Le
pregunto a mi amigo si ha leído La península de las casas vacías y
su opinión. Me responde que sí y que considera que es una de las mejores
novelas publicadas en España en los últimos años. Pero Zalabardo, que no suele
estar muy al tanto de las redes ni de las incontables tertulias que nos ofrece
la televisión, me pregunta a su vez si este Uclés es quien ha
protagonizado el enfrentamiento con Pérez-Reverte a propósito de un
fallido acto que iba a celebrarse en Sevilla. Le contesto afirmativamente,
aunque intento aclararle que a veces creo que a uno y otro escritor se los ha
convertido, quizá a su pesar, en protagonistas de una confrontación que otros
han querido montar sobre dicho acto.
Este espíritu cainita, esta actitud maniquea de convertir casi por necesidad cualquier disparidad de opinión en el enfrentamiento del que debe salir un bueno y un malo parece ser algo muy propio de nuestra idiosincrasia española. No otra cosa ―le añado a mi amigo― parece extraerse de un repaso de nuestra historia. ¿Sería nuestra literatura distinta si no contabilizamos choques como los protagonizados por Quevedo y Góngora? ¿Qué sería de la tauromaquia si olvidamos las discusiones en torno a si Ordóñez o Dominguín? ¿Los aficionados al fútbol dormirían igual si no tuvieran que optar entre Ronaldo o Messi? ¿Cómo serían las charlas políticas si no contáramos con Sánchez y Feijóo? ¿Nos resultaría más divertida nuestra televisión si se anulara la posibilidad de elegir entre Pablo Motos y David Broncano?
Necesitamos
de alguien a quien alabar frente a alguien a quien vituperar. Precisamos
decantarnos en la rivalidad entre un malo y un bueno, un Caín y un Abel.
Parece dichas para nosotros, y solo para nosotros, las palabras que el
evangelista Mateo pone en boca de Cristo: «no vine a poner paz,
sino espada. Porque […] los enemigos del hombre serán los de su casa».
Nos
gusta crear enemigos. Ahora tenemos lo de Pérez-Reverte/Uclés. ¿Y
quién no se lanza a la palestra para conceder la razón a uno y quitársela a
otro? ¿Quién resiste la tentación de contar cuál de los dos obtiene más
partidarios dispuestos a intervenir en su favor? Así, los tertulianos ―le digo
a mi amigo― se afanan cuanto pueden en su tarea de «crear opinión» hasta
conseguir de se coloque la vitola de bueno y la de malo a quien consideran que
corresponde en esta lucha que no debería ser tal, sino una muy natural y lícita
diferencia de pareceres.
Zalabardo y yo comenzamos nuestro particular debate, que no es otro sino el de intentar analizar serenamente qué une o qué separa a estos dos novelistas, los dos de calidad, pero cada uno hijo de su padre y de su madre y, además, pertenecientes a generaciones distantes ―casi cuarenta años los separan―, lo que justificaría ya por sí solo que no tengan que presentar unanimidad en sus criterios ni en su manera de ver el mundo. Y es que esa es otra ―le digo a mi amigo―. Hay quien tiende a uniformarlo todo, como si pensar todos lo mismo no fuese la cosa más aburrida y terrible que pudiera darse en una sociedad moderna y civilizada.
Me contesta Zalabardo que lo que digo le hace pensar en aquella espeluznante
distopía, 1984, nacida de la pluma de George Orwell. Y
creo que no le falta razón. Cuando nos enfrentamos a uno de estos episodios en
que dos mentalidades chocan y hay empeño en que la verdad asista solo a una de
ellas, parece como si deseáramos ser regidos por ese Gran Hermano
omnipresente al que nunca vemos, pero de cuya mente emanan los principios del
Partido que todo lo controla. Que añoramos la actuación de la ubicua Policía
del Pensamiento, encargada de vigilar que nadie piense nada diferente a
lo que el Partido quiere que pensemos. Que no dudaríamos en enviar a quienes
nos llevan la contraria a la terrorífica habitación 101, de la
nadie se puede librar más que traicionando su pensamiento y aceptando el que se
le impone. Y que nos plegamos servilmente a la neolengua que lo
simplifica todo para así controlar el pensamiento único y hacer inviables
cualesquiera otras formas de pensamiento.
Ante
este conflicto reciente entre los dos escritores, le digo a Zalabardo que yo
pienso que Arturo Pérez-Reverte es un hombre maduro que ya tiene su vida
hecha; que, con todo lo que tenga de bueno o de malo, se ha ganado el espacio
que ocupa y que tiene todo el derecho del mundo a opinar como opina,
coincidamos o no con él. Como académico, se considera a sí mismo algo así como
el «gamberro de la RAE». En mi opinión, tras la muerte de Javier
Marías y Francisco Rico, sus dos grandes amigos junto a los que
formaba el «trío de gamberros» de la docta casa, Pérez-Reverte se siente
un poco huérfano en su lucha dentro de la Academia.
David Uclés, por su parte, es una persona joven que ha irrumpido con fuerza en los ambientes literarios con una magnífica novela. A su edad, todavía tiene años por delante para modelar y construir la figura que llegue a ser con el paso de los años. Y, con lo de bueno y lo de malo que tenga, va ocupando un espacio propio. Por ello le asiste todo el derecho del mundo a opinar como opina, coincidamos o no con él.
En
este debate, no he leído qué opina David Uclés. Sí he leído una
entrevista con Pérez-Reverte. Le cuento a Zalabardo alguna de sus
respuestas. Sobre el gallinero en que se han convertido muchas tertulias, cree que
ese cacareo vuelve locos a muchos receptores aquejados de orfandad intelectual,
porque, piensa, estamos faltos de una cultura verdadera. Dice también que él
pelea por razones válidas, pero nunca por fanatismo. Y mantiene que con sus
novelas no pretende en modo alguno educar a nadie, sino contar el mundo como lo
ve y como lo ha vivido. Creo que David Uclés firmaría estas palabras y
si, en sus novelas, habla de un mundo que él, por su edad, no vivió, el ímprobo
esfuerzo realizado para documentarse sobre cómo fue bastaría para que, de
haberlo vivido, lo que nos contase no difiriese mucho de lo que muestra en la
novela. Y tampoco creo que él pretenda educar a nadie. Es, por encima de todo,
un novelista.




No hay comentarios:
Publicar un comentario