sábado, noviembre 13, 2021

SUPERSTICIONES

 


En el tiempo que vivimos, abundan, con mayor aquiescencia de lo deseable, los bulos, las noticias falsas, eso que ha dado en llamarse fake news, como si ese extraño nombre les diese el valor que no tienen. Garriga Vela, en su reciente novela Horas muertas, un personaje se burla de otro porque llama tándem a lo que es un equipo, o dice skyline por línea del cielo, flashback en lugar de salto atrás, o jet lag por desfase horario.

            No es mi intención ahora, aclaro a Zalabardo hablar de la moda de los anglicismos, que pueden ser necesarios en algunos casos. Mi interés se centra en cómo buscamos una explicación mágica, esotérica, a aquello para lo que no disponemos de una razón que lo justifique. Feijoo, aquel fraile del XVIII de mente tan lúcida y sobre el que hizo falta que un rey declarara ser admirador suyo para que la Inquisición lo dejara en paz, dijo: «para defender opiniones falsas, se alegan experiencias u observaciones comunes que no existen ni existieron jamás sino en la imaginación del vulgo».

 


           Le digo a mi amigo que esta reflexión me nace al ver que algunas definiciones que la Real Academia ampara en su Diccionario de la Lengua Española nos hacen pensar en la contradicción que encierran. Por ejemplo, buscando superstición me encuentro: «creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón». Intento explicar a Zalabardo que eso de que la superstición es lo que no se ajusta a la fe religiosa ya lo dijo hace muchos siglos Cicerón. Más acertada me parece la definición de Séneca, que afirmaba que la es superstición es un error insensato.

            Ya en su origen, superstición, de superstito, es lo que sobrevive, lo que permanece y se sostiene sin necesidad de fundamento racional. Por eso, para validarla es preciso acudir a una base mágica o apartada de lo que Feijoo llamaba «demostraciones matemáticas o metafísicas». La fe religiosa, debemos aceptarlo no se sostiene mediante la razón, sino mediante otros medios. Ya san Agustín decía, más o menos, que la fe es creer lo que no vemos, actitud que será recompensada con ver algún día aquello que creemos. El óbolo de Caronte, entre los antiguos griegos y romanos representa una idea semejante: nada me demuestra que esto sea así, pero el solo hecho de creerlo me premiará con que ocurra tal como lo creo. Eso no es sino una superstición, algo con lo que, sin que tengamos prueba de ello, esperamos librarnos de un mal o atraer un bien.

 


           Las supersticiones no se dan, claro está, solo en el ámbito de lo religioso, sino en todas las facetas de la vida. Por ejemplo, son supersticiones creer que un día de la semana, o un número van a tener consecuencias inesperadas sobre nosotros. Aconsejo a Zalabardo que lea dos breves textos de Feijoo, hoy me estoy valiendo de él casi de manera exclusiva, muy interesantes y que ayudan a comprender lo que digo; son los titulados Días aciagos uno y Observaciones comunes el otro.

            Nada sustenta la superstición, sino la ignorancia, aunque a casi todas se les pueda aplicar un origen que varía de una cultura a otra. Así, la mala fama del número 13 tiene tres explicaciones: para unos, surge de la leyenda nórdica que cuenta cómo en el Valhalla se reunieron doce dioses a los que más tarde se unió un decimotercero, Loki, que sería causante de la muerte de Balder, dios de la luz y la paz; otros hablan de la última cena entre Jesucristo y sus apóstoles, sumaban trece, y ya sabemos cómo acabó aquello; y, por fin, otros defienden que fue un día 13 cuando el papa Clemente V disolvió la orden de los templarios, hizo arrestar a sus miembros y los condenó a muerte. En cualquier caso, al 13 se unen otros números nefastos: el 4 para los chinos, el 9 para los japoneses, el 17 en Italia, el 39 en Afganistán… Y, claro, para todos tienen una explicación las creencias populares.

 


           ¿Trae en verdad mala suerte derramar la sal? No, pero el hecho de que en un tiempo la sal fuese considerada un producto tan valioso que se distribuía a los legionarios romanos como parte de su paga (la palabra salario procede de ahí)  alimenta la idea de que derramarla sea un derroche que debe evitarse. Los celtas creían que los conejos, por vivir bajo tierra, estaban en contacto directo con los dioses; conclusión, tener una pata de conejo trae buena suerte. Y los griegos no brindaban con agua porque temían que eso atrajese a la muerte, ya que las almas de los muertos vagaban por el río Leteo.

            Ninguna de esas creencias tiene un sustento lógico, racional, demostrable. Como no los tienen los muchos ritos que se practican en diferentes culturas y religiones: las sutras budistas para ahuyentar los espíritus, la catrina mexicana con que se supera el temor a la muerte, el baño en el río Ganges de los hindúes, la copa que se rompe en las bodas judías en recuerdo de la destrucción del Templo…, no son más que eso, ritos de participación de marcado carácter mágico.

            Sirva de ejemplo de cuanto digo este rezo, conjuro o canción recogido por mi paisano Francisco Rodríguez Marín y que encuentro en el artículo Religiosidad popular y superstición, cuyo autor es Antonio Lorenzo Vélez:

A la puerta del cielo Polonia estaba

y la Virgen María allí pasaba:

—Polonia, ¿qué haces?, ¿duermes o velas?

—Señora mía, ni duermo ni velo,

que de un dolor de muelas me estoy muriendo.

—Por la estrella de Venus y el Sol poniente,

por el Santísimo Sacramento que tuve en mi vientre:

¡que no te duela más ni muela ni diente!

domingo, noviembre 07, 2021

PINPILINPAUXA

 


El año 2010, le cuento a Zalabardo, la Sociedad de Estudios Vascos realizó una consulta para sondear entre los vascohablantes cuál era en su opinión la palabra más bonita de su lengua. Resultó ganadora pinpilinpauxa, una de las formas de llamar a la tximeleta, es decir, la mariposa del castellano. Llevado por la curiosidad, encuentro un artículo de Vanessa Sánchez Goñi que da cuenta de que hace ya muchos años el lingüista Gerhard Bähr dio a conocer que había encontrado casi cien maneras diferentes de nombrar en euskera a la mariposa: tximeleta, aitamatatxi, mitxeleta, pitxilota, abekate, pinpilinpauxa, miresicoleta… Y en una de sus novelas, Bernardo Atxaga incluye un poema, Muerte y vida de las palabras, en el que se pregunta dónde estarán ahora las cien maneras de decir mariposa.

            Pienso, le digo a Zalabardo, qué conciencia tenemos los españoles sobre la realidad lingüística de nuestro país y cómo la valoramos. Mientras hablo con él, recuerdo un libro de 1994 que recoge artículos diferentes sobre el plurilingüismo, ¿Un Estado, una lengua?, dirigido por Albert Bastardas y Emili Boix, en cuya introducción se afirma: «La realidad plurilingüe es aún una sorpresa para la mayoría de los ciudadanos españoles […], los recelos intergrupales continúan siendo muy considerables». Creo que casi veinte años después seguimos igual


           Algunos me dirán que es una manía que les tengo, que estoy equivocado y que no se pueden hacer afirmaciones tan generales y categóricas. Esa manía que menciono, esa afirmación categórica es mi creencia en que tenemos una clase política plagada de individuos de escaso nivel, en lo político y en lo cultural, que nos faltan personas con conciencia de estadistas y líderes preparados que se dejen guiar por el cerebro y no por las vísceras. Quizá no deba generalizar tanto, quizá me equivoque en parte, pero me excuso con las palabras de Calderón de la Barca en El alcalde de Zalamea: «¿qué importa errar lo menos / quien acertó lo de más?»

            En la política española, y no hay distinción entre grupos de derecha y de izquierda, es mayor el ansia de derribar al contrario que el deseo que encontrar soluciones para el país. Y no se les cae la cara de vergüenza a la hora de valerse de cualquier excusa para afrentar al «enemigo», que así se considera a quien no piensa igual. Lo hemos visto con la crisis de la pandemia, cuando, antes de hallar soluciones al problema, todos se afanaban en hacer recaer culpas en los otros. Y aun hoy estamos sin saber si han aprendido algo de lo que hemos pasado y de lo que aún no hemos dejado atrás.

            Pero hay otras cuestiones reveladoras de esa incultura, caso de que no sean más pruebas de auténtica hipocresía: la noción que tenemos de la España plurilingüe. Hace unos meses, Pablo Casado, presidente del PP y jefe de la oposición en el Parlamento español, con tal de mostrar su inquina hacia el nacionalismo catalán, tuvo la ocurrencia de decir en un mitin en Baleares que allí no se habla catalán, sino mallorquín, menorquín, ibicenco, formenterés… ¿Cabe mayor muestra de ignorancia? Esas hablas, todas ellas legítimas, no son sino formas dialectales del catalán. Decir lo que dijo es igual que decirle a un andaluz, a un murciano, a un extremeño, a un canario, o a un castellano-leonés que no hablan español. Este hombre, para comenzar, no tiene ni repajolera idea de lo que es lengua y lo que es dialecto.

            Claro que, si nos ponemos a pensar mal, puede que a este hombre se le hayan escapado por las costuras del traje muchos resabios no perdidos de la nostalgia franquista en la que vive gran parte de la derecha. Porque por mucho que algunos lo nieguen, sobre nosotros pesa todavía la propaganda de los años en que la dictadura quiso confundir la idea de unidad nacional con la de unidad de lengua. Y sobre un país de una admirable riqueza lingüística, el gallego dio las primeras muestras literarias españolas, hasta el punto de que el rey Alfonso X lo eligió para sus poemas, se aplicaron una implacable glotofagia (genocidio lingüístico) y una incesante serie de medidas coercitivas contra los hablantes de las que despectivamente fueron llamadas «lenguas regionales».


           Los nostálgicos del franquismo dirán, y tienen toda la razón, que con Franco no se dictó ninguna ley en contra del catalán, del gallego y del vasco. Cierto. Pero no podrán negar las innumerables órdenes ministeriales que imponían en todos los ámbitos un único idioma, el español, para uso público y general. Para hacer eso posible, a una de las lenguas nacionales se le concedía la exclusividad de representar a la nación en detrimento de las restantes.

            El proceso fue largo y tenaz. En la inmediata posguerra, se extendió el eslogan «Sé patriota. Habla español». El 18 de mayo de 1938 se emitió una orden por la que se prohibían los nombres que no estuvieran en el santoral o no estuviesen en castellano (no se pensaba que catalán, vasco y gallego fueran lenguas españolas). El 21 del mismo mes, otra orden prohibía los rótulos, títulos, razones sociales, estatutos y reglamentos no redactados en la lengua oficial. El 7 de marzo de 1941, se imponía esa lengua como única lengua válida en los telegramas. Y no mucho después, saldría la que imponía que el doblaje de las películas se haría solo en español. Y, aún en 1967, Manuel Fraga proclamaba que había que hablar de español y no de castellano.

           Así que, a Pablo Casado, o lo ha traicionado el subconsciente o le ha podido la nostalgia de un pasado que ya deberíamos haber olvidado. Alguien debería decirle que el 35% de los españoles tienen como lengua materna el catalán, el euskera, el gallego o el valenciano; ninguna castellana, pero todas españolas. Y a la hora de recabar votos, eso no es cuestión desdeñable.

domingo, octubre 31, 2021

DEJAD EL BALCÓN ABIERTO


Estamos ante la festividad de Todos los santos y la de los Fieles difuntos. Le comento a Zalabardo que no conozco una cultura que no tenga ritos de veneración y recuerdo de los muertos. Es posible que la Iglesia, siguiendo su habitual tendencia al sincretismo que le hace adaptar costumbres e ideas de culturas diferentes a las propias, no creyera suficiente disponer de lo que se dice en el Segundo Libro de los Macabeos: «Es, pues, un pensamiento sano y saludable el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de las penas de sus pecados». Por eso, para significarse frente a los demás, en el siglo VI el papa Bonifacio IV decretó que el día 13 de mayo se celebrase el Día de Todos los Santos, no solo de los que figuraban en el santoral, sino de cualquier otro que, aun sin canonizar, fuese merecedor de esa consideración. Y poco después, en el siglo VIII, Gregorio III, trasladaría la festividad al 1 de noviembre, para unirla a la de los Fieles Difuntos, es decir, aquellos cuyas almas aún vagaban por el purgatorio esperando ser merecedores de entrar en el paraíso. Con ello, procuraba marcar distancias frente a otros cultos paganos que pusieran su mirada en los muertos.

 


           Porque los ritos y creencias en torno a la muerte y los muertos tienen una extensión universal, tanto en el tiempo como en el espacio. En el más humilde enterramiento de cualquier excavación arqueológica se han encontrado útiles y joyas que no tienen otro fin que el de acompañar al difunto en su otra vida. Y la muerte y el más allá son explicados e interpretados de múltiples formas.

            Los indios chipayas, posiblemente la cultura más antigua de América, mantienen en una leyenda que la muerte es cuestión del azar. Un gran mago quiso hacer inmortales a los hombres y les aconsejó que recibieran amistosamente a un extranjero que los visitaría. Pero cuando ante ellos apareció un extraño cargado con una cesta repleta de carne podrida lo rechazaron de mala manera, pensando que era portador de la muerte. Al día siguiente, en cambio, acogieron afectuosamente a un agraciado joven sin saber que era la Muerte, que se quedaría entre ellos para siempre.


             Casi todas las culturas contemplan un Infierno o Reino de los muertos al que van las almas de los fallecidos. Pocas, o ninguna, piensan en la muerte como acabamiento total. Bueno, Epicuro sí. Hay un texto budista que cuenta este tránsito como un viaje melancólico por un territorio inhóspito. A su llegada al Infierno, el espíritu camina a tientas buscando cruzar el Río de los Tres Pasos. Un paso es un vado poco profundo que atravesarán quienes no han cometido en su vida más que faltas leves; el segundo paso, un puente construido con ricos materiales, conducirá al otro lado a quienes han llevado una vida piadosa; y el tercero es un abismo poblado de monstruos, reservado a los grandes pecadores. Pasado el río, aún habrán de enfrentarse a una anciana horrible que los despojará de cuanto lleven salvo que la sobornen mediante un pago; por eso, dicen, en el ataúd del difunto debe ponerse algo de dinero para compensar a la vieja.

 


           Este río y el rito de las monedas lo encontramos también en la Grecia antigua. La mitología helénica nos habla de que los muertos, al llegar al Hades, han de atravesar el río Aqueronte, lo que solo es posible si pagan una moneda al barquero Caronte para que los lleve a la otra orilla. Esa es la razón de colocar una moneda en la boca del muerto. Quien carezca de medios estará condenado a vagar por el Aqueronte sin encontrar reposo. Igual sucederá a los muertos privados de sepultura. Eso nos permite entender mejor el momento en que Príamo ruega encarecidamente a Aquiles que le entregue el cadáver de Héctor y la actuación de Antígona al desafiar todas las leyes dando sepultura a su hermano Polinices.

            En la mitología finlandesa se cuenta el origen de la cremación del siguiente modo: un hijo de Sovi bajó a los Infiernos para rescatar a su padre. A la vuelta, el padre le preparó una cama en la tierra; al preguntarle por la mañana qué tal había dormido, el hijo contestó que mal a causa de los gusanos y reptiles que querían devorarlo. Al día siguiente le preparó el lecho en un tronco hueco de un árbol; llegada la mañana, el hijo se quejó de las abejas y mosquitos. El tercer día, Sivo preparó una gran pira y depositó a su hijo sobre el fuego; por la mañana, este contestó que había dormido como un bebé en su cuna.


            Podría seguir contando a Zalabardo mitos sobre la muerte y el más allá, pero prefiero la importancia que en la literatura tiene el tema de la muerte. Le recuerdo lo que escribió Epicuro: «El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos». La verdad es que la muerte existe y nadie permanece indiferente. Mi amigo me propone entonces que digamos qué poemas sobre la muerte apreciamos más. Él comienza recordándome unos versos de Machado: «Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar». Yo le confieso mis dudas entre dos poemas; uno de Juan Ramón que no muestra ni dolor ni miedo por morir, sino nostalgia por aquello que perderá, y que empieza: «Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; / y se quedará mi huerto, con su verde árbol, / y con su pozo blanco…». Pero, al final, creo que me quedo con uno de García Lorca en el que manifiesta el ansia de vivir plenamente y la felicidad que lo embarga, incluso en el instante en que desaparezca, en el momento de su muerte, pues en su retina quedará cuanto tenga delante. Es el poema que empieza: «Si muero, / dejad el balcón abierto. / El niño come naranjas. / (Desde mi balcón lo veo)».

            Lo que me cuesta entender, digo finalmente a Zalabardo es la manera en que se van perdiendo tantas tradiciones populares sobre el día de los muertos, entre ellas la de la ureña, sobre la que tanto sabe mi amigo Juan Benítez, barridas por esa otra foránea, la de halloween, cuyo sentido y contenido ignoran muchos de cuantos la celebran.

           [Imágenes: Cementerio de San Miguel, Málaga; Cementerio de los ingleses, Málaga; Cementerio de Moya, Málaga; Cementerio de Casabermeja, Málaga; Cementerio de Sequeros, Salamanca]


sábado, octubre 23, 2021

LA LENGUA QUE VAMOS PERDIENDO

 


Entre las lecturas de estos días, señalo a Zalabardo que me está interesando de forma destacada Volver a dónde, novela de Muñoz Molina. Podría citar varias razones, no en vano es uno de nuestros más notables autores, pero me detengo en una: en la página 126, también en otras, me ha hecho recordar el apunte de la semana pasada. Hablando de su tío Juan, la novela tiene un fondo biográfico importante, dice: “En su vocabulario campesino, el color rojo es colorado, igual que una nube es un nublo, y la palabra nube significa tormenta, y las plantas se crían, no se cultivan, y un niño es un nene, y un burro un borrico, y el olivo se llama siempre la oliva…” Lo dice con un deje de nostalgia, no de queja ni de tristeza, a sabiendas de que esas palabras se van perdiendo de la memoria de muchas personas.

            La pérdida es irremediable, pues la lengua cambia, como trataba de argumentar la semana pasada. Todo cambia, porque todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre, que dijo Garcilaso. Y nadie debe escandalizarse por ello, sino acoger con naturalidad todo lo que es natural. Esa añoranza que deja traslucir el texto de Muñoz Molina, que también comparto yo, y así se lo confieso a Zalabardo, surge al observar cómo aquello a lo que en un tiempo hemos estado acostumbrados va siendo olvidado por las generaciones que nos siguen. Si pensamos en la lengua, esta entidad compleja con que nos entendemos con nuestros semejantes, tal vez lo que más cambie sea el léxico. Hay infinidad de palabras que van cayendo en desuso y acaban siendo desplazadas por otras que ocuparán su lugar. De no ser así, aún emplearíamos exida, como en el Poema del Cid, en lugar de salida, y refranes no habría desplazado a los retraheres del Arcipreste de Hita y tantas más. Y cuando ahora somos testigos de cómo bullying desplaza a acoso o link a enlace y, en páginas de internet, banner a anuncio no hay que pensar que ahí se acaba todo, pues ya nos avisaba Manrique que nadie se ha de engañar pensando que lo que aguardamos ha de durar más de lo que duró lo ya pasado. Tampoco esta lengua que ahora empleo será eterna.

            Vivimos un mundo de cambios vertiginosos, tanto que nos queda la impresión de que los cambios no se producen en cuestión de siglos o de años, sino de meses e incluso de días. Vemos que los pilares del progreso se fundamentan en una industrialización y una tecnificación que diluye ámbitos que en otro tiempo correspondían a los artesanos. Ya no se arregla un televisor, un paraguas, un mueble deteriorado. No vale la pena, se dice, y sale más barato comprar otro. La mayor parte de los procesos de producción están robotizados y la mano de obra deja de ser imprescindible.


            Zalabardo, que como yo es de pueblo, sabe muy bien que en el mundo rural estos cambios son más perceptibles, pues uno de los resultados de la agricultura hidropónica es que hasta el suelo agrícola se va haciendo innecesario. En los invernaderos, un ordenador se basta para controlar las tareas necesarias para cultivar, el tío Juan de Muñoz Molina diría criar, los tomates, pimientos, pepinos y demás productos hortícolas que adquirimos en los mercados. En consecuencia, las zonas rurales se van despoblando y aparecen los pueblos vaciados, que no vacíos, por una diferente concepción de los sistemas productivos. Hoy cuesta encontrar quien sepa lo que es un pegujal, un balate, un ubio o un amocafre. No solo son damnificados los términos rurales; también se ha perdido el conocimiento, y con ello el nombre, de objetos usuales en otra época como alcuza, damajuana o badila; o términos marineros como cofa, driza y motón. Por no hacer inacabable la lista, le pido a Zalabardo que piense que, en Málaga, casi han desaparecido madrevieja, casamata, chorrarera

            La preocupación por ese léxico que se olvida, esa lengua que se nos va, iguala a Muñoz Molina con Miguel Delibes. Hace años, Azorín, y en menor medida Unamuno, atendieron a aquellos vocablos que ya se iban entonces perdiendo, pero creo que Delibes es quien más ha destacado en la tarea. Jorge Urdiales se aplicó a estudiar el léxico rural de Delibes. Catalogó en sus novelas 1469 palabras poco usadas o en trance de desaparición; de ellas, casi una tercera parte ni siquiera ha llegado a ocupar un puesto en el Diccionario de nuestra lengua.

 


           Si Muñoz Molina elogia a su padre por haberle enseñado a reconocer plantas como el cerrajón o la corregüela y recuerda con cariño a su tío Juan cuando le hablaba del pezón de los higos o de los tomates de carne de doncella, un personaje de Delibes, en Mi querida bicicleta, no entiende el valor de una educación esmerada si luego no se sabe distinguir un cuco de un arrendajo. Y en Diario de un cazador nos topamos a cada paso fragmentos como este que le leo a Zalabardo: “El campo estaba hermoso y junto al puesto había una pradera cuajada de chiribitas y tréboles bravíos. A mano izquierda andaban acorrillando un majuelo. Ya en el tollo con la hembra a diez pasos dando el coriché se me olvidaron todas las cosas.”

domingo, octubre 17, 2021

LA ANTIPATÍA DE LOS CÓDIGOS

 


Escribía Rosa Montero en un reciente artículo: “Las ideas son y deben ser mudables, repensables, redefinibles. Si se convierten en una verdad intocable, ya no son ideas, sino dogmas. Y el dogma es la negación del pensamiento”. Zalabardo, contrario a la tiranía de los dogmas, asiente: “Si existiera algo —me dice— que fuese siempre igual, indiscutible, de lo que no se pudiera disentir, habría que suprimirlo por dañino”.

            Las palabras de Rosa Montero, medito mientras oigo a mi amigo, podemos aplicarlas a la lengua, mágico instrumento que organiza nuestros pensamientos y nos permite exteriorizarlos. ¿Cómo imaginarla inmutable si la esencia del pensamiento, como la de la sociedad y el progreso, es el cambio constante? Si fuera tan perfecta que no necesitara cambiar, seguiríamos hablando en latín, o en la lengua de la que se derivó el latín o en aquella de la que nació lo que terminó por ser latín.

A esa naturaleza viva y cambiante de la lengua se refiere Francisco Rico en otro reciente artículo en el que defendía la necesidad y conveniencia de leer a los clásicos en textos anotados porque “hay pasajes que un lector no puede descifrar si no es con la muleta de una glosa”. Nos habla de que, sin esa explicación, no sabríamos que si el Cid lloraba de los ojos es porque, en otro tiempo, llorar significaba también ‘lamentarse’, o que si Manrique escribe recuerde el alma dormida es porque recordar era más ‘despertar’ que ‘traer a la memoria’.


Sin embargo, no faltan entre nosotros, le hago saber a Zalabardo, quienes se empeñan en mantener una noción inmovilista de la lengua y, por ignorancia o cabezonería, solo juzgan correcto lo que muestran gramáticas y diccionarios. Craso error. Un personaje de Valle-Inclán afirmaba que nuestro teatro, enfrentado al de Shakespeare, “tiene la antipatía de los códigos, desde la Constitución a la Gramática”. Afirmación certera, porque los códigos, si no admiten revisión, son dogmas que conducen al inmovilismo, trabas que se le ponen al progreso y que encorsetan la expresión natural. Por eso resulta triste el espectáculo que dan esos políticos que, para negarse a debatir un asunto sobre el que no quieren hablar, se escudan en la Constitución. Por eso también se entiende el recelo con que los adolescentes miran la Gramática.

Quienes defienden la prevalencia de diccionarios y gramáticas no conocen cuál es su verdadera naturaleza. Ignoran que la Nueva gramática de la lengua española, es decir, la amparada por todas las Academias, proclama ya en su prólogo que “la norma no es sino una variable de la descripción”. Eso indica que nuestra gramática es descriptiva, se limita a explicar un estado de la lengua, y no es normativa, pues no impone nada; si acaso, recomienda aquellos usos que se consideran mejores.

No otra cosa puede decirse del Diccionario. El DLE da fe de las palabras que se utilizan, sin imponer ni rechazar ninguna. Además, un diccionario va siempre muy a la zaga de la lengua viva, lo que justifica que algunas palabras o significados tarden en aparecer o desaparecer en su corpus. Aun siendo así, el Diccionario no deja de despertar dudas y podríamos preguntarnos por qué se da entrada a duopsonio o por qué se suprime birlibirloque. Feijóo, ya en el siglo XVIII, decía que pretender que un diccionario fije la lengua no es útil porque cerraría la puerta a muchas palabras que pueden ser convenientes; y no es asequible porque ningún escritor de calidad se aviene a encerrarse en los límites que un diccionario le imponga.


Las palabras nacen, mueren, cambian su significado, adquieren alguno nuevo o pierden otros que tenían. No hace mucho, mantuve un enfrentamiento con un amigo que me reprendía por haber escrito desunció el mulo; diccionario en mano, argumentaba, uncir es ‘atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias’. Yo le contesté que no le faltaba razón, pero que, también diccionario en mano —el de Manuel Seco, más actual, en parte, que el académico—, hay que saber que, con el tiempo, uncir ha unido a su significado original el de ‘unir o atar a alguien o algo a una cosa’.

Si no partiéramos de aceptar eso, que las palabras cambian, aumentan o restringen sus significados, a veces hasta grados que resultan paradójicos, no podríamos viajar en avión, palabra que, lo vemos en el diccionario de Covarrubias, el primero de nuestra lengua, designa a un ‘pájaro conocido, que por otro nombre se llama vencejo’; o habría que rechazar coche para automóvil, pues en el mismo diccionario leemos que coche es un ‘carro cubierto y adornado, con cuatro ruedas, que le tiran caballos o mulas’. Tampoco podríamos calificar como formidable ‘lo que causa admiración y elogio’ si ya en 1732, el Diccionario de Autoridades nos indica que ese latinismo significa ‘horroroso, pavoroso, que infunde asombro y miedo’.

La consecuencia que sacamos Zalabardo y yo es que no podemos conceder a diccionarios y gramáticas una tiranía que, ejercida con rigor, daña más que beneficia. Si no olvidamos lo que un diccionario es, estaríamos obligados a no confundir género con sexo, influenciar con influir o severo con grave. ¿Y qué decir de ventana para ‘cada una de los recuadros independientes en la pantalla de un ordenador’ o, como nos ha impuesto últimamente el fútbol, ‘momento en que se puede realizar un cambio de jugadores’? Tampoco deberíamos aceptar que el canarismo fajana, ‘terreno llano al pie de laderas o escarpes formado por los materiales desprendidos de las alturas que lo dominan’, se utilice para designar los ‘depósitos sobre el mar de la lava arrastrada por las coladas de la erupción de Cumbre Vieja, en La Palma, ya que, en puridad, es decir, de acuerdo con el código lingüístico, el dogma, eso no es fajana, sino delta lávico. ¿Pero quién evitará que, a fuerza de oír usar indistintamente ambos términos, acaben por llegar a ser sinónimos?

domingo, octubre 10, 2021

NO TENER EL CHICHI PA FAROLILLOS (ZALABARDO Y LAS REDES)

 

Las películas que nos acosan con inacabables secuelas y precuelas hasta casi el infinito…, y más allá, no son cosa de hoy. Siendo niño, le comento a Zalabardo, ya ocurría eso con las de Fu Manchú, el villanísimo capaz de inventar las más sofisticadas armas destructoras, pero que siempre resultaba vencido (y, al parecer, muerto) por sir Danis Nayland y su compañero el doctor Petrie, aunque a la postre siempre aparecía una nueva película en la que volvía a las andadas.

Hoy regresa la Agenda de Zalabardo. Cuando nos hemos encontrado (¿acaso nos habíamos separado?), me pregunta mi amigo por mi verano y por mi ocio. Le cuento que, aun con bastante precaución, he podido salir algo —unos días por la Alpujarra granadina, paseos por los pueblos de la Axarquía, ¡cómo los echaba de menos!— y he leído bastante, pues los coletazos de la pandemia invitaban a ser prudentes y a no moverse demasiado.

Se interesa por la tardanza en la reaparición y no tengo más remedio que confesarle la verdad: que a veces siento ganas de dar carpetazo y cerrar la Agenda para siempre. ¿Motivo? Mi creciente desconfianza en las redes sociales. Hablando de ellas, Aramburu sostiene en su última novela que son un enorme poder anticultural que nos empeora como personas, porque en ellas nos servimos de cualquier cosa para generar conversaciones sobre lo que, en el fondo, solo nos interesa por el placer morboso que nos provocan. Puede que tenga razón. No hace mucho, alguien decía en la radio que, hoy, la información circula con tanta rapidez que no tenemos tiempo siquiera de analizarla, por lo que pronto deja de interesarnos. En las redes sociales, digo a Zalabardo, es donde menos disposición al análisis encuentro.

Los valores del progreso y la utilidad de los nuevos instrumentos que se ponen a nuestro alcance tienen un valor incalculable. Las redes sociales suponen un gran avance, pues hacen posible una rápida y eficaz comunicación entre las personas y nos acercan a conocimientos que de otra manera nunca alcanzaríamos. Pero igual que un instrumento se vuelve inútil si no lo empleamos bien, las redes dejan de ser valiosas cuando no las usamos de manera acertada y prudente.

De internet, es bien sabido, obtenemos una ingente cantidad de información no significa que sepamos más, salvo que nos concedamos el reposo necesario para el análisis. En wasap y demás redes, en blogs (y no olvido que ahora escribo en uno de ellos), como en cualquier diario, radio o televisión abundan informaciones, juicios y aseveraciones de utilidad y veracidad no contrastada adecuadamente.


Redes y plataformas tienen un gran peligro que no veo en la comunicación interpersonal directa, cara a cara, donde un simple gesto puede delatar cómo nuestro interlocutor percibe el discurso que enviamos. Eso basta para matizar las palabras y saber cuándo no estamos siendo entendidos o cuándo es preferible callar. Pero ante la pantalla del móvil o del ordenador nos sentimos reyes, dueños completos de la situación y portadores de la verdad indiscutible. Estamos convencidos de que el valor del mensaje estriba en el simple hecho de que lo digo yo. Lo cual, no creo que haya que explicar mucho, es totalmente falso. Ese error nos hace enviar y reenviar esa retahíla de mensajes que o bien no interesan al interlocutor o bien carecen de veracidad.

Los grupos de wasap (y supongo que Twitter, Instagram o Facebook) sirven para lo que sirven y son efectivos si se limitan al objetivo para el que nacieron, facilitar el contacto personal. Pero me provoca un insoportable sarpullido que un pretendido amigo de Facebook o un miembro de un grupo se sirva de la plataforma para enviar comunicados falaces o difundir informaciones faltas de veracidad. Me niego a participar en redes disfrazadas de púlpito, de tribuna política, de sala de catequesis, de agencia de publicidad o de escenario para el autobombo.

Insisto en que no soy contrario a los medios ni a las redes, ni nunca me pondría al lado de quienes piden su abolición por considerarlos instrumentos nocivos. Creo que la intercomunicación es en nuestro tiempo infinitamente mejor que en épocas pasadas, gracias precisamente a esos medios. Lo que falla no es, pues, el instrumento, que es bueno; lo que falla es el mal uso que hacemos de él. A quien quisiera rebatir lo que digo esgrimiendo el sagrado derecho a la libertad de expresión y pensamiento le contestaría que ese derecho pierde su sacralidad si no va acompañado de la imprescindible dosis de autocrítica. Porque son demasiados los que se pasan el día atados a las redes sin pensar, ese es su gran error, que no siempre está el horno para bollos, y no siempre estamos en condiciones de soportar según qué cosas y planteamientos.

            Y si vuelvo a escribir en esta Agenda, le digo a Zalabardo que quisiera hacerlo respetando el objetivo que alentó su nacimiento. Así, le cuento el origen de la expresión empleada líneas más arriba, No estar el horno para bollos; su significado lo sabemos, que no es el momento oportuno para algo. Sobre su origen, otro buen amigo, excelente repostero, supongo que sabrá que procede del mundo de la cocina. Dado que cada alimento necesita su tiempo de cocción y su temperatura, si un horno está preparado para cocer pan, valga el ejemplo, no es momento adecuado para meter en él bollos, que requieren condiciones diferentes.

 


           Hay otras formas que, aun siendo distintas, no dejan de significar lo mismo. Empiezo por una en la que, curiosamente, se confunde la repostería y la historia: No estar la magdalena para tafetanes no tiene nada que ver con los pastelillos. Esa magdalena no se refiere al pastel, sino a María Magdalena, a quien suele representarse vestida con tosco sayal y que, tras la muerte de Cristo, de quien era seguidora, no estaba en condiciones ni con ánimo de vestir tafetanes, es decir galas. Otro dicho válido es el que afirma No estar la marrana para arrimarle más lechones; si ya está amamantando a los suyos, ¿no debemos evitar acercarle otros que no lo son? Y, por fin, hay uno en el que a ese acto de juzgar improcedente una ocasión, se le suma la falta de ánimo para que nos vengan con ella. Tengo que reconocer que es tan claro como vulgar: No tener el coño para fiestas. Por suerte, en este último caso, una amiga más, en un día de placentera reunión, nos enseñó una versión que a mí me gusta más, No tener el chichi pa farolillos.

            Pues eso es lo que pasa con las redes y esa es la razón por la que recelo de ellas e incluso me resisto a internarme en ciertos grupos y foros, porque no siempre tengo el chichi pa farolillos.

sábado, junio 26, 2021

QUITARSE LA MÁSCARA

 


Hoy puede ser un día raro para muchos. Comienza a regir la norma por la que el Consejo de Ministros nos permite, en ciertas circunstancias despojarnos de la mascarilla que nos ha venido martirizando, al menos a mí, desde hace más de un año. Y muchos, Zalabardo dice encontrarse entre ellos, lo hacen con recelo, pues igual que la pandemia se instaló entre nosotros sin que apenas nos diésemos cuenta hasta que, cuando fuimos conscientes, ya se había hecho tarde para tomar las medidas preventivas suficientes, puede que aún se encuentre agazapada entre nosotros —de hecho sigue mostrando su fea cara— y tarde en retirarse más de lo que sería deseable.

Hablamos Zalabardo y yo de la curiosa historia que nos ofrecen determinadas palabras. Por ejemplo, mascarilla, que en otras zonas de habla hispánica es nasobuco, barbijo, tapabocas y alguna más, no es sino una máscara pequeña que cubre solo una parte del rostro, entre la nariz y la barbilla. La curiosidad estriba, le digo a mi amigo, en cómo el tiempo ha hecho cruzarse dos palabras, máscara y persona, tan diferentes entre sí y que, sin embargo, acaban por designar la misma cosa.

Máscara que nos llega del italiano, aunque posiblemente pasando por el tamiz del catalán, se remonta hasta el árabe masharah, ‘lo que hace reír’ y también ‘payaso’. La máscara es, en efecto, un aditamento, una careta, con que nos cubrimos la cara con el objeto de no ser reconocidos, de disimular nuestro aspecto y ofrecer el de otro o para participar en determinados rituales.


Aquí es donde el término cruza su camino con persona, que nos viene del griego prósopon, palabra que designaba la careta con que los actores se cubrían el rostro no solo con el fin de reflejar mejor los distintos sentimientos, sino para que sirvieran como caja de resonancia y su voz llegase mejor a los espectadores. Aunque la expresión va desapareciendo, aún algunos llaman dramatis personae a los personajes que intervienen en el drama.

Le digo a Zalabardo que se fije en como las palabras, a poco que les demos libertad, comienzan a caminar a su antojo y van conformando modelos que, en definitiva, serán los que marquen el camino de nuestro pensamiento. Porque el caso es que prósopon pasó de designar la careta a designar al actor que se la ponía y, en un paso siguiente, a cualquier individuo, con lo que todos nos convertimos en personas, es decir, lo que mostramos de nosotros a los demás. Hubo entonces que adecuar una nueva palabra para el papel desarrollado por los actores, a los que se comenzó a llamar personajes, palabra que no tardaría en compartir este significado con el de ‘individuo importante’.

Y mientras persona adquirió ese sentido positivo y superior que ahora le damos, su primitivo significado vino a sumarse, pues casi eran lo mismo, a máscara, es decir, la careta, el antifaz. Hasta tal punto que no tardarían en nacer los verbos enmascarar y desenmascarar, ‘cubrir o descubrir algo’ y la expresión quitarse la careta, o la máscara, desprenderse de la falsedad y simulación que alguien representa y dejar a la vista lo que de verdad se es.


Quizá por eso, le digo a Zalabardo, y no tanto por razones higiénicas, tengamos ahora miedo a despojarnos de la mascarilla, o de la máscara, o de la careta, tras la que, por fuerza, nos hemos venido ocultando durante más de un año. Porque el miedo nace de que, aunque al quitarnos la mascarilla lo que dejamos al descubierto es la persona, olvidamos que, al fin y al cabo, esta no es sino otra careta, otra forma de ocultación, como muy bien nos enseñaron los griegos.

Y, como viene siendo habitual, Zalabardo y yo nos tomamos una vacaciones y dejamos esta Agenda en suspenso. Hasta la vuelta y felices vacaciones.

sábado, junio 19, 2021

ATRAPADOS EN LAS REDES

 

 


           Zalabardo es, en cierto modo, mi conciencia, pero no conciencia que condena, sino siempre abierta a la disculpa. Mi amigo mantiene con firmeza que nadie está libre de error y huye de los farisaicos defensores de una única línea de pensamiento. De ellos suele decir: “¡Qué sabrán de la cantidad de caminos que hay y de la dificultad para acertar con el conveniente en cada momento!”

            Jamás imaginé, cuando se la pedí, que esta Agenda durase tanto. Para mí, ha sido y sigue siendo un instrumento que me ha ayudado a exponer algunas cuestiones referidas al lenguaje y, si lo he considerado preciso, comentarios de temas ante los que he creído que no debía callar. Algunos han hallado interés en mis apuntes; otros, los han dejado correr como esa agua que no se bebe. Normal. Como instrumento, la Agenda no es mala en sí misma, porque ningún instrumento lo es. Su maldad, cuando la haya, habrá que achacarla al uso inadecuado que se le dé. Por eso no culpamos a un cuchillo de causar una herida; el culpable es quien lo blande con ánimo de dañar.

            Pero el peligro, que no el diablo, pues hasta el diablo es bueno, aunque lo pinten así, acecha en cualquier esquina. El día que se me ocurrió publicar No tendrías que haber vuelto, en la editorial me dijeron: “¿Tienes Facebook?” No, respondí. “¿Tienes Whatsapp?” No, volví a responder. “Pues ya te estás abriendo sendas cuentas, pues en este mundo no se es nadie si no se exhibe en el escaparate de las redes sociales”, me dijeron.

            Zalabardo, que es aún más torpe que yo en el manejo de las modernas tecnologías —nos cuesta manejarnos con el móvil, actualizar el portátil, acertar con el botón preciso de un smartv para ver cualquier cosa; él ni siquiera tiene móvil y si tiene televisor en color es porque ya no queda ninguno de aquellos en blanco y negro y con botones en lugar de mando a distancia— me lo advirtió: “¿Sabes en qué berenjenal te metes?”

            No lo escuché y tengo mi cuenta de Facebook y de Whatsapp. Con Twitter y demás redes posteriores ni siquiera lo he intentado. Confieso que he comprobado que esos instrumentos me ayudan. Accedo a la opinión de otros sobre diversas materias del mismo modo que puedo difundir la mía. En ocasiones, solvento una gestión en cuestión de segundos, envío una foto del lugar en que me encuentro como otros me la envían de donde están ellos. Puedo, en fin, ponerme en contacto con personas a las que había perdido la pista bastantes años atrás e incluso hacer nuevas amistades.

            Pero también, ay, he ido descubriendo cosas que no me gustan. Me causa desasosiego la facilidad con que se difunden bulos, infundios, ofensas injustificables, con qué descaro se pone en boca de otras personas lo que jamás han dicho. Por las redes las mentiras corren a velocidad de vértigo sin que nadie ponga coto a tanto desenfreno.



            Un día descubrí que existe algo llamado grupo de whatsapp. Y me sentí feliz porque gracias a uno de ellos conseguí contactar, tras más de cincuenta años, con quienes habían sido mis amigos de bachillerato. La alegría por sentirme de pronto junto a esas personas a las que no había olvidado ni dejado de querer, pero de las que no sabía nada fue inmensa. El grupo se puso en marcha y todo parecía el país de las maravillas.

            Por desgracia, a veces la felicidad es algo efímero. He visto que, no ya en el mío, en cualquier grupo de Whatsapp, se cometen los mismos errores que en Facebook. Lo que peor llevo son los reenviados, cuando no se revisa la veracidad de su contenido; y es un martirio recibir seis, siete, diez y más veces el mismo mensaje por otras tantas vías distintas. ¿Qué decir de los que portan el encabezamiento reenviado múltiples veces? Un ejemplo: estos días circula uno referido a la figura de Ángeles Alvariño. ¿Quedará alguien que no se haya enterado de quién es? Pero me pregunto, ¿alguien sabría algo de ella de no mediar una trágica noticia?; ¿alguien se ha preguntado por qué ella, y otras muchas mujeres, han tenido que alcanzar fuera el prestigio que en su país no consiguieron? Y me digo: ¿cometeré la torpeza de reenviarlo sabiendo que su destinatario lo habrá recibido ya tantas o más veces que yo? Decido dejar quieto el dedito y evitar a otros el suplicio que sufro yo sin desearlo.

            Mi conclusión sobre los grupos de Whatsapp es que jamás podrán sustituir a un verdadero grupo. Los grupos virtuales, además, tienden a olvidar la realidad. Analizo el mío. Quienes lo formamos, pasados sesenta años, no podemos pretender ser quienes fuimos en nuestra adolescencia. Porque la vida es cambio continuo y nadie se libra de él. En consecuencia, si voy a decir algo destinado a ese grupo, qué menos que ser consciente de esa indiscutible diversidad y no decir nada que pueda resultar molesto o herir alguna sensibilidad. Pero, por otra parte, el grupo carecerá de sentido si no se acepta la libertad y la espontaneidad. Con respeto, con actitud razonable, se puede hablar de todo. Y se puede criticar cuanto se considere criticable. Y ha de tener cabida el debate, que es camino para hallar un punto de encuentro. Lo que no es admisible es pensar que yo puedo lanzar un exabrupto y luego escandalizarme porque otro estornude.

 


           Zalabardo mira lo que escribo en esta noche del viernes, después de un delicioso día con parte de esos amigos (¿qué Whatsapp puede sustituir eso?). Ahora mismo, se da la coincidencia de que escucho al grupo Alameda que canta Despierta de tu silencio; amigo, coge el timón y pon rumbo a la esperanza… Y me pongo triste, porque veo que el grupo inicial va perdiendo la inocente alegría de los primeros tiempos. Y me he visto precisado a ir silenciando el contacto con algunos de esos amigos, pese a que los quiero con toda mi alma; pero prefiero el silencio antes que perder el lazo que me ha mantenido unido a ellos en los tiempos en que no había redes. No quiero que ninguna red se me convierta en una trampa fatal.

            Zalabardo me dice que me lo avisó y me recuerda unas palabras de Baroja: “Yo no creo que en nada haya sólo dos posiciones, decir sí o decir no. Me parece que la vida es bastante complicada para no tener más que soluciones simplistas”. Y le digo que no me gusta ningún grupo donde no se reconozca que entre sí y no cabe una inmensa cantidad de respuestas tan válidas las unas como las otras.

domingo, junio 13, 2021

LA INFLUENCIA DEL LENGUAJE TAURINO EN EL COMÚN

 

 


           Ayer mismo, mientras aguardábamos en una acera de Puerta de San Buenaventura a que Rosa Montero, sumada al movimiento de tantos escritores en favor de la librería Prometeo, nos firmara un ejemplar de La buena suerte, hablábamos Zalabardo y yo de las paradojas que uno encuentra. Mi amigo me recordaba que Pío Baroja mantenía que en ninguna cuestión se puede admitir que haya solo dos opciones, decir sí o decir no, porque bastante complicada es la vida como para que haya solo soluciones simplistas.

            Nuestras conversaciones son siempre distendidas y evitamos siempre caer en enfrentamientos insolubles. Sobre la situación de la librería Prometeo, mi amigo me decía que, para salir del atolladero en que se hallan, a sus gestores no les queda más remedio que atarse bien los machos y asomarse al balcón. Le pregunté si era consciente de que estaba empleando dos expresiones taurinas. Por supuesto que lo sabía.

            Tenemos una lengua plagada de expresiones nacidas en el mundo de la tauromaquia, que tampoco pasa por un momento boyante; no faltan quienes no solo le dan de lado, sino que abundan los que piden su completa abolición. A la cabeza, los partidarios de los movimientos animalistas. En este punto Zalabardo sacó la frase de Baroja, pues me decía no entender cómo colectivos que defienden para los animales derechos semejantes a los de los humanos, son tan reacios a reconocer esos derechos a los propios humanos; y me habla de quienes rechazan las migraciones, de la explotación laboral de niños, de los xenófobos, homófobos y cuantos “fobos” existen. Las paradojas que citaba más arriba.

            Aficionados amigos nuestros, José Manuel Ramírez o José María Pérez entre otros, saben bien que la tauromaquia ha pasado por periodos semejantes al actual, que su historia ha sido un continuo enfrentamiento entre detractores y defensores y momentos de auge se han visto seguidos de otros de prohibición. Pero, en el conflicto, tal vez debieran contemplarse aspectos que no se atienden, pues, lo decía Baroja, nada hay tan simple como para saldarlo con actitudes simplistas.

            Ni Zalabardo ni yo queremos entrar aquí en ese debate. Solo pretendemos dejar constancia de que el influjo de la tauromaquia ha sido tan grande en la sociedad española que nuestra lengua está plagada de expresiones taurinas que han pasado al lenguaje usual. Un estudio de Francisco Reus Boyd-Swan, de la Universidad de Alicante, así viene a demostrarlo. Se titula El léxico taurino en la vida cotidiana.

            Por ejemplo, con atarse bien los machos (machos son las cintas que ajustan la parte baja de la taleguilla o pantalón del traje de luces) aludimos al deseo de prepararse a conciencia para afrontar una difícil empresa de la que se quiere salir airoso. Se asoma al balcón el banderillero que se planta ante la cara del toro y se cuadra para colocar las banderillas del modo debido; en la vida diaria, asomarse al balcón es disponerse a ejecutar una tarea difícil aun conociendo el riesgo que comporta.

 


           Pero hay más. Asumir la responsabilidad de solucionar un asunto que no admite dilación, cuando otros temen actuar, es coger al toro por los cuernos. Y del que presume de su acción realizada una vez que ha desaparecido cualquier riesgo se dice que a toro pasado todo es fácil. Actuar sin ambages, sin prejuicio frente al qué puedan decir otros, tomando las medidas debidas, es actuar en corto y por derecho, porque esa es la forma de dar muerte al toro, citándolo de cerca y entrando con rectitud. Claro que si erramos en el intento hablaremos de pinchar en hueso. Quien se encuentra bajo de ánimoso o con pocas ganas de trabajar está de capa caída, pues el torero dispuesto a efectuar una buena faena sujeta su capote con firmeza y en alto. Por eso también, cuando deseamos prestar una ayuda echamos un capote al necesitado, igual que un torero trata de distraer al toro que acosa peligrosamente a otro diestro.

            Incluso cuando alguien presume de lo que se desconoce y mete baza en lo que no le concierne le diremos aquello de al torero en la plaza y al cómico en las tablas, con lo que damos a entender que a cada uno se lo conoce cuando interviene en su especialidad. Por el color del pelo y pinta de un toro, se los califica como azabaches, zaínos, mulatos, jaboneros, bragados, colorados, castaños… Es creencia generalizada que los toros castaños son bravos y peligrosos y, cuanto más oscuros, mayor su peligro. Por eso de cualquier situación complicada en la que son escasas las posibilidades de éxito se dice que pasa de castaño oscuro.

            Hay, no obstante, dos expresiones en las que ni Zalabardo ni yo lo tenemos claro ni acabamos de entender la interpretación que de ellas hace Francisco Reus. Por ejemplo, él recoge ir al hilo de y la explica diciendo que es cuando el toro persigue al diestro como si un hilo uniera a ambos hasta que lo obliga a refugiarse; pero, en su texto, la expresión que usa es hacer hilo. Si se consulta el DLE encontramos a hilo como ‘sin interrupción’ y ‘en línea paralela a algo’ y al hilo como ‘cortar algo siguiendo la dirección de sus hebras o venas y no de través’. Zalabardo cree que aquí hay cierta confusión y que lo que se usa en la tauromaquia es hacer hilo, queriendo indicar que el toro hiere al diestro, traspasando con sus pitones la ropa del toreador.

 


           Otra expresión para la que no encontramos explicación suficiente es la que afirma que no hay quinto malo. En casi todos los lugares consultados se lee que tiene su origen en la época en que aún no se hacía el preceptivo sorteo sobre en qué lugar se lidiarán los toros y a quiénes corresponderá su lidia. También se repite que era el ganadero, conocedor de su ganado, quien determinaba el orden y dejaba para el final el que consideraba mejor. Pudiera ser, ¿pero por qué llevar el buen toro al quinto lugar y no al sexto que cierra la corrida? Leo en otro lugar que Díaz-Cañavate, experto en tauromaquia aducía la razón de que todo era debido a que el famoso Guerrita exigía que se le otorgase para su segunda intervención el toro que consideraba mejor, hasta que apareció la figura de Mazzantini, que impuso el sorteo obligatorio. Parece lógico, pero la duda es si Guerrita actuaba siempre en segundo y quinto lugar.

            En fin, lo que aquí interesa es esa cantidad de expresiones que los toros nos han dejado, muchas de las cuales se nos quedan en el tintero: ser la hora de la verdad, haber hule, entrar al trapo, estar en capilla y muchas más.

sábado, junio 05, 2021

FAHRENHEIT 451 Y PROMETEO

 

 


           En el capítulo V del Quijote, la sobrina del caballero se culpa de no haber hecho antes que se “quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos de ellos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen herejes”. Y nada más comenzar el capítulo siguiente, cuando el cura propone al barbero ver qué libros podrían ser librados de aquel expurgo, la sobrina replica que “mejor será arrojallos por la ventana al patio y hacer un rimero dellos y pegarles fuego”.

            En 1953, Ray Bradbury publicó Fahrenheit 451, una magnífica e inquietante novela en la que se nos habla de una sombría sociedad totalitaria cuyos rectores consideran que los libros son un producto peligroso, por lo que buscan imponer su dominio mediante un proceso de analfabetización de los ciudadanos. Al cuerpo de bomberos, tras haberse conseguido unos materiales de construcción resistentes al fuego, se les asigna una nueva función: la de quemar libros.

            Hace unas noches, veía con Zalabardo la versión cinematográfica que de esta novela realizó en 2018 la plataforma HBO. Nos pareció un bodrio, sin el perturbador magnetismo de la novela en que se inspira ni la calidad de la película que ya en 1966 rodó Truffaut. Contar con más y mejores medios no mejora necesariamente lo que ya bastantes años antes había atraído el interés de lectores y cinéfilos.

            Mi amigo y yo no pudimos evitar hablar del desgraciado incendio que la Librería Prometeo ha sufrido en los primeros días de mayo. El papel es material fácilmente combustible que no resiste más allá de los 232º C (451º F, de ahí el título de la novela de Bradbury). Los libros son muy frágiles ante el peligro de las llamas, de las que se han de proteger tanto o más como de a la inquina de los fanáticos intolerantes.

            Zalabardo trata de reconocer semejanzas entre las dos obras, la de Cervantes y la de Bradbury en el sentido de que dan reflejo de mentalidades que miran los libros como focos de malas influencias, razón por la que deben ser destruidos. Le menciono a mi amigo que hay otro libro, más reciente, que gira en torno a esa misma idea, El nombre de la rosa, de Eco. Y le pido que recuerde que, si bien hablamos de tres obras de ficción, la historia está llena de ejemplos reales en que los libros se queman por contener ideas no compartidas por sus destructores.



            Muchos son los episodios en que, con saña fanática, se ha pretendido suprimir unas ideas quemando los libros que las contienen. Casos inolvidables son los varios atentados que entre los siglos III y V sufrió la Biblioteca de Alejandría, alentados por el poder del emperador Constantino o por el fanatismo del patriarca Cirilo; el cardenal Cisneros hizo quemar la Biblioteca nazarí o, en Florencia, Girolamo Savonarola organizó su peculiar hoguera de las vanidades. Y no vale pensar que aquellos eran tiempos lejanos; el nombre de Bebelplatz quedó marcado para siempre porque allí, en mayo de 1933 los nazis instigados por Goebbels procedieron a la quema de casi 20.000 libros. En el último volumen de sus memorias, Baroja cuenta cómo los requetés entraron en el Círculo de Unión Republicana de Vera, en los inicios de nuestra guerra civil, y un oficial fue arrojando desde el balcón libros a los que, tras ser apilados en la calle, les prendieron fuego; “entre aquellos libros —cuenta Baroja— había algunos míos que yo había regalado al pequeño casino”. Tampoco quedará relegada al olvido la ira insana del Estado Islámico que arrasó las bibliotecas en Irak, donde solo en la Biblioteca de Mosul de perdieron más de 8.000 volúmenes de gran valor.

            La mitología nos cuenta cómo Prometeo, benefactor de la Humanidad, enseñó el fuego a los hombres para ayudarlos a progresar, no para que lo utilizasen como elemento destructor; ese acto de solidaridad le acarreó duros enfrentamiento con Zeus. No hicieron mal quienes, con Paco Puche a la cabeza, dieron su nombre a una modesta librería que comenzó a respirar en un pequeño local de la calle Juan de Padilla, de Málaga; tampoco erraron quienes más tarde llamaron Proteo a la ampliación del primer proyecto. Una librería es un foco que irradia cultura y su pérdida será siempre una desgracia.


            Llegué a Málaga, le cuento a Zalabardo, en 1970 y hacía muy poco que había abierto la Librería Prometeo. La conocí por un amigo, José Luis Sarria, profesor de Matemáticas que impartía clases en el mismo centro que yo. Desde entonces, mi relación con Prometeo —me cuesta trabajo acostumbrarme a Proteo-Prometeo— no ha cesado. Ha sido mucho lo que esta librería, desde los tiempos de Paco Puche hasta los de Jesús Otaola que la dirige ahora, ha hecho por la cultura de Málaga. Prometeo también figura en la lista de las librerías españolas que, en los primeros años de la Transición, sufrieron algún conato de incendio provocado. Nos lo cuenta en su libro Pepe Guerrero. Que este incendio de ahora haya sido accidental no deja de conmover nuestras entrañas. Un solo libro que se queme supone una catástrofe de incalculables consecuencias. Una librería que desaparezca será un paso de retroceso hacia la ignorancia.

            Por todo ello le hablo a Zalabardo del amor y respeto que hay que sentir por los libros y por las librerías; y por eso le manifiesto mi deseo de que, del mismo modo que las llamas no han conseguido en ningún momento suprimir los libros, Prometeo, Proteo-Prometeo, renazca como el ave Fénix de sus cenizas y siga dándonos lo que desde hace más de 50 años nos viene dando.