jueves, enero 18, 2007

EFEMÉRIDES

Le pregunto a Zalabardo por qué habrá tanta gente deseosa de celebrar algo: un nacimiento, una muerte, una construcción, un atentado, lo que sea. Me responde que lo que sucede muchas veces es que con tal de darse relumbrón (sobre todo las autoridades), muchos no dudan en festejar cualquier efeméride; todo sea por salir en los papeles o por conseguir que su nombre figure en una placa.
Hay celebraciones que, de acuerdo con nuestro modo de contar el tiempo, tienen un sentido: los 25 años de algo, los cincuenta, el centenario, el sesquicentenario (ciento cincuenta años). Esos plazos, según mi humilde criterio, pueden pasar . Incluso los matrimonios (no los de ahora, tan efímeros en tantos casos) los tienen presentes: las bodas de plata, las de oro... O, puestos a conmemorar, festejamos cada uno de los años cumplidos por las personas, como si de cada uno pensásemos ser el último.
Ahora, en este año de 2007, nuestras autoridades culturales quieren celebrar con boato el octogésimo aniversario de la Generación de 1927. ¿Por qué los ochenta años? ¿Por qué no se hizo a los setenta y cinco o no se espera a los cien? Puestos así, podríamos celebrar infinidad de eventos: que hace 759 años, el rey Fernando III reconquistó Sevilla; que hace 677 que se publicó el Libro de Buen Amor; que hace 199 se estrenó la Quinta Sinfonía de Beethoven; o que hace 118 se inauguró la Torre Eiffel. ¿Sigo?
Si queremos celebrar acontecimientos culturales, bastantes habrá que se ajusten más al esquema tradicional. Por ejemplo, que hace cien años que Antonio Machado publicó Soledades, Galerías y otros poemas; y ya deberíamos saber la importancia del "eje" Bécquer, Juan Ramón, Machado para los poetas del 27. O que, hace cien años también, Picasso tuvo la maravillosa locura de pintar Las señoritas de Avignon.
La "culpa" de que yo me haya metido en esta vorágine celebracionista la tiene Andrés, el de Benalmádena, que nos dice que ayer, 17 de enero, no mencionaba a Cela, de cuya muerte han pasado seis años. Primero digamos que no han sido seis, sino uno menos, ya que murió en 2002; pero eso da lo mismo. Segundo, le querría decir a Andrés que a los artistas les pasa como al vino, que necesitan de los años para ver si adquieren solera o se quedan en nada. A Cela, como a los demás, habrá que darle tiempo, pues el tiempo lo pondrá en su justo lugar. Pero, si queremos festejos, tal como la fecha de su muerte, podríamos recordar que en 1957 (cincuenta años) ingresó en la Real Academia. O que el año próximo se cumplirán los veinticinco de la publicación de Mazurca para dos muertos, novela que a mí, particularmente, me agrada más que La colmena. O también, ¿por qué no?, que en 1977 (treinta años) publicó aquella excentricidad de la Crónica del cipote de Archidona. Mientras tanto, todo lo que digamos de él no son más que anécdotas y chismorreos, como esa tan curiosa de que él, que tanto presumía de haber sido perseguido por la censura, se ganó el sustento, entre los años 1943 y 1944, trabajando para la censura. Don Camilo, como le gustaba que lo llamasen, nunca lo negó y hay un libro de Justino Sinova que lo cuenta bien. Y tercero, que, entre tanta fecha citada, no garantizo haber acertado en todas.

miércoles, enero 17, 2007

PALABRAS EN CUARENTENA

Igual que hay días que uno quisiera borrar del calendario porque en ellos no se nos ha dado nada bien (al menos, no como nos hubiera gustado), hay otros días a los tendríamos que añadir horas para poder dar cumplimiento a cuanto se nos presenta. Eso nos ocurrió ayer a Zalabardo y a mí, que nos vimos constreñidos por las circunstancias a más de lo que nos fue posible: acudir a las rebajas con la familia, atender visitas que no se esperaban, encarar lecturas ineludibles, preparar las clases... Al final, una página de la agenda que se quedó en blanco, un hueco en este ejercicio que me he propuesto de un apunte cada día. Menos mal que Zalabardo, que suele ser positivo en eso de encarar los sucesos tal como se presentan y que, a la vez, tiene ese poquito de retranca en cuanto dice respondió a mi preocupación: total, un día de descanso que más de uno agradecerá. No le pregunto lo que quiere decir por no complicar la situación entre los dos.
Bueno, mi intención de ayer, la cumplo hoy, era hablar de las palabras, mejor de esas frases que solemos llamar coloquiales, que ponemos en cuarentena, o que incluso llegamos a proscribir del todo ante la especie de que pueden resultar ofensivas para personas o colectivos concretos. Estamos, pues, en el terreno de la corrección política en el habla. Esta tendencia hacia lo políticamente correcto nació en los Estados Unidos en los años ochenta con la intención de proscribir o modificar cuanto, en el terreno del lenguaje, pudiera considerarse que no cumple con determinados protocolos de cortesía o pudiera herir susceptibilidades. Pero, y Zalabardo es de mi opinión, creo que a veces vamos demasiado lejos en el propósito.
Se define la frase coloquial como aquella que es de uso común y expresa una sentencia a modo de proverbio. Y si miramos lo que se entiende por sentencia, leemos que es un dicho grave y sucinto que encierra doctrina o moralidad. Pues ni aún así. Lo políticamente correcto considera que en ellas hay o puede haber una aviesa intención de menosprecio hacia alguien. Y condenamos la frase, que ya no se puede decir sin que se levante una voz que nos recrimine.
Hay pues que tener mucho cuidado antes de decir que algo es una merienda de negros o que una situación se desarrolla como moros sin señor para aludir a una reunión en la que reina confusión y algarabía. Del mismo modo nos guardaremos de prevenir a un interlocutor con el aviso de que hay moros en la costa. Y evitaremos aludir al barrio chino, como no acusaremos a alguien de hablar como una verdulera o nunca se nos ocurrirá decir a alguno que lo han engañado como a un chino o que fuma como un carretero.
No importa cuál pueda ser el origen de tales frases o lo que con ellas se pretenda expresar. Basta lanzar al aire la opinión de que son hirientes para los negros, para los chinos, para los moros, para las verduleras y para los carreteros. Tampoco importa que haya otras frases de semejante naturaleza en las que esos mismos sujetos aparecen bien considerados; por ejemplo, ser algo obra de moros (o de romanos) se usa para señalar que algo ha costado mucho tiempo y trabajo y es perfecto en su línea; ser tarea de chinos indica que es difícil y requiere paciencia y atención; trabajar como un negro quiere decir que se trabaja mucho. Pero, pese a ello, los prejuicios nos inducen incluso a plantearnos si podemos siquiera utilizar los adjetivos moro, chino o negro. Así están las cosas.

lunes, enero 15, 2007

MOW BE'

Hay quien dice que aquello que no se conoce es como si no existiera, aunque la realidad está ahí fuera, independiente de cada uno de nosotros. Hasta este mediodía yo no sabía nada de Mow be'. Ahora que la tarde empieza a decaer sigo sabiendo poco, pero al menos he conocido su existencia y la de su pueblo, los nakuk. Mow be', nombre que significa Gran Perdiz, se suicidó el pasado octubre ingiriendo unas hierbas venenosas de las muchas que conocía al no haber podido conseguir los recursos necesarios para volver, él y su gente, al que ancestralmente había sido su territorio.
Los nakuk son un pueblo indígena que, no se sabe desde cuándo, habitaban una región situada entre las cuencas de los ríos Guaviare e Inírida, en la Amazonía colombiana, en la zona suroriental del país. Los nakuk son simplemente uno de los grupos que integran una rama humana más amplia, los makú, posiblemente el único grupo humano que practica una vida nómada en el subcontinente sur americano. Recolectores y cazadores, viven en pequeñas comunidades que se trasladan continuamente de un lugar a otro por la amplia selva amazónica. Su modo de vida no les permite acumular pertenencias. Sus hamacas y los útiles de cocina, que fácilmente se transportan, son sus propiedades. Viven en construcciones fáciles de montar a base de maderas y hojas de palma que puedan guarecerlos de las inclemencias. ¿Su alimentación?: pescado, fruta, verduras, frutos secos, miel, insectos y carne de mono. Cuando escasean los productos de una zona, recogen sus cosas y se cambian a otra. Su temporal asentamiento en un lugar no causa ningún tipo de daño a la naturaleza
Me llama la atención Zalabardo porque dice que estoy hablando en presente de una situación que en la actualidad es muy diferente. En efecto, desde aproximadamente 1993 la vida de los nakuk ha sido muy distinta porque hubieron de enfrentarse a tres problemas: la civilización, el narcotráfico y la guerrilla. Cuando se supo de la existencia de los nakuk surgió de inmediato el afán de "integrarlos" en nuestra idea de civilización; se les evangelizó según los cánones de nuestra religión sin tener en cuenta sus creencias, se les enseñó nuestra lengua sin apenas hacer esfuerzos por entender la suya, se les hizo sedentarios obligándoles a residir en Puerto Ospina o San José del Guaviare sin entender que su vida no es nada sin el nomadismo, se les contagiaron enfermedades de las que nunca habían oído hablar. Luego vinieron los cocaleros, que los privaron de sus espacios vitales porque eran un buen terreno para cultivar la coca. Y, finalmente, los guerrilleros de las FARC se hicieron dueños de sus selvas para desde allí hostigar a las fuerzas del Gobierno.
Nadie ha tenido en cuenta que los nakuk son personas bondadosas que se expresan mediante abrazos, que se toman continuamente de las manos, que se dan golpes cariñosos en la espalda. Ahora el número de sus miembros se ve diezmado por mor de enfermedades que nunca antes habían conocido. Y cuando algunos han tomado conciencia del peligro de extinción que les amenaza, se encuentran con que los cocaleros y la guerrilla les dicen que no piensen en regresar a sus tierras porque no les dejarán aposentarse en ellas de nuevo.
Mow be' pertenecía a uno de los clanes que más ha sufrido las consecuencias de la guerrilla, la colonización y las epidemias. En San José del Guaviare los quisieron engatusar con linternas, machetes, calzado y grabadoras; les daban arroz, pasta, lentejas..., pero no les daban las frutas silvestres a las que estaban acostumbrados ni la carne de mono que les apetecía. Tenían que ser sedentarios cuando amaban la movilidad.
Mow be' soñaba con su paraíso perdido y no consintieron que lo recuperara. Al no poder resistirlo, se suicidó.

domingo, enero 14, 2007

HABLAR BIEN

A raíz de una pregunta que José Antonio me hacía días atrás y otra de Rocío y Pilar Quintana, Zalabardo me dice que, cuando nos quejamos de que se habla mal, es posible que estemos un tanto equivocados, pues señala la experiencia de quienes nos dedicamos a la enseñanza que en la gente normal y corriente se da una preocupación lingüística mayor de lo que en ocasiones imaginamos. Bastantes alumnos, y quienes no lo son, preguntan reiteradamente: ¿se puede usar tal palabra?, ¿viene esta otra en el diccionario?, ¿cómo se dice esto?, ¿está bien dicho aquello?, etc. Luego hay preocupación.
¿Estará entonces el centro de la cuestión en lo que entendamos por hablar bien? Después de darle al asunto muchas vueltas, Zalabardo y yo coincidimos en que hablar bien debería ser hacerlo con claridad, naturalidad y espontaneidad, sin afectación ni pedantería; en suma, que hablará bien quien con sencillez consigue expresar lo que desea comunicar. Y todo ello desde una posición de respeto, aunque desenfadado, hacia el modelo ideal y común de lengua, sin abandonar por eso las peculiaridades dialectales, regionales o locales.
Me preguntaba José Antonio si se podía decir fuertísimo o había que decir fortísimo. ¿Y por qué no se ha de poder decir lo primero? Aquí nos encontramos ante la forma culta latina (la segunda) y la más coloquial, derivada directamente del adjetivo fuerte, (la primera). ¿No decimos también buenísimo mejor que bonísimo? Lo malo está en pensar que la forma culta (consecuencia de la introducción del mismo vocablo en un tiempo posterior, sin pasar ya por las transformaciones fonéticas normales de las voces populares) sea más aconsejable que la coloquial, que es la que ha seguido la vía normal y lógica del proceso de formación de la lengua. El caso de los superlativos es ejemplo claro de lo que decimos. Planteo yo: ¿por qué decir paupérrimo si podemos decir pobrísimo; o novísimo por nuevísimo; o integérrimo por integrísimo; o aspérrimo por asperísimo; o pulquérrimo por hermosísimo; o crudelísimo por cruelísimo? Y podría seguir. El Diccionario panhispánico, que ya he mencionado repetidas veces, da validez a ambas formas, aunque deja bien claro que la primera es culta y, sin llegar a afirmarlo, creo entender que insinúa que es la preferible. Explicar las formas cultas nos llevaría a hablar de las formas latinas originales y los cambios fonéticos producidos en su paso hasta el español; ¿por qué la gente común y corriente ha de saber esas cuestiones, que son para especialistas?
La pregunta de Rocío y Pilar era: si misoginia significa 'aversión u odio a la mujeres', ¿qué palabra significa 'aversión u odio a los hombres'? Les contesté que ignoraba si existe la palabra, pero que en buena lógica debería ser misandria. Luego he visto que el DRAE no recoge tal término (que he podido comprobar que se utiliza en algunos documentos), aunque sí ofrece androfobia con el mismo sentido. Lo que ocurre es que el diccionario académico ofrece la pareja androfobia y ginefobia, por un lado, mientras que por el otro solo recoge misoginia, cuyo antónimo exacto debería ser misandria. Y aquí utilizamos los cultismos porque carecemos de términos coloquiales equivalentes.
Me pide finalmente Zalabardo que aclare que a estas cosas nos referimos cuando, más arriba, hablamos de claridad, naturalidad y espontaneidad y de rechazo de la pedantería y la afectación. Y con esto (esperamos) quedan respondidas las dudas de manera simplísima (que no simplicísima).

sábado, enero 13, 2007

LOS TOROS Y EL LENGUAJE

Me imagino que todos cuantos leen estas notas saben que este año de 2007 será el último en que se celebren corridas de toros en Barcelona. Las causas hay que achacarlas, a medias, a la empresa de la plaza, que alega que las corridas ya no son rentables, y a los ediles municipales, que llevan tiempo luchando por desterrar las corridas de toros de la ciudad. El adalid actual de tal movimiento es el republicano Jordi Portabella que ha hecho lo indecible por considerar la ciudad "antitaurina", aunque ya en 2004 Iniciativa per Catalunya presentó una moción para prohibir los espectáculos taurinos.
Los toros han despertado, desde siempre, filias y fobias en nuestro país. Lo que, en cualquier caso, no se puede es negar que tales espectáculos tienen una honda raíz popular y pertenecen a nuestro acervo tradicional. Independientemente de que los defendamos o condenemos por la razón que sea. Últimamente, la razón más esgrimida para condenarlos es la de la defensa de los animales, aunque no sea la única. Nuestra literatura es, también, reflejo de tales actitudes: Fiesta de toros en Madrid, de Nicolás Fernández de Moratín, o Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, de García Lorca, son buenos ejemplos de la taurofilia, sin que olvidemos El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. En el polo opuesto está, creo que por encima de todos, el Informe sobre los espectáculos y diversiones públicas, de Jovellanos.
Creo que Zalabardo, que quiere sopesar argumentos a favor y en contra, es más defensor que detractor de las corridas de toros. Pero me dice que él se muestra escéptico de que puedan desaparecer del todo. Y como no quiere seguir hablando de ello, me arrastra sibilinamente hacia otra cuestión: la influencia del mundo taurino en el lenguaje diario. Hago como que no me doy cuenta y simulo haber caído en su trampa. La jerga taurina es riquísima, como consecuencia de la larga historia de esta actividad en nuestro país. Covarrubias, en su Tesoro, dice que "los españoles son apasionados por el correr de los toros" y remonta la fiesta hasta los griegos. El DRAE recoge más de ciento ochenta palabras relacionadas con las corridas de toros. De ellas, muchas han pasado, como palabras simples o expresiones, al lenguaje diario. Veamos algunas, siquiera sean las más comunes: someter a alguien a acoso y derribo; hacer una faena de aliño, cuando se hace algo sin mucho interés, sino deseando terminar lo antes posible; dejar o estar para el arrastre; dar a alguien el descabello; coger el olivo, es decir, rehuir algo y refugiarse para no sufrir malas consecuencias; ser un simple peón, no tener responsabilidad, o tenerla solo secundaria, en algo; pinchar en hueso, cuando algo se nos resiste; hacer algo como para salir por la puerta grande, tener éxito; ver los toros desde la barrera, opinar de algo desde una posición de ventaja en la que no se expone uno a ningún peligro; o coger al toro por los cuernos, enfrentar una cuestión con decisión sin que importen los riesgos.
Por supuesto que hay más. Algunas son palabras tan específicas del espectáculo taurino que se perderían si la fiesta se perdiera, lo que en sí mismo no es argumento de nada porque muchas palabras nacen y mueren continuamente; y en cuanto a las expresiones como las comentadas más arriba, si los toros desaparecieran llegaría un momento en el que nos costaría explicar el origen de su sentido. Como también se perdería, que no lo duden los abolicionistas que tanto lo defienden, el toro de lidia, cuya cría no tiene otra finalidad que la de ser uno de los factores, es posible que el principal, de las corridas.

viernes, enero 12, 2007

SER O NO SER

Quería haberme mantenido al margen de la agria discusión que, mal que me pese, se ha originado. Pero Zalabardo, que hoy esperaba impaciente mi vuelta del instituto, me dice que eso no es posible; que si yo, aunque sea tan solo de modo indirecto, he dado pie a ella, tengo, por lo menos, que mediar. ¿Y qué les puedo decir?, requiero preocupado de Zalabardo. Él no me responde; se limita a pasarme un libro que al instante reconozco como el Quijote. Es el primer volumen de la edición del cuarto centenario, la dirigida por Francisco Rico. Colijo que, en mi ausencia, Zalabardo ha estado meditando sobre el tema. El ejemplar tiene unas tiras de papel marcando unas determinadas páginas. Abro por la primera marca y me encuentro con el capítulo quinto de la primera parte. Don Quijote ha quedado en el suelo, maltrecho, después de ser apaleado por el mozo de unos mercaderes. Acierta a pasar por allí un vecino que lo reconoce y se apresta a socorrerlo. Oyendo las incoherencias que recita el caballero, le dice: "Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez [...] ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana." A lo que don Quijote reponde: "Yo sé quién soy, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia."
¿Sería la novela cervantina igual si el protagonista hubiese sido Alonso Quijano, o es lo que es gracias a que el protagonista es don Quijote?, me pregunta Zalabardo, que, sin dejarme responder, continúa: Si Alonso Quijano era don Quijote porque quería serlo, tal como podía haber sido otro, ¿por qué no dejamos que Andrés, el de Benalmádena, el viejo de la colina, sea quien quiera ser? ¿No pudiera darse el caso de que esta agenda, sin él, resultase diferente? Y sigue sin dejarme intervenir: Tú también le comunicaste ya tus dudas, ¿no? Pues punto. Le digo que estoy de acuerdo y que debemos dejar que cada cual sea quien y como quiera ser. Que no debemos vetar la participación de nadie. Que si yo me hice cargo de su agenda y la publicaba sin pedir permiso a nadie, debía estar abierto a cualquier intervención o a cualquier crítica, dentro de los exigibles marcos del respeto a las personas. Y así seguirá. Que cada cual, en fin, se vista con los ropajes que quiera, que yo procuraré que los nuestros estén lo más limpios posible, aunque sin adornos estridentes. Eso sí, le añado, me gustaría que los comentarios que se envíen versaran sobre el contenido de las notas.
Cuando le voy a devolver su libro, Zalabardo me indica la otra tira de papel. Veo que es el prólogo de la segunda parte, cuando Cervantes se queja del apócrifo Quijote, que se había adelantado a la segunda parte verdadera, y de quien lo compuso, y dice: "...pues no osa aparecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si por ventura llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado." ¿Y qué digo a esto? Que tampoco yo me siento agraviado porque alguien oculte o disfrace su nombre. Que, mientras seamos educados y respetuosos, lo mismo me da que se finjan nombres o se mantenga el anonimato; aunque, para ser sincero, me agradaría, si acaso he de dirigirme a alguna persona, hacerlo por su nombre, aunque sea fingido. Una sola cosa me molestaría: que alguien pretendiera aprovecharse de la agenda que Zalabardo me presta para buscar fines diferentes a los que el propio Zalabardo pensó. E incluso si así fuera, allá cada cual con su conciencia, que la de Zalabardo y la mía, por ahora, están tranquilas.
Le pido opinión a Zalabardo sobre lo que he escrito ya que, al fin y al cabo, su contenido nos concierne a los dos. Lo lee, mueve la cabeza a un lado y otro, y con su habitual tono socarrón, dice: siempre es posible hacer mejor todo.

jueves, enero 11, 2007

SOBRE PROGNATO Y BELFO

Quedábamos ayer hablando de que no se debe uno ufanar de lo que sabe con el fin de humillar a los demás y de que hay que valorar aquello que se sabe en su justa medida. Siguiendo en la misma línea y, aunque parezca lo mismo, muchas veces he tratado con Zalabardo de que no hay que presumir de lo que se sabe, aunque tampoco se debe despreciar el conocimiento. Digo esto porque, de acuerdo con una idea que he manifestado en repetidas ocasiones en esta agenda, hay personas que asumen una gran responsabilidad cuando hablan de cualquier tema, dado que son muchos los oídos pendientes de sus palabras. Son estas personas profesores, artistas, periodistas y locutores cuyo trabajo se basa en gran medida en la palabra y desarrollan su actividad de cara a amplios públicos.
El sábado pasado, en un programa deportivo, unos locutores y colaboradores que comentaban el desarrollo del partido Real Zaragoza-Sevilla hicieron alusión en un determinado momento a los rasgos fisionómicos del futbolista Sergio, del Zaragoza. Y se produjo, creo que lo reproduzco con bastante fidelidad, el siguiente diálogo: "Es que tiene mandíbula prognata". "¿Y qué es eso?" "La de los Austrias y los Borbones". "¿Pero eso no son los belfos?" "No, los belfos son una cosa de animales". Y así quedó el asunto. No creo que unos locutores de la que es la cadena de emisoras más oída de España, la SER, puedan tener esa conversación y dejarla de tal manera. ¿Hay mayor simplicidad y superficialidad? Se dice que cada día vamos empobreciendo más nuestro léxico y ejemplos como este parecen venir a dar la razón a tal afirmación. Prognato y belfo no son palabras frecuentes y habrá mucha gente normal que las desconozca. Pero si un profesional de la radio las utiliza, debe hacerlo con precisión y de manera que quienes están a la escucha puedan enterarse sin dificultad. Cualquier otra cosa, a mi juicio, sería no solo un menosprecio hacia los oyentes, sino una absoluta demostración de desconocimiento. En resumidas cuentas, yo no debo presumir de que conozco esas palabras, pero tampoco de ignorarlas y, ya que las utilizo, mi deber es hacerlo de modo que me entiendan bien cuantos no tienen la obligación de conocerlas.
Y vamos a ello sin más dilación: prognato es un adjetivo de origen griego que, aplicado a las persona, designa 'que tiene las mandíbulas, y muy particularmente la inferior, salientes'. Mandíbula prognata es, pues, aquella 'especialmente pronunciada y saliente'. Y belfo (o belfa) es un adjetivo que se aplica a la 'persona que presenta el labio inferior caído y más grueso que el otro', de forma que le hace tender a presentar la boca abierta casi de manera continuada. Como sustantivo, belfo se emplea para designar 'cada uno de los labios de los caballos y algunos otros animales'. Joan Corominas nos explica que su etimología se remonta al adjetivo latino bifidus, 'partido en dos', porque la persona belfa 'tiene la cara como partida en dos por la caída del labio'.

miércoles, enero 10, 2007

DON EDUARDO

Como dije, esto es lo que pensaba escribir ayer. Muchas veces he hablado con Zalabardo del respeto que hay que guardar a los maestros, respeto que en nuestros días, por desgracia, se ha perdido en gran medida. Yo a los míos les guardo profundo respeto y a muchos, algo mejor, sincero aprecio. De algunos aprendí, incluso, lo que un maestro no debe nunca hacer. Don Eduardo fue el primero que tuve, el que me enseñó a leer y a escribir, quien me ocupaba en escribir palotes y páginas de caligrafía para tratar de amoldar la letra rebelde que siempre he tenido, quien me proporcionó las primeras nociones de cálculo. En las frías mañanas de invierno, don Eduardo nos hacía sacar los pupitres al patio para dar la clase confortados por los rayos del sol. En los últimos años que con él estuve, fue quien me dio a conocer el Quijote, ya que, puestos en corro alrededor de su mesa, nos hacía leer cada día fragmentos de una edición escolar que manejábamos. Don Eduardo, también, nos contaba historias de las que debíamos extraer alguna enseñanza moral.
Una de esas historias, recuerdo, contaba que un hombre sabio tuvo necesidad de pasar desde una isla hasta el cercano continente. Durante el trayecto en barca, preguntaba al barquero acerca de sus conocimientos en torno a diferentes materias. "¿Y qué sabe usted sobre la inmortalidad del alma?", le decía, por ejemplo, a lo que el pobre barquero confesaba su ignorancia. "Pues ha perdido usted al menos diez años de su vida", sentenciaba el sabio para volver al poco con una nueva pregunta: "¿Qué sabe usted del movimiento de los astros?" Y como el barquero persistiera en que no sabía más que de atravesar viajeros de orilla a orilla, le decía:"Ha perdido usted otros diez años de su vida". En estas estaban cuando un golpe de mar hizo zozobrar la barca y convertirse en náufragos a los viajeros. El barquero se dirigió al sabio y le preguntó: "¿Sabe usted nadar?", a lo que el sabio contestó negativamente. "Pues ha perdido usted su vida entera", dijo sin inmutarse el barquero. Si la historia no era así, se le parecía mucho.
Nunca he sabido explicarme por qué recuerdo esta historia con más fuerza que otras. Y de ella he hablado en bastantes ocasiones con Zalabardo. Juntos, hemos convenido en obtener de ella, como moraleja, que nunca debemos ufanarnos de lo que sabemos con el vano interés de humillar a los demás; pero igualmente hemos coincidido en interpretar que nunca se sabe qué tipo de saber es más práctico y provechoso y que hay que valorar cualquier conocimiento en lo que de utilitario pueda tener sin despreciar ninguno.
Llevo un tiempo en el que no sé bien qué me pasa que me alargo en estas notas. Tenía intención de sacar el recuerdo de don Eduardo a propósito del comentario que pensaba hacer de una conversación oída el otro día en la radio, durante un programa deportivo. Tendré, pues, que dejar dicho comentario para mañana.

martes, enero 09, 2007

UN HIPÉRBATON

Hoy casi no puedo escribir el comentario correspondiente, pues el servidor fallaba y no me era posible conectar con Blogger. Pero ahora que vuelvo del cine y de pasear por el centro, Zalabardo me avisa de que el problema ya está solucionado. Empezaré contestando a la pregunta de Mari Paz; Me consultaba, supongo que habéis leído su comentario, si son más correctos los giros al haber perdido estas o al perder estas en lugar del que yo utilizaba, al haber estas perdido. Le doy mi opinión, que pudiera diferir de la que mantengan otros: las tres son correctas, aunque algunos mantengan que las que propone Mari Paz son más "adecuadas".
Intentaré explicarlo sin pecar de excesiva erudición; hay unas unidades lingüísticas, que Antonio Quilis llama sirremas, que se definen como "agrupaciones de dos o más palabras que constituyen una unidad gramatical, una unidad tonal, una unidad de sentido y, además, una unidad sintáctica". Cita como sirremas en español las siguientes agrupaciones: determinante + sustantivo; sustantivo + complemento determinativo; formas compuestas de los verbos; perífrasis; adverbio + verbo, adjetivo o adverbio; conjunción + parte del discurso que le sigue; preposición + término; pronombre átono + la palabra que le sigue; y adjetivo + sustantivo (o al revés). Estas agrupaciones, en teoría, son indisolubles y entre sus elementos componentes no cabría introducir nada.
Pero la verdad es que a veces sí se introduce algo y el sirrema "se rompe". ¿En qué casos? Citaré únicamente dos: 1) Cuando un sirrema se distribuye entre dos versos, tenemos lo que llamamos encabalgamiento, eliminación de la pausa versal. Y 2) cuando un sirrema queda separado en cualquier otra circunstancia tenemos una de las formas de lo que llamamos hipérbaton, alteración del orden usual de los elementos de la oración. ¿Qué hay en el giro que yo utilizo?: un infinitivo compuesto, haber perdido, queda dividido al introducir entre el verbo auxiliar y el principal el sujeto, estas. Tenemos, pues, un hipérbaton, que no se da tan solo en la literatura, sino también en la lengua diaria. Quiero daros unos ejemplos de nuestra literatura clásica. Escribe Góngora al comienzo de Las soledades: Pasos de un peregrino son errante /cuantos me dictó versos dulce Musa. Y escribe Quevedo en su bellísimo soneto Amor constante más allá de la muerte: medulas que han gloriosamente ardido. Góngora separa un sustantivo (peregrino) de su adjetivo (errante) y un determinante (cuantos) de su sustantivo (versos) introduciendo en medio el verbo (son y me dictó). Quevedo separa el verbo auxiliar (han) y el principal (ardido) de una forma compuesta introduciendo en medio un adverbio (gloriosamente). En el giro que yo empleo, repito, separo el verbo auxiliar (haber) del principal (perdido) colando en medio el sujeto (estas). Y perdón por enfrentar un giro mío con otros de Góngora y Quevedo. Cualquier parecido es pura coincidencia. En serio, lo que quiero decir es que esto es algo más usual de lo que pensamos; anoche mismo, en la radio, oía decir: esta es una muy buena ocasión... Otro hipérbaton.
Pensaba escribir sobre otro asunto, pero la respuesta a la consulta me ha ocupado todo el espacio. Supongo que a Mari Paz le habrá parecido bien y que Andrés dirá qué adónde voy con esas cosas. Los demás, no sé. En cualquier caso, pido disculpas. Eso sí, tendré que cambiar el título que ya había escrito (Don Eduardo), que quedará en suspenso hasta mañana.

lunes, enero 08, 2007

RELATO PASTORIL

La noticia ocupa apenas cuatro líneas como pie de foto en El País de hoy: unos 300 jornaleros del Sindicato de Obreros del Campo (SOC) expropian la cosecha de aceitunas de unos olivos que ocupan ilegalmente un cordel y dedican el beneficio obtenido a obras benéficas y a pagar multas impuestas al Sindicato. Esta información requiere dos aclaraciones: qué es el SOC, la primera, y qué es un cordel, la segunda.
El SOC es un sindicato integrado por trabajadores del campo, nacido hacia 1976 y que, como una especie de Robin Hood andaluz, lucha especialmente, con su Secretario General Diego Cañamero y con Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda, a la cabeza, por los derechos de los jornaleros frente a los abusos de los terratenientes.
La palabra cordel designa un tipo de vía pecuaria (camino para el ganado trashumante), lo que nos remonta hasta la antigua institución de la Mesta. El Honrado Concejo de la Mesta de los Pastores de Castilla, que ese fue su nombre, se creó en el siglo XIII por auspicio de Alfonso X con la misión de regular las relaciones entre los grandes agricultores y los ganaderos que exigían su derecho de paso para el ganado. En su tarea legislativa, la Mesta determinó qué caminos quedaban reservados para el paso del ganado y cuáles eran las responsabilidades y derechos de unos y otros. En nuestra época, la ley 3/1995, de 23 de marzo, recoge y actualiza todo lo concerniente a dichas vías pecuarias. Al haber estas perdido su sentido originario, también muchas de sus palabras se han perdido o son poco conocidas. De ellas quiero ocuparme.
Dice la ley que dichas vías son bienes de propiedad pública inalienables (su dominio no puede pasar a otro), imprescriptibles (la ley que las regula no se extingue) e inembargables. Pero, como digo, ya no hay una ganadería trashumante que las utilice, y muchos terratenientes las van anejando, de forma indebida, a sus propiedades. Contra ello luchan, entre otros, los miembros del SOC, que alegan que de las 100.000 hectáreas de vías pecuarias andaluzas, casi 80.000 están ocupadas ilegalmente.
La ley citada clasifica las vías pecuarias en cañadas (con anchura máxima de 75 m.), cordeles (anchura de 37,5 m.) y veredas (anchura de 20 m.). Vías de menor importancia son las coladas. La ley dice que, aparte de estos nombres, tendrán valor de denominación cualesquiera otros que se utilicen en las diferentes zonas de España y cita los de cabañeros y galianas (que son cañadas), azagadores (sendas específicas para ovejas y cabras), carreradas, ramales y traviesas. Además, la ley protege los lugares complementarios para la actividad ganadera: abrevaderos y fuentes (para beber), descansaderos y majadas (lugares donde ganados y pastores se recogen para pasar la noche.
Hoy, bastantes de estas vías han servido de base para el trazado de las modernas carreteras. Otras son los carriles por los que transitamos los senderistas (Zalabardo es gran aficionado) cuando no las encontramos cortadas por alambradas, que todavía hay demasiadas puertas en el campo. Otras muchas vías, desgraciadamente, han desaparecido, absorbidas por propietarios poco escrupulosos. Para recuperar el uso público de estas últimas luchan, como digo, el SOC y otras agrupaciones defensoras de la naturaleza). En Málaga hay documentadas casi cuarenta de estas vías, la mayor parte de ellas veredas. El libro Por los montes de Málaga y de la Axarquía, de Rafael Yus Ramos y otros les dedica un capítulo.

domingo, enero 07, 2007

LA ORTOGRAFÍA Y LOS GRUPOS CONSONÁNTICOS CULTOS

Ayer falté a la cita porque el día exigía festejar a los Reyes Magos y ejercer de abuelo. Dice Zalabardo con toda la sorna de que es capaz que tampoco nadie nos habrá echado demasiado en falta. Prefiero no contestarle.
Desde el otro día sigo dándole vueltas en la cabeza al tema de la ortografía y su tratamiento normativo. Se podría decir bastante de la supresión de h, se podría argumentar también de la simplificación b/v. Pero creo que lo que más claridad (o a lo mejor oscuridad) nos puede dar sobre la cuestión es mirar un poco hacia los grupos consonánticos cultos. Son estos ciertas agrupaciones de dos o tres consonantes que existían en latín y que, en sus orígenes, el castellano tendía a simplificar (bs, cc, cn, cs, ct, ds, gn, gd, mn, etc.: factu > hecho, pugnu > puño, scamnu > escaño, etc.)
Cuando desde finales de la Edad Media, y sobre todo en los Siglos de Oro, nuestra lengua recomenzó a coger del latín palabras que contenían estos grupos, se inició el problema: si se respetaba la tendencia natural a la simplificación (fonetismo ortográfico) o se mantenía la forma latina (etimologismo). Si atendemos al Tesoro de Covarrubias, observamos que impera la simplificación (setiembre, dino -por digno-, perfeto -por perfecto-, ostinado -por obstinado- etc.)
Sin embargo, podemos decir que la situación en el tiempo presente es muy irregular, puesto que se dan tres casos diferentes: 1) palabras en las que ha triunfado la simplificación: fruto (aunque fructificar), conciencia (aunque inconsciencia), trasladar; 2) triunfo de la conservación: inspiración, absceso, menstruación; 3) alternancia, aunque la norma prefiera la primera forma sobre la segunda: septiembre (mejor que setiembre), suscriptor (mejor que suscritor).
Pero a lo que me quiero referir aquí es especialmente a cómo funciona la norma, es decir, a cuál sea la actitud de la Academia en este punto. Siento tener que decir que peca de la misma irregularidad a la hora de adoptar un criterio. Veamos algunos casos e intentaré no complicar la exposición: las ediciones del Diccionario de la Academia comprendidas entre los años 1837 y 1852 prefieren sustancia a substancia; pero desde 1869 a 1985 se cambia el criterio y se propugna susbtancia en lugar de sustancia para, desde 1992, volver a preferir sustancia. Pero si vemos un caso semejante, en 1869, se prefiere sustituir a substituto, o sea, criterio opuesto en la misma edición.
Como no quiero cargar este apunto de muchos datos, voy resumiendo: en 1817 se defiende setiembre (fonologismo), aunque en 1992 se defiende septiembre (etimologismo). En el momento presente, se recoge como única forma oscuro, aunque frente a ella están obstáculo, obstar, obstinación, etc. Respecto al grupo ns+consonante, la Academia prefiere la forma culta sobre la simplificada (transportar, transcurrir, transfusión, etc.), pero recoge como formas únicas trasladar, traspasar, trascendental o trasplante. O, mientras se defiende la conservación de ps en unas palabras (psicología, psoriasis), se aconseja la forma simplificada en otras (seudónimo, seudópodo).
Lo que finalmente quiero decir es que no se sigue un criterio uniforme y eso termina por confundir a la gente normal y corriente que, en muchos casos, no sabe si hay más normas que excepciones, o por qué hay palabras que se escriben como se pronuncian mientras que en otras semejantes no pasa igual. En medio, estamos nosotros, que debemos vigilar para que se cumpla la norma. Por eso consideraba necesario el otro día iniciar un debate en torno a la ortografía.
Cuando pongo el punto y final, me dice Zalabardo al oído: "Menudo peñazo has soltado". Si es así, pido disculpas.

viernes, enero 05, 2007

PALABRAS INOCENTES

Zalabardo suele contar con frecuencia la anécdota de un compañero que tuvo y que quiso alcanzar algún grado de notoriedad sin importar el medio. Eran los años de nuestra transición política, aquellos en los que partidos y sindicatos empezaban a asomar de nuevo las cabezas después de tantos años de oscuridad. Pues bien, dicho compañero de Zalabardo se fue a la sede del partido X en su pueblo y planteó la cuestión: "Oye, que a mí me gustaría alcanzar algún puesto que me librara de algunas horas de trabajo". Este hombre buscaba, ni más ni menos, que una sinecura, un 'empleo o cargo retribuido que da poco trabajo'. A su petición recibió la siguiente contestación: "Sí, pero para eso hay que ser del partido". Nuestro sujeto no se arredró: "No importa, apúntame ahora mismo". Nueva dificultad: "Bien, pero no es suficiente ser del partido; hay que tener antigüedad". Pero hay gente con recursos: "Tampoco importa; ¿cuánto vale la antigüedad, que yo ahora mismo la pago?" No respondo de la veracidad de tal historia, aunque Zalabardo jura y perjura que es cierta y que nos puede dar el nombre del sujeto.
A tales individuos los llamamos trepas. Palabra inocente si pensamos que viene del verbo trepar, que significa 'subir a un lugar alto sirviéndose de los pies y las manos'. Solo que hacemos un uso espurio de ella y ya vale también para 'elevarse en la escala social ambiciosamente y sin escrúpulos'. Ya lo he dicho otras veces, la lengua, las palabras, son inocentes. Somos nosotros quienes carecemos de tal inocencia. Véase que, para significar lo mismo, se suele decir, peyorativamente, que alguien vive de medrar, término que siempre ha designado el hecho de 'mejorar de fortuna, aumentanddo bienes o reputación'.
Como faltas de malicia son las palabras breva, enchufe o padrino. La breva, aparte de la fruta, ha pasado a señalar cualquier 'provecho logrado sin sacrificio'. El enchufe, además de significar la 'acción y efecto de unir o combinar una cosa con otra' lo empleamos para referirnos al 'cargo o destino que se obtiene sin méritos, por amistad o influencia política'. Lo que quería el amigo de Zalabardo, vaya. Y el padrino, que no es ni más ni menos 'quien vela por alguien y ocupa el lugar del padre' o 'quien asiste a otro en cualquier hecho o situación' acaba por significar 'quien usa su influencia para ayudar a alguien a conseguir algo anteponiéndolo, si es preciso, a cualquier otro aspirante a lo mismo'. No en otra dirección significativa se orienta el cínico refrán que afirma que quien no tiene padrino no se bautiza.
No sé si el compañero de Zalabardo alcanzó lo solicitado, pero con el arte con que planteaba sus pretensiones es seguro que no tardaría en conseguir algún momio, 'algo que se obtiene con independencia de lo que legítimamente corresponda'. Lo que sí evidencia la anécdota es que el arribismo no es asunto de ahora, sino que es una lacra que ha existido siempre.

jueves, enero 04, 2007

HOTEL KAFKA

Le pregunto a Zalabardo, que presume de tener bien fichado al personal, qué tipo abunda más en nuestra sociedad: el iluso, el timorato, el arribista, el ingenuo, el ambicioso...; Zalabardo, como siempre que no me quiere contestar, se ha hecho el sueco y ha seguido leyendo el periódico, el mismo en el que yo leí ayer el asunto del que hablo hoy. Porque resulta que Zalabardo acostumbra a leer los periódicos con un día de retraso; él dice que lo hace así para que las informaciones tengan tiempo de asentarse y puedan digerirse mejor. Sin embargo, como ve que yo sigo esperando su respuesta, se desentiende un poco de la lectura y musita como para sí mismo: ¿Lo dices por lo del Hotel Kafka? No sé por qué, pero siempre se me adelanta y adivina la razón de mis preguntas. Eso sí, habrá adivinado por qué le pregunto, pero aún sigo esperando su respuesta.
Resulta que en Madrid han abierto un hotel de lo más peculiar que uno pueda imaginarse. Cuando llegas y te vas a registrar no te preguntan si deseas una habitación doble o sencilla, o si la prefieres con vistas al exterior. Nada de eso, que son menudencias que no sirven para nada. Allí, cuando llegas, lo que te preguntan es cómo quién quieres escribir; no ya si estás interesado en aprender a escribir, que eso suponen que lo sabes, ni si quieres mejorar tu estilo para no pasar vergüenza el día que debas presentar a alguien un papel escrito por ti. No, nada de eso, sino lo que os digo más arriba, si quieres escribir como el mismísimo Cervantes, o como Proust, o como Cortázar; o, ya puestos, como Marcial Lafuente Estefanía o Corín Tellado, ¿por qué no? Y ellos, en un plis plas, van y te enseñan.
¿Hay tanto iluso que paga con la vana creencia de que su desembolso económico le va a permitir componer, ya sea en régimen de alojamiento y desayuno, de media pensión o de pensión completa, un éxito como Madame Bovary? A lo que se ve sí, porque no es solo este hotel, que hay más centros a los que la gente acude con la peregrina idea de que de ellos va a salir con la cuasi garantía de obtener, por lo menos, el premio Planeta.
¿Se cree alguien que el oficio de escribir es algo tan banal como parece desprenderse de iniciativas como la que comento? ¿Alguien piensa que Joyce, por ejemplo, sabía el éxito que iba a tener mientras redactaba las primeras (y las segundas, e incluso las terceras) líneas de su Ulises? Lo que no dicen en esos lugares es que una cosa es redactar y otra muy diferente escribir. A lo primero es posible que te enseñen; lo segundo es más complicado. Es como al que le enseñan el manejo de una cámara fotográfica: muchos obtenemos toda clase de imágenes, pero muy pocos alcanzan a lograr auténticas fotografías.
Si en ese Hotel Kafka te dieran algo más que un diploma de asistencia a sus cursos, me gustaría saber de qué autor quisiera ser clon, si es que lo quisiera ser de alguno, José Francisco (seguro que no de Muñoz Molina). Por mi parte, a mí me gustaría saber escribir como Torrente Ballester o como Valle-Inclán.

miércoles, enero 03, 2007

Y SOBRE LA ORTOGRAFÍA (2)

Terminaba ayer diciendo que entre los opositores al criterio ortográfico académico (de base etimológica) existían unas coincidencias que nos llevaban a aceptar que todos respiraban un aire bastante común: ajustar la ortografía a la fonética. El punto de contacto, el hilo conductor del que hablaba nos conduce siempre a la figura de Andrés Bello. En 1823, Bello había dado a conocer su propuesta de reforma. En 1843, se publicó en Madrid un Diccionario Enciclopédico de la Lengua Española, compuesto por ese grupo de escritores distinguidos del que habla Juan Ramón y que recogía una simplificación ortográfica semejante. Y en 1997, será Gabriel García Márquez quien reabra la cuestión.
¿Y qué es lo que pretendía la reforma de Bello y los demás? Con muy pocas discrepancias, todos coinciden en una serie de puntos que, en esencia, son los que siguen: la j sustituirá a x y g en los sonidos guturales (jente, jenio, jirar, etc.); la g se reservará para el sonido suave, perdiendo incluso la u ante e o i (gasa, gerra, gorro, gion, gusto); supresión de h; la z sustituirá a la c en cualquier sonido interdental; la b sustituirá a la v. Se proponían más cambios, pero el meollo estaba ahí.

Y a todo esto, ¿qué hacía la Academia? En el prólogo a la Ortografía de 1999 (normativa vigente) la propia Academia nos lo dice de manera harto sorprendente. La primera ortografía normativa es de 1844 y "vino a obstruir las vías de innovación y reforma por las que la Academia había ido avanzando paso a paso desde 1741 [...] proclamando su opción por el criterio fonético".
¿Y por qué la Academia dio tal paso precisamente en 1844? De modo sorprendente, porque "una autotitulada «Academia Literaria y Científica de Profesores de Instrucción Primaria» de Madrid se había propuesto una reforma radical, con supresión de h, v y q, entre otras estridencias".
¿Y en qué quedaba la cosa? Si seguimos leyendo, nos enteramos de la bomba: "Como esos dos deslindes [el de y e i, consonante la primera y vocal la segunda, y el de j y g] fueron objetivo primordial en el proyecto de Bello [...], la Real Academia Española [...], sin la descabellada actuación de los maestros madrileños, hubiera terminado aceptándolos [...] y la ortografía del español sería hoy, quizá, muy semejante a la que se empeñó en utilizar uno de nuestros mayores poetas, Juan Ramón Jiménez, que se sentía solidario de esas simplificaciones hispanoamericanas de su época, a las que no faltaban adictos peninsulares". O sea, que la Academia rechazó una reforma que estaba dispuesta a aceptar por el simple hecho de que otros la habían pedido. Curioso, ¿verdad?
Zalabardo, que ha estado hoy muy callado mientras escribía todo lo anterior, me espeta: ¿Y qué pretendes con todo eso, abogar tú también por la reforma? Entonces le leo un último párrafo del citado prólogo: "¿...el código ortográfico recogido en esta obra debe ser invariable, definitivo, resistente a toda discrepancia y sin posibilidad de modificación posterior? De ningún modo". Pues eso, a ver quién le pone el cascabel al gato. Por lo pronto, insinúo que se abra el debate e invito a enviar opiniones.

martes, enero 02, 2007

SOBRE LA ORTOGRAFÍA (1)

Cuando esta mañana leía el comentario que El viejo de la colina hace de las últimas notas y dice que para él la palabra más bella es libelula (escrita así, sin la tilde) y luego, entre otras razones, añade que le gusta porque es esdrújula, recordé el discurso de Gabriel García Márquez en Zacatecas en el que pedía una reforma de la ortografía. Digo que lo he recordado porque, entre otras cosas de más enjundia, García Márquez decía que "al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver".
¿Qué pasa ahora con la ortografía? Me dice Zalabardo temiendo que que esté a punto de producirse otra de mis meteduras de pata? Nada, le digo, si partimos de la base de que yo soy uno de esos brutos profesores de los que habla Roberto Hernández Montoya que suspenden a sus alumnos por cuestiones de ortografía. Os aconsejo que leáis, como se lo he aconsejado a Zalabardo, el artículo titulado La Real Academia Española tiene mala ortografía en un lugar de internet que se llama BitBlioteca. Hace una interesante crítica de la ortografía académica y una buena defensa de su necesidad de reforma.
Porque el hecho de que la actual normativa ortográfica de nuestra lengua (1999) haya sido revisada, consensuada y aprobada por todas las Academias de la Lengua Española no quiere decir, ni muchísimo menos, que no tenga también detractores. Y no lo digo por lo que armaron las palabras de García Márquez en Zacatecas cuando afirmaba "jubilemos la ortografía, enterremos las h rupestres, firmemos un tratado de límites entre la g y la j...", que el asunto viene de más lejos. Y no es cuestión baladí. Uno de los primeros nombres de prestigio en hacer oír su voz fue el filólogo venezolano Andrés Bello (1781-1865) que ya solicitaba una drástica reforma que ajustara la ortografía al criterio fonético frente al etimológico defendido por la Academia.
¿O qué decir de Juan Ramón Jiménez, el único en nuestra lengua (si no me equivoco), al que se le han respetado lo que muchos llaman sus peculiaridades ortográficas. Dichas peculiaridades, en resumidas cuentas, son: usar j en todas las sílabas ge, gi (intelijencia, jimió); suprimir b y p de grupos consonánticos cultos (oscuro, setiembre); escribir sc en lugar de xc (escelencia) o s en lugar de x (esamen), etc. Las razones que da el poeta de Moguer son tajantes: "Primero, por amor a la sencillez... por antipatía a lo pedante". En segundo lugar, porque "cuando yo era niño, un grupo de escritores distinguidos promovieron esta costumbre de simplificación ortográfica... Un tío mío escribía así y me pidió que yo lo hiciera; y, como me gustaba, lo hice". Por último, "escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo". Me susurra Zalabardo, tras leer el último párrafo que he escrito, que eso es Juan Ramón en estado puro. Le respondo que no me estoy inventando nada, que lo escrito se puede leer en su artículo Mis ideas ortográficas, incluido en el volumen Política poética.
Lo mejor de todo es que entre García Márquez, Juan Ramón, ese grupo de profesores a los que cita o el mismo Andrés Bello hay un hilo conductor que refleja una actitud muy coherente y lúcida y por completo alejada de cualquier deseo de llamar la atención. Pero como esto se nos está haciendo muy largo, mañana seguiremos (si el tema no os resulta aburrido).

lunes, enero 01, 2007

AÑO NUEVO

Me dice esta mañana Zalabardo que el creador del refrán que habla de que Año nuevo, vida nueva debería estar expresando más un deseo que una realidad, pues por mucho que lo intentamos pocas cosas nuevas observamos al eclosionar un nuevo año salvo el cambio de la última cifra en el cardinal que lo distingue. Ahora habremos de escribir un 7 allí donde ya estábamos hechos a escribir 6.
¿Por qué digo esto? Porque hay una serie de tics, de tópicos, de rutinas que se repiten indefectiblemente. Repasemos algunas. Nos levantamos más o menos resacosos buscando un alka-seltzer y procurando poner orden en cuanto desordenamos la noche anterior. Si se enchufa la tele, ya sabemos lo que veremos: el concierto de año nuevo, el concurso de saltos de esquí y la repetición de los programas de variedades con que las diferentes cadenas despidieron el año. ¿Cómo, con ese panorama, va a creer nadie que el año nuevo nos trae una vida nueva?
Y, conforme vayan pasando los días, encontraremos pruebas palpables de que el refrán miente, que vendrán años nuevos y será muy difícil cambiar las actitudes viejas. Tengo ante mí un recorte de un periódico de hace días, de esos que me tomé de descanso, y que guardaba para cuando llegara la ocasión. La de hoy, fecha de tantos propósitos renovadores, pudiera ser buena. En él, se da cuenta de la petición que la Junta Islámica de España hace de autorizacióna para que los musulmanes puedan orar frente al mihrab de la mezquita de Córdoba. La catedral cordobesa, no olvidemos, se erigió sobre una mezquita musulmana, que a su vez, no olvidemos tampoco, se había levantado sobre una iglesia visigoda que a saber sobre qué se habría construido. Hubo un tiempo, sin embargo, en que Córdoba, como Toledo, presumieron de haber sido ciudades donde las tres grandes religiones monoteístas, así como sus respectivas culturas, convivieron en paz y armonía. Por desgracia, esos tiempos pasaron. Si Dios, como las tres religiones defienden, es solo uno, ¿cómo va a ser distinto aquel al que rezan judíos, cristianos y musulmanes?
La Junta Islámica arriba citada eleva su petición al Vaticano, La Conferencia Episcopal Española argumenta que la única autoridad en tal asunto es el Obispado de Córdoba, y este desautoriza tal ruego. Así llevan ya unos años. ¿No podría ser ya el momento de aplicar de verdad que es posible una vida nueva con la llegada del nuevo año? Córdoba tendría la oportunidad, mil años después, de volver a ser para el mundo ejemplo de tolerancia y comprensión como ya lo fue allá por el tránsito entre el primer y segundo milenios. Un paso de ese tipo pudiera tener más fuerza que cualquiera de las Alianzas de Civilizaciones que propugnan los políticos.

domingo, diciembre 31, 2006

LO MÁS DE LO MÁS

31 de diciembre. Otro año más que se acaba. ¿O sería más real decir que somos nosotros los que nos vamos acabando, poco a poco, según trancurre esa fantasía que denominamos tiempo. Pero mejor no adentrarse por esos vericuetos. Hoy, conjuntamente con Zalabardo, he pensado sumarme a los diferentes actos festivos con que despedimos un año y recibimos otro. Comer en familia, tomar las uvas, brindar con cava. ¿Qué puedo decir que no sepáis?
De este cierre de un año y apertura del siguiente, siempre me ha llamado la atención el interés por hacer listas de lo más destacado a juicio, por lo general, de quien confecciona la lista. Pero, sea como sea, la verdad es que mucha gente espera que tales listas comiencen a aparecer para, en unos casos, orientar sus propias listas de regalos pendientes; en otros, para usar los datos en próximas conversaciones y ofrecerlos como juicios propios.
Hace unos días leía un reportaje sobre las seis mejores novelas españolas de 2006. ¿Por qué seis? ¿Por qué no diez? ¿Por qué no, simplemente, la mejor? Tengo que reconocer, en este caso, que, de las seis, solo conozco una, La fortuna de Matilda Turpin, de Álvaro Pombo, que me han regalado el día de Navidad. He de decir, por otra parte, que cada día atiendo menos las novedades literarias y miro más hacia atrás, concediendo mayor espacio a las relecturas. Ahora, por ejemplo, estoy ocupado con Las olas, de Virginia Woolf y, no hace mucho, volví a leer Las uvas de la ira, de Steinbeck. Será cosa de los años, pero cada vez me cuesta más encontrar una lectura que me entusiasme. No es cuestión de exigencias, son los años, repito.
Esta misma tarde, en la radio, escuchaba algo semejante, pero referido a la música. No se trataba de varias, el locutor hablaba solo de la mejor canción de 2006. Naturalmente, a juicio de quien hablaba. Concedía este honor a Spanish generation, de Concha Buika. Tengo que coincidir, en este caso, en dar tal crédito, es mi juicio, a la intérprete, aunque no sé si a la composición. Buika, creo, es de las pocas personas políticamente incorrectas que van quedando en un mundo donde todos nos preocupamos tanto por las formas.
Por fin, aunque no para este final de año, sino para conmemorar el Día del Libro de 2006, la Escuela de Escritores, ignoro quienes constituyen tal organización, que conocí a través de internet, propusieron la elección de la palabra más bella del castellano. Recibieron 41.022 votos que se repartieron entre 7.130 palabras. La vencedora recibió un total de 3.364 votos (más o menos un 8 % del total). ¿Qué palabra fue esta? Amor. ¿Cuáles fueron las diez más votadas?: junto a la ganadora, libertad, paz, vida, azahar, esperanza, madre, mamá, amistad y libélula. Si tuviera que votar entre ellas, me quedaría con la última. Zalabardo y yo enviamos nuestra elección: sahumerio. Y como había que explicar las razones dijimos: por el sonido sibilante, como el viento, de su inicio; por el misterio de la h muda; por el aroma a alhucema enredado en sus cuatro sílabas y por el valor cabalístico de sus cinco vocales. Tuve la curiosidad de comprobar si alguien más elegía esta palabra; en total hemos sido cuatro.
Para final, no queda sino recurrir al tópico, aunque con la esperanza de que lo expresado se haga verdad: que el año próximo sea bueno para quienes hayan tenido un 2006 regular o malo. Y para quienes lo hayan tenido bueno, que la cosa continúe. Felicidad para todos.

sábado, diciembre 30, 2006

IRRACIONALIDAD

No pensaba retomar los apuntes en esta agenda hasta la entrada del año nuevo, pero Zalabardo me dice que hoy no es un día para quedarse callado. Y creo que tiene razón. Esta noche pasada ha sido ajusticiado Sadam Hussein. Zalabardo y yo lo hemos hablado muchas veces y hoy hemos vuelto sobre el tema. Si ya consideramos incomprensible cualquier muerte a manos de otra persona, ¿qué decir de aquella muerte fría, irracional, ciega que pretende justificarse tras las mal llamadas razones de Estado? ¿Cómo en la época en que vivimos alguien puede hallar justificable la pena de muerte? Podríamos echar la culpa de esta a Bush, pero ¿cuántos dirigentes, incluidos los nuestros, han hecho algo por tratar de evitar la de Sadam y, por extensión, cualquiera de las muchas penas de muerte que aún se practican en el mundo?
A esta noticia, esta mañana le siguió la explosión del coche bomba en Barajas que significa el fin de la tregua de ETA. ¿Hasta dónde debe llegar la intransigencia y la ceguera para cometer actos como este? Ninguna idea justificará nunca la muerte de un hombre, ninguna idea, por elevada que sea, valdrá nunca lo que vale la vida de un hombre. En el atentado de esta mañana pueden haber muerto dos personas inocentes, aunque siempre los muertos serán inocentes. El terrorismo no solo es ciego, intransigente e irracional; también es cobarde, pues actúa desde el ocultamiento contra personas inocentes.
En Salamanca, hace unos días, unos políticos del PP han evitado que salga adelante la moción que pretendía rehabilitar la figura de Unamuno, despojado de su acta de concejal y destituido de su cargo de rector tras su enfrentamiento con Millán Astray en octubre de 1936. Sí, fue en aquel acto en que Unamuno dijo aquello de "Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis" y el general legionario gritó lo de "¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!" ¿Se puede mantener una actitud de odio hacia alguien durante 70 años? Eso es intransigencia.
Eso es intransigencia, repito. Cuando se me presentan estas situaciones entiendo menos otras. Como el enfado de Andrés, el viejo de la colina, por mis palabras de días atrás. Siento que las malinterpretara y me tildara de intransigente por el simple hecho de que yo mostrara mis dudas respecto a que sea quien dice ser. Dudas, dicho sea de paso, que aún tengo, sin que ello signifique nada más. Es como si cuando él dice ser de Benalmádena yo expusiera que lo creía de otro lugar, como, por ejemplo, Parauta o Ronda, por decir algo. No se nos enfade usted, le digo como ya le dijo alguien, y si encuentra algún placer en leer estas notas, léalas, que yo se lo agradezco de corazón; y diga lo que quiera, que nadie se lo reprochará, pues nada malo hay en enfrentar las ideas. Intransigencia hay en quienes aplican la pena de muerte; intransigencia hay en quienes ponen bombas de manera indiscriminada; intransigencia hay en quienes mantienen sus odios después de 70 años. Zalabardo me sugiere que termine diciendo que ojalá todos los conflictos existentes en el mundo fuesen como el que nos traemos usted y yo.

jueves, diciembre 21, 2006

HASTA DENTRO DE UNOS DÍAS

Lo hemos decidido de mutuo acuerdo y tengo que decir que la iniciativa, se crea o no, ha partido de Zalabardo. Llevamos desde el mes de agosto, día a día (con escasísimas ausencias), dejando en las hojas de esta agenda nuestras impresiones sobre cuestiones diversas. Pues bien, digo que hemos acordado concedernos unos días de vacaciones. No muchos, solo los suficientes para reponer un poco las pilas. Eso de tener que buscar un tema cada día y procurar desarrollarlo de forma que no provoque tedio es en verdad algo complejo. Siento admiración y sana envidia (si la envidia pudiera ser sana) por aquellas personas que, como Manuel Alcántara, por citar un único ejemplo, están en la brecha día tras día, año tras año, sin dimitir de la tarea ni un solo instante y conservando la amenidad, la frescura y la eleegancia del primero de los artículos.
Para cerrar esta "etapa" he seleccionado dos ejemplos de El País de hoy. En uno asistimos a un caso de preocupación rigurosa (en su acepción de rígida) por utilizar las palabras para que digan lo que se quiere decir, pero de manera que la expresión quede suavizada. Los hechos son: a un capitán de la Legión se le destituye de su cargo y destino por protagonizar un incidente que sus superiores consideran grave. Hasta ahí, todo normal. Lo que choca es que al hacer pública la decisión lo que se dice es que dicho capitán ha cesado en su cargo y destino y que tal cese no es una sanción, puesto que al ser el suyo un cargo de libre designación lo que ha ocurrido es que ha sido removido por perder la confianza de sus superiores. Estupendo. Vamos a ver: cesar significa (lo dije otra vez) "dejar de desempeñar un empleo o cargo" por voluntad propia (dimisión) o por cumplirse el plazo para el que alguien fue nombrado (cese propiamente dicho). Remover, en su quinta acepción del DRAE, significa "deponer o apartar a alguien de su empleo o destino" y, si nos preocupamos de consultar su significado, veremos que deponer es "privar a alguien de su empleo, o degradarlo de los honores y dignidad que tenía", es decir, destituir. Vaya, que al capitán, por decirlo de forma castiza, le han dado puerta.
El segundo ejemplo nos permite observar lo contrario, o sea, un caso de descuido en el uso de términos que, aunque pudieran ser sinónimos, en realidad no lo son, y que no impiden la comprensión de la frase, pese a que, con propiedad, deberíamos haber utilizado una palabra diferente a la escogida. Habla la información que he elegido de que la editorial Edhasa ha cumplido seis décadas. Si fue fundada en la Navidad de 1946, en la Navidad de 2006 celebra, efectivamente, su 60º (sexagésimo, que no sesentavo) aniversario. Solo que esos sesenta años no constituyen seis décadas, sino seis decenios. Nos lo aclara el DPD: una y otra palabra designan "un periodo de diez años consecutivos"; con la diferencia de que el decenio son diez años cualesquiera, incluidos ambos, (1927-1936, 1714-1713, etc., pero no 1954-1964, que son once años) y una década es el conjunto de diez años referido a cada una de las decenas de un siglo (1961-1970, 1981-1990, etc., que serían, respectivamente, las décadas de los sesenta y de los ochenta).
Bueno, lo dicho al principio: unos días de descanso y aquí volvemos a encontrarnos, si alguien tiene la curiosidad, y, sobre todo, la amabilidad de mirar las anotaciones de esta agenda. Hasta la vuelta, feliz Navidad a todos.
Ah, esta noche, los profesores del instituto tenemos una cena de confraternización. Los que quieran (y puedan) acudir, que Pilar Quintana, Rocío y María Jesús (organizadoras, si no me equivoco) no obligan a nadie.

miércoles, diciembre 20, 2006

FANTASMAS Y FANTASMONES

Leemos en el diccionario de la RAE que fantasma es "el espantajo o persona disfrazada que sale por la noche para asustar a la gente". También dice que es una "visión quimérica como la que se da en los sueños o en las figuraciones de la imaginación". Por otra parte, dice que fantasmón es "que presume de algo, por lo común exagerando o mintiendo".
Esto pudiera ser aplicable a las palabras lo mismo que a las personas. Y tengo que hacer una pausa porque Zalabardo me ha sujetado la mano diciéndome si es que ya estoy dispuesto a meterme en otro follón. Por supuesto que no, lo tranquilizo. ¿A qué viene entonces eso de fantasmas y fantasmones, que me da tan mala espina?, me inquiere. Mira, es fantasma todo lo que es pura imaginación, sin trasunto real en el mundo de lo físico; y es fantasmón lo que aparenta ser lo que no es, por lo general, debido a exageración, le contesto. O mintiendo, añade él con retintín. No necesariamente, expongo por último. Y concluyo: tú déjame, y, si cuando acabe de escribir esta página ves que no te gusta, no la publicaré y en paz.
Son , para mí, palabras fantasmas aquellas que, pese a su intención significativa, si es que las palabras pudieran tener intenciones de cualquier tipo, tienen un significado distinto al que les queremos dar. Si grandón es "muy grande", rabón debería ser "que tiene el rabo largo". Pues bien, significa lo contrario, "que no tiene rabo", como pelón es "que no tiene pelo". O enervar, que solemos emplear para decir que "excita los nervios", pese a que, en realidad, significa "debilitar o quitar la fuerza". Todo esto, digamos, sin culpa de las palabras.
Frente a las dichas, las palabras fantasmones son las que, por su forma, casi como queriendo, nos inducen a engaño. Por eso lo de exageración o mentira. Ahí van algunas: mingitorio suena a término de la medicina, parece un remedio contra las anginas o algo similar; pues no, que es un simple "urinario". Valetudinario suena fuerte (casi "vale todo"); mentira, que no vale nada, ya que significa "lo que por efectos de la edad está enfermizo, debilitado o delicado". ¿Qué hombre no estaría dispuesto a falopear?; pues mejor que no, ya que significa "drogarse". Y la nubilidad no nos habla del estado del cielo, sino, aplicado especialmente a las mujeres, "de la edad en la que que ya la persona se puede casar".
Como digo, igual que las personas. De Zalabardo, por ejemplo, hay quien dice que es un fantasma, que no existe más que como producto de la imaginación. Se fundamentan para afirmar tal cosa en que Zalabardo no dice nunca nada por sí mismo, sino siempre a través de mí (argumento, si bien se mira, poco firme, ya que esta agenda es suya). Pero hay quien dice que es un fantasmón, porque engaña. Y se aferran al mismo argumento (igualmente endeble), o parecido: que se oculta detrás de mí para no dejar ver su auténtica realidad. Si lo hiciera, matizan, perdería encanto. No sé si acierto a expresar lo que quiero. ¿Cómo diría yo?; es, por poner un último ejemplo, como si yo dijera ahora que andres, el viejo de la colina, es un fantasmón porque no es quien dice ser. A ver, ¿de qué manera iba yo a argumentar tamaña especie y sostener tal afirmación? Pues eso.
Como prometí, le enseño lo escrito a Zalabardo para que lo lea y apruebe. La verdad es que no resulta necesario porque ha estado todo el tiempo detrás de mí, pendiente de la pantalla. De todas formas, hace como si leyera, frunce el ceño, me mira, y dice con el engolamiento de los antiguos censores: Nihil obstat.