sábado, mayo 21, 2022

POR LA BOCA MUERE EL PEZ

 

El abogado del Lincoln es una serie que emiten en Netflix. Zalabardo y yo hemos disfrutado viéndola. A los dos nos gusta este tipo de historias de abogados, detectives, etc. Creo recordar que la serie ya tuvo su versión en película, El inocente, y también recordamos Doce hombres sin piedad, El jurado, Las dos caras de la verdad, Testigo de cargo y tantas otras. En la serie, el protagonista, un abogado que dejó de ejercer por problemas personales, vuelve a desempeñar su profesión obligado por una jueza que le asigna todos los casos de otro abogado amigo al que han asesinado. No voy a contar aquí la serie. Me refiero a ella por un momento puntual de uno de los episodios. El protagonista mira un pez con la boca abierta disecado colocado en la pared y bajo el cual se lee: «Por tener la boca abierta».

            Hace unos días, envié por whatsapp a unos amigos varias fotos del atardecer en el paseo marítimo de Pedregalejo. Uno de ellos, Rafael Jiménez Pradas, me escribió contándome que él, hace tiempo, solía venir por esta zona y le gustaba entrar en el chiringuito Maricuchi. No sé cuánto tiempo es el «hace tiempo» que me indica. Cuando yo llegué a Málaga, hace cincuenta años largos, no conocía aún a Zalabardo. Quien quisiera comer buen pescado en la playa podía escoger entre Maricuchi, El Cabra, El Morata y poco más. Eran, creo recordar, los más populares. Con el tiempo, el paseo marítimo de Pedregalejo se ha llenado de una larga serie de chiringuitos, casi todos de calidad excelente.

            Viendo la serie que cito, le cuento a Zalabardo lo que Rafael me dice y le aclaro, además, que la fecha de mi llegada a Málaga trabajé en un colegio de la zona y entre mis alumnos tuve a un hijo del dueño de Maricuchi. Hay hechos fortuitos que nos llevan a enlazar el presente con el pasado. En este caso, una foto de un lugar, el recuerdo de un amigo, un chiringuito en la playa, una serie de televisión y el recuerdo, mío, de un antiguo alumno se aúnan para crear la sensación de que el tiempo se nos estrecha o ensancha de forma caprichosa.


            La anécdota, en este caso, resulta, además, divertida. En un ejercicio de clase pedí a los alumnos, entre otras cosas, que explicaran el significado del refrán Por la boca muere el pez. Y este muchacho, usando una forma de expresión muy gráfica, dijo exactamente, pues no olvido su respuesta: «Por la boca muere el pez quiere decir, como si dijéramos has metido la pata, mecachis en la mar».

            En efecto, Por la boca muere el pez nos avisa de la necesidad de ser discretos al hablar, de no hacerlo sin reflexionar bien lo que se dice, de que ser lenguaraces sin necesidad tiene el peligro de poner en dificultades a otras personas o a nosotros mismos. Todo ello, partiendo de la imagen del riesgo que para un pez supone abrir la boca ante el anzuelo que se le pone delante. Y bien que lo aclara Gonzalo de Correas en el siglo XVII al recoger esta variante: El pez que busca el anzuelo busca su duelo, por las negativas consecuencias que suele tener. José María Sbarbi nos dice que la forma original del refrán es Por la boca muere el pez: cuenta con lo que se habla, argumento al que se suma el filósofo Julián Marías cuando defiende la forma Por la boca muere el pez y el hombre por la palabra.

            El acierto de este refrán se observa, le digo a Zalabardo, en haber dado pie a otros parecidos que transmiten la misma enseñanza. Por ejemplo, estos dos en los que el sujeto de la imagen sigue siendo un animal: Si el juil (pez endémico de algunas zonas mexicanas) no abriera la boca, nunca lo pescarían o Cantó el cuquillo y descubrió su nido; u otros en que ya se alude claramente a humanos: En boca cerrada no entran moscas, Quien mucho habla mucho yerra o Cada uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice.

            Este consejo de ser prudente y discreto a la hora de hablar no se encuentra solo es esas perlas de la sabiduría popular que son los refranes. En Oráculo manual y arte de la prudencia, del siglo XVII, Baltasar Gracián escribe: «Hablar con prudencia. Con los competidores por cautela; con los demás por decencia. Siempre hay tiempo para soltar las palabras, pero no para retirarlas».

            Zalabardo y yo seguimos hablando de la cantidad de traicioneros anzuelos que se muerden por imprudencia y de la cantidad de palabras que ya no se podrán retirar por mucho que se quiera.

sábado, mayo 14, 2022

HACER NOVILLOS


Mi pueblo, Osuna, está de feria este fin de semana. A mediados de mayo, mi pueblo toma el relevo de la de Sevilla y de la de Jerez. Hace muchos, muchos años, que no voy por la feria de mi pueblo. Lo cierto es que me atraen poco las ferias, como me atrae poco cualquier tipo de festejo que congregue multitudes. No obstante, estos días regreso a mi niñez y recuerdo las casetas de tiro, los puestos de turrón y la bamba que se alineaban junto a las tapias de lo que era el Asilo. Como recuerdo mi atracción favorita, el látigo, y, cómo no, el Gran Circo Americano, en el que los payasos Hermanos Tonetti me hacían reír. No sé si la memoria me juega alguna mala pasada, pero así lo recuerdo yo.

            Con ocasión de la feria, sugiero a Zalabardo, no estaría mal una reflexión sobre la expresión hacer novillos ‘dejar de ir a un sitio donde se tiene obligación o costumbre de ir, particularmente faltar los chicos a la escuela para irse a jugar’, según la definición de María Moliner. Zalabardo pone cara de extrañeza, porque no entiende qué pueda tener que ver una cosa con otra. Le digo, por lo pronto, que feria, ‘festejo, tiempo de vacación y descanso’, era, en un tiempo, la fiesta que se celebraba en días de mercado, en especial en aquellos en que se compraba y vendía ganado. Y hacer novillos, quién lo duda, es como tomarse unas horas de fiesta, de feria.

            No era yo, según recuerdo, niño dado a hacer novillos. En el pueblo, durante el bachillerato, quienes hacían novillos se iban al cerro de la Gallega, a los paredones, a la fachada principal de la Colegiata o, los que alargaban más la ausencia, al camino de las cuevas, a la cueva del Caracol o a las canteras. Recordaba todo esto hace unos días viendo a unos grupos de alumnos del instituto en que me jubilé, aquí en Málaga, cómo tomaban el sol en el Parque del Norte en lugar de estar en clase. Benditos ellos que todavía tienen tantos años por delante.

            El origen de hacer novillos es bastante confuso. No acaba de convencerme lo que sostiene Alberto Buitrago en su Diccionario de frases hechas, que lo sitúa en la costumbre de algunos jóvenes de abandonar su obligación para irse a una dehesa con intención de torear a escondidas alguno de los becerros que en ella pastan. No lo creo porque, aparte de ser una costumbre solo de quienes pretenden ser toreros, es algo que tiene lugar por la noche; además, en el lenguaje taurino, a eso se le llama hacer la luna.

            Zalabardo me dice que sigue sin tener claro que relacione la feria con faltar a clase. Le aclaro entonces que, ya en 1611, Covarrubias recoge en su Tesoro de la lengua castellana o española la expresión ir a novillos, de la que dice que es ‘término aldeano cuando un mozo ha salido del lugar con ánimo de ver el mundo y se vuelve dentro de poco tiempo, como hace el que va a comprar novillos a la feria’. Ya tenemos aquí la feria y el acto de afirmarse como adulto saltándose una obligación. Pero tampoco acabo de estar convencido y me parece una explicación tan incompleta como la de Buitrago. Ya le digo a mi amigo que estamos ante una expresión de origen oscuro.


           Por eso tomo otro camino y le pido que recuerde el capítulo tercero de La vida y hechos de Estebanillo González, pero mi amigo confiesa no haber leído esta novela picaresca y me veo obligado a citarle este fragmento: «…cargando con quince tornillos, novillos amadrigados del Cuartel de Nápoles, los llevé de nuevo a Roma a que hiciesen confesión general…». Le explico entonces que, desde época temprana, se llamó tornillo al soldado que deserta de la milicia, porque ‘se torna y abandona su puesto’. Todavía recogen este significado la Academia y María Moliner. Y los novillos de que se habla en el Estebanillo no son toros, sino, nuevos, novatos, bisoños si preferimos el término italiano. Tal vez, por analogía, la expresión entrase en el lenguaje estudiantil y el tornillo novillo pasase a designar al estudiante que descuidaba sus obligaciones y abandonaba las clases. Hacer como los (tornillos) novillos quedó finalmente en hacer novillos.

            Lo que pudiera sorprender, le digo a Zalabardo, es la cantidad de variantes que, con el tiempo, han surgido para señalar la ausencia a clase. La más extendida, sin duda, es hacer novillos, la que hemos comentado. Pero en mi pueblo, de él hablaba al comienzo y los nacidos allí que me lean podrán dar fe, siempre se dijo hacer la rabona. Supongo su origen en lo que recoge el Vocabulario andaluz, de Alcalá Venceslada, que dice que los cazadores llaman rabona a la liebre que se les escapa y rabonero a ‘quien hace la rabona, que falta a su trabajo’.

            Cuando llegué a Málaga, me encontré con que lo común aquí es hacer piarda, o pialba, según recoge Juan Cepas. Y siento decir que no he encontrado ni texto ni persona que me aclare el origen de piarda. Por fin, para ‘faltar a clase’, el español de ambos lados del Atlántico nos ofrece una numerosa serie que es casi imposible enumerar completa: en Madrid, hacer pellas; en Cataluña, hacer campanas; en Valencia, hacer fuchina; en Asturias, pirar clases; en Canarias, hacer huyona; en Euskadi, hacer pira. Muchas de estas expresiones son corrientes también en el español americano. Más propias de allí son: echarse la brincona, en México; hacerse la pera, en Ecuador; hacer la chancha, en Chile; irse de jobillos, en Puerto Rico…




domingo, mayo 08, 2022

EL MAL DE PRIMAVERA

 

Tras abandonar la cama y disfrutar contemplando cómo Venus se va apagando entre las primeras luces del día, leía esta mañana una entrevista con Javier Marías en la que nos confiesa que escribe sobre temas que le parecen «peligrosos, injustos o estúpidos». Comentamos Zalabardo y yo que aquí se puede aplicar lo de que cada maestrillo tiene su librillo, por lo que hay que desechar cualquier intento de hallar dos escritores que escriban igual. Sirva si queremos en el curioso caso del Pierre Menard nacido de la mente de Borges, que emprendió la tarea de escribir un Quijote que, aunque idéntico punto por punto y coma por coma al de Cervantes, paradójicamente, era un libro diferente.

            Zalabardo me dice: «Fíjate en ti mismo. Si dejas a un lado la excepción de la historia de ese barco holandés que naufragó en Marbella, se observa en tu producción un interés por la memoria, por el recuerdo, y por la persistencia del pasado en tu vida actual que te acerca a muchos otros autores, aunque te sientas diferente».

            Tiene razón mi amigo. La novela en la que me ocupo ahora es la historia de un escritor que, ya al final de su vida, vive por voluntad propia en una residencia y, observando desde su ventana cuanto ocurre en el exterior, reflexiona sobre la muerte ―que de niño le robó a su madre y después le ha ido robando a su esposa y a la mayoría de sus amistades―, sobre el tiempo y sobre la memoria que se resiste a perder los recuerdos. ¿Qué te distingue? Que aunque escribas novela, y por tanto ficción, por todas partes aparecen episodios que, aun vividos por seres imaginarios, se anclan en tu personal experiencia. Valga este ejemplo de un profesor y el mal de primavera:

«La primavera es ya en sí misma, siempre, un regalo. Aunque, y eso me ocurrió en una época ya lejana, a veces pueda sentar mal. O eso fue lo que me dijo un profesor al que pedí aclaración sobre la razón de un suspenso. Su respuesta, que comenzó de manera extensa y razonada, concluyó, no obstante, con un cierre desconcertante: “Pero…, amigo mío…, le ha sentado mal la primavera”. No hubo descortesía ni desdén en sus palabras; su trato fue educado y sus palabras no permitían interpretar intención burlesca ni tono hiriente. Sentado tras la mesa de su despacho, me dispensó una acogida amable y me dirigía una mirada amistosa. A pesar de todo ello, los errores o las omisiones en mi ejercicio siguen siendo, después de tantos años, un enigma y permanecen extraviados en un limbo del que no podrán ser rescatados, imprecisos velados por una niebla que aún no se ha disipado, como sí se disipó la de esta mañana.


El destino caprichoso y voluble ha querido, no obstante, que esta primavera que se ha presentado llamando con su magnificencia a mi ventana, con el azul del cielo y el aroma del azahar, y el feliz añadido ―que Manolo llamaría añadiúra― de esa presencia inesperada, me haya transfundido unas dosis de optimismo que necesitaba, porque hay días en que me levanto con el ánimo abatido, impedido por los grilletes de un desconcierto similar al del día ya remoto en que viví un instante que pudo no haber sucedido pero que sí sucedió, un episodio que tiene más de ridículo que de incomprensible y que, porque no lo puedo olvidar, forma parte de mis pesadillas recurrentes. Me lo dijo así, llamándome amigo, él, tan rígido en su porte y conducta. No era frecuente en aquellos tiempos que un profesor, en la solemnidad de su despacho, llamase amigo a un alumno. Todos en la universidad, alumnos y profesores, ponían exquisito cuidado en guardar las buenas formas. Los profesores eran don Tal o don Cual y los alumnos éramos señor Tal o señor Cual. Incluso aquel profesor de latín tan enemigo de protocolos y formalidades, que predicaba en clase una ideología ácrata, que no dudaba en unirse a nosotros para tomar unos vinos, o nos acompañaba al teatro en las localidades más baratas, que participaba en las tertulias estudiantiles, y al que el resto del claustro miraba un poco de soslayo por su excesiva cercanía a los alumnos, respetaba este código. No como aquí, donde hasta el más humilde empleado, nos tutea: “¿Cómo andas hoy de ánimo?”, me ha preguntado al entrar en la habitación, sin dejar de masticar chicle, una rubia de mórbidos mofletes sonrosados, peinado juvenil y mirada que le confieren un aspecto aniñado, casi de nínfula. No la conozco. Nunca antes la había visto. La otra, la morena menuda y vivaracha que hojeaba mis libros, no ha venido. Estará de vacaciones. “Tienes que alegrar esa cara, que se note que estamos en primavera”, ha añadido. Incluso el jardinero que me provee de botellas de anís me habla de tú: “Que quede claro; si un día te pillan, yo no tengo nada que ver en esto”.

La repentina aparición de Eladio y la llegada de la primavera me han hecho recordar aquel suceso tan lejano y temer que el alevoso destino trate de chafarme tan gozosas coincidencias. Aquel profesor me lo soltó así, de improviso: “Amigo mío, le ha sentado mal la primavera”. Desde entonces, cada año recuerdo tan estrambótica anécdota y me pongo en guardia y me digo: “oído al parche, que ya estamos en primavera”; lo hago por precaución, por si debo aplicarme el pertinente antihistamínico que combata esa alergia que pudiera amargarme la estación. A ella, a Cloe, la divertía y disfrutaba recordando cómo me molestaron sus risas cuando le conté la entrevista. Me dolieron más esas risas burlonas que el suspenso en sí. No tardó en darse cuenta de ello y aprovechaba la menor ocasión para zaherirme; me soltaba a la cara, aunque no hubiera motivo suficiente: “¿Qué te pasa, te ha sentado mal la primavera?”, sin importar que estuviésemos en verano o en invierno. Ahora caigo en que recuerdo este episodio porque hace unas noches soñé con él, con aquel profesor tan serio que me suspendió por causa de la primavera que se me atragantó. No fue un sueño normal, sino una pesadilla. Tengo más pesadillas que sueños. Solía repetírselo con insistencia y ella me afeaba esa tendencia que yo parecía no notar: “Hijo, qué repetido eres, qué manía la tuya de decir lo mismo”. Tal vez eso, las pesadillas, no que lo repita, explique las pocas horas que duermo, la creencia de que he dormido todo lo que me tocaba dormir a lo largo de mi vida. Una mañana pregunté a Eladio, el hombre de la plaza, si su sueño era plácido o sufría pesadillas. “No necesito dormir para tener pesadillas”, me contestó con una frialdad que me dejó perplejo, “mi pesadilla es seguir aún vivo”. Fue una respuesta instantánea, acelerada, pero sin apresuramiento, que casi ni tuvo que meditarla. ¿De qué materia se nutrirán las pesadillas, como las mías o como las de Eladio, que no tienen fin? Hamlet se preguntaba por los sueños que sobrevivirán al de la muerte una vez nos liberemos del inexplicable torbellino de la vida. ¿Me atormentarán mis pesadillas aun después de muerto?»

sábado, abril 30, 2022

¿QUIÉN ENCONTRARÁ LA MUJER IDEAL?

 

El miércoles se presentó un poemario de Presina Pereiro titulado Arde Prometeo y que su autora edita con todos los derechos cedidos para la recuperación de la Librería Proteo, destruida por un incendio hará pronto un año. El gesto de Presina es uno más de los que se han unido a este loable propósito de que las llamas no sean el fin de la más prestigiosa librería malagueña, entre ellos Todos con Proteo, libro colectivo cuya edición he tenido el placer y el honor de coordinar.

            Presina Pereiro, novelista, Licenciada en Historia, especialista en el siglo XVI, y colaboradora en bastantes movimientos defensores de los derechos de las mujeres, fue presentada por José Infante, poeta de reconocido prestigio que también había participado en Todos con Proteo. En la acertada semblanza que hizo de la autora de Arde Prometeo, tuvo el acierto de llamarla (creo que esa fue la expresión) feminista a la antigua, pues, explicó, Presina no levanta ninguna bandera para luchar contra los hombres, sino que centra su lucha en conseguir los justos derechos de las mujeres.

            Bastantes feministas estarán en desacuerdo con José Infante y dirán que solo derribando, con los medios que sea, esa barrera levantada durante siglos por una sociedad dominada por hombres, alcanzará la mujer el lugar que le corresponde. Puede que tengan razón, pero yo me alineo junto a Infante al defender que es más efectivo un feminismo reivindicativo que otro revanchista. Figuras como Carmen de Burgos, Clara Campoamor o Emilia Pardo Bazán, entre otras, ya representaron este sentir en el siglo XIX e hicieron mucho en favor de las mujeres de nuestro siglo, para las que deberían servir de modelos.

            El feminismo militante denuncia la vigencia de un exceso de resabios heredados de una mentalidad patriarcal con muchos siglos de existencia. Tiene razón también en eso y tiempo va siendo de desterrarlos. Pero no hay que olvidar que la oposición al ideal feminista no viene solo de los hombres, sino que hay un peligroso quintacolumnismo formado por mujeres fieles a un modelo que ya se elogiaba en uno de los libros sapienciales de la Biblia, el de los Proverbios. En su capítulo 31, en especial los versículos 10 al 31, se define a la perfección. «¿Quién encontrará a la mujer ideal?», a lo que se responde con la enumeración de las dotes que han de concurrir en ella: busca lana y lino para trabajarlos, se levanta antes de que amanezca para preparar la comida de toda la familia, impedirá que pasen frío confeccionando la ropa que visten, cuida de que la casa esté siempre limpia y ordenada, trabaja con energía sin distraerse para que nadie pueda decir que no se ha merecido el pan que come, se viste con sencillez y dignidad despreciando la gracia engañosa y la belleza fugaz… Por estas y otras cualidades, el marido será felicitado cuando se sienta en la plaza a conversar con los amigos.


           Le digo a Zalabardo que, aunque sea un pensamiento forjado por hombres, llama la atención que, después de casi tres mil años, haya tantas mujeres adheridas a ese ideal. En España, ese concepto de mujer lo defendió con fuerza, no mucho después de nuestra guerra civil, Pilar Primo de Rivera, autora incluso de una Guía de la buena esposa (o sea, la mujer ideal bíblica), donde afirmaba que «la única misión que tienen asignada las mujeres en la tarea de la patria es el hogar»; junto a este principio básico se aconseja a la mujer ser sumisa, no hacer deporte, «que no se empache con libros… porque la mujer no tiene que ser intelectual»; y en la larguísima serie de consejos, se advierte sobre las relaciones sexuales (por supuesto, dentro del matrimonio), recomendando que accedan mansamente a los deseos del marido porque «la satisfacción del hombre es más importante que la de la mujer».

            Numerosos detalles y conductas constatan la existencia de prejuicios que entorpecen el acceso de las mujeres a una situación de igualdad. Hace unos días, le cuento a Zalabardo, difundía yo, en tono de humor, una versión del lamentable accidente de Belén Esteban. No me gusta lo que Belén Esteban hace, no me gustan esos programas, no me gusta una televisión chismosa y barriobajera. Hasta ahí llego. Pero como hay muchos modos de ser persona (hombre o mujer) y, en principio, todos son respetables, no tengo nada contra el camino que cada cual elija para ganarse la vida. Belén Esteban es libre de hacer lo que hace. Por eso, siento rabia al ver que la manejan como a un muñeco y no puedo evitar pensar qué vida le espera el día que esa televisión deje de considerarla rentable.

            Inmediatamente, aclaré que hacía un chiste inocente ―todo en la vida se puede tomar con humor― y pasé a denunciar la imperdonable falta de ética que refleja el hecho de que el programa continuase como si nada hubiese ocurrido. En la última novela de Garriga Vela, un personaje (guionista de televisión) dice no hay que ofrecer nada que haga pensar al espectador, porque cambiará de canal, que hay que ofrecer imágenes poderosas, «como la familia deshecha por el dolor… tras haberse encontrado entre la maleza el cadáver de la hija desparecida». En el caso que cuento, esa televisión mostró desde todos los ángulos la imagen de una Belén Esteban dolorida y llorosa porque acababa de romperse tibia y peroné. Vergonzosa conducta.


           La triste anécdota que contaba motivó una pequeña discusión, intrascendente y sin mayores consecuencias; alguien me dijo textualmente: «Ella se lo ha buscado. Ahora que se aguante». Duro juicio que me sorprendió porque parece alinearse con la defensa de la mujer ideal y fuerte de la que habla la Biblia o la sumisa que pedía Pilar Primo de Rivera, al que no se ajusta Belén Esteban. Pero tampoco puedo prohibir a nadie que piense como mejor le parezca. En eso estriba la libertad

            No sé, le confío a Zalabardo, si este apunte me ha quedado como un confuso batiburrillo; en cualquier caso, le aclaro, lo que quiero decir es que las trabas al objetivo feminista no las ponen solo hombres; que las dificultades para que la mujer consiga una plena igualdad social proceden también de muchas mujeres.

sábado, abril 23, 2022

DÍA DEL LIBRO 2022

Me pidieron hace unos días que, con motivo del Día del libro, grabara un vídeo de no más de 30 segundos en el que hablase de cuál es mi libro preferido y por qué razones y en el recomendase un libro y explicara por qué. Zalabardo me miraba y yo lo miraba a él. No entendíamos qué tal cosa fuese posible en tan escaso tiempo. Mi amigo se reía: «Te lo han pedido a ti», me decía, dando a entender que poca ayuda podía prestarme.

            No soy capaz de elegir mi libro preferido por la sencilla razón de que no existe tal libro; tendría que citar varios, tal vez demasiados, porque cada libro posee algo peculiar que no solo lo convierte en una experiencia concreta e irrepetible, sino que te habla de una manera diferente cada vez que regresas a él. Lo tópico, lo que primero se viene a la boca es responder que el Quijote. Y en mi caso pudiera ser, entre otras razones porque casi aprendí a leer en él, en una edición infantil, y jamás olvidaré cómo mi maestro de primaria nos ponía en semicírculo e íbamos pasando el libro de una mano a otra. En la actualidad, lo sigo leyendo regularmente y cada vez que me enfrento a un capítulo hallo algo que no había visto en la lectura precedente. Tengo, creo, que seis ediciones diferentes, entre ellas la anotada por Rodríguez Marín, mi paisano, y la ilustrada por Dalí.

            Pero no podría quedarme ahí. Si hago memoria, no puedo callar las lecturas juveniles que me atrajeron de manera especial; quizá la que más, La isla del tesoro, de Stevenson y el conjunto de las novelas de Verne, con Miguel Strogoff y 20000 leguas de viaje submarino a la cabeza.


            Un día descubrí, casi por casualidad, Platero y yo y mi admiración, con una laguna grande de años por medio, acabaría derivando en un respeto muy grande hacia la hondura poética de Juan Ramón Jiménez, en especial Dios deseado y deseante y el extenso poema Espacio. Entre medias, se me aparecieron los clásicos, Homero como abanderado con la Iliada y la Odisea. Ya bastante tarde, he conocido el inmenso Poema de Gilgamesh. Que no se olvide la Carta a Meneceo, de Epicuro. En los clásicos está todo lo que un lector quiera encontrar, creo que nada hay en la literatura que no tenga su origen en ellos.

            A lo largo de mi dilatada vida se han ido añadiendo libros y autores. Joseph Conrad y El corazón de las tinieblas, las Hojas de hierba de Whitman; Las uvas de la ira, de Steinbeck y el delicioso cuento La perla. ¿Y dónde deja uno El viejo y el mar, de Hemingway? Y mientras escribo esto, pienso que he olvidado mencionar a Dante y su inmortal Comedia, que he callado los nombres de Montaigne, de Machado, de Valle-Inclán, de Delibes… ¿Esconderemos a Dostoievski o a Kafka? ¿Y a Goethe? ¿Hay un libro de amor más profundo que El cantar de los cantares?

            Y, claro, al hablar de preferencias, debo citar ineludiblemente al mejicano Juan Rulfo y su impresionante Pedro Páramo, para mí la mejor novela en español después del Quijote; si el realismo mágico tiene un profeta y un origen puede que ahí esté una cosa y la otra. Caigo en la cuenta, entonces, de qué pasa con La amortajada, de la chilena María Luisa Bombal, que ya anticipó ese género en 1938. O con Madame Bovary, de Flaubert, pilar de la novela moderna.

            Con esos antecedentes, ¿puedo elegir un libro que y considerarlo mi preferido? Es de todo punto imposible. ¿Y recomendar? ¡Qué tarea más complicada! ¡Qué riesgo aconsejar a alguien que lea tal o cual libro y, más aún, razonar por qué ha de hacerlo! Si es antiguo, por lo ya dicho; si actúa, porque se publica tanto que a uno le quedan muchos buenos libros por descubrir. Por eso, cada persona ha de encontrar su libro, sus libros, porque cada lector es diferente a los demás y cada libro encierra universos infinitos que no todos percibimos de igual manera.

            Zalabardo sabe que, en esta cuestión, siempre prefiero decir qué estoy leyendo antes que recomendar que otros lo que han de leer. Por ejemplo, en estos instantes estoy leyendo Apología, de Antonio de Nebrija, alegato en el que defiende el criterio filológico para la revisión de la Biblia para hacer frente a los fanáticos que quisieron llevarlo ante la Inquisición. Y, como estamos en el año de su centenario, releo también Ulises, de James Joyce, como he vuelto a leer El infinito en un junco, de Irene Vallejo, la Comedia de Dante, la Odisea y los Poemas de Allan Poe. Creo que vivo una etapa en que releo más que leo. Y ya que soy más aficionado a la novela que a otros géneros, lo último ha sido Volver a casa, de Yaa Gyasi; Horas muertas, de Garriga Vela; A corazón abierto, de Elvira Lindo; Volver a dónde, de Muñoz Molina y Sacramento, de Antonio Soler. En este proceso de revisión de preferencias, ¿habría que dejar fuera los diccionarios?

           Mañana, Zalabardo me avisa que ya hoy cuando escribo, es el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, que esa es la denominación oficial. Por eso le cuento a mi amigo algunos detalles. Por ejemplo, que esta fiesta comenzó a promoverla en 1923 un español, Vicente Clavel, creador de la Editorial Valencia. En 1926, mediante decreto, se estableció el Día del Libro Español, que inicialmente se celebraría el 7 de octubre, para pasar en 1930 a la fecha actual de 23 de abril. Y que, en 1995, la UNESCO decidió establecer en tal fecha el actual Día Internacional del Libro. Le explico también a mi amigo que, pese a lo que se afirma, Cervantes y Shakespeare no coincidieron en morir es esta fecha. Cervantes falleció el 22 de abril de 1616 y el 23 fue sepultado. Pero en España regía el calendario gregoriano mientras que los ingleses se guiaban por el juliano; y el 23 de abril de este último se corresponde con el 3 de mayo nuestro. Por último, que esa fecha de 23 de abril es también la fecha del fallecimiento del Inca Garcilaso, de William Wordsworth o de Josep Pla.

domingo, abril 17, 2022

TRADICIONES, SEMANA SANTA Y “CORRER LA VEGA” EN ANTEQUERA


Definir con exactitud qué sea una tradición no es cosa fácil. Muchos estudiosos discrepan y defienden nociones diferentes. Aun así, sabemos que comer turrón en Navidad es una tradición. O, en Alemania, despedir el año fundiendo en una cuchara una pequeña figura de plomo que, una vez derretida, se verterá en un vaso de agua para interpretar la forma resultante como augurio del nuevo año. También es tradición granadina comer habas crudas el Día de la Cruz. Pues bien, hace unos días, un diputado ultraderechista sorprendió al Perlament catalán con una alocución en la que se mostraba contrario a felicitar las fiestas primaverales o «cualquier festividad extranjera ajena a nuestra tradición». Acabó su intervención afirmando que él solo felicita la Semana Santa y gritando: «¡Viva Cristo Rey!».

No seré yo, y menos aún Zalabardo, quienes discutamos el derecho que asiste a cada persona a practicar una religión. O a hacer pública ostentación de ello. Sin embargo, coincidimos en pensar que este diputado cometía errores de bulto en su intervención. Por ejemplo, el de que, en un estado laico, declaraciones de ese tono sobran en la tribuna de un parlamento. Segundo, que tales palabras reflejan una idea no muy clara sobre lo que sea la Semana Santa, conmemoración cristiana de los últimos días de Jesucristo, los de su pasión y su muerte; ¿tiene sentido que alguien felicite a nadie por ello? Y, por último, que es discutible considerar la Semana Santa “una tradición nuestra”, como si fuese una propiedad de los españoles y nada tuvieran que ver con ella otras sociedades “extranjeras”.


           Zalabardo y yo pensamos que la Semana Santa es conmemoración tan importante para el cristianismo, como es importante la Pascua para los judíos o el Ramadán para los islámicos. Cada una recuerda un hecho crucial para sus culturas. Conocido lo que es la Semana Santa, le explico a Zalabardo que el Ramadán, noveno mes del calendario islámico, recuerda la aparición del ángel Gabriel y la revelación a Mahoma del Corán. Para los creyentes de esa fe es un periodo de ayuno y expiación mediante el que se logra la liberación de los pecados. Y que la Pascua judía, la única que de verdad es fiesta, celebra la liberación del pueblo hebreo de su esclavitud en Egipto. En resumen, son conmemoraciones a las que se unen determinadas tradiciones que no han de confundirse con ellas.

            La Semana Santa es algo que rebasa la simplista consideración de “tradición española”. Ya en sus orígenes observamos su relación con la cultura judía y la celebración de la Pascua. La última cena, que podemos ver como instauración de la eucaristía y fundamento de una nueva religión, lo prueba. Jesús envió a sus apóstoles a que prepararan el lugar para celebrar la Pascua y comer. El cristianismo primitivo, que no duda en llamar Cordero a Jesús, por comparación con el que se sacrificaba en aquella fiesta, se esforzó, sin embargo, en romper cualquier relación con el judaísmo. En el primer concilio de Nicea, siglo IV, se estableció que la Pascua (de resurrección) tuviese lugar obligadamente en domingo y que no coincidiera con la Pascua judía; el asunto de la determinación de la fecha se resolvió en el siglo VI: la Pascua cristiana tendría lugar el domingo inmediatamente posterior a la primera luna llena del equinoccio de marzo, lo que tiene lugar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. El diputado que desligaba la Semana Santa de cualquier celebración primaveral debería saber esto.

            Estas festividades de las que hablamos tienen sus propias tradiciones, costumbres, formas de expresión adoptadas por una comunidad, que varían de un lugar a otro. Para seguir llevando la contraria al diputado catalán, Alberto Tarradas es su nombre, le digo a Zalabardo que, en Antequera, una tradición arraigada es la costumbre de correr la Vega durante los días centrales de la Semana Santa. Tenía ganas de presenciar esa fiesta, pues fiesta es y como tradición la defienden los antequeranos, y el Viernes Santo me fui a ver las procesiones de la Virgen de la Paz y de la del Socorro y a compartir la emoción de los antequeranos viendo correr la Vega en la Cuesta de la Paz y en la Cuesta de Zapateros. Muchos jóvenes, y no pocos mayores, que tal vez no sean religiosos, que no siguen las procesiones de la Paz o del Socorro, a la hora precisa se concentran en la plaza de san Sebastián ansiosos de que los tronos enfilen las cuestas para correr ante ellos. Al concluir, se sentirán orgullosos por haber corrido la Vega jaleados por una multitud enfervorizada que los animaba.

 


           Contagiado de ese entusiasmo general, apretujado en la estrecha acera de la cuesta, primero la Paz, luego Zapateros, aprovechaba los intervalos entre la subida de un trono y otro para hablar con la gente y pedirles que me contaran qué es eso de llamar correr la Vega a una subida desenfrenada por una cuesta en la que no faltaban caídas y accidentes. Nunca graves, un desollón en la rodilla o perder un zapato, nada más. Me daban versiones distintas, aunque coincidentes en el fondo. No sabían dar fechas ni explicar su evolución hasta la forma actual. Pero todos hablaban de una época lejana en que la procesión iba por otro lado hasta llegar a un cerrillo, la cuesta de Archidona, desde donde se divisa toda la vega antequerana. Allí, pedían a las imágenes que bendijesen la vega para que las próximas cosechas fuesen buenas. Con el tiempo, los recorridos procesionales cambiaron y se inició la costumbre de ese ascenso desenfrenado, que alguien califica como «algo que se ha hecho toda la vida». Pero ninguna razón histórica importaba a los que hablaban conmigo. Era Viernes Santo y, en aquel momento, solo contaba el latido acelerado de los corredores de la Vega y la admiración de los espectadores. Correr la Vega es una tradición con la que todos los antequeranos se identifican, sin atender a la condición ni creencia de nadie.



sábado, abril 09, 2022

¿HAY PALABRAS FEAS?

En el canto XXII de la Odisea (deseo no equivocarme porque empiezo a escribir este apunte en un chiringuito de playa de Rincón de la Victoria mientras hago tiempo para una reunión de amigos), Atenea, antes de prestar su ayuda a Ulises para acabar con los pretendientes de Penélope, adopta forma de golondrina y se retira a una viga ennegrecida desde donde observa hasta qué grado conserva su fuerza el héroe de Troya.

Comienzo así porque, leyendo un artículo sobre cuáles son las palabras más feas de nuestra lengua, me viene el recuerdo de que, cuando yo estudiaba bachillerato allá en mi pueblo, Osuna, había dos palabras francesas que me parecían bellísimas: una era hirondelle, golondrina, palabra que me sugería la elegancia del plumaje del pájaro designado; la otra era coquelicot, amapola, que en mi oído sonaba con la fuerza del destello rojo con que aparecía entre el verdor de los trigos en el Cerro de la Gallega, al lado mismo del instituto.

He leído solo por encima este artículo que menciono, pero ha sido suficiente para enterarme de que, según algunas encuestas, seborrea, garruño y otra serie de palabras encabezan esa lista. Le digo entonces a Zalabardo que no estoy muy seguro de que pueda hablar de palabras feas o bonitas y prefiero hablar de palabras que me gustan y palabras que no. La fealdad, si acaso, se encontraría en lo designado por ellas. Veamos si no un caso. Estos días, nos duelen los oídos, la vista y el corazón de tanto oír la palabra guerra y de contemplar la tragedia que asola Ucrania. Pero, por nombrar una realidad aborrecible, pienso que puede ser fea sin merecerlo. Porque, atendiendo a esa aspereza velar de la /g/ y a la fuerza de la vibrante /r/, le encuentro a guerra un atractivo fonético del que otras carecen, aunque no me gusta aquello que transmite.


Si queremos hablar de fealdad, feas serían todas las palabras que significan cuanto quisiéramos desterrar. En una película de Woody Allen se decía algo así como que «las palabras más hermosas no son te amo, sino es benigno», porque te libran de un miedo que tenías. Por eso, le digo a mi amigo, para mí es fea posverdad, una manera indecente de nombrar la mentira, palabra que también debiéramos detestar, y fea y condenable es reduflación, puesta de moda por la crisis económica y con la que comerciantes poco escrupulosos disimulan ese timo de mantener el precio de un producto a cambio de entregarnos menor cantidad del mismo; leo, por ejemplo, que una marca de macarrones mantiene el precio de un paquete con un 10% de contenido menos, lo que, paradójicamente, supone que al comprador le resulte un 15,7% más caro.

Nos desagradan, pues, las realidades significadas por guerra, posverdad o reduflación, no las palabras en sí. Tal vez por esa razón hasta nos cuesta encontrar otras palabras con que sustituirlas. Intento demostrárselo a Zalabardo con dos ejemplos. La mariposa es un insecto que sin duda gusta a cualquier persona. ¿Explicará lo que digo que en euskera haya hasta treinta maneras diferentes de nombrarlo?: tximeleta, mitxilokotoe, inguma, ollopapillum, txiripinton, marisorgin, yinkoaren, bestelakoak, abekata y, así, ya digo que hasta treinta, sin dejar atrás, creo que lo comenté un día, pinpilinpauxa, considerada como la palabra más bella del euskera.

Y una profesora de la Universidad de Santiago de Compostela, Elvira Fidalgo, ha reunido hasta setenta palabras para nombrar la lluvia, otra realidad bella. La lluvia débil es chuvisca, orvallo, barbaña, froallo, zarzallo…; si es lluvia fuerte, entonces será chuveira, chaparrada, arroiada, treixada, bátega…; si se acompaña de rayos y truenos hablaremos de treboada, trebón o torbón; y si cae en forma de nieve, cebriña, salabreada, escarabana, sarabiada…, hasta completar la larga lista.

Si es inevitable la existencia de muchas realidades desagradables que no podemos suprimir, quedémonos con aquello que nos gusta y no culpemos a las palabras. Le recuerdo a Zalabardo el comienzo de la novela La familia de Pascual Duarte: «Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo». O lo que decía la entrañable Jessica Rabbit, de la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, cuando dice «Yo no soy mala, es que me han dibujado así».

sábado, abril 02, 2022

SOBRE LA HECATOMBE Y EL CHIVO EXPIATORIO

 


Con la excusa de que este año se cumple un centenario de la publicación de Ulises, la novela de Joyce, me he propuesto emprender su relectura utilizando la edición conmemorativa que ha sacado Lumen, con traducción de José María Valverde. Ya de paso, le digo a Zalabardo, no es mal momento para volver a leer la Odisea y me acojo a una edición también reciente, la versión de Samuel Butler publicada por Blackie Books en su colección Clásicos liberados.

            Zalabardo me dice que se niega a leer la novela de Joyce, pero que le parece bien echarle una ojeada a las peripecias de Ulises. Y no ha tenido que avanzar muchas páginas para lanzarme un comentario: «¡Hay que ver estos griegos, que no eran capaces de dar un paso sin celebrar una hecatombe!» Su comentario nos da pie para hablar acerca del importante valor que en todas las culturas tiene la religión. La palabra religión, de modo general, es el nombre que se da al conjunto de creencias, comportamientos y ritos con los que una comunidad quiere establecer su relación con una o varias divinidades. El hecho religioso, presente en todas las culturas y en todos los tiempos, posee un elevando componente de misterio y miedo, ya que nace de la curiosidad por saber si hay algo después de la muerte.

            Pero no es el hecho religioso el que nos atrae en este momento a Zalabardo y a mí, sino dos ritos concretos en que se manifiesta esa religiosidad. Por ejemplo, entre los griegos, la hecatombe a que aludía Zalabardo y, entre los judíos, el chivo expiatorio. Los dos ritos son formas de sacrificio con que contentar a la divinidad y pedir su protección; pero los dos, en la época actual, han pasado a tener un significado más profano, aunque, si los analizamos, vemos la clara relación que mantienen con el significado primitivo.

 


           En el canto III de la Odisea, por escoger un único ejemplo, leemos que, deseoso Menelao de emprender cuanto antes el viaje de regreso, «Agamenón pensaba que debíamos esperar hasta ofrecer hecatombes para aplacar la cólera de Atenea». Hecatombe significa literalmente ‘cien bueyes’ y designaba el sacrificio que se hacía a algún dios para recabar su ayuda. Hesiodo cuenta que el origen de este rito se remonta a un episodio en que Prometeo, tras sacrificar un buey hizo dos lotes: en uno, bajo las pieles, colocó las mejores piezas del animal; en el otro, colocó los huesos, recubiertos de brillante grasa. Pidió a Zeus que escogiera uno y el rey del Olimpo se dejó llevar por las apariencias y escogió el de los huesos. Molesto por este engaño, obligó a que cada año los hombres tuvieran que ofrecer a los dioses el sacrificio de cien reses. Con el tiempo, la costumbre fue degenerando y no fue necesario sacrificar cien animales ni que estos fuesen bueyes. En cualquier caso, para muchos resultaba gravoso este sacrificio y su significado se unió al de katastrophé, ‘ruina, trastorno grave’ y, ya en el siglo XVIII, ‘cualquier clase de desastre natural, mortandad grande, desgracia’, significado que ha perdurado hasta hoy.


            Con chivo expiatorio entendemos en la actualidad ‘la persona o personas sobre quienes, sean o no inocentes, se hace recaer una culpa, de manera que se convierten en excusa con la que los verdaderos culpables se liberan de cualquier acusación’. El origen hay que buscarlo en la religión judía y el Levítico lo explica muy bien. En la conocida como Fiesta de la Expiación, el Yom Kippur, se seleccionaban dos chivos. Mediante un sorteo, se decidía cuál de ellos sería sacrificado y ofrecido a Yavhé; el otro, que sería el chivo expiatorio, se convertía en depositario de todos los pecados y faltas de las personas y era abandonado en el desierto, donde, falto de comida y bebida, moría prontamente. Con su muerte, esa era la creencia, las personas se liberaban de sus culpas, expiaban sus pecados. Se cuenta así en el capítulo 16 del Levítico: «Pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra deshabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto».

sábado, marzo 26, 2022

MANDAR A HACER PUÑETAS


¿Quién no se ha sentido alguna vez incómodo por la simple presencia de alguien o porque consideramos que se inmiscuye en lo que no debe? ¿Quién no ha deseado verlo lo más alejado posible? Está claro que ese sentimiento puede ser reversible, es decir, que sea nuestra presencia o nuestra intromisión la que moleste. La forma de romper ese hilo, a veces muy sutil, puede presentar formas variadas. Pero, si pensamos un poco, ninguna provoca un sentimiento de desahogo pleno como la que nace en un exabrupto.

            Comentamos Zalabardo y yo una anécdota que tiene ya algo más de veinte años y que fue protagonizada por Fernando Fernán Gómez. Un admirador se le acercó con el deseo de que le firmara un libro, a lo que el actor se negó. Como el admirador insistía y, sobre todo, quería saber la razón de la negativa, Fernán Gómez se alteró y le contestó con un contundente: «No se lo firmo porque no me sale de los cojones». El pobre hombre no se amilanó; lo que hizo fue reprocharle su mala educación y declararle que desde aquel momento dejaba de ser su admirador. Fernán Gómez estalló: «Sí, yo no soy como usted, soy un maleducado; y no necesito que me admire, así que váyase a la mierda, ¡a la mierda!».

            Hay formas más soeces de quitarse a alguien de encima que la de mandarlo a la mierda, aunque esta manifiesta bien a las claras nuestro desprecio hacia alguien. Y hay otras más sutiles y refinadas que persiguen el mismo fin. Le cuento a mi amigo la manera en que un compañero, profesor de Filosofía, harto del mal comportamiento de un alumno en clase, lo expulsó. Se dirigió hacia él con paso tranquilo, y con voz serena, aunque firme, le dijo: «Fulano, por favor, levántate y cierra la puerta del aula». El alumno, con cara de sorpresa, respondió: «Pero si está cerrada…» A lo que mi compañero repuso: «Sí, ya lo sé, pero ve y ciérrala por fuera».


            Entre la actitud de Fernán Gómez y la de mi compañero caben todos los matices que queramos y son bastantes las expresiones con las que queremos poner distancia entre quien nos enfada y nosotros: mandar a hacer puñetas, a freír espárragos, a la porra, al carajo, al quinto pino, a tomar viento a la Farola, a donde Cristo dio las tres voces, a hacer gárgaras… En todos los casos, se pretende con aspereza establecer una separación física respecto a la otra persona, o hacerle ver que debe dejarnos en paz. Algunas de esas expresiones coloquiales merecen una explicación.

            Mandar a hacer puñetas es pedirle a alguien que se dedique a sus asuntos y no se meta en los nuestros. Las puñetas son los adornos, por lo general encajes que llevan en la bocamanga de las togas los doctores, jueces y magistrados. Es una labor compleja que requiere bastante atención. Pero también, se dice, se hacían en conventos y lugares apartados; por eso, la expresión exige tanto que se ocupe de otras cuestiones como que se mantenga lo más alejado posible. Mandar a freír espárragos parece que nació en el siglo XIX y hay quien sostiene una relación con un dicho latino: Citius quam asparagi coquamtur, ‘en lo que tarda en cocer los espárragos’. Pero el espárrago cuece pronto, le basta un primer hervor; tal vez por eso a alguien se le ocurriese enviar al indeseado a que los friera, tarea que exige mayor dedicación.

            Mandar a la porra y mandar al carajo fueron en su origen dos formas de castigo. En la milicia, la porra es el bastón largo y acabado en una bola que porta el tambor mayor de un regimiento. Cuando se acampaba, la porra se clavaba en el suelo en una esquina del campamento y a aquellos soldados merecedores de una sanción leve se los enviaba al lugar donde se encontraba la porra. Mandar al carajo nos remite al lenguaje de la marinería. Aunque muchos diccionarios no lo recogen, carajo es una forma de llamar a la cofa, plataforma o cesto situado en lo más alto del palo mayor de un buque que sirve como puesto de vigilancia. Por su situación, es uno de los puntos más incómodos; por eso, al marino indisciplinado se lo mandaba un tiempo, como castigo, al carajo.


            Las otras expresiones citadas aluden a distancia. La expresión mandar a uno que se vaya al quinto pino parece que surgió en el siglo XVIII, durante el reinado de Felipe V. Se cuenta que en el trayecto que va de Recoletos a lo que hoy son los Nuevos Ministerios, que entonces era las afueras de la ciudad, se plantaron cinco pinos, bien distantes entre ellos. Al individuo molesto se lo enviaba al último de estos pinos, el quinto. La expresión tiene doble valor, porque se usa también para indicar que algo está muy lejos. Bastante general es mandar a tomar viento o a dar un paseo a alguien. No obstante, la primera de ellas tomó una nueva variante en Málaga, mandar a tomar viento a la Farola. La Farola no solo quedaba alejada del núcleo urbano, sino que además era, y sigue siendo, un lugar muy molesto cuando sopla el viento.

sábado, marzo 19, 2022

PEPE, PACO Y OTROS HIPOCORÍSTICOS

 


Que tengamos nombres poco comunes supone para Zalabardo y para mí alguna ventaja y algún inconveniente. El inconveniente es que difícilmente pasaremos desapercibidos y no será fácil que nos confundan; la ventaja, que si alguna voz grita nuestro nombre en un lugar concurrido, tendremos la plena seguridad de que es a nosotros a quien reclaman. Si en calle Larios se oye ¡Pepe…!, habrá un número no menor de diez personas que vuelvan la cabeza. A nosotros, eso es algo que nunca nos ocurrirá, pues difícilmente coincidiremos dos seres de idéntico nombre en ese lugar.

            Le comento este detalle a Zalabardo con la intención de explicarle a mi amigo qué hace que Pepe y José sean el mismo nombre. Y, del mismo modo, hacerle ver que lo que une a Pepe con Fran, Luchi, Mabel, Lola, Nando y otros muchos es que, entre los antropónimos, los nombres de personas, estos que digo constituyen un grupo especial, el de los llamados hipocorísticos. Derivado del verbo griego Hypocoristomai, ‘hablar acariciando’, los hipocorísticos son diminutivos o deformaciones de los nombres propios que aplicamos en el ámbito familiar o como apelativos cariñosos. Sito, Luismi, Mari, Quico… y los citados anteriormente caben dentro de este grupo. La mexicana Margarita Espinosa Meneses, autora de un interesante artículo, De Alfonso a Poncho y de Esperanza a Lancha: los hipocorísticos, dice que en estos nombres confluyen dos rasgos: el primero, ser formas derivadas del nombre de pila al que añaden un sentido afectivo; y el segundo, que se ajustan al principio lingüístico de economía, ya que, con escasas excepciones, casi todos ellos nacen de un acortamiento.

             Los recursos para construir un hipocorístico, casi siempre de naturaleza fonética, son numerosos y no siempre es posible encontrar la razón del proceso seguido. Por otra parte, podríamos afirmar que todos los nombres propios admiten al menos un hipocorístico. Nada impide que a alguien llamado Sisebuto se lo conozca como Buti, por buscar un único ejemplo.

 


           El acortamiento puede producirse por apócope (pérdida de sonidos finales), como sucede con Fede, Vero y Yola (Federico, Verónica y Yolanda); por aféresis (pérdida de sonidos iniciales), como en Veva o Nando (Genoveva y Fernando) o por síncopa (pérdida de sonidos interiores), como en Deli y Meni (Adelina y Doménico). En algunos nombres cabe emplear tanto la apócope como aféresis (Zala y Bardo) y aun en otros es posible añadir la forma creada mediante síncopa (Anastas, Nastas, Tasio).

            Pero no queda ahí la cosa. Otros métodos frecuentes presentan casos de palatalización, como sucede en Chabel, Chava o Toño (Isabel, Salvador y Antonio), de asimilación: Loles y Lola (Dolores), de préstamos: Miki o Richar (Miguel y Ricardo), de unión de dos palabras: Mabel (María Isabel) y, por último, de imitación del lenguaje infantil: Goyo, Mamen, Quique (Gregorio, Carmen y Enrique).

            Por lo general, los hipocorísticos nos permiten reconocer fácilmente el nombre propio del que se derivan, aunque algunos ofrezcan una mayor dificultad. Por ejemplo, Yeyo lo es de Aurelio y Meluchi lo es de Carmen. Alguno, como Perico, de Pedro, pide remontarse a la forma antigua del nombre, Pero. Y otros requieren una explicación más extensa y no siempre suficiente, lo que hace que haya quien se aventure a aportar etimologías populares que no son válidas. Esto último es lo que ocurre con Pepe y con Paco.

 


           Vamos con Pepe, ya que hoy es su fiesta. Circula por ahí una aventurada tesis de la que hay que olvidarse. Dicen algunos que Pepe es José porque, en un tiempo, era costumbre colocar al pie de las imágenes que lo representaba la inscripción Sanctus Josephus, P. P. Christhi, en la que esas abreviaturas querían decir pater putativus, es decir, ‘padre supuesto’. Esta explicación, le digo a Zalabardo es poco defendible. Aunque no hay prueba concluyente en contra ni a favor, lo más probable es que Pepe nos venga del italiano Giuseppe, que con bastante frecuencia aparece como Beppe y Peppe; no debe extrañar, pues, que nos haya entrado por ahí.

            Y algo semejante ocurre con Paco, hipocorístico de Francisco. Este nombre viene del italiano Francesco, ‘el francés’. Cómo se convierte en Paco nos llega por varias fuentes; de las dos primeras, ninguna es digna de crédito. En una se dice que san Francisco era PAter COmmunitas, padre de su comunidad; y por eso, Paco. La otra es aún más extravagante: sostiene que Paco es el acrónimo de Poverello d’Assisi, Casto e Obbediente. Más creíble es, en este caso, es esta tercera: aceptar un origen procedente del habla infantil. Francesco bien podría haber dado Panchesco que, por síncopa, acabó en Paco. O sea, como Mamen para Carmen o Yeyo para Aurelio.

domingo, marzo 13, 2022

QUE “USTED” LO PASE BIEN

 


No estoy despidiéndome de nadie, le aclaro a Zalabardo; tan solo deseo que el pronombre personal usted no sufra demasiado en su tránsito hacia la sima en la que se pierden las palabras. Porque, a nadie se le escapa, a usted le va pisando los talones, y a qué velocidad, el aparentemente más campechano .

            En su artículo El obispo, el sumercé y Brigitte Bardot, incluido en Lo uno y lo diverso, publicación del Instituto Cervantes, Daniel Samper, colombiano y español de adopción, cuenta una anécdota que debería hacernos pensar. Habiendo entrado en una tienda, lo atendió una señorita muy amable que en todo momento lo tuteaba (Samper tiene ya 77 años) pese a que él siempre se dirigía a ella usando usted. Terminada la compra, en tono distendido, solo por curiosidad, preguntó a la joven: «¿Podría explicarme por qué me tutea?» Ella respondió: «Los vendedores tenemos la obligación de tutear a los clientes para generar un clima de confianza que favorezca las ventas». Él insistió: «O sea, que si el señor obispo viene por aquí, usted lo tutea». Respuesta: «Exactamente como dices. De otro modo, podría perder mi puesto».

 


           Hace veinte años, aclara Samper, era impensable que un vendedor tuteara a un cliente como hoy se hace. ¿Ha cambiado la lengua porque la colombiana se ha convertido en una sociedad más igualitaria? No, sigue siendo tan injusta y desigual como antes. Ha cambiado porque así lo determinan los gerentes de ventas. Y yo, le digo a Zalabardo, hago también mi reflexión: que quienes ocupan niveles preeminentes de la sociedad ―políticos y gobernantes, periodistas, radios, televisiones, jerarcas religiosos― nos están «robando» una lengua que pertenece al pueblo. Y así, cuando hablan de llevar a cabo cualquier tipo de mejora social, lo primero que hacen es modificar la estructura y el modo de funcionamiento de la lengua sin tener en cuenta que lo que hay es que cambiar la sociedad. Ya sabemos, aquello de «Hace falta que algo cambie para que todo siga igual». Por eso, lo que se necesita es que alcancemos mayores cotas de igualdad; si esto se consigue, la lengua cambiará sin que nadie tenga que forzar nada. Esta mañana he leído un artículo de Máriam Martínez-Bascuñán, en el que, a propósito de las divisiones del feminismo al celebrar el pasado 8M, dice: «Se nos hurta por la vía del lenguaje el debate que merecemos sobre los puntos débiles de una ley necesaria». Es decir, que se modifica la lengua sin actuar sobre la realidad.

            Pero vamos al tuteo. La Gramática de la Academia reconoce que se va imponiendo el tuteo y que, si atendemos a la evolución de las formas de tratamiento, comprenderemos mejor los cambios que la lengua va experimentando a lo largo de los siglos. Evolución compleja, pero esclarecedora. Como no quiero soltar un rollo erudito, me limitaré a unas breves pinceladas. El latín disponía de dos únicas formas para el tratamiento: tu, en singular y vos, en plural. El primero se utilizaba entre toda clase de personas; hacia el siglo IV, vos cobró un sentido reverencial, forma de respeto para dirigirse al emperador; aunque luego se aplicara a otras autoridades.

            En la Edad Media, seguió empleándose entre las clases bajas. Era, digámoslo así, la forma marcada del paradigma. En cambio, ya en el siglo XV, el uso de vos se fue practicando entre los nobles y para dirigirse respetuosamente a alguien. Para evitar ambigüedades sobre su uso singular o plural, se le añadió otros, de donde nació vosotros. En el XVI, hubo una pequeña revolución con la aparición de vuestra merced o vuesa merced. Con ello, el sistema de las formas tratamiento quedaba así: Para el singular, vuestra merced /vos y ; para el plural solo había dos formas: vuestras mercedes / vosotros. Además, vos comenzó a usarse entre iguales. Eso explica la existencia de vos en el español de América para dirigirse a un igual. Y vuestra merced, a causa de un desgaste fonético, se convirtió en usted.

            En un interesante artículo de Miguel Calderón, Las formas de tratamiento, nos abre nuevas ventanas para analizar el proceso. Por lo pronto pide despojar de su valor reverencial, respetuoso a usted, porque si alguien quiere ser respetuoso, lo que debe hacer es utilizar la forma de tratamiento esperable en cada situación. Es decir, que si admitimos que usted supone deferencia y respeto, , el otro polo de este pronombre, significaría ausencia de deferencia, falta de respeto, lo que no es así.

            Por ese motivo propone suprimir la separación entre formas de respeto y formas familiares y crear tres nuevos grados de proximidad: Solidaridad (cercanía mínima, sin confianza ni intimidad; Confianza (cercanía media); e Intimidad (máxima proximidad). Y nos deja estas tres ideas en defensa de : que, en el siglo XX, se ensanchó el concepto de solidaridad hasta permitir el empleo de en todos los casos; que en la actualidad, se valora como positivo porque “reduce distancias”; y tres, que son precisamente los jóvenes y las personas de mayor nivel cultural quienes emplean más el tuteo.

            Y termina diciendo sobre la extensión de los tratamientos que, si el hablante se sale de lo convencional (es decir, de la convención o acuerdo social), la distancia mayor o menor de lo esperado por el interlocutor puede interpretarse de dos formas: una forma puede resultar irrespetuosa, por exceso de confianza, y una forma usted puede parecer fría por excesivamente distante.

 

           Zalabardo sabe que yo soy un poco chapado a la antigua (estoy más cerca de los cien que de los cincuenta) y por eso creo que el respeto no se gana ni se manifiesta en el uso de una palabra u otra, sino en lo que la Gramática de la Academia llama tratamiento simétrico / tratamiento asimétrico; en el primero, los hablantes utilizan la misma forma (ya sea o usted); en el segundo, en cambio, un interlocutor utiliza la forma y el otro responde con usted. El hablante normal, no contaminado, sabe muy bien cuándo usar una forma u otra.

            Quiero decir: no entiendo que un camarero, una empleada de comercio, un sanitario, un empleado de banca, etc., me tutee cuando entre nosotros no existe ni confianza ni intimidad. En esos casos, suelo responder siempre con usted. Lo que en definitiva defiendo es la adopción de la forma esperable en cada situación. Por eso, nunca me escandalizó, durante mis años de profesor, que los alumnos me tutearan. Con eso quería crear un grado de confianza tal que no me vieran como el rígido profesor que tenía el poder de suspenderlos o aprobarlos, sino que me vieran como alguien dispuesto a ayudarles en sus problemas de aprendizaje.