lunes, septiembre 26, 2011


ALGO MÁS SOBRE ANTROPÓNIMOS Y TOPÓNIMOS  


    Numerosas son las veces que he discutido con Zalabardo acerca de la necesidad o no de volver sobre asuntos ya tratados anteriormente en esta Agenda. Él me dice que son ya tantos los apuntes recogidos que siempre habrá alguien que se haya perdido alguno de ellos, razón que justifica la repetición. Y yo le digo a él que, primero, habría que saber cuántas personas leen estos apuntes si es que queda alguno de los antiguos lectores; y, segundo, que es muy discutible la fuerza o autoridad que yo pueda tener para que los lectores residuales que queden se sientan empujados a seguir lo que aquí se sugiere o, simplemente, interesados en ello.
    Cuando le digo esto, Zalabardo me responde que no me ha cedido su Agenda para que me ande con remilgos sobre quién me lee y quién no, sino para que difunda cuestiones relativas a usos lingüísticos que pudieran tener algún interés. Después, pasará como en la parábola evangélica: que parte de esta semilla lanzada caerá en tierra baldía o en duros caminos y se perderá; pero que la que caiga en tierra labrada producirá por toda. Porque, sentencia para acabar, lo hecho estará hecho por siempre.
    Todo esto ha venido a cuento porque él me sugería que valdría la pena hablar sobre la traducción de los nombres extranjeros y sobre los topónimos españoles en lengua vernácula. Yo le contesté que eso ya había sido tratado y alguien me podría acusar de pesado y reiterativo. Pero Zalabardo, que, según sabéis, es un martillo pilón cuando le interesa, sigue erre que erre con el tema.
    En fin, vamos allá. Y todo es porque un día solicitó mi opinión sobre quiénes tenían razón, los que sostenían que la nuera del príncipe Carlos de Inglaterra debería ser llamada Catalina, o los que se oponían y la seguían llamando Kate o Catherine. En esta polémica, había quien argumentaba, defendiendo la segunda opción, que no existía mayor ridiculez que la imaginar a los ingleses llamando John Charles a nuestro rey. Ante tan irrebatible argumento, cedo y le contesto.
    Pero la cuestión no es tanto cómo actúan los ingleses o qué pueda ser más correcto. La cuestión es esta otra: ¿cuál ha sido la postura tradicional de nuestra lengua? Pues muy clara: desde siempre, que es como decir desde el siglo XIV aproximadamente, nuestra lengua tendía a hispanizar todos los nombres de personajes extranjeros de alguna relevancia. Ejemplo de ello tenemos en Tomás Moro, Martín Lutero o Juana de Arco. No digamos ya respecto a aquellos nombres propios de lenguas que tenían alfabeto no latino, como Avicena por Ibn Sinna o Confucio, en lugar de Kung Fu-Tzu. Incluso se españolizaban nombres que hoy han caído en desuso, como Juan Gutembergo.
    El tiempo, que lo cambia todo, también ha tenido efecto en esto y parece que ya no es tan firme ese comportamiento. Por ello, si leemos la nueva Ortografía de la lengua española, hallamos que, en la actualidad, solo deben hispanizarse los siguientes antropónimos: 1. El nombre que adopta un papa para su pontificado, aunque no su nombre seglar: Juan XXIII (sin embargo, nos encontramos con que al papa actual lo llamamos Benedicto y no Benito, como correspondería). 2. Los nombres de los miembros de las casas reales: Gustavo de Suecia (pese a que es común decir Harald de Noruega) 3. Los nombres de santos, personajes bíblicos y personajes históricos célebres: san Juan Bautista, Nicolás Copérnico. 4. Los nombres de indios norteamericanos: Toro Sentado, Caballo Loco. 5. Los nombres propios motivados, como apodos o apelativos y sobrenombres de personajes históricos: Iván el Terrible, Catalina la Grande.
    ¿Y qué pasa con los topónimos, es decir, los nombres de lugar? En principio diríamos que el comportamiento ha sido idéntico. En España siempre se dijo Mastrique para lo que hoy no aparece sino como Maastricht, como se dijo Maguncia en lugar de Mainz o Trebisonda, o Trapisonda, en lugar de Trabzon. O aun hoy decimos Bombay y no Mumbaí, o Costa de Marfil en lugar de Côte d’Ivoire. Incluso hay casos sangrantes. En la actual edición de la Liga de Campeones, ha entrado un equipo checo que la prensa menciona como Viktoria de Plzen. ¿Es que quienes esto escriben no saben que esa ciudad ha sido siempre conocida en nuestro país como Pilsen, famoso centro cervecero que incluso ha dado su nombre a un determinado proceso de elaboración de tal bebida?
    Pero, y ahí parece que es es donde Zalabardo quiere pillarme o, al menos, ponerme en trance de que me pille el toro, ¿qué pasa con los nombres españoles procedentes de una lengua vernácula? Si decimos Londres y no London, ¿por qué habremos de decir Lleida en lugar de Lérida o Gasteiz en lugar de Vitoria? Ya sé que aquí juega tanto, o más por desgracia, la política como la lengua. Por eso, y porque quiero ser claro en esta cuestión, opto por leerle el párrafo que a tal dilema dedica la Ortografía (pág. 642): … en España, muchos topónimos de las zonas bilingües cuentan con dos formas, una perteneciente a la lengua española y otra perteneciente a la lengua autonómica cooficial. Lo natural es que los hablantes seleccionen una u otra en función de la lengua en la que estén elaborando el discurso. En consecuencia, los hispanohablantes pueden emplear, siempre que exista, la forma española de estos nombres geográficos, y transferir aquellos topónimos que posean una expresión única, catalana, gallega o vasca.
    ¿Cómo hay que interpretar eso? Para mí, le digo a Zalabardo, la cuestión es muy fácil: si, como afirma el texto académico, elaboramos un discurso en castellano, habremos de decir, sin ninguna clase de prejuicio ni complejo, Gerona, Lérida, Tarrasa, Orense, Vitoria o Fuenterrabía (en lugar de Girona, Lleida, Terrassa, Ourense, Gasteiz u Hondarribia) porque son las formas tradicionales en nuestra lengua, mientras que, en cualquier caso, utilizaremos las formas Puigcerdà o Basauri, que son las únicas utilizadas desde siempre.
    Lo anterior es, le digo a Zalabardo, la norma. Pero, como estoy harto de repetir, el uso va a su aire y, como se dice de los del Señor, sus caminos son inescrutables.

lunes, septiembre 19, 2011

                                                                                             Artificio de Juanelo

PALABRAS COMODÍN

    En un tiempo en que parece valorarse más que otra cosa la polivalencia (que algunos, erróneamente, llamarán versatilidad), deberíamos reconocer que tal polivalencia no se aviene demasiado con el lenguaje. Discutíamos hace unos días Zalabardo y yo acerca de si la pobreza léxica es algo de nuestros días o viene arrastrando desde tiempo atrás. La verdad es que, aunque nuestros criterios diferían alguna vez, en el fondo estábamos bastante de acuerdo. En un momento de la charla salió a relucir la expresión palabras comodín y él me preguntó qué quería indicar con ella. Y como yo suelo guardar muchos textos que pueden interesarme en algún momento, rebusqué entre mis recortes y saqué uno que le di a leer.
    Era un fragmento de una carta al director que enviaba a un periódico el excanciller mexicano y profesor de la Universidades de Nueva York y de la Autónoma Nacional de México Jorge Castañeda en donde podía leerse: Jamás le pedí dinero, ni me lo dio; jamás le pedí favores, ni me los hizo; jamás le pedí servicios o negocios, ni me los brindó. No hay duda de que la oración está construida con un absoluto cuidado del estilo. Se construye una correlación pedir-dar en la frase; pero así como en el primer elemento se repite siempre pedir, lo que aporta fuerza, en el segundo se ha escogido cada vez un verbo diferente, lo que aporta calidad, aparte de ser más apropiado: el dinero se da, pero el favor se hace o se concede, así como los servicios se brindan o se ofrecen.
    Si hubiésemos optado por valernos cada vez el verbo dar, no solo estaríamos escribiendo una frase estilísticamente defectuosa sino que estaríamos utilizando una palabra comodín, que es aquella que, de tanto emplearla en lugar de otras más precisas, acaba por vaciarse de significado.
    Y trato de ponerle un ejemplo tan fácil como el siguiente: si a un grupo de personas solicitamos que nos aclare qué es un berbiquí, un bisturí, un microscopio o la maquinaria que ideó Juanelo para subir las aguas del Tajo hasta la ciudad, observaremos que un elevado número de ellas contestará que cada palabra designa ‘algo o una cosa que sirve para…’. De esta manera, tenemos que algo y cosa se han convertido en palabras comodín, ya que cosa, por coger uno de los términos, tiene un significado excesivamente genérico y no define con precisión ninguno de los objetos que solicitamos.
    ¿Y es incorrecto emplear palabras comodín?, me ataja Zalabardo. Ni mucho menos, aunque sí debemos afirmar que se trata de un vicio y de que es síntoma de pobreza léxica y de estilo poco elegante; vicio, por otra parte, muy extendido en nuestros días.
    La pobreza léxica debe ser combatida y desterrada y nadie debería alcanzar los niveles universitarios en sus estudios adoleciendo de ella. Sin embargo, la realidad es que cada vez resulta más acentuada esta carencia de un léxico suficiente, no ya en universitarios, sino en profesionales de toda clase. Quiero recordar que hace años, aún ejercía yo mi función de profesor, era costumbre plantear a los alumnos que terminaban ya sus estudios medios y aspiraban a ser universitarios ejercicios de léxico como el que comento. Se les pedía que emparejasen las palabras utilizadas más arriba, por seguir con el mismo ejemplo, con estas otras: aparato, artificio, herramienta e instrumento. Con ello se les hacía pensar y tener en cuenta que no siempre los aparentes sinónimos son del todo equivalentes. Ignoro si se siguen practicando ejercicios de esta naturaleza.
    Y es que la maquinaria que inventó Juanelo es un artificio porque (cojo todas las definiciones del Diccionario de María Moliner) es ‘un dispositivo o procedimiento ingenioso o hábil para conseguir cierto efecto’; el berbiquí es una herramienta porque es ‘un objeto, generalmente de hierro, que sirve para realizar un trabajo manual’; el bisturí es un instrumento porque es ‘un objeto simple o formado por varias piezas, que se utiliza con las manos para ejecutar trabajos más delicados que los que se ejecutan con los útiles llamados herramientas’ y, por fin, el microscopio es un aparato porque es ‘un utensilio, de menor tamaño que los llamados máquinas, formado por diversas piezas ajustadas unas con otras, con o sin mecanismo’.
    El campo de las palabras comodín es muy vasto, le aclaro a Zalabardo, y se nos muestra cada vez que repetimos verbos excesivamente polisémicos (haber, hacer, tener, ser…) o sustantivos del tipo cosa, cuestión, tema y semejantes.
    La pobreza léxica se corrige, le digo, leyendo y, por supuesto, manejando los diferentes diccionarios de que podemos valernos. También hay otros libros que nos ayudan en la tarea. Uno de ellos es el Manual de español correcto de Leonardo Gómez Torrego. En el volumen segundo, en el capítulo sobre cuestiones de estilo, hallamos algunas páginas con consejos útiles. En ellas podemos ver ejemplos como los que siguen: que mejor que hacer una película es rodarla, que las preguntas se formulan mejor que se hacen, que si bien se puede hacer un daño, es más propio decir que se inflige, o que las faltas se cometen y las estatuas se esculpen en lugar de que hacerse. O que en lugar de decir tener un cargo o tener una actividad queda mejor decir que el cargo se desempeña y la actividad  se desarrolla. O que quien tiene una enfermedad la padece. Y así, quedaría mejor decir que una firma se estampa en lugar de se pone, igual que es mejor decir que corren rumores en lugar de hay rumores. Y, de esta misma forma, cuando asociamos decir a secreto, verdad, juicio, ideas, etc., queda mejor afirmar que los secretos se revelan, las verdades se manifiestan, en los juicios se declara o las ideas se exponen.
    Podría seguir dando ejemplos, pero Zalabardo dice que ya ha entendido bien qué sea una palabra comodín y que si bien lo poco se agradece, lo mucho empacha. Y como entiendo su indirecta, opto por callar, que en boca cerrada no entran moscas.

lunes, septiembre 12, 2011




BOCA A BOCA

    El verano, lo vemos por las temperaturas que padecemos, no ha concluido aún, pero me dice Zalabardo que ya está bien de descanso y que va siendo hora de que esta Agenda retome su ritmo habitual. Iniciamos por tanto, pues ya os he dicho que mis biorritmos funcionan así, el nuevo curso.
    Y puestos a ello, aprovecho que Zalabardo me planteaba hace unos días el hecho de que los hablantes abandonen unos giros o palabras y los sustituyan por otros que, a lo que parece, son menos correctos que los sustituidos sin que nadie haga nada. ¿No es posible —me decía—que la Academia, o quien sea, actúe de oficio y ponga las cosas en su sitio, restituyendo el giro repudiado por el uso? Zalabardo, que por lo común tiene las ideas muy claras, se hace en ocasiones un lío con cuestiones del lenguaje y me exige respuestas y soluciones que, a decir verdad, yo no soy capaz de ofrecerle. Al menos, tan meridianamente como él pretende.
    Trato de explicarle, recurriendo a la frase atribuida al torero Rafael Guerra, Guerrita, que lo que no pué sé no pué sé, y además es imposible. O sea, que el uso de la lengua es como un torrente impetuoso que baja por la ladera del monte y nadie puede alterar su curso por mucho que lo pretenda. ¿Y qué pasa, entonces? Cuando el uso impone una palabra o giro que consideramos “incorrecto” o “inadecuado” en lugar de otros que serían los “correctos”, pueden suceder dos cosas: que el nuevo uso fracase y las aguas vuelvan, solas, a su cauce; o que triunfe y, entonces, el agua abra otro ramal que baje paralelo al primitivo o, incluso, triunfe sobre él; si es así, no nos quede otra cosa que hacer sino aceptar los hechos.
    Procuro aclarárselo con un ejemplo que me parece adecuado: si nos preguntaran, diríamos que “siempre” (y fijaos que entrecomillo el siempre como hice antes con correcto e incorrecto) se ha dicho que divulgar algo de manera oral es una transmisión boca a boca. Sin embargo, nos encontramos con que hoy se está haciendo usual decir boca a oreja. ¿Qué es lo correcto?, se preguntarán muchos. Estuve tentado de preguntárselo a Zalabardo, pero no lo quise poner en el compromiso. Ante la duda, decido investigar un poco. Y lo que encuentro es lo que sigue:
    María Moliner recoge en su diccionario boca a boca con dos valores: ‘forma de respiración artificial’ y ‘transmisión oral de una información’. Manuel Seco, por su parte, la recoge igualmente con esos dos mismos sentidos. ¿Y el DRAE? Pues el DRAE, sencillamante, no la recoge; o, por mejor decir, la recoge con solo el primero de los dos significados aludidos, ‘dicho de la respiración artificial’. ¿Por qué? Pienso yo que, imagino, por la simple razón de que lo que el diccionario académico recoge para la segunda opción es otra expresión, de boca en boca, ‘dicho de propagarse una noticia, un rumor, una alabanza, etc., de unas personas a otras’, giro que Seco no recoge, pero sí Moliner, que aclara que se utiliza con andar, correr, pasar, transmitirse, etc. ¿Son dos expresiones diferentes y, por alguna razón, la primera se ha apropiado del significado de la segunda? ¿Es, por tanto, anterior de boca en boca y posterior boca a boca? No lo sé, ni creo que haga falta saberlo para lo que aquí interesa. Pero debo decir que me viene a la cabeza un fandango de El Cabrero que dice así: No critiques a mi copla / y apréndela tú también. / Que corra de boca en boca / pa que el pueblo sepa bien /quien lo engaña y quien lo explota. Y es preciso decir que, por lo común, el habla popular es más remisa a introducir cambios y, por ello, más respetuosa con los modos tradicionales y primitivos.
    ¿Y qué pasa con boca a oreja? No estoy seguro de lo que digo, pero creo haber leído en algún lugar que es un giro del catalán, que dispone de una forma bocaorella para expresar lo mismo. Estaríamos, pues, en el terreno de los préstamos y ya sabemos que este es un campo muy extenso sobre el que se podrían decir muchas cosas. Se suele decir, y yo lo he dicho varias veces en esta Agenda (le aclaro a Zalabardo), que nunca un préstamo debiera prevalecer si viene a sustituir a una forma clara de la que ya se dispone y se hace uso. Pero esa es la teoría y otra cosa diferente es el comportamiento lingüístico de los hablantes. Ya se sabe, eso del torrente que decía al principio.
    Zalabardo, que es tozudo, insiste: ¿pero qué es lo que debemos decir? Yo, que me veo precisado a tomar partido, le respondo que, por lo que a mí respecta, seguiré utilizando, indistintamente, de boca en boca, que quizá sea el giro primitivo, y boca a boca, pues los dos me parecen más naturales y espontáneos, mientras que boca a oreja me resulta más artificioso y producto de una moda pasajera (que, no obstante, podría triunfar).
    Ah, y respecto a lo que Zalabardo me dice de que nadie hace nada, debo decirle que eso no es verdad. Que la Academia (rae.es) procura llamar la atención sobre los usos inadecuados, al igual que la Fundación de español urgente (fundéu.es). Y, en caso de dudas, siempre nos podemos dirigir a cualquiera de las dos instituciones, que nos responderán con prontitud.

domingo, septiembre 04, 2011


EL CAMINO DE SANTIAGO. HISTORIAS Y ESTAMPAS DEL CAMINO. Y 4

    La Compostela. La Compostela es el certificado o diploma que acredita que se ha hecho el Camino, al menos en sus últimos 100 kilómetros. Es algo así, supongo, como la medalla que recibe el corredor que llega primero a la meta. Solo que en este caso todos los caminantes somos ganadores. El Camino no es una competición en la que debas derrotar a otros; si acaso, es un reto contra uno mismo. En Labacolla, a diez kilómetros del final, entramos en un restaurante llamado San Paio para resguardarnos de la lluvia y para tomar fuerzas con que afrontar el último tramo. Allí fue otro peregrino, ya avezado en cuestiones del Camino, quien nos dio el consejo: “Cuando lleguéis a Santiago, no vayáis de inmediato por la Compostela. Las colas son interminables. Esperad a mañana, a primera hora, cuando abran la Oficina del Peregrino”. Seguimos su consejo y hay que decir que nos fue bien, ya que a esas horas tan tempranas apenas si había nadie, pues los peregrinos van llegando de media mañana en adelante.
    Para hacerse acreedor de la Compostela hay que rellenar un cuestionario: nombre, edad, lugar de procedencia, lugar donde se ha iniciado la ruta, razón por la que se ha hecho el Camino y cosas así. Ahora se hace por escrito, en una hoja que te ponen por delante. Pero hubo un tiempo en que el cuestionario era oral. Yo siempre recuerdo la anécdota de un pariente, poco acostumbrado a caminar, que, cuando llegó a recoger su certificado y le preguntaron: “¿Por qué ha hecho usted el Camino, por piedad, por turismo…?”, respondió muy serio: “Yo, por gilipollas, porque si llego a saber lo que cansa esto me hubiese quedado en mi casa”.

    La Taberna do Bispo. Durante el Camino, la verdad es que no va uno con mucho pensamiento de meterse en experiencias gastronómicas y se come más pensando en reponer fuerzas que en otra cosa. Al menos es lo que nos ha ocurrido a nosotros. Eso no quiere decir que se tenga que dejar pasar alguna que otra oportunidad. Como la de seguir el consejo que nos dio Javier López sobre la necesidad de comer el pulpo que preparan en Casa Ezequiel, de Melide. Para mi gusto, debo decirlo, un poquitín pasado de pique.
    Pero, ya en Santiago, la cosa era diferente. La rúa do Franco es una pura sucesión de pulperías, marisquerías, restaurantes típicos, restaurantes modernos, confiterías y locales de todo tipo. En el tiempo que estuvimos en la ciudad, probamos cuanto pudimos. Aunque parezca exigente, lo cierto es que tampoco fue para tirar cohetes. Aunque un local sí nos convenció: La Taberna do Bispo. Especializado en tapas y raciones, hay que llegar más bien temprano porque siempre está a reventar. Sirven la cerveza en un grado justo de frescor, me acordé de José Francisco, y un ribeiro más que pasable. Además, poseen una carta amplia y, no obstante, sumamente variada. Todo de calidad y a precios muy razonables. José Manuel Mesa, que tiene bastante de sibarita, creo que no saldría disgustado de allí, aunque vaya usted a saber.

    A Cidade da Cultura. Santiago no es solamente el Camino y un casco histórico perfectamente conservado. Cada vez que he ido, aparte de por los alrededores de la Praza do Obradoiro, me ha gustado pasear por el bello Parque de la Alameda, por la Praza de Mazarelos y la de la Universidad, ver a las vendedoras que ofrecen sus productos en el exterior del mercado de la rúa das Ameas…
    Pero Santiago quiere abrirse también al siglo XXI y esta vez iba con ganas de conocer algo que solo había podido contemplar en documentales de televisión: A Cidade da Cultura. Se levanta en la cima del monte Galás, dominando el resto de la ciudad, y su proyecto está firmado por el arquitecto Peter Eisenman. Es un conjunto en cuyo exterior se conjugan perfectamente piedra y cristal y que pretende convertirse en un polo cultural que, según la campaña institucional, acogerá servicios y actividades destinados a la preservación del patrimonio y la memoria, así como el estudio, investigación y experimentación en los ámbitos de las letras, el pensamiento, la música, el teatro, la danza, el cine, las artes visuales, la creación audiovisual y la comunicación.
    Cuando se contempla por fuera, cuesta imaginar qué hallará uno en el interior. Por fuera, la fortaleza y firmeza de la piedra se combina con la suavidad de sus líneas, que semejan fundirse con el monte sobre el que se apoya. En el interior, un estallido de luz sorprende por todas partes, iluminando el blanco de los muros y pilares. Hasta ahora, solo se han terminado el edificio del Archivo de Galicia y el de la Biblioteca. Y no se puede negar que son bellos por dentro y por fuera. En el primero pudimos visitar una interesante exposición de máquinas de escribir de todas las épocas. Pero el segundo, aparte de una muy extensa muestra de obras de Camilo José Cela en todos los idiomas imaginables, parece recoger unos fondos, por lo que puede apreciarse, que no van muy allá. Pese a lo acogedor de las mesas y ámbitos de lectura en que el local se distribuye.
    De todas formas, tal vez esta Cidade da Cultura sea uno más de esos proyectos faraónicos que en nuestro país se llevan a cabo sin tener muy clara la cuestión de qué se hará con ellos una vez estén concluidos. Desde luego, no parece que se avenga muy bien con esta época de crisis que estamos padeciendo.
    Y se acabó el viaje. Espero que Zalabardo se dé por satisfecho con esta serie de estampas que le he proporcionado.

lunes, agosto 29, 2011


EL CAMINO DE SANTIAGO. HISTORIAS Y ESTAMPAS DEL CAMINO. 3

    Taberna Farruco. Furelos es una pequeña parroquia de Melide, apenas 250 habitantes, a la que se entra tras cruzar un bonito puente medieval del siglo XII. En una revuelta de las que el Camino hace entre las casas de la población, un pequeño local sorprende al caminante. Se llama Taberna Farruco y ameniza la estancia y descanso del viajero con ¡sevillanas rocieras!

    Una lección de geografía política. O Pedrouzo es el final de la penúltima etapa, antes de afrontar la llegada a Santiago. En O Pedrouzo, al igual que antes en Palas de Rei, nos tomamos un día de descanso. Pero este descanso no era realmente tal, pues para mantener los músculos en forma nos buscábamos alguna ruta por el concello que nos permitiera conocer otras sendas que no fueran solo las del Camino. En Palas, en el hotel nos ayudaron a diseñar una de estas rutas: Palas-ribera del río-Carballal-Lalín-Palas. Aproximadamente, unos ocho kilómetros. En O Pedrouzo, paseamos por los bosques de los alrededores.
    Pero lo que quiero contar aquí es el galimatías administrativo que puede ser Galicia para quien no esté al tanto. La Comunidad está dividida en comarcas; las comarcas, en concellos (municipios); y los concellos, en parroquias. Pero, a veces, suceden cosas curiosas, como la que voy a comentar. Cuando el Camino llega, a falta ya de veinte kilómetros para Santiago, a una intersección con la carretera de Lugo a Santiago, un cartel reza: O Pedrouzo. Pero si a esta misma población se entra desde la intersección de la continuación del Camino con la carretera de Lameiros, el cartel que hay junto a la señal de stop dice: O Pedrouzo-Arca. Y en esta misma carretera, unos metros más adelante, un tercer cartel nos dice: Arca.
    Para complicar más la cosa, cuando pedimos información sobre la situación de la iglesia de O Pedrouzo, pues queríamos sellar la credencial del peregrino, en el frontal del templo al que nos enviaron pudimos leer: Iglesia de Nuestra Señora de Arca; y en el sello que nos pusieron dice textualmente: Parroquia de Arca y Pino. Si alguien se ha perdido a estas alturas, le aviso que no hay error en el relato, que igual de perdidos nos sentimos nosotros. Así que, al salir de la iglesia, nos dirigimos a una señora que venía en dirección opuesta a la nuestra y le preguntamos: “Señora, ¿cómo se llama este lugar donde estamos?” A lo que nos respondió: “Esto se llama O Pino”. Comprenderéis nuestra sorpresa. Intenté continuar el interrogatorio: “¿Pero esto no es Arca?” “Sí”. “¿Entonces…?”, añadí. La buena mujer, armándose de paciencia, dijo: “Es que Arca es O Pino. ¿No han visto ustedes ahí arriba la Casa del Concello (ayuntamiento)?” “Pero eso está en O Pedrouzo”, insistí, creyendo que nos tomaba el pelo. Y la señora, viendo las pocas entendederas nuestras, optó por una respuesta más larga: “Es que O Pedrouzo es Arca y Arca es O Pedrouzo. Y todo es O Pino. O Pino es el concello, cuya capital es O Pedrouzo, que es Arca. Por eso, O Pino es todo y lo demás son parroquias, que en este concello son doce (y las enumeró, según tuve después ocasión de observar, alfabéticamente): Arca, Budiño, Castrofeito, Cebreiro (que es distinto de O Cebreiro de Lugo), Cerceda, Gonzar, Lardeiros, Medín, Pastor, Pereira, San Mamede de Ferreiros y San Verísimo de Ferreiros”.
    Le dimos las gracias a la señora por su buena información y la dejamos con cara de estar pensando que éramos, pese a venir de tan lejos, personas que ignorábamos hasta cómo se llamaba la tierra que pisábamos.

    Labacolla. Esta población se encuentra ya en la última jornada del Camino, a solo 10 kilómetros de su finalización. Actualmente, en ella se encuentra enclavado del aeropuerto de Santiago. Pero lo peculiar de esta población es, precisamente, su nombre, debido al del río homónimo que la cruza. ¿Qué importancia tiene tal corriente? En lo antiguo, mucha, ya que a sus aguas se les concedía un efecto lustral, es decir, de purifi-cación. Aquí es donde los peregrinos se paraban para lavar sus ropas y sus llagados cuerpos antes de presentarse, por fin, ante la tumba del apóstol. De ahí, de ese carácter lustral, purificador, tomaron su nombre río y lugar. Lo que muchos ignoran es el significado de tal nombre. Yo lo supe leyendo el primer volumen del Diccionario secreto (sobre coleo y afines), de Camilo José Cela. Porque dicho nombre significa, literalmente, ‘lavacojones’. El origen es fácil de rastrear. En el Liber Sancti Iacobi, sí, ese libro que han robado, su autor, Aymeric Picaud, habla de “un río que dista de la ciudad dos millas, en un frondoso lugar, al que llaman Lavamentula (‘lavagenitales’), donde los peregrinos lavan no solo sus mentulas (‘genitales’), sino todo su cuerpo y sus ropas”. La razón y el momento del cambio en el hidrónimo del latino mentula (más genérico) por el también latino colea (más específico) son aspectos que ya desconozco. Eso sí, aunque la lluvia ya nos había mojado bastante, yo quise cumplir la tradición mojándome las manos, al menos, en aquel río.

    Monte do Gozo. O mi gozo en un pozo. El caminante de Compostela tiene, cuando parte, dos objetivos: llegar a Monte do Gozo y llegar a Santiago. El primero es índice de que se han podido superar las fatigas del Camino (y, en consecuencia, de que nada impedirá ya el logro del segundo), de que se han vencido las ampollas, las torceduras de tobillos, el dolor de las rodillas, la incomodidad de la lluvia y el peso del calor, cada cosa en su momento, cuando no varias de ellas juntas. Monte do Gozo es una colina desde la cual ya es posible contemplar Santiago. Dicen que, en la antigüedad, los peregrinos, cuando llegaban a este lugar, se arrodillaban y daban gracias al apóstol por haberlos ayudado a superar todos los inconvenientes.
    Pero a mí, he de decir, me ha desencantado. Con lo que allí se ha hecho, Monte do Gozo tiene toda la fealdad y frialdad de un moderno centro comercial, y el monumento que se levantó en su cumbre para conmemorar la visita de Juan Pablo II en 1992 desentona, a mi juicio, con los humildes y bellos cruceiros y con las pequeñas iglesias que, esos sí, han acogido y animado al peregrino durante el Camino.
    No obstante, la visión de Santiago tan a tiro de piedra, conmueve el ánimo. Desde esta colina, ya solo queda algo más de una hora para poder dar el abrazo al apóstol. Entonces sí, el Camino habrá terminado.

lunes, agosto 22, 2011


EL CAMINO DE SANTIAGO. HISTORIAS Y ESTAMPAS DEL CAMINO. 2


    Las piedras del Camino. Es inveterada costumbre que los caminantes vayan dejando piedras en determinados lugares del Camino: en la base de los cruceiros (tanto en los tradicionales como en los más modernos), en las piedras miliares, en los muros de las iglesitas, en las fuentes, en algún altarcito levantado para recordar la muerte de un peregrino. La costumbre proviene, dice la tradición, de cuando se empezó la construcción de la catedral de Santiago, pues se pedía a los peregrinos que colaborasen llevando piedras. La recta costumbre es traer una piedra del lugar de origen de cada uno, aunque la verdad es que cada cual la coge de donde puede y quiere. Más modernamente, los caminantes han comenzado a dejar papelitos con mensajes escritos, fotografías, alguna prenda personal (hemos visto hasta zapatos desechados). Pero hay inconscientes que han llegado a más: como los que cubren hasta la saciedad las piedras miliares y los indicadores de ruta con sus nombres u otros mensajes. O, como vi en alguna de las etapas, quienes van dejando en cada árbol un pasquín que anuncia alquileres de apartamentos en la Costa del Sol.

    La primera guía. Cuando salgo de vacaciones, suelo olvidarme casi por completo de los periódicos y de la televisión. Solo de vez en vez compro algún ejemplar de un diario de la zona en la que me encuentro para informarme sobre los asuntos locales. Así, el día de descanso en Palas de Rei compré La Voz de Galicia y en sus páginas lo vi. Habían robado de la catedral el Codex Calixtinus, o Liber Sancti Iacobi, que es el título más propio de este manuscrito del siglo XII. Este códice no pasaría de ser un ejemplar más o menos curioso por su antigüedad pero de contenido muy común en todos los de la época: ritos y liturgia, colección de milagros, partituras musicales, leyendas sobre Carlomagno. Pero hay algo que le confiere su auténtico valor. Es, posiblemente, la primera guía de viaje de la historia y la primera en ofrecer una descripción pormenorizada del Camino de Santiago en su primigenio trazado, el que se conoce como el Camino francés. Aymeric Picaud, su autor, reseña hospitales, monasterios, iglesias, lugares, etapas, para quien quiera peregrinar hasta la tumba del apóstol, al tiempo que avisa de los lugares peligrosos para el viajero. Algunas etapas se mantienen aún hoy tal como Aymeric las describía. Sorprende de este robo la facilidad con que han actuado los ladrones y la deficiente seguridad que acompaña a muchas joyas de la antigüedad. Cuando leí la noticia pensé en la consternación que embargaría a los caminantes. Pero la verdad, según pude notar, es que eran muchos los que desconocían la existencia de tal libro y muchos más los que ignoraban que caminasen por una ruta que había sido ya recogida y explicada en libro por un monje francés del siglo XII.

    It’s mine! Podría decirse que desayunar a las seis de la mañana con una barrita energética, un zumo de cartón y una tableta de vitaminas no es lo más apetecible para iniciar una jornada del Camino. Por eso el cuerpo exigía, sobre las nueve o las diez, un tipo de condumio más acorde con la costumbre de uno. Pero parece que, en Galicia, no es demasiado buena idea solicitar tostadas con aceite; y menos si en la petición se añade, además, un diente de ajo. No tanto por la cara de extrañeza sino por el mal aceite que te ponen. Y si hablamos de La Taberna de Coto, en el límite entre Lugo y A Coruña, donde no tenían tostadas, al mal café con leche que servían se unía un bizcocho aún peor.
    Por eso, cuando al día siguiente, cuarta etapa de nuestro Camino, azotados por una lluvia inmisericorde, llegamos a Boente, al mesón Os Albergues, los ojos nos hacían chiribitas al ver sobre una mesa del local una botella de aceite virgen extra del que, en aquel momento, disfrutaban una señora inglesa, algo metidita en años y en carnes, y su hija, de mejor buen ver. Pedimos nuestro café con leche bien calentito y las corres-pondientes tostadas, ese día con tomate. Yo, muy educadamente y pronunciando un fino “con permiso”, me acerqué a la mesa de las inglesas y cogí la botella de aceite y el salero. La inglesa mayor puso una cara de estupor que no es posible imaginar. Se levantó de inmediato y con voz tronante gritó: “It’s mine!”. Comprendí mi error y me excusé como pude. La inglesa, no obstante, reaccionó pronto y nos ofreció no solo su aceite (ya queda dicho que en el Camino se comparte todo) y su sal sino también un cartón de zumo que sacó de su mochila. Al final, aceptamos su ofrecimiento y pudimos desayunar tostadas con buen aceite. La duda que nos quedó luego y que nos dio tema de conversación hasta el final de etapa es cómo se las podría arreglar la inglesa para que en la mochila no se le abriera la botella de aceite, de plástico, ni se le derramara el zumo del cartón.

    Las peregrinas de Leboreiro. La etapa Palas de Rei-Melide es corta y de agradable recorrido. Casi toda ella discurre bajo una bóveda de follaje que conforman los árboles que orillan el Camino. Orvalla muy débilmente, había anuncio de lluvia para el mediodía, y se pasa junto a bellas iglesias: San Tirso, San Xulián do Camiño, Santa María de Leboreiro, San Xoán de Furelos. En Leboreiro, pasada la iglesia, saludamos a una señora mayor que nos desea, como todos, buen camino y nos anima diciendo que hace buen tiempo para andar. Esta indicación es motivo para pegar la hebra con ella. Se llama Magdalena y tiene unos labios de color cárdeno que atraen nuestra atención. Cuando le participamos la extrañeza que nos causa a los del sur que en pleno mes de julio haga esa temperatura que obliga a echarse por encima alguna ropa de abrigo y con frecuencia orvalle, ella nos responde que, por el contrario, ellos están preocupados porque hace meses que no llueve como debiera y los campos están secos (¿qué sabrán ellos, pienso, si no conocen nuestra tierra, lo que es un campo seco?).
    En el hilo de la conversación, Magdalena nos cuenta una historia. La de dos muchachas del pueblo (las dos muy listas y muy guapiñas) que, nada más terminar sus estudios universitarios, decidieron hacer el Camino desde la localidad (casi sesenta kilómetros). Salieron, nos cuenta, solo con las mochilas y aún de noche, a las cuatro de la madrugada, y dos días después llamaron desde Santiago diciendo que estaban muy bien y que no pensaban regresar al pueblo. Magdalena mueve la cabeza con aire de no entender que los jóvenes no encuentren futuro ni esperanza en estas parroquias casi dejadas de la mano de Dios.

lunes, agosto 15, 2011


EL CAMINO DE SANTIAGO. HISTORIAS Y ESTAMPAS DEL CAMINO. 1.

    Siempre que salgo de vacaciones, y este año he cumplido un antiguo sueño que guardaba desde hace tiempo, recorrer el Camino de Santiago, Zalabardo me pide a la vuelta que le haga una detallada descripción del viaje. He creído que, en lugar de eso, sería mejor transcribir algunas de las notas que iba tomando mientras avanzaba en el camino. No es una crónica al uso, sino breves estampas que perduran en el recuerdo.

    Por qué hacer el Camino. La vida de los hombres viene definida en toda su duración por un constante afán de búsqueda. Ya lo dejó dicho Gonzalo de Berceo: Todos somos romeros que un camino andamos. Y, de forma más laica, también lo afirmó Machado: Se hace camino al andar. Varias razones son las que nos pueden llevar a emprender el Camino de Santiago: culturales, religiosas, deportivas… En cualquier caso, una vez que comienzas a andar, todas ellas se pierden, o se funden, y se apodera del caminante un espíritu de aventura, o la atracción por seguir esa senda que han pisado antes millones de personas desde hace más de mil años, que ya no lo abandona hasta pisar las piedras de la plaza del Obradoiro. Cuando lo inicias (nosotros escogimos, cuestión de edad, un tramo no complicado en exceso, el que se inicia en Sarria), puedes estar seguro de que la razón de ese caminar se te olvida y ya no se piensa en otra cosa más que en seguir esa riada de gente que marcha toda en el mismo sentido, de esa gente que alberga la esperanza de llegar a Santiago.

    ¡Buen Camino! Porque el Camino es gente, gente que fraterniza con cuantos se van cruzando. “¡Buen Camino!”, es el saludo que hermana a todos. Y “¡Buen Camino!” es la respuesta. Es el deseo compartido de poder arribar a la meta con el menor quebranto posible; sin sucumbir al azote de las casi inevitables ampollas; sin sufrir las lesiones de rodillas motivadas por las despiadadas bajadas ni las torceduras de tobillos por los suelos irregulares; sin quejarse en exceso por el cansancio, pues siempre habrá alguien que está efectuando un esfuerzo mayor que el tuyo. Pero todos son merecedores de elogio y, al fin, el afán de rematar lo iniciado es idéntico e iguala a todos los peregrinos. Por eso, cuando alguna laceria nos asalta, ahí están el betadine, y las tiritas, y las vendas, y las rodilleras; si tú no llevas el botiquín básico del caminante, no importa, que no faltará quien te proporcione el suyo desinteresadamente. Y una vez completada la necesaria asistencia, la despedida es la misma: “¡Buen Camino!”

    Un paisaje hermoso. Valle-Inclán dijo una vez que le gustaba México porque su nombre se escribe con x. A mí siempre me gustó Galicia por su paisaje y por el nombre de sus pueblos; y la obra de Valle tuvo mucho que ver en ello. Porque el Camino, aparte de gente, es también paisaje. Se ve desde que abandonamos, con la amanecida, Sarria, aunque no sea esta la etapa más bella. El Camino nos permite recorrer la Galicia más profunda y tradicional. Sus bosques de robles, de eucaliptos, de pinos. Sus helechales y sus campos plantados de heno o de maíz. Sus pueblos imposibles, que creeríamos inexistentes ya y que apenas están conformados por un par de casas de piedra oscurecida por los años y muchas veces ya deshabitadas: Vilei, Mirallos, Gonzar, Ligonde, Carballal, Leboreiro, Parabispo, Rúa, San Paio... En cada revuelta del Camino, o en cada rincón de estos pueblos, creeríamos encontrar al tullido de Céltigos o al ciego de Gondar. Sus iglesitas acogedoras, casi todas acompañadas inevitablemente de su también pequeño cementerio: San Lázaro, San Xulián do Camiño, Santa María de Leboreiro, San Xoan de Furelos, Santa María de Melide… Y un cielo frecuentemente gris que derrama de manera incansable su orvallo, aunque, con frecuencia también, ese orvallo se convierta en lluvia inmisericorde con el caminante, como ocurrió entre Melide y Arzúa y entre O Pedrouzo y San Paio.

    Un exalcalde cicerone. Es Portomarín un pueblo de unos 1700 habitantes al que se accede a través de una imponente escalera y en cuyo centro se topa uno con la no menos imponente mole de su iglesia fortaleza de San Nicolás. Alguien pudiera considerar suplicio entrar por la escalera habiendo posibilidad de hacerlo por la carretera para llegar, al fin, al mismo sitio. Pero tras los veintidós kilómetros soportados desde Sarria, al caminante le parece más llevadera la escalera que el rodeo por la carretera.
    Allí nos encontramos con Antonio, quien, según sus palabras, había sido alcalde de la localidad y se interesa por indicarnos el arranque del Camino para la siguiente etapa, o por indicarnos los lugares más recomendables para comer, o por saber si tenemos reservado alojamiento. Ya, de paso, nos interrogó acerca de nuestra procedencia y del origen de nuestra andadura. Al saber que éramos malagueños, nos contó que él visitaba con frecuencia Torremolinos y Fuengirola, lugares que le gustaban mucho.
    Nos puso al tanto de cómo el pueblo primitivo había sido inundado cuando se construyó el embalse de Belesar, en el río Miño, y cómo se levantó el nuevo en su actual emplazamiento, adonde se trasladaron, piedra por piedra, la iglesia de San Nicolás, la hermosa ermita de San Pedro, la balconada del ayuntamiento, así como una casa propiedad del obispo de Lugo, pues, decía en voz baja, “aquí la Iglesia siempre tuvo mucho poder”. Nos aconsejó visitar las ruinas del pueblo viejo y los restos del puente primitivo, visibles cuando las aguas del embalse están muy bajas, cosa que ahora sucedía. También aprovechó para criticar al actual ayuntamiento, que, en su opinión, no cuida el tramo de Camino de su competencia tal como lo hacía el ayuntamiento que él presidió. Incluso nos hizo una confidencia maliciosa. La que habla de la existencia de un pacto secreto entre el alcalde actual y los propietarios de albergues privados de la zona para no abrir los albergues municipales hasta que aquellos estuviesen cubiertos. “Vayan ustedes a saber por qué”, añadió mientras sus ojillos brillaban.

martes, junio 14, 2011


UNA HISTORIA (DE LA ACADEMIA DE LA HISTORIA)

Quien no conozca bien a Zalabardo puede incurrir en el error de considerarlo hombre de poco criterio, o de poca firmeza en el que tenga, que casi viene a ser lo mismo. A quien así piense, yo le digo que se equivoca. Lo que sucede, y hago la aclaración para quienes no lo conozcan lo suficiente, es que a él le gusta provocar las opiniones de los demás antes de ofrecer la propia aparte de que “todo el mundo tiene derecho a equivocarse, incluso yo mismo”, según las palabras que varias veces me ha repetido. Zalabardo es respetuoso con todas las personas, tanto si aciertan como si no, igual de respetuoso cuando sus valoraciones de las cosas y los hechos son coincidentes como cuando difieren.
    Por eso cuando ayer, día para el que se anunciaba una reunión entre el ministro de Educación y el presidente de la Real Academia de la Historia sobre el escándalo montado en torno al Diccionario Biográfico Español que dicha institución acaba de sacar a la luz, me preguntó qué pensaba yo sobre el asunto ya sabía que su opinión y la mía diferían muy poco. Aún así, le dije que, sin conocer de primera mano los textos que han originado las protestas, no quería ser categórico y prefería ser cauto. “Sin embargo…”, contestó él. “Sin embargo”, le dije yo, “si todo es tal como parece, no hay duda de que alguien se ha equivocado y gravemente; ya sea quienes han escrito unas biografías desde una óptica más dada al panegírico que a la verdad, ya sea quien ha elegido a los autores de las biografías objeto de la polémica, ya sea quien sufraga con dinero público una obra sin poner los medios para que la misma se haga dentro de los cauces de la imparcialidad debida”.
    Y entonces nos pusimos los dos a hablar sobre la historia y su función. Y lo que sigue es una transcripción, casi literal, de la exposición que Zalabardo me hizo. Defendía él que tan antigua como la propia historia como ciencia es la preocupación por cómo ha de contarse y cuáles son los fines que debe perseguir el relato. Hay quienes defienden, decía, que su función esencial es la de afrontar la narración de los acontecimientos del pasado para conocimiento de las generaciones actuales, al tiempo que mantienen también que lo principal del relato histórico es exponer ante los miembros de una comunidad todo aquello que supone la tradición de la que procede un pueblo.
    Pero hay un aspecto en el que los analistas no acaban de ponerse de acuerdo. Así, hay quienes defienden que una de las funciones de la historia debería ser la de condenar los crímenes y actos monstruosos cometidos en el pasado para tratar de que no vuelvan a producirse de nuevo. A esto oponen otros que el historiador no debiera nunca convertirse en un juez ni le asisten razones morales para condenar a sus antepasados.
    Y, como pasa en todo, existen los que se sitúan entre ambos extremos y mantienen que ningún escrito histórico que sobrepase la pura narración de un hecho podrá evitar la expresión de juicios valorativos.
    Lo que no encuentro en ninguna de las posturas expuestas, concluía en su exposición, es que se diga que, independientemente de que el historiador se muestre absolutamente neutral en la exposición de su crónica del pasado o la trufe de juicios de valor, lo que no debe aceptarse nunca es el falseamiento de la historia. Y resulta paradójico, me decía, que cuanto más cerca estamos de lo que narramos, más peligro corremos de caer en falsedades, bien sea con intención o sin ella.
    Mira, intento decirle yo, siempre creeré que una obra de este tipo debiera ser en todo punto consecuente con la realidad de los hechos y estar alejada tanto del panegírico como del vilipendio, que son productos que ya tienen su ámbito propio. Y más si esta obra ha sido sufragada con dinero público. Por eso, los responsables debieran encargar siempre la redacción de la biografía a una persona imparcial, no proclive a dejarse llevar ni por el exceso de devoción ni por una insana aversión hacia el biografiado. Cosa, al parecer, difícil, porque tratamos de hechos relativamente recientes aún y, por desgracia, no hemos superado las heridas de la guerra civil. A nadie le habrá escandalizado, pienso, lo que se diga de Viriato, si es que aparece en la obra, porque nos queda muy lejos. Pero hablar de Franco, por ejemplo y por desgracia, parece que todavía resulta difícil. Y eso que, según decía Machado en su Juan de Mairena, la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Aunque no debemos olvidar, según continuaba el texto, que mientras Agamenón se manifestaba de acuerdo, el porquero mostraba a las claras su disconformidad.
    Bueno, las calores parece que ya están aquí y hay que ir preparándose para las vacaciones. Por eso le propongo a Zalabardo que, como en años anteriores, cerremos la Agenda hasta la próxima temporada. En esto, compruebo, estamos los dos también de acuerdo.

martes, junio 07, 2011


TODAVÍA NO SE ENTERAN


Hace unos días me encontré a Zalabardo en la Plaza de la Constitución, en una esquina, muy pendiente de los acampados del movimiento 15 M. Le pregunté si había decidido unirse a ellos y me respondió, me pareció percibir en su voz un deje de tristeza, que físicamente no, porque a él ya se le había pasado el arroz para estas cosas, pero que en espíritu, se sentía bastante unido a la esencia de este movimiento de indignación que recorre el país y que parece haberse extendido, como mancha de aceite, por otros lugares.
En un momento de la conversación, me dijo: Tú que estuviste en la Universidad, ¿cómo viviste el mayo del 68? Y tuve que contestarle, para su asombro, que aquí, en España, aquel movimiento ya histórico que conocemos como el mayo francés del 68, igual que otro que tuvo lugar por las mismas fechas, la primavera de Praga, apenas si tuvieron repercusión. Sí se hablaba mucho de todo ello, pero apenas si se pasó de algunos intentos de huelga o de alguna que otra algarada estudiantil, huelgas y algaradas pronta y fuertemente reprimidas por la policía franquista. Recuerdo asambleas de facultad, intentos de tomar la calle, proclamas que pedían unir las quejas estudiantiles a los movimientos obreros; todo quedaba en poca cosa.
Aquí, por contra, tuvieron más eco otros sucesos anteriores, concretamente de 1965. Los movimientos universitarios en solidaridad con las reclamaciones obreras significarían la expulsión de sus cátedras de los catedráticos Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo, que había sido profesor mío en Sevilla, y José Luis López Aranguren, así como la dimisión, en solidaridad con los expulsados, de Antonio Tovar y José María Valverde.
Aquel año de 1968 conoció, sin embargo, dos hechos de muy diferente naturaleza: los primeros atentados de ETA y el recital (el 18 de mayo) de Raimon en la Universidad Complutense de Madrid. Años después, para otro recital madrileño, Raimon compuso una canción, titulada 18 de mayo en la Villa, que recogía la experiencia vivida entonces y en la que se decía: Per unes quantes hores / ens vàrem sentir lliures, / i qui ha sentit la llibertat / té més forces per viure (Durante unas cuantas horas nos sentimos libres y quien ha sentido la libertad tiene más fuerzas para vivir).
Pero pronto volvimos sobre la actualidad de este grito de los indignados que se inició en la Puerta del Sol de Madrid. Me pregunta Zalabardo si he leído su manifiesto. Le respondo que sí y que, salvo algunas cuestiones que parecen un poco utópicas y otras que habría que matizar, considero que recoge peticiones muy puestas en razón: exigencia de unos servicios públicos (educación, sanidad, transportes…) de calidad, supresión de los privilegios de la clase política, lucha contra el desempleo, derecho a la vivienda, control de las entidades bancarias, imposición de una democracia participativa…; en suma, grito contra tanta corrupción como hay en el sistema y queja por la indefensión en que se encuentra el ciudadano normal y corriente. Ya digo, un alto componente de utopía trufada de más de una y más de dos peticiones sobre las que alguien debería reflexionar.
Lo que le duele a Zalabardo es la indolencia y desprecio con que acoge la clase política estos movimientos. Me dice que le sulfura cómo, en los días previos al 22 de mayo, muchos políticos (desde el propio Zapatero hasta el último de los candidatos) decían comprender (que no es igual que entender) todas estas quejas. Incluso Rubalcaba decía que no enviaría a la policía contra ellos porque la policía está para resolver problemas y no para crearlos. Pero ya que han pasado las elecciones y se ha terminado el tiempo de las promesas, el movimiento 15 M es ya algo que molesta; en Barcelona, los mossos cargan contra los acampados y, en Madrid, Esperanza Aguirre pide a Interior que ponga fin a la ocupación de la Puerta del Sol. Y me dice, Zalabardo, no haber oído a ningún político que confiese haber escuchado las reclamaciones de los indignados ni que se muestre dispuesto a debatir sobre ellas. Como si estuviesen esperando a que el movimiento se diluya y acabe de desaparecer.
Y es que los políticos no se enteran. O no quieren enterarse. Parece que va a hacer falta un más amplio movimiento que grite con voz firme hasta qué grado llega la indignación de los ciudadanos y hasta qué punto la ciudadanía está asqueada de estos políticos que no se preocupan sino de sí mismos y que no merecen, la mayoría de ellos, sino una buena patada en el culo.

martes, mayo 31, 2011


UN INFINITIVO VICIOSO


Un día en el que no teníamos un tema más interesante del que hablar, me planteó Zalabardo la cuestión de por qué se cometen tantos errores en el empleo de los verbos. Yo le contesté que hay una razón muy simple que es, y valga la aparente contradicción, la complejidad de la conjugación verbal. El hecho de que el verbo presente una amplia gama de formas debido a los diferentes morfemas que admite hace que más de una vez metamos la pata. De todos es sabido que algunas de las formas más complicadas de utilizar son las llamadas ‘no personales’, es decir, el infinitivo, el participio y el gerundio. Y una vez que ya Zalabardo me ha planteado la cuestión, le digo que le voy a poner un caso, el del llamado por unos infinitivo radiofónico (Libro de estilo de ABC), por otros infinitivo de generalización (Manual del español correcto de Leonardo Gómez Torrego) y que para la Nueva Gramática de la Lengua Española no es sino una de las formas del infinitivo de oración independiente.
La NGLE explica en su capítulo 26 que la carencia de tiempo, modo, persona y número en el infinitivo determina que aparezca de forma prototípica en las oraciones subordinadas. Quiere decir esto algo tan simple como que los infinitivos en español o son el verbo de una oración subordinada (le aconsejó hablar más despacio) o son el elemento auxiliar de una perífrasis verbal (se puso a llover), pero nunca pueden ser por sí solos el verbo de una oración principal. Digamos que esta es la regla general, puesto que ya la misma gramática académica reconoce que hay numerosos usos de lo que podríamos llamar infinitivos en oraciones independientes.
No voy a entrar en la descripción de cada uno de estos casos, aunque para que se sepa a qué nos referimos, me limito a exponer algunos ejemplos: Decirle nunca le dijo nada. Qué raro verlo a estas horas. ¿Qué hacer en tal situación? Sea quien sea, nosotros saludar y marcharnos. Y se podrían poner algunos otros ejemplos.
Aún así, deja bien claro la misma gramática que se recomienda evitar el uso del infinitivo independiente con los verbos decir, indicar, señalar y otros similares en los contextos en los que se introduce alguna información dirigida a alguien.
Son giros del tipo …señalar, por último, que…, …para terminar, indicar que tengan precaución en la carretera…, …y, en tal situación, decir…, etc. En este giro vicioso, el infinitivo, que no se apoya sobre ningún otro verbo, se convierte en verbo principal, con valor absoluto, de la oración, por lo que se hace equivalente de una forma personal, como bien señala Gómez Torrego. La fórmula correcta obliga a incorporar el verbo al que el infinitivo va subordinado: …hay que señalar, por último, que…, …para terminar, debemos indicar que tengan precaución en la carretera…, y, en tal situación, queremos decir…, etc.
Estos usos incorrectos (decir que, señalar que, añadir que, comentar que…) comenzaron a notarse en locutores de radio y televisión y, por ese afán que tantas veces hemos comentado aquí de imitación, ha ido desgraciadamente extendiéndose y no son ya solo los políticos, como hemos podido apreciar en los interminables actos electorales de estas fechas pasadas, sino la gente común y corriente quienes han añadido a su colección de vicios expresivos este que hoy comentamos. No estaría mal que nos desprendiésemos de él y, de paso, de tantos otros como cultivamos.

martes, mayo 24, 2011

                                                              Imagen tomada de elpais.com

GITANOS


Hace bastantes días, ya os hablé de las dificultades que tuve con la banda ancha y la imposibilidad de traer a esta Agenda algunos temas que se me iban quedando en el tintero; este, por desgracia, no creo que haya decrecido en interés. Pues a lo que iba: resulta que me encontré a Zalabardo trasteando entre mis libros con mucha aplicación y afán. Se me ocurrió preguntarle qué es lo que buscaba. Un libro, me respondió como si en una biblioteca hubiese muchas más cosas que buscar aparte de libros. Claro que en la mía, por el desorden, amontonamiento y otras causas es posible que sí, porque tengo en ella tal batiburrillo de cosas que en ocasiones más bien parece tenderete de buhonero. Al final resultó que, efectivamente, lo que buscaba Zalabardo era un libro, pues al cabo de un instante levantó su brazo y de una de las estanterías sacó un ejemplar de La gitanilla, de Miguel de Cervantes.
Curioso por saber qué interés tenía en tal novelita, esperé a ver en qué quedaba todo. Pronto abrió el libro por su inicio y me pidió que leyera. Como casi siempre sucede, le hice caso y leí el siguiente párrafo, que es el que, como digo, da comienzo a la novela: Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana de hurtar y el hurtar son en ellos como accidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte.
¿Qué te parece?, me preguntó. Y le respondí que aquello no era más que uno de tantos prejuicios como se levantan y que de Cervantes a nuestros días había llovido mucho. Pasa igual, quería yo argumentarle, que cuando se afirma que los andaluces somos vagos o que los catalanes son tacaños. Yo no creo que sea igual, me dijo. ¿No crees que es muy duro que todo un pueblo, una etnia, tenga que cargar con un duro estigma durante siglos sin que nadie haga por ponerle remedio? Así son las cosas, le repuse, y hay prejuicios que resultan muy duros de erradicar, por más esfuerzos que se hagan. Aparte de que, en ocasiones, no se trata más que de tópicos que se mantienen sin fundamento, alejados de la realidad. ¿Tú crees?, insistió. ¿Y qué me dirías si quienes más deberían luchar contra estos injustos prejuicios se ponen codo con codo junto a los que enarbolan enseña de la intolerancia?
Y me contó, a continuación, un episodio en el que yo apenas había reparado; posiblemente habría leído la noticia, pero la pasé por alto como tantas veces sucede: las autoridades de la ciudad de Roma habían desalojado a un grupo de unos 150 gitanos rumanos, entre ellos bastantes niños nacidos ya en Italia, del poblado chabolista de Casal Bruciato sin darles la opción siquiera a un realojo y pretendiendo que salieran del país y volvieran a su tierra de origen, Rumanía.
Un grupo de estos desalojados buscó refugio en el Vaticano, concretamente en la basílica de San Pablo Extramuros. Y aquí viene lo más grave; al mismo tiempo que el papa solicitaba comprensión y acogida para quienes huían de Libia, Túnez y otras zonas conflictivas de África y Oriente Medio, sucedía que la seguridad vaticana impedía a estos gitanos el acceso a la basílica. Y no solo eso, se le ofrecía quinientos euros a cada familia, que se sumarían a los otros quinientos que el Estado italiano ya les daba, para que regresasen a su país de origen. No importaban las causas que les hubiesen obligado a la emigración ni las condiciones de vida que debieran soportar en aquel mísero poblado chabolista. Lo que importaba era quitárselos de encima.
Mientras estos hechos suceden, añadió Zalabardo, el Vaticano y el estado italiano, como el resto de los estados europeos, gastan, aun en tiempos de crisis, ingentes sumas de dinero en actuaciones de difícil justificación.
Y es que al parecer, también entre los inmigrantes hay clases. Lo malo es que a los gitanos nadie, nunca, los ha querido. Y en España no podemos negar que sabemos bastante del tema. Porque hay prejuicios que se eternizan y no hacemos nada por derribarlos. El resultado, a la vista está, es que no les damos la mano para ayudarlos no ya en el legítimo deseo de mejorar que los ha conducido hasta nosotros, sino ni siquiera en el más legítimo aún deseo de conseguir un modo de vida simplemente digno.

martes, mayo 17, 2011


UN LIBRO, UN AMIGO


El bueno de Zalabardo y yo nos hemos vistos obligados a interrumpir el discurrir de esta Agenda por, según se decía en los albores de la televisión cuando la emisión se interrumpía, motivos técnicos ajenos a nuestra voluntad. El incendio en el nodo de comunicaciones de Movistar de la zona de Huelin dejó en la estacada a muchos usuarios, entre ellos nosotros. Carecíamos de línea telefónica y, en consecuencia de adsl. La em-presa enviaba notas a los medios en las que daba cuenta de lo bien que se iba solucionando el conflicto y de que ya solo quedaba un ínfimo tanto por ciento de usuarios afectados. “Seguro que esos somos nosotros”, me decía con socarronería Zalabardo. “La mentira es peor que la información sesgada”, le respondí yo, que desconfíaba de tales comunicados a la vista de lo que nos ocurre y viendo que los vecinos iban recobrando el servicio.
En fin, que después de no sé cuántos días aquí estamos de nuevo, lo que hace que algunos temas que teníamos previstos se hayan quedado ya pasados de fecha, como sucede con determinados productos que guardamos en el frigorífico y olvidamos consumir a tiempo.
Y, vueltos a la normalidad, quiero recuperar el hilo de estos apuntes haciéndome eco de un entrañable acto que tuvo lugar en el IES Pablo Picasso, la presentación de la novela de José Francisco Martín Caparrós El cráneo de la Araña, editada por Círculo rojo. El acto sirvió, entre otras cosas, para que, a propósito de un libro, nos reuniésemos en torno a un amigo lo que siempre es un placer. Porque José Francisco es, ante todo, un amigo. Aunque decir esto pueda inclinar a quienes lean este apunte a considerar que los comentarios vertidos son más producto de la amistad que del mérito de su libro, lo que desde ahora niego.
El cráneo de la Araña es ya la tercera novela de Martín Caparrós y, en mi criterio, la mejor de las tres, pues la experiencia acumulada dota al autor de una mayor soltura narrativa y le lleva a crear una sólida y coherente estructura. Ambos elementos hacen que la lectura avance de manera fluida y amena.
En El cráneo de la Araña, su protagonista, Luis Portillo repasa los años en que, siendo un periodista joven e inexperto, conoció al belga Pierre Bernó y a su sobrino André Sart. El primero viene invitado por unos amigos para colaborar en los estudios sobre el reciente hallazgo de un cráneo fósil en una cueva de La Araña; el sobrino aprovecha el viaje para buscar un socio con el que levantar una fábrica de cerveza. Tal cir-cunstancia permite al joven plumilla introducirse en los ambientes científicos e industriales, perfectamente descritos, en una ciudad, Málaga, que sufre la misma inestabilidad que en todo el país supuso el periodo de la Primera República, y le hace vivir una peripecia que acabará por moldear su personalidad y sus ideas.
Camilo José Cela, que tanto gustaba de decir patochadas, dijo una vez aquella de que “es novela cualquier libro en cuya portada ponga novela”. El libro de José Francisco no es de este tipo, pues se ajusta a todo lo que un lector normal considera que es novela lejos de cualquier intento experimentalista: tiene unos personajes verosímiles, mezclados con otros muchos otros que son estrictamente históricos, unos ambientes bien dibujados, una estructura sólida y a la vez nada compleja, y una trama creíble y cercana. Todo ello expreesado con un lenguaje sobrio y correcto, lo que hoy no es algo que abunde. Y, además, sin sobrepasar una extensión razonable, unas doscientas páginas, porque no es necesario para que una novela sea buena que se vaya a las seiscientas o más páginas, lo que más induce a desconfiar que a acercarse a ella. Pensemos, si no, que una de las mejores novelas escritas durante los últimos cien años en nuestra lengua, Pedro Páramo, fundamental para comprender el realismo mágico, del mejicano Juan Rulfo, apenas alcanzaba ciento veinte páginas.
El cráneo de la Araña es a la vez una inteligente mezcla de géneros, pues si el ambiente en el que los hechos suceden da para componer un relato cercano a la novela histórica (José Francisco no niega la relación que tiene con los Episodios de Galdós), el núcleo de la peripecia tiene rasgos propios de una novela de intriga e, incluso, podríamos decir que la evolución del protagonista recuerda a veces lo que se llama novela de aprendizaje. Pero lo que más me ha atraído es la fácil maestría con la que ha logrado el autor unir los personajes puramente novelescos con aquellos que tienen una entidad absolutamente histórica y el respeto y naturalidad con que los acontecimientos históricos de la segunda mitad del siglo XIX sirven de marco para la trama novelesca, sin que aquellos tengan que ser forzados ni esta termine convertida en un pastiche.
Zalabardo y yo ya tuvimos la fortuna de que José Francisco nos la diera a leer cuando aún tenía el texto en fase de corrección. Ahora, cuando la hemos leído de un tirón y con una mirada diferente, la primera y positiva impresión que recibimos se ha visto aumentada.
Desde aquí le deseamos que tenga suerte y la novela sea acogida como, sin duda, se merece.

lunes, abril 25, 2011

(fotografía tomada de elpais.com)

CLIENTA


Hace unos días, me mostraba Zalabardo un recorte de prensa con una foto de doña Letizia en cuyo pie se afirmaba que la princesa de Asturias es fiel clienta de no recuerdo qué grupo de tiendas de ropa confeccionada y me solicita que le aclare si es o no correcta la utilización de tal sustantivo. Le contesto, en principio, que me pone en un brete porque podría contestarle tanto afirmativa como negativamente. Y trataré de explicarme.
Las terminaciones –ante y –ente españolas son propias de adjetivos y de sustantivos que proceden del participio de presente latino: de ser, ente; de amar, amante; de oír, oyente, etc. El Diccionario Panhispánico de Dudas dice que la gran mayoría de estos sustantivos funcionan como comunes en cuanto al género, en consonancia con los adjetivos de estas terminaciones. O sea que estos adjetivos (flamante, exuberante, floreciente, agobiante, etc.) no tienen más que una forma para los dos géneros. Igual de-bería pasar con los sustantivos (maleante, navegante, viajante, vigilante, etc.), pero… ¿Por qué tantas veces habremos de encontrarnos con un pero?
El pero es que, como dice el Panhispánico, la mayoría se comporta así, aunque no todos. Y aquí surge en cierto modo el problema, porque lo que tradicionalmente ha sucedido es que algunos de estos sustantivos admitían la terminación de femenino por alguna razón especial.
Veamos algunos ejemplos: hay casos en que se utilizan las dos terminaciones para expresar matices significativos diferentes; eso explica que frente a gobernante (‘hombre o mujer que dirige un país’), se use gobernanta (‘mujer a cuyo cargo está el personal de servicio de un hotel’) o que frente a asistente (‘soldado raso destinado al servicio personal de un superior’) se emplee asistenta (‘mujer que sirve como criada en una casa cobrando generalmente por horas’). En otros casos, el uso del femenino tenía un claro matiz despectivo; así, sargenta designa a la ‘mujer corpulenta, hombruna y de dura condición’ o parienta a la ‘esposa respecto al marido’. Y en bastantes casos más, el femenino designa a la esposa del varón que desempeña tal función; tenienta la ‘esposa del teniente’. También, en la marina, se emplean desde antiguo el femenino almiranta para designar la ‘nave en que va embarcado el jefe de una escuadra, armada o flota’. Y, finalmente, también desde antiguo se vienen utilizando como vulgarismos algunos femeninos de esta clase, como practicanta, ayudanta o comedianta.
Fuera de estos casos, le añado a Zalabardo, no veo razón para que se utilicen con terminación propia del femenino otros sustantivos de esta clase de que hablamos. Y es que este grupo no es comparable, a mi humilde entender, con otros en los que los sustantivos designan también profesión o actividad que se realiza. Quiero decir que junto a médico, abogado, arquitecto o ingeniero deben utilizarse sin ningún tipo de rubor médica, abogada, arquitecta o ingeniera desde el momento en que las mujeres han accedido a tales profesiones. Sin embargo, no creo que a nadie con dos dedos de frente se le ocurra decir cantanta, aspiranta, dibujanta o delineanta.
Y, sin embargo, nos encontramos con que el DRAE recoge en sus páginas las formas principianta, penitenta, danzanta, postulanta, tenienta, intendenta y no sé si algunas más. Me da por pensar que eso es igual que si, ahora, el diccionario, junto a electricista, pianista o maquinista quisiera dar entrada a formas "masculinas" como electricisto, pianisto o maquinisto. ¿No te parece?
Está todo muy bien, insiste Zalabardo, pero ¿qué pasa con clienta, está bien o está mal dicho? ¿Por qué me decías al principio que me podías contestar tanto sí como no?
Pues te lo aclaro. En un principio, yo te hubiese dicho que todo lo expuesto hasta ahora sirve como contestación y que cliente debiera ser una palabra común en cuanto al género. Pero, no sé por qué razón, he tenido un pálpito y me he ido a consultar mi viejo diccionario latino de bachillerato, el clásico Spes de Vox y, oh sorpresa, ahí me encuentro con que junto a cliens, -entis, ‘cliente, protegido’, figura clienta, -ae, ‘clienta, protegida’. ¿Quién nos lo iba a decir?  Pues nada, que doña Letizia es muy buena clienta de quien sea y a mucha honra.

martes, abril 12, 2011


CENSURA DEL ‘MASISMO’


Con el último apunte sobre el poema Espacio, de Juan Ramón, se agotan las entregas de El cuaderno escondido, de Zalabardo. Tened por seguro que lo he sondeado repetidas veces en busca de más material, de una continuación de poemas comentados, a su modo; pero él me jura y perjura que no hay más, que aquello fue producto de una debilidad momentánea, que no existen otros cuadernos escondidos ni nada que se le parezca. Y me aclara, además, que aquel cuaderno es algo que escapa por completo a sus ideas. Cuando le solicito que me aclare cuáles son estas ideas a las que alude, Zalabardo se lo piensa un poco y se dispone a saciar mi curiosidad.
Tú sabes, empieza diciéndome, que hay en el mundo una tendencia comparativista que lleva a enfrentar cosas, de la naturaleza que sean, con el único y exclusivo fin de determinar cuál de ellas es más: más alta, más larga, más ancha, más oída, más leída, cuál es la más entre sus iguales o semejantes, la mejor, la primera, la que está a la cabeza, etc. Da igual que sean edificios, libros, canciones, películas, puentes o recetas de cocina. ¿No hay un libro que se titula Las mil mejores poesías en lengua castellana? ¿Pero es que puede haber los mil mejores de algo?
Así, mi cuaderno pudiera dar a entender que recoge los considerados por mí los quince mejores poemas de nuestra literatura y no es así, ni mucho menos. Esos poemas tuvieron para mí un significado en su momento por muchísimas razones que no voy a enumerar; pero nada más.
Cuando se publican listas con los diez o los cien (o cuantos sean) mejores de algo, automáticamente las pongo en cuarentena. Me parecen tan poco fiables como los casos recogidos en el Libro de los récords Guinness. ¿Qué interés o qué valor tiene haber cultivado la más grande sandía obtenida nunca o haber escupido más lejos de nadie? Vivimos influidos por un masismo que no tiene parangón en ninguna otra cosa.
Lo interrumpo y le pregunto qué es eso de masismo, que de dónde se ha sacado el palabro.
Me da igual que lo llames palabro o lo que te dé la gana. Para mí, el masismo es la actitud de valorar aquello que poseemos no por lo que sea sino por cuanto sea. Nos interesa más la cantidad que la cualidad. Apreciamos cada cosa por lo que pueda tener que signifique rebaja o humillación del resto de elementos de su clase.
Trato de hacerlo caer en una trampa y le sugiero lo siguiente: Entonces, solo por poner un ejemplo, ¿tú no crees que el Quijote sea la mejor novela? Pero Zalabardo reacciona con rapidez y me responde: ¿Y por qué no Madame Bovary o Cien años de soledad? ¿O por qué esta última va a ser mejor que Pedro Páramo, pongo por caso? Cada obra de arte, pues no podemos negar que las cuatro novelas citadas lo sean, hablan de una manera a sus lectores en cada momento en que su lectura sea realizada. A veces, cada una habla del mismo modo a muchos y, otras veces, hablan de diferente manera. Podría decirte, aunque parezca que contradigo mi argumentación, que, para mí, cada una de esas cuatro novelas es la mejor a su manera. No sé, insisto, si el Quijote es la mejor; pero si sé que Madame Bovary no es peor. No sé si me explico.
Lo que importa, me continúa explicando, son otras cosas. Si el valor que concedamos depende de estos falsos más o menos, no valdría la pena apreciar nada. Y ahora soy yo quien te hace una pregunta para que veas la relatividad y poca entidad de estas cuestiones. ¿Qué calle de Málaga es la más larga?: la Avenida de Velázquez, la Avenida Ortega y Gasset o la Calle Navarro Ledesma? ¿A que es una estupidez lo que te propongo? ¿En qué puede esto alterar nuestra visión de la ciudad? Pues ahí te lo dejo.
Y, sin saber qué decirle, ahí lo dejo yo también.

lunes, abril 04, 2011


ESPAÑOL URGENTE


Le comento a Zalabardo que, a veces, lo hemos de reconocer, hay propósitos que incumplimos no tanto por premeditación, por firme voluntad de infringir la norma, como por desidia y descuido y no sé, de verdad, qué actitud es más censurable. Y el bueno de Zalabardo, que es un pedazo de pan, me mira, deja lo que tiene entre manos y se dispone a atender mi queja de hoy.
Resulta que hubo un momento en que cada medio de comunicación que se preciase decidió redactar un manual de estilo que recogiera los principios de actuación del propio medio y las pautas a las que debería acogerse el uso de la lengua en ellos. Así, EL PAÍS, la Agencia EFE, EL MUNDO, ABC, TVE, etc. fueron uno tras otro dando a conocer sus libros de estilo. La moda, llamémosla así, se inició a finales de la década de los 70 del siglo pasado. Lo que sucede, le digo a Zalabardo, es que no cuesta mucho darse de bruces con usos, modos, comportamientos que rompen de manera flagrante con lo dispuesto en tales manuales.
¿Y no habrá ninguna excepción?, me interpela Zalabardo, tal como interpeló Abraham a Dios al preguntarle si no habría un número suficiente de justos que evitaran el castigo de Sodoma. ¡Claro que la habrá!, le concedo. Y, de hecho, quiero acompañar hoy mi queja del elogio de una institución a la que me parece que se le debe conceder más valor del que en realidad se le da. Quiero traer a esta agenda la labor que realiza Fundéu BBVA, la Fundación del Español Urgente. Nacida como tal en 2005 fruto del acuerdo entre la Agencia EFE y el BBVA, contando, además, con el asesoramiento de la Real Academia, del Instituto Cervantes y de la Fundación San Millán de la Cogolla, sus orígenes se remontan a la década de 1970, cuando Luis María Anson, a la sazón presidente de EFE, pidió a Fernando Lázaro que redactase un manual de estilo para uso de los redactores de la agencia. Aquel fue el primer paso para la creación del Departamento del Español Urgente.
Fundéu BBVA solo “pretende proporcionar criterios uniformes en el uso del idioma para evitar su dispersión y empobrecimiento y la invasión indiscriminada de extranjerismos innecesarios o neologismos superfluos.” Su página web, http://www.fundeu.es/, debiera ser un lugar de consulta frecuente por el interés de sus contenidos. No es solo un libro de estilo, es un departamento que resuelve, con loable prontitud, cualquier duda sobre el lenguaje que se le formule y ofrece, además, el envío diario a nuestra dirección de correo electrónico de su recomendación del día. No hay más que solicitarla sabiendo, además, que se puede uno dar de baja en el momento que desee. Y algo que quiero destacar es que la Fundación no se orienta solo hacia los medios de comunicación, sino que está al servicio de cualquier persona que sienta preocupación por la lengua que habla.
Entre estas últimas recomendaciones que he recibido, quiero destacar la que, con motivo del inicio del Mundial de motociclismo, incitaba a desechar una serie de extranjerismos innecesarios que emplean los expertos en tal tema porque en nuestra lengua disponemos de la expresión adecuada para decir lo mismo. Presento, resumidamente, algunos de ellos:
Aconseja que no se utilice slick cuando se habla de neumáticos lisos, los que se emplean para rodar en pavimento seco; como no se debe decir full wet si podemos emplear neumáticos de lluvia. Cuando se habla de la parrilla de salida, la disposición de los corredores en la salida, debe rechazarse pole position, que no es otra cosa sino la primera posición. Del mismo modo que debe hablarse de vuelta de calentamiento en lugar de warm up lap. El pit lane no es otra cosa que lo que en español se conoce como calle de garajes o calle de boxes. Para referirse al muro que separa esta calle de la pista principal, podemos usar muro de boxes en vez de pit wall.
Y así hasta completar una lista de once términos a los que debieran dar de lado no solo los comentaristas que siguen este deporte, sino cualquier hablante. Pero está claro que para que estos segundos lo hagan vendría muy bien que los primeros diesen ejemplo.
¿Puedo ya seguir con lo mío?, me pregunta Zalabardo. Y yo dejo que lo haga. Por cierto que ahora está enfrascado en la lectura de Fortunata y Jacinta, de Galdós. A Zalabardo, como a mí, le gusta, y cada vez más, volver a la lectura de textos leídos bastante tiempo atrás. Y confieso que es curioso, e interesante, enfrentar la impresión provocada por una lectura añeja con la que nos pueda provocar una reciente del mismo texto.