sábado, marzo 01, 2025

ANDALUCÍA

 


Puesto que cuando escribo este apunte es viernes, 28 de febrero, Día de Andalucía, le sugiero a Zalabardo que revisemos algunos textos que se le han dedicado a nuestra tierra. No es mi intención que hablemos de nuestro dialecto ―me parece innecesario insistir en su riqueza o en la obligación que tenemos de cuidarlo, o en la circunstancia de que fuese precisamente un andaluz, Antonio de Nebrija, quien escribiese la primera gramática del español―. Le pido que lo hagamos solo por dejar constancia documental ―frente a quienes aún sienten complejo por ser andaluces― del peso de nuestra historia y de nuestra influencia cultural en lo que llamamos España.

            Le propongo a mi amigo comenzar con palabras de Alfonso Grosso, que, en Andalucía, un mundo colonial, habla del espíritu integrador de esta parte de España: «No imaginaremos [en Andalucía] una postura nacionalista […] ni siquiera de regionalismo. […] En último término, se trata de todo lo contrario: de su deseo de incorporación en igualdad de condiciones al cuerpo nacional y la única verdad evidente es que […] cuando Andalucía despierta […] es capaz de cualquier cosa, como ponerle, por ejemplo, luminarias a todas las calles de Córdoba en pleno siglo X […] o levantar, como Sevilla, la torre más alta del mundo ―la Giralda― a finales del siglo XII». Y poco más adelante, señala: «Cuando buena parte de Europa no era más que un glaciar, y ni Roma era Roma, ni Grecia era siquiera Grecia aún, Andalucía era ya Andalucía. La Biblia hace referencia a ella cuando habla de los reyes de Tharsis, los primeros reyes andaluces».

            En efecto, en el primer libro de los Reyes (10,22), se lee hablando de Salomón: «La flota del rey se hacía a la vela, e iba la flota de Hiram una vez cada tres años a Tharsis a traer de allí oro y plata, y colmillos de elefantes y pavos reales». Y aunque sean muchas las discusiones de los especialistas, todo parece indicar que Tharsis no era sino el reino de Tartessos, en el sur peninsular, de cuyas minas de plata y oro habla Plinio en su Historia Natural.

            Tharsis, Al-Andalus, Andalucía. ¿De dónde nos proviene el nombre? Es difícil saberlo. Si las teorías circulan de norte a sur mantienen una idea, «tierra de los vándalos», uno de los pueblos germanos que vinieron a la Península. Si circulan de sur a norte, la idea es otra. No entremos en la discusión, pues no tenemos argumentos para inclinarnos hacia un lado o hacia el otro. Pero desde el sur, los propios judíos andalusíes ―al hablar de la tierra de Sefarad a la que se vieron expatriados― sostienen ―lo hace Moshe ben Ezra en su Libro de la Disertación y el Recuerdo― que el nombre Al-Ándalus que los musulmanes dieron a Sefarad procedía del gentilicio correspondiente a Andalisán, personaje que vivió en época del rey Ispán, relacionado a su vez con Aspamia, denominación utilizada en las tradiciones de la diáspora judía para esta tierra, de donde procederá también el Hispania latino. Dejamos ahí la cosa y, quien quiera puede añadir, quitar o buscar por donde le parezca mejor.

            José Manuel Cabra de Luna, presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga, pronunció un Día de Andalucía de 2016 un discurso ―Elogio de Andalucía. Hacia un nuevo humanismo― en el que afirmaba: «Quiero recuperar a los andaluces que con su vida y con su obra nos han constituido, nos han hecho ser lo que somos y como somos». E iniciaba un repaso elogioso de la aportación en diferentes disciplinas de la cultura española por parte de esos andaluces. En esa relación aparecen los nombres de Ibn Gabirol, Maimónides, Avicena, San Isidoro, Averroes, Trajano, Adriano, Séneca, Turina, Falla, Bernardo de Gálvez, Nebrija, Velázquez, Picasso, Góngora, María Zambrano, Lorca, Machado, María Teresa León, Aleixandre, Cernuda… Y culmina: «Por lo que nos aportaron, los que vivimos en esta tierra tenemos la obligación de hacer de la cultura un territorio común».

 

           Le sugiero a Zalabardo que cerremos el breve apunte de hoy con palabras de Blas Infante en su Ideal andaluz: «Andalucía existe: no es preciso crearla. […] Se ha dicho que el pueblo andaluz no tiene historia […] La historia no es la narración de las bélicas manifestaciones de una continuada actividad guerrera. Esta será la historia de la barbarie humana. Según su verdadera concepción, la historia de un pueblo es la de su genio, pugnando siempre, a través de los obstáculos históricos, por explayar e imponer sus alientos civilizadores. Y esa historia la tiene Andalucía».

        Dejemos, pues, que otros se enzarcen en disputas defensoras de un nacionalismo trasnochado. Que a nosotros nos baste, simplemente, sentirnos orgullosos de ser andaluces.

sábado, febrero 22, 2025

ANTÓN PIRULERO

 

Así, Pirulero, es la forma que siempre he conocido del nombre de este personaje de una canción infantil con que se acompañaba un juego de prendas. Puestos en corro, a cada participante se le asignaba un oficio. Uno del grupo, colocado en el centro, iba señalando a los jugadores mientras todos cantaban: «Antón, Antón Pirulero, / cada cual, cada cual / que atienda a su juego / y el que no lo atienda / pagará una prenda». Al acabar la canción, aquel a quien se señalaba tenía que, mediante mímica, mostrar cuál era su oficio. Si no estaba atento y no reaccionaba a tiempo, tenía que pagar una prenda que recuperaría al final tras cumplir un castigo impuesto.

            Buscando quién pudiese ser este Antón ―le digo a Zalabardo―, me encuentro con dos sorpresas. Una ―menor― que en la mayor parte de los lugares se habla de Perulero, adjetivo que, según Covarrubias, se aplicaba a quienes regresaban del Perú, enriquecidos. Lo veo en Gabriel Celaya, que en su libro La voz de los niños habla de un viejo refrán ―«Antón Perulero, un cacharro, un día entero»― con el que se señala al distraído y perezoso y que ―nos dice― surge de la cancioncilla citada. La verdad es que no encuentro por ningún lado muestras de ese refrán, pero me queda la convicción de que la forma correcta debe ser Perulero y no mi Pirulero recordado. Además, me topo con la curiosidad de que, en 1861, se publicaba en Cuba una revista satírica dirigida por Manuel Hiráldez llamada Antón Perulero. Y que, en Buenos Aires, en 1875 se publicaba otra revista satírica del mismo título, esta dirigida por Juan Martínez Villergas, escritor satírico vallisoletano que emigró a América.

            A la pregunta que Zalabardo me hace sobre si este Perulero fue personaje real o producto de la leyenda, le contesto a mi amigo que esa ha sido la segunda sorpresa con que me he topado. Leo en varios sitios ―aunque en ninguno se acompaña el relato de prueba argumental sólida― que hubo en Granada un Antón Perulero que, en 1860, mató a su mujer, troceó su cuerpo y llevó sus restos a un molino para hacerlos desaparecer. Ese suceso sería origen de una canción que se hizo popular: «Antón Perulero / mató a su mujer, / la metió en un saco / y la mandó moler». En verdad es una historia espeluznante. No obstante, encuentro un trabajo de una escritora aragonesa, Marian Tarazona, que, en 2015 escribe cómo esta historia y canción ―con múltiples variantes― se encuentra en Sudamérica, donde la leyenda habla de un carnicero gachupín ―español que emigra y se queda a vivir en tierras americanas― que mató a su mujer de forma semejante a lo ya contado. A favor de esta tesis está la cantidad de versiones de la canción en diferentes países, aunque en cada sitio llaman al protagonista de manera diferente. Antonio Retoño en la región andina, Chico Perico en Nicaragua, Bicho Colorado en Argentina, Pancho Carancho en Cuba…

            Cómo llegó esta historia truculenta a convertirse en canción infantil para acompañar un juego es para mí un misterio. Tampoco es que me importe mucho solucionarlo. Le digo a mi amigo que traerla hoy aquí no ha sido por interés en descubrir la verdad de la historia y de la canción, sino para debatir con él un tema que debería preocuparnos más, el juego de los niños.

 


           De pequeños ―Zalabardo también los sabe― pasábamos bastantes horas en la calle. En mi pueblo ―y él en el suyo― se jugaba en las plazas, en las calles, en cualquier sitio, hasta caer agotados. Algunos juegos incluso tenían su tiempo, como los frutos y las estaciones: el trompo, las canicas ―en mi pueblo no usábamos esa palabra, sino bolas―, el tejo… Había juegos de grupos ―pídola, el salto del moro, policías y ladrones, el fútbol―. Las niñas tenían sus juegos ―la comba, el corro, la rayuela…― y había juegos mixtos ―el pañuelo, las prendas, el anillo…―.

            ¿Qué ha sido de todos aquellos juegos? Los tiempos han cambiado. Zalabardo y yo lo entendemos como entendemos que no se puede ser inmovilista, pues todo en la vida está sujeto a mudanza. Pero, aun siendo así, cuesta entender que hoy se juegue menos ―o se juegue de otra manera―. No es ya que se disponga de menos tiempo de ocio, pues las largas jornadas escolares tienen su prolongación en las numerosas actividades extraescolares. Más grave que eso nos parece que se pierdan los lugares donde desarrollar ese ocio. Las calles, con tanto coche rodando por ellas, se han vuelto peligrosas. Además, cuenta la alarma social; las familias tienen miedo y son remisas a dejar que sus hijos jueguen fuera de casa si no van acompañados.

 


           Pero todavía hay algo peor, porque se entiende menos. En aquellas calles en las que no hay tráfico, en muchas plazas y en muchos parques, no dejamos que los niños jueguen. Molesta que jueguen a la pelota, que vayan en bicicleta, o en patines. Tengo la prueba en mi calle, que es peatonal. Una suerte. Pues bien, los vecinos se quejan de que los niños molestan ―¿en qué cabeza cabe afirmar que molesta que los niños jueguen?― y el ayuntamiento, a petición de la asociación de vecinos, ha colocado una placa que prohíbe textualmente «jugar a la pelota y molestar a los vecinos».

            Lo más paradójico del caso es que luego se oyen quejas de que los niños son cada día más cerrados en sí mismos y menos imaginativos, que viven absortos ante una pantalla que refuerza la tendencia a jugar en soledad y que los hacen olvidar el sentido de la solidaridad. Resulta difícil ver jugar al trompo, a las bolas, a la comba, al corro, al salto del moro, al pañuelo, porque se han promocionado y fomentado juegos diferentes. Eso sí ―pensamos Zalabardo y yo―, los nuevos juegos tienen lugar en ambientes cerrados, claustrofóbicos, y no al aire libre, donde los niños puedan dar rienda suelta a todas sus energías.

sábado, febrero 15, 2025

HONOR, HONRA Y FRASES HISTÓRICAS

Suele leerse en algunos libros de Historia que el rey francés Francisco I, tras su derrota en la batalla de Pavía, 1525, y haber caído prisionero de las tropas germano-españolas de Carlos I, escribió una carta a su madre en la que le decía: «Todo se ha perdido, menos el honor». Y años más tarde, en 1865, también nos cuentan muchos libros de Historia que, derrotada la flota española por la inglesa y la estadounidense en la Guerra Hispano-Sudamericana, el almirante al mando, Casto Méndez Núñez, pronunció aquello de «Más vale honra sin barcos que barcos sin honra».

            Nos encontramos en una situación peculiar: el enfrentamiento de dos palabras, honor y honra, que muchas veces confundimos y que nos hacen dudar sobre su uso. La cuestión es confusa, sobre todo si pensamos que ambas palabras tienen un mismo origen, el vocablo latino honor, oris, que puede traducirse como honor, honra, respeto, consideración o testimonio de estima hacia alguien. Un estudio de 2017 realizado por un equipo de la Universidad de Málaga explica cómo en nuestra sociedad sigue teniendo arraigo la llamada cultura del honor, que considera que el hombre es el encargado de cuidar a la familia, especialmente a las mujeres, contra cualquier conducta deshonrosa, normalmente relacionada con conductas sexuales. El Diccionario Etimológico Castellano En Líneaetimologias.dechile.net― sale en nuestra ayuda al llamarnos la atención sobre este doblete exclusivo de nuestra lengua e indicarnos que todo lo que se debata en torno a dichas palabras ―en especial si se asocia honra con sexo― procede del empleo que de ellas se hiciera en la mayor parte del teatro de los Siglos de Oro. Le pido a Zalabardo que recuerde aquello de «Al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor…», de la comedia calderoniana El alcalde de Zalamea, o las comedias El médico de su honra, también de Calderón, o El villano en su rincón, de Lope. Existe un estudio de Claude Chauchadis, profesor de la Universidad de Burdeos, titulado Honor y honra o cómo se comete un error lexicológico, en que trata de explicar como una y otra palabra se han utilizado siempre indistintamente y no se puede señalar diferencia de significado entre ellas. Sin embargo, el tiempo ha ido consolidando ―sin que se deshaga la confusión― la creencia de que la honradez afecta de cintura para arriba y la honestidad, de cintura para abajo.

 


           Por eso le pido a Zalabardo que se fije en que honra y honor se usan de manera indiscriminada. O en que el Diccionario chileno citado nos advierte que reparemos en que la palabra latina honor no significa esas cualidades personales que con frecuencia les adjudicamos, sino que se refiere al premio público que se otorga a la persona que consideramos que obra con rectitud, decencia o dignidad. Sobre ella formó el español la dualidad honor/honra, así como honradez/honestidad. Le digo a mi amigo que, puestos a considerar el diferente sentido que tendemos a darles, el diccionario en el que encuentro una más certera definición es el de José Joaquín de Mora titulado Colección de Sinónimos de la Lengua Castellana, publicado en 1855. Allí leemos que «El honor consiste en el sentimiento de que el hombre se halla animado, en la conducta que se traza o en los principios que le sirven de norma en sus operaciones».  Y que «La honra depende de la opinión de las otras personas».

            Por tanto, el honor es algo intrínseco que depende solamente de nosotros y de nuestra manera de proceder según unas pautas morales. No es algo que se nos pueda quitar. La honra, en cambio, al depender de la opinión que los demás tienen de nosotros, sí es algo de lo que nos podemos sentir despojados en algún momento. Por eso damos como garantía de algo nuestra palabra de honor y por eso, como consecuencia de un determinado comportamiento, podemos perder la honra.

            Me pregunta, entonces, Zalabardo, por qué en el caso del rey francés se habla de honor y en el del marino español se habla de honra si ambos parecen referirse a lo mismo. Le respondo que precisamente por esos límites difusos que menciono. Traigo los ejemplos porque en ellos, las frases no parecen ajustarse a lo que en realidad dijeron sus sujetos, sino versiones extraídas por autores a los que les pareció que eran más interesantes que la realidad. También la Historia parece valerse en ocasiones de estos recursos.

 


           En el caso del rey Francisco I, esa carta en la que supuestamente había escrito a su madre tal cosa no se conservaba. Se hablaba, pues, de memoria, de lo que alguien creía recordar que allí se había escrito. Años más tarde, lo que se encontró fue una copia, que no la original. Esa copia comienza: «Señora: Para comunicaros cómo me ha tratado la mala fortuna, despojándome de todo, menos del honor y de la vida, que se han salvado […] he solicitado permiso para escribiros». Posiblemente, un historiador al que le pareció poco heroico eso de alegrarse de conservar la vida tras una humillante derrota, concentró la frase es ese «Todo se ha perdido, menos el honor», que suena mejor.

                En cuanto a la frase de Méndez Núñez, parece que tampoco fue esa. Y tampoco hay datos del todo fiables, porque unos dicen que la dirigía al Ministro de Estado, mientras otros sostienen que fue su contestación al jefe de la escuadra enemiga que solicitaba su rendición. En cualquier caso, parece que lo que dijo fue algo así como «Más vale sucumbir con gloria en mares enemigos que volver a España sin honra ni vergüenza».

sábado, febrero 08, 2025

PONERSE LAS BOTAS

Juan Pablo Martín, profesor de la Universidad Federal de Pernambuco, es autor de un breve e interesante trabajo titulado Frases hechas, modismos y refranes en el que intenta deslindar lo que diferencia a unas construcciones de otras. Su artículo es interesante para todo aficionado a la paremiología, la ciencia lingüística que estudia los refranes, proverbios, adagios, frases hechas modismos, locuciones y demás, porque en ella hallamos una especie de totum revolutum, pues vemos mezcladas cosas que no deberían estarlo. En mi pueblo dirían que es un batiburrillo, y en otros ambientes ― de la música ha pasado a la informática y a la gastronomía―, un mix, palabra no recogida por el diccionario académico, pero sí por el de Manuel Seco.

            Sostiene este autor que conocer el mundo supone un conocimiento factual acerca del país en que se habla un idioma y que ese idioma lo que nos permite acceder a su Cultura ―con mayúsculas―, reconocible la literatura, el arte, el pensamiento…, y también a su cultura ―con minúscula―, observable en la vida diaria, las relaciones personales, los valores o las creencias. En este segundo tipo de cultura podemos incluir los refranes, las frases hechas, las locuciones y toda esa gama léxica a la que se refiere la paremiología.

            Ramón J. Sender publicó hace ya años, en 1962 ―hace ya más de sesenta años―, La tesis de Nancy, novela que ayuda a conocer esta peculiar parcela de un idioma ―en este caso el nuestro― y cuya lectura solía recomendarse a escolares de secundaria. La protagonista es una joven estadounidense ―me parece poco procedente decir americana, término del que se ha adueñado Trump, un ricachón palurdo que parece ignorar que América va desde el Promontorio de Murchison, en Canadá, hasta el cabo Froward, o Morro de Santa Águeda, en Chile―. Nancy es estudiante de antropología que viene a Sevilla para estudiar el folclore de nuestra tierra. Las cartas que escribe a su prima Betsy son desternillantes, sobre todo cuando cuenta sus problemas con nuestro idioma. Los ejemplos son numerosísimos, pero escojo uno: a Nancy le cuentan una reyerta entre dos personas cuyo resultado ha sido que una de ella ha dado mulé a la otra; como la joven no entiende, pide explicación y le contestan que lo han despachao; aun así no entiende y le van respondiendo que la ha palmao, que ha estirao la pata, que lo han hecho hincar el pico o que lo han dejao seco en el sitio. Solo cuando, tras mucho insistir, le aclaran que uno de los litigantes ―para vengar a un pariente― ha dado muerte al otro, la pobre Nancy comprende la realidad. Según el estudio del profesor de Pernambuco, estirar la pata o dejar seco, por citar estos dos giros, son modismos.


            He recordado esto porque Zalabardo ha tenido parte en un conflicto en que lo han acusado de que siempre coge el rábano por las hojas, a lo que mi amigo ha respondido a la otra persona diciéndole que ella siempre se va por las ramas. La pobrecita Nancy de la novela tendría dificultades para entender lo que mi amigo y la otra persona se dicen. Porque tanto tomar el rábano por las hojas ―es preferible usar tomar mejor que coger― como irse por las ramas son locuciones o modismos muy abundantes en el habla coloquial.

            ¿Es igual una locución que un refrán? La respuesta es rotunda: no. Aunque puedan ser parientes. Juan Pablo Martín, en su artículo citado, prefiere llamar a las primeras frases hechas o modismos y dicen que son «metáforas lexicalizadas semánticamente opacas», definición que entenderemos si atendemos a las diferencias que va señalando: los modismos, aunque, como los refranes, suelen tener un origen popular y tradicional, no tienen un significado que se corresponda literalmente con el de las palabras que los integran, por lo que resultan difíciles de traducir a otro idioma; los modismos no suelen contener ninguna clase de sentencia o consejo; y los modismos tienen la apariencia de proceder de expresiones más amplias que solemos desconocer. Le pongo a mi amigo un ejemplo. Ponerse las botas ―que es un modismo― significa ‘enriquecerse, sacar provecho de algo o hartarse de algo placentero’. ¿Cómo hacer que entendiera esto la joven Nancy? Tendríamos que contarle que, en otros tiempos, calzar botas era signo de poder económico. La gente humilde, por lo común, iba descalza o a lo más que podía aspirar era a llevar zapatos. Ponerse unas botas, pues, era ascender en la escala social. En cambio, A quien buen árbol se arrima buena sombra lo cobija es un refrán que fácilmente se entiende y puede ser traducido sin problema a cualquier idioma. Su sentido, literal y figurado es claro: conviene acercarse a quien puede suponernos algún provecho. Lo de las botas necesita una explicación; lo del árbol, no.

            Por lo dicho, queda claro que son modismos Por todo lo alto, Sin ton ni son, Llevarse el gato al agua, No tener vela en un entierro… Y que son refranes, en cambio, A quien madruga, Dios le ayuda, Haz rico a un asno y pasará por sabio, Más vale pájaro en mano que ciento volando… Creo que es fácil ver la diferencia.



            A mi amigo lo acusan de tomar el rábano por las hojas, es decir, de interpretar torcidamente lo que se le dice confundiendo lo accesorio con lo principal, como quien, ante esta planta crucífera, pretende aprovechar las hojas ásperas despreciando la carnosa raíz que es en realidad lo valioso. Y mi amigo se ha defendido acusando a su oponente de irse por las ramas, es decir, de obviar el elemento principal que es el tronco ―hace muchos siglos, un socarrón fraile riojano dijo Dejemos la corteza, en el meollo entremos― para prestar atención únicamente a lo que son ramas que tienen un valor secundario e incluso pueden sobrar.

            Cuando Zalabardo pide mi parecer acerca de quién tiene la razón, le contesto que quizá nada sea verdad ni mentira, pues las cosas varían según el cristal con que se miran. Eso no es modismo, sino que se acerca más al refrán, y nos indica que todo depende del punto de vista que se adopte y de qué considere cada uno qué es rábano y qué es hoja o qué es tronco y qué rama en el asunto que origina la discusión. Y le pongo un ejemplo sencillo. El Estado tiene la obligación de ofrecer a todos los ciudadanos una educación universal y gratuita en las escuelas públicas. El ciudadano tiene libertad para renunciar a este derecho y optar por una enseñanza más elitista en un centro privado. La cuestión no estriba en si es mejor el centro público o el privado ―en los dos lados hay buenos y malos―, sino que, si ese ciudadano elige para sus hijos un centro que, con independencia de su calidad, ha sido montado como negocio, tendrá que pagar lo que esa empresa le pida. El Estado paga una enseñanza idéntica para todos. Si yo quiero una diferente, el Estado no tiene obligación de costeármela. En el debate que sobre la cuestión se plantee solo necesitamos saber de qué lado estamos. Los rábanos y las ramas importan un pimiento, que también es un modismo.


sábado, febrero 01, 2025

LAS MUJERES TONTAS Y EL FRUTERO DESAPRENSIVO

 

Zalabardo conoce ―como también la mayoría de mis amigos y allegados― que no me gusta enviar ni recibir determinado tipo de mensajes. Y, sin embargo, abundan quienes, por despiste (quiero usar una palabra suave), me siguen haciendo envíos de una naturaleza tal que, si yo les correspondiese de la misma manera, se ofenderían. El quid de la cuestión estriba no ya en que a una persona así se la pueda acusar de falta de prudencia; es que ―eso es más grave― peca de debilidad de criterio por no saber analizar el contenido de lo que envía ni saber por qué lo hace. Es un error que todos podemos cometer ―hay más personas que actúan de este modo― y que pudiera achacarse al modo en que sobre nosotros actúan las redes o quienes ―en la sombra― las manejan.

            Esa es la razón de mi desencanto ante lo que ―pudiendo ser positivo en esencia― termina por crearnos más conflictos que beneficios―. El misterioso algoritmo que rige las redes, que nos fuerza a comportarnos de una forma irreflexiva y crea en nosotros una dependencia no deseada es la causa de que, de manera pausada ―pues pienso que nada hay que hacer llevados por la urgencia de un calentón― me vaya separando de grupos de wasap, de listas de difusión y de redes varias. Sabe mi amigo que nunca he usado más que Facebook, donde me limito a comentar con mis amigos lo que publico, la experiencia de mis viajes, la impresión que me ha dejado un libro o una película y poco más. Bueno sí, también para ver las fotos de José Ramón San José y de Paco Martín Cobos, los maravillosos dibujos de Carlos Rodríguez, el diario saludo poético de Pepe Infante, las divulgaciones botánicas de José Luis Rodríguez y pocas cosas más. Es decir, las redes son un elemento que nos acerca.

            Debería quedar claro con lo dicho que no soy enemigo de las redes. Todo lo que suponga un avance es positivo y cualquier tiempo pasado, aparte de ser más antiguo, no tiene por qué ser mejor. Le pido a Zalabardo que recuerde cuando ―hacia 1980― se extendió el sistema operativo MS-DOS. Fue el compañero y amigo Carlos Rodríguez quien, en el instituto, nos impartió un cursillo sobre su funcionamiento. Creyendo en las posibilidades que aquello proporcionaba, comencé a utilizar el editor de textos que traía incorporado. Cuando no mucho después apareció Windows, asistí a un curso en el Centro de Profesores, porque aquel sistema de ventanas era una auténtica revolución. Poco antes del 2000 apareció Blogger y, en 2006 me integré entre los blogueros y, como sentía cierto reparo hacia la palabra blog, llamé a este en el que ahora escribo La Agenda de Zalabardo. Por fin, sobre 2005 apareció también Facebook y, en el 2015, me abrí mi cuenta, muro o como se le quiera llamar.


            No soy, pues, enemigo de las nuevas tecnologías y ―aunque por la edad siempre vaya atrasado― me honro de haber estado al lado de quienes comenzaron a utilizarlas en las aulas. Me serví de ellas cuando impartía una asignatura optativa llamada Medios de Comunicación. Y me esforzaba en inculcar en mis alumnos un sentido crítico frente a la comunicación, porque intuía cómo podían afectar aquellas técnicas a la información. Les pedía que pusiesen cuidado para diferenciar qué hay de verdad en cuanto nos llega por los diferentes medios y qué hay que desechar. Entonces no se hablaba todavía de fakes, pero ya existían. Quizá donde más ―en aquellos años― en la guerra comercial entre empresas para ganar clientes o privar de ellos a otras. Les repetía ―los alumnos me llamaban pesado por mi insistencia― que nunca tener más cantidad de información supone saber más.

            De aquellos tiempos a hoy las cosas han cambiado una barbaridad. Y no siempre para bien. Las nuevas técnicas avanzan con mayor rapidez que la formación de los usuarios para moverse entre ellas con garantías. Los medios nos apabullan. Estamos bastante indefensos frente a ellos. No digamos nada si tenemos en cuenta la IA. Aconsejo leer el último libro, Nexus, de Yuval Noah Harari que, con abundante y fiable documentación, nos muestra que, en nuestra época, quien domina la comunicación es dueño del poder. ¿Hace falta hablar de Zuckerberg o de Musk y cómo consiguen que el mundo se mueva a su capricho? Por lo pronto, las compañías de ambos se niegan a establecer filtros de control que impidan la circulación de informaciones falsas o tendenciosas. Y ambos lo hacen con un argumento que, en este caso, vale poco, el de la libertad de expresión, porque con sus redes, lo que en verdad hacen es desposeer a los usuarios de su capacidad de análisis y proporcionarles una información adictiva y malévola a la vez. Ahí tenemos el ejemplo de las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos.



            Zalabardo me llama la atención en el sentido de que yo parecía haber comenzado hablando de un caso concreto y me he elevado hasta consideraciones más universales. Le pido paciencia ―la edad a veces me hace entrar en digresiones que podrían sobrar― y voy a lo que me pide, que es lo que le interesa. Hace unos días, una persona ―conocida y querida por mí― me envió un vídeo que, en mi opinión, aguanta poco ante un análisis serio. Para atacar al presidente del país ―Zalabardo sabe que, aunque me declaro progresista, el presidente Sánchez no goza de todas mis simpatías― un joven ―algo madurito ya y con vestimenta al más puro estilo cayetano― explica la razón del no al reciente decreto que le han tumbado al Gobierno. El mensaje que más o menos subliminalmente transmite este joven es que su madre, como la mayor parte de las madres y los jubilados, no entienden qué es eso del Congreso y de las leyes. Él es listo y su madre, como el resto de las mujeres, algo lenta de entendederas y necesita que se le den las cosas bien masticadas. Los jubilados ya son torpes por el simple hecho de ser mayores. Para él, su madre ―y el resto de las mujeres― necesitan parábolas cercanas a lo que sí entienden, ir al mercado, por ejemplo. Cuando su madre va a comprar naranjas, el frutero ―de quien sobra decir que es un sinvergüenza timador― le da primero dos o tres naranjas buenas para meterle después, «de extranjis» y con la cháchara, varias naranjas «chuchurrías» ―según calificación del cayetano― que ella jamás aceptaría. Significado de la parábola: el frutero timador es el presidente del Gobierno y su madre, el resto de las mujeres y los jubilados pobres desamparados que están en Babia y no se enteran de nada. Afortunadamente, este cayetano y los suyos están para acudir en su auxilio.

            «¿Qué conclusión sacas tú?», me pregunta Zalabardo. Pues que este bien intencionado joven madurito ―o quien esté detrás― tiene muy poca confianza en la capacidad intelectual de su madre y, por ende, del conjunto de las mujeres; como tampoco la tiene en los jubilados, que mejor harían en morirse cuanto antes. Pero es que, aparte de las mentiras que dice, pues sus «argumentos» podrían rebatirse fácilmente, convierte a los fruteros, y por ende a cualquier vendedor, en un sinvergüenza dispuesto a engañar al primero que se le ponga por delante. Por eso no queda más solución que cargarse al presidente del Gobierno.

            Le digo a Zalabardo que todo tiene un límite. Y que he comenzado a borrarme de ciertos grupos, a visitar menos redes y a bloquear ciertos contactos que ―por su actitud, que no ideología, que siempre respetaré aunque no comparta― parecen más dispuestos a la gresca que al intercambio civilizado de pareceres. No es posible ni recomendable que todos pensemos lo mismo, pero cualquier debate debe plantearse desde la racionalidad, no desde el fanatismo.

sábado, enero 25, 2025

¡ASÍ SE ESCRIBE LA HISTORIA!

 


Con esa expresión queremos manifestar nuestro desengaño por no ver reflejado en un texto lo que consideramos verdadero y también la usamos para censurar a quien falta a la verdad cuando refiere un suceso.

        En la parte IV de la General Estoria de Alfonso X leemos un relato bastante novelesco de la muerte de Alejandro Magno. No se le puede censurar nada, teniendo en cuenta la época y la dificultad de acceder a documentación fiable. Se dice ahí que Yolas, hijo de Antípatro, que sentía inquina hacia Alejandro, le proporcionó durante un banquete un veneno disuelto en vino. Enterados los generales macedonios de que su caudillo agonizaba, exigieron verlo y le dijeron «Gran emperador nuestro, queremos que nos digas quién nos gobernará tras tu muerte». Alejandro les respondió: «Caballeros y amigos míos. Os declaro libres de todo vasallaje y sometimiento a mi persona, por lo que, a mi muerte, será vuestro señor aquel a quien elijáis». Acaba el Rey Sabio la narración de este episodio diciendo que los caudillos macedonios solicitaron a Alejandro que allí mismo nombrase sucesor suyo a Pérdicas.

            Le digo a Zalabardo que en este relato se observa muy claramente la dificultad de escribir la Historia de manera objetiva ―por razones muy diversas― y que en su construcción actúan desde la justificable ignorancia hasta los intereses más innobles que podamos imaginar. Alfonso X, por la época en que vivió, carecía de la suficiente y necesaria documentación y se debía servir de relatos muchas veces legendarios. Así, en el relato alfonsino se da por segura una muerte por envenenamiento cuando la historiografía más reciente y fiable piensa que murió víctima de paludismo. Y ―por otra parte― se lee la magnanimidad del héroe al nombrar heredero y la aceptación de sus caudillos cuando los estudios posteriores demuestran que la muerte de Alejandro acarreó una dura lucha por el poder y la decadencia del imperio macedónico.

 


           «¿Me quieres decir ―pregunta Zalabardo― que la Historia no es creíble?». Por supuesto, le niego tal tesis. Me limito a decirle que la Historia exige una continuada y estricta revisión porque el primer relato lo hacen siempre los vencedores, los conquistadores, los colonizadores, los interesados en dejar una versión de los hechos acorde a sus intereses. Por tanto, esa primera versión nace ―casi siempre― matizada por una óptica subjetiva e interesada. Si a esto unimos los errores que puedan deslizarse por la ausencia de documentación de los hechos o por una inadecuada interpretación, el resultado final puede ser bastante desalentador. Por eso, siempre habrá que someterlo a revisión y estudio.

            Me pide Zalabardo que le aclare esto algo más, pues no acaba de entenderme. Recurro a la estricta actualidad. Por ejemplo, el conflicto de Ucrania no lo cuenta del mismo modo un ruso que un ucraniano; o el de Gaza no lo ve igual un israelí que un palestino. Haría falta un distanciamiento para contar los hechos de forma desapasionada. Incluso ―en ocasiones― el distanciamiento tiene que ampliarse. En la narración de nuestra historia, una perspectiva sostiene que la guerra civil se inició con un golpe de estado y derivó hacia un largo periodo de dictadura. En cambio, para otros se inició como un necesario alzamiento salvador que se continuó con un proceso de pacificación y modernización del país. Un análisis objetivo ―que en la construcción de la Historia de la España del siglo XX está tardando― podría poner reparos a ambas interpretaciones, porque no es cuestión de hablar de buenos y malos, sino de contar fríamente la verdad y reparar cualquier injusticia que aún no haya sido reparada.

            Pero le sugiero a Zalabardo que nos remontemos a tiempos más lejanos. ¿Cómo se nos contó en nuestros años escolares el episodio de la Armada Invencible? Durante muchos años ha prevalecido una visión casi romántica defendida por nostálgicos de la España imperial que sostenía que nada se hizo mal y que las condiciones meteorológicas adversas se confabularon contra nuestros barcos. Y en ese relato, lo que más destacaba era que un rey abatido, Felipe II, al tener noticia del desastre, dijo solemnemente: «Yo mandé mis barcos a luchar contra hombres, no contra los elementos». Queda bonito, pero es mentira, ya que el rey jamás dijo tal cosa.

            La historiografía seria se pone en marcha y descubre que la frase, al parecer, se difundió a partir de que un historiador del XIX, Modesto Lafuente, la incluyese en su monumental Historia General de España. ¿Fue, entonces, invención suya? Siempre hay quien no acaba de estar de acuerdo y un buen día apareció otro investigador que nos daba la verdad fetén: que un comediógrafo, Juan Pérez de Montalbán (1602-1638), seguidor de Lope, en su obra El segundo Séneca de España, ponía en boca de Felipe II estas palabras: «Yo la envié contra hombres, no contra mares y vientos». Llegados a esto, ¿qué dijo entonces nuestro rey, si es que dijo algo? Busco y parece que no hay acuerdo, pues si en un lugar se declara que dijo: «Pido a Dios que me lleve para sí por no ver tanta mala ventura y desdicha», en otra parte podemos leer que dijo: «Debemos loar a Dios por cuanto Él ha querido que ocurriera así».

            Sería posible que ―tras lo que llevamos hablado mi amigo y yo― alguien soltara lo de ¡Así se escribe la Historia! ¿Pero quién fue el autor de esta última frase? Por suerte ―le digo a Zalabardo― existe un documento que nos lo aclara. Una carta escrita en septiembre de 1766 por François-Marie Arouet, más recordado como Voltaire, a su amiga la Marquesa de Deffaud. En ella le cuenta que el rey de Prusia le envió cien escudos para socorrer a una familia necesitada y le pidió que, además, les ofreciera asilo en Wessel, a lo que Voltaire respondió que con gusto hubiese querido él mismo presentárselos. El rey de Prusia leyó esta respuesta en presencia del embajador inglés, que no entendió bien lo que decía. Y esto es lo que Voltaire contaba a su amiga: «El joven Tronchin, que no piensa que tengo ya setenta y tres años y no puedo salir de mi casa, imagina que voy a encontrarme con el rey de Prusia y así se lo traslada a su padre; este lo cuenta por todo Paris; y los gacetilleros no paran de hablar del asunto. ¡Y así es como se escribe la Historia; a ver quién se fía luego de los verdaderos historiadores!».



            Esta anécdota del siglo XVIII nos vale para observar que entonces, como ahora, la prensa ya tenía predicamento suficiente para poner las bases de un relato que ―pudiera ser― algún día resultase difícil de aclarar. En Theodoros, la reciente novela de Mircea Cǎrtǎrescu, vemos este curioso caso: «Como suele ocurrir, los periodistas hurgaron en su pasado y le fabricaron una historia que, convertida en leyenda, ha resultado después difícil de verificar». ¿Podríamos estar contemplando en la España de hoy la presencia de unos medios empeñados en crear una historia que se tornará leyenda y que, más tarde, dará pie a que la gente común ponga en duda lo que los historiadores honorables nos cuenten?

sábado, enero 18, 2025

MORDERSE LA LENGUA

 

Si hay algo peor que la censura, no cabe duda de que es la autocensura. Nos enterábamos Zalabardo y yo hace unos días de que Ann Telnaes, caricaturista estadounidense, Premio Pulitzer de Caricatura Editorial en 2001, ha dimitido de su puesto en The Washington Post porque le han censurado una viñeta en la aparecían Jeff Bezos, dueño del diario y de Amazon, Mark Zuckerberg, dueño de Meta/Facebook, y otros grandes magnates arrodillados ante Donald Trump y ofreciéndole donaciones para su campaña.

            Zalabardo, que tiene una memoria más fiable que la mía, me recordó que, siendo presidente del Gobierno Mariano Rajoy, en mayo de 2018, durante una visita a Valencia en que fue abucheado por un grupo de pensionistas, Carmen Martínez de Castro, Secretaria de Estado de Comunicación, sin observar que estaba siendo grabada, comentó al Presidente: «¡Qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles: ‘Pues os jodéis’!». Muy poco después, la Editora de Informativos de TVE en Valencia, Arantxa Torres, dimitió porque le censuraron la grabación y no le permitieron emitirla en la cadena pública.

            Telnaes y Torres son ejemplos de periodistas que tienen la dignidad de dimitir de un trabajo antes que dejar que sus superiores amordacen su libertad de expresión, opinión y actuación y censuren un trabajo con el que los dejan en evidencia. No son muy frecuentes estos casos. A muchos les cuesta mantener la rectitud y no dudan en decir ―como Groucho Marx―: «Si no le gustan mis principios, no se preocupe, tengo otros» y no se ruborizan al ponerse ellos mismos la mordaza. También resulta fácil comprobar cómo hoy en muchos medios ya no se recurre a la censura porque se considera más efectiva la información sesgada.

 

           Hablando de estos casos, no podemos olvidar que Darío Villanueva, director de la RAE entre 2014 a 2018, escribió en 2021 Morderse la lengua, un libro en que denunciaba cómo en nuestra sociedad se ha ido instalando la desinformación, sobre todo recurriendo a dos técnicas mendaces: la corrección política y la posverdad. Si la primera pudo en sus inicios ser digna de elogio, pues pretendía evitar el lenguaje que pudiese ser ofensivo, excluyente y marginador hacia grupos desfavorecidos, ha terminado, por desgracia, convirtiéndose en recurso para callar lo que pueda ser interpretado como ofensivo por cualquiera. Y la posverdad es la distorsión de la realidad ―dirigiéndose a las creencias y emociones antes que a la razón― manipulándola con el fin de influir en la opinión pública mediante la creación de lo que cínicamente llaman verdades alternativas.

            De morderse la lengua es tal vez de lo que hablaba Mariano José de Larra en su durísimo artículo contra la censura Lo que no se puede decir no se debe decir, publicado en octubre de 1835: «…Voy a escribir ya; pero llego a este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa, puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada…»

            Este afán censor reina hoy por todas partes. En multitud de actuaciones ―artísticas, sociales, comunicativas― siempre hay quien encuentra razones ideológicas, religiosas o políticas para sentirse ofendido y pedir la supresión, incluso la condena penal, de lo que no le gusta. La gran paradoja es que este ataque a la libertad de expresión se hace, precisamente, amparándose en el argumento de la libertad de expresión. Los censores intolerantes no se dan cuenta ―o aunque se den no hacen caso― de que las creencias y los sentimientos propios no tienen por qué coincidir con los de los demás. Y que es posible que esos sentimientos que se consideran ofendidos podrían ser causa de ofensa para otros sentimientos distintos.

            Así, morderse la lengua ha llegado a ser una locución que en nuestro idioma significa ‘contenerse al hablar, callando aquello que se quisiera decir’. También tenemos un refrán, En boca cerrada no entran moscas, con el que manifestamos la ‘utilidad de estar callado, pues el silencio excusa de muchas necesidades’. A propósito de este refrán, le cuento a Zalabardo cuál podría ser su origen, que no tiene que ver con lo que hoy entendemos. Se dice que, en el siglo XVI, hizo una visita a Calatayud el emperador Carlos I, que padecía prognatismo ―esa deformación del maxilar inferior que lo hace que mantenerse más adelantado que el superior, lo que obliga a estar con la boca semiabierta―. Un labriego que se le acercó le dijo: «Cerrad la boca, majestad, que las moscas de este reino son traviesas».



            Hoy abundan quienes pretenden que nos mordamos la lengua, quienes ―sin la ironía del labriego― nos incitan a mantener cerrada la boca. Persiguen tal cosa ―Zalabardo me hará ver que se ha dicho un poco más arriba― quienes buscan coartar nuestra libertad de expresión haciendo cuanto esté en sus manos para implantar, desvergonzadamente, la suya. Zalabardo sabe que no soy defensor de la tesis que sostiene que, en una reunión, no debe hablarse de política, ni de religión, ni de fútbol. ¿De qué hablamos, entonces, si somos animales políticos, si desde el comienzo de la humanidad preocupa el sentimiento religioso, si el fútbol es el deporte más extendido y el que mayor cantidad de público atrae? Podríamos preguntarnos de qué política, de qué religión, de qué fútbol desean que no hablemos. ¿Vamos a vivir toda la vida mordiéndonos la lengua? ¿Mantendremos permanentemente cerrada la boca ―aunque no padezcamos de prognatismo― mientras los más intolerantes lenguaraces son las moscas que revolotean ―amparados en su poder y sus riquezas― intentando que nos dobleguemos ante las reglas que ellos inventan?

sábado, enero 11, 2025

¿SON EN VERDAD ACIAGOS LOS MARTES?


Mi paisano Francisco Rodríguez Marín, erudito, reconocido cervantista, poeta, estudioso de la literatura popular e insigne paremiólogo, definió el refrán como «dicho popular, sentencioso y breve, de verdad comprobada, generalmente simbólico y expuesto en forma poética, que contiene una regla de conducta u otra enseñanza». Y Cervantes puso en boca de don Quijote: «Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia».

            Como suele decirse ―viene bien aquí echar mano del refranero― que algo tendrá el agua cuando la bendicen, los refranes han atraído la atención de muchos estudiosos, tanto antiguos como modernos. Apenas nadie se opone a mantenerlos en el altar en que por lo general son colocados. Sin embargo ―le digo a Zalabardo― ninguno de los elogios que se les aplican evita que topemos con algunos ―y no son pocos― que resultan a todas luces contradictorios. Decimos que a quien madruga, Dios le ayuda y, no obstante, a la vez damos por bueno que no por mucho madrugar amanece más temprano; frente a la intención es lo que cuenta tenemos por seguro que el infierno está lleno de buenas intenciones; y aunque aceptamos que la cara es el espejo del alma, nadie tiene dudas de que ―en no pocas ocasiones― las apariencias engañan. ¿Acaso esto prueba que esa «sabiduría popular» no es tan de fiar?

            Ni mucho menos. Mi amigo y yo somos fervorosos defensores del refranero. Pero en la vida no todo el monte es orégano y no faltan ocasiones en que se nos vuelva alcaravea. Por eso no debe escandalizar que haya refranes no ajustados a «verdades comprobadas» ni que más de uno no sean fruto «de la misma experiencia». Hay refranes de cuya enseñanza se duda y que, a poco que meditemos, manifiestan más una superstición, «creencia contraria a la razón», cuando no una superchería, «engaño o falsedad flagrante». Por ejemplo, ¿qué experiencia sustenta la creencia del carácter aciago de los martes? Si aplicamos lo dicho más arriba sobre las paremias contradictorias, tenemos aquí un buen campo de análisis. Contra el martes se alinean, entre otros muchos: En martes, ni te cases ni ye embarques; En martes, ni tu hija cases ni tu marrano mates; Si quieres que tu gallina buenos pollos saque, ni le pongas trece huevos, ni la eches en martes. Aunque contra esta vulgar creencia podemos reunir otra amplia lista en que se mantiene que tan malo puede ser el martes como cualquier otro día: Buenos y malos martes los hay en todas partes; Cada martes tiene su domingo; En todos los tiempos y en todas partes hay domingos que son martes.


            Le hago saber a Zalabardo que no pretendo que desarrollemos aquí un estudio de los refranes. Pero sí podríamos entretenernos un poco buscando la razón por la que se considera que el martes ha de ser más funesto que cualquier otro día. En nuestro apoyo podemos acudir a la opinión de un gran erudito del siglo XVIII, Benito Jerónimo Feijoo. En los ocho volúmenes de su Teatro crítico universal, publicados entre 1726 y 1740, y en los cinco de las Cartas eruditas y curiosas, que fueron apareciendo desde 1742 a 1760, reúne este fraile benedictino una gran cantidad de ensayos que se imponen como objetivo rebatir supersticiones y errores muy comunes en su tiempo. En uno de estos ensayos, titulado Días aciagos, se detiene precisamente en la creencia sobre el mal agüero de los martes. Con su ironía y conocimientos, desmonta la tesis de dos historiadores, Juan de Mariana y Jerónimo Zurita, que, haciendo más caso de habladurías y leyendas que de certezas históricas, defienden que se comenzó a considerar nefasto el martes porque en tal día de 1276 sufrió una derrota Jaime el Conquistador. Tiempo después, Diego Clemencín, en su edición del Quijote de 1833, incluye una nota en el capítulo X de la segunda parte en la que sugiere que esta superstición se inició a raíz de la derrota de Alfonso el Batallador en la batalla de Fraga, en 1134.

            En el ensayo de Feijoo leemos: «La observación del martes como aciago pienso que es particular a España; pero, debajo de la generalidad de reputar tales o tales días faustos o infaustos, es manía muy antigua y muy repetida en el mundo». Y pone como argumento un libro, Dies geniales, del italiano Alessandro Alessandri, que dedica un capítulo completo a explicar cómo en todas las culturas se señalan días felices o infelices sin que exista una causa cierta que ampare tal costumbre.



           ¿Cuál es la base ―me pregunta entonces Zalabardo― de que en España consideremos nefasto el martes? Le digo que eso no sucede solo en España, sino en otros muchos países y que ya mi paisano Rodríguez Marín, en Los Refranes del Almanaque, afirmaba que era una superstición de clara filiación gentílica. En efecto, tenemos que remontarnos a la mitología griega. El nombre de ese día de la semana, martes, procede de que era el dedicado a Marte, dios de la guerra, causante de violencia y conflictos. Creyentes griegos y romanos de la influencia de los dioses en la vida cotidiana, el martes no se consideraba día adecuado para bodas, actividades o negocios que requerían buenos augurios.

            ¿Y por qué se asocia también este día con el número trece? En este caso ―le digo a Zalabardo― hay una relación estrecha entre superstición y religión. Una tradición sin fundamento sostiene que Cristo fue crucificado un día 13; en la última cena eran 13, y este puesto correspondió a Judas, el apóstol traidor; en el capítulo 13 del Apocalipsis se habla del Anticristo y de la bestia de trece cabezas; en la Cábala, son 13 los espíritus malignos; en la mitología vikinga, al banquete de Valhala acuden 13 dioses y este puesto corresponde a Loki, dios traicionero y caótico…

            Feijoo escribe en el ensayo citado acerca de la naturaleza aciaga del martes: «Lo peor no está en que esta observación es falsa sino que sobre todo es supersticiosa, y lo mismo digo de la observación de otro cualquier día, o de la semana o del año, como fausto o infausto, y asimismo como apto o inepto para que alguna operación o diligencia tenga buen efecto […] Es supersticioso observar qué tiempo, verbigracia, si lluvioso o sereno, hizo en los días de San Vicente, San Urbano y de la conversión de San Pablo, para colegir de ahí si la cosecha será buena o mala». Le pregunto a Zalabardo si sabe que Feijoo ―el del siglo XVIII, no el de ahora― fue denunciado ante la Inquisición por sus ideas renovadoras y que se salvó gracias a una pragmática de Fernando VI en la que se declaraba que las obras del benedictino eran «del agrado de su real majestad».

            Zalabardo se ríe y me dice que, por lo que le cuento, parece que nunca han faltado manos blancas que no reparan en la suciedad propia. 

sábado, enero 04, 2025

¿AÑO NUEVO?


Como si viviésemos un eterno retorno, todo se nos repite y nos encontramos con que ya ha pasado la Navidad, ya ha pasado la Nochevieja y ya ha pasado 2024. Ayer tarde, en la consulta del médico, una doctora joven ―por el cansancio de las fiestas o el exceso de trabajo― se armó un lío con las recetas; en una escribió 2 de diciembre, en lugar de enero, y, en la otra, 2024 en lugar de 2025. En la farmacia descubrieron los fallos y se hizo necesario acudir a me hicieran recetas nuevas y correctas. Cuando se lo cuento a Zalabardo, se me echa a reír en la cara y me dice: «¿Año nuevo? ¿Vida nueva? ¿Tiempo nuevo? No sé la pobre doctora, pero tú sigues perteneciendo al grupo de los ilusos que piensan que las cosas cambian cuando la realidad no es otra que quienes cambiamos, si acaso, somos nosotros».

            Lo que más me extraña es ese si acaso que introduce en su discurso, porque yo me veo cambiado. Y se lo digo. Con no sé bien si incredulidad sobre sus propias palabras o desencanto, me contesta: «Solo en eso aciertas. En lo demás, tendemos a creer que el tiempo pasa, que los años pasan y que las cosas pasan, y que solo nosotros nos mantenemos incólumes y constantes. Nos equivocamos al no pensar que somos nosotros los que pasamos por el tiempo, que no tiene ni principio ni fin y, para colmo, nos deja tirados en la cuneta en cuanto que le parece».

            Creo que mi amigo se está poniendo muy filosófico y que no hay que tomar las cosas así. Pretendo que piense en la cantidad de nuevos propósitos, de deseos de felicidad, de mensajes alegres que la gente intercambia estos días. Sin darme tiempo a seguir, mi amigo continúa: «¿Ves lo que te digo? ¿Tú has leído cuando Manrique nos advierte del engaño de pensar que lo que se espera durará más que lo que ya pasó, o que solo es sabio quien no duda en dar lo venido por pasado? ¿Tú has leído al emperador Marco Aurelio cuando nos pide recordar que se vive solo en el momento presente, un breve lapso, pues el resto es vida pasada o futuro incierto? ¿Tú has leído a Horacio aconsejarnos que no concedamos crédito al futuro, pues mientras hablamos se habrá fugado el tiempo? ¿Tú has leído a Quevedo decir que ayer se fue y mañana no ha llegado? Todo ello se resume en el famoso carpe diem, o sea, vive el presente, consejo tan manido como poco seguido por muchos».


            Me quedo pensando en todo ello mientras Zalabardo se levanta a coger algo. Es un periódico de hoy, viernes, día 3, tercer día del nuevo y ―deseado― venturoso año 2025. Lo abre y me lee fragmentos de un artículo de Juan José Millás: «Se sigue matando a las mujeres, continúan naufragando cayucos, el hambre sigue haciendo estragos por doquier […] No somos capaces de imaginar cómo es morirse congelada a los veinte días de nacer».

            Reacciona así Millás ante la tragedia de que, entre los refugiados de Gaza, haya muerto a causa del frío un bebé de veinte días. Zalabardo ―en quien ya no voy viendo incredulidad ni desencanto, sino rabia poco contenida― casi me grita: «¿Año nuevo, vida nueva, tiempo nuevo, felicidad y prosperidad? Mira las noticias: sigue el genocidio palestino por parte del Estado de Israel, sin que nadie le ponga freno; sigue la guerra en Ucrania, promovida por un dictador con delirios imperiales; siguen sin poner solución honrosa al problema de los inmigrantes; siguen los atentados terroristas por parte de mentes intolerantes y fanáticas. ¿Qué nos trae el cambio de año?»


            Pero Zalabardo no se detiene: «Y, si nos vamos ya al terreno de los comportamientos ridículos, ahí sigue una organización ―fanática e intolerante, a más de hipócrita― llamada Hazte oír y que más bien debiera llamarse Ponte al día, escucha y comprende la realidad. Tiene la desfachatez de denunciar a una actriz cómica por mostrar una estampita que, según ellos, ofende sus principios y creencias religiosas ―aunque por una estampita que santifica a una política de su cuerda no se sintieron ofendidos―. Los miembros de esa absurda institución podrían ser denunciados cuando se atiborran de carne de cerdo o de solomillos de ternera porque con ello ofenden las creencias y principios religiosos de musulmanes e hindúes. O podrían ser denunciados por enriquecimiento injusto en negocios de alquileres y construcción. O por acaparar productos alimenticios para conseguir alzas de precios. O por negarse a un divorcio que ellos consiguen con otras prácticas o un aborto que realizan de maneras disimuladas en caras clínicas…».

            Me siento apabullado por las palabras de Zalabardo, siempre tan comedido. No sé siquiera si debo hablar, pero me atrevo y, pese a cuanto me dice, le pregunto si ve mal que la gente se desee paz, prosperidad y unos mejores tiempos. Mi amigo guarda silencio, parece meditar y, finalmente, me dice: «¡Pues claro que no me parece mal! Lo que me molesta es la despersonalización en que caemos casi sin pensarlo. Internet nos tiene tan comido el coco que no sabemos dar un paso sin recurrir a ella». Ahora resulta que mi amigo la toma con Internet. Y le pido que me lo aclare, porque lo encuentro hoy bastante sulfurado. «Mira» ―me dice― «Internet es uno de los mejores inventos de los últimos tiempos. Nos ofrece posibilidades casi sin cuento e inimaginadas hace solo treinta años. Pero nos volvemos tan vagos que solo cogemos de ella lo malo».



            Hoy soy yo quien escucha y Zalabardo quien habla. Por eso le ruego que, con brevedad, me aclare sus últimas palabras. Y lo hace: «Conectiva, una compañía dedicada al estudio de las patologías cerebrales, ha publicado recientemente un análisis que concluye en que el uso inapropiado de Internet provoca problemas de atención, de memoria, de aprendizaje, de comportamiento, de interacciones… ¿Te pongo un ejemplo? En otro tiempo, llegadas estas fechas, alguien ―que podías ser tú― compraba una tarjeta de felicitación en la que escribía un breve mensaje, la metía luego en un sobre, escribía una dirección y esa tarjeta llegaba a su destinatario ―yo, por ejemplo―. Con las redes sociales, un sujeto escribe un mensaje despersonalizado que envía, mediante un clic, a todos sus contactos ―¿100, 200, 300, 1500…?― de los que posiblemente no conozca más que a una decena. Eso sí, añade una foto muy bonita de un belén, un paisaje nevado, unas copas de cava…, que ha sacado también de la red. Y ya no digo nada cuando lo que se envía es uno de esos dichosos reenviados muchas veces. O sea, que Pepito, o Manolita, no pierden siquiera el tiempo en decirme: ‘Hola, Zalabardo, que lo pases bien’; ni siquiera escriben el nombre del destinatario. Envían algo que alguien envió a otro, y este a otro, y este a otro… y, así, hasta el infinito y más allá. ¿Vale la pena perder el tiempo en ver un reenviado?»

            Creo que tengo que callar y no añadir nada. Si acaso, sugerir que reflexionemos sobre las palabras de mi amigo.