lunes, febrero 21, 2011


CENSORES


Vivimos una época, le digo a Zalabardo, en la que con mucha frecuencia se confunden los valores y en la que cualquiera, y cuando digo cualquiera me refiero exactamente a eso, a cualquiera, se siente con derecho a imponer sus criterios sobre los de los demás, sin entrar siquiera en el inicio de eso que siempre se ha llamado contraste de pareceres: tú piensas esto, yo pienso lo otro; veamos si la razón nos asiste a alguno de los dos, si ninguno podemos reclamarla o si, lo que sería de desear, se puede llegar a un punto de encuentro que nos satisfaga a ambos.
Sabéis que nunca he sido partidario de eso que se ha dado en llamar corrección política, ya sea en el lenguaje o en cualquier otra faceta, porque, lo he defendido en múltiples apuntes, pienso que, por ejemplo, el lenguaje es un instrumento pero de ninguna manera un arma arrojadiza. El lenguaje, en sí mismo, es neutro; las palabras no dañan, daña la intención de quien las utiliza para ocultar tras ellas su mala baba. Porque vamos a ver, ¿qué matiz peyorativo puede ocultarse tras la palabra ciego, por poner un ejemplo fácil de entender? ¿Es que voy a tener que decir disminuido visual para no herir la sensibilidad de nadie?
Me pide Zalabardo, por favor, que no vuelva sobre el mismo tema y procuro tranquilizarlo diciéndole que no voy sobre lo mismo, sino que quiero ir un poco más allá. Porque resulta, le digo, que la corrección política, como sinonimia de hipocresía expresiva, se ha instalado en todos los pliegues de nuestro cuerpo social y cuesta trabajo no ya decir, sino incluso hacer algo, sin poder evitar que a cada momento haya alguien que se sienta herido. Ya no es lo que digo, sino lo que hago, lo que hay que cuidar para no entrar en conflicto con quienes tenemos a nuestro alrededor.
Y lo peor no es que alguien pueda, con o sin razón, aunque generalmente sin ella, dolerse de mis obras o de mis palabras; lo peor es que ese alguien se sienta con derecho a impedir que yo hable o actúe tan solo porque no le gustan ni mis palabras ni mis acciones. De esta forma, hemos devenido en una situación en la que la censura campa por doquier. Si a mí no me gusta una exposición, se pretende, no me limito ya a no acudir a ella, sino que me considero con derecho a impedir que tal exposición se celebre o que otras personas puedan visitarla; si considero obscena, por decir algo fuerte, tu canción, exijo el cumplimiento de “mi derecho” a que tú no cantes o a que los demás no te escuchen. Y esto pasa en todos los ámbitos: en la política, en la religión, en el fútbol, en los toros y qué sé yo dónde más. Es la actitud de los más intransigentes talibanes, que los hay por todas partes.
Y así sucede que se ha impuesto una corriente censora como hacía tiempo que no veíamos. Y le cuento a Zalabardo el último caso. En los Estados Unidos, el complejo cultural Smithsonian, de Washington, ha organizado una exposición de temática homosexual que pretende analizar el papel de la diferencia sexual y su representación artística. Una de las obras expuestas ha sido A fire in my belly, de David Wojnarowicz; se trata de un vídeo de 1987 que desea denunciar la indiferencia de la sociedad frente a los enfermos de sida. El vídeo gustará o no, quien lo desee puede verlo en http://vimeo.com/17650206 . Ofrece escenas de fuerte violencia (titulares de periódicos referidos a sucesos, lucha libre, peleas de gallos, corridas de toros, todo ello combinado con escenas callejeras que pudiéramos calificar de normales), pero lo que ha tocado la fibra sensible de alguien es que hay unas escenas en las que se ven hormigas correteando por la imagen de un crucificado. Una persona publicó un artículo contra el vídeo, y de paso contra toda la exposición, artículo que se convirtió en el punto de partida para una extensa e intensa cruzada de grupos católicos contra la muestra “anticristiana”. Resultado: el vídeo ha sido suprimido de la exposición. ¿Qué harían esas personas con la escena, pongo por caso, de la “santa cena” en la película Nazarín de Luis Buñuel?
Termino diciéndole a Zalabardo que yo soy partidario del respeto hacia todo el mundo, de que hay que procurar no herir, a propósito, a nadie; pero que eso no significa, por otro lado, que no respete el derecho de cada uno a su libre expresión y a su libre pensamiento. Nunca iré a casa de nadie a mostrarle lo que no desee ver o a decirle lo que no desea oír. Pero eso no le da derecho a nadie a censurar mi libertad de obra y de palabra.

lunes, febrero 14, 2011

EL CUADERNO ESCONDIDO. 12. NEVERMORE (Leyendo a Edgar Allan Poe)


Querido amigo B.:
Ya hace días que estuvimos hablando de la diferencia entre una obra científica y un poema, así como entre este y una novela, sin que pudiésemos llegar al final de la conversación. Le decía yo entonces que la poesía, para ser tal, no puede ser sino breve, de forma que lo que llamamos poema largo no es sino en realidad una sucesión de poemas breves, esto es, de efectos poéticos breves. La poesía es tal en cuanto excita inten-samente el alma y la eleva.
Quiero ahora explicarle lo que entonces no tuve tiempo, aprovechando el poema que estoy componiendo y que se titulará, posiblemente, El cuervo. En él estoy cuidando con detenimiento el efecto que deseo producir en los lectores (melancolía y terror), la extensión conveniente, el tono de fondo, el ritmo del verso, las repeticiones y las aliteraciones. He buscado el empleo de un estribillo que suponga la división del poema en estrofas, lo que convierte el poema largo en sucesión de poemas cortos.
El final, para que tuviera fuerza, debía ser sonoro y lleno de énfasis, lo que me llevó a pensar en la o como vocal altamente sonora, asociada con la r como consonante que ayuda a prolongar en sonido. De inmediato me vino a la mente la palabra nevermore [nunca más]. ¿Qué pretexto me permitiría el uso continuado de dicha palabra como cierre de cada estrofa? Necesitaba de un ser incapaz de razonar pero que pudiese hablar. Y aunque pensé de inmediato en un loro, pronto lo reemplacé por un cuervo, más acorde con el tono y efecto elegidos. Ya tenía un cuervo, ave de mal agüero, repitiendo monótonamente nunca más al final de cada estrofa, en un poema de tono melancólico y de una cierta extensión.
Sin perder de vista nunca el objetivo final del poema, la perfección de todos sus puntos, me pregunté entonces: De todos los temas melancólicos, ¿cuál concitaría universalmente mayor consenso? No me cabía duda de que debería ser la muerte. ¿Y cuándo este tema, considerado el más melancólico, se convierte a su vez en el más poético? La respuesta era obvia: cuando está asociado a la belleza. Por tanto, la muerte de una bella mujer no solo es el tema más melancólico sino a la vez el más poético. Y qué duda cabe de que los labios más adecuados para expresar este tema son los del amante que ha perdido a su amada.
Llegado a este punto, no me quedaba sino hallar el modo de combinar la idea del enamorado que deplora la muerte de la mujer amada y la del cuervo que repite continuamente nunca más. Con eso, el poema estaba ya conseguido.
Creo, estimado B., que esto le puede dar una somera idea de cuál es mi proceso de creación de un poema. Cuando concluya este del que le hablo se lo enviaré.
Entre tanto, espero noticias suyas.
Un abrazo,
Edgar.

[Elaboración libre a partir de Filosofía de la composición, de E. A. Poe]




Edgar Allan Poe (1809-1849): El cuervo


Una vez, en triste medianoche,
cuando, cansado y mustio, examinaba
infolios raros de olvidada ciencia,
oí de pronto, que alguien golpeaba
en mi puerta, llamando suavemente.
«Es, sin duda —murmuré—, un visitante...»
Solo esto, y nada más.


Recuerdo el mes helado de diciembre;
una a una, las ascuas moribundas
forjaban su fantasma sobre el suelo.
Deseaba con ansia la mañana,
buscando entre mis libros un consuelo
a la doliente pérdida de la virgen Leonora,
que es así por los ángeles llamada...
Sin nombre aquí, ya siempre.


Me estremeció el crujir de las cortinas,
de púrpura y de seda, y un espanto
jamás sentido paralizó de pronto
mi corazón. Y yo me repetía.


«Algún tardío visitante ruega
la entrada en la puerta de mi estancia.
En mi puerta golpea un visitante;
es esto y nada más.»


Reanimada mi alma y sin más dudas,
«Señor —dije—, o señora, si no,
vuestro perdón sinceramente imploro.
Pero es que dormitaba y la llamada
vuestra tan leve fue, que apenas
supe si había oído tal llamada.»
Abrí entonces la puerta por completo;
tinieblas, nada más.


En lo oscuro atisbaba con ahínco.
Temor, asombro y dudas me invadían;
soñaba sueños que ningún viviente
osó nunca soñar. Todo seguía
envuelto en el silencio y en la calma.
Una sola palabra murmuraba,
y el eco, aquel «¡Leonora!» murmuraba.
Solo esto, y nada más.


Volví a mi estancia; ardía mi alma entera.
Pronto se oyó de nuevo la llamada,
pero esta vez más fuerte, más cercana.
«¿Será —dije— ese ruido en la ventana?»
Semejante misterio he de explorar,
calmando el corazón, ese misterio
he de explorar, repito, en las tinieblas;
el viento es, nada más.


Abrí el postigo, y con gentil revuelo,
entró entonces un cuervo majestuoso,
como en los santos días del pasado.
No me hizo reverencia, ni siquiera
un minuto vaciló. Con prestancia
de dama o varón noble, se posó
en el dintel, sobre un busto de Palas...
Allí quedó posado, y nada más.


Con su grave decoro, el feo pájaro,
como el ébano negro, mi tristeza
en sonrisa trocó. Y yo le dije:
«A pesar de tu cresta desollada,
cobarde no eres, ciertamente, cuervo
torvo, espectral, errando por el margen
de la Noche Plutónica. Revélame tu nombre.»
El cuervo dijo: «Nunca más».


Atónito quedé por la respuesta
tan rotunda del ave desgarbada,
respuesta inoportuna, sin sentido;
mas convengamos que ningún mortal
haya nunca gozado la fortuna,
de tener sobre un busto, en el dintel
de su puerta, un pájaro posado,
con un nombre como este «Nunca más».
El cuervo solitario, desde el busto,
una sola palabra pronunció,
cual si su alma fluyese en el vocablo.
Calló después, inmóvil el plumaje.
Yo apenas susurré: «Otros amigos
volaron ya. Cuando despunte el alba,
este me dejará sin esperanza...»
El ave dijo entonces: «Nunca más».


Estremecido estaba por la calma
que truncara su rápida respuesta.
«Sin duda —dije—, son esas palabras
las únicas que sabe y ha aprendido
de un amo desdichado a quien persigue
el Desastre fatal, y cuyo canto
tenga este estribillo triste:
«Nunca más, nunca más».


Pero el cuervo seguía e incitaba
mi alma a la sonrisa todavía.
Un sillón puse, frente al busto, al ave;
y hundido en almohadón de terciopelo
mi mente encadenaba fantasías,
pensando en lo que el ave desmañada,
fea, flaca, siniestra, a entender daba
croando: «Nunca más».


Sentado, meditaba. La mirada
del pájaro mi corazón quemaba.
Recliné la cabeza en el cojín
que la luz de la lámpara embebía,
deleitaba en el suave terciopelo,
pero ese cojín color violado
Ella no ha de oprimir ya más,
¡ah, nunca más!


Tornose el aire denso y perfumado
por invisible incienso. Balanceaba
el incensario un serafín; se oían
sobre el tapiz mullido sus pisadas. Grité:
«¡Miserable! ¿Te ha prestado tu Dios
o el nepentés te envía con sus ángeles?
¡Bébelo, olvida ya a Leonora!»
El cuervo dijo: «Nunca más».


«¡Profeta —dije—, ser nacido del mal!
¡Profeta, sí, o pájaro, o demonio!
Si el Tentador te manda, o la borrasca
te arroja a nuestra orilla desolada,
pero impávida, a la desierta tierra
mágica por el terror alucinada,
dime, yo te lo ruego, ¿hay bálsamo en Galaad?»
El cuervo dijo: «Nunca más».


«¡Profeta —dije—, ser nacido del mal!
¡Profeta, sí, o pájaro, o demonio!
Por ese cielo que en lo alto se comba,
por ese Dios que tú y yo veneramos,
di a esta alma triste si en el Edén distante
abrazará a la doncella santa
a quien llaman los ángeles Leonora.»
El cuervo dijo: «Nunca más».


«¡Que sea esta palabra la señal,
pájaro o espíritu diabólico,
de nuestro adiós! ¡Retorna en la borrasca
y al borde de la Noche Plutoniana!
¡No dejes pluma negra como prenda
de tu mentira! Mi soledad respeta,
¡quita de mi pecho tu pico, tu forma de mi puerta!
El cuervo dijo: «Nunca más».
El cuervo, inmóvil, sigue aún posado
sobre el pálido busto de Atenea,
encima de la puerta de mi estancia;
sus ojos son de un demonio que sueña.
La luz sobre él mi lámpara derrama,
proyectando su sombra por el suelo.
Y mi alma, fuera de esa flotante sombra,
¡nunca más se alzará!

lunes, febrero 07, 2011


DE SENECTUTE


Decía Alberto Moravia que la vejez es una enfermedad como otra cualquiera, con la única diferencia de que tras esta uno se muere irremisiblemente. La frase, que sin duda podemos catalogar como ingeniosa, no deja de tener su lado falaz, ya que, si bien nadie carece de fecha de caducidad, no es menos cierto que la muerte no repara en la edad, según podemos comprobar cada día. Solo que si cuando corta los hilos de la vida a una edad temprana consideramos la muerte como una gran desgracia, tras la vejez la consideramos como su más lógico corolario.
Por eso, por su proximidad con la muerte, muchas personas reniegan de la vejez y se duelen por no poder retener aquello que se considera que caracteriza la granazón de la vida. Frente a ellas, muchas otras son las que adoptan una actitud que pudiéramos llamar senequista ante lo irremediable, el constante paso de los años. Incluso hay una larga tradición literaria sobre esta especie de impavidez ante lo inevitable, adobada de, a veces, un velado tono de queja. Ya en el siglo XV, Jorge Manrique escribió aquello de que todo se torna graveza / cuando llega al arrabal / de senectud. Y solo un siglo después, aquel capitán sevillano Andrés Fernández de Andrada sería quien escribiera: ¿Qué es nuestra vida más que un breve día, / do apenas sale el sol, cuando se pierde / en las tinieblas de la noche fría?
Por su parte, el refranero está lleno de decires que insisten en diferentes aspectos que se defienden como propios de la vejez; por ejemplo, la decrepitud queda patente en aquellos que afirman que A burro viejo no le falta garrapata o que En casa vieja todo es goteras. La terquedad es lo que señala aquel que defiende que A burro viejo no le cambies el camino. Y la desconfianza en ellos es lo que mantiene el que afirma que Cuando hay santos nuevos los viejos no hacen milagros. Y me quedan dudas sobre cuál sea el sentido del que dice que Del jefe y del perro viejo, mejor cuanto más lejos.
Hablaba de estas cosas con Zalabardo porque, mientras paseaba, pude leer hace días en la portada de uno de esos periódicos gratuitos que cada mañana se nos ofrecen en todas las esquinas de la ciudad un titular que me hizo sentir un repelús: Jubilarse es sentarse a esperar la muerte. ¡Qué estupidez! ¿Quién podría haber dicho tal desatino? Por supuesto, alguien que no tenga ni puñetera idea de en qué pueda consistir la jubilación o que no sea capaz de disfrutar del placer de ir envejeciendo poco a poco.
Zalabardo me recomienda que no me altere y que comprenda que quienes de esta manera se manifiestan son quienes ignoran cuál sea el sentido de llegar a la vejez, quienes tienen miedo a cumplir años. Me dice que, ya que estoy con refranes, piense aquel dicho que denuncia que se es viejo cuando uno trata de demostrar lo joven que se encuentra todavía. Y, aún más, me enseña una entrevista con Juan Goytisolo, que recien-temente ha cumplido ochenta años, en la que afirma: la vejez es una época envidiable. Y no se queda en un simple decir, sino que argumenta su afirmación: cuando llega la vejez no necesitas competir con nadie.
Me insiste Zalabardo en que, del mismo modo que hay muchos refranes que menosprecian la vejez, algunos de los cuales he citado más arriba, hay otros que circulan por el camino contrario. A la cabeza de todos ellos está ese tan repetido de que Más sabe el diablo por viejo que por diablo, síntesis del valor de la experiencia. Experiencia, sabiduría y buen hacer demuestran también los que dicen que Buey viejo lleva el surco derecho o que Del viejo, el consejo. Y compendio de cuanto bueno puede significar la vejez son estos dos tan parecidos: Amigos, oros y vinos, cuanto más viejos más finos, que resume uno, mientras que el otro, algo más extenso, declara que Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar y viejos autores para leer. ¿Y todavía habrá quien reniegue de haber llegado a viejo?

martes, febrero 01, 2011

EL CUADERNO ESCONDIDO. 11. DECÍAMOS AYER... (Leyendo a Fray Luis de León)


¡Dios del cielo! ¡Qué alboroto! ¡Cualquiera diría que estábamos en día de mercado de tanta gente como bullía por los pasillos! La voz se había corrido no ya solo entre los estudiantes, sino también entre cuantos vagaban por las calles o daban vueltas por los mercados, porque mucha gente de la ciudad se había congregado, curiosa por ver cómo se desarrollaban los hechos.
Casi cinco años habían pasado desde que el Santo Oficio lo despojara de su cátedra de Durando y decidiera recluirlo en la prisión de Valladolid. Casi cinco años en los que el debate no había apenas bajado de tono. Y no eran únicamente los agustinos y los dominicos quienes se tiraban los trastos a la cabeza, que eso había sido siempre así. Los mismos estudiantes formaban bandos entre quienes defendían al maestro León y quienes se pasaban al lado de sus detractores.
Yo era nuevo allí, apenas si llevaba dos años y debo reconocer que a veces me resultaba difícil no participar en la polémica. Como a otros estudiantes, aquel día la curiosidad me había llevado a abandonar mis clases para no perderme el espectáculo que se preveía. Incluso muchos profesores habían dado licencia a sus alumnos, deseosos ellos también de estar presentes en el momento del regreso a la docta casa.
A media mañana, su aula estaba ya abarrotada de un público expectante. Yo tuve la suerte de hallar un rincón en una de las gradas y allí me dispuse a esperar la entrada del maestro. Entre mis libros y cuadernos llevaba, como muchos otros una hoja que desde hacía días se venía repartiendo en Salamanca y que, según lenguas, era un poema que había compuesto durante su estancia en prisión.
Se diría que esperábamos al mismo Rey Nuestro Señor o a alguien no menor que el Nuncio. Tal era el ambiente de jolgorio reinante en el local. Sin embargo, había también muchos que hablaban por lo bajo y criticaban que al fraile agustino se le repusiera en su cátedra. Se rumoreaba, incluso, que el maestro León de Castro no había querido estar aquel día en Salamanca.
El maestro De Castro había sido quien prendiera la mecha del conflicto y muchos eran también los que referían las palabras que le echara en la cara al maestro León: “Yo prenderé el fuego en que os queméis tú y tu linaje”. Porque León de Castro no solo se oponía ideológicamente a Luis de León; no solo envidiaba, él, que se sabía menos estimado entre los estudiantes, el aprecio que hacia el otro sentían estos. Él, León de Castro, lo despreciaba porque, consciente de su medianía, no podía dejar de reconocer la superior inteligencia del agustino.
Y tampoco faltaban quienes acusaban al maestro esperado de poseer un carácter difícil e iracundo. Y muchos compañeros del claustro de profesores afirmaban de él que era un intrigante y un egoísta que no dudaba incluso en criticar y denunciar a sus propios amigos. Claro, que no contó con que Bartolomé de Medina, un hombre frío y calculador, se pusiera del lado de Castro, lo que en gran medida inclinó en su contra el proceso, en el que tanto pesaron sus antecedentes judíos.
En esas conversaciones estaba yo con los demás alumnos que me rodeaban cuando se alzó un murmullo que anunciaba la llegada del maestro León. Cuando penetró en el aula, se hizo un respetuoso silencio. El maestro, delgado, de mediana estatura, con la cabeza alta, avanzó por el pasillo que los presentes iban abriendo a su paso. Despacio, se subió a su cátedra. Se recompuso los pliegues del hábito, miró a su alrededor sin mover un solo músculo de su cara y se dispuso a hablar:
—Decíamos ayer...


Fray Luis de León (1527-1591): A la salida de la cárcel


Aquí la envidia y la mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso
con solo Dios se compasa
y a solas su vida pasa,
ni envidiado ni envidioso.

lunes, enero 24, 2011


“JUSMO” Y “MÁRCHAMO”


¿No os ha pasado nunca tener deseo de alguna cosa que, por cualquier razón que sea, no se ve cumplida? En estas cuestiones del senderismo, ya sabéis que es una actividad que practico con placer, hace tiempo que deseaba realizar dos rutas que, por uno u otro motivo, nunca llegaba a realizar: una es la subida a la cumbre de la Maroma, esa altura máxima de nuestra provincia que sirve a la vez de límite con Granada. Muchas veces lo he intentado, pero siempre se presentaba una causa que imposibilitaba llegar a la cumbre: el hielo o la nieve, la niebla, la lluvia… Sigo aspirando a subir un día, pero dudo si se cumplirá el deseo.
La otra ruta es mucho más simple: la del Tajo de la Caína, en la Sierra de las Nieves, en Yunquera. No será porque no fuésemos a la zona. Simplemente ocurría que siempre orientábamos nuestros pasos en otra dirección. Pero, mirad por dónde, un soleado sábado de este pasado otoño pudimos cumplir este deseo y recorrerla.
La temperatura era deliciosa, más bien picando un poquitín de calor; el cielo lucía limpio y el sol iluminaba radiante. Nadie diría que era un día de un otoño ya casi mediado. Pero no quiero hablar de las condiciones climáticas del día ni siquiera de la propia ruta, sino de un encuentro que tuvimos, diría, que por pura casualidad. Un encuentro con personas sí, pero sobre todo con una palabra.
La zona del Tajo de la Caína está atravesada por una vía pecuaria, cuestión que desconocía, y dio la coincidencia de que cuando nosotros llegábamos arriba, un nutrido rebaño de ovejas transitaba por el lugar. Cuidándolo, tres pastores. Como a Zalabardo, igual que a mí, le gusta pegar la hebra con quienes nos cruzamos en los caminos, nos paramos un instante con ellos y departimos un rato sobre su actividad. Los tres pastores vivían en Tolox y habían subido ese mismo sábado a la sierra para recoger el ganado, que normalmente pasta libremente por aquellos montes, y bajarlo a una corrala cercana al paraje para separar las crías y las hembras preñadas y con ello evitar que jabalines, zorros y perros salvajes las atacaran y devorasen. Les preguntamos si abundaban por allí tales animales y uno de ellos nos dijo: Sí, pero en cuanto sienten el jusmo de las personas desaparecen. Y ya teníamos allí la palabra a la que aludía. El jusmo, con esa aspiración tan característica de nuestro dialecto andaluz, no es sino el husmo, así la recoge el diccionario de la RAE, ese ‘olor que desprenden de sí las cosas y las personas’. Ese sustantivo está relacionado, claro es, con los verbos husmar y husmear.
Cuando regresábamos, Zalabardo y yo quedamos citados para ver luego, en televisión, uno de los muchos partidos de fútbol que dan por televisión. Y durante el transcurso de la retransmisión, el comentarista del evento nos regalaría la otra palabra de las dos que forman el título de este apunte. En un momento determinado, dijo así: Era un balón que llevaba márchamo de portería. Zalabardo me miró y yo miré a Zalabardo. Los dos parecíamos decirnos: ¿Pero qué dice este hombre? Ese hombre quería decir, simplemente, que el balón, impulsado por uno de los jugadores, parecía llevar la dirección de la portería. Lo que sucede es que la palabra que este hombre quería utilizar no era otra que marchamo, llana, y no márchamo, esdrújulo tan feo e incorrecto como carácteres, telégramas, tángana, cónsola y algunos otros que circulan por ahí.
Pero hay más. Porque marchamo, según el diccionario, significa: 1. ‘Señal o marca que se pone en los fardos o bultos en las aduanas, como prueba de que están despachados o reconocidos’ y 2. ‘Marca que se pone a ciertos productos, especialmente a los embutidos’ (sí, esa chapita metálica que traían antes chorizos y salchichones). El marchamo, pues, es la marca, la señal de garantía y calidad de un producto. En la jerga futbolística nació, no sé cuánto tiempo hace, el giro tener [un balón] marchamo de gol para indicar un disparo que milagrosamente no ha terminado en gol, por interponerse un poste, por una intervención providencial del guardameta o porque un defensa lo ha impedido in extremis. De ahí, tal vez por contagio, sacó nuestro buen locutor ese feo giro de llevar márchamo de portería.
Luego, Zalabardo y yo considerábamos las dos palabras que se nos habían presentado delante ese soleado sábado. La una, jusmo, puesta en la boca del pastor, tenía toda la validez, fortaleza, naturalidad y espontaneidad del lenguaje vivo. Es vocablo directo y justo de lo que se quiere decir. La otra, márchamo, en cambio, puesta en boca de alguien a quien debe suponerse conocedor de, por lo menos, la jerga de su oficio, ofrecía la fealdad y artificiosidad de quien se deja arrastrar por la afectación y el rebuscamiento. Para esa clase de personas parece no contar aquella máxima de Valdés: Solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación.
O, al menos, eso es lo que nos parece a Zalabardo y a mí.

martes, enero 18, 2011

EL CUADERNO ESCONDIDO. 10. UN CORAZÓN LIBRE (Leyendo a José Mª Blanco White)


Corre el año 1810. El primer día de febrero, José Bonaparte hizo su entrada en Sevilla y se instaló en el Alcázar ya como rey de España. El día 23 de ese mismo mes y año, José María Blanco y Crespo (Blanco White), que ha tenido que salir precipitadamente de la ciudad hispalense, embarca en Cádiz con dirección a Liverpool.
Acodado sobre la borda del buque Lord Howard, contempla cómo, a la par que el sol asoma su faz por el horizonte, los blancos edificios de la ciudad de Cádiz van quedando sumergidos en las aguas. En ese momento ignora que nunca más regresará a su patria.
Piensa en su niñez, cuando en la refrescante y grata sombra de un patio sevillano gustaba de ver los grabados de atlas y libros de viajes. Entonces, abrir un atlas y pasar las coloreadas páginas donde aparecían reproducidos todos los países y todos los continentes era una evasión, un sueño; era dejar que la imaginación volase libremente; y era transportarse como en una alfombra mágica por todos los más recónditos rincones del mundo. Ahora, en cambio, sabe que su huida es una salida al exilio, un poner tierra, océano en su caso, por medio, para salvar la vida.
¿Cuántos más como él se han visto precisados a abandonar su tierra no ya solo perseguidos por la represión invasora, sino a la vez incomprendidos y hostigados por la intransigencia de los propios paisanos? ¿Cuántos como él, espíritus libres y deseosos de tener alas, se han visto obligados a tomar la resolución de autoexiliarse porque sobre ellos cae con saña la atmósfera opresiva y silenciosa del no dejar pensar, del no dejar hacer nada que no venga refrendado por los cánones del oscurantismo y la intolerancia?
Pero, en los años que vivimos, su ciudad, su tierra, España, no está preparada para que un espíritu libre pueda dar rienda suelta a sus pensamientos. Él, que había criticado a la Iglesia, al Poder, a la Sociedad, se enfrenta ahora, por si fuera poco lo anterior, al invasor francés.
Lo que nadie sabe, porque no lo sabe ni él, es que este espíritu sevillano, liberal e inquieto, que ahora navega hacia el exilio, habrá de permanecer durante años en el olvido de sus compatriotas. Aunque pronto escribirá un soneto que se habrá de considerar entre los mejores compuestos en lengua inglesa y aunque se convertirá en modelo e imagen representativa del artista romántico con otro poema en el que describe un mar tem-pestuoso y nocturno, reflejo de las inquietudes que confunden su alma.




José María Blanco White (1775-1841): Night and Death (Traducción de Jorge Guillén)


¡Oh, noche misteriosa! Cuando te conoció
nuestro padre inicial, según sacra noticia,
y tu nombre escuchó, ¿no tembló —ya nocturno—
por el dosel glorioso de fulgor y azul?


Pero tras la cortina —traslúcido rocío—
que traspasan los rayos de occidental hoguera,
Héspero con la hueste de aquellos cielos viene,
y a los ojos del hombre la creación se ensancha.


¿Quién imaginaría que dentro de los rayos
se ocultase la sombra, quién, oh Sol, pensaría
mientras se nos revelan hojas, moscas, insectos,


en orbes invisibles, porque tú nos cegaste?
¿Y en tal ansiedad luchamos con la muerte?
¿Si así la luz engaña, no habrá engaño en la vida?

martes, enero 11, 2011


RAYUELA


La mañana ya se notaba como propia de invierno; y, aunque suele decirse que en nuestra ciudad no existe el invierno, lo cierto es que el día era desapacible. Cielo nublado, amenaza de lluvia y una leve brisa fresca que se dejaba sentir en la punta de los dedos. Mi paseo tenía como meta la Finca de la Concepción y la presa del Limonero. Y mientras mis pasos atravesaban Ciudad Jardín, o mejor, la zona de la barriada La Palma, en una de las calles de este barrio, me la encontré, allí pintada en el suelo. Era una rayuela.
Tenía esta, de los diagramas posibles que conozco de dicho juego, uno de los más sencillos: dobles las casillas 5 y 6, 8 y 9, y simples las demás, como podéis ver en la foto. Otras rayuelas contemplan una casilla inicial, Tierra, y una final, Cielo, o presentan diagramas más complejos. Pero la que yo encontré es la que os muestro.
Me llevé una gran alegría porque hubiese jurado que, al menos en la ciudad, tanto este como otros muchos juegos infantiles habían desaparecido: la comba, la rueda, pídola (en mi pueblo se decía piola), el salto del moro, el trompo (otro que reaparece en los últimos tiempos), las bolas o canicas, el pañuelo, las prendas y tantos más. Y es que, ya, de bastantes de estos juegos los niños no tienen apenas noticia, porque se jugaban en las calles y hoy no hay calles en las que puedan jugar los niños. Hoy, por el contrario y a lo que parece, todo el tiempo de ocio de nuestros niños lo ocupan, sobre todo, las consolas, los videojuegos e Internet.
Y esto que yo pensaba mientras andaba, lo comenté luego con Zalabardo cuando volví a casa. Fue él quien me hizo meditar en que cuando hoy decimos tiempo de ocio de los niños debemos pensar en el poco que les queda después de que los padres procuren ocuparles las más posibles de esas horas con las llamadas actividades extraescolares (se diría que la cuestión es que alguien tenga ocupados a nuestros hijos cuanto más tiempo mejor) si no es con clases complementarias, de repaso y refuerzo, de las que ya tienen en el colegio. Con ello, me decía Zalabardo, el problema de que no haya calles en las que se pueda jugar se minimiza al carecer los niños de horas para jugar en ellas.
Porque los juegos infantiles requieren, no lo dudemos, tiempo y sosiego aparte de espacio. De todo ello dan muestra las canciones con que se acompañaban. Por ejemplo, la comba se saltaba al ritmo que marcaba Al pasar la barca me dijo el barquero… o aquella otra que decía El cocherito, leré, me dijo anoche, leré…, o aquella otra tan bella que empezaba Una tarde florida de mayo cogí mi caballo y me fui a pasear… La rueda, a su vez, giraba al ritmo de canciones como El patio de mi casa es muy particular… Esas canciones que digo marcaban el ritmo de la cuerda, o el giro de la rueda, en un viene y va lento y tranquilo, sin completar la vuelta, y que parecía sugerir la propia monótona insistencia del discurrir del tiempo.
Me recuerda Zalabardo que no solo los juegos, o su ausencia, de los niños actuales son distintos a los de épocas ya pasadas e irrecuperables. También las chucherías han experimentado un gran cambio. Por supuesto que entonces había chicles y caramelos y pipas y rosetas o palomitas de maíz. Pero no había tantos azúcares y grasas generadores de problemas de obesidad.
Cada época del año, me sigue diciendo, tenía su propia carga de productos que consumíamos con fruición. En épocas como el otoño, quizás la que más, gozábamos de un nutrido surtido de frutillas silvestres: acerolos, majoletos, azofaifos, endrinas, madroños, almencinas, uvas de palma… Hace tiempo, pude ver en calle Nueva a un hombre que vendía madroños pinchados en una caña. Pero esa es una costumbre que se va perdiendo, aunque reste algún lugar, creo que Granada es uno de ellos, donde por el otoño, todavía es posible comprar lo que digo. Yo aconsejaría a quien quiera recordar aquellos tiempos, o que simplemente quiera probar estos frutos, se dé un paseo por los Montes de Málaga, por citar un lugar cercano. Por sus tranquilos y solitarios senderos y pistas, acompañado del agradable canto de los pájaros es posible disfrutar, cuando llega la época, del sabor de los madroños, de los majoletos, de las bellotas o de las algarrobas cogiéndolos directamente del árbol.
Todo esto que os cuento hoy es consecuencia de esa rayuela que vi pintada en el suelo de una calle del barrio de La Palma y de la nostalgia que sentí recordando unos tiempos ya pasados y unos juegos infantiles también (casi) desaparecidos. Y no se olvide que la rayuela, como muchos juegos, empieza en la Tierra para acabar en el Cielo.

martes, diciembre 21, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 09. BEATUS ILLE... (Leyendo a Walt Whitman)


Nunca olvidaré la vez que acompañé al abuelo para pasar con él un día en la huerta. Había acudido con mis padres a pasar una semana en el pueblo de los abuelos. Estuve nervioso desde que el abuelo me preguntó la víspera si querría acompañarlo.
Mi madre me despertó cuando apenas apuntaba el día. «Venga, espabila, que te vas con el abuelo», me dijo, mientras mi olfato reconocía el aroma del café recién hecho y del pan recién cocido. Aquella noche había dormido poco pensando en lo que imaginaba ser una experiencia nunca antes vivida.
Se hacía preciso salir temprano porque, siendo verano, había que evitar el azote del sol. Iba montado sobre un burro del que tiraba, cogido por el ronzal, el abuelo, que caminaba delante. El camino no era largo en exceso, pero a mí se me hizo una eternidad. El abuelo me hablaba de no sé cuantas leguas, pero yo no sabía qué era aquello de las leguas.
Para mí, lo mejor de todo fueron las tareas en las que ambos colaboramos, si bien yo, según creo hoy, estorbaba más que ayudaba. Una vez que soltamos bajo el chamizo de cañas y paja la carga que llevábamos, quitamos las malas hierbas que impedían el lozano crecer de lo que allí había plantado; regamos los árboles frutales y las hortalizas. Yo levantaba la compuerta de la acequia cuando me lo indicaba él, que, con movimientos que reflejaban maestría, le iba abriendo o cerrando caminos, según convenía, al agua.
Cogimos tomates, pimientos, berenjenas, higos de las higueras. Me enseñó a reconocer la flor de la calabaza. Me pedía que frotase las palmas de mis manos con las hojas rasposas de las higueras, o de las tomateras, y luego me las oliera. Luego estuvimos comprobando cómo iban de sazón los melones y las sandías. Arrancó un melón de la mata, lo olió, lo golpeó con gesto experto con los dedos de su mano derecha y, con palabras firmes, me dijo: «Este está pepino; échaselo al burro». Y cortándolo en trozos con su navaja, me los pasó para que los diese al animal. Y yo extasiaba viendo cómo este se comía con fruición aquel fruto recién arrancado a la tierra.
Llegada la hora, comimos resguardados bajo la sombra del chamizo; tortilla de patatas y queso con pan blanco que nos había preparado la abuela. A aquella hora, todo el horizonte reverberaba y el canto de las cigarras y el croar de las ranas inundaban el espacio hasta herir los oídos. Luego, en una manta tendida en el suelo, dormimos una siesta.
A la caída de la tarde, el abuelo cargó los serones con los frutos recogidos e iniciamos el camino de regreso. Las circunstancias rodaron de tal forma que nunca más en mi vida se me presentaría ocasión de ir a la huerta con el abuelo.
Sin embargo, creo que aquella experiencia fue suficiente para despertar en mí el amor y respeto hacia la naturaleza. Por eso, todavía, cada vez que salgo al campo y veo el amarillo de los chopos o el cobre de los castaños en el otoño, los trigales manchados de amapolas y jaramagos en la primavera, o cada vez que abro un higo y mancho mis dedos con su gotita de miel, cada vez que rajo un fresco y jugoso melón en un día del caluroso verano mis recuerdos se remontan al único día que tuve la dicha de visitar la huerta del abuelo.



Walt Whitman (1819-1892): Hojas de hierba. Canto a mí mismo. 31, Una hoja de hierba (traducción de León Felipe)


Creo que una hoja de hierba no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del reyezuelo,
son igualmente perfectos,
Y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar
los salones del paraíso,
que la articulación más pequeña de mi mano
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera a todas las estatuas,
y que un ratoncillo es milagro suficiente
como para hacer dudar
a seis trillones de infieles.
Descubro que en mí
se incorporaron el gneis y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que hubo allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás,
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte,
al Labrador.
Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
en la fisura del peñasco.

lunes, diciembre 13, 2010


A VUELTAS CON EL INFORME PISA


Leo estos días pasados, junto con Zalabardo, los resultados, y algunos análisis, del Informe PISA 2009, esa prueba que mide los niveles de los alumnos de los países de la OCDE en determinadas competencias, especialmente comprensión lectora, ciencias y matemáticas. Los resultados no son para tirar cohetes: España ofrece unos resultados por debajo de la media de los países que se han sometido a la prueba y Andalucía se sitúa a la cola de las diferentes Comunidades españolas. Hay excepciones (por ejemplo, Castilla y León y Cataluña), pero el resultado global dice que nuestro sistema educativo está necesitado de cambios.
El problema no es de hoy, pues ya viene arrastrándose desde hace algunos años. Recuerdo que en esta agenda lo he tratado con anterioridad, por lo que es posible que me repita en algunos de los argumentos. Del mismo modo quiero decir que la crítica no la hago ahora que estoy fuera del sistema, ya jubilado, pues el problema latía igualmente cuando yo formaba parte de ese mismo sistema, por lo que alguna parte de culpa me corresponderá. Por todo ello quisiera dejar sentado antes que nada que lo último que hay que hacer es enrocarse en las tesis y no moverse de ellas, evitar aquello de sostenella y no enmendalla que tanto mal, creo, nos está haciendo.
Porque resulta que la Junta de Andalucía, desde hace un tiempo, viene insistiendo en ese dichoso Plan de Calidad que lo que pretende, a mi humilde entender, es lanzar el cebo de compensaciones económicas a cambio de unos mejores resultados sobre el papel. Es decir, como si ofreciera a los docentes “te subo el sueldo si pones mejores notas”. Y no es eso, por supuesto que no es eso, pues los resultados están a la vista.
¿Qué es lo que hay que hacer, entonces? Si yo lo supiera, no sería este pobre funcionario jubilado que soy, sin otras miras que la de sus paseos diarios y la de esperar que el Gobierno no nos congele, si es que no la reduce (que ya no sabe uno lo que va a pasar mañana), la pensión.
Pero, ya lo digo al principio, Zalabardo y yo no nos hemos limitado a leer los malos resultados (con solo eso es muy fácil criticar); también hemos leído análisis y estudios comparativos de unas zonas con otras, de unos países con otros. Y entonces sí, se puede argumentar algo más. En primer lugar, que es preciso reconocer que nuestro sistema educativo hace aguas. Que la culpa no es toda de la Administración ni toda de los profesores, porque no es cuestión de echar culpas sino de reconocer, con humildad y con propósito de enmienda, aquello que va mal. Y, arrimando todos el hombro, trabajar por que ese puesto que ahora ocupamos en la escala sea más alto y se acerque lo más posible a los mejores (extremo Oriente y Finlandia en el marco global, Castilla y León y Cataluña en nuestro ámbito).
Cuando leo los análisis a los que aludo, encuentro algunas de las cosas que hacen bien en otros lugares (en algunos casos, acompañadas de cosas malas que habría que evitar) y que podríamos imitar. En todos estos ejemplos, lo primero que encontramos es que se parte de reconocer que la educación cuesta dinero y se atienden las inversiones necesarias para la mejora. Ya sé que ahora estamos en etapa de crisis y que no solo el dinero repara los defectos, ¿pero no habría otras partidas en las que ahorrar sin tener que tocar siempre los presupuestos de la educación?
Otra de las cuestiones que vemos: en los países orientales, y en otros de nuestro entorno, se apuesta por la excelencia, se insiste en la formación de los mejores alumnos sin descuidar por ello a los que no llegan a tanto. En cambio, en nuestra Comunidad, se diría que lo que se hace es igualar por debajo, nunca por arriba. Hay quienes creen, sin aceptar que se equivocan, que mejorar resultados consiste en rebajar los niveles de exigencia, en reducir programas (que a lo mejor esto también). Pero esta reducción, si se lleva a cabo, habrá de hacerse racionalmente: quitando lo superfluo y respetando lo básico. Y, una vez, de acuerdo en esto, exigir un rendimiento acorde.
Es preciso luchar por la adecuada preparación de los profesores (¿cuándo nos daremos cuenta de que los Centros de Profesores han quedado obsoletos y de que no todo radica en dar ordenadores?) y defender la dignidad de la función que desempeñan. Habrá que exigir a los profesores una adaptación a los nuevos tiempos y, a la vez, habrá que recuperar la disciplina que se ha perdido en los centros (que no es imponer ningún régimen represivo, sino dejar claro que no todo vale y que el respeto de todos hacia todos es incuestionable).
Habrá que replantear el sentido, la oportunidad y la ocasión de la evaluación. ¿Tan malas son aquellas antiguas reválidas? Cataluña, por citar una Comunidad que obtiene resultados superiores a la media OCDE en comprensión lectora y semejantes a la media en lo demás, ha impuesto evaluaciones a final de primaria y de secundaria y nadie se ha rasgado las vestiduras.
Y, por último, habrá que replantearse lo que se enseña y cómo se enseña. Limitándome al área lingüística, hace unos días leía una entrevista con Víctor García de la Concha, que acaba de cesar como director de la RAE. Decía: Los chicos que llegan hoy a la Universidad tienen una preparación lingüística muy inferior a los anteriores […] Tal vez porque hemos atiborrado durante años las mentes de los muchachos con análisis gramaticales complejos. Hay que volver a lo básico: a enseñar a leer y a escribir, a leer en voz alta, a recitar, a discursear. Es lo que nos enseñaron a nosotros en la escuela. La ortografía que yo sé es la que aprendí a los 10 años. Para hacer el bachillerato había un examen de ingreso y con más de tres faltas de ortografía se suspendía. Al hilo de esto, pienso que hace más falta una enseñanza de la instrumentalidad de la lengua que otra cosa. Porque el alumno que maneja con fluidez su lengua estará en mejores condiciones de rendir en el resto de las materias.
A estas ideas que aporto se podrían unir otras. Por ese camino, digo, me parece que podríamos ir haciendo algo. Si no, a lo peor nos llevamos la sorpresa de que en el próximo Informe PISA estamos más abajo. Si ello fuera posible.
Otro asunto diferente. Mientras escribo este apunte, me viene Zalabardo a contar que acaban de dar la noticia de la muerte de Enrique Morente. Tanto él, Zalabardo, como yo, apreciamos en gran medida el cante flamenco, aunque no seamos entendidos. Y Morente ocupa un lugar destacado en este aprecio. Pongo el que creo que es su último disco y escuchamos los Tangos de la vida (Por ti la vida, ay, / mi vida, ay, / que se me va) Descanse en paz.

martes, diciembre 07, 2010


EL CUADERNO ESCONDIDO. 08. MONNA BICE (Leyendo a Dante)


Florencia era, corrían por entonces los años finales del siglo XIII, una ciudad en expansión, con un tráfico comercial de tal pujanza que había quedado estrecha para su población, hacinada entre casuchas sombrías y macizos torreones.
Nueve años tan solo contaba el joven Dante y estaba a punto de cumplir los diez. En la agitada vida de la urbe, conmocionada por los enfrentamientos familiares, su familia había decidido que estudiara letras y artes liberales para, así, conseguir de él algo diferente al pequeño propietario rural que su padre había sido.
Regresaba un día de sus clases cuando la vio por primera vez. Vestida elegantemente, ataviada de un nobilísimo color grana, aquella niña provocó en él tan profunda impresión que por primera vez Dante se sintió estremecer y sus sentidos se nublaron misteriosamente. La joven recién había cumplido los nueve años, y era tal la gentileza de su porte que el joven güelfo no pudo menos que pensar que tendría que ser hija de un dios y no de hombre.
El amor nacido de aquella visión derivó en pasión que terminaría por ser avasalladora. El joven solo suspiraba por poder estar junto a ella y mirarse en sus profundísimos ojos. Por eso cada día hacía por encontrarse de nuevo con ella, de tal modo lo había herido su figura, pero solo consiguió enterarse de su nombre: Beatrice.
Habrían de pasar otros nueve años para que la viese de nuevo, esta vez vestida de color blanquísimo y acompañada de las damas que formaban su corte.
Fue entonces cuando ella volvió los ojos hacia donde Dante estaba y con dulce mirada lo saludó. Tan herido quedó su corazón que comprendió que nadie más podía ser la dueña de sus sentimientos
A la hora nona la vio por vez primera y la misma hora era la segunda vez. Súbitamente comprendió que el nueve era su número: nueve años contaba cuando el primer encuentro; nueve más habían pasado cuando lo saludó; y nueve, sin duda, deberían ser las cualidades que la caracterizaban: afabilidad, gentileza, prestancia, donaire, belleza, elegancia, nobleza, virtud, cortesía.
Y como el nombre es consecuencia de las cosas, se decía, buscaba el que más le convenía y vio que eran nueve las letras del nombre con el que los demás la designaban: Monna Bice.
Y la llamó Lucero, y la llamó Dulzura, y la llamó Cielo, y la llamó Sol, y la llamó Gloria, y la llamó Hermosura, y la llamó Fuego, y la llamó Pasión; pero ninguno le cuadraba como el nombre de Amor, ya que Amor es tan dulce al oído que ningún otro refleja con toda fidelidad lo que ella era y provocaba en él.


Dante Alighieri (1265-1321): La vida nueva: Tutti le miei penser parlan d’Amore

Todos mis pensamientos hablan de Amor,
y tienen entre sí gran variedad,
que uno me hace desear su dominio,
otro discute locamente su valor,

otro, confiado, es causa de dulzura,
otro me hace llorar muchas veces;
y solo se conciertan en pedir piedad,
temblando por el miedo que hay en mi corazón.


Por lo que yo no sé de cuál tomar materia;
y querría hablar, y no sé qué decirme:
me encuentro así en amorosa incertidumbre.


Y si quiero que todos concierten,
habré de llamar a mi enemiga,
mi señora la Piedad, para que me defienda.

martes, noviembre 30, 2010


LA ORTOGRAFÍA “QUE VIENE”


Me preguntaba Zalabardo un día si, ante la abundancia de comentarios, críticas y análisis acerca de la Ortografía de la Academia (hasta parece, me dice, que en facebook hay un portal que blande la defensa de la y griega), de próxima aparición, yo no pensaba decir nada. Le contesté que, dado que lo que de ella se ha adelantado no es otra cosa que propuestas que debían ser refrendadas o no por los representantes de todas las academias en la reunión de Guadalajara, esperaba a tener la publicación en las manos para emitir mi juicio sobre los cambios, cualesquiera que estos fuesen.
Pero ayer volvió a la carga. Porque, argumenta en su insistencia, mira que ha levantado polvareda ese asunto de la be larga y la be corta, el destierro de ch y ll del alfabeto, la y griega desprovista de su nombre y trasmutada en ye, las tildes que deben o no ponerse en según qué palabras. ¿Ha interesado algo tanto alguna vez a tanta gente como esta pretendida “reforma” de la ortografía? El revuelo ha estado incluso a punto de convertirse en motín. Y, aunque hoy tocaba una entrega de El cuaderno escondido, accedo a su petición.
Porque ahora resulta que —¿habrá tenido algo que ver este movimiento reivindicativo?— las academias parecen que reculan un poco y donde dije digo digo Diego. Y es que, tras la reunión de Guadalajara, José Moreno de Alba, presidente de la Academia mexicana, dice que las novedades polémicas solo fueron borradores de trabajo y nunca normas firmes; que todo sigue igual, que lo que hay son recomendaciones y que de ninguna manera “habrá coscorrones”, según sus propias palabras. No me parece mal esa prudencia de los señores académicos ante el revuelo levantado. La norma debe surgir del uso generalizado y aceptado, nunca generando levantamientos hostiles contra ella.
No obstante, le digo a Zalabardo: ¿es que alguien se ha creído que las tales propuestas son realmente algo tan novedoso como para organizar lo que se ha organizado? Sinceramente creo que no y voy a tratar de justificar lo que digo. Me parece que es preciso dejar bien sentado que desde los orígenes de nuestra lengua hasta hoy ha habido menos cambios (ortográficos) de los que creemos y que las “reformas” que hoy tildamos de revolucionarias tienen más antigüedad de la que pensamos.
No quiero hacer aquí una revisión histórica del asunto. Sería largo y, posiblemente, aburrido. Me voy a centrar tan solo (yo le quité la tilde a este adverbio hace ya mucho tiempo) en la primera de nuestras gramáticas, la de Antonio de Nebrija, escrita a finales del siglo XV. Y me limitaré a solo uno de los capítulos, el quinto, del libro primero, dedicado a la ortografía.
Lo primero que notamos es que, al tratar cuáles son las letras que representan los sonidos de nuestra lengua, señala las siguientes: a, b, c, d, e, f, g, h, i, k, l, m, n, o, p, q, r, s, t, u, x, y, z. Veintitrés. Y, oh sorpresa, faltan ch, j, ll, ñ, v, w. Nebrija divide las letras en tres grupos: las que sirven por sí mismas (a, b, d, p, s…); las que sirven por sí mismas y por otras (c, g, i, l, n, u) y las que nunca sirven por sí mismas y siempre por otras (h, q, k, x, y). ¿Qué es esto? Sirven por sí mismas las que siempre representan un sonido claro (las primeras letras de mesa o puerta); sirven por sí y por otras las que, además de representar su propio sonido, pueden, a la vez, representar otros (por ejemplo, c tiene su propio sonido en casa, pero otro en cero); y siempre sirven por otras las que no representan un sonido propio (q siempre vale por c, como en queso).
Pero vamos a ver algo más. ¿Qué pasa con q o con y? Dice Nebrija: De la q no nos aprovechamos sino por voluntad, porque todo lo que ahora escribimos con q podríamos escribir con c, mayormente si a la c no le diésemos tantos oficios cuantos ahora le damos. Así, si ahora se propone escribir, por ejemplo, Catar, no es sino redundar en esta misma apreciación. Más: La y griega tampoco veo yo de qué sirve, pues no tiene otra fuerza ni sonido que la i latina, salvo si queremos usar della en los lugares donde podría venir en duda, si es vocal o consonante. Cuando se pretende validar el nombre ye, por coherencia dicen los académicos, no estamos sino participando de la coherencia de Nebrija al incidir sobre su valor más consonántico que vocálico.
¿Por qué no considera Nebrija que ch y ll sean letras, sino que se relacionan con c y l? Porque representan sonidos para los que el alfabeto latino, sobre el que se forma el nuestro, carecía de letra. Así lo explica él: El otro oficio que la letra c tiene prestado es cuando después della ponemos h, cual pronunciación suena en las primeras letras destas diciones: chapín, chico; la cual así es propia de nuestra lengua, que ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos, la conocen por suya […] Otro [oficio de l] ajeno, cuando la ponemos doblada y le damos tal pronunciación, cual suena en las primeras letras destas diciones: llave, lleno; la cual voz, ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos, conocen por suya.
La i y la u, según el gramático andaluz, también tienen dos oficios. La i vale por sí y por g (por eso más tarde surge la i larga, es decir, la j) y la u vale por si y por b (y ahí tenemos el origen de la v (u be), a la que por lo mismo llaman muchos hispanohablantes americanos be corta).
Podríamos seguir buscando ejemplos en aquella primera gramática: la cuestión de la h, de la ñ (a la que tampoco consideraba letra, sino uno de los oficios de la n), o de la k. Pero sería alargarnos demasiado.
Y después de leer estas afirmaciones de Antonio de Nebrija, le pregunto a Zalabardo, ¿podemos seguir manteniendo que los académicos de nuestro tiempo son excesivamente revolucionarios? Mi buen amigo se encoge de hombros y se muestra proclive a mi propuesta de esperar a la publicación. ¡Ojalá, le digo, cuantos ahora se escandalizan con esas supuestas reformas mostraran siempre igual preocupación por las cuestiones del lenguaje! Algo, me parece, podríamos ganar.

martes, noviembre 23, 2010


NADIE ES INFALIBLE


Muchas veces hablo con Zalabardo sobre el carácter pretendidamente educativo de esta agenda. Y me preocupa que alguien piense que a los apuntes aquí contenidos yo les pueda dar un valor más alto que el que realmente les concedo y que a mí mismo me otorgue una misión que no está en mi ánimo. Ni pretendo ser un inquisidor que vaya condenando a la hoguera a cualquier sospechoso de heterodoxia (¿quién puede, por otro lado, tachar a nadie de heterodoxo y con qué derecho?) ni aspiro a convertirme en una especie de adalid del uso lingüístico.
La última conversación entre ambos respecto a tal cuestión ha surgido porque él me dice haber percibido un cierto tufillo de suficiencia en algunos juicios míos. Le confieso entonces que, siendo yo tan fiel seguidor de Antonio Machado en muchas cosas, también procuro siempre aplicarme aquello que decía en el prólogo de Soledades: reparad que no me jacto de éxitos, sino de propósitos. Por ello, el propósito que me guía no es otro que el de transmitir mi preocupación por utilizar una lengua lo más cuidada posible. ¿Por qué? Podría exponer variadas razones, pero me valen simplemente dos: una es aquella que, en mis años de universitario en Granada, aprendí de don Manuel Alvar: procurad que la lengua que transmitís a vuestros descendientes, si no es mejor que la que habéis recibido, sea por lo menos igual, pero nunca peor. La otra la pido prestada a Cicerón: Por agradables y majestuosos que sean los pensamientos, si se expresan con palabras desaliñadas, ofenderán los oídos, cuyo juicio es muy exigente.
En la maravillosa y entrañable comedia cinematográfica Con faldas y a lo loco (coincidirán conmigo Pablo Cantos y José Manuel Mesa, tan amantes ambos del cine, en los calificativos), cuando Daphne (Jack Lemmon), que no sino un músico disfrazado de mujer que se integra en una orquesta de mujeres para huir de unos gánsteres, dice, al final de la película y al tiempo que se quita la peluca, al ricacho playboy que se ha enamorado de ella y la quiere convertir en su esposa: ¡Es que no lo entiendes, Osgood; soy un hombre!, este le responde con toda naturalidad: ¡Bueno. Nadie es perfecto!
Nadie es perfecto ni infalible. En ningún campo ni faceta de nuestra vida. Y quiero decir con ello que también yo trufaré más de dos y más de tres veces los contenidos de esta agenda con errores. Ya Zalabardo, antes de publicar cada apunte, me lo revisa y advierte sobre lo que él encuentra. Y en los primeros tiempos de la agenda, la entrañable estudiante de Periodismo Mari Paz me tiraba de las orejas de vez en cuando por lo que decía o por como lo decía. También fui objeto de crítica por parte de Garrido y algunas otras personas. Otros lo hicieron de manera anónima, no sé si temiendo, o procurando incluso, que yo me sintiera herido. No saben estos cuán equivocados estaban. Porque debo decir que, contra esta última presunción, la verdad es que agradecí todas las críticas y admoniciones que me llegaron, que me sirvieron para modificar actitudes (algunas ciertamente intransigentes) y criterios de los primeros tiempos.
Si soy sincero, debo decir que de un tiempo a esta parte echo en falta tales comentarios (a lo mejor ello es muestra de que ya nadie lee estos apuntes). Y los echo de menos porque, con ellos, igual que yo denuncio vicios de lenguaje que hallo por diversos lugares y critico modas y costumbres de todo tipo, también puedo ir puliendo mis comportamientos, usos y vicios, que de todo hay.
Nuestro ego, que con facilidad nos empuja a sentirnos en alguna medida superiores aun sin que haya motivo para ello, necesita de vez en cuando una ducha fría que lo refresque y lo haga bajarse a los límites y niveles normales. Los senderistas y cualquier aficionado a andar saben que, por recóndito que nos parezca un sendero que transitamos por vez primera, cuando se llega a su fin siempre es posible descubrir que ya antes ha estado alguien allí, que no estamos descubriendo nada.
Zalabardo me pregunta si hay algo de mala conciencia que me lleve ahora a esta especie de ejercicio de humildad; le respondo que no hay nada de eso. O a lo mejor sí, porque la realidad es que, cuando escribo esto, pienso en mi apunte de hace unas semanas sobre la Academia (¿no me pasé un poco?). Pero lo que sucede en verdad es que reflexiono sobre el hecho de que son ya muchas las cuestiones que he tratado en esta agenda y me gustaría dejar sentado que, siempre, creo haber defendido honradamente el criterio que me ha parecido más puesto en razón. Como creo también que más de una vez habré errado y más de una vez erraré aún. Y, cuando eso sucede, me gustaría saberlo; para rectificar o, si procediera, para discutir los criterios discordantes.
Quisiera terminar el apunte echando mano de dos locuciones. Aunque en su origen pudieran haber tenido otro sentido, me vienen de perlas para el final. Dice la primera: errar es de humanos. Y mantiene la segunda: nada humano (y por tanto el error) me es ajeno. Y aquí paz y, después, gloria.
Hasta la semana próxima.

martes, noviembre 16, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 07. QUE TU CAMINO SEA LARGO (Leyendo a Constantinos Kavafis)


Bastantes son los que afirman que se trata de una historia apócrifa y hasta es posible que tengan razón. Pero muchos viajeros la siguen contando para sobrellevar los largos trayectos sin caer en el tedio, o mientras se acodan en la barra de una cafetería cuando es preciso esperar a que llegue el transbordo que esperamos. Así la oí yo, en la cafetería de una estación, de boca de un viajero griego que se valió de preguntarme la hora para entablar conversación conmigo.
El caso es que dice esa leyenda, fábula o cuento, cualquier cosa que ello sea, que a los pocos días de su regreso a Ítaca tras su largo periplo una vez concluida la guerra, Ulises se encontraba ya incómodo y triste en su casa. Unos dicen que el plazo fue algo mayor, de unos meses, e incluso hay quien afirma que todo sucedió al año. Da igual para lo que importa, que no es otra cosa sino que, después de tantos peligros y aventuras, no halló en casa lo que esperaba.
El hijo, Telémaco, se le enfrentó echándole en cara los años que había debido ir formando su carácter privado de un padre que le sirviera de ejemplo y guía, tal como la experiencia le había mostrado que sucedió con la mayoría de sus amigos. Los cortesanos murmuraban de él porque, habiendo regresado hacía tiempo la mayoría de los caudillos que acompañaron a Agamenón, creían que él habría perecido e intrigaban por los pasillos de palacio buscando alzarse con el poder. Y los pretendientes de la supuesta viuda lo hostigaban por haber llegado reclamando sus derechos maritales tras tantos años de olvido y haberlos ridiculizado por presentarse disfrazado y queriendo mostrar que solo él era capaz de tensar el arco.
Solo su esposa, Penélope, no le recriminó nada, pero en el tono violáceo de sus ojeras y en las arrugas que las lágrimas dibujaron sobre su cara pudo leer Ulises el dolor y quebranto que la invadieran por tan dilatada espera. Y también en los suyos pudo interpretar Penélope, las mujeres difícilmente se equivocan en estas cosas, que el destino de su marido no era otro sino el de cumplir etapas sin meta inmediata.
Y Ulises comenzó a sentirse desgraciado. Tanto que se vio forzado a abrir el corazón a su esposa y confesarle su angustia. Ella lo contempló en silencio, lo besó luego en la frente y le dijo que le otorgaba su permiso para irse a continuar vagando por el mundo. Y que cuando creyera llegado el momento de cubrir la última etapa, allí estaría ella esperándolo, como lo había esperado hasta ahora, en su casa de Ítaca.
Y Ulises recogió sus cosas y salió de noche, oculto en la oscuridad, sin que nadie lo viera salvo su leal esposa.
La historia termina dando el dato de que todavía es posible verlo por ahí. Unos dicen que es ese viajero que lleva las solapas levantadas para resguardarse del frío y, sentado en un banco en la esquina del vestíbulo de una estación, muestra una mirada perdida en la lejanía. Otros pretenden, contra toda lógica, que sea ese joven que, provisto solo de una ligera mochila, estudia atentamente un cuadro de llegadas y salidas. Incluso alguno a quien yo le he transmitido la historia me ha dicho que pudo ser el viajero que me preguntó la hora mientras tomábamos café.
Pero yo creo que se equivocan.


Constantinos Kavafis (1863-1933): Ítaca

Cuando partas de viaje a Ítaca
desea que tu camino sea largo,
lleno de aventuras, pleno de experiencias.
No te den miedo los lestrigones ni los cíclopes,
no temas la ira de Poseidón.
En tu camino seres así nunca hallarás
si mantienes elevadas tus ideas, si una selecta
emoción guía tu espíritu y tu cuerpo.
No hallarás lestrigones ni cíclopes,
no hallarás al temible Poseidón,
si no los llevas en tu alma,
si tu alma no los yergue ante ti.

Desea que tu camino sea largo.
Que abunden las mañanas estivales
en que llegues con placer, con infinito gozo,
a puertos antes nunca vistos.
Párate en los mercados fenicios
y compra sus bienes preciados,
ámbar, ébano, coral, marfiles,
voluptuosos perfumes diferentes,
muchos, cuantos puedas abarcar.
Ve a las ciudades egipcias,
aprende en ellas, y aprende de sus sabios.

Ten siempre en tu pensamiento a Ítaca.
Llegar allí es tu destino.
Pero nunca vayas deprisa en tu viaje.
Que dure muchos años,
y atraques en la isla ya muy viejo,
rico con lo que te dio el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Porque Ítaca te permitió ese hermoso viaje.
No habrías partido sin ella.
Ninguna otra cosa tiene ya para ti.

Y si la encuentras empobrecida, no te ha engañado Ítaca.
Sabio como serás, pleno de experiencias,
Comprenderás entonces lo que las Ítacas significan.

martes, noviembre 09, 2010


A VUELTAS CON EL GÉNERO


Nada más leer la palabra género, la cara de Zalabardo muda de color y todo él se pone que se sube por las paredes. ¿Volvemos a las andadas?, me dice; ¿otra vez con la misma monserga?, continúa. Y yo me veo precisado a calmarlo, a procurar que recobre el sosiego consustancial con su persona. Le digo que no, que no reabro la antigua lucha, que no trato de regresar a nada. Que, aunque hable del género, no voy por el camino de los miembros y las miembras o de los jóvenes y las jóvenas. Que lo que quiero tratar es una serie de confusiones que se dan en el empleo de este accidente gramatical (no se olvide lo de gramatical) y que no sé si se producen precisamente por lo anterior o tienen otra causa. En cualquier caso, son errores graves que debieran evitarse y que, sin embargo, afloran a cada instante.
Empiezo por dar unos ejemplos tomados de distintos medios en días no muy lejanos los unos de los otros. Ejemplo número 1: Fueron prontamente atendidos por la médico de guardia. Ejemplo número 2: [Sara Carbonero] tiene 26 años y es periodista deportivo. Ejemplo número 3: Si no quieres hacer el ridículo, parecer una fantoche, toma buena nota. Ejemplo número 4: Las víctimas fueron asesinados por ser parientes de huidos.
Me vais a perdonar si ahora empiezo haciendo una muy sucinta exposición de las formas que adopta el género en nuestra lengua. Doy por sentado que quienes me leéis sabéis lo que voy a decir; no obstante, creo que debo empezar por ahí para luego explicar los ejemplos anteriores. Todos los sustantivos españoles tienen un género (que no tiene nada que ver con el sexo sino con la posibilidad de combinarse con uno o con otro artículo), que puede ser masculino o femenino. Si el sustantivo, además, designa seres animados, sexuados, lo normal es que posea las dos formas (gato/gata, amigo/amiga). Sin embargo, hay algunos, los llamados comunes en cuanto al género que tienen una sola forma, la misma para los dos géneros; la diferencia genérica, en ellos, viene dada por el empleo de artículos y adjetivos (un pediatra famoso/una pediatra famosa). Y hay otros, los llamados epicenos, que son los que tienen una forma única, de masculino o de femenino, para designar tanto al macho/varón como a la hembra/mujer; hay, pues, epicenos masculinos (personaje, tiburón) y epicenos femeninos (persona, foca). La concordancia se hará, sin dudar, en la forma masculina o femenina del sustantivo (Marie Curie es un personaje famoso o Miguel Delibes es una persona amena).
En cuanto a lo que son los sustantivos que designan seres inanimados, lo normal es que posean un único género, ya sea masculino (cuaderno, tejado) o femenino (casa, estantería). No obstante, hay un grupo, relativamente escaso, los llamados ambiguos, que se pueden usar indistintamente en su forma masculina o femenina (el/la calor, el/la color, el/la mar, el/la puente). La elección de una u otra forma depende de los diferentes registros o niveles de lengua a que pertenece el hablante, de factores dialectales, profesionales, etc.
Hasta aquí, la teoría. Vayamos, entonces, a los ejemplos citados antes. Médico es un sustantivo normal y corriente que, por designar a seres animados, posee dos formas claramente diferenciadas, médico y médica (como ingeniero/ingeniera, arquitecto/arquitecta, etc.). Parece mentira que, en una época en la que se tiende a la improcedente feminización de muchos sustantivos (miembra), se insista tanto, de forma igualmente improcedente, en la incorrecta forma la médico.
Periodista es sustantivo común en cuanto al género (el/la periodista), que exige concordancia en el género (esta vez sí, biológico) al que pertenezca la persona designada. Eso quiere decir que Sara Carbonero, mujer, es una periodista deportiva y no lo que dice el texto del ejemplo.
Del ejemplo tercero, fantoche, es necesario precisar algo más. Si lo tomamos como ‘muñeco grotesco’, diremos que es un sustantivo que designa ser inanimado y tiene género masculino. Pero si lo entendemos como ‘persona grotesca y vestida de forma estrafalaria’, resulta que es un epiceno masculino. En cualquier caso, su única forma válida es un fantoche y nunca una fantoche.
Y nos queda el último ejemplo, víctima. Frente al caso anterior, víctima es un epiceno femenino, es decir, que no acepta más que la concordancia en género femenino. Habrá que decir, por tanto, que las víctimas fueron asesinadas, aunque entre ellas hubiera hombres y mujeres.
Consulto a Zalabardo si cree que este apunte sobre el género es publicable o lo considera algo plúmbeo y farragoso. Se queda pensando un rato, haciéndose el interesante. Al final, adoptando un aire displicente, me dice que el apunte resulta excesivamente teórico y, por tanto, prescindible; pero que si es mi capricho publicarlo, adelante con los faroles.

martes, noviembre 02, 2010

EL CUADERNO ESCONDIDO. 06. LA VUELTA DEL GUERRERO (Leyendo el Romancero)


Serio, reconcentrado sobre sí mismo, como si meditara sobre cuanto queda atrás y sobre cuanto le espera, el caballero, que regresa de la guerra, ocupa un lugar entre sus hombres junto a una hoguera que han encendido en una esquina del campamento. Esos toscos soldados que integran la hueste lo han invitado a compartir con ellos una jarra de vino. La alegría por la vuelta a casa se hace patente en todos los rostros. Arriba, en el cielo, brillan las estrellas y una brisa fresca, más bien fría, les da en el rostro.
Siempre le ha gustado la compañía de los hombres de su mesnada. Muchas son las penalidades que han vivido juntos y muchas las largas jornadas de camino que han realizado. Ahora están de vuelta hacia el hogar y han acampado por última vez antes de iniciar la postrer etapa del regreso. Los rudos guerreros guardan silencio respetando las pocas ganas de hablar que su señor tiene. Se diría que un negro presagio cruza por su mente.
La guerra ha sido dura; es verdad que todas las guerras lo son, pero esta les ha tenido tres largos años fuera de sus hogares. De vez en cuando, alguien rompe el silencio y comenta algo sobre las veces que han debido poner sobre el tablero sus vidas por mandato de su rey. Pero nada de eso importa a estos recios corazones si se logran tierras y gloria para su señor. El caballero medita que había hecho una promesa que no ha po-dido cumplir: «Antes de seis meses volveré», había dicho. Y ha estado fuera tres años. La vuelta a casa, se dice en silencio, lo suavizará todo.
No muy lejos de ellos, en torno a otra fogata, un bullicioso grupo pasa de mano en mano jarras de vino de las que pronto dan cumplida cuenta. No son solo soldados, también hay mucha gente que se les ha ido unido durante las diferentes jornadas: son buhoneros, cordeleros, cardadores y gente de toda laya que va de un lugar a otro buscándose la vida. Todos, ellos y los soldados, sirven de auditorio a un peregrino que se ha convertido en centro del grupo. Se le conoce por la palma que porta y que distingue a cuantos hacen romería a Tierra Santa. Cuenta las maravillas que ha tenido ocasión de contemplar durante su larga peregrinación. El auditorio, embobado, está pendiente de sus palabras mientras el vino va pasando se mano en mano.
Pero el palmero no cuenta solo maravillas de su largo viaje; no habla tan solo de las tierras remotas que ha podido visitar. Narra también sucesos acaecidos en lugares más próximos por los que ha pasado antes de topar con este grupo de soldados que vuelve de la guerra. Así, ahora da detalles de un fúnebre caso que ha tenido lugar días atrás en la cercana ciudad hacia la que se dirige aquella gente de armas.
El caballero que departe con sus hombres en la fogata próxima no ha podido evitar oír las palabras del palmero, sobre todo cuando sus oídos han sido heridos por el nombre de su lugar. Dirige sus ojos y su atención hacia el heterogéneo grupo que rodea al peregrino. Una dama de muy alta alcurnia, llamada doña Mencía, está narrando el romero, ha muerto de dolor al no poder soportar la lejanía de su amante. La melancolía y la desazón por la suerte que hubiera podido correr su amado, que estaba en la guerra contra el infiel y no ha regresado en el tiempo prometido, ha agotado sus fuerzas. Los funerales, sigue contando el peregrino, causaron sensación no ya tan solo por la alta estirpe de la difunta, sino por la soberbia y riqueza de las exequias.
En tanto ha durado la narración, el caballero que vuelve del campo de batalla ha ido perdiendo la color de su cara. Gruesas lágrimas resbalan de sus ojos y ruedan por sus mejillas. El caballero siente, allá en lo hondo de su pecho, que se le parte el corazón. A su alrededor, sus hombres guardan silencio.




Anónimo (siglo XV): Romance del palmero o de la amiga muerta


En el tiempo que me vi
más alegre y placentero,
encontré con un palmero,
que me habló y dijo así:
«¿Dónde vas, el caballero?
¿Dónde vas, triste de ti?
Muerta es tu linda amiga,
muerta es que yo la vi;
las andas en que ella iba
de luto las vi cubrir,
duques, condes la lloraban,
todos por amor de ti;
dueñas, damas y doncellas
llorando dicen así:
“¡Oh, triste del caballero
que tal dama pierde aquí”»

martes, octubre 26, 2010


CUESTIÓN DE CIVISMO


Me encuentra Zalabardo consultando detenidamente un borrador de la (cito completo su pomposo título) Ordenanza para la Garantía de la Convivencia Ciudadana y la Protección del espacio Urbano en la ciudad de Málaga, que el Ayuntamiento de nuestra ciudad ha aprobado recientemente y que comenzará a regir, según creo, el próximo día 1 de noviembre. Tras dejarme, respetuosamente, que concluya su lectura, me pregunta si conozco también el escrito de una sociedad andaluza de juristas denomi-nada Grupo 17 de Marzo. Le contesto que sí, pues ambos textos se encuentran alojados en Internet. ¿Y qué te parecen?, continúa. Le digo que encuentro casi cómico que unos defiendan la Ordenanza y otros pidan su retirada casi con los mismos argumentos.
Los partidarios de su retirada la solicitan porque creen que vulnera derechos fundamentales como los de reunión, manifestación y libertad de expresión. Los defensores, por su parte, afirman que la Ordenanza pretende garantizar la protección de derechos, libertades y seguridad ciudadana además de preservar el espacio público como un lugar de encuentro, convivencia y civismo en el que todas las personas puedan desarrollar en libertad sus actividades de libre circulación, ocio y recreo, con pleno derecho a la dignidad y los derechos de los demás.
Le comento, además, a Zalabardo, que la lectura de esta Ordenanza genera en mí un cierto estupor porque, de un lado, no puedo evitar mi rechazo, lo decía hace unos días, a este gustillo que autoridades de todos los niveles están tomando a eso de prohibir, cuando lo mejor sería proponer medidas educativas; pero, de otro, resulta que me cuesta admitir que la mayor parte de las prohibiciones contenidas en el texto tengan que ser expuestas bajo la amenaza de multa por su incumplimiento. Y es que leo que se prohíbe pintar grafitos en las paredes y en monumentos; arrojar latas y botellas de bebidas en las calles, arrojar chicles, colillas, papeles al suelo; realizar en parques y espacios públicos actividades molestas para el resto de quienes utilizan esos espacios; pegar anuncios y carteles en farolas; maltratar y destrozar el mobiliario urbano; practicar sexo en plena vía pública o en las cercanías de colegios y centros infantiles… Y le pregunto a Zalabardo: ¿es que se hace preciso recordar a alguien que tales conductas son incívicas y, por tanto, reprobables? Pues, desgraciadamente, parece que sí, que hay que recordarlo.
No sé si lo que digo es algo achacable a Málaga en mayor o menor grado que a otras ciudades, pero tengo la impresión de que en esta ciudad, y posiblemente en otras, se ha perdido aquello que en otros tiempos se llamaba urbanidad y civismo. Cito una experiencia de hace unos días. En el monte Victoria, el famoso de Las Tres Letras, se había aplicado, hace tan solo dos o tres meses, una actuación de adecentamiento y mejora. Se construyó un pequeño mirador desde el que se podía disfrutar de una bellísima panorámica de la ciudad; se habían plantado renuevos de árboles; se habituó una escalera rústica para acceder a la cima sin tener que cruzar por el más dificultoso paso de la zona de las antenas que allí se levantan. Pues bien, el otro día comprobé que el mirador ha sido destrozado y los troncos con los que se hizo el barandal están arrojados de cualquier manera por el suelo; que gran número de plantones han sido arrancados; que todo está lleno de bolsas de basura, latas, botellas de plástico. Mientras bajaba, meditaba: ¿Una ciudad así quiere ser capital europea de la cultura?
Pero lo que digo del monte Victoria vale para cualquier calle, plaza, parque o barrio. Vivimos en una ciudad sucia. Aunque haya papeleras cerca, arrojamos la basura por el suelo. Vemos a un barrendero limpiando una acera y no nos ruboriza arrojar al suelo en su cara cuanto nos sobra, sea un paquete de tabaco vacío o cualquier papel que nos estorbe en los bolsillos. Por las aceras hay que caminar saltando entre las deyecciones de los perros para evitar pisarlas. Y eso, cuando esas aceras no están ocupadas por la terraza de una bar ¿Y cómo vamos a sentarnos en el césped de un parque si nos arriesgamos a hacerlo sobre una mierda?
En mis diarios paseos compruebo cómo se inutilizan los aparatos de gimnasia que se van colocando por todas partes, cómo se destrozan esas mesas de ping-pong o esos tableros de damas de que se dotan muchos parques y paseos. Cómo se llenan las farolas, semáforos, incluso árboles, de anuncios de todo tipo. ¿Habéis visto como se han pegado carteles anunciadores de la reciente huelga en todos sitios, sin el menor respeto al soporte sobre el que se fijaban? No sé cuántos kilómetros de carril-bici ha habilitado el Ayuntamiento. Una inmensa cantidad de ciclistas los desprecian olímpicamente y siguen rodando, algunos a velocidad temeraria, por las aceras, para terror de los viandantes. El cauce del río Guadalmedina está sucio a más no poder (el lugar por donde lo cruza la avenida de Valle-Inclán, por citar un ejemplo, es un auténtico vertedero).
¿Y Málaga quería ser capital europea de la cultura?, me pregunto de nuevo. Por suerte o por desgracia, en esa carrera ya nos han eliminado.
Y, en estas, el Ayuntamiento nos sale con una Ordenanza para la Convivencia. ¿Lo hace porque es la última moda de actuación en los municipios españoles? Ahora habrá que ver si pueden ponerla en práctica. El reto no es redactarla y aprobarla; el reto es conseguir que se cumpla.
Zalabardo me pide que me tranquilice y me solicita permiso para expresar su desacuerdo con algunos aspectos de la Ordenanza. Me dice que, sobre todo, encuentra desproporcionadas las multas. No ya porque objetivamente lo sean, sino porque mejor que una sanción económica, él hubiese aplicado sanciones de servicios a la comunidad: quien rompa, que reponga o arregle; quien ensucie, que limpie; quien sea incívico, que se someta a tareas de reeducación. Y cosas así.
Creo que no estaría mal.