¿Y
reaccionó bien? Bueno, no reaccionó bien. ¿Cómo reaccionó? Reaccionó como lo
típico de cualquier
marido que su mujer le dice que está enamorada de otro hombre.
[Tertulia
en Telemadrid, 1996]
Hay algunos vicios lingüísticos a los
que ya me he referido aquí con anterioridad; pero, dado que tales vicios no se
corrigen (no porque no me hagan caso a mí, sino porque, lamentablemente, no se
hace caso a las más elementales normas de la gramática de nuestra lengua), creo
que no está de más insistir sobre ellos.
Le digo a Zalabardo que, pese a la Academia dedica en su Gramática
un elevado número de páginas a comentarlos de modo que cualquiera pueda
entenderlos, me referiré a ellos de forma breve porque, por muy necesario que
sea su conocimiento, las cuestiones gramaticales no son divertidas.
El dequeísmo es añadir de forma innecesaria la preposición de
ante la conjunción que cuando tal añadido no viene exigido ni por el verbo ni por
ninguna otra razón (no creo de que llegue tarde, temía de
que no me hubieras escuchado, he
oído de que no vendrán, etc.).
El queísmo es, justamente, lo
contrario: suprimir la preposición de (a veces es otra) delante de la
conjunción que en frases en las que tal presencia está exigida por el
verbo o por la propia construcción (tomé
conciencia que debía regresar, tengo la impresión que te he arruinado la fiesta, etc.). En los casos anteriores,
lo correcto es: que llegue, que no me hubieras, que
no vendrán, de que debía, de que te he arruinado, etc.
Las razones por las que cometemos queísmo
o dequeísmo
son diferentes y las gramáticas hablan de ellas. Lo importante es saber si,
para el hablante común, hay alguna regla que lo ayude a evitar el error. Y sí
la hay. Basta con convertir la frase en interrogativa o añadir tras el verbo eso;
el uso correcto será aquel en que veamos que la preposición de
se hace o no necesaria: ¿qué creo? / creo eso; ¿qué
temía? / temía eso; ¿de qué tomé conciencia? / tomé
conciencia de eso; ¿de qué tengo impresión? / tengo
impresión de eso, etc.
Sin embargo, hay algunos casos que
pueden resultar confusos para el hablante. Por ejemplo, cuando el verbo advertir
significa ‘percibir’ se construirá sin de: advirtió el peligro de la
situación; pero, cuando significa ‘informar’ o ‘anunciar’, es obligada
la preposición: advirtió de los riesgos de aquella conducta. Algo especial
sucede con avisar, que, en principio admite la doble construcción: avisar
algo o avisar de algo. No obstante, si predomina el sentido de,
simplemente, ‘comunicar o poner en conocimiento’ parece preferible la construcción
sin preposición: nos avisaron la llegada del médico; pero si el aviso encierra
un matiz de amenaza, se prefiere el empleo de la preposición: nos
avisaron del peligro que suponía seguir aquel camino.
Comento a Zalabardo que algo parecido
está sucediendo en los últimos años con un relativo, cuyo, a consecuencia de
que, sobre todo en la lengua oral, está tendiendo a desaparecer. Cuyo
procede del genitivo latino cuius,
‘del cual’. Por este motivo, si alguna vez cambiamos cuyo por otra forma de
relativo, será necesario que utilicemos del cual. El error de cambiar cuyo
por que
su es lo que se llama quesuismo.
De esta forma, es incorrecta la frase tengo
un amigo que su padre le gusta cazar.
Lo correcto sería decir tengo un amigo a cuyo padre le gusta cazar; o, en
su defecto, tengo un amigo, al padre del cual le gusta cazar.
Zalabardo, que es persona curiosa y se
esfuerza siempre en hacer bien las cosas, me pregunta si de verdad creo que a
la gente común y corriente se le puede pedir que esté al tanto de las
publicaciones académicas o que sepa latín. Le contesto que su pregunta nos mete
de lleno en el problema de siempre. El hablante común, que no tiene por qué ser
experto en gramática ni conocer la historia de la lengua, comete muchas veces
incorrecciones que, en no pocos casos, acaban convirtiéndose en normas. Por eso
decimos altozano y no antuzano, sin saber que viene de ante
y no de alto; álgido como ‘culminante o crítico’
cuando la realidad es que significa ‘muy frío’; estar en pelotas por estar
en pelota, por creer que viene de pelotas, ‘testículos’, cuando viene
de pelo.
Y así daríamos muchos ejemplos. Esa es
la esencia de la lengua y así va evolucionando. Lo malo es que quien cometa el
error sea alguien a quien se supone obligado a conocer la norma y, sin embargo,
la incumple. Porque el hablante común confía en esa persona, cree que cuanto
habla o escribe es lo correcto y lo imita. Por eso no me cansaré de criticar a
todos aquellos profesionales que, por su ignorancia, inducen a error al
hablante común. A esa gente es a la que hay que decirle que, o aprende la lengua
en que habla y escribe, o mejor será que se dedique a otra profesión.
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