martes, junio 05, 2018

CONTIMÁS/CUANTIMÁS/CONTRIMÁS


De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimás  para enterrarte. Y ya ves, te enterramos.
(Juan Rulfo)

            Trataba de explicar hace unos días a Zalabardo que no siempre encuentra uno razones para justificar el uso de una determinada palabra o frase o para afirmar su corrección o incorrección. Venía a cuento de que me preguntaba si era aceptable la frase que había oído a una mujer en el mercado: Le negué el favor que me pedía, contrimás, siendo ella como es. Pero es que no mucho después, otra persona me consultó acerca de contimás, que decía haber leído en Moronga, la última novela del salvadoreño Horacio Castellanos: …me pareció de una lógica impecable, habida cuenta del clima de paranoia generalizada que padecía este país, contimás su capital política
            La Nueva gramática de la lengua española, en su capítulo 45.11, trata de las construcciones llamadas comparativas proporcionales o correlativas, de las que dice que son las construcciones en las que se pone de manifiesto el incremento o la disminución de dos magnitudes paralelas. Son aquellas del tipo cuanto más (o menos) lo pienso, más (o menos) me gusta; mientras más (o menos)…, más (o menos)…; cuanto más (o menos)…, tanto más (o menos)… No voy a entrar en el extenso análisis de las mismas que la NGLE hace y solo me referiré a dos anotaciones recogidas al final: que no debe considerarse comparación proporcional el uso de cuanto más en el sentido de ‘más aún’ y que se consideran incorrectas en todas las áreas lingüísticas las comparativas proporcionales en las que se sustituye cuanto más por cuantimás, contimás y contrimás.

           Lo segundo, con todos mis respetos, lo discuto. Bien es verdad que el Diccionario Panhispánico de Dudas no entra en diferenciar comparativas correlativas de las que no lo son y se limita a decir que deben evitarse las deformaciones populares *cuantimás, *contimás y *contrimás. Y que, dando origen a tal criterio, el DLE no recoge ninguna de estas formas. Pero he aquí que el ya clásico Vocabulario Andaluz, de Alcalá Venceslada, al que siguen otros vocabularios andaluces (Cepas, Álvarez Curiel), sí recogen como andalucismos contimás y contrimás; y que el Diccionario de Americanismos da entrada en sus páginas a contimás y a cuantimás. Para mayor abundancia, si consultamos el CORDE y el CREA nos hallamos ante una cuarentena de ejemplos, sobre todo de autores americanos, de contimás con predominio del valor de ‘más aún’ sobre el comparativo.
            Me pregunta Zalaabardo: “Entonces, ¿son formas correctas o no?” Le explico primero que no hay ninguna duda de que estas formas son alteraciones populares de cuanto más y del más raro *contra más, también proscrito por la gramática oficial. Pero eso no impide que dichas formas tengan un uso bien documentado en amplias regiones hispanohablantes, lo que nos pediría que las aceptásemos sin reparo. No como formas ajustada a la normativa del español, sino como formas populares de algunas hablas españolas; por ejemplo, la de los países del otro lado del Atlántico y la de Andalucía. Pues no debemos apreciar la lengua solo en sus registros cultos. También hay que respetar los registros coloquiales y locales, siempre que estén suficientemente asentados.

            Y, si nos queremos poner quisquillosos, mejor sería insistir en otras cuestiones respecto a cuanto más; por ejemplo, que si al giro le sigue un sustantivo, cuanto habrá de concertar en género y número con él: Cuantos más días pasan, mejor; cuantas más horas dediquemos, menos tardaremos. Pero ue si le sigue un adjetivo, cuanto permanecerá en forma invariable: Cuanto más roja, mejor se verá; cuanto más altos
            O, continuando por este camino: que se avise a muchos profesionales de la palabra (locutores, periodistas) de la necesidad que tienen de enterarse, porque no se enteran, de repetir otros usos erróneos que cometen, como cuando dicen, hablando de fútbol, *este área combinado con el área contraria; o como cuando yerran al otorgar género inexistente a los adverbios (*detrás mía, en lugar de detrás de mí, etc.). Esto, le digo a Zalabardo, es más grave que el hecho de que en alguna zona concreta hispanohablante se diga contimás.


sábado, mayo 26, 2018

VER LOS CIELOS ABIERTOS


Esta mañana me envió tu madre a saber cómo estaba, y el triste caballero vio los cielos abiertos en verme; contóme sus penas, dando de todas la culpa a tus desdenes, y esto con tantas lágrimas y suspiros, que me obligó a sentirlas como propias.
(María de Zayas y Sotomayor)

            Dada mi natural tendencia al despiste y a perder el hilo de lo que hablo, Zalabardo suele preguntarme si se me ha ido el santo al cielo, que se decía del predicador al que, en mitad de su sermón, olvidaba aquello de lo que hablaba. Procuraré ser breve y esperemos que no me ocurra eso a mí hoy.
            Sobre cielo, por ahí va el apunte de hoy, existen bastantes expresiones y no todas positivas, según es lógico suponer. Por ejemplo, venírsele a uno el cielo encima es salirle todo mal, fracasar en el intento. Como cuando decimos que se nos han caído los palos del sombrajo.
            Así, pues, son variados los refranes, locuciones y frases de esta familia. Cuando alguien se enfada sobremanera por cualquier asunto, pone el grito en el cielo. La persona que tiende al fatalismo y cree que todo está sujeto a lo que el destino determine es de las que afirman que casamiento y mortaja del cielo bajan, sin tener en cuenta que lo segundo es seguro y nadie escapará de ese trance, aunque en lo primero algo tendremos que poner nosotros, para lo bueno o para lo malo.

            Hay quienes por temperamento, carácter o educación, tienen una visión muy incompleta de cuanto sucede en el mundo que habitan; son quienes ven el cielo por un embudo, del mismo modo que para los que son perezosos, tardos y descuidados en cuanto a la atención que deben a sus obligaciones podríamos decir que la oración de perro no llega al cielo. Por el contrario, para los diligentes que cuidan sus tareas sin reparar en lo que pueda acaecer vale lo de que agua del cielo no quita riego.
            Y quien pasa por situación delicada y desea mejorarla lo que hace es mudar de cielos. Del impaciente se dice que escupe al cielo, aunque para castigar tal impiedad se dijo que a quien escupe al cielo, a la cara se le vuelve. De quien busca lo imposible se dijo que no hacen sino dar puñadas al cielo. Y como aviso a quienes buscan alcanzar un resultado sin poner para ello los medios precisos viene bien lo de que lo suyo es como querer subir al cielo sin escalera.

Martirio de san Esteban. Juan de Juanes
            Pero terminemos de forma positiva. Cuando recibimos algo que no esperábamos y nos llevamos por ello una alegría, decimos que nos ha caído o llovido del cielo. Por fin, cuando hallamos remedio o solución a lo de desconfiábamos que pudiera tenerla, respiramos y vemos los cielos abiertos. Muchos somos los que alguna vez hemos empleado esta expresión. Lo que ya no es tan seguro, le digo a Zalabardo, es que todos los que la utilizan sepan su origen. San Esteban fue uno de los primeros mártires del cristianismo. Su vida y muerte se cuentan en los Hechos de los Apóstoles. Los sanedritas lo acusaban de blasfemo, pero no encontraban modo de contrarrestar los argumentos de Esteban en su defensa, quien, en un momento de su discurso, mirando hacia el cielo, dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre a la diestra de Dios”. Los sanedritas, no pudiendo aguantar lo que consideraron blasfemia intolerable, lo sacaron y lo lapidaron.


sábado, mayo 19, 2018

LA MAGDALENA DE PROUST (O UNAS RICAS ASOPAIPAS)


            Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Léonie me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray
(Marcel Proust)

Asopaipas
            ¡Mira que ha dado juego la dichosa magdalena de Proust —le comento a Zalabardo— para todo el que quiera hablar de la memoria involuntaria, esa que surge sin que sepamos bien cómo, por mucho que de ello hablen los psicólogos, y que, una vez puesta en marcha, son impredecibles los rumbos que seguirá!
            Mi amigo me mira con fijeza porque me conoce bien y sabe que también yo soy impredecible cuando me asalta la añoranza del pasado. Lo que él ignora es que esta vez no ha sido una fortuita experiencia sensorial la que me ha hecho asociar un instante presente con el recuerdo de tiempos, ¡ay!, ya demasiado remotos. La edad hace que no podamos esperar muchas noticias buenas de los amigos queridos, pues, parodiando a Quevedo, no hay calamidad que no nos ronde. Lo que tenemos cierto es que, sigo valiéndome de sus versos, sabemos que ayer se fue, que hoy se está yendo y que, toquemos madera, mañana aún no ha llegado.

 
Repapalillas
          
Por eso, le aclaro a mi amigo, el proceso que he vivido es opuesto al de Proust. Ha sido una noticia desagradable, un accidente repentino sufrido por unos amigos, Pepe Carmona y Reme, lo que me ha hecho evocar olores y sabores de otra época, de otro lugar. Hasta mi pituitaria ha llegado el grato olor de la masa frita de las asopaipas que mi madre preparaba allá en mi pueblo, Osuna. La masa no tiene secretos: harina, sal, agua templada y un poco de aceite. Mi madre cogía pequeñas porciones que estiraba sin utilizar rodillo, sino una simple botella, hasta hacer una fina tortita que freía. Conforme iban saliendo de la sartén las comíamos mojadas en un rico chocolate previamente preparado.
            Ignoro si las asopaipas, o solo su nombre, son algo privativo de mi pueblo; muchas veces he repetido la temeridad que supone afirmar que una palabra es de un lugar y que no hay discusión sobre su denominación de origen. Me pasa igual con las repapalillas, que algunos defienden ser también de Osuna; no sé si los repápalos a que se refiere el DLE son lo mismo o no; en las repapalillas, la masa guarda en su interior, además, el olor y el sabor del ajo, del perejil y, sobre todo, del bacalao.

Ardoria
            Sí me atrevería a decir que es de Osuna, no he oído la palabra en ninguna otra parte, el nombre ardoria. La ardoria es el popular salmorejo cordobés, aunque se distingue de este en que lleva algo más de pan y se acompaña de un poco de pimiento rojo. Además, el salmorejo recibe nombres diferentes en lugares dispares (porra, coña, carnerete, zoque…) e incluso en algún lugar, Ronda, designa un plato muy diferente, lo que engaña a quienes allí lo piden. En cambio, la ardoria nunca creará confusión.
            En estos recuerdos culinarios de la niñez perdida me encontraba cuando decidí pedir ayuda a mis amigos de aquella época, que lo siguen siendo. Y Pepe Sarria me habla del bolo, cocido machacado y mezclado con aceite y de las papas en paseo. En ese punto surge algo de polémica; Mariloli Corrales aduce que las papas en paseo no son de Osuna, sino que se dan más en Estepa o en Gilena, y cuenta cómo las hacía, creo que de ella hablaba, su abuela; tercia Ángeles Fernández y dice que ella las cocina de forma distinta. ¿Qué importan esas diferencias? Lo que me vale es que platos populares, tradicionales, de humilde origen, nos ponen en contacto y nos hacen, desde la distancia, compartir idénticos sentimientos. Las papas en paseo, cualquiera que sea la receta escogida, es un plato muy parecido al hoy más extendido patatas a lo pobre. Tampoco creo que sea de Osuna la receta de la tortilla en salsa, que hacía mi madre, o la del apagaíllo de boquerones, de la que me habla mi hermana y que, por lo que he encontrado, puede tener su origen en Doña Mencía (Córdoba). Para la primera, se prepara una fritura clarita de tomates, pimientos y cebolla a la que se añaden trozos de tortilla de patatas. El apagaíllo es un recurso para aprovechar los boquerones fritos sobrantes de una comida anterior. Se prepara un caldo, como una sopa, con aceite, ajo, laurel, pimentón, un poco de harina y vinagre; cuando está, se añaden los boquerones.

 
Merengue para suspiros
           Para acabar, le digo a Zalabardo, no quiero olvidar el dulce postre que mi madre nos preparaba algunas noches: montaba claras de huevo hasta punto de merengue —otros dicen de nieve—; calentaba leche con azúcar y en ella iba remojando cucharadas de merengue que colocaba en una fuente; finalmente, las espolvoreaba con canela y añadía la leche sobrante, en la que había batido bien una yema. Llamaba a ese postre suspiros, que imagino parientes cercanos de aquellos cartageneros que dieron título al pasodoble Suspiros de España, de que nos habló otro buen amigo, José María Pérez.
           Pepe Carmona, Reme, estos recuerdos pertenecen a unos años y un espacio que compartimos; Zalabardo no os conoce, pero me cree cuando les hablo de lo buenas personas que sois. Os deseo que superéis pronto el mal trance por el que estáis pasando y os mando un fuerte abrazo.


domingo, mayo 13, 2018

UNA FALSA PAREJA DE ANTÓNIMOS


            Feminismo no es la lucha de sexos, ni la enemistad con el hombre, sino que la mujer desea colaborar con él y trabajar a su lado.
(Carmen de Burgos)

 
Hiparquia y su padre, Cretes
          
Se habla estos días, y hay motivos de sobra para ello, sobre la sentencia dictada contra el grupo autodenominado La Manada: la general insatisfacción ante la misma; el descontento casi sin excepciones por la falta de sensibilidad de las leyes y de no pocos de quienes deben aplicarlas ante determinados problemas; de la ineludible necesidad, en los tiempos que vivimos, d que se imponga un cambio de mentalidad que reconozca el papel de la mujer en la sociedad. Le digo a Zalabardo que creo que ya no es hora de limitarse a poner nombre a esos problemas y lo que corresponde es exigir la adopción de medidas precisas para su solución.
            Sin embargo, continúo hablando con mi amigo, lamentablemente habrá que seguir hablando de ello aunque dé la impresión de que hacer profesión de fe sobre la igualdad de derechos entre mujeres y hombres o sobre la necesidad de desterrar los incontables tics machistas que siguen vivos es más una moda puntual que un convencimiento.


           Para no repetir argumentos ya hartamente expuestos en numerosos medios, me gustaría atender a otros planteamientos. Por ejemplo, que el feminismo no es ninguna moda, ni corriente pasajera defendida por más o menos mujeres y no pocos hombres, sino una antigua aspiración a la que todavía no se ha dado la conveniente respuesta. Una mínima revisión histórica nos demuestra que, si en un principio fueron unas pocas mujeres las que se atrevieron a alzar su voz, el tiempo ha ido convirtiendo esa voz en clamor, al que nos sumamos cada día más hombres: no queremos una sociedad en la que, al hablar de derechos, nos encontremos con que todavía se hacen demasiados distingos entre ser varón o mujer con el agravante de que son estas últimas las que siguen llevándose la peor parte. Solo eso tendría que bastar para reconocer que el feminismo ha de entenderse no solo como una lucha por la emancipación de la mujer, sino como el reconocimiento de igualdad de derechos de todas las personas y de que el rol social de cada una ha de asignarse no en razón de su sexo, sino de sus méritos. Naturalmente, lo anterior debe llevar emparejada la absoluta y efectiva condena de cualquier tipo de violencia contra la mujer.
            No debería quedarse en anécdota que una mujer griega del siglo IV a. C., posiblemente la primera defensora del feminismo de que tengamos noticia, Hiparquia, contestara a quienes le recomendaban de manera despectiva que se dedicara a sus labores: “¿Creéis que he hecho mal en consagrar al estudio el tiempo que, por mi sexo, debiera haber perdido como tejedora?”. Tampoco que traiga aquí el recuerdo de una mujer peruana de la primera mitad del siglo XIX, Flora Tristán, considerada precursora del feminismo moderno. O que, finalmente, escoja una cita de una mujer andaluza, Carmen de Burgos (1867-1932), periodista y escritora, para introducir este apunte. Tres nombres, ignoro si muy o poco conocidos, pero, en cualquier caso, ejemplos válidos que representan a otros muchos más.

            Entre los planteamientos aludidos antes, le señalo a Zalabardo, me quiero detener en uno de naturaleza puramente lingüística. Por ejemplo, no creo que la defensa de la justa aspiración de las mujeres de conseguir la igualdad de derechos deba iniciarse buscando imponer una transformación del lenguaje que no conduce más que a situaciones bastantes veces absurdas. El lenguaje tiene sus propias maneras de funcionar y sus propias reglas, aparte de ser bastante dócil a la hora de amoldarse a cualquier nueva situación. Quien dedique un mínimo tiempo a estudiarlo podrá ver que eso es así. No es la lengua quien discrimina a las mujeres, sino la sociedad. Por eso, más efectivo que luchar por cambiar la lengua sería luchar por cambiar la mentalidad de la sociedad. ¿De qué sirve que digamos todos y todas si todas siguen cobrando menos y todas siguen encontrando trabas para ascender a puestos de responsabilidad? La lucha no se ganará porque usemos otro lenguaje, sino porque consigamos que se que se piense de manera distinta y se anulen todos los viejos prejuicios. Al pensar de otra manera, hablaremos también de otra manera.

           En segundo lugar, creo también un error esforzarse en plantear un enfrentamiento entre machismo y feminismo, pues son conceptos y términos en nada equiparables. Machismo es la ‘actitud de prepotencia del varón respecto a la mujer’, concepto negativo que hay que desterrar. En cambio, feminismo designa, en tono positivo, tanto el ‘principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre’ como el ‘movimiento que lucha por el logro de esa igualdad’.
            Si continuamos enfrentando los dos conceptos, daremos lugar a equívocos. Feminismo no es lo contrario de machismo; son cosas muy diferentes. No los convirtamos, pues, en una falsa pareja de antónimos. Si dos términos expresan significados que de alguna manera son contrarios, se puede hablar de antonimia, cuando uno de ellos supone la negación del otro (frío/calor); de complementariedad, cuando entre los términos se da cierto modo de incompatibilidad (rojo/verde); o de reciprocidad, cuando para que exista uno, es preciso que exista también el otro (comprar/vender). Nada de eso sucede entre machismo/feminismo. Me parecería más adecuado utilizar la gradación machismofeminismohembrismo, en la que los antónimos son machismo/hembrismo, pues si uno defiende la prevalencia del hombre, el otro defiende lo contrario, la prevalencia de la mujer. De esta forma, feminismo expresaría, en las condiciones actuales, el necesario punto de encuentro, el fiel de la balanza que nos indica la situación de paridad. No busca el feminismo que nadie se imponga sobre nadie, sino que se imponga la igualdad.

           Si esto se consigue, el término feminismo habría logrado su objetivo y, junto con los otros dos términos, hasta podrían considerarse innecesarios. Pero, siendo realistas, le digo a Zalabardo, me parece una hipótesis muy optimista, porque, pasase lo que pasase, creo que aún permanecerían por ahí dos terribles enemigos: la misoginia, aversión a las mujeres, y la misandria, aversión a los hombres. La misoginia suele con frecuencia acompañar al machismo como la misandria suele acompañar al hembrismo; y no olvidemos, además, aunque parezca paradoja, que siempre habrá hombres hembristas como mujeres machistas. Y eso es ya un problema de otra naturaleza.


sábado, mayo 05, 2018

LA ODISEA DE ESCRIBIR


El trabajo de escritora es difícil; es difícil al principio de la obra, difícil a la mitad y difícil al final. Adicionalmente, una vez que consigas finalizar tu obra, te asomarás a otras dificultades, las de publicar
                                   (Michelle Hunevan)

            Asistimos Zalabardo y yo hace unos días a la presentación de una novela de un compañero, y más aún amigo, José Francisco Martín Caparrós. No puede decirse que sea un autor novel ni mucho menos; Uvas negras es su cuarta novela y la primera que publicó se remonta a 2001. Acumula, por tanto, casi un cuarto de siglo de experiencia. No hablo, pues de un novel.
            Y aun así, es un escritor humilde. Con el adjetivo humilde no me refiero, por supuesto, a que sea de calidad inferior en su producción ni a una falta de ambición para conseguir las cotas más altas posibles. Lo llamo humilde en cuanto que pertenece a ese grupo de escritores, mayor de lo que parece y en el que también me incluyo, que ha de vivir el oficio de escribir como una dura odisea en la que, para salir airoso, no se cuenta más que con las fuerzas y talento propios, sin ningún apoyo externo que ayude a encontrar un hueco, aunque sea pequeño, en el difícil ámbito de la república literaria. Pocos editores le tenderán una mano si no tienen la seguridad de que obtendrán un beneficio inmediato. Por tanto, los escritores humildes no tenemos otro camino que la autoedición. José Francisco y yo somos amigos, ya lo he dicho; en algunos aspectos, colaboradores y confidentes. Él me honra al enseñarme sus trabajos y someterlos a mi juicio y yo le enseño los míos con idéntica intención. Sus consejos siempre los he valorado, lo que no significa que siempre los siga; él hará lo mismo con los míos.

           Le digo a Zalabardo que esta mañana leía unas líneas de un blog de Guillermo Schavelzon sobre la “crisis editorial”. Miraba, en especial, hacia las editoriales grandes, las que acogen en su nómina a los “grandes escritores” y las que, a la vez, dominan este negocio. Porque, piensa él y lo pensamos muchos, este mundo editorial parece atender más al negocio que a la cultura. Cuando estas editoriales hablan de crisis no piensan en falta de escritores o de calidad, sino en mengua de beneficios.
            Y por aquí es por donde, le digo a Zalabardo, Schavelzon los critica. Lo que hace que miremos a las editoriales con ojos diferentes a como se las ha mirado en otras épocas, es que se han marcado como primordial y único objetivo la rentabilidad, han postergado lo cultural y educativo y han encumbrado el ocio y entretenimiento fáciles. ¿Tiene esto consecuencias notables? Sí: importa menos la calidad y se busca publicar el libro que venda bien, con independencia de su contenido. Dice Schavelzon que estas editoras se quejan, por ejemplo, del daño que les hace el libro electrónico, un porcentaje mínimo en el mercado, pero nada dicen de los libros-basura con que obtienen pingües ganancias. Mejor eso que asumir el riesgo de promocionar autores, como José Francisco Martín Caparrós y los demás humildes de que hablo, que son poco conocidos aunque no carezcan de calidad.

            En esta línea, José Francisco decía el otro día que él, cuando escribe, no busca educar, sino solo ofrecer un producto digno que pueda ser apreciado. En esto, estoy con él y creo que una grandísima parte de escritores también. El “enseñar deleitando” es más de otra época. Tampoco estamos en contra del entretenimiento (leer entretiene a la vez que provoca placer; y si, de paso, enseña algo, miel sobre hojuelas). Solo que conseguir ese producto digno lleva bastante tiempo y exige profunda dedicación. José Francisco habló el otro día de lo que le costó escribir Uvas negras y yo he hablado en ocasión anterior del esfuerzo que me supuso componer Como médanos. Ni él ni yo, y bastantes más, nos haremos ricos con la escritura, según creo; muy posiblemente, tampoco lleguemos a ingresar en ningún parnaso. Y no digo esto como una queja, sino como una reivindicación ética.
            Visto lo anterior, si tenemos el camino vedado a editoriales con fuerte implantación y fácil acceso a las redes comerciales, ¿qué queda para los autores humildes?, ¿qué pasa con las editoriales pequeñas? Lo he dicho antes, la autoedición. La mayoría de las pequeñas editoriales vive, sobre todo, de la autoedición. El editor de la novela de José Francisco planteaba su tarea como una aventura. Puede ser, pero con todos mis respetos y agradeciendo la labor que realizan, la aventura, la odisea verdadera, creo que es más bien la que viven los autores. La editorial, las editoriales que se nos ofrecen, afrontan, por lo común, un riesgo mínimo. En la autoedición, el autor corre con los gastos para que el libro vea la luz. Si triunfa, recupera su inversión y puede que gane para pagarse unas cuantas cañas y una ración de gambas; y la editorial, que ha cobrado por la maquetación, corrección, impresión, etc., percibe, además, comisiones por ventas. ¿Altos beneficios?; posiblemente no, pero tampoco pérdidas. Si no se vende, el autor, lógicamente, pierde el dinero invertido; pero la editorial no pierde, pues nada ha arriesgado; en el peor de los casos, queda a la par.

           Hay, visto lo visto, una faceta que se atiende menos. A ella se refería Ángel Luis Montilla en la presentación de la novela de José Francisco Martín Caparrós. Puesto que las editoriales, que buscan la mayor rentabilidad posible, no se arriesgan a lanzar nuevos autores, alguien debería hacer algo por ellos. Aquí es donde se echa de menos la colaboración de los medios de comunicación, al menos los locales, que podrían atender la vertiente cultural abandonada y convertirse en correa de transmisión entre autores y público ofreciendo reseñas de las obras que publican los autores que no estamos inmersos en el “negocio”.
            Al final, la lógica se impondrá siempre, quien tenga calidad saldrá adelante. Entre los escritores humildes (no se olvide el sentido que doy a humilde) a los que defiendo en este apunte los habremos de todas clases: buenos, regulares y malos. Serán los lectores quienes decidan. Pero eso no será posible si el público no nos conoce. Y para que se nos conozca alguien nos tendrá que echar una mano.
            También el gran Ulises, con ser quien era, recibió ayuda en su odisea particular.


domingo, abril 29, 2018

GUARDAR LAS FORMAS


Y aquí, para entre los dos,
si hallo harto paño, en efeto,
con muchísimo respeto
os he de ahorcar, juro a Dios.
            (Calderón de la Barca)

            Cuando yo era pequeño, y de eso hace ya demasiados años, Le digo a Zalabardo que en los colegios se impartía una materia llamada Urbanidad. El DLE define el término como ‘Cortesaníacomedimientoatención y buen modo’. Me gusta más la definición de Seco: ‘Buena educación o buenos modales’. Porque eso es lo que nos enseñaban: que hay que ser respetuoso con los demás y, en especial, con los mayores y los más necesitados, que siempre hay que guardar las formas y no hacerse notar por comportamientos inadecuados. Cosas que, diríamos, casi no habría que insistir sobre ellas pero que, quizá por no haberlo hecho, hoy se echan de menos.
            El otro día, tras una charla sobre libros, un asistente se me acercó y me dijo: “Lo que más me ha gustado es que has hablado de muchas cosas sin meterte con nadie”. Meterse con alguien es, como bien se sabe, ‘atacar o censurar’. Le contesté que procuro ser así siempre; de hecho, aquel día censuré conductas de instituciones, reclamé mayor y mejor atención para algunas cosas. Pero, eso sí, puse mucho cuidado de mirar en todo momento hacia los cargos o instituciones, sin caer en el insulto u ofensa personal, porque se pueden discutir ideas o rechazar acciones, pero a las personas siempre hay que respetarlas.
            Por desgracia, eso es algo que se va perdiendo y las redes sociales se utilizan, a veces como burladero desde el que tirar la piedra y esconder la mano, como trinchera desde la que atacar estando protegidos. Hablo de redes sociales, pero estas conductas poco respetuosas se dan en todos los ámbitos. No hay más que ver, por poner un ejemplo sencillo, lo que una persona a la que todos consideraríamos normal, fundida en una masa, es capaz de gritar a un árbitro de fútbol por una decisión que no comparte.
            No hace mucho, inserté en Facebook un brevísimo comentario en el que declaraba mi extrañeza por la tardanza de los obispos vascos y navarros en pedir perdón por su respaldo a ETA. Alguien, mi Facebook está abierto a quien lo quiera leer, escribió: “La Iglesia Católica es difícil de entender, pero con estos hijos de puta, aún cuesta más trabajo.” Naturalmente le afeé sus palabras y, aunque estaba en desacuerdo con el proceder de los obispos, jamás recurriría a esos calificativos ofensivos, pues el respeto a la persona debe estar por encima de todo. Días después, también en la misma red, incluí un comentario sobre el “asunto Cifuentes”. Una persona que respeto mucho, y que fue mi profesora durante un corto tiempo, Julia Uceda, escribió a propósito: “Anoche me pasmé de lo guapa que era antes de ponerse bonita”. No se puede decir más con menos palabras. Julia Uceda, se ve a las claras, es una persona con clase, educada y, seguro, de pequeña recibió clases de urbanidad. El modo en que contrapone el adjetivo guapa, ‘persona cuyo físico, y en especial la cara, responde a unos cánones de belleza’, con bonita, que por un lado puede ser un sinónimo, pero que, a la vez, con matiz irónico, y en la locución ponerse (alguien) bonito es una ‘manera de criticar la inconveniencia o inoportunidad de una conducta’ es un ejemplo de fina ironía, de uso de la llamada dilogía o silepsis para, criticando procederes, ser cuidadosa para no ofender. Julia Uceda sabe guardar las formas.
            Todo es, pues, cuestión de guardar las formas. No hay que echar mano de palabras gruesas. Unas palabras simples e inocentes pueden encerrar juicios duros. Recordemos si no la que se armó en aquel programa radiofónico de 1975, Directísimo, en el que un torero, Palomo Linares se levantó airado ante otro, Paco Camino, gritando: ¡A mí no me llames muchacho!



domingo, abril 22, 2018

¿ES NECESARIO CELEBRAR EL DÍA DEL LIBRO?


Leer nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente.
(Alberto Manguel)


           Mucha gente se hará esta pregunta y Zalabardo también me la repite con frecuencia. Mi respuesta siempre es la misma: mientras tengamos que soportar la censura será necesaria la defensa del libro. ¿Pero hay censura?, preguntan algunos cándidos. ¿Acaso no se nota? Mientras nos enfrentemos al nuevo puritanismo que solicita la condena de Lolita, de Nabokov; mientras la Conferencia Episcopal Española impida la publicación y difusión de Jesucristo. Una visión histórica, del teólogo J. A. Pagola; mientras, pese a que la Inquisición desapareciera (en realidad solo cambió de nombre) y aunque no se reedite el Índice de libros prohibidos se diga que su contenido sigue vigente (no olvidemos que allí aparecen el Lazarillo de Tormes o Madame Bovary); mientras una influyente institución religiosa, el Opus, tenga su propia lista de libros prohibidos, entre los que aparecen autores como Alberti, Isabel Allende, Baroja, Flaubert, Joyce; mientras las editoriales vean el libro como negocio y no como manifestación cultural…, será necesaria la defensa del libro.
            Mañana, 23 de abril, Día del Libro, a esta hora —escribo esto un poco después de las 20:00 del domingo— estaré en mi pueblo, Osuna, haciendo un elogio del libro y de la lectura. Porque no quiero que un día pudiésemos encontrarnos en una sociedad como la retratada por Ray Bradbury en Fahrenheit 451. En el apunte de hoy, prefiero dejar algún fragmento de esta inquietante novela de 1953:
            “—¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República, de Platón?
            —¡Claro!
            —Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer a Marco Aurelio? Mr. Simmons es Marco.
            —¿Cómo está usted? —dijo Mr. Simmons.
            —Hola —contestó Montag.
            […]
            —También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar  después a por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí.”

            En el mundo imaginado por Bradbury, los bomberos no apagan incendios, sino que los provocan para quemar libros porque “quién sabe cuál podría ser el objetivo de un hombre que leyese mucho.”


sábado, abril 14, 2018

OSUNA Y EL DÍA DEL LIBRO


Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros.
(Jorge Luis Borges)

  
          Osuna […] está edificada en la ladera de una de las aisladas colinas que se levantan como avanzadilla de la Serranía de Ronda y tiene delante una gran llanura […] desde donde se puede contemplar una hermosa vista de la colegiata y del colegio al que está unida la Universidad de la ciudad […] Mantiene tres conventos de frailes y dos de monjas…tuve ocasión de conocer a dos interesantes personajes: una monja milagrera y otra desesperada… Así comienza José María Blanco White la descripción de Osuna en una de sus interesantes Cartas de España, que publicó en 1822.
            Zalabardo dice no entender la pasión que siento por mi pueblo, Osuna, sobre todo si se atiende a dos razones: los muchos años que llevo viviendo fuera y el hecho de que nacer en un lugar es solo cuestión de azar. Mantiene mi amigo que ser de Osuna, de las Batuecas, de España, de Uzbekistán o de Senegal no es más que una caprichosa decisión del destino, por lo que, del mismo modo que soy natural de Osuna, podía haberlo sido de Villafranca de los Barros, por poner un ejemplo no demasiado lejano.

           Naturalmente, le doy la razón y le pido que no me considere chovinista, puesto que no lo soy; que no piense que soy de los que llevan la palabra patria continuamente en la boca, pues, como él, rechazo cualquier tipo de nacionalismo y patriotismo, porque todos acaban siendo excluyentes. De mi pueblo, le aclaro, hay cosas que me gustan y cosas que no tanto y desearía que cambiasen. Pero mi pueblo es como es y así lo acepto, pues imagino que también yo tendré cosas que no gusten a los que viven en mi entorno. Lo mío con Osuna es, le digo, un sentimiento, arraigado y profundo, porque en mi interior experimento bullen muchos recuerdos (de lugares y, sobre todo, de personas) que me siguen uniendo al pueblo; y, como cualquier sentimiento, ni se puede explicar racionalmente ni, por supuesto, se ha de intentar imponer a nadie.
            De mi pueblo recuerdo, también, muchas palabras que ya no oigo. Había ocasiones en que ayudaba a mi madre a preparar algofifas con hojas de pita para fregar los suelos; mi padre me pedía que le sacara la damajuana que había metido en el pozo, cogida con una cuerda, para que tuviese el agua fresquita; veía a los hombres que salían a desvaretar los olivos o a los cabreros que regresaban cargados de ramones para sus cabras; jugábamos en las regueras de alguna huerta o en las cámaras de casa de los amigos, donde se guardaban todo tipo de cachivaches o se colgaban de perchas chorizos de la matanza; pasábamos largas horas sentados en el sardinel de cualquier casa conversando; alguien comentaba que una tarea era muy manera; la voz de mi madre reclamaba mi vuelta a casa y yo le pedía que me dejara jugar una mijilla más. Miles de palabras que creía perdidas para siempre.

           La conversación ha salido porque en Osuna, no sé desde cuándo, es costumbre, para celebrar el Día del Libro, editar una antología de textos de autores locales, que se distribuye en un acto organizado a tal fin. Dos circunstancias concurren para que hoy yo le hable a Zalabardo de este asunto: que el acto se celebre en el paraninfo de la antigua Universidad, que luego fue instituto (en él cursé mis estudios de bachillerato) y ahora vuelve a ser Universidad; y, por encima de esto, que me hayan pedido que, en esa celebración, el próximo 23 de abril, sea yo quien hable en nombre de los nueve escritores seleccionados para la antología de relatos que se publicará este año. Eso, para mí, es un honor que no imaginé nunca.
            Digo que somos nueve los autores elegidos para tal evento. Mi nombre se une al de estos otros que cito siguiendo el orden alfabético de sus nombres: Antonio G. Ojeda, Francis López Guerrero, José María Contreras Espuny, José Miguel Suárez Madrid, María Reyes Angulo Pachón, Manuel Jiménez Friaza, Quico Chirino y Víctor Espuny. Solo quiero resaltar tres cosas. Una, la alegría que me produce observar cómo en mi pueblo pervive una antigua inquietud cultural, debida en gran parte a aquella antigua Universidad que más tarde fue mi instituto. La segunda, la circunstancia de que bastantes de nosotros coincidamos en reivindicar el valor del recuerdo y la memoria y convirtamos el pueblo en espacio de nuestros relatos. Y la tercera, el tremendo placer sentido, al leer los cuentos de mis compañeros, viendo cómo ellos han conservado esas palabras que yo creía perdidas y con las que ahora me reencuentro
            Sí, porque leyendo los cuentos de mis compañeros, he recuperado el recuerdo de las damajuanas, de los regueras, de las algofifas y los sardineles, de las cámaras. No voy a afirmar que sean todas palabras específicas de Osuna, cuestión muy difícil de mantener; pero sí puedo decir que muchas de ellas había dejado de oírlas, al menos con el sentido que en el libro se emplean, desde que salí de mi pueblo. Leyendo los cuentos de estos compañeros, le digo a Zalabardo, he sentido una mijilla de pellizco en el corazón, porque esas palabras aún viven.
            Ese es el sentimiento del que le hablaba a Zalabardo. Ese es uno de los hilos que forman la urdimbre sobre la se dibuja el recuerdo que guardo de mi pueblo. El sentimiento que hace que Osuna, sin ser mi patria, sea, no obstante, mi pueblo. A mí me gusta más lo segundo que lo primero. Y, el Día del Libro, espero encontrarme allí con muchos amigos y escuchar atentamente sus palabras. Como Borges, tampoco yo imagino un mundo sin libros.


sábado, abril 07, 2018

LA MALEDICENCIA Y LAS REDES


De diez cabezas, nueve
embisten y una piensa.
Nunca extrañéis que un bruto
se descuerne luchando por la idea.
(Antonio Machado)


           Bien es sabido, lo he comentado muchas veces con Zalabardo y lo digo sin rubor, que llegué a este mundo de las redes sociales tarde y mal, razones ambas, desde mi punto de vista, complementarias. Tarde, lógicamente, por mi edad; pertenezco a una época en que no había móviles, ni tabletas, ni ordenadores, ni internet, ni libros electrónicos; por si todo eso fuese poco, la televisión no llegó hasta el momento en que daba los primeros pasos hacia mi adolescencia. La principal virtud de la televisión, en aquellos años, era la inocencia. Y llegué mal porque, no me avergüenza decirlo, soy torpe en el manejo de las nuevas tecnologías y me cuesta resolver muchos aparentes problemas que para cualquier nieto son una nimiedad.
            Pero, creo que eso también lo he dicho, nunca hablaré mal de las redes; constituyen, según palabras recientes de Pérez-Reverte, una herramienta rápida, multidisciplinar y potentísima. Y, como no podía ser menos, cualquier herramienta es buena si la usamos de manera conveniente. Que una persona mate a otra a martillazos no es culpa del martillo, sino del bestia que lo emplea para lo que no fue pensado.
            Así que, con todas mis dudas, desconocimientos e inseguridades, un buen día pensé que nada malo existía en aprender a utilizar un ordenador, o que el teléfono móvil (que yo me empeñaba inútilmente en llamar portátil) podía resolver no pocos problemas, o que no hay pecado en leer un libro en formato electrónico. Me introduje despacio, muy lentamente, como el bañista temeroso, también ese era yo, hace en la playa. Y, hace de ello doce años, comencé a escribir este blog, La Agenda de Zalabardo. Prudente, o tímido, me pregunté, y discutí con mi amigo, de qué escribiría. Zalabardo, razonable donde los haya, me aconsejó aquello de zapatero a tus zapatos y puso énfasis, además, en que, sobre todo, procurara no dañar nunca a nadie con lo que escribiera.
            Le hice caso y pensé que no estaría mal dedicar cada apunte a comentar dudas lingüísticas, tratar de corregir vicios que se cometen al hablar o escribir, difundir curiosidades en torno al origen y a la historia de palabras y refranes…; si yo era filólogo, esos son los zapatos de los que podría hablar sin desbarrar demasiado. No me gusta ser como esos tertulianos modernos, que hablan de lo divino y de lo humano sin conocer, quizá, ni lo uno ni lo otro. A pesar de ello, alguna vez he salido de mi senda para comentar algún tema de la actualidad, como hago hoy. Pero esos apuntes han sido los menos frecuentes.

           Pasaron los años y fui entrando en otros ambientes. Cuando publiqué mi primera novela, en la editorial me dijeron: “En este mundo, si no estás en Facebook no eres nadie.” Y construí mi muro y me hice con un grupo de amigos. No miles ni nada de un número desproporcionado, ¿acaso alguien puede tener tantos amigos? Después, amigos, estos sí de verdad y no virtuales, o compañeros, solicitaron mi ingreso en algún grupo de Whatsaap y en esas estoy. Porque, ya se sabe, aunque el espíritu esté dispuesto, la carne suele ser débil y no supe negarme, ni quise, que todo hay que decirlo, pues uno no debe presumir de inocente cuando no lo es.
            Pero, ¡ay!, tal como digo lo anterior, he de decir que muchas veces estoy tentado de derribar mi muro y de abandonar los grupos de Whatsaap. Encuentro muchas cosas en las redes que no me gustan. Como dice Pérez-Reverte, hoy lo cito bastante, “las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca.” Y hace unos días, presentando su última novela, decía: “Cualquier imbécil puede decir que es Espartaco, pero ese título no se gana poniendo un tuit.”
            ¿Qué no me gusta de las redes? Sobre todo, la maledicencia, ese afán de hablar en perjuicio de alguien, denigrándolo lo más que se pueda. Pero hay más. Jamás entenderé, por ejemplo, la tendencia tan acusada a difundir bulos sin analizar su autenticidad, a atribuir frases o hechos a personas que nunca las han dicho ni realizado, a repetir hasta la saciedad textos que ya otras personas han dado a conocer (¿es que no leen lo que los demás miembros del grupo aportan?), a bombardear con las creencias propias (religiosas o políticas) sin el menor respeto a las creencias de los demás, a insultar sin el menor sonrojo… Sí, todo eso es maledicencia porque en las redes se insulta mucho, haya o no razón para ello (pienso, le digo a Zalabardo, que nunca hay razón que valga para insultar). Cómo estará la cosa que hasta los políticos se olvidan del Parlamento y desempeñan su función (o eso creen ellos) a través de Twitter.

            En las redes, me dice Zalabardo y le doy la razón, se argumenta poco y se grita mucho. Todo vale para dar rienda suelta a nuestros más escondidos instintos: si no nos gusta el nacionalismo de un color, atacamos esgrimiendo el nacionalismo más opuesto, sin pensar que ambos son igual de casposos; si una suegra y su nuera tienen desavenencias, nos apresuramos a tomar partido por una de ellas, sin reparar en que quizá sería mejor que arreglásemos los problemas de nuestra propia casa antes de meternos en la ajena; si representantes del partido político hacia el que me decanto tienen un comportamiento reprobable, no los censuro, sino que busco la forma de criticar comportamientos igual o más viles en los responsables de otros partidos.

            Todo se hace acogiéndose a la sacrosanta libertad de expresión, que para no pocos no es sino la espita por la que sueltan, aunque lo nieguen, su racismo, su intolerancia, su xenofobia, su fanatismo, su ignorancia. Eso sí, dando muchas muestras de escándalo y rasgándose hipócritamente las vestiduras cuando se sienten aludidos. Es decir, aquello de ver la paja en el ojo ajeno sin reparar en la viga que ciega el propio.
            Sin embargo, aunque más de una vez me planteo abandonar las redes, acabo por mantenerme en ellas. Primero, confieso a Zalabardo, porque como antes decía, no es el instrumento lo malo; la maldad está en quienes lo prostituyen. Y en segundo lugar, vuelvo a palabras de Pérez-Reverte, porque confío en que el talento acabe por imponerse en este caótico mundo y la cabeza pensante de que hablaba Machado se imponga sobre las que embisten.