Hubo un tiempo en que se podía hablar de cuáles de nuestros
representantes eran mejores o peores oradores, de quiénes tenían más o menos
acierto a la hora de esgrimir los argumentos en que basaban sus posturas; de
que este o aquel otro tenían una lengua más afilada o se servían mejor de la
ironía para rebatir a sus oponentes. Es lícito criticar al presidente Sánchez,
aunque haya sido el primer dirigente europeo en oponerse con firmeza a la
escalada belicista desencadenada por unos mandatarios faltos de ética y
humanidad. También es lícito criticar la bisoñez como estadista de Feijóo
y reprocharle su tibieza a la hora de condenar lo que cualquier demócrata debe
condenar. Eso entra en el enfrentamiento político. Pero rompe todos los moldes
la falta de respeto a las instituciones del diputado José María Sánchez,
la violencia verbal de Antonio Martínez, el matonismo de Vito Quiles
o el gusto de Isabel Díaz Ayuso por el insulto. Avergüenzan
comportamientos como el de Ábalos o Cerdán. Esas conductas,
provengan del bando de que provengan, desprestigian las instituciones. Tampoco
es admisible la prostitución del lenguaje para disimular ideas y conductas que
podrían tacharse de irresponsables.
En
1955, Blas de Otero publicó un libro, Pido la paz y la palabra.
En el poema titulado En el principio se quejaba de haber perdido muchas
cosas ―tiempo, vida, cuanto creía suyo y resultó ser nada―, pero declara que, al
menos, «me queda la palabra», verso que definía todo un estado de ánimo. También
eso, el valor de la palabra, se va perdiendo hoy, pues vemos que muchos de los
representantes a quienes las urnas concedieron la responsabilidad de dirigir la
nave de la nación ―en la mayoría gobernante o en la oposición― nos abochornan cuando
con sus palabras ponen más énfasis en el ataque al contrario que en las
cuestiones que de verdad importan al país.
Recuerdo
haber leído un texto de Confucio y, cuando lo encuentro, se lo leo a mi
amigo. No quiero dejar pasar la ocasión de reproducirlo aquí:
―Si el soberano
de Wei os confiara su gobierno, ¿qué es lo primero que haríais?
―Rectificar
las palabras.
―¿No estáis
dando un rodeo? Rectificar las palabras ¿para qué?
―¡Qué zafio
eres! Un hombre superior no habla si no sabe de qué habla. Cuando las palabras
no son correctas, el discurso no es coherente. Cuando el discurso no es
coherente, los asuntos no pueden tratarse adecuadamente. Si los asuntos no se tratan
adecuadamente, las penas y los castigos no se aplican con justicia. Cuando las
penas y los castigos no se aplican con justicia, el pueblo no sabe cómo actuar.
Así estamos ahora los ciudadanos, aturdidos ante lo que sucede. Que este clima de crispación no sea privativo de España, sino que se extienda por todo el mundo, no es consuelo para nadie. Asusta que la violencia verbal se vaya acercando cada día más a la violencia física.
Me pregunta Zalabardo si creo que estamos llegando a un momento en que se hace preciso recurrir a aquella vieja máxima latina que dice Si vis pacem, para bellum, prepárate para la guerra si quieres tener paz. Le digo que esa antigua expresión ―erróneamente atribuida a Julio César, pues su autor fue un estratega romano del siglo IV, Flavio Vegecio, y su enunciado original Igitur qui desiderat pacem praeparet bellum― no soluciona nada y lo único que consigue es alentar aún más el espíritu de violencia.
Solo
con paz es posible conseguir vivir en paz. Asistimos a un periodo en que
guerras sin sentido no generan más que calamidades. Antes que prepararme para
el combate, le digo a mi amigo, prefiero acogerme a lo que se lee en una placa
del Monumento Pacifista a los Muertos que se
levanta en un pueblecito francés de apenas mil habitantes, Saint-Martin-d’Estreaux:
«Si quieres la paz, ¡prepárate para la paz! debe ser la fórmula del futuro. Es
decir, debemos mejorar el espíritu de las naciones mejorando el de los
individuos mediante una educación sólida y ampliamente difundida. La gente debe
leer y, sobre todo, comprender el valor de lo que lee».
La
pena es que muchos de nuestros diputados y senadores, así como todos los
tiranos que hay en el mundo, posiblemente no hayan leído a Blas de Otero
ni a Confucio y ni siquiera conozcan la existencia de ese monumento del
pueblo alpino francés.


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