Durante un paseo, Zalabardo y yo nos encontramos frente a la pintada que encabeza este apunte. Una pintada, un grafiti dejado sobre el lienzo de una pared es, en principio, la declaración de un sentimiento, la manifestación de una idea o de una visión de la realidad. Puede ser un acto espontáneo o muy meditado. Más tarde, durante ese paseo, muy lejos de ese lugar, encontramos otra pintada, muy diferente: S R te quiere con el alma.
Se
puede afirmar que la diferencia entre esta y la primera ―aunque puedan obedecer
a un principio semejante― es abismal por razones bien diversas. En primer
lugar, la primera pintada la forman dos, superpuestas, creadas por dos manos
diferentes y con intención de expresar no un sentimiento, sino un juicio. Queda
claro que la primera fue Perro SANCHEZ; sobre ella, otra mano ha
rectificado una parte, ha convertido Perro en Perdo
y ha añadido, debajo, er mejó. Podríamos ver en estas pintadas
―le digo a mi amigo― un claro ejemplo de lo que la dialéctica hegeliana
pretendía con su teoría de la tesis y la antítesis
para explicar la evolución del pensamiento y la realidad.
La
tesis, la proposición inicial aceptada como verdad por quien la
plantea es un insulto, Perro SANCHEZ, un exabrupto que no acaba
de argumentarse y que persigue solo despreciar al contrario; la antítesis,
negación de la afirmación inicial, Perdo SANCHEZ er mejó,
es un elogio, carente también de argumentación probatoria. Llama al mismo
tiempo la atención la firmeza del trazo de la tesis frente a la
inseguridad de la antítesis: en esta, quien quiso convertir Perro
en Pedro se confunde al corregir y cambia la segunda r
en lugar de la primera (lo que hubiese dado Pedro); aun así, muestra
ingenio claro y se expresa con naturalidad escribiendo tal como se habla. Eso explica
er y mejó. Sin embargo, el dueño de esta segunda
mano sabe que mejó, como palabra aguda terminada en vocal ha de
llevar tilde; la primera mano, la que parece más segura, muestra en cambio su
ignorancia al no colocar la tilde sobre SÁNCHEZ, palabra llana
acabada en consonante que no es ni n ni s y olvidar
que las mayúsculas no quedan exentas de la tilde.
Ante
esta pintada, Zalabardo y yo coincidimos en la dificultad de hallar la síntesis
que nos ofrezca la combinación superadora de ambas ideas y nos conduzca a la
realidad sobre qué se puede decir sobre el sujeto de las pintadas. Basamos esa
inseguridad en el hecho irrebatible de que todo anverso tiene su reverso.
¿O tal vez esa suposición no sea válida y estemos, en realidad ante un
laberinto del que es difícil salir? Machado ya se preguntaba en su Juan
de Mairena cuántos reversos puede tener un anverso.
Esta pregunta nos sitúa, al menos a nosotros, ante otro problema: el de la dificultad, en no pocas ocasiones, para obtener la síntesis de dos opuestos, ¿Y si un anverso careciera de reverso? Sería una paradoja, ¿o no? Sin embargo, ahí tenemos la cinta de Moebius, la gran paradoja del anverso sin reverso, la cinta que, debiendo tener dos caras, tiene, sin embargo, solo una, de forma que, si la recorremos, llegamos a la conclusión de que no tiene un lado interior y otro exterior, de que caminamos por ella una y otra vez sin abandonar nunca su único lado; ¿anverso o reverso?
Le
digo a Zalabardo que el mundo nos ofrece multitud de paradojas, de aparentes
conflictos insolubles: el río de Heráclito en cuyas aguas no podemos
repetir el mismo baño, la liebre de Zenón incapaz de alcanzar a una lenta
tortuga por la infinitud del espacio que hay que recorrer, hallar la pregunta
válida para saber sin errar cuál de los dos hermanos es el mentiroso y cuál el
veraz, entender que asociaciones como esas llamadas Hazte oír o Abogados
cristianos, al defender su libertad en creer lo que creen verdadero ―actitud
razonable― nieguen a los demás la libertad de creer algo diferente ―con lo que
caen en el campo de la irracionalidad―, cómo librarse de la muerte al ir a
cruzar un puente, paradoja que ya recogía Cervantes en el Quijote…
Una
simple pintada nos ha hundido a mi amigo y a mí en estas elucubraciones: la tesis
y la antítesis, el anverso y el reverso,
el derecho y el revés, la cara y la cruz
de la realidad en que vivimos… En este punto, Zalabardo me propone que bajemos
a niveles menos complicados y sugiere que le explique por qué, en las monedas, no
hablamos de anverso y reverso, sino de cara
y cruz.
En
verdad, es una pregunta curiosa cuya respuesta se atiene a una realidad tan
palpable que a nadie le ofrece dificultad para entenderla. Aunque, le aclaro,
lo de cara y cruz apenas si se dice fuera de España
o del ámbito hispánico. Parece que hay bastante coincidencia en lo de la cara,
y bastantes diferencias en lo de la cruz. Los romanos hablaban de
cabeza y barco; los ingleses, de cabeza
y cola; los suecos, de corona y llave;
los alemanes, de cabeza y número; los franceses, de
cara y torre, etc.
La
razón, le explico a mi amigo es que, desde el origen de las monedas, fue
costumbre ―aunque hay excepciones― que en el anverso apareciera
el rostro del gobernante bajo cuyo mandato se acuñaron. El reverso,
en cambio, se prestaba a una multiplicidad de posibilidades y modelos: el
escudo de la nación, un animal simbólico, una flor, una edificación, un dibujo
alegórico, un objeto peculiar por alguna razón… Recuérdese ―es solo un ejemplo―
el porqué de las perras chicas y las perras gordas
de los años 40 y 50. Pues bien, que la cruz apareciera en las
monedas españolas obedece a una razón tanto política como religiosa.
En efecto, ya en el siglo XIII, las monedas acuñadas bajo el reinado de Jaime II llevaban en su reverso una cruz griega, que con la llegada de los Borbones ―ya a comienzos del XVIII― aún se mantenía. En el XVI, las monedas españolas acuñadas en los Países Bajos llevaron la cruz aspada o de san Andrés, que era el distintivo de los Tercios de Flandes. Y Carlos III decidió unificarlas todas con la cruz de lises ―o de don Pelayo―. Es decir, España era muy de cruz. Pero si bien las monedas han ido cambiando su aspecto a velocidad casi de vértigo, en no pocas ocasiones encontramos expresiones lingüísticas que han quedado fosilizadas. Así, el viejo juego de dejar algo al albur de lo que decidiera una moneda ―lo que en su origen fue echar algo a cara o cruz― ha llegado a mantenerse hasta nuestros días, aunque lo que ahora veamos en el reverso de la moneda de un euro no sea una cruz, sino el 1 de su valor y el mapa de Europa.



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