sábado, marzo 07, 2026

¿PERO QUÉ ES MANSPLAINING?

En 1997, Fernando Lázao Carreter, a la sazón director de la Real Academia de la Lengua, publicó El dardo en la palabra, que recogía artículos que venía publicando desde 1975 en los que analizaba usos de la lengua que él consideraba inadecuados. No hace mucho, Arturo Pérez-Reverte, académico, hacía las siguientes declaraciones: «La Academia ha mirado siempre el uso para incorporarlo, pero debería pasar un tiempo de vigencia para incorporarlo; no es suficiente que esté documentado en la red». Hacía con esto una crítica contra la docta casa, a la que acusa de no cuidar suficientemente una de las labores recogidas en su lema, la de «limpiar». Y recordaba que Lázaro Carreter fue siempre un hombre muy preocupado por esta limpieza. Hoy, en opinión de Pérez-Reverte, y es algo que he comentado a veces con Zalabardo, parece existir prisa en incorporar cuanto antes cualquier término que aparece.

            En parte, esta «culpa» habría que cargarla también en los medios que, pese a disponer casi todos de un Libro de Estilo, descuidan mucho su cumplimiento. Le expongo a mi amigo dos casos: recientemente me he encontrado, tanto en prensa escrita como en televisión dos «perlas léxicas»: therians y mansplaining. ¿Es que no hay formas en nuestra lengua para expresar estos conceptos, por muy nuevos que sean y por muy extendidos que estén? Sobre la primera, que procede del griego theríon, ‘bestia’ y que designa a la ‘persona que se siente vinculada a un animal hasta el punto de imitar su aspecto y comportamientos’ Fundéu propone que sería mejor utilizar teriano, más acorde a los ya existentes teriólogo, terioterapia o teriotomía.

            Le digo a Zalabardo que, dada la fecha, 8 de marzo, Día internacional de la Mujer, me interesa centrarme más en la segunda, no tanto por su forma sino por la vigencia de su significado. Mansplaining es un anglicismo que creó la ensayista Rebecca Solnit en su libro Los hombres me explican cosas (2008). Sobre su significado, es ilustrativa la siguiente anécdota: a Solnit le preguntó un periodista sobre qué iban sus libros. Ella comenzó a explicarse y su interlocutor la interrumpió diciéndole: «Es curioso. Estoy leyendo ahora un libro muy interesante que habla sobre ese asunto». Costó hacerlo callar para poder decirle que el libro del que hablaba era precisamente el que acababa de escribir Rebecca Solnit, punto que a él le costaba creer.

            El mansplaining surge cuando se asume una postura de superioridad intelectual respecto a la mujer. Podríamos definirlo como un comportamiento que lleva al hombre a explicar de manera condescendiente a una mujer algo que ella ya sabe dando por supuesto que no lo sabe o que, aun sabiéndolo, sabe menos que él o no lo entiende de manera correcta. Quien practica tal comportamiento no duda en interrumpir a una mujer para explicar de nuevo lo que ella está explicando, incluso en casos en los que ella pueda ser experta en el tema.


            En marzo de 2017, The New Yorker publicaba una caricatura que reproduzco aquí y un artículo de la sicóloga Evelyn Muñoz en el que se lee: «Es una forma de cómo el hombre tiende a manejar los diálogos que establece con otras mujeres sin importar necesariamente el tema del que se está hablando, donde actúa desde una relación de poder que anula consciente o inconscientemente a la mujer en sus opiniones». Y en 2020, Mary Katherine Tramontana publicaba en el New York Times un artículo que comenzaba así: «Es algo común. Es digno de vergüenza. Y algunas personas podrían argumentar que ha sido documentado desde al menos el siglo XVII. Se produce en Twitter. Sucede en el trabajo y en las cenas de Acción de Gracias. En los bares y en las aulas. Lo hacen los hombres famosos, Lo hacen los tíos. Los políticos, los colegas, los hombres que conocemos en citas desagradables, los burócratas y los vecinos también lo hacen. (Quizás, irónicamente, algunos de ustedes lo hagan después de leer esto). Sí, estamos hablando de la machoexplicación».

            Fundéu considera que esta, machoexplicación, podría ser una equivalencia adecuada para el anglicismo mansplaining. E incluso señala como alternativa más formal la fórmula condescendencia machista o masculina, ya que el verbo condescender, ‘tolerar con suficiencia o desdén’ hace hincapié en lo que pretende expresar el anglicismo.

            Termino señalándole a Zalabardo cómo, con independencia de esta o cualquier otra palabra, aun en nuestros días parece difícil, en el momento de juzgar una actuación u opinar sobre una mujer, manejar los mismos criterios que al hacerlo sobre un varón. No se necesita demasiado para comprobar la cantidad de personas que, al referirse a una mujer, no pasan más allá de su físico, su vestimenta, su maquillaje y su peinado. 

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