lunes, febrero 13, 2012


ZOON POLITIKÓN 

    Tengo que reconocer que no me queda muy claro qué se ha de entender en nuestros días por aquella expresión formulada por Aristóteles en la que calificaba al ser humano como zoon politikón. Le digo a Zalabardo que si quería dar a entender que somos seres sociales, que vivimos en sociedad y que esto supone el deber de buscar la armonía y la solidaridad que hacen que nuestras vidas sean mejores, sí me considero incluido en tal definición; pero si, por el contrario se quiere significar lo que parece entenderse cuando se afirma, es un simple ejemplo, que Manuel Fraga, Santiago Carrillo o Alfonso Guerra son ejemplos cabales de animales políticos, entonces me excluyo. Debo decir cuanto antes que, salvo la tarjeta sanitaria, el DNI, el permiso de conducir y, ahora, la tarjeta de jubilado, no he poseído en mi vida más documentos acreditativos de adscripción a una asociación que la tarjeta de donante de sangre y el carné del Colegio de Doctores y Licenciados, este porque estaba obligado a ello si quería trabajar, cuando concluí mis estudios, en la enseñanza privada, que a los de la pública no se les exigía. Y eso que, en aquellos años, el tal Colegio estaba regido por personas que se consideraban y llamaban progresistas. Cuando, por oposición, conseguí plaza en un centro público, rompí ese carné y dejé de pagar aquella cuota que siempre consideré una especie de impuesto revolucionario. Nunca he militado en un partido, nunca he pertenecido a un sindicato; no tengo nada contra ellos, pero en todo momento he considerado que la militancia política o sindical exige una cuota de renuncia a la libertad personal.
    No obstante lo anterior, mi conciencia social me lleva a creer en ciertas cosas y a descreer de otras: creo en una educación universal y gratuita (en niveles de primaria y secundaria, que la Universidad es otro asunto); creo en una asistencia sanitaria universal y gratuita; creo en la justicia (aunque en bastantes ocasiones dude de los jueces que deben aplicarla y en estos días vemos claros ejemplos para ello); creo en la igualdad sin trabas de hombres y mujeres (aunque me parezca una memez eso de la paridad); creo que todo el mundo tiene derecho a un trabajo digno y a recibir una remuneración adecuada al mismo; creo que todas las personas deberían gozar de la oportunidad de acceder a una vivienda digna en condiciones razonables; creo que los desvalidos necesitan ayuda de las instituciones; creo que merecemos unas ciudades limpias, seguras y accesibles; creo que nadie puede atentar contra nuestra libertad, contra nuestra dignidad, contra nuestras creencias y, mucho menos, contra nuestra vida. Creo en muchas cosas más que posiblemente se me están quedando en el tintero, pero no quiero ser prolijo.
    Si lo anterior se resume en lo que se llama estado de bienestar, creo en el estado de bienestar. Pero todo lo enumerado cuesta dinero, no cae como el maná desde el cielo. Y también quiero decir que los muchos derechos que reportan la vida social requieren a la vez la existencia de unas obligaciones para que nada perturbe el normal disfrute de aquellos. Por eso creo que hay que pagar impuestos, cada uno en la medida de sus ingresos (eso es la solidaridad) y debe perseguirse la economía sumergida, que es muestra patente de insolidaridad; por eso creo que un estudiante debe rendir en la medida de sus capacidades; por eso creo que no hay que abusar del sistema sanitario y no pensar que hasta lo superfluo se nos debe dar gratis; por eso creo que el trabajador que por desgracia queda en paro no debe resignarse a cobrar el subsidio correspondiente y sí aceptar cualquier trabajo que se le presente (al menos, hasta que encuentre ese al que aspira); por eso creo que tenemos la obligación de mantener limpias nuestras ciudades, cuidar el mobiliario urbano y no arrojar basuras, ni siquiera chicles o papeles, en los suelos (por algo hay papeleras). Creo también en otras obligaciones más que no enumero por lo ya dicho antes.
    ¿Y qué pasa con quien no respeta cuanto hay que respetar? Que la sociedad, que tiene derecho a defenderse, puede y debe imponerle el correctivo adecuado a su falta, puede y debe suspender el disfrute de los derechos que se le otorgaban. Al menos, hasta que reconduzca su comportamiento y reconozca que toda partida tiene una contrapartida. En todos los niveles imaginables de la vida social.
    Le digo a Zalabardo que toda esta reflexión que hago, y en la que sin duda me quedo corto, me surge a raíz de ciertas actitudes que se vienen observando desde que ETA anunció el abandono de la violencia. Ahora, aquellos a los que algunos llaman el brazo político de los etarras, acompañados de otros, defienden sin rubor que ha llegado el momento de las contrapartidas políticas. Y no se limitan a solicitar el acercamiento de los presos a sus lugares de residencia (justa petición) y alguna otra medida de gracia (que se podría discutir), sino una completa amnistía para los condenados etarras, a quienes, no sin desfachatez, llaman presos políticos.
    Parto de que rechazo de forma rotunda la pena de muerte y desconfío de la efectividad de la cadena perpetua. Creo que las penas impuestas por cualquier tipo de delito deben tener como objetivo la reinserción del reo en el cuerpo social, cuyo primer paso, a mi juicio, es un arrepentimiento sincero del mal causado y un firme deseo de repararlo en la medida de lo posible.
    Pero las medidas de gracia previstas por las leyes (para el caso de los etarras) tienen su proceso determinado y debemos ajustarnos a él: acerquemos a los presos a casa, para que el castigo de reclusión no suponga también el añadido del alejamiento de los seres queridos; excarcelemos a quienes hayan dado muestras fiables de reinserción y no hayan causado males irreparables. ¿Pero qué pasa con quienes cargan sobre sus conciencias muertes que pretenden presentar como necesarias para su causa? ¿Qué reparación pueden ofrecer a sus víctimas? Podría defenderse que, para ellos, la amnistía solo fuera posible cuando se consiga también para aquellos a quienes privaron del mayor don: la vida. Por eso, los asesinos deben cumplir la pena correspondiente a su delito. No más, aunque tampoco menos. Aun así, la sociedad podría valorar un arrepentimiento sincero, si lo hubiese. Y ese arrepentimiento, si se da, podría servir para atenuar las condiciones de la pena, pero nunca para obtener, gratis et amore, una libertad que negaron a otros y que ya nunca se les podrá devolver.

lunes, febrero 06, 2012


PREGONES

Yo vengo vendiendo flores;
las tuyas son amarillas,
las mías son de colores.

    (Pregón de Joselero de Morón)

    Siempre me han atraído los mercados. Recuerdo que, de pequeño, no pocas veces mi madre me enviaba al del pueblo, cercano a la casa, para que realizara compras menores. Tal vez entonces naciera esa afición. Aún ahora, muchas mañanas, Zalabardo y yo, si por un casual nos pilla de paso, entramos y nos damos una vuelta por alguno de ellos, ya sea en el centro, en Huelin, en Ciudad Jardín o en cualquier otro barrio. Los de Atarazanas y el Carmen, recién restaurados ambos, son un primor, aunque el primero resulte algo estrecho.
    Pero, hace unos días, Zalabardo me hizo notar que, de un tiempo a esta parte, percibía algo raro en estos lugares y me preguntaba si yo lo notaba. No supe contestarle; pero no hubo de pasar demasiado para que cayésemos en la cuenta de qué era lo que faltaba. Sería él quien reparase en el asunto: “¡Ya está, faltan los pregones!” Y era verdad. Preguntamos a un frutero la razón de ese silencio y la respuesta nos dejó de una pieza: “Es que el Ayuntamiento ha prohibido (bajo multa) que pregonemos, porque molestamos a los compradores”. No sé, comento a Zalabardo, adónde vamos a llegar con tanta fiebre prohibicionista.
    Renacen ecos de antaño. La memoria se colma de escenas vetustas y en el oído resuenan antiguas voces: aguadores, afiladores con sus chiflos o flautas de Pan, lañadores, queseros, meleros, heladeros… Zalabardo me hace ver que no hay que distanciarse tanto: aquí en Málaga, me dice, tuvimos a los cenacheros (¡Niñas, los vitorianos! ¡Jurelitos plateaos! ¡Vamos, que están vivos!) y aún nos quedan los biznagueros. Uno de los gentilicios de Frigiliana es el de aguanosos, porque, en las calles, sus ricos albaricoques se pregonaban como los más buenos y aguanosos (jugosos). En mi llegada a Granada, me sorprendieron las voces que anunciaban en el Paseo del Salón las perdices, que no eran otra cosa que aquellas patatas asadas que a muchos estudiantes, por nuestra escasez de recursos, nos servían de cena.
    Llegados a la casa, sugiero a Zalabardo que entremos en Internet y busquemos algo más sobre los pregones. Y hallamos una página sobre flamenco de Alfredo Arrebola (compañero de Facultad en la etapa granadina) en la que habla sobre los pregones y su influencia en el cante flamenco. Y Arrebola, en cuestiones relativas al flamenco, es autoridad notable. Nos enteramos así de que el pregón popular estuvo tan arraigado y aceptado por el pueblo que incluso dio lugar a más de un palo (tipo de cante) del flamenco. Por supuesto, el pregón, pero hay quien defiende que hasta el mirabrás, la jabera y los caracoles buscan en ellos sus orígenes. Por supuesto, nada que decir de los caracoles, cuya invención, leo, hay que atribuir al Tío José, el Granaíno, de quien poco se sabe acerca de las fechas de nacimiento y muerte (¡Caracoles!, ¡caracoles! / Mocita, escúcheme usté, / que son ojos dos soles). Al mismo Tío José, el Granaíno se adjudica el considerado primer pregón flamenco, incluido en una zarzuela estrenada en 1894 titulada El Tío Caniyitas: Venga usté a mi puesto, hermosa, / no se vaya usté, salero, / castañas de Galarosa / yo vendo, camuesa y pero. / Ay, Marina, / yo traigo naranjas y son de la China, / batatitas borondas y suspiros de canela, / melocotones de Ronda y agua de la nevería… Esto nos confirma que en el pregón hay mucho de cultura, de tradición y de folclore.
    Pero hay más.  En Málaga tuvimos a Juan Ternero Rodríguez, Niño de las Moras, primero vendedor ambulante y luego cantaor: Asomarse a los balcones / mujeres guapas y hermosas / y veréis vender las moras, / ¡moras, mauritas, moras! / Al moral me voy, del moral me vengo; / al amo las compro, por las calles las vendo: / ¡moras, mauritas, las moras! Caso parecido fue el del cantaor gaditano Gabriel Díaz Fernández, Macandé, que acabó sus días en el Manicomio de Cádiz. Macandé fabricaba caramelos que vendía envueltos en papeles con la efigie de toreros famosos y los pregonaba así: A la salía de Asturias / y a la entrá de la Montaña, / jago yo mis caramelos / pa venderlos en toa España. / ¡Si tú los quieres de menta, / yo los tengo de limón; / los tengo de Gaona, de Belmonte y de Vicente Pastor!  ¿Quién, que tenga algunos años, no recuerda aquello de ¡Qué fresquita baja hoy el agua del Avellano!, que cantaba Antonio Molina? Un postrer ejemplo, muy reciente; en el disco Zaguán, Miguel Poveda canta este: Uvitas negras de Los Palacios / comen las niñas, dulce y despacio. / Vuelve la cara, repara y mira / que es más buena mi carga / que la de su viña. Y el que abre este apunte será reconocido por muchos como santo y seña de la discografía de Enrique Morente. No creo que haya un disco en el que, de una manera u otra, no aparezca. También yo creí que era suyo, aunque él nunca se lo atribuyó y decía que era una letra popular; ahora he sabido que quien primero lo grabó fue Joselero de Morón.
    Volvemos a la calle y seguimos hablando. Digo yo que, al parecer, el Ayuntamiento de Málaga carece de medios para impedir que los coches circulen por la ciudad con la radio encendida a todo volumen; o que las motos lo hagan con escape libre; o que los botellones inunden de ruido y mugre muchas noches ciudadanas; o que las calles estén sucias y vayamos pisando restos de chicle, y cosas peores, por las aceras. Nada de eso, a lo que se ve, resulta inconveniente o molesto.
    Y mientras, a algún “cerebrito” de ese Ayuntamiento (¡Cráneo privilegiado! que diría Valle-Inclán), escudado en que la norma es antigua, se le ocurre prohibir los pregones en los mercados. Para eso, parece, sí tienen medios. Zalabardo, sarcástico, me contesta que a lo mejor el autor de la idea tiene razón y los pescaderos, fruteros, chacineros, carniceros y cuantos trabajan en las plazas (ese nombre se les daba en mi pueblo) no solo son gente ruidosa, desagradable y molesta, sino, además, peligrosa. Mientras tanto, añade y baja la voz porque a nuestro lado pasan dos policías locales, las dependencias de la antigua Fábrica de Tabacos están llenas de funcionarios cobrando multas. Que eso sí lo saben hacer bien en este Ayuntamiento.

lunes, enero 30, 2012


GEEK (sobre el cuidado de la lengua en Internet)

    Sin ningún género de dudas, está claro que no soy un geek, le digo a Zalabardo durante un descanso en nuestro paseo matinal. ¿Qué no eres qué?, contesta Zalabardo, a quien saco de su semiletargo mientras disfrutamos de un breve descanso en nuestro paseo y tomamos el sol sentados en el chiringuito que hay en la rotonda del nuevo muelle de cruceros). Le explico entonces que un geek, término que también yo desconocía hasta hace solo unos días, es una persona fanática de la tecnología y los ordenadores. Algunos añaden al término un sentido peyorativo, pero ahí ni entro ni salgo.
    Digamos que me considero con capacidad suficiente para ponerme ante un ordenador, que me defiendo con un procesador de textos o en la elaboración de presentaciones o bases de datos y que me sirvo con frecuencia del correo electrónico; incluso voy tirando con esta Agenda que Zalabardo me cede, aunque cualquiera puede detectar mis dificultades para conseguir un diseño atractivo y variado.
    Pero hay mundos que se me resisten e incluso me producen algo de yuyu. Como el de las llamadas redes sociales; ni sé chatear ni he chateado nunca, no tengo cuenta o perfil, o como se llame, en facebook, twitter, no tengo ni puñetera idea de qué sea eso whatsapp y fenómenos semejantes. Me cuesta creer que alguien confiese tener en su cuenta miles de amigos porque siendo la amistad algo tan delicado, frágil y difícil de mantener, ¿es posible tener tantos amigos? Me viene a la memoria un momento del documental Objeto encontrado en el que Pepe Caballero Bonald, con la fina  ironía jerezana que lo caracteriza, dice algo así como que la amistad, para que perdure y sea verdadera, necesita de discontinuidades e interrupciones, de aplazamientos y lejanías, porque el continuado roce la deteriora.
    Pero, le digo a Zalabardo, lo que quería plantear al hablar de los geeks es el descuidado uso de la lengua que se observa en dichas redes. Y no me refiero ya a la utilización de abreviaturas en chats, SMS o en tuits. Las abreviaturas siempre se han usado. Y en nuestros tiempos, cuando el precio del mensaje se establece en función del número de caracteres empleados, o cuando se nos exige no sobrepasar una determinada cantidad de dichos caracteres, el recurso de la abreviación está más que justificado. Me quiero referir a solo dos grandes defectos que encuentro en una apreciable cantidad de los textos que circulan por Internet.
    Tengo que declarar, primero, que no sigo habitualmente más que tres blogs: El blog de Jofran (www.blogdejofran.blogspot.com), porque está bien escrito y es de un amigo; Generación Y (www.desdecuba.com/generaciony/), por la decidida y valiente defensa que su autora, Yoani Sánchez, hace de la libertad en un país privado de ella y El Boomeran(g). Blog literario en español (www.elboomeran.com), por el interés que me despiertan sus contenidos. Claro está que, sin ser seguidor de ellos, leo otros (deportivos, políticos, culinarios, viajeros, culturales, sobre temas mediambientales etc.), especialmente cuando los veo recomendados en algún medio de prensa.
    ¿Y qué encuentro que falte en ellos?: rigor en el tratamiento de los contenidos, unas veces, y un casi continuado desacato de las normas gramaticales. Quiero poner dos ejemplos, dos bitácoras recomendadas en la edición digital del diario SUR de hace unos días. Y vamos primero con las cuestiones de contenidos: en uno, Cyberfrancis, en solo dieciocho líneas, su autor, que se confiesa geek, cometía un sinnúmero de deslices. Ya de entrada, y ese era el núcleo de su apunte, se mostraba escandalizado porque dos personas o entidades pudiesen mantener posturas diferentes, e incluso contrarias, respecto a un tema que para él estaba claro; y, claro, arremetía contra los medios de información. Pero lo curioso del caso es que carecía de un conocimiento directo de los artículos que criticaba, pues el que tenía procedía de mensajes que le remitían amigos de twitter o de la consulta de una página de reseñas de noticias de las que no se aportaban ni fuente ni autor. En el otro, cuyo nombre no recuerdo, su autora solicitaba enardecida firmas que avalasen una solicitud, no para que no se leyera, sino para que se prohibiera la venta de un libro que ella consideraba execrable (no empleaba ese adjetivo, pero casi); ignoro las virtudes o defectos de ese libro del que ella no se recataba en declarar, muy ufana, ¡que no lo había leído! Después de la lectura de ambos apuntes, me preguntaba si algunas personas tienen conciencia clara de qué sea eso de la libertad (de opinión, de expresión, de conciencia…), al tiempo que me preguntaba, también, si no será que subsisten aún muchos resabios inquisitoriales en individuos que se proclaman liberales. Me vino entonces a la memoria la queja manifestada en EPS por Javier Marías en un reciente artículo, (http://www.elpais.com/articulo/portada/Superculpable/elpepusoceps/20111231elpepspor_111/Tes) sobre la circunstancia de que, en unos tiempos en que hay más información, puede que haya también más ignorancia. Y en otro artículo aún más reciente (http://www.elpais.com/articulo/opinion/cosas/importantes/elpepiopi/20120121elpepiopi_4/Tes) Juan Goytisolo afirmaba: Sí, sabemos hoy más y más cosas, y cada vez menos importantes. Hago partícipe a Zalabardo de mi convencimiento sobre la necesidad de reflexionar acerca de cuanto escribimos y colgamos alegremente en la Red con la esperanza de que sean atendidos por cuantos más lectores mejor.
    Y si vamos al tema de las patadas al lenguaje, me limito a reproducir, textualmente, una frase de ese blog llamado Cyberfrancis: Menos mal que el analfabetismo en los medios de comunicación tradicionales, expertos en desinformación y en intoxicación ideológica, no saben que algunos usamos otras herramientas como Google+, Google Reader, etc, sino algunos irían a piñón fijo contra nosotros. ¿Por dónde la cogemos?
    Lo que, en fin, echo en falta en esas páginas, le digo a Zalabardo, es respeto a la ortografía, a la cuidada construcción de las frases, a la atención a las concordancias y a la observancia del régimen preposicional, y pocas cosas más. Porque Internet no debe estar reñido (¿o se dice reñida?) con la corrección lingüística. En el artículo que citaba antes, Javier Marías decía también que tiene la impresión de que, entre nosotros, la lengua hablada y escrita es cada vez más pobre y confusa. Y quizá lleve razón.
    Y no será, en el caso de Internet, porque carezcamos de herramientas que nos ayuden a ser vigilantes y cuidadosos. Señalo solo algunas de las que me parecen más interesantes: en la página de la Real Academia (www.rae.es) tenemos el Diccionario de la Lengua Española y el Diccionario Panhispánico de Dudas. Además, en esa misma web, contamos con un departamento de consultas lingüísticas. Pero podemos servirnos también del diccionario Clave (www.clave.librosvivos.net) o el interesante Diccionario inverso del diccionario de la Real Academia (www.dirae.es), que nos permite buscar tanto definiciones a partir de palabras, como palabras a partir de las definiciones. En otra línea trabajan la Fundación del español urgente (www.fundeu.es), de la Agencia EFE, que, aparte del rico vademécum de que ponen a nuestro servicio, aclaran cuantas consultas léxicas, ortográficas o gramaticales les hagamos. Y para terminar, cito el proyecto en fase de elaboración, pero ya con numeroso material disponible, de un Manual de estilo pensado, entre otras cosas, para el mundo de Internet (www.manualdeestilo.com), de la misma institución. Las herramientas, pues, las tenemos; nos queda utilizarlas.

lunes, enero 23, 2012


MIGUEL

    ¿Qué es nuestra vida más que un breve día,
do apenas sale el sol, cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?

        (Andrés Fernández de Andrada)

    La noticia me llegó de forma inesperada, casi a traición; inadvertidamente mientras leía El País el pasado jueves. En una de esas páginas que se pasan de manera descuidada y rápida, ante la vista se me ofreció una foto de Miguel García-Posada, la que encabeza este apunte. Era su necrológica, pues había fallecido el día anterior.
    Conocí a Miguel en Sevilla, cuando ambos llegamos a la Facultad de Letras a inicios del curso 1964-65. No voy a decir ahora que fuimos amigos, pues la amistad es otra cosa. Sin embargo, siempre fuimos compañeros francos, leales y entrañables. Ambos, junto con otros compañeros más, formábamos parte de aquellos grupos que, terminadas las clases, se reunían en la Plaza de Doña Elvira o en el Parque de María Luisa. Que yo recuerde ahora, integrábamos aquellos grupos José María Pérez Orozco, Alberto Bañuls, Carmen Romero (sí, la que sería esposa de Felipe González), Jacobo Cortines, Maribel Jiménez (hermana de aquel dramaturgo, Alfonso Jiménez Romero, que se dio a conocer con el TEU de Sevilla, el Teatro Estudio Lebrijano o el Teatro Universitario de Madrid), Emilio Escobar, otra compañera cuyo nombre me sedujo desde que la conocí, Cira del Cid, el propio Miguel García-Posada y yo.
    José María y Alberto solían ser quienes más animaban aquellas reuniones, especialmente José María, virtuoso de la guitarra, con la que acudía bastantes días a las clases. Pero Miguel, y en esto coincidía conmigo, tal vez la única coincidencia entre ambos, era un sevillano de esos que yo afirmo que no ejercen de tal. Quiero decir que ninguno nos ajustábamos a ese tópico molde de dicharachero, jaranero, pinturero, cuentachistes y capillita y, al lado de los demás, no pasábamos de ser meros comparsas que hasta para acompañar las palmas teníamos dificultades.
   Miguel era, yo lo recuerdo así, serio, sobrio y severo, más nunca huraño ni adusto. Casi adivinando lo que llegaría a ser, su figura se me representaba como aquella que Lorca describía en el Romance de San Gabriel: piel de nocturna manzana / boca triste y ojos grandes, / nervio de plata caliente.
    Concluidos los estudios comunes, cuento a Zalabardo, pues él no lo conoció, algunos marchamos juntos a Granada para seguir estudios de Filología Románica. Esto nos unió algo más, aunque nuestras conversaciones versaban casi siempre sobre los respectivos gustos literarios. Emilio era ferviente lector de Pío Baroja; yo admiraba a Valle-Inclán y Miguel ponía en primer lugar de sus preferencias a Federico García Lorca. Pero así como Emilio y yo no pasábamos de ser meros admiradores, Miguel se revelaba ya como un experto conocedor del poeta granadino. Y eso en un tiempo en el que el nombre de Federico sonaba aún con sordina en su ciudad y algunas de sus obras no se encontraban fácilmente. Un ejemplo conciso nos puede dar idea clara de lo que digo. Estábamos, creo, en cuarto curso, cuando como tarea de clase se nos impuso componer una monografía sobre cualquier aspecto de la obra de un autor. Los tres fuimos fieles a nuestros gustos. Yo me atreví con un estudio de la evolución de la adjetivación y el color en Valle-Inclán desde las Sonatas hasta los Esperpentos. Emilio se concentró en los personajes aventureros en las novelas de Baroja y Miguel abordó un análisis de la poesía de Lorca. Llegado el momento de sernos devueltos los trabajos, el catedrático, no interesa ahora decir su nombre, hizo una pausa especial al llegar a García-Posada y, tras unos instantes de elogios, dijo: Ha realizado usted un trabajo sumamente interesante, Miguel; ¿tendría inconveniente en que me quedase con él? Miguel, impertérrito y sereno, contestó con voz firme: Pues claro que lo tengo. El profesor insistió: Pero, ¿se puede saber por qué? Miguel zanjó de raíz cualquier continuación: Porque ese trabajo es mío y de nadie más. Y es que en aquella Facultad, en la que tuvimos la dicha de gozar de un elenco de profesores de primera línea (Alvar, Llorente, Orozco, Pita…) era comidilla común que aquel profesor preciso no se paraba en barras a la hora de buscar subterfugios para apropiarse de trabajos de alumnos brillantes a los que luego lavaba un poco la cara y presentaba como suyos.
   Completada la licenciatura, los tres nos separamos y no hemos vuelto a vernos. No hay duda de que el camino de Miguel, sobrepasó en gran medida el de otros muchos compañeros. En algún momento le tentaron la poesía y la novela, pero lo suyo de verdad ha sido la crítica y, siempre que he tenido oportunidad, he seguido sus artículos. Por encima de todos sus trabajos (no cumple que los alabe / pues los vieron, como dijo Manrique de los hechos de su padre), los dedicados a Lorca lo convirtieron en uno de los máximos especialistas en la obra del autor de Fuentevaqueros. Y, es necesario que se diga y que se sepa, ese conocimiento no ha necesitado nunca apoyarse en alharacas ni en pomposas demostraciones.
    Miguel García-Posada, le digo a Zalabardo, era dos meses y algunos días más joven que yo. Hoy ya no está entre nosotros. Descanse en paz.
                                                                                               (Foto tomada de elpais.es)

lunes, enero 16, 2012


LUGARES COMUNES (sobre tradición y originalidad)

    Posee Zalabardo en ocasiones esa indefinible cualidad que distingue a algunas personas que, en el momento más inesperado, te plantean una pregunta de difícil respuesta o para la que no hay respuesta tajante. Eso me ocurrió hace unos días cuando, sin venir a cuento, me soltó el escopetazo: ¿Qué es la originalidad? ¿Cuándo podemos afirmar que una obra es original? Me podía haber limitado a darle la definición del diccionario, ‘lo que resulta de la inventiva de su autor’. Pero, claro es, esa definición resulta insuficiente, pues nos remite a la idea de ‘novedad’ y hemos de considerar que el arte, a lo largo del tiempo, sigue una línea en la que temas, modos, formas y asuntos reaparecen de manera recurrente. La imposibilidad de distinguir claramente entre tradición y novedad fue, tal vez, lo que llevó a Eugenio D’Ors a afirmar que, en literatura, todo lo que no es tradición es plagio.
    Consciente de que lo dicho parece no aclararle mucho, decido continuar: ¿Recuerdas la historia de Edipo?, le digo. A su padre, el rey Layo de Tebas, el oráculo le anunció que un hijo suyo le daría muerte; aun así, Layo tuvo ese hijo, aunque, temeroso del augurio, lo entregó a un pastor para que se deshiciera de él. El cabrero no fue capaz de matarlo con sus propias manos y lo abandonó convencido de que las fieras acabarían con él; pero el azar quiso que otro pastor lo encontrase y lo entregara al rey Pólibo de Corinto, que no tenía hijos. El resto de la historia es bien conocido. Vayamos ahora a la historia de Blancanieves: tras la muerte de su madre, el padre decide contraer nuevo matrimonio. La madrastra posee un espejo mágico que le asegura que es la más bella de todas las mujeres. Hasta que un día, Blancanieves ha cumplido ya siete años, el espejo responde que ahora es la niña la más bella. La madrastra, envidiosa, ordena a un cazador que la lleve al bosque y la mate; el cazador se apiada de la hermosa e inocente niña y opta por abandonarla, pues cree que las fieras darán cuenta de ella. La pobre Blancanieves camina errante, hasta que, por azar, encuentra la casa de los enanos, que deciden adoptarla. Lo demás, como en la historia de Edipo, ya es sabido. Comparando una historia con otra, observando las similitudes que presentan, le pido a Zalabardo, que me diga qué conclusiones podríamos obtener sobre la originalidad.
    Mi buen amigo duda; quiero ayudarlo a salir del aprieto y le cuento una experiencia antigua. Cuando estaba en la Facultad de Letras allá en Granada, tuve que leer un ensayo de Dámaso Alonso titulado Gonzalo de Berceo y los topoi. En él, el entonces director de la RAE, partía de unos estudios del insigne romanista Ernst Robert Curtius para comentar el peso de los topoi en la obra del poeta riojano. Estos topoi son lo que en nuestra lengua se designa con la expresión lugares comunes o tópicos. Un lugar común, le explico a Zalabardo, es un tema o motivo nacido en un lugar y época determinados que se va repitiendo en lugares y épocas posteriores (la incitación a gozar del momento, el consuelo ante la muerte, la aceptación del destino ineludible, la consideración de la vida como río, la oposición campo/ciudad, etc.). Es una corriente que discurre escondida o disimulada y que de vez en vez aflora a la superficie con un matiz diferente, con un enfoque nuevo, dotado de un rasgo que le aporta singularidad. Porque nuevo, lo que se dice nuevo, hay poco.
    Y durante mucho tiempo, le digo a Zalabardo, ningún escritor renegó de las fuentes en que bebía y no sentía empacho en reconocerlas. Berceo no dudaba en dar fe de que seguía una tradición anterior en lo que él escribía. Por ejemplo, hablando de los padres de Santa Oria, afirma: si les dió otros fixos non lo diçe la leyenda; o, narrando la vida de Santo Domingo, escribe: De qual guisa salió decir non lo sabría, / ca fallesçió el libro en que lo aprendía; / perdióse un quaderno, mas non por culpa mía, / escribir aventura seríe grant folía. Y durante el Renacimiento, el Barroco, e incluso el Neoclasicismo tampoco hubo inconveniente en señalar cuáles debían ser los modelos. Más. Incluso en el periodo que comúnmente se señala como defensor de la libertad creadora del artista, el Romanticismo, Mary W. Shelley, titula la novela que la hizo famosa Frankenstein o el moderno Prometeo, dando con ello cuenta de su débito con la tradición; en la introducción declara que la invención no consiste en crear de la nada.
    Continúo diciéndole que mi creencia, que no es dogma de fe, es que la tradición es perenne y que continuamente bebemos de sus aguas. Lo que pasa, añado, es que hoy parece existir una cierta vergüenza a declarar en qué aguas bebemos, como si temiésemos que al hacerlo se resintiesen nuestras ansias de originalidad, como si no fuésemos conscientes de que esta no es la simple novedad. Porque la originalidad, y la novedad, no están tanto en el tema, sino más en la forma en que lo presentemos, en el desarrollo que le demos y en la manera en que lo adecuemos al momento. Es decir en la capacidad de ajustarlo a nuestra propia visión del mundo que nos ha tocado vivir. Unas veces, el original mejora; otras, no.
    Como no sé si he logrado mi objetivo, le proporciono un último ejemplo. Le digo a Zalabardo que yo, de Las mil y una noche, no conocía más que algunas de esas narraciones que de la obra se han ido desgajando: la historia de Simbad, la de Aladino y algunas otras. Pero ahora he decidido zambullirme algo más en el libro. Y el resultado es que, al final de la noche quinta, oigo de boca de Sherezade la Historia del rey Yunán y el médico Ruyán. Un médico que ha prestado grandes servicios a su rey, que ahora pretende deshacerse de él, decide castigarlo: le regala un libro en el que, afirma el médico, encontrará grandes maravillas. Pero las hojas están muy pegadas y es necesario mojar la yema del dedo con la lengua para ayudarse a pasarlas. El hecho es que las hojas están impregnadas de veneno y el rey acaba muriendo.
    Sí, la clave de toda la intriga de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, donde una serie de personajes mueren misteriosamente, precisamente por leer las páginas envenenadas de un libro, resulta que procede de un cuento de Las mil y una noches. Ayer mismo, en la página de la Defensora del lector en El País, leía la historia acerca de un artículo de Rosa Montero, escrito en 2005, que ha vuelto a la actualidad porque se la acusa de plagio. Como no lo conocía, busqué el artículo y lo leí (http://www.elpais.com/articulo/ultima/negro/elpepiult/20050517elpepiult_2/Tes); sorpresa: esa historia, con variantes, yo la había leído en la novela Solar (2010), de Ian McEwan que, a su vez, me entero ahora, también fue acusado de plagiario por haberla tomado de un libro de un novelista inglés anterior, Douglas Adams. Y, a lo mejor, la historia es incluso anterior.
    ¿Merma esto la calidad de las novelas de Eco y McEwan o del artículo de Rosa Montero? ¿Menoscaba su originalidad? Por supuesto que no (pienso yo), siempre que ellos reconozcan su deuda con la tradición anterior. Ignoro si el italiano y el inglés lo han hecho en algún momento. Por lo que respecta a la articulista española, la gravedad de su actuación es patente porque da la historia como auténtica y (por cómo empieza el artículo) presenciada por ella.
    Rebuscando un poco en Internet, el tema del libro envenenado lo encontramos también en el Libro de los dichos y hechos del rey Alfonso de Aragón, que compuso en 1455 el italiano Antonio Beccadelli y en La reina Margot, novela que Alejandro Dumas publicó en 1845 y que yo desconozco. Y si sentimos curiosidad por la historia del otro ejemplo, el de Montero, podemos leerla en ‘El negro’ y sus mil avatares (http://www.elpais.com/articulo/opinion/negro/mil/avatares/elpepiopi/20120115elpepiopi_5/Tes), que este apunte ya se alarga en demasía.

lunes, enero 09, 2012


CALLEJEROS

Cuando llegará el momento
que las agüitas vuelvan a sus cauces;
las esquinas con sus nombres,
sin reyes ni roques, ni santos ni frailes

                                        (José Menese)

    Quienes me lean saben bien, son muchas las veces que lo he repetido, de mi afición por los largos paseos, ya sea por la ciudad o por el campo. Sin abandonar por ello la visita de los pueblos, donde siempre hay algo que ver o que hacer. O, por qué no decirlo, alguna comida de la que disfrutar. En Canillas de Aceituno podemos saborear el chivo al horno de leña en La Sociedad; En Casarabonela, en La Parada, te reciben con chorizo y morcilla a la brasa y preparan un rico conejo también a la brasa; en Casabermeja no debe excusarse disfrutar de las migas o la berza que cocinan en La Posada. Y no hace demasiado tiempo, aprovechamos un sábado para ir a Ardales, aunque fuera con la excusa de comer el sabrosísimo gazpachuelo de Casa Juan Vera. Como veréis, en casi todos los lugares ofrecen menús adecuados para el colesterol.
    Pero, en este último pueblo, lo primero que hicimos fue dar una vuelta por sus calles. Y fue, como tantas otras veces, Zalabardo quien reclamó mi atención. Mira los rótulos, me dijo. Y yo miré: calle de los Carros, calle Real, calle de la Iglesia, calle del Cerrillo, camino de la Muralla… De inmediato, me acordé de mi pueblo: la Carrera, calle de la Cilla, cuesta de la Cárcel, calle de la Cruz; solo que allí, entonces, aquellos nombres que todos conocíamos quedaban velados por otros rótulos, en los que se leían otros nombres, casi todos de generales que ganaron la guerra civil.
    No sé, le digo a Zalabardo, cuándo se inició esa fea costumbre de poner a las calles nombres que no dicen nada a la gente o que traen malos recuerdos a muchos. Porque los pueblos siempre tuvieron calles con nombres fáciles, bellos en su simpleza, que no herían a nadie, que no había que interpretar para saber a qué aludían: calle de la Fuente, calle de la Era, cuesta del Castillo, calle de Cantarranas… En España, por desgracia, pasó lo que pasó y la mayoría del callejero cambió y se uniformizó (en sentido recto y figurado): plaza de España, calle del general Franco, de Queipo de Llano, del 18 de julio. Pero no creáis que eso fue cosa de un tiempo y de una circunstancia; hay feas costumbres que perduran. Dictaduras las ha habido siempre, de todos los colores, de todos los signos y de todas las calañas, aunque disimulen y se oculten tras falaces denominaciones. En un pueblo sevillano tan pequeñito como Marinaleda, esa Cuba de Andalucía como le gusta decir a su alcalde Rafael Sánchez Gordillo, este tiranuelo soñador que ejerce su poder desde hace más de treinta años no se ha limitado a rotular sus calles con nombres tan utópicos como avenida de la Libertad, calle de la Fraternidad o calle de los Jornaleros, sino que en ellas aparecen también nombres como calle de Ernesto Che Guevara, calle del sargento Jurado o calle de Salvador Allende. Por si no hubiera ya suficientes nombres de héroes patrios en el callejero, algunos todavía van a buscarlos a otras tierras. Afortunadamente, otros pueblos han optado por soluciones distintas: Moguer, en Huelva, emprendió un proceso de recuperación de los nombres de siempre tomando como referencia los empleados por Juan Ramón en su librito Platero y yo.
    Zalabardo sabe que a mí me gustan los nombres tradicionales en las calles y, si hay un nombre antiguo, lo prefiero al moderno. Aunque soy consciente de que no es igual crear el nomenclátor de calles en una ciudad que en un pueblo. Aun así, no me negaréis que es más encantador vivir en una calle del Aire, en el Albaicín granadino, que en otra que se llame, por ejemplo, calle de la lexicógrafa María Moliner, como hay una en Málaga, con todos mis respetos hacia doña María.
    Porque los nombres antiguos de las calles no son solamente sonoros y poéticos; muchos están, también, cargados de historia, menor si se quiere, pero historia al fin, y nos revelan bastante sobre cómo eran las cosas en otra época. En Málaga quedan aún algunos de estos bellos nombres: calle del Huerto de las monjas, camino de los Almendrales y otros más. La plaza de la Cruz del Humilladero nos dice que aquello, alguna vez, fue punto de entrada a la ciudad, porque los humilladeros eran zonas, creo que la costumbre se inició con los Reyes Católicos, donde los viajeros se arrodillaban, se humillaban, para dar gracias por haber completado el camino sin incidencias y se aprestaban para entrar en la población. Por eso en tales sitios se erigían unas gradas culminadas con una cruz (de ahí el nombre). Desde ahí se entraba a Málaga por el paseo de los Tilos, nombre que aún conserva lo que ahora es calle y donde ya no es posible ver ninguno de esos bellos árboles y sí las sosas brachichitas que tanto abundan en la ciudad.
    Pero, como le digo a Zalabardo, hay calles que nos remiten a bellas y curiosas historias. En Sevilla, por ejemplo, hay dos calles, confluyentes la una con la otra, que se llaman, respectivamente, del Candilejo, la una, y Cabeza del rey don Pedro, la otra. Toda la ciudad conoce la leyenda e incluso el Duque de Rivas la desarrolló en su serie de romances titulada Una antigualla de Sevilla. A veces, los ayuntamientos, que son lugares en los que se arraciman muchos ignorantes, tratan torpemente de romper el encanto de estos nombres proponiendo nuevas denominaciones. Pero no lo consiguen. En Granada, si preguntáis por el paseo del Padre Manjón, nombre moderno, puede que alguien os dirija hacia allá; pero si preguntáis por el paseo de los Tristes, que así es como se ha conocido siempre, tened la seguridad de que cualquier granadino os dirá dónde está.
    Pero, para mí, la palma de calles con nombre lleno de duende y misterio se la gana la calle de las Cinco bolas, en pleno centro de Málaga. Si preguntáis el porqué del nombre, os podrán contar hasta tres historias diferentes. O tres son las que yo conozco. Las tres bellas, las tres verosímiles, pero las tres, según creo, faltas de suficiente demostración, que es lo que alienta el misterio.
    Me dice Zalabardo que lo que no termina de gustarle es que lo deje con la miel en los labios, porque insinúo historias que no cuento. Le respondo que todas son historias fáciles de encontrar y este apunte va resultando largo. Pero que, a lo mejor, si hallo ocasión, reuniré algunas de ellas y las iré contando aquí.

lunes, diciembre 19, 2011


AGUINALDO 

Aguinaldo, aguinaldo, vecina,
Que traigo una trompa mayor que una esquina.

                      (Villancico popular del Albaicín)

    Pasábamos hace unas cuantas mañanas, en nuestro diario paseo, por delante de una panadería cuando Zalabardo, parándose y sujetándome por el brazo, me dijo con una voz adornada de un cierto deje de misterio: ¿No echas nada en falta? Mi reacción inmediata no fue otra que la de palparme por todos los bolsillos tratando de averiguar qué podía haberme dejado atrás. Cuando me di por vencido y le pedí que me aclarara lo que para mí era un misterio, me respondió con un tono que reflejaba añoranza: el olor de los mantecados.
    Y los dos nos sumergimos en recuerdos de la infancia, allá en el pueblo. Cuando llegaban estos días cercanos a la Navidad, nuestras madres  reservaban turnos en las panaderías para, una vez que sus hornos habían cocido el pan del día, proceder a la elaboración de los mantecados. Entonces era costumbre que cada familia manufacturase, porque se hacían a mano, los suyos, ya que eso de comprarlos elaborados industrialmente en Estepa, Rute o Montoro es cosa relativamente moderna. Las calles, como digo, se saturaban de aroma a canela, a ajonjolí y a la manteca y al azúcar con que se hacían los mantecados. O del aroma de los pestiños.
    ¿Y el aguinaldo? ¿Quién pide ahora su aguinaldo como lo pedíamos nosotros? El aguinaldo, como bien leemos en el diccionario, es el pequeño regalo que se da en la Navidad o en la Epifanía. Los niños visitábamos por aquellos días las casas de abuelos, tíos y demás familiares con la esperanza de recibir el obligado aguinaldo. Pero no solo eso, sino que reunidos en grupos, recorríamos el pueblo de casa en casa cantando: Dame el aguinaldo, / dame los pestiños; / si no, no te canto / las coplas del Niño. La recompensa era, casi siempre, algún mantecado, pestiño, caramelo o cualquier otra chuchería. En Andalucía, no sé si hace falta decirlo, aguinaldo, en mi pueblo decíamos aguilando, era también villancico.
    Le comento a Zalabardo que no hay que atribularse por la pérdida de palabras o de costumbres. Que eso va con los tiempos (y ya hablábamos hace pocos días de eso de que cualquier tiempo pasado fue peor) y que es cosa de viejos intentar aferrarse a las cosas viejas. Aunque sintamos añoranza por ellas.
    Pero no siempre las viejas costumbres caen en el olvido y en el desuso. De nuestra niñez, le digo a Zalabardo, también recuerdo los coros de campanilleros. Los campanilleros nacieron, según creo, allá por el siglo XVII y eran grupos que acompañaban con sus cantos al rosario de la aurora, costumbre también ya desaparecida. Sin que yo sepa por qué, los campanilleros fueron adaptándose a la festividad navideña y a cantar villancicos. Eran grupos de 15 o 20 personas que acompañaban sus cánticos con colleras de campanillas (a modo de las que uncían los cuellos de las caballerías), y de ahí su nombre, el triángulo y el cántaro, cuya boca se golpeaba con una suela de alpargata; más tarde se le añadirían la guitarra, el laúd y la bandurria. Hace mucho que no veo un coro de campanilleros, por lo que ignoro si han desaparecido.
    Pero lo que no han desaparecido son las zambombas. La zambomba, aparte de ser un instrumento, una tinaja u orza cerrada por un lado con una piel y que suena frotando su carrizo, designa un tipo de fiesta navideña especial. La zambomba es una fiesta genuina de Jerez de la Frontera que pervive y goza de salud. La zambomba tiene su origen en los patios de vecinos y en los barrios populares, aunque hoy se ha extendido por toda la ciudad. Asociaciones de vecinos, peñas recreativas, restaurantes, establecimientos de todo tipo tienen su propia zambomba. La zambomba es un grupo, por lo general amplio, que se reúne para celebrar la Navidad y que interpreta canciones típicas de la época. En la zambomba no falta, por supuesto, el instrumento que le da nombre, a la que acompañan la pandereta, la sonaja de latillas, el almirez y la botella de aguardiente, que hay que frotar con una cuchara para que suene bien. Veo en Internet que este año, registradas, hay más de un centenar de zambombas. Eso es conservar una tradición.
    La zambomba es fiesta navideña intrínsecamente jerezana y aún se conserva. Los campanilleros es más de Sevilla. Lo que ya no me parece que pegue con la Navidad son las murgas que interpretan canciones carnavalescas, como las que vi actuando la otra noche en la Plaza de la Merced, aquí en Málaga.
    Pero así son las cosas, los tiempos cambian y las costumbres, a lo que parece, también. Y como estos días son para pasar en familia, Zalabardo y yo cerramos la Agenda hasta que pasen las fiestas. Muchas felicidades a todos.

lunes, diciembre 12, 2011

TODO A CIEN    

    Hace unos días que he concluido de leer Libertad, la última novela del norteamericano Jonathan Franzen. Hacía tiempo que no leía a ningún autor nuevo de esta nacionalidad y he recordado cuando, siendo muy joven, cayó en mis manos un ejemplar, no sé ahora si de Ediciones G.P. o de Libros Plaza, de La comedia humana, novela de Saroyan; a ella se unirían, no mucho después, La perla, de John Steinbeck y El viejo y el mar, de Hemingway; las tres son novelas que impresionaron mi mente adolescente. Luego vendrían otras lecturas, de las que destaco, por encima de las demás, Las uvas de la ira, de Steinbeck. Son muchos los autores y títulos que conforman la novela norteamericana en los últimos cien años (Melville, Faulkner, Updike, Kerouac y muchos más se unen a los citados). La lectura de Franzen me ha hecho volver a ellos hasta el punto de que estoy releyendo Manhattan Transfer, de Dos Passos, que tanto influyó en La colmena de Cela.
    Leyendo el relato de Dos Passos, en una edición ya antigua, he podido reparar en el mayor cuidado que hoy se pone en las traducciones. Parece que ahora los traductores manejan mejor criterio sobre cuál deba ser su actitud para acercar a los lectores un texto inicialmente escrito en otra lengua. Por citar un ejemplo muy simple, leía, en la novela de Franzen, que la protagonista compraba algo en un todo a cien. No creo que haya nadie que ignore que un todo a cien es una tienda en la que se venden toda clase de artículos, desde productos de limpieza hasta juguetes, a precios reducidos y supongo que tal tipo de bazares existirán en todos los países del mundo; solo que en los Estados Unidos, por eso de la novela que menciono, se les llama tienda de dólar (dollar store).
    Pero, aparte de lo que de anecdótico tenga el detalle, le digo a Zalabardo que la expresión me ha traído a la cabeza otras cuestiones relacionadas con el léxico, concretamente dos. La primera nos remite a lo que la Nueva Gramática de la RAE llama expresiones lexicalizadas y la Ortografía expresiones complejas. Ambas denominaciones señalan grupos de palabras que funcionan como una sola pieza léxica, es decir, como una palabra. Son los casos de sofá cama, cama nido y tantas así. Unas veces, estas expresiones habrán de ser tratadas como sustantivos (caso de pastelillo de gloria), pero otras serán adjetivos (de la piel de Judas), preposiciones (al son de), adverbios (a carta cabal) e incluso verbos (poner el grito en el cielo). Que estas expresiones son una sola palabra lo vemos en el hecho de que muchas de ellas han terminado fundiéndose en una sola forma (camposanto, bajorrelieve, medioambiente, metomentodo, nomeolvides, etc.)
    De estas expresiones llama también la atención la particularidad de que, si bien muchas veces su significado equivale a la suma de los elementos componentes, otras muchas el significado no tiene nada que ver con el de las palabras simples que la forman. Nada que decir, por ejemplo, de sofá cama, de casa cuartel o de hombre rana. Cualquiera sabe a qué nos referimos con ellas. ¿Pero qué pensaría que sean, quien no conozca las expresiones, los guisos que llamamos ropa vieja u olla podrida (sobre la que Covarrubias, hablando del origen del tal nombre, da una curiosa explicación) o el pastel que conocemos como brazo de gitano, por no citar el mueble que lleva por nombre galán de noche o la flor conocida como don diego de noche? Zalabardo me interrumpe para decirme que el brazo de gitano sabe lo que es, y que bien que le gusta, y que también conoce el don diego de noche, pero que lo de la olla podrida no le huele muy bien que digamos. Entonces yo, recordando mi costumbre de cuando era profesor y un alumno me planteaba una pregunta de léxico, le pido que consulte el diccionario, que para eso está.
    La otra cuestión que me ha venido a la cabeza cuando he visto lo de todo a cien apunta a lo que llamamos cambios semánticos, que explican por qué y cómo unas palabras pasan a significar algo diferente de lo que antes eran. Porque hay que saber que el todo a cien se llama así de cuando nuestra moneda era la peseta y el valor de referencia de dichas tiendas era la moneda de cien pesetas. Pero aquel tiempo pasó y un buen día nos encontramos con que nos impusieron a los europeos la moneda única y el euro se convirtió en la divisa. ¿Qué pasó entonces con los establecimientos de precios reducidos? Algunos modificaron sus rótulos y quisieron adaptarse a la modernidad poniendo en ellos: Artículos a 0,60, 1 y 2 €. Pero, para la gente común, que somos la mayoría, eso era demasiado y hemos preferido seguir diciendo lo que habíamos dicho siempre: todo a cien. Aunque la referencia fuese ahora otra.
    El cambio semántico explica que a los automóviles sigamos llamándolos coches, que en el origen no eran sino los carruajes. Sin entrar en profundidades y complejidades, le explico a Zalabardo que los cambios semánticos se producen, básicamente, por una restricción del significado primitivo (así, el latín vota, ‘votos’, pasó a ser bodas, que son unos votos concretos); por una extensión del significado (vándalo pasó a significar, también, destructor); o por un desplazamiento, como pasa en las metáforas (Góngora llama cítara de plumas a un pájaro).
    Y como me parece que me he dejado llevar un poco por datos eruditos, le digo a Zalabardo que quiero terminar con un ejemplo curioso de cambio. En la Edad Media, había en las casas un aposento pequeño que servía de recogimiento personal y para recibir a las visitas íntimas. Su nombre era retrete, proveniente del catalán retret, que significaba ‘retraído’. Cuando alguien decidió destinar un lugar de la casa para la letrina, pensó que este pequeño habitáculo era el más adecuado (por razón de espacio), y así ha sido hasta hoy. Zalabardo se echa a reír al oír esta historia. Es un bendito, pues le pasa igual que a mis antiguos alumnos. Por eso este era un recurso que yo empleaba para qué recordasen qué era eso del cambio semántico.

lunes, diciembre 05, 2011


NI ELECTO NI IN PÉCTORE


    Ahora que ya parece haberse pasado la resaca de las últimas elecciones generales, llevamos varios días discutiendo, de forma sosegada, eso sí, porque creo que Zalabardo es la persona que menos se altera de cuantas conozco, acerca de la ingrata e injusta perversión del sistema electoral español. La perversión nace, le digo, de la aplicación de dos principios que, se diga lo que se diga, distorsionan todo el sistema: la ley D’Hont y la circunscripción provincial. Tal circunstancia supone un incalculable beneficio para los partidos mayoritarios y para los partidos nacionalistas, sobre todo, que se presentan en muy pocas circunscripciones, y un perjuicio no menos incalculable para el resto de los partidos. Aunque, si hablamos con propiedad, esos beneficios y esos perjuicios son muy fácilmente calculables, como veremos.
    Zalabardo me pide que todo eso se lo diga un poco más en cristiano para que él pueda enterarse. Accedo y planteo la primera cuestión: ¿Alguien cree que en España se cumple escrupulosamente eso de una persona un voto y que todos los votos valen por igual? Pues está equivocado. Segunda cuestión: ¿Qué cuesta cada escaño conseguido por los diferentes partidos en las últimas elecciones? De acuerdo a nuestro sistema, el resultado es el siguiente: al PP, cada escaño le ha costado 58.230 votos; al PSOE, 63.248 (aunque su único escaño por Soria le haya costado solo 16.058); a CiU, 63.253; al PNV, 64.703; a Amaiur, 47.661. Frente a estos datos, es para indignarse que a IU cada escaño le haya costado 152.487 votos y a UPyD la friolera de 230.000, es decir, casi tantos votos como el total obtenido por Amaiur. Si al partido de Rosa Díez se le hubiera aplicado el mismo criterio que a la coalición vasca (que ha obtenido 7 escaños), sus 5 escaños serían en realidad 34; o si al partido encabezado por Cayo Lara no se le hubiese aplicado la ley D’Hont, tendría ahora 25 diputados en lugar de 11.
    ¿Alguien cree que no es necesario modificar nuestra ley electoral? Se entiende, por los datos, que determinados partidos no estén dispuestos, pese a su flagrante injusticia. Me insinúa Zalabardo que, si eso es así, dedique uno de estos apuntes al tema. Le respondo que no me considero nada experto como para ello y que, además, el pasado martes El País incluía un artículo de Gabriela Cañas al respecto: Díez y Duran antes que los banqueros. El enlace es: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Duran/banqueros/elpepuopi/20111129elpepiopi_5/Tes .
    Siendo así, continúa él, no entiendo a santo de qué llevas escrito todo lo anterior. Trato de justificarme y le contesto que, aunque no haya resistido la tentación de caer en ese dilatado exordio, mi intención era tratar otro asunto y a él voy sin dilación. Resulta que desde la noche misma del pasado 20 de noviembre he encontrado en varios medios noticias y análisis referentes a los resultados que hablan de Rajoy como presidente electo, las más de las veces, o incluso algún caso como presidente in péctore. Y la cuestión es que, a día de hoy, sin que se haya producido el debate de investidura, Mariano Rajoy no es ni una cosa ni la otra.
    La razón es que electo es un adjetivo que se señala a la ‘persona elegida para una dignidad o empleo, mientras no toma posesión’. Y, en nuestro sistema, lo que hacemos los ciudadanos es elegir a los integrantes del Congreso y del Senado. Luego, el rey entablará conversaciones con los cabezas de las candidaturas y, de ahí, saldrá una propuesta que, una vez constituido el Congreso de los diputados, será votada. Hasta tanto eso suceda, Rajoy no es sino diputado electo y nada más, aunque no nos quepan dudas de que va a ser el próximo presidente.
    De esa seguridad, que nos otorgan los resultados electorales, se deriva que tampoco pueda ser considerado presidente in péctore. In péctore es una locución latina (literalmente significa ‘en el pecho’) nacida en el seno de la Iglesia Católica que se utiliza para referirse a un nombramiento por parte del papa (que este guarda en su pecho) cuando el nombre del elegido no ha sido aún hecho público. Como la explicación que da el Diccionario Panhispánico de Dudas de dicha locución no me resultaba satisfactoria, he elevado la pertinente consulta a la RAE, que me contesta que "esta locución latina siempre implica cierto secreto, por lo que solo se podría emplear si aún no hubiera trascendido la noticia de que él será el elegido para tal cargo", lo que no sucede en este caso, porque todos sabemos que Rajoy será el elegido para tal función.
    Zalabardo se me queda mirando y me suelta con retintín qué mano tengo yo con la RAE para que me atiendan así como así. Le digo que no tengo ninguna. Que, simplemente, sucede que en su página web encontramos un enlace con el Departamento de consultas lingüísticas en el que, con suma rapidez, aclaran las dudas que cualquier persona plantee.

lunes, noviembre 28, 2011


AQUELLAS PALABRAS PERDIDAS…

Se canta lo que se pierde
(Antonio Machado)

    Se entiende que las personas, cuando por motivo de su edad se dan cuenta de que tienen más pasado que futuro, recurran repetidas veces a solazarse con evocaciones de la infancia o, dicho desde una perspectiva más literaria, se dejen dominar por el síndrome de Ulises, el del regreso a Ítaca o el de la recuperación del paraíso perdido. A los jóvenes, a quienes el futuro les depara aún muchas vicisitudes, de todo tipo, esto es algo que suele resultarles cargante. Por eso, cuando estoy con ellos, procuro controlarme y no caer en el papel de abuelo Cebolleta que cuenta batallitas. Es posible que alguna vez no lo consiga, pero confieso que mi intención es huir de ello.
    Pero cuando estamos solos Zalabardo y yo, podéis dar por seguro que nos desprendemos de cualquier tipo de cincha o atadura y dejamos que vuelen libres los recuerdos. Sin embargo, no crea nadie que esa actitud de mirar hacia atrás en el tiempo es causa de descontento o queja con la situación que nos ha tocado vivir en el presente. El otro día mismo, mientras nos recreábamos en la evocación de unas anécdotas del pasado, mi buen Zalabardo me dijo: Quien nos oiga, creería que nosotros pertenecemos a la cofradía de Manrique por aquello de qualquiera tiempo pasado / fue mejor; lo que no saben es que, contra lo que pudiera parecer, estamos más cerca de la interpretación que el cínico Sabina hace del dicho y lo convierte en este otro: cualquier tiempo pasado fue peor. Porque, añadía Zalabardo, por mucha carga que hayamos de soportar en el zurrón que todos sobrellevamos a la espalda, mientras seamos capaces de mirar hacia delante demostramos al mundo que estamos vivos y con las ilusiones intactas.
    Con estos antecedentes, cualquiera pensaría que nuestra conversación girase en torno a temas profundos y trascendentes. ¿Sabéis por qué salió todo eso de si el pasado es mejor o peor? Por algo tan simple como la consideración de que hay palabras que van cayendo en desuso y terminan por perderse en la niebla que opaca el camino que vamos dejando a nuestras espaldas. Me vais a permitir que cuente el momento y ocasión de dicha charla.
    La mañana, la hora era temprana, resultaba fresca y por el desabrigado Paseo Marítimo de Poniente, pese a brillar el sol, soplaba un aire que dejaba sentir sus efectos en la yema de los dedos y en la punta de la nariz. Nada normal en este aprimaverado otoño y en el bonancible clima de Málaga. A Zalabardo se le vino un recuerdo: Allá, en el pueblo, puede que ya sean días de copa y nagüillas. Y esa pequeña hebra nos dio pie para devanar el ovillo del léxico de la defensa contra el frío, que, en nuestros días, con eso de las estufas eléctricas y del aire acondicionado, se ha visto bastante mermado a causa de la pérdida de muchas costumbres y no menos palabras.
    En otro tiempo, cuando, ya avanzado el otoño, el invierno comenzaba a insinuarse, era preciso que la casa se acondicionara para combatir el frío. Lo primero de todo, había que sacar la mesa camilla, que era una mesa dotada de una tarima con un hueco para acoger el brasero, que en mi pueblo llamábamos copa. Además, la camilla se vestía con ropa adecuada para así retener mejor el calor de la copa. Esa ropa eran las nagüillas, enaguas o enagüillas. El combustible que se utilizaba en las copas era el cisco, carbón menudo elaborado ex profeso para braseros. Si bien el cisco solía ser de picón, carbón menudo de ramas de encina, jara o pino, en los pueblos en los que había almazaras se podía optar también por el cisco de orujo, que era el obtenido a partir del demenuzamiento de los huesos de la aceituna y que, se decía, daba más calor. La gente solía sentarse alrededor de la camilla, por lo común redonda, y con las nagüillas cubriendo las piernas. Esto posibilitaba entretenidas tertulias, distraerse con juegos de cartas o lotería, o, simplemente, escuchar la radio, que entonces no había televisión.
    Para atizar el fuego de la copa, las brasas se removían periódicamente con una badila, pequeña paleta de hierro. A esto se le llamaba echar una firma, momento que se aprovechaba, también, para esparcir sobre el cisco un poco de sahumerio, mezcla se romero y flores de alhucema secos que difundía por toda la estancia un envolvente aroma dulzón. En la época de la que hablo no se había impuesto el uso de los pantalones por parte de la mujer. Tal circunstancia, y dado que para remover la copa había que levantar las nagüillas, podía dar origen a situaciones delicadas. Por eso, cuando alguien iba a echar una firma, estaba obligado a decir: ¡con permiso!, expresión que servía a la mujeres para prevenirse y colocar las piernas en posición nada inconveniente.
    ¿En cuántos pueblos perdurarán aún estas costumbres? ¿Cuánta gente conocerá y seguirá usando estas palabras? Lo que no parece dejar duda es que en las ciudades vivimos a otro ritmo y las realidades son diferentes. Pensando en ello, le digo a Zalabardo que he recordado una historia que José Luis Rodríguez me ha enviado por correo electrónico. En ella, una niña, cuando su padre le está contando la historia de Hansel y Gretel y llega al episodio en que los pájaros se comen las migas de pan que ellos habían ido dejando por el camino, lo que origina su extravío en el bosque, interrumpe a su padre y le dice: ¿Y por qué no llamaron a su papá por el móvil para que fuera a recogerlos?
    Esta niña, le digo a Zalabardo, que conoce las ventajas del móvil, posiblemente ignore lo que es una copa, o el cisco de picón, o echar una firma. ¿Y tú crees, me replica, que por eso su mundo es peor que el nuestro? Indudablemente, no.

lunes, noviembre 21, 2011


EL DISPUTADO VOTO DEL SEÑOR CAYO

    Por supuesto que no voy a hablar aquí de la novela de tal título de Miguel Delibes; tampoco de los resultados de las elecciones de ayer, domingo; y menos aún del avance conseguido por el candidato de IU. Eso ya lo han hecho, lo habréis leído, visto y oído, en el sinfín de periódicos, televisiones y radios del país. Sin embargo, le digo a Zalabardo, este apunte va a estar en parte relacionado con el tema que nos ha tenido ocupados estos últimos días y que culminó en la consulta democrática de ayer.
    Como el caso es que me cuesta romper el lazo que me une a los compañeros del instituto, he adoptado la sana costumbre, al menos para mí, de subir un día a la semana al centro y alternar con ellos durante la hora del desayuno. Es esa una hora, creo, que sirve para iniciar múltiples conversaciones sin que haya que acabar ninguna y sin que ninguna deba ser considerada de útil trascendencia. Se habla por hablar, por sentirnos unidos y estrechar lazos (el lenguaje une a pesar de que a veces nos empeñamos en que desuna), y por olvidarnos de cualesquiera otras preocupaciones que se ciernan sobre nosotros.
    Mientras caminábamos hacia el Boris, salió el primer tema: estando el patio como está, lloviendo lo que está lloviendo, con la economía por los suelos, la prima desbocada y el paro disparado, nadie duda de que no debe ser plato de gusto querer ser diputado, senador (a propósito, que de esto también se habló, ¿qué hace un senador y para qué sirve el senado?), concejal o cualquier otro cargo semejante. Se diría, apuntaba José Francisco, que lo deseable ahora debería ser que eligieran a los otros, siquiera sea por quitarse el mochuelo de encima. Sin embargo, todos apetecen el éxito de salir elegidos. Fue, entonces, Javier López quien dijo: ¿será eso lo que llaman erótica del poder?
    En ese momento se me ocurrió que ese podría ser el tema para el apunte de hoy. Resulta que yo tenía creído que, con los años, uno se iba reafirmando más en las ideas y, viéndolo todo más claro, acumulaba fuerzas para defender según qué principios. No sé si será por eso que se dice de la experiencia. Pero ahora veo que no, que cuando los años acumulados son ya muchos, me doy cuenta de que cada día aumentan las dudas que a uno lo asaltan y disminuyen las ideas que se avienen a ser admitidas y defendidas con rotundidad.
    Una de esas ideas que yo creí a machamartillo durante un tiempo y que con el paso de los días se me ha ido diluyendo, por poner un ejemplo, es la de que los políticos, o al menos una amplia mayoría de ellos, lo eran por vocación, por la sencilla y simple razón de servir a la comunidad a la que pertenecen. Hoy, como digo, ya no estoy tan seguro, y tengo la sensación, porque seguridad solo se puede tener en muy pocas cosas, de que el político lo es por ansia de poder, por pura y llana ambición. Sé que caigo en el pecado de generalizar; por eso dejo una puerta abierta por la que alguien escapará de esa afirmación universal que lanzo. Pero frente a esa erótica que mencionaba Javier, a mí se me ocurre mejor hablar de ambición de poder. Y vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿qué empuja a los políticos a desear ser ellos los elegidos? Si no es esa ambición de poder, ignoro qué otra cosa pueda ser. Me lleva a creer tal supuesto la simple contemplación de cómo, durante la campaña, cada uno se tiraba a la yugular de los contrarios tratando de hacernos ver más los errores del adversario que los méritos propios.
    Zalabardo, que aún sigue creyendo en la bondad natural y en la integridad moral de todas las personas, se me queda mirando con cara de no estar muy de acuerdo con lo que expongo. Mueve la cabeza a un lado y otro y, por fin, me dice con voz pausada: Pero, bueno, vamos a ver. ¿Acaso es mala cosa ser ambicioso? Yo le respondo que, en principio, ser ambicioso no tiene nada de malo, siempre que sepamos domeñar la ambición y sepamos eludir ser dominados por ella.
    Los políticos, le pido que piense, parten de la base, o al menos eso creo percibir en los de nuestro país, de que solo las ideas del grupo o partido propio son aceptables, mientras que las de los otros resultan deleznables. Y empezar defendiendo que la razón asiste en todo a uno mismo y en nada al adversario es el mejor síntoma de que caminamos por una senda errónea.
    Además, añado, ¿observaste anoche, tras darse a conocer los resultados, las reacciones de unos y otros? No me dirás que no resulta paradójico que los ganadores, esos sobre quienes ha recaído la responsabilidad de tratar de llevar adelante al país en un momento tan delicado, se mostrasen radiantes y felices como si la losa que ha caído sobre ellos fuese liviana, mientras que los perdedores, por el contrario, aparecían mohínos pese a no tener que apechugar, al menos en primera línea, con el compromiso de solventar tantos problemas como el país tiene.
    El ansia de servicio debería haberles llevado, a unos y otros, a mostrarse cautos y serenos, más bien preocupados, porque la tarea que les espera, sea en el gobierno o en la oposición, no es fácil. Sin embargo, se diría que la tristeza de unos nace de pensar en todo lo que pierden y deben ahora desalojar, mientras que la alegría de los otros se genera en la consideración de la cantidad de puestos y cargos que van a ocupar, con todo lo que ello significa. Anoche, se diría, unos y otros se habían olvidado de las promesas hechas durante la campaña. El poder adquirido y el poder perdido dibujaban el rictus de regocijo o de abatimiento apreciable en sus rostros.
    El ansia de servicio, si la hay, debería de llevar a todos a ponerse de acuerdo en una serie de cuestiones básicas (economía, educación, sanidad, empleo, bienestar social…). Los vencedores, desde ese puesto de mando que la ciudadanía les ha otorgado; los vencidos, aplicando esa tarea de vigilancia y control (pero también apoyo) que corresponde a la oposición. Eso, en lugar de enredarse en peleas de barrio como tantas veces acostumbran. Porque los ciudadanos no debemos pagar las reyertas de los políticos. Y, sobre todo, porque la situación del país no está para bromas de mal gusto.
    Zalabardo me mira serio y con el gesto de quien, aun concediendo una parte de razón, no ha quedado convencido de todos mis argumentos. Sin embargo, calla y no dice nada. Algo es algo.

lunes, noviembre 14, 2011


TELEBASURA Y AUDIENCIAS

    Cuando veo que Zalabardo se me acerca, no sé por qué presiento que viene con cuerpo guerrero, con ganas de pelea. Siempre, en cualquier caso y sea dicho de paso, de sana pelea y guerra, pues tengo muy repetido aquí que Zalabardo es un bendito. ¡Ya quisiera yo parecerme a él en muchas cosas!
    Y el presentimiento se cumple. Nada más sentarse a mi lado, me pregunta si vi el lunes de la semana pasada el debate entre Pérez Rubalcaba y Rajoy. Sin dejarme responder y como dando una larga cambiada, lo que me permite inferir que, en verdad, no es el debate lo que le interesa, me pregunta si reparé en que, de las grandes cadenas españolas de televisión, solamente Telecinco no ofreció tal debate. Y añade con no poca sorna y bastante dosis de mala uva: no sé si fue como muestra de arrepentimiento por emitir tantos programas zafios o precisamente por insistir en ello.
    Como le pregunto qué tiene contra Telecinco, que eso es lo que él pretendía, sigue con su discurso. ¿Te has enterado de que los datos ofrecidos a finales del verano pasado sobre los índices de audiencia aupaban a esta cadena en lo más alto de las televisiones españolas? Zalabardo me dice que no logra entender tal resultado siendo esta, añade él, prototipo de cadena de programa único y modelo excelso de la telebasura en nuestro país. Le contesto que no entiendo muy bien qué es eso de programa único y que a lo mejor resulta arriesgado calificarla de modelo de la baja televisión. Mira, me responde, hablo de programa único porque a cualquier hora que sintonices dicha emisora te encuentras a la misma gente debatiendo, si eso es debatir, sobre los mismos insustanciales y barriobajeros asuntos.
    Esta discusión, no creáis, la he mantenido ya otras veces con el buen Zalabardo. Yo trato de hacerle ver que cada televisión programa lo que cree conveniente, del mismo modo que cada telespectador es libre de ver lo que quiera y que, si el resultado de las audiencias es el que es, habrá que mostrar respeto. Y él me dice que respeto sí tiene; que lo que ya discute son las técnicas que se usan para llegar a los resultados de que hablamos. Como quiero que me diga qué técnicas, a su juicio, son esas, Zalabardo se envalentona y continúa: ¿Tú has visto cómo en las tiendas y en las grandes superficies compramos muchas veces objetos y, lo que es peor, alimentos, no porque los necesitemos o por su calidad sino por lo atractivos que resultan debido a sus embalajes y lugares de exhibición? Luego, los objetos los olvidamos por inútiles y los alimentos, un pepino, un tomate, por ejemplo, no saben a nada. Con la tele pasa igual: nos introducen los programas por los ojos usando de alharacas y bellas presentaciones, además de emitirlos en horarios preferentes.
    Pero la gente, intervengo yo, es dueña de ver o no tales productos. Hay otros programas y hay otras televisiones. En definitiva, la televisión ofrece lo que el público pide. Mi buen amigo no se amilana y, envalentonado, contraataca: ¿Tú crees? ¿Recuerdas la fábula del asno y su amo, que escribió Tomás de Iriarte? Entonces se levanta y de la biblioteca extrae un bello y pequeño volumen de las fábulas de dicho autor. Me da el libro abierto y me solicita que lea. Transcribo aquí el texto aludido:

El Asno y su Amo
“Siempre acostumbra a hacer el vulgo necio
de lo bueno y lo malo igual aprecio:
yo le doy lo peor, que es lo que alaba”.
De este modo sus yerros disculpaba
un escritor de farsas indecentes;
y un taimado poeta que lo oía,
le respondió en los términos siguientes:
Al humilde jumento
su dueño daba paja, y le decía:
“Toma, pues que con eso estás contento.”
Díjolo tantas veces, que ya un día
se enfadó el asno, y replicó: “Yo tomo
lo que me quieras dar; pero, hombre injusto,
¿piensas que solo de la paja gusto?
Dame grano y verás si me lo como”.
Sepa quien para el público trabaja,
que tal vez a la plebe culpa en vano;
pues si en dándole paja, come paja,
siempre que le dan grano, come grano.


    ¿Me quieres decir qué moraleja debo sacar de esta lectura?, le pido. Y él, me responde: Pues muy fácil, que quien trabaja para el público y elabora productos deleznables nunca debe excusar sus yerros amparándose en un pretendido mal gusto de la gente. ¿O no estás de acuerdo? Creo, le digo, que esta vez, como tantas otras, es posible que tengas razón. Aunque no acabo de entender qué relación de ideas te ha llevado a unir el debate televisado con la telebasura.

lunes, noviembre 07, 2011


HACKERAZZI

    Como tantas otras veces, también ahora es Zalabardo quien me proporciona el material para los apuntes de esta Agenda. En esta ocasión, encuentro que me esperaba con un recorte de prensa en la mano y que, en cuanto que me ve, me lo ofrece: Mira, me dice, lee eso. Cojo el recorte que me adelanta, de hace algún tiempo, y leo el siguiente titular: Detenido el ‘hackerazzi’ de Hollywood. Inmediatamente me doy cuenta de por dónde va a ir su pregunta, pero lo dejo que sea él quien lleve la iniciativa en la conversación porque sé que no le gusta demasiado que me adelante a lo que él tiene intención de decir. Y cuando ha creído que ya he tenido tiempo suficiente para ver lo que él pretendía, me espeta: eso es una palabra nueva, ¿no? Y, a renglón seguido, expone su pregunta: ¿Quién y cómo se crean las palabras? Tengo que reconocer que me ha sorprendido, pues imaginaba que me preguntaría por el significado. Así que le digo: Ahí me has cogido; esa es la pregunta, o las preguntas, ya que me haces dos en una, del millón. Así que veremos cómo salgo del trance.
    Porque aunque se puedan contar muchas historias de palabras, lo cierto es que la pregunta de Zalabardo no tiene fácil respuesta. La gente no va por ahí inventando palabras, aunque algunos se hayan entregado a ese juego más como divertimento que como otra cosa. ¿Recordáis aquel hilarante Diccionario de Coll? A él pertenecen perlas como estas: Abdulador. ‘Cualquier político europeo al tratar con los árabes sobre el problema del petróleo después de la Reconquista, ya que exhaustivos estudios han venido a demostrar que en el siglo XI los árabes no tenían petróleo, y si lo tenían, la televisión de aquella época no dijo nada al respecto’. Brevolución: ‘Alboroto, sedición de escasa duración’. Pornotrágico: ‘Autor de obras obscenas en las que mueren los protagonistas’. O tantas otras como podríamos traer aquí.
    Hablando algo más en serio, lo cierto es que una lengua capaz de generar en el instante las palabras necesarias para las nuevas realidades que se nos presentan es una lengua rica y poderosa. E incluso se gana el mérito de influir sobre las demás, pues muchas de esas palabras, gracias a los medios de difusión con que contamos, se extienden rápidamente. Y una vez que nacen, no debe nadie andarse con remilgos de purismos ni prejuicios para su aceptación. Porque las palabras no nacen así como así, aunque muchas surjan por una causa nimia y casi por casualidad, ligadas a una pequeña anécdota, si así la queremos llamar. Veamos algunos casos. En la película La dolce vita aparece un personaje llamado Paparazzo, sobre el que Federico Fellini, su director, explicó que se inspiró para su nombre en el apodo de un compañero de colegio. Este personaje es un fotógrafo que se dedica a perseguir a los integrantes de la sociedad rosa, tratando de obtener fotos cuanto más comprometidas mejor. Pues bien, muy pronto se extendió el plural de esta palabra, paparazzi, para designar a los fotógrafos de la prensa rosa y hasta hoy nos ha llegado.
    Muy relacionada con esta hay otra palabra, esta vez inglesa, que es freelance. El freelance no es ya un simple fotógrafo, sino que es cualquier profesional que trabaja autónomamente y que vende posteriormente su trabajo a una empresa. El Diccionario panhispánico de dudas recomienda que se hable de profesional autónomo o independiente, pero lo cierto es que el término inglés está mundialmente difundido. ¿Y su origen? Así como paparazzi procede de una película, parece que freelance nace en una novela de Walter Scott, concretamente Ivanhoe. Allí, a los caballeros medievales que actuaban como mercenarios ofreciendo sus servicios a cualquier señor se les denominaba así, formando el término sobre free (independiente) y lance (lanza).
    ¿Y qué pasa con hackerazzi?, me pregunta Zalabardo. Es muy fácil; tal como se ve en la información que me has mostrado, el término lo acuña el FBI al denominar así la operación que ha servido para detener a un hacker (pirata informático) que logró acceder a los ordenadores y teléfonos móviles de Scarlett Johansson y diferentes estrellas de Hollywood, hecho que utilizó para apoderarse de fotos íntimas y privadas que luego publicaba en Internet, lo que le convertía a la vez en una especie de paparazzi. Se trata, pues de un acrónimo, puesto que se crea una palabra a partir de partes de otras. ¿Triunfará? Y qué sé yo, le digo.
    Por otra parte, trato de hacerle ver a Zalabardo, no siempre resulta tan fácil explicar la historia de las palabras. Por cierto que, sobre esta última, el Panhispánico recomienda que se diga paparazi/s, terminado en i y con una sola z, frente a lo que yo defendía hace tiempo en uno de estos apuntes, paparazo/s. Eso muestra que la lógica no tiene por qué imponerse y que, por lo común, es el uso quien acaba triunfando. Que quede claro.

miércoles, noviembre 02, 2011

 
MONFRAGÜE

    La etimología de Monfragüe es algo discutida, según me han contado, aunque las dos que se ofrecen llevan prácticamente casi a la misma solución. Para unos, procede de Monsfragium, ‘el Escarpe’ o ‘monte cortado’; para otros, el origen está en Monsfragorum, ‘monte áspero, fragoso, intrincado’. En cualquier caso, el nombre árabe del lugar, Al-Mofrag, ‘el Abismo’, parece dar la razón más a la primera de las etimologías, pues la topografía del terreno nos muestra el corte que el río Tajo produce en el mismo, dejando, uno en cada ribera, los dos escarpes o cortados que son los actuales Cerro Gimio y Monfragüe, que parecen querer ambos precipitarse sobre las aguas.
    Monfragüe da su nombre a un extenso territorio del norte de la provincia de Cáceres cuya columna vertebral constituyen los ríos Tiétar y Tajo y que, desde 1979, es Parque Nacional y, desde 2003, Reserva de la Biosfera. El Parque es hábitat de numerosas especies faunísticas entre las que sobresalen los ciervos, los buitres negro y leonado, la cigüeña negra, el águila blanca y el alimoche. Alcornoque, encina, quejigo, acebuche, mirto, madroño y cornicabra son los reyes de la vegetación del lugar, que ha resistido y desterrado el disparatado intento, antes de ser declarado parque, de repoblar la zona con eucaliptos.


 
     Monfragüe es un lugar ideal para quien busque tranquilidad y sosiego, le digo a Zalabardo, y allí estuvimos el pasado puente de los Santos. Villarreal de San Carlos, único núcleo de población en el interior del Parque, es punto estratégico para disfrutar de la zona. Allí están las oficinas del Parque (Centro de Visitantes, Centro de Interpretación del Parque, Centro de Interpretación del Agua y Centro de Documentación e Investigación), dos o tres Casas rurales y un restaurante, aparte de alguna que otra casa particular. Pero en cuanto que dan las seis o siete de la tarde, los visitantes desaparecen y, con ellos, los guardas, guías y funcionarios del Parque. Allí quedan los nueve habitantes de la población, que es una pedanía de Serranillos, y quienes hayan reservado alojamiento para efectuar una visita más pausada.
    ¿Qué se puede hacer en Villarreal de San Carlos? Una vez que cae la tarde y la oscuridad se apodera de todo, nada que no sea pasear por la única calle y su entorno, disfrutar de un límpido y rutilante cielo plagado de estrellas (allí no se sabe qué sea eso de la contaminación lumínica) y hablar con los escasos habitantes, que te cuentan los orígenes y evolución de Monfragüe, tanto lo bueno, que lo hay, como lo malo, que también lo hay. Si, además, se tiene la suerte de coger unos días buenos y de suave temperatura de este otoño que estamos teniendo, miel sobre hojuelas.


    Por el día es otra cosa. Hay muchos senderos por los que perderse (que no se pierde nadie porque están perfectamente señalizados) y gozar con la visión del paisaje, con el rumor de las aguas del Tajo y del aire entre las ramas, con la contemplación de las aves y con el encanto de dejar que los ciervos se te acerquen y coman en tu mano.
    Nosotros hemos realizados tres de las numerosas rutas que el Parque ofrece: la de la Tajadilla, siguiendo la ribera del Tiétar, la que conduce hasta el Cerro Gimio y permite contemplar el vuelo de los buitres que allí anidan y la del Castillo, que es la más completa. Son dieciséis kilómetros (entre ida y vuelta) que llevan desde Villarreal hasta el Castillo. Hay diferentes opciones para recorrerla. Nosotros elegimos la que discurre por la margen izquierda del Tajo e inicia el ascenso al Castillo desde el lugar conocido como Salto del Gitano. Aunque es un recorrido más largo, es también más suave, pese a que el tramo final, la subida al Castillo, es duro de todas formas. Luego descendimos por el sendero que baja desde el Castillo hasta la Fuente del Francés. Es una ruta más corta, pero más empinada; aunque no es igual que subir, las rodillas también se resienten, sobre todo cuando uno tiene ya cierta edad. Desde la torre del Castillo se goza de una espectacular vista de casi toda la extensión del Parque.
    Cualquiera de estas caminatas tiene luego, a su finalización, el premio de poder disfrutar de una suculenta comida: carnes de venado y jabalí (yo pedí un delicioso lomo de venado con salsa de arándanos y confitura de manzana), variedad de quesos de la región y un exquisito jamón ibérico de Extremadura.
    Y hasta el próximo puente.