Me dice Zalabardo que algunas veces le surgen dudas leyendo u oyendo ciertas informaciones. Por ejemplo, no tiene claro si es lo mismo deflagración que explosión. Le aclaro que hay diferencias notables. Deflagración es la ‘acción de arder algo de manera súbita, sin explosión’; en cambio, explosión es una ‘ruptura violenta producida por exceso de presión interior y acompañada de fuerte estruendo’.
Da la casualidad de que estoy leyendo ahora un ensayo de Bernat
Castany Prado ―le digo a Zalabardo― Una filosofía del miedo
(2022). Entre otras muchas cosas habla de que la mayoría de los peligros que
imaginamos no sucederán nunca, aunque para quien no deja de pensar en esos
peligros, «No existe peor sala de torturas que la sala de espera». Y añade que
una de las mayores torturas que podemos padecer es el catastrofismo. «A la
imaginación catastrofista» ―escribe― «le gusta confundir la posibilidad con la
probabilidad».
No
tengo intención de hablar con mi amigo de miedos, ni de tortura, ni siquiera del
autor de este libro, profesor en la Universidad de Barcelona. Quiero
apoyar mi respuesta a su pregunta partiendo del ejemplo citado. Es bastante
frecuente ―en todo tipo de personas― confundir lo que sea una posibilidad
con lo que sea una probabilidad. Tan es así, que el propio Diccionario
de la Academia las considera palabras sinónimas. Pero si yo tengo miedo
a que, en un día de tormenta, caiga sobre mí un rayo, es cierto que existe la posibilidad
de que eso suceda; sin embargo, por mera cuestión estadística, hay poca o nula probabilidad
de que tal cosa ocurra.
A
este tipo de parejas de palabras se las podría llamar parejas conflictivas,
aunque los especialistas empleen otro término. Y es que resulta muy común que
las utilicemos indiferentemente pese a que su significado pudiera ser muy
distinto. Eso es lo que nos ocurre cuando, por descuido o ignorancia
confundimos actitud con aptitud. La actitud
es la ‘disposición mental para hacer una cosa’; en cambio, la aptitud
es la ‘capacidad para realizar algo’. Yo puedo manifestar la mejor actitud
para arreglar una avería de un grifo en mi casa; sin embargo, puede ser que
carezca de las aptitudes que requieren un trabajo de fontanería.
Cuando caemos en un error de este tipo, los lingüistas hablan de impropiedad, que es aplicar a una palabra un significado que no le corresponde. Si yo califico a alguien de agnóstico, de ninguna forma lo estoy llamando ateo, ‘que niega la existencia de Dios’, ya que el agnóstico, por creer solo en aquello que la razón puede demostrar, admitirá o no la existencia de Dios en la medida en que dicha existencia pueda ser demostrable. O cuando se nos indica que un espectáculo al aire libre se ha suspendido por malas condiciones climatológicas también se comete impropiedad, ya que la climatología es la ‘ciencia que estudia el conjunto de condiciones propias de un determinado clima’. Lo que se nos ha querido decir es que la suspensión viene causada por las desfavorables condiciones meteorológicas; es decir, porque llueve, hace viento, nieva, hay niebla, etc.
Impropiedades
hay de muchas clases, pero le digo a mi amigo que voy a fijarme solamente en un
tipo, las de aquellas parejas de palabras que llamamos parónimas.
Se habla de paronimia si dos palabras ―a veces más― tienen una
forma parecida, aunque difieran en sus significados. No hay que confundir la paronimia
con la homonimia, pues en este último caso lo que sucede es que dos
o más palabras suenan ―e incluso se escriben― igual, aunque sus significados
son diferentes. Es lo que sucede con baca/vaca o haya
(árbol)/haya (haber).
Las
parejas conflictivas van por otro lado. Una de estas parejas es
la formada por astrólogo y astrónomo. El primero es
quien dice conocer el carácter de las personas y vaticina su futuro atendiendo
a la posición y movimiento de los astros; el segundo, en cambio, es quien
practica la ciencia que estudia el movimiento de los astros, así como las leyes
que los regulan. Podríamos compararlos, aunque en este caso parece que hay
menos confusión, con curandero y médico. El astrónomo
y el médico basan su actividad en unos conocimientos científicos;
el astrólogo y el curandero viven, en gran medida,
de mera superchería.
Una pareja conflictiva peculiar ―aunque en este caso parece que el uso las ha fundido y confundido― es la que forman honestidad y honradez. Ya en 1734 el Diccionario de Autoridades decía que la honestidad es ‘moderación y pureza contraria al vicio de la lujuria’ y la honradez ‘pundonor que obliga al hombre de bien a obrar siempre conforme a sus obligaciones, y cumplir su palabra en todo’. Estas definiciones siguen siendo válidas en la actualidad. No obstante, hoy apenas si diferenciamos una cosa de otra. Exigimos a un político que sea honesto. ¿No sería mejor ―pregunto a Zalabardo― pedirle que sea honrado? Y no nos cansamos de ofrecer nuestra honesta opinión sobre cualquier tema, aunque nada tenga que ver con la decencia y el recato.
Sería larga la lista de impropiedades cometidas a causa del mal uso de parónimos. Sirvan estos pocos ejemplos: especie (‘categoría de lo que presenta caracteres comunes’)/especia (‘condimento’); prejuicio (‘opinión previa y por lo común desfavorable’)/perjuicio (‘daño material o moral’); mortandad (‘gran cantidad de muertes causada por guerras, cataclismos, epidemias…’)/mortalidad (‘tasa de muertes durante un periodo dado’); infectado (‘contaminado por un germen, enfermedad, virus…’)/infestado (‘lleno de parásitos u otros seres molestos o nocivos’). En este último caso, valga decir, para acabar, que no es igual descubrir que mi hijo tiene la cabeza infestada de piojos que descubrir que mi ordenador ha sido infectado por un virus que me destruye la información que guardaba.



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