían en la generación de los boomers ―individuos anticuados y desconectados de la realidad― pese a que mi amigo y yo nacimos en fechas anteriores a la de quienes pertenecen a la generación que recibe ese nombre.

            Pero, aunque sea verdad que tanto mi amigo como yo hemos decaído en el empleo de parte de nuestras facultades, me atrevería a decir que aún razonamos de manera suficientemente adecuada como para considerarnos con derecho a disentir de ciertas conductas y opiniones que proliferan en nuestros días.

            Una de las cosas que más nos rebelan es ver cómo se va perdiendo la noción de la prudencia, e incluso de la educación, en estos tiempos que corren. No entendemos que una militante de un partido político acuda a un mitin electoral de otro partido, al que pertenece el presidente del Gobierno, con el único objetivo de gritarle a este «¡Hijo de puta!» como no entendemos la crispación con que discurren los debates políticos en nuestro país, si es que a esas trifulcas barriobajeras se les pueden llamar debates, o que denuncie vivir en una dictadura quien goza de plena libertad para decir lo que piensa, aunque sea para criticar a quien califica de dictador.

            Le recuerdo a Zalabardo lo que escribió Baltasar Gracián en su Arte de la prudencia: «Se vive más del oído que de lo que vemos. Vivimos de la fe ajena. El oído es la segunda puerta de la verdad y la principal de la mentira». También pide «moderación al juzgar» y Cervantes, en Trabajos de Persiles y Segismunda, afirma: «Los jueces discretos castigan, pero no toman venganza de los delitos: los prudentes y los piadosos mezclan la equidad con la justicia». ¿Y cuál es el vehículo que, en nuestro siglo, permite circular con mayor rapidez noticias, reproches y condenas? Las redes sociales. Parece demostrado que estas redes son la carroza que lleva de puerta en puerta las mentiras, muchas veces de manera anónima. Como parece demostrado que a quienes más perjudican es a los menores que se encuentran en periodo de formación de su personalidad, a ciudadanos que no poseen los medios suficientes para combatir lo que contra ellos se publica y a la sociedad en general que sufre un ataque de desinformación sin límites.

            Pero no por esto tendremos que culpar a las redes, que son un instrumento que hace posible acceder a donde antes no llegábamos, que facilita la comunicación entre personas antes alejadas y con dificultad para contactar. ¿Dónde está el mal, entonces? Está en el inadecuado uso que de ellas se hace, en la falta de una formación en los usuarios y, más que nada, en los rectores de esas redes que no solo no ponen los medios para evitar la circulación de contenidos dañinos, sino que, además, los promocionan.

 

           Los ejemplos no faltan. Hoy mismo muestro a Zalabardo cómo aparecen en la prensa varios casos que deberían hacernos pensar. Un partido político pone en marcha toda la artillería que las redes le conceden para atacar a una militante que denuncia de acoso al alcalde de un ayuntamiento en el que ella era concejala. Una participante en un concurso de televisión ha de salir a defenderse contra las acusaciones en redes de que las preguntas a que ella debió enfrentarse ―no sé si a lo largo de un año― eran más fáciles que las de su oponente. El Ministerio de Universidades se ve obligado a desmentir el bulo difundido en una red de que quienes no convaliden un determinado título esta misma semana lo perderán. En Estado Unidos, el presidente Donald Trump ―¿cómo este impresentable está presente en todas las salsas?― difunde en sus redes imágenes de Michelle y Barack Obama presentados como monos. Y no olvidemos el papel que las redes tienen en los casos de acoso escolar y laboral.

            ¿Cómo es posible esto? Gracias a ese dichoso algoritmo que ni Zalabardo ni yo ―que no pasamos de ser usuarios con un nivel de primaria― sabemos bien qué es y cómo funciona. Pero Yuval Noah Harari, autor de Nexus. Una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA, lo explica perfectamente. Un algoritmo, leemos en cualquier manual, es «una secuencia ordenada, finita y definida de instrucciones lógicas que permiten a sistemas automáticos procesar datos, resolver problemas o controlar procesos». O sea, creemos entender Zalabardo y yo, un algoritmo, sin que en ello intervenga el usuario, puede evitar la difusión de un mensaje en redes, minimizar esa difusión o ampliarla. Harari explica ―y no es una opinión, sino que ofrece numerosas pruebas de lo que dice― que las empresas, buscando una mayor cantidad de usuarios y publicaciones, crearon unos algoritmos que aprendían que una información escandalosa hacía aumentar la implicación, es decir, su mayor difusión, mientras que a la moderación apenas si se le hace caso. Y escribe: «Los creadores de contenidos de YouTube […] se dieron cuenta de que, cuando publicaban un vídeo escandaloso y lleno de mentiras, el algoritmo los premiaba recomendándoselo a numerosos usuarios y aumentando la popularidad […]. En cambio, cuando moderaban el tono y se atenían a la verdad, el algoritmo solía ignorarlos».

            Hay varios países que han tomado conciencia del problema y han pedido a las empresas que pongan los medios para evitar esto, es decir, que creen algoritmos que pongan coto a los mensajes engañosos o dañinos. Pero estas empresas, alegando un equivocado sentido de qué sea la libertad, se niegan. Por eso varios países están intentando crear leyes que protejan a los usuarios vulnerables y hagan responsables penales de los daños causados a las empresas que permiten su difusión. Australia va en la cabeza de esta lucha. Y, en Europa, España, Francia, Portugal, Dinamarca y algún otro. La reacción de las empresas afectadas ―todas ellas en manos de las personas más ricas del mundo― no se ha hecho esperar. No hay más que ver los ataques que ese vesánico Elon Musk ―dueño de X― y el no menos poderoso Pável Dúrov ―de Telegram― están lanzando contra España y contra el presidente Sánchez, que se ha puesto en vanguardia de esta lucha contra la nefasta influencia de las redes en los más jóvenes.