viernes, noviembre 28, 2008


APARIENCIAS ENGAÑOSAS

Bien es verdad lo que suele decirse de que las apariencias engañan y no debemos emitir juicios precipitados. Zalabardo me lo repite a cada momento y, aunque procuro hacerle caso, lo cierto es que en bastantes ocasiones me precipito. Sirva de ejemplo la anécdota sucedida el fin de semana pasado. Estábamos en Istán por el mero hecho de dar un paseo. Sabéis que me gusta el senderismo y que salimos con frecuencia. Pero este sábado del que hablo, una de las personas del grupo no se encontraba muy en condiciones y decidimos limitarnos a un recorrido breve. Por la mañana caminamos en dirección al nacimiento del río Molinos por el que llaman Paseo de los Chaparros, lo que aprovechamos para coger un puñado de bellotas, que estaban muy en sazón. El nacimiento se encuentra en el primer tramo del camino que une Istán con Monda y daba gusto ver la cantidad de agua, clara, dulce y fresca, que manaba entre las peñas. Este nacimiento recuerda un poco al del río Genal, en Igualeja.
Después de comer, nos dirigimos por el Paseo de los Laureles hacia el mirador de las Herrizas y, desde allí, bajamos hasta la cola del Embalse de la Concepción, que retiene las aguas del río Verde. Pero, entre uno y otro paseo, aprovechamos para comer, que era la primera idea que nos había conducido a Istán, pueblo blanco y limpio como pocos. Preguntamos y nos recomendaron el restaurante El Barón; no fue mala recomendación, pues disfrutamos de unas berenjenas rellenas y unos lomos de bacalao que estaban realmente ricos.
Parece mucho exordio este para el asunto de hoy, pero confío en que no aburra. La cosa fue que, en el restaurante, entró una pareja de mediana edad y ocupó una mesa junto a la nuestra. Se les acercó el camarero, revisaron la carta e hicieron su petición. El camarero les sirvió unas cervezas, unas aceitunas y el pan. Entonces, no habían transcurrido ni cinco minutos, los dos se levantaron de manera precipitada, pagaron las cervezas que apenas habían consumido y salieron con muchas prisas. Después de que salieran, el camarero hizo, con intención de que lo oyéramos, un comentario irónico: "Por lo visto, le habrán parecido caros los platos". La cosa podía haber quedado ahí, pero nosotros no resistimos la tentación de imaginar teorías, a cual más peregrina, de lo sucedido. Sin embargo, apenas veinte minutos después, ambos reaparecieron y volvieron a ocupar el lugar de antes. Ni que decir tiene que nos corroía la curiosidad. Y, como ya digo que estábamos mesa con mesa, pudimos oír la explicación que dieron al camarero: se habían dado cuenta de que habían perdido las llaves de su casa y decidieron salir con urgencias a buscarlas. Y las encontraron. Tras eso, comieron con toda tranquilidad. El camarero se podía haber evitado su cáustico comentario y nosotros todas las teorías que montamos sobre el caso.
Con los pronombres personales átonos españoles pasa también que las apariencias nos engañan y los utilizamos mal, en ocasiones, no tanto por desconocimiento cuanto porque interpretamos mal su función. Sobre todo pasa lo que digo con los de tercera persona (lo, la, le y sus plurales). Creo que es porque como estos pronombres anticipan algo que aún no se ha dicho o reproducen algo que ya apareció antes, muchas veces los desligamos de su referente y ya metemos la pata. Por ejemplo, el camarero, según cuento arriba, dijo: *le habrán parecido caros los platos; como su referente es a ellos, debería haber dicho les habrán parecido caros los platos, que es lo correcto. Pero, en estos caso, se tiende a usar el pronombre en singular.
Alguien podría achacar el error a la, previsible, poca formación lingüística del camarero. Pero mira por dónde, yo mismo, y eso que reviso detenidamente lo escrito para evitar precisamente faltas de tal calibre, escribí el otro día: *la amistad y el cariño la derivan de otras fuentes, con lo que la concordancia la hago con amistad, con descuido de que los referentes son dos, amistad y amigo y, por ser cada uno de un género, y aun yendo ambos en singular, la concordancia debe ser en masculino plural: la amistad y el amigo los derivan de otras fuentes. En la crónica de la reciente final de la copa Davis de tenis se podía leer: *a su carrera, quizás también a sus compañeros, le ofreció Verdasco el triunfo obtenido; otra vez los referentes son dos, carrera y compañeros, por lo que se debería haber usado les. Y, hoy mismo, hace un rato, en una información sobre el socavón del metro sevillano que se ha engullido un quiosco, se lee: *el accidente que estuvo a punto de costarle la vida a una mujer y a su hija. Nuevamente vemos que se debería haber escrito les.
Descuido de prisas periodísticas, dirá alguien. No estoy tan seguro porque incluso en textos tan cuidados como los literarios se dan más de dos y más de tres casos de estos. Y en el lenguaje coloquial, construcciones del tipo *le dije de inmediato a mis amigos son frecuentes. Me dice Zalabardo que si nosotros caemos en el error con el complicado sistema de los pronombres personales en nuestra lengua (es la única categoría que conserva el esquema de la declinación latina, con formas diferentes según el género, el número y la función), qué harán los extranjeros cuando se enfrentan a él. Pues tiene razón.

lunes, noviembre 24, 2008


¿AL ENEMIGO, NI AGUA?
Hace días que vienen apareciendo en los medios informaciones, análisis y opiniones sobre nuestro sistema educativo. El último informe de la OCDE supone un serio toque de atención sobre la situación en ese campo y deja ver que nos hallamos, desgraciadamente, a la cola de Europa. Otro día, en una entrevista, Fernando Reimers, experto en educación y evaluación, catedrático en Harvard, denuncia que es preocupante que España tenga un 30% de fracaso escolar. Y, ayer mismo, leía un editorial de El País sobre el asunto en el que se instaba a dejar los planteamientos partidistas y obtener un consenso para solucionar el problema. Entre otras cosas, decía que bastaría con que los partidos que gobiernan en la capital y en las distintas autonomías dejaran de zarandear la educación con vistas a obtener ventajas electorales; y terminaba diciendo: Hay pocos asuntos de importancia estratégica que exijan una colaboración leal entre las fuerzas políticas. La educación es uno de ellos [...] Parece llegado el momento de cooperar sin reticencias para conseguir jóvenes mejor formados.
Y, mientras, nosotros tirándonos los trastos a la cabeza. Miremos el conflicto entre dos profesores universitarios que ha concluido con que uno de ellos, el poeta Luis García Montero, ha decidido abandonar la Universidad granadina. O la polémica, agria, que, muy a mi pesar, se organizó con uno de los apuntes recientes de esta agenda. En él, el núcleo no era otro sino plantear exactamente lo mismo que El País recogía ayer. Pero hubo quien quiso poner el énfasis en otro aspecto que para mí no era más que una mera anécdota.
Le pregunto a Zalabardo por qué hemos de estar así tan a menudo, dando importancia a lo que nos separa y despreciando lo que nos une. Y Zalabardo me responde que la polémica de que me quejo no es más que una pequeña muestra de la falta de ecuanimidad de la que pecamos, de nuestra casi constante propensión a polarizarlo todo. La dificultad de la ecuanimidad, de la imparcialidad de juicio y de criterio, la vemos, continuaba diciendo Zalabardo, en el modo en que aceptamos las críticas, o mejor, en el modo en que nos negamos a asumirlas (y sálvese quien pueda). Porque lo más grave no es que nos cueste aceptarlas, sino que demos en el pensamiento de que quien nos critica ha de ser, por fuerza, enemigo y lo hace por la inquina que nos tiene. Se nos hace difícil asumir que una persona de la que no nos separen insalvables divergencias pueda estar sujeta a nuestra crítica, y a la inversa. Me parece que entre nosotros está muy extendido eso de que quien no está conmigo está contra mí. No hay más que pensar, por ejemplo, en algunas tertulias de radio y televisión.
También sucede que en ocasiones tendemos a dolernos del otro, sentimos que lo suyo pueda ser mejor que lo propio (aunque no lo sea), lo que nos impide emitir juicios imparciales. Todo ello se manifiesta de numerosas y variadas formas. Adoptamos una constante guardia frente a quienes nos rodean (por lo que hacen, por lo que dicen, por lo que son). Basta que alguno exponga un argumento, da igual el asunto, para que surjan por doquier quienes traten de echarlo por tierra. Bastaría que yo dijese, por ejemplo, que mientras escribo estoy escuchando música de los Beatles para que alguien saltara agriamente con que donde se ponga la de los Rolling Stones que se quiten las demás. Y esto, no ya por dar valor a lo propio, sino por derribar lo del contrario. Pensemos, si no, en una figura como la de Adolfo Suárez; costaría encontrar a alguien que hiciera tanto (y no olvidemos de dónde venía) por normalizar la vida política de nuestro país en aquellos momentos tan difíciles como los albores de la transición. Pues aun así le dieron tortazos (y hay quien se los sigue dando) a diestro y siniestro, y nunca mejor dicho, porque le sacudieron estopa tanto los de la izquierda como los de la derecha, y acabó por ser abandonado y repudiado por los del centro, que se supone que eran los suyos.
Somos propensos, casi sin remisión, a la polarización, a colocarnos en posiciones antagónicas. No sé si el grito de "al enemigo, ni agua" lo habremos inventado nosotros, pero aunque no, se diría que va bien con nuestra personalidad, que podría definirnos. Un enemigo que nos lo creamos, incontables veces, de forma artificial y, por cierto, de manera bastante desahogada. Y con esas alforjas es difícil mantener los platillos de la balanza en equilibrio, el fiel en la vertical.
Cuando hablo de esto con Zalabardo, coincidimos en que tendría que ser normal aceptar la disparidad de opiniones, de puntos de vista, de defensa de sistemas de valores contrapuestos; eso no debe impedir la convivencia. Yo lo vi así la noche del viernes pasado. Lo malo es cuando, una vez conformada nuestra opinión, adoptado nuestro punto de vista, establecido nuestro sistema de valores, pretendemos imponerlos sobre los demás. Con lo fácil que sería, debería serlo, una relación pacífica con los demás en lugar de liarnos continuamente a garrotazos.
Ahora estaría bien que sonara Imagine, de John Lennon: Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz.

viernes, noviembre 21, 2008


SOBRE ETIMOLOGÍAS Y SENTIMIENTOS
La etimología es una ciencia curiosa, atractiva y bonita. Ya sé que utilizar este adjetivo revela una actitud que puede ser cualquier cosa menos científica. Pero en esta agenda nunca hemos pretendido hacer ciencia sino trasladar hechos, comunicar emociones y opiniones, según los casos. Pero sigamos con la etimología. Para los antiguos, me refiero al periodo clásico, la etimología era la búsqueda del sentido 'verdadero' de las palabras porque ayudaba a averiguar la verdadera naturaleza de estas. Por supuesto, se partía de la opinión de que la forma de una palabra corresponde efectivamente y de manera natural a los objetos que designa. De esta manera, Platón podía explicar el nombre del dios Dionisos diciendo que procedía de didus ton oinon, 'el que da el vino'. Los latinos hacían derivar la palabra cadáver de ca(ro) da(ta) ver(mibus), 'carne dada a los gusanos'. San Isidoro, cuyas etimologías son las que más gustan a Zalabardo, hacía derivar la palabra amigo (volveremos sobre ella) de a(ni)mi cus(tos), 'el guardián del alma' o rey de re(cte) (a)ge(re), porque conduce con rectitud.
Ya en la Edad Media, la etimología era una búsqueda basada en la opinión de que todas las lenguas procedían de otra determinada que era la original; muchos decían, e incluso demostraban, que esta primera lengua era la hebrea. Pero en los tiempos modernos la etimología no se mueve por caminos tan sutiles, sino mucho más apegados a lo terrenal. Por eso, y aunque hay muchas tendencias, se limita a explicar la formación de las palabras a partir de la tesis de que estas están constituidas por unidades más recientes que se remontan a otras anteriores ya conocidas. Así, podemos decir que abordar se explica, en español, por la existencia de borde. El término anterior al que se remonta una palabra actual recibe el nombre de étimo.
Claro que la etimología no se para solo en esto. También nos puede ayudar a establecer las dependencias o relaciones de unas lenguas con otras, a constituir las llamadas familias de lenguas, es decir, aquellos grupos de lenguas que se han desarrollado a partir de un mismo origen. Y por eso se habla de la familia indoeuropea, de la camito-semítica, de la fino-ugria, etc. Y también nos ayuda, a veces, a comprender algo del espíritu de las diferentes lenguas. Porque las lenguas, incluso las de una misma familia, eligen caminos muchas veces difíciles de entender y explicar para decidir qué étimo ha sido el elegido como punto de arranque de las palabras que expresan un determinado concepto.
Veamos un ejemplo. Las lenguas de la rama románica y las de la rama germánica, ambas indoeuropeas, no se remontan al mismo origen para las palabras que expresan la noción de 'amor'. Así, hay una raíz indoeuropea, amma-, 'madre', que, por la extensión de la relación afectiva que hay entre la madre y los hijos, puede significar también 'amor'. De ahí proceden los términos latinos amor, amicus, amicitia, de donde salen, en español, amor, amigo, amistad. Igual sucede en francés (amour, ami, amitié), en italiano (amore, amico, amistà) o portugués (amor, amigo, amizade). Pero es que hay otra raíz indoeuropea, leubh-, que significa 'amar' y 'desear'. De ella se derivan el inglés love, el alemán Liebe o el neerlandés gelooven, formas que expresan 'amor', pues la amistad y el amigo la derivan de otras fuentes. Esta raíz, en español, nos ha dejado la forma libido, 'deseo sexual'. Derivar de aquí algún tipo de teoría pudiera ser arriesgado y yo no lo voy a intentar. Solo fijémonos en que en el dominio románico se ha preferido un término de naturaleza más sentimental, afectiva, mientras que en el germanismo ha prevalecido lo químico.
Pero hoy, ahora, lo que de verdad me interesa destacar aquí es que esta noche nos reunimos los compañeros ('los que comparten el pan') del instituto para cenar. ¿Motivo? Han querido celebrar de manera 'oficial' mi jubilación. Han decidido, mostrarme de esa manera su afecto, cariño y amistad. Yo pienso, se lo digo así a Zalabardo, que al hacer esto no me homenajean a mí, sino a cuantos vamos ya saliendo por la edad de este ámbito de la enseñanza. Y se homenajean también a sí mismos. Porque en nuestro terreno todos somos participantes de una carrera de relevos, cada uno es un eslabón de una cadena que no acaba nunca. Al llegar a esta situación, ninguno ha cubierto más que un hito de la carrera total; nadie ha llegado a la meta, porque a esa meta, afortunadamente, no se llega nunca. Siempre hubo alguien antes y siempre habrá alguien después. Y así como cada uno ha hecho perdurar lo que hizo el anterior, lo hecho por nosotros perdurará en quien venga detrás.
Esta noche, ante ellos, espero saber mostrarles el afecto, el amor y la amistad que por ellos siento. Un amor, un afecto y una amistad que no podrá ser tan grande como la que ellos muestran hacia mí.

martes, noviembre 18, 2008



LAS ISLAS DEL DÍA DE ANTES

Sir Sandford Fleming, ingeniero canadiense nacido en 1827, fue el creador del concepto del Horario Universal o Tiempo Universal y del sistema horario de veinticuatro horas correspondientes a los veinticuatro husos horarios, que se cuentan a partir del meridiano 0°, el de Greenwich. Cada huso, hacia el este, supone una hora más; esto significa que, en algún momento, no solo se cambiará de hora, sino también de día. Convencionalmente se admitió que la línea de cambio de fecha sería el meridiano 180°, el opuesto al de Greenwich. Por ello, moverse desde este meridiano hacia el oeste exige añadir un día al calendario, mientras que si nos movemos hacia el este habrá que restarlo. Con esto de sumar o restar fechas me he hecho siempre un lío, pero Zalabardo me lo explica de la siguiente manera: si yo estuviera ahora mismo sentado exactamente sobre el meridiano 180°, mirando hacia el polo norte y con un pie a cada lado de la línea, la mitad izquierda de mi cuerpo se encontraría, según el calendario, en día martes; pero mi mitad derecha se encontraría sobre día miércoles. Y me añade este otro ejemplo: si en Málaga fuesen ahora mismo las 14:00 pm del martes, en Tokio, que está al este, serían las 22:00 pm del mismo día; en cambio, en Nueva Zelanda, que está también al este pero ya pasada la línea del cambio de fecha sería la 1:00 am de un día después, miércoles. Confío en que Zalabardo no se haya equivocado en sus ejemplos.

Bien es verdad que dicha línea no es más que una convención que puede ser modificada por cualquier país según su capricho. De hecho, y aunque tal línea se tomó como referencia porque discurre de modo casi total por zonas marítimas, Kiribati, república insular polinésica integrada por casi un centenar de islas y que está cruzada no solo por este antimeridiano de Greenwich sino también por el ecuador, decidió en 1995 desplazar la línea del cambio de fecha más de 3 000 kilómetros hacia el este para así poder tener en todo el estado el mismo día y evitar los graves problemas de funcionamiento que se le planteaban de la otra manera.

La línea internacional de cambio de fecha casi atraviesa, por otra parte, el atolón de Nakulaelae, la más oriental de las islas que forman Tuvalu, uno de los estados más pequeños del mundo: cuatro islas y cinco atolones, 25 kilómetros cuadrados de superficie, menos de 15 000 habitantes y una economía basada en las licencias de pesca en sus costas, emisiones filatélicas para coleccionistas y alquiler a una empresa estadounidense del sufijo de internet '.tv'. Tuvalu podría convertirse en la primera nación del mundo en alcanzar un sistema de desarrollo sostenible. En el atolón de Funafuti, el mayor y en el que se concentra la mayor parte de la población se ha instalado un digestor de biogás que, a partir del estiércol de los cerdos, proporciona energía para toda la isla.

Nakulaelae o cualquiera de las islas de Tuvalu y las ideas de sir Sandford Fleming podrían estar en el origen de esa isla del día de antes que da título a la novela de Umberto Eco. Tuvalu al completo podría ser el paraíso o, por lo menos, lo más cercano a la idea que por aquí tenemos del paraíso terrenal. Pero, a la vez, Tuvalu se está convirtiendo para sus habitantes en un infierno, porque su máxima altitud sobre la superficie del mar no llega siquiera a los cinco metros y se calcula que de aquí a cincuenta años todo el territorio habrá sido engullido por las aguas. ¿Razón? La subida del nivel de las aguas de los océanos como consecuencia del cambio climático. Tuvalu será así la primera nación del mundo que desaparezca víctima no de ninguna revolución, sino del cambio climático.

Las mareas, sobre todo las mareas vivas, van erosionando lenta e inexorablemente las costas de estas islas de origen coralino y recortan sin remisión cada vez más la línea de costa con toda su vegetación; una de las islas ya ha desaparecido casi por completo. Cuando hay tormentas o mareas fuertes se producen, además, filtraciones de agua de mar que no solo empobrecen y arrastran la poca tierra de cultivo que hay sino que inutilizan amplios tramos de los doce kilómetros de carretera de que disponen e incluso el aeródromo de la capital. A los habitantes no les queda otro remedio que ir pensando en otro asentamiento, probablemente Nueva Zelanda, donde rehacer sus vidas, porque los intentos llevados a cabo para reforzar las costas se han revelado del todo inefectivas. Esto sí que es desaparecer del mapa.

¿Qué tenemos nosotros que nos relacione con ellos fuera del dolor solidario? Ciertamente poco, a no ser algunos préstamos lingüísticos que nos han llegado, eso sí, a través del inglés. Y no son exclusivamente elementos de Tuvalu, sino del entorno polinésico. Hablo de cuatro palabras de las que dos tienen su origen en Hawaii: una es canaco, que es el nombre que los hawaianos se dan a sí mismos y que, de modo general, se usa para designar a los habitantes de Tahití y otras zonas polinésicas; la otra es ukelele, ese instrumento de cuerda parecido a una pequeña guitarra. Las otras dos palabras son más genéricamente polinésicas y las dos cuentan con un empleo bastante extendido: tatuaje y tabú. No creo que ninguna necesite aclaración.

jueves, noviembre 13, 2008


UNA DE CAL Y ALGUNAS MÁS DE ARENA
Quienes nos conocen bien saben de la afición que Zalabardo y yo sentimos por el deporte. Claro está que, a estas alturas de la vida, no estamos ya para muchos trotes y, salvo el senderismo, no practicamos otras actividades aparte del fútbol sala, es decir, el visionado de partidos de fútbol bien arrellanados en el sillón del salón. Y como en el transcurso de los años se van adquiriendo muchos hábitos, tanto él como yo seguimos prefiriendo las narraciones de los encuentros a través de la radio; el sistema es simple: se le quita el sonido al televisor, con lo que se elimina el, por lo común, anodino (o estomagante según los casos) relato televisivo y se conecta al oído el auricular de un pequeño receptor de radio, con lo que se gana una narración de carácter próximo a la épica. José Francisco, que comparte esta afición, sabe bien de lo que hablo, aunque él, por la edad, no puede recordar el gol de Zarra a los ingleses en Maracaná narrado por Matías Prats. Yo apenas si conservo un vago recuerdo, pues aquella gesta sucedió en 1950, pero Zalabardo, que es mayor, lo recuerda muy bien y me lo ha referido bastantes veces.
En estos tiempos actuales, seguimos siendo fieles a la cadena SER y al programa Carrusel, el mismo que ideara en 1954 el locutor chileno afincado en España Bobby Deglané y que dirigiera durante tanto tiempo otro histórico de nuestra radiodifusión, Vicente Marco.
¿Adónde querrá ir a parar este con una introducción de tal naturaleza?, se preguntará más de uno de quienes lean este apunte si no es que se lo preguntan todos. Tranquilos, que allá voy. Todo viene a cuento de que quiero tratar un tema que ha aparecido más de una vez en estas páginas: el lenguaje del periodismo deportivo. Sabéis que, por lo común, soy bastante crítico con esta modalidad, especialmente porque al ser seguida por un amplio número de personas son muchos los que se contagian de los vicios expresivos y léxicos que les llegan a través de las ondas; por ejemplo, ese rotacismo tan feo y tan madrileño que tanto se contagia a los que no lo son, como el que utiliza un narrador de encuentros futbolísticos, cordobés y nacido en Cabra, que suena así: *lar dos ocasiones han sido..., *lor dominios de Casillas..., *faltan dor minutos...
En el baloncesto existe un puesto que es el de pívot (o pivote), que es aquel jugador que se mueve en las cercanías y bajo el tablero; los otros cuatro jugadores se mueven a su alrededor y su misión básica, la del pivote, es recoger los rebotes y anotar puntos. De este juego, y no estoy seguro si también del balonmano, se ha extendido esa denominación a otros deportes de equipo en que un jugador actúa de pivote respecto a los demás. En fútbol, en cambio, es más clásico considerar pivote a uno o más centrocampistas, los que organizan el juego, porque los que definen, los que tienen la misión de acabar las jugadas, son los puntas. Según las tácticas utilizadas, se podrá jugar con uno, dos o tres puntas. Incluso con más si se quiere, pese al atasco que se podría organizar. ¿De dónde, pues, ha salido eso de jugar con un *trivote cuando hay un entrenador valiente que dispone jugar con tres delanteros? ¿A santo de qué emplear ese prefijo tri si no existe una raíz *vote? ¿No sería mejor, pongo por caso, emplear la metáfora que usan otros para tal caso y hablar de tridente? Aunque lo más simple será siempre hablar de tres puntas o delanteros. ¿O por qué esa insistencia en llamar a los guantes de los porteros manoplas, palabra que designa algo diferente? Con lo fácil que resultaría consultar el diccionario.
El director del programa Carrusel hablaba un día de si se dice le pegó (a la pelota) o *la pegó (a la pelota). Ni corto ni perezoso hizo la siguiente exposición: "Me han dicho que lo correcto es decir le pegó, pero a mí me suena mejor *la pegó; así que deberían cambiar el castellano". Como me encontraba en ese momento trabajando ante el ordenador, le envié un mensaje en el que le explicaba el uso de los pronombre átonos y le añadía la coletilla de que mejor que cambiar la lengua lo que hay que hacer es aprenderla en condiciones. Zalabardo se reía y me decía: Eres más chulo que un ocho.
Pero insinuaba en el título del apunte que, entre tanta paletada de arena, a veces se da una de cal. Por ejemplo, cuando un jugador consigue tres goles en un mismo partido se solía aplicar el anglicismo hat-trick. Pues bien, hace unos días escuché a no sé quién (y siento de verdad no recordarlo) que Fulanito había logrado un triplete. ¿Por qué no lo hacemos siempre así?

lunes, noviembre 10, 2008


PROFESIONES DE RIESGO
En la dulcificada versión de Walt Disney, Pinocho llevaba una manzana con la que agasajar a su maestra. En el original de Collodi, el muñeco de madera lo que hace es vender la cartilla (para cuya adquisición Gepetto tuvo que vender su chaqueta en pleno invierno) a la primera ocasión que se le presenta y con lo obtenido comprar la entrada para una función de títeres. Desde el comienzo de la historia, Pinocho no quería ir a la escuela y esa no sería la única vez que hace novillos. Vaya, algo parecido a bastantes alumnos de la ESO.
Pero deseo ahora incidir en el detalle de las versión en dibujos de Disney, el obsequio para la maestra. Me recuerda Zalabardo que hubo un tiempo (y yo lo he conocido) en que eso era algo usual. Las familias mostraban su reconocimiento de la tarea desempeñada por los profesores de sus hijos con dádivas en determinadas y señaladas fechas. También es verdad que hubo épocas en que eso fue una manera de compensar la escasa remuneración recibida por los enseñantes. No en vano existía aquella humillante expresión de ganas menos que un maestro de escuela. Quiero dejar sentado antes de nada que no es que yo crea que deban volver aquellos tiempos, tampoco que añore los regalos que, en mis primeros años de enseñante, también recibí. Quiero, al mismo tiempo, que todos recordemos que aquella costumbre afectaba no solo a los profesores. Los médicos, por ejemplo, también eran receptores de aquellas muestra de consideración por parte de sus pacientes agradecidos. Pero es que también recibían regalos, esta vez en forma de aguinaldo navideño, los guardias que regulaban el tránsito en nuestras poblaciones. Y podría aportar algunos ejemplos más.
En estos casos, se utilizaba el concepto que se resumía en la expresión profesiones vocacionales, lo que suponía reconocer en quienes las desempeñaban no solo un bagaje de conocimientos, sino una especie de entrega espiritual hacia los demás. Repito, no me duelo de que se hayan perdido tales usos. Incluso me congratulo por ello, porque en una sociedad progresista y civilizada no hay mejor reconocimiento que una justa remuneración por los servicios realizados. Eso tiene que desterrar cualquier otra clase de compensación (sea en especie o en metálico).
Si estoy diciendo estas cosas es para destacar un hecho para mí fundamental: el reconocimiento que las familias y la sociedad en su conjunto concedían a determinados profesionales; por ejemplo, a nosotros, los docentes. Eso es lo que se ha perdido; eso es lo que, lamentablemente, echo de menos. Todo ello, esa falta de consideración social, es consecuencia de una pérdida general de modales educados y de un embrutecimiento galopante de la sociedad en que vivimos. No creo que sea una falsa apreciación mía, sino que se ve en múltiples detalles y afecta a un considerable número de facetas: no se cede el paso a las personas mayores, no se cede el asiento en los transportes urbanos a las personas impedidas, no se respeta el mobiliario urbano, se cometen daños en apariencia absolutamente gratuitos (el otro día, en el edificio donde habito, se llevaron los extintores de las escaleras, no sin antes vaciar el contenido de uno de ellos en el ascensor).
¿Y nos va a extrañar que se produzca la pérdida del reconocimiento debido a determinados profesionales? ¡Ojalá todo quedase en eso! Leía el sábado que, en Almuñécar, un paciente agredió en un centro sanitario y sin motivo previo a dos médicos, con lo que ya son cuarenta y ocho agresiones a trabajadores de la sanidad en lo que va de año, solo en la provincia granadina. Me recuerda Zalabardo que, no hace mucho, en Huelva, una profesora fue agredida brutalmente por una alumna mientras el resto de sus compañeros jaleaban la agresión, con lo que no se sabe cuántas agresiones se han producido a docentes sin que nadie acierte a poner coto al desmán.
Y es que, a lo que parece, tales sucesos no provocan alarma social, ni se piden firmas ni se organizan manifestaciones para que se les ponga fin de una vez. Todo queda en huecas declaraciones de las respectivas delegaciones sobre que se van a investigar los hechos acaecidos. Todavía desconozco un solo caso en el que se sepa qué consecuencias se han derivado de tales averiguaciones, salvo la de dar por buenas las bajas temporales de los agredidos, casi siempre bajo la alegación de depresión.
En tanto, podíamos pedir a los sindicatos que luchen por conseguir que se introduzca en la nómina un plus de peligrosidad, ya que parece claro que las nuestras, al menos las de profesores y sanitarios, se ha convertido casi sin saber cómo en profesiones de riesgo.

jueves, noviembre 06, 2008


HONESTO, ¿PERO HONRADO?
Primero fueron los análisis previos al proceso electoral americano. Ahora son los análisis sobre el ganador, el demócrata Barack Obama. Todos los medios dale que te pego. Pero, tranquilos, que no voy a sumarme a esa pléyade de analistas. Voy por otro camino. En una de aquellas informaciones previas, leía un día que el republicano John McCain representaba la honestidad. Lo curioso es que esta afirmación ya no suele extrañar a casi nadie. ¿Y por qué había de extrañar?, me pregunta Zalabardo. Y yo le digo que, simplemente, porque lo que el articulista quiso decir es que McCain representaba la honradez. Como Zalabardo pone cara de estar igual que antes, tendremos que desarrollar esto un poco más. Había un dicho que, más o menos, venía a afirmar que la honradez tiene su asiento de cintura para arriba, mientras que la honestidad lo tiene de cintura para abajo; ¿más claro?
Para explicarlo, nos vamos a remontar al Diccionario de Autoridades, de 1734. Allí leemos que la honestidad es la 'moderación y pureza contraria al vicio de la lujuria'; en cambio, la honradez es 'aquel género de pundonor que obliga al hombre de bien a obrar siempre conforme a sus obligaciones y cumplir su palabra en todo'. ¿Qué es lo que ha ocurrido, entonces? Nada que no sea fácil de explicar. Se ha producido, de entonces a nuestros días, algo muy frecuente en la lengua: un cambio semántico. Una palabra que tiene un significado pasa a tener otro diferente o que se suma al que anteriormente tenía. En el ejemplo que nos ocupa lo sucedido es que una palabra ha asumido el significado de otra a la que, si no condena a desaparecer, la relega al menos a un segundo plano. Como veremos, honestidad va a asumir los significados de honradez y esta, a su vez, apenas si mantiene una parte de su significado primitivo. ¿Y eso es bueno o es malo? Ni una cosa ni la otra. Tan solo es muestra palpable de que la lengua, como hemos dicho aquí muchas veces, es un organismo vivo que los hablantes, mediante el uso que hacen de ella, van transformando.
En este caso concreto, el cambio puede ser rastreado a través de la consulta que hagamos de los diccionarios académicos. Espero no resultar excesivamente pesado. Sentado lo que dice el de Autoridades, leemos que el Usual de 1837, un siglo posterior, recoge que honestidad es 'la decencia y moderación en la persona, acciones y palabras' y añade que son sinónimos suyos 'castidad, recato, pudor'. Por contra, honradez es el 'proceder recto, propio de un hombre de honor y estimación'. Se conserva, pues, la línea del diccionario dieciochesco y, con ligerísimas modificaciones, más de redacción que de sentido, esas definiciones se mantendrán en el Usual de 1950 y el el Manual de 1989.
Tendrá que aparecer el de 1992 para que se perciba que la lengua ya ha cambiado, cambio producido con anterioridad, pues ya sabemos que los diccionarios van siempre por detrás de los usos generales. Y es que en esta edición se dice que honestidad es 'cualidad de honesto'; si nos vamos a consultar ese adjetivo, leemos que significa '1. Decente o decoroso / 2. Recatado, pudoroso / 3. Razonable, justo / 4. Probo, recto, honrado'. ¿vemos el deslizamiento que se ha producido y que queda atestiguado en las acepciones 3 y 4? Que aparezca así es señal de que el fenómeno está ya bastante arraigado en los hablantes. De honradez dice que es 'rectitud de ánimo, integridad en el obrar'. Esas definiciones son las que persisten en la edición actual del diccionario oficial.
Si ahora nos vamos a otros dos diccionarios que en esta agenda se han citado con frecuencia, observaremos un dato curioso. El Diccionario del español actual, de Manuel Seco (1999) sigue el criterio académico y define honestidad como 'cualidad de honesto' y honesto como '1. De buen comportamiento en lo relativo a la moral sexual / 2. Recto y honrado'. La honradez la define como 'cualidad de honrado' y honrado es el 'que se ajusta a la norma moral, especialmente en lo relativo a la veracidad y respeto a la propiedad ajena'. Todo sigue igual en lo que concierne a honestidad, pero el sentido de honradez ya se va restringiendo.
Por fin, el Diccionario de uso del español, de María Moliner (2007) es el que me parece que refleja mejor la situación actual del problema, pues afirma que honestidad significa 'cualidad de honesto' y define el adjetivo como '1. Incapaz de engañar, defraudar o apropiarse de lo ajeno / 2. Cuidadoso de no excitar el instinto sexual o herir el pudor de otros'. Y, finalmente, dice que la honradez es la 'manera de obrar del que no roba, estafa o defrauda'. Dos cosas son aquí patentes: la primera, que honestidad recoge el significado principal de honradez y relega el suyo original a un segundo término; la segunda, que la honradez queda reducida casi exclusivamente a cuestiones económicas.
Por eso, aunque un purista pudiera decir: Muy bien, Mc Cain es honesto, ¿pero es honrado?, tenemos que admitir que de lo que el periodista nos quiso hablar era de su honradez, sin entrar en nada relacionado con su lubricidad. Lo que pasa, ni más ni menos, cuando la mayoría de nosotros exigimos de quienes nos gobiernan que sean honestos, sin que nos importen un pimiento los avatares de su vida sexual.

lunes, noviembre 03, 2008


CASTAÑAS, UREÑA Y PIOJOS MORISCOS

Erizo es el zurrón, de la castaña; así comienza la estrofa once de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora. Dice Dámaso Alonso en su ya clásico estudio del poeta cordobés que es posiblemente uno de los pasajes más complicados de interpretar de toda la obra. La estrofa habla del contenido del morral de Polifemo, el cíclope pastor, principalmente castañas. Su primer verso es una metáfora complicada porque puede ser interpretada de diferentes maneras; en efecto, zurrón es tanto la 'bolsa del pastor', su morral, como la 'cáscara primera y tierna en que están encerrados algunos frutos' y erizo, que en principio es la 'corteza espinosa en que se cría la castaña' pasa a significar después la envoltura de cualquier otro fruto, por ejemplo, de la bellota o del membrillo.
Pero le aclaro pronto a Zalabardo que no quiero hablar de Góngora, ni del Polifemo, ni de las metáforas. Si empiezo por este verso es porque siempre me acude a la cabeza cada vez que, en mis diarios paseos, percibo la proximidad de un puesto de castañas asadas. El verso citado, o mejor, la estrofa completa, es una manifestación del otoño encerrado en el erizo-zurrón del pastor Polifemo: junto a las castañas, leemos que lleva también datilados (por el color) membrillos, rojas manzanas y dulces bellotas.
En mi cabeza y en mis recuerdos, el otoño está identificado desde la niñez con dos imágenes, la de las castañas asadas y la de la visita de los cementerios el día de los difuntos. ¿Habéis observado cómo el olor de las castañas asadas lo invade todo y es posible percibirlo desde bastante distancia? Iba a decir que el humo del fogón en que las castañas se asan se mezcla con la fresca humedad del ambiente y nos envuelve en aromática y cálida caricia. Pero, aquí en Málaga, eso apenas si pasa de ser un mero recurso de estilo, porque el otoño no se nos ha hecho patente más que desde hace unos días. Ya no era el consabido veranillo del Membrillo o de San Miguel, más bien casi ha llegado a ser el de San Martín de Porres, que creo que es el santo de hoy; pero los puestos de castañas llevan montados desde hace un mes, por lo menos.
A lo que iba; en mi pueblo, Osuna, como imagino que sucedería en todos los pueblos (y no digo sucederá, porque hablo de recuerdos), las estaciones venían marcadas por hechos muy puntuales. Al llegar el otoño, Marcial sustituía el caldero de bronce en el que garrapiñaba las almendras por la olla agujereada en su fondo donde asaba las castañas. Marcial tenía su puesto (que no era un quiosco, sino un carretón en el que ofrecía su mercancía de golosinas) situado en la Carrera, justo en la esquina de la plaza de Santo Domingo y cuando, por las tardes, íbamos o volvíamos del instituto, aquella era parada obligatoria para comprar castañas asadas y, de paso, calentarnos las manos acercándolas al fogón. También en casa se asaban castañas y bellotas. A veces, nuestras madres las compraban crudas y no había actividad que más atrajese que la de hacerles un corte con una navaja y ponerlas a asar bajo la mesa camilla en las calientes cenizas del brasero.
Yo no sé ya si será cuestión del cambio climático o que Málaga vive en una eterna primavera, pero estos otoños de ahora son muy diferentes de aquellos otros, fríos y húmedos, que recuerdo en mi pueblo.
Decía que otra imagen, también referida al pueblo, que asocio con el inicio de esta estación es la de la gente caminando arriba y abajo por la calle de Écija para visitar el cementerio el día de los santos y el de los difuntos. Entonces no sabíamos nada de halloween, esa costumbre de origen anglosajón que hemos adquirido de tanto verla en cine y en series de televisión. Para nosotros era suficiente hacer gruesa bolas de piojos moriscos, que cogíamos de los cardos espinosos que crecían en los alrededores del cementerio, y molestar a las niñas tirándoselos en el pelo para que se les enmarañase. En otros lugares, en pueblos de Málaga concretamente, existía la Fiesta de la Ureña. Los niños, la noche del 31 de octubre, iban por las calles cantando y pidiendo un aguinaldo de casa en casa; por lo general, se les daba membrillos o batatas asadas. He leído que algunos pueblos, Cuevas de San Marcos y Fuente Piedra, luchan por recuperar esta costumbre. Ignoro si habrá tenido algo que ver en ello Juan Benítez, que es de por allí y ferviente defensor de las tradiciones y folclore populares. Él fue quien primero me habló de esta fiesta.
Por cierto que piojo morisco debe ser una denominación muy localizada en mi pueblo, pues con ese nombre no he encontrado nada en ningún diccionario ni en Internet. Me gustaría saber cuál es el nombre tanto de la planta como de su fruto, este piojo morisco del que hablo. Su forma es oblonga, de no más de un centímetro, con una aguda púa en un extremo y todo él recubierto de unos filamentos terminados en gancho. Tampoco he encontrado el significado de la palabra ureña. Agradecería mucho que alguien me pudiera dar noticia de ambas cosas.
Todo ello queda ya, en fin, muy lejos; pero, ya digo, cada nuevo otoño, cada vez que el aire me acerca el aroma de un asador de castañas, pienso en aquellas cosas que ya no es que nos las quite la edad, que también. Quien más nos las quita, desgraciadamente, es la ciudad, cualquier ciudad, pues todas se uniformizan y deshumanizan a pasos agigantados. Y en ese triste proceso, para nuestro mal, vamos siendo engullidos como si de un agujero negro se tratase.
Zalabardo, tras leer lo que llevo escrito, me dice con bastante retranca si no sería mejor que todos los apuntes siguieran la línea de este, con lo que evitaríamos desagradables conflictos. De paso, me sugiere que salude con cariño a Mari Paz y a sus compañeros estudiantes de periodismo, y les aconseje que lean un artículo que Larra escribió en 1834: Lo que no se puede decir no se debe decir. Le contesto que ya lo habrán leído, aunque nunca estará de más releerlo. Verán que, tras más de ciento cincuenta años, hay cosas que no han cambiado del todo.

jueves, octubre 30, 2008


A PROPÓSITO DE 'LOS ÁRBOLES Y EL BOSQUE'
A todos nos habrá conmovido, al menos a Zalabardo y a mí sí, el acto en que Óscar Tulio Lozano, rehén recién liberado tras permanecer ocho años cautivo de las FARC colombianas, pedía disculpas por su incoherencia expresiva, producida por "la falta de uso de la palabra" durante tanto tiempo. Pensaríamos que una persona que pasase largo tiempo sin poder hablar explotaría en cuanto que tuviera posibilidad de hacerlo. Este hombre, por contra, titubea y se excusa por sus posibles fallos. Gran lección para tantos otros, entre los que me incluyo, que, aun sin haber tenido tales trabas, no acertamos a guardar silencio alguna que otra vez y nos damos a la verborrea sin medida. Y pasa lo que pasa.
La lectura de esta información me ha llevado, tras larga meditación y analizarlo seriamente con Zalabardo, a contestar al comentario que un compañero, también él jubilado, Antonio Huertas, hace al apunte de esta agenda titulado Los árboles y el bosque. Y es que sabéis que ya dije que no acostumbro a responder a los comentarios que esta agenda provoque por una razón de principio: que del mismo modo que yo soy libre para escribir de cualquier tema, toda persona que me lea tiene la misma libertad para opinar o disentir de lo que escribo, pues nunca pretenderé ser depositario exclusivo de la verdad y la razón; a eso añado otra norma: procurar no herir nunca a nadie con lo que digo, o, al menos, no hacerlo conscientemente. De todas formas, siempre ronda el peligro de caer en el error.
Pero resulta que, esta vez, no creo que haya lugar a la acusación que me lanza Huertas de haber descalificado a alguien; por ello, precisamente, es por lo que estimo que debo responder, para que no se interprete mi silencio como aceptación. Trataré de justificarlo. Cuando alguien expone sus ideas por escrito debe saber que se enfrenta por lo menos a cuatro niveles: el de lo que quiere decir, el de lo que realmente dice, el de cómo lo dice y el de lo que los demás interpretan que dice. Por si esto no fuese ya de por sí complejo, el lector se ha de enfrentar a otros tres, por lo menos, niveles de lectura: el de la lectura recta (el lector interpreta rectamente lo que el autor ha querido decir), el de la lectura entre líneas (el lector repone aquello que el autor pudiera haber callado porque lo da por supuesto) y el de la lectura sesgada (el lector pretende que el autor del texto dice algo que realmente no ha querido decir). Excluyo, de forma totalmente consciente, el de la incapacidad para interpretar un escrito, que, en este caso, sobra. Y no me meto aquí en la cuestión sobre de quién es la culpa cuando no se produce el recto entendimiento entre autor y lector porque eso nos metería en serios berenjenales.
Me he vuelto a leer detenidamente el apunte de marras (pues ya lo hago antes cuando lo escribo) y, sinceramente, no creo encontrar nada que pueda ser descalificador para nadie. Esa es la razón por la que concluyo en que Antonio Huertas debe haberlo leído sesgadamente y halla en él algo que yo no he pretendido. Veamos: que Aquilino Melgar y yo pensamos de diferente manera, y que nos lo hemos dicho de modo claro y educado, es una verdad objetiva e inobjetable, lo que no es malo para ninguno de los dos. Que él llevaba un tiempo trabajando mucho más en los despachos que en las aulas tampoco creo que se pueda discutir ni significa más que lo que quiere decir. Que él analiza el estado de la educación más con ojos de persona de partido que con interés meramente pedagógico es, por supuesto, una interpretación mía, ante la que solo caben dos cosas: que yo esté errado o que no lo esté y, en ninguna de las dos opciones mi opinión debe tomarse como descalificación. Que él ocupe un cargo elevado en la administración educativa es, ni más ni menos, consecuencia de los méritos que ha venido acumulando; pero también es algo que desde hace tiempo venía buscando; ¿es eso malo? ¿Se puede criticar a alguien por aspirar a algo? Yo mismo, Huertas lo dice, pretendí ser director (por cierto, una vez solo, no múltiples como afirma) y, al ser derrotado mi proyecto, me olvidé de intentarlo nuevamente. Aunque fuese por eso de no tropezar dos veces en la misma piedra. ¿O es que él, el propio Huertas, no ha tenido aspiraciones, e incluso a algo más que a una modesta dirección de instituto, sin que ello pueda suponer desdoro? Lo que no se puede evitar es que haya por ahí quienes (y Antonio Huertas tiene que estar de acuerdo conmigo) parece que arrastran durante toda su vida el desencanto, si no resquemor, provocado por cualquier frustrada aspiración.
Por tanto, repito, no creo que haya descalificación ni ofensa en mi apunte, salvo que se considere incorrecta la forma en que lo dije (tercero de los niveles que enumero arriba); si es eso, de verdad que no alcanzo a verlo; utilizo el tono desenfadado que intento emplear en toda la agenda. En cualquier caso, quede claro que nunca en mi ánimo hubo intención de descalificar. ¿O tal vez lo que molesta es que yo pueda declarar mi estima, por su valía, hacia una persona de la que se supone que estoy bastante separado en el ámbito de las ideas (que a lo mejor no lo estoy tanto)? Le pido, pues, a Antonio que vuelva a leerse el apunte y lo interprete con el sentido que yo quiero darles a mis palabras. Y, por supuesto, que sepa que nunca me he puesto ni pretendo ponerme (sería presuntuoso y fatuo) como ejemplo de nada ni para nadie. Quede eso para otros.
Como final, quiero referirme a dos aspectos de su comentario que no sé si interpreto bien. El primero: por muy jubilado que uno esté, estoy convencido de que nunca se pierde la condición de profesor; ¿o él ya la ha perdido? El segundo: por muy jubilado que uno esté, la libertad de tener opiniones y emitir juicios, respetuosos (aunque críticos) con las personas, sus opiniones y sus juicios, no nos la podrá quitar nadie.

martes, octubre 28, 2008

CHALO PARA MI QUER

Iba para mi casa (que eso quiere decir, en chipí cayí o lengua gitana, el título del apunte de hoy) el otro día cuando, y acompañado de Zalabardo, al pasar por el Parque, se nos ocurrió acercarnos a las casetas de la Feria del Libro de Ocasión por el simple deseo de ver si entre tanta morralla como suele verse en eventos de esta naturaleza se podía encontrar algo curioso. Y a fe que hallamos dos cositas. Digo cositas porque no hay mejor término para calificar lo que compré: dos libritos de apenas el tamaño de una mano abierta y un centenar de páginas cada uno. Ambos presentan algo en común, el tema gitano, pues el primero es una edición de poesía gitana y el otro un vocabulario de la lengua de esta etnia.
El primero, editado en Cádiz, sin referencia de año, pero reciente sin duda alguna, está compuesto por Francisco del Río Moreno y lleva por título 101 Poesías en caló. Es una reproducción, acompañada de breves comentarios y estudios, de los poema escritos en esta lengua que George Borrow incluyó en su libro The Zincali, or an account of the gipsies of Spain, de 1841. El libro y los poemas fueron traducidos a nuestra lengua en 1932 por quien fuera presidente de la Segunda República Manuel Azaña. Este Borrow es aquel inglés viajero, uno más, al que en España se le conoció como Don Jorgito el inglés; vino a nuestro país en 1835 con la intención de difundir la Biblia y su experiencia se plasmó en otro libro que llevó por título La Biblia en España.
El principal interés de esta publicación de Francisco del Río radica precisamente en ese conjunto de poemas que recoge y que ayuda a conocer mejor los antecedentes del cante flamenco que, en opinión de algunos entendidos (entre los que no estamos ni Zalabardo ni yo, simples aficionados),
debe bastante a los gitanos. Pero lo que de verdad nos ha llamado la atención es el poema cuyo primer verso ha originado el título de hoy y que se puede cantar con ritmo de seguiriya; dice así: Chalo para mi quer, / me topé con el meripe; / me penó: aonde chalas? / Le pené: para mi quer (Iba para mi casa, / me encontré con la muerte; / me dijo: ¿adónde vas? / Le dije: para mi casa). No creo que sea exagerado decir que trata el tema del viajero que, a mitad de camino, se encuentra con la muerte, que le avisa de su próximo fin y de la imposibilidad de alcanzar su destino. Ese asunto se encontraba ya en el cancionero tradicional medieval, se repite en el Romance del enamorado y la muerte, es el germen de El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, y late en la base inspiradora de la Canción del jinete, de García Lorca. ¿Sería arriesgado suponer que los gitanos creadores de ese cantar conocían de algún modo dicha tradición, o es una pura casualidad? No pretendo aquí ofrecer ninguna teoría ni exposición sobre esta línea inspiradora; me limito a señalar la coincidencia.
El otro libro es una edición facsímil hecha en 2005 por la gaditana Librería Raimundo del Vocabulario del dialecto jitano, redactado por D. Augusto Jiménez y publicado en Sevilla el año 1846. El interés que este libro pueda tener es el del léxico español-gitano que anuncia el título, así como la serie de oraciones y textos breves traducidos al caló. Por lo demás, la brevísima introducción sobre los gitanos que encabeza el libro no es sino una acumulación de obviedades, tópicos y prejuicios que no parecen sino inspirados en las duras palabras que contra los gitanos introducen La gitanilla, de Cervantes. Y es que D. Augusto Jiménez, en solo las nueve pequeñas páginas que dedica a hacer el retrato de este pueblo, dice que son ociosos, fingidores, embusteros, mañosos en todo tipo de engaños, vagabundos, ladrones y cobardes. A ello añade que no tienen estudios ni habilidad más que para hacer lo que hacen: canastas, trasquilar caballerías, usar de la magia y decir la buena ventura. Hablando de su distribución por España afirma que donde menos hay es en las Vascongadas, en Asturias y Galicia, porque los mismos vecinos los echan de la población y los muchachos los apedrean. Mientras escribo esto, tengo a mi lado el periódico de hoy: en él se da cuenta de que los vecinos del pueblo jiennense de Castellar apedrean las casas de los gitanos que viven en el pueblo y organizan manifestaciones para expulsarlos. Pocas cosas han cambiado. ¿Y seguiremos diciendo que en nuestro país no hay racismo?
Pero no todas las publicaciones sobre los gitanos han de mirar hacia el tópico denigrante o hacia la faceta meramente folclórica. Tengo aquí uno de 1993 escrito por José Antonio Plantón García y titulado Aproximación al caló (Chipí cayí). El autor, gitano, Licenciado en Pedagogía y Director del Centro de Adultos "Palma-Palmilla" (ignoro si continúa siéndolo) compuso esta breve y clara gramática de la lengua de los gitanos, a la que acompaña un amplio vocabulario, con la intención de tender puentes entre las distintas culturas y ofrecer un instrumento de trabajo para el aula en esta barriada marginal malagueña. Es un libro no ya curioso; también es interesante y valioso por su fin.

jueves, octubre 23, 2008


LA RUPTURA AÚN PENDIENTE
El proceso por el que España pasó desde el régimen dictatorial de la época del franquismo hasta un sistema democrático de libertades tras la muerte del dictador es lo que en los manuales de historia se ha denominado Transición política española. Para cualquiera a quien se pregunte, independientemente de su origen y condición, esta transición fue todo un modelo de evolución pactada y pacífica para consolidar el sistema de libertades del que ahora gozamos. Visto hoy en la lejanía, aquellos tiempos nos proporcionan algunas imágenes que no dejan de ser curiosas y hasta cierto punto extravagantes, como la aprobación por unas Cortes franquistas, en 1976, de una Ley de Reforma Política que no significaba otra cosa que el harakiri de las instituciones y régimen franquista; o la legalización del Partido Comunista, de manera semiclandestina y vergonzante, el sábado santo de 1977 (¿quién no recuerda la voz entrecortada y jadeante de Alejo García leyendo la noticia en RNE?).
Zalabardo me saca a colación que todas estas pequeñas o grandes incongruencias que se daban eran consecuencia de aquel consenso alcanzado entre quienes propugnaban una ruptura con el pasado reciente inmediato y quienes se manifestaban más partidarios de una reforma. En cualquier caso, este acuerdo alcanzado entre los representantes de lo que se llamó el tardofranquismo y los dirigentes de los partidos que se habían movido hasta entonces en la clandestinidad derivó hacia esa especie de ruptura pactada (e imperfecta, aunque suficiente, en aquel trance) que subyace en esa transición nuestra que tan alabada ha sido por todos. Así se liquidaba el resultado de la guerra civil y los efectos de la represión de los primeros años de la dictadura, se renunciaba a plantear el conflicto entre república y monarquía y se daba por buena la encarnada por Juan Carlos I incluso por parte de aquellos más programáticamente republicanos, y se dictaba una Ley de Amnistía tan amplia como vaga en su redacción y contenidos.
Pero, aún así y con todo, todavía hoy nadie ha podido curar unas heridas que se habían cerrado en falso o casi en falso, sin el cauterio necesario. Y después de treinta años de democracia, cuando esta ya está consolidada y no parece que haya peligro de involución, resulta que nos encontramos con signos que de algún modo reclaman esa ruptura que no se produjo. Hace cosa de un mes, traía aquí la petición que se hacía al juez Baltasar Garzón para abrir una fosa común donde yacen, se supone, García Lorca, el maestro de Pulianas Dióscoro Galindo y dos banderilleros. Y el juez no solo ha dado un dictamen favorable sino que se ha declarado competente para iniciar una causa penal por los crímenes del franquismo.
Y lo que para unos ha sido motivo de alegría para otros se presenta como piedra de escándalo. Y se esgrimen mil y un argumentos, desde los estrictamente jurídicos hasta los más encarnizadamente viscerales para cortocircuitar la iniciativa del juez Garzón. Si unimos unos y otros, parece que lo que sale de la mezcla es el siguiente razonamiento: esto no es lo que se acordó en 1977. Es decir, que se pide la aplicación del principio reformista y se reniega y duda aún de cuanto pueda sonar a ruptura.
Le pregunto a Zalabardo cómo es posible que, setenta años después de concluida la guerra civil, tengamos tanto miedo a plantear aquel terrible suceso, su conclusión y sus consecuencias. Me contesta que él tampoco lo entiende, que ya deberían haber cicatrizado todas las heridas y que deberíamos ser lo suficientemente civilizados para plantear cuanto haya que plantear sin originar con ello efectos subsiguientes. Que deberíamos tener claras unas cuantas ideas: por ejemplo, que aquello comenzó como un acto de sedición militar contra un régimen legítimo; que en el enfrentamiento civil en que aquel acto sedicioso desembocó no podemos buscar ahora buenos y malos, porque en los dos bandos se cometieron auténticas salvajadas; que la feroz represión que siguió a la victoria de los golpistas agravó aún más las cosas; que aquellos que pomposamente se denominaron a sí mismos "bando nacional" (¿quiénes eran los nacionales si lo pensamos con frialdad?) pudieron, y lo hicieron, honrar a sus muertos y dedicarles monumentos (ahí están el valle de los Caídos y la Cruz de los Caídos que se erigió en cada pueblo); que ya es tiempo de que todas las víctimas del conflicto sean consideradas por igual y sean abiertas las fosas comunes para que los que en ellas yacen puedan ser enterrados con la dignidad y respeto debidos.
La iniciativa de Garzón a lo mejor presenta dificultades jurídicas para seguir adelante (los entendidos decidirán), aunque no se le puede negar un gran valor simbólico y, sobre todo, hace patente alguna que otra cuestión. Por ejemplo, que la reforma que inspiró nuestra modélica transición dejó algunos asuntos sin resolver, como el de una parte importante de las víctimas del conflicto. Garzón ha conseguido, al menos, que puedan dejar de tener sentido aquellos versos que escribió Pablo Neruda: la muerte española, más ácida y aguda que otras muertes, / llenaba los campos hasta entonces honrados por el trigo. Ojalá los campos vuelvan a ser honrados tan solo por el trigo. Si solucionamos este problema sin tirarnos los trastos a la cabeza será señal de que vamos superando el miedo a aceptar todas las verdades de lo que hace ya casi tres cuartos de siglo que sucedió. Y entonces veremos que la reconcialiación ha sido posible.

lunes, octubre 20, 2008


ROSA, ROSAE
Del uso encomiástico que la expresión saber latín tenía, pues con ella se indicaba que una persona era de inteligencia despierta y poseía conocimientos con los que superaba a sus semejantes, parece que hemos pasado a defender otra expresión con la que se quiere manifestar el rechazo de un conocimiento que se considera improductivo: ¿para qué saber latín? Porque, si nos fijamos, cada día es menos relevante el papel que este campo del conocimiento ocupa en los planes de enseñanza. Supongo que esa pregunta u otra semejante se la habrán hecho con frecuencia a Virginia Torres. Me sugiere Zalabardo que le aconseje que, a imitación de Carlos Rodríguez cuando le plantearon la misma cuestión, referida a las matemáticas, ella podría empezar su respuesta con estas palabras: Como primera providencia, para que yo pueda ganarme decentemente mi sueldo mensual. Después, ya podrá seguir su argumentación por donde quiera.
Y es que en España, y no es de ahora, parece que hay una guerra abierta contra las humanidades y, muy concretamente, contra el latín. Aún recuerdo cuando, en el bachillerato que Zalabardo y yo hicimos, se comenzaba a estudiar la lengua latina en el segundo curso, que era el equivalente al actual primero de ESO. Lo quiere decir que todos los alumnos hacíamos obligadamente tres cursos de latín durante el bachillerato elemental y, los que se inclinaban por estudios de letras, otros dos en el bachillerato superior más el del curso preuniversitario; lo que hacía un total de seis. Pero los enemigos de estos estudios parece que se reciclan y atacan con furia cada cierto tiempo. ¿Os acordáis de aquel ministro franquista, el egabrense José Solís, a quien se le ocurrió aquello de "más deporte y menos latín"? Entonces, alguien, que no sé quién fue, le contestó que gracias al latín el gentilicio del nombre de su pueblo, Cabra, era egabrense y no cabrón. Ya conté esa historia en un viejo apunte.
Le digo a Zalabardo que yo no pretendo desarrollar aquí una defensa del latín en los planes de estudios, pues ya hay personas con mayor carga de conocimientos y razones que nosotros que llevan tiempo haciéndolo. Tengo ahora delante de mí un viejo recorte que da cuenta de que don Pedro Laín Entralgo solicitaba la creación de dos cátedras de humanidades en cada facultad de ciencias. Razonaba que para ser algo más que un "ganapán adocenado" habría que extender el conocimiento de cualquier área científica a la filosofía, la antropología y la historia de esa área así como a la etimología de sus jergas. ¿Alguien le hizo caso? Solo diré que, según yo lo veo, un hablante de lengua española (y más si es persona que consideramos culta) que desconoce los rudimentos del latín es como aquel que desconoce quiénes son sus antepasados y cuál es su apellido. Desconocer, siquiera someramente, el latín es no estar en condiciones para conocer qué es y cómo funciona nuestra propia lengua.
Y, sin embargo, la nuestra es una lengua llena de expresiones y locuciones latinas por todas partes; las manejamos continuamente, aunque sea sin el menor conocimiento de lo que son. Si deseamos que se nos realice algo en el momento en que lo deseamos, pedimos que se nos haga ipso facto; si queremos indicar que hemos sorprendido a alguien en el preciso instante en que realiza una acción censurable, declaramos haberlo pillado in fraganti; si no hay asistencia suficiente para que un cuerpo deliberante tome determinado acuerdo, reconocemos que falta quorum; y así podríamos seguir. Claro que el desconocimiento, en la debida proporción, del latín nos lleva también a incurrir en determinados errores de interpretación o de pronunciación. Algunas de estas locuciones las hemos comentado ya en otros apuntes, como motu proprio, 'por propia iniciativa', o grosso modo, 'superficialmente, a grandes rasgos'. Hay otras locuciones que sometemos a perversiones varias que nos llevan a decir algo que no es latín o a convertir una palabra en otra. Veamos algunos ejemplos.
Cuando Julio César expuso al senado romano la eficacia y prontitud con que alcanzó la victoria en la batalla de Zela, dijo aquello de veni, vidi, vici, 'llegué, vi, vencí', que algunos convierten en *veni, vidi, vinci. El mismo Julio César, que a veces parece un ser venido al mundo para pronunciar frases célebres, dijo tras cruzar el Rubicón: alea jacta est, 'la suerte está echada', frase que no tiene nada que ver con *alia jacta est, como comúnmente se dice, porque alea, sustantivo, significa 'dado, juego de dados' y 'suerte' (de ahí deriva nuestro aleatorio, 'lo que depende de la suerte o el azar'), mientras que alia, adjetivo, es el femenino de alius, que significa 'distinto, otro'. O aquella otra expresión recogida de una de las sátiras de Juvenal que defiende que los gobernantes pueden, con alimentos y diversiones, tener al pueblo despreocupado de otros asuntos: panem et circenses, 'pan y circo', que no es, como algunos pretenden, *panem et circum, ya que circenses es el nominativo de circenses, -ium, 'juegos de circo'.
Aunque Zalabardo me indica que, como ejemplos, ya hay bastantes, no me resisto a terminar con uno más. El delirium tremens no es sino una patología asociada con la ingesta intensa de alcohol o con el síndrome de abstinencia del mismo; su significado es 'alucinación temblorosa' porque sus síntomas más comunes son las alucinaciones acompañadas de fuertes temblores. Por eso no hay que interpretarlo como 'terribles alucinaciones', porque tremens tiene que ver con el verbo tremo, 'temblar' y no con el adjetivo tremendus, 'espantoso'. Se reitera Zalabardo en si me he desahogado ya; y aunque quedan algunas expresiones más por ahí, creo que lleva razón y es suficiente por hoy.

viernes, octubre 17, 2008


ANDALUZÍA
Cada vez que a Zalabardo le preguntan si es andaluz, suele contestar de manera indefectible: "Sí, pero no ejerzo". Esta respuesta, que para muchos es un simple chiste, un rasgo de ingenio del dueño de esta agenda, es más bien una butade, si me permitís que eche mano del galicismo; ya sabéis, si nos vamos al diccionario, una 'salida extravagante e ingeniosa de intención a menudo provocadora'. Claro que a nuestro amigo le suele ocurrir lo que a menudo sucede con tales gestos, que la gente se queda con lo que de gracioso haya, aunque sin llegar a captar la honda provocación que encierran sus palabras.
Cuento esto porque el otro día, en uno de esos paseos que acostumbro por cualquier rincón de Málaga, me encontré sobre un muro la siguiente pintada: Viva Andaluzía libre (así, con z). A ella habían añadido esta otra y declaro que quien lo hubiera hecho sí me pareció gracioso: de andaluces. No me diréis que no tiene su aquel el incremento de marras. Quien fuera, seguro es que sintonizaría a las mil maravillas con Zalabardo. Y es que muchas veces se confunde lo andaluz con lo andalucista. Zalabardo y yo, y por eso él responde de la manera reseñada, preferimos, pongo por caso, a un catalán antes que a un catalanista; a un vasco antes que a un vasquista; y, naturalmente, a un andaluz antes que a un andalucista. Andalucista es, por ejemplo y para que nos entendamos, Canal Sur, cuyos órganos rectores se empeñan, entre otras cosas, en que sus locutores hablen en andaluz. ¿Y qué es hablar en andaluz, si alguien me lo puede decir? ¿Cuál, de todas las hablas andaluzas, habrán de tomar como modelo? Y es andalucista la radiotelevisión de Andalucía cuando se empeña en que sus programas estén llenos de carapapas cuentachistes y graciosillos de barrio. ¿Que hay, en Sevilla, en Málaga, en Cádiz o en Córdoba un macarra que cuenta chistes, aunque la gracia la tengan donde los pepinos? A Canal Sur a contarlos. Como es andalucista la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía cuando se empeña en trufar los programas de anexos dedicados a la literatura andaluza. ¿Es que acaso existe una literatura andaluza desligada de la castellana? O por decirlo de una forma más exacta y más favorable a nosotros, ¿es que existe una literatura castellana desprovista del componente andaluz? Veamos, sin escarbar demasiado, esta pequeña nómina: Muccadam de Cabra, Ibn Hzam, Juan de Mena, Luis de Góngora, José María Blanco White, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Francisco Ayala...
Los andalucistas son y han sido siempre los que han dado pie a esa nefasta imagen que fuera de nuestra tierra se tiene de nosotros. Ellos son los que dieron origen a ese pueblo que se pinta en la sin par Bienvenido Mr. Marshall y a todos esos ambientes que nos retratan como ignorantes, atrasados, supersticiosos y folclóricos. Cuando el otro día vi la pintada de que hablo, recordé un artículo publicado en El País el 13 de marzo de 1996 (ya creo haber dicho que estoy ordenando libros y papeles, por eso tengo el dato fresco) escrito por Antonio Muñoz Molina y titulado Andalucía obligatoria. En él habla, y mejor, de todo lo que estoy diciendo yo ahora. Y se quejaba amargamente de que somos nosotros quienes alentamos esta visión que fuera tienen de nosotros. Calificaba a Canal Sur de "órgano oficial de andalucización" y denunciaba que incluso con aquellos gobiernos que pudiéramos considerar más progresistas, en lugar de liberación "lo que vino es [...] la fiebre irracional e intimidatoria por todas las fiestas y tradiciones posibles, la vanagloria inepta en los localismos más agresivos y cerrados, la feria eterna, la romería y procesión eternas, programadas por la autoridad, alentadas por la radio y la televisión públicas, convertidas en una especie de narcótico brutal o en un inmenso decorado que oculta las cosas reales".
Lo sorprendente es que luego clamamos al cielo cuando se dan casos como el ocurrido en el momento de la aparición del programa procesador de textos Word que acompañaba al sistema Windows 95. Si entrábamos en el diccionario que el programa incluía, nos llevábamos la sorpresa de que andaluz es igual que cañí, gitano, flamenco y calé. Alguien podría haber alegado: "vosotros os lo habéis buscado".
Si este apunte nace de la observación de una pintada, el artículo de Muñoz Molina nacía de la lectura de que "en Huelva, de cara a la primavera, y a instancias de la Junta, han empezado a impartirse a los alumnos y a los profesores cursillos de espíritu rociero", según sus propias palabras. Le llovieron palos de todos los colores y desde todos los rincones de nuestra Comunidad, especialmente por parte de profesores onubenses que lo acusaban de tergiversar la información, cuyo núcleo, sin embargo, no negaban. ¿Quiénes salieron en su defensa? Tendría que ser un romano, hijo de extremeño e italiana, Rafael Sánchez Ferlosio, quien reivindicara la figura y las ideas expresadas por el escritor ubetense en un artículo publicado un mes después (el 28 de abril) y titulado Andalucismo. Cualquiera que tenga una idea menos peliculera y casposa de nuestra región que la que circula por ahí debe perder unos minutos en buscar y leer los dos artículos de los que hablo. Sería un buen ejercicio de reflexión.

martes, octubre 14, 2008


ZAFRAMAGÓN
Hace ya mucho tiempo que Zalabardo conoce mi afición por la naturaleza y mi inclinación por los paseos campestres. El senderismo es una actividad perfecta para quienes, por razón de la edad, tenemos ya vedados otra suerte de deportes. No hay que batir marcas, no compites contra nadie, puedes parar a contemplar las delicias que el paisaje te ofrece y tienes ocasión de platicar con muchas personas a las que antes no conocías. Por lo común, Zalabardo no suele acompañarme, pero le gusta que, al regreso, le cuente dónde hemos estado y le muestre fotografías del lugar.
Este pasado puente del Pilar hemos aprovechado el fin de semana para hacer una escapada a la Vía Verde de la Sierra, que discurre entre las poblaciones gaditanas de Olvera y Puerto Serrano, cruzando también un trecho de la provincia de Sevilla. Las vías verdes son antiguos trazados ferroviarios que han perdido su condición de tales y se han habilitado para recreo de caminantes y ciclistas, especialmente. En Andalucía tenemos veinte trazados de esta naturaleza de los que exactamente la mitad, diez, están ya perfectamente acondicionados, con toda clase de servicios, para su nueva función. Para gestionar estas vías se creó la Fundación Vías Verdes y para la atención directa a los usuarios existe, al menos en algunas de ellas, una Patrulla Verde.
La Vía Verde de la Sierra discurre sobre un total de 36 kilómetros. Dispone de tres hoteles situados en lugares estratégicos: Olvera, inicio de la vía; Coripe, punto intermedio; y Puerto Serrano, final. No pueden tener una mejor ubicación porque son antiguas estaciones reconvertidas en pequeños y coquetos alojamientos; o sea, que están al pie de la misma vía. Nosotros hemos estado alojados en la de Coripe, pueblo sevillano, porque, dada su situación, permitía cada uno de los días caminar en sentidos diferentes sin tener que repetir recorrido. Nada más llegar, nos abordó Andrés, jefe de la Patrulla Verde, para informarnos del lugar y ofrecernos su ayuda en cuanto nos fuese preciso. El gestor del Hotel Estación de Coripe, Juan Ramón, nos acogió igualmente con toda amabilidad. Debo confesar que la estancia no ha podido resultar más placentera: trato exquisito, magnífica comida a un precio nada disparatado, de una calidad que no se espera en un lugar de esa naturaleza (las croquetas y el pisto de la madre de Juan Ramón, para chuparse los dedos), y cómodas habitaciones. Todo ello se acompaña de tres características que, según quienes las analicen, tendrán más o menos valor: el hotel no dispone de televisión ni de línea telefónica fija y la cobertura para móviles, por lo común deficiente, en días nublados, tal como nos ha ocurrido a nosotros, es totalmente inexistente. Al menos a mí, todo eso me pareció una maravilla, pues no es fácil poder estar dos días aislados de todo lo que no sea la naturaleza.
¿Qué hacer en este paraje aparte de caminar y no preocuparse por nada? Digamos que, además de disfrutar del paisaje y del sendero en sí mismo, que discurre junto a los cauces de los ríos Guadalete y Guadalporcún y que en sus treinta y seis kilómetros ofrece treinta túneles, uno de un kilómetro de longitud y varios de ellos iluminados, más cinco viaductos, existen elementos que hacen amena la estancia: el área de descanso Junta de los ríos, en la unión de los dos citados, la contemplación del Chaparrro de la vega, con más de treinta metros de diámetro en su copa y más de uno en su tronco, y, por encima de todo, la visita al Centro de interpretación y observación de buitres del Peñón de Zaframagón. Por la noche, aprovechando un claro entre las nubes, Juan Ramón nos prestó su telescopio para admirar la luna y Júpiter con cuatro de sus satélites, aparte de enseñarnos a reconocer el canto de los cárabos y distinguir el de los macho del de las hembras.
El Peñón de Zaframagón es un abrupto peñasco de apenas 600 metros de altura que se eleva junto al pequeño poblado del mismo nombre. Si ya impresiona el corte que la erosión de las aguas del Guadalporcún ha tajado sobre esta mole caliza, el Estrechón, como lo llaman los lugareños, el lugar es importante porque acoge la Reserva Natural de la mayor colonia de nidificación de buitres (quinientas parejas) de la Península Ibérica y una de las principales de Europa. A una distancia de aproximadamente un kilómetro de la cumbre, la antigua estación de Zaframagón se ha convertido en centro de observación directa, en tiempo real, gracias a una cámara estratégicamente colocada al otro lado del Estrechón y que dispone de movimiento de 360° y potentísimo zoom. Francisco, que atiende a los visitantes, nos proporcionó una valiosa e instructiva charla sobre costumbres y usos de la vida de los buitres al tiempo que ilustraba sus palabras con las imágenes que la cámara recogía.
Han sido, pues, dos días de esos que consideramos que sirven para cargar las pilas. La leve llovizna de la tarde del primer día y de la mañana del domingo sirvió para suavizar y hacer más llevadera la caminata. Es una visita que aconsejamos a cualquiera que ame la naturaleza o quiera simplemente empezar a conocerla. Al fin y al cabo, se llega a Coripe en una hora desde Sevilla, una y media desde Cádiz y dos desde Málaga. Y si a alguien no le apetece andar, existe un alquiler de bicicletas y de caballos para recorrer la ruta.

jueves, octubre 09, 2008


HISTORIAS DE PALABRAS
Alguien se ha extrañado de que en el apunte último no apareciera Zalabardo por ningún lado, lo que a algunos malintencionados les ha hecho pensar que se debía a un desacuerdo entre los dos por el varapalo a la ministra, en el que él, me dicen, no ha querido participar. El mismo Javier López me preguntaba qué tengo yo contra la pobre Magdalena. Nada más lejos de la verdad, puesto que entre Zalabardo y yo hay siempre buena sintonía, aunque no falte algún que otro pique esporádico. Pero la gente no sabe qué decir, no hay más que ver ciertos programas de televisión. Lo cierto es que, pues todo hay que decirlo, cuando yo redactaba la página, Zalabardo pasaba una consulta médica; los años no corren en balde para nadie. Cuando regresó y le pregunté qué le habían dicho, me respondió cariacontecido: Que estoy hecho una birria. Después supe lo que en verdad le tenía preocupado: el médico le ha aconsejado que se haga una gastroscopia y una colonoscopia. Como no pude reprimir la risa, él se puso aún más mohíno; yo he tratado de animarlo aconsejándole que hable con Joaquín Martínez, que sabe lo que es eso.
Y para intentar distraerlo de ese tema, le pregunté si sabía cuál es el origen de la palabra birria, de la que el Diccionario RAE nos dice, en primer lugar que significa 'persona o cosa de poco valor o importancia', para añadir luego que también es 'mamarracho, adefesio'. En fin, que le pido ayuda y nos ponemos a investigar tanto el origen como las relaciones entre estas tres palabras: birria, mamarracho y adefesio.
Joan Corominas, en su diccionario etimológico, afirma que el término birria tiene un origen dialectal leonés y que posiblemente se derive del latín vulgar verrea (de verres, 'verraco') que significaba 'terquedad, rabieta, capricho', de donde pasará a significar 'cosa despreciable'. Pero José María Iribarren, en su El porqué de los dichos, nos cuenta que el birria o mamarracho es, en Castilla, el bobo o gracioso que va delante de los danzantes en ciertas procesiones, especialmente las eucarísticas. Y dice aún más: que en Tierra de Campos es un individuo que viste ropajes estrafalarios y de colores chillones, y que porta una vara de cuyo extremo cuelga una pelota o vejiga con la que golpea a los viandantes. La desagradable visión que proporciona esta figura explica bien la expresión estar hecho una birria.
Sobre mamarracho cabe decir lo siguiente: la RAE afirma que procede del árabe hispánico maharrag, 'bufón', y que vale para 'persona o cosa defectuosa, ridícula o extravagante'. Más aclara Corominas, quien nos dice que, en su origen, la palabra fue moharrache, que significaba 'disfraz mal pergeñado, figura ridícula'. Luego derivó a momarrache y, finalmente, a mamarracho. Y una aclaración más completa la hallamos en Covarrubias, que define momarrache como 'el que se disfraza en tiempos de fiestas con ropajes de mal talle y que lo hace además para asustar a aquellos con los que topa'. Sigue explicando que el término se deriva de Momo, dios festivo, hijo de la Noche y el Sueño, y que no sabe hacer otra cosa sino reprehender a los demás.
¿Y adefesio? El diccionario académico lo define en primer lugar como 'despropósito, extravagancia, disparate'. Como segunda acepción dice: 'traje, prenda de vestir o adorno ridículo y extravagante'. La historia de esta palabra, para su significación inicial, es bastante curiosa. Hay dos versiones, que en el fondo son la misma con tan solo cambio de protagonista. Corominas e Iribarren dicen que el origen está en ad Ephesios, por la inutilidad de la predicación de San Pablo en Éfeso, donde no solo no caló su palabra sino que estuvo a punto de morir a manos de la plebe, que rechazaba sus argumentos. De ahí, se explica, surgió la locución adverbial ad Efesios, 'en balde, disparatadamente'. Pero Covarrubias, autor del primer diccionario de nuestra lengua, cuenta una historia parecida, aunque el protagonista para él es Hermodoro, varón virtuoso de Éfeso a quien sus conciudadanos, que no aceptaron los consejos que les daba para la mejora del gobierno de la ciudad, acusaron injustamente de sedición y casi lo condenaron a muerte.
Nos queda, pues, clara la relación entre birria y mamarracho, que vienen a ser la misma cosa. En cambio, el paso de adefesio desde 'cosa inútil, difícil o complicada' hasta 'persona o prenda de vestir ridícula o extravagante' resulta algo más ardua de explicar. En ese proceso debe haber todavía algún paso que, al menos a Zalabardo y a mí, se nos escapa. Tampoco creo que ello sirva de mucho a Zalabardo para aliviar su preocupación; pero, al menos, lo he intentado.