jueves, febrero 05, 2009


CARCAS
En más de una ocasión he debatido con Zalabardo en torno a la consideración que a ambos nos merecen los políticos. Él defiende que no hay que fiarse de ninguno porque, por mucha rectitud que finjan mostrar en la defensa de sus idearios, o los de sus partidos, en cuanto que alcanzan una mínima cuota de poder comienzan a relajarse y a actuar buscando determinados intereses, aunque ello suponga tener que disimular las ideas en el más recóndito rincón de la conciencia. Le discuto que no se puede generalizar; que, pese a lo que diga, serán más los rectos que los torcidos, aunque de estos, le concedo, también yo creo que hay unos cuantos. Y lo peor, me contesta siempre, no es que sean los de un partido o los de otro; son todos, por desgracia.
Ayer se me plantó delante con una medio sonrisa no se sabe bien si de triunfo o de amargura: ¿Ves lo que siempre te he dicho? Y me planteó dos asuntos de los que estos días se ocupan los medios. Uno es el del proceso abierto por el juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu contra ex altos cargos israelíes por la matanza, en gaza, de un grupo de civiles en el atentado contra un líder de Hamás en 2002. El otro, de naturaleza muy diferente, tiene que ver con la Ley de Costas y la defensa del medio ambiente.
Veamos el primero. La actuación de este juez viene motivada por la aplicación de la llamada jurisdicción universal. ¿Qué es tal figura jurídica? Me leo una página de Amnistía Internacional que la explica muy bien. En 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, los tribunales de los países aliados la crearon para tratar delitos de lesa humanidad y de guerra cometidos durante el reciente conflicto fuera de sus territorios y cometidos por personas que no eran ciudadanos suyos ni residentes en esos territorios. Después, diferentes países fueron sumándose a la aplicación de tal jurisdicción y la extendieron no solo a infracciones de los Convenios de Ginebra, sino a las ejecuciones extrajudiciales, a las desapariciones forzadas, al genocidio y a la tortura. Todo esto quiere decir, expresado con un ejemplo burdo, que Francia podría procesar a un grupo de lapones por un delito de torturas cometido en Nueva Zelanda. Pues bien, en 1998, el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional incluyó como delitos perseguibles por la jurisdicción universal los siguientes actos si se cometen de manera generalizada o sistemática: asesinato, exterminio, esclavitud, deportación o traslado forzoso de población, encarcelamiento u otra privación grave de de libertad física en violación de normas fundamentales de derecho internacional, tortura, violación, otras formas de violencia sexual, persecución, desaparición forzada, apartheid y otros actos inhumanos.
En aplicación de esta jurisdicción universal, España procesó a Pinochet y pidió su extradición al Reino Unido. Por el mismo motivo inició proceso contra militares estadounidenses por la muerte del periodista español José Couso en Irak. Y por lo mismo se explica ahora la actuación del juez Fernando Andreu contra los ex altos cargos israelíes. ¿Pero qué es lo que pasa? Pues que la ministra de Exteriores de Israel, Tzipi Livni, después de una protesta formal de su país, afirma muy satisfecha que su homólogo español, Miguel Ángel Moratinos, le ha prometido que nuestro Gobierno modificará las leyes relativas a la jurisdicción universal para evitar casos como el que comentamos. A todo esto, nuestro ministro de Asuntos Exteriores ni niega ni confirma tal aserto; ¿acaso por aquello de que quien calla otorga? ¿Por qué resulta tan molesto que en España se juzguen delitos cometidos por israelíes en la franja de Gaza? ¿Qué intereses pueden verse comprometidos?
Y vamos con el segundo caso. Para cortar de raíz los desmanes urbanísticos en nuestras costas, la ex ministra de Medio Ambiente Cristina Narbona luchó por que se aplicara con rigor la Ley de Costas, que databa de 1988. Entre otras cosas, dicha ley declaraba público todo el terreno de playa así como todo aquel hasta donde llegaban los mayores temporales conocidos. A la vista de que se había dado mucho desmadre y se había hecho mucha vista gorda, aquellas casas construidas con anterioridad a dicho año en dominio público pasaban a ser del Estado, aunque, para evitar injusticias y mayores daños, se otorgaban a sus dueños en plan de concesión durante sesenta años, plazo en el que estos no podían ni vender ni reformar las viviendas sin permiso. Pues bien, ahora el Gobierno, un periódico decía que 'de tapadillo' dicta normas que atenúan dicha Ley de Costas y echa por tierra la política de recuperación del litoral. De nuevo nos encontramos con muchos intereses trastornados por el cumplimiento de la ley.
Se diría que este tipo de actuaciones son propias de un Gobierno de derechas, pero resulta que, en nuestro país, las está llevando a cabo uno que se dice ser de izquierdas. Así se comprende el enfado de Zalabardo: "Habría que echarlos con caras destempladas, porque son todos iguales, unos carcas", grita de manera desaforada. Trato de calmarlo y le digo: Querrás decir con cajas, a lo que, sin comprender mi corrección, me respondió: "No, pues de llevarse las cajas ya se encargan ellos muy bien".
A propósito de carca, el diccionario de la Academia nos muestra que es una forma abreviada de carcunda, vocablo de procedencia portuguesa con el que se designaba a los absolutistas de aquel país en las luchas políticas de principios de siglo XIX. Poco después, se comenzó a utilizar el término en España para señalar de modo despectivo a los carlistas. En su origen, veo en el diccionario de Corominas, significaba 'jorobado' y, por metáfora, pasó a significar 'avaro, mezquino, egoísta', antes de utilizarse políticamente. Posteriormente, carca o carcunda, como sinónimos, pasaron a significar 'reaccionario, persona de actitudes retrógradas'. Y ahí estamos.

lunes, febrero 02, 2009

EL NOMBRE DE LOS NOMBRES (Y SU CORRESPONDIENTE APELLIDO)
Nada más abrir la Biblia y empezar a leer los primeros capítulos del Génesis nos enteramos de que el proceso por el que los seres fueron adquiriendo el nombre que los identificara fue compartido. Al principio, Dios iba dando a cada cosa su nombre; hasta que aparece sobre la faz de la Tierra Adán y se le encarga que sea él quien continúe con la tarea nominativa. Tampoco cuesta demasiado darse cuenta de que, en un principio, los seres humanos no precisan más que de una sola palabra para ser únicos: Adán, Eva, Caín, Noé... Pero como el mandato divino fue aquel de que creciésemos y nos multiplicásemos, llega un momento en que falta inventiva para nombres individualizados y se va haciendo necesario un aditamento; en el Nuevo Testamento, en los Evangelios, nos topamos ya con María de Magdala y con María Cleofás; con Judas Tadeo y con Judas Iscariote. Podemos colegir de aquí que con ello habían nacido los apellidos.
Damos un salto en la historia y nos encajamos en la sociedad romana, a la que tantas cosas debemos. Los romanos, hablo de los varones, ya que para la mujer el sistema era diferente, poseían tres nombres: el praenomen, equivalente a nuestro nombre propio, coincidía con el del padre y se escogía entre una escasa gama de posibilidades; el nomen indicaba la familia, el linaje a que se pertenecía; y el cognomen, una especie de segundo apellido, era por lo general algo parecido a un mote que se adjudicaba por diferentes razones (un defecto físico, cualquier anécdota ligada a la persona que lo portaba o incluso alguna victoria militar). Así se explican los nombres Marco Tulio Cicerón (por una verruga parecida a un garbanzo), Cayo Julio César (título de los emperadores romanos), etc.
Este sistema onomástico romano fue cayendo en desuso en las tierras del Imperio y hacia el siglo V ya se había olvidado casi del todo. En la España visigoda y en toda la región asturiana, los individuos vuelven a ser conocidos por un solo nombre, el que se recibía en la pila bautismal. Pero, llegado el siglo VIII, se hacía difícil diferenciar a unos de otros si tenían el mismo nombre. Entonces se recurrió a hacer uso de un patronímico, es decir, una palabra que uniera al nombre de cada individuo otro derivado del nombre de su padre. Esto ocurrió no solo en España, sino en casi la generalidad del territorio europeo. Nuestro caso lo cuenta muy bien Ramón Menéndez Pidal en su Historia de la Lengua española. Y es que nosotros, por esa influencia visigótica citada, unimos el sufijo -z al nombre del padre; de esta forma surgieron Núñez (hijo de Nuño), Álvarez (hijo de Álvaro), Rodríguez (hijo de Rodrigo), etc. Hasta ahí, seguimos el mismo procedimiento que los nórdicos, que usan el sufijo -son (Peterson, hijo de Peter) o que los rusos, que emplean el sufijo -ovitch (Mijailóvitch, hijo de Mijail).
Hasta este punto todo es muy simple, pero (¿por qué casi siempre ha de haber un pero para todo?) con el tiempo, fueron surgiendo apellidos que se explican por muy variadas razones. En nuestra onomástica, junto a los patronímicos propios (los derivados del nombre del padre) se dan otros que obedecen a orígenes diversos. Se suele decir que, a partir de los Reyes Católicos, los judíos conversos adoptaban por apellido el nombre de una nación, ciudad o pueblo (Valencia, Alemán, Córdoba, Gallego...) o el de un santo o símbolo cristiano (Santamaría, Santiago, San Juan, De la Cruz...). Pero es que, además de eso, originan apellidos españoles los oficios desempeñados (Herrero, Pastor, Sastre, Zapatero...); algún elemento vegetal o de la naturaleza (Pino, Romero, Castaño, Montes...); alguna referencia al lugar en que se habita (De la Sierra, De la Cuesta, Fuentes...); alguna peculiaridad o tara física (Sordo, Seisdedos, Rubio, Calvo...); algún cargo ocupado (Alcalde, Regidor, Contador, Alguacil...). Y así podríamos seguir, pues las posibilidades de apellidos son casi ilimitadas.
Por eso me extrañó hace algún tiempo que, en una emisora de radio, al ir a dar una noticia deportiva, dudasen por un momento de ofrecer el apellido de un deportista e incluso planteasen la posibilidad de que el texto estuviese equivocado o al deportista se le estuviera designando con un apodo. ¿Qué apellido era aquel que tanto reparo hubo en utilizar?: Follador. Reconozco que al principio puede dar risa, pero una vez eso, todo nace de la ignorancia de que en nuestra lengua existen cuatro verbos follar, de los que se derivan los correspondientes follador. El primero, derivado de follis latino (fuelle), significa 'soplar con un fuelle'; el segundo, derivado de folium (hoja), significa 'formar o componer en hojas algo'; el tercero, de fullare (pisotear), significa 'destruir o talar'; y el cuarto, posiblemente también derivado de follis (fuelle), significa 'practicar el coito' y también 'ventosear'. Según lo anterior, aparte de los sentidos sexual y fisiológico, Follador puede designar a 'quien trabaja en una fragua con el fuelle', a 'quien tala árboles' o a 'quien compone algo en hojas'.
Pero es que no hay más que meterse en Internet para ver que en España hay algo menos de 350 personas que tienen como apellido Follador, lo que por supuesto, los diferencia de los García, nuestro apellido más común, con casi millón y medio de personas que lo portan. Y aunque Zalabardo se me enfade (pues no le gusta que se divulgue este dato) diré algo que muy pocos conocen: que su nombre completo, escritos hay que lo demuestran, es Matías Alibóndigo Zalabardo. ¿Quién tiene apellidos como los suyos?

viernes, enero 30, 2009


VALLE-INCLÁN Y LOS EMOTICONES

Durante el desayuno de uno de estos pasados jueves le comentaba, no sé si era a Javier López o a Pablo Cantos, que uno de los secretos para sobrellevar la vida de jubilado sin hundirse en el hastío, sin caer en esa especie de muerte civil que algunos quieren que sea, sino por el contrario haciendo siempre crecer el montón de piedras blancas que tanto han preocupado a José María Bocanegra, es no estar ocioso nunca, plantearse actividades que realizar, ocupar el tiempo de manera que, en ocasiones, incluso podamos sentir que nos falta para llevar adelante otros proyectos. Zalabardo y yo, creo, lo vamos consiguiendo sin apenas, por el momento, dificultades.
En mi caso concreto, una de las abundantes y variadas cosas que me ha permitido la nueva situación es recuperar un ritmo de lecturas que, con el ajetreo de la vida profesional, y más en la nuestra, que no se limita a la mera jornada laboral, había ido perdiendo. Se dice, y creo que es verdad (ayer mismo lo hablaba con José Francisco), que llega un momento en la vida en la que apetece más releer que leer cosas nuevas. Al menos a mí me ocurre. Tenía ganas de enfrentarme sosegadamente a lecturas que tenía olvidadas desde hace una treintena de años en según qué casos. Es como plantearse el reto de averiguar qué efecto provoca ahora aquello que años atrás, con otra edad y en diferente circunstancia, conmovió mi espíritu. Así, de agosto hasta el momento presente, me he leído parte de la primera serie de los Episodios Nacionales, de Galdós, y, sobre todo, la producción en prosa de Valle-Inclán. De este último, he concluido las novelas de La Guerra Carlista, las cuatro Sonatas y Tirano Banderas; ahora estoy ocupado con La corte de los milagros, primera de la serie El Ruedo Ibérico, con lo que habré revisado lo más importante de su obra novelesca. Y no creáis que únicamente me dedico a leer, porque, cuando no hay nada que te agobie, lo cierto es que el día tiene horas para muchas cosas.
Respecto a Valle, estoy redescubriendo el placer de perderme entre la amplitud y belleza de su rico vocabulario y el de navegar entre las suaves olas del ritmo de sus frases. Comentaba con Zalabardo un episodio de la Sonata de invierno, interesante por variadas razones, que, en medio de esa vida galante del Marqués de Bradomín, muchas veces se pasa por alto: cuando tras una escaramuza resulta herido y es preciso amputarle el brazo izquierdo, se muestra impávido y solo piensa en qué actitud habrá de tomar en adelante con las mujeres para que su manquedad resulte poética. Lo cuida durante su convalecencia una monjita joven , la hermana Maximina, de la que se enamora y por la que es correspondido. En un determinado momento, le dice: "Hermana Maximina, tú eres dueña de tres bálsamos: Uno lo dan tus palabras, otro tu sonrisa, otro tus ojos de terciopelo..." La pobre monjita, de apenas quince años, solo acierta a responder: "No le creo a usted, pero me gusta mucho oírle... ¡Sabe usted decir las cosas como nadie sabe!..." Yo, por mi parte, le hago ver esta frase de Tirano Banderas con la que describe cómo un perro espanta a una bandada de buitres: "El negro vuelo de zopilotes que abate las alas sobre la pecina se remonta, asaltado del perro".
En esas estábamos cuando, ignoro cuál fue la asociación de ideas que en ese instante se produjo en su mente, Zalabardo me preguntó si yo era capaz de imaginar cómo hubiesen quedado ese diálogo y esa frase escritos con el código que hoy emplean los jóvenes para enviarse mensajes a través de los teléfonos móviles (ya sé que lo justo y correcto sería decir portátiles, pero la batalla está perdida). Si quería sorprenderme, de verdad que lo consiguió. Y es que Zalabardo es enemigo acérrimo, yo no tanto, de estos teléfonos y, más que nada, del lenguaje utilizado en los mensajes que por ellos se envían. Lo acusa de ser origen de la galopante pobreza léxica que nos invade y de la incapacidad para ensartar dos frases seguidas con cierta ilación. Tengo que decir que yo también tengo dificultades en ocasiones para entender determinados textos (cnd yeges dm 1 tk, 'cuando llegues, dame un toque'; mpug asta k no pud +, 'empujé hasta que no pude más', etc.) Comprendo que es una forma de economizar tiempo y caracteres (creo que en estos mensajes el precio se calcula por el número de caracteres empleados) y que, por otro lado, siempre los jóvenes han tenido códigos expresivos diferentes de los del, digamos, mundo adulto. Son muchas las convenciones que ahora se utilizan (xo, 'pero'; xa, 'para'; xp, 'porque, etc.) Y así vamos.
Pero justificar un uso no es igual que quedarse impasible ante un abuso, porque un emoticón o una abreviatura de ese tipo estarán plenamente justificados en el chateo, pero deben proscribirse de, por ejemplo, un examen. Los profesores todos, y en especial los de lengua, debemos (bueno, yo ya estoy fuera de esto) cuidar mucho de hacer entender a nuestros alumnos lo que es un código y lo que es otro. Lo malo es que si ya cuesta enseñarles de modo adecuado la lengua, y muy especialmente la expresión escrita, que logren componer un texto de manera coherente y con la suficiente cohesión, surgen dudas sobre si en ellos habrá algún interés, más que una capacidad, por asimilar dos códigos: el de los mensajes cortos, por un lado, y el necesario para componer textos formales, por el otro, puesto que los dos son válidos para la comunicación.
En esto, estoy plenamente de acuerdo con Antonio Muñoz Molina, que defiende que el problema no es la tecnología, sino la ignorancia, y que lo que hace falta es una educación que favorezca el uso de la palabra. Si esto se consigue, todo lo demás no debe suponer ningún problema. El peligro nacerá (¿o ha nacido ya?) cuando la gente sea incapaz de escribir sin faltas de ortografía o no sepa construir lógicamente las frases; o cuando se pretenda transferir ese código particular a cualquier otro tipo de comunicación que requiera un código diferente. Esa es la batalla que no hay que perder.

lunes, enero 26, 2009

CALLE LARIOS

En un apunte reciente ya dejaba claro mi parecer sobre el hecho de que la calle Larios sirva de marco para exposiciones. Pero hoy me veo precisado a volver sobre ello porque me muestra Zalabardo un reportaje publicado en El País en el que varios representantes del urbanismo y el arte opinan contra ese uso y no puedo menos que disentir, no ya de lo que dicen, que también, aunque al cabo se trate de valoraciones personales, sino especialmente de tono como lo dicen.
El arquitecto y urbanista Salvador Moreno Peralta se erige en voz de la propia calle y la hace pedir que la dejen ser simplemente una calle. esto, por lo pronto, me parece una temeridad y una desmesura; ¿quién es nadie para arrogarse a sí mismo el pensamiento, el alma y el sentimiento de toda una calle? ¿Acaso la calle es suya? Nunca había visto semejante actitud desde aquella otra barbaridad de "la calle es mía" que ladrara Fraga Iribarne en su etapa de ministro de Interior. Una frase de tal calibre solo la he comprendido e incluso considerado entrañable cuando aquel pobre loco de la película Cinema Paradiso gritaba "¡la plaza es mía, la plaza es mía!" e intentaba desalojarla de quienes transitaban por ella. Moreno Peralta termina por dejar patente su desacuerdo con esta función artística de la calle cuando afirma que "se ha convertido en un escenario sobreactuado de la Málaga decimonónica, puro teatro". Como opinión que es la respeto, pero he de lamentar, aparte de su contenido, esa tendencia, muy generalizada, de llamar teatro a todo aquello que, por ficticio, no alcanza a gustarnos y rechazamos.
Otros dirigen su desacuerdo por derroteros diferentes. El también urbanista José Seguí, después de decir que en ella hay "demasiado de museo y poco de calle" suelta la perla de que "quienes amamos el arte pensamos que este tiene que tener su espacio propio" y critica que se pueda ver El pensador, de Rodin, junto a un McDonalds. Esto es ya elitismo sin freno. Se ve que por algún lado tenía que salir y salió: el arte, en los museos, que es donde debe estar, según una opinión también muy generalizada. ¿Pero por qué el arte no puede estar en la calle? ¿Existe una mayor democracia artística que la de llevar las creaciones adonde las pueda ver todo el mundo, sin encerrarlas entre cuatro frías paredes? ¿Ha pensado este señor, y quienes opinan como él, que muchas personas (a lo mejor como las de la foto que tomo de El País) que no entrarían en toda su vida en un museo se paran, disfrutan, contemplan y comentan las obras que se exponen en la calle Larios, del mismo modo que muchos que nunca pisan una librería compran libros en los tenderetes levantados al aire libre durante las ferias del libro?
Por último, el pintor Eugenio Chicano larga que hemos convertido la calle Larios en una "calle-saloncito donde se ponen unas estatuas y quedamos muy bien", para añadir a continuación y sin rubor que "aquí seguimos con costumbres muy ancestrales, por no decir catetas". ¿Qué era la calle Larios cuando se usaba de soporte para una portada de la feria diseñada por el mismísimo señor Chicano? Para él, aquello no era, quiero suponer, una costumbre cateta ni la vía, entonces, una calle-saloncito.
No sé cuántos años lleva la calle Larios siendo escaparate que exhibe la Semana Santa, la Feria o el Carnaval de nuestra ciudad. Antes de la peatonalización y después. Claro que, pensarán algunos, al fin y al cabo estas manifestaciones no son otra cosa que folklore; ¿o alguien guarda dudas de que el desfile de tronos por las calles tiene mucho más de 'puro folklore' que de sentimiento religioso? Con el agravante de que, para estos eventos, la calle Larios pierde su carácter democrático y exige pasar por taquilla para ver el espectáculo cómodamente sentados. Y quien no pague, que lo vea en calle Carretería, que es la 'tribuna de los pobres'. Quede bien claro, le explico a Zalabardo, que no tengo absolutamente nada contra ninguno de estos eventos, ni contra otros si los hubiera. Pero, ¿por qué entonces nadie dice que eso sea 'puro teatro'? ¿O es que la calle está bien para el folklore, que mira hacia las masas, pero no para el arte, que es propiedad intangible de unos pocos elegidos?
Zalabardo sabe que yo siempre he mantenido que si de algo no deben quejarse los malagueños, yo lo soy solo de adopción, es del clima que disfrutamos, lo que nos hace sumamente agradable vivir en el exterior, en las calles, en cualquier época y estación. Y, amparado en esto, he defendido también que Málaga debería organizar, en lugar de la calurosa Feria de agosto, unas Fiestas de invierno que podrían ser la envidia de toda Europa. Entre tanto, dejemos que la calle Larios siga siendo escaparate democrático de arte, accesible a todo el mundo, pues como dice el refrán, nunca es mal año por mucho trigo.

jueves, enero 22, 2009


UNA DE TOPÓNIMOS
Acerca de este tema ya hubo hace tiempo un apunte, pero Zalabardo me insiste en que le aclare si existe algo reglamentado sobre el asunto, porque tiene mandanga, me dice, que tenga uno necesidad de buscar un dato en una enciclopedia o libro similar y se encuentre con que aquello que busca ha desaparecido. Le pregunto cómo es eso de que ha desaparecido y, de inmediato, me lo explica: resulta que por un sencillo motivo de curiosidad, me expone, quiso localizar en un atlas el estrecho de los Dardanelos que, como es sabido, comunica el mar Egeo con el de Mármara y separa Asia de Europa. Pues bien, concluía, ya no estaba, pues en su lugar habían colocado otro con un nombre muy raro: Çanakkale Bogazi. Le pedí que me mostrara el libro, que resultó ser una edición española del Atlas de la Natural Geographic. Me vi en la necesidad de explicarle que ambos nombres designaban lo mismo, solo que el primero es el topónimo tradicional en español y el segundo el original en lengua turca. Pero su duda inicial me ha hecho reflexionar sobre la petición que me hacía al principio.
¿Qué actitud se debe adoptar ante los topónimos (nombres de lugares)? El Diccionario de usos y dudas del español actual, de José Martínez de Souza, dice de forma sucinta lo siguiente: Los topónimos mayores (nombres de continentes, países, capitales de nación, ríos, montes importantes, etc.) que tradicionalmente se han adaptado a la grafía del español deben utilizarse según esta y no en su grafía original. Los topónimos medios (ciudades de mediana importancia, accidentes geográficos poco conocidos, etc.) deben escribirse en español si tienen nombre en él; en caso contrario, en su lengua original. Y los topónimos menores (pequeñas poblaciones, accidentes de escasa resonancia) se escribirán en su lengua original, salvo que por alguna sean conocidos por un nombre español. La norma, pues, es simple.
Lo anterior, si lo aplicamos, exige que siempre utilicemos el nombre Aquisgrán y no su nombre alemán (Aachen) o francés (Aix-la-Chapelle); que no aceptemos Mainz por Maguncia, ni Den Haag por La Haya, ni Gdansk, nombre polaco moderno de lo que para los españoles ha sido siempre Dánzig. Ni, por supuesto, que nos aguantemos con oír hablar de las Islas Kelling si siempre las hemos conocido como Islas Cocos. Estos ejemplos que doy no son arbitrarios; aparecen con más frecuencia de lo que parece en los medios de comunicación y la razón del error está en que traductores poco cuidadosos no reparan en comprobar si los nombres que aparecen en despachos de agencias escritos en lenguas extranjeras disponen de un correspondiente español. Hace unos años (creo que fue en 2003) los periódicos se ocuparon de un trágico accidente aéreo en el que perdieron la vida algo más de sesenta militares españoles que regresaban de Afganistán y que tuvo lugar en la remota provincia turca de, leíamos, Trebzon. ¿Nadie cayó en la cuenta de que esta región, cuya capital ostenta el mismo nombre, situada a orillas del Mar Negro, ya aparece mencionada en el capítulo inicial del Quijote, donde se la llama Trapisonda, que es su nombre tradicional en nuestra lengua, junto a Trebisonda?
El deporte, mire usted por dónde, es otra vía de ingreso espurio de topónimos indebidos. Más de una vez hemos leído u oído que equipos de nuestro país se han debido enfrentar a escuadras tales como Brugge, Basel, Göteborg o Genoa, cuando lo que deberían haber dicho era Brujas, Basilea, Gotemburgo o Génova, pongo por caso; volviendo al ejemplo de antes, algún equipo español ha medido sus fuerzas con las de un equipo turco llamado Trabzonspor, que no es otro que el de la ciudad antes mencionada. ¿Por qué nadie utilizó la lógica para llamarlo Deportivo Trapisonda, o algo aproximado, que hubiera sido lo correcto? Nuevamente aquí la razón no es otra que el descuido.
Los topónimos que pertenecen a lenguas que no utilizan el alfabeto latino presentan problemas a veces difíciles de resolver; en español, tradicionalmente, se venía haciendo uso de las transcripciones inglesa o francesa (en ocasiones mezclándolas) según los casos. Eso originaba que, por ejemplo, unas veces nos topásemos con la forma Kruschev y otras con la forma Jrushchov para designar a la misma persona, el antiguo dirigente de la extinta Unión Soviética. Y no digamos nada de los topónimos chinos. Aunque modernamente han establecido un sistema de transcripción al alfabeto latino, el pinyin, el hecho de que se haya tomado como referencia la lengua inglesa lo hace bastante inútil para otras lenguas, entre ellas la nuestra. En cualquier caso, si ya existe un topónimo de amplia aceptación general, no deberíamos cambiarlo por el más moderno; me explico: siempre, para nosotros, será preferible Pekín a Beijing o Sezuán (conocido por la obra teatral de Brecht La persona buena de Sezuán) a Sichuán, que es el nombre que encontramos ahora. Y no digamos si, en lugar del río Amarillo, la prensa nos habla del río Huang, que es el mismo, pero más difícil.
Y ya comida aparte es lo que hay que echar a los topónimos españoles de zonas con lengua autonómica propia. Bien es verdad que el Estado Español aceptó la modificación de muchos de estos topónimos a la lengua vernácula y hoy se consideran nombres oficiales los recogidos en el volumen Entidades Locales de España, cuya primera edición no sé ahora si es de 1989, aunque consulto en Internet (para los ejemplos) la edición cuarta, que es de 2007. Mi opinión es que aquella medida obedeció más a criterios políticos y de catetez provinciana que a otros respetuosos con cualquier norma lingüística más lógica. El planteamiento que yo hago, y esto se lo dejo bien claro a Zalabardo, es que si decimos Londres, Milán o Turín en lugar de London, Milano o Torino, ¿por qué vamos a tener que decir Eivissa en lugar de Ibiza, Elx en lugar de Elche, Hondarribia en lugar de Fuenterrabía o, por acabar, Ourense en vez de Orense? No sé si la comparación está fuera de lugar, pero a veces pienso que es algo así, y lo digo un poco a modo de chiste, como si nosotros pretendiéramos ahora obligar al resto de España a que dijeran, por ejemplo, Cái o Graná. Pues eso.

lunes, enero 19, 2009

ESTRENOS DEL 27

Málaga pretende ser declarada Ciudad Cultural Europea de 2016. Pero tal pretensión no se alcanza con solo animar a los ciudadanos para que estampen sus firmas en los pliegos al efecto o con únicamente desearlo ardientemente. Es preciso, primero que nada, que sea una capital que ofrezca de manera continuada un ambiente cultural merecedor de tal nombre. Muchas veces, Zalabardo y yo hemos discutido sobre el programa que Málaga brindó, durante muchos tiempo, tanto a sus visitantes como al elevado número de forasteros que nos visitan. Y coincidíamos en que no se podía presumir de tener una Semana Santa que pretende superar a la de Sevilla, o una Feria ídem de ídem, o unos Carnavales que luchan por rivalizar con los de Cádiz o Tenerife, o un Festival de cine que quisiera hacer sombra al de San Sebastián.
Lo que queremos decir con esto es que no debería escudarse nadie tras el argumento del esfuerzo por hacer mejor lo que otros ya hacen bien. Lo meritorio es hacer aquello que otros no hacen, ser originales y, en esta originalidad, poder presumir de calidad y seriedad, de dedicación al trabajo y de ser capaces de elaborar un producto propio.
Afortunadamente, parece que la tendencia a mirar hacia los demás para imitar, con el ansia de mejorarlo, lo que los demás ya hacen, está cambiando de un tiempo a esta parte. El Museo Picasso es buena prueba de lo que decimos. El Festival de Teatro, que este año celebra, en estos días, su vigésimo sexta edición, también. De este último, haber incluido en el programa una sección titulada Invitados en casa, de actividades teatrales en plena calle, creo que es un acierto, aunque no sea del todo original; nuestro clima ayuda. Y también el hecho de haber convertido la remodelada calle Larios en espacio para exposiciones al aire libre es algo que pocas ciudades pueden conseguir.
El sábado pasado se estrenó el auditorio del nuevo edificio de la Diputación Provincial de Málaga. Para el evento se ha elaborado un espectáculo no solamente digno, sino de una calidad, a mi juicio, elogiable. Esa debe ser la línea de actuación de una ciudad que aspira a la capitalidad cultural europea. Título del espectáculo: Concierto para el Nuevo Dos Mil Nueve. Estrenos del 27. Se trata de un montaje en el que han colaborado el Área de Cultura de la Diputación, la Orquesta Sinfónica Provincial de Málaga y el Centro Cultural Generación del 27. Con el añadido de breves piezas de Wagner, Mozart, Falla, Rossini y Duke Ellington, el núcleo del programa ha sido una selección de poemas de poetas de la Generación del 27 (Cernuda, Altolaguirre, Lorca y Moreno Villa), que una serie de jóvenes compositores malagueños han convertido en arias para tenor, soprano y barítono. Alguien, viendo el programa, podría preguntarse qué pintaba mezclado con todos ellos un poema de Juan Ramón Jiménez. Pues simplemente dar muestra de que el poeta de Moguer fue maestro indiscutible de todos ellos, por mucho que en más de una ocasión, y encerrado en su ebúrneo torre, fingiese sentir desprecio hacia aquel grupo de insignes poetas.
Una parte importante del mérito y del éxito del Concierto se le debe al Centro Cultural Generación del 27 y a su nueva directora, Aurora Luque, a quien se debe la gestación del acto así como la selección de poemas que han sido la base para las diferentes partituras musicales.
Me pregunta Zalabardo si no hay nada que no me hubiese gustado; sí lo hay. Me pareció floja la lectura de los poemas. Leer poesía en voz alta es algo muy difícil y que, por desgracia, se está perdiendo en nuestros días. En esta ocasión, la lectora, que eso sí, poseía una bella voz, hizo una lectura sin el tono y el ritmo precisos que cada uno de los poemas requería. Todos los poemas, así, sonaban igual. Pero esto fue un fallo menor que no evita el juicio positivo para el conjunto del bello espectáculo que nos ofrecieron.

viernes, enero 16, 2009

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS

Frente al aburrido panorama televisivo que las cadenas ofrecían para la noche de fin de año siempre nos quedaba la posibilidad de refugiarnos en Casablanca, película que cada vez que se ve parece nueva y diferente. Hay películas que recordamos por alguna que otra escena o frase que trascienden de su contexto concreto. Casablanca nos deja un cesto de unas y otras. Como la que aparece hacia el final, cuando el cínico Rick (Bogart), que con su actuación demuestra que el capitán Renault tenía razón al afirmar de él que era un sentimental, le dice a Ilsa (Bergman) aquello de que "siempre nos quedará París". La frase se ha convertido en uno de esos numerosos tópicos que pululan por ahí y de los que nos adueñamos para, cada vez, indicar que nada se pierde para siempre o, como dice el refrán, que donde hubo fuego aún queda un rescoldo.
Esta vez, remedando la frase de la clásica, y a la vez actual, película, podríamos decir que "siempre nos quedará el BOE", que, tras su dilatada vida en soporte de papel, desaparece en su formato tradicional para convertirse en el primer periódico importante español que se ofrece a sus lectores en formato exclusivamente digital. Y gratuito.
Zalabardo y yo hemos contemplado en la reata de años que arrastramos cómo aparecían y desaparecían publicaciones de prensa, ya fuesen de periodicidad diaria, semanal o quincenal. El primer zamarreo de la prensa libre tras el franquismo se llevó por delante aquellas publicaciones que enseñorearon los años de la dictadura (El Alcázar y sus tesis integristas, Pueblo y sus imponentes titulares de primera página...) Traumática fue la desaparición del diario Madrid, uno de los primeros en intentar caminar por una senda de aperturismo y aire fresco. Luego nacerían, y morirían, otros, como Diario 16 o Informaciones, antes de la aparición de la nueva ola del periodismo español (El País, El Mundo...). Con ellos, las revistas como Cambio 16, Cuadernos para el diálogo o, entre las festivas y satíricas, La Codorniz y Hermano Lobo, también pasaron a mejor vida. En medio de ese trajín, ha habido publicaciones que parecen "de toda la vida": La Vanguardia o ABC, por ejemplo.
Pero si de alguna publicación se puede decir que es de toda la vida, al menos de toda la vida del periodismo, porque habiendo sido la primera ha superado cualquier contingencia, esa es el BOE, denominación actual de lo que en sus orígenes fue la Gaceta de Madrid y, aún antes, Relación o gazeta de algunos casos particulares, assí Políticos, como Militares, sucedidos en la mayor parte del Mundo, hasta fin de Diziembre de 1660, que es lo que rezaba en la cabecera de su número 1, de 1661. Bien sabido es que la prensa europea tuvo sus inicios en las gacetas del siglo XVII, publicaciones en que desembocaron las hojas volanderas y de avisos que proliferaban un siglo antes. Pero también es sabido que ese tipo de publicaciones no alcanzó importancia, cuantitativa y cualitativa, hasta un siglo después, ya en plena Ilustración, que posibilitó las bases sociales que una publicación periódica exigía: aparición de un público ávido de novedades noticiosas, por un lado, y medios económicos para costear esa ansia, por el otro.
La Gazeta mencionada antes fue el primer periódico español de información general y la creó, a imitación de la Gaceta de Francia, aparecida en 1631, el periodista español, aunque de raíces flamencas, Francisco Fabro Bremundán. Tenía cuatro páginas en cuarto y se imprimió en una imprenta de la madrileña Plaza del Ángel. A partir de ahí, su historia se puede contar en pocas líneas: en 1697 pasó a llamarse Gaceta de Madrid y, en 1762, siendo rey Carlos III, la Corona asume el privilegio de imprimirla y hace que la publicación pase a convertirse en medio de información oficial que reflejase los criterios y decisiones del Gobierno. Poco después, en 1787, se crea la Imprenta Real y la Gaceta pasa a confeccionarse en sus propios talleres. En 1834 se hace publicación de periodicidad diaria y desde 1886 solo publica documentos oficiales. A la finalización de la Guerra Civil, su nombre cambia y se convierte en Boletín Oficial del Estado, aunque en 1961 recupera, si bien como subtítulo, su nombre original de Gaceta de Madrid. Por fin, el primer día de 2009 ha abandonado su publicación en papel y solo podemos acceder a él a través de la Red, en su edición electrónica.
De esta forma, el más antiguo de nuestros periódicos ha pasado a ser, al mismo tiempo, el más moderno de todos. Zalabardo y yo no podemos negar que tenemos un especial aprecio por el tacto del papel prensa y por el olor de la tinta con que se imprimen los diarios. Pero no podemos negar, por otra parte, que eso es adaptarse a los nuevos tiempos.

lunes, enero 12, 2009


NO ES LO MISMO
Paseábamos días atrás Zalabardo y yo (ya sabéis de mi reciente costumbre de callejear) y nos hallábamos en los límites de la barriada de Carranque. Se nos acercó un hombre portador de un paquete que, a lo que se veía, debía entregar y nos dijo, tal cual: "¿Saben ustedes dónde está Franz Kafka? No sé cómo, pero lo primero que se me vino a la mente fue contestar: "Por desgracia, se encuentra enterrado en el cementerio judío de Praga desde 1924". Menos mal que me contuve a tiempo, pues, como es lógico, lo que el buen señor pretendía era que le indicásemos dónde estaba la calle que lleva el nombre del escritor checo. Luego, cuando se lo conté a Zalabardo, se alegró de que no hubiese dado tal respuesta y me recriminó lo que, según él, hubiese sido una mala muestra de humor negro. Y comenzamos a hablar de cómo nos movemos por lugares que conocemos y somos ignorantes de la denominación de las calles por las que andamos. Por ejemplo, los dos desconocíamos el nombre de la vía en la que nos encontrábamos en aquel preciso momento. Lo averiguamos; era la calle Virgen de la Cabeza, que va desde el final de la avenida de Andalucía hasta el Polideportivo de Carranque. Total, que el pobre señor que nos preguntó se hallaba algo lejos de su destino, pues la dirección que buscaba está, lo averiguamos también, junto al polígono universitario de Teatinos. Desde entonces, he hecho propósito de mirar los rótulos de las calle por las que voy.
La conversación callejera sobre calles dio pie a otra que ya nos tuvo entretenidos durante todo lo que duró el paseo: la de confusiones que se producen al utilizar una serie de palabras que indican algo diferente de lo que intentamos indicar con ellos. Por ejemplo, citó Zalabardo las confusiones que originan indio, hindú e hindi, sobre todo los dos primeros, que muchas veces usamos como sinónimos, aunque en este caso la cosa es explicable. En principio, indio es la voz que designa a los habitantes de la India, mientras que hindú se aplica a los fieles del hinduismo. Lo que sucede es que al aplicarse, a causa de la confusión de Colón, el adjetivo indio al individuo de cualquiera de los pueblos pobladores de América en el momento del descubrimiento, con objeto de deshacer cualquier equívoco hindú ha asumido también el sentido de habitante de la India. Por fin, hindi sirve para significar la lengua derivada del sánscrito que se habla en la India.
Más confusión existe entre América, americano y norteamericano. En estos caso, ya sé que solemos entendernos bastante bien pero lo cierto es que con frecuencia cometemos impropiedades en su uso. Empecemos por decir que América es el nombre de todo un continente subdividido a su vez en América del Norte, América Central y América del Sur. Por tal motivo, no debiera emplearse para designar solo a una parte de ella, que más propiamente se llama Estados Unidos de América o, en su forma simplificada, Estados Unidos. A esta confusión colaboran no poco los propios ciudadanos de ese país, muy dados a considerarse a sí mismos como América; no tenemos más que ver que, junto a lo que es su himno oficial, The Star Spangled Banner (La bandera cuajada de estrellas), poseen una canción patriótica que es considerada como el segundo himno nacional y que se llama God Bless America! (¡Dios bendiga a América!). A todo esto, no olvidemos que en el mismo subcontinente norte hay otro país cuyo nombre es Estados Unidos Mexicanos, aunque este país sea más conocido como México.
Esta confusión arrastra a otra no menos desaconsejable, la de llamar, con un carácter de casi exclusividad, americanos o norteamericanos a los estadounidenses. Tengamos presente que tan americanos como ellos son, sin necesidad de citar a nadie más, los argentinos. Y que tan norteamericanos como ellos son los mexicanos y los canadienses.
Y como todo había empezado por Kafka, qué decir del grupo israelí, israelita y judío. El autor de El proceso, por ejemplo, era judío, pero no israelí, sino checo. Porque israelí es el gentilicio que corresponde a cualquier ciudadano del moderno estado de Israel o el adjetivo que designa cualquier cosa relacionada con dicho estado. Su plural es israelíes. Israelita, que es voz sinónima, en algunos casos, de hebreo y de judío, tiene, por su parte, dos acepciones; como gentilicio, se aplica a todo lo concerniente al antiguo reino de Israel, aunque también tiene una acepción religiosa, puesto que se aplica a la persona que practica la religión judía. Por fin, judío ofrece igualmente dos acepciones, pues tiene un sentido histórico-étnico que se aplica a lo que pertenece a la antigua región de Judea o al pueblo que habitó la antigua Palestina; y también tiene un sentido religioso, ya que judíos son los adeptos a la religión de Moisés.
Y puesto que hablamos de Israel y Palestina, alguien debería impedir lo que los israelíes están haciendo en Gaza. Nada, ni siquiera el argumento de la defensa propia, puede justificar la masacre que allí se está produciendo con la connivencia de otros muchos, en primer lugar los estadounidenses, que miran para otro lado. No es lo mismo una guerra, siendo malas todas las guerras, que la despiadada matanza que allí se está llevando a cabo.

miércoles, enero 07, 2009


AÑO NUEVO, ¿PALABRAS NUEVAS?
Pese a que muchas veces se afirma que la Academia es una institución retrógrada, que apenas se esfuerza por ponerse al día, que convierte a su diccionario en un cementerio de elefantes, lo cierto es que los señores académicos realizan un trabajo serio y silencioso, elogiable, y que hacen lo posible por poner su obra base al día. Vaya, que eso de que limpia, fija y da esplendor no es un simple lema que mostrar en el escaparate, sino una palpable realidad. ¿Que no se va a la rapidez que algunos desearían? Tampoco es cuestión de correr y de precipitarse, sino de pisar terreno firme y no meter la pata demasiado, porque tampoco los cambios en la lengua se dan así, de un día para otro.
Y es que, a decir verdad, palabras nuevas hay pocas, pues no es tan fácil inventar términos novedosos (si exceptuamos la capacidad que para ello se atribuye a Chiquito de la Calzada, que tampoco ha inventado tantas). Lo que sí puede resultar frecuente es el hecho de que muchos vocablos, con el discurrir del tiempo, vayan modificando, alterando, restringiendo o ampliando los significados que tienen. Y en esto hay que andar con pies de plomo, porque no todos los cambios terminan por afianzarse y no es cuestión de cambiar el diccionario cada dos por tres.
En los últimos días del año que ha fenecido, deseemos que el recién estrenado sea más benigno en todos los aspectos, Alianza ha editado un Diccionario político y social del siglo XX español, dirigido por Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes. Pronto nos dejan claro que su fin no es acumular un repertorio de acepciones (por tanto no es una obra propiamente lexicográfica) ni información sobre personas o acontecimientos (por lo que tampoco es un diccionario enciclopédico). El objetivo de la obra es ofrecernos un análisis de los conceptos que laten debajo de una serie de términos con el que apreciar las experiencias político-sociales vividas por nuestro país en el pasado siglo y observar la evolución de dichos conceptos.
Una primera conclusión obtenida por los autores y declarada en la nota previa que encabeza el libro es que de las 125 entradas de que consta la obra nuestra lengua apenas si ha aportado una ínfima cantidad que puedan ser consideradas particularmente españolas. Si muchas veces se ha dicho que guerrilla es un término, y noción, dados por nuestra lengua al mundo, este diccionario del que hablo declara que son autóctonas catalanismo, caudillo, franquismo, Hispanidad, reconciliación, transición y pocas más. Esta última explica bien lo que se quiere decir: por supuesto que transición es una palabra 'vieja', pero lo que con ella se quiere indicar cuando se habla de la transición política española tras la muerte de Franco es algo absolutamente novedoso e intrínsecamente español.
Zalabardo y yo estuvimos leyendo los artículos dedicados a dos palabras precisas: hispanidad y cultura. Esta última resulta un buen ejemplo de lo que decimos. Si consultamos el diccionario académico, hallamos que la cultura es '1. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. 2. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.' El diccionario de María Moliner es un poco más amplio y claro: '1. En sentido amplio, cultivo. 2. Conjunto de conocimientos no especializados, adquiridos por una persona mediante el estudio, las lecturas, los viajes, etc. / Conjunto de los conocimientos, grado de desarrollo científico e industrial, estado social, ideas, arte, etc., de un país o una época.'
Si nos vamos al uso cotidiano de la palabra, la obra de referencia hace una amplia exposición que aquí me limito a resumir de manera muy simple e incompleta. Tras la crisis del 98, el concepto de lo que sea cultura se entremezcla con las nociones de educación, instrucción y civilización, relacionando a la vez estos conceptos con los de progreso y prosperidad. Después de la guerra civil, para las izquierdas, la cultura era 'la labor artística e intelectual desarrollada en el exilio', mientras que para el franquismo era 'la manifestación folclórica de las diversidades regionales'. Cuando llegan los años del desarrollismo, siendo ministro de Información y Turismo Fraga, la cultura era 'la actualización del enorme tesoro artístico, musical y dramático del pasado que fomenta las nuevas tendencias'. Y cuando llegamos al año 2000, nos encontramos con que todo es susceptible de ser cultura; incluso el hecho de ir a discotecas permite hablar de la cultura de clubs. Y no hablemos ya de la cultura del pelotazo.
Pero volvamos con el trabajo, poco o mucho, de los académicos. Ahora andan ocupados, lo leía hace días, en encontrar nuevas definiciones para el término cultura que completen y complementen las que ahora trae el diccionario. Y es que si leemos en un periódico reciente que En todas las culturas, el juego reproduce los modelos adultos, vemos que el sentido del término coincide con el de cualquier diccionario. Pero si, en ese mismo periódico, leemos que [el Rey] comparte esta afición a considerar todo una cultura (la cultura de la basura, la cultura del consumo...); él inauguró la "cultura de la ilusión", notamos que algo ya no nos cuadra. En eso, entre otras cosas, están atareados ahora los académicos, en buscar una definición, una nueva acepción para la palabra y, cuando la encuentren, la ofrecerán al dictamen de las academias americanas. Parece que la propuesta que se perfila es clara y, creo, aceptable: 'Conjunto del sistema de conductas que caracterizan a un grupo / Conjunto de actividades que giran en torno a un elemento'. Lo que está claro es que entre hablar de la cultura maya, por ejemplo, y la cultura del pelotazo media un abismo que hay que subsanar en los diccionarios.

jueves, diciembre 18, 2008


VEDEGAMBRE
Algunos días, para matar el tiempo, o para entretenerlo, que es menos violento, Zalabardo y yo jugamos a las palabras cruzadas. Ayer mismo, en un momento del juego, a él no se le ocurrió otra cosa que componer, ayudándose de lo que ya había en el tablero, vedegambre. ¡Toma ya! Y no pongo la admiración porque sean diez letras y colocase todas sus fichas, con la consiguiente alta puntuación que obtenía, sino por la palabra en sí. Al final, casi se enfada a consecuencia de mi desconocimiento del vocablo. Rara vez he visto a una persona con mayor sentimiento de dignidad ofendida. De poco sirvió que yo terminara aceptando el término y pidiéndole excusas por sugerir que podía haber hecho trampa. Me obligó a levantarme y a consultarlo en el diccionario. Allí estaba; vedegambre: 'planta liliácea de flores blancas o verdosas y rizoma medicinal'. Otro nombre para esta planta es eléboro.
Si cuento todo esto no es por la anécdota en sí, sino por la extrañeza que en mí produjo su origen, ya que la palabra viene del latín medicamen, que significa tanto medicina como veneno. Y ya me picó la curiosidad y le pedí que me ayudara en una de esas búsquedas en que de vez en vez nos entretenemos los dos. El resultado obtenido es de verdad curioso pues descubrimos que vedegambre es pariente de medir, metro, luna, mes, médico, meditar, cómoda y otras más que no reproduzco. ¿Cómo es eso? A ver si lo expongo en no demasiado espacio.
Tomamos como punto de partida el Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española, de Roberts y Pastor. En él encontramos que hay unas raíces me- y med-, 'medir' de las que proceden tanto el latín metior ( de donde nuestros medir, mesura o dimensión) como el griego métron, origen de nuestro metro. Pero resulta que tal procedencia es la que tienen también los términos griegos mén (latín mensis), 'mes' y méne, 'luna', lo que se explica por la antigua y universal forma de medir el tiempo por la luna (eso explica palabras tan aparentemente distantes como menisco, porque su forma es semejante a una luna menguante, o menopausia, literalmente 'cese natural del mes -menstruación- en la mujer').
A la misma fuente se remontan los términos latinos meditor, 'considerar', que es medir las consecuencias de un acto (derivado suyo es meditar); modestus, 'el que actúa con medida', origen de nuestro modesto; modero, 'mantenerse dentro de la medida', que es la base de moderar; y modus, 'medida, tamaño', que es de donde salen modo, moda, modular, molde, cómoda (a través del francés armoire commode), etc.
Y llegamos, por fin, al elemento del que ha partido toda esta disquisición. La misma raíz indoeuropea de la que hablamos explica el vocablo latino medeor, que significa 'cuidar, tratar, curar'; esa es la etimología directa de médico, medicina (ars medicina), 'ciencia médica'), remedio (remedium, 'cura') y vedegambre (medicamen, 'medicamento, droga, veneno').
La evolución desde el término latino al castellano refleja un hondo proceso fonético de carácter popular que renuncio a explicar para no incurrir en más erudición de la imprescindible. Solo diré que si bien el paso m>v es más complejo, pues supone una alteración en el modo de articulación (como el que hay entre mimbre/vimbre o, al revés, entre albóndiga/almóndiga), la conversión amen>ambre es bastante común en nuestra lengua, como lo atestiguan las palabras enjambre, estambre, raigambre, velambre o la propia hambre.
Cuando terminamos con esta chocante búsqueda y le propuse continuar el juego, Zalabardo se negó en redondo y dijo que antes de volver a jugar conmigo a semejante entretenimiento yo debería hacer un serio examen de conciencia y prometer, además, que nunca más manifestaría dudas acerca de la limpieza de su actuación en cualquier clase de juego. Se le veía ufano y, más que ofendido por mi comportamiento, contento como un niño pequeño que se ve vencedor en una lid de la que casi siempre se ha sentido, aunque en realidad no sea así, comparsa. Pero no me molesta, porque otras veces yo he actuado respecto a él de la misma forma.
La semana próxima ya es Navidad. Como son días de bastante relación familiar, Zalabardo y yo suspendemos momentáneamente la agenda y la reanudaremos tras las fiestas. En su nombre y en el mío, muchas felicidades a todos lo que amablemente nos siguen.

lunes, diciembre 15, 2008


ENERGÚMENOS
La palabra que da título al apunte de hoy, energúmeno, tiene ascendencia griega y designa, etimológicamente, a la 'persona que está poseída por un demonio'. Por extensión, designa también a la 'persona furiosa, alborotada'. Hasta ahí llega el diccionario de la Academia, aunque el de María Moliner avanza un poco más. En efecto, añade que energúmeno es también la 'persona que grita mucho' e incluso 'la que se expresa con violencia o con extremismo'. Zalabardo, acogiéndose a esta última definición, me dice que entre nuestros políticos hay muchos que son así. Lo dice porque hace unos días hablábamos de los excesos verbales a que hemos asistido durante la primera quincena del mes de diciembre, con el agravante de que tenían lugar, todos ellos, en actos públicos.
El lunes día 1, un tal Pedro Castro, alcalde socialista de Getafe y, para mayor inri, presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias, no se cortaba un pelo al lanzar al aire esta pregunta: "¿Por qué hay tanto tonto de los cojones que vota a la derecha?" El sábado día 6, el diputado por Esquerra Republicana de Catalunya llamado Joan Tardà, se cortó aún menos al gritar a los cuatro vientos, mientras se quemaba un ataúd que representaba a la Constitución que permite que él sea lo que es, "¡Muerte al Borbón!" Quien se dice ser Isaac Valencia, de Coalición Canaria, alcalde de La Orotava, hacía gala de su talante solidario e integrador al quejarse públicamente de que "las Islas están a merced de que el moro venga un día y nos lleve por delante". Y, para que haya representación suficiente del espectro político del país, don Manuel (en España hay dos don Manuel: Ruiz de Lopera, dueño del Betis, y Fraga, del PP, que es de quien hablo) responde hace unos días, cuando se le pregunta cómo habría que ponderar el cambio de sistema electoral para que los nacionalistas tuvieran menos peso, que "habría que ponderar colgándolos de algún sitio".
Ya no quiero entrar en el hecho de que estas cuatro personas, como otras muchas de igual laya que pululan por ahí, debieran pensar que, en cuanto cargos electos que son, representan a toda la ciudadanía, incluidos aquellos que no los han votado expresamente a ellos, y por lo tanto les deben todo el respeto y consideración del mundo. Y digo los cuatro pese a que el alcalde canario se refiera a personas que no son ciudadanas de nuestro país. Porque, además, resulta que sus puestos y sus sueldos están siendo sufragados por todos los ciudadanos y no solo por su parcela específica de votantes. Pero, por desgracia, muchos de esos cargos públicos se parecen a aquel profesor a quien, después de haber salido elegido miembro de un Consejo Escolar, se le pidió que defendiera los intereses de los profesores a los que representaba y tuvo la desfachatez de responder que él solo representaba a los que lo habían votado.
Quiero decir que, más que ese mero hecho de a quiénes representan y por quiénes han sido elegidos o quiénes son los que les están pagando, lo que me preocupa es el síntoma de mala educación, de violencia verbal, y de la otra, que sus conductas reflejan. Además de su poco espíritu democrático. No me vale que alguien saque a relucir la excusa de la libertad de expresión porque nadie puede ampararse en ella para cometer tales desmanes. Se puede ser de izquierdas, pero tal adscripción no permite llamar "tontos de los cojones" a los votantes de derechas; como la circunstancia de ser republicano no es razón para gritar "¡Muerte al Borbón!". Cuanto más, si se ostenta un cargo derivado de la manifestación del pueblo soberano en las urnas. Y lo mismo digo de los otros casos.
También puede que haya quien mencione que todos, no estoy seguro si don Manuel también, han pedido disculpas. A mí, al menos, no me valen tales excusas. Y Zalabardo dice que a él tampoco; ¡a buenas horas, mangas verdes! Lo correcto, lo digno y consecuente, sería que estos señores, por lo que son, además de disculparse renunciasen a sus cargos y se marcharan a sus casas (por bocazas, por energúmenos), donde podrían reflexionar, ya que no lo hicieron antes, sobre las consecuencias de sus palabras. Y si sus partidos los disculpan es que no merecen ser votados.
Me enseña Zalabardo el libro Más de 21 000 refranes castellanos, compuesto por mi paisano Francisco Rodríguez Marín en 1926. Me lo abre por una página en la que, con el dedo, me señala uno que dice: Habla convenientemente o calla prudentemente. Yo, a mi vez, le muestro un volumen de la obra Oráculo manual y arte de prudencia, que publicó Baltasar Gracián en 1647. Es una colección de trescientos aforismos glosados, de donde elijo el numerado como 160: Hablar con prudencia. Con los competidores por cautela; con los demás por decencia. Siempre hay tiempo para soltar las palabras, pero no para retirarlas. Hay que hablar como en los testamentos: cuantas menos palabras, menos pleitos. Uno debe practicar en lo que no importa para cuando sí importe. El secreto parece algo divino. El que habla con facilidad está cerca de ser vencido.
Sugiere Zalabardo que los políticos deberían someterse antes de ocupar cualquier cargo a un curso de buenas maneras en el hacer y en el decir. No me parece que sea mala idea, ¿pero qué haríamos con los que no lo superasen?

viernes, diciembre 12, 2008

MELINDRES

Hay palabras cuya historia resulta complicada de contar, como pasa con el término melindre, de origen incierto. Si bien puede parecer que la palabra se nos cuela a causa de Los melindres de Belisa, yo la conocía antes de haber leído la comedia de Lope de Vega porque mi madre la utilizaba mucho, aunque con un sentido diferente. Y ayer, ahora contaré por qué, me vino de nuevo a la cabeza. El diccionario académico dice que significa 'fruta de sartén, hecha con miel y harina'. De ahí, por lo empalagosa que resulta, llega más tarde a significar 'delicadeza afectada y excesiva en palabras, acciones y ademanes'. Hasta ahí, el diccionario no se separa de lo que ya decía el de Autoridades, de 1734. Pero el María Moliner recoge otra acepción, que es la que yo recuerdo de mi madre: 'aprensión, física o moral, exagerada o afectada'; y la considera sinónima de remilgo. Melindre se suele utilizar más frecuentemente en plural, en la expresión tener melindres, o en su forma adjetiva, ser melindroso.
Ayer, mientras desayunábamos, preguntaba a Pablo Cantos por su última realización cinematográfica y ya hablamos de cosas diversas: si las sensaciones de un director de cine al acabar su película son semejantes a las de un escritor que acaba su libro o de naturaleza diferente, de las relaciones con los productores, de los problemas de trabajar con animales y cosas así. Yo le planteé en un momento el caso de las escenas con pájaros, pensaba en la película de Hitchcock, fuera de lo que son los efectos. Incluso, mientras él me lo explicaba, me vino a la cabeza preguntarle por los problemas que podría reportar la repetición de ciertas escenas en el rodaje de películas eróticas y/o pornográficas. Pero no lo hice; sentí cierta especie de aprensión, tuve remilgos. En fin, fui melindroso.
Porque tengo que reconocer que nunca he sentido una especial atracción por ese tipo de cine. Lo que ya no sé explicar es la razón, aunque pudiera ser consecuencia de una moral de época o de una educación en un colegio de frailes, donde se nos inculcaba una moral muy rígida en todo lo concerniente con la sexualidad y que se veía acompañada de frecuentes ejercicios espirituales. Bien es verdad que, superado eso, siguen sin gustarme esas películas. Zalabardo, por su parte, no tiene reparos en reconocer que, de vez en cuando, alquila alguna película en el videoclub o ve la que proyecta Canal + la noche de los viernes. A mí, repito, no me llaman especialmente la atención, sin que eso signifique que las rechace. Hace mucho tiempo, aún estaba en Sevilla cursando mis estudios universitarios, en España se inventó aquello de las Salas de Arte y Ensayo, que eran una excusa para proyectar cine de poca aceptación en las salas comerciales. En Sevilla, el cine Felipe II era uno de aquellos; allí se podía ver desde El séptimo sello, de Bergman, hasta el espanto más inimaginable. Eran aquellos cines una especie de cajón de sastre, un modo de dar entrada a lo que la censura no consentía o poner películas que carecían de acogida por parte del gran público. En aquel cine vimos, porque fuimos casi todo el curso en pandilla, Helga, el milagro de la vida, película que trataba de la concepción de un ser humano desde el coito hasta el momento mismo del parto. Nunca en nuestro cine se habían visto escenas como la de aquella cinta, que fue permitida, se decía, en razón de su alto valor documental y educativo. Yo la recuerdo como un bodrio.
Más tarde se pondría de moda lo del turismo cinematográfico. Los españoles íbamos a Francia por tres razones y a tres destinos diferentes: a París, como viaje de novios; a Lourdes, por cuestiones de fe; y a Perpiñán, para ver películas que aquí no se podían ver y solo se proyectarían en nuestros cines años después. Fue la época de El último tango en París, de Emmanuelle, de Historia de O o de El imperio de los sentidos. Luego, cuando se abrió un poco la mano, nuestra contribución al cine erótico fue aquella turbamulta de películas, tan distintas a las anteriormente citadas, protagonizadas por Esteso, Pajares y compañía y la excusa de algunas de nuestras actrices de que solo se desnudaban cuando lo exigía el guión. Esto pudo hacer que aumentaran mis melindres hacia el cine erótico-pornográfico. Vino entonces el destape, con aquella primera muestra de de un desnudo integral frontal femenino que protagonizó María Jesús Cantudo en La trastienda. La siguieron Nadiuska, Blanca Estrada y otras más. Y, por fin, las Salas X. Por aquellos años, poco más o menos, debió nacer Nacho Vidal, estandarte del porno español.
Me dice Zalabardo que para no ser aficionado sé muchos datos y le respondo que una cosa es estar informado y otra muy diferente ser aficionado. Quede claro que no tengo nada ni contra este cine, ni contra quienes son asiduos a él. Simplemente, no me atrae, como tampoco me atrae, si ello sirve para aclarar cuál es mi actitud, el cine de Woody Allen, salvo en películas muy concretas. Y no tengo nada contra sus forofos.
Me pide Zalabardo que, para terminar con una sonrisa, cuente el chiste que, con frecuencia, solía contar Juan Ruiz, otro gran amante del cine: Hablaban dos paletos y uno le decía al otro: "¡Vaya, hombre, ahora que he aprendido a decir pinícula, resulta que se dice flin!".

martes, diciembre 09, 2008

VÍCTORES Y PINTADAS


...tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
(Antonio Machado)

Hay quienes piensan que el víctor (o vítor) pertenece a la simbología franquista, cosa que no es verdad. En realidad, esa combinación de las seis letras de la palabra latina victor, vencedor, era la marca, en color rojo, que dejaban en las paredes de las antiguas universidades los estudiantes que alcanzaban el grado de doctor. Lo podemos ver en Salamanca, lo podemos ver en Baeza. En las columnas del patio del instituto en que yo estudié, que antes fue Universidad, aunque de rango menor, y que ahora acoge los estudios de enfermería, fisioterapia y empresariales, se pueden reconocer aún los grabados que en ellas dejaron quienes terminaban sus estudios.
En muchos pueblos, me recuerda Zalabardo, cuando aún existía el servicio militar obligatorio, había un lugar, generalmente un muro, donde cada reemplazo de mozos dejaba su impronta: ¡Vivan los quintos del 62!, por ejemplo. De siempre, ya lo vemos en los versos de Machado, los enamorados han dejado la manifestación de su pasión amorosa en forma de iniciales y fechas en la corteza de los árboles. Yo he tenido la dicha de pasear por esas riberas de las que el poeta habla y he visto los centenarios chopos con sus cortezas repletas de iniciales y fechas.
Pero en todos los casos que menciono se daba un elemento común: el soporte que acogía esas pintadas o grabados venía siempre determinado. Hoy, esto se ha desmadrado y ya no hay respeto por ningún muro, ni suelo ni escultura capaz de librarse de las pintadas. Algún soporte puede ser justificado, como la chimenea de una antigua y ya inexistente fundición malagueña que durante años ha servido para mostrar el amor que alguien sentía hacia Mónica. Y del mismo modo que los grafiteros no distinguen a la hora de escoger un soporte, tampoco se repara en el tipo de las pintadas. ¿Se habrá propuesto alguien hacer una clasificación temática de esta nueva muestra de decoración urbana, si se le puede dar tal nombre a la dichosa moda de emborronar las paredes de las ciudades?
Porque las hay para todos los gustos, según pudimos comprobar Zalabardo y yo paseando por las calles de Málaga. Las hay que encierran toda un declaración amorosa, como la que que ocupa uno de los bancos de los jardines que se abren junto a la calle Walt Whitman; dice, en una peculiar ortografía y reflejando la fonética malagueña: CANÍO TE KIERO. Otra, en la calle Pozos Dulces, es casi tan explícita como la anterior, aunque oculte el nombre de la persona destinataria del mensaje: ¿OYES LO MUCHO QUE TE KIERO? Por fin, una tercera, escrita sobre la pared de uno de los accesos que bajan desde el Pasillo de Santo Domingo hasta el cauce del río, recupera el estilo clásico: J y E 4-5-08.
Pero no todas son de esta naturaleza. Algunas, Málaga es ciudad cosmopolita, están redactadas en inglés: VANILLA ICE BY SAM, se lee sobre la boca cegada de uno de los pasos subterráneos de la Avenida de Andalucía. Y en la calle Pozos Dulces se puede contemplar un escueto OLD SCHOLL. Numerosas son también las reivindicativas, como la que dice: LIBERTAD PARA LOS PRESOS ANARQUISTAS o la que, en calle Cisneros, pide una ANDALUCÍA NACIÓN. Algunas son son todo un manifiesto; en la Plaza de la Merced podemos echar un rato de lectura con la que declara CONFORMISTAS VAIS A LLORAR LÁGRIMAS DE SANGRE. ESPAÑA SE ESTÁ QUEDANDO SIN ESPAÑOLES. Se supone por dónde va quien ha escrito esto. También vimos una que refleja algo de empanada ideológica, como la que, en la calle Segura, por detrás de El Corte Inglés, muestra un lacónico SKINGIRL acompañado de una cruz gamada, la hoz y el martillo y la A encerrada en un círculo.
Encontramos otras misteriosas: PG ES EL FUTURO. ¿A qué se podrá referir? Otra resulta hasta inquietante; está en la calle, creo que se llama así, Ministerio de la Vivienda y nos echa en la cara SOIS CARNE DE GULAG. ¿Y las surrealistas?: LOS ETARRAS COMEN EN MCDONALDS, se supone que escrita por alguien que prefiere el Burger King. Y en Pozos Dulces otra vez, esta calle está inundada de pintadas, hay una que podríamos llamar minimalista (no solo por la pequeñez de la letra con que está escrita, ya que hay que acercarse para leerla), y a la vez cínica: YO ME DEDICO A DAR POR CULO (A LA GENTE).
Pero, en este ámbito de transgresiones de todo tipo que suponen las pintadas callejeras, Zalabardo me pide que deje para el final la redactada sobre la puerta de una casa de la calle Marquesa de Moya, frente al teatro romano, que, una vez descifrada la complicada caligrafía y las abreviaturas utilizadas, nos dice: LA PAZ SEA CON VOSOTROS Y CON VUESTRO ESPÍRITU. El autor habrá jodido la puerta sobre la que escribe, aunque, al menos, expresa buenos sentimientos.

viernes, diciembre 05, 2008


OTRO MANIFIESTO
En los primeros días del pasado mes de noviembre salió a la luz otro manifiesto, firmado por profesionales de la enseñanza, cuyo objetivo es analizar una serie de opiniones bastante extendidas sobre el mundo de la educación y la enseñanza. Lo firma la Red IRES (Investigación y Renovación Escolar) y tiene por título No es verdad, pues sus autores comienzan con esa frase cada uno de los párrafos, en los que intentan desmentir asertos que se vienen repitiendo. Ha sido Zalabardo quien me ha llamado la atención sobre el mismo al hacerme notar una pequeña información alusiva sobre el mismo en la prensa. Luego me he metido en internet para enterarme de su contenido y, al mismo tiempo, saber algo de quienes integran la Red IRES.
Son un colectivo surgido hace unos treinta años que pretende, su nombre lo dice, una renovación del mundo de la enseñanza rompiendo con todos aquellos males que, opinan, este mundo arrastra. Se declaran admiradores de una serie de pedagogos de prestigio y de instituciones que, en su momento, se plantearon la misma misión renovadora.
En cuanto al contenido del manifiesto, creo que presenta ideas válidas (por cierto, condenan los incentivos vinculados al rendimiento de los alumnos) junto a otras que no lo son tanto (por ejemplo, defienden la bondad de la Logse) o que, en algunos aspectos, incluso hacen planteamientos contradictorios. Por ejemplo, comienzan diciendo que van a tratar de derribar creencias que no son acordes con la realidad, aunque dicen que tales creencias son ampliamente defendidas en ámbitos literarios, intelectuales y universitarios; si tantos son los que las defienden, digo yo que no será tan escaso su valor. En la exposición de argumentos, afirman que no es verdad que hoy no se valore el conocimiento y que se siga una práctica que abandona el esfuerzo, que hayan bajado los niveles de exigencia, que los alumnos de hoy son peores o que los docentes tengan un exceso de formación pedagógica pero déficit en la formación de contenidos.
En el desarrollo de cada apartado afirman, sin embargo, que los alumnos de hoy tienen grandes dificultades para comprender, que se comprueba que en cada nivel es claramente observable la debilidad de sus conocimientos, que si los jóvenes son como se denuncia es por culpa de una sociedad que expande la cultura del éxito fácil, el triunfo y la superficialidad y que los jóvenes son el reflejo de una sociedad hipócrita; además, añaden, la falta de respeto, el acoso, la violencia han existido siempre, solo que hoy son sobredimensionados por un periodismo sensacionalista. Por fin, que los males de la enseñanza actual radican en que los enseñantes practican un sistema tradicional y desfasado. Mala cosa si concluimos que los males de la educación son culpa de los periodistas y los profesores.
Pudiera parecer que todo en este manifiesto lo veo negativo, pero no es así; se cierra con la exposición de diez principios orientadores de la escuela que el colectivo defiende y que considero que pocos enseñantes rechazarían: todo el interés se pone en el estudiante, se defienden contenidos, metodologías y recursos modernos y variados, se solicita que haya profesores con formación acorde y se promueve la corresponsabilidad. De todas formas, mi consejo es que debe leerse el manifiesto, que es fácilmente accesible (solo hay que entrar en http://www.redires.net), y que cada uno forme su propia opinión.
Pero hay otro aspecto en el documento que es el que de verdad encuentro criticable: su redacción excesivamente complaciente con la corrección política y con el deseo, tan de hoy, de "evitar" un lenguaje sexista. Si se supone que los enseñantes somos una parte importante de la transmisión de la cultura y de la lengua que le sirve de sustento, deberíamos ser más cuidadosos en el empleo que de ella hacemos. Vamos con unos ejemplos.
El texto abusa de los dobletes del tipo madres y padres, alumnos y alumnas, hijos e hijas o niños y niñas. Digo lo que ya he mantenido otras veces; aunque el recurso sea estilísticamente feo, pesado para la lectura e incorrecto de acuerdo con la norma, podríamos pasarlo si quien lo defiende fuese consecuente en su uso. Y me explico: si hablamos de madres y padres no podemos decir luego que están preocupados, sino preocupadas y preocupados; si nos referimos a los alumnos y alumnas, no podemos hablar luego solo de los estudiantes (¿qué pasa con las estudiantes?) y menos aún compararlos con los de antes (¿y las de antes?)
Como los defensores de esa diversificación genérica a ultranza en la lengua son conscientes de la pesadez del recurso, tratan de solucionarlo recurriendo a términos colectivos: así, en el manifiesto aparece a troche y moche ciudadanía en lugar de ciudadanos, intelectualidad en lugar de de intelectuales, alumnado en lugar de alumnos o marginalidad en lugar de marginados. Lo malo es que ciudadanía, intelectualidad o marginalidad no son, en principio, sustantivos colectivos sino abstractos. Ya sé que tanto el diccionario de la Academia como el de María Moliner van dando entrada a estos usos y que no hace mucho yo mismo defendía el cambio semántico como fenómeno natural; lo que ocurre es que, en estos casos, me parece que todo es demasiado artificial y forzado y se producen cambios que no son enriquecedores sino todo lo contrario.

martes, diciembre 02, 2008

DOS PREMIOS
Los premios, la mayoría de ellos y en particular los literarios, provocan como inmediato efecto el de hacernos recordar a aquellos a quienes no se los han dado y consideramos merecedores de los mismos, me decía Zalabardo el pasado viernes, mientras leíamos el periódico. Quise contestarle que no siempre es así y que tal opinión supone menospreciar a los ganadores. Porque coincido con él en que es verdad que existen algunos galardones que huelen un poco a montaje y a toma de precauciones para que el premio recaiga sobre persona de renombre, aunque sea solo mediático, para que no se vaya al garete el negocio esperado con la venta de los libros; eso pasa, no lo aseguro tajantemente, aunque lo sospecho, con el Planeta. Pero esta vez, le dije, creo que estos premios son justos.
Hablábamos del Nacional de las Letras y del Cervantes. Este segundo arrastra el sambenito de que cada año debe recaer sobre alguien de cada lado del Atlántico (aunque eso no sea exacto) pero me parece que, aun así, al menos este año podemos confiar en su justicia. Cuando se hizo público que el primero de ellos se concedía a Juan Goytisolo, no faltó quien considerase que era un reconocimiento menor porque le venía mejor el Cervantes. Pero cuando ha trascendido que este segundo "le ha tocado", como él dice, a Juan Marsé, al menos yo he pasado a pensar que tanto monta, puesto que los dos catalanes son merecedores de cualquiera de los dos galardones máximos de nuestra literatura.
Pero hay más. Le comento a Zalabardo que pareciera que esta vez se ha querido de algún modo premiar a toda una generación de escritores, tal como sucediera con el Nobel otorgado a Aleixandre, que se entendió como extensivo a aquella gran generación que fue la del 27. Porque Juan Goytisolo y Juan Marsé (o Marsé y Goytisolo) son posiblemente los representantes señeros de la que se denominó Generación del 50, que otros llamaron de los niños de la guerra. Aquellos jóvenes que se dieron a conocer a partir de 1950 y, aún mejor, a partir de 1960, constituyeron un grupo compacto que dio grandes nombres al teatro, a la poesía y a la novela. Si, en atención a los premiados ahora, nos fijamos únicamente en los prosistas, debemos decir que, en cierto modo apoyados en la senda que pocos años antes abrieran Cela y Carmen Laforet, cultivaron lo que se denominó novela realista del medio siglo. Claro que este realismo ofrecía dos tendencias: el llamado realismo objetivo, preocupado tan solo por dar una visión más neutra y menos comprometida de la realidad (Aldecoa, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Jesús Fernández Santos, etc.) al que se enfrentó el llamado realismo social, que no conforme con ofrecer lo que bien podemos obtener con una fotografía, añadía un análisis crítico de la realidad observada (López Pacheco, Antonio Ferres, José Manuel Caballero Bonald, Juan Marsé, Juan Goytisolo, etc.) A ellos, digo, podrían extenderse los premios que ahora han recaído sobre Goytisolo y Marsé.
Estos dos autores, catalanes ambos y cultivadores de la mejor prosa en lengua castellana, son ejemplo y espejo en el que deberían mirarse tantos de aquellos que se enzarzan en estúpidas batallas lingüísticas y literarias al amparo de un mal entendido nacionalismo. Porque, además, los dos se confiesan alejados de cualquier corriente nacionalista. Si alguien pensara, por otro lado, que los premios les llegan tarde (Goytisolo nació en 1931 y Marsé en 1933) piénsese que la literatura, como el buen vino, necesita tiempo para decantarse y adquirir solera, para demostrar que no es un producto de un momento circunstancial sino que ha adquirido un valor que solo se concede a los llamados a convertirse en clásicos de las letras del país a que pertenecen. Y la obra de uno y otro está ya más que asentada.
Los dos disponen y dejan tras de sí un amplio e intenso bagaje de obras. Si Goytisolo se dio a conocer en 1954 con Juegos de manos y Marsé en 1960 con Encerrados con un solo juguete, ambos eclosionarían de modo firme y definitivo en 1966 con Señas de identidad y con Últimas tardes con Teresa, respectivamente. Goytisolo, teniendo que luchar contra la censura, que le obligó a publicar en México no solo esa novela sino también la siguiente (Reivindicación del conde don Julián); ambas, junto a Juan sin Tierra, compondrían la trilogía Tríptico del mal. Después vendrían Makbara, Las virtudes del pájaro solitario y tantas otras, sin que olvidemos aquellos ensayos de primera hora, más o menos novelados, entre los que destacó Campos de Níjar. Juan Goytisolo ha sido siempre más crítico en sus análisis al tiempo que más experimentador en el campo de las formas sin perder por ello la referencia continua de los clásicos; de cierta manera, podríamos decir que es uno de nuestros últimos heterodoxos.
Juan Marsé ha sido, por su parte, esencialmente un narrador, quien nos ha mostrado con mirada agridulce los ambientes y los personajes de la España de posguerra (una posguerra larga) situados unos y otros en su Barcelona natal; es autor de una novela real, auténtica, alejada de la narrativa de fórmulas y trucos. Sus personajes, el Pijoaparte en primera línea, son todo un modelo. Resulta difícil establecer grados entre sus principales novelas, pues todas tienen algo que las hace imprescindibles (Si te dicen que caí, La muchacha de las bragas de oro, El amante bilingüe, Rabos de lagartija, etc.)
Los dos han recibido sus premios con naturalidad, casi con displicencia. Goytisolo declaraba que "a mi edad, ningún premio hace ya ilusión" y Marsé declaraba que creía que se lo darían a su amigo Pepe Caballero Bonald y pedía a los periodistas que dijeran que "el dinero del premio me lo gastaré en vino y mujeres". Con ello dan a entender que lo que hacen lo hacen desde el fondo de sus almas, sin esperar otro premio que el agradecimiento de sus lectores. Bien venidos sean premios de este cariz.