sábado, septiembre 12, 2026

LA SERPIENTE MULTICOLOR


En casi todos los deportes ―y en actividades que no lo son― encontramos expresiones metafóricas que pueden tener más o menos éxito dentro del léxico propio de ese mundillo. En fútbol, un balón baja con nieve si un jugador le ha dado un patadón que lo eleva a una altura exagerada; en los toros, un diestro toma el olivo si salta la barrera para protegerse de una acometida. Cuando se habla de ciclismo, es frecuente referirse al pelotón de ciclistas, porque los imaginamos siempre muy juntos, que marcha estirado como la serpiente multicolor, por su disposición alargada y la variedad de colorido en las equipaciones. La dificultad de estas expresiones es mínima, se interpretan fácilmente; cuestión diferente es saber quién fue su creador.

            Ayer viernes estuvimos contemplando sobre el terreno la etapa correspondiente de la Vuelta Ciclista a España. El lugar que escogimos no podía ser más adecuado, el aparcamiento que hay al pie del Mirador del Guarda Forestal, a medio camino entre El Burgo y Ronda, con sombra suficiente y un amplio tramo de carretera visible. Dado que era un tramo en pendiente ―subida al Puerto del Viento―, los ciclistas tenían que realizar un esfuerzo especial y resultaba difícil ir agrupados, por lo que iban más bien formando una fila alargada. Es decir, como una auténtica serpiente multicolor.

            Como ver una etapa sobre el terreno requiere tiempo de espera, pues hay que llegar al lugar elegido antes de que corten la carretera, mi amigo y yo aprovechamos para conversar sobre la exigencia física de este deporte (ayer, 210 kilómetros y subida de tres puertos de montaña, uno de ellos especialmente duro). En un momento de la conversación, Zalabardo salió con una pregunta: «Oye, esto de la serpiente multicolor, ¿de dónde viene?».


            No me preguntaba sobre su sentido ―ya he dicho que no es complicado entenderlo―, sino sobre cuándo, dónde y por quién se utilizó la vez primera. La pregunta es delicada, pero ha habido suerte y encontramos la respuesta. Tengo que decir, primero, que me ha extrañado sobremanera leer a Álex Grijelmo, en un artículo publicado en el diario deportivo AS en 2016, atribuir la creación de la metáfora a un locutor de RNE y TVE, Juan Martín Navas. Digo que me ha extrañado porque admiro a Álex Grijelmo, periodista y grandísimo lexicólogo, autor del Libro de estilo de El País y elegido el pasado junio miembro de la RAE.

            Pero a Grijelmo tiene doble disculpa. La primera, que nadie tiene por qué saberlo todo. La segunda, porque para hacer tal atribución, se fía de que su informador fue otro reportero de TVE, Paco Grande. Y aún se puede alegar una tercera disculpa. Que en la fecha en que escribió tal artículo, una obra de la institución de la que es miembro, el Diccionario Histórico de la Lengua Española, que es producto de cocción lenta, tal vez no hubiese incluido todavía en sus páginas que serpiente multicolor apareció por primera vez en España en un artículo sobre el Tour de Francia publicado en julio de 1934 en Luz, periódico madrileño de ideología republicana. Su autor, e inventor de la expresión, fue un tal P.H.C., a quien no he podido identificar. De hecho, el diccionario académico marca el artículo como de autor anónimo.

            ¿Es, entonces, española esta metáfora? No lo sé. Le digo a mi amigo que he leído que en Francia ya se usaba la expresión long serpent multicolore en los años treinta, pero el ejemplo que se aporta es de 1937. Y, aunque he consultado varios diccionarios franceses, incluido el de la Acamédie Française, ninguno de ello recoge tal giro.

            Pero, continuamos con nuestra charla, en el ciclismo no solo hay serpientes, pues, desde que en este deporte fue cobrando más importancia la técnica aplicada a la herramienta básica del protagonista, la bicicleta, nos encontramos con que también hay cabras. Este es el nombre que se le da a la bicicleta que se emplea en competiciones especiales, las pruebas contrarreloj. El nombre proviene de la forma del manillar, que facilita la posición del cuerpo para ofrecer menos resistencia al viento. Aunque es preciso decir que el actual ya ha variado del de aquellas primeras cabras que conocimos.

 

           Y aunque seamos defensores de la igualdad, no es posible negar que en el ciclismo hay clases, que vienen impuestas por las cualidades de cada uno y por las funciones que de ellos requiera el equipo, pues este deporte aún sigue siendo uno de aquellos en los que el espíritu de grupo es importante. En principio, hay que hablar del jefe, aquel en quien el equipo tiene puestas sus esperanzas de victoria, y los gregarios, quienes han de trabajar para que el jefe alcance su objetivo. Por sus cualidades personales, los hay rodadores, ciclistas capaces de mantener ritmo constante en terrenos llanos, escaladores, que se mueven mejor cuando el terreno pica hacia arriba, en la montaña, y esprínteres, los que son capaces de alcanzar velocidades de vértigo en las llegadas. Otro escalón es el de los lanzadores, que preparan el camino para estos últimos, y los aguadores, que han de cuidar de abastecer de bidones de agua a sus compañeros.

            El ciclismo, coincidimos mi amigo y yo, es un deporte duro. Por lo pronto, con tantos corriendo agrupados, es un riesgo que alguno haga el afilador, que toque con su rueda delantera la trasera de quien lleva delante y uno de ellos, o los dos, vayan al suelo, lo que puede acabar en una montonera, caída masiva de ciclistas. Por supuesto, no falta riesgo, una vez coronado un puerto, bajar a tumba abierta, es decir, sin poner demasiadas precauciones. Hay miedo a los recorridos rompepiernas, terrenos aparentemente llanos, pero cuajados de subidas y bajadas poco apreciables, y a las tachuelas, pendientes poco pronunciadas, pero que minan las fuerzas; también, miedo a los abanicos, formación que adopta el pelotón para protegerse del viento, pero que origina rompimientos del grupo que son causa de que algunos queden descolgados.

 

          Y como el ciclismo es deporte que pide derrochar energías, hay que cuidar los demarrajes, aceleración brusca que permite al ciclista separarse, fugarse, de los que lo acompañan y tomar ventaja. El ciclista que ve que sus fuerzas no le dan para mucho más, se abre, se echa a un lado y deja que sean los más fuertes quienes marquen el ritmo; es desesperante hacer la goma, acercarse y alejarse respecto a quien lo precede sin lograr nunca alcanzarlo; hay el resignado que coge el autobús, se refugia en el grupo de cola para aguantar hasta el final; hay el espabilado chupa ruedas, que se pega a quien lo precede para ir a su rebufo, protegido del viento que este desplaza, y no le da nunca relevo. Y como nadie está libre de un mal día, lo que más temen los ciclistas es que les venga la pájara, una pérdida súbita de fuerzas que casi impide continuar pedaleando. Quienes la sufren dicen que los ha cogido el tío de mazo. 

1 comentario:

siroco-encuentrosyamistad dijo...

Coincidimos en nuestr afición al deporte del ciclismo, yo de hecho lo practico y observo la afición que tienen los malagueños por su práctica. El número de metáforas elegidas cubre gran parte del vocabulario empleado, añadiría la de "globero", o aprovechado para ir chupando rueda y en un momento determinado, aprovechando su ahorrativo esfuerzo, demarrar.