sábado, noviembre 26, 2022

EUBOLIA, PRUDENCIA Y BIEN HABLAR

Tenía pensado, le comento a Zalabardo, hablar de los que podríamos llamar corruptores de la expresión, de quienes, (mal)intencionadamente, se valen de las palabras para robarles su sentido y darles una intencionalidad diferente. De cómo el expresidente Donald Trump con sus verdades alternativas se convirtió en modelo y guía para muchos admiradores y seguidores. Estamos rodeados de verdades alternativas, de posverdades, de fake-news y no vemos la puerta por la que salir de ese enrarecido ambiente. En España, en estos días, lo estamos viviendo. Y, en ese marasmo, se nos olvida que bastaría leerse la Constitución para desmentir tantas mentiras como se propalan.

            Al pensar en las fakes, también pensé hablar de la inquina que muchos sienten contra ciertas palabras que, poco a poco, se van imponiendo en nuestra diaria comunicación. Reconozco, le digo a Zalabardo que también yo soy contrario al empleo de bullying en lugar de acoso, de streaming en lugar de emisión continuada, de full-time en lugar de tiempo completo, etc. Pero, muchas veces lo he repetido, las palabras, la lengua en su conjunto, no se impone; se va haciendo e imponiendo con el uso. Y es el pueblo quien, para bien o para mal, acepta o no unas formas, las utiliza o las rechaza. Unas se generalizan y se tornan comunes; otras se pierden para siempre. Si hiciésemos una lista de las palabras españolas que fueron, y siguen siendo, extranjerismos, podríamos llevarnos las manos a la cabeza: menú, beicon, almohada, bidé, garaje, bisutería, foam, avalancha

            Al final, y visto como estaba el patio, le comuniqué a Zalabardo que me pareció mejor centrarme en una palabra que casi nadie emplea, eubolia. Incluso el Diccionario de Uso del Español, de Manuel Seco, el más nuevo de los nuestros, la ha desterrado de sus páginas. Sin embargo, la encuentro en un libro de 1908, una colección de breves ensayos, consejos para quien se dedica a la política, cuyo autor, Azorín, maestro indiscutible en el uso de las palabras, confiesa haber escrito durante una larga convalecencia. Se titula El político y en su capítulo IV, Tenga la virtud de la eubolia, dice: «La virtud de la eubolia consiste en ser discreto de lengua, en ser cauto, en ser reservado, en no decir sino lo que conviene decir». Y añade: «No se desparrame en palabras el político».

            Esa palabra, de origen griego, ya la recogía el Diccionario de Autoridades, del siglo XVIII, diciendo que la eubolia, literalmente ‘buen consejo’, «ayuda a bien hablar lo que conviene». Y el Diccionario de la Academia aclara que tal virtud «es una de las que pertenecen a la prudencia». Al nombrar estas virtudes, la eubolia y la prudencia, pienso con tristeza y rabia en muchos de nuestros políticos, en el lamentable espectáculo, hosco, crispado y nada ejemplar, que representan en las sesiones del Congreso.

            Beatriz Gallardo, lingüista y profesora de la Universidad de Valencia, denunciaba hace unos días en su artículo No, no es libertad de expresión la degradación del discurso público que se va imponiendo. Su denuncia surge porque, cuando parecía que sería imposible ir más lejos en esta engañifa de que se puede decir todo amparándose en la excusa de la libertad de expresión, una diputada de VOX, Carla Toscano, rompe cualquier barrera aconsejada por la prudencia, e incluso por la decencia, y se hunde en el fango de la iniquidad, de la desvergüenza, del odio, insultando de manera vil a una ministra, Irene Montero. Los suyos la jalean orgullosos. ¡Qué bochorno!

            Zalabardo sabe que no me resulta simpática la figura de Montero, ni la de su partido; y sabe que estoy entre quienes piensan que ella, su equipo y el Gobierno, con la mejor intención imaginable, que eso no lo niego, han redactado una ley que, al ser aplicada, se ha demostrado mala y causante de efectos opuestos a los que precisamente pretendía. Ante ese despropósito, nada mejor que reconocer el error y buscar urgentemente las turafallas que taponen las vías de agua, las fisuras que la ley tiene ―aunque nadie ha reconocido aún haber errado―. Las críticas a la ministra y al Gobierno están justificadas. Lo que no se justifica de ninguna manera es el insulto proferido por la señora Toscano ―que, como era de esperar por su ideología, tampoco se ha excusado―. Sesiones como la de aquel día, conductas como las de Carla Toscano y su partido hacen que las personas normales nos sonrojemos y nos mostremos desconfiados frente a la política; al menos, de esa clase de política en la que pululan los imprudentes, los que se dejan guiar por el odio, los que ignoran qué límites tiene la libertad de expresión, los que ignoran qué sea la eubolia. Aunque para hablar bien y hacerlo en el momento y la manera convenientes no hace falta conocer la palabra. Basta tener algo de formación y no ser fanático.

sábado, noviembre 19, 2022

JULIA UCEDA

Hay personas que dejan en nosotros una huella imborrable, aunque sea por un detalle que se podría considerar mínimo o que, para otros, pudiera pasar inadvertido. A Julia Uceda la conocí el año 1964, si la memoria no me falla. Aún faltaba bastante para que conociese a Zalabardo y se lo comento a mi amigo. Como le comento que decir que conocí a Julia Uceda es una afirmación que merece una matización.

            Andaba yo finalizando el primero o iniciando el segundo de los cursos de Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla. Profesores de indudable prestigio impartían clases en aquella Universidad: puede que el nombre más sonoro sea el de Agustín García Calvo, profesor de Latín y de Griego. Pero otros nombres constituían aquel claustro: José Luis Comellas, profesor de Historia, Juan de Mata Carriazo, profesor de Historia y figura importante en el estudio de los descubrimientos de El Carambolo, Francisco López Estrada, profesor de Literatura... De todos ellos fui alumno y estoy orgulloso de ello. Sería ingrato si al mostrar mi agradecimiento a cuantos me fueron formando intelectualmente olvidase a mis profesores en el instituto de Enseñanza Media de Osuna: Francisco Olid Maysounave, Aniceto Gómez Esteban, José Sánchez Romero

            Ni en el instituto ni en la Universidad se hablaba apenas de la literatura del siglo XX. El velo de la censura ocultaba a Antonio Machado, a Lorca, a Cernuda; Juan Ramón era Platero y sanseacabó. Pues bien, durante unos días de 1964, no recuerdo cuántos, aunque fueron pocos, Julia Uceda sustituyó a López Estrada y nos impartió un brevísimo curso sobre Réquiem por un campesino español, novela de Ramón J. Sender. Fue algo fuera de lo común: un republicano exiliado y una novela ambientada en la guerra civil. Bastantes años después supe que, en 1958, Julia Uceda había organizado o dirigido un homenaje a Juan Ramón Jiménez y, en 1959, otro a Antonio Machado. Había que echarle valor a la cosa.

            Le digo a Zalabardo que aquellas pocas clases me abrieron los ojos a una realidad escondida y me inocularon la curiosidad por traspasar puertas que permanecían cerradas, despertaron en mí el interés por conocer a Sender y su novela, entonces inencontrable en España. Estaría ya en Málaga cuando hallé, en Librería Proteo, donde de tapadillo era posible hacerse con libros censurados en España, un ejemplar del Réquiem…, de Editores Mexicanos Unidos, S. A. Lo que no esperaba fue encontrarme con que esa edición venía precedida de un estudio de Julia Uceda, que a la sazón se encontraba en la Michigan State University.


            La casualidad hizo que bastantes años después accediera al muro de Julia Uceda en Facebook. Le escribí para agradecerle aquellas pocas clases sobre Sender, en Sevilla. Le hablé del ejemplar de la novela que encontré cuando llegué aquí a Málaga. Me dijo que ese era un libro ya descatalogado, difícil de hallar y que ella misma no lo tenía; me ofrecí a regalárselo, pero muy amablemente rechazó mi ofrecimiento. Si hubiese conocido su dirección, se lo habría mandado.

            Julia Uceda, a sus 97 años, sigue siendo una poeta de primerísima fila, aunque muchos no la conozcan. No es la poesía actividad que proporcione muchos seguidores. Hija Predilecta de Andalucía, Hija Adoptiva de El Ferrol, Autora del Año en Andalucía, en 2017, Premio Nacional de Poesía en 2003, Medalla de Oro al Mérito de Bellas Artes, en 2021… Y no le falta el sentido del humor.

            Procuro ver sus apariciones en Facebook. A veces contesto a lo que sube y no es raro que ella, a su vez, responda a lo que se le dice. Siempre sorprende por un motivo u otro. Como la red nos incita a participar con la pregunta «¿Qué estás pensando?», Julia Uceda suele ser sumamente lacónica, además de lógica, en sus aportaciones. Hace unos días, en su muro, escribía: «En Gilgamesh». ¿Qué podría estar pensando Julia Uceda del héroe de la epopeya sumeria? Se me ocurrió responderle algo así: «Lo que me hace pensar en la pena que lo embargó por sentirse culpable de la muerte de su amigo Enkidu». Todo podía haber quedado ahí, pero ella reaccionó: «Pero eso sucedió hace mucho tiempo», a lo que añadió un emoticono de una cara que reía a carcajadas. Yo insistí: «Sí, pero al final quedamos en que desde tiempos remotos se nos ha inculcado, con el objetivo de someternos, un sentimiento de culpabilidad por cualquier cosa y una esperanza de inmortalidad. ¡Qué inteligente fue quien inventó la culpa y la esperanza y las grabó unidas en nuestros cerebros!». A partir de ahí, ella mencionó la edición que tiene del Poema de Gilgamesh y, no sé por qué, yo callé y no le pregunté cuál es, solo por saber si coincide con la que tengo yo.

            Le cuento todo esto a Zalabardo, porque estos breves contactos con Julia Uceda, ver las fotos de José Ramón San José o los extraordinarios dibujos de Carlos Rodríguez, leer el saludo diario, con unos versos, de José Infante, seguir la ascendente trayectoria de Aurora Luque, aprender de los casi increíbles conocimientos que atesora Carlos Karlitros sobre lagares, y cortijos, de los Montes de Málaga y otros muchos lugares (podría citar algunos amigos más), me ayudan a permanecer en esta plataforma, pese se suben tantas cosas insustanciales que dan ganas de salirse.

            A Julia Uceda, y a todos aquellos que me hicieron y me siguen haciendo aprender cosas, les envío mi agradecimiento.

sábado, noviembre 12, 2022

LOS FACTORES, EL ORDEN Y LA AMBIGÜEDAD

Hay cosas, le digo a Zalabardo mientras paseamos, que una vez aprendidas no se olvidan nunca. O casi nunca. Por ejemplo, del estudio de la aritmética en mis años de colegial se me quedó bien grabado lo que el maestro llamaba, a mí me sonaba a nombre pomposo, propiedad conmutativa; dicha propiedad, según la memoricé, afirma que el orden de los factores no altera el producto. Y así, si 2x3x4 da como resultado 24, 3x4x2 o 4x2x3 siguen dando idéntico resultado de 24. El tiempo me hizo ver que lo que en un principio pudo parecerme mágico es algo muy simple.

            Me contesta Zalabardo que su experiencia le indica que ese principio que puede ser inobjetable en las matemáticas no acaba de valer en la lengua, donde una mínima alteración puede ser origen de un cambio del producto. Elogio la agudeza de mi amigo. Lo que me dice es verdad. No en vano se aconseja que, para alcanzar una precisión en lo que deseamos transmitir, conviene respetar en cuanto sea posible, el llamado orden lógico de las palabras. A todos nos enseñaron que, en la oración, sujeto, verbo y complementos aparezcan ajustándose a esta secuencia como orden lógico: Los niños hacen las tareas; y si nos centramos solo en el sintagma nominal, este orden nos pide que el núcleo, es decir, el nombre, ocupe el lugar principal; que a su izquierda se coloquen los determinantes (artículos, posesivos, numerales…) y, a su derecha, los complementos (adjetivos, complementos preposicionales…): Dos hombres con corbata.


            Pero, aunque este principio parece incuestionable, la verdad es que existen bastantes matizaciones o excepciones a la regla general. Porque nos encontramos con que la construcción de una frase no es tan sencilla y, si en un sintagma hay varios complementos, deberá primar el principio de la claridad, el que tiene como objetivo que el receptor de nuestro mensaje no tenga dudas respecto a lo que le queremos decir. Se dice en estos casos que unos elementos «pesan» más que otros y, en consecuencia, habría que darles prioridad al colocarlos. Y le pongo un ejemplo a Zalabardo. En una información sobre los recientes atentados contra cuadros en diferentes museos, leía: ¿Para qué sirven los ataques a los museos de activistas medioambientales? Más de un lector puede sentirse confundido, porque pueden entenderse dos cosas, que alguien ataca museos de activistas o que unos activistas atacan museos. Para evitar la ambigüedad, debería escribirse ataques de activistas medioambientales a museos.

            Otro ejemplo le pongo a mi amigo. Informando sobre un episodio de la trágica guerra que se libra en Ucrania, el reportero hablaba de una zona casi dominada en su totalidad por los invasores. Así redactada, la frase dice que una zona (toda ella) no está completamente dominada; sin embargo, la lectura del reportaje nos hacía entender que los invasores dominaban una parte importante de esa zona, pero no su totalidad. Por tanto, hubiese sido más correcto hablar de una zona dominada en casi su totalidad por los invasores.

            No obstante, es posible la construcción de un enunciado con el orden de sus elementos alterado sin que podamos condenarla por ambigua. Incluso hay ocasiones en que la alteración se valora positivamente y se le concede categoría de recurso estilístico que embellece la expresión. En la literatura, llamamos hipérbaton a una alteración del orden de la frase que persigue un efecto estético. Cuando Bécquer escribe Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar…, o cuando coloca el arpa Del salón en el ángulo oscuro…; o cuando, complicando algo más la cosa habla Góngora De este, pues, formidable, de la tierra / bostezo, el melancólico vacío…, nadie habla de error, sino de recursos estilísticos y de lenguaje poético.

            Pero el hipérbaton no se da solo en literatura; es casi recomendable en las oraciones exclamativas, ¡Cuántos libros ha escrito este hombre!  y en las interrogativas, ¿Esa poca vergüenza ha tenido Luis? E incluso resulta frecuente en la conversación coloquial: Del partido de ayer, no me hables… En ninguno de esos casos diremos que son recursos retóricos ni tendremos duda al interpretar el significado de los que se dice. Lo que hay que evitar son aquellas alteraciones de orden en que cambiar los factores puede cambiar el producto; es decir, aquellas en las que no queda claro lo que se quiere decir y el emisor tiene dificultades para entender lo que desea comunicarle el emisor. Por ejemplo, cuando un elemento que complementa a otro se inserta entre dos elementos que deben ir unidos y provoca conflictos como el del siguiente enunciado: Se comprometió a terminar el trabajo la semana pasada. ¿Alguien se comprometió la semana pasada a terminar un trabajo o se comprometió a que ese trabajo quedaría concluido la semana pasada?

            Las ambigüedades de interpretación no nacen solo de una alteración del orden de las palabras. Hay también otras causas, como, por ejemplo, el uso de nombres que expresan acción, menos claros que los verbos de que proceden. Así, en Me gusta la elección de Pepe, ¿me gusta que haya sido elegido Pepe o lo que Pepe ha elegido? Pero meternos ahora con todas las posible construcciones ambiguas nos alargaría demasiado este apunte. 

sábado, noviembre 05, 2022

¿'DAR LA MATRACA’ O ‘DAR LA LATA’?

Hace unos días, Zalabardo lo sabe, tuve la oportunidad de ver una matraca de campanario. Conocía su existencia, pero nunca vi una de cerca. Estaba, le cuento, en el cuerpo de campanas de la torre de Santa María la Mayor, en Arcos de la Frontera. Una matraca, bien lo sabemos, es un instrumento de madera compuesto por un tablero liso y una o más aldabas o mazos que, al sacudirlo, produce un ruido desagradable. La matraca de campanario, de mayor tamaño, es una rueda de tablas fijas en forma de aspa entre las que cuelgan mazas que al girar producen un sonido grande y desapacible. En algunos casos, así es la que vi en Arcos, sus brazos forman una caja de resonancia que aumenta dicho sonido. Como ya dice Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana, la usaban los religiosos para convocar a maitines o en las iglesias para tañer en los días de Semana Santa en que las campanas permanecen en silencio.

            Aunque la palabra nos viene del árabe mitraqah, ‘martillo’, hay evidencias de que las matracas ya existían en otras culturas orientales anteriores. Pero no me interesa aquí la cuestión etimológica ni la procedencia de estos instrumentos de tan molesto sonido. Me quiero centrar en la expresión dar la matraca, con la que entendemos la actitud de quien resulta molesto, pesado e incluso insoportable, por la reiteración de lo que importuna provoca cansancio y hastío en quien lo ha de soportar.

            Quien haya leído hasta aquí estará pensando que dar la matraca es una forma diferente de decir dar la lata, quizá más extendida y que el Diccionario académico define como ‘molestar, aburrir, importunar con exigencias continuas’. Y no estará desacertado quien tal piense. Lo que sucede es que sobre dar la lata se ofrecen diferentes orígenes, muchos de los cuales pueden considerarse desacertados. Y alguno de los que pudieran admitirse nos hacen dudar de su sentido. Por ejemplo, cuando en Archidona, el día de Reyes, los niños corren por el pueblo arrastrando sus hileras de latas atadas para llamar la atención de los Magos, ¿podemos decir que son molestos o inoportunos? Tal vez esa opinión sobre el sentido de molestar valiese si pensamos en las cencerradas que han de padecer aquellos viudos que contraen matrimonio por segunda vez, a quienes se persigue haciendo sonar campanas, cencerros y latas.


            ¿Qué une dar la matraca y dar la lata? La cuestión podríamos resolverla si atendemos al significado de lata, que se nos presenta como difuso. De hecho, le comento a Zalabardo, el DLE le asigna un origen incierto y da como primera significación la de ‘envase fabricado con hojalata’, para, de inmediato y en las acepciones siguientes, decir que lata es ‘tabla delgada sobre las que se aseguran las tejas’, ‘madero, por lo común en rollo y sin pulir’ y ‘discurso o conversación fastidiosa, cosa que causa hastío y disgusto’. Conviene tener en cuenta que María Moliner, más precisa en su Diccionario del uso del español, afirma que lata procede de un término latino antiguo, latta, ‘vara o palo largo’ y le asigna el significado de ‘lámina de hierro recubierto de estaño’ y ‘envase hecho de hojalata’, aunque habla también de ‘tabla delgada’ y ‘madero, generalmente en rollo’.

            Unamuno, en un artículo que cita José María Iribarren en El porqué de los dichos (de aquí tomo otros datos para este apunte), habla de que la primera persona a la que se ocurrió coger un envase vacío de petróleo y arrastrarlo por las calles los días de carnaval, generando un ruido molesto, posiblemente fuese la primera en dar la lata. En ese mismo libro se cita otro artículo, del poeta y profesor Dámaso Alonso, a quien considera ser el primero en llamar la atención acerca de que el origen de lata estaba en el latta latino y que lata significaba, al igual que en otras lenguas romances, ‘madero, palo’, por lo que dar la lata no era sino ‘dar el palo, molestar’.

 


           ¿Cómo entender que lata pueda designar a la vez algo metálico, el envase, y algo de madera? La explicación la encuentro en que en un momento indeterminado se relacionó lata con latón, creyendo que esta palabra no era sino una forma derivada, error semejante al de considerar que majara fuese una forma simple del árabe maharon, pues, en estas palabras, -on no es un sufijo comparable al de salón, sillón, etc. El latón, aleación de cobre y zinc, de color amarillento, susceptible de ser abrillantado y pulimentado fue introducido en occidente a través de la antigua Ruta de la Seda y la palabra se cree propia de una lengua anterior a la turca hablaba en las regiones de Uzbekistán, Tayikistán y regiones próximas, alatón, que designaba un material utilizado en joyería y orfebrería y que, en la España medieval, fue conocida como azófar, ciní y similor, ‘semejante al oro’.

            Por tanto, nada tiene que ver lata con latón, salvo que un día, la primera de las palabras se asimilase y confundiese con la segunda. Con esto quiero llegar a la conclusión, es lo que le digo a Zalabardo, de que dar la lata es exactamente lo mismo que dar la matraca, es decir, ‘dar el palo, molestar, fastidiar’ y no solo por el ruido que se pueda producir, sino por la insistencia.

            Esto último llevaría a pensar que dar la lata o dar la matraca pudieran estar relacionados con dar el rollo o soltar un rollo. ¿Por qué? Porque hubo un tiempo en que quienes pretendían que se les reconociese un derecho o se les concediese un beneficio alegando los méritos acumulados, solían ir de oficina en oficina, cansinamente, presentando la relación de sus méritos y trabajos enumerados en un papel enrollado guardado en un cilindro hueco, de madera o metal, que entregaban en el negociado en que pretendían que se atendiese su petición. Pero esto requeriría un estudio más profundo.

            Dar la matraca, dar la lata, soltar un rollo, en definitiva, sea cual sea la relación que establezcamos entre los tres dichos, no son sino formas de molestar, de causar un fastidio indeseado.

lunes, octubre 31, 2022

EL PAJARILLO MUERTO

Escribo en lugar, día y hora desacostumbrados. Es lunes, estoy en Puerto Serrano y, por mor de una disposición administrativa que no acabo de entender, el reloj me dice que son las cinco menos cuarto, como si estuviera en nuestra mano cambiar el flujo del tiempo y su duración; pero nos hacemos la ilusión de poder tal cosa, moviendo caprichosamente las manecillas de ese artilugio llamado reloj. En fin, que me veré obligado a ajustar mi reloj biológico para liberarme de estos madrugones.

            Mi compañía en Puerto Serrano no es Zalabardo; aunque él pudiera molestarse, que no lo hará por su bondad y por su naturaleza comprensiva. Quienes están conmigo me llenan con su calor más que mi amigo, con todo lo que él me da. Esto lo sabe y no se molesta. Sin embargo, escribo dirigiendo a él mis reflexiones porque sé que hacerlo así me ayuda a que lleguen a otras personas con mayor facilidad.

            Por todo eso, sabe Zalabardo que hoy sería natural que hablase de la casi inimaginable belleza de los jardines de la Casa-Palacio de los Ribera en Bornos, o de que el reloj del Ayuntamiento de esta población parece rebelarse contra los caprichos administrativos perdiendo sus manecillas, o de la tranquila paz que se disfruta caminando por la Vía Verde que une Puerto Serrano con Olvera mientras el oído goza oyendo solo el rumor de las aguas del Guadalete y la vista se extasía con el majestuoso vuelo de los buitres. Como sería natural que le hablase de lo que hoy esperamos hallar en Arcos de la Frontera.


            Sin embargo, mi mente vuelve una y otra vez a un hallazgo de ayer junto a la boca de uno de los túneles de la Vía Verde: el cadáver de un pajarillo. No soy experto, pero su brillante color verde-amarillo me inclina a creer que se trataba de un verderón. En medio de tanta belleza, nos topamos de bruces con la muerte, representada por aquel pequeño animal.

            Recordé en ese momento que, días atrás, había leído un artículo, A favor de las poetisas, de la filóloga e historiadora de la lengua, catedrática en la Universidad de Sevilla, Lola Pons, en el que de forma sencilla nos explica la diferencia entre denotación y connotación. Venía a decir esta joven profesora, no ha llegado a la cincuentena, que las palabras señalan asépticamente lo que las cosas son, eso es la denotación, y luego los hablantes ―al cabo, ellos son los que van haciendo la lengua― les van añadiendo una carga positiva, o negativa, eso es la connotación, que, por lo común, acaba prevaleciendo. Como no es mi intención hablar del caso de poetisa, me limito a aconsejar su lectura.

            Vuelvo a la imagen del pajarillo muerto. Y recordé también las palabras de Epicuro sobre la muerte, a la que no debemos temer porque mientras vivimos la muerte no está y, cuando ella aparece, somos nosotros quienes no estamos. La muerte, la visión del verderón de cuyo cadáver iban dando cuenta las hormigas, nos causa tristeza; pero la contemplación de la naturaleza, ayer estaba inmerso en ella, nos recuerda que toda muerte no es sino un anuncio de nueva vida. ¿Qué, si no, son otoño e invierno, un acabar para resurgir con mayor fuerza en primavera?


         Hay quienes rechazan al buitre por carroñero. Pero olvidan la majestuosidad y belleza de su vuelo y el hecho de que ellos son quienes se encargan de limpiar la naturaleza de la podredumbre de lo que muere. Siempre estamos enfrentando lo que nos causa fastidio, lo que cargamos de significados negativos, con lo que de positivo pueda haber en aquello de lo que queremos huir.

 


           En la Vía Verde de la Sierra abundan los túneles, creo que son 30 en sus pocos más de 36 kilómetros. El cadáver de este verderón estaba junto a la boca de uno de los más largos, el Túnel del Esqueleto, que tiene una longitud de 500 metros. Aunque estos estén iluminados, el túnel, le digo a Zalabardo―le diré cuando lo vuelva a ver―, nos da la sensación de oscuridad y nos provoca miedo porque pensamos que en la negritud no hay nada; esas son connotaciones que añadimos y que nos la convierten en palabra negativa. Pero el túnel, su sentido más aséptico, es positivo, porque nos permite salvar una dificultad horadando el duro terreno que nos corta el paso. Esa oposición entre denotación y connotación, entre su sentido negativo y el positivo, la observamos en la expresión ver la luz al final del túnel, equivalente a otra, siempre que llueve escampa, que nos avisan de que por mal que las cosas nos vayan, siempre queda un resquicio que nos dirija hacia un final feliz.

 

           Catulo, el poeta latino, lloraba la muerte del gorrión que hacía feliz a Lesbia. Podríamos quejarnos de la muerte del verderón de ayer. O de que las rosas del jardín de los Ribera, en Bornos, se ajarán. Pero digo a Zalabardo que mejor nos iría si enfocásemos todo desde la mejor perspectiva que nos sea posible, que carguemos los episodios de nuestras vidas con connotaciones positivas, aunque la aséptica denotación señale hacia algo menos agradable.

sábado, octubre 22, 2022

MIS PALABRAS PERDIDAS

Nos llega una edad, comento con Zalabardo, en que cualquier mínimo detalle sirve para que se nos disparen los recuerdos y la mente vuele por lugares y tiempos que creíamos perdidos, pero que, de repente, se levantan ante nosotros con una fuerza inusitada. Esta vez han sido dos los detonantes casi simultáneos: la lectura de una breve reseña periodística y el hallazgo de una vieja foto que me ha aparecido ordenando papeles.

            Hace unos días, Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, hablaba de la necesidad de defender una lengua, cualquier lengua, y el desatino que es ofenderla. Lo hacía remitiéndose a unas palabras de aquel Isidoro, obispo de Sevilla hace la friolera de casi quince siglos y tan interesado por la historia y origen de las palabras, en las que afirmaba que las personas y las lenguas andan a la par, como cogidas de la mano, pero que las lenguas no nacen de las personas, sino que somos las personas quienes nacemos de las lenguas. Es decir, que la lengua nos modela más de lo que nosotros modelamos la lengua. La lengua materna es la que nos hace ser lo que somos. Por eso, cuando perdemos siquiera una de las palabras de esa lengua, se va perdiendo una parte de esa personalidad que nos configura.

            Casi a la par, revolviendo papeles para decidir qué me resultaba ya prescindible a estas alturas de mi vida, topé con una antigua foto. Con ella encabezo este apunte. Le digo a Zalabardo que en esa calle transcurrió parte de mi niñez, en Osuna, hace 60 años. Nos asombra verla sin un solo coche aparcado junto a sus aceras y ni siquiera circulando. En aquella época no se tenía idea de hasta qué punto los automóviles nos esclavizarían.

            Le cuento que, a la derecha, en primer plano, se ve la que fue mi casa. Que frente vivía un amigo, José Joaquín, de quien no tengo la menor noticia sobre qué habrá sido de él. Que más arriba, un poco más del punto desde el que la foto está tomada, había un sastre de cuyo hijo era también amigo y nos prestábamos los tebeos de Mendoza Colt. Que la torre del fondo, a la izquierda, es del convento de una comunidad de monjas. Que, entre la casa de José Joaquín y el convento había una espartería que ahora soy incapaz de situar…


            Una espartería donde, con esparto, palma y pita y se elaboraban productos muy variados. ¿Queda en mi pueblo alguna espartería? ¿Quedan esparterías en otros lugares, aquí en Málaga, por ejemplo? Busco por curiosidad y leo que, en Madrid, quizá la única que se mantiene abierta es una llamada Espartería Sánchez. Y pienso ―ya dije antes con qué facilidad se abre la espita de los recuerdos― que, si estuviera ahora a mi lado mi muy querida amiga Pepa Márquez, tesoro inagotable de palabras que los demás casi ni utilizamos, que hasta hemos olvidado su existencia, me ayudaría a recordar la ingente cantidad de las relacionadas con la artesanía del esparto y que se nos pierden sin remedio, desdibujando lo que un día fuimos y dando lugar a una imagen nuestra más moderna, es posible, pero desligada de las raíces que un día nos dieron sentido.

            La labor básica en una espartería es la de la pleita, trenzado de tres o más ramales, según la anchura que se quiera obtener, de esparto, o de palma, o de pita, con que luego se confeccionará todo lo demás. De la pita machacada se extraía la fibra que se emplearía fundamentalmente en cordelería, por ejemplo, la guita, la soga o la tomiza (Pepa suele hablar más de jical, ‘hiscal’); o para algofifas con las que fregar los suelos. Existiendo algunas almazaras en el pueblo, parte importante de la producción era la de los capachos, seras redondas y planas para colocar las aceitunas en la prensa de moler. La sera, más propiamente, era una espuerta grande y sin asas para el transporte de materiales. Si la sera era doble, más estrecha y lisa por en centro para colocarla sobre los lomos de un animal, habría que hablar del serón.


           También salían de aquella espartería muchas esteras, piezas de esparto, generalmente de un grosor acusado y dimensiones variables que se utilizaban para cubrir el suelo o como persianas. Las alfombras las han jubilado de los suelos, y finas láminas de plástico, metal o madera las han sustituido en puertas y ventanas. Como ahora no se ven esas esteras de esparto, tampoco se ven los soplillos, esos aventadores, por lo común redondos y con mango con que se avivaba el fuego de los fogones; las vitrocerámicas y las cocinas de gas los han hecho innecesarios.

            Cuando un objeto se pierde, parece que la palabra que lo designa se torna inútil y acaba por perderse. Todo en la vida cambia, todo se transforma, las personas mueren y otras van ocupando el espacio que han dejado libre. Igual ocurre con las palabras. Hay quienes no le dan importancia a este hecho, pero otros sentimos la pérdida de las palabras como la de las personas cercanas que han significado algo en nuestra vida.

            Y pensaba en Pepa Márquez porque, aunque algunos vean con extrañeza que sepa tantas palabras que ya están fuera de la circulación, yo la admiro y la veo como uno de los personajes de la novela Farenheit 451 que, frente a una sociedad que condena y quema los libros por considerarlos peligrosos, formaron un grupo de resistencia en el que cada persona memorizaba un libro para que no se perdiera. Así memoriza Pepa muchas palabras y, con ello, no pierde la vitalidad que le otorgan las raíces que la mantienen unida a un tiempo, a unos objetos y a sus nombres que otros muchos vamos perdiendo.

sábado, octubre 15, 2022

PREMIO, LECTURA, ORTOGRAFÍA Y REDES SOCIALES

Hoy, día de santa Teresa de Jesús, conoceremos al ganador del Premio Planeta de Novela, el más importante del mundo por cuanto su dotación económica, un millón de euros, supera incluso a la que percibe un Premio Nobel. A la vista del desembolso, se supone que la editorial espera unos beneficios económicos superiores. Nada tiene que ver, por ejemplo, con el Premio Nadal, el más antiguo de España, 1944, de no menos prestigio, pero con una dotación económica de 18000 euros; no obstante, quizá nos haya dejado una cantidad de buenas novelas y descubierto un número de autores noveles tal vez superior al Planeta.

            Comento con Zalabardo que todo el entramado comercial del Premio Planeta genera muchas dudas. La primera, si la necesidad de rentabilizar el dinero entregado al ganador importa más que la calidad en la obra. ¿Se buscan compradores antes que lectores? Algunos datos alimentan la sospecha. ¿Tenía necesidad Camilo José Cela de presentarse a este premio en 1994, después de haber ganado el Nobel en 1989 y, además, con una obra que fue acusada de plagio? ¿Por qué Miguel Delibes ya declaró en 1993 que le habían propuesto presentarse, garantizándole que sería ganador? E igual circunstancia se dio con Ernesto Sábato en 1994. Este último incluso declaró: Me reí y dije que no podía aceptar un premio por un libro que todavía no había escrito. Se dice, no sé si es verdad, que se premia a una obra de encargo. Tampoco parece que moleste el escándalo, como el año pasado premiando a Carmen Mola que, finalmente, resultaron ser tres hombres.

            Le digo a Zalabardo que todo esto me trae a la memoria una serie de análisis y artículos diversos. En 2019, en una entrevista, Carme Riera, escritora, profesora de Literatura y miembro de la Real Academia, declaraba que lo importante no es conseguir un premio, sino tener lectores. De manera irónica, decía también que, en España hay más escritores que lectores. Y se quejaba de que en España se desplaza la enseñanza de la literatura de los planes de estudio y no se fomenta la lectura debidamente.


            La afirmación de que hay más escritores que lectores no debe considerarse exageración. Basta ver el auge de la autoedición en nuestro país. Resulta muy fácil publicar un libro y las editoriales han encontrado una mina de oro en el proceso de la autoedición. No tengo reparo en reconocer que me encuentro entre quienes se han valido de este sistema. Lo más común hoy es que, si envías un original a una editorial, te respondan con elogios hacia tu obra, pero la rechazan «porque su contenido no entra en su línea editorial»; acompaña a esta negativa el consejo de que te dirijas a una editora menor, pero de la misma empresa, dedicada a la autoedición. Así, todos acabamos leyendo solo nuestros propios escritos. A quienes se envanecen de haber escrito y publicado un libro ―escribirlo es fácil, lo difícil es que tenga calidad― les recordaría lo que dijo Borges: Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído. Yo, lo digo con sinceridad, estoy con Borges.

            En cuanto a la lectura, en un artículo de hace solo unos días, Ana Camarero denunciaba que la ortografía empeora por dos motivos: la influencia de las redes sociales y el decrecimiento de la lectura. Le digo a Zalabardo que me parece que en la mala ortografía influye más la caída de la lectura que las redes sociales. No olvidemos que la expresión oral es algo natural mientras que la expresión escrita es algo «artificial», si queremos llamarla así, sujeta a unas normas convencionales y que debe ser aprendida y practicada. Pero porque sea una convención no deja de ser una necesidad. La puntuación, la acentuación, el correcto uso de los signos gráficos con los que representamos los sonidos no son un capricho. De hecho, los numerosos intentos de acabar con la ortografía, terror del ser humano desde la cuna, según Gabriel García Márquez, han fracasado. El chileno Andrés Bello, que en 1884 propuso una revolucionaria reforma de la ortografía, acabó por renunciar a su intento y pedir que no se aplicara. Los cambios en la ortografía son lentos.

 

          La ortografía no se aprende solo estudiando las reglas; se aprende de manera natural mediante la lectura. Dice Cristina de la Peña, profesora de la Universidad Internacional de La Rioja, que la lectura favorece que las palabras se nos vayan quedando inconscientemente en nuestro cerebro, de forma que, el ejemplo lo pone ella, si me acostumbro a ver escrita la palabra zanahoria, cuando necesite utilizarla en un escrito no tendré problemas para colocar esa h indetectable en el habla oral. Y José Ramón García Guinarte, director del Instituto de Neurociencia y Alto Rendimiento, sostiene que para lograr una correcta ortografía, el cerebro deberá alcanzar un proceso de automatización, y eso lo irá haciendo a través de infinidad de repeticiones y exposiciones. La lectura, ejercicios de dictado, de redacción, de copia de textos nos proporcionan estas repeticiones requeridas para que se fije en nuestro cerebro una correcta ortografía.

          El informe PISA sigue insistiendo en que en España estamos mal en la tarea de construir y comprender textos escritos. Creo que haría falta trabajar más estos aspectos. Cuando visito una librería de viejo, me gusta buscar libros dedicados a estas tareas. Tengo una Ortografía dudosa, de José de las Casas, publicado en 1914, que, en ejercicios destinados a ver la función del acento, propone escribir textos como este: El equívoco en el epigrama encierra un doble sentido que ha dado lugar a cuestiones entre escritores de reconocido mérito. O mucho me equivoco, o su autor se equivocó a sabiendas. Y en un cuadernito de 1881, Ortografía, solo 47 páginas, el profesor malagueño Agustín Moreno Rodríguez recoge una lista en la que explica la diferencia entre palabras de sonido semejante, pero ortografía diferente: aya, halla, haya, allá, ayo, hallo, halló, hayo.

            Y quedan las redes sociales. Con todos los fallos que yo les veo, creo que en este aspecto se las culpa más de lo debido. Lola Pons, filóloga, dice que no hay que dejarse avasallar por la ortografía. Que se utilizan abreviaturas, se suprime la h, se escribe k en lugar de qu, se eliminan puntos y otros signos… Nada de ello debería escandalizarnos si quien lo hace es consciente de que emplea un determinado registro propio de la jerga de internet, pero es capaz de emplear el registro adecuado cuando sale de ese mundo.

            Por eso es tan importante fomentar la lectura. David Bueno, profesor de Biología y Genética de la Universidad de Barcelona, dice que está claro que un buen lector tiene más capacidad de imaginar, es más creativo, que una persona que solo utiliza monosílabos. Eso debería hacernos pensar. 

sábado, octubre 08, 2022

¿CUÁNTOS DE QUIENES LO MONTAN CAERÁN DEL BURRO?


En el sexto acto de La Celestina, la alcahueta responde a Sempronio sobre la tozudez de Calisto: Déjale, que él caerá de su asno. Y más tarde, en el capítulo XIX de la segunda parte del Quijote, el bachiller Corchuelo responde a Sancho tras haberle advertido este sobre el peligro de afrontar determinadas riñas: Yo me contento de haber caído de mi burra y de que me haya mostrado la experiencia la verdad de quien tan lejos estaba.

            Que en el siglo XV se prefiriese asno y en el XVII la lengua se inclinase por burra importa muy poco. Siempre ha estado claro, ya lo recogía Covarrubias en su Tesoro, que la expresión caer de su asno es proverbio griego que usamos cuando uno ha sido necio en un parecer y porfiado, sin tomar consejo de los que se le podían dar, y al cabo por el suceso conoce haber errado. Y así, le digo a Zalabardo, el DLE sigue diciendo que caer(se) alguien del burro, esta es la forma más extendida en la actualidad, es ‘reconocer que ha errado en algo’.

            Pero decía que eso es lo de menos, ya que la que me interesa comentar es otra expresión que guarda relación con esta porque también contiene asno/burro y jinetes que lo montan: No ver tres en un burro. Nadie tiene dificultad en entender que con ella señalamos a alguien sí las tiene para ver. Sin embargo, haría falta que alguien cayera de su burro ―mejor desearía yo que se apeara voluntariamente para evitarle algún posible daño― y no insistiera tan tozudamente en defender un origen que la expresión no tiene.

            Veo a Zalabardo interesado en mis palabras y le cuento que un día, en una página de internet llamada Emitologías (no es error, ese es su título y no Etimologías) comenzó a difundirse que se originó en Andalucía a comienzos del siglo XX. La teoría es más falsa que esos duros del famoso tanguillo gaditano. Se puede resumir de la siguiente forma: un oculista, percatado del número de analfabetos que acudían a su consulta y viendo que le resultaba imposible medir su agudeza visual con las tablas optométricas al uso, decidió utilizar unos cartelones con dibujos. Uno de ellos presentaba a tres jóvenes subidos en un burro. Si el paciente era incapaz de distinguir el motivo del dibujo, es decir, no veía los tres en el burro, significaba que era más miope que el Rompetechos de los tebeos. Hay una versión aún más extraña por no disponer de ninguna documentación que la avale: la que dice que, cuando Herodes mandó matar a los niños, José pudo salvar a Jesús y a María huyendo los tres a Egipto en un burro y que nadie los vio, es decir, nadie vio tres en un burro

            Si ya da que pensar que la falsa historia del oculista andaluz se repita en múltiples publicaciones como si fuese verdadera, más preocupa que incluso una institución dedicada a la enseñanza de idiomas, una tal Academia Andaluza con sede en la gaditana Conil, se haga eco de ella en su página web. A pocos de quienes siguen el equivocado parecer de Emitologías parece importarles que, entre otros, Alfred López, creador del blog Ya está el listo que todo lo sabe haya desmontado esta versión al mostrar cómo Gonzalo de Correas recogía en 1627 el refrán Antojásele que ve siete en un asno o, ya en el último cuarto del siglo XIX, José María Sbarbi incluía entre su colección de refranes No ver tres, o siete, sobre un asno. Además, formas de este refrán, o parecidas, se encuentran en otras lenguas de España con anterioridad a la fecha que algunos pretenden. Por ejemplo, en catalán existe Non veu un bou á tres passas, ‘No ver un buey a tres pasos’.

           Lo anterior apuntala mi idea, repetida en otras ocasiones, sobre el daño de subir a internet falsas historias que luego resultan difíciles de desmontar y la irresponsabilidad de los reenvíos y repeticiones sin contrastar. En el caso que comentamos del refrán, le digo a Zalabardo, no podemos decir que la sangre llegue al río; se trata de un asunto menor, una nimiedad. Lo malo es cuando esas historias falsas afectan a instituciones o a personas; en tal caso, el daño infligido puede ser grave e irreparable. Por eso es tan importante una buena formación en el uso de las redes sociales y de internet en general.

            Sobre el refrán, poco importa, si son tres o siete los jinetes, si se trata de asno, de burro o burra. Sabemos lo que queremos decir. Importa más que algunos, tres, siete o los que sean, caigan del burro y reconozcan su error en la asignación del origen. Al hacerlo, podrían ver también otra cuestión que plantea Alfred López, quien, analizando algunas obras clásicas en las que el refrán se utiliza en su forma No ver siete en un asno, señala que, en los albores de la expresión, no se aludía tanto a la debilidad de visión sino al empeño en no querer ver más que aquello que a uno le interesa. Si esto fuera así, le comento a Zalabardo, tal vez pudiésemos establecer una línea de familiaridad entre caer del burro y no ver tres en un burro. Pero eso es algo más complejo.

sábado, octubre 01, 2022

NO DONDE NACES, SINO CON QUIEN PACES

Francisco Delicado ―de quien no hay seguridad sobre si nació en Córdoba o en Jaén―cuenta en el mamotreto XLVII de La Lozana andaluza cómo Silvano, uno de los personajes, presume de haber conocido al autor de la historia en Martos, población que califica como su tierra, lo que hace a Lozana preguntar si no era nacido en tierras cordobesas, como su padre. Silvano le responde con el refrán que da título a este Apunte y que Gonzalo de Correas tenía recogido como No con quien naces, sino con quien paces, con el que se quiere señalar que hacen más las compañías que el linaje y la crianza. Y hasta nuestros días ha llegado en su variante No se es de donde se nace, sino de donde se pace. Muchas probabilidades tiene este refrán de proceder de una sentencia latina, ubi bene, ibi patria, que podemos traducir como ‘en donde se está bien, allí está la patria’, que llegó a emplear el mismo Cicerón.

            No cabe duda, comento con Zalabardo, de que los seres humanos guardamos hacia la tierra natal o adoptiva un sentimiento anudado con lazos muy fuertes: de afecto, de cultura, de historia o de muy diferentes tipos. A mí mismo me sucede con Osuna, mi pueblo. A ese lugar solemos llamar patria, que en su origen no significa otra cosa sino ‘la tierra de nuestros padres’, aunque en mi caso sea yo el único nacido allí. Con los siglos, esta palabra se ha interpretado de muchas maneras, incluso se ha identificado con nación, hasta ser raíz de dos términos antagónicos: patriotismo y patrioterismo. Pero no voy a entrar en esa cuestión; para quien quiera saber la evolución del concepto encerrado en patria solo recomendaré la lectura del muy profundo artículo que Ismael Saz le dedica en el Diccionario político y social del siglo XX español.

            Le pregunto a Zalabardo si recuerda el revuelo que se organizó en algunos sectores del espectro político español cuando la vicepresidenta Yolanda Díaz tuvo la ocurrencia de proponer que sería interesante abrir el debate sobre si debiera sustituirse patria por matria (no recogida en el DLE, punto que no importa, ya que sabido es que no es el diccionario quien crea las palabras), término que a su juicio designa un espacio que nada tiene que ver con la tierra de nacimiento o con el Estado, sino con un lugar interior en el que se puede crear un espacio propio.

            Quienes tanto se escandalizaron de este razonamiento no cayeron en la cuenta, o tal vez prefirieron ignorar, que matria no es ningún neologismo, que ni la ha inventado Yolanda Díaz ni es de nuestros días, sino que viene avalada por una larga historia. Se suele decir que Plutarco (historiador griego de nacimiento, pero a quien su amigo el cónsul Lucio Mestrio Floro apoyó para que se le concediera la ciudadanía romana) fue el primero en utilizarla cuando escribió que los cretenses llamaban a su país matria, conscientes de que los mayores beneficios se los debemos a nuestras madres. Pero ello no debe arrastrarnos a caer en el error de pensar, como algunos, que patria/matria es reflejo de la oposición padre/madre. Es preciso saber que, en latín, patria era femenino y la terra patria designaba el lugar del que procedían indistintamente tanto el padre como la madre.

            A matria se han referido varias veces Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, Jorge Luis Borges, Virginia Woolf, Julia Kristeva… Larga lista. Y Ernesto Sábato, argentino y Premio Cervantes en 1984, escribió que la patria es la infancia y quizá por eso sería mejor llamarla matria. Tal vez estuviese recordando un poema de Rainer María Rilke en el que afirma que la verdadera patria es la infancia. Quizá pudo también tomar la idea de Miguel Delibes, quien hablando del afecto con que son acogidos los niños de sus novelas dijo que la infancia es la patria común de todos los mortales.

            Pero le pido a Zalabardo que regresemos al refrán del comienzo y a la sentencia latina, ubi bene, ibi patria, ‘donde nos sentimos bien, allí tenemos la patria’, porque cualquier otra cosa me parece que es encerrarnos en unos límites asfixiantes y romper lazos con quienes nos rodean. Le recuerdo el poema de Machado recogido en Los sueños dialogados en el que escribe: Mi corazón está donde ha nacido, / no a la vida, al amor… Alberto Cortez interpreta también una bella canción en la que dice: No soy de aquí, / no soy de allá


           
A Zalabardo, que jamás me ha revelado su origen, le pregunto si es bueno sentirse tan atado a un concepto rígido de patria. Me contesta que él se siente mejor siendo de muchos lados. Y me cuenta que un actor argentino, Eduardo Blanco, decía en 2010 en una entrevista que le hicieron: Uno no es solo de donde nace, aunque lo sea, ni de donde pace, aunque por descartado, sino también de donde tiene sus muertos. Y me repite una frase, de la que afirma no recordar quién fue su autor, que hiela un poco la sangre: Empieza uno teniendo una patria y acaba echando de ella a todo el mundo. De Zalabardo aprendí a rechazar todo tipo de nacionalismo patrioteril y quizá, por su influencia, cuando me preguntan de dónde soy responda, un poco con ironía: De Osuna, ¿de dónde se puede ser mejor?, aunque aparentemente parezca que incurro en contradicción al responder cuando me preguntan si soy sevillano: Sí, pero no ejerzo.