sábado, febrero 14, 2026

SE BUSCA UN CASTELAR

 

Emilio Castelar (1832-1899) fue político, historiador, periodista y escritor. Aparte de esto, fue presidente de la Primera República Española entre los años 1873 y 1874. Considerado como el más elocuente orador político que haya tenido España, su nombre ha terminado por ser referencia obligada de la buena oratoria. Menéndez Pelayo, aunque ideológicamente muy distanciado del gaditano, admiraba su altura intelectual y dijo de él: «En cada discurso del señor Castelar se recorre la universal historia humana».

            Los tiempos han cambiado mucho y la oratoria ―arte de hablar con elocuencia― es algo que, por desgracia, se va abandonando. Le pregunto a Zalabardo si él consigue soportar un debate de los que se celebran en el Parlamento, tanto si es el nacional como cualquiera de los regionales. Me contesta que hace ya años que abandonó esa costumbre, porque lo pasa mal escuchando las delicias que sueltan sus señorías. Sus intervenciones ―no solo por su contenido, sino más por la forma― suelen ser de una pobreza que impresiona.

            En nada se avienen a lo que escribió Cicerón ―hace ya veintidós siglos― en su tratado De Oratore: «¿Qué hay tan placentero a la inteligencia y al oído como un discurso pulido y engalanado con sabios pensamientos y solemnes palabras?» Hoy, el discurso de un político es tedioso. Los pensamientos que nos ofrecen son zafios y horros de sabiduría y las palabras carecen de solemnidad. Oyéndolos, pensaría uno que para ser parlamentario en la España actual se requiere primero hacer un curso de lenguaje grosero y chabacano que atienda más a insultar y menospreciar al contrario que a convencer al auditorio y, lo que debería ser esencial, a los ciudadanos.

            No hay quien, en el atril o en el escaño, sea capaz de pronunciar cuatro palabras seguidas sin necesidad de leer el papel que llevan preparado o de improvisar una buena réplica. No pocos necesitarían recibir unas clases de lectura fluida, pues no atinan a respetar la entonación, el ritmo y pausas que la lectura pide. Y de esperar elocuencia, ‘hablar deleitando y persuadiendo’, podemos olvidarnos, como de esperar solemnidad en las palabras. Miramos a derecha e izquierda y cuesta encontrar alguien a quien salvar. No hay nadie tan soso, me indica Zalabardo, como Pablo Fernández, portavoz de Podemos; a Ione Belarra, del mismo partido, se le podría recordar que un país no avanza solo utilizando el género femenino al hablar. Si nos vamos al polo opuesto, da grima oír a Isabel Ayuso, que no abandona ni un segundo el gesto de asco que ofrece su rostro y que habla como si continuamente gimoteara; y su amigo Tellado parece un bulldog dispuesto a lanzarnos un mordisco al menor descuido. Y en el pétreo Abascal es difícil no ver a un legionario, tipo Millán Astray gritando: «¡Muera la inteligencia!»

            Hablando de perros y falta de elocuencia, le comento a Zalabardo que los cabezas de los partidos mayoritarios no mejoran a sus subordinados. Sánchez se encuentra cómodo desglosando datos macroeconómicos que muestran el avance del país, pero no se entera de que el pueblo preferiría que les hablase de otra cosa. Los jóvenes querrían oír hablar de las dificultades para acceder a una vivienda; los trabajadores, de la precariedad de sus empleos; y las familias, de lo duro que resulta llegar a final de mes. Y si Feijóo se olvidara de andar presentando denuncia tras denuncia contra Sánchez ante todos los tribunales del mundo, podría dedicar alguna de sus intervenciones, siquiera una de ellas, a explicarnos cuál es la idea de país que él y su partido defienden.

            Me pregunta Zalabardo qué tiene que ver lo que acabo de decir con los perros y la elocuencia. Me disculpo ante mi amigo y le digo que, a veces, me voy por las ramas. Le aclaro que pensaba en que hoy no tenemos un Castelar que entusiasme a la gente. Que nuestros políticos meten la pata hasta en el momento de usar una cita para reforzar sus argumentos. Un día, Sánchez creyó conveniente utilizar un proverbio de Machado, Hoy es siempre todavía. Al momento, Feijóo le saltó al cuello: «¡No insulte usted a Machado! Si lo cita, cítelo completo». Y soltó lo que él llamó las palabras que seguían a las de Machado: Toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir promesas que nos hicimos. Algún cerebro privilegiado de su partido debió de pasarle una chuleta, que el jefe de la oposición leyó engolando la voz. Ni él ni su adlátere sabían que el poema de Machado es ese único verso: Hoy es siempre todavía. Y nada más. La continuación que el jefe de la oposición exigía son palabras que el cantautor Ismael Serrano usó para presentar en un concierto su canción Ahora. Esos deslices reflejan que no se tiene otra cultura que la que aparece en Google, Wikipedia o la IA. Porque ahí es donde encontramos hasta la saciedad las palabras de Ismael Serrano atribuidas a Machado. ¡Ay, si don Antonio levantara la cabeza!

            Claro, que Sánchez no se libra de estas meteduras de pata nacidas de fiarse más de redes sospechosas que del conocimiento adquirido con la lectura de nuestros más preclaros autores. Hace pocos días, en una bronca comparecencia, para defenderse de los ataques que la oposición le dirigía, dijo muy serio: Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos. ¿Todavía no se ha enterado Sánchez de que tal cosa no aparece en el Quijote ni la escribió Cervantes? Por mucho que en internet se la adjudiquen. Fue Goethe quien cierra un poema titulado Ladran de la siguiente manera: …pero sus estridentes ladridos / solo son señal de que cabalgamos.

            «Entonces ―me pregunta Zalabardo― ¿no hay un político del que podamos fiarnos?» Le contesto que, lamentablemente, no hay ningún Castelar entre nosotros. Y que si los hay, unos quedan ocultos por la disciplina de partido. Otros por el sistema electoral español de listas cerradas. Y otros que apuntan maneras acaban fagocitados por el sistema. Pablo Iglesias, que parecía una esperanza contra el bipartidismo imperante y fue uno de los cabecillas de los indignados del 15-M, se dejó abducir por la «casta» contra la que pretendía luchar. Y algunos se medio salvan. Por ejemplo, Gabriel Rufián, republicano catalán, parece seguir la línea de otros parlamentarios ilustres: uno de su propio partido, Joan Tardà y otro que militó en Chunta Aragonesista, José Antonio Labordeta. No comparto la idea independentista de Rufián, pero es uno de los pocos parlamentarios que sabe hablar sin un papel por delante y es capaz de hacer autocrítica: «A la izquierda no nos entiende la gente, no nos sabemos explicar. Hablamos de cosas que no interesan, porque a la gente le interesa que ha subido la luz, y el gas, y la comida...» Me gusta, aunque muchos no crean sus palabras, eso de que «la clase trabajadora de Cornellá y de Vallecas es la misma». O cuando dice que es posible defender los intereses de Algeciras sin dejar de ser catalán independentista. Rufián no es quizá el Castelar que necesitamos, pero hace autocrítica. Los demás ―PSOE, PP, VOX, Sumar, Podemos…―, ni tienen un Castelar ni reconocen los propios errores. Por eso a la gente le cuesta apreciarlos.

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