Zalabardo sabe ―me conoce desde hace
mucho tiempo― que una de mis primeras actividades al comenzar el día es leer la
prensa. Hoy me encuentro con un artículo del novelista y periodista argentino Martín
Caparrós que se inicia con una frase que casi podría considerarse una
perogrullada: «Las palabras cambian». Pero no es ninguna obviedad ni desliz, ya
que a renglón seguido añade: «No por ninguna perfidia particular; lo hacen
porque todo cambia. Mal que les pese a los que nos amenazan con dioses, reyes,
leyes invariables, tradiciones eternas, todo cambia».
Nuestra
capacidad de lenguaje se manifiesta de dos formas diferentes, aunque
complementarias: la oralidad y la escritura. Puede haber quien conceda más
valor a la palabra escrita que a la oral por la mera razón de que la oralidad parece
agotarse en el mismo instante de producirse mientras que la escritura es un
modo de conservación y recordamiento de lo dicho. No en vano nuestro rico
refranero nos ofrece muestras variadas sobre este punto: Palabras y
plumas, el viento se las lleva; Callen barbas y hablen cartas;
Palabras y hojas secas, el viento se las lleva. El primero se nos
conserva en el lenguaje oral como Las palabras se las lleva el viento.
Y el tercero nos hace recordar unos versos de Espronceda: Hojas
del árbol caídas / juguetes del viento son.
Todas estas expresiones proceden, muy posiblemente, de una sentencia latina, verba volant, scripta manent, si es que no hay por ahí algún dicho anterior. Las palabras vuelan, los escritos permanecen. Por eso tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de dar nuestra palabra para no caer en aquel otro dicho que mantiene que por la boca muere el pez. A partir de este domingo tendremos ocasión de ver cuántas palabras pronunciadas por quienes nos piden el voto no se convierten en hojas volanderas arrastradas por el viento. Pero para su vergüenza, si fuese preciso, ahí están recogidas, conservadas en forma escrita. Es algo que le debemos al progreso, ya que la escritura pertenece a un estado posterior.
Regresando
a Martín Caparrós, las palabras cambian y así ha sido siempre. En su
artículo nos hace partícipes de su sorpresa porque, escribe, acaba de descubrir
que se le ha cambiado una, dependencia, por lo que, cuando ahora
la oye, se da cuenta de que debe entender algo diferente a lo que en otra época
entendía. Le digo a Zalabardo que a mí, más que las palabras que cambian, me
preocupan aquellas que se pierden porque, consecuencia del imparable cambio, se
pierde la realidad que una palabra designaba. Eso ocurre, le pongo solo dos ejemplos
a mi amigo, con faltriquera ―aquella antigua bolsa que se llevaba
bajo el delantal― o con parva ―cuya necesidad desapareció con la
presencia de las modernas cosechadoras―.
Pero
más que preocuparme, me acongojan las palabras extraviadas, aquellas cuyo
olvido hay que catalogar como síntoma de un mal que padece quien no acierta a
encontrarlas cuando las necesita. Un buen amigo ―redundancia, pues si es amigo
ha de ser bueno― me contaba que, sin que nadie le haya dado razón que explique
lo que le sucede, el momento en que no es capaz de pronunciar, y ni siquiera de
recordar la existencia de la palabra faisán denuncia la aparición
de un mal transitorio que sufre.
Le cuento a Zalabardo que he pasado unos maravillosos días en Portugal con este amigo. Creo que las dos parejas hemos vivido esos días con la relajación que las personas de nuestra edad ya nos merecemos. Y hemos gozado de la buena acogida que nos han dispensado personas con quienes hemos hablado amigablemente: Caterina en Mértola; Ariel, cubano asentado hace mucho en el país, en Almodóvar; un camarero de O Alentejano de Serpa, que, siendo seguidor fiel del Sporting Clube, trabaja en un restaurante que parece templo de adoración del Benfica. Y hemos hablado, también en Almodóvar, con Rui Cortes, arqueólogo que nos enseñó el Museu da Escrita do Sudoeste y tuvo la amabilidad de regalarnos un ejemplar del libro que recoge la historia y el contenido del Museu.
Y
de este museo es de lo que quiero hablar a Zalabardo. Es un admirable museo que
recoge una rica colección de ―especialmente― estelas de piedra que dan cuenta
de las más antiguas muestras de la escritura en la Península Ibérica. La
mayoría se corresponde al periodo comprendido entre los siglos VII al V a. C. Recorriendo
sus salas, descubrimos que aunque no sepamos cómo hablaban los habitantes de esta
parte del mundo, las viejas piedras de esquisto ―cuya no excesiva dureza
permite grabar fácilmente en su superficie―conservan la forma escrita de la
lengua en que se entendían. Y esas palabras no se las lleva el viento.
Interesante es el llamado Signário de Espanca, curiosa muestra que nos presenta en dos líneas el alfabeto utilizado, con claras muestras de estar inspirado en el fenicio. La primera línea, que refleja un trazo firme y regular de los signos, debe pertenecer al maestro que enseñaba a su discípulo el arte de la escritura, pues la segunda línea reproduce, imitándolos, los trazos de la línea superior, aunque mostrando una mano más torpe.
Y
también es interesante la que parece ser muestra capital del Museu, la
llamada estela de Abóboda, que debió pertenecer a
la tumba de un guerrero, ya que presenta la imagen de un soldado con su lanza y
su escudo, enmarcado por el texto que debería dar cuenta que quién es. No lo
conocemos ni qué se dice de él. Pero hasta que alguien descifre el significado
de ese texto, allí permanecerán unas palabras que el viento no arrastrará. El
catálogo del Museu recoge unas palabras de Jean-Marie Gustave Le
Clézio, premio Nobel de Literatura en 2008: «La escritura es la única forma
perfecta del tiempo». En otro lugar, Clézio dejó dicho: «La escritura no
es un mero ejercicio estético, sino un medio de rescatar la memoria». El Museu
da Escrita do Sodoeste de Almadóvar es un monumento a la memoria.




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