Vemos
cómo los Ayuntamientos ponen todo su afán en salir en los medios a costa de lo
que sea. Y así ―valga el ejemplo de Vigo― no les importa comenzar a montar la
iluminación navideña en agosto para ser «los primeros del mundo en tan
importante evento». La reacción de otros alcaldes es aceptar el reto siendo
«los que mayor cantidad de lucen ponen» o los que colocan en sus plazas «el
árbol más alto».
Pero
no es solo la iluminación de navidad o las incomodidades que crean muchos otros
eventos. Con esta ansia por aprovechar cualquier excusa para exhibirse ante las
demás como las mejores, las ciudades acaban cayendo en esa enfermedad que se
llama turisficación, proceso que hace que una zona, un barrio o la
ciudad completa adapte sus espacios y su vida cotidiana a satisfacer las
necesidades de los turistas, aunque ello vaya en detrimento del bienestar de
los verdaderos habitantes. Muchos alcaldes, muchos Ayuntamientos, sacrifican lo
genuino, lo típico y peculiar de su ciudad, aquello que la ha caracterizado
desde siempre, permitiendo la invasión de franquicias ―cafeterías, hamburgueserías,
pizzerías, tiendas de moda, locales de esparcimiento o de restauración, tiendas
de «artesanía local» que se fabrica en China― que cualquier visitante ya tiene
en su lugar de origen, con lo que las ciudades acaban siendo idénticas.
Los
Ayuntamientos no entienden ―o no quieren entender― que ser ciudadano no es solo
pertenecer a una determinada nación o habitar en una ciudad concreta; que
significa más bien sentirse parte de una comunidad que comparte sentimientos,
emociones, beneficios y problemas comunes y que eso les otorga un poder y una
responsabilidad para que su ciudad continúe siendo lo que es y progrese sin
perder nada de la esencia inalienable que la caracteriza.
Pero eso ―le repito a Zalabardo― resulta cada día más difícil de conseguir. Una ciudad no es solo unos monumentos y museos que visitar, una gastronomía de la que gozar o unos paisajes en los que extasiarse. Una ciudad debe ser un espacio donde sentirse cómodos y donde cada ciudadano pueda pasear tranquilamente por sus calles, disfrutar de sus parques, sentarse a tomar una cerveza en el bar de siempre, ir a comer donde sabe que le van a servir un plato que no encontrarían en otro lugar y que añorarán cuando sean ellos los que viajen. En suma, una serie de pequeños placeres que constituyen lo que llamamos bienestar. Me cuesta entender que alguien venga a Málaga a comer pollo frito estilo Kentucky y no pruebe el gazpachuelo, por ejemplo.
Nuestra
Constitución, la española, enumera unos derechos y
también una serie de deberes que nos incumben como ciudadanos. Hay deberes legales,
fáciles de entender: que debemos respetar las leyes, contribuir al gasto
público, colaborar con las administraciones y con la Justicia… Pero, junto a
ellos, hay unos deberes cívicos que apelan a la ética y al compromiso social, a
lo que podemos hacer para mejorar la convivencia.
Dice
el artículo 45 de la Constitución: «Todos tienen el derecho a
disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así
como el deber de conservarlo». Esto significa que a todos nos compete la
responsabilidad de respetar el entorno y los espacios comunes porque en ellos
es donde encontramos el bienestar de nuestra existencia. Y al decir a todos
incluyo a ciudadanos y a regidores, al Ayuntamiento que debe velar por el bien
de esos vecinos. ¿Cuántos de esos Ayuntamientos ―le sugiero a Zalabardo que
piense solo en Málaga― anteponen la turisficación, el empeño en atraer
al turismo, aun a costa del malestar de los ciudadanos que han de sufrir las
incomodidades? Convierten a la ciudad en una especie de parque temático para
gozo de quienes nos visitan, aunque se descuide la atención a los barrios
periféricos y se creen incomodidades para el autóctono.
Es complicado pasear por las calles invadidas por terrazas de bares y restaurantes que hacen imposible el libre tránsito, duele la vista cuando contemplamos las plazas llenas de mesas y atiborradas por grupos ―con sus respectivos guías que cuentan historias no exentas de fantasía― que entorpecen el paso a los viandantes.
Si fuera solo eso, se podría aceptar el sacrificio porque el nombre de la ciudad suena en el mundo y las arcas municipales se llenan. Pero es que hay detalles a los que el Ayuntamiento no presta la menor atención y suponen un mal añadido para el ciudadano, que no es ese que viene y se va a los dos días, sino que está aquí de manera permanente. Pienso en aquellos que suponen un problema para el peatón, el ciudadano que se dirige a sus quehaceres diarios a pie. El día 1 de octubre entraba en vigor la prohibición de que estando un semáforo en color verde para el peatón pueda estar a la vez en ámbar intermitente para los vehículos. ¿Alguien me puede dar noticia de si esta prohibición la cumple algún semáforo de Málaga? Anterior es la norma que impide a bicicletas y patinetes eléctricos circular por las aceras. ¿Ha visto alguien que algún agente de la autoridad se aplique no ya a sancionar, sino simplemente a vigilar que los infractores cumplan la norma?
A
los habitantes de la ciudad se nos pide una conducta cívica, que seamos
respetuosos con el entorno en que vivimos, que cuidemos su limpieza, que nos
atengamos a las normas… Pero la verdad es que, si no podemos pasear tranquilamente
por las calles, si hemos de ir por las aceras sorteando bicicletas y patinetes,
si nos jugamos la vida al cruzar por un espacio regulado por un semáforo, nos
ponen muy difícil respetar un entorno que nos priva de una vida libre de
sobresaltos.



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