sábado, enero 19, 2019

ALGO TENDRÁ EL AGUA CUANDO LA BENDICEN


Ermita de la Fuensanta

            No faltan en nuestra lengua los refranes referidos al agua. Quizá los que más se repiten, junto al que da título a esta entrada, sean Nunca digas de esta agua no he de beber y Agua corriente no mata a la gente. Con estos tres basta y sobra para entender el valor que siempre se le ha dado al agua. Le digo a Zalabardo que en el ya clásico libro Tratado de historia de las religiones, publicado en 1949 por Mircea Eliade, encontraremos todo un capítulo sobre creencia y ritos relacionados con el agua.

Velas votivas
            El agua, explica Eliade, simboliza la totalidad de las virtualidades, es fuente de toda existencia y así se ha venido creyendo desde las más remotas tradiciones védicas. El agua, en todas las religiones, ha tenido un significado similar: regeneración, vuelta a nacer, paso de un mundo que debe ser superado a uno superior… Por eso, el agua fue elemento básico en rituales iniciáticos. Incluso el cristianismo aceptó este significado al imponer el bautismo como forma de acceso a una nueva vida.
            Pero, a la vez, al agua se le confirió un carácter mágico y el poder de sanar. De la sanación espiritual, regeneración hacia una nueva vida, se pasó a creer en la posibilidad de curación de cualquier tipo de enfermedad. Y eso es lo que explica cómo, a lo largo de toda la historia, han proliferado cultos y ritos en torno a fuentes, arroyos, ríos y manantiales. En el libro de Eliade se citan varios casos, como el de la fuente de Saint Sauveur, en el Bosque de Compiègne, donde se encontraron restos pertenecientes al neolítico que parecían ser exvotos. Aquellos ritos, nos cuenta el autor, fueron heredados por los galos, la continuaron los galorromanos y, más tarde, los cristianos.

Pintura mural en Iznatoraf
            Textos sumerios hablan ya del gran diluvio destructor que daba inicio a otro mundo; en el Antiguo Testamento, las aguas del mar Rojo se abren para dar paso a los israelitas que marchan hacia la tierra prometida y se cierran sobre las tropas del Faraón. En el Nuevo, se nos habla de la piscina de Siloé, cuyas aguas tenían fuerza curativa. Le digo a Zalabardo que el tiempo ha pasado, pero los rituales del agua no han podido ser abolidos en ninguna cultura y en ninguna religión. El propio cristianismo, que ya había aceptado el bautizo, se esforzó, sin conseguirlo, en suprimirlos.
San Cirilo de Jerusalén, en el siglo iv, escribió en su Catequesis: No hay que encender lámparas ni ofrecer perfumes a las fuentes o a los ríos […] Algunos engañados se acercan hasta aquellas aguas creyendo que encontrarán medicina para sus enfermedades corporales. No te mezcles con esas cosas […] todo es culto del diablo. Igual objetivo persiguieron el ii Concilio de Arlés, en el siglo v, y el Concilio de Tréveris, en 1227. Pero todo fue inútil y se acabaron por aceptar estos ritos que mezclan la fe, la magia y la superstición. Ritos que han dado lugar a muchas creencias populares y leyendas. Leyendas piadosas, sí, pero leyendas; no se olvide que la leyenda se basa en la fantasía y no tiene base histórica. Estas leyendas se confunden y mezclan, se repiten constantemente con variantes en lugares muy distantes unos de otros.

Cueva de los Caños Santos

           Zalabardo sabe que soy aficionado al senderismo y que, en mi corretear por esos caminos, me gusta hablar con los lugareños, aprender sus palabras y conocer sus tradiciones. Y raro es el pueblo que no tiene su ermita o lugar asociado a una creencia religiosa. Hace unos días he estado por el Parque Natural de Sierra Mágina. Allí, entre Cambil y Huelma, se levanta la ermita de Nuestra Señora de la Fuensanta, a la que acuden numerosos fieles. En un panel que hay junto a la fachada se nos cuenta que el alcaide musulmán de Cambil cortó a su hija las manos porque ayudaba a los cautivos cristianos. La joven huyó del castillo de su padre y, cerca de Huelma, junto a una fuente, se le apareció la Virgen, que le dijo que metiera los muñones en el agua. Al instante, la joven recuperó sus manos. Un pastor testigo del prodigio cogió la imagen de la Virgen y la trasladó a Huelma, de donde desapareció al día siguiente para volver a ser encontrada junto a la fuente, suceso que se interpretó como deseo de que se levantara allí una ermita.


Ermita y leyenda de Nuestra Señora del Monte

            En esta leyenda se funden dos diferentes, la del milagro y la de la imagen encontrada y desaparecida. A unos cien kilómetros de Huelma, se levanta sobre una roca el bello pueblo de Iznatoraf. En uno de los murales de la ermita de la Vera Cruz, hay pintada la imagen de Nuestra Señora de la Fuensanta y, debajo, el relato del mismo milagro, pero con cambios. No es el alcaide de Cambil, sino el rey Ali Menón de Iznatoraf quien castiga a su esposa, no a su hija, por aprender la doctrina cristiana; manda que le saquen los ojos y le corten las manos. La pobre mujer invocó a la Virgen María en petición de auxilio. Oyó que cerca de allí, en el monte, sonaba el agua de una fuente. Al meter las manos, las recuperó, y al echarse agua en la cara recobró sus ojos.

Cueva de la Peña de Francia

           Sobre la imagen encontrada abundan las leyendas. Casi siempre es un pastor quien la encuentra. Y casi siempre, una fuente. De las que conozco y, a la vez, he visitado su lugar, cito tres. En Alcalá del Valle está el Convento de Los Caños Santos y, a su lado, la cueva y fuente de tal nombre; según se lee, en 1512, un tal Tello Pascual, buscando unas reses perdidas, halló una imagen de la Virgen dentro de una cueva en la que manaba una fuente. La llevó a la iglesia de Olvera, pero, misteriosamente, la imagen desaparecía y volvía a aparecer en el lugar del encuentro. Se interpretó como designio divino de que allí había que levantar una iglesia. Esta leyenda es más larga, pero la dejo aquí, por ser lo que nos interesa. La ermita de Nuestra Señora del Monte está en Cazalla de la Sierra. Allí, en 1756, un tal Salvador Tejeiro, haciendo una limpieza de tierras, halló una cueva y en ella una fuente y una imagen de María Santísima. Por fin, en tierras de Salamanca, está la Peña de Francia y, en su cima, el Monasterio de Nuestra Señora de la Peña de Francia. En su recinto es posible bajar a una cueva de la que se nos dice que fue el lugar en que, en 1434, Simón Vela encontró una imagen de la Virgen y otras más.

Altar en el que se cuenta el hallazgo de Simón Vela
            Todos estos lugares que cito son centro de romerías a las que los devotos acuden en solicitud de remedios para sus males, sean del cuerpo o del espíritu. Es una forma de entender la fe que respeto como cualquier otra. Pero, le digo a Zalabardo, no deja de ser curioso que siempre haya unos pastores, una cueva, una fuente… O sea, exactamente igual que, si atendemos al libro de Mircea Eliade, ocurría ya en el neolítico.

viernes, enero 11, 2019

EN BREVES MOMENTOS ATENDEREMOS SU LLAMADA

El mismo fotograma con subtítulos diferentes

            Es bueno, ¿quién lo discute?, preocuparse por cualquier cuestión imporrtante. Pero la importancia debería nacer de la propia naturaleza y del valor de aquello a lo que prestamos nuestra atención; nunca de modas artificiales o efímeras que se quedan solo en lo superficial. El lenguaje, no cabe la menor duda, es nuestro mayor patrimonio cultural. La moda, sin embargo. nos lleva a fijar posiciones más o menos rígidas acerca del llamado lenguaje inclusivo, resolver asuntos o realizar cursos on line o a debatir la conducta de un coach en un concurso televisivo. Mientras tanto, olvidamos cuestiones mucho más simples que, por esa misma simpleza, debiéramos tener bien asentadas: si un verbo es o no transitivo, el uso de los pronombres o por qué se debe decir detrás de mí y no detrás mía. Y, fijándonos en el último ejemplo, por qué uso por qué en lugar de porqué, o por qué he empleado se debe decir y no se debe de decir.
            En estos días, se han levantado voces muy críticas contra el hecho de que una película mexicana, Roma, del director Alfonso Cuarón, se esté proyectando subtitulada. Naturalmente, le aclaro a Zalabardo, debo unirme a esas críticas. Las razones esgrimidas por los productores, si es que son ellos los culpables del atropello, es que con los subtítulos la película se entiende mejor. O sea, que consideran natural que, en un concurso de talentos, los aspirantes a estrella canten, la mayoría, en inglés, y, en cambio, creen que una película hablada en español hispanoamericano debe subtitularse. Porque Roma es, ya lo he dicho, una película mexicana y México es el país con mayor número de hablantes de español, casi 130 millones. ¿Es igual el español de México que el español de España? No, como tampoco es igual el español de Palencia que el de Sevilla. Pero eso no debería de empañar la comprensión. Vale que se subtitulen los pocos diálogos en mixteco (lengua aborigen de una extensa zona mexicana) que aparecen en la película, pero subtitularla toda, si no una ofensa como cree el director, me parece un despropósito.

            Y vamos a lo que decía acerca del descuido hacia cosas aparentemente nimias, pero que deberíamos considerar importantes. Hace unos días, llamábamos al ayuntamiento de una pequeña población de Jaén y nos contestaba una grabación: En breves momentos le atenderemos. Casi nadie se escandaliza al oírla, salvo que la atención ofrecida se demore de manera excesiva. Pero pocos repararán en que la frase, de tan solo cinco palabras, contiene dos errores. El de mayor bulto afecta al uso de la preposición en; el otro, al del pronombre átono le. Estas dos cuestiones, tan simples, tan fáciles, nadie las ha tenido en cuenta. Y estoy seguro de que, en ese ayuntamiento, todos emplearán la duplicidad ciudadano/ciudadana, niño/niña y cosas así. ¿Por qué, entonces, despreciamos el buen empleo de preposiciones y pronombres?
            Tanto si consultamos la Nueva Gramática de la Lengua Española (2009), como si consultamos una Gramática Castellana, también de la RAE (1883), o la Gramática de la RAE resumida y aclarada (1993), o La Gramática descomplicada, de Álex Grijelmo (2006), encontramos una total unanimidad en que la preposición en indica tiempo (Las lluvias caen en otoño), lugar (Te espero en la cafetería), modo (Me contestó en inglés) y aquello en que se ocupa o sobresale alguien (Entendido en matemáticas). En la NGLE incluso se nos advierte: “Se recomienda usar al cabo de o después de cuando el tiempo del que se habla no es el empleado en realizar la acción, sino el que transcurre hasta que se inicia o se lleva a cabo”. Por eso es incorrecto decir Te llamaré en quince minutos y debemos decir Te llamaré dentro de quince minutos o una expresión equivalente.
            Esto último se ve muy claro en un titular periodístico de hace unos días: La Universidad afronta la salida del 50% de sus catedráticos en siete años, porque, si leemos la información, se nos dice que esa pérdida se producirá en el periodo que va entre 2016 y 2023, no dentro de siete años.
            ¿Y qué pasa con los pronombres personales átonos? Debiera estar claro que lo y la funcionan como complementos directos (Lo vi esta tarde y La llamé por la mañana), mientras que le, invariable para femenino o masculino, es complemento indirecto (Le he dejado un recado, tanto si es a él o a ella). Así de simple.

           Me pide Zalabardo que le aclare qué mensaje tendría que utilizar entonces el ayuntamiento de la provincia de Jaén al que llamé. Le digo que sería más correcto decir Dentro de breves momentos atenderemos su llamada. Con ello, nos estarán diciendo, por un lado, que confían en que nuestra espera sea breve y que nos dedicarán el tiempo que necesitemos; y, por otro, reconocerán que quien llama puede ser tanto un hombre como una mujer.
            Para cerrar, quiero contarle a mi amigo una de esas incongruencias en que incurrimos cuando pensamos que una respuesta, para ser clara, ha de ser extensa. Un entrenador de fútbol respondía hace unos días cuando le preguntaban sobre sus proyectos: Trabajo para mejorar y optimizar la mejora de mi club. ¿No hubiese sido preferible que dijera Trabajo para mejorar mi club?


domingo, enero 06, 2019

HISTORIA DE PALABRAS: CADÁVER Y FUNERAL



            Dice Jean Dubois que la etimología es la búsqueda de las relaciones que unen una palabra a una unidad más antigua de la que procede. Y para los griegos era la búsqueda del sentido “verdadero” o fundamental que sirve para averiguar la verdadera naturaleza de las palabras. En otras épocas, por el contrario, la etimología se convirtió en un método para tratar de averiguar la lengua primigenia de la que proceden las demás.
            Así, le digo a Zalabardo, la etimología nos permite demostrar que, a partir de una forma sánscrita skei-, ‘cortar, sajar’, procede toda una serie de palabras que difícilmente entenderíamos como emparentadas: ciencia, conciencia, necio, esquema, cisma, chisme, esquisto, esquizofrenia, escindir, abscisa, prescindir, rescindir, e incluso esquí y escudo.

            No obstante, a veces nos encontramos con peregrinas interpretaciones o con simple desconocimiento de la materia que nos llevan a crear lo que se conocen como etimologías populares o las falsas etimologías. Por ejemplo, le cuento a Zalabardo, en ciertos lugares se lee que testificar procede de testículo porque los romanos pronunciaba el testimonio cogiéndose los testículos en prueba de que decían la verdad; lo cierto es que su origen está en tristi, de donde vienen también tres, terceto, terciopelo, triángulo, o el latín testis, base de nuestros testículo, testigo, testimonio, protestar, detestar…, porque para que un testimonio tuviese validez habían de ser tres personas quienes lo presentasen.
            Del mismo modo, se dice que don viene de d(e) o(rigen) n(oble), cuando su origen demostrado es dominus, ‘señor’; o una divertida invención pretende que la horchata reciba su nombre de cuando Jaime I conquistó Valencia y al ofrecerle un vaso con esa bebida dijera: això és or, xata (‘esto es oro, chata’), siendo la verdad que procede del latín hordeata, de hordeum, ‘cebada’; o que cementerio se relacione con cemento en lugar del griego koiméterion, ‘dormitorio’.

           Y vamos con cadáver y funeral. Zalabardo, que es un poco supersticioso, me mira serio y pregunta por qué escojo esas palabras. Le respondo que estando en invierno, época en que la naturaleza parece morir, decaer para resurgir con la siguiente primavera, no me parece mal que nos fijemos en ellas. Circula una muy extendida versión que explica que cadáver es un acrónimo de ca(ro) da(ta) ver(mibus), ‘carne que se da a los gusanos’. Incluso se atribuye esa etimología a san Isidoro, que tanto se esforzó en estudiarlas. Pero esto es falso de toda falsedad; lo primero y lo segundo. Lo primero, porque cadáver es una palabra latina de origen oscuro relacionada con el verbo cadere, ‘caer’, igual que caduco, caso, cadencia, incidencia, ocasión, ocaso, occidente y muchas más, que se remontan, todas, al sánscrito kad-. Y también es falso lo segundo, puesto que san Isidoro no dice tal cosa en sus Etimologías.
            Lo que en realidad dice san Isidoro es, más o menos, lo siguiente: todo difunto es funus o cadáver, aunque funus equivale más bien a la ceremonia de exequias, funeral, que se dedica al difunto; funus viene de funis, cuerda de papiro encerada que se encendía durante la ceremonia de inhumación porque esta tenía lugar durante la noche. Cuando el cuerpo no está sepultado aún se llama cadáver, que viene de cadendo (‘cayendo’) porque ya no puede estar de pie. De ahí procede, aparte, la costumbre de encender velas junto a un difunto con independencia de que la ceremonia se celebre de día o de noche.
            Por fin, le digo a Zalabardo, de funis, ‘cuerda’, viene también funicular, fúnebre, funesto, funeraria o funicular.

lunes, diciembre 31, 2018

Y LA GANADORA ES… MICROPLÁSTICOS


            En una carta al director, un lector escribía sobre un reciente artículo de Javier Marías en el que se quejaba del uso zafio y poco competente que alguien tiene que contarle a ese señor que la lengua es viva y evoluciona. Le digo a Zalabardo que me gustaría tener delante a ese individuo, que se oculta tras uno de esos alias raros que solemos ver en las redes sociales, para responderle que no es lo mismo evolucionar para mejor que hacerlo hacia una lengua degradada.
            A veces tengo la impresión, continúo hablando con mi amigo, de que nos pasa con la lengua lo que con tantas otras cosas: tendemos a trivializarla, a mirarla como uno más de esos objetos de usar y tirar. El lenguaje nunca podrá escapar de las modas y costumbres de cada época, porque es el reflejo de nuestro pensamiento. Pero, sin negar eso, no olvidemos la hondura y valor que el tiempo le va otorgando. No es una corbata, una falda, unos zapatos, que nos ponemos una temporada y a la siguiente arrumbamos. Sin embargo, parece que algo así sucede. Cada año, cada estación, casi cada mes, se nos incita a declarar el mejor libro, película, futbolista, automóvil… Y cada año, estación o mes siguientes, sin dar ocasión a que se asienten, les buscamos sustitutos.
            En todas las épocas, trato de mostrar a Zalabardo, han surgido palabras y giros nuevos, modos de hablar; al mismo tiempo, otros han desaparecido. Y solo cuando esas palabras han calado en la masa social el Diccionario, que ni inventa ni impone nada, les ha dado entrada en su seno. Y no faltan ocasiones en que las palabras tienen una vida tan efímera que ni han llegado a figurar en sus páginas.
            Pero, como dijo Berceo, sennores e amigos, lo que dicho avemos, / palabra es oscura, esponerla queremos: / tolgamos la corteza, en el meollo entremos, / prendamos lo de dentro, lo de fuera dessemos. Por desgracia, tendemos a quedarnos con la corteza sin reparar en el interior. Ni la propia Academia y la Fundación para el español Urgente (Fundéu) escapan de ese vicio del momento. La Academia, incluyendo, suprimiendo o modificando tal o cual vocablo sin otra razón que la voluntad o capricho de grupos determinados; Fundéu, prestándose, con toda su buena voluntad, a declarar la palabra del año, como si la lengua debiera someterse a concurso o certamen.
            Desde hace unos años, se viene seleccionando un grupo de palabras entre las que, al final, se escogerá la palabra del año. Los criterios, ya lo insinúo antes, parecen ser válidos, pues se atiende a qué temas preocupan más, de qué se habló en los medios o qué dudas tuvieron los medios de comunicación. Pero, llamo la atención a Zalabardo, se habla de medios de comunicación, no de los hablantes en general. Así, en ocasiones anteriores, ganaron escrache, selfi, refugiado o aporofobia. La primera parece que ya no se emplea tanto; a la tercera, la corrección política la va desplazando por migrante; y de la cuarta, ignoro cuántas personas la utilizarán o sabrán su significado.

            Este año, las palabras seleccionadas fueron: arancel, nacionalpopulismo, microplásticos, hibridar, VAR, procrastinar, mena, lo nadie, micromachismo, descarbonizar, dataísmo y sobreturismo. Nada hay que objetar a ninguna, pues su formación se ajusta a procesos propios de nuestra lengua; si acaso, extraña la presencia de arancel, hibridar, procrastinar o nadie, que tienen poco de nuevas. La ganadora ha sido microplásticos, esos ‘pequeños fragmentos (inferiores a 5 mm.) fabricados ya con ese tamaño o procedentes de la fragmentación de otros plásticos en descomposición’.
            Sobre lo que quiero llamar la atención de Zalabardo no es sobre el hecho en sí de elegir esa u otra palabra como merecedora de tal reconocimiento. Lo que me sulfura un poco es que son palabras que apenas calan en el pueblo, que no salen del círculo de los medios de comunicación y, muchas veces, por el empuje de otras lenguas. Veamos algún caso de las que ya aparecen en el diccionario académico. Procrastinar, término culto equivalente a ‘aplazar’, ‘retardar algo’, ya se usaba en el siglo xviii. El Dirae, Diccionario inverso de la Real Academia Española, nos informa de que su índice de frecuencia según el CREA, Corpus de Referencia del Español Actual, es de 0.0, es decir, que casi nadie la emplea; y su índice de frecuencia según el Google Ngram, que mide la aparición de un término en un periodo de tiempo, es de 248, lo que tampoco es mucho si tenemos presente que aplazar, el término más común, tiene un índice de frecuencia en el CREA de 3.42 y de 114494 en el Google Ngram.
 micro o macromachistas; no escandalizarse si usamos el anglicismo tariff en lugar de arancel si mantenemos las barreras económicas que perjudican a los países más pobres; exigir diligencia en las acciones y no aplazarlas debatiendo si procrastinamos o retrasamos; o, por fin, imponerse el objetivo de cuidar el medioambiente, la limpieza de los mares contaminados y la defensa de su fauna, se llamen esos elementos contaminantes microplásticos o de otra forma.

           El meollo de esta cuestión, aclaro a Zalabardo, está en que debería interesarnos más lo que hay detrás que la palabra que utilizamos. Debería importar más eliminar las actitudes sociales injustas con las mujeres que perder el tiempo discutiendo si son
            Y el meollo, acabo por decir a mi amigo, está en que todos los medios de comunicación, sin excluir ninguno, se encandilan hablando de las palabras del año y de microplásticos, la ganadora; pero estos medios son los mismos en los que un día y otro encontramos los redundantes crespón negro y monolito de piedra, sin reparar en que ya crespón significa ‘tela de color negro que se usa en señal de luto’ o que un monolito solo puede ser de piedra; los que siguen diciendo y escribiendo este agua o ese arma; los que confunden infligir con infringir; los que siguen creando los giros, por ejemplo cambiarla toda, que oímos a cronistas deportivos… Tal vez les valiera más buscar menos palabras del año y emplear bien las que no desfilan por ninguna pasarela.


sábado, diciembre 22, 2018

¿ES POSIBLE EL DIÁLOGO?




           Le enseño a Zalabardo un artículo que publica este sábado El País y le pido que lo lea. Su título es ¿De qué hablar en Navidad? y la persona que lo firma es Julio Llamazares  (https://elpais.com/elpais/2018/12/21/opinion/1545399024_850123.html). El núcleo de ese trabajo queda reflejado en las siguientes preguntas: ¿qué ha sucedido para llegar a este punto en el que ni siquiera entre familiares y compañeros de trabajo sea posible ya discutir sin que ello suponga un ataque al otro? ¿Qué ha sucedido para que el irrespirable clima de las llamadas redes sociales que lo invade todo se haya trasladado al ámbito más privado de las personas convirtiéndolo todo en una prolongación del público?
Le digo a Zalabardo que miro atrás y pienso en épocas (que algunos considerarán menos democráticas y avanzadas que la nuestra) en que personas de diferentes creencias eran capaces de vivir en armonía. Mi formación profesional me lleva a pensar en un género literario que dio abundantes muestras de ese talante por el que las diferencias se resolvían mediante el debate y aportando argumentos sobre las distintas posturas: los Diálogos, que podían versar sobre las más dispares cuestiones. Sin irnos más lejos, entre los siglos II al XVI podemos citar, así un poco a la ligera: Diálogo con el judío Trifón, del mártir Justino; Diálogo de Bías contra Fortuna, del Marqués de Santillana; Diálogo entre un filósofo, un judío y un científico, de Abelardo; Diálogos de Amor, de León Hebreo; Diálogo de la dignidad del hombre, de Fernán Pérez de Oliva; Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés; Diálogo contra los judíos, de Pedro Alfonso; Libro del gentil y los tres sabios, de Ramon Llull; Diálogo de las Cortes, de Pietro Aretino; Diálogo sobre los arcanos misterios de las cosas supremas, de Jean Bodin… ¿Es preciso seguir?
            Como una inmensa mayoría de personas, también yo me encuentro atrapado por este mundo de las redes sociales. Tengo esta Agenda, que Zalabardo me presta; cuento con un muro en Facebook y formo parte de algún grupo de Whatsapp. Cada vez que voy a escribir algo no puedo evitar ese cosquilleo peculiar de quien teme que sus palabras, sus opiniones, hieran a alguien; porque lo seguro es que alguien se sentirá herido y habrá más de una sensibilidad dañada. Y eso me preocupa.
Me gustaría decir que, si en España tenemos un problema con Cataluña, porque lo tenemos, aunque no sea el único, es preciso hablarlo, con quien sea y sin andar con tabúes; me gustaría decir que me alegra ver que, por fin, la Iglesia Católica empieza a reconocer que ha habido abusos sexuales en su seno y que sacarlos a la luz no es ninguna clase de persecución; me gustaría que, igual que lo anterior, se reconociera que la Iglesia, y no solo la Católica, sigue considerando a la mujer como una persona de rango secundario; quisiera gritar que no me gusta que se hagan juicios mediáticos ni que se incite al linchamiento de nadie; que en casos como el lamentable de la joven Laura, no se monte ningún espectáculo televisivo ni quede el asunto en gritar durante una manifestación “Yo también soy Laura” para olvidarlo al día siguiente, sino que hay que trabajar para cambiar esta sociedad que permite todas esas cosas; me gustaría no tener que decir nunca a nadie que yo también soy feminista, porque no es cuestión de serlo o no, sino de crear unas condiciones en las que la mujer se pueda desenvolver en igualdad con el hombre; y que eso supone, por ejemplo, que se le facilite su acceso al trabajo sin que la maternidad suponga ninguna mengua de derechos; me gustaría poder hablar del daño que estamos haciendo al planeta con este cambio climático del que somos culpables; me gustaría poder hablar de dictaduras, pasadas, presentes y futuras, sin que nadie se escandalizase; me gustaría decir que aborrezco el mercantilismo que nos invade; me gustaría decir que no me importa que la gente salude estos días con “felices fiestas” en lugar de “feliz Navidad” porque cada uno es libre de adoptar unas creencias u otras o de no creer; y porque, además, la celebración del solsticio de invierno es muy anterior a la celebración de la Navidad, que fue una asimilación cristiana de una festividad pagana, pues, entre otras cosas, no hay prueba fehaciente de que Cristo naciera en esas fechas; me gustaría tener alguna influencia para conseguir que no mueran más inocentes en guerras crueles o cuando solo buscan traspasar una frontera para obtener una vida mejor; me gustaría poder hablar con personas que, aunque no participen de mis más íntimas ideas, acepten escuchar mis argumentos de la misma manera que yo estoy dispuesto a escuchar los suyos. Porque tengo muy claro que ni yo ni nadie posee la prerrogativa de la verdad.
            Me gustaría decir muchas cosas más, pero, como muchos, acabo callando ante la incesante plaga de injusticias y maldades. Y con mi silencio, siento que me hago cómplice de cuanto sucede. Si dijera todo lo que pienso, me llamarían muchas cosas, casi ninguna agradable y dirían que soy utópico, que no vivo en el mundo real. Tal vez sea así.
            Por eso, digo a Zalabardo, me gustaría, al menos, enviar un abrazo solidario a quienes me lean y desearles felices fiestas, feliz Navidad, feliz solsticio o cualquier cosa que quieran celebrar si eso supone aportar algo a la mejora de este mundo.


lunes, diciembre 17, 2018

SOBRE ANCIANOS Y VIEJOS


            Ya he contado muchas veces cómo conocí a Zalabardo. Pero algunos me dicen que cada vez tiendo a contarlo de manera diferente y eso los hace dudar de todas las versiones. Tal vez ocurra eso porque no reparan en que la vida es puro cambio, nada permanece estable para siempre; cambiamos nosotros, cambia lo que nos rodea y cambia el lenguaje con que nos expresamos.
            Al cabo, lo que importa es que Zalabardo siempre está a mi lado y conversamos mucho. A veces, sobre cosas trascendentes; otras, no tanto. El otro día me preguntaba, mientras echaba una ojeada al Libro de Estilo de El País, por qué se dice en él que los términos anciano o anciana deben emplearse solo excepcionalmente y más como exponente de decrepitud física que como un estadio de edad.
            Le contesto expresándole mi desacuerdo con ese juicio, que parecería producto de la moderna corrección política del lenguaje si no supiera yo que al responsable de dicho libro de estilo no lo podemos acusar de tal delito. Y aprovecho para explicarle que aunque en términos generales se consideran sinónimos anciano, antiguo y viejo, entre ellos hay muchas diferencias y no solo porque sea complicado encontrar sinónimos que puedan siempre intercambiarse en cualquier contexto.

            Nuestra lengua, le sigo diciendo a mi amigo, es muy rica en matices que, desgraciadamente, se van perdiendo. Por eso me gusta de vez en cuando, adentrarme en los viejos diccionarios, que son solo fedatarios de la lengua de la sociedad, para ver cómo vamos cambiando; y así encuentro casos que explican mi postura ante la actitud de El País frente los términos anciano/anciana. Un gran amigo mío y bellísima persona, Pepe Zamora, no cesa de repetir sobre sí mismo, para asumir su decadencia, que ya es un anciano provecto. Creo que alguna vez le he explicado el error que encierra su afirmación. Y, si no lo he hecho, aprovecho ahora.
            Si cogemos cualquiera de los diccionarios más puestos al día, yo suelo emplear el de la Academia, el de María Moliner y el de Manuel Seco, se ve que vienen coincidiendo en relacionar ancianidad y vejez con ‘edad avanzada’ y antiguo con ‘lo que existió en otra época o es propio de otros tiempos’. A esto hay que añadir que el adjetivo viejo, además, señala ‘lo que está deteriorado por el paso del tiempo’.

            ¿Pero hasta qué punto son sinónimos anciano y viejo? No sé si la confusión la crea la misma Real Academia al afirmar en su Diccionario de Autoridades, de 1726, que ‘ancianidad es lo mismo que vejez’. Porque, sigo creyendo, en esta afirmación no se tienen en cuenta los matices de los que antes hablaba. Y todos esos matices se pueden encontrar en diccionarios específicos de sinónimos y antónimos. Yo suelo emplear fundamentalmente, Zalabardo lo sabe, el de Pedro María de Olive, de 1843; el del mejicano José Gómez de la Cortina, de 1845, y el de Samuel Gili Gaya, de 1981.
            Dice Olive: Estas palabras son comparativas y opositivas de otras, pues a lo anciano se opone lo joven y a lo viejo lo nuevo […]; tienen su uso diferente, no pudiendo servir unas por otras. Anciano se dice de un hombre muy avanzado de edad, y solo se usa la palabra viejo en estilo de desprecio, burla o por un modo descortés. Gómez de la Cortina dice: La ancianidad es la última edad del hombre; vejez es la ancianidad considerada con respecto a la decadencia de la vida […] La ancianidad se considera absolutamente; la vejez es siempre relativa. Todos los hombres son ancianos en llegando a cierta edad; se llaman viejos o no viejos según como los consideremos. Y Gili Gaya: Vemos al viejo sujeto a los achaques y debilidades que acarrean los años. Vemos en la ancianidad la consideración que inspira, o debe inspirar, la edad, la madurez, la experiencia […] Anciano indica respeto por parte del que habla, vejete es despectivo y vejestorio expresa burla o desprecio.

            Gómez de la Cortina insiste: La ancianidad es respetable; la vejez, fastidiosa. Los ancianos, en igualdad de educación, tienen más experiencia; por consiguiente, más instrucción y más juicio. Y, aparte de eso, los tres avisan de que anciano solo es aplicable a personas, mientras que viejo se puede decir de todo. Y, para no recargar esta nota, hablan también de la diferencia de los dos términos respecto a antiguo, entre otros.
            Por todo ello, termino diciéndole a Zalabardo, me extraña que Álex Grijelmo, responsable del Libro de Estilo de El País, aconseje el uso excepcional de anciano. Él, que precisamente hoy, en su columna semanal habla de los tabúes y de la necesidad de no caer en ellos. Zalabardo y yo, sin ninguna clase de complejo, sabemos que estamos ya en nuestra etapa de ancianidad, aunque de ninguna manera nos consideramos viejos. Y eso es lo que le he dicho varias veces a mi amigo Pepe Zamora, que cuando se llame a sí mismo anciano, no piense en la vejez.

domingo, diciembre 09, 2018

¿ESCAPE ROOM?


            En muchas ocasiones he comentado a Zalabardo que la mitología, no solo la grecorromana, debería ser disciplina de obligado estudio en cualquier etapa de nuestro sistema educativo. Pero, dado el aprecio de las autoridades académicas hacia las humanidades, creo que la mía es una petición utópica. Sin embargo, en la mitología encontraremos miles de historias que nos enseñarán lo que en ningún otro libro hallaremos. Una de esas historias, no sé si entre las más conocidas, es la del laberinto de Creta, construido por Dédalo a petición del rey Minos para encerrar en él al Minotauro, el hijo engendrado por su esposa Pasifae con un toro. Esta historia se va conectando con otras: la de Teseo y Ariadna, la del propio Dédalo y su hijo Ícaro, etc.

            Los laberintos siempre han ejercido inmensa atracción en todos los tiempos y en todas las ramas de la cultura. Ese interés aún se muestra en nuestros días. Recordemos películas como El resplandor, Origen o Dentro del laberinto; o las construcciones arquitectónicas imposibles, laberínticas, del artista holandés Escher; y si acudimos a la literatura siempre nos vendrán a la memoria la laberíntica biblioteca de El nombre de la rosa y, cómo no, la obsesión por los laberintos de Borges. En El Aleph podemos leer relatos como La casa de Asterión, La biblioteca de Babel, El jardín de los senderos que se bifurcan o el breve y magnífico Los dos reyes y los dos laberintos. Y, en poesía, su poema Laberinto, incluido en el libro Elogio de la sombra.
            Tal vez este poema sintetice la concepción que del laberinto tiene Borges y que abarca a todo el Universo:
No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni extremo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin…
            Nuestra vida se desarrolla, no es preciso que lo diga Borges, en un intrincado laberinto. Pero no quiero filosofar, sino hablar de otras formas de laberintos. La noche del jueves, una televisión promocionaba una escape room basada en una serie de esa misma cadena, recientemente premiada. Estos locales se han puesto últimamente muy de moda y, cómo no, también su nombre, pues parece más fácil repetir uno existente, aunque esté en otro idioma, que imaginar uno en el propio. Una escape room, ni Zalabardo ni yo hemos visitado ninguna, creo que no es otra cosa que una habitación, o varias, en las que te encierran y debes ir superando pruebas para poder encontrar la salida o solucionar un enigma. O sea, de una forma o de otra, con características similares o diferentes, es un laberinto.

            En uno de los cuentos de Borges citados, un rey árabe, afrentado por otro babilonio, resuelve su afrenta abandonando a su oponente en mitad del desierto, a la vez que le decía: Me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso. Y aquel soberbio rey babilonio que quiso burlarse del rey árabe murió de hambre y sed en mitad de las arenas del desierto.
            Reflexiono con Zalabardo que no pocas veces nos extraviamos en un intrincado desierto lingüístico, pese a que la lengua es simple, en el que no acertamos a movernos. Humildemente, creo que a esas modernas escape room podríamos llamarlas laberintos o, si queremos ser más fieles no a la idea de encontrar una salida, sino a la expresión inglesa, fuga de…, dependiendo del tema de la atracción.


               Ese extravío es más generalizado de lo que parece y va abarcando muchas parcelas de la vida. Hace unos días no sé qué comisión de la UE, el titular lo leía en un periódico español, solicitaba a Google y otras empresas que controlan las redes sociales cuántas fake news habían suprimido. Una fake news, como bien se sabe, no es otra cosa que una noticia falsa, y, más concretamente, la que intencionadamente se difunde para inducir a error o causar un daño. En román paladino, como aspiraba a hablar Berceo, que quería hablar de modo que todos lo entendiesen, en nuestro país a eso se le ha llamado siempre bulo, palabra que entiende cualquier persona normal. Pero es que ayer mismo me encontré con una tribuna periodística titulada Fake Spain Great Again. Lo que el autor no aclara es que ese titular se lo sugiere una información de la BBC en que se recoge la opinión de Vox de “hacer España grande otra vez”; según el texto de la BBC, Make Spain Great Again. El articulista aprovecha la ocasión para titular lo que habría de entenderse, más o menos, como Otra vez una falsa España grande. Lo censurable es que no explica en qué se inspira para titular así y da por sabido que cualquier lector entenderá su significado. Bien está que se piense que deberíamos saber idiomas, otra carencia de nuestro sistema educativo, pero no hay que dar por sentado que todo el mundo sabe inglés. Vivimos tantas veces encerrados en nuestro propio laberinto que ni nos percatamos de ello.
         

martes, diciembre 04, 2018

PALABROTAS Y PALABROS


            Contaba una amiga hace unos días que un amigo común le había revelado el descubrimiento de que otras dos amigas igualmente comunes eran unas perfectas palabroteras y que, incluso, una de ellas presumía de saber palabrotas en una amplia gama de idiomas. Zalabardo, que a veces padece cierto ramalazo de cotillería me pide que le declare los cuatro nombres, pero me niego porque quienes conocen a estas personas saben bien quiénes son; y a quienes no las conocen, ¿de qué les servirían sus nombres?
            Mi reacción, que es a lo que voy, fue la de aplaudir a esas palabroteras, palabra que ni está en el diccionario ni falta que le hace (pese a que estén postureo, chusmear o posverdad), porque, aparte de entenderse perfectamente, cumple todos los requisitos para que la introdujeran. Sí existe malhablado, que, sin embargo, tiene un sentido más vago y difuso. Además, dije en aquel momento, siempre, bajo cualquier circunstancia, preferiré antes una palabrota que no un palabro.
            De esto precisamente es de lo que quiero hablar aquí hoy. Le digo a Zalabardo que el DLE dice de palabro, primero, que es una palabrota; y, después que es una ‘palabra rara’. De palabrota dice simplemente que es una ‘palabra malsonante’. No estoy muy de acuerdo con la autoridad académica, porque por palabro entiendo, antes que nada, la palabra inventada sin base firme, la extravagante, la que no se entiende bien, la que se emplea, en suma, de manera tópica y, casi siempre sin que sepamos bien qué significa o la que empleamos cuando no queremos desvelar nuestro verdadero pensamiento. En cuanto a palabrota, no creo que ninguna palabra suene mal, salvo las cacofónicas, y esas porque despistan por mera cuestión fonética (por ejemplo: Yo loco, loco y ella loquita / Yo lo coloco y ella lo quita); la auténtica palabrota es la palabra que por mojigatería o por exquisita sensibilidad, evitamos emplear (¿por qué evitamos follar y aceptamos la cursilería hacer el amor?) Las palabras no suenan mal; lo que pasa es que nuestra conciencia es demasiado melindrosa.
            Vayamos a los palabros, que es el tema del día, pues de palabrotas sabemos ya suficiente, aunque a muchos les repelan. Los palabros, con frecuencia, caen en la órbita de las palabras comodín, es decir, las que alguien pone en circulación y, sin que se sepa bien por qué, encuentran una horda de seguidores que las incluyen de manera indiscriminada en su discurso, vengan o no a cuento. Son también palabros, en mi opinión, aquellas palabras que usamos mal, por descuido o por ignorancia. Muchas tienen procedencia foránea, lo que ayuda a despistarnos; pero muchas otras son muy de aquí y las maltratamos.

            Le aviso a Zalabardo que no critico tanto el uso, pues muchos de los términos a que me refiero están admitidos y amparados bajo el manto del DLE, sino el abuso, la desmesura y sinrazón de acudir a ellos porque parece que, si no lo hiciéramos, padeceríamos algún tipo de marginación.
Ahí está, como primer ejemplo, empoderar. Siendo, como es, un término antiguo en nuestra lengua, el diccionario dice que significa ‘apoderar’ y lo marca como desusado y propio del lenguaje jurídico, en la actualidad nos viene como copia del inglés to empower con un significado nuevo, ‘hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo desfavorecido’. Y así, nadie pide ya potenciar, otorgar o dar poder, reivindicar del liderazgo de alguien o algo, sino que hay que solicitar su empoderamiento. Por la misma razón, ningún alcalde, en la inauguración de una calle, fuente, fiesta o evento, no resalta, destaca, reconoce o reivindica los méritos de la población de que es regidor, sino que, por fuerza, la pone en valor. Y el pobre no sabe decir otra cosa. Para empoderar o poner en valor, esas personas no dotan, equipan o proveen los medios oportunos al grupo o lugar que desean favorecer, sino que los implementan, que no es sino ‘poner en funcionamiento o aplicar métodos o medidas para llevar a cabo algo’.
            El palabro, diríamos, no nace, sino que se hace. Quiero decir, aclaro a Zalabardo atendiendo a lo anterior, que son palabras o expresiones que, en principio, nada tienen en su contra; lo que las hace aborrecibles es la tendencia a convertirlas en comodines rayanos en lo cursi o que, eso es lo peor, acaban por empobrecer el léxico porque, echando mano de ellos, se dejan a un lado otras que expresan igual o mejor aquello que queremos decir. Hoy no se controla, vigila, observa o cuida un proceso, sino que se monitoriza. Si queremos enaltecer las cualidades de algo, decimos no es bueno, lo siguiente, cuando, en buena lógica gramatical y, según los contextos, a bueno le sigue bonísimo, óptimo, magnífico, grandioso, fastuoso, espléndido, formidable, insuperable…; pero no, tiene que ser, lo siguiente. De la misma forma, nadie elabora ya un plan o proyecto, sino que traza una hoja de ruta, y los políticos retroceden a su etapa escolar (a muchos no les vendría mal) y no trabajan o cumplen, sino que hacen los deberes. Tampoco nos vale ya afirmar que nuestro estudio o programa trata de abarcar todos los aspectos de una cuestión o extenderse a una amplitud de personas; para que sea no bueno, lo siguiente, necesariamente ha de ser transversal.

            En fin, que si no empoderamos, implementamos, transversalizamos o monitorizamos, jamás conseguiremos poner en valor algo ni visibilizarlo. En tal caso, ni habremos hecho los deberes ni cumplido nuestra hoja de ruta. Por ello, la autoridad competente debería cesarnos. Sí, le digo a Zalabardo, ya sé que a la fuerza ahorcan, que los amos de la lengua son los hablantes, y que el DLE ha acabado validando el uso transitivo de cesar como ‘destituir o deponer a alguien del cargo que ejerce’, lo que no hace sino crear dudas en una familia léxica que estaba muy clara y que hoy no lo está tanto, la de ‘salir de una tarea o cargo’. Si alguien deja un cargo porque se ha cumplido el tiempo para el que fue nombrado, cesa; si lo que sucede es que no cumple adecuadamente o quien lo nombró ha dejado de confiar en él, se lo destituye, depone, echa o despide; y si deja el trabajo por decisión propia, dimite o renuncia.
            Por eso, concluyo, me hace feliz que esas amigas sean palabroteras. Al fin y al cabo, las palabrotas siempre han sido absolutamente claras en su interpretación. Recuerdo el desternillante chiste que contaba una compañera de trabajo sobre dos putas (¿o debo decir meretrices, rameras, prostitutas, cortesanas, fulanas, furcias, trabajadoras del sexo…?) que se encuentran en un ascensor. Posiblemente se me afearía contarlo y no digamos si lo contase ella. Pero nadie se escandalizaría si calificara a alguien de hípster o hablara del coach de un programa televisivo o de cualquiera otro de los palabros que nos van invadiendo. Eso sería entrar en el tema de los extranjerismos innecesarios de los que nos contagiamos. Vamos a dejarlo para otro día.