sábado, mayo 30, 2026

USTEDES SABÉIS

El Cabildo de Gran Canaria ―leo la noticia esta misma semana―se ha movilizado en las redes para defender el ustedeo. Se piensa ―es opinión respaldada por no pocos profesores e instituciones insulares― que en Canarias se está produciendo un fuerte retroceso de ustedes en favor de vosotros. En la campaña que le cuento a Zalabardo se dice: «Esto no lo podemos perder. Es algo que forma parte de la identidad del canario». Canarias heredó ese típico ustedeo de la Andalucía occidental, donde está teniendo lugar el mismo problema.

        Comentar la evolución de las formas de tratamiento en español es algo más complejo de lo que parece, le digo a Zalabardo. No obstante, simplificando mucho la cuestión, intento explicar el proceso a mi amigo. En la Edad Media apenas si se usaban otras formas que y vos. Utilizaban vos los miembros de las clases superiores entre ellos y, por supuesto, los inferiores para dirigirse a los nobles. se empleaba para dirigirse a inferiores y era la forma que estos usaban entre sí. Vosotros era una forma apenas utilizada.

        En el siglo XVI comenzó a darse cierta confusión entre vos y , razón que explica la aparición de una forma nueva, vuestra merced, que acabaría por simplificarse en usted y adquiriría también el valor de forma de cortesía. Junto a esa neutralización /vos y usted, el sistema se expande creando para el plural la doble forma vosotros y ustedes, que reflejaban la misma diversidad de clase y el tratamiento cortés.

        Para explicar la situación actual, es interesante el estudio Sociologística histórica del voseo, tuteo, ustedeo y sumercedeo (2022), del profesor de la Universidad de Cádiz Víctor Lara Bermejo. En resumidas cuentas, viene a decir que, como consecuencia de las ideas liberales, la urbanización, la industrialización y el auge de la burguesía, surge en el siglo XVIII una especie de gesto de solidaridad en ambos lados del Atlántico que fijó el sistema en /usted para el singular y vosotros/ustedes para el plural, aunque algunas regiones, como evidencia de las desigualdades sociales que vivían, se mantuvieron ajenas a esa norma.

        Estas regiones que se desmarcan, como ya señalaron hace años Rafael Lapesa y Manuel Alvar, son la Andalucía occidental ―Huelva, Sevilla, Cádiz y Málaga―, las Canarias e Hispanoamérica. Lo más destacado en estas zonas es la casi total desaparición de vosotros, con lo que el plural queda solo con ustedes y el mantenimiento del voseo en tierras americanas.

        Lo peculiar de ustedes como forma de respeto de segunda persona es que su uso exige concordancia con la tercera persona verbal (ustedes saben frente a vosotros sabéis). Sin embargo, explica Manuel Alvar, en la Andalucía usteísta y como forma de reacción cultista es frecuente oír ustedes sabéis.


        Ese frente formado por Andalucía occidental, Canaria e Hispanoamérica frente al resto de la Península tiene su explicación. El punto de partida es Andalucía ―tan diferente al resto de España en tantas otras cuestiones lingüísticas―. Al ser la mayor parte de marineros que intervinieron en el descubrimiento de América y en las posteriores tareas de comercio, sería la norma andaluza del español la que se extendería por aquella tierra. Y como Canarias estaba entre una y otra región y era zona de abastecimiento, también su lengua recibió la misma influencia.

        Otra cuestión diferente que habría que estudiar con detenimiento es por qué Canarias ―y por supuesto Andalucía― van perdiendo parte de su peculiar ustedeo. La razón es simple. No solo sucede que la lengua va cambiando a lo largo de los siglos; también hay que contar con la influencia que tienen en las hablas peculiares los medios oficiales ―radio, televisión, prensa― y las redes sociales, que emplean siempre una lengua más próxima a la norma oficial en detrimento de las peculiaridades dialectales.

        Estos cambios no afectan solo a las formas de tratamiento. Acaban por desterrar palabras populares que se van perdiendo, como sucede con los canarismos balde o magua, sustituidos por cubo y pena, o los andalucismos vilorio o advertío sustituidos por inquieto e inteligente.

        Lo que parece fuera de toda lógica es que se continúe señalando que construcciones tan arraigadas como ustedes sabéis o ustedes se quedáis quietos son incorrectas. No siguen el proceso del español normativo, eso es cierto, pero forman parte del andaluz con tanto derecho como el seseo y el ceceo, pongamos por caso. Y le recuerdo a Zalabardo un viejo anuncio ―entre 1960 y 1970― aparecido un periódico malagueño que anunciaba una película de Cantinflas. Más o menos, decía: «Niños, El Señor Doctor lo cura todo; pero ustedes se moriréis de risa viendo a Cantinflas».

sábado, mayo 23, 2026

CUANDO PEDIR NO ES VICIO

He estado por llamar a este apunte Derechos y obligaciones; y también, En favor de la escuela pública. Pero recordé que hay un refrán, bastante antiguo y sin origen documentado conocido, que dice: Ante el vicio de pedir, la virtud de no dar, forma correcta según el Centro Virtual Cervantes, pese a que la más extendida suele emplear contra en lugar de ante.

            En Instituto Cervantes se limita a decir simplemente que es una fórmula para rechazar una petición. En otros lugares, en cambio, se amplía la explicación y se afirma que su significado va referido a cuando una petición se considera desproporcionada e incluso fuera de lugar. En cualquier caso ―le digo a Zalabardo― da igual, pues lo que importa saber es que el refrán, justificado o no, alude a la actitud de negar una petición que se hace.

            Obedece esta introducción a que hablamos Zalabardo y yo de los movimientos reivindicativos que los funcionarios docentes de varias comunidades están llevando a cabo estos días. ¿Qué es lo que piden estos docentes? Piden más atención a sus condiciones laborales, una reducción del número de alumnos por aula, una más adecuada dotación de medios. En suma, todo aquello que haga posible una educación de mayor calidad, para lo que se requiere más atención a la escuela pública y que no se deriven las partidas económicas necesarias hacia la escuela privada. Sin embargo, a buena parte de la ciudadanía, lo primero que le suena es que estos profesores reclaman un aumento de sus retribuciones.

            El problema no es cosa de hoy ni hay que culpar a este o aquel partido, ya que, en España, casi desde el principio de los tiempos, todos vienen desatendiendo la escuela pública. Qué refleja, si no, este otro viejo refrán que habla de pasar más hambre que un maestro de escuela. La razón hay que buscarla en que, durante el siglo XIX y principios del XX, la financiación de la enseñanza estaba en manos de los municipios y era muy frecuente que estos pagasen poco, mal y tarde, con lo que se condenaba al maestro a una vida precaria, cercana en muchos casos a la mendicidad. Tendría que llegar el año 1901 para que se dictase un Real Decreto que obligaba al Estado a hacerse cargo del sueldo de los maestros, por lo que se fijaba una partida en los presupuestos del Estado destinada a tal fin.


           En la Constitución de 1978 queda reconocido el derecho que todos tienen a una educación digna y la obligación del Estado a proporcionarla. También se reconoce el derecho que asiste a particulares a crear centros privados y el derecho de los padres a la libre elección de centro. A esto obedece lo de Derechos y obligaciones. Sin embargo, el problema surge cuando el Estado se encuentra con que no dispone de medios suficientes ni de centros para atender a toda la población que hay que escolarizar. Por esa razón, un Gobierno socialista, presidido por Felipe González, firma en 1985 un sistema de conciertos educativos por los que el Estado se comprometía a cofinanciar centros privados que aceptasen impartir los niveles de la enseñanza gratuita. Con el tiempo, el sistema se anquilosaría y fondos que deberían dedicarse a la creación y sostenimiento de los centros públicos siguen yendo a parar a centros privados. Eso explica la tercera opción de título: En favor de la escuela pública.

            Trato de explicarle a Zalabardo que una situación que tuvo sentido en un tiempo y bajo unas condiciones precisas debería estar ya superada. Han pasado 40 años y el Estado sigue derivando hacia centros de enseñanza privados ―que al fin y al cabo son un negocio de sus promotores― fondos que deberían destinarse a la mejora de los centros públicos. Nada ni nadie se opone a que haya centros privados; nada ni nadie se opone a que las familias tengan libertad de elección de centro. Son derechos reconocidos y defendidos por la Constitución. Pero la obligación del Estado va referida al sostenimiento de los centros públicos. Quien renuncie a la educación que el Estado le proporciona de manera gratuita debiera pagar de su bolsillo la que elija en su lugar. Exactamente igual que pasa con la sanidad. Quien rechaza la que el Estado concede se paga un seguro médico privado.


            Por todo lo anterior ―le digo a mi amigo― no es justo decir que los docentes que piden mejoras en la enseñanza pública piden por vicio, aunque se les responda con negativas. Sus demandas no son otra cosa que la exigencia de que se cumpla cuanto viene reflejado en la Constitución. Entre ello, una remuneración acorde al trabajo que realizan. ¿Por qué un docente no va a reclamar su derecho a un mejor sueldo? En este asunto de la retribución de los profesores, sería conveniente que la sociedad sepa que los docentes españoles no se encuentran entre los mejor pagados de los países europeos. Si miramos solo los sueldos de un profesor de primaria ―tomo los datos de un informe de UGT de 2025―, veremos que, para alcanzar el nivel máximo, unos 48.000 € anuales, en España se requieren treinta y nueve años de servicio, mientras que en otros países se logra ese nivel con solo veinte años de servicio. Frente a esto, el sueldo máximo de un profesor de primaria en Austria está en torno a los 73.000 €; Alemania, 90.000 €; y en Luxemburgo, 120.000 €. A esto habría que añadir el agravio comparativo que supone que, en España, el sueldo de los docentes puede presentar una diferencia de hasta 600 € mensuales según las distintas Comunidades.

            El resumen de todo lo expuesto es que estos profesores que muestran su descontento no piden por vicio y el no dar de las autoridades educativas de ninguna manera puede llamarse virtud, sino pura racanería y, en no pocos casos, descarado clientelismo que favorece a empresas privadas frente a las necesidades públicas. 

sábado, mayo 16, 2026

VERBA VOLANT

 

Zalabardo sabe ―me conoce desde hace mucho tiempo― que una de mis primeras actividades al comenzar el día es leer la prensa. Hoy me encuentro con un artículo del novelista y periodista argentino Martín Caparrós que se inicia con una frase que casi podría considerarse una perogrullada: «Las palabras cambian». Pero no es ninguna obviedad ni desliz, ya que a renglón seguido añade: «No por ninguna perfidia particular; lo hacen porque todo cambia. Mal que les pese a los que nos amenazan con dioses, reyes, leyes invariables, tradiciones eternas, todo cambia».

            Nuestra capacidad de lenguaje se manifiesta de dos formas diferentes, aunque complementarias: la oralidad y la escritura. Puede haber quien conceda más valor a la palabra escrita que a la oral por la mera razón de que la oralidad parece agotarse en el mismo instante de producirse mientras que la escritura es un modo de conservación y recordamiento de lo dicho. No en vano nuestro rico refranero nos ofrece muestras variadas sobre este punto: Palabras y plumas, el viento se las lleva; Callen barbas y hablen cartas; Palabras y hojas secas, el viento se las lleva. El primero se nos conserva en el lenguaje oral como Las palabras se las lleva el viento. Y el tercero nos hace recordar unos versos de Espronceda: Hojas del árbol caídas / juguetes del viento son.


            Todas estas expresiones proceden, muy posiblemente, de una sentencia latina, verba volant, scripta manent, si es que no hay por ahí algún dicho anterior. Las palabras vuelan, los escritos permanecen. Por eso tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de dar nuestra palabra para no caer en aquel otro dicho que mantiene que por la boca muere el pez. A partir de este domingo tendremos ocasión de ver cuántas palabras pronunciadas por quienes nos piden el voto no se convierten en hojas volanderas arrastradas por el viento. Pero para su vergüenza, si fuese preciso, ahí están recogidas, conservadas en forma escrita. Es algo que le debemos al progreso, ya que la escritura pertenece a un estado posterior.

            Regresando a Martín Caparrós, las palabras cambian y así ha sido siempre. En su artículo nos hace partícipes de su sorpresa porque, escribe, acaba de descubrir que se le ha cambiado una, dependencia, por lo que, cuando ahora la oye, se da cuenta de que debe entender algo diferente a lo que en otra época entendía. Le digo a Zalabardo que a mí, más que las palabras que cambian, me preocupan aquellas que se pierden porque, consecuencia del imparable cambio, se pierde la realidad que una palabra designaba. Eso ocurre, le pongo solo dos ejemplos a mi amigo, con faltriquera ―aquella antigua bolsa que se llevaba bajo el delantal― o con parva ―cuya necesidad desapareció con la presencia de las modernas cosechadoras―.

            Pero más que preocuparme, me acongojan las palabras extraviadas, aquellas cuyo olvido hay que catalogar como síntoma de un mal que padece quien no acierta a encontrarlas cuando las necesita. Un buen amigo ―redundancia, pues si es amigo ha de ser bueno― me contaba que, sin que nadie le haya dado razón que explique lo que le sucede, el momento en que no es capaz de pronunciar, y ni siquiera de recordar la existencia de la palabra faisán denuncia la aparición de un mal transitorio que sufre.

 


           Le cuento a Zalabardo que he pasado unos maravillosos días en Portugal con este amigo. Creo que las dos parejas hemos vivido esos días con la relajación que las personas de nuestra edad ya nos merecemos. Y hemos gozado de la buena acogida que nos han dispensado personas con quienes hemos hablado amigablemente: Caterina en Mértola; Ariel, cubano asentado hace mucho en el país, en Almodóvar; un camarero de O Alentejano de Serpa, que, siendo seguidor fiel del Sporting Clube, trabaja en un restaurante que parece templo de adoración del Benfica. Y hemos hablado, también en Almodóvar, con Rui Cortes, arqueólogo que nos enseñó el Museu da Escrita do Sudoeste y tuvo la amabilidad de regalarnos un ejemplar del libro que recoge la historia y el contenido del Museu.

            Y de este museo es de lo que quiero hablar a Zalabardo. Es un admirable museo que recoge una rica colección de ―especialmente― estelas de piedra que dan cuenta de las más antiguas muestras de la escritura en la Península Ibérica. La mayoría se corresponde al periodo comprendido entre los siglos VII al V a. C. Recorriendo sus salas, descubrimos que aunque no sepamos cómo hablaban los habitantes de esta parte del mundo, las viejas piedras de esquisto ―cuya no excesiva dureza permite grabar fácilmente en su superficie―conservan la forma escrita de la lengua en que se entendían. Y esas palabras no se las lleva el viento.


            Interesante es el llamado Signário de Espanca, curiosa muestra que nos presenta en dos líneas el alfabeto utilizado, con claras muestras de estar inspirado en el fenicio. La primera línea, que refleja un trazo firme y regular de los signos, debe pertenecer al maestro que enseñaba a su discípulo el arte de la escritura, pues la segunda línea reproduce, imitándolos, los trazos de la línea superior, aunque mostrando una mano más torpe.

            Y también es interesante la que parece ser muestra capital del Museu, la llamada estela de Abóboda, que debió pertenecer a la tumba de un guerrero, ya que presenta la imagen de un soldado con su lanza y su escudo, enmarcado por el texto que debería dar cuenta que quién es. No lo conocemos ni qué se dice de él. Pero hasta que alguien descifre el significado de ese texto, allí permanecerán unas palabras que el viento no arrastrará. El catálogo del Museu recoge unas palabras de Jean-Marie Gustave Le Clézio, premio Nobel de Literatura en 2008: «La escritura es la única forma perfecta del tiempo». En otro lugar, Clézio dejó dicho: «La escritura no es un mero ejercicio estético, sino un medio de rescatar la memoria». El Museu da Escrita do Sodoeste de Almadóvar es un monumento a la memoria.

sábado, mayo 09, 2026

LECTURAS PARA NIÑOS

 

Leíamos hace unos días un artículo de Sergio del Molino titulado Platero, los pedagogos y yo. Le comento a Zalabardo que me satisface encontrar en estos tiempos alguien que defiende una tesis que defendí con fuerza ―aunque con no mucho éxito― cuando me encontraba ya próximo a la jubilación como profesor: que es un error adaptar para preadolescentes lecturas que un preadolescente es capaz de entender sin que se las mutilen de ninguna forma. Eran mis últimos años como profesor y empezaba a encontrarme con Lazarillos adaptados para niños, con Quijotes expurgados, con cuentos reescritos para no herir sensibilidades, con libros especialmente escritos con el objetivo de «educar en valores» y barbaridades de ese tipo. ¿Acaso ―me decía― no se aprenden valores leyendo Oliver Twist, de Charles Dickens, por ejemplo? Pensaba entonces ―y sigo pensando― que es un desatino tal manera de mutilar libros.

            Recuerdo que, a la edad del hijo de Sergio del Molino, entre 10 y 13 años, leía sin problemas La isla del tesoro, de Stevenson; novelas de Verne, como Ivanhoe, de Walter Scott y tantas más. Tenía profesores que me hacían leer fragmentos del Quijote e incluso no olvido que haberme dado a leer el episodio en que la astucia de Ulises libra a él y a sus compañeros del Cíclope despertó años después mi interés por leer la Odisea.


            Muestra primero Sergio del Molino su alegría por que hagan leer a su hijo de 13 años Platero y yo. Pero esa alegría se desvanece al observar que ponen en sus manos una edición «adaptada para niños». ¿Cómo entender la incoherencia de adaptar para niños un libro en el que, nada más abrirlo, leemos «Advertencia a los mayores que lean este libro para niños»? Y se pregunta, con razón, qué clase de pedagogos son los que consideran que un niño de 2026 debe ser más tonto y tener déficits de comprensión lectora que no tenía un niño de 1914, año en que se publicó el libro de Juan Ramón.

            Le digo a Zalabardo que Sergio del Molino, novelista, periodista, premio Alfaguara y premio Espasa, a quien casi doblo en edad, piensa como yo que los niños de aquellos años no éramos más listos que los de ahora y si ―acaso, pues no puedo asegurar que sea así― teníamos una superior capacidad lectora tal vez se debiese a que no nos hacían leer versiones resumidas, asépticas, paternalistas, profilácticas, inanes ―son adjetivos utilizados por este novelista― sino versiones íntegras.

            Qué razón tiene este hombre al afirmar que a los niños como su hijo hay que orientarlos para que se dejen seducir por los misterios del lenguaje, para que gocen con aquello que, tal vez, no logren comprender al primer vistazo, pues ya irán comprendiendo con el tiempo lo que se les pueda escapar en la primera lectura. ¿Comprendíamos mis compañeros y yo en toda su plenitud lo que leíamos? Por supuesto que no. Pero episodios en que el ciego, tras darle a Lázaro la cruel trompada en la cabeza contra el toro de piedra del puente le dice: «Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo», nos enseñaba que hay que espabilar porque según vayamos creciendo habremos de encararnos a muchas dificultades. Y cuando leíamos el episodio en que los galeotes liberados por don Quijote lo dejan maltrecho en mitad de un camino, adquiríamos conciencia de que, aunque la vida nos muestre muchos casos en que un favor desinteresado se ve correspondido con un vil desagradecimiento, la solidaridad sigue siendo una virtud que hay que cultivar.

 


           No sabría decir exactamente a qué edad leí Platero y yo. Quizá fuese durante el tercer curso del bachillerato elemental de entonces, con 13 años. El profesor de Francés ―en eso baso mi recuerdo― nos propuso mantener correspondencia con estudiantes franceses de nuestra edad. Mantuve durante un tiempo un intercambio epistolar con una alumna francesa cuyo nombre no recuerdo, aunque por algún lado debo conservar una foto suya. Y en varias de esas cartas, recuerdo, tuve la osadía de enviarle la traducción que, en un pésimo francés, hice de algunos capítulos del libro de Juan Ramón Jiménez, que leía por aquellos días.

            Tampoco recuerdo qué edición es la que utilicé para mi primera lectura. Si la edición de 1914, con solo 63 capítulos, o la de 1917, la versión definitiva, ya con 138 capítulos. La Lectura hizo una edición que iba acompañada de un Prologuillo en el que decía; «Suele creerse que yo escribí Platero y yo para los niños […] Yo nunca he escrito ni escribiré para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones». Más tarde desapareció este prologuillo y apareció el que todavía vemos hoy como «Advertencia los hombres que lean este libro para niños». Y en un texto inédito preparado para otra edición, leemos: «Yo creía y creo que a los niños no hay que darles disparates para interesarles y emocionarles, sino historias de seres y cosas reales tratados con sentimiento profundo, sencillo y claro. […] No es, pues, Platero, como tanto se ha dicho, un libro escrito sino escojido para los niños».

 


           Aclarado todo esto, le comento y muestro a mi amigo las ediciones que poseo de Platero y yo. No conservo la primera que leí, pero sí dos ejemplares facsimilares de la de 1914, con ilustraciones de Fernando Marco; una, realizada por la Asociación de Libreros Españoles en 1973 y otra, por La Despensa de Palacio, fábrica de mantecados de Estepa, en 2014, con motivo del centenario. También tengo una edición facsimilar de la editada en Paris, en 1950, por la Librairie de Éditions Espagnoles, con ilustraciones de Bartolomé Lobo. Otra de Aguilar, de 1958, con ilustraciones de Rafael Álvarez Ortega. Y tengo la de Cátedra, así como una que publicó Castalia en 2014 con ilustraciones de Kabe Solas, que si se puede considerar para niños es solo por el colorido de las ilustraciones.

sábado, mayo 02, 2026

A DOS CARAS (COMO LOS HOMBRES MALOS)

Aunque no se pase de ser, como yo, jugador mediano, cualquiera que haya participado en una partida de dominó ―también llamado por muchos dómino― habrá oído alguna vez la expresión salir a dos caras, como los hombres malos. En este juego, en la primera ronda de la partida es obligado salir con el seis doble y aunque ya en las siguientes hay libertad para salir con cualquier ficha, lo más frecuente es comenzar con una doble ―aquella que presenta cinco/cinco, dos/dos, etc.― Quizá sea porque, en ocasiones, una ficha doble es más complicada para ser colocada. No obstante, no es raro que un jugador, por cualquier motivo, salga con otra ficha, seis/uno, cuatro/cero o cualquiera que presente un número diferente en cada uno de sus lados. A eso se le llama salir a dos caras.

            Conversamos Zalabardo y yo sobre cómo muchas expresiones, no ya de los juegos, sino de otras muchas actividades, pasan al lenguaje diario. Por ejemplo, esta de la que hablamos. Salir, o actuar a dos caras es hacerlo de forma que despista al interlocutor haciéndole creer una cosa que pudiera ser diferente a lo que luego se realice. En el dominó, salir a dos caras suele ser una manera de despistar al contrario sobre cuál es el juego que se persigue; lo que sucede es que, siendo lo usual que se juegue por parejas, este proceder puede despistar al propio compañero.

            El añadido como los hombres malos ya me resulta más difícil de explicar a mi amigo. Hay quien dice que se refiere solamente al mero hecho de engañar. Otros, en cambio, dice que el origen hay que buscarlo en el dios Jano, el bifronte, que tenía dos caras, una que mira hacia el pasado y otra que mira hacia el futuro. Y si tanto pasado como futuro carecen de valor, porque uno ya no es y el otro no es aún, ocuparse de ellos y no del presente, que es lo único cierto, puede interpretarse como engaño e hipocresía.

            Y ya que hablamos de engaño, ¿qué decir de ir de o echarse un farol? El farol, primero en el póquer y luego en el resto de los juegos consiste en lanzar una apuesta fuerte con un juego débil con la intención de impresionar, deslumbrar, al resto de jugadores, que piensan que quien tanto se juega se siente amparado por las buenas cartas que tiene en la mano. En la vida diaria, ir de farol es fingir una situación muy por encima de las expectativas de que se dispone para intimidar o asustar a un oponente.

            Otro envite fuerte es el órdago, palaba de origen vasco, hor dago, que significa ‘ahí está’. Lanzar un órdago, en el juego del mus, es apostar todo en una sola mano, a veces fiándolo todo a una carta, con la idea de que tal acción puede suponer ganar todos los tantos y, con ello, finalizar la partida. El órdago supone un riesgo porque, a veces, la jugada sale mal y el resultado es diferente al esperado. Fuera de este contexto, lanzar un órdago es adoptar una firme y privilegiada, en un negocio o en cualquier otro asunto, para hacer creer a la otra parte que quien así procede tiene en su mano todos los recursos para salir vencedor en el litigio de que se trate.


            Le digo a Zalabardo que hemos repasado expresiones que, en cierto modo, suponen engaño o estrategia para simular superioridad, pero no todas las expresiones nacidas de los juegos se relacionan necesariamente con el engaño. Por ejemplo, cantar las cuarenta. En el tute, el jugador que consigue unir el caballo y el rey del palo que marca el triunfo se anota cuarenta puntos, lo máximo posible. Se habla de cantar porque el jugador que logre esa pareja debe declarar en voz alta, cantar, que la tiene una vez logre ganar una baza. De ahí nace que cuando a alguien se le reprende con severidad o se le hacer ver con claridad cualquier verdad o situación, aunque le pueda resultar incómoda, se diga que se le ha cantado las cuarenta.

            Y queda entre las que comentamos, por el momento y ya que hablamos de cartas, una expresión que puede resultar bastante confusa, en cuanto a su origen, pero que todo el mundo entiende, tener carta blanca. En el Diccionario panhispánico del español jurídico se define la carta blanca como ‘título o despacho de un empleo en que se deja en blanco el nombre del agraciado para poderlo llenar después a favor de quien parezca’. También se dice que la carta blanca es aquella, el comodín, que se puede utilizar con el valor que cada uno prefiera. En un sentido más amplio, se afirma que tiene carta blanca la persona que dispone de ‘absoluta libertad para decidir o actuar sin tener que rendir cuentas a nadie por ello’.

            Zalabardo se echa a reír y no puedo menos que preguntarle qué le provoca esa risa. Me dice que, tras lo que hemos hablado de jerga de los juegos aplicada a la vida diaria, se le ha ocurrido pensar que podría inventarse un juego en el que los participantes tuviesen que adivinar, en nuestro panorama político, quién está jugando a dos caras, quién va de farol, si alguien está en disposición de lanzar un órdago, a quién se le deberían cantar las cuarenta o si existe alguien merecedor de que se le conceda carta blanca. Me río con él y le digo que no es mala idea.