Me solicita Zalabardo mi opinión sobre la expresión que desde hace unos días está en boca de todos, prioridad nacional, impuesta por Vox en sus acuerdos con el PP y la matización que este segundo partido nos ofrece al decir que, para ellos, no indica discriminación, sino dar preferencia a determinados colectivos. Lo primero que se me ocurre decirle a mi amigo es que yo me pongo en guardia cuando los oigo, porque las palabras no son nunca inocentes. Una profesora de la Universidad de Alcalá, María Dolores Porto, en el libro Así se fabrican las palabras del miedo, escribe: «Las palabras son poderosos instrumentos capaces de conformar la realidad que nos circunda». Y creo que nadie mejor que los políticos ―y los publicistas― saben mejor que nadie y ponen mayor interés en que las palabras se conviertan en argumentos convincentes de lo que pretenden.
Esto
lo vemos cada día cuando dirigentes de primera, segunda o tercera línea nos
hablan. Si la OTAN propone un aumento en gastos militares, no hay dudas
de que el ciudadano de a pie no interpretará igual que se le hable de una estrategia
de rearme o que se le hable de una mejora de la seguridad,
aunque tras ambas expresiones lata la misma intención por parte de quienes las
pronuncian. Y si partidarios de las políticas antiinmigración del presidente Trump
están dispuestos a seguir su descabellada idea, procuran no hablar de plan
de deportación, sino que eligen plan de remigración.
Pudiera parecer que hay diferencia, pero no la hay.
No
sé si acierto o no, pero pensando en lo que, aparentemente, dicen las palabras
y lo que en realidad pensamos cuando las escuchamos, me viene a la memoria el
ejemplo que Descartes utilizó para hablar del modo en que conocemos la
realidad que nos rodea. El ejemplo del quiliógono le servía para
establecer la diferencia entre entender e imaginar.
Me gustaría tener al lado a mi amigo Carlos Rodríguez, matemático, o a
otro amigo, Juan Ángél de la Calle, filósofo, aunque este último,
desgraciadamente, ya falleció. Ellos lo explicarían mejor que yo.
Un quiliógono es un polígono de mil lados y mil ángulos. Su representación gráfica no difiere de una circunferencia. Decía Descartes que entendemos perfectamente lo que es un triángulo, porque no solo sabemos que es un polígono de tres lados sino que nuestra mente imagina perfectamente esos tres lados y nos permite diferenciarlo, por ejemplo, de un pentágono. Pero en el caso de un quiliógono, nuestro intelecto entiende perfectamente que es un polígono de mil lados, pero lo que imaginamos es solo una forma confusa que no sabremos diferenciar no ya de un miriágono, sino ni siquiera de un polígono de solo novecientos lados.
Vuelvo
entonces a lo que me planteaba mi amigo Zalabardo. La prioridad nacional,
tomada así, tal cual plantea Vox el concepto, es algo que mi intelecto entiende,
como también entiende lo de no es discriminación,
sino dar preferencia. Sé qué se dice con eso. Sin embargo, soy
incapaz de imaginar lo que hay detrás de esas palabras ―ninguna
de ellas, en este caso, inocentes― porque no logro imaginar una sociedad
en la que sea fácil aplicar o negar a sus miembros la condición de nacional.
Me cuesta más todavía imaginar el planteamiento del PP porque,
en su pretendida justificación, pervierten a conciencia el lenguaje con su falaz
intento de hacernos ver la realidad de la forma tergiversada que ellos
pretenden.
¿Y por qué hablo de perversión y de tergiversación? Porque si acudimos al significado cándido e inofensivo que las palabras tienen al nacer, el que tienen cuando están libres de cargas añadidas, dar preferencia es anteponer, favorecer, privilegiar, distinguir, etc., y discriminar es ‘seleccionar excluyendo’, o sea, marginar, distinguir, etc. Es decir, que, si yo doy preferencia a unos sobre otros, establezco entre ellos ―¿cabe acaso duda?― una distinción, estoy excluyendo, marginando a los otros, por la razón que sea. Y es un principio básico de cualquier sociedad civilizada que no se puede discriminar a nadie en cuestiones tan básicas como la educación, la sanidad, la justicia, el trabajo o la calidad de vida.
Si
mi intelecto me lleva a entender que todos los seres humanos
somos iguales, me resulta imposible imaginar cómo se puede hacer
diferencia entre unos y otros sin caer en contradicción con lo anteriormente enunciado.
Y ante esta aberración de lo que se ha dado en llamar prioridad nacional,
deberíamos pararnos un momento a reflexionar sobre la frase que se atribuye a Petrarca:
«Te ruego evites ser uno de los que, con obras o con palabras, encienden el
fuego de la contienda civil».



1 comentario:
Ni mil quinientas palabras más. ❤️
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