sábado, febrero 10, 2018

JUGAR CON LAS PALABRAS



Un otoño, muchos años atrás, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.
—¡Hay un matrimonio próximo, pollos! —advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.
                        (Enrique Jardiel Poncela)


            No sabemos qué duración tuvo cada uno de los días de que habla el Génesis. Pero habrá que suponer que largos por lo que en ellos se hizo. Alguna vez, Zalabardo me ha dicho que Adán, hasta que se le concediera la compañía de Eva y la facultad de hablar, debió ser el tipo más aburrido que uno pueda imaginarse; no sabía jugar porque no se había inventado el juego ni tenía con quien entretenerse. No podía jugar a la gallina ciega por no saber qué era una gallina ni conocer a ningún ciego. Y, dada su soledad inicial, no podía jugar, digamos por ejemplo, a las siete y media ni a veo veo.
            La tesis de Zalabardo continúa manteniendo que solo el lenguaje consiguió sacarlo de su aburrimiento. Bueno, y Eva, que, según leemos, fue creada como ayuda y compañía, lo que nos lleva a pensar, a Zalabardo y a mí, que eso del machismo vino después. ¿Por qué dice mi amigo que el lenguaje libró a Adán de su aburrimiento? Porque conforme Dios le iba mostrando las diferentes piezas del mecano con que durante los seis días anteriores construyó el mundo, no hay duda de que Dios sí sabía divertirse, Adán comenzó a inventar palabras: “Eso se llamará caballo; eso se llamará monte; eso se llamará mesa…” Y, así, una cosa tras otra. Nadie dirá que no tuvo que ser divertido llenar el mundo de palabras y poner nombre a cada cosa. Y no digamos nada si a un músculo se lo llama esternocleidomastoideo, o a un animal ornitorrinco.

            Alguna vez pensé que cuanto decía Zalabardo era broma. Pero, con los años, he concluido en que la gente, a lo largo de la historia, no ha dejado de jugar con el lenguaje. Un día, alguien con ingenio dio en llamar a un aderezo del vestido femenino siguemepollo. Como también es preciso aceptar que no fue Adán quien llamó mulo a la cría del cruce entre asno y yegua ni burdégano a la cría del cruce de caballo y asna. Es cosa de pura lógica.
            Con las palabras se ha jugado, y se juega, de muchas maneras. Hay un libro de Jesús Marchamalo, titulado La tienda de las palabras, que trata de ese asunto y de él saco la mayoría de los ejemplos. Podemos divertirnos creando palíndromos, que son palabras capicúas, pues se leen igual al derecho y al revés. Los palíndromos pueden ser palabras simples (Ana, oso, ojo, seres, reconocer…) o frases más o menos largas (Dábale arroz a la zorra el abad, Eva usaba rímel y le miraba suave…). Parecidas son las palabras bifrontes (o semipalíndromos), que, leídas al revés, nos dan otra palabra distinta, pero existente (animal/lámina, aparta/atrapa, ateas/saeta…). Pero los juegos son muchísimos: buscar palabras que presenten en todas sus sílabas la misma vocal (chatarra, esqueje, pitiminí, bochornoso, sucusumucu…); palabras que contengan las cinco vocales (murciélago, escuálido…); palabras con sus consonantes en orden consecutivo (bocado, resto…). 

            Más complicado es conseguir una rueda de palabras, como la que se ve en la imagen, que permita ser leída en cualquier sentido que se tome (en el ejemplo, vida, diva, dádiva) o, tomando las letras de una palabra determinada, obtener palabras o frases diferentes (de murciélago podemos conseguir los anagramas amigo cruel / comer igual / gemí locura y lucir omega, y con las letras de Darío formamos radio / ardió / raído y odiar.
            Aún hay casos más complicados: Quevedo escribió un soneto en el que todas las palabras comenzaban por la vocal a; Torrente Ballester incluye en su novela La saga/fuga de J. B. otro soneto construido todo él con palabras inventadas y Jardiel Poncela escribió un cuento (Un marido sin vocación) en el que no se usa ni una sola vez la vocal e.
            Podría seguir, pero no vale la pena. Lo dicho vale para que entendamos que el idioma es un instrumento maravilloso que, aparte de su función comunicativa, puede tener una función lúdica. Sin embargo (¡ay, sin embargo!) mucha gente olvida, no quiero decir que ignora, que, en cualquier caso, la lengua tiene una estructura y unas reglas que deben ser respetadas. Podemos usar la lengua para defender cualquier idea o para reclamar cualquier derecho. Lo que no se puede hacer es, para alcanzar tales objetivos, destrozarla hasta límites aberrantes. Debemos empezar por admitir que la lengua refleja el pensamiento de una sociedad. Y el diccionario, cualquier diccionario, no es sino un espejo en el que se refleja ese pensamiento. Un diccionario no impone un uso; es al revés: el diccionario da fe de un uso. 

            ¿Es machista nuestra sociedad? Zalabardo y yo creemos que, en gran medida, sí. ¿Hay rasgos de machismo en nuestra lengua y en el DLE? Pues tampoco lo negaremos. Lo que sí negamos es que ese machismo lo impongan la lengua o el DLE. El día que eliminemos todas las injusticias que nuestra sociedad mantiene en ese campo, también desaparecerán de la lengua y de los diccionarios. ¿Hay medios para conseguir, no ya más derechos para las mujeres, sino que haya una completa igualdad de todas las personas? Por supuesto, pero no creo que ninguno de ellos pase por usar esas aberraciones lingüísticas del tipo portavoza, por citar un ejemplo de actualidad candente. La igualdad la conseguiremos el día que se redacten leyes que supriman las barreras salariales, el día que se dicten leyes que permitan conciliar maternidad y trabajo sin detrimento para la mujer, el día que no haga falta hablar de cuotas ni de discriminación positiva, sino que, de forma natural, las mujeres con capacidad para ello, que hay muchas, puedan acceder a puestos de responsabilidad ejecutiva en trabajos y empresas. Todo eso se puede conseguir trabajando en el Parlamento, no dando patadas al idioma. ¿De qué sirve a una mujer que se diga portavoza si sigue ganando menos sueldo que un hombre que hace la misma tarea; de qué le sirve si ha de verse obligada a elegir entre maternidad o trabajo?
            Y una breve nota sobre portavoza. No es el primer caso de esa naturaleza; tenemos los precedentes, alguno ya con bastantes años encima, de miembra y jóvena. Pero lo de portavoza es más grave porque infringe la gramática por todos sus costados. Empezando porque voz es ya una palabra de género femenino. Y portavoz, palabra compuesta, se convierte en común en cuanto al género porque designa tanto a la mujer como al hombre que comunican las opiniones oficiales de su grupo. Y aun en el caso de que se quisiera comparar con juez o edil, donde no habría espacial problema para decir jueza o edila, lo que habría que crear en el caso de portavoz es una forma para el masculino, portavozo, y no esa barbaridad de portavoza. Juguemos con el lenguaje todo lo que queramos, pero no lo convirtamos en la casa de tócame Roque.

domingo, febrero 04, 2018

¡OJO AL CRISTO, QUE ES DE PLATA!



El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve.
(Antonio Machado)

            Me argumenta Zalabardo que hay preguntas estúpidas a las que la gente, sin darse cuenta, suele responder con la misma estupidez. Me lo ejemplifica diciendo que, cuando a él le preguntan qué le gustaría llevarse a una isla desierta, responde que una barca para poder salir de ella cuando esté harto de soledad; o que si lo ponen en la tesitura de elegir qué sentido le dolería más perder, la vista o el oído, él se inclina sin duda por el sentido común.
            ¡Ojo al Cristo, que es de plata! es una expresión con la que se nos avisa de la vigilancia que debemos prestar ante aquello que por su importancia o valor pudiera sernos arrebatado. Por más que lo hemos buscado, ni Zalabardo ni yo sabemos cuál pudiera ser su origen, aunque tiene todas las pintas de proceder de algún cuento tradicional.
            Ojo es una de esas palabras que encontramos en multitud de expresiones y refranes; por designar lo que designa, el ‘órgano de la vista’ por el que entra en nosotros todo el mundo exterior, se ha ido llenando con el tiempo de otros significados metafóricos y ha devenido en ser eso que llamamos palabra polisémica: ‘cualquier tipo de abertura en algo’, ‘anillo de una herramienta en la que se ajusta el astil’, anillas de las tijeras en que se ajustan los dedos’, ‘manantial que surge en un llano’, ‘espacio entre los estribos de un puente’, ‘lavado ligero que se da a la ropa’…

            Aparte de eso, son innumerables las expresiones en que aparece: ojo de la tempestad, ojo de patio, ojo regañado (‘mostrar enojo’), a ojo de buen cubero o, simplemente a ojo (‘calcular sin valerse de ningún medio’), a ojos vistas (‘patente’), a ojos cerrados (sin dudar’), andar con cien ojos, cerrar el ojo (‘morir’), costar algo un ojo de la cara, en un abrir y cerrar de ojos, tener buen ojo… Llama la curiosidad la cantidad de animales que se asocian a ojo: ojo de buey, ojo de lince, ojos de besugo, ojo de gallo, ojos de cordero degollado… O los refranes en que interviene: como pedrada en ojo de boticario, cría cuervos y te sacarán los ojos, dormir con los ojos abiertos, como las liebres, el ojo del amo engorda al caballo, la viuda rica, con un ojo llora y con el otro repica, llenar el ojo antes que la tripa… Incluso, cuando damos poca importancia a algo que sí lo tiene, se dice: ¡No es nada lo del ojo! (a lo que se añade: y lo llevaba en la mano).

            Pero le indico a Zalabardo que me gustaría detenerme en dos expresiones que, aunque aparentemente sean diferentes, coinciden en significar lo mismo: entrar algo por el ojo derecho y ser alguien el ojo derecho de una persona. Todos entendemos que con ellas señalamos lo que, sea cosa o persona, concita nuestra predilección. Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana da de ellas una explicación de base social, propia del machismo de una organización patriarcal. Por eso alude al libro De intrepretatione somniorum, del escritor del siglo ii Artemidoro, en el que podemos leer que los ojos son objetos de nuestra estima y guías y protectores del cuerpo, por lo cual se asemejan a la descendencia. Y así, afirma que el ojo derecho se refiere al hijo, al hermano o al padre, mientras que el ojo izquierdo se refiere a la hija, a la hermana o a la madre. A esto añade que, si lo que se tienen son dos hijos varones, el derecho señala al mayor y el izquierdo al menor.

            No dudo de que esta explicación sea válida, pues en todas las sociedades se tiene en cuenta ese derecho de primogenitura e, incluso, el de preferencia por el varón antes que por la hembra, y ahí tenemos la muestra de nuestra propia Constitución. Sin embargo, yo me inclino más por otra interpretación, de carácter más apegado a las creencias mágicas que a las consideraciones del sexo. Lo digo porque esto último se podría entender muy bien cuando hablamos de que alguien es el ojito derecho de sus padres, pero cuesta más asimilarlo cuando se habla solo de que algo nos entra por el ojo derecho. Igual que cuando, en otras circunstancias, hablamos de comenzar con buen pie o entrar con pie derecho. Ya entre los romanos, los auspicios no eran otra cosa que la observación del vuelo de las aves, de lo que se extraían consecuencias futuras. Aparecer un ave por el lado derecho se consideraba buen augurio, todo lo contrario que si se ve aparecer por el lado izquierdo. En los inicios del Poema de mío Cid leemos que a la exida de Bivar ovieron la corneja diestra e entrando a Burgos oviéronla siniestra, cosa que preocupó al Cid.
            Es decir, que todo lo que nos entra por el ojo derecho es estimable y debemos desearlo. Y por ello, ese ojo será el que más estimemos y lo identificaremos con el hijo, o hija, da igual, sobre el que se descargue la mayor parte de cariño.

domingo, enero 28, 2018

NOTA SOBRE EL ANDALUZ (EN MEMORIA DE JOSÉ MARÍA PÉREZ OROZCO)



            Las fronteras del andaluz son difusas, el grado de nivelación es escaso, es decir, coexisten varias normas disidentes de la castellana (Francisco Álvarez Curiel)

José María Pérez Orozco
            He leído algunas críticas acerca de la fonética, léxico y sintaxis andaluces en la serie de televisión La peste, ambientada en Sevilla, creo que en el siglo xvi. Zalabardo sabe bien que no soy aficionado a las series televisivas. A lo largo de mi vida he visto pocas y de estas pocas, las más gracias a la posibilidad de verlas de un tirón, sin tener que esperar cada semana una nueva entrega. Recuerdo de hace años Twin peaks, que no aguanté hasta el final. Más recientemente, he visto Fargo, Breaking bad (estas dos me han gustado bastante) y, la última, Fortitude. De La peste no he visto ningún capítulo y, por tanto, no puedo opinar sobre si son o no atinadas las críticas que se hacen sobre el habla andaluza empleada.
            Sin embargo, leer esta noticia me ha traído al recuerdo a un compañero de los años de Universidad en Sevilla, José María Pérez Orozco, aplicado estudioso de las hablas andaluzas; porque él no hablaba nunca de andaluz, sino de hablas andaluzas. Y, al ponerme a buscar algunas de sus opiniones, me entero con dolor de que José María falleció va a hacer ahora dos años. ¡De cuántos amigos y compañeros tengo que hablar ya en pasado porque se han marchado de esta vida!
            José María Pérez Orozco no fue solo un apasionado del estudio del andaluz; fue, además, una persona de asombrosa vitalidad y poseedor de un sentido del humor envidiable, aunque yo sea del parecer que la envidia es el pecado del que más hay que alejarse. Jamás olvidaré sus apariciones por la Facultad de Filosofía y Letras (en la antigua Fábrica de Tabacos sevillana) portando su guitarra junto a los libros y las carpetas de apuntes. No eran pocos los días en que, concluidas las clases, marchábamos en grupo a la Plaza de doña Elvira o a las orillas del Guadalquivir. De aquel grupo formaban parte, he olvidado bastantes nombres, Alberto Fernández Bañuls, Miguel García-Posada, Emilio Escobar, Carmen Romero, Adolfo López Hidalgo… Más tarde, algunos (Miguel, Emilio y Adolfo y yo) marchamos a Granada y nos separamos  de ellos. En Granada, me cupo la suerte de tener como profesores a don Manuel Alvar y a don Antonio Llorente, máximos responsables del Atlas lingüístico y etnográfico del andaluz, que prendieron en mí el interés por la dialectología y por todo lo relacionado con el andaluz.
            Pero José María, en Sevilla, no tuvo esa suerte, aunque tampoco la necesitó. Se dedicó con pasión al estudio del andaluz y, lo que es más importante, a transmitir su entusiasmo, con el desparpajo y alegría que toda su vida lo caracterizó, a sus alumnos y a cuantos quisieran oírlo. Luchó, sin abandonar ese humor peculiar suyo, por combatir la inmensa cantidad de tópicos y estereotipos referidos al andaluz y por dejar claras cuáles son las esencias de nuestras hablas. 

Mapa del ALEA sobre palabras para recadero
            Por eso quiero aquí traer algunas de sus ideas, todas acertadas, y más en unos tiempos en los que parece predominar en exceso o bien un desprecio por el idioma o bien un nacionalismo a ultranza del mismo. Y no sé qué actitud de las dos es más reprobable.
            Aunque parezca una perogrullada, dejaba bien sentado que es imposible pensar en una férrea uniformidad de las lenguas, de ninguna, porque siempre será posible hallar tantas variedades como hablantes, manteniendo que en cada sitio se habla bien lo que se habla. Decía también que las hablas son una habilidad condicionada por diferentes factores y que uno de los principales es el clima; esto lo llevaba a reflexionar sobre el hecho de que los andaluces vivimos gran parte de su tiempo en la calle y que lo que se hace en la calle es hablar, razón que justifica la riqueza, en este caso, de nuestra manera expresiva.
            Sentado esto, Pérez Orozco, andaluz de pura cepa, pero que nunca cayó en el error de los fanáticos que se van inventando nacionalismos faltos de racionalidad, defendió siempre que del andaluz no se puede decir ni que sea idioma ni que sea dialecto. Ni se puede jugar con él a la ligera como han intentado los estrambóticos esfuerzos de algunos iluminados; como ese que se llama a sí mismo Huan Porrah y que, entre otros absurdos se empeña en editar El principito de Saint-Exupéry al dialecto andaluz. ¿A qué dialecto andaluz? ¿El de Sevilla, el de Huelva, el de Cádiz, Málaga o Almería, el Cabras del Santo Cristo? ¿El seseante, el ceceante? Porque no se habla igual el andaluz en ninguno de los sitios citados. O como ese Alfredo Leyva que comete la desfachatez no de escribir un libro titulado El habla malagueña, cosa muy lícita, sino de subtitularlo Traslación bilingüe Malagueño-Español; insisto en la pregunta: ¿qué malagueño, el de El Palo, de Mangas Verdes, de La Trinidad, de Almogía o de Antequera? Porque el error de estas personas es, en principio y no el más grave, el de creer que basta inventarse una equívoca ortografía para reflejar nuestra habla. Por eso en el libro de Leyva leemos que uno de los significados de canco es ‘perzonahe imahinario que ze uzaba pa’zuhtáh  a loh niñoh’. Como bien explica Pérez Orozco, las hablas andaluzas carecen de una ortografía propia y sus mayores características son de carácter fonético, destacando un peculiar vocalismo (se distinguen en él hasta diez vocales) que sirve, entre otras cosas, para diferenciar el singular del plural. Pero aún hay más. Apunta muy bien que ese conjunto de hablas andaluzas está en continua ebullición y muestra las más audaces evoluciones de la romanidad, por lo que Andalucía puede ser considerada un laboratorio que  ayuda a entender el proceso evolutivo de todas las lenguas europeas.

            Y ya que, por desgracia, no podemos hablar con este admirable amigo y mejor persona, nos queda la suerte de disfrutar, pues la encontramos en YouTube, oyendo de su boca historias tan curiosas como la de la pervivencia en Andalucía del arcaísmo manque o explicaciones tan certeras como la de la expresión no ni ná, en la que con tres negaciones, se emite la más grande afirmación imaginable.