sábado, octubre 26, 2024

FUNAMBULISMOS AL HABLAR (DEFENSA DE LA IGUALDAD)

 

Hay ocasiones en que el hablante se encuentra precisado a comportarse como un verdadero funambulista ―los motivos son de muy variada naturaleza― a la hora de generar o interpretar un mensaje. Zalabardo me trae dos ejemplos para que le ayude a analizarlos. Una información de la Agencia EFE dice: Un centenar de futbolistas piden a la FIFA romper el patrocinio con la petrolera saudí Aramco. El otro ejemplo lo toma de un faldón (esa línea, por lo general en la parte inferior de la pantalla, que recoge un comentario o lo esencial de una información) de un programa televisivo: La única presidenta autonómica que planta a Sánchez.

            Reconozco que mi amigo tiene razón y a veces tenemos que movernos por una estrecha superficie o procurar ser hábiles para desentrañar un mensaje de forma pertinente. Por eso ―le digo― es tan importante ser cuidadosos con lo que se dice o escribe y precisos en el momento de expresarnos. El primer ejemplo pudiera confundirnos porque, al ser futbolista una palabra de género común ―con una única terminación y necesitadas del artículo para diferenciar su género― el titular no nos permite interpretar el contenido de la noticia hasta habernos metido en su lectura, porque quienes hacen esa petición son únicamente mujeres en protesta por la flagrante violación de derechos humanos, en especial contra las mujeres, en ese país. Y debiera rebelarnos que en la lista no aparezcan hombres.

            En el segundo ejemplo, las dudas son de otro tipo. Al ser el femenino, en español, el elemento marcado en el sistema del género ―es decir, que significa eso y nada más― se induce al lector a creer que la oposición a Sánchez la ejercen solamente mujeres ―en la actualidad hay cinco que ostentan la presidencia de su Comunidad Autónoma― y no los hombres. ¿Significa esto que los hombres sintonizan más con el presidente?



            Me pide Zalabardo que le aclare algo más lo que le digo. Lo intentaré. En la lengua existen elementos marcados y elementos no marcados. Los segundos podríamos decir que son más indefinidos en cuanto que agrupan a todos los seres designados por una palabra. En el español ―o la española― es valiente puedo estar refiriéndome a una sola persona de esta nacionalidad; pero también al conjunto formado por españoles y españolas. Es así porque el singular es elemento no marcado del sistema de número; incluye todo y no excluye nada. Sin embargo, cuando coloco la -s del plural, los españoles ―o las españolas― son valientes, nadie dudará de que hablo de un conjunto; por eso, el plural es el elemento marcado de nuestra lengua.

            Con el género sucede exactamente lo mismo. En mi gato me tiene arañados los muebles, señalo a un animal, pero aporto el dato de si es macho o hembra. En cambio, en mi gata me tiene arañados los muebles queda meridianamente claro que me refiero es una hembra. El femenino es, por tanto, el elemento marcado en nuestra lengua en el sistema del género gramatical.

            Aun así, entre nosotros ha ido imponiéndose ―parece que como solución más simple― la de la duplicación de las palabras para dejar claro que no excluimos a nadie por razón de su sexo. Eso nos ha llevado usos del tipo los alumnos y las alumnas / los niños y las niñas / los españoles y las españolas / los trabajadores y las trabajadoras, etc. Pero ―le digo a Zalabardo― no reparamos en que aplicamos tal criterio solo con las personas y no con los animales ―no hablamos de una bandada de palomos y palomas ni de una piara de cerdos y cerdas―, como tampoco lo aplicamos a la hora de emplear adjetivos. Y decimos los trabajadores y las trabajadoras están intranquilos, con olvido del intranquilas que debería aparecer.

            Lo que trato de razonarle a Zalabardo es que ―dado que la lengua es evolución― no me escandaliza este uso, aunque contravenga el principio de economía lingüística ―decir lo más posible con el menor número de elementos posibles―. Me preocupa más que, en la sociedad más igualitaria que pretendemos, conseguir la plena visibilización ―por emplear un término muy querido por muchos y muchas― de la mujer se quede en modificar la lengua ―lo que también puede ser preciso―, sin que de una vez por todas erradiquemos la naturaleza patriarcal que sustenta nuestra sociedad.

            Que en esta sociedad persisten modos y vicios patriarcales y machistas creo que es algo que ofrece poca duda. No es cosa de ahora ni solo afecta a la sociedad española ni a un núcleo restringido de ella. Estos días estamos viviendo el poco gratificante «caso Errejón». Son muchos los siglos de patriarcado que nos han conducido a la situación presente. Que a algunos ―y algunas― les parezca importar más meter tijera y mano en el lenguaje me chirría más.

            Porque tampoco es de hoy que esa conciencia de preeminencia de un sexo sobre otro. Basta con repasar las fuentes de nuestra lengua. El griego disponía de anthropós, derivado de la raíz indoeuropea ner-, ‘fuerza vital’, para designar a los seres humano, sin diferenciar su sexo. Junto a esta palabra, estaban andrós, ‘hombre’ y gyné, ‘mujer’. El latín nos presenta una serie más amplia. Homo, ‘hombre’, del indoeuropeo dhghem- significa ‘tierra’ y designaba en origen al ‘ser humano’ ―como anthropós―. Luego tenía vir y varo, base de ‘varón’ o ‘virilidad’, ambos procedentes del indoeuropeo wi-ro, ‘fuerte, valiente, esforzado’; y mulier, ‘mujer’, posiblemente se derive de mollis, ‘muelle, flojo, débil’, lo que pudiera estar en el origen de ‘sexo débil’. Anthropós ha quedado como elemento culto en algunas palabras ―antropología― y homo ha desplazado a vir y varo.



            Que hombre remitía a un sentido de mayor jerarquía sobre la mujer sometida queda visible en otra pareja de términos: macho procede de masculus, ‘que tiene los órganos sexuales necesarios para fecundar’ y hembra procede de femina, ‘la que amamanta’. El sometimiento de la mujer queda patente incluso en las falsas etimologías que circulaban en la Edad Media. San Isidoro dice que fémina viene de femur, ‘arranque de los muslos’ porque ahí se distingue su sexo del de los varones y es lo que la hace más libidinosa que los machos, pareciéndose por ello más a los animales. No menos arbitraria es la opinión que sostienen los inquisidores autores del libro Martillo de brujas, que dicen que fémina es la unión de fe y menos, porque ellas son más descreídas y observan menos fidelidad en todo.

            Con todo lo anterior ―ruego que cualquier entendido en lenguas clásicas corrija mis posibles errores― le digo a Zalabardo que para lograr una sociedad más justa e igualitaria no hay que quedarse en la alteración del lenguaje, porque eso es solo un acto de funambulismo con el que se disimula la realidad. Lo que necesitamos es una verdadera actuación sobre las conciencias, un darle la vuelta, con auténtico sentido pedagógico, a esta sociedad necesitada de que tantos malos hábitos adquiridos a través de los siglos sean desterrados.

sábado, octubre 19, 2024

Y TRAS LA SERPIENTE, EL CHIVO EXPIATORIO

 

Me recuerda Zalabardo mi promesa de agradecer periódicamente la amabilidad de quienes me leen y, en casos, comentan. Empiezo hoy por una persona cuyo nombre desconozco y que me aparece como Desconocida. Esa persona, en el último apunte de esta Agenda recordaba la época en que la enviaban a «hacer los mandaos» a la botica. Bella expresión que se va perdiendo esta de hacer un mandao. A Víctor Manuel Pérez, a Mario Pavón y a Salvador Cortés les agradezco no solo que me sigan y comenten, sino que difundan estos apuntes semanales. Y, cómo no, a Antonio López Gámiz o a Paco Álvarez Curiel por sus acertados comentarios. Sus elogios los valoro mucho porque (filólogos ellos también), en lo que concierne a bastantes de las fuentes en que apoyo mis opiniones, ellos saben más que yo.

            El tema de hoy me lo inspiran dos hechos: por un lado, la charla mantenida este jueves con mis compañeros de instituto ―aunque son dieciséis los años que llevo jubilado, procuro no perder el contacto con ellos― sobre el empobrecimiento general de la competencia léxica y el desconocimiento que se tiene del origen de muchas expresiones de uso frecuente. Y por el otro, el último de los apuntes aquí aparecidos, en el que se decía que, para los griegos, pharmakós podía entenderse como lo que llamamos hoy chivo expiatorio. Y nos ha parecido que esto merece una explicación.

            Zalabardo me dice que basta mirar cualquier diccionario para leer lo que es bien sabido: se llama chivo expiatorio a la ‘persona a la que se hace pagar las culpas de todos, aunque no haya sido él mismo culpable’. Tiene toda la razón mi amigo, pero tal vez no todo el mundo sepa de dónde procede la expresión. En cuanto a la forma en sí ―continúo―, parece claro que el chivo expiatorio, como tal, lo encontramos por vez primera en el Antiguo Testamento, concretamente en el Levítico, libro que habla de los ritos, cultos y sacrificios de los descendientes de Leví.


            Pero no es la judaica la única cultura en cuyos ritos religiosos hay sacrificio de animales. Ya sea como forma de adoración, o de desagravio a la divinidad, los encontramos en casi todas las culturas. Parece que los antiguos celtas, en sus ritos funerarios, sacrificaban perros, toros o caballos; los egipcios ofrecían a Horus y a Ra aves y gatos, curiosamente domesticados y criados para tal fin; las representaciones del dios persa Mitra nos lo muestran dando muerte a un toro con un cuchillo sacrificial; los hindúes ―aunque Buda rechazaba este precepto― ofrecían a Kali búfalos y cabras para que espantase a los demonios; en la Odisea leemos «la gente en la orilla del mar sacrificios hacía / de negrísimos toros al dios de cerúleos cabellos»; y si pensamos en los mayas, vemos que no solo sacrificaban animales, sino también mujeres y niños… ¿Habría que seguir?

            Pero vayamos al chivo expiatorio. Le pido a Zalabardo que me acompañe en la lectura de un pasaje ―complejo de interpretar― del Levítico. Después de haber castigado Yahvéh con la muerte a dos hijos de AarónNadab y Abiú―, convocó a Moisés y le dijo «Di a tu hermano Aarón que […] no entre en el santuario que está al otro lado del velo […] sino en el día de la Expiación, tras haber hecho antes dos cosas: ofrecerá un becerro por el pecado y un carnero en holocausto».

            El episodio continúa, pero nos exigiría plantear más conjeturas. Vayamos por partes. ¿Por qué Yahvéh castigó a los hijos de Aarón? Según se lee capítulos antes, por haberlo disgustado ofreciéndole «fuego extraño», sin que se sepa bien qué era eso. Ese día de la Expiación que Yahvéh impone a Moisés es la fiesta mayor de los judíos, la que también se conoce como Yom Kipur. ¿Era el pecado de los hijos de Aarón tan grave como para castigar por ello a todo un pueblo y exigirle un continuado recuerdo de expiación de esa culpa? Hay quien dice ―le advierto a Zalabardo que yo no me he parado a comprobarlo― que lo que se castiga es que, cuando bajó del monte Sinaí con las tablas de la ley, Moisés encontró al pueblo olvidado de Yahvéh y adorando a un becerro de oro. Moisés se enfureció y rompió las tablas. Pero más tarde se dirigió a Yahvéh y le solicitó el perdón para su pueblo y el establecimiento de una unión con él. Ese lazo se logró a cambio de expiar el pecado cometido.


            Y aquí entra el chivo: Yahvéh exigió que, ese día de la Expiación señalado, se le ofreciese un becerro como reconocimiento del pecado y un carnero ―el chivo― para alcanzar el perdón. No soy un exégeta de la Biblia ―intento dejar claro a mi amigo―, pero me parece que es una interpretación razonable por lo leído sobre el tema. Ese carnero era el chivo expiatorio. ¿Y qué justifica el sentido que le damos hoy? Pues que, lo sigue diciendo la Biblia, ese animal sería escogido por suerte entre dos preparados a tal efecto. Uno sería sacrificado y el otro quedaría en libertad. O sea, que, igual que el chivo se elegía de forma aleatoria, sin una razón clara señalamos a alguien para que cargue con las culpas de otros.

            Lo que quizá sea menos conocido es que, en español, ser chivo expiatorio forma pareja con una expresión semejante: ser cabeza de turco. El origen de esta es más moderno, pues se remonta al tiempo de las Cruzadas, cuando la cristiandad luchaba contra los otomanos, a los que, genéricamente, se les llamaba turcos. En la lucha era frecuente que a un turco vencido se le cortase la cabeza, que, clavada en una pica, se ponía a la vista de todos. Todos cargaban contra esta cabeza, haciéndola responsable de cualquier mal que padeciesen, de donde quedó que ser cabeza de turco fuese ‘aplicar injustamente a alguien una acusación, aunque con ello se evitase que pagaran los verdaderos culpables’.

sábado, octubre 12, 2024

LA BOTICA, LA FARMACIA Y LA SERPIENTE

 Me dice Zalabardo ―y creo que bastantes lectores estarán pensando lo mismo― que no le extraña que en el título aparezcan unidos botica y farmacia, ya que es bien conocido que son palabras sinónimas, aunque el campo significativo de la primera sea más amplio que el de la segunda. Pero que no acaba de entender qué pinta en esta historia la serpiente.

            Me alegra leer en estos últimos días que está aumentando en nuestras universidades el número de matrículas en lenguas clásicas. Justifica esa alegría que se reconozca la importancia que tiene todo lo relacionado con la cultura clásica para conocer la actual. Y es que un campo muy específico de esas remotas culturas, la mitología, nos socorre a la hora de conocer asuntos como el que no acaba de entender Zalabardo. Por eso creo que conviene comenzar por el tema de la serpiente.

         Fueron muchas las culturas antiguas que veneraban a las serpientes. Las relacionaban con el mito de la Gran Madre por vivir en las grietas de la tierra, tener capacidad de afrontar los acontecimientos difíciles y saber adaptarse a diferentes situaciones. En Egipto, se las consideraba símbolo de la sabiduría y se les reconocían facultades para la premonición. El mito méxica cuenta que el hombre fue creado a partir de la mezcla de huesos con el semen de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Y de la cultura griega aún conservamos el Caduceo (una vara de olivo rodeada por dos serpientes enroscadas y coronadas con un par de alas), símbolo del Comercio; la Vara de Asclepio (una vara en la que se enrosca una serpiente), símbolo de la Medicina; y la Copa de Higía (una copa en la que se enrosca una serpiente que deposita en ella su veneno), símbolo de la Farmacia. Sería la cultura judeocristiana la que atribuyese a la serpiente connotaciones negativas, asociándola con una concepción de la mujer como inductora al pecado; eso es lo que se nos cuenta en el Génesis.


        Pero vamos a detenernos en la mitología griega. Cuando Apolo decidió levantar el santuario de Delfos, se encontró con que, cerca de allí vivía Pitón, una monstruosa serpiente dotada de facultades adivinatorias y para curar pero que, a la vez, causaba grandes estragos devorando tanto a hombres como a animales. Apolo se enfrentaría a ella, la mató, la enterró junto al santuario y, al mismo tiempo, se apoderó de sus facultades curativas y oraculares. De este mito de Apolo proceden otros. Asclepio, hijo suyo, mostró una gran habilidad en el uso de prácticas curativas hasta el punto de que se le considera dios de la medicina y la curación. Su símbolo es una vara en la que aparece enroscada una serpiente porque se decía que el veneno de la serpiente contenía en sí mismo el principio de la sanación. Y entre los hijos de Asclepio, conviene citar a Higía, de la que se dice que es personificación de la salud. Por eso se la representa portando en la mano una copa en la que recoge el veneno de una serpiente que aparece enroscada en ella. Ahí tenemos la razón de la Vara y de la Copa que hemos citado. El Caduceo, que no tiene que ver con el tema de hoy, fue un regalo de Apolo a Hermes. En el fondo, pues, todo remite a la historia de Pitón, la serpiente divina.

        Nos queda ―le comento a Zalabardo― ver lo demás, qué pasa con botica y con farmacia. El indoeuropeo tenía una raíz dhē-, que significaba ‘poner’ o ‘arreglar’. De ella surgiría el término griego theka, ‘caja’, ‘bolsa’, que, con la preposición apó es el origen de apotheka, que hay que entender como ‘donde se guardan las cosas’. De apotheka provienen nuestras boticas, bibliotecas, pinacotecas, hipotecas e, incluso, otras que nos pueden parecer más raras, como potingue. Debe tenerse presente que la botica, término culto, ya que el popular es bodega, en el origen significaba ‘almacén o depósito’ en el que, más adelante, comenzaron a venderse toda clase de productos, incluidos los que podían considerarse remedios curativos, pues, en el principio, la medicina era una actividad mágico-religiosa practicada en los templos o por curanderos ambulantes.

        En griego, además, había otras dos palabras, muy parecidas y que, tal vez por su semejanza, acabaron fundida en una sola. Pharmakós, la más antigua, designaba la víctima de un sacrificio ―lo que podemos llamar también chivo expiatorio― que se ofrecía para purificar a una comunidad y liberarla de las faltas cometidas contra los dioses. Era un remedio que sanaba el mal cometido. Más tarde apareció el phármakon, que era una sustancia, obtenida mediante la mezcla de otras muchas, que alteraba la naturaleza de un cuerpo. Tal vez por la vieja creencia popular de los efectos del veneno de las serpientes, esta alteración podía buscar tanto un efecto benéfico como nocivo, razón por la que phármakon significaba a la vez ‘remedio’ y ‘veneno’.



        El fármaco lo elaboraban en los primeros tiempos los propios curanderos y quienes decían tener la facultad de sanar. Fueron muchos los autores antiguos ―en Grecia, en Roma, en Oriente…― que escribieron libros sobre plantas y sus propiedades curativas. Concretamente un malagueño, de Benalmádena, Ibn al-Baytar, escribió el Libro de los alimentos y medicamentos simples. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que las boticas comenzasen a conocer las propiedades de plantas y otros productos con valores curativos y los preparasen en sus propios establecimientos. Sin embargo, parece que sería en Italia, en un monasterio, Santa María Novella, hacia 1221, donde se montase el primer laboratorio y dispensario de productos específicamente curativos; es decir la primera Farmacia europea. Y la primera española, que aún se conserva, aunque como museo, se abrió en 1415, en Llívia, pueblo de Girona.

            Lo que puede llamar la atención ―le digo a Zalabardo― es que tal vez sea el castellano la única lengua románica que mantuvo la palabra botica para designar lo que en el resto de la latinidad se llamó farmacia. Sin embargo, esta última ha ido imponiéndose y es la que mayormente se utiliza.

sábado, octubre 05, 2024

INFORMACIÓN Y VERDAD

 

«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». Así inicia Antonio Machado su Juan de Mairena. Arturo del Villar, en un estudio de la obra del sevillano, interpreta que, con esa proposición, Machado está defendiendo la existencia de una verdad inconmovible de la que emanan todas las verdades comunes. Sin embargo, mientras Agamenón asiente, su porquero no acepta el argumento. Agamenón y el porquero sostienen visiones diferentes, incapaces de armonizar su pensamiento. Le digo a Zalabardo que he comenzado la lectura de Nexus (Una breve historia de la información), último libro de Yuval Noah Harari. ¿Qué llevo, cincuenta o sesenta páginas? Suficiente ―le digo a mi amigo― para reconocer que estoy de nuevo ante ese espíritu crítico que ya reflejaba el autor en Sapiens. De hecho, en la primera página nos suelta una frase que conmociona: «Si los sapiens somos tan sabios, ¿por qué somos tan autodestructivos?»

            Cuesta poco echar una ojeada a nuestro entorno, sea el más cercano u otro algo más alejado, para comprobar la verdad de este aserto: somos una sociedad más predispuesta a la autodestrucción que a la convivencia armónica. El punto de partida de Harari es la pregunta sobre cómo la acumulación de tanta información ―lo que debería ser considerado como avance― se convierte en una especie de maldición que pudiera llevarnos a la extinción. Tal vez por eso comience previniéndonos contra lo que él llama idea ingenua de la información, que sostiene que «algo es información si se usa para intentar descubrir la verdad». Si esto fuese cierto, no sería difícil que la información de que disponemos nos llevara hasta un punto común de encuentro. Pero no. Lo inmediatamente constatable es que vivimos sometidos a una situación de caos y crispación que no sabemos en qué concluirá


            Años antes de Juan de Mairena, en uno de los proverbios incluidos en Nuevas canciones, Machado había escrito: «¿Tu verdad? No. La Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela». ¿No hay entonces una verdad única en la que podamos coincidir todos o es que la verdad se la inventa cada uno a su antojo? Un repaso a la historia del pensamiento humano nos revela la dificultad de hallar una noción clara de qué sea la verdad. Para Sócrates, «la verdad se identifica con el bien moral»; por tanto, lo que sea bueno ha de ser verdadero. Platón, próximo a esta idea, la ampliaba: «la verdad es el bien, emparentado con la felicidad». Santo Tomás de Aquino, recogiendo el testigo de Aristóteles, decía que «la verdad es la relación de correspondencia entre el entendimiento y la cosa, es decir, la realidad». Frente a ellos, Kant es más pesimista y dice que «la verdad es intersubjetiva, puesto que no existe acceso a la verdad absoluta». Podríamos seguir hasta quienes niegan que exista algo que podamos llamar verdad.

            En el arranque de su libro, Harari parece coincidir con la idea aristotélica puesto que afirma que la verdad debe entenderse «como algo que representa de manera precisa determinados aspectos de la realidad». Aceptar esta afirmación ―nos dice― exige aceptar que existe una realidad universal. ¿Qué significa esto? Que las personas, las naciones, las culturas pueden ser diferentes y tener opiniones incluso enfrentadas, pero que de ningún modo podrán presumir de poseer verdades contradictorias. «Aquel que rechaza el universalismo rechaza la verdad», concluye.

            Si contemplamos nuestro mundo, el ambiente en que nos movemos, ¿cuál es el mayor problema? El de la representación precisa de la realidad, que, aunque sea una, es contemplada desde muchos puntos de vista. ¿Es la realidad que defienden los palestinos la misma la misma que defienden los israelíes? ¿Es la misma la que contemplan los rusos que la que miran los ucranianos? ¿Qué noción de realidad defienden las distintas religiones para proclamarse ―todas ellas― la única verdadera? ¿Es la realidad de que habla Sánchez la misma de la que habla Feijóo? ¿Comparten realidad semejante Trump y Harris? ¿Concluiremos en que en hay realidades distintas? Sin embargo, yo creo que debe existir esa realidad universal, por muy compleja que se nos muestre.

 


           Harari responde en parte a mis dudas al sostener que, por una parte, la realidad que pretendemos representar «incluye un nivel objetivo con los hechos objetivos que no dependen de las convicciones de un particular». Que todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna es un hecho incontrovertible; nadie lo discute. Pero, al mismo tiempo, «la realidad que pretendemos representar incluye un nivel subjetivo con hechos subjetivos como las opiniones y los sentimientos de personas diversas». Por eso no se alcanza un acuerdo sobre cómo hacer posible que a nadie falte esa vivienda digna, hecho que consideramos realidad universal.

            La experiencia nos muestra ―le digo a Zalabardo― que lo que para mí es bueno otros lo consideran malo. Ahí está la razón que conduce a esa noción ingenua de ver la información como el intento de representar la realidad, porque abundan los casos en que la información no representa bien la realidad. ¿Nos vale la información que transmite Maduro para conocer la realidad de Venezuela tras las elecciones? ¿Cuál de las diferentes visiones que se dan sobre el hecho migratorio en la sociedad española representa la realidad y, en consecuencia, deberíamos considerar como la verdadera?

            En este punto es en el que hay que analizar qué información es base sólida para representar la realidad, es decir, la verdad. Porque, frente a lo que sea la recta información, nos enfrentamos a una información errónea y a la desinformación. La primera la produce una «equivocación involuntaria que tiene lugar cuando alguien intenta representar la realidad, pero la entiende mal». La segunda se da cuando nos topamos con «una mentira deliberada que se produce cuando alguien pretende distorsionar conscientemente nuestra visión de la realidad». La información errónea pudiera disculparse.  De la desinformación, en cambio, se valen personas o grupos que la supeditan la obtención de beneficios de los que solo ellos disfrutan.

            Si eso es lo que sacas de esas primeras cincuenta páginas ―me dice Zalabardo― y te quedan aún por delante cuatrocientas, parece que el libro de Noah Harari, aparte de mostrarnos una situación turbadora, se presenta interesante.

sábado, septiembre 28, 2024

LA HERRAMIENTA COMO ARMA

 

Aunque resulte bella la historia, parece que, allá por el 490 a.C., Filípides no corrió los cuarenta y dos kilómetros que separan Maratón de Atenas para anunciar la victoria de los griegos, tras lo cual cayó muerto por el esfuerzo; su gesta, menos poética, fue más meritoria, pues ―eso dice otra versión de su historia― lo que corrió este hombre fueron los doscientos kilómetros que separan Atenas de Esparta para pedir ayuda cuando los persas estaban a punto de pisar las costas atenienses; y, claro está, los doscientos del regreso con la respuesta; cuatrocientos en total. No obstante, hoy se sigue celebrando una prueba deportiva en recuerdo de la primera versión.

            Más real es que ―aquí ya no entran interpretaciones más o menos fabulosas, puesto que hay documentación escrita― entre el día en que Colón pisó tierras americanas en octubre de 1492 y el día en que los Reyes Católicos tuvieron noticia de ello, finales de febrero de 1493, transcurrieron cuatro meses.

            Cuando empleamos estos ejemplos, Zalabardo y yo hablamos de la comunicación y de lo que tarda un mensaje desde que es emitido hasta que llega a oídos del receptor. Roman Jakobson definió con claridad el proceso de la comunicación y los factores que en ella intervienen: emisor, receptor, mensaje, código y canal. Poco después, añadiría el contexto, que es todo el entorno en que la comunicación se produce e influye en emisor y receptor para que el mensaje sea interpretado en uno u otro sentido. No significa lo mismo «¡Vaya día!» dicho una plácida mañana de primavera o un gélido día de febrero.

            Parece obvio pensar que, en tiempos de Filípides y de Colón, el factor más débil de este proceso era el canal, el soporte físico de la transmisión del mensaje. ¿Cuánto tardaron los atenienses en conocer no solo si su mensaje había llegado a los espartanos, sino también la respuesta de estos? ¿Cuánto tiempo pasó para que los Reyes Católicos supieran que aquel marino soñador que saliera de Palos siete meses atrás había encontrado una nueva tierra?


            Hoy todo es mucho más fácil. El progreso nos ha dotado de herramientas que facilitan el contacto pese a cualquier dificultad de espacio o de tiempo y disponemos de canales que permiten una comunicación inmediata: el teléfono, el telégrafo, la radio, la televisión, los móviles… Si Zalabardo estuviera de vacaciones en Coromandel, en la paradisiaca región de Waikato, Nueva Zelanda ―antípodas exactas de Málaga― podría decirle que voy a comerme una tortilla de patatas en el mismísimo momento en que la estoy cocinando.

            Esta es una realidad que, según nos vamos acostumbrando, cada vez admira menos. ¿Qué enturbia, entonces, tanto la comunicación en nuestros días? Ni a Zalabardo ni a mí nos cabe duda: el contexto y el ruido. El contexto, tal como lo entendía Jakobson, engloba todos aquellos elementos ―sociales, económicos, culturales, religiosos, políticos, étnicos, situacionales…― que nos llevan a percibir la realidad de modo diferente. Si hablo sobre cambio climático con un negacionista, difícilmente encontraríamos puntos comunes en nuestros argumentos.

            Los primeros en hablar del ruido como el gran perturbador de la comunicación actual fueron Claude Shannon y Warren Weaver. En teoría de la comunicación se llama ruido a cualquier cosa que dificulte la comprensión del mensaje o que haga que el mensaje emitido no se ajuste a la realidad. En nuestros días, los bulos, las fake news, las manipulaciones, las posverdades, las verdades alternativas ―¿de cuántas maneras se llama a lo que no son sino mentiras?― forman parte del catálogo de ruidos. Si alguien se empeña en propalar que la inmigración hace que en España aumente la delincuencia ―falsedad si se examinan datos serios y objetivos― muchas personas de buena fe acabarán creyendo esta mentira.

            Contexto y ruido. Para nuestro mal, en el mundo se crean demasiado contextos interesados y se produce demasiado ruido para que los mensajes signifiquen según interesa a quienes alteran el contexto y esparcen el ruido. Todo ello, le digo a Zalabardo, en un ambiente en que los avances tecnológicos parecen ofrecernos la oportunidad de comunicarnos más y mejor que nunca. Es la increíble paradoja en la que vivimos.

            Le pongo a mi amigo el ejemplo de las redes. En este preciso momento, sin moverme de casa, podría contactar con mis amigos Jose Francisco o Elena para resolver cualquier duda, lo que es un avance inmenso respecto a siglos pasados. Y, sin embargo, somos testigos de cómo se van levantando voces que piden una mayor vigilancia de las redes por los peligros a que nos exponen. Brasil ha prohibido Twitter en su territorio y Francia ha detenido al director de Telegram. En ambos casos, por su negativa a facilitar el control de los contenidos especialmente peligrosos que difunden. Ahora mismo tengo delante un artículo de Roger Senserrich, director de Comunicación del Partido de las Familias Trabajadoras, de Connecticut, en el que, hablando de Twitter, dice: «nada [como esta red] hay en internet que tenga tanto poder para recabar, compartir y diseminar noticias en tiempo real […] Pero está plagada de publicidad basura, de estafadores, de bots, de spam. Los peores actores tienen la voz más potente».

            No hay duda de que las redes ―Facebook, Twitter, Telegram, TikTok, WhatsApp…― son herramientas poderosas y eficaces, útiles que nos facilitan muchas cosas, aparte del contacto con personas a las que apreciamos. La eficacia de una red puede llegar a salvar una vida si, mediante ella, se encuentra el remedio necesario para alguien cuya vida está en riesgo. Pero también tienen sus peligros: pueden crear adicción, convertirse en fuentes de desinformación y de estafas, dar pie al ciberacoso, afectar a la privacidad de las personas e influir en su autoestima…



        Las redes requieren, sobre todo, un gran sentido de responsabilidad en su empleo. Porque no es imposible que lo que es una herramienta, un instrumento del que nos valemos para alcanzar un fin, se convierta en arma, instrumento destinado a hacer un daño. Comparemos ―le digo a Zalabardo― un martillo con un fusil. El martillo es una herramienta que me ayuda en la construcción de objetos útiles e incluso bellos. Pudiera suceder que emplee el martillo para atacar a alguien y provocar su muerte; la culpa, en ese caso, no debemos achacarla al martillo, sino a quien lo usa mal. El fusil, en cambio, es un arma creada ya con el objetivo de matar. Con el fusil solo puedo causar un daño. Por eso podemos usar las redes como martillos, para construir; pero nunca deberíamos usarlas como fusiles, para dañar.

        Le pido a Zalabardo que piense en la cantidad de personas, amigos las más de las veces, que se han constituido en grupo dentro de cualquiera de estas redes y han acabado, desgraciadamente, viendo cómo la amistad que los unía se ha ido enfriando precisamente porque ha faltado la prudencia y la responsabilidad que toda relación humana necesita. Esa es la razón que hace pensar a muchos hasta qué punto es positivo o negativo ser miembro de uno de estos grupos.

domingo, septiembre 22, 2024

LO QUE NO SE PUEDE DECIR…

 

Las salas de espera de los aeropuertos son lugares fríos pese al incesante tráfago de personas que van y vienen ajenos a quienes cruzan a su lado. La de un aeropuerto pequeño puede incluso resultar aburrida si no hay nada con que entretenerse. Ayer tarde, viernes, en A Coruña, un suplemento cultural de La Voz de Galicia casualmente abandonado en un asiento, vino en mi ayuda mientras esperaba la hora de salida del avión que me devolvería con bastante retraso a Málaga. Me llamó la atención un artículo: El libro «prohibido» que solo consigues en el mercado negro. Hablaba de una novela Katerina Silvanova y Elena Malisova que cuenta una historia de amor homosexual. Las autoridades rusas han prohibido su circulación porque el libro «no es compatible con los valores tradicionales de Rusia». Ahora solo es posible encontrarlo fuera de los canales habituales.

            Le digo a Zalabardo que recordé tiempos en que algunos libros solo los conseguías si gozabas de la confianza del librero que te lo proporcionaba a escondidas. Eran tiempos en los que grupos fanáticos e intolerantes incendiaban una librería por el solo hecho de llamarse Antonio Machado o se expedientaba a un profesor ―hace años que no sé qué fue de Pepe Sánchez― por recomendar a sus alumnos la lectura de El libro rojo del cole. La censura es tan vieja como el mundo y no hay sociedad que se libre de ella. Durante el Imperio Romano se prohibió el cristianismo y la lectura de la Biblia porque contravenían la religión romana. Pero es que la Iglesia Católica consideró herejes a Galileo o a Darwin. Y la propia ciencia condenó en alguna ocasión las ideas de Newton o de Semmelweis. A Quevedo le supuso entrar la cárcel escribir aquella Epístola censoria que empezaba No he de callar por más que con el dedo…; y una traducción al castellano de El cantar de los cantares confinó también a prisión a Fray Luis de León.

            No es este un problema solo nuestro ni mucho menos es solo cosa del pasado. Zalabardo me señala con preocupación que en plena actualidad parece haber un repunte de estas actuaciones sectarias. Tampoco son exclusivas de países atrasados regidos por sistemas autoritarios. Lo cierto es que en las sociedades supuestamente más avanzadas también encontramos este recelo frente a lo que piensan «los otros». Hay un elemento común: la justificación de la intransigencia amparándose en las ideas, en las tradiciones, en la religión o en los valores de una sociedad concreta. Le digo a mi amigo que, en el artículo que cito, se plantea una pregunta muy simple: ¿Qué valores son estos? Muchas veces es difícil responder.

            Se consulta internet y encontramos que suelen citarse como países en los que la censura alcanza un nivel más alto Eritrea, Vietnam, Cuba, Guinea Ecuatorial, Arabia Saudita… Últimamente se habla mucho de las restricciones impuestas a las mujeres en Afganistán: les está vedada la educación, la participación en el mundo laboral, el deporte, la elección de vestimenta y cosmética, su consentimiento para el matrimonio, la protesta pública, salir solas… Todo eso, dicen quienes imponen estas normas, se hace en nombre de la religión y la costumbre.


            «Bueno, eso es en Afganistán, que es un país atrasado» ―responden algunos―. Pero es que, si nos vamos a países que se pueden considerar en el polo opuesto, podríamos citar otros casos sonrojantes. En los adelantadísimos Estados Unidos, la plataforma televisiva HBO tuvo prohibida la emisión de Lo que el viento se llevó. Bibliotecas públicas y escuelas tienen prohibido el acceso a determinados libros, entre los que se pueden citar Las uvas de la ira, Matar a un ruiseñor, El señor de las moscas, Un mundo feliz, El cuento de la criada, El diario de Ana Frank y muchos más.

            Tradiciones, ideas, religión. Son casi siempre las causas más patentes para la censura. La circulación de Las uvas de la ira se prohibió en los Estados Unidos porque, en tiempos de depresión, hablaba de pobreza. En el mundo musulmán se considera hereje a Salman Rushdie. En China se prohibió la lectura de Alicia en el país de las maravillas porque va contra la razón que los animales hablen y el Conejo Blanco es un mal ejemplo para los niños. En los Emiratos Árabes se prohibieron los libros de Harry Potter porque eran una apología de la brujería.

            «¿Y qué tal está la cosa entre nosotros?» ―me pregunta Zalabardo―. «Un fantasma recorre Europa» ―le contesto irónicamente con el inicio del manifiesto comunista―. Luego, ya en serio, le digo: «Un fantasma de reaccionarismo está recorriendo nuestro país». Porque, tras habernos liberado de la férrea censura que funcionó durante la dictadura franquista, observamos cómo hay un repunte del reaccionarismo. En los últimos tiempos, asistimos con asombro a la supresión por parte de ayuntamientos de diferentes localidades de actividades culturales relacionadas con la mujer, la libertad sexual, la guerra civil o la democracia. Han sido retiradas, o desaprobadas, la representación de Orlando, de Virginia Woolf, La Villana de Vallecas, de Lope de Vega, Muero porque no muero, una visión de la vida de Teresa de Jesús; se han retirado de una biblioteca valenciana cinco revistas escritas en valencià; se ha cancelado la proyección de las películas BuzzLighyear, o de El maestro que prometió ver el mar, inspirada en la historia real de un maestro republicano.

 


           Que unos dirigentes teman la difusión de ideas contrarias a las que los mantienen en el poder ya es de por sí grave. Pero más grave aún me parece que asociaciones privadas ―como, por ejemplo, en España, Hazte oír, Manos Limpias o Abogados cristianos― intenten marcar qué es lícito y qué no, me parece que supera cualquier límite. Todo el mundo tiene derecho a comulgar con unas ideas, cualesquiera que sean. Lo que no resulta admisible es que pretendan silenciar a todo el que piense de forma diferente a ellos.

sábado, septiembre 14, 2024

PALABRAS MORIBUNDAS: DE LINDO A CAYETANO


Muchas veces hemos debatido mi amigo y yo sobre la aparición y desaparición de las palabras, sobre ―sabiendo que todo evoluciona― que hace que haya palabras ―
cielo, mar, alma, arena…― que parecen inmortales matusalenes, en tanto otras, y de esto sabe bastante mi amiga Pepa Márquez, se pierden en un abrir y cerrar de ojos o se conservan solo en una zona bastante restringida ―niqui, saquito, guateque, jical, bilorio…―.

            En un libro, Palabras moribundas, escrito en 2011 por Pilar García Mouton y Álex Grijelmo, se habla de este asunto. García Moutón, en un artículo posterior, decía: «El léxico se va construyendo a lo largo de su historia con palabras que reflejan las influencias culturales del entorno, pero al mismo tiempo se va desvaneciendo porque hay palabras que los hablantes abandonan». Bien se entiende que pleita se pierda porque hoy escasea esa labor de trenzado de esparto; ¿pero por qué se pierde correveidile si el mundo sigue lleno de cotillas y chismosos?

            En un momento de la charla, Zalabardo me sacó a relucir un tema que, en verdad, puede intrigar a cualquiera: ¿por qué, de un tiempo a esta parte, a los pijos se les viene llamando cayetanos? Primero, claro está, habría que dilucidar qué es un pijo. El DLE dice que se aplica a «quien en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta afectadamente gustos propios de una clase social adinerada». Víctor León, en su Diccionario de argot español, dice que el pijo es un «individuo esnob, afectado y superficial, de extracción burguesa». El problema está en saber por qué pijo. Conozco dos versiones y ambas me ofrecen dudas. La Academia dice que pijo procede de pija, «pene» ―por la onomatopeya pish, imitación del ruido al orinar― que se relaciona con la palabra árabe hispánica piššh[a], picha. De ahí, dicen algunos que los relamidos no orinan ni mean, sino que hacen pis. La otra versión sostiene que, en época del imperio inglés, en los barcos que hacían largos viajes había camarotes más dotados de comodidades llamados posh, «elegante», que, naturalmente, se reservaban los más pudientes. Sinceramente, no se a qué carta quedarme.



           
Pero lo interesante es ver cómo pijo nos sirve para entender el tema de las palabras moribundas de las que se hablaba al principio. En los Siglos de Oro apareció un subgénero dramático llamado comedia de figurón, personaje fantasioso y engreído que aparenta ser más de lo que es. Narcisista, afectado, presuntuoso y de erudición hueca, este individuo existió siempre. Pensemos, si no, en el miles gloriosus de los clásicos.

            Suele aceptarse que este tipo aparece diseñado en nuestra literatura por Agustín Moreto en su comedia El lindo don Diego, de 1662, aunque ya se encontraba, no tan bien descrito, en El Narciso en su opinión, escrita sobre 1612 por Guillén de Castro. El lindo ―individuo compuesto y presumido, cuidador de su imagen― es nuestro precedente mejor del pijo. Lo llamativo es como, en un periodo de dos siglos escasos, el lindo pasó a ser llamado de muy diferentes maneras: pisaverde, petimetre, lechuguino, currutaco, flamante, gurrumino, linajudo, gomoso, pirraco… Cierto que algunos de ellos presentaban alguna característica específica ―el petimetre era un «señorito», el lechuguino un «figurín», el gurrumino un «calzonazos»…―, pero todos coincidían en su fatuidad, engreimiento…

            En 1795, un tal Juan Fernández de Rojas, creo que era clérigo, escribió una sátira llamada Libro de moda o Ensayo de la historia de los currutacos, pirracas y madamitas del nuevo cuño, que habla de «la ridiculez y fatuidad de un crecido número de nuestros jóvenes que en sus trajes, modales y conductas dieron motivo a las cartas que contra ellos se pusieron». Incluso establece una categoría de ellos de acuerdo con sus posibilidades económicas y su linaje: los quintaesencia o de azúcar, los milflores, los cualquiera, los efímeros y los pegadizos. Zalabardo y yo nos hemos divertido leyendo este libro en la Biblioteca Digital de la Biblioteca Nacional.

            ¿Pero cuando todas estas palabras comenzaron a ser moribundas y fueron sustituidas por pijo? Parece que en torno a 1970. El crecimiento de nuestra economía hace que algunas personas, por lo general jóvenes pertenecientes a familias acomodadas, comenzaron a sentirse atraídos por las ropas de marcas de relumbrón, a veranear en Santander o en Ibiza, a aprender idiomas y a realizar viajes de lujo. Su educación exquisita les impedía hablar con vulgaridad y decían jopé por joder, gilipichis por gilipollas o a sostener sus opiniones con un contundente te lo juro por Snoopy y cosas así.



           
Pero, ahora, el pijo está en decadencia ―la palabra― y se va imponiendo el cayetano. En esencia son lo mismo. Gente bien, que habitan en barrios residenciales, con gran poder económico y un acusado sentido de la exclusividad que los lleva a separarse de quienes no son de su clase. ¿Pero por qué cayetanos? ―me pregunta Zalabardo. Parece que todo se debe a que un grupo musical, Carolina Durante, sacó en 2017 una canción titulada Cayetano porque, según ellos, entre esta clase se daba mucho ese nombre. La canción dice así: «Todos mis amigos se llaman Cayetano. / Zapatillas Pompeii, algunos tienen barco. / Siempre tres botones desabrochados…».

            Naturalmente, ellos tienen una forma de hablar. Hay que hablar de forma gangosa; las cosas no son buenas, sino supermegabuenas; algo no es importante, sino lo siguiente; dicen essssso mola, alargando mucho la s; se acompañan de la muletilla osssea, ¿no? Y cosas así. Hay quien dice que el prototipo de los cayetanos es Tamara Falcó. No sé; lo que sí es verdad es que no solo hay pijos y cayetanos, sino también pijas y cayetanas.

sábado, septiembre 07, 2024

ABDELGANI SIGUE SOÑANDO


Llega septiembre y vuelvo a hacerme la misma pregunta: ¿se ha quedado obsoleta esta Agenda? Zalabardo y yo nos sentamos y concluimos manteniendo nuestras charlas y reflexiones. Me dice mi amigo que, siguiendo el buen consejo de Berceo, «quitemos la corteza y en el meollo entremos». Porque ese es un gran vicio de nuestros días, enzarzarnos en superficialidades con abandono de lo esencial. Revisando durante el verano comentarios antiguos para evitar así insistir en temas ya tratados, nos llevamos algunas sorpresas nada agradables; por ejemplo, que en octubre de 2006, publicamos El sueño de Abdelgani, con la historia de un joven marroquí, inmigrante ilegal devuelto a su tierra, que declaraba estar dispuesto a repetir la aventura a la primera oportunidad.

            Después de casi veinte años, sigue teniendo fuerza el rechazo hacia los extranjeros. No a todos, claro. ¿Cuántos extranjeros potentados copan las más lujosas urbanizaciones de la costa malagueña? Se rechaza al desfavorecido que, huyendo de la guerra, el hambre o la opresión, busca una tierra que le proporcione una vida más digna. Este es el origen de la inmigración irregular. En el apunte que cito, le decía a Zalabardo: «Vivimos la paradoja de necesitar, y aprovecharnos, de los inmigrantes al tiempo que hacemos lo posible por rechazarlos». Es lo que hacen agricultores de Huelva, de Lérida, de Almería… Contratan ―mejor si no hay contrato― a inmigrantes que no pueden exigir derechos, para dejarlos a su suerte una vez completada la temporada.

            Se acentúa el egoísmo y el sentido de propiedad intransferible de este bienestar que tenemos y negamos la ayuda al necesitado, creando el infundio de que son un peligro. Cada vez somos más xenófobos. Contra esto, preguntado por la islamofobia y la emigración, Miquel Roca Junyent, uno de los ponentes de nuestra Constitución, respondía el pasado 22 de agosto: «Si quieren venir es porque aún somos una referencia de calidad de vida y de respeto. A ver si nos enteramos».

Lo peor de todo, le digo a Zalabardo, es que la historia de nuestro país parece diseñada por esa idea de rechazo. Se ha perseguido al musulmán, al judío, al gitano, al no católico, al negro, al homosexual, al comunista... En ocasiones, el rechazo se manifiesta de manera histérica y fanática, sin mostrar el menor atisbo de humanidad. ¿Qué es, si no, esa burrada de proponer enviar nuestra marina de guerra contra los cayucos? Ese rechazo, siempre, se apoya en argumentos burdos y mendaces. Porque mentira es decir que la inmigración genera inseguridad.

            De la mentira, los rumores malintencionados y el bulo, el xenófobo busca obtener beneficios. Decía Cicerón: «Como nada es más hermoso que conocer la verdad, nada es más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla por verdad». Y en una obra de Shakespeare dice el Rumor: «En mi lengua cabalgan continuas calumnias que pronuncio en todos los idiomas atascando los oídos de los hombres con informaciones falsas».

            ¿Qué ha cambiado hoy, después de casi veinte años? No la ideología, que parece incluso haberse robustecido. Han cambiado los instrumentos que refuerzan las mentiras: la efectividad de las redes sociales, y la ausencia de rubor para valerse de la calumnia. Pido a un amigo, Antonio López Gámiz, que me localice un texto de Cicerón contenido en un discurso en defensa de Gneo Plancio: «Nihil est tan volucre, quam maledictum; nihil facilius emittitur, nihil citius excipitur, nihil latius dissipatur». El propio Antonio López me da la traducción: «No hay nada que vuele más alto que la calumnia, nada se emite con más facilidad, nada se acepta más rápido, nada se difunde más». ¿A cuántos llegó este juicio de Cicerón dos mil años atrás? Atendamos al tuit difundido en una red social por un alcalde de un pueblo catalán con el lema «Tenemos que limpiar Badalona» sobre la imagen de un grupo de jóvenes marroquíes. ¿Qué se ha difundido con mayor rapidez, ha llegado más lejos, ha obtenido más receptores y ha causado más daño?

            Los partidos usan sus redes no para difundir sus proyectos, sino para atacar a sus contrarios. Lo decía Roca en la entrevista antes citada: «Con la polarización, lo importante no es ganar, sino hacer perder al contrario. Las redes facilitan la entrada de información interesada o sesgada, que se presenta con el mismo valor que la verdad objetiva». Y el especialista holandés sobre el tema, Hein de Haas, dice: «Si el político consigue que el inmigrante dé miedo, podrá aparecer ante el votante como salvador». La inmigración, proclaman, trae inseguridad y delincuencia, aunque sea mentira. ¿No genera más inseguridad y delincuencia que, tras el trágico suceso de Mocejón, un tal Alvise ―no sé cómo calificar a un tipo así― difunda ―con desvergüenza y sin ninguna clase de prueba― el infundio de que habían sido inmigrantes los autores?


            ¿Qué hacer en esta situación novedosa ―pues novedosa es― en que las redes se utilizan para fines indeseables, que alientan el odio a base de mentiras? Ni Zalabardo ni yo lo sabemos. La revolución cibernética nos ha pillado mayores y nos perdemos en el intrincado mundo de internet y de las redes. Internet, pensamos, puede ser una herramienta destinada a mejorar la comunicación y a suprimir las distancias entre las personas que, sin embargo, se va convirtiendo en motivo de discordia y en medio fácil para mentir e insultar desde la impunidad. Una periodista, Carmela Ríos, escribía hace pocos días en un artículo: «Sería más feliz sin tener que cruzarme cada día con esos extremistas cuyas publicaciones engañosas reciben tanto cariño y difusión por parte de los algoritmos que hacen funcionar dichas redes».

            ¿Qué se hace entonces? ―me pregunto yo, como se pregunta mi amigo―. La verdad es que no lo tengo claro. El Fiscal Coordinador contra delitos de odio pide que se tomen medidas para acabar con los bulos xenófobos; se piden medidas para acabar con el anonimato en las redes; se habla de exigir el DNI para abrir una cuenta…; en Brasil, han cerrado X. Tiemblo cuando oigo hablar de algo que suena a censura. Nos ha costado muchos años recobrar la libertad de expresión para ahora jugar con fuego. Y perdemos mucho tiempo mirando la corteza y olvidando el meollo.

Porque mientras los partidos usen la inmigración como arma política, mientras el empresario los quiera como mano de obra de usar y tirar, mientras los propios particulares vean a los inmigrantes como posibles empleados domésticos mal remunerados y sin contrato, mientras hasta la Iglesia desoiga su propia doctrina ―«¡Apartaos de mí, malditos […] porque fui forastero y no me acogisteis!», se lee en el Evangelio de Mateo― y ponga más afán en ocultar los casos de pederastia y violencia sexual en su seno, muchos Abdelgani tendrán que seguir soñando (si no muriendo en el mar), porque nadie pone los medios para solucionar su problema.

 


sábado, junio 29, 2024

VACACIONES

Cuando en De legibus (libro I), Cicerón conversa con su hermano Quinto y con su amigo Ático, este le dice: «Quod sustinere vel suma senectus posse videatur, nulla tibi a causis vacationem video dari», lo que más o menos viene a significar que aunque parecía ser capaz de sobrellevar lo que hacía, observaba que a él no se le concedía ningún descanso en su tarea.

            Le digo a Zalabardo que este texto nos muestra ―podríamos ver otros de diferentes autores― que los romanos ―no los de ahora, los antiguos― ya tenían noción clara de lo que son las vacaciones. El verbo vaco significaba «estar vacío, desocupado, libre»; y el sustantivo que de él se deriva, vacatio, «exención, dispensa, descanso».

            Pero la palabra ―y lo que con ella se quiere expresar― viene de mucho más atrás. En el indoeuropeo existía la raíz eu-, ‘vacío’, origen del latín vanus, ‘vano, vacío’, que es la raíz de nuestras palabras vanidad, vano, e incluso desván, desvanecer o hilván. Y con una forma de alargamiento *wak- se llega al ya citado verbo latino vaco, a partir del cual se forman, entre otras palabras, vacar, vagar, vacante, vacuidad, vahído, vacío o evacuar.

            Claro que ―le digo a mi amigo―, aunque la palabra sea muy vieja, lo que hoy entendemos es bastante diferente y, aunque en todo caso ―antes y ahora― vacación pueda significar ‘estar dispensado’, el sentido de tal concepto nos sirve para entender cómo han cambiado las costumbres sociales a lo largo de los siglos. Si para Cicerón las vacaciones eran ‘no tener que atender un asunto jurídico, aunque estuviese capacitado para ello’ hoy las vacaciones son el ‘descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado’.


         Y en un segundo paso de este proceso, entendemos como vacaciones, ‘desentenderse de las tareas cotidianas para ocupar ese tiempo en otras cosas, por ejemplo, viajar por placer’, lo que podemos considerar como algo relativamente moderno. Para que ello fuese posible, tendría que llegar la Revolución Industrial de la segunda mitad del siglo XVIII y, sobre todo, el siglo XIX. Hay factores que explican la razón de que esto sea así. Quizá el principal fuese la aparición del ferrocarril y la mejora de los sistemas de transporte. Y hay otro no menos importante: el deseo de los viajeros románticos que anhelaban salir del terruño en que se habían criado para descubrir lugares exóticos que habían conocido especialmente a través de la literatura. George Borrow, Richard Ford, Francis Carter y, en España, Pedro Antonio de Alarcón, Mesonero Romanos o Emilia Pardo Bazán gozaban contando en sus libros las costumbres y tradiciones de los lugares que visitaban.

            Pero, aun así, la mayoría de los mortales, si no eran analfabetos, tenían que conformarse con reproducir en sus mentes lo que leían en los libros de viajes. Tendrían que pasar muchos años para que se alcanzase una «democratización» de las vacaciones. Hsta los años 20 del siglo anterior no aparece el concepto de «vacaciones remuneradas», lo que supone que al trabajador se le reconozca el derecho a un periodo anual de descanso que se le sigue pagando. Finlandia, Austria, Suecia, fueron países pioneros en esta cuestión.

            Este tiempo de descanso, dispensa, liberación de la ocupación habitual ―sin perder la remuneración correspondiente― varía de un país a otro. Hay algunos casos curiosos. Por ejemplo, Japón es el país que más tiempo concede de vacaciones, aunque existe un motivo claro. La tópica creencia ―que tal vez no lo sea tanto― de la aplicación al trabajo de los japoneses. Me pregunta mi amigo si tiene algo que ver con eso el concepto de «huelga a la japonesa», es decir, que se hace huelga no cesando en la tarea, sino trabajando más. Posiblemente, porque leo que Japón es el país en el que los obreros hacen un mayor número de horas extraordinarias. En Japón ―es lo que leo― se conceden cinco semanas de vacaciones remuneradas al año, cuestión que se explica por el problema que sufre la sociedad nipona: la necesidad de combatir el karoshi, es decir, «la muerte por exceso de trabajo».


            «¿Y en España?», ―me pregunta Zalabardo―. Aquí, le digo, las cosas son algo diferentes. Fue en la I República cuando se planteó por vez primera el asunto de conceder unos días de descanso al trabajador sin merma de su salario. Y sería el Fuero del Trabajo franquista el primer texto legal que lo recogiese. Sin embargo, lo cierto es que las vacaciones pagadas no se implantaron en nuestro país hasta los años 60. Y, aun así, eran muchos los casos en que la familia se trasladaba a la sierra o a la playa mientras el cabeza de familia ―ahí se inventó lo de «estar de Rodríguez»― debía quedarse al pie del cañón ―del trabajo― para poder pagar esas vacaciones de los suyos.

            Y hoy es 29 de junio. Como ya es costumbre, Zalabardo y yo nos tomamos unas vacaciones. Descansamos y dejamos descansar al personal. Nos veremos a la vuelta. Esperemos que no falte ninguno.