La toponimia, como bien sabemos, es la parte de la lingüística que se ocupa del estudio de los nombres de lugar, así como de sus orígenes. A raíz de la reciente catástrofe de Valencia, un lugar ―su nombre, su topónimo― se ha hecho tristemente conocido, el Barranco del Poyo, conocido también como Rambla del Poyo, de Chiva o de Catarroja. Le digo a Zalabardo que este nombre, Poyo, tiene una historia curiosa. Nuestra lengua lo tomó del latín podium, que a su vez lo había tomado del griego πόδιον, ‘pequeño pie’. Sin embargo, el latín tomó para ‘pie’ otra forma derivada igualmente de la raíz indoeuropea ped-, pes, pedis ―de donde, también, peatón, pedal, pedestal, etc.―. Podium ―de donde apoyar o puja, entre otros― adquirió dos significados diferentes: por un lado, era un banco de piedra adosado a la pared, nuestro poyo y poyete. Pero, también, en los anfiteatros, el podium era una plataforma elevada, una gradería amplia en la que se encontraban las localidades preferentes. De ahí que la palabra se entendiera también como ‘estrado’ o ‘lugar eminente’, que acabó ―le digo a Zalabardo―, por servir al mismo tiempo para designar lo que entendemos hoy como ‘cerro’ o ‘lugar de no mucha altura’.
Así que, en España, tenemos que el
término latino vale por poyo o poyete
―construcción―, como término deportivo, podio, ‘tarima sobre la
que se suben los vencedores de una competición, como topónimos de lugares, ―poyo
y puig en catalán, ‘otero, colina’― o de poblaciones ―Pueyo
en Aragón, Poyo del Cid en Castilla, Poio en
Galicia o Puigcerdà en Cataluña, por citar solo algunas
poblaciones―.
La toponimia sirve en muchas
ocasiones para comprender los movimientos de poblaciones y la extensión por un
territorio de unas culturas. Por ejemplo, castro- nos sirve para
saber en qué lugares los romanos construyeron ciudades fortificadas. Castrojeríz,
en Burgos, Castro Urdiales, en Cantabria, Castrillo
Tejeriego, en Valladolid o Castrillo de Oviedo, en Palencia
nos dan prueba de ello. El prefijo guad- nos informa de
construcciones o denominaciones de ríos en zonas pobladas por musulmanes: Guarromán,
Guadalupe, Guadalevín, Guadalquivir y
muchas más.
Pero también hay casos en que los topónimos nos envuelven en dudas. Si Cádiz, una de las ciudades más antiguas de Europa, tiene claro su origen fenicio y su nombre Gadir, ‘recinto fortificado’, Málaga ―también fenicia― no tiene tan claro el suyo, puesto que son dos las teorías enfrentadas: que Malaka significa ‘factoría’ ―que parece lo más probable― o que señala la existencia de un templo del dios Melkart. Y más extraña podría resultar la razón del nombre de mi pueblo, Osuna. Se viene diciendo ―y en su escudo así se refleja― que el nombre procede del latín Ursus, ‘oso’. Sin embargo, Juan Collado Cañas viene defendiendo desde hace años que, cuando los romanos llegaron a esa zona, ya existía la población llamada Ursau ―de origen ibérico, como Urgao, Arjona, o Bursau, Borja― que significa ‘tierra de lagunas’ y que los romanos latinizaron como Urso.
Por otra parte, la toponimia también
nos encara con nombres que resultan realmente curiosos y que incluso mueven a
risa. Por ejemplo, el lucense pueblo Vilapene no tiene nada que
ver con lo que primero se nos viene a la cabeza, sino que está formado por el
latín villa, ‘granja’ y el sobrenombre latino Pennus,
por lo que su nombre significa ‘granja de Penno’. El toledano Pepino,
pese a las leyendas que en el propio pueblo se defienden, probablemente deba su
nombre a otro personaje romano, Papinius, nombre que era
frecuente. O el granadino municipio Valderrubio, que adoptó en
1943 este nombre porque sus habitantes estaban avergonzados del nombre
tradicional, Asquerosa, que, sin embargo, podía proceder del
latín Aqua rosae, ‘agua de rosas’ o del árabe al-quaría,
‘alquería’.
Le digo a mi amigo que dejo para el final de este repaso un topónimo realmente divertido y que Camilo José Cela estudia muy detenidamente en el primer volumen de su Diccionario secreto. El aeropuerto de Santiago de Compostela se encuentra en Labacolla ―o Lavacolla― población y río cercanos. Cela explica cómo el origen de ese nombre está en el latín coleo, ‘escroto’, y vulgarmente ‘cojón, testículo’. No se inventa nada, pues saca el dato del Codex Callixtinus, del francés Aymeric Picaud, que es la primera guía de viaje que se conoce en el mundo, pues describe pormenorizadamente todo el Camino de Santiago, con toda clase de detalles. Al mencionar los ríos que hay en el Camino, habla de un: «fluvius quídam qui distat ab urbe Sancti Iacobi duabus miliaris en nemoroso loco, qui Lavamentula dicitur, idcirco quia in eo gen Gallica peregrina ad Sanctum Iacobum tendens, non solum mentulas suas, verum etiam totus corporis sui sordes, apostoli amore lavari solet, vestimentis suis expoliata…» En resumidas cuentas, dice: «un río que dista unas dos millas de Santiago, en un lugar arbolado, al que llaman Lavamentula, porque los peregrinos franceses lavan allí no solo sus vergüenzas, sino también, desnudos, toda su ropa, antes de entrar en Santiago». Picaud usa el cultismo latino mentula, ‘miembro viril’, desaparecido en el español actual, aunque la gente común prefería usar colla, es decir, ‘testículos’, por lo que este topónimo significa, literalmente, Lavacojones.
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