domingo, junio 08, 2014

ABDICAR (Y OTRAS FORMAS DE RENUNCIA)

            Los españoles, me lo señala Zalabardo, somos poco dados a renunciar a un puesto o dignidad. Prueba: la reciente abdicación de Juan Carlos i. Nuestra Constitución ya se va acercando a la cuarentena, es decir, que podemos considerarla talludita, madurita o mayorcita, según queramos. En su artículo 57.5 dice: Las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurran en el orden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica. Pues bien, después de casi cuarenta años, esa ley no existe, como tampoco a nadie se le ha ocurrido legislar sobre el proceso de sucesión, proclamación del nuevo rey y estatus del rey que abdica. Y ahora, de prisa y corriendo, de mala manera, como hacemos tantas otras cosas, por ese prurito de falso respeto a personas e instituciones, hay que solucionar cómo se arregla la sucesión de Juan Carlos i y la proclamación de Felipe vi.
            En fin, que el rey Juan Carlos i de España ha abdicado. Tendremos, pues, que acostumbrarnos desde ahora, si se cumplen las previsiones sucesorias (¿recordáis el sentido eufemístico que tenía esta frase en tiempos de Franco?), a oír hablar del rey Felipe vi. A muchos habrá que recordarles que el Felipe anterior, el v, fue Felipe de Anjou, el primer Borbón que reinó en España.
            Pero no quiero hoy hablar de historia, ni de política, sino de verbos que, con variados matices significan ‘finalización en el desempeño de un cargo’ y que no siempre se emplean correctamente, a veces por desconocimiento, a veces por malicia.
            Vayamos por partes. El verbo más natural para indicar la finalización de una función o ministerio es, sin duda, cesar, que significa, entre otras cosas, ‘dejar de desempeñar un empleo o cargo’. Pero la cuestión es que hay diferentes formas de dejar un cargo: por propia voluntad, por acabamiento natural del mandato, porque a uno lo echan… Aparte de otros matices en los que no entro.
            Empecemos por el verbo que más empleamos estos días, el que se ha convertido en tema del momento en nuestro país y cuestión de Estado: abdicar. Este verbo, según la definición que me parece más ajustada, la del Diccionario de uso del español, de María Moliner, significa ‘renunciar a una alta dignidad o empleo; particularmente a la dignidad de soberano’. Pero si consultamos el Diccionario Histórico de la Lengua Española (1933-1936), vemos que significa: 1. ‘Ceder o renunciar a la soberanía de un pueblo’; 2. ‘Ceder o renunciar a otras dignidades o empleos’; 3. ‘Ceder o renunciar derechos, ventajas, opiniones, etc.’; 4. ‘Quitar o privar a uno de un estado favorable’. Si consultamos la versión de 1960-1996, nos encontramos con que se añade un quinto significado: ‘desistir de una empresa o intento’. Con todo, el uso más común es el primero. Esto quiere decir que, cuando se habla de abdicar,  suele pensarse en un rey. Para otras dignidades, solemos utilizar renunciar.
            ¿Por qué, podría preguntar alguien, un papa, tenemos el ejemplo cercano de Benedicto xvi, no abdica? Simplemente porque el Código de Derecho Canónico ya recoge la renuncia (renuntiatio pontificalis) en su canon 332§2: Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requerirá que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente. Ningún papa ha abdicado; y son pocos los que han renunciado.
            Tenemos, pues, abdicar y renunciar. ¿Qué es entonces una dimisión? Dimitir es ‘dejar un cargo público, empleo o comisión para el que ha sido uno nombrado o elegido’. Por lo tanto, se entiende que dimita (lo cual es mucho decir) un gobierno, un ministro o un jefe de oficina. Es, como los anteriores, un acto voluntario, un modo de renunciar. El presidente de una república, máxima autoridad de un estado, pero que se diferencia de un rey en que ha obtenido su cargo por elección, podría abdicar, aunque comúnmente se dice que dimite o que renuncia, como en el caso del papa.
            Muy diferente es la destitución. Frente a los verbos anteriores, destituir supone ‘apartar o separar del servicio a una autoridad por parte de quien ha nombrado a la persona que lo desempeña’. Se destituye al incompetente, al desleal, a quien ha perdido la confianza de la persona que lo nombró. Verbos equivalentes son deponer o echar, que tiene, este último, un valor denigratorio.
            ¿Y cesar, tan de moda? Ya decía al principio que, en cierto modo, recoge a todos, con reservas. Pero tan de moda se ha puesto que, poco a poco va ganando terreno al anterior. Con propiedad, cesar es ‘dejar de desempeñar el cargo o empleo porque se ha llegado al fin del plazo para el que uno fue nombrado o elegido’. La diferencia de construcción nos lo aclara: destituir es transitivo (se destituye a alguien), mientras que cesar es intransitivo (alguien cesa). Sin embargo, es demasiado frecuente leer en nuestro días frases del tipo El presidente cesa al entrenador por los malos resultados, o algo por el estilo. En realidad, nadie ha cesado a nadie, lo ha destituido. La destitución no depende de quien ocupa el cargo, sino de quien nombró al que lo desempeña. El cese es natural, por agotamiento del plazo. La abdicación, renuncia o dimisión son actos de libre voluntad.
            Decía antes que, a veces, las confusiones obedecen más a malicia que a ignorancia. Pensaba en un verbo que no es exactamente de la familia de los anteriores. Hace días, leía en un periódico: Juan Carlos i claudica. Eso es tener mala baba o ser muy ignorante, pues claudicar se diferencia de los anteriores verbos en que significa ‘renunciar a un puesto o cargo cediendo a presiones’, lo que lo equipara a rendirse ante alguien. Salvo que Zalabardo y yo estemos en las nubes, con los años nunca se sabe, Juan Carlos i no ha cedido la corona por presiones, sino por convencimiento de que era prudente hacerlo.
            Y, ahora, una adenda sobre nuestra mojigatería política. Llevamos tiempo sin querer tocar la Constitución porque pensamos que eso es tentar al diablo. La verdad es que no le vendría mal una puesta al día, una modernización que resolvería no pocas cuestiones. Por ejemplo: hace falta una nueva redacción en lo referente a los herederos de la corona. Eso de ‘preferir el varón a la mujer’ chirría. Por ejemplo: habría que replantear el modelo de país que queremos (no creo que se pueda solicitar un referendo sobre monarquía o república sin modificar antes la Constitución). Por ejemplo: ¿queremos un sistema autonómico o federal?; (a lo mejor nos hubiésemos evitado el ‘problema catalán’).
            ¿Por qué no aprovechamos la ocasión y arreglamos todo lo que hay que arreglar? Nunca es tarde si la dicha es buena. Y, contra lo que algunos piensan, todo es mejorable, incluso las leyes. Sin prisas, pero sin pausas.

domingo, junio 01, 2014

QUÉ BIEN ME SUENA TU NOMBRE



            Conscientes los dos de la importancia que tienen los nombres, debatía con Zalabardo si titular así este apunte, por el verso de Francisco Moreno Galván en las bamberas que canta Menese o llamarlo El cansado de su nombre, recordando una de las firmas empleadas por Juan Ramón Jiménez en una de aquellas crisis que lo asaltaban y que le hacían sentirse hastiado hasta de su propio nombre.
            Nuestra charla surgió de la lectura una noticia curiosa: los habitantes de un pueblo burgalés, Castrillo de Matajudíos, han decidido mediante referendo modificar su denominación por la de Castrillo de Mota de Judíos. Entiendo que estuviesen hartos de cargar con fama de antisemitismo pese a insistir una vez y otra en que el nombre ahora proscrito no respondía a una realidad sino al error de un descuidado escribano. El argumento tiene toda la lógica del mundo. Yo mismo he conocido una experiencia parecida. Mientras escribía mi novela Goede Hoop. La última travesía del Buena Esperanza, basada en un acontecimiento real, el naufragio en 1823 de un buque holandés en Marbella, tuve auténticos problemas para hallar datos sobre el protagonista. El expediente manuscrito que me inspiraba, iniciado por un escribano de Marbella y rematado por otro de Málaga, llama al capitán del barco, cada vez que lo cita, Juan Jacobo (así, en español) Wygens. El consulado holandés me aclaró que Juan Jacobo debería responder a una forma Johan (o Johannes) Jacobus. Pero no había forma de hallar noticia de dicha persona. La casualidad vino a demostrar que el nombre de ese marino (así lo he comprobado luego en varios archivos) era en realidad Jan Jacobs Wijchers. O sea, que los escribanos lo rebautizaron, sin que pueda tener constancia del motivo.
            En la historia del pueblo burgalés sucedió algo semejante. Parece, el hecho es confuso y lejano, que del cercano Castrojeriz fueron expulsados, allá por el siglo xi, un grupo de judíos que se asentaron en una colina próxima y llamaron al lugar Castrillo de Mota de Judíos. Perfectamente creíble, pues mota significa, precisamente, ‘eminencia de poca altura en un llano’. El descuido del despistado escribano, ya a principios del xvii, convirtió un nombre normal en otro deshonroso, Matajudíos. Y ahí nació la mala fama del pueblo. Hace años, trataron de modificar el nombre por el de Castrillo de Cabezón (cabezo es palabra que designa lo mismo que mota). Ignoro qué lo impidió, pero este nuevo intento ha sido el exitoso.
            Que los nombres son importantes nadie lo duda. Hay pueblos que aguantan carros y carretas a causa de su topónimo (Malcocinado, Villapene, Venta de Pantalones, Cotillas, Rodrigatos de la Obispalía, Salsipuedes…). Algunos, en algún momento, han optado por cambiar de nombre para huir de las bromas de los pueblos colindantes. Así, que Zalabardo y yo sepamos, en la provincia de Salamanca Pocilgas se ha convertido en Buenavista, Arroyopuerco en San Miguel de Robledo, Barba del Puerco en Puerto Seguro o Villar del Puerco en Villar de Argañón.
            Con las personas pasa otro tanto. Detrás de muchos nombres, o de sus significados, hay historias de todo tipo. De María, uno de los más comunes, leemos en algunos lugares que significa ‘la elegida’, ‘la amada por Dios’, debido a que así se llamaba la madre de Jesucristo. Sin embargo, es un nombre misterioso para el que se sostienen cientos de etimologías. Una de las más creíbles es la que le atribuye un origen egipcio (la primera María conocida es hermana de Moisés) y relaciona su significado con el mar: ‘mirra del mar’, ‘señora del mar’, etc. Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española, parece sumarse a esta interpretación. José, otro nombre bien frecuente, significa ‘Dios añada’ y su origen queda bien explicado en la historia de Raquel, esposa de Jacob, que lo concibió a edad muy avanzada. Se deriva del verbo hebreo iasaf, ‘añadir’. En el Génesis leemos al respecto que cuando supo de su embarazo exclamó: “Dios ha quitado mi afrenta”. Y lo llamó José, pues dijo: “que me añada Yavé otro hijo”.
            Javier, por su parte, es nombre vasco, y procede de etxe berri, ‘casa nueva’. Mi propio nombre es griego y significa ‘resucitado’. En España, durante mucho tiempo, prevaleció la costumbre de tomar como referencia el santoral y poner a los niños el nombre del santo del día en que nacían, lo que dejaba en manos del azar una cuestión importante. Ello provocó que haya multitud de nombres sorprendentes: Prepedigna, Afrodisia, Burgundófora, Edesia, Walfrido, Espiridión, Hierónides, Batuilda, LeysCela, escritor con especial humor para buscar nombres a personajes de sus novelas hace aparecer en La colmena individuos llamados Cojoncio, Tesifonte, Exuperio, Consorcio, Obdulio o Leoncio. Algunos reniegan de su nombre. Pero hay un pueblo burgalés, Huerta del Rey, en el que alguna que otra vez se han celebrado reuniones de personas con nombres curiosos. Eso es tomarse las cosas, o el nombre, con humor.
            Lo que me parece extravagante, si no ridícula, es la moda más actual de endilgar a los pobres infantes nombres como Dayana (que no es sino Diana), Neymar (parece que ya hay unos 40 en nuestro país), Kevin Costner o Shakira (que portan, en nuestro país, más de seiscientas niñas). Por fortuna, parece que los nombres más comunes en nuestro tiempo son los de Alejandro, Daniel, Lucía, Pablo o Paula.
            Cuestión aparte es la de los hipocorísticos, forma abreviada, familiar o eufemística de los nombres. Pero  como eso nos ocuparía más espacio, dejo aquí solo dos curiosidades. ¿Por qué a José se le llama Pepe? Una tradición piadosa, que muchos niegan, defiende que es porque en los textos religiosos, al aludir a San José, se añadía P.P., es decir ‘padre putativo’ de Cristo. No menos piadosa es la teoría que mantiene que a Francisco se le llama Paco porque a San Francisco de Asís se le consideraba, en la orden que fundó, Pater Comunitas, de donde se obtuvo el acrónimo Paco. Más enrevesada es la versión que sostiene que, siendo un acrónimo, procede de Poverello d’Assisi, Casto e Obbediente. Parecen rebuscadas las explicaciones. ¿Pero por qué también se les llama Curro o Pancho a los Francisco? Ya digo, los hipocorísticos son un mundo especial. A lo mejor otro día les metemos mano.
                Sin que tenga que ver con esto, quiero aclarar algo que quedó en el aire en el apunte anterior. Me sugiere uno de mis hermanos, latinista fiable, que, ajustándose a la costumbre de bastantes estelas funerarias romanas de indicar quién la sufragaba mediante la fórmula [nombre] P(ecunia) S(ua) P(osuit), 'Fulano puso (esta estela) con su dinero', y dado que res significa también 'fortuna, propiedades', L.R.P. podría significar L(ucius) R(e) P(osuit), 'Lucio la puso con su dinero'. Tiene su lógica, ¿no creéis? Gracias por la ayuda.

domingo, mayo 25, 2014

SÍ IMPORTA COMO ESTÉ ESCRITO



            Que Zalabardo y yo somos de otra época, incluso más del siglo pasado que del presente, no tiene discusión. Una sola prueba es suficiente: Zalabardo se niega a usar un teléfono móvil (parece que eso de teléfono portátil, que sería lo correcto, es batalla perdida). Y yo me las veo y deseo cuando, enfrentado con una de esas pantallas táctiles para tratar de encontrar un contacto, llamo a todas las personas menos a la deseada. O mi teléfono es sensible en exceso o mis dedos actúan como martillos pilones. Y no digamos si recurro al whatsapp. Mientras peleo por escribir un mensaje “al modo tradicional” (con tildes, respetando las h, escribiendo palabras completas, usando los puntos y las comas…), mi interlocutor ya ha escrito diez. Y me desespero. Y me cabreo.
            ¿Significa esto que estoy en contra de este nuevo modo de escritura sin vocales, con abreviaturas, emoticonos y demás? Rotundamente no, aunque sí pongo algunos reparos. Hace unos días, esa es la razón de este apunte, leíamos un artículo en el que se daba cuenta de que unos estudios realizados por no sé ahora qué Universidades francesas llegaban a la conclusión de que el modo de escribir en los mensajes sms y whatsapp (sigo sin saber si lo escribo bien) no afectaban en nada a los conocimientos ortográficos de los jóvenes. Se dice, lo dicen quienes defienden esta forma de escribir, que se trata de una cuestión de rapidez, de ahorro de tiempo (¡dichosa manía de las urgencias actuales!), de manifestación de rebeldía frente a la sociedad convencional y a los mayores por parte de los jóvenes y no sé cuántas cosas más; pero que, salvado eso, esa escritura no afecta en nada a la que se practica cuando se emplean otros registros. El artículo se titulaba No imprta q ste scrito asi.
            Y creo que algo sí importa. El hecho de utilizar abreviaturas y signos especiales ha existido siempre y no tengo nada, repito, contra tal tendencia. Además, todos recordaremos que, en nuestros años universitarios, nos las ingeniábamos a la hora de utilizar signos más simples que las palabras plenas para poder tomar apuntes en clase. Ahora, lo que son las cosas, los apuntes han dejado de ser en gran medida una labor personal y los venden fotocopiados y encuadernados; incluso, en ocasiones, es el propio profesor quien los vende. Vivir para ver.
            Lo que quiero dejar sentado que importa mucho, es mi opinión, el dominio de las normas básicas, que sepamos adaptarnos a la situación y al registro adecuado. Como apuntaba en dicho artículo Leonardo Gómez Torrego, una cosa son las abreviaturas, aceptables, y otra las faltas de ortografía. Porque, continúo diciéndole a Zalabardo, hay argumentos que no cuadran. Por ejemplo, en principio, no supone ninguna economía de tiempo el hecho de que lo que gana el que escribe lo tenga que perder el que lee descifrando el escrito. Y, lo principal, porque, si cada día se utilizan estos mensajes a edades más tempranas, cuando aún no se domina la ortografía, es difícil que no se acabe interiorizando fórmulas que costará desterrar cuando sea necesario (supresión de h, de tildes, de vocales, de puntos…). Dos breves ejemplos tan solo: ¿qué ahorro supone escribir kuanto en lugar de cuánto, o tkm (te quiero mucho) en lugar de tqm? Y no aporto más casos porque todos los conocemos.
            ¿Sabe la mayoría de la gente que la escritura abreviada ha existido siempre? Pero, digamos también, había una explicación para ello: los medios que dificultaban la escritura (la talla en piedra, por ejemplo), el alto precio o escasez del soporte sobre el que se escribía y, consecuentemente la necesidad de ahorro (por ejemplo, el pergamino) o, no sé si esto es lo más importante, el hecho de que hubiese que escribir a mano y con utensilios poco consistentes.
            Voy a ofrecer tres ejemplos de lo que digo y las imágenes ayudarán a entender mi argumentación. El primero es una estela funeraria romana que Francis Carter, viajero por nuestra provincia hacia 1770, encontró entre las piedras empleadas en la construcción de la torre de la iglesia parroquial de Cauche. ¿Alguno de nuestros jóvenes, o no tanto —independientemente de que se conozca o no la lengua latina— sería capaz de descifrarlo? Pues lo que esa especie de jeroglífico dice es lo siguiente: D(iis) M(anibus) S(acrum) / L(ucio) Licinio Lici / niano Aratis / pitanus vixit / annis lxxvii / P(ius) I(n) S(uis) H(ic) S(ita) E(st) S(it) T(ibi) T(erra) L(evis). Su traducción es: Consagrado a los Dioses Manes. Lucio Licinio Liciniano Aratispitano vivió 77 años. Piadoso para los suyos, aquí yace. Sea para ti la tierra leve. Tengo que reconocer dos cosas: la primera, que para la correcta interpretación de esta estela me ha ayudado mucho el trabajo Inscripciones funerarias en el mundo romano, de María Ruiz Trapero; la segunda, que ni con eso he conseguido saber qué significa L. R. P.
            Segundo ejemplo: El Beato de Liébana, al menos el manuscrito de San Miguel de la Escalada, que es el ejemplar del que dispongo, se inicia así: INNMEDNI / NSTRIIHU / XRI / INCIPITLIBERREVE / LATIONISDNI / NSTRIIHVXRI. ¿Dónde han ido a parar las vocales? La transcripción es: In Nomine Domini Nostri Ieshu Christi. Incipit Liber Revelationis Domini Nostri Ieshu Christi. Que significa: En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Comienza el Libro de las Revelaciones de Nuestro Señor Jesucristo.
            Y va el último. Este pertenece a las primeras páginas de la Gramática de Antonio de Nebrija. Dice este fragmento: …por ſer tã vezinos τ comarcanos, q deslindavã τ partiã termino cõ ellos. O dlõs egipcios deſpués q Jacob decẽdio cõ ſus hijos en Egipto a cauſa de aqlla hãbre q leemos enel libro dela generaciõ del cielo τ dlã tra… Si lo transcribimos a la lengua actual, literalmente, dice: …por ser tan vecinos y comarcanos, que deslindaban y partían término con ellos. O de los egipcios, después que Jacob descendió con sus hijos en Egipto a causa de aquella hambre que leemos en el libro de la Generación del cielo y de la tierra…
            O sea, que nada, o poco, hay nuevo bajo el sol. Pero de mis últimos años como profesor recuerdo que los alumnos ya empezaban a escribir, en exámenes y trabajos, utilizando abreviaturas de diversa índole y, digan lo que digan, con menos conocimientos de ortografía. Lo peor es que lo veían como cosa normal. Es decir, daban muestras de no saber diferenciar cuándo era necesario cambiar de registro, en qué momento se puede escribir (o hablar) de una forma y cuándo hay que hacerlo de otra. Esto es lo que no acabo de aceptar. Y a ellos, los alumnos de los que hablo, les costaba comprender que les prohibiera escribir en un examen como si estuvieran enviando un sms (entonces no existía el dichoso whatsapp).

domingo, mayo 18, 2014

TELEPERORANTES




            Alguna vez he confesado aquí que uno de los placeres que a mi edad me quedan es el de acudir un día por semana a desayunar con los compañeros del instituto (y que ellos me sigan soportando). Hablamos de forma distendida, sin crispaciones, de lo que se tercie. Luego, ya en casa, Zalabardo agradece que le cuente cómo ha ido el día. En uno de esos desayunos, hablábamos de la “condición” de periodista. De si es suficiente haber obtenido un título en una Facultad universitaria para serlo o se requiere algo más, algo que “se tiene o no se tiene”. Se hablaba de periodistas antiguos, los que mamaron la profesión entre las rotativas y las redacciones, y modernos, los que van presumiendo de título; de la diferencia entre la información y el análisis; también de la desfachatez de quienes se pasan el día de radio en radio, de televisión en televisión hablando sin parar de todo; como si alguien pudiese saber de todo. Naturalmente, evitábamos la generalización.
            Zalabardo, que, como yo, es aficionado al fútbol, evocó tiempos ya pretéritos, pues ambos pertenecemos a una generación que “veía” el fútbol por la radio. No diré que recuerdo la épica narración por parte de Matías Prats del gol de Zarra a Inglaterra en Maracaná porque aquello sucedió en 1950, aunque la haya oído en viejas grabaciones. Pero sí recuerdo, junto a su figura, otras como las de Vicente Marco, el creador del Carrusel Deportivo que nos llenaba las tardes de los domingos, de Juan Martín Navas, que cantó el gol de Marcelino en el partido España-URSS de 1964, o de Juan José Castillo, ya en época en que disfrutábamos de la televisión, que impuso el inolvidable ¡Entró, entró! en una eliminatoria España-Australia de Copa Davis en 1967. Eran los años de Santana, Orantes y compañía. A Zalabardo y a mí, esto último nos parece próximo, aunque han pasado ya 47 años. Joaquín Prats y José Ángel de la Casa son posteriores, pero tampoco deben ser olvidados.
            Juan José Castillo, en unos años en los que, de verdad, el fútbol reinaba en nuestro país, luchó, con éxito, para que supiésemos que había otros deportes (golf, tenis, baloncesto…). De aquellos locutores, tanto los de radio como los de la incipiente televisión, comento con Zalabardo, se recuerda su actitud pedagógica. Sabían transmitir lo que veían y lo hacían con una corrección y conocimientos envidiables. Nos permitían “ver” lo que oíamos y nos ayudaban a entender lo que veíamos. O eso me parece a mí ahora.
            Hoy, mantengo el me parece, todo es diferente. Más radios, más televisiones, más “plataformas” y, sobre todo, más “barullo”, más griterío, más mirar con el rabillo del ojo al profesional de la competencia que le puede restar audiencia. Y, ¡ay!, menos respeto por el oyente o telespectador. La fiebre del griterío y guirigay domina las ondas. Y, ¡otra vez ay!, no se logra ensombrecer el trabajo de los “clásicos”.

           No soy el primero en denunciar esto. Fernando Lázaro, inestimable rastreador de vicios y descuidos en el uso de nuestra lengua, dedicó algunos de sus dardos a esta nueva hornada de locutores, llamándolos, con fina ironía, rhetoriqueurs y teleperorantes. Y a muchos de sus infumables modismos les atribuía un origen neciofónico. Palabras que no aparecen en los diccionarios. Ya hablé de las palabras sin suerte.
            Pero los fallos denunciados por Fernando Lázaro (tengo delante un dardo de hace veinte años) persisten, aumentados y sin corregir. Y, además, con el agravante de que muchas transmisiones televisivas se explican a distancia; es decir, quien debe contarnos lo que pasa lo está viendo en una pantalla, lejos del escenario del evento. O sea, igual que nosotros. Es como si  Zalabardo, sentado a mi lado cuando vemos un partido, me dijera: “A ver si ofrecen otra toma y nos enteramos de qué ha pasado”. Mejor harían guardando silencio y dejándonos ver las imágenes.
            Pero hay cosas peores. Algunas causan sonrojo por su desprecio hacia el lenguaje. No solo se sigue diciendo señalizar en lugar de señalar, percutir en lugar de golpear; se habla de trivotes sin saber qué sea tal cosa; nadie se cansa de hablar del cuarto de máquinas, las temporadas se han convertido en cursos, se suprimen los artículos para conseguir mayor rapidez aun creando una menor comprensión, los equipos no consiguen puntos por ganar o empatar, sino unidades. Y así seguiríamos.

           Oyéndolos, se puede llegar a sentir vergüenza ajena. Recuerdo a uno de estos locutores estrella de ahora que se preguntaba, casi escandalizado, quién habría llamado vomitorios a los accesos, sin saber que ya los romanos dieron tal nombre a las galerías que, bajo las gradas, permitían la entrada y salida de circos, teatros, estadios y demás. O que preguntaba cuál sería el gentilicio de los nacidos en Malí.
            Aún más. Daría un coscorrón a quienes no dejan de decir que el portero está bajo los palos o que tal jugador lanza hacia el palo corto o el palo largo. No hace falta haber pisado un campo de fútbol para saber que el portero está entre los palos o bajo el larguero, porque los postes los tiene a los lados, no encima. Y lo de largo y corto: los postes o palos laterales miden exactamente lo mismo, 244 centímetros. Y decir que el palo corto es el más cercano al lanzador y el palo largo el más alejado va contra la lógica, pues, de acuerdo con la perspectiva, siempre parecerá mayor el más próximo que el más alejado. En español, largo funciona, normalmente, como adjetivo. Sin embargo, antiguamente (el DRAE no lo recoge, pero sí María Moliner y Manuel Seco) podía funcionar como adverbio con el significado de ‘lejos’. Yo todavía recuerdo haber oído decir: “Eso está muy largo”. Solo recurriendo a esto, forzando la gramática, podríamos llamar largo al palo más alejado. Pero no es usual unir un adverbio a un sustantivo.
            Voy acabando, pues me alargo: ¿Puede llamarse periodista deportivo quien solo conoce un deporte, y aun así, solo a medias? Dos ejemplos.
            El primero: algunos, cuando un jugador yerra en su disparo y el balón sale por encima del larguero, dicen que ha hecho un ensayo. No saben que ensayo, término del rugby, es una ‘jugada que consiste en poner o tocar el balón en el suelo en la zona de marca de la meta contraria’. Si, tras patearlo, el balón pasa entre los dos postes, por encima del travesaño, a eso se le llama transformación o conversión, pero nunca ensayo.
            Y el segundo, el más vergonzoso de todos porque da fe de la supina ignorancia que tiene sobre el asunto quien habla. En un reciente partido de fútbol hubo una pequeña confusión tras un gol. El narrador “a distancia”, sin ningún pudor, afirmaba su desconcierto sobre si el gol había sido válido, el árbitro auxiliar había señalado fuera de juego o había indicado manos. Las dos últimas opciones se excluían solas, pues era palmario tanto la inexistencia de fuera de juego como un uso indebido de las manos. Sobre lo primero, osaba pontificar la nulidad del gol “porque no es válido un lanzamiento de ese tipo”. “Habrá que mirar el reglamento”, insistía. ¿Cómo una persona se considera experta en un deporte cuyo reglamento desconoce? La regla 13, sobre el lanzamiento de faltas dice que el balón “estará en juego en el momento en que es pateado y entra en movimiento”. Sobre si hay que darle de una forma concreta o empujarlo con un taco de billar, por ejemplo, no dice nada. Pero el susodicho teleperorante lo desconocía. Por supuesto, había sido gol válido.