domingo, febrero 28, 2021

ELOGIO DE ZALABARDO

 


            Son varias las teorías que pretenden explicar el origen de la palabra familia. Una de ellas, no sé si es la más válida, aunque la encuentro bastante lógica, es la que sostiene que proviene de un término itálico sin relación con el indoeuropeo, famulus, que significa ‘servidor’, el cual a su vez se derivaría de famel, ‘hambre’. Entre los romanos, la familia la constituían no solo los parientes, sino también todos los sirvientes y esclavos de la casa. Por eso se podría entender como conjunto de personas que viven, que se alimentan a expensas del señor o amo, a quien se le concedía el título de pater familias.

            En cierto modo, la noción de familia coincide con la de otros términos usados en distintas culturas, tribu, clan o, incluso, rama (de ahí lo de árbol genealógico), por reunir a cuantos acaban por aunar sus orígenes en un tronco común. La palabra que designa a este tronco, sea familia o sea tribu, acabó convirtiéndose en lo que hoy conocemos como apellido, sin que ahora sea preciso entrar en las formas diferentes que este pueda ofrecer, según pueblos y culturas. El apellido, pues, indica la pertenencia a una familia.

            Ya en los Evangelios se destaca la importancia de que Cristo sea de la familia de David; para mayor abundancia, Mateo da cuenta de su genealogía remontándose hasta Abraham; y otro evangelista, Lucas, se atreve a llegar hasta el mismísimo Adán, a quien llama hijo de Dios. Hay apellidos que, por muy diferentes razones, atraen la atención de todo el mundo: Médici, Rothschild, Borgia, Shakespeare, Hitler, Mandela, Rockefeller, Thyssen, Cervantes… Algunos apellidos españoles se remontan a los albores de nuestra historia y nuestra lengua: Díaz, Muñoz, Álvarez… Otros apellidos destacan por agrupar a un número muy amplio de personas, como García, el más común en nuestro país.



            Zalabardo me interrumpe y me pide aclarar qué objetivo persigo al hablar de apellidos, familias y genealogías. Y le contesto que lo hago en su honor, que hoy solo me apetece hablar de él y de su apellido, Zalabardo, porque son muchas las ocasiones en que me han preguntado quién es Zalabardo y de dónde había extraído ese nombre. Por lo general, quienes me preguntan no saben que es un apellido y pocos conocen la existencia de una pequeña red sujeta a un arco metálico llamada salabardo. Según los momentos, he contado una historia u otra, con la intención de dejar la incógnita sin resolver.

            Lo que nunca imaginé, es que la misma pregunta me la harían personas portadoras de dicho apellido. Por respeto a su intimidad, doy de ellos los menos datos posibles. El primero en hacerlo fue J. Zalabardo, profesor en una universidad inglesa; y hace solo unos días, sería M. Zalabardo, del ramo de la banca, quien se dirigiera a mí. La curiosidad de ellos estriba, eso supongo, en que hablamos de un apellido relativamente raro, escaso. Según el Instituto Nacional de Estadística, entre los 47.329.981 españoles que integramos el censo de 2020, apenas hay unos 200 con el apellido Zalabardo; un amigo que entiende de números me hace un cálculo que soy incapaz de realizar yo y me contesta que los Zalabardo españoles forman el 0,00042 % de la población.

            M. Zalabardo, de Málaga, me cuenta una historia sumamente interesante: un antepasado suyo, militar, anduvo por tierras de México, donde casó con una mexicana. Volvería a España a comienzos del siglo XIX, concretamente a Málaga, atraído por la pujanza industrial de la ciudad en aquellos años, y podemos encasillarlo como integrante de lo que se llamó “oligarquía de la Alameda”. Le digo que, caso de haberlo sabido antes, puede tener la seguridad de que su pariente habría aparecido como personaje de mi novela La última travesía del Goede Hoop, publicada en junio pasado y ambientada en 1823. Su trama se desarrolla entre Marbella y Málaga y las familias extranjeras o del norte de España, el apellido Zalabardo procede de La Rioja, desempeñan en ella un papel relativamente destacado.

 


           Mi Zalabardo, no obstante, es un individuo ficticio que, con el tiempo, se me ha vuelto más real que muchísimos de los seres con los que me cruzo por la calle. Apareció en mi vida por casualidad. Se presentó como uno de esos personajes abundantes en el cine negro cuya silueta apenas alcanza a cobrar contornos definidos en mitad de una neblinosa noche. Pero este personaje, Zalabardo, enigmático y algo esperpéntico en sus orígenes, se fue elevando hacia una categoría superior y se fue ganando mi aprecio gracias a su talante: afable, risueño, tolerante, comprensivo, leal, solidario. Modesto en grado sumo, parece siempre querer excusarse por una inexistente falta de formación; pero lo cierto es que posee una notable inteligencia y una claridad de ideas que no necesita de esos títulos que algunos personajes públicos se inventan, tal vez porque les falta confianza en sí mismos y carecen de la preparación requerida para los cargos que desempeñan; al fin y al cabo, el título es un papel, mientras la mente despierta es un don. Y no le gusta pavonearse ni exhibirse en lugares concurridos, prefiere pasar inadvertido.

            Zalabardo es amigo y confidente; es guía y consejero; le gusta, como a mí, el tute subastado, la cerveza y el orujo; y es magnífico conversador. Si Antonio Machado decía converso con el hombre que siempre va conmigo, yo converso constantemente con Zalabardo. Él me da ánimos cuando los necesito y pone freno a cualquier ataque de esa vanidad que a tantos nos cuesta reprimir. Pero, aunque no sea esto lo más importante, le estoy agradecido porque él me cedió, sin ninguna clase de contraprestación, esta Agenda de la que, desde 2006, vengo ocupando páginas.

            Ignoro si podríamos vivir el uno sin el otro. En nuestra relación, ninguno de los dos es ni amo ni servidor. Tal vez no seamos ni siquiera parientes. Pero, eso sí, constituimos una familia; cortita, pero bien avenida.

sábado, febrero 20, 2021

LOS DOBLETES LÉXICOS

 


            Como cualquier buen aficionado, Zalabardo y yo hemos admirado esta semana la exhibición de calidad que ofrecieron esos portentos futbolísticos llamados Mbappé y Haaland. Aunque los resultados fuesen contrarios a nuestros deseos, el espectáculo es siempre merecedor de elogio. Como otras veces, mi amigo me preguntó por qué los narradores de fútbol hablan de recepcionar y no de recibir, de manopla y no de guante, de dupla y no de pareja. Y, como no podía ser menos, me preguntó también por doblete y por triplete. Le contesto que las tres primeras no me gustan, aunque las otras son preferibles a cualquier otro vocablo de extraña procedencia.

            Aprovecho ya para indicarle que también la lengua usa estos términos para referirse a conjuntos de dos o tres palabras (y a veces más) que tienen el mismo origen pese a que su camino de introducción sea diferente: sigilo/sello o clavícula/clavija/lavija. Y aunque sus significados sean dispares, le pido que observe que, analizadas con detenimiento, quedan claras las relaciones que hay entre ellas.

            Como lo veo interesado, paso a explicarle la razón del fenómeno. Lo primero que hay que tener en cuenta, y esto lo dijo hace ya muchos años el lingüista Charles Bally, es que hay una lengua transmitida y una lengua adquirida, aunque en el fondo sean la misma cosa. La primera, llamada también patrimonial o natural, es la que se utiliza en la vida cotidiana, la que funciona y evoluciona sin que los hablantes tengan conciencia de este funcionamiento y esta evolución. Es la que utilizamos la mayoría de las personas y que, de manera imperceptible, se va modificando a lo largo de los años y siglos. Nuestro español actual no es más que el latín (modificado) que hablaban los romanos hace muchísimos siglos. En cambio, la segunda, o artificial, es aquella en la que la reflexión y la voluntad desempeñan un papel principal. La primera nos llega de forma oral y sus palabras reciben el nombre de patrimoniales; la segunda, en cambio, nos llega a través de la escritura y está plagada de palabras que llamamos cultas o semicultas.

 


           Esto, más o menos, ya era así en la época romana. En el latín se distinguía una forma llamada vulgar y otra llamada culta; pero estos adjetivos no se referían de ninguna manera a una noción de clase o de calidad. El latín vulgar era el convencional, el utilizado de forma oral por toda clase de personas, sin distinción de profesión o estrato social; el culto, en cambio, era el empleado en la escritura. El primero, se entenderá, era más fluido y cambiante; el segundo, más rígido y reacio a cualquier cambio.

            Los comienzos de lo que llamamos lengua española suelen fijarse entre los siglos IX y X. Era ya una lengua bien diferenciada del latín clásico; algunos hablan de que se trataba de un latín arromanzado. Para la mayoría de la gente, analfabeta, esta era su lengua vehicular como algunos dicen hoy. Pero, también por aquellos años, la orden cluniacense llevó a cabo una amplia reforma entre cuyos objetivos figuraba recuperar la ortografía y fonética latinas de los primeros tiempos. Esa es la causa de que coexistan dos registros de habla: uno que permanece fiel a la transmisión oral y otro que retorna a lo que fue el latín culto o escrito.

            En la literatura se dieron también dos corrientes principales: la representada por los juglares, personas de menor formación que seguían usando para escribir el registro oral, y la que representaban los clérigos, personas de amplia formación, mejores conocedores del viejo latín. La consecuencia de esto, le explico a Zalabardo, es la aparición de los dobletes. Si para unos el delicatus latino pasó a ser delicado, para otros fue delgado. Ya tenemos ahí un primer ejemplo de doblete. Lo común es que el doblete esté formado por una palabra culta o semiculta, muy parecida a la latina, y por otra patrimonial, transformada por su oralidad. Son dobletes: litigar/lidiar, frígido/frío, aurícula/oreja, solitario/soltero, recitar/rezar, augurio/agüero, etc. En ocasiones, las dos palabras pueden ofrecer un significado idéntico (fosa/huesa, clave/llave, estricto/estrecho, coágulo/cuajo, etc.); pero otras veces las diferentes formas caminan hacia distinto significado, aunque siempre sea posible percibir el fondo común que las une (sigilo/sello, espátula/espalda, regla/reja, etc.)



            Le digo, por fin, a Zalabardo, que, en el proceso de formación de estos dobletes, es frecuente que intervengan metáforas, metonimias y fenómenos semejantes que conducen a resultados que podríamos considerar curiosos e incluso divertidos. Por ejemplo, ¿quién relacionaría hoy amígdala con almendra? Ambas proceden del latín amygdala, fruto del almendro. Por su parecido con la almendra, término patrimonial, la medicina llamó amígdala, palabra culta, a este órgano; ¿o quién sospecharía que cátedra, palabra culta, se corresponde con cadera, patrimonial, porque ambas derivan de cathedra, ‘asiento’?; fingere, ‘aparentar’, derivó a fingir, ‘simular’, pero también a heñir, ‘amasar el pan’, porque se esconden los puños entre la masa; o attonitus dio atónito y, a la vez, tonto, por el gesto que se pone. Y así podrían seguir explicándose muchos casos.

sábado, febrero 13, 2021

PALABRAS EXTRAVIADAS

 


            Recordamos a bastantes personas por un gesto, por el color de su pelo o por su carácter —le digo a Zalabardo—, pero yo recuerdo a algunas por las palabras que utilizaba. Por ejemplo, un compañero apreciado, palentino, sabio en muchas cuestiones, Juan Ángel de la Calle, solía adjetivar cuanto le gustaba como guapo, ya fuese un libro, una camisa, una forma de andar o una película. Y una compañera de estudios en Granada, Beatriz Nevot no decía nunca menos mal, sino buenos mal. Pienso en ella cuando oigo a Arguiñano insistir con almóndiga en lugar de albóndiga o cuando alguien se empeña en decir entre la espalda y la pared confundiendo espalda con espada, que es lo correcto.

            A lo que iba. Yo recuerdo el timbre de voz de mi madre, su manera de sonreír, la prudencia y el recato con que manifestaba sus enfados; pero, casi por encima de todo eso, la recuerdo cuando me llamaba bilorio, ‘persona inquiera’ o cuando se quejaba de que le dejábamos la casa hecha una almáciga, ‘desordenada’. La primera, cuyo origen nunca he conseguido saber, solo la vi una vez en el libro Palabrario, que recogía términos andaluces; el autor, David Hidalgo, afirmaba haberla recogido en Osuna, mi pueblo, de donde la consideraba endémica; lo curioso del caso es que mi madre era originaria de otro pueblo y, sin embargo, apenas si oí pronunciar esa palabra a alguien más.

            La segunda, almáciga, requiere una explicación diferente. La he recordado al leer un artículo de 2007 escrito por el académico Pedro Álvarez de Miranda: Palabras y acepciones fantasma en los diccionarios de la Academia. El concepto de palabra fantasma lo creó, según nos cuenta, un lexicógrafo británico, Walter Skeat para referirse al despiste o error causante de una creación léxica, un neologismo, que acaba naturalizándose cuando indebidamente se incluye en un diccionario. Su origen puede estar en una errata de imprenta, en un error de transmisión o en una lectura o interpretación inadecuadas. Será más grave si la encontramos en un diccionario que ejemplifica sus entradas con documentación textual. A hablar de palabra fantasma, debemos entender que también puede haber acepción fantasma.

            El Diccionario común, actual Diccionario de la Lengua Española, nos lo recuerda Álvarez de Miranda fue en sus inicios una descendencia del Diccionario de Autoridades, y mantuvo los ejemplos hasta 1780. La conclusión a la que quiere llegar en su artículo es la de que este diccionario, el DLE, está necesitado de una limpieza de las palabras fantasma que aún conserva, aunque ya muchas hayan sido expulsadas de donde no debieron estar. Y nos cuenta algunas historias que cómo llegaron dichas palabras al Diccionario académico.

            Por ejemplo, el inexistente término amarrazón entró en el Diccionario de Autoridades como ‘conjunto de las amarras de un barco’, apoyado en una cita sacada del tomo 1, capítulo 46, del Quijote. Si queremos comprobarlo, jamás encontraremos esa cita. Tendremos que ir al 29 de la segunda parte, pero lo que leemos es: cortar la amarra con que este barco está atado. ¿Cómo se produjo el error? El DA había tomado como referencia, una edición tardía en que ponía, equivocadamente, la amarraçon que este barco, que un tipógrafo de 1714 quiso corregir añadiendo la preposición que a su juicio faltaba, con lo que convirtió la frase en la amarrazón con que este barco. A estos se unieron otros errores. Como la cita aparecía en la página 146 de la segunda parte, alguien interpretó 146 como tomo 1, capítulo 46. En fin, que dicha palabra fantasma se mantuvo en el Diccionario hasta 1984.



            Los ejemplos se multiplican, pero quiero citar solamente dos más por ser el autor del desaguisado un ilustre paisano mío, don Francisco Rodríguez Marín, unos de los más prestigiosos cervantistas de todos los tiempos. Mi paisano escribió un artículo, Dos mil quinientas voces castizas y bien autorizadas que piden lugar en nuestro léxico, en el que reivindicaba la inclusión en el Diccionario de dichas palabras. Pero hasta el mejor escribano echa un borrón y Rodríguez Marín también colaboró, muy a su pesar, en la creación de palabras fantasma engañado por textos poco fiables. Así, defendió apaliar, que decía recoger de El Criticón, pero que en realidad no era más que una errata por paliar. Y del mismo modo defendió la presencia de almodonear, ‘revolver un asunto’, en El juez de los divorcios, de Cervantes, y que se consideró derivada de almodón, ‘tipo de harina’; la verdad es que el verbo que usó Cervantes fue almonedear, ‘gritar’, que tiene que ver con almoneda, por el modo de levantar la voz para vender algo. Las dos palabras inexistentes tuvieron su lugar en el Diccionario.

            Pero le digo a Zalabardo que se me ha ido un poco el santo al cielo, ya que yo hablaba de las palabras de mi madre. Retomo el hilo. Ya he dicho lo de bilorio. Pues leyendo el artículo de Álvarez de Miranda me entero de que almáciga como ‘cosa desordenada’ es consecuencia de una acepción fantasma. En El libro de Agricultura, de Gabriel Alonso Huertas se lee la expresión poner a almanta, ‘plantar las vides de manera desordenada’, y alguien equivocó la lectura e interpretó almáciga, ‘lugar donde se siembran vegetales que luego hay que trasplantar’. Almanta, por su parte, es la ‘porción de tierra entre dos surcos para dirigir la siembra’. La interpretación errónea de almáciga, le digo a Zalabardo, es la que llegó a mi madre y yo se la oía decir.



            Y quiero terminar con dos palabras que ya no son de mi madre. Una se la leí al malagueño Narciso Díaz de Escovar, en un artículo del siglo XIX, surriguista, palabra que no hallo en ningún lugar y que supongo derivada del latín surrigo, ‘levantarse’; y la otra palabra es gaitán. El famoso Caminito del Rey se encuentra en el Desfiladero del Chorro o, mejor, Desfiladero de los Gaitanes. ¿Por qué ese nombre? Gaitán, leí hace tiempo, es el nombre de un ave de la familia de los quebrantahuesos, que abundaba en la zona, junto a las águilas y los buitres, y hoy extinta. Al parecer, el último gaitán fue abatido por un cazador inglés hacia 1920 y, se dice, puede verse disecado en un museo londinense. Pues tampoco encontraremos gaitán en ningún diccionario. Por error, la gente del lugar sigue llamando gaitanes tanto a los buitres como a las águilas que sobrevuelan el desfiladero.

            Por eso le digo a Zalabardo que no solo hay palabras fantasma. Hay también lo que yo llamaría palabras extraviadas, que vagan por ahí sin que nadie las recoja. Extraviadas andan bilorio, almáciga (en el sentido que mi madre le daba), surriguista o gaitán. Y a saber cuántas más.

domingo, febrero 07, 2021

INFODEMIA E INFOXICACIÓN

 

 


           Con frecuencia, repetimos tanto un concepto, un argumento, una idea, que corremos riesgo de vaciarlos de contenido hasta dejarlos en algo inútil. ¿Se habrá dicho y repetido—le indico a Zalabardo— que no es lo mismo información que conocimiento? Si así fuera, nuestra sociedad sería la más sabia de todos los tiempos por la cantidad de información que manejamos. Pero, y suena a paradoja, muchos auguran que caminamos precisamente en el sentido contrario.

            Tenemos toda la información imaginable, y hasta es posible que más, al alcance de un simple clic. Y, sin embargo, estamos expuestos, inermes, ante cualquier ataque de desaprensivos que llenan las redes de una ingente cantidad de información que no todo el mundo es capaz de procesar y, por tanto, se convierte en camino fácil para bulos, verdades alternativas, mentiras o como queramos llamarlas.

            Aquí entra en escena, le digo a Zalabardo, el término infodemia. Que el Diccionario de la Academia —tan proclive en los últimos años a aceptar cualquier palabra que alguien proponga— no recoja este término importa poco; la realidad está ahí y hay que darle nombre: infodemia cumple todos los requisitos de los acrónimos españoles, aunque su origen sea inglés. Se crea sobre información y pandemia. ¿Y qué hay tras ese nombre?: sobreabundancia de información (a veces veraz y rigurosa, pero otras muchas veces falsa) que dificulta que las personas encuentren fuentes de información fiables en el momento que las necesitan.

 

       Aunque no falta quien asocia esta situación con la pandemia actual, la palabra es anterior y abarca un campo más amplio que el de la covid-19. Sí es cierto que en estos últimos días ha cobrado especial vigor y hasta la propia OMS ha pedido que tomemos precauciones contra la infodemia que ha surgido en torno a la enfermedad; es decir, contra los bulos, mentiras, y falsas informaciones acerca del problema que padecemos.

       La organización Medicus Mundi se pregunta si el desconocimiento que tenemos del comportamiento y posibles efectos de la enfermedad es suficiente como para generar tanta alarma social. Y, sin quitar importancia a la pandemia, avisa de que la cantidad y naturaleza de las noticias que aparecen una y otra vez en todos los medios de comunicación y redes sociales generan en la población una sensación de angustia, inseguridad y de alarma que no ayuda, ni individual ni colectivamente, a encontrar las soluciones más adecuadas. Y nos recuerda que un bulo causó la muerte de 27 personas en Irán por ingerir alcohol industrial —ya pudimos oír a Trump hablar de la lejía—; que la gente acopia alimentos u otros productos sin que nada sostenga la necesidad de esas medidas; que se adelantan noticias —no confirmadas— sobre el posible cierre de una ciudad, originando con ello una huida masiva de sus habitantes que agrava el problema; que en zonas con situación similar, las autoridades toman medidas diferentes sin dar justificación de ello, por lo que la población no llega a tener noción clara de qué es la pandemia…



         Todo lo anterior, explico a Zalabardo, exige que tengamos que hablar de otra palabra emparentada con la infodemia y de la que tampoco se hace cargo la RAE, infoxicación. Mi amigo pone cara rara y debo decirle que infoxicación no es más que “enfermar” de exceso de información. Tampoco de esto tiene culpa la covid-19. ¿Cómo puede alguien notar que está infoxicado? Hay un artículo muy interesante de Alfons Cornella que lo explica perfectamente: cuando se está expuesto a recibir más información de la que se es capaz de procesar, cuando no se puede profundizar en ella porque importa más la exhaustividad que la relevancia y se valora más la cantidad que la calidad, cuando nos puede el ansia de recibir mensajes para luego reenviarlos, estamos infoxicados.

            Mantiene Cornella, y yo creo lo que dice porque lo veo a diario en los medios y en las redes, que acumular demasiada información limita la capacidad de comprensión. Ese exceso de información nos arrastra a creer que somos expertos cuando lo cierto es que no pasamos de ser “comepalabras”, que ni siquiera digerimos bien lo que leemos. Una vez que caemos en el irresponsable acto de reenviar a todos nuestros contactos de las redes todo aquello que, a la vez, hemos recibido de otros, sin pararnos a analizar su contenido, no solo estamos infoxicados, sino que nos hemos convertido en peligrosos focos de contagio.


            Entonces —me pregunta Zalabardo— el “caso” del sueldo de Messi, ¿es ejemplo de infodemia o de infoxicación? Le contesto que, en mi opinión, es un claro ejemplo de ambas cosas: alguien, con un objetivo malicioso que calla, lo que muestra su deseo de infoxicar, lanza una información en la que, sin mentir, se ocultan bastantes verdades. A partir de ahí, de todo se encarga la infodemia. Quien lo lee, que no tiene por qué conocer el fondo de la cuestión, se escandaliza y un mensaje que no ha sido entendido en su fondo es reenviado millones de veces. Infoxicados de esa manera nosotros, tal vez sin quererlo, empezamos a contagiar a otros.

            Sobre este último caso, le pido a mi amigo que se lea el artículo de Jorge Valdano publicado el viernes y titulado ¿Cuánto vale Messi? Ahí va a encontrar la información que muchos otros ocultan por ignorancia o por malicia.

sábado, enero 30, 2021

¿FARMACIA O BOTICA?

 


            Las costumbres, como las modas, cambian con los tiempos. Zalabardo, que siempre fue consumidor fiel de la aspirina, es ahora adicto al paracetamol. Casi merece comisión por la propaganda que le hace. Pero es otra cosa lo que ahora importa. Salíamos ayer de la farmacia y, como es habitual en él, me soltó la pregunta de sopetón: ¿Por qué antes se hablaba de boticas y hoy no tenemos sino farmacias?

            Y, como siempre, no acepta que difiera una respuesta y la desea de inmediato. Tuve que hablarle del carácter mágico-religioso que tenía la medicina en tiempos muy remotos. La gente buscaba remedio a sus dolencias, del tipo que fueran, en los templos, en los oráculos o en los curanderos y brujos ambulantes, expertos en preparar hierbas y brebajes de muy variada naturaleza con los que combatir determinados males.

            Le cuento, por ejemplo, cómo todas las culturas han tenido rituales sustentados en la creencia del poder curativo de alguna materia o hecho. Entre los más antiguos, se encuentran los ritos relacionados con el agua, a la que siempre se otorgó una gran fuerza sanativa. Las religiones fomentaban estas creencias con el fin de conseguir adeptos. Daba igual que fuesen males del cuerpo o del alma. El agua lo curaba todo. El Nuevo Testamento recoge la historia de un Bautista a cuyo rito se sometió el mismo Cristo, que, más tarde, enviaría a un ciego de nacimiento a la piscina de Siloé para que recuperara la vista; la lista de santuarios y ermitas en los que hay un manantial de agua milagrosa sigue siendo inagotable.

            Otro ritual, muy extendido en la antigua Grecia, es el del pharmakós, que me lo explica muy bien Aurora Luque, a quien quedo agradecido. Con él se buscaba calmar a los dioses para liberar a la ciudad de cualquier mal. El sexto de Targelión, aproximadamente nuestro 29 de abril, se mataba o expulsaba de la ciudad a una persona que hubiese sido acusada de defectos físicos o de haber cometido un delito. Esta persona, el pharmakós, a quien se consideraba causante de los males, sufría este castigo para que la ciudad se salvase. La finalidad expiatoria y purificadora estaba clara. El pharmakós era, pues, lo que el chivo expiatorio en la cultura judía.

            —Vale, vale —me interrumpe—, pero, ¿qué tiene eso que ver con boticas y farmacias? Le pido paciencia y le aseguro que no olvido su pregunta. Además, le adelanto para su tranquilidad, que botica y farmacia son básicamente la misma cosa. Los griegos, continúo, tenían otra palabra, phármakon, que significaba tanto ‘remedio’ como ‘veneno’ y que, por influencia del ritual, acabó denominando preferentemente al ‘producto que se administraba para curar un mal’.



            La medicina, le insisto, antes que ciencia, era cosa de fe y de magia. Asclepio, Esculapio para los romanos, era el dios de la Medicina, porque tenía el poder de sanar e incluso hacer volver a la vida. Este don se lo dio su padre, Apolo, que se lo había arrebatado a Pitón. En su recuerdo, las personas que practicaban actividades sanatorias eran llamadas asclepiones. Incluso las actuales farmacias siguen luciendo como símbolo la copa de Higía, una hija de Asclepio. Es esa copa en la que se enrosca una serpiente y en la que se recogen los remedios de los que Pitón había sido poseedora. Con ello se quiere dar a entender que lo que puede matar, el veneno, administrado convenientemente puede curar.

            Hasta la aparición de Hipócrates, que vivió entre los siglos V y IV a.C. y a quien la leyenda consideraba descendiente de Asclepio, no puede hablarse de medicina en el sentido que hoy entendemos el término. Pero entre los médicos hipocráticos había tendencias diferentes. Unos, los dietéticos, consideraban que la salud del cuerpo dependía de los alimentos que se consumían; otros, los quirúrgicos se valían de la manipulación de los cuerpos y el uso de sus manos para curar; y un tercer grupo, los farmacéuticos, confiaban en la administración de remedios con propiedades para sanar.

            Ya llegamos al final. Todos aquellos productos que servían para elaborar remedios se conservaban en tarros, los albarelos, depositados en las estanterías de almacenes que, a la vez servían como tiendas para su venta. Estas son las boticas, palabra de origen griego, apotheke, que significa ‘almacén, tienda’. La botica no era más que un lugar de venta o almacenamiento de algo. Tengamos en cuenta que de esa palabra proceden también bodega y boutique.



            En tiempos en que la actividad farmacéutica no estaba reconocida, el médico prescribía un tratamiento que tenía que ser elaborado y vendido en las boticas. Dice Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española que farmacopola era ‘el que vende drogas o medicinas. Vulgarmente le llamamos boticario’. Cuando ya en los inicios del siglo XIX se regularizaron de modo oficial las enseñanzas de Farmacia, la palabra designaba tanto la ciencia como la actividad de venta; farmacia y botica coexistieron como la misma cosa. Las boticas se especializaron en venta de medicamentos y en la elaboración de las fórmulas magistrales; para venta de otro tipo de productos, aparecieron las droguerías.

            En mi novela La última travesía del Goede Hoop, ambientada en 1823, un personaje, don Miguel Torres, boticario en Marbella, prepara para uno de los contertulios de su rebotica un antitusígeno: cocimiento de cebada entera, azofaifas, higos pingües, pasas, culantrillo de agua y regaliz. Y en la misma novela, un farmacéutico de la calle Espartería, de Málaga, prepara contra la fiebre y la inflamación intestinal una pomada hecha con cuatro onzas de manteca fresca sin sal y una onza de alcanfor con la que se friccionará espalda, pecho y vientre. Estas fórmulas magistrales no las inventé; las saqué de una Farmacopea española, de 1833.

            Zalabardo se ríe porque dice que aprovecho para hacer propaganda de mi novela y le respondo que no hay más remedio, que, tal como están las cosas, de alguna forma tengo que difundir su existencia y buscar posibles lectores. Le pregunto si a él le ha gustado y me responde afirmativamente. Pero lo que me interesa, le aclaro, es que sepa también las farmacias conocen cierto declive, pues apenas encontramos alguna en que elaboren fórmulas magistrales; los fármacos vienen perfectamente envasados desde modernos y asépticos laboratorios. Así, vivimos la paradoja de que las farmacias funcionan como lo que eran las boticas a las que despojaron de su nombre, pues vuelven a ser tiendas de medicamentos.

sábado, enero 23, 2021

INTERNET Y LA CORRECCIÓN LINGÜÍSTICA

 

 


           Cualquier comparación, como el dios Jano, tiene dos caras: la positiva, concede la oportunidad de comprobar que no hay dos cosas iguales; la negativa, plantea el peligro de levantar un juicio valorativo que pueda nacer de una perspectiva equivocada.

            Zalabardo, hablábamos de Internet y de redes sociales, me pregunta si participo de la opinión de que hoy se escribe y se habla peor. Él, lo sé bien, no acaba de estar de acuerdo con esa manera de expresarse mediante acortamientos de palabras, símbolos, abreviaturas y cosas así; he querido hacerle entender que, con esa actitud, se suma a los defensores del tópico de que todo lo anterior fue mejor, cuando lo único cierto es que cualquier tiempo pasado ha sido… más antiguo. ¿Mejor, peor? Eso habría que estudiarlo muy detenidamente.

            ¿Tiene un carpintero de hoy —le pongo como ejemplo— mejores herramientas que uno de hace varios siglos? Indudablemente; lo que no podemos afirmar es que por ello sus virtudes al trabajar la madera superen a las del que careció de ellas. El lenguaje no es carpintería, claro está, pero evoluciona continuamente y el hablante dispone de medios que hace, no ya siglos, solo unas decenas de años, no existían. Disponemos de más herramientas para comunicarnos. Es el uso de la herramienta lo que hará mejor, o peor, tanto al carpintero como al hablante.

            Porque no cuesta trabajo ver que la lengua, siendo la misma para todos, presenta, sin embargo, lo que llamamos niveles o registros de habla, que dependen de circunstancias de muy diversa índole: la clase social, el grado de cultura, el objetivo pretendido, la situación en que nos hallamos, etc. No nos expresamos igual en una reunión técnica de trabajo, por ejemplo, que en una reunión de amigos. Ni nos dirigimos de igual forma a un desconocido que a alguien con quien nos une una gran confianza.

 


           Pensemos lo que sucede con el tuteo. Su diferencia con usted marca el grado de confianza entre personas. Pero lo cierto es que se está imponiendo su uso indiscriminado. No acaba de gustarme, aunque sé que pudiera generalizarse dentro de un tiempo. Por la generación a la que pertenezco, todavía tiendo a hablar de usted a quien me atiende en un establecimiento; aunque, cuando voy a la carnicería o a la panadería a la que acudo con frecuencia, nos tuteamos. A mis alumnos les permitía que me tutearan para establecer un lazo de confianza. Los alumnos, como los profesores, podíamos llegar a clase afectados por problemas muy distintos. Otorgarles esa confianza del tuteo ayudaba a que ellos y yo olvidásemos, siquiera temporalmente, nuestro problema.

            Si volvemos a los registros o niveles de habla, lo que importa es saber cuál de ellos —culto, familiar, técnico, popular, vulgar incluso— es el que debo utilizar en una situación precisa. Eso es hablar bien o mal, saber amoldar el registro a la situación. Cualquier otra opinión, aun siendo respetable, la veo poco convincente. Sin entrar en la calidad de los mensajes, sino en su cantidad, hoy se escribe y se habla más que en ninguna otra época, lo que ha sido posible gracias a unas herramientas que, pienso en Zalabardo y en mí, no teníamos hace treinta años: Internet, Facebook, Twitter, WhatsApp…

            Aquello de: “Señorita, deseo una conferencia con Salamanca” y la respuesta: “Salamanca tiene una demora de cuatro horas” es algo desconocido para las generaciones actuales. Afortunadamente. Mientras, escribo esto, he estado chateando con un buen amigo. Chat, palabra novedosa; conversación, charla… Pero ni él me ha visto ni lo he visto yo, ni nos hemos oído. ¿Qué ha sucedido con los gestos o las inflexiones de la voz tan importantes en la comunicación? Pues que han desaparecido.

            Internet, las redes sociales, piden, imponen una comunicación breve y rápida. Zalabardo y otros muchos, entre los que me incluyo, se extrañan de la lengua que se usa en Internet: acortamientos, abreviaturas… Pero seamos conscientes de que en esos medios se utiliza un registro informal que permite bastantes licencias. ¿Cómo se manifiestan en ellos esos gestos y modulaciones de voz perdidos? Ahí encuentran su sentido las abreviaturas, los emojis, los acortamientos y otros recursos semejantes.

            Puede que a muchos sorprenda que nada de eso es nuevo. Si no los mismos, recursos de idéntica finalidad se empleaban ya en la Edad Media, porque escribir era una tarea lenta y pesada y los instrumentos que se poseían eran rudimentarios; además, el papiro era un material caro. ¿Qué justifica, si no, el empleo de tantas abreviaturas — o § para indicar párrafos y apartados, τ en lugar de et— y tantas abreviaturas? En la imagen que encabeza este apunte, una línea del Beato de Liébana, hay que leer euangelium domini nostri Ihesu Christi, es decir, las cuatro últimas palabras están abreviadas. Y símbolos no alfabetizables los continuamos usando hoy con toda naturalidad: @, &, #...



            La FundéuFundación para el español urgente— publicó una serie de consejos para expresarse en Internet. Le enumero a Zalabardo algunas: respetar la ortografía; procurar, puesto que de una forma de diálogo se trata, ser cortés y respetuoso con la forma de hablar de otros lugares; al ser escritos dirigidos a un amplio número de personas, usar las palabras más precisas y adecuadas a lo que queremos comunicar, para evitar confusiones en quien nos lea; no abusar de la escritura consonántica (bss, pq); no escribir todo con mayúsculas, que en Internet se interpreta como grito, deseo de mostrar superioridad o descortesía; no abusar de los emojis para manifestar los gestos y emociones; buscar siempre la brevedad. Y algunos consejos más.

            Le confieso a Zalabardo que esto último me cuesta; me veo incapaz de comunicarme en WhatsApp mediante solo dos o tres líneas. Soy de otra época, la de las cartas y durante una larga etapa de mi vida llegué a escribir incluso más de una diaria. ¿Quién escribe hoy una carta? En fin, concluyo, la lengua de Internet no es más que un registro como otros, un registro de habla informal. Si actuamos dentro de unos cánones precisos, no es nada censurable.

 

sábado, enero 16, 2021

DISTANCIA SOCIAL

 


            Me cuenta Zalabardo que, paseando por Muelle Uno, le vinieron unas imperiosas ganas de orinar. Mientras vaciaba su vejiga, vio que encima de algunos sanitarios habían pegado en la pared un cartel con este aviso: Hemos anulado este urinario para ayudarle a mantener la distancia social. A Zalabardo, me cuenta, le entró curiosidad por saber a quién le habrían entrado ganas de mear en aquel lugar y, por un momento, pensó si esperar o no para saberlo. Pero mi amigo, que es de otra época, abandonó el lugar en cuanto terminó, porque no se le han olvidado aquellos consejos de otros tiempos que instaban a saber cuál es el lugar de cada uno así como a saber guardar las distancias.

            Tuve que reírme porque mi amigo, que es despierto e inteligente, a veces peca de ingenuo. Y le hago ver cómo en el lenguaje se nos cuelan expresiones que no son incorrectas en su construcción, pero que pueden resultar inconvenientes en no pocos casos. Y le cito cuatro ejemplos: poner en valor, a día de hoy, nueva normalidad y guardar la distancia social.

            Las cuatro, cada una con su historia independiente y nada novedosas, saltan con fuerza a la palestra gracias al lenguaje de los políticos. Sabido es que el lenguaje cambia con el tiempo, muchas veces he repetido que eso no es invento mío, lo que no es criticable, salvo que el cambio sea para peor. También es sabido que el personal tiende a imitar el modo de hablar de aquellos a quienes considera dotados de una autoridad, moral, académica o del tipo que sea. Y, en el terreno de la política, bien demostrado está que basta con que el líder de un grupo o partido diga algo que tenga algún viso de novedad para que sus incondicionales —desde un ministro hasta el último de los concejales del más perdido pueblo— lo repita hasta la saciedad.

            Vamos con poner en valor. La expresión, le digo a Zalabardo es totalmente correcta y está en la línea de poner en práctica, poner en peligro, etc. Su significado es muy claro: ‘hacer que algo o alguien sea más apreciado, resaltando sus cualidades’. Equivalentes suyos son poner de relieve, valorar, reconocer, reivindicar… Pero lo que choca es que los rectores de cualquier municipio, o los impulsores de cualquier acto, para destacar una tradición local o la antigua torre de la iglesia, solo sepan usar poner en valor. Ahora que estamos saliendo del primer centenario de la muerte de Galdós y entrando en el séptimo de la de Dante, ¿es necesario que alguien venga a ponernos en valor sus obras?

            A día de hoy. También de significado claro: ‘Hasta este momento en que estamos hablando’. Pero sucede que la mayoría de los políticos, Zalabardo opina que todos, ante una pregunta que consideran incómoda, ¿a cuento de qué van a decir algo que podría dejar patente su ignorancia o restarles votos? Pues eso, se limitarán a decir que a día de hoy no hay nada decidido. No afirman ni niegan, aunque dejan la puerta abierta. Esa actitud no solo no solo muestra falta de transparencia, sino desconocimiento de que también existen formas como en estos momentos, en la actualidad, por el momento


            Los otros giros de los que hablo a Zalabardo, aparte de su empleo por los políticos, vienen avalados por los efectos de la pandemia que sufrimos. En los primeros tiempos, el presidente Sánchez nos auguraba que, si cumplíamos con fidelidad unos determinados consejos, pronto entraríamos en la nueva normalidad. Bastantes protestamos porque no queríamos eso, sino recuperar la normalidad perdida. La normalidad, o normal, es lo que consideramos ‘habitual u ordinario’. Está dentro de la normalidad que, en autovías, no podemos sobrepasar la velocidad de 120 km./h. Si las autoridades deciden que hay que rebajar esa velocidad a un máximo de 100 km./h., no cabe duda de que pasamos a una nueva normalidad, porque lo habitual u ordinario pasa a ser diferente. Luego una normalidad puede ser nueva. Pero, en el caso del que hablamos, el presidente debería haberse referido a la normalidad que antes disfrutábamos; aunque, a la vista de la situación, va a ser verdad que estamos abocados a una nueva normalidad, ya que tendremos que cambiar bastantes de nuestros hábitos.

            Y vamos a lo que indujo a Zalabardo a hacerme la pregunta. ¿Qué es eso de la distancia social? En este caso debo decir que sí se cae en error o confusión. Comencemos por aclarar conceptos: distancia, según el DLE, puede ser el ‘espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos’ y, también, la ‘diferencia, desemejanza notable entre unas cosas y otras’. El primer significado remite a una cuestión física, que puede ser medida en metros. Por ejemplo, explico a Zalabardo, una distancia física apreciable me separa de Curro y Pepa Garrido, amigos, que viven en Lantejuela; y no digamos la que me separa de Algarra y Desamparados, que viven en Cataluña. Pero ese distanciamiento no afecta más que al espacio.



            El otro significado de distancia implica una diferencia de grado, un determinado aislamiento de una persona o colectivo en el cuerpo social. La Zagaleta, en Benahavís, recinto cercado, vigilado, con tiendas, bancos, club y campos de golf propios, es la urbanización más exclusiva y cara de Europa. Zalabardo sabe perfectamente que ni reuniendo el total de mi pensión de cuarenta años podría comprarme una casa allí; y, si pudiera, tendría que superar primero el veto que quienes allí moran pueden imponer a cualquier aspirante a residente. Eso es ejemplo claro de distancia social, de clase. Si quisiera entrar allí, un guardia lujosamente uniformado me diría: “¿Pero quién eres tú? ¿Sabes acaso quiénes viven aquí?” Porque hasta ese dato se mantiene reservado.

            Por eso, si ante el peligro de contagio por la pandemia una de las medidas preventivas es que no nos acerquemos demasiado a otras personas, lo que las autoridades deberían habernos aconsejado es guardar la distancia física, o interpersonal, o de seguridad. Lo paradójico del caso es que, en la traducción al inglés del rótulo citado, se dice security distance. La distancia social ya queda bien establecida si hacemos la comparación entre los habitantes del barrio de Salamanca y los de la Cañada Real, en Madrid, o entre los de La Zagaleta de Benahavís y el barrio de La Corta, en Málaga.

lunes, enero 11, 2021

NUESTRA VERDAD Y LA DE LOS OTROS

 


            Pasaron las fiestas —si es que consideramos posible festejar algo en estos tiempos de pandemia— y me reencuentro con Zalabardo. Mejor sería no hablar de reencuentro, pues no hay momento en que no estemos unidos; lo que hemos hecho no es otra cosa que retomar nuestras charlas en campo abierto.

            Y, como no podía ser de otra forma, nuestro primer tema de conversación ha girado en torno a cómo el verbo incendiario de un individuo irresponsable llamado Donald Trump ha puesto en peligro la estabilidad de todo un país y de uno de los mayores logros humanos, la democracia, al incitar desde las redes a sus seguidores para que lo acompañasen en su rabieta de niño rico y consentido que no ha logrado su capricho.

            Al hablar de las redes sociales y visto cómo se mueve la realidad que nos rodea, resulta difícil no insistir en una duda que no acabamos de resolver: ¿son buenas o malas las redes sociales? Para nosotros, que estamos más cerca de los ochenta que de los setenta, las redes no suponen lo mismo que para un veinteañero. A Zalabardo y a mí, su nacimiento provocó el mismo asombro que para don Quijote supuso la aparición de los molinos manchegos: los jóvenes, en cambio, han nacido dentro ya de ese mundo. Precisamente por eso, coincidimos en que no son las redes las culpables de lo que pasa. Las redes no actúan por sí mismas, no son más que una herramienta y hay que juzgarlas como lo que son: su bondad depende del uso que hagamos de ellas, no de cómo, cuándo y por quién fueron creadas.

            En consonancia con lo anterior, Zalabardo y yo creemos que no son las redes quienes provocan esta polarización peligrosa que observamos en la sociedad. La culpa es de quienes descargan sus obsesiones en ellas. Pongamos el caso de los reenviados. Mi amigo sabe bien el poco aprecio que les tengo. Hay, sin duda, excepciones, y tampoco puedo condenar por igual cualquier reenvío. El meollo de la cuestión está en que quien reenvía deja a un lado su propia visión de los hechos y asume la visión de otro. Aquí está el peligro y la trampa, en conocer o no la autoría del reenviado (son demasiadas las atribuciones falsas) y en no poseer el sentido crítico preciso para discernir qué propósito persigue quien inicia el recorrido de un mensaje que se reenviará millones de veces.

            Le digo a mi amigo que, en su día, me pareció hilarante la historia de Encarna y sus empanadillas creada por Martes y Trece o el chiste del viajero al que preguntaban por las galas, lusas, helenas, etc., tal como se lo oí contar a mi amigo Carlos Rodríguez; pero me cansan que me lo repitan una y otra vez quienes no son ellos y más si el momento no es el oportuno.



                 Con el lenguaje sucede igual. El viernes pasado leí un artículo, Filólogos, de Juan J. Millás. Su recuerdo de una afirmación de Walter Benjamin, que “no nos comunicamos a través del lenguaje, sino en el lenguaje”, trajo a mi memoria otros textos leídos sobre la misma cuestión. El propio Benjamin, en uno de sus ensayos, sostenía que Dios no creó al hombre a partir de la palabra, porque eso sería subordinarlo al lenguaje; lo que hizo fue dejar que el lenguaje se desplegase libremente en el hombre. De esa forma, lo convirtió en un ser creativo y lo creativo se convirtió en conocimiento. Tal afirmación encierra de manera implícita la necesidad de que los humanos queramos ser creativos y nos sobre con ser loros repetidores.

            Insistiendo en esta idea de que somos seres humanos que vivimos en el lenguaje, Rafael Echevarría mantiene en un artículo que el lenguaje no solo nos permite hablar “sobre” las cosas, sino que hace que las cosas sucedan. Y Gustavo Martín Garzo, en una entrevista, contesta que nos alimentamos de palabras porque las necesitamos para entender el mundo que nos rodea y, sobre todo, para vivir nuestra propia realidad. Echevarría insiste en que a partir de lo que decimos, o de lo que callamos, se moldea nuestra realidad. Vemos, pues, que defienden tesis muy parecidas.

            Volviendo al tema de las redes y los reenviados, digo a Zalabardo que Echevarría, apoyado en la concepción de la naturaleza generadora, creativa, del lenguaje, que ya anunciaba Walter Benjamin, desarrolla dos ideas: una, que al hablar generamos cinco actos lingüísticos: juicios, declaraciones, afirmaciones, pedidos y promesas; y la otra, que nuestro decir, nuestra manera de decir y nuestro callar abren o cierran muchas posibilidades para nosotros y también para los demás de conocer la realidad en que vivimos. No podemos olvidar, por tanto, que quien en su red social se limita a reenviar, no está generando ninguno de esos actos, ya que se limita a repetir los que han generado otros, y que lo que llega de su actuación al receptor es la realidad o la verdad de otra persona, no la suya. No tener esto en cuenta da lugar a ese caldo de cultivo en que se cuecen, por desgracia, tantas verdades paralelas como como circulan en la actualidad. Y de eso no son culpables las redes.

sábado, diciembre 26, 2020

¿CULTURA GENERAL O CULTURA DE WHATSAPP?

 

  


          Estamos viviendo unas navidades extrañas, marcadas por la soledad que impone la prudencia de no reunir a cuantos quisiéramos ver en torno a una mesa compartiendo alegría y afectos. Zalabardo dice que jamás ha conocido unas navidades así; tampoco yo. Y aprovecha la situación para entregarse a la nostalgia de recordar otros tiempos y otras circunstancias. Pero como la memoria camina por donde le da la gana pronto aparecen los temas más heterogéneos que podamos imaginar.

            Removiendo en ese revuelto baúl de recuerdos que parecen olvidados, mi amigo me pide que piense en aquel tiempo en que la gente cifraba sus esperanzas en algo poco valorado hoy. Los padres, de eso es de lo que me habla, aspiraban a que sus hijos conociesen al menos las cuatro reglas, porque ese podía ser el camino para sortear la miseria. Luego, ya se vería cómo se daban las cosas; y a eso le siguió otro objetivo guiado por la misma esperanza: que, al menos, llegaran a tener una cultura general.

            En nuestro mundo tan altamente especializado, ambicionar una cultura general se entiende como síntoma de conformismo en quien no es capaz de otra cosa. Nos puede el prejuicio de que hay que saberlo todo, aunque acumulemos más ignorancia que verdadero conocimiento. Si damos por bueno que la cultura es el conjunto de modos de vida, conocimientos, costumbres, nivel de desarrollo artístico o industrial que define y cohesiona a un grupo social o a una época, deberíamos entender que la cultura general es el equivalente a aquella meta que se impusieron los humanistas de siglos pasados.

            La cultura humanística supone disponer de una serie de conocimientos que, aunque no sean muy profundos, abarquen una amplia variedad de temas. Es una cultura que nos capacita para construir un criterio propio, que nos proporciona instrumentos para responder de manera exitosa a cuestiones de muy diferente naturaleza con las que topamos cada día.



            Esa cultura no nos convierte en especialistas de nada, pero nos abre vías para levantar un pensamiento opuesto al pensamiento único imperante. La adquirimos, o nos ayudaban a adquirirla en nuestra primera edad, en la escuela; después, en nosotros estaba ampliarla accediendo al ámbito universitario. Pero puede lograrse también mediante medios más informales, la simple curiosidad por lo que nos rodea o la experiencia que los años nos va aportando. También la titulitis es una pandemia sin vacuna eficaz.

            La conclusión a la que quiere llegar Zalabardo es que la cultura general de otra época va siendo sustituida por una cultura de Internet. Zalabardo la llama cultura de whatsapp. Es una cultura pobre, de cimientos débiles y que, consecuencia del lastre de una mala utilización de Internet, demuestra que tener a nuestro alcance más información no siempre enriquece nuestro bagaje de conocimientos.

            Esta cultura de whatsapp es, por lo pronto, acrítica y propia de quien no sabe argumentar sus opiniones. La manifestación más visible la tenemos en la moda de los reenvíos indiscriminados. Pensamos que cualquier chorrada publicada en Internet es dogma y nos falta tiempo para difundirla sin analizar su contenido y sin, eso es lo peor, detenernos un segundo en determinar su veracidad.

            La falta de mentalidad crítica queda patente cuando no somos capaces de ver que en Internet circulan demasiadas frases, juicios, opiniones que asumimos solo porque bajo ellas aparece el nombre de algún personaje ilustre, ya sea literato, científico, pensador o político. Y dado que la mayoría de las veces ese personaje es un difunto que no puede aclararnos la duda, deberíamos ser cuidadosos para no difundir lo que algún desaprensivo ha inventado. Porque, una vez colgados en la red, nadie podrá detener esos falsos mensajes, por muchas voces que alerten de su carácter apócrifo.



            Se podrían poner muchos casos, pero ayudo al razonamiento de Zalabardo con algunos muy concretos. Dolores de Cospedal, del PP, atribuyó a don Quijote, durante un discurso, una frase que Cervantes no escribió: Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones… A mayor abundancia, poco después la repitió Begoña Villacís, de Ciudadanos, en un acto del Día del Libro. El PSOE felicitó a sus militantes un Día de Andalucía con un poema de García Lorca que, vaya por Dios, era en realidad la letra de unas sevillanas de Los Amigos de Gines. Dos cosas muestran este tipo de errores: que quienes los cometen no han leído ni a Cervantes ni a Lorca, lo primero; lo segundo, que no disponen de lo que ayudaría a no cometerlos, como saber que nunca don Quijote llama querido a su escudero o que difícilmente Lorca pudo hablar del Puente de San Rafael, inaugurado por el general Franco en 1953, casi veinte años después de la muerte del poeta. Saber eso sería cultura general.

            ¡Cuántas citas falsas e interpretaciones erróneas nacen del desconocimiento del Quijote! El tan repetido Ladran, luego caminamos tampoco lo encontraremos en su boca, pues pertenece a un poema de Goethe, posiblemente inspirado en un antiguo proverbio árabe. Y el Con la Iglesia hemos topado, Sancho también prueba el desconocimiento de la novela, pues Cervantes no escribió Iglesia, sino iglesia, y tampoco topado, sino dado. La frase no ataca nada, solo constata un hecho simple. Vagaban de noche por El Toboso buscando el palacio de Dulcinea y don Quijote, al verse ante un alto edificio, aclara a su escudero: Con la iglesia hemos dado; es decir, lo que hemos encontrado es la iglesia del pueblo y no el palacio que buscamos.



            Pero no se trata solo del Quijote o de Lorca. En Internet circula un poema, El día más bello, hoy, que se atribuye falsamente a Teresa de Calcuta. O la frase Creo que es necesario pasar tiempo solo. Necesitas saber cómo estar solo y no estar definido por otra persona, que pronunció la actriz Olivia Wilde y no Óscar Wilde a quien se atribuye. Ninguno de los muchos desmentidos ha servido para que la gente se convenza de que el poema La marioneta no es de García Márquez, sino del mexicano Johnny Wech. Y el vizcaíno Alfredo Cuervo escribió en 2001 el poema Queda prohibido llorar sin aprender, que circula como si fuera de Pablo Neruda. Y, teniendo en cuenta de la dificultad de saber qué escribió o no Buda, sorprende que se le atribuyan unas palabras de san Pablo a los Corintios.

            Pero así funciona la cultura de whatsapp. Y no creamos que solo caen en la trampa quienes carecen de estudios. Porque el papanatismo actual (aquí podríamos colocar la cita de Einstein acerca de que hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana…, pero tampoco Einstein dijo nunca tal cosa), es de tal magnitud que una y otra vez encontramos personas muy especializadas en un tema que, no obstante, están horros de esa cultura general, más modesta, pero tan valiosa como la otra.

            Volveremos el año próximo. ¡Felices fiestas!