sábado, diciembre 28, 2024

CLASIFICACIONES Y ORDEN DE PRIORIDADES

 

¿Por qué se martirizará a los niños poniéndolos en la difícil situación de contestar si quieren más a papá o a mamá? ―me pregunta Zalabardo y me siento casi obligado a responderle que no es solo a los niños, que parece como si sobre los humanos pesara una maldición que nos lleva a tener que elegir entre opciones que no tienen por qué ser antagónicas o a priorizar entre elementos de una serie de elementos de semejante naturaleza. Se nos incita a elegir entre Beatles y Rolling; sin conocer si somos aficionados al deporte se nos pone en la tesitura de si preferimos el fútbol o el baloncesto. Suponiéndose que cualquier empleado de una empresa deberá ser amable con el cliente ―incluso si este es un malasombra, que también los hay―, se nos solicita que califiquemos entre 0 y 9 el servicio que nos han prestado.

            Me confiesa Zalabardo que se le ha ocurrido la pregunta así, de repente, mientras consultamos una de las innumerables listas de los mejores libros de 2024. Como es lógico ―le digo a mi amigo― en estas listas, que en verdad son muchas, aunque haya coincidencias, también aparecen notables divergencias, lo que se comprende porque cada una de ellas está realizada por una persona o grupo de personas diferentes y en la valoración de una lectura intervienen factores diversos. O sea, me contesta― que a unos les va más la paella de mariscos y a otros el arroz negro. Me parece que es una acertada manera de decirlo.


            Cuesta trabajo ―sigo diciéndole a mi amigo― escapar de esta fiebre clasificatoria. Y le hago saber que también yo he caído en la tentación de ver qué dicen los críticos sobre mis lecturas recientes. Y me congratula ver ―no lo negaré― que, pese a estos criterios y listas diferentes, los libros que me han interesado han atraído también a otras personas y varios de ellos me los encuentro incluidos entre los 10 o 15 primeros de los considerados mejores libros del año: Baumgartner, de Auster, La península de las casas vacías, de Uclés, Los Escorpiones, de Barquinero, La última función, de Landero… De ellas, la que más me ha gustado, con diferencia, es la novela de David Uclés. También he leído El niño, de Aramburu, que algunos no mencionan y a mí me ha emocionado hondamente porque recuerdo de forma muy vívida aquel suceso y lo que significó. Aramburu entra en él sin ninguna clase de melodramatismo y haciendo gala de su claro estilo. Y si se tiene en cuenta los libros de no ficción, me extraña no ver en lugar destacado Nexus, de Harari, que me parece un libro que hace un claro repaso de la historia de la información y, sin catastrofismos y apoyado en una exhaustiva documentación nos previene contra lo que pudiera significar la IA.

            La conversación deriva hacia las prisas con que solemos hacer cualquier cosa de unos años a esta parte. Cree Zalabardo reconocer ausencia de análisis, de estudio sereno del asunto de que se trate, imposición de modas pasajeras que, del mismo modo que entran, salen de nuestras vidas. Sucede con el propio lenguaje y le pongo a Zalabardo el ejemplo del diccionario oficial de una lengua; en nuestro caso, el DLE. ¿Debe recoger un diccionario todas las palabras que se utilizan en un país? La respuesta es claramente negativa. Faltaría espacio. Siempre oí decir en mi pueblo bilorio, ‘persona inquieta’ y saquito, ‘tipo de jersey’ y a nadie se le ocurrió pedir nunca que entrasen en el diccionario. En Málaga conocí moña, ‘afeminado’, significado que el diccionario no recoge, y foel, ‘cosa fea, de mala calidad’, que ni siquiera aparece.



            Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la RAE saca cada año una lista interminable de nuevos vocablos a los que se da acceso al DLE. ¿Habría que censurar esa entrada? No es eso lo que pretendo decirle a mi amigo. Siempre he considerado loable la postura de Feijóo ―el erudito del siglo XVIII, no el político de ahora―, que pedía tolerancia a la hora de adaptar y adoptar vocablos, y se oponía a cualquier falso sentido de pureza lingüística. A las palabras ―es lo que pienso― hay que dejarlas madurar, dar ocasión a que el pueblo se habitúe a ellas y las haga suyas ―o no― empleádolas con naturalidad, no porque provengan de una moda tal vez pasajera.

            Que no se dejan madurar y nos regimos por la moda, por la circunstancia de un momento, queda patente con la elección de las «palabras del año». Por citar algunos ejemplos, en 2020, entre las candidatas a tal honor se encontraban infodemia y estatuafobia; y un poco más atrás, en 2018, figuraban micromachismo y dataísmo. No fueron las ganadoras ni apenas nadie se acuerda de ellas. ¿Qué fueron ―como diría Manrique― sino verduras de las eras?


            Me dice Zalabardo ―regresando al tema de los libros― que lo que digo sobre prisas y falta de análisis se puede aplicar a unas noticias que ha leído. Hace días, en un diario aragonés se afirmaba que El infinito en un junco, de Irene Vallejo, era «la mejor obra del siglo XXI». Pero es que, en otro periódico se proclamaba que Arturo Pérez-Reverte es «el mejor novelista español del siglo XXI». El libro de Irene Vallejo es un extraordinario ensayo publicado en 2019 que mereció el Premio Nacional de Ensayo en 2020, que ha sido mundialmente valorado y del que, si no estoy errado, se han vendido más de dos millones de ejemplares hasta el momento. Sobre el prestigio y popularidad del prolífico Pérez-Reverte, periodista, corresponsal de guerra, novelista y académico, tampoco diré nada en contra.

            Pero, a punto de entrar en 2025 y así completar el primer cuarto de este siglo, ¿no parece excesivo calificar el libro de Vallejo y la figura de Pérez-Reverte como los mejores del siglo XXI? Quedan aún setenta y cinco siglos por delante. No tengamos tanta prisa por cerrar una lista de celebridades que aún dará mucho que hablar. Elogiemos la calidad de ambos, pero esperemos a que el tiempo los coloque en el lugar que les corresponda.

sábado, diciembre 21, 2024

LA IMAGEN Y LA PALABRA

 


«¿Crees que es cierto que una imagen supera el valor de mil palabras?» La pregunta me la plantea Zalabardo mientras conversamos sobre las adaptaciones cinematográficas de dos novelas míticas: Pedro Páramo, película, y Cien años de soledad, serie. La primera ya la hemos visto; la segunda, acabamos de verla ayer viernes; al menos los ocho capítulos de la primera parte, pues suponemos que continuará hasta el final de la historia.

            Vivimos unos tiempos incomprensibles de prisas, de negativa al análisis profundo y al debate sereno de cualquier cuestión. Somos miembros de una sociedad en la que ―frente a como se pensaba en otras épocas― parece concedérsele más valor a la imagen que a la palabra. Lo vemos en el hecho de que se soporta mejor un breve suelto periodístico que un reportaje profundo; y mejor la versión cinematográfica de una historia que su desarrollo en forma de libro. Es la inmediatez lo que prima, aunque eso entorpezca el análisis. En este caso, la inmediatez de la imagen sobre la lectura pausada del libro. Quizá por eso se elogie la fotografía como auténtico reflejo de la realidad.

            Sin embargo, no nos paramos a pensar en lo que decía Susan Sontag: «Que las fotografías sean a menudo elogiadas por su veracidad, su honradez, indica que la mayor parte de las fotografías, desde luego, no son veraces». No sé qué opinión tendrán al respecto mis amigos, magníficos fotógrafos, José Ramón San José y Paco Martín Cobos. Como filólogo ―le confieso a mi amigo― valoro más la palabra, sin que esto signifique menosprecio de la imagen, pues no solo me gusta la fotografía, sino que no niego la fuerza significativa que tienen las señales icónicas. Cuando vamos conduciendo, un círculo rojo con una banda horizontal blanca actúa sobre nuestro cerebro ―para nuestro bien― con mayor rapidez que un letrero donde se leyese «Tiene usted prohibido el paso por este lugar».

            No obstante, la imagen puede resultar si no engañosa, sí al menos confusa por no reflejar la totalidad de lo representado. Valga de ejemplo la polémica en torno a la fotografía de Robert Capa Muerte de un miliciano, imagen icónica de nuestra guerra civil. Richard Whelan, experto estudioso de Capa dice sobre ella: «Me he enfrentado al dilema de tratar con una fotografía que se cree que es verdadera, pero sobre la que no se puede estar seguro de que sea un documento veraz».

            Cuando leemos el Quijote, descubrimos pronto que la mayoría de las aventuras del caballero responden a un proceso semejante: algo, en principio, aparece; ese algo inicialmente indefinido parece ser una cosa; finalmente, la mente convierte lo que parece en algo que no tiene por qué coincidir con la realidad. O sea: aparecer, parecer, ser. La mente de don Quijote trabaja coaccionada por una literatura cuyos contenidos él confunde con la realidad. ¿Pero quién puede negar que su mente, su imaginación, es lo que lo empuja a interpretar aquello que ve de manera distinta a como lo interpretan otros? Aunque luego vengan los Sanchos insistiendo en que ya nos habían avisado de nuestro error.

            Vuelvo con Zalabardo, primero, a lo de la imagen y las palabras. El origen de esa sentencia se señala en una frase de Henrik Ibsen que luego se fue transformando: Mil palabras no dejan la misma impresión profunda que una sola acción. Eso fue lo que dijo el poeta y dramaturgo noruego. En 1911, en un reportaje del periódico The Post-Standard, publicado en el área metropolitana de Syracuse, Nueva York, se leía: Usa una imagen. Vale más que mil palabras. Y, en 1913, un concesionario de automóviles de una ciudad estadounidense se promocionaba con la frase Una mirada vale más que mil palabras. Álex Grijelmo, en su artículo Más que mil palabras, publicado el pasado mes de enero, desvela que fue un publicista americano Fred R. Barnard quien, para teñir de prestigio la frase, se inventó que Una imagen vale más que mil palabras era una máxima que había pronunciado Confucio.


            Y tras aclarar esto, nos centramos Zalabardo y yo en el tema con que se inició este apunte, la conversión en cine de determinadas obras. Aunque siempre existirá la polémica de si es mejor el libro que la película que en él se inspira, le propongo a mi amigo otra pregunta: ¿es susceptible todo libro de ser convertido en película? Pienso en películas que proceden de una obra literaria y recuerdo algunas que me parecen admirables por fieles y respetuosas con el texto original. Se podrían citar bastantes, pero pienso, así de pronto, en Matar a un ruiseñor, La naranja mecánica, Los santos inocentes o Doctor Zhivago.

            Pero, le digo a mi amigo, no puedo imaginarme el Quijote hecho película sin que se corra el riesgo de que el resultado sea una caricatura ridícula o una visión incompleta. ¿Cómo puede recrear una película esos pensamientos de un don Quijote arrojado a un mundo que no entiende y que desea mejorar, frente a la incomprensión de cuantos lo rodean? ¿Cómo se refleja en la película el sentimiento de quien dice a don Álvaro Tarfe: «Yo no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo»? ¿O el espíritu que anima al caballero cuando ante los sorprendidos pastores pronuncia su discurso sobre la edad de oro?

            Del mismo modo, me parecen difíciles de llevar al cine ―no quiero decir que imposibles― Pedro Páramo o Cien años de soledad. De la primera, puedo decir que me ha decepcionado. De la segunda, valoro la realización, las imágenes que, sin embargo, necesitan de una voz en off que pronuncia frases del texto para hacer comprensible lo que vemos. Pero soy de la opinión de que, en estas novelas, tan importante es lo que se cuenta como la forma en que se cuenta, es decir, las palabras. La imagen de Pedro Páramo es simple, pero las palabras que nos cuentan su historia son múltiples y mágicas. ¿Cómo trasladarlas a la pantalla? ¿Cómo conseguir que veamos el interior del protagonista cuando entra en una Comala silenciosa y piensa en lo que ha visto en otros lugares, palomas que rompen el aire quieto y el revolotear de gritos de niños que parecen teñirse de azul en el cielo del atardecer? ¿Cómo trasladar a la pantalla, en Cien años de soledad, la decepción de Aureliano Babilonia cuando comenzó a conocer su propio origen leyendo los escritos en sánscrito de Melquiades: «Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces»?

 


           El Quijote, como Pedro Páramo, como Cien años de soledad, son novelas para ser leídas, cascadas de palabras, mil y más, que te enganchan y que no hay imagen capaz de ofrecértelas con la magia que tienen en la letra impresa. Lo contemplado en la serie sobre la obra de García Márquez ―le digo a Zalabardo― choca con la imagen interior que yo tenía del texto leído. Y es que la literatura concede al lector la oportunidad de dejar volar su imaginación. La serie de que hablamos, en cambio, anula esa capacidad imaginativa e impide que conozcamos toda la carga de símbolos y poesía que la novela tiene.

sábado, diciembre 14, 2024

ABUNDIO Y COMPAÑÍA

 

Hay nombres ―reales o ficticios― que el pueblo y las tradiciones han convertido en símbolo y resumen de la ingenuidad, medida del tiempo, la falta de inteligencia, la fealdad, la gula…: Abundio, Maricastaña, el Tato, Picio, Pichote, la Bernarda. A nadie le resultará complicado añadir otros, puesto que son muchos los que hay.

        Hablando con Zalabardo, le cito a un tal Bertrand Ndongo ―que milita en el ultraderechista VOX y fue asesor de Rocío Monasterio― a quien se le puede aplicar perfectamente lo de ser más tonto que Abundio, personaje que simboliza la torpeza y la falta de inteligencia por sus incoherentes actuaciones. De Abundio se dice, por ejemplo, que vendió su coche para comprar gasolina, o que fue a vendimiar y se llevó uvas de postre, o que en una carrera en la que corría solo llegó segundo.

            Lo de Ndongo no lo digo por su afiliación política, pues cada uno es libre de meterse en el berenjenal que desee. Lo digo porque ―lenguaraz en las redes sociales― siendo de origen camerunés y habiendo entrado en España como inmigrante, es furibundo enemigo ―como su partido― de la inmigración; siendo de piel negra, no condenó a los racistas que insultaron a Niko Williams por el color de su piel, sino al futbolista «por pretender amoldarse a costumbres de los blancos»; disculpaba a Dani Alves, acusado de violación, culpando a las mujeres por su forma de vestir. Todo eso bastaría para calificarlo de ser peor que Abundio. Pero, ahora, se lanza a criticar al Gobierno de la nación burlándose en Twitter de una actriz cómica, Lalachús, por ser gorda. O sea, es inmigrante antiemigración, negro racista contra los negros, justificador de las violaciones y, para colmo, machista y gordofóbico. Vamos, que Abundio al lado de Ndongo es una eminencia.

        Ya puestos, mi amigo y yo repasamos cuál pueda ser la raíz de esos dichos que protagonizan Picio, Abundio, Pichote y otros. ¿Fueron personajes reales o son fruto de la imaginación popular? Sobre Abundio circulan varias versiones. Se habla de un san Abundio, mártir, presbítero cordobés que, en un periodo en que el Islam confraternizaba con el Cristianismo, él acudía cada día ante la puerta del cadí despotricando contra Alá y el Islam. El cadí, que observó que Abundio era hombre de pocas entendederas, lo conminó hasta once veces a deponer su actitud. Pero Abundio no se avino a razones. Finalmente, fue apresado y condenado a muerte. Otra versión nos lo presenta como mozo de un cortijo a quien enviaron a comprar unos dulces, bolados, hechos a base de azúcar y, a la vuelta, para protegerlos del calor, los iba metiendo en el agua de un río. Y aún hay una versión más «histórica»: la que habla de un capitán de fragata, Abundio Martínez de Soria, que, durante la guerra hispano-norteamericana de 1898, en la batalla naval de Cavite, ya perdida y retirados los pocos barcos españoles que se libraron del desastre, cometió la absurda heroicidad de dirigir el suyo contra los americanos, que lo hundieron con suma facilidad.



        A Pichote, el nombre, lo recuerdo de mi juventud. Solíamos muchos alumnos del instituto, para reforzar nuestros conocimientos de matemáticas, acudir a una academia. Su director, Cuevas, solía decirnos a veces: «Eres más tonto que Pichote, que se bañaba en un lebrillo y ponía al lado un martillo por si veía peligro de ahogarse». Más tarde, supe que Pichote fue un gánster, Gennaio Spummarolo, il Picciotto (el muchachito), miembro de una banda opuesta a Al Capone. Un día, le tendieron una trampa dándole un soplo sobre dónde podría acabar con el famoso gánster. Ingenuamente, creyó lo que le decían y fue él quien pereció en la emboscada.

        ¿Y quién no ha dicho que algo parece el coño de la Bernarda para referirse a la falta organización y existencia de desorden? Pues bien, parece que la Bernarda era una curandera granadina que andaba de un lugar para otro ejerciendo sus artes y en cuya casa entraba y salía mucha gente, creando un gran desconcierto. ¿Qué técnicas curativas usaba la Bernarda? Rezar unas oraciones que se inventaba y tocar los genitales de sus pacientes.

En El casamiento engañoso, de Miguel de Cervantes, leemos cómo el soldado Campuzano relata a su amigo el licenciado Peralta que, estando en un hospital de Valladolid curándose de unas fiebres, vio conversar a los pies de su cama dos perros. El licenciado le replica: «¡Cuerpo de mí! ¡Si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, o el de Isopo, cuando departía el gallo con la zorra y unos animales con otros!» Esta Maricastaña se cita cuando alguien desea referirse a tiempos muy antiguos. Y he aquí que José Godoy Alcántara ―lo cuenta José María Iribarren en El porqué de los dichos―, nos dice que Mari-Castaña era una tal María Castaño que, en el siglo XIV, junto con su marido y otros parientes, se negaron a pagar unos tributos exigidos por el obispo de Lugo, aunque se redimiría de su pecado donando más tarde una elevada cantidad de dinero a la Iglesia.

        ¿Y quién es ese Quico del que todos nos acordamos cuando comemos más de lo razonable? También, como en todos estos casos ―le digo a Zalabardo―, hay versiones diferentes. Una dice que Manuel Fernández Doña, pregonero de Aznalcázar, pueblo sevillano. Se cuenta que en 1940, para celebrar el Corpus, el Ayuntamiento organizó una mariscada a la que invitó a todas las autoridades y a cuatro empleados del municipio, entre ellos a Fernández Doña, apodado el Quico. Este hombre se puso a comer gambas hasta reventar. Estuvo desaparecido varios días y al final lo encontraron en las afueras, bajo un puente y presa de alta fiebre. Pero otros, entre quienes hay que contar a la filóloga de la Universidad de Oviedo María Prieto, sostienen que este Quico es un personaje popular muy anterior, que aparece en varios cuentos. Entre ellos, uno recogido por José Antonio Sánchez Pérez en Cien cuentos populares españoles. También Francisco Pérez Abellán publicó en 2010 El hombre lobo y otras bestias, entre cuyos relatos recoge el de un bandido catalán, Francisco Sabater Llopart, Quico, que se dedicó a robar bancos. De ahí ―dice este autor― viene lo de ponerse como el Quico, harto de robar dinero.



        Como esto podría ser el cuento de nunca acabar, le sugiero a Zalabardo que terminemos con el origen de No estuvo ni el Tato, con que aludimos a una reunión a la que nadie asiste. Aquí parece haber más realidad. En el siglo XIX vivió un torero, Antonio Sánchez, el Tato (1831-1895), sevillano, cuyas estocadas al volapié se hicieron célebres. Incluso, tras una grave cogida en que perdió la pierna, siguió toreando con una ortopédica. Alcanzó tal popularidad que apenas si había espectáculo taurino en cuyo cartel no apareciese, ni fiesta que se preciase a la que él no acudiese. Por eso, si una reunión resultaba desangelada, se decía que a ella no había ido ni el Tato.

sábado, diciembre 07, 2024

DEL ‘ME GUSTA LA FRUTA’ AL CARAPAPA…

 


Me cuenta Zalabardo que le preguntaron hace días qué es ser un tonto del culo y que él no está seguro de que tal expresión tenga por necesidad que entenderse como un insulto. Su pregunta nos lleva a plantearnos lo que en realidad sea un insulto. Leemos en el DLE que insultar es ‘ofender, provocar a otra persona irritándolo mediante palabras o frases’. Es una forma de menosprecio hacia quien se dirige. Le digo que, aceptado esto, podemos establecer una escala bien variada. Así, cuando alguien espeta a otro que le gusta la fruta con intención ofensiva, aunque disimulando decir otra cosa, solo muestra un pijerío pueril y una mentalidad próxima a la ridiculez. En el otro polo, si en una discusión alguien acusa a su contrincante de ser el chivato del módulo (esta historia me la contó hace unos días mi amiga Elena Picón ―referida a un personaje marginal, el Churumbel de Málaga―), se puede entender que se le está arrojando todo el veneno de que uno es capaz.

            Pero, le digo a Zalabardo, hay palabras y expresiones que se encuentran en unos límites que no dejan entrever si son en realidad ofensivas o, por el contrario, hasta pueden ser manifestación de cariño. O sea, que son insultos menores, pecadillos algo menos que veniales. Pero es que, además, algunos no reflejan tanto una calificación del otro, sino la impresión que en nosotros deja la observación de un comportamiento o modo de ser de otra persona.

            Por ejemplo, ¿qué es un malafollá granadino? Hay una historia que pretende ser origen de la expresión. Se cuenta que un herrero del Sacromonte tenía un hijo que no sabía manejar correctamente el fuelle que da aire para alimentar el fuego. Entonces, el padre decía de él que no sabía follar (soplar). Y a todo el que lo quisiera oír decía que su hijo tenía muy malafollá. Y el término se extendió como equivalente a malage, malasombra y cosas así. Pero José García Ladrón de Guevara, sostiene en un libro sobre el tema que la malafollá granadina no supone ni mala educación, ni mal carácter, ni desatención, sino que es «una suerte de mala hostia gratuita que los granadinos repartimos sin ton ni son». Viene a resumir que es una idiosincrasia granadina que los diferencia del resto de los andaluces y que no siempre es bien entendida.


            Frente a los malafollás, el vaina es un irresponsable, un engreído. Según el diccionario Clave, es «quien fastidia a otros por gusto propio». Aunque vaina puede significar también «cualquier cosa», como en menuda vaina me ha sucedido. A su lado pondríamos al tonto de capirote. Es esta una expresión no bien entendida, aunque la consulta al diccionario de Covarrubias nos la aclara. El capirote, dice, es «cobertura de la cabeza, bonete con borlas que se ponen los doctores en los actos públicos o los colegiales». Por lo tanto, un tonto de capirote es una persona vanidosa, un ensoberbecido que presume de saber más de lo que en realidad conoce. Y en el grado más bajo colocaríamos al sieso, palabra que la Academia recoge como ‘ano, con la parte inferior del intestino recto’. No obstante, Alcalá Venceslada afirma que un sieso es una «persona inaguantable, molesta e incluso despreciable». Y si decimos que es un sieso manío ―le aclaro a Zalabardo―, mejor no decir más.

            Ya en el terreno de los que no podríamos llamar propiamente insultos, pues encierran unas dosis de cariño y suelen dedicarse más a personas a las que uno conoce y aprecia, podríamos citar al tontolaba, al papafrita, al tontolculo y al carapapa. Los cuatro reflejan cierto nivel de ingenuidad que poco tiene que ver con la ignorancia o con la debilidad mental. El tontolaba es el que tiene mayor historia detrás. Suele decirse que la expresión, tonto del haba, señalaba en un tiempo a quien, en el reparto del roscón de reyes le tocaba el haba seca, pues eso señalaba que debería ser él quien pagase el precio del roscón, por lo que era diana de las burlas de todos los demás. También se dice que, en tiempos más antiguos, era la persona a la que sacaba de una cesta que contenía bolas diversas, el haba que designaba a quien haría el papel de rey de la fiesta, tonto del haba, que debería soportar todas las bromas.



            Sobre los demás no tengo ―me justifico ante mi amigo― mucha información. El tontolculo, tonto del culo, no es en modo alguno un bruto ignorante, sino un melindroso que se deja arrastrar por prejuicios de toda clase, un apegado en exceso a lo políticamente correcto; o sea, quien es remilgado desde la cabeza hasta el culo. El papafrita ―término que no acabo de entender por qué se marca como americanismo― es una persona ingenua, confiada, poco perspicaz, de quien otros se aprovechan. Y el carapapa ―para mí― es el menos ofensivo de todos. Conocí la palabra aquí en Málaga y siempre observé que se utilizaba para señalar a «cualquiera cuyo nombre no se menciona», aunque sea el mejor amigo que uno tenga; el carapapa este no me deja tranquilo, se puede oír, lo mismo que, ¡Oye, carapapa! Recuerdo ―le digo a Zalabardo― que yo acostumbraba a decir a mis alumnos: No os dejéis engañar por el primer carapapa que pase, es decir, por cualquiera.

sábado, noviembre 30, 2024

LA AMISTAD Y LAS REDES SOCIALES



«¿Cuántos amigos es posible reunir?», le pregunto a Zalabardo, que, captando la ironía de mi pregunta, me responde con el mismo tono: «¿A cuántos amigos es posible soportar?». Hablábamos del auge de las redes sociales y del ansia de muchas personas por «coleccionar» el mayor número posible se «amigos» y seguidores, y de acumular ingentes cantidades de «me gusta».

            Le confieso a mi amigo ―este sí― mi desapego creciente hacia el turbio camino que van tomando las redes sociales ―solo me muevo, y sin exceso, dentro de Facebook y de WhatsApp, pero cada día me cansan más― y mi decisión de no aceptar la mayoría de solicitudes de «amistad» que me llegan, porque proceden de personas con las que nada me une, así como mi intención de ir borrando de la lista de estos «amigos virtuales» a bastantes de los que hasta ahora tenía, por la misma razón. La amistad ―le digo a Zalabardo― es algo tan serio e importante que no debemos frivolizarla por la sola ansia de presumir en las redes.

            Decía Michel de Montaigne en uno de sus ensayos ―titulado precisamente De la amistad―: «Parece que a nada nos conduce tanto la naturaleza como al trato social». Refrendaba así lo que Aristóteles ―muchos siglos antes― había afirmado: «el hombre es un ser social por naturaleza». Si en ese trato surgen relaciones de carácter más intenso y profundo, llegaremos a la noción de «amistad». Es Montaigne quien, en el mismo ensayo, lo dice: «Lo que generalmente llamamos amigos y amistad no son más que vinculaciones logradas a base de algún interés, o por azar, por medios de las cuales nuestras almas se relacionan entre ellas». Y también, algo que es muy importante: «La amistad se disfruta proporcionalmente a como se desea; no se alimenta ni crece sino en la medida que se disfruta».

            Si reflexionamos sobre lo anterior, descubriremos que hay demasiadas vinculaciones que no proporcionan disfrute alguno. ¿Es de verdad posible, entonces, que alguien tenga tres mil amigos? ¿Quién tiene, de verdad, tantos? Me pongo a pensar y me digo que así, contando por encima, quizá yo no llegue a tener ni veinte. Tengo compañeros, conocidos ―todos, personas muy de mi aprecio―. Pero esa relación de la que habla Montaigne, ¿con cuántos la tengo y gozo? Con muy pocos. Las redes han pervertido el sentido de la «amistad» en muchos casos.

            Escribe Yuval Noah Harari en su último libro, Nexus, que los «Homo sapiens no conquistamos el mundo porque poseamos talento para transformar la información […, que] el secreto de nuestro éxito reside en que hemos desarrollado la capacidad de conectar masas de individuos a través del uso de la información». Es decir, que fuimos capaces de crear vinculaciones, o sea, redes. Y no solo eso ―continúa diciendo― sino que «los sapiens no tenían que conocer a los demás en persona; solo tenían que conocer el mismo relato», es decir, que no tenemos que ser amigos; basta con coincidir en una idea ―política, religiosa, laboral, de aficiones…―. «Las redes de información humana no pueden verse como una marcha triunfal del progreso […, pues] una red puede acaparar mucho poder pero usarlo de manera poco prudente». Podría parecer que Harari desconfía de las redes; si leemos despacio su libro, veremos que su desconfianza apunta al mal uso que de ellas se hace.

            «Según lo que dices» ―me interpela Zalabardo― «las vinculaciones de que hablaba Montaigne y la conexión que cita Harari vienen a ser algo semejante». Le digo que es así, con la diferencia de que el primero hablaba de la amistad y el segundo de lo que modernamente llamamos redes sociales, plataformas digitales formadas por conjuntos de individuos ―o de organizaciones― y conjuntos de relaciones entre ellos.



            Aunque estas redes han conocido su éxito gracias a la aparición de internet, la verdad es que redes han existido desde el principio de la humanidad, desde que dos o más individuos se coordinaban para una actividad cualquiera. Pero la expresión red social apareció hacia 1930, cuando en psicología se comenzó a hablar de sociogramas. Le cuento a Zalabardo que, en los años 80, en el instituto, trabajé con un compañero, Antonio Huertas Moreno ―admirado y apreciado amigo al que no olvido pese a las muchas cosas en las que no coincidíamos, o quizá por eso― en un proyecto que llamamos Gabinete psicopedagógico, sin saber que nos anticipábamos a los Departamentos de orientación que luego, en 1990, impulsaría la LOGSE―. Allí, entre otras actividades ―técnicas de estudio, atención a la diversidad, orientación laboral…―, aplicamos el estudio de redes para analizar el juego de relaciones en cada grupo. Localizábamos los liderazgos, las afinidades y los rechazos, las exclusiones… No era en principio nuestro objetivo, pero eso nos ayudó a prevenir posibles situaciones de acoso.

            Ya avisa Harari de que en estas redes sociales los individuos que participan no necesitan conocerse personalmente. Por eso, si hablamos de «amistad», esta será solo virtual, nunca real. Los primeros PC ―ZX Spectrum, Atari, Amstrad…― aparecieron por aquellos años 80, aunque con ellos se jugaba más que se trabajaba y no permitían interaccionar. En 1985 apareció el revolucionario Windows y para 2001 ya quedó desterrado como sistema operativo MS DOS (tampoco olvido aquellas sesiones en las que otro compañero y amigo, Carlos Rodríguez, puso todo su empeño para introducirnos en su conocimiento. Poco después llegarían Windows NT, Windows XP… Y en 1991, con la extensión de internet, se abrió la puerta para las actuales redes sociales: Facebook (2004), YouTube (2005), Twitter (2006), WhatsApp (2009), Instagram (2010)… Con sus luces y con sus sombras.



            Porque es innegable que las redes sociales son un instrumento de gran valor: son medios rápidos para comunicarse y compartir informaciones y opiniones, permiten establecer contactos casi imposibles de otra manera, difunden informaciones, sirven de entretenimiento… Pero también presentan una cara fea y negativa: han permitido la aparición de un ciberacoso anónimo, funcionan como anzuelo del que se aprovechan los pederastas, facilitan el acceso indiscriminado a contenidos sensibles, crean adicción y pérdida de contacto con el mundo real. Y, como vemos cada día más, se han convertido en canal valiosísimo para la desinformación y la difusión de bulos y mentiras.

            ¿Qué es lo que falla? ¿Cómo algo que, sí, podría significar el triunfo del progreso nos hace torcer el gesto? Le digo a Zalabardo que, en mi opinión, si algo que podría ser puente de unión entre las personas se convierte en generador de conflictos y desunión, es porque falta la suficiente atención en la formación de usuarios. La rapidez con que todo avanza en nuestro tiempo nos ha hecho olvidar este aspecto tan importante.

sábado, noviembre 23, 2024

DEFENSA DEL IDIOMA

 


El pasado día 18, los medios repetían casi de manera unánime: «Mazón cesa a Nuria Montes». Y dos días después, el 20, el titular que se repetía era «Mazón cesa a Salomé Pradas». Recuerdo ―le digo a Zalabardo― la anécdota que, en 1991, contaba Fernando Lázaro Carreter en uno de los artículos recogidos en El dardo en la palabra. Meses antes de celebrarse la Expo sevillana del 92, Jesús Aguirre, duque de Alba, Comisario del Pabellón de Sevilla en dicha Muestra, publicó un escrito en el que acusaba al alcalde Alejandro Rojas Marcos de «una lamentable falta de conocimiento de la cultura». El alcalde ―como es de suponer― no se tomó nada bien tal descalificación y citó al duque en su despacho Y le preguntó quién era el responsable de aquel comunicado. «Yo, de la cruz a la fecha», respondió Aguirre. Al día siguiente, convocada una rueda de prensa en la alcaldía, presentes ambos, Rojas Marcos declaró: «He cesado a Jesús Aguirre por ser responsable de un comunicado crítico hacia la gestión municipal». El duque, sonriente, apostilló de forma inmediata: «Me permito una licencia académica; no me siento cesado porque cesar es un verbo intransitivo, pero sí destituido».

            Le cuento a Zalabardo esta anécdota porque la evolución de cesar sirve para explicar algunas cosas. Por un lado, que los cambios en la lengua son parte de un proceso que no tiene nada de extraño. Por otro lado, que la manera en que se imponen algunos cambios pueden provocar un empobrecimiento del idioma. En latín, cessare, verbo del que procede cesar, ya era intransitivo y significaba ‘parar’, ‘interrumpir’. Sebastián de Covarrubias ya lo recogía en su Tesoro de la lengua castellana o española de 1611 con el significado de ‘parar, dejar de continuar alguna cosa’. En el diccionario académico no aparece hasta 1780: ‘Suspenderse o acabarse una cosa’. Se dice que cesa la lluvia o que alguien cesa en sus intentos de hallar algo. Así se mantiene hasta la edición de 1914, en la que, junto a la definición anterior, se recoge ‘Dejar de desempeñar un empleo o cargo’. En este sentido, debe entenderse que se deja el cargo por haber finalizado el plazo para el que se fue nombrado: Cumplido su mandato, cesa en el cargo el alcalde. Si ese alcalde renuncia a su puesto, por la razón que sea, por propia voluntad y antes de cumplir el mandato para el que fue elegido, se entiende que dimite. Y si una autoridad superior lo obliga a esa renuncia, corresponde decir que ha sido destituido.



            Sin embargo, en 2009, la Nueva Gramática de la Lengua Española ―34.6i― señala: «Muchos verbos intransitivos adquieren progresivamente usos transitivos causativos […] En el lenguaje periodístico de muchos países se ha extendido en los últimos años la variante transitiva cesar (‘hacer que cese’). Aunque este uso no se tiene por incorrecto, se considera preferible su equivalente destituir». Y la Fundación para el Español Urgente, que en 2009 consideraba inconveniente usar cesar como sinónimo de destituir, en 2014 afirma que no es error emplear cesar con el valor de destituir. Si nos paramos a consultar la edición vigente del Diccionario de la Lengua Española, en su cuarta acepción leemos que cesar significa destituir o depurar. Es decir, un mal uso de este verbo por parte de la prensa ha sigo el origen de un cambio por el que un verbo ha asumido significados propios de otros verbos.

             Le decía a Zalabardo que el repaso de la evolución de una palabra, aparte de informarnos sobre los cambios que tienen lugar a través del tiempo, puede demostrarnos los peligros que a veces acarrean tales cambios. En este caso, la extensión abusiva de cesar debería abrirnos los ojos sobre el empobrecimiento léxico acaecido. Si comenzaba recordando la anécdota contada por un maestro, quiero recordar ahora las palabras de otro, Manuel Alvar, de quien me siento orgulloso por haber sido alumno suyo en la Universidad de Granada. Solía decirnos: «Hemos recibido una lengua muy rica; si no podemos transmitirla a las siguientes generaciones mejorada, nuestra responsabilidad es no legarla empobrecida».

            Con la excesiva reiteración de cesar hemos olvidado que la remoción de una persona de su cargo puede expresarse no solo mediante destituir, sino también sustituir, suspender, deponer, separar, expulsar, relevar, echar… Leía en algún lugar que destituir se considera un término denigrante para quien se le aplica y que, por eso, ahora no se destituye a nadie, sino que se le cesa. Lo malo es que no queda ahí la cosa. Cesar parece haber expulsado también de nuestro léxico términos como dimitir, renunciar o declinar. Se dice con frecuencia que en nuestro país no hay quien dimita. Si acaso nos encontramos con alguien que tiene la decencia de admitir sus errores en un cargo, no es raro oírlo declarar que cesa por propia voluntad.

            O sea, que cesar se ha apoderado de un campo muy amplio, pues vale para ‘dejar un puesto por haber cumplido su ciclo’, para ‘ser obligado por una autoridad superior a dejarlo por incompetencia’ e, incluso, para ‘renunciar por el reconocimiento de una nefasta actuación o porque alguna fuerza mayor le impele a ello’. Anulamos, pues, la mucha diferencia existente entre cesar, destituir y dimitir. Mezclar todo ello en el mismo saco supone un empobrecimiento de nuestro léxico.



            Álex Grijelmo, en su Defensa apasionada del idioma español ―de él tomo el título de este apunte― dice en una de las primeras páginas de su libro: «Quien no comprende la estructura del lenguaje, la más sencilla de todas las estructuras posibles, difícilmente aprehenderá cualquier otra lógica de la comunicación; y quien no repara en cómo dice las ideas olvidará incluso las ideas mismas». Y ya en las últimas páginas afirma: «Este idioma rico, culto, preciso y extenso corre ciertos peligros que sus propios dueños deberemos conjurar, y a fe que lo conseguiremos si se da una sola condición: la consciencia del problema».

            Le comento a Zalabardo que, por desgracia, hay muchos que no tienen esa consciencia. Se lo digo porque, ya terminado este apunte, leo en El País una noticia de sucesos en la que se escribe: Diez policías tuvieron que ser ingresados, una de ellos con heridas graves en la UCI, aunque al día siguiente pudo pasar a planta. Mi amigo y yo hemos estado un buen rato intentado encontrar en qué parte de nuestro cuerpo tenemos la uci. ¿No se podría haber cuidado un poco la redacción de ese párrafo para evitar la confusión entre la dependencia en que fue ingresada la agente y la zona de su cuerpo en que sufrió las heridas?

sábado, noviembre 16, 2024

COMO CHUPA DE DÓMINE

 


Que la lengua es cambio y evolución es algo muy repetido aquí, aunque no es idea mía ni, por supuesto, nueva. Van a pensar ―le comento a Zalabardo― que somos muy pesados por tanto insistir en ello. Pero es que la lengua, como todas las cosas de este mundo está sujeta ―aparte de a otros muchos factores― a las modas. La moda, si atendemos a cómo la define la RAE es una costumbre que está en boga durante un tiempo o, también, un gusto colectivo y cambiante.

            Si queremos decir que algo nos gusta bastante no vale solo decir de ello que es muy bueno; podemos decir que es el summum, que mola mazo, que es lo más de lo más, que no es muy bueno, sino lo siguiente, que está guapo… La manera de decirlo va con los tiempos. Algunas modas son efímeras. En cualquier caso, las razones de estos cambios son muchas veces difíciles de explicar.

            De la fuerza de la costumbre en la evolución de la lengua dejó constancia Juan de Valdés, que vivió en la primera mitad del siglo XVI, cuando en su Diálogo de la lengua dice a sus interlocutores: «…aunque para muchas cosas tenemos vocablos latinos, el uso nos ha hecho tener por mejores los arábigos…y de aquí que decimos antes alfombra que tapete, y tenemos por mejor vocablo alcrebite que piedra sufre, y aceite que óleo…». En el siglo XVIII, Benito Jerónimo Feijóo escribía: «Siempre la moda fue la moda. Quiero decir que siempre el mundo fue inclinado a los nuevos usos. Esto lo lleva de suyo la misma naturaleza. Todo lo viejo fastidia». Y recordemos que mucho antes, en el siglo II de nuestra era, el emperador Marco Aurelio dejó escrito: «Las palabras de moda de antaño han quedado en el olvido». De ello da prueba que ese término alcrebite que citaba Valdés fue rechazado y el uso recuperó el antiguo azufre.

            Puesto que muy frecuentemente tendemos a asociar la palabra moda con la vestimenta ―tal vez de manera inconsciente, ya que la moda existe en arquitectura, en pintura, en música, en literatura, en gastronomía…, en todos los aspectos de nuestras vidas y costumbres―, Zalabardo y yo recordamos la época en que vestíamos niquis y no polos, como hoy se dice; también nuestras madres nos abrigaban con prendas que llamábamos saquitos y que son los modernos jerseys. En esa línea, han desaparecido las sayas, los miriñaques, los jubones… Y, como digo, estas desapariciones ―por moda o por la razón que sea― se ven acompañadas de otras que nada tienen que ver con el vestir. Difícilmente se oye hablar de alcabala, ‘impuesto’, cilla, ‘despensa’, alcuza, ‘recipiente para aceite’; se extiende el empleo de pareja, que desplaza a novio o a esposa; también ocultamos el adjetivo craso, ‘grave, inexcusable’, y apenas se oye calavera para calificar al juerguista disipado…


            Sucede, sin embargo, que algunas palabras se quedan como atascadas. Tendrían que haberse ido por el sumidero del olvido, pero permanecen fosilizadas en el habla sin que nada ni nadie las condene de manera definitiva, sin que haya moda que atine a desplazarlas. Puede que no sepamos qué sea un chuzo, ‘palo con un hierro en su extremo, pica’, pero seguimos diciendo que han caído chuzos de punta cuando llueve demasiado fuerte. Y, si reprenden a alguien con dureza, o lo critican con saña, decimos que lo han puesto como chupa de dómine, cuando es muy posible que no sepamos ni qué sea la chupa ni qué es un dómine.

            Volvemos aquí a la vestimenta. Zalabardo me dice que a nadie se le oculta que una chupa es una cazadora, una chaquetilla corta, especialmente si es de cuero y del estilo a las que usan los motoristas, roqueros y grupos así. Pero eso es ahora, pues el dicho y la palabra son muy anteriores. La chupa es una prenda muy antigua. Joan Corominas nos dice que debió entrar en nuestra lengua a comienzos del siglo XVIII procedente del francés jupe. Pero podría discutirse esa afirmación, ya que en el árabe andalusí existía ḡubbah, especie de túnica amplia, con mangas, que se ponía sobre la ropa habitual para protegerla y de la que era posible desprenderse fácilmente. Eso era la chupa, prenda semejante a una sotana, a un guardapolvo o a un sobretodo. De la palabra árabe salieron las castellanas aljuba y jubón, entre otras. Y el jupe francés, por supuesto. Pero por unos cambios fonéticos que aquí están de sobra, la palabra originaria árabe también derivó hacia la casaca. Y jupe acabó designando lo que nosotros llamamos falda. La casaca, no olvidemos, siempre ha sido más elegante que la chupa.



            Miremos ahora ―le sugiero a Zalabardo― hacia el dómine. Vocativo del latín dominus, ‘señor’, dómine era la palabra con que los niños llamaban al maestro que les enseñaba las primeras letras latinas. Este dómine, por lo general, era persona humilde y económicamente carente de recursos. Eso le imposibilitaba lucir una vestimenta más cuidada. Su sobretodo, sotana o guardapolvo ―es decir, su chupa― solía estar sucia, manchada de tinta, grasa y llena de remiendos y él presentar un aspecto andrajoso. Le pido a mi amigo que piense en el dómine Cabra que aparece en El Buscón, de Quevedo. De su sotana ―que sería su chupa― se dice que algunos afirmaban ser milagrosa, por no saberse su color. Y que, de tan raída y sin pelo, se podía afirmar que era de cuero de rana e incluso pura ilusión.

            Por eso, denigrar a alguien, hablar mal de él, reprender sus maneras de ser, equivalía a ponerlo al mismo nivel que la vestimenta de aquellos maestros, ponerlos como chupa de dómine, es decir, puerquísimos. Quizá esto explique que, al tratar de esta expresión, el DEL la equipare a poner a alguien como un trapo, es decir, dirigirle palabras ofensivas o enojosas, porque un trapo sucio y raído es lo único que se ve en él.

sábado, noviembre 09, 2024

TRAGEDIAS, DESINFORMACIÓN Y MARCO AURELIO

Da la impresión ―me comenta consternado Zalabardo― que en la tragedia que ha azotado Valencia ―sin olvidar Castilla-LaMancha ni otras zonas de Andalucía, donde también la normalidad aún tardará en recuperarse― lo más desatendido, pese a los esfuerzos por dar a entender otra cosa, han sido las víctimas. Es lamentable y vergonzoso ―me dice― que tanto sufrimiento nos lo presenten algunos como espectáculo y otros como ocasión para medrar en pro de sus propios intereses o los de las instituciones a las que representan.

            Tratamos de analizar con frialdad la situación ―si es que resulta posible mantenerse impasible ante el padecimiento y la angustia de tan elevado número de personas― y llegamos a la conclusión de que lo que nos queda más a la vista es la fuerza que en nuestro tiempo alcanza la desinformación y el elevado número de ineptos ―por no emplear una palabra más dura― que ocupan puestos de responsabilidad en los organismos que rigen un territorio.

            Desinformar no es solo mentir; desinformar es, sobre todo, ofrecer a sabiendas una información sesgada con el indisimulado fin de conseguir unos beneficios espurios; o silenciar los hechos. Duele enfrentarse a tanta desinformación como ha rodeado la tragedia valenciana. Nexus, el reciente libro de Yuval Noah Harari, es un interesantísimo estudio, una sucinta historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA. Analizando el funcionamiento de las actuales redes (Facebook, X, You Tube, Instagram…) desvela que sus creadores se dieron cuenta pronto de que el algoritmo encargado de captar la atención de los usuarios «premia» los vídeos escandalosos, las mentiras, los bulos, haciéndolos más populares y aumentando su difusión entre los usuarios; en cambio, los mensaje moderados, más neutros u objetivos son «desatendidos» por el algoritmo y se difunden menos, con lo que tienen menor influencia y hacen que el usuario se implicase menos en su contenido. Sin embargo, no se avienen a corregir tal despropósito porque económicamente no compensa cambiar el sistema. Este libro no es una impresión de su autor, sino una argumentación amparada por una amplísima documentación de la que se da fiel cuenta.



            A Zalabardo y a mí, bastante ignorantes en esto de las nuevas tecnologías, nos cuesta entender qué es eso del algoritmo. Buscamos y leemos que es «un conjunto de instrucciones bien definidas que se incluyen en un sistema para que, partiendo de un estado inicial y un conjunto de valores, se llegue al objetivo perseguido». En el caso de las redes, que el mensaje ―sea un vídeo o una información― llegue al mayor número posible de usuarios. Un ejemplo de la tragedia de Valencia: Que una televisión diga que en un aparcamiento hay más de 700 coches atrapados bajo el agua y más de un centenar de cadáveres ―aunque tal información no esté verificada― llega a muchas personas que se implican y se sienten conmovidas hasta asumir que eso es verdad. La información se envía y reenvía sin cesar y son millones los receptores. Que, poco después, quienes trabajan en paliar los daños digan que en dicho aparcamiento no había más de cincuenta coches y no ha aparecido ni un solo cadáver tiene menos interés para el algoritmo, diseñado para dar más valor al bulo que a la verdad. Y debería asustarnos más lo que sigue diciendo Harari de que por ese camino se llega a un punto en que el algoritmo no solo impulsa noticias falsas, sino que es capaz de generar por sí mismo bulos y falsedades sin que en ello intervenga ninguna persona.



            En la tragedia de Valencia hay mucho de esto, de noticias falsas que las personas de buena fe acaban por creer «porque lo dice internet o porque se ha dicho en la televisión». Y, sobre todo los afectados ―que no solo han perdido sus bienes y sus casas, sino muchos de ellos a familiares―, se indignan con toda razón cuando les dicen que la culpa es de la Confederación Hidrográfica del Júcar o de la Aemet que no han declarado el estado de emergencia; o de que el ejército ha llegado tarde; o de que… Porque la gente de buena fe no tiene por qué saber que ni la Confederación ni Aemet pueden decretar ningún estado de emergencia, cuestión que es competencia de otras instancias o que el ejército no puede acudir en socorro de nadie si no es requerido para ello por quien tiene autoridad en el territorio afectado. Tendríamos que saber qué es eso del Estado de las Autonomías y cuáles son las competencias transferidas a estas. Basta haber leído la Constitución para saberlo.

            Hablábamos Zalabardo y yo del poder ―negativo― que tiene la desinformación; pero también de la ineptitud de muchos responsables de instituciones que tienen por misión servir a la comunidad. Indigna ver que, ante una catástrofe de la magnitud de la sufrida por Valencia, esos responsables ―mejor, irresponsables, pues quienes debían dar el aviso de emergencia incluso desconocían la existencia de ese sistema de aviso― se entreguen a la misión de cargar las culpas sobre adversarios políticos antes que a atender a los afectados. Ante una necesidad ―me dice Zalabardo― hay que acudir a remediar la necesidad, Ya habrá tiempo de buscar culpables, si los hubiera.



            Un emperador romano, Marco Aurelio (abril de 121- marzo de 180), que pasó a la historia como uno de los Cinco Buenos Emperadores, nos dejó un libro, Meditaciones, en que fue recogiendo sus pensamientos para que les sirvieran como guía de mejora personal. Zalabardo me muestra un ejemplar abierto por una de sus páginas, en que se puede leer algo interesante. La cita es larga, pero no me resisto a reproducirla: «Mantén siempre dos principios. Primero, actúa únicamente conforme a lo que la razón inherente al poder legítimo y judicial prescribe para el beneficio de la humanidad. Segundo, préstate a cambiar de opinión si alguien te corrige y te guía hacia una comprensión más justa. No obstante, ese cambio debe basarse siempre en una convicción de justicia o en el bien común, y no meramente en la búsqueda de popularidad». Por desgracia, abundan quienes se interesan más en su popularidad que en el bien común y faltan quienes estén dispuestos a admitir sus errores.

            Me comenta Zalabardo que tal vez no debamos exigir a quienes ocupan la responsabilidad de las instituciones que hayan leído a Marco Aurelio. Pero eso no impide que, antes de aceptar un cargo ―o de encomendárselo a alguien―, el elegido ―o el elector― reflexione sobre si es persona con la capacidad y conocimiento suficientes para ejercerlo. Y, una vez que se ocupa el cargo, es inmoral no anteponer el bien de los ciudadanos al propio. Si piensa más en sí misma, esa persona debería dedicarse a otra cosa.

sábado, noviembre 02, 2024

HABER ROPA TENDIDA

 


Leo un artículo de Raquel Peláez, Ropa tendida, en el que relaciona esta expresión con una novela del mismo título, cuyo autor es Óscar García Sierra y confieso a Zalabardo que me sorprende la explicación que la periodista da a la expresión: «’Tener ropa tendida’ se usa en ciertos círculos para avisar al que acaba de ir a un baño a meterse un tiro de que aún le quedan restos blancos de droguita en las fosas nasales y, si no lo remedia, todo el mundo se dará cuenta de que ha consumido una sustancia ilegal».

            Mientras preparo este apunte, me entero de que existe otra novela, esta de Eva Puyó, con el mismo título. Sinceramente, no conozco ninguna de las dos, ignoro sus argumentos y nunca oído la explicación que de tener ropa tendida ofrece la periodista. En cambio, sí conozco, pues es muy común y bastante antigua, la expresión haber ropa tendida, que significa una cosa muy diferente.

            Le digo a Zalabardo, que, por razones más o menos conocidas, se dan casos de utilizar expresiones que, o bien se emplean mal en su forma o bien se interpretan de manera equivocada. Por ejemplo, en algún lugar se oye que hacer un 3-14 es engañar a alguien desconocedor del tema de que se habla. Se dice tal cosa porque se relaciona erróneamente la expresión con el número pi cuando nada tiene que ver una cosa con la otra. Lo correcto es hacer un 13-14, broma que se daba en los talleres mecánicos a los aprendices al pedirles una llave fija de tal número cuando sabido es que tales llaves se clasifican, en razón de su tamaño, asignándoles un doble número, primero uno par, seguido de otro impar ―4-5, 10-11, 12-13, 14-15…― por lo que encontrar una 13-14 es de todo punto imposible.

            Otras veces, es el desconocimiento de una palabra lo que nos arrastra a confundirla con otra que sí conocemos. Eso pasa con la expresión destornillarse de risa, incorrecta porque nada tiene que ver con tornillo, sino que la forma adecuada es desternillarse de risa, pues se pensaba que reírse de manera exagerada podía provocar la rotura de las ternillas o ligamentos que unen las mandíbulas.

            Tener ropa tendida, con el significado que le da Raquel Peláez, es expresión que no encuentro en ninguna otra parte más que en su artículo. No niego que pueda existir dicho uso en esos ambientes de que ella habla. En tal caso, nos encontraríamos ante esa situación en la que un uso lingüístico vive en el ámbito del habla antes de haber sido recogido en la escritura.

 


           No pasa lo mismo con haber ropa tendida, esta sí bastante frecuente y bien conocida. Manuel Seco, en su Diccionario fraseológico documentado del español, la define como «Estar presente personas ante las cuales conviene hablar con cautela». Es, pues, un coloquialismo que aconseja discreción en el hablar cuando se considera que hay delante personas que no deben enterarse. Además, tiene una extensión y variedad mayor de lo que podríamos pensar. En México tienen haber pájaros en el alambre; en Honduras se habla de haber trapo tendido; y no sé bien dónde se dice haber un buey en la vía.

            Zalabardo y yo hemos dedicado un tiempo a una búsqueda que ha resultado infructuosa, pues no encontramos ningún uso relacionado con la droga. Tampoco encontramos cuál pudiera ser el origen exacto de la expresión. Nos parece poco fiable la opinión ―que bastantes mantienen― de que surge cuando se quiere evitar alguna conversación en presencia de niños, que suelen ser curiosos y repiten lo que han oído. Incluso leemos que se emplea cuando, en presencia de niños, se habla de temas sexuales. Más lógica parece la interpretación del paremiólogo José María Sbarbi, que sostiene que apareció en ámbitos carcelarios, cuando un interno colgaba a la vista de los demás alguna prenda para así avisar de que se acercaba un guardián de la prisión. De ahí pudo muy bien pasar al habla y, si unos presos hablaban de algo que querían mantener oculto y veían aproximarse a un vigilante, alguno de ellos avisaba: «Silencio, que hay ropa tendida», señal de que había que cambiar de tema en la conversación.