En
parte, esta «culpa» habría que cargarla también en los medios que, pese a
disponer casi todos de un Libro de Estilo, descuidan mucho su
cumplimiento. Le expongo a mi amigo dos casos: recientemente me he encontrado,
tanto en prensa escrita como en televisión dos «perlas léxicas»: therians
y mansplaining. ¿Es que no hay formas en nuestra lengua para
expresar estos conceptos, por muy nuevos que sean y por muy extendidos que
estén? Sobre la primera, que procede del griego theríon, ‘bestia’
y que designa a la ‘persona que se siente vinculada a un animal hasta el punto
de imitar su aspecto y comportamientos’ Fundéu propone que sería mejor
utilizar teriano, más acorde a los ya existentes teriólogo,
terioterapia o teriotomía.
Le
digo a Zalabardo que, dada la fecha, 8 de marzo, Día internacional de la
Mujer, me interesa centrarme más en la segunda, no tanto por su forma
sino por la vigencia de su significado. Mansplaining es un
anglicismo que creó la ensayista Rebecca Solnit en su libro Los
hombres me explican cosas (2008). Sobre su significado, es ilustrativa
la siguiente anécdota: a Solnit le preguntó un periodista sobre qué iban
sus libros. Ella comenzó a explicarse y su interlocutor la interrumpió
diciéndole: «Es curioso. Estoy leyendo ahora un libro muy interesante que habla
sobre ese asunto». Costó hacerlo callar para poder decirle que el libro del que
hablaba era precisamente el que acababa de escribir Rebecca Solnit,
punto que a él le costaba creer.
El
mansplaining surge cuando se asume una postura de superioridad
intelectual respecto a la mujer. Podríamos definirlo como un comportamiento que
lleva al hombre a explicar de manera condescendiente a una mujer algo que ella
ya sabe dando por supuesto que no lo sabe o que, aun sabiéndolo, sabe menos que
él o no lo entiende de manera correcta. Quien practica tal comportamiento no
duda en interrumpir a una mujer para explicar de nuevo lo que ella está
explicando, incluso en casos en los que ella pueda ser experta en el tema.
En marzo de 2017, The New Yorker publicaba una caricatura que reproduzco aquí y un artículo de la sicóloga Evelyn Muñoz en el que se lee: «Es una forma de cómo el hombre tiende a manejar los diálogos que establece con otras mujeres sin importar necesariamente el tema del que se está hablando, donde actúa desde una relación de poder que anula consciente o inconscientemente a la mujer en sus opiniones». Y en 2020, Mary Katherine Tramontana publicaba en el New York Times un artículo que comenzaba así: «Es algo común. Es digno de vergüenza. Y algunas personas podrían argumentar que ha sido documentado desde al menos el siglo XVII. Se produce en Twitter. Sucede en el trabajo y en las cenas de Acción de Gracias. En los bares y en las aulas. Lo hacen los hombres famosos, Lo hacen los tíos. Los políticos, los colegas, los hombres que conocemos en citas desagradables, los burócratas y los vecinos también lo hacen. (Quizás, irónicamente, algunos de ustedes lo hagan después de leer esto). Sí, estamos hablando de la machoexplicación».
Fundéu
considera que esta, machoexplicación, podría ser una equivalencia
adecuada para el anglicismo mansplaining. E incluso señala como
alternativa más formal la fórmula condescendencia machista o masculina,
ya que el verbo condescender, ‘tolerar con suficiencia o desdén’
hace hincapié en lo que pretende expresar el anglicismo.
Termino señalándole a Zalabardo cómo, con independencia de esta o cualquier otra palabra, aun en nuestros días parece difícil, en el momento de juzgar una actuación u opinar sobre una mujer, manejar los mismos criterios que al hacerlo sobre un varón. No se necesita demasiado para comprobar la cantidad de personas que, al referirse a una mujer, no pasan más allá de su físico, su vestimenta, su maquillaje y su peinado.

