sábado, marzo 07, 2020

VERBORRAGIA Y FOBIAS (CON MI ADHESIÓN AL 8-M)


            Me alegra que sea un paisano mío, digo a Zalabardo, el actual Ministro de Justicia Juan Carlos Campo, quien, a propósito de un desencuentro con socios de Gobierno y unas declaraciones del vicepresidente Pablo Iglesias, reconozca que, “a veces, los políticos hablan demasiado”. A ese hablar demasiado, añado yo, se une, es lo peor, que hablan mal.
            El 7 de marzo de 2000, Adela Cortina, valenciana, catedrática de Ética y Filosofía Jurídica, publicaba en El País un artículo titulado Aporofobia. Era la primera vez que se usaba tal palabra y ella la defendía así: “La razón más profunda para acoger una palabra en el seno de una lengua es que designe una realidad tan efectiva en la vida social que esa vida no pueda entenderse sin contar con ella.” Y continuaba: “Importa dar nombre a las cosas porque mientras es indecible actúa como hacen las ideologías: distorsionando, confundiendo para ocultar la verdad de las cosas.” Y aún decía más: “Aporofobia no figura en las relaciones de lo éticamente correcto, en esas moralinas que la gente repite como los viejos catecismos.”
            ¿Qué interés tenía esta mujer en crear una palabra, aporofobia?, me pregunta Zalabardo y le respondo que la respuesta está en su artículo, cuyo contenido sigue teniendo plena vigencia. Se lamentaba de que se hable de racismo y xenofobia sin entrar en el verdadero fondo del asunto. Y denunciaba que, bajo los nombres racismo y xenofobia, se escondiese algo que no se reduce a rechazar a quien es de otra raza o pueblo. Sus ejemplos me parecen incontestables: no sentimos hostilidad hacia los jeques árabes que inundan la Costa del Sol, ni hacia los alemanes y británicos que son dueños de medio Mediterráneo, ni hacia los niños asiáticos o africanos adoptados por padres deseosos de tener hijos que no pueden conseguir por medios biológicos, ni hacia los futbolistas negros, o árabes que juegan en La Liga. A quien realmente rechazamos, decía Adela Cortina, es a quien carece de medios, al pobre. Por tanto, concluía, no rechazamos al de otra raza u otra nacionalidad; rechazamos al que es pobre. Y eso no es racismo ni xenofobia, sino aporofobia.
            Para crear esa palabra no tuvo que inventar nada ni contravenir regla alguna. En nuestro bagaje léxico hay elementos de sobra para crear términos que digan lo que de verdad queremos decir sin tener que pervertir el sistema. Por eso echó mano del griego άπορος, ‘pobre, sin recursos’ y de φόβος, ‘aversión’, y usó aporofobia, de la que nada hay que objetar, puesto que tenemos claustrofobia, agorafobia, por no citar la misma xenofobia, y otras que citaré más adelante.

           Y sí, vuelvo al principio, nuestros políticos hablan demasiado, padecen verborragia, término en que se aúnan latín y griego para designar al que habla sin parar y, por tanto, corre más riesgo de equivocarse. Porque nuestros políticos, Zalabardo está harto de oírmelo decir, hablan y se equivocan mucho. Miqui Otero, en un artículo de octubre de 2014, aparte de preguntarse por qué los políticos hablan tan mal, criticaba que, además, hayan creado una neolengua con la que pretenden evitar decir lo que, en realidad, no desean decir. Ponía de ejemplo, entre otros muchos, la siguiente declaración de Jordi Pujol: “La financiación de los partidos es un misterio, pero un misterio de aquellos que no son misterio, porque están muy claros, pero siguen siendo un misterio”. Clarísimo; no es misterio cómo conseguía dinero para sí y para su partido, aunque sí lo es saber dónde se encuentra hoy ese dinero.
            En la verborragia de nuestros políticos se descubre también una incapacidad para encontrar el término certero y adecuado, el que designe una realidad tan efectiva en la vida que esa vida no pueda entenderse sin contar con él. Adela Cortina tuvo muy claro que el problema no era de racismo ni de xenofobia, sino de aporofobia.
            Este domingo, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer. A Zalabardo y a mí nos gustaría que a partir de 2021 este día fuese de auténtica fiesta y desapareciera la necesidad de que sea jornada de huelgas y manifestaciones en pro de las reivindicaciones justas que no acaban de ser atendidas. Que se acabara la verborrea sobre el asunto y las filias sustituyeran a las fobias. A nuestros políticos les recordaría que con decir miembras, portavozas o jóvenas (¿por qué no modela, pilota o testiga, pongo por caso?) no se soluciona el problema del reconocimiento del papel real de la mujer en la sociedad actual. Y les pediría que dejen de jugar con palabras, aberrantes por otro lado, que no hacen más que soslayar la cuestión y confundir al personal. El problema de las mujeres, las injusticias que sufren, no se soluciona buscando nombres (le juro a Zalabardo que me pierdo oyendo hablar de feminismo radical, feminismo liberal, ecofeminismo, anarcofeminismo, feminismo de igualdad, feminismo de la diferencia, feminismo abolicionista…). Se soluciona dictando de una puñetera vez leyes que impongan la igualdad y supriman cualquier clase de discriminación. Cualquier otra cosa es marear la perdiz. Valga de muestra el enfrentamiento, dentro del propio gobierno, entre las ministras que luchan, no tan soterradamente, por convertirse en faro y guía del feminismo. Por ese camino, abonan el terreno para que las mujeres se rebelen de verdad y les griten a la cara lo que decía una querida amiga, que ya no tienen el chichi pa’ farolillos.

           Y a propósito de las fobias, le pregunto a Zalabardo si sabe cuántas hay. Pues tantas como personas; y a todas se les puede poner nombre. En la novela 2666, de Roberto Bolaño, hay unas páginas deliciosas en que la directora de una clínica informa a un policía sobre fobias existentes. Aparte de bastantes comunes, señalo algunas: sacrofobia (aversión a las imágenes y lugares sagrados), clinofobia (a las camas), iatrofobia (a los médicos), gefidrofobia (a cruzar puentes), ombrofobia (a la lluvia), talasofobia (al mar), antofobia (a las flores), dendrofobia (a los árboles), tropofobia (a cambiar de lugar), astrofobia (a los fenómenos meteorológicos), pantofobia (a todo), fobofobia (a los miedos)… Reconozco ante Zalabardo que por un momento pensé que Bolaño inventaba algunas. Pero no. Encuentro en internet varios Diccionarios de fobias; y algunas son realmente curiosas, como la aulofobia (miedo a las flautas), la autofobia (miedo a estar consigo mismo, solo) o la araquibutirofobia (miedo a que la mantequilla de cacahuete se pegue al cielo del paladar).
            Deseemos que, con tanta verborragia, no nos hagan caer en la verbofobia (aversión a las palabras).

sábado, febrero 29, 2020

LA RUTA MUDÉJAR Y EL NOMBRE DE LA AXARQUÍA


            La semana pasada, hablaba aquí de lo que puede ser un paseo por los Montes de Málaga. Esta, le toca a la Axarquía. Pero Zalabardo, esta vez, se queda en casa; su carácter retraído y su naturaleza tímida lo empujan a actuar así al saber que vamos acompañando a unos amigos para que conozcan una de las bellezas, una más, de la zona: la huella de la arquitectura mudéjar en los alminares de las viejas mezquitas trasmutados con el tiempo en campanarios de las iglesias que ocuparon su lugar. Acostumbrado a tenerlo a mi lado, lo echaré de menos, pero respeto su decisión.
            La Axarquía es un goce para la vista, una bella tierra, áspera y dura, a la que el hombre ha tenido que amoldarse para así domarla y obtener de ella el máximo producto. Recorrerla es ir descubriendo pequeños pueblos agazapados entre los pliegues de un terreno de color ocre, ahora ya verdea, pero que, cuando se llega a cualquiera de ellos, se convierte en una mancha de un blanco cegador. No es fácil moverse por estos pueblos de calles estrechas y empinadas hasta lo inverosímil. Pero el premio merece el esfuerzo.

           Algunos son pequeños y se diría que casi prefieren seguir en una especie de anonimato silencioso: Daimalos, Sayalonga, Corumbela, Árchez; otros han adquirido fama y renombre hasta convertirse en focos turísticos (esperemos que no se degraden) y figurar entre los más bellos pueblos de España, como sucede con Frigiliana. Unos y otros, no obstante, parecen competir por distinguirse en alguna producción concreta. Sayalonga y sus nísperos; los aguacates y mangos del entorno de Vélez-Málaga; el vino de Cómpeta; los higos de Almáchar; las pasas de Iznate; el aceite de Periana o Mondrón, donde hasta hay olivos con nombre propio. 

           Pero, al recorrer con estos amigos la ruta mudéjar, al hablar de los pueblos quiero hablar también de la razón de esa x que a tantos extraña. A lo largo de los años, soportando diferentes avatares históricos, los mudéjares —palabra que, aunque en principio significa ‘a quienes se les permite quedarse’, pasó luego a tener una connotación despectiva, ‘los domesticados, sometidos’— eran los musulmanes que permanecieron en tierras conquistadas por cristianos. Si en un principio se les consintió practicar sus cultos, más tarde, la intolerancia los obligó a cristianizarse e incluso fueron expulsados de muchos lugares. Muchos de ellos se refugiaron en estas tierras de lo que quedaba del reino de Granada —la Axarquía, las Alpujarras—. Pasaron a ser llamados, genéricamente, moriscos.


           Pero vamos con Axarquía. El nombre procede del árabe šarqíyya, ‘territorio al este de la ciudad de la que depende’. En efecto, no puede ser más descriptivo: la Axarquía es la parte más oriental de Málaga. Bien definida geográficamente, comprende desde Rincón de la Victoria, por el oeste, hasta Nerja, ya lindando con Granada; y, al norte, su linde es el boquete de Zafarraya y la impresionante Maroma que domina toda la comarca, máxima altura de la provincia, 2062 metros, cuya cima se disputan Málaga y Granada.
           El término árabe derivó hasta el castellano jarquía que, según contemplamos en el DLE, tiene el mismo significado. ¿Por qué, entonces, Axarquía y no Ajarquía? La explicación nos la ofrece una revisión de la evolución de nuestra lengua. No solo las palabras o la sintaxis cambian a través del tiempo; también cambia la fonética, los sonidos. El castellano medieval disponía de una pareja de sonidos palatales fricativos: š, sordo (semejante a la sh inglesa o ch francesa), que se representaba con la letra x; y ž, sonoro (semejante a la j inglesa o francesa), que se representaba con las letras g/j. Un sonido como la j actual no existía. Sin embargo, hacia el siglo XVI, el sistema consonántico del español comenzó a cambiar. Uno de esos cambios fue que la ž se ensordeció, con lo que se confundía con š; aparte de esto, ambos retrasaron su articulación a posición velar χ, pronunciación actual, que se representa mediante j o g (+e,i).

            En un principio, no obstante, se continuó utilizando la x para este sonido aparte de que había una gran inseguridad ortográfica. Pensemos que, en su primera edición, la novela de Cervantes aparecía como don Quixote. Pero hay más. Por una serie de circunstancias que no siempre se pueden explicar con acierto, hubo una serie de topónimos y antropónimos que se mantuvieron con una ortografía arcaizante. México, Oaxaca o Texas no deben pronunciarse Méksico, Oaksaca o Teksas, sino Méjico, Oajaca y Tejas. Incluso el primero y el tercero admiten las dos formas. Igual sucede con el nombre Ximena o el apellido Ximénez. Y para corroborar lo dicho, tenemos que los gentilicios de los topónimos Guadix, Almorox o Borox son guadajeño, almorojano y borojeño, donde se recupera la j.

           Axarquía, por tanto, es un arcaísmo fonético. Cierto es que un gran número de hablantes ha optado por Aksarquía, aunque lo más adecuado sería pronunciar Ajarquía. Si atendemos a los habitantes de la zona, no debería extrañarnos comprobar que, de acuerdo con naturaleza dialectal del andaluz, aspiren ese sonido y lo que realmente dicen es Aharquía. Como dicen hamón, ehército y ehemplo en lugar de jamón, ejército y ejemplo.

sábado, febrero 22, 2020

POR LOS MONTES DE MÁLAGA


 
Las Quirosas
          
Montes de Málaga designa un conjunto montañoso de mediana altura que se extiende desde Casabermeja, al oeste, hasta la Axarquía, al este, y desde los mismos límites ciudadanos —Olletas, Limonar—, por el sur, hasta casi el límite con Granada —corredor de Periana—, por el norte.
            Pulmón impagable para la ciudad, su intrincada red de pistas y senderos acoge cada día a un alto número de malagueños, Zalabardo y yo somos asiduos, buscamos perdernos entre el verdor de su vegetación —pinos, encinas, eucaliptos, cipreses, algunas palmeras canarias, algunas casuarias o algún cedro del Líbano— y el rumor de sus arroyos, Humaina, Querellanta, Chinchilla, Chaperas, Hondo…
 
Molinero

El Paleto
           Pero lo que ignoran muchos visitantes es la historia de esta comarca y de las casi incontables ruinas que en ellas se encuentran. Ya en 1772 atrajo la atención del inglés Francis Carter que, en su Viaje de Gibraltar a Málaga, decía: La templanza del clima, los parajes románticos y la belleza de las vistas invitan a los comerciantes malagueños a pasar gran parte del verano en estos montes, no obstante las dificultades para subir a ellos, en los que todos tienen casas y viñedos; algunas de estas son magníficas, adornadas con jardines, estatuas, fuentes y todos los embellecimientos que el arte ofrece.
 
Castañeda
          
Y en 1852, don Vicente Martínez y Montes, médico, en su Topografía médica de la ciudad de Málaga, escribió: Los montes, o la Axarquía de Málaga, parecen formados casi exclusivamente para el cultivo de la vid […]; se conocen 34 especies y puede asegurarse que cinco sextas partes del terreno mencionado se encuentran pobladas de viñas.
  
Pocopán

Poste indicador de direcciones
          La práctica totalidad de los Montes de Málaga fue un extenso viñedo, una acumulación de minifundios, cada uno presidido por su lagar o cortijo, algunos de los cuales debieron ser realmente bellos. Para que nos hagamos una idea, según datos de 1881, contaba Málaga con una extensión de 65000 hectáreas de viñedos. En la actualidad, las zonas vinícolas de La Rioja y la Ribera del Duero, juntas, suman 77000 hectáreas.
            Pero, como una maldición, la filoxera arrasó aquel paraíso. En 1878, en la finca de La Indiana, en Moclinejo, fue la primera en verse afectada por este parásito de la vid que pronto se adueñó de todas las viñas malagueñas. Solo sobrevivieron especies arbóreas propias de la zona, encinas, almendros o acebuches, muchos de cuyos ejemplares habían sido arrancados para plantar viñas.
            Los lagares y casas de recreo fueron siendo abandonados y acabaron convertidos en las ruinas que aún hoy pueden verse. Se dice que llegaron a ser casi 1000. Unos desaparecieron por causa de la expansión ciudadana (por ejemplo, todos los de La Palmilla, El Limonar o El Mayorazgo). De otros es muy difícil situar sus restos. De muchos más, todavía podemos ver cómo aguantan parte de sus muros. Hacia 1930 se iniciaron las tareas de repoblación, sobre todo con pinos y eucaliptos y en 1989 unas 4500 hectáreas fueron convertidas en el Parque Natural que hoy conocemos.
Timoteo

San Antonio
            Lo llamativo es que, entre tantos lagares, solo cinco: Torrijos, hoy ecomuseo, Jotrón, Cotrina, Chinchilla y Rute, los tres últimos de propiedad particular, estén catalogados en el PGOU. Torrijos nos muestra cómo sería la actividad de estos lagares; Chinchilla, por lo que puede verse, debió ser uno de los mayores; Rute conserva casi toda la maquinaria de lo que fue lagar y molino.
 
Lo Rute

Molino de Lo Rute

Viga de la prensa de Lo Rute
           Pero, si uno se pierde en ese vericueto de senderos, Zalabardo y yo, como muchos malagueños, lo hacemos a menudo, puede contemplar la huella de lo que fue: Serranillos, Pocopán, Castañeda, Boticario, Lo Calvo, San Antonio, Ventura, El Paleto, Molineta, San Francisco, Maruján, Salvago, Timoteo, Los Frailes, El Lince, El Viento… Larga y triste lista. Zalabardo coincide conmigo en considerar que, aunque la cota más alta sea el pico de la Reina, con sus casi 1000 metros de altitud, el mirador de Pocopán, con sus aproximadamente 900, es el lugar más privilegiado del Parque, atalaya desde la que la vista alcanza a contemplar desde el Torcal hasta la sierra Tejeda, desde Zafarraya y los Tajos de Gomer hasta los confines del Mediterráneo.
 
Serranillos

Los Alcornocales
           Lo que no se entiende es la incuria a la hora de mantener este rico patrimonio muestra de la prosperidad agrícola, económica y cultural de Málaga en siglos pasados. Puede que no tenga sentido reconstruir esos lagares. Pero sí podría hacerse una catalogación completa, mantener de lo que aún se conserva y cuidar la señalización de todos los senderos y colocar paneles explicativos de lo que fue cada uno de estos lagares. No creo que eso requiera una inversión exagerada.
Chinchilla



sábado, febrero 15, 2020

LA BUENA MUERTE



           Tengo el hábito, ya viejo, de anotar frases en las que creo hallar un sentido profundo y sobre las que considero que puedo volver más tarde. Hace unos días, Zalabardo me pidió retomar una que guardaba hace tiempo. Molesto, comprobé que había olvidado anotar quién fue su autor. Me incomoda la mala costumbre de citar callando la procedencia de lo que se cita. Reconozco y lamento mi descuido en este caso y confieso que no me pertenecen estas palabras: “El dolor deja una marca demasiado profunda como para que se vea, una marca que queda fuera del alcance de la vista y de la mente.”
            Creo saber por qué mi amigo me hace buscar la frase, cuya autoría no recuerdo ahora. Hablábamos de la tramitación en el Congreso del proyecto de despenalización de la eutanasia. Zalabardo, firme partidario, arremete contra quienes se oponen: ¡Qué hipocresía la de quienes hablan del dolor como meros espectadores, aquellos que ni ven ni entienden cómo afecta a los que lo sufren! Podremos solidarizarnos con quien sufre, pero jamás llegaremos a sentir la hondura de su dolor y de su sufrimiento.
            Hablar de eutanasia es hablar de la muerte y del dolor, de liberar de sufrimientos innecesarios a quien los está padeciendo. Como Zalabardo, no creo que exista un solo argumento sólido que justifique la aceptación del dolor, ni propio ni ajeno. Mi protagonista de La noche a la ventana dice: “Me gustaría que la muerte me sorprendiera despierto, verle la cara de frente, contemplar con todos los sentidos despejados qué hay al otro lado.” Ese deseo no es posible en muchas ocasiones.
 
Medalla de los boy scouts, 1910
          
Puesto que Zalabardo me saca el tema, me parece interesante reflexionar un poco sobre la palabra, pues ya habrá tiempo de hablar de lo que hay tras ella. La raíz indoeuropea esu-, ‘bien, bueno’, ha llegado hasta nosotros con la forma eu-, en casos, ev- y, más raramente, e-. Tenemos numerosas palabras que designan realidades muy diferentes, pero que coinciden en ser algo ‘bueno’. El eucalipto se llama así por lo bien que oculta su semilla en cápsulas; una eutrapelia no es sino una broma amable; el eufemismo es la buena palabra con que evitamos la que nos disgusta; la euforia es la sensación de bienestar; la eucaristía es el agradecimiento por lo bueno recibido; eufónicos son los sonidos placenteros; evangelio es una buena noticia; evacuar es desocupar para evitar algún daño; elogio es la palabra que contiene alabanza; Evaristo es el buen servidor; Eulalia, la que habla bien; Eugenio, el que tiene un noble nacimiento. Incluso Coca Cola, bebida creada en 1886, y los Scouts, asociación fundada en 1910, usaron la svástica, símbolo con siete mil años de antigüedad que significa ‘bienestar’, hasta que los nazis lo convirtieran en aborrecible.
            ¿Y eutanasia? Literalmente, ‘buena muerte’. Hoy, se entiende por eutanasia el proceso de no alargar de manera artificial la vida de un enfermo incurable y en estado terminal para evitarle dolor y sufrimiento. Indudablemente, la cuestión no es baladí y no puede tratarse a la ligera. Se puede argumentar mucho tanto a favor como en contra de la eutanasia. Hay factores morales, religiosos, sociales que sustentan nuestro criterio y que deben ser tenidos en cuenta. Lo que no cabe, en este asunto menos que en otros porque hablamos de la vida y de la muerte, es decir estupideces. Como la de afirmar (prefiero no saber quién ha sido) que lo que se pretende con la eutanasia es ahorrar costes en la Sanidad. Quien haya dicho eso, aparte de ignorante e irresponsable es un mentecato, por no decir otra cosa.
 
Medalla Coca Cola, principios de s. XX
          
Conviene saber, respecto al proyecto sobre la eutanasia que está en trámite, que se habla de regular un derecho, no de imponer una obligación; para las obligaciones no hay eso de tío, páseme usted el río; pero un derecho es algo que solo al interesado compete ejercer o no. La eutanasia requiere, por otra parte, el consentimiento expreso y claramente manifestado de la persona; nadie puede decidir por nadie a la ligera. ¿O acaso alguien desconoce la legalidad del Testamento Vital, que es un documento en el que una persona manifiesta las instrucciones y límites sobre los cuidados médicos que desea recibir o no en el supuesto de padecer una enfermedad irreversible —que no tenga curación— o terminal —que le va a provocar el fallecimiento con toda probabilidad? Tampoco hay que olvidar que más del 80% de la población española está a favor de la eutanasia. Lo que no impide que haya casi un 20% que está en contra.
            Pero hay algo que a mí me llama poderosamente la atención. Quienes se oponen a la eutanasia alegando motivos religiosos usan un argumento para ellos clave: “Dios da la muerte y Dios da la vida”. Eso al menos es lo que se lee en el libro de Samuel. Ignoro si hay referencias en otro sitio. No podemos arrogarnos, defienden, una potestad que no nos corresponde. Y, sin embargo, esas personas aceptan la eugenesia, conjunto de prácticas destinadas a corregir malformaciones o enfermedades previas al nacimiento que, incluso, salvan la vida del no nacido. ¿Deberíamos condenar la eugenesia como hacen con la eutanasia, pues ambas suponen interferencia en lo que consideran potestad únicamente divina de dar y quitar la vida?
            Le digo a Zalabardo que hay que respetar todas las opiniones, aceptar cuantas razones se expongan tanto a favor como en contra. Pero eso, sin que se olvide (ya sé, le digo, que me repito) que de lo que se habla es de regular un derecho, no de imponer una conducta. Porque no todas las leyes actúan de la misma manera. Si una ley me obliga a pagar impuestos, porque hay que sufragar gastos que redundan en el bien de todos, o a respetar las normas de circulación, que benefician la seguridad de la comunidad, ninguna ley me obligará a abortar, a divorciarme o, en este último caso, a aspirar a una muerte digna cuando ya no me quedan esperanzas de una vida digna, libre de dolor y sufrimiento. Esos son derechos sobre los que cada persona, en uso de sus facultades, podrá decidir, según su conciencia.

sábado, febrero 08, 2020

MANDAR AL CARAJO O A LA PORRA

            Un modismo, le digo a Zalabardo, tiene muchas veces un origen confuso porque el tiempo lo convierte en una expresión lexicalizada e integrada en el habla con tal naturalidad que el hablante sabe a la perfección lo que quiere decir, pero desconoce de dónde, cómo y por qué se inició e incluso puede desconocer las palabras que la forman.
            En Internet abundan las páginas tratan de explicar ese origen. También hay muchos libros. Uno de los más conocidos es El porqué de los dichos, de José María Iribarren. Pero, y esto es lo que me interesa destacar, no siempre aciertan, bien porque el proceso es realmente complicado, o bien porque el autor, poco escrupuloso, no duda en inventarse una explicación carente de base sólida. No es este el caso, vaya por delante, del libro de Iribarren, serio y bien documentado.
            Probemos, por ejemplo, con Dar al traste. En casi todas partes se relaciona con el lenguaje marinero, ‘naufragar una nave’ y, por extensión, ‘malograrse cualquier cosa’. Solo me provoca dudas el hecho de que en ningún vocabulario marítimo, ni siquiera en el magnífico Diccionario Marítimo Español, compuesto por Martín Fernández de Navarrete en 1831, se dice qué sea traste. Solo Joan Corominas dice que puede ser un catalanismo que designa el ‘banco de remero’ de una galera. Porque en el DLE solo leo que es ‘cada uno de los resaltos de metal o hueso que se colocan a lo largo del mástil de la guitarra’. Nadie dice nada más, que yo conozca.
            El problema, si se lo puede llamar así, aparece cuando se ofrece al lector una explicación exhaustiva que, no obstante, genera más dudas de las precisas. La falta de escrúpulos de que hablaba antes. Y le planteo a Zalabardo dos modismos, aparentemente muy claros: Mandar (o irse) al carajo y mandar (o irse) a la porra. En ambos casos, según estas explicaciones, que no me convencen, su sentido es el de castigar a alguien.
            Vamos con la primera: se repite hasta la saciedad, incluso en libros, que carajo es la ‘cesta o plataforma que hay en lo alto del palo mayor de un buque y desde el que se puede vigilar’. No es un lugar agradable para estar, sobre todo en embarcaciones antiguas, porque es donde más se puede sentir el zarandeo al que someten las olas al barco. Pero me surgen cuatro dudas: la primera, la extrañeza de que se encomiende la vigilancia a un castigado, individuo del que menos hay que fiarse; la segunda, que en cualquier diccionario marítimo que consultemos, y ya he mencionado el de Fernández de Navarrete, esa ‘cesta o plataforma’ es llamada cofa y en ningún momento carajo; tercera, que con dicha palabra se forman multitud de modismos: importar un carajo, no servir un carajo, valer un carajo, ser algo del carajo, etc., ninguno de ellos relacionado con el mar; y cuarta, que en ningún diccionario ni léxico marinero aparece la palabra carajo. Aparecen otras, de las que me ocupo en el párrafo siguiente.
            Si existen car y caraja. La segunda es un ‘tipo de vela cuadrada’, lo que me lleva a descartarla. Pero la otra, car, es, según Fernández de Navarrete, el ‘extremo más grueso de toda entena y, por consecuencia, de las vergas de mesana’. O sea, es una parte de los palos de una embarcación y, especialmente, de las vergas. David Pharies, de la Universidad de Florida hizo un completo estudio de los sufijos españoles y nos dice que -ajo sirve para formar nombres de instrumentos (sonaja), objetos resultantes de una acción (colgajo), colectivos (espumarajo), así como diminutivos o despectivos (trapajo, pequeñajo, sombrajo…). Eso me da que pensar en que carajo, le pido a Zalabardo que no olvide su relación con verga, sea un derivado de car para denominar metafóricamente al pene. En conclusión, Mandar (o irse) al carajo (alguien o algo) no sería más que una manifestación de enfado con la que se desea verlo lo más lejos posible.

            ¿Y qué pasa con mandar (o irse) a la porra? Le digo a mi amigo que algo parecido. La explicación más repetida que encontramos es la de que porra es la ‘vara o bastón rematado en una bola con que el director de una banda militar dirige a sus músicos’. Y, se dice, la porra estaba hincada en un lugar extremo del campamento. Allí, concluyen los partidarios de esta opinión, se enviaba a los soldados castigados. Encontramos cierta semejanza con el caso de carajo. Este remite al lenguaje marinero y porra al militar, pero en términos parecidos.
            Volvemos a lo mismo. La porra es, según el DLE, es un ‘arma alargada, usada como maza’ y también ‘palo toscamente labrado que se usa como arma’; nada de bastón para dirigir a los músicos. Y me hago la misma pregunta de antes: ¿qué sentido tiene mandar a un castigado junto a un bastón de músico? Quienes eso defienden tal vez no tengan en cuenta que, ya en 1737, el Diccionario de Autoridades dice que porra ‘llaman los muchachos al último de orden en jugar’ y que el DEL, en su acepción 10 de porra, dice que es ‘entre muchachos, el último en el orden de jugar’. De aquí, concluyo yo, mandar a alguien a la porra podría ser ‘enviar a alguien lo más lejos posible, apartarlo’.
            Le digo a Zalabardo que lo que digo no son más que hipótesis, que de ningún modo considero que esas sean las interpretaciones fetén. En cualquier caso, me parecen más lógicas que las que circulan por ahí.

sábado, febrero 01, 2020

PATRIA / MATRIA

Teresa Rodríguez

            Heráclito, un filósofo efesio que vivió en el siglo V a. C. (pues los efesios existían mucho antes de que a Pablo de Tarso se le ocurriera enviarles una carta en la que explicaba el modo en que entendía la nueva religión) y al que unos llamaban “el oscuro” y otros “el llorón”, nos enseñó con sorprendente claridad que lo único permanente es el cambio. Todo cambia constantemente y nada permanece; es del todo imposible que volvamos a bañarnos en el río en el que estuvimos ayer porque, cuando hoy tornamos a sus aguas, ni el río ni nosotros somos los mismos.

            La lengua, le digo a Zalabardo, nos permite ejemplificar y comprender, día tras día, esta observación. Hace cosa de un año, Teresa Rodríguez, la Secretaria General de Podemos Andalucía, hizo unas declaraciones en las que, más o menos decía: “La patria, o más bien la matria, es una comunidad de cuidados. Uno se siente perteneciente a un grupo si lo cuidan. La matria son los hospitales, son las escuelas, la ayuda a la dependencia, el apoyo a las familias vulnerables… Esa es la matria. ¡Abajo la patria! ¡Viva la matria!”. Poco tardaron en echársele encima los muchos patrioteros, que no patriotas, que pululan en nuestra sociedad: que si otra parida del feminismo, que si de nuevo estábamos ante chorradas como la de las miembras y las portavozas, que si la manía por llamar inclusivo a un lenguaje que solo es antilenguaje y todos esos argumentos que ya van quedando manidos.
            Sabe muy bien Zalabardo que Teresa Rodríguez no es santa de mi devoción y que tampoco sintonizo con Podemos. El nacimiento de este movimiento me recordó Rebelión en la granja, de Orwell y dije que el tiempo nos aclararía la duda de quién, entre Iglesias y Errejón, sería Napoleón y quién Snowball; el tiempo ya nos la ha aclarado. Pero, como no me considero nada fanático, en este caso de matria tengo que darle la razón a Teresa Rodríguez, por más que digan que eso no viene en el diccionario, lo que no es necesario para dar validez a una palabra, o que es una incorrección gramatical, lo cual es una estupidez que solo puede pronunciar quien no conozca la gramática.

Miguel de Unamuno
            ¿Cómo demuestro lo que digo a mi buen Zalabardo, que me mira con ojos desorbitados porque cree que voy muy lanzado? De la manera más simple: acudiendo a la historia de la lengua y a la de las palabras. El primer origen de nuestra lengua y de las de nuestro entorno, que sepamos hasta ahora, lo tenemos que situar en el indoeuropeo. Luego, a fuego lento, como los buenos guisos, se fueron produciendo los cambios (eso del río heraclitiano) y, con el tiempo, nacieron nuevas lenguas. Unas, hermanas y muy semejantes entre sí; otras, simplemente primas o, en no pocos casos, parientes bien lejanas.
            Cojamos la palabra casa. Nadie ignora que es una construcción que nos cobija, nos abriga y protege. En el indoeuropeo, tenían una raíz demd ‘casa’, reconocible en el griego clásico domo, el latín domus o, incluso, el ruso dom. Pero es que hay otra raíz (s)keu, ‘cubrir, esconder’, de la que se valieron las lenguas de la rama germánica: el inglés house, el neerlandés huis, el alemán haus o el danés hus. Sin embargo, en español usamos casa, en maltés dar, en francés maison o en albanés shtëpi, formas para las que hay que buscar una explicación diferente, tarea que, acordamos Zalabardo y yo, dejaremos a quien se quiera entretener.
            En el muy interesante libro Historias de palabras, de Louis-Jean Calvet, un capítulo titulado El padre y la madre se inicia así: “La pareja padre-madre constituye una de las demostraciones más hermosas del parentesco que existe entre las lenguas indoeuropeas”. Y es que las raíces indoeuropeas pater- y matr- nos dan este resultado: en sánscrito, pitar-matar; en griego, pater-meter; en latín, pater-mater; en español, portugués e italiano, padre-madre; en francés, père-mère; en danés, fader-moder; en inglés, father-mother; en alemán, Vater-Mutter; en neerlandés, Vader-moeder… La f y la v del danés, inglés, neerlandés y alemán no suponen nada raro, porque responden a una ley fonética que muestra que el sonido bilabial de la p indoeuropea se conserva en las lenguas grecolatinas, pero se convierte en labiodental (f/v) en las germánicas.
            Explica Calvet que en el indoeuropeo primitivo no existía el paralelismo semántico que en la actualidad hay entre padre y madre. Padre remitía a la idea de ‘jefe’, ‘sacerdote’, ‘patrón’. Madre, en cambio, enviaba a la idea de ‘núcleo de la célula social’, de donde todo surge. Padre señala hacia quien garantiza la propiedad de la tierra y su transmisión, y de ahí nace el patrimonio; también, el padre transmite la pertenencia a un grupo y por eso la nación en que uno vive es la patria.
            La madre, que es quien da la vida, simboliza la reproducción y garantiza la maternidad legal (se puede dudar quién es el padre, pero nunca quién es la madre); eso justifica que el núcleo social básico se obtenga mediante el matrimonio. O que el registro y procedencia de algo nos lo garantice la matrícula. Y que una matriz sea como un tronco que da brotes. Esa es la razón de que tronco nos conduzca hasta madera y materia. En otras culturas, la cosa es diferente. En árabe, um, la madre, tiene la misma raíz que umma, ‘comunidad de todos los musulmanes’ y, entre los judíos, solo la madre puede transmitir la condición de judíos a sus hijos.
María Zambrano
            Y vamos cerrando, le digo a Zalabardo. ¿Es tan barbaridad esa matria de la que habla la representante de Podemos? Ni mucho menos. Es verdad que el Diccionario de la Academia no la recoge, pero no es un neologismo que se haya inventado Teresa Rodríguez. De esa noción de la naturaleza materna de la nacionalidad ya hablaron Virginia Woolf, Isabel Allende, Jorge Luis Borges y más gente. En el prólogo a su novela La tía Tula, Unamuno dice algo que luego repetiría en otros escritos: “Hablamos de patrias y sobre ellas de fraternidad universal, pero no es una sutileza lingüística sostener que no pueden prosperar sino sobre matrias y sororidad”. Y en una entrevista en Televisión Española, en 1988, María Zambrano, al ser preguntada sobre la proximidad entre la muerte de su padre y su salida al destierro, contestó: “Sí. Perdí a mi padre y perdí la patria; pero me quedó la madre, la matria”.
            Con el tiempo, patria ha ido acumulando connotaciones de autoritarismo, sentido de la propiedad y pertenencia, incluso violencia… No estaría mal, por tanto, que durante algún tiempo nos acogiésemos a la matria. Al fin y al cabo, siempre sabremos de quién somos matriotas (¿otro neologismo contra el que luchar?), pero toda la vida nos acompañará la duda sobre qué patriota es el verdadero. El inolvidable Caetano Veloso cantaba: “A lingua é minha patria. / E eu não tenho patria: tenho mátria. E quero frátria” (Mi patria es la lengua. Pero yo no tengo patria: tengo matria. Y quiero hermandad).



domingo, enero 26, 2020

SOBRE TOPONIMIA


            Mientras escribo esto, Zalabardo y yo oímos el fragor de la tormenta que descarga sobre Málaga y, a través de la ventana, vemos el cielo iluminarse con el resplandor de los relámpagos. Nos gustan estos días, aunque en los últimos tiempos al nuberío se le vaya la mano y caiga el agua descontrolada, con el consiguiente sobresalto para el personal. Estamos necesitados de agua, cierto, pero que nos venga sin estas apreturas.

            Llevaba Zalabardo unos días interesado en saber por qué hay ahora tanta gente dispuesta a polemizar sobre cuestiones relacionadas con la lengua. Me dice mi amigo, y no le falta razón, que la gente siempre ha hablado como mejor ha podido y ha sabido y se ha entendido con la voluntad clara de evitar conflictos. En cambio, continúa, la tendencia actual es imponer nombres y acuñar denominaciones para todo sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo.
            Le doy la razón salvo en un punto. En esto de las lenguas y de los nombres, ni a Dios ni al Diablo habría que encomendarse. Bastaría tener presente el buen uso tradicional que cada idioma ha seguido y las reglas que explican su estructura y funcionamiento. Eso sí, le admito, tal vez sobren quienes pretenden ajustar con calzador a su propio capricho cualquier parcela de la lengua sin contar con la historia, la tradición y ese buen uso que la avala.
            Le pido, es un ejemplo, que estudie lo que pasa con los topónimos, los nombres de lugares. El nombre de un lugar es muy diferente al de una cosa, pensemos en una silla. En el mundo hay millones de sillas y, está claro, cada lengua las llama como le da la real gana: el inglés, chair; el neerlandés, stoel; el hawaiano, noho; el checo, žėdle; el lituano, kėdė; el turco, sandolye o el gaélico, cathair… En cambio, los nombres de lugar, como los de personas, son únicos, intransferibles y, diríamos, no requieren traducción. Aunque Guadalquivir provenga del árabe y signifique ‘río grande’, en francés, italiano, lituano o cualquier otro idioma del mundo será siempre Guadalquivir.
  
          No obstante, desde muy antiguo, es costumbre aceptada que cada lengua adapte a su fonética y ortografía topónimos frecuentes que han nacido en otra lengua. Don Quijote menciona a un inexistente emperador de Trapisonda. Este nombre, así o con la forma Trebisonda, no es sino Trazban, nombre de una provincia del noreste de Turquía y, a la vez, de su capital. La forma original de un topónimo, como Trazban, recibe el nombre de endónimo; en cambio, a la forma usada fuera del ámbito de la lengua de origen, Trapisonda, la llamamos exónimo. El endónimo España tiene, entre otros muchos, los siguientes exónimos: Espagne, Espanha, Espanya, Spain, Spagna, Isbaniya, Sepharad, Spanien, etc.
            Pero, en ocasiones, le comento a Zalabardo, confundimos las churras con las merinas, la gimnasia con la magnesia o el hambre con las ganas de comer y acabamos meando fuera del tiesto. En nuestro país, entre los años 1992 a 1998 se dictaron varias leyes por las que algunas Comunidades Autónomas podían reponer a sus lugares los nombres oficiales autóctonos que en una etapa anterior se les habían prohibido. Lo que no sé es por qué estas leyes se referían solo a Girona, Lleida, Ourense, A Coruña e Illes Balears. La lógica pide que, con independencia de la letra de la ley, la medida sea aplicable a todos los topónimos gallegos, catalanes, vascos, valencianos, aragoneses o asturianos de nuestro país. Por eso no nos debería extrañar ver por ahí Gipuzkoa, Asturies, Terrassa y muchos más.

           Ante esta situación, ni Zalabardo ni yo entendemos que haya quien se escandalice de que se pueda decir Lleida u Hondarribia, cuando son personas a las que no les importa hablar de Ouaganodou o Salt Lake City. No lo entendemos porque estos que se ponen serios ignoran que Girona, Gipuzkoa o Sant Chuan d’a Penya son nombres oficiales. Habría que recomendar a esta gente escandalizada que lean lo que dice la Ortografía de la RAE al respecto: Muchos topónimos de zonas bilingües cuentan con dos formas […] Lo natural es que los hablantes seleccionen una u otra en función de la lengua en que están elaborando su discurso. El libro del estilo urgente de la Agencia EFE y el Diccionario de Usos y dudas del español actual, de Martínez de Souza son algo más explícitos y aclaran que el uso de los topónimos endónimos es obligatorio en cualquier escrito oficial del Estado español y en cualquier escrito que un particular dirija a la Administración; pero fuera de tales casos, el hablante puede optar con libertad entre utilizar la forma que considere de mayor implantación. Se recomienda, eso sí, que si hay un endónimo fuertemente arraigado, ese es el que debe usarse.
            Lo anterior significa que, en el uso coloquial y diario, tan normal como que un ampurdanés pueda elegir entre España o Espanya, un cacereño elija Gerona o Girona, o le resulte más fácil usar Fuenterrabía que Hondarribia. Pero difícilmente encontraremos una opción diferente, un exónimo, para Sant Feliu de Llobregat, porque no solo siempre se ha dicho así, sino porque nadie relaciona Feliu con Félix ni Llobregat con lóbrego.

            La duplicidad de nombre oficial y nombre usual no es exclusiva de España. En la relación que la ONU periódicamente distribuye con el nombre de países que la integran, estos países aparecen con su endónimo propio seguido del exónimo con que se los nombra en las seis lenguas oficiales del organismo. Y lo mismo hace la Unión Europea en su Libro de estilo interinstitucional, en el que aparecen todos los países de la Unión con su denominación usual y oficial en la lengua original, y la usual y oficial en el resto de las lenguas. Y ahí podemos enterarnos de que Česko es Chequia, de que Hrvatska es Croacia o de que Deutsland es Alemania.
            Por eso tampoco entiendo, le digo a Zalabardo, que, frente a los defensores del exónimo, surja también quienes pretendan que solamente se utilicen los endónimos, es decir, los topónimos en su lengua original. Eso nos obligaría a decir Bordeaux en lugar de Burdeos, Beijing en lugar de Pekín, London en lugar de Londres, New York en lugar de Nueva York… Si esta tendencia se impusiera, ¿cómo diremos que el baloncestista Arvydas Sabonis nació en Lietuva si siempre hemos dicho Lituania?; O que el novelista Günter Grass nació en Gdansk si en las solapas de sus libros lo leemos natural de Danzig?; ¿o que deberíamos llamar El trato de Al-Yazair a lo que Cervantes publicó como El trato de Argel?

sábado, enero 18, 2020

¿PIN PARENTAL? DIGAMOS CENSURA


            Nunca me ha gustado, Zalabardo lo sabe, que se violente el uso de una palabra o expresión para expresar algo diferente a lo que en sus orígenes se pretendía. No hablo de la evolución y cambios normales e inevitables, sino del interés por ocultar el auténtico objetivo que nos guía al hacerlo. Así, en su día critiqué que se quisiera obviar lo que es una huelga hablando de conflicto laboral; que se disimulara una grave crisis económica usando el término desaceleración; que algunos prostituyeran la noción de memoria histórica (reparación justa y debida) para dar rienda suelta a su revanchismo; que hoy me decante por llamar problema político a lo que siempre había llamado problema de convivencia; y podría seguir dando ejemplos.
            Ahora parece que le ha tocado el turno a pin parental, término con el que quiere justificarse un pretendido derecho de las familias a impedir que a sus hijos se les impartan en los centros educativos determinados conocimientos. Y digo pretendido porque tal derecho, como lo entienden quienes lo defienden, es más bien una aberración, un ejercicio de censura y vetos en términos que parecían ya desterrados en nuestro país.
             Los defensores de este pin parental (una especie de objeción de conciencia) esgrimen el artículo 27.3 de la Constitución, relativo al derecho que los padres tienen a que sus hijos reciban una formación religiosa y moral acorde a sus creencias y en el 30.2 sobre la objeción de conciencia. Pero, aparte de que nada se opone a ese derecho sobre una formación moral y religiosa (que, en mi opinión, debería impartirse fuera de las aulas), olvidan estas personas que el artículo 27.2 deja bien claro que el objeto de la educación es el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales; como también olvidan que, cuando en 2009 pretendieron la supresión de la asignatura Educación para la Ciudadanía, el Tribunal Constitucional les quitó la razón y dictaminó que no era aplicable en tal cuestión la objeción de conciencia.
            Zalabardo me pide que le explique qué es ese dichoso pin. El acrónimo (Personal Identification Number) nació como una herramienta, código o contraseña con la que las familias podían impedir a los menores el acceso a programas de televisión o páginas de internet inadecuados para su edad. Y quienes buscan censurar los contenidos de los currículos escolares, conscientes de que el Tribunal Supremo ya se había pronunciado sobre la improcedencia de la objeción de conciencia en este asunto, sibilinamente solicitan el pin parental en el ámbito educativo.
            Con el pin parental, las familias tendrían en sus manos capacidad para vetar que a sus hijos se les impartan las disciplinas complementarias. Si nos atenemos a la sencilla realidad, los defensores del pin parental se oponen a que a sus hijos se les hable en los centros educativos de sexualidad, de aborto, de igualdad de derechos, de prevención de drogodependencias, de matrimonio homosexual, de prevención de violencia machista…
            Pero, igual que desconocen la Constitución (o la usan mal) quienes buscan en ella el amparo para que se les dé la razón, desconocen también cómo funciona un centro educativo y cuáles son los fines de la educación. En los centros educativos, y Zalabardo sabe que he sido profesor durante cuarenta y dos años, se imparten materias regladas y materias no regladas. Las regladas son las que vienen impuestas desde arriba por las autoridades académicas, ministerio y consejerías; son el conjunto de materias que todos los centros están obligados a impartir (lengua, matemáticas, dibujo, historia del arte, biología, etc.).
            Las no regladas las programa cada centro y son cualesquiera otras que, no comprendidas en el apartado anterior, ayudan a una formación integral de los escolares. Estas materias pueden ser, a su vez, complementarias o extraescolares, y vienen siendo amparadas por una larga reglamentación legal que se remonta al R.D. 1694/1995.
            Las complementarias las organiza el centro, se imparten durante el horario escolar, están incluidas en el Proyecto Curricular y la asistencia a ellas es obligatoria. En el Proyecto anual de cada curso, que debe aprobar el Consejo Escolar, del que también forman parte padres y alumnos, tienen que aparecer descritas y fundamentadas. Pueden ser muy variadas: educación vial, formación en valores y tolerancia, educación medioambiental, conocimiento del medio físico, desarrollo de competencias culturales y artísticas, refuerzo del aprendizaje y de los hábitos de trabajo… Y también, y esto es lo que duele a quienes piden pin parental, educación para la salud, el consumo y habilidades sociales. En este último campo es en el que se puede hablar de esos temas relacionados con la sexualidad, como aborto, preservativos, drogodependencias…, pero también sobre derechos de las mujeres, violencia doméstica, solidaridad y respeto hacia todas las personas…
            Las otras, las extraescolares, son actividades encaminadas a potenciar la apertura del centro a su entorno y buscan la ampliación del horizonte cultural o la preparación para la inserción en la sociedad o el uso del tiempo libre. Estas actividades se desarrollan fuera del horario escolar y son voluntarias.
    Pues bien, en las complementarias, que por ley son obligatorias, radica problema. Pero no en su conjunto, sino en esos temas específicos que le he citado a Zalabardo y sobre los que hay padres que no quieren que sus hijos oigan hablar. Aun respetando este deseo, que respeto pero no comparto, la solución no es exigir ese pin parental, que iría contra las leyes y contra el espíritu de la Constitución. Hay una solución más fácil: pueden renunciar a matricular a sus hijos en los centros públicos y los matriculen en otros centros, concertados o privados, cuyo ideario no contempla incluir estas materias entre las complementarias que ofertan. Eso no infringe ninguna ley; eso sí, esos centros les supondrán un desembolso económico, a veces elevado, aparte de que sus hijos recibirían una formación más pacata y menos completa.
            El pin parental, digámoslo claro, no es ningún derecho; es veto y es censura. Es un ataque frontal a la libertad de enseñanza en la que, paradójicamente, también se escudan ellos; y es un ataque y una humillación para los enseñantes, a los que se tacha de adoctrinadores, cuando los verdaderos adoctrinadores son ellos, los que reclaman vetos y piden censura. Si se salieran con la suya, no me extrañaría que, le digo a Zalabardo, pronto apareciera quien exigiera que no se hable de teoría de la evolución, de la guerra civil, de los libros de Baroja, del teorema de Pitágoras, de la mecánica cuántica o vayan a saber ustedes de qué.