Pero,
aunque sea verdad que tanto mi amigo como yo hemos decaído en el empleo de parte
de nuestras facultades, me atrevería a decir que aún razonamos de manera
suficientemente adecuada como para considerarnos con derecho a disentir de
ciertas conductas y opiniones que proliferan en nuestros días.
Una
de las cosas que más nos rebelan es ver cómo se va perdiendo la noción de la
prudencia, e incluso de la educación, en estos tiempos que corren. No
entendemos que una militante de un partido político acuda a un mitin electoral
de otro partido, al que pertenece el presidente del Gobierno, con el único
objetivo de gritarle a este «¡Hijo de puta!» como no entendemos la crispación
con que discurren los debates políticos en nuestro país, si es que a esas
trifulcas barriobajeras se les pueden llamar debates, o que denuncie vivir en
una dictadura quien goza de plena libertad para decir lo que piensa, aunque sea
para criticar a quien califica de dictador.
Le
recuerdo a Zalabardo lo que escribió Baltasar Gracián en su Arte
de la prudencia: «Se vive más del oído que de lo que vemos. Vivimos de
la fe ajena. El oído es la segunda puerta de la verdad y la principal de la
mentira». También pide «moderación al juzgar» y Cervantes, en Trabajos
de Persiles y Segismunda, afirma: «Los jueces discretos castigan, pero
no toman venganza de los delitos: los prudentes y los piadosos mezclan la
equidad con la justicia». ¿Y cuál es el vehículo que, en nuestro siglo, permite
circular con mayor rapidez noticias, reproches y condenas? Las redes sociales. Parece
demostrado que estas redes son la carroza que lleva de puerta en puerta las
mentiras, muchas veces de manera anónima. Como parece demostrado que a quienes
más perjudican es a los menores que se encuentran en periodo de formación de su
personalidad, a ciudadanos que no poseen los medios suficientes para combatir
lo que contra ellos se publica y a la sociedad en general que sufre un ataque de
desinformación sin límites.
Pero
no por esto tendremos que culpar a las redes, que son un instrumento que hace
posible acceder a donde antes no llegábamos, que facilita la comunicación entre
personas antes alejadas y con dificultad para contactar. ¿Dónde está el mal,
entonces? Está en el inadecuado uso que de ellas se hace, en la falta de una
formación en los usuarios y, más que nada, en los rectores de esas redes que no
solo no ponen los medios para evitar la circulación de contenidos dañinos, sino
que, además, los promocionan.
Los ejemplos no faltan. Hoy mismo muestro a Zalabardo cómo aparecen en la prensa varios casos que deberían hacernos pensar. Un partido político pone en marcha toda la artillería que las redes le conceden para atacar a una militante que denuncia de acoso al alcalde de un ayuntamiento en el que ella era concejala. Una participante en un concurso de televisión ha de salir a defenderse contra las acusaciones en redes de que las preguntas a que ella debió enfrentarse ―no sé si a lo largo de un año― eran más fáciles que las de su oponente. El Ministerio de Universidades se ve obligado a desmentir el bulo difundido en una red de que quienes no convaliden un determinado título esta misma semana lo perderán. En Estado Unidos, el presidente Donald Trump ―¿cómo este impresentable está presente en todas las salsas?― difunde en sus redes imágenes de Michelle y Barack Obama presentados como monos. Y no olvidemos el papel que las redes tienen en los casos de acoso escolar y laboral.
¿Cómo
es posible esto? Gracias a ese dichoso algoritmo que ni Zalabardo ni yo ―que no
pasamos de ser usuarios con un nivel de primaria― sabemos bien qué es y cómo
funciona. Pero Yuval Noah Harari, autor de Nexus. Una breve
historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA,
lo explica perfectamente. Un algoritmo, leemos en cualquier manual, es «una secuencia
ordenada, finita y definida de instrucciones lógicas que permiten a sistemas
automáticos procesar datos, resolver problemas o controlar procesos». O sea,
creemos entender Zalabardo y yo, un algoritmo, sin que en ello intervenga el
usuario, puede evitar la difusión de un mensaje en redes, minimizar esa
difusión o ampliarla. Harari explica ―y no es una opinión, sino que
ofrece numerosas pruebas de lo que dice― que las empresas, buscando una mayor
cantidad de usuarios y publicaciones, crearon unos algoritmos que aprendían que
una información escandalosa hacía aumentar la implicación, es decir, su mayor
difusión, mientras que a la moderación apenas si se le hace caso. Y escribe: «Los
creadores de contenidos de YouTube […] se dieron cuenta de que,
cuando publicaban un vídeo escandaloso y lleno de mentiras, el algoritmo los
premiaba recomendándoselo a numerosos usuarios y aumentando la popularidad […].
En cambio, cuando moderaban el tono y se atenían a la verdad, el algoritmo
solía ignorarlos».
Hay varios países que han tomado conciencia del problema y han pedido a las empresas que pongan los medios para evitar esto, es decir, que creen algoritmos que pongan coto a los mensajes engañosos o dañinos. Pero estas empresas, alegando un equivocado sentido de qué sea la libertad, se niegan. Por eso varios países están intentando crear leyes que protejan a los usuarios vulnerables y hagan responsables penales de los daños causados a las empresas que permiten su difusión. Australia va en la cabeza de esta lucha. Y, en Europa, España, Francia, Portugal, Dinamarca y algún otro. La reacción de las empresas afectadas ―todas ellas en manos de las personas más ricas del mundo― no se ha hecho esperar. No hay más que ver los ataques que ese vesánico Elon Musk ―dueño de X― y el no menos poderoso Pável Dúrov ―de Telegram― están lanzando contra España y contra el presidente Sánchez, que se ha puesto en vanguardia de esta lucha contra la nefasta influencia de las redes en los más jóvenes.



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