Tengo la impresión ―son ya muchos
los apuntes recogidos en esta Agenda― de que con anterioridad se
han comentado aquí varias expresiones en las que interviene el pelo.
Creo recordar haber hablado sobre las locuciones La ocasión la pintan
calva y Salvarse por los pelos; no sé ahora si alguna
más. Espero no repetirme si, siendo pelo una palabra que admite tantos
significados en nuestra lengua, procuro atender la duda que me plantea
Zalabardo.
Me
plantea mi amigo que conoce dos interpretaciones diferentes de la expresión Venir
algo a pelo (o al pelo), que, según el Diccionario
de la RAE significa ‘a punto, con toda exactitud, a medida del deseo’. Lo
que mi amigo desea saber es cuál de las dos que circulan sobre esta locución
adverbial es más atinada. La primera es la que hace referencia a las armas de
fuego, ya que el gatillo dispone de un dispositivo muy sensible, llamado
precisamente pelo, que ayuda a la precisión del disparo. Así, si
este dispositivo está bien regulado, hace que con la simple presión de un pelo
―de ahí le viene el nombre― cumpla su función.
Le
contesto que pudiera ser, aunque existe otra interpretación ―quizá la segunda a
la que él alude― que me parece anterior y más adecuada y que, además, se
encuentra registrada en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611),
de Sebastián de Covarrubias. Ahí se habla de A pelo o a pospelo,
refiriéndose no a las armas de fuego, sino al sentido del pelo en los tejidos y
pieles. Y añade: «Dícese también de los negocios». La locución que menciona Covarrubias
es la que hoy usamos como A pelo o a contrapelo.
Ya que hablamos de pelo, le digo a mi amigo que Covarrubias cita varias expresiones más referidas a dicho vocablo, entre las que aparece un caso curioso, el adjetivo peliagudo. El eminente lexicógrafo, capellán de Felipe II, lo define como «se dice del cabrito, ternero y conejo y otros animales semejantes». ¿Cómo peliagudo ha llegado a significar ‘difícil de resolver, complicado’? Supongo ―pienso yo― que, por ser el de estos animales pelo muy fino y largo, es difícil de eliminar. Es posible que a eso se refiera Cervantes en la segunda parte del Quijote, cap. 47, cuando, estando en su ínsula Sancho, a la hora de comer, el médico Pedro Recio de Agüero le dice: «…no coma de aquellos conejos guisados que allí están, porque es manjar peliagudo», es decir, porque, por tener pelo tan fino, se puede encontrar muchos en el plato.
Y puesto que pelo se refiere, como ya vemos, a la piel de los animales, le cito a Zalabardo otra locución no tan fácil de explicar: Hacer a pluma y a pelo. Lo que a mí me extraña es que el DLE solamente la recoja con el significado de ‘ser bisexual’. Mejor sería preguntarse cómo la locución ha llegado a significar ‘adaptarse a todo, no desperdiciar nada y aceptar lo que se presente’. Su origen hay que buscarlo en el vocabulario cinegético, pues alude al buen perro que lo mismo sirve para cazar aves ―que tienen plumas― que mamíferos ―animales de pelo―. Es locución que en nuestra lengua se podría incluir en el grupo de otras parecidas: Servir tanto para un roto como para un descosido, Servir lo mismo para un fregado que para un barrido, Estar en misa y repicando o No hay olla que no tenga su cobertera.
Puestos
a preguntar, Zalabardo quiere saber si la locución Lucirle a uno el pelo
tiene que ser interpretada en sentido positivo o negativo. Le contesto todo
depende del contexto y de la ocasión en que se emplee. Por ejemplo, al decir ¡Buen
pelo nos ha lucido!, podríamos estar diciendo, empleando
una lítote ―afirmar lo contrario de lo que pretendemos negar― que nos ha ido mal
un asunto del que tratamos. Podríamos haber dicho también, irónicamente, Así
nos ha lucido el pelo. Pero si deseamos dar a entender que a uno le van
bien las cosas, decimos que Le luce bien el pelo, ya que lucir
significa ‘brillar, resplandecer’. Por eso de un animal que aparece bien
tratado por sus dueños se dice que Le luce el pelo y de una
persona que llama la atención por su belleza o por sus ornatos decimos que está
lucida.



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