Le digo a Zalabardo que este texto nos
muestra ―podríamos ver otros de diferentes autores― que los romanos ―no los de
ahora, los antiguos― ya tenían noción clara de lo que son las vacaciones.
El verbo vaco significaba «estar vacío, desocupado, libre»; y el
sustantivo que de él se deriva, vacatio, «exención, dispensa,
descanso».
Pero la palabra ―y lo que con ella
se quiere expresar― viene de mucho más atrás. En el indoeuropeo existía la raíz
eu-, ‘vacío’, origen del latín vanus, ‘vano,
vacío’, que es la raíz de nuestras palabras vanidad, vano,
e incluso desván, desvanecer o hilván.
Y con una forma de alargamiento *wak- se llega al ya citado verbo
latino vaco, a partir del cual se forman, entre otras palabras, vacar,
vagar, vacante, vacuidad, vahído,
vacío o evacuar.
Claro que ―le digo a mi amigo―,
aunque la palabra sea muy vieja, lo que hoy entendemos es bastante diferente y,
aunque en todo caso ―antes y ahora― vacación pueda significar
‘estar dispensado’, el sentido de tal concepto nos sirve para entender cómo han
cambiado las costumbres sociales a lo largo de los siglos. Si para Cicerón
las vacaciones eran ‘no tener que atender un asunto jurídico,
aunque estuviese capacitado para ello’ hoy las vacaciones son el ‘descanso
temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado’.
Y en un segundo paso de este proceso, entendemos como vacaciones, ‘desentenderse de las tareas cotidianas para ocupar ese tiempo en otras cosas, por ejemplo, viajar por placer’, lo que podemos considerar como algo relativamente moderno. Para que ello fuese posible, tendría que llegar la Revolución Industrial de la segunda mitad del siglo XVIII y, sobre todo, el siglo XIX. Hay factores que explican la razón de que esto sea así. Quizá el principal fuese la aparición del ferrocarril y la mejora de los sistemas de transporte. Y hay otro no menos importante: el deseo de los viajeros románticos que anhelaban salir del terruño en que se habían criado para descubrir lugares exóticos que habían conocido especialmente a través de la literatura. George Borrow, Richard Ford, Francis Carter y, en España, Pedro Antonio de Alarcón, Mesonero Romanos o Emilia Pardo Bazán gozaban contando en sus libros las costumbres y tradiciones de los lugares que visitaban.
Pero, aun así, la mayoría de los
mortales, si no eran analfabetos, tenían que conformarse con reproducir en sus mentes
lo que leían en los libros de viajes. Tendrían que pasar muchos años para que
se alcanzase una «democratización» de las vacaciones. Hsta los
años 20 del siglo anterior no aparece el concepto de «vacaciones remuneradas», lo
que supone que al trabajador se le reconozca el derecho a un periodo anual de
descanso que se le sigue pagando. Finlandia, Austria, Suecia, fueron países
pioneros en esta cuestión.
Este tiempo de descanso, dispensa,
liberación de la ocupación habitual ―sin perder la remuneración
correspondiente― varía de un país a otro. Hay algunos casos curiosos. Por
ejemplo, Japón es el país que más tiempo concede de vacaciones,
aunque existe un motivo claro. La tópica creencia ―que tal vez no lo sea tanto―
de la aplicación al trabajo de los japoneses. Me pregunta mi amigo si tiene
algo que ver con eso el concepto de «huelga a la japonesa», es decir, que se
hace huelga no cesando en la tarea, sino trabajando más. Posiblemente, porque
leo que Japón es el país en el que los obreros hacen un mayor número de horas
extraordinarias. En Japón ―es lo que leo― se conceden cinco semanas de
vacaciones remuneradas al año, cuestión que se explica por el problema que
sufre la sociedad nipona: la necesidad de combatir el karoshi, es
decir, «la muerte por exceso de trabajo».
«¿Y en España?», ―me pregunta Zalabardo―. Aquí, le digo, las cosas son algo diferentes. Fue en la I República cuando se planteó por vez primera el asunto de conceder unos días de descanso al trabajador sin merma de su salario. Y sería el Fuero del Trabajo franquista el primer texto legal que lo recogiese. Sin embargo, lo cierto es que las vacaciones pagadas no se implantaron en nuestro país hasta los años 60. Y, aun así, eran muchos los casos en que la familia se trasladaba a la sierra o a la playa mientras el cabeza de familia ―ahí se inventó lo de «estar de Rodríguez»― debía quedarse al pie del cañón ―del trabajo― para poder pagar esas vacaciones de los suyos.
Y hoy es 29 de junio. Como ya es
costumbre, Zalabardo y yo nos tomamos unas vacaciones. Descansamos
y dejamos descansar al personal. Nos veremos a la vuelta. Esperemos que no
falte ninguno.