sábado, mayo 09, 2026

LECTURAS PARA NIÑOS

 

Leíamos hace unos días un artículo de Sergio del Molino titulado Platero, los pedagogos y yo. Le comento a Zalabardo que me satisface encontrar en estos tiempos alguien que defiende una tesis que defendí con fuerza ―aunque con no mucho éxito― cuando me encontraba ya próximo a la jubilación como profesor: que es un error adaptar para preadolescentes lecturas que un preadolescente es capaz de entender sin que se las mutilen de ninguna forma. Eran mis últimos años como profesor y empezaba a encontrarme con Lazarillos adaptados para niños, con Quijotes expurgados, con cuentos reescritos para no herir sensibilidades, con libros especialmente escritos con el objetivo de «educar en valores» y barbaridades de ese tipo. ¿Acaso ―me decía― no se aprenden valores leyendo Oliver Twist, de Charles Dickens, por ejemplo? Pensaba entonces ―y sigo pensando― que es un desatino tal manera de mutilar libros.

            Recuerdo que, a la edad del hijo de Sergio del Molino, entre 10 y 13 años, leía sin problemas La isla del tesoro, de Stevenson; novelas de Verne, como Ivanhoe, de Walter Scott y tantas más. Tenía profesores que me hacían leer fragmentos del Quijote e incluso no olvido que haberme dado a leer el episodio en que la astucia de Ulises libra a él y a sus compañeros del Cíclope despertó años después mi interés por leer la Odisea.


            Muestra primero Sergio del Molino su alegría por que hagan leer a su hijo de 13 años Platero y yo. Pero esa alegría se desvanece al observar que ponen en sus manos una edición «adaptada para niños». ¿Cómo entender la incoherencia de adaptar para niños un libro en el que, nada más abrirlo, leemos «Advertencia a los mayores que lean este libro para niños»? Y se pregunta, con razón, qué clase de pedagogos son los que consideran que un niño de 2026 debe ser más tonto y tener déficits de comprensión lectora que no tenía un niño de 1914, año en que se publicó el libro de Juan Ramón.

            Le digo a Zalabardo que Sergio del Molino, novelista, periodista, premio Alfaguara y premio Espasa, a quien casi doblo en edad, piensa como yo que los niños de aquellos años no éramos más listos que los de ahora y si ―acaso, pues no puedo asegurar que sea así― teníamos una superior capacidad lectora tal vez se debiese a que no nos hacían leer versiones resumidas, asépticas, paternalistas, profilácticas, inanes ―son adjetivos utilizados por este novelista― sino versiones íntegras.

            Qué razón tiene este hombre al afirmar que a los niños como su hijo hay que orientarlos para que se dejen seducir por los misterios del lenguaje, para que gocen con aquello que, tal vez, no logren comprender al primer vistazo, pues ya irán comprendiendo con el tiempo lo que se les pueda escapar en la primera lectura. ¿Comprendíamos mis compañeros y yo en toda su plenitud lo que leíamos? Por supuesto que no. Pero episodios en que el ciego, tras darle a Lázaro la cruel trompada en la cabeza contra el toro de piedra del puente le dice: «Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo», nos enseñaba que hay que espabilar porque según vayamos creciendo habremos de encararnos a muchas dificultades. Y cuando leíamos el episodio en que los galeotes liberados por don Quijote lo dejan maltrecho en mitad de un camino, adquiríamos conciencia de que, aunque la vida nos muestre muchos casos en que un favor desinteresado se ve correspondido con un vil desagradecimiento, la solidaridad sigue siendo una virtud que hay que cultivar.

 


           No sabría decir exactamente a qué edad leí Platero y yo. Quizá fuese durante el tercer curso del bachillerato elemental de entonces, con 13 años. El profesor de Francés ―en eso baso mi recuerdo― nos propuso mantener correspondencia con estudiantes franceses de nuestra edad. Mantuve durante un tiempo un intercambio epistolar con una alumna francesa cuyo nombre no recuerdo, aunque por algún lado debo conservar una foto suya. Y en varias de esas cartas, recuerdo, tuve la osadía de enviarle la traducción que, en un pésimo francés, hice de algunos capítulos del libro de Juan Ramón Jiménez, que leía por aquellos días.

            Tampoco recuerdo qué edición es la que utilicé para mi primera lectura. Si la edición de 1914, con solo 63 capítulos, o la de 1917, la versión definitiva, ya con 138 capítulos. La Lectura hizo una edición que iba acompañada de un Prologuillo en el que decía; «Suele creerse que yo escribí Platero y yo para los niños […] Yo nunca he escrito ni escribiré para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones». Más tarde desapareció este prologuillo y apareció el que todavía vemos hoy como «Advertencia los hombres que lean este libro para niños». Y en un texto inédito preparado para otra edición, leemos: «Yo creía y creo que a los niños no hay que darles disparates para interesarles y emocionarles, sino historias de seres y cosas reales tratados con sentimiento profundo, sencillo y claro. […] No es, pues, Platero, como tanto se ha dicho, un libro escrito sino escojido para los niños».

 


           Aclarado todo esto, le comento y muestro a mi amigo las ediciones que poseo de Platero y yo. No conservo la primera que leí, pero sí dos ejemplares facsimilares de la de 1914, con ilustraciones de Fernando Marco; una, realizada por la Asociación de Libreros Españoles en 1973 y otra, por La Despensa de Palacio, fábrica de mantecados de Estepa, en 2014, con motivo del centenario. También tengo una edición facsimilar de la editada en Paris, en 1950, por la Librairie de Éditions Espagnoles, con ilustraciones de Bartolomé Lobo. Otra de Aguilar, de 1958, con ilustraciones de Rafael Álvarez Ortega. Y tengo la de Cátedra, así como una que publicó Castalia en 2014 con ilustraciones de Kabe Solas, que si se puede considerar para niños es solo por el colorido de las ilustraciones.

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