Llega septiembre y me reencuentro con mi amigo Zalabardo. Tanto él como yo necesitamos darnos este descanso estival y, cuando llega julio, tiramos cada uno hacia un lado para reencontramos una vez que acaba agosto. Pero este año parece que estos meses sabáticos que nos concedemos, al menos en lo que a la situación meteorológica se refiere, se han prolongado. Persiste el calor y cuesta desprenderse de la galbana que nos ha tenido inactivos. Tan fuerte es la pereza que causan las insoportables temperaturas que ni ganas hay de intentar saber el origen de la palabra, galbana. Hasta Corominas, tan sabio en estos temas, se limita a una faena de aliño: «palabra de origen incierto».
Había
quedado citado con Zalabardo el jueves, en una cafetería del centro, para
compartir desayuno con café y churros. En la enorme pantalla de un televisor se
veía a Pedro Sánchez en el Congreso, dispuesto a dar explicaciones sobre
la crisis de Ceuta. «Vamos a ver que dicen», me propuso Zalabardo. Le contesté
que es tarea difícil, pues el jaleo reinante en el local impide oír nada. Mi
amigó se sonrió: «Ojalá todos los problemas fuesen así. Yo tengo alguna
práctica en lectura labial y te iré informando de lo que se diga en el
hemiciclo». Y así lo hicimos. «Habla Sánchez» ―me aclaraba Zalabardo
mientras mojaba un churro en el café― «del respeto a las personas que migran
huyendo de la pobreza y la guerra». Me dije para mí que podía ser buena manera
de empezar. «Ahora dice que las fuerzas de seguridad optaron por defender la
vida humana». La primera impresión parecía confirmarse.
Quiero
adelantar que Pedro Sánchez ―mi amigo lo sabe bien― no es un político
que goce de todas mis simpatías, aunque jamás le negaré la valentía de ser uno
de los pocos líderes europeos que no se ha amilanado ante el ensoberbecido (por
no usar una palabra más dura) Donald Trump, ni se ha callado al
denunciar la locura genocida de Netanyahu en la Franja de Gaza. En otros
momentos y situaciones quizá se haya limitado a sostener el tipo. Quizá ahora
le haya podido la galbana.
Poco después, fueron tomando la palabra Feijóo, Abascal y el resto de representantes de partidos. Veía la exagerada gesticulación de algunos al hablar, aunque no los oía. Pero mi amigo me iba transmitiendo los adjetivos que dedicaban al presidente: «mentiroso», «corrupto», «traidor», «cobarde»… En ocasiones, adjetivos más duros. Ahí ya comencé a preocuparme. Durante una de aquellas intervenciones, me dijo Zalabardo: «Le ha pedido Feijóo que dimita porque su Gobierno ya ofrece encefalograma plano». Me sonreí mientras intentaba hacer un cálculo: ¿Cuántas veces, desde su desengaño por no salir elegido presidente en 2023, ha repetido Feijóo la misma cantinela, sea cual sea el tema debatido?
En
aquel instante dejó de interesarme lo que veía ―que no oía― en la tele y me
dediqué a terminar mi café y un churro que me había dejado mi amigo, porque la
escena me provocaba cansancio y aburrimiento. No veía que el debate
transcurriese por la senda debida. Siempre he defendido que se puede disentir
de las opiniones de otras personas o grupos, porque nadie es dueño de la verdad
absoluta y es grave error empecinarse en la defensa de un argumento que, al
final, pudiera resultar errado. El debate ―lícito―, el enfrentamiento ―justificable―,
solo vale si se produce dentro de un ambiente de respeto y urbanidad, porque
una cosa son las personas y otras las ideas. Las ideas pueden ser rebatibles;
las personas han de ser respetadas. Y también exige el debate aportar
argumentos sólidos. Pero, por lo que veía, pensé en esos momentos que, en el
pasado periodo legislativo, los ciudadanos tuvimos que soportar un clima de
acritud y mala educación que parece ser el único que entienden muchos de
nuestros representantes políticos. Mirando la tele y escuchando la
transcripción que me hacía mi amigo, mi impresión era que me encontraba ante
una edición ―ampliada y no corregida― de
la anterior.
Zalabardo
y yo hablamos de muchas cosas y no siempre coincidimos. Pero esa disparidad de
criterios, cuando se produce, jamás afecta a nuestro mutuo respeto. A veces, a
mí me parece bien algo que él condena; y al revés. En el momento actual, sin
embargo, cuando hablamos de la crisis cuyo epicentro está en Ceuta, estamos de
acuerdo casi al ciento por ciento. Creemos que el Gobierno ha reaccionado tarde
y mal. Que, aunque no haya pruebas irrefutables de su participación, es fácil
colegir que alguna responsabilidad cabe al Gobierno de Marruecos en esa entrada
masiva de migrantes. Que no ha habido los suficientes reflejos para paliar los
efectos de esa entrada de migrantes.
Pero, del mismo modo, coincidimos en que no solo al Gobierno
hay que cargarle culpas sobre lo que sucede. Hay Comunidades y hay partidos que
carecen de sentido de Estado ―o se comportan como si no supieran qué es eso― y
aprovechan la crisis para atacar al presidente y al Gobierno central cometiendo
un acto de deslealtad institucional. Porque, por muchos errores que le
achaquemos, ahora no es momento para la crispación, para pelea de gallos, para
competir por los votos. Es hora de que todos arrimemos el hombro para poner
remedio a lo que estamos padeciendo. Sobre todo, Ceuta y esos miles de
migrantes ―víctimas no se sabe bien de quién, aunque lo supongamos― que están
necesitados de ayuda. Necesitada Cuta y necesitados los migrantes.
Porque ―y esto es lo que no hay que olvidar― no es Ceuta quien tiene un problema. Lo tiene España y ninguna Comunidad española debe olvidar que Ceuta, como ellas, es una parte integrante, en igualdad de condiciones, de la nación española. Y lo tiene Europa porque ningún país miembro de la UE debe olvidar que Ceuta es parte importante de su frontera con África. ¿O acaso no lo saben? Si hay partidos políticos, Comunidades y países europeos que han dado un paso a un lado en este problema, habrá que pedirles responsabilidades cuando llegue el momento. También al Gobierno central. Pero no consideremos primario lo secundario.
Ha pasado el verano, comienza un nuevo curso político y
parece que estamos perdidos en un bucle en el que se repite indefinidamente el
ayer y seguimos como antes, metidos en el fango de la crispación, del insulto y
de la hipocresía. A esos que hablan de la amenaza y el peligro de la migración
se les podría recordar estas palabras que incluye Arundhati Roy en su
novela Mi refugio y mi tormenta: «La pobreza extrema era, es y
debería ser la mayor amenaza para la seguridad interna del país» Zalabardo me añade:
«Di también eso de que tire la primera piedra quien esté libre de pecado»; le
pregunto a qué viene su recomendación y me contesta que hay por ahí un obispo
que, hablando sobre la crisis ceutí ―«aquí no cabemos todos» es una de sus
frases favoritas―, incita a sus fieles a iniciar una nueva reconquista. «Este
será obispo» ―me dice Zalabardo― «pero de buen samaritano no tiene nada».


