miércoles, junio 23, 2010


NOS VAMOS DE VACACIONES

Hoy, 23 de junio, los compañeros del instituto han terminado su periodo de clases, aunque las actividades continúen hasta final de mes. Le comento a Zalabardo que no estaría mal que, de igual modo, nosotros echásemos el cierre hasta finales de verano y él se muestra de acuerdo.
Además, aparte de eso, hemos estado hablando de otras cosas. Concretamente, del futuro de esta agenda. Le digo que son ya cuatro años los que llevamos y que, por ello, día a día se hace más difícil mantenerla sin caer en el aburrimiento o en el cansancio. Porque encontrar nuevos temas, o nuevos enfoques, cada vez resulta más complicado.
La verdad es que ya llevamos un tiempo planteándonos el asunto y habíamos pensado seriamente en dar carpetazo e iniciar algún proyecto nuevo. Pero hoy, hablando con José Francisco y con Pablo, nos han insinuado que se podría seguir aunque buscando un aire nuevo, tanto de presentación como de contenidos. Y como esto segundo ya lo teníamos pensado, hemos creído que puede ser bueno seguir el consejo. Por ahora no quiero adelantar nada porque el proyecto todavía es eso y hace falta pulirlo.
Y como no quiero despedirme sin algún comentario lingüístico, incluyo este que me surge de la lectura de una entrevista que se le hace a María Dueñas, escritora y profesora de inglés en la Universidad de Murcia, a propósito de su novela El tiempo entre costuras. Dice en un momento: En mi éxito no hay mito, solo curro. Debo reconocer que esta última palabra, curro, me viene intrigando desde hace tiempo. ¿Por qué? Vamos a ello.
Si consultamos el DRAE, vemos que incluye la serie currar, ‘trabajar’, que marca como palabra procedente de la lengua caló o gitana; curre y curro, ‘trabajo’; y currante y currito, ‘trabajador’. En la versión incluida en su página web anuncia la inclusión para la edición vigésimo tercera de currelar, aunque sin indicar origen.
Pero si se consultan otras obras, el resultado es diferente. Así, en Manuel Seco (Diccionario del Español Actual) encontramos las series currar y currelar; curre, curro y currelo; y currante, currelante y currito, para los conceptos expresados antes.
María Moliner (Diccionario de Uso) y Víctor León (Diccionario de Argot Español) coinciden en todo menos en currelante, que no la recogen.
Pero miren ustedes por dónde, si hacemos la búsqueda al revés, es decir, partiendo de vocabularios gitanos, los resultados son asombrosamente diferentes. En Aproximación al caló, de José Antonio Plantón García, vienen currelar y currelo para ‘trabajar’ y ‘trabajo’; en cambio, para ‘trabajador’ lo que recoge es curañó.
En un Vocabulario del dialecto jitano (sic), de 1846, y compuesto por Augusto Jiménez, solamente aparece curipén, ‘trabajo’. Y un extenso Vocabulario caló-español, que consulto en versión PDF, en Internet, y del que no aparece referencia de autor, nos presenta currelar, ‘trabajar’, curripén, ‘ejercicio, oficio’ y curaró, ‘trabajador’.
Lo anterior parece indicar que el vocablo nuclear para ‘trabajar’ en la lengua caló es currelar y no currar. ¿De dónde procede esta última? Esa es la duda que me asalta desde hace bastante tiempo y para la que no tengo respuesta.
Si alguien lo sabe, le agradecería mucho que me lo dijera.
Y nada más, que paséis todos un buen verano y a la vuelta nos encontraremos con las novedades.

martes, junio 15, 2010

AMERICANISMOS

No es ninguna novedad que yo diga aquí que he entrado en una etapa de mi vida en la que me atrae más releer que leer y ya creo haberlo explicado más de una vez. Una de mis últimas relecturas ha sido Merlín y familia, de Álvaro Cunqueiro. Deseaba, después de muchos años, volver a encontrarme con la prosa fluida y musical de Cunqueiro y enfrentarme a esos mundos oníricos y fantásticos que crea. Debo decir que no ha sido menor la impresión recibida ahora que la que me produjo tiempo atrás. También es verdad, dicho sea de paso, que siento una especial predilección por los escritores gallegos.
Pero, siendo esto así, le digo a Zalabardo, no significa, sin embargo, que haya renunciado a la lectura de obras recientes, aunque se me hace más difícil decidir enfrentarme a ellas. Ahora mismo, por ejemplo, estoy enfrascado en la prelectura de El arte de la resurrección, del chileno Hernán Rivera Letelier, premio Alfaguara de este año. ¿Qué es eso de prelectura?, me pregunta Zalabardo al tiempo que hace ese gesto tan característico suyo con el que me da a entender que, a su juicio, estoy intentando ser ocurrente sin conseguirlo del todo.
Pero yo, sin darme por aludido, me limito a contestar a su pregunta adoptando un aire de naturalidad. En esta novela, le respondo, he creído ver una vuelta, en parte, a aquellas novelas hispanoamericanas de la etapa del boom, allá por los años 60 y 70 del pasado siglo. Hay un mundo idealizado rodeado de un aura mágica, que en este caso es el de las minas salitreras del norte de Chile y la soledad del inhóspito y tórrido desierto de Atacama. Hay unos personajes que igualmente parecen pertenecer a un mundo que no este mundo: Domingo Zárate Vega, el Cristo de Elqui, iluminado que se cree reencarnación de Jesucristo; Magalena Mercado, la bondadosa prostituta devota de la Virgen del Carmen; don Anónimo Bautista, el Loco de la Escoba, que pasa todo su tiempo barriendo las calles del poblado así como el desierto que lo rodea y que entierra bajo la arena toda la basura que encuentra... Y hay una lengua que es la lengua popular de Chile. Y aquí es donde se me ha encasquillado la lectura y por eso hablo de prelectura; por ello he empezado por intentar entender las palabras, por alcanzar su recto significado para, una vez conseguido eso, encarar y disfrutar la verdadera lectura de la historia de esos personajes y de esos lugares.
He recordado, leyendo esta novela, la necesidad que tantas veces se ha denunciado en diferentes medios de que en el DRAE deberían tener cabida más americanismos de los que hay. Esa petición ya sobra, porque se ha llegado a una solución mejor. La Asociación de Academias de la Lengua Española, que está trabajando muy bien, sacó a la luz a finales del pasado mes de abril su Diccionario de americanismos. Es una obra en la que se venía trabajando desde hace bastante tiempo y es ahora cuando, en sus dos mil trescientas páginas, nos ofrece las peculiaridades y la riqueza del español americano con atención a todas sus zonas y regiones. Es una obra, a mi juicio, fundamental para que conozcamos por dónde anda nuestra lengua y qué valor tiene para su historia y progreso el habla de los países del otro lado del Atlántico, que no en vano reúnen más de trescientos millones de hispanohablantes
Gracias a esta obra me estoy enterando de qué dicen las palabras de la novela de Rivera Letelier y por eso hablo de prelectura. Estoy buscando el significado de las palabras desconocidas, que son muchas, anotándolo en los márgenes de las páginas, para, después, leer ya de un tirón la obra, sin tanto detenimiento como ahora. Y no es exageración eso que digo de que son muchas las palabras que no pertenecen al español común, sino que son particularismos chilenos. No los voy a citar aquí todos, pero no renuncio a escribir unos cuantos: inquilinato, ‘campo con inquilinos que explotan una parcela concreta’; peneca, ‘niño, mozalbete’; camal, ‘matadero’; volanda, ‘vehículo tirado por mulos que se desplaza por raíles’; caliche, ‘salitre’; frangollo, ‘desorden’; fondo, ‘caldero de hierro’; quiltro, ‘chucho, perro sin pedigrí’; vianda, ‘fiambrera’; retreta, ‘concierto’; forongo, ‘presuntuoso’; biógrafo, ‘cine’; ñeque, ‘valor, coraje’; macuco, ‘astuto’; pililiento, ‘andrajoso’; y así podría seguir, pero si se dice que para muestra vale un botón, aquí van algo más de una docena.

jueves, junio 10, 2010

VUVUZELAS

Me aparece Zalabardo esta tarde por casa llevando una vuvuzela (que nosotros deberíamos escribir vuvucela) adornada con los colores de la bandera española y dispuesto ya a animar a nuestra selección. Le he preguntado con insistencia dónde la ha comprado, pero él, no sé qué se habrá imaginado, no ha querido decírmelo. La vuvucela, palabra zulú, es como nadie ignorará, esa trompeta de aproximadamente medio metro de longitud, cuyo sonido puede superar los 100 decibelios (tantos como un martillo neumático y algo menos que el motor de un avión, que alcanza los 120) y que descubrimos durante la pasada Copa FIFA de Confederaciones y con la que los surafricanos suelen animar durante los partidos de fútbol.
Hay gente, me informa Zalabardo, que le ha preguntado cómo es que vuvucela no viene en el Diccionario de la Academia. Le contesto que la gente, que por lo común adora todo lo efímero, cosa propia de este mundo agitado que vivimos, del mismo modo que tiene una noción algo equivocada sobre cuáles sean sus derechos, lo que a la vez le hace olvidarse, de las correspondientes obligaciones que siempre acompañan a aquellos (actitud que se manifiesta en las expresiones esto tendría que... o yo tengo derecho a...), no sabe, de ordinario, cómo funciona la Academia y qué es lo que significa ese lema que rige su existencia y que reza fija, limpia y da esplendor.
La gente común y corriente, que es la gran mayoría (ojo, que no les atribuyo culpa de ningún tipo cuando digo esto) se deja arrastrar por lo que considera que es el habla actual y correcta, que no es otra cosa que la que se usa en el periodismo y en el conjunto de los medios de comunicación, así como en la política. La gente, repito, oye expresarse a Zapatero en un mítin, o a los locutores de los telediarios, o a María Patiño poniendo verde a la Campanario o a cualquiera de los concursantes de un programa de telerrealidad, y piensa que así es como hay que hablar.
Pero la Academia no debe dejarse arrastrar por ese criterio, el de aceptar sin más aquello que está en la calle. La Academia debe limpiar, fijar y dar esplendor. ¿Y qué supone hacer eso? La Academia limpia cuando niega carta de naturaleza a vocablos que no tienen por qué estar en el Diccionario. Pongo un ejemplo: en el DRAE aparece show; pues bien, con vistas a la próxima edición está prevista la supresión de ese artículo, porque no en vano tenemos espectáculo, que no tiene por qué ser sustituido. Y si alguien preguntara por montar un show, ¿por qué no lo sustituye por dar un espectáculo, que también existe? Igual sucede con free lance, que se va a eliminar, porque lo que debemos utilizar es periodista, o fotógrafo, independiente. Nunca tales términos, show o free lance, debieran haber tenido cabida en la obra académica. Limpieza es, por ejemplo, impedir que entre e-mail, porque es lo mismo que correo electrónico
La Academia da esplendor si evita la entrada de palabras que lo que hacen es empobrecer el idioma, pues su proceso es aparición ha ido desde la jerga periodística al habla popular y no al revés, que sería más lógico. La gente dice magacín porque lo ha oído o lo ha visto escrito. Quienes empezaron a utilizar tal término deberían haber tenido en cuenta que ya tenemos revista o programa de variedades, que es lo que quiere decir. Por tanto, magacín también debiera ser eliminada, pues no enriquece, sino todo lo contrario.
Y la Academia fija cuando establece y delimita los conceptos para que no sean modificados ni manipulados por quienes abusan de esa que hemos dado en llamar jerga de la información o de la política. El verbo incautar es pronominal, por lo que no admite ni complemento directo ni forma pasiva. Su construcción será siempre incautarse de algo, siendo incorrecto decir algo fue incautado. Para este último uso, ya tenemos decomisar. Versátil es ‘lo que se vuelve o puede volverse fácilmente’ y, en consecuencia, ‘lo voluble e inconstante’; pero no debiéramos emplear ese adjetivo como ‘que se adapta a diversas funciones’, como tantas veces se hace, pues para eso tenemos polivalente.
Según lo que digo, ¿es que no caben el extranjerismo o el cambio semántico en nuestra lengua? Claro que sí, pero cuando se produce de forma natural, no forzada. ¿Se puede dar entrada, entonces, a vuvucela? Vayamos despacio, pues ningún enemigo peor que las prisas tiene el Diccionario, y dejemos que pase el tiempo. Si vuvucela no queda en flor de un día, si prospera su utilización, entraría. No sería la primera, ni la última, de las voces africanas en nuestro idioma.

martes, junio 08, 2010

BANDERAS

Esta mañana, durante el pertinente paseo diario, he comenzado a ver cómo van apareciendo en lugares de muy diferente naturaleza, tal como van floreciendo las margaritas en primavera, las banderas de España: balcones, chiringuitos de playa, bares, algún parque... Y estoy convencido de que la cosa irá a más. Por supuesto que no he dudado ni un momento a la hora de interpretar la razón y motivo de tal hecho: el próximo viernes se da el pistoletazo de salida al Mundial de fútbol de Suráfrica (a mí se me hace difícil escribir y decir eso de Sudáfrica que tiene tanto sabor de anglicismo) y el miércoles siguiente será el debú de España en tal competición.
En España somos poco dados a utilizar los diferentes eventos como excusa para ofrecer muestras de nuestro patriotismo. Eso, nos decimos, queda para los americanos. Es más, creo que somos un país donde produce rubor mostrarse patriota. Somos catalanes, vascos, andaluces, riojanos; pero difícilmente nos declaramos españoles, como si tal declaración tuviera no sé qué connotaciones negativas. Parece que tal cosa está mal vista, y se tiende a tachar de facha o carcunda a quien profesa fe de patriota o a quien se hace ver con la bandera. Del mismo modo que tengo la impresión de que cuesta seguir con respeto una audición del himno nacional. En este último caso, no sé si será una especie de complejo al ver que, frente a otros, el nuestro no tiene letra y, por tanto, no lo podemos cantar.
Está claro, no somos patriotas y solo aceptamos comportamientos de esa índole a título individual y mostrados muy de tarde en tarde: Viriato, María Pita, Agustina de Aragón. Si acaso, hay alguna aislada manifestación colectiva: la del pueblo madrileño frente a las tropas de Napoleón. El caso es que sentimos un cierto pudor a confesarnos patriotas. Ese orgullo que vemos en otros de declararse americanos, italianos o franceses, difícilmente lo asumimos nosotros.
Me dice Zalabardo que nuestra historia reciente pesa mucho y aún estamos acomplejados por el uso que se ha hecho durante años de los diferentes símbolos patrióticos. Incluso hay quienes no los reconocen como propios. Una determinada facción los secuestró de tal modo e hizo de ellos un uso tan poco edificante que todavía nos cuesta aceptar que son de todos y, por tanto, que no pertenecen con exclusividad a nadie.
Y, mira por dónde, le contesto yo, tengo la impresión de que el fútbol ha venido en cierto modo a sacarnos de esa especie de marasmo incómodo. Si no estoy equivocado, todo se inició con el pasado Campeonato Europeo que alzó a nuestra selección (que algunos se esfuerzan por que sea la roja, tal como otras son la albiceleste, la canarinha o la bleu) al lugar más alto del continente.
Y si ahora vuelve a ser el fútbol, y el orgullo de que nuestra selección, la roja, esté considerada entre las máximas aspirantes a ganar el trofeo, la única razón y motivo que nos lleva a mostrar las banderas en mástiles y ventanas, aunque sea disimulada con el toro de Osborne en lugar del escudo, bien venido sea.

jueves, junio 03, 2010

SEFARAD

En el lugar / onde estaba aparada la casa de mi chiques (niñez) / ya se enviejisio la yerba, / y en lo vasio de sus camaretas rubinadas (arruinadas) / siento ainda las voses.
Así empieza uno de los poemas del libro Alegrica, de 1992, compuesto por Margalit Matitiahu, nacida en Tel Aviv en 1935.
Muchas veces, le digo a Zalabardo, se habla de la añoranza que se siente en parte del mundo árabe hacia lo que fue Al Ándalus y cómo aún existe en algunos el deseo de una recuperación y regreso. Y muchos son quienes se muestran escandalizados de que alguien pueda siquiera expresar tal sentimiento. Cuando surge este tema en la conversación, yo suelo decir que, aunque no se participe de esa actitud, hay por lo menos que tratar de comprender a los que la defienden, puesto que, hasta la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos, en 1492, trancurrieron ocho siglos en los que la cultura de Al Ándalus ilustró a todo el mundo. Y no hace falta que mostremos las muestras que aún quedan de ello. Y la consecuencia de aquel hecho fue la expulsión de muchos que tenían raíces tan hispanas como las de los cristianos.
Pero si bien se habla con relativa frecuencia de la nostalgia que genera entre los musulmanes el recuerdo de Al Ándalus, cuesta trabajo comprobar el silencio y olvido en que se tiene la similar nostalgia que provoca en otra comunidad, la de los judíos sefardíes, el recuerdo de su patria perdida, la antigua Sefarat, que es el nombre que dan ellos a España. Porque de lo que no se puede dudar es de que, si es posible hablar de la españolidad (si no es un anacronismo utilizar este vocablo para tan remoto periodo) de los musulmanes de Al Ándalus, no en vano vivieron aquí durante ocho siglos, con más razón habría que aplicar el concepto a los judíos sefardíes. Las más antiguas tradiciones hacen remontar su llegada a nuestras tierras a la época de Salomón, cuando este rey mandaba sus naves a comerciar con el reino de Tarsis; y teorías más razonables dicen que esta venida no se produjo hasta el siglo I, tras la destrucción de Jerusalén por el emperador Tito, hecho que provocó la gran diáspora judía por el Mediterráneo. Aun en este último caso, vivieron aquí, hasta el momento de su expulsión en el siglo XV, quince siglos. No olvidemos que España es lo que hoy entendemos por España desde hace tan solo poco más de cinco.
Estos judíos expulsados, cuyo número varía mucho según los autores, se repartieron por tierras que los quisieran acoger: Marruecos, Portugal, Italia, Grecia, Turquía, Rumanía, los Balcanes. Muchos de ellos, como bien leemos en la historia del judío Ricote, que encontramos en el Quijote, se llevaron las llaves de sus casas esperanzados en que pronto podrían volver a ellas. Aunque también se llevaron su lengua, que era la que se hablaba en Castilla a finales del siglo XV y comienzos del XVI. Lengua que, con el nombre de ladino o judeoespañol, han conservado hasta hoy y cuyo carácter más definitorio es el de su acentuado arcaísmo, lo que prueba los esfuerzos por mantenerla en su estado original. Margalit Matitiahu dice: La historia de la lengua ladino, mos yeva a conocer el amor y el carinio que sintieron los judios por Espania [...] Entre los judios espanioles, estando londje de Espania, continuaron a hablar la lengua antigua. Hasta hoy en dia, se puede oyir coplas espaniolas antiguas y cantigas que cantaban nuestros padres nacidos en Espania.
Desgraciadamente, en España parece que valoramos poco nuestra riqueza cultural y lingüística. No solo hay quien siente que se puedan hablar de lenguas diferentes a la castellana, negando la licitud de las otras, sino que incluso se ve mal la propia variedad del castellano (¿cuántos andaluces se avergüenzan todavía de su dialecto, al que consideran un castellano mal hablado?). En este panorama, no debe extrañar que incluso se desconozca la existencia del judeoespañol.
En otro poema, del libro Matriz de luz, de 1997, M. Matitiahu escribe: Los pasharos / abasharon a las urias (playas) del envierno / a picar / restos de mar del enverano. Y Yasmina Levy, de la que escucho un disco mientras escribo esto, canta: Yo en la prizion, e tu en las flores / sufro de korason, kero ke yores. / Las paredes altas, no te alkanso, / te mando salvasion del mio Dio Santo. Eso ya lo cantaban sus antepasados judíos en la España del siglo XI.

Si alguien quiere conocer algo más sobre la historia y cultura sefarditas, y oír un texto leído en su lengua, tal como se pronuncia hoy, puede entrar en Sefarad: los judeo-españoles (http://sefarad.rediris.es).

martes, junio 01, 2010

AVERÍGÜELO VARGAS

Tiene curiosidad Zalabardo por saber qué hacía yo cuando en clase se me planteaba una cuestión a la que no sabía responder y así me lo plantea. Le contesto que nunca tuve reparo en reconocer mi desconocimiento de algo (pues siempre serán más las cosas que ignoramos que las que conocemos) y me comprometía para informarme y ofrecer la respuesta en otro momento; y si, aun así, no conseguía alcanzar la respuesta apetecida, decía abiertamente: Que lo averigüe Vargas, aunque los alumnos, por lo común, no solían entender esta respuesta.
Es frecuente utilizar este dicho cuando se quiere indicar que un asunto es intrincado y de complicada solución. Sobre su origen, Covarrubias afirma: Díjose por el licenciado Francisco de Vargas..., hombre de gran cabeza y buen despidiente; eligiole por su secretario el rey don Fernando el Católico, y porque le remitía todos los memoriales, para que informado le diese cuenta dellos, con estas palabras: “Averígüelo Vargas”, quedó en proverbio.
En la lengua, como en cualquier materia, se nos presentan en ocasiones cuestiones de difícil respuesta si no es que son de solución imposible. Eso es lo que pasa con los verbos acabados en –uar. La norma nos dice que estos verbos deshacen ese diptongo y lo convierten en hiato en los presentes (menos en la primera y segunda persona del plural) y en el imperativo (actúo, evalúo, continúo, etc.).
Pero he aquí que, de pronto, nos encontramos con dos grupos de verbos que deciden funcionar de otra manera. Son los terminados en –cuar y en –guar. Veamos qué pasa con ellos y empecemos con los del segundo grupo.
El diccionario recoge algo así como veinticinco verbos que presenten la terminación –guar, de los que los más comunes son los siguientes: averiguar, aguar y sus derivados, menguar y sus derivados, fraguar, atestiguar, apaciguar, amortiguar, deslenguar, desambiguar y santiguar. El resto lo integran verbos raros y de escaso uso (por ejemplo, amochiguar), por lo que renuncio a enumerarlos aquí. Pues bien, todos estos verbos, e insisto en lo de todos, se conjugan como averiguar, es decir, manteniendo el diptongo en todas sus formas (averiguo, menguo, atestiguo, amortiguo, santiguo, etc., etc.).
Pero el otro grupo, el de los terminados en –cuar, es cortito, de pocos representantes, aunque de extraño comportamiento. Son únicamente ocho, de los que comunes y conocidos solamente hay tres: adecuar, evacuar y licuar; los cinco siguientes son raros y de muy escaso uso: anticuar, apropincuarse, colicuar, oblicuar y promiscuar. ¿Y qué pasa con su acentuación? La norma dice que que se deben conjugar como averiguar (adecuo, evacuo, licuo), pero lo cierto es que el uso tiende a acentuarlos como actuar (adecúo, evacúo, licúo), por lo que la Academia ha terminado, aun en contra del parecer de bastantes, por aceptar ambas conjugaciones. Pero no acaba ahí todo, pues resulta que hay dos de ellos, anticuar y oblicuar, que van en contra del modelo común y se conjugan obligatoriamente como actuar (anticúo, oblicúo).
¿Y a qué se debe tal guirigay?, me suelta Zalabardo. Y yo qué sé, le respondo; cuando tenga una respuesta te la daré. En cualquier caso, que lo averigüe Vargas. Y es que en estas cuestiones de la lengua, que ya de antiguo tiene planteada la cuestión de si predomina la analogía o la anomalía, la regla o la excepción, sin que el personal se ponga de acuerdo, a veces chocamos con asuntos de no muy fácil solución.

jueves, mayo 27, 2010


HABLAR PULIDO

Bien sabe Zalabardo, porque no en vano llevamos muchos años juntos, que yo no soy tiquismiquis ni mojigato en esto de expresarme, ya sea hablando o escribiendo. Sí es verdad que me gustaría poder aplicarme la norma que exponía Juan de Valdés cuando decía aquello de que el estilo que tengo me es natural, y sin afectación ninguna escribo como hablo, etc., aunque la mayoría de las veces no lo consigo, que yo bien lo quisiera.
Hoy quiero traer aquí, a cuento de eso que digo, dos cuestiones de estilo de habla (da lo mismo que sea oral que escrita, aunque se da más en la primera) frente a las cuales mi posición es diferente. Por un lado está lo que viene en llamarse palabras malsonantes y, por otra, lo que algunos dan en llamar, de un tiempo a esta parte, expresiones hirientes u ofensivas.
Respecto a las primeras, nunca he sido de la idea de que aporten nada a los mensajes que emitimos y, muchas veces, aparte de ser manifestación de poca elegancia, lo que suponen es pobreza expresiva. Debo decir que no suelo emplear tacos ni comulgo con esa idea que algunos defienden de que “nada es más expresivo que un ¡coño! bien colocado”. Pero en nuestro tiempo, el taco parece haberse democratizado y circula por más canales de los debidos. Sobre todo en radio y en televisión, porque la prensa parece librarse por el momento de tan fea moda. Los tres libros de estilo que consulto coinciden en considerar inadecuado el empleo de palabras malsonantes y solo admiten su inclusión cuando tienen un auténtico valor informativo. Eso sí, dan por sentado que, si hay que usarlas, se escribirán completas y nunca de forma disimulada, porque no hay cursilería mayor que la de escribir lo llamó hijo de p. o lo llamó hijo de las cuatro letras o cosas por el estilo, cuando lo que se dijo fue hijo de puta.
No tengo ya las ideas tan claras con aquellas expresiones que, según el libro de estilo de El País, son “frases ofensivas para una comunidad”. Lo primero de todo es que no me resulta tan patente el carácter ofensivo de las mismas, aunque vivimos en una etapa de corrección política en el comportamiento y en la expresión y eso es harina de otro costal, ya que a veces se ven intenciones donde no las hay. Pongo un ejemplo: una cuñada mía, hablando de cuando tuvo a sus hijas, decía que, frente a lo que sucedió con las otras, “a su Anita la parió como una gitana”. Quería decir, ni más ni menos, que fue un parto natural, sin ninguna otra ayuda que la de simplemente una comadrona. Y lo decía con orgullo. ¿Se puede considerar ofensiva la expresión parir como una gitana?
Sucede que, según la interpretación que yo hago de estas frases, en ellas intervienen, al menos, tres factores. El uno es que su aparición casi siempre responde a una situación social, e incluso histórica, concreta que, una vez superada, deja su rastro en una forma de hablar. Así se explica que digamos que hay moros en la costa cuando queremos dar a entender que ‘existe peligro de que alguien no deseado vea o escuche algo’.
Otro, puramente lingüístico, que por lo general son construcciones lexicalizadas en las que el significado de la expresión no supone la suma de los significados de sus componentes. Es lo que sucede en la expresión engañar como a un chino, que supone ‘engañar con suma facilidad’. Y pregunto yo: ¿quién dice que sea fácil engañar a un chino? Aparte de que a los chinos recurrimos para otras expresiones que denotan admiración (trabajar como un chino, ‘con laboriosidad’ o ser tarea de chinos, ‘que exige una dedicación y esfuerzo pacientes’) o total neutralidad (sonar a chino, ‘ser difícil de interpretar o incomprensible’). ¿O qué sentido ofensivo puede haber en una frase tan fosilizada como hablar como un carretero, ‘ser muy mal hablado’? A veces nos encontramos incluso con que un posible afectado le da la vuelta a la frase para convertirla en favorable a sus intereses. ¿Quién no recuerda aquello que dijo E’tóo de que estaba dispuesto a correr como un negro para vivir como un blanco?
Y el tercer factor que considero es aquel por el que se pretende, erróneamente, que, cambiando el lenguaje, se modifica la realidad. Se evita o se destierra una palabra para así alterar nuestra visión de las cosas. Según esta postura, no se debería emplear la expresión no ser manco alguien, ‘ser digno de consideración por su calidad e importancia’. Por la misma razón, no debiera utilizarse coger antes a un mentiroso que a un cojo ni mear fuera del tiesto, ‘actuar de manera improcedente’, porque no hay mancos ni cojos, sino discapacitados físicos o mear es un tabú que debe excluirse de nuestro léxico.
Algunos argüirán que siempre habrá posibilidad de buscar alternativas (haber ropa tendida en lugar de haber moros en la costa, o ser una olla de grillos en lugar de ser una merienda de negros). Pero esa posibilidad se da en pocas ocasiones. Así que mejor es no ver fantasmas donde no los hay. O al menos eso creo yo.

martes, mayo 25, 2010


GUADAMECÍ

Como el tiempo parece que ya lo va pidiendo, gozábamos Zalabardo y yo de una cervecita bien fresca mientras hablábamos de cosas por lo general insustanciales, de acuerdo a como deben ser la mayoría de nuestras conversaciones. Le contaba yo que, cuando estaba en activo, tenía la costumbre de decir a mis alumnos que la que más admiraba entre las posibles virtudes de un estudiante era la de la curiosidad, por ser esta, a mi parecer, la madre de todo conocimiento.
Y a propósito de tal tesis, le contaba también que, días atrás, durante un viaje con alumnos a Córdoba, uno de ellos, tras leer el Hermana Marica de Góngora, preguntó a José Manuel Mesa qué significaba guadamecí, pregunta de lo más oportuna porque para cualquier persona de hoy dicha palabra debe sonar a chino. “Mejor a árabe”, me repuso de inmediato Zalabardo, “porque tal término designa un tipo de cuero adobado y adornado con dibujos de pintura o relieve, procedente de la ciudad libia de Gadames y que ya hoy se lleva poco”. Me asombró la presteza de su respuesta y así se lo dije, a lo que añadió: “La verdad es que a mí también se me da muy bien eso de acumular conocimientos inútiles o cuasi inútiles”. Y me quedé dudoso, pues ignoraba si eso lo decía con alguna aviesa intención.
“A propósito del guadamecí...”, iba a proseguir yo, y él me interrumpió: “Vas a hablar hoy de los epónimos”. Desde luego que hay días en que Zalabardo está sembrado y no solo es ocurrente e ingenioso sino que parece adivinarme el pensamiento.
Y es que las formas de enriquecimiento del léxico, los modos de inventar nuevas palabras son casi ilimitados. Uno muy usual es el de recurrir a la eponimia, que no es sino una modalidad algo más restringida de la metonimia: llamamos a una cosa con el nombre de otra. Específicamente, la eponimia consiste en que un nombre propio deviene o da origen a un nombre común o a un adjetivo. Del tipo de guadamecí, podríamos citar damasco, muselina o satén (tejidos procedentes de la capital siria, de Mosul o de Tse-Thung, llamada por los árabes Zaitún, respectivamente). O cuero de tafilete, porque es originario de la región marroquí de Tafilalt.
La ciencia y la técnica usan profusamente este recurso, como vemos en las unidades físicas julio o amperio (de James Prescott Joule y André-Marie Ampère), en diésel (por R. Diesel) y en zepelín (por F. von Zeppelin). La medicina nos ofrece, como ejemplos más conocidos, down, alzhéimer o párkinson. Y en las matemáticas hallamos guarismo (que procede de Al Huwarismi). Entre las prendas de vestir podemos citar la rebeca (por la prenda que usaba la protagonista de la película del mismo nombre de Hitchcock), las manoletinas (por el torero Manolete), los leotardos (por el acróbata francés Jules Leotard), los pantalones bermudas (por las islas de ese nombre) o el cárdigan (por J. T. Brunnell, duque de Cardigan).
La literatura, sin salirnos del ámbito español, nos presenta los casos de donjuán, quijote, lazarillo y celestina.
Y hay algunos casos cuya historia resulta realmente curiosa. Así, silueta proviene de Etienne de Silhoutte, político francés apoyado por Mme Pompadour que quiso imponer un impuesto sobre ventanas por lo que fue pronto destituido. Para burlarse de él, se dio su nombre a todo dibujo que estuviera inacabado. John Montagu, IV conde de Sandwich, no quiso levantarse de una partida de cartas y pidió para comer que le sirvieran unos emparedados que, desde entonces, recibieron el nombre de sándwich. La guillotina debe su nombre al cirujano francés J. I. Guillotin, que inventó su artilugio para evitar sufrimientos a los ajusticiados. O el nombre que se da a los aficionados violentos en el deporte, hooligan, debido a Patrick Hooligan, matón londinense del siglo XIX cuyo nombre apareció en una reseña del The Times.
Y se podría seguir, pues la lista es casi inacabable. Pero me parece que ya es más que suficiente con los ejemplos aportados.

viernes, mayo 21, 2010


SAMBENITO

En estos tiempos de penuria económica, conversamos Zalabardo y yo de las medidas adoptadas por el Gobierno para paliar la grave situación, se oyen comentarios para todos los gustos. Parece que, casi de modo general, la decisión más aplaudida por el personal ha sido la de bajar el sueldo de los funcionarios. Quede claro, ha sido aplaudida por quienes no son funcionarios, como es de suponer.
De siempre, los funcionarios han tenido (hemos tenido, pues yo, aunque ya jubilado, lo he sido) mala prensa. Y digo yo que en este colectivo, como en cualquiera, hay de todo, pues ese refrán que dice que en todas partes cuecen habas es bastante certero, como casi todos los refranes. Pero siempre es bueno tener alguien a quien echar las culpas, en quien descargar las responsabilidades para desahogar las conciencias de las culpas propias.
Mira que hay, le digo a Zalabardo, formas de atajar la crisis, maneras de recortar gastos y sistemas para generar ingresos (se pueden aumentar los impuestos sobre las rentas más altas, se puede intentar poner coto a los desmanes de los bancos, se puede meter mano y otorgar otra regulación tributaria a las sicav, se puede cortar de raíz la economía sumergida, etc., que de eso sabe cualquiera más que yo), pero, mira por dónde, se les mete mano a los sueldos de los funcionarios y a las pensiones, que es lo más fácil, y parece que todo está resuelto.
No voy a defender aquí a los funcionarios. Si en época de vacas flacas hay que ser solidarios, habrá que serlo, pero digo yo que lo podríamos ser todos. Y es que por ahí hay sueldos muy rumbosos y más apetitosos que los de los funcionarios, que, al fin y al cabo, llevamos no sé cuánto tiempo ya con nuestras retribuciones “cuasi” congeladas. Pero, ya digo, a nosotros se nos ha echado el sambenito y se nos ha cargado con el muerto de la crisis.
Pero ya está bien, que no quería insistir hoy sobre reducciones de sueldo ni sobre congelación de pensiones (ya lo hice hace unos días), sino precisamente sobre estos dichos: echar a alguien el sambenito y cargarle el muerto a alguien. Ya sabemos que ambas cosas significan ‘hacer recaer las culpas sobre alguien’. Pero veamos el origen de cada una de ellas.
Sambenito procede, como bien explica Covarrubias, de saccus benedictus, ‘saco bendito’; en la Iglesia primitiva, los que hacían penitencia pública se colocaban en la puerta de los templos vestidos con unos sacos o cilicios bendecidos por un obispo o un sacerdote hasta que cumpliesen el tiempo de su penitencia. De allí, la Inquisición vistió con estos mismos sacos, especies de escapulario de los hábitos eclesiásticos, a sus condenados, aparte de colocarles una coroza o capirote. Por contagio con la vestimenta de los frailes de San Benito, el nombre de este saco derivó en sambenito. El sambenito llevaba, por lo común, una cruz de San Andrés, aparte de algunos otros motivos dibujados que servían para indicar a la gente cuál era la culpa del reo que lo portaba. De ahí que echar, poner o colgarle el sambenito a alguien sea culparlo de algo.
La historia de cargar el muerto a alguno es también bastante antigua y la cuenta el gaditano José María Sbarbi en su Gran Diccionario de Refranes. Ya en la Edad Media, cuando dentro del término de una población aparecía el cadáver de alguien muerto con violencia, si no era posible indagar quién había sido el autor de aquella muerte, todo el pueblo era considerado responsable, por lo que se le imponía una caloña o pena pecuniaria a la que se daba el nombre de homicidio.
Esta era la razón por la que cuando se cometía una muerte violenta y se desconocía al causante, los habitantes del pueblo, antes de que interviniera la justicia, procuraban trasladar la víctima a otro lugar para así librarse de la multa. Con su acción, cargaban o echaban el muerto a otros.
Lo malo del caso es que ahora se conoce quiénes son los causantes y culpables del desaguisado que vivimos. Sin embargo, siempre será bueno que haya funcionarios a los que culpar. Veremos en qué queda todo.

martes, mayo 18, 2010

CUANDO EL DIABLO NO TIENE QUÉ HACER...

Con aire socarrón y un tanto provocador, eso es lo que me suelta Zalabardo cuando le insinúo el tema que pretendo tratar en este apunte. Prefiero no hacerle caso porque sé que, al final, y después de todo, a él le gusta mirar lo que escribo y apostillar cualquier cosa a lo que resulte. Y como sé, también, que sus comentarios, por lo general, son acertados y me orientan, procuro evitar las discusiones.
El caso es que, en uno de mis recorridos diarios, pasaba el otro día por la calle Mefistófeles, el mismo diablo, cercana al Palacio de Ferias, a espaldas del Centro Comercial Bahía. Más de uno me dirá que Mefistófeles no es propiamente Satanás, pero para el caso es como si lo fuera. Bueno, pues a mí me dio por pensar que, aunque no reparemos en ello, el diablo tiene una íntima relación con nuestras vidas. Si, como algunos sostienen, el lenguaje muestra la percepción que tenemos del mundo, no hay que más que ver la de nombres con los que citamos a este personaje para dejar constancia de la importancia que le concedemos. Junto a los nombres propios más o menos bíblicos-esotéricos que usamos, Satanás, Satán, Lucifer, Luzbel, Mefistófeles, Belcebú, Leviatán, y alguno popular, como Pedro Botero, no hay sino echar mano de aquellos otros comunes que también usamos a diario: diablo, demonio, diaño, demongo, diantre, mengue, o los apelativos el maligno, el tentador, el maldito, el patas, la serpiente, el malo...
Y si vamos al terreno de los refranes, ya mejor sería no hablar, porque se empieza y no se acaba: A quien Dios no le dio hijos el diablo le dio sobrinos; el diablo, antes de ser diablo fue abogado; en arca de avariento, el diablo yace dentro; al que no tiene faena el diablo se la da... Ya digo, los que queramos.
Mas, pese a cuanto parece deducirse de estos nombres y dichos, a lo que quiero llegar es a que, en esta mixtura que todos somos, en esta mezcla de bien y mal que nos constituye y que no podemos evitar, acabamos por entablar una relación amistosa con el diablo y por sentir una cierta admiración hacia su figura, y no diré ya hacia su persona, pues ignoro si podemos decir que sea persona.
Que hay una fusión tal vez indisoluble en esta amalgama Jekill/Hyde que somos es posible verlo en ese refrán que admite que detrás de la cruz está el diablo o aquel otro que afirma que donde Dios tiene un templo, el diablo monta una capilla. Y nuestra admiración hacia él queda patentizada en ese más sabe el diablo por viejo que por diablo, que refleja el valor que concedemos a la experiencia acumulada en el largo cómputo de sus años. Y si no, pensemos que, cuando queremos expresar nuestra simpatía por la manera en que alguien solventa cualquier asunto más o menos complicado, solemos decir aquello de ¡diablo de hombre! o, cuando deseamos manifestar nuestro cariño y comprensión por las travesuras de nuestros pequeños, los calificamos de diablillos.
Pero, volviendo al paseo diario y a la calle Mefistófeles, que de ahí viene todo esto, lo que en un principio pensé es que, estando este individuo tan ligado a nosotros, son, sin embargo, pocos los casos en que mostramos tal afecto en forma de manifestaciones externas. Y ya sabemos que una de las formas de honrar que los humanos tenemos es la de dedicar calles o erigir monumentos.
Vamos a lo de las calles. Pensaba yo: ¿cuántas calles tiene dedicadas el diablo en nuestros pueblos? Y me puse a buscar. El resultado de la búsqueda da que, aparte de la calle de Málaga, hay una calle Mefisto en Zaragoza. Y como calle, callejón o puente de los diablos, creo que existen en Toledo, Bilbao, Ontinyent, Montemayor y en una aldeíta de Burgos y otra de Granada. Y pare usted de contar. Nadie me negará que ocho calles en todo el país es muy poco. Sobre todo si comparamos, por ejemplo, con los Reyes Católicos, que a su modo también fueron unos diablos, y vemos que en una muy somera búsqueda en Google maps nos aparecen no menos de treinta (que sin duda serán más) calles, plazas, y avenidas a ellos consagradas.
Aunque de lo que peor andamos es de estatuas. Todo el mundo está lleno de esculturas que honran a generales, santos, inventores, descubridores, fundadores y yo qué sé más. Muchos de ellos son totalmente desconocidos para quienes pasan a su lado y, sin embargo, ahí están. Pues bien, las erigidas en honor del diablo son mínimas y el resultado es que encuentro solamente tres. El ángel caído, en el Parque del Retiro de Madrid, que representa el momento de su vencimiento y su hundimiento en los abismos. El ángel rebelde, en el Capitolio Nacional de Cuba, que nos ofrece el momento en que Lucifer, soberbio, proclama su rebeldía frente a Dios, y El poder brutal, o El diablo de Tandapi, enorme rostro de Satán esculpido sobre una roca a orillas de la carretera que conduce de Guayaquil a Quito, en Ecuador.
¿No parece poca cosa para tan entrañable personaje?, le pregunto a Zalabardo. Me mira, se queda pensativo y, tras unos instantes de reflexión, se limita a exclamar: “¡Psss. Lo que yo decía!” No es que anime mucho, pero ya que tengo completado el apunte, lo dejo tal como está.

jueves, mayo 13, 2010

SI TÚ ME DICES VEN...

Obama ha llamado por teléfono a Zapatero. Y, ¡oh, milagro!, el presidente, el nuestro, como nuevo Saulo en el camino de Damasco, ha caído del caballo, si no del burro, y ha visto la luz, ha comprendido, al fin, que estamos en crisis y que hay que hacer algo que no sea simplemente hablar y marear la perdiz.
Parece mentira la fuerza que tienen las palabras y lo que se puede hacer y deshacer con ellas. Hay quienes juegan con las palabras tratando no de reflejar la realidad, sino se amoldar esta a lo que les interesa, aunque eso que parece interesar pueda no ser lo deseable para el conjunto. Zalabardo me dice que comprende que Zapatero, como todos los políticos, se escude tras las palabras para tratar de convencernos de aquello que a él le interesa. Pero Zalabardo, que en política se ha vuelto un descreído, afirma que el común de los políticos, cuando hablan, priman el interés de sus partidos sobre el de los ciudadanos. Por eso, difícilmente un político dirá que lo ha hecho mal, aunque su gestión haya sido un desastre.
¿Recordáis cuando el actual problema mundial estaba en sus comienzos y todo el mundo hablaba de la crisis que nos envolvía? Todo el mundo menos Zapatero, para quien, si acaso, lo que había era una desaceleración del crecimiento. ¿Desaceleración? Frenazo tan en seco que, por fuerza de la inercia, nos ha hecho salir lanzados hasta quedar sentados de culo y maltrechos en mitad de la carretera.
Pero ha bastado que llame Obama, bueno y otros, para darle un tirón de orejas y nuestro presidente hablaba ayer, miércoles, en el Parlamento, de la crisis tan dura y compleja que estamos viviendo desde el verano de 2008. Por fin se ha dado cuenta y ha comprendido que lo que él creyó simple desaceleración era una crisis en toda regla. Y en su discurso del miércoles, que Zalabardo y yo hemos leído detenidamente, ha utilizado, si no me equivoco, seis veces la palabra. Vaya, hombre, dirá alguno, Zapatero le ha perdido por fin el miedo a la palabra crisis. Algo es algo.
Pero comento con Zalabardo que al presidente le siguen dejando en evidencia sus palabras, y parece como si quisiera disimular la realidad en que estamos y valerse de la tramoya, como en el teatro, para sugerir otra diferente. De todo su discurso, nos hemos quedado con dos perlas que nos han parecido merecedoras de reflexión, puesto que no son, ni más ni menos que un intento de justificar quiénes, en último extremo, van a ser los paganos de la crisis.
Dice la primera perla: Los empresarios que han visto frustradas o reducidas sus aspiraciones han pagado con creces su peaje a esta crisis. No es a ellos a los que quepa demandar solidaridad, sino a la inversa, ofrecérsela. Magnífico. En tiempos de bonanza, los empresarios son los que se forran. Pero cuando llegan las vacas flacas y los poderosos ven frustradas sus aspiraciones (de beneficios) ahí están el veinte por ciento de población activa en paro, o los funcionarios a los que se recortan sus ingresos, o los jubilados a quienes se les congela la pensión, o las futuras madres, o los afectados por la ley de Dependencia para asumir el peaje de la desaceleración devenida en crisis. Y, qué porras, aquí estamos para echar una mano, y lo que haga falta, a empresarios, banqueros y especuladores, que, los pobres, ganan menos de lo que pretendían
Y dice la segunda perla: Soy consciente de que los ciudadanos no entenderán que, ... cuando estamos empezando a salir de la crisis, precisamente ahora se les pida más esfuerzos. Naturalmente que no lo entenderemos; si, según sus palabras, hemos capeado la crisis sin apenas haber tomado medidas, ¿a qué tomarlas ahora que estamos saliendo de ella?
Y todo esto, lo digo al principio, por una llamada de Obama. ¡Con las ganas que Zapatero tenía, tal vez envidioso de la amistad Aznar-Bush (¡menuda pareja!), de echarse por amigo a un presidente americano! Y ahora que el amigo americano ha llamado, Zapatero se ha apresurado a tomar medidas. Solo que estas, frente a lo que no paraba de prometer, sí tendrán unos costes sociales. Esperemos que, al menos, sirvan para que no sigamos el camino de Grecia.

lunes, mayo 10, 2010


LIDERESAS

Hay días en que las palabras nos saltan a la cara como si quisieran llamar nuestra atención y nos pidieran que abogásemos por ellas en pro de conseguir siquiera una mínima concesión en el uso que de ellas hacemos. El otro día fue eso precisamente lo que me pasó. Durante la lectura de un periódico fueron no menos de cuatro las veces que me topé con el término líder. Pero me quedaré, para lo que me interesa, con solo dos ejemplos.
Ahí va el primero: Una docena de Damas de Blanco encabezadas por su líder, Laura Pollán.
Y aquí está el segundo: “He cortado todas las cabezas de los implicados”, presume la líder madrileña.
En los dos casos, vemos que el sustantivo designa a mujeres, lo cual no tiene nada de extraño porque ya sabemos que los sustantivos acabados en –ar (militar), en –er (mercader), en –ir (faquir) o en –ur (augur), así como otros muchos, son comunes en cuanto a su género, es decir se utilizan indistintamente para masculino y para femenino con la sola diferencia de anteponerles el artículo el o la.
Sin embargo, siendo esto tan claro que no admite discusión, le informo a Zalabardo de que quisiera que la cuestión no se quedara ahí. Algo así como aquello del Estoy de acuerdo y el No me convence de Agamenón y su porquero en el muy repetido texto de Antonio Machado. Quiero decir, en resumidas cuentas, que, pese a todo, no sé si habría que plantearse ir abriendo camino a una forma, no ya tan rara, como lideresa para designar a la mujer ‘a la que un grupo sigue reconociéndola como jefe u orientadora’. Pudiera parecer esto que digo un sinsentido, un ir contra la norma; pero no es así, pues me fundamento en lo siguiente:
1. El Diccionario Panhispánico de Dudas, cuando explica qué es un sustantivo común en cuanto al género, no deja de reconocer que en algunos casos se utilizan femeninos de esta palabras. Y cita juglaresa, choferesa y lideresa.
2. La Nueva Gramática académica dice que el sufijo –esa da lugar, aunque con distinta extensión geográfica a pares como (y cita entre otros muchos) chófer/choferesa, diablo/diablesa, jeque/jequesa o líder/lideresa.
3. La propia Gramática reconoce más adelante que el género en los nombres que designan profesiones o actividades desempeñadas por mujeres está sujeto a cierta variación y que la lengua ha acogido en ciertos medios voces como bedela, coronela, edila, jueza o plomera, no para designar a la esposa de quien ejerce tales cargos, sino a la mujer que pasa a ejercerlos. ¿Por qué no hacer lo mismo, pues, con lideresa?
4. Me pongo a buscar en el DRAE, avance de la 23ª edición, determinados sustantivos afectados por este caso y encuentro que, mientras el Panhispánico y la Gramática tratan las voces sumiller, ujier y linier como comunes en cuanto al género, el Diccionario dice que son formas masculinas, lo que nos permitiría interpretar como posibles los femeninos sumillera, ujiera o liniera.
¿Se puede interpretar, según lo anterior, como signo de veleidad o poca firmeza de criterio lo que se dice en las obras académicas? Por supuesto que no. Lo que ello viene a demostrar, a mi humilde juicio, es algo que se ha dicho aquí repetidas veces: que la lengua es un organismo vivo que evoluciona y cambia y que los cambios sociales producidos en los últimos años, sobre todo aquellos que afectan al papel desempeñado por la mujer, habrán de tener su reflejo en el lenguaje.
Cuidado, que no hablo de esa pretendida reparación sexista que busca la feísima e incorrecta duplicidad genérica en el habla y en la escritura (los profesores y las profesoras, los andaluces y las andaluzas, etc.). Hablo de que hubo un tiempo en que ser juez, chófer, ujier, médico, etc. se consideraba algo privativo de hombres; una vez que las mujeres acceden a estas profesiones, creo que debería hablarse también de juezas, choferesas, ujieras o médicas. Y, naturalmente, de lideresas.

martes, mayo 04, 2010

EL CAMINO MÁS NATURAL

Vivimos en un mundo, me comenta Zalabardo, en el que parece que, por encima de todo, atrae ese lema circense del más difícil todavía. No tengo otro remedio que darle la razón, pues sin tener que buscar demasiado, sin separarnos en exceso de nuestro entorno, podemos presenciar a cada instante cómo no se valora tanto el resultado de una acción, sino la dificultad añadida que se le ha buscado para que las bocas de los espectadores se abran en un oh de admiración.
La sencillez, la naturalidad, la espontaneidad se ven suplantadas a cada vuelta de esquina por lo complicado, lo difícil, lo barroco y lo abigarrado. No debiera ser así, pero muchas veces lo es y, además, con gran éxito de crítica y público.
Sin embargo, continúa con su argumentación Zalabardo, hay actividades en las que el razonamiento anterior parece quedar desmentido. Así sucede, por ejemplo, con una de tanto riesgo como el montañismo. Los montañeros, al menos la mayoría de ellos, buscan siempre, como el río busca su camino hacia el mar, la más segura senda para alcanzar la cima. Es este un ejercicio que entraña tal dificultad ya de inicio que no necesita escudarse en el doble salto mortal para concitar el aplauso y el respeto públicos.
Podría parecer que esto de lo que me habla Zalabardo no sea extrapolable al uso y manejo del idioma, pero, no sé bien por qué, a mí me ha venido a la mente una anécdota que me contaba el otro día Joaquín Martínez. Me decía: ¿Sabes que hace unos días, en la clase, dije dador y los alumnos me preguntaron extrañados si esa palabra existía? Tal fue su reacción, que hasta yo, por momentos, dudé de que existiera.
Esta reacción de los alumnos, que coincide con la de otra mucha gente, es la propia de quienes, aparte de la duda sobre que una palabra exista, no se plantean nunca que pudiera existir. Por supuesto que dador existe. Pero, además, resulta que –dor es uno de los sufijos más comunes para formar nombres sustantivos de persona, instrumento y lugar a partir de verbos: educador, adaptador, exhibidor, pintor, etc. Pienso ahora en una palabra tan extraña y de tan poco uso, hasta el punto de que normalmente solo la vemos en los crucigramas, como pueda ser adir, ‘aceptar una herencia tácita o expresamente’. ¿Con qué nombre designaríamos a la persona que acepta dicha herencia? Simplemente, con adidor. Tal vocablo no aparece en el diccionario, pero ¿quién nos niega que pueda existir y que la podamos usar?
Dador se deriva de dar. Lo que pasa es que, comúnmente empleamos más donante, que se deriva también de dar, aunque a través de don (en latín donum < dare); es decir, que llega hasta nosotros por un camino más complicado, por una ruta más enrevesada. Dador, que según el diccionario significa ‘que da’ y ‘portador de una carta de una persona a otra’, es la palabra más común con que se designa a la persona cuya sangre se puede transfundir a otra. De esta forma, el individuo que posee el grupo sanguíneo 0 es considerado como dador universal. Sin embargo, a quienes de forma altruista no dudan en dar su sangre para los demás, los llamamos donantes y no dadores. O sea, lo que digo de elegir el camino menos natural.
Y como aviso para quienes buscan el camino menos natural en eso del lenguaje, le recuerdo a Zalabardo que, en una carta enviada a Carmen Laforet con motivo de la publicación de Nada, Juan Ramón Jiménez escribía: Ahora yo, que estoy repasando toda mi obra escrita para una edición definitiva (y no mirarla más), me deleito en quitar todas las palabras menos naturales, “estío” por verano; “cual”, por como; “gualdo”, por amarillo; “mas”, por pero; “albo”, por blanco; “estramuros”, por trasmuros; “calosfrío”, por escalofrío, etc. Gracias a mi destino, “empero” no lo he usado nunca.
En el lenguaje, eso es lo natural, lo espontáneo y lo sencillo.

jueves, abril 29, 2010

EL DÍA DEL ESPAÑOL

Esta mañana, Zalabardo se ha levantado bastante mohíno. La eliminación del Barça le ha afectado profundamente. Le digo que levante el ánimo, que perder una eliminatoria no es tan grave y que hay cosas peores. Me responde que él entiende que en toda confrontación deportiva no gana uno si no pierde el adversario y que se puede ser grande también en la derrota. Pero, continúa, lo que le ha dolido no ha sido tanto la eliminación sino el modo en que esta se ha producido: sin haber sido capaz de desarrollar un juego que se impusiese a la más rácana y negativa expresión que pueda darse del fútbol. Porque lo que el Inter hizo anoche no es fútbol sino la más perfecta representación de lo que los italianos llaman catenaccio y aquí se conoció toda la vida como plantar el autobús. Termino argumentándole que, en efecto, si bien los italianos hicieron antifútbol, los nuestros tampoco estuvieron muy virtuosos que digamos. Y me lo acepta.
Como Zalabardo, de siempre, ha sido muy buena persona y con tendencias filantrópicas, me responde que, con todo, nos debe de quedar el consuelo de haber dado a los madridistas la única alegría que han tenido en muchos meses.
Y, para aliviarle el ánimo, le propongo que juguemos una partida de palabras cruzadas en la página El Día del Español (eldiae.es). El Día del Español es una iniciativa que ya inició el Instituto Cervantes el pasado año y que este año se celebrará el próximo 19 de junio. Esta página de la que hablo recoge varias opciones. Una es El juego del español, que permite jugar a las palabras cruzadas ya sea enfrentándose a la máquina o compitiendo contra otros usuarios de cualquier parte del mundo. En este juego, cada uno puede adaptar la partida a diferentes niveles.
Otra, Las palabras del día e solicita la participación de quienes entran en la página para proponer y votar su palabra favorita de entre las de nuestra lengua. No es una iniciativa muy original que digamos puesto que ya en 2006 la Escuela de Escritores hizo algo parecido al pedir que se votara para elegir la palabra más bella del castellano y, en 2007, que se apadrinara una palabra que estuviera en desuso para colaborar a su mantenimiento. De todas formas, y a título de información, diré que van ganando arrebañar, gamusino e infinito. Ninguna goza de nuestros favores.
El Ficcionario es una sección con un algo de surrealismo, pues lo que propone no es otra cosa que inventar palabras. Allí podemos encontrar abanikon, ‘cámara fotográfica con refrigeración’, amoriempre, amor que dura para siempre, o cotobelo, ‘animal que vive en los túneles de los ferrocarriles’. Zalabardo me dice que, con perdón para los que las sugieren, en el Diccionario de Coll había más originalidad y humor.
Hay más cosas en eldiae.es; todo es cuestión de entrar y rastrear por ella.
En fin, el día no da para más. A ver si, con El juego del español, consigo desmurriar a Zalabardo.

lunes, abril 26, 2010


UN LUGAR NO EN LA TIERRA

Vicente Aleixandre usó el calificativo de ciudad no en la tierra para expresar su amor y admiración hacia Málaga. Y en La saga/fuga de J. B., de Gonzalo Torrente Ballester, Castrofuerte del Baralla era una ciudad a la que la enemistad y la inquina político y administrativa sumieron desde la Restauración en tal grado de silencio que ni siquiera figuraba en los mapas. A esto, Castroforte unía un secreto: algunos días de niebla, la ciudad se desataba de sus cimientos y levitaba, perdiéndose entre las nubes. Así sucedió que una vez que un grupo de agrimensores decidieron determinar su posición exacta para volver a situarla en los mapas, coincidió con uno de estos días y no se pudo llevar a efecto la ubicación.
Le cuento esto a Zalabardo porque quiero hablarle del paseo por el monte de ayer domingo ya que, aunque él me suele acompañar en los paseos diarios, a estos de los fines de semana no viene alegando achaques de la edad.
Como digo, ayer decidimos aprovechar el día para corretear por los montes. Hicimos un recorrido nuevo: el que va desde Frigiliana hasta El Acebuchal. Conocimos el sendero a través de internet, buscando recorridos por la Axarquía que no hubiésemos realizado antes. Nos llamó la atención que se hablase de El Acebuchal como unas aldeas perdidas en un barranco de la Sierra Almijara y que fueron abandonadas tras la Guerra Civil. Nos hicimos, pues, a la idea de que íbamos a visitar un pueblo fantasma.
Cuando se sale al monte, aparte de abstraerse de todo cuanto supone la agitación urbana, aparte de huir de los ruidos y el tráfico, el mayor placer es el de la sorpresa; sorpresa de saber qué hallaremos tras el recodo de aquella curva o tras la cima de aquella loma. En ocasiones no hay sino la continuación del sendero y otra nueva curva o una nueva loma a la que también hay que ascender. Pero en muchas ocasiones nos sorprende un árbol, una flor, un arroyo, unas peñas, un horizonte renovado o, simplemente, el canto de un pájaro.
Dejamos el coche en la circunvalación de Frigiliana y comenzamos a andar por la carretera local que une este pueblo con Torrox, cruzando la sierra. A cosa de tres kilómetros, hay que desviarse hacia la derecha cogiendo una pista que sube bordeando siempre el macizo que forma El Fuerte. Por aquí comenzó a envolvernos una sospechosa niebla y yo pensé si El Acebuchal sería como Castroforte y no lo encontraríamos nunca. Pero, afortunadamente, la niebla levantó pronto y se nos quedó un bello día primaveral. Dos kilómetros después, se llega a un lugar llamado Los cuatro caminos (¿imagina alguien por qué será?) y se dobla de nuevo a la derecha para empezar a bajar durante el kilómetro que resta para la meta.
Pero, a unos trescientos metros de este cruce de caminos y después de doblar una curva a la derecha, surgió esa sorpresa de la que antes hablaba. Ya digo que marchábamos en busca de un pueblo fantasma, pero lo que nos sorprendió fue una rutilante mancha blanca de cal en medio del verdor del paisaje que hirió de improviso nuestros ojos y que se extendía por el fondo de un barranco. Según nos acercábamos, la blancura de la cal se matizaba con pequeñas notas de color que ofrecían las puertas y ventanas de las casas: malva, añil, verde, esmeralda... Esta paleta de colores individualizaba cada casa.
Porque sucede que El Acebuchal es una aldea, en realidad son dos, separadas la una de la otra por unos escasos trescientos metros, no solo rehabilitadas, sino además rehabitadas, que han acondicionado sus casas para el turismo rural. En lugar de los muñones de casas destruidas por el tiempo y el abandono, lo que hallamos fue un bello enclave en la sierra axarqueña, impensable por su limpieza, un grupo de personas con las que pudimos hablar sin ninguna prisa y un bar en el que disfrutamos de unas fresquísimas cervezas acompañadas de un buen plato de chorizo y morcilla antes de coger el camino de regreso.
A todo esto, ni El Acebuchal ni su carreterita, si se la puede llamar así, aparecen en los mapas. No está ni en el de la Diputación malagueña ni en el de Andalucía de la Junta. Solo los he visto reflejados en el mapa oficial de carreteras de España, de Fomento, y en el de Repsol, aunque su final aparece denominado como Venta del Jaro. Por ello podríamos decir que El Acebuchal, como Málaga, es uno de esos lugares no en la tierra, por su belleza, y que, como Castroforte, no figura en los mapas. Me queda por saber si levitará algunos días de niebla.

Con todo, el paseo vale la pena.

viernes, abril 23, 2010

DESECHOS

Hace apenas una semana se ha entregado el II Premio Internacional Don Quijote de la Mancha, con los que, como se sabe, la Fundación Editorial Santillana y el gobierno de la Comunidad de Castilla-La Mancha premian la labor realizada en pro de la difusión de la lengua española. De las dos categorías que contempla dicho galardón, me interesa destacar la que premia la labor individual. Se pretende reconocer a aquellos “autores, investigadores, profesores o editores cuya obra y trayectoria hayan enriquecido el patrimonio colectivo de la lengua y de la cultura española”. Este año, los premiados han sido el peruano Mario Vargas Llosa y la presidenta de Filipinas Gloria Macapagal Arroyo.
Le digo a Zalabardo que recuerdo esto aquí porque soy de la creencia de que los premios, aparte de reconocer unos méritos, tienen el objetivo didáctico de convertir a los premiados en ejemplos y modelos en los que deberíamos mirarnos el resto de los mortales. Y es que, careciendo de las cualidades que ellos tienen, ¿quién lo duda?, siempre habrá algo que podamos hacer.
Está claro que no podremos emular el estilo y la calidad narrativa, ni la donusura en el uso de la lengua que distingue a Vargas Llosa. Tampoco está en nuestra mano hacer por la difusión de nuestra lengua lo que ha hecho la presidenta filipina. Pero, siendo esto claro, también lo es que el más humilde de nosotros será capaz de aportar un pequeño grano de arena a la tarea. Como me dice Zalabardo con frecuencia, un grano es poco, tal vez insignificante; pero muchos granos pueden hacer una montaña.
En este sentido, siempre recuerdo, alguien dirá que soy un pesado porque lo he repetido varias veces, lo que nos decía don Manuel Alvar, mi admirado profesor y maestro, en las aulas de la Facultad de Letras en la granadina calle Puentezuelas: “Nuestra lengua es un rico patrimonio que hemos recibido de nuestros antecesores y habremos de pasar a nuestros sucesores. Si no podemos enriquecerla, al menos procuremos pasarla en el mismo estado en que la recibimos.”
Me dice Zalabardo que me voy poniendo muy serio y que eso no es buena señal, ya que anuncia que estoy deseando dar un buen palo a alguien. Lo tranquilizo y le aseguro que pienso callarme el nombre del pecador, aunque denuncie aquí el pecado. Y es que hace tiempo que no traigo a estos apuntes denuncias de fallos flagrantes, de esos que no debieran nunca cometerse, al menos, en determinados medios y por determinadas personas.
Primera perla. En una información del pasado 17 de abril que firmaba una corresponsal de EL PAÍS sobre la detención de un presunto homicida que vivía desde hacía dos años escondido en un monte de Estepona se afirmaba que pasaba las noches en una caseta de animales desvencijada y que se alimentaba de *deshechos; por lo visto, esta corresponsal no ha sido consciente de su confusión entre deshacer y desechar. Y segunda. El pasado 20 de abril, en el programa España directo, de la Primera de TVE, se emitió un reportaje sobre personas que compran un local comercial y lo adaptan para vivienda. La reportera preguntaba a los protagonistas si habían tenido problemas para conseguir la *célula de habitabilidad. En principio, pensé que había oído mal y que realmente había dicho cédula; pero no, pues repitió en otros dos casos la pregunta y pude percibir con claridad que decía célula.
Quiero imaginar que las dos personas afectadas sabían, la una, que los restos que se desprecian son desechos y no deshechos, y que el certificado, el documento que determina la habitabilidad de una construcción es una cédula y no una célula. Quiero pensar también que todo ha sido un lapso, una equivocación cometida por descuido. Pero, y aquí veo lo más grave, ¿qué controles hay en el diario y en el programa citados que no detectan tales descuidos y los dejan aflorar, con lo que los convierten en errores imperdonables?
Le comento a Zalabardo lo que me decía José Francisco acerca de que hoy tenemos a nuestra disposición un gran número de publicaciones, muy actualizadas, de consulta: gramáticas, diccionarios de uso o de dudas, manuales de ortografía, libros de estilo. Sin embargo, a veces me parece que lo que demostramos es una gran desidia, no quisiera decir desprecio, hacia nuestra lengua.

martes, abril 20, 2010


DADY MÍOOO

Consultando un comentario, sobre un diccionario, de Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de las Letras y miembro correspondiente de la Real Academia Española nos encontramos, al final, y sin entender muy bien a qué viene eso allí, con una curiosa versión del Padre Nuestro que tiene todas las pintas de estar redactada en la jerga de algún grupo particular. Intrigados, nos ponemos a buscar y, efectivamente, hallamos una página en la que dicha versión se identifica como la de los chetos.
Me pregunta Zalabardo qué es eso de los chetos y le contesto que lo ignoro, pero que debe ser una de las tantas tribus urbanas que pululan por ahí. ¿Y qué es una tribu urbana?, continúa Zalabardo, que, en estas cuestiones, parece estar incluso más perdido que yo mismo. Le explico que una tribu urbana es un grupo de personas, por lo general jóvenes, que se caracterizan por defender una ideología particular, coincidir en una estética similar, mantener unos determinados gustos musicales y que, por lo común, se mueven en el ambiente de una ciudad. Además, intento explicarle, cada uno de estos grupos se diferencia de los otros por utilizar una jerga o modo de hablar propia.
Me contesta Zalabardo que, si no ha entendido mal, una tribu urbana debe ser algo parecido a aquellos de los -yés, de hace cincuenta años, y que es el único grupo urbano al que él entendió. Sea como sea, le ayudo en su búsqueda y nos encontramos que los chetos son un grupo argentino de jóvenes inclinados por todo aquello que sea esnob, afectados y superficiales, atraídos por la ropa de marca, por la música electrónica y, por lo general, con una disponibilidad económica alta. Estos chetos, como cualquier otro grupo, juvenil o no, tienen su propio código expresivo que los diferencia de cualquier otro grupo. Los chetos, leemos, tienen su correspondencia en casi todo el mundo y vienen a ser lo mismo que los pijos de España, los pitucos de Perú, los sifrinos de Venezuela, los cuicos de Chile o los pelucones de Ecuador y creo que podría seguirse con la relación, dentro y fuera del ámbito hispanoamericano.
Respecto a su jerga, a la de cualquier grupo, le digo que no debemos escandalizarnos. Los jóvenes siempre han sido, en todo, rompedores, rebeldes, y está bien que sean así. Luego, con los años, se irán atemperando. Pero, como suele decirse, el mundo es de ellos. Y la lengua, también. Pues bien, ese Padre Nuestro en jerga cheta es el siguiente:

Dady míooo, que estás en el heaven,
santificado sea tu nombre.
Tipo, que venga tu reino a nosotros,
y hacé tu voluntad, o sea, así como en el heaven,
igual en la tierra, ¿me entendés?
Danos siempre el meat de cada día,
pero cero grasa, ¿entendés?
Porque, o sea, gordo no puedo estar, aunque haga pilates.
Nada, sorry por esas cosas que a veces hago que,
yo así como que, o sea, ¡noooo!... Nada que ver con vos,
así como yo perdono a los que me hacen cosas,
pero, Tipo, no querían. ¿Viste? Todo bien con ellos.
Bendice a mi prójimo, a mi papá, a mi mamá, a la mucama,
al personal, a mi terapeuta, al masajista, a mi profe de piano,
al de ala delta..., nada, Tipo, que también a los que me rodean.
Permitime que tenga cero tentación, porque, o sea...,
Vos sabés que el diablo es super grasa
y me quiere hacer cosas que yo... ¡nada que ver!
Todo mal con el diablo, con él es todo, Tipo, naaaa.
Enseñame a ser re top como Vos..., porque tuyo es el reino,
el power, the glory sin éxtasis, o sea,
sos de otro nivel..., ¡sos hiper topísimo!
O sea, ¿me entendés? ¡Re buena onda! ¡Con Vos, todo más que bien!
Nada, Tipo, que gracias por todo, valés mil, areee..., sos lo máximo...
Siempre estás..., never change please. Librame de la mala vibra.
Santo sos por siempre..., tkb, ¡que no se corte!
Amén, ¿ok?

jueves, abril 15, 2010


EL MONTE VICTORIA

El monte Victoria es uno de los diferentes suaves promontorios que constriñen Málaga impidiéndole crecer hacia el norte. Las otras diferentes alturas, aparte de la citada, son el cerro del Calvario, el monte de San Antón y el monte de Gibralfaro. El monte Victoria, como los otros, está fuertemente amenazado por las urbanizaciones que en sus laderas se van construyendo. Su nombre, Victoria, por la cercanía al Santuario de la Victoria, no es el único nombre con el que se conoce este paraje; también se le llama San Cristóbal, por la ermita que en su cumbre hubo dedicada a tal santo y de las Tres Letras, por las que pueden verse escritas en una de sus paredes, que mira hacia el oeste.
Es el monte Victoria un bello paraje al que se sube, al menos por allí subo yo, puesto que hay otros accesos, desde la parte alta del Camino Nuevo, por una calle que se llama precisamente Subida a San Cristóbal, en cuya pared izquierda se puede leer el rótulo de la Urbanización Mirador de Gibralfaro.
La subida es suave y se salva sin demasiado esfuerzo y cuando se llega a las últimas casas construidas nos encontramos unos paneles que nos hablan del interés geológico, botánico y faunístico de la zona y de las actuaciones que se están llevando a cabo para preservarla y poderla convertir en un parque periurbano. Pero, llegados a este lugar, Zalabardo me llama la atención sobre la negativa impresión que uno se lleva: suciedad por todas partes y botellas vacías, indicadoras del uso que se da al sitio, tiradas por todas partes.
Sin embargo, cuando el martes subí, después de algún tiempo sin hacerlo, todo el pasado y lluvioso invierno, los dos, Zalabardo y yo, nos llevamos una gran alegría. Pasada esta primera zona que digo y llegados a la cumbre, pudimos apreciar cómo la parte más alta del monte está siendo repoblada con plantones de pino, encinas y algarrobos y se está construyendo un pequeño mirador. Parece que los esfuerzos por regenerar aquella área son verdaderos.
La subida al monte Victoria es un paseo que merece la pena realizar y, entre las diferentes rutas que sigo en mis diarios paseos, esta es una de mis preferidas. Desde su cima se puede disfrutar de la más amplia y bella panorámica de Málaga que pueda uno imaginar: desde el Palo, por el este, hasta el Guadalhorce, por el oeste, y Ciudad Jardín, por el noroeste. Solamente, hacia el sur, Gibralfaro nos oculta una mínima parte de la ciudad. A nuestras espaldas, por el norte, los Montes de Málaga parecen vigilarla
Hoy llueve y sopla un viento desagradable, pero el martes hacía una agradable mañana de primavera y era un placer dejar que la vista y los demás sentidos se perdieran en todas direcciones. Allí arriba, la mente se despeja y el espíritu se aquieta. Si acaso, sobran las antenas que en el lugar se levantan, pero ese es el peaje que nos exige esta vida de progreso que llevamos. Zalabardo me recordaba, mientras allí estábamos, que una experiencia semejante, de huida de la ciudad, pudo ser la que llevó a Fray Luis de León a escribir su Vida retirada.
Tras media hora en la cumbre, iniciamos el camino de regreso que nos devolvía al ajetreo de la vida urbana. Pero no importaba, porque traíamos oxigenados los pulmones, los ojos llenos de luz del cielo y del mar y los oídos todavía percibiendo el eco del murmullo del aire entre los pinos y del canto de los pájaros.
Antes de cerrar este apunte no quiero olvidarme de recordar que los profesores del Departamento de Ciencias Naturales del IES Pablo Picasso, con José Luis Rodríguez a la cabeza, han confeccionado una página web sobre el Año Internacional de la Biodiversidad. La dirección es: www.iespablopicasso.es/biodiversidad2010 . Os invito a que la visitéis.

martes, abril 13, 2010

CRUCIGRAMAS
Zalabardo, que conoce mi afición por los crucigramas y que a veces me ayuda en la resolución de alguno que pueda resultar un poquitín más complicado, sabe que hay palabras que parecen creadas exclusivamente para ser incluidas en ellos. ¿Dónde si no es en un crucigrama nos vamos a encontrar el vocablo onagro que, como todos sabéis, designa al asno salvaje? Pero, por lo común, las palabras a las que me refiero son breves, casi invisibles a causa de las pocas letras que se emplean en su representación, y que, por tanto, ayudan mucho a los autores de crucigramas para ir rellenando las casillas sueltas que van quedando por aquí y por allá. No suelen pasar de las tres letras y resultan familiares a todos los crucigramistas: tas, bao, evo, zen, ido, nao, etc.
En el polo opuesto, habría que citar aquellas otras palabras que son largas, interminables, que consumen para su escritura una buena dosis de abecedario. Son palabras muy de hoy, porque vivimos una época en la que, para muchas personas, una palabra no es palabra si no empleamos medio día en decirla o escribirla. Tan es así, que las palabras largas se hacen preferibles a sus sinónimos más breves que, los pobres, son enviados al ostracismo.
Aurelio Arteta, profesor de Filosofía Política de la Universidad del País Vasco, inició en 1995, al menos entonces tuve yo noticia de ello, una especie de cruzada contra los que él llamaba archisílabos, que, en tono burlesco, denominaba también muchisílabos. A partir de entonces, periódicamente publica artículos que son continuación de aquel que tituló La moda del archisílabo y en los que condena esta fea manía de preferir el vocablo más enrevesado y largo sobre el más breve y lógico. Según él, y de acuerdo con esta corriente, de un tiempo a esta parte nuestros actos no tienen una intención, sino una intencionalidad; las cosas no se hacen por un fin, sino por una finalidad; los políticos no pierden crédito, sino credibilidad; algunas aficiones no encierran peligro, sino peligrosidad; las teorías no se cimentan sobre sólidos fundamentos, sino sobre fundamentaciones; del mismo modo que no culpamos, sino que culpabilizamos; y así hasta el infinito.
Pregunto a Zalabardo si no cree él también que el señor Arteta está muy cargado de razón y asiente. Pero me pide a su vez que le aclare qué tienen que ver las brevísimas palabras de los crucigramas de las que hablaba al principio con estos muchisílabos.
Y, claro está, lo hago. Sucede, le digo, que del mismo modo que hay palabras que aparecen solo en los crucigramas, las hay que casi con exclusividad las hallamos en otras actividades y no estoy pensando ya en el caso claro de los tecnicismos. Pienso ahora en el fútbol. Durante la transmisión del partido de todos los partidos, el que enfrentó el pasado sábado a Madrid y Barça, pude oír hasta la saciedad términos que han ido adquiriendo carta de naturaleza en todas las transmisiones futbolísticas y que, a la vez, podemos catalogar como archisílabos. Se decía, y Zalabardo me confirma que él también las oyó, que los futbolistas del Barça estaban no mejor situados o puestos sobre el césped, sino mejor posicionados; que estos mismos jugadores se ofrecían continuamente no ya para recibir el balón, sino para recepcionarlo, mientras que sus adversarios lo rehuían; que el árbitro no señalaba las faltas, sino que las señalizaba; e incluso el mismo Valdano, director general del equipo madrileño, justificaba la derrota de los suyos porque la responsabilidad los hizo encarar el partido no muy tensos, sino muy tensionados.
Me pregunta Zalabardo si esta manía de añadir al menos una sílaba más, de abusar de palabras sobrecargadas de sílabas es algo malo. Y le contesto que él mismo se ha respondido, que se trata de una manía y un abuso. Y que, según pienso, nadie me negará que ningún abuso es bueno.