sábado, abril 25, 2026

EL QUILIÓGONO Y LA PRIORIDAD NACIONAL


Me solicita Zalabardo mi opinión sobre la expresión que desde hace unos días está en boca de todos, prioridad nacional, impuesta por Vox en sus acuerdos con el PP y la matización que este segundo partido nos ofrece al decir que, para ellos, no indica discriminación, sino dar preferencia a determinados colectivos. Lo primero que se me ocurre decirle a mi amigo es que yo me pongo en guardia cuando los oigo, porque las palabras no son nunca inocentes. Una profesora de la Universidad de Alcalá, María Dolores Porto, en el libro Así se fabrican las palabras del miedo, escribe: «Las palabras son poderosos instrumentos capaces de conformar la realidad que nos circunda». Y creo que nadie mejor que los políticos ―y los publicistas― saben mejor que nadie y ponen mayor interés en que las palabras se conviertan en argumentos convincentes de lo que pretenden.

            Esto lo vemos cada día cuando dirigentes de primera, segunda o tercera línea nos hablan. Si la OTAN propone un aumento en gastos militares, no hay dudas de que el ciudadano de a pie no interpretará igual que se le hable de una estrategia de rearme o que se le hable de una mejora de la seguridad, aunque tras ambas expresiones lata la misma intención por parte de quienes las pronuncian. Y si partidarios de las políticas antiinmigración del presidente Trump están dispuestos a seguir su descabellada idea, procuran no hablar de plan de deportación, sino que eligen plan de remigración. Pudiera parecer que hay diferencia, pero no la hay.

            No sé si acierto o no, pero pensando en lo que, aparentemente, dicen las palabras y lo que en realidad pensamos cuando las escuchamos, me viene a la memoria el ejemplo que Descartes utilizó para hablar del modo en que conocemos la realidad que nos rodea. El ejemplo del quiliógono le servía para establecer la diferencia entre entender e imaginar. Me gustaría tener al lado a mi amigo Carlos Rodríguez, matemático, o a otro amigo, Juan Ángél de la Calle, filósofo, aunque este último, desgraciadamente, ya falleció. Ellos lo explicarían mejor que yo.


           Un quiliógono es un polígono de mil lados y mil ángulos. Su representación gráfica no difiere de una circunferencia. Decía Descartes que entendemos perfectamente lo que es un triángulo, porque no solo sabemos que es un polígono de tres lados sino que nuestra mente imagina perfectamente esos tres lados y nos permite diferenciarlo, por ejemplo, de un pentágono. Pero en el caso de un quiliógono, nuestro intelecto entiende perfectamente que es un polígono de mil lados, pero lo que imaginamos es solo una forma confusa que no sabremos diferenciar no ya de un miriágono, sino ni siquiera de un polígono de solo novecientos lados.

            Vuelvo entonces a lo que me planteaba mi amigo Zalabardo. La prioridad nacional, tomada así, tal cual plantea Vox el concepto, es algo que mi intelecto entiende, como también entiende lo de no es discriminación, sino dar preferencia. Sé qué se dice con eso. Sin embargo, soy incapaz de imaginar lo que hay detrás de esas palabras ―ninguna de ellas, en este caso, inocentes― porque no logro imaginar una sociedad en la que sea fácil aplicar o negar a sus miembros la condición de nacional. Me cuesta más todavía imaginar el planteamiento del PP porque, en su pretendida justificación, pervierten a conciencia el lenguaje con su falaz intento de hacernos ver la realidad de la forma tergiversada que ellos pretenden.

            ¿Y por qué hablo de perversión y de tergiversación? Porque si acudimos al significado cándido e inofensivo que las palabras tienen al nacer, el que tienen cuando están libres de cargas añadidas, dar preferencia es anteponer, favorecer, privilegiar, distinguir, etc., y discriminar es ‘seleccionar excluyendo’, o sea, marginar, distinguir, etc. Es decir, que, si yo doy preferencia a unos sobre otros, establezco entre ellos ―¿cabe acaso duda?― una distinción, estoy excluyendo, marginando a los otros, por la razón que sea. Y es un principio básico de cualquier sociedad civilizada que no se puede discriminar a nadie en cuestiones tan básicas como la educación, la sanidad, la justicia, el trabajo o la calidad de vida.

            Si mi intelecto me lleva a entender que todos los seres humanos somos iguales, me resulta imposible imaginar cómo se puede hacer diferencia entre unos y otros sin caer en contradicción con lo anteriormente enunciado. Y ante esta aberración de lo que se ha dado en llamar prioridad nacional, deberíamos pararnos un momento a reflexionar sobre la frase que se atribuye a Petrarca: «Te ruego evites ser uno de los que, con obras o con palabras, encienden el fuego de la contienda civil».

sábado, abril 18, 2026

SI VIS PACEM…

Hace unos días, un diputado de Vox protagonizó en el Congreso un desagradable incidente que nunca debería haber tenido lugar. De ello hablamos Zalabardo y yo, y mi amigo me recuerda que también estos días, otro diputado de Vox, este en la Asamblea Regional de Murcia, mostrando un talante antidemocrático, pronunció unas palabras que incitan a rechazar unas leyes concretas «incluso con violencia». Conmueve el ánimo observar cómo día tras día hemos de contemplar cómo este poco halagüeño nivel de crispación que se va imponiendo en la política española. A nadie se le escapa la frecuencia con que se producen esos actos definitorios de la exasperación violenta a la que se entregan algunos de nuestros representantes en las instituciones, sin que sus conductas sean atajadas de una manera firme. Se ha perdido el decoro, se ha perdido la educación, se han perdido las formas.

         Hubo un tiempo en que se podía hablar de cuáles de nuestros representantes eran mejores o peores oradores, de quiénes tenían más o menos acierto a la hora de esgrimir los argumentos en que basaban sus posturas; de que este o aquel otro tenían una lengua más afilada o se servían mejor de la ironía para rebatir a sus oponentes. Es lícito criticar al presidente Sánchez, aunque haya sido el primer dirigente europeo en oponerse con firmeza a la escalada belicista desencadenada por unos mandatarios faltos de ética y humanidad. También es lícito criticar la bisoñez como estadista de Feijóo y reprocharle su tibieza a la hora de condenar lo que cualquier demócrata debe condenar. Eso entra en el enfrentamiento político. Pero rompe todos los moldes la falta de respeto a las instituciones del diputado José María Sánchez, la violencia verbal de Antonio Martínez, el matonismo de Vito Quiles o el gusto de Isabel Díaz Ayuso por el insulto. Avergüenzan comportamientos como el de Ábalos o Cerdán. Esas conductas, provengan del bando de que provengan, desprestigian las instituciones. Tampoco es admisible la prostitución del lenguaje para disimular ideas y conductas que podrían tacharse de irresponsables.

            En 1955, Blas de Otero publicó un libro, Pido la paz y la palabra. En el poema titulado En el principio se quejaba de haber perdido muchas cosas ―tiempo, vida, cuanto creía suyo y resultó ser nada―, pero declara que, al menos, «me queda la palabra», verso que definía todo un estado de ánimo. También eso, el valor de la palabra, se va perdiendo hoy, pues vemos que muchos de los representantes a quienes las urnas concedieron la responsabilidad de dirigir la nave de la nación ―en la mayoría gobernante o en la oposición― nos abochornan cuando con sus palabras ponen más énfasis en el ataque al contrario que en las cuestiones que de verdad importan al país.

            Recuerdo haber leído un texto de Confucio y, cuando lo encuentro, se lo leo a mi amigo. No quiero dejar pasar la ocasión de reproducirlo aquí:

―Si el soberano de Wei os confiara su gobierno, ¿qué es lo primero que haríais?

―Rectificar las palabras.

―¿No estáis dando un rodeo? Rectificar las palabras ¿para qué?

―¡Qué zafio eres! Un hombre superior no habla si no sabe de qué habla. Cuando las palabras no son correctas, el discurso no es coherente. Cuando el discurso no es coherente, los asuntos no pueden tratarse adecuadamente. Si los asuntos no se tratan adecuadamente, las penas y los castigos no se aplican con justicia. Cuando las penas y los castigos no se aplican con justicia, el pueblo no sabe cómo actuar.

            Así estamos ahora los ciudadanos, aturdidos ante lo que sucede. Que este clima de crispación no sea privativo de España, sino que se extienda por todo el mundo, no es consuelo para nadie. Asusta que la violencia verbal se vaya acercando cada día más a la violencia física.


           Me pregunta Zalabardo si creo que estamos llegando a un momento en que se hace preciso recurrir a aquella vieja máxima latina que dice Si vis pacem, para bellum, prepárate para la guerra si quieres tener paz. Le digo que esa antigua expresión ―erróneamente atribuida a Julio César, pues su autor fue un estratega romano del siglo IV, Flavio Vegecio, y su enunciado original Igitur qui desiderat pacem praeparet bellum― no soluciona nada y lo único que consigue es alentar aún más el espíritu de violencia.

            Solo con paz es posible conseguir vivir en paz. Asistimos a un periodo en que guerras sin sentido no generan más que calamidades. Antes que prepararme para el combate, le digo a mi amigo, prefiero acogerme a lo que se lee en una placa del Monumento Pacifista a los Muertos que se levanta en un pueblecito francés de apenas mil habitantes, Saint-Martin-d’Estreaux: «Si quieres la paz, ¡prepárate para la paz! debe ser la fórmula del futuro. Es decir, debemos mejorar el espíritu de las naciones mejorando el de los individuos mediante una educación sólida y ampliamente difundida. La gente debe leer y, sobre todo, comprender el valor de lo que lee».

            La pena es que muchos de nuestros diputados y senadores, así como todos los tiranos que hay en el mundo, posiblemente no hayan leído a Blas de Otero ni a Confucio y ni siquiera conozcan la existencia de ese monumento del pueblo alpino francés.

sábado, abril 11, 2026

PAREJAS CONFLICTIVAS

Me dice Zalabardo que algunas veces le surgen dudas leyendo u oyendo ciertas informaciones. Por ejemplo, no tiene claro si es lo mismo deflagración que explosión. Le aclaro que hay diferencias notables. Deflagración es la ‘acción de arder algo de manera súbita, sin explosión’; en cambio, explosión es una ‘ruptura violenta producida por exceso de presión interior y acompañada de fuerte estruendo’.

            Da la casualidad de que estoy leyendo ahora un ensayo de Bernat Castany Prado ―le digo a Zalabardo― Una filosofía del miedo (2022). Entre otras muchas cosas habla de que la mayoría de los peligros que imaginamos no sucederán nunca, aunque para quien no deja de pensar en esos peligros, «No existe peor sala de torturas que la sala de espera». Y añade que una de las mayores torturas que podemos padecer es el catastrofismo. «A la imaginación catastrofista» ―escribe― «le gusta confundir la posibilidad con la probabilidad».

            No tengo intención de hablar con mi amigo de miedos, ni de tortura, ni siquiera del autor de este libro, profesor en la Universidad de Barcelona. Quiero apoyar mi respuesta a su pregunta partiendo del ejemplo citado. Es bastante frecuente ―en todo tipo de personas― confundir lo que sea una posibilidad con lo que sea una probabilidad. Tan es así, que el propio Diccionario de la Academia las considera palabras sinónimas. Pero si yo tengo miedo a que, en un día de tormenta, caiga sobre mí un rayo, es cierto que existe la posibilidad de que eso suceda; sin embargo, por mera cuestión estadística, hay poca o nula probabilidad de que tal cosa ocurra.

            A este tipo de parejas de palabras se las podría llamar parejas conflictivas, aunque los especialistas empleen otro término. Y es que resulta muy común que las utilicemos indiferentemente pese a que su significado pudiera ser muy distinto. Eso es lo que nos ocurre cuando, por descuido o ignorancia confundimos actitud con aptitud. La actitud es la ‘disposición mental para hacer una cosa’; en cambio, la aptitud es la ‘capacidad para realizar algo’. Yo puedo manifestar la mejor actitud para arreglar una avería de un grifo en mi casa; sin embargo, puede ser que carezca de las aptitudes que requieren un trabajo de fontanería.

            Cuando caemos en un error de este tipo, los lingüistas hablan de impropiedad, que es aplicar a una palabra un significado que no le corresponde. Si yo califico a alguien de agnóstico, de ninguna forma lo estoy llamando ateo, ‘que niega la existencia de Dios’, ya que el agnóstico, por creer solo en aquello que la razón puede demostrar, admitirá o no la existencia de Dios en la medida en que dicha existencia pueda ser demostrable. O cuando se nos indica que un espectáculo al aire libre se ha suspendido por malas condiciones climatológicas también se comete impropiedad, ya que la climatología es la ‘ciencia que estudia el conjunto de condiciones propias de un determinado clima’. Lo que se nos ha querido decir es que la suspensión viene causada por las desfavorables condiciones meteorológicas; es decir, porque llueve, hace viento, nieva, hay niebla, etc.

            Impropiedades hay de muchas clases, pero le digo a mi amigo que voy a fijarme solamente en un tipo, las de aquellas parejas de palabras que llamamos parónimas. Se habla de paronimia si dos palabras ―a veces más― tienen una forma parecida, aunque difieran en sus significados. No hay que confundir la paronimia con la homonimia, pues en este último caso lo que sucede es que dos o más palabras suenan ―e incluso se escriben― igual, aunque sus significados son diferentes. Es lo que sucede con baca/vaca o haya (árbol)/haya (haber).

            Las parejas conflictivas van por otro lado. Una de estas parejas es la formada por astrólogo y astrónomo. El primero es quien dice conocer el carácter de las personas y vaticina su futuro atendiendo a la posición y movimiento de los astros; el segundo, en cambio, es quien practica la ciencia que estudia el movimiento de los astros, así como las leyes que los regulan. Podríamos compararlos, aunque en este caso parece que hay menos confusión, con curandero y médico. El astrónomo y el médico basan su actividad en unos conocimientos científicos; el astrólogo y el curandero viven, en gran medida, de mera superchería.

            Una pareja conflictiva peculiar ―aunque en este caso parece que el uso las ha fundido y confundido― es la que forman honestidad y honradez. Ya en 1734 el Diccionario de Autoridades decía que la honestidad es ‘moderación y pureza contraria al vicio de la lujuria’ y la honradez ‘pundonor que obliga al hombre de bien a obrar siempre conforme a sus obligaciones, y cumplir su palabra en todo’. Estas definiciones siguen siendo válidas en la actualidad. No obstante, hoy apenas si diferenciamos una cosa de otra. Exigimos a un político que sea honesto. ¿No sería mejor ―pregunto a Zalabardo― pedirle que sea honrado? Y no nos cansamos de ofrecer nuestra honesta opinión sobre cualquier tema, aunque nada tenga que ver con la decencia y el recato.

            Sería larga la lista de impropiedades cometidas a causa del mal uso de parónimos. Sirvan estos pocos ejemplos: especie (‘categoría de lo que presenta caracteres comunes’)/especia (‘condimento’); prejuicio (‘opinión previa y por lo común desfavorable’)/perjuicio (‘daño material o moral’); mortandad (‘gran cantidad de muertes causada por guerras, cataclismos, epidemias…’)/mortalidad (‘tasa de muertes durante un periodo dado’); infectado (‘contaminado por un germen, enfermedad, virus…’)/infestado (‘lleno de parásitos u otros seres molestos o nocivos’). En este último caso, valga decir, para acabar, que no es igual descubrir que mi hijo tiene la cabeza infestada de piojos que descubrir que mi ordenador ha sido infectado por un virus que me destruye la información que guardaba. 

sábado, abril 04, 2026

PALABRAS QUE SOBRAN ( O A VECES NO)

Nos cuenta la mitología griega que Apolo, entregó su hijo Asclepio al centauro Quirón para su formación y que este le enseñó la medicina hasta tal punto que el joven adquirió una habilidad tan notable que se decía que podía resucitar a un difunto. Entre los numerosos hijos de Asclepio, dios de la Medicina, destacó Panacea, diosa de rango menor experta en toda clase de plantas que utilizaba para preparar los remedios que indicaba su padre. Su nombre llegó a ser tan popular que acabó convirtiéndose en epónimo, es decir, que pasó a ser nombre común, panacea, que designa un remedio que lo cura todo.

            Me pregunta Zalabardo que, si panacea es lo que lo soluciona todo, es correcto el empleo de panacea universal. Le tengo que responder que sí y que no. Y es que, en nuestra lengua, en el tomo V del Diccionario de Autoridades (1737) ya se dice que panacea es el ‘nombre que dan los boticarios a algunas medicinas […] por ser eficaces para varias enfermedades’, definición que, actualizada en su redacción, sigue manteniendo el diccionario de la Academia como primer significado, aunque añade como segundo ‘remedio o solución para cualquier mal’. Esto sería propiamente lo que se llama panacea universal.


            Le digo a mi amigo que su pregunta nos lleva a pensar en el principio de economía lingüística y en lo que llamamos redundancia y pleonasmo, es decir, eso tan socorrido de entra dentro, sube arriba, etc., que suelen tildarse como vicios o incorrecciones lingüísticas. La economía en el lenguaje se entiende como el hecho de decir lo que se pretende con el número de palabras indispensable para que se entienda. La redundancia, así la define Georges Mounin, se produce cuando «un mensaje no se reduce al mínimo exigido por este principio de economía». Y el pleonasmo se produce «cuando en un enunciado se repite un significado (lo que se quiere decir) con un significante (una palabra) diferente».

            Lo que sucede, según sostiene Fundéu (Fundación del Español Urgente) recogiendo la doctrina de la RAE, es, en primer lugar, que pleonasmo y redundancia son en muchos casos términos coincidentes puesto que los dos implican el uso de palabras innecesarias para que el sentido sea completo. Y, en segundo lugar, que pleonasmo se entiende más como término técnico, retórico, y redundancia se aplica más al lenguaje común.

            En la exposición que hace Fundéu, y dado que todos los casos que citemos serán redundantes, añade que el hecho de que una redundancia sea considerada incorrección viene determinado en muchos casos por el contexto. En el caso que me ponía Zalabardo, aunque panacea universal sea una expresión redundante, ya que etimológicamente panacea engloba el significado de remedio y el de universal, no podrá ser considerada incorrección, porque hay dos tipos de panacea.

            ¿Y qué sucede con subir arriba? Aunque en principio se acepte que el adverbio es innecesario, puesto que subir significa ‘moverse hacia arriba’, si hablamos de una construcción con varios niveles, decir sube arriba significa ‘subir a lo más alto’, con lo que de ningún modo será redundancia, lo mismo que entrar dentro puede significar ‘hasta el fondo’. Si miramos hacia bajar abajo, nos encontramos otra pega. ¿Por qué se considera incorrección y nadie dice nada de bajar al sótano, cuando un sótano siempre está abajo.

            Cuando con la repetición buscamos dar mayor énfasis a la frase o incluso añadir un matiz estilístico, en ningún caso podemos hablar de vicio o incorrección. Le pongo a mi amigo ejemplos tomados de los orígenes de nuestra literatura. El primer verso del Cantar de Mío Cid dice «De los sos ojos tan fuertemientre llorando»; indudablemente hay algunas palabras que podrían sobrar (por ejemplo, sos y ojos), pero la emotividad que esa repetición aporta a lo que se cuenta impide que hablemos de redundancia y menos aún de incorrección. Igual pasa con el énfasis que se pone en frases del tipo ¿Eso me lo vas a decir a mí? Casos en los que la redundancia puede no considerarse error hay muchos. Por ejemplo, aunque cita supone ‘asignar lugar y hora para verse dos o más personas’, el empleo de medios como el teléfono o internet para concertarla ha consolidado la validez de cita previa. Si recaer, rehacer, repetir, etc., son verbos que suponen ya una repetición, no debieran aceptarse formas como volver a recaer, volver a rehacer o volver a repetir. Pero cabe la posibilidad de que una persona enferma recaiga y, tras reponerse, al cabo de cierto tiempo recaiga de nuevo, es decir, vuelva a recaer.


            En cambio, le digo a Zalabardo, lo que debemos evitar son aquellas redundancias que, aparte de no aportar nada al mensaje, son absolutamente innecesarias. Por ejemplo, si cometemos una infracción de tráfico, nos pueden imponer una multa. Pero, dado que la palabra significa ‘sanción administrativa o penal que consiste en la obligación de pagar una cantidad de dinero’, resulta del todo erróneo hablar de una fuerte multa económica. Cualquier otra cosa que nos acarree una infracción será sanción, como, por ejemplo, la retirada de puntos. O, siguiendo con el tráfico, cuando tras un atasco la circulación recobra la normalidad, diremos que se ha reanudado, pero no que se ha vuelto a reanudar. Si erario es ‘el conjunto de bienes de un Estado, municipio o provincia’, sobra decir que un gasto se ha cargado al erario público. Si opción es ‘cada una de las cosas entre las que se puede elegir’, carece de sentido hablar de opción alternativa. Y si abarrotar significa ‘llenar por completo un espacio’, ¿por qué decir que una plaza estaba completamente abarrotada? Por fin, le doy a mi amigo el ejemplo de un titular que leía hace unos días:  Italia se queda fuera del Mundial por tercera vez seguida consecutiva, ya que seguida y consecutiva significan exactamente lo mismo.