sábado, febrero 01, 2025

LAS MUJERES TONTAS Y EL FRUTERO DESAPRENSIVO

 

Zalabardo conoce ―como también la mayoría de mis amigos y allegados― que no me gusta enviar ni recibir determinado tipo de mensajes. Y, sin embargo, abundan quienes, por despiste (quiero usar una palabra suave), me siguen haciendo envíos de una naturaleza tal que, si yo les correspondiese de la misma manera, se ofenderían. El quid de la cuestión estriba no ya en que a una persona así se la pueda acusar de falta de prudencia; es que ―eso es más grave― peca de debilidad de criterio por no saber analizar el contenido de lo que envía ni saber por qué lo hace. Es un error que todos podemos cometer ―hay más personas que actúan de este modo― y que pudiera achacarse al modo en que sobre nosotros actúan las redes o quienes ―en la sombra― las manejan.

            Esa es la razón de mi desencanto ante lo que ―pudiendo ser positivo en esencia― termina por crearnos más conflictos que beneficios―. El misterioso algoritmo que rige las redes, que nos fuerza a comportarnos de una forma irreflexiva y crea en nosotros una dependencia no deseada es la causa de que, de manera pausada ―pues pienso que nada hay que hacer llevados por la urgencia de un calentón― me vaya separando de grupos de wasap, de listas de difusión y de redes varias. Sabe mi amigo que nunca he usado más que Facebook, donde me limito a comentar con mis amigos lo que publico, la experiencia de mis viajes, la impresión que me ha dejado un libro o una película y poco más. Bueno sí, también para ver las fotos de José Ramón San José y de Paco Martín Cobos, los maravillosos dibujos de Carlos Rodríguez, el diario saludo poético de Pepe Infante, las divulgaciones botánicas de José Luis Rodríguez y pocas cosas más. Es decir, las redes son un elemento que nos acerca.

            Debería quedar claro con lo dicho que no soy enemigo de las redes. Todo lo que suponga un avance es positivo y cualquier tiempo pasado, aparte de ser más antiguo, no tiene por qué ser mejor. Le pido a Zalabardo que recuerde cuando ―hacia 1980― se extendió el sistema operativo MS-DOS. Fue el compañero y amigo Carlos Rodríguez quien, en el instituto, nos impartió un cursillo sobre su funcionamiento. Creyendo en las posibilidades que aquello proporcionaba, comencé a utilizar el editor de textos que traía incorporado. Cuando no mucho después apareció Windows, asistí a un curso en el Centro de Profesores, porque aquel sistema de ventanas era una auténtica revolución. Poco antes del 2000 apareció Blogger y, en 2006 me integré entre los blogueros y, como sentía cierto reparo hacia la palabra blog, llamé a este en el que ahora escribo La Agenda de Zalabardo. Por fin, sobre 2005 apareció también Facebook y, en el 2015, me abrí mi cuenta, muro o como se le quiera llamar.


            No soy, pues, enemigo de las nuevas tecnologías y ―aunque por la edad siempre vaya atrasado― me honro de haber estado al lado de quienes comenzaron a utilizarlas en las aulas. Me serví de ellas cuando impartía una asignatura optativa llamada Medios de Comunicación. Y me esforzaba en inculcar en mis alumnos un sentido crítico frente a la comunicación, porque intuía cómo podían afectar aquellas técnicas a la información. Les pedía que pusiesen cuidado para diferenciar qué hay de verdad en cuanto nos llega por los diferentes medios y qué hay que desechar. Entonces no se hablaba todavía de fakes, pero ya existían. Quizá donde más ―en aquellos años― en la guerra comercial entre empresas para ganar clientes o privar de ellos a otras. Les repetía ―los alumnos me llamaban pesado por mi insistencia― que nunca tener más cantidad de información supone saber más.

            De aquellos tiempos a hoy las cosas han cambiado una barbaridad. Y no siempre para bien. Las nuevas técnicas avanzan con mayor rapidez que la formación de los usuarios para moverse entre ellas con garantías. Los medios nos apabullan. Estamos bastante indefensos frente a ellos. No digamos nada si tenemos en cuenta la IA. Aconsejo leer el último libro, Nexus, de Yuval Noah Harari que, con abundante y fiable documentación, nos muestra que, en nuestra época, quien domina la comunicación es dueño del poder. ¿Hace falta hablar de Zuckerberg o de Musk y cómo consiguen que el mundo se mueva a su capricho? Por lo pronto, las compañías de ambos se niegan a establecer filtros de control que impidan la circulación de informaciones falsas o tendenciosas. Y ambos lo hacen con un argumento que, en este caso, vale poco, el de la libertad de expresión, porque con sus redes, lo que en verdad hacen es desposeer a los usuarios de su capacidad de análisis y proporcionarles una información adictiva y malévola a la vez. Ahí tenemos el ejemplo de las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos.



            Zalabardo me llama la atención en el sentido de que yo parecía haber comenzado hablando de un caso concreto y me he elevado hasta consideraciones más universales. Le pido paciencia ―la edad a veces me hace entrar en digresiones que podrían sobrar― y voy a lo que me pide, que es lo que le interesa. Hace unos días, una persona ―conocida y querida por mí― me envió un vídeo que, en mi opinión, aguanta poco ante un análisis serio. Para atacar al presidente del país ―Zalabardo sabe que, aunque me declaro progresista, el presidente Sánchez no goza de todas mis simpatías― un joven ―algo madurito ya y con vestimenta al más puro estilo cayetano― explica la razón del no al reciente decreto que le han tumbado al Gobierno. El mensaje que más o menos subliminalmente transmite este joven es que su madre, como la mayor parte de las madres y los jubilados, no entienden qué es eso del Congreso y de las leyes. Él es listo y su madre, como el resto de las mujeres, algo lenta de entendederas y necesita que se le den las cosas bien masticadas. Los jubilados ya son torpes por el simple hecho de ser mayores. Para él, su madre ―y el resto de las mujeres― necesitan parábolas cercanas a lo que sí entienden, ir al mercado, por ejemplo. Cuando su madre va a comprar naranjas, el frutero ―de quien sobra decir que es un sinvergüenza timador― le da primero dos o tres naranjas buenas para meterle después, «de extranjis» y con la cháchara, varias naranjas «chuchurrías» ―según calificación del cayetano― que ella jamás aceptaría. Significado de la parábola: el frutero timador es el presidente del Gobierno y su madre, el resto de las mujeres y los jubilados pobres desamparados que están en Babia y no se enteran de nada. Afortunadamente, este cayetano y los suyos están para acudir en su auxilio.

            «¿Qué conclusión sacas tú?», me pregunta Zalabardo. Pues que este bien intencionado joven madurito ―o quien esté detrás― tiene muy poca confianza en la capacidad intelectual de su madre y, por ende, del conjunto de las mujeres; como tampoco la tiene en los jubilados, que mejor harían en morirse cuanto antes. Pero es que, aparte de las mentiras que dice, pues sus «argumentos» podrían rebatirse fácilmente, convierte a los fruteros, y por ende a cualquier vendedor, en un sinvergüenza dispuesto a engañar al primero que se le ponga por delante. Por eso no queda más solución que cargarse al presidente del Gobierno.

            Le digo a Zalabardo que todo tiene un límite. Y que he comenzado a borrarme de ciertos grupos, a visitar menos redes y a bloquear ciertos contactos que ―por su actitud, que no ideología, que siempre respetaré aunque no comparta― parecen más dispuestos a la gresca que al intercambio civilizado de pareceres. No es posible ni recomendable que todos pensemos lo mismo, pero cualquier debate debe plantearse desde la racionalidad, no desde el fanatismo.

sábado, enero 25, 2025

¡ASÍ SE ESCRIBE LA HISTORIA!

 


Con esa expresión queremos manifestar nuestro desengaño por no ver reflejado en un texto lo que consideramos verdadero y también la usamos para censurar a quien falta a la verdad cuando refiere un suceso.

        En la parte IV de la General Estoria de Alfonso X leemos un relato bastante novelesco de la muerte de Alejandro Magno. No se le puede censurar nada, teniendo en cuenta la época y la dificultad de acceder a documentación fiable. Se dice ahí que Yolas, hijo de Antípatro, que sentía inquina hacia Alejandro, le proporcionó durante un banquete un veneno disuelto en vino. Enterados los generales macedonios de que su caudillo agonizaba, exigieron verlo y le dijeron «Gran emperador nuestro, queremos que nos digas quién nos gobernará tras tu muerte». Alejandro les respondió: «Caballeros y amigos míos. Os declaro libres de todo vasallaje y sometimiento a mi persona, por lo que, a mi muerte, será vuestro señor aquel a quien elijáis». Acaba el Rey Sabio la narración de este episodio diciendo que los caudillos macedonios solicitaron a Alejandro que allí mismo nombrase sucesor suyo a Pérdicas.

            Le digo a Zalabardo que en este relato se observa muy claramente la dificultad de escribir la Historia de manera objetiva ―por razones muy diversas― y que en su construcción actúan desde la justificable ignorancia hasta los intereses más innobles que podamos imaginar. Alfonso X, por la época en que vivió, carecía de la suficiente y necesaria documentación y se debía servir de relatos muchas veces legendarios. Así, en el relato alfonsino se da por segura una muerte por envenenamiento cuando la historiografía más reciente y fiable piensa que murió víctima de paludismo. Y ―por otra parte― se lee la magnanimidad del héroe al nombrar heredero y la aceptación de sus caudillos cuando los estudios posteriores demuestran que la muerte de Alejandro acarreó una dura lucha por el poder y la decadencia del imperio macedónico.

 


           «¿Me quieres decir ―pregunta Zalabardo― que la Historia no es creíble?». Por supuesto, le niego tal tesis. Me limito a decirle que la Historia exige una continuada y estricta revisión porque el primer relato lo hacen siempre los vencedores, los conquistadores, los colonizadores, los interesados en dejar una versión de los hechos acorde a sus intereses. Por tanto, esa primera versión nace ―casi siempre― matizada por una óptica subjetiva e interesada. Si a esto unimos los errores que puedan deslizarse por la ausencia de documentación de los hechos o por una inadecuada interpretación, el resultado final puede ser bastante desalentador. Por eso, siempre habrá que someterlo a revisión y estudio.

            Me pide Zalabardo que le aclare esto algo más, pues no acaba de entenderme. Recurro a la estricta actualidad. Por ejemplo, el conflicto de Ucrania no lo cuenta del mismo modo un ruso que un ucraniano; o el de Gaza no lo ve igual un israelí que un palestino. Haría falta un distanciamiento para contar los hechos de forma desapasionada. Incluso ―en ocasiones― el distanciamiento tiene que ampliarse. En la narración de nuestra historia, una perspectiva sostiene que la guerra civil se inició con un golpe de estado y derivó hacia un largo periodo de dictadura. En cambio, para otros se inició como un necesario alzamiento salvador que se continuó con un proceso de pacificación y modernización del país. Un análisis objetivo ―que en la construcción de la Historia de la España del siglo XX está tardando― podría poner reparos a ambas interpretaciones, porque no es cuestión de hablar de buenos y malos, sino de contar fríamente la verdad y reparar cualquier injusticia que aún no haya sido reparada.

            Pero le sugiero a Zalabardo que nos remontemos a tiempos más lejanos. ¿Cómo se nos contó en nuestros años escolares el episodio de la Armada Invencible? Durante muchos años ha prevalecido una visión casi romántica defendida por nostálgicos de la España imperial que sostenía que nada se hizo mal y que las condiciones meteorológicas adversas se confabularon contra nuestros barcos. Y en ese relato, lo que más destacaba era que un rey abatido, Felipe II, al tener noticia del desastre, dijo solemnemente: «Yo mandé mis barcos a luchar contra hombres, no contra los elementos». Queda bonito, pero es mentira, ya que el rey jamás dijo tal cosa.

            La historiografía seria se pone en marcha y descubre que la frase, al parecer, se difundió a partir de que un historiador del XIX, Modesto Lafuente, la incluyese en su monumental Historia General de España. ¿Fue, entonces, invención suya? Siempre hay quien no acaba de estar de acuerdo y un buen día apareció otro investigador que nos daba la verdad fetén: que un comediógrafo, Juan Pérez de Montalbán (1602-1638), seguidor de Lope, en su obra El segundo Séneca de España, ponía en boca de Felipe II estas palabras: «Yo la envié contra hombres, no contra mares y vientos». Llegados a esto, ¿qué dijo entonces nuestro rey, si es que dijo algo? Busco y parece que no hay acuerdo, pues si en un lugar se declara que dijo: «Pido a Dios que me lleve para sí por no ver tanta mala ventura y desdicha», en otra parte podemos leer que dijo: «Debemos loar a Dios por cuanto Él ha querido que ocurriera así».

            Sería posible que ―tras lo que llevamos hablado mi amigo y yo― alguien soltara lo de ¡Así se escribe la Historia! ¿Pero quién fue el autor de esta última frase? Por suerte ―le digo a Zalabardo― existe un documento que nos lo aclara. Una carta escrita en septiembre de 1766 por François-Marie Arouet, más recordado como Voltaire, a su amiga la Marquesa de Deffaud. En ella le cuenta que el rey de Prusia le envió cien escudos para socorrer a una familia necesitada y le pidió que, además, les ofreciera asilo en Wessel, a lo que Voltaire respondió que con gusto hubiese querido él mismo presentárselos. El rey de Prusia leyó esta respuesta en presencia del embajador inglés, que no entendió bien lo que decía. Y esto es lo que Voltaire contaba a su amiga: «El joven Tronchin, que no piensa que tengo ya setenta y tres años y no puedo salir de mi casa, imagina que voy a encontrarme con el rey de Prusia y así se lo traslada a su padre; este lo cuenta por todo Paris; y los gacetilleros no paran de hablar del asunto. ¡Y así es como se escribe la Historia; a ver quién se fía luego de los verdaderos historiadores!».



            Esta anécdota del siglo XVIII nos vale para observar que entonces, como ahora, la prensa ya tenía predicamento suficiente para poner las bases de un relato que ―pudiera ser― algún día resultase difícil de aclarar. En Theodoros, la reciente novela de Mircea Cǎrtǎrescu, vemos este curioso caso: «Como suele ocurrir, los periodistas hurgaron en su pasado y le fabricaron una historia que, convertida en leyenda, ha resultado después difícil de verificar». ¿Podríamos estar contemplando en la España de hoy la presencia de unos medios empeñados en crear una historia que se tornará leyenda y que, más tarde, dará pie a que la gente común ponga en duda lo que los historiadores honorables nos cuenten?

sábado, enero 18, 2025

MORDERSE LA LENGUA

 

Si hay algo peor que la censura, no cabe duda de que es la autocensura. Nos enterábamos Zalabardo y yo hace unos días de que Ann Telnaes, caricaturista estadounidense, Premio Pulitzer de Caricatura Editorial en 2001, ha dimitido de su puesto en The Washington Post porque le han censurado una viñeta en la aparecían Jeff Bezos, dueño del diario y de Amazon, Mark Zuckerberg, dueño de Meta/Facebook, y otros grandes magnates arrodillados ante Donald Trump y ofreciéndole donaciones para su campaña.

            Zalabardo, que tiene una memoria más fiable que la mía, me recordó que, siendo presidente del Gobierno Mariano Rajoy, en mayo de 2018, durante una visita a Valencia en que fue abucheado por un grupo de pensionistas, Carmen Martínez de Castro, Secretaria de Estado de Comunicación, sin observar que estaba siendo grabada, comentó al Presidente: «¡Qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles: ‘Pues os jodéis’!». Muy poco después, la Editora de Informativos de TVE en Valencia, Arantxa Torres, dimitió porque le censuraron la grabación y no le permitieron emitirla en la cadena pública.

            Telnaes y Torres son ejemplos de periodistas que tienen la dignidad de dimitir de un trabajo antes que dejar que sus superiores amordacen su libertad de expresión, opinión y actuación y censuren un trabajo con el que los dejan en evidencia. No son muy frecuentes estos casos. A muchos les cuesta mantener la rectitud y no dudan en decir ―como Groucho Marx―: «Si no le gustan mis principios, no se preocupe, tengo otros» y no se ruborizan al ponerse ellos mismos la mordaza. También resulta fácil comprobar cómo hoy en muchos medios ya no se recurre a la censura porque se considera más efectiva la información sesgada.

 

           Hablando de estos casos, no podemos olvidar que Darío Villanueva, director de la RAE entre 2014 a 2018, escribió en 2021 Morderse la lengua, un libro en que denunciaba cómo en nuestra sociedad se ha ido instalando la desinformación, sobre todo recurriendo a dos técnicas mendaces: la corrección política y la posverdad. Si la primera pudo en sus inicios ser digna de elogio, pues pretendía evitar el lenguaje que pudiese ser ofensivo, excluyente y marginador hacia grupos desfavorecidos, ha terminado, por desgracia, convirtiéndose en recurso para callar lo que pueda ser interpretado como ofensivo por cualquiera. Y la posverdad es la distorsión de la realidad ―dirigiéndose a las creencias y emociones antes que a la razón― manipulándola con el fin de influir en la opinión pública mediante la creación de lo que cínicamente llaman verdades alternativas.

            De morderse la lengua es tal vez de lo que hablaba Mariano José de Larra en su durísimo artículo contra la censura Lo que no se puede decir no se debe decir, publicado en octubre de 1835: «…Voy a escribir ya; pero llego a este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa, puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada…»

            Este afán censor reina hoy por todas partes. En multitud de actuaciones ―artísticas, sociales, comunicativas― siempre hay quien encuentra razones ideológicas, religiosas o políticas para sentirse ofendido y pedir la supresión, incluso la condena penal, de lo que no le gusta. La gran paradoja es que este ataque a la libertad de expresión se hace, precisamente, amparándose en el argumento de la libertad de expresión. Los censores intolerantes no se dan cuenta ―o aunque se den no hacen caso― de que las creencias y los sentimientos propios no tienen por qué coincidir con los de los demás. Y que es posible que esos sentimientos que se consideran ofendidos podrían ser causa de ofensa para otros sentimientos distintos.

            Así, morderse la lengua ha llegado a ser una locución que en nuestro idioma significa ‘contenerse al hablar, callando aquello que se quisiera decir’. También tenemos un refrán, En boca cerrada no entran moscas, con el que manifestamos la ‘utilidad de estar callado, pues el silencio excusa de muchas necesidades’. A propósito de este refrán, le cuento a Zalabardo cuál podría ser su origen, que no tiene que ver con lo que hoy entendemos. Se dice que, en el siglo XVI, hizo una visita a Calatayud el emperador Carlos I, que padecía prognatismo ―esa deformación del maxilar inferior que lo hace que mantenerse más adelantado que el superior, lo que obliga a estar con la boca semiabierta―. Un labriego que se le acercó le dijo: «Cerrad la boca, majestad, que las moscas de este reino son traviesas».



            Hoy abundan quienes pretenden que nos mordamos la lengua, quienes ―sin la ironía del labriego― nos incitan a mantener cerrada la boca. Persiguen tal cosa ―Zalabardo me hará ver que se ha dicho un poco más arriba― quienes buscan coartar nuestra libertad de expresión haciendo cuanto esté en sus manos para implantar, desvergonzadamente, la suya. Zalabardo sabe que no soy defensor de la tesis que sostiene que, en una reunión, no debe hablarse de política, ni de religión, ni de fútbol. ¿De qué hablamos, entonces, si somos animales políticos, si desde el comienzo de la humanidad preocupa el sentimiento religioso, si el fútbol es el deporte más extendido y el que mayor cantidad de público atrae? Podríamos preguntarnos de qué política, de qué religión, de qué fútbol desean que no hablemos. ¿Vamos a vivir toda la vida mordiéndonos la lengua? ¿Mantendremos permanentemente cerrada la boca ―aunque no padezcamos de prognatismo― mientras los más intolerantes lenguaraces son las moscas que revolotean ―amparados en su poder y sus riquezas― intentando que nos dobleguemos ante las reglas que ellos inventan?

sábado, enero 11, 2025

¿SON EN VERDAD ACIAGOS LOS MARTES?


Mi paisano Francisco Rodríguez Marín, erudito, reconocido cervantista, poeta, estudioso de la literatura popular e insigne paremiólogo, definió el refrán como «dicho popular, sentencioso y breve, de verdad comprobada, generalmente simbólico y expuesto en forma poética, que contiene una regla de conducta u otra enseñanza». Y Cervantes puso en boca de don Quijote: «Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia».

            Como suele decirse ―viene bien aquí echar mano del refranero― que algo tendrá el agua cuando la bendicen, los refranes han atraído la atención de muchos estudiosos, tanto antiguos como modernos. Apenas nadie se opone a mantenerlos en el altar en que por lo general son colocados. Sin embargo ―le digo a Zalabardo― ninguno de los elogios que se les aplican evita que topemos con algunos ―y no son pocos― que resultan a todas luces contradictorios. Decimos que a quien madruga, Dios le ayuda y, no obstante, a la vez damos por bueno que no por mucho madrugar amanece más temprano; frente a la intención es lo que cuenta tenemos por seguro que el infierno está lleno de buenas intenciones; y aunque aceptamos que la cara es el espejo del alma, nadie tiene dudas de que ―en no pocas ocasiones― las apariencias engañan. ¿Acaso esto prueba que esa «sabiduría popular» no es tan de fiar?

            Ni mucho menos. Mi amigo y yo somos fervorosos defensores del refranero. Pero en la vida no todo el monte es orégano y no faltan ocasiones en que se nos vuelva alcaravea. Por eso no debe escandalizar que haya refranes no ajustados a «verdades comprobadas» ni que más de uno no sean fruto «de la misma experiencia». Hay refranes de cuya enseñanza se duda y que, a poco que meditemos, manifiestan más una superstición, «creencia contraria a la razón», cuando no una superchería, «engaño o falsedad flagrante». Por ejemplo, ¿qué experiencia sustenta la creencia del carácter aciago de los martes? Si aplicamos lo dicho más arriba sobre las paremias contradictorias, tenemos aquí un buen campo de análisis. Contra el martes se alinean, entre otros muchos: En martes, ni te cases ni ye embarques; En martes, ni tu hija cases ni tu marrano mates; Si quieres que tu gallina buenos pollos saque, ni le pongas trece huevos, ni la eches en martes. Aunque contra esta vulgar creencia podemos reunir otra amplia lista en que se mantiene que tan malo puede ser el martes como cualquier otro día: Buenos y malos martes los hay en todas partes; Cada martes tiene su domingo; En todos los tiempos y en todas partes hay domingos que son martes.


            Le hago saber a Zalabardo que no pretendo que desarrollemos aquí un estudio de los refranes. Pero sí podríamos entretenernos un poco buscando la razón por la que se considera que el martes ha de ser más funesto que cualquier otro día. En nuestro apoyo podemos acudir a la opinión de un gran erudito del siglo XVIII, Benito Jerónimo Feijoo. En los ocho volúmenes de su Teatro crítico universal, publicados entre 1726 y 1740, y en los cinco de las Cartas eruditas y curiosas, que fueron apareciendo desde 1742 a 1760, reúne este fraile benedictino una gran cantidad de ensayos que se imponen como objetivo rebatir supersticiones y errores muy comunes en su tiempo. En uno de estos ensayos, titulado Días aciagos, se detiene precisamente en la creencia sobre el mal agüero de los martes. Con su ironía y conocimientos, desmonta la tesis de dos historiadores, Juan de Mariana y Jerónimo Zurita, que, haciendo más caso de habladurías y leyendas que de certezas históricas, defienden que se comenzó a considerar nefasto el martes porque en tal día de 1276 sufrió una derrota Jaime el Conquistador. Tiempo después, Diego Clemencín, en su edición del Quijote de 1833, incluye una nota en el capítulo X de la segunda parte en la que sugiere que esta superstición se inició a raíz de la derrota de Alfonso el Batallador en la batalla de Fraga, en 1134.

            En el ensayo de Feijoo leemos: «La observación del martes como aciago pienso que es particular a España; pero, debajo de la generalidad de reputar tales o tales días faustos o infaustos, es manía muy antigua y muy repetida en el mundo». Y pone como argumento un libro, Dies geniales, del italiano Alessandro Alessandri, que dedica un capítulo completo a explicar cómo en todas las culturas se señalan días felices o infelices sin que exista una causa cierta que ampare tal costumbre.



           ¿Cuál es la base ―me pregunta entonces Zalabardo― de que en España consideremos nefasto el martes? Le digo que eso no sucede solo en España, sino en otros muchos países y que ya mi paisano Rodríguez Marín, en Los Refranes del Almanaque, afirmaba que era una superstición de clara filiación gentílica. En efecto, tenemos que remontarnos a la mitología griega. El nombre de ese día de la semana, martes, procede de que era el dedicado a Marte, dios de la guerra, causante de violencia y conflictos. Creyentes griegos y romanos de la influencia de los dioses en la vida cotidiana, el martes no se consideraba día adecuado para bodas, actividades o negocios que requerían buenos augurios.

            ¿Y por qué se asocia también este día con el número trece? En este caso ―le digo a Zalabardo― hay una relación estrecha entre superstición y religión. Una tradición sin fundamento sostiene que Cristo fue crucificado un día 13; en la última cena eran 13, y este puesto correspondió a Judas, el apóstol traidor; en el capítulo 13 del Apocalipsis se habla del Anticristo y de la bestia de trece cabezas; en la Cábala, son 13 los espíritus malignos; en la mitología vikinga, al banquete de Valhala acuden 13 dioses y este puesto corresponde a Loki, dios traicionero y caótico…

            Feijoo escribe en el ensayo citado acerca de la naturaleza aciaga del martes: «Lo peor no está en que esta observación es falsa sino que sobre todo es supersticiosa, y lo mismo digo de la observación de otro cualquier día, o de la semana o del año, como fausto o infausto, y asimismo como apto o inepto para que alguna operación o diligencia tenga buen efecto […] Es supersticioso observar qué tiempo, verbigracia, si lluvioso o sereno, hizo en los días de San Vicente, San Urbano y de la conversión de San Pablo, para colegir de ahí si la cosecha será buena o mala». Le pregunto a Zalabardo si sabe que Feijoo ―el del siglo XVIII, no el de ahora― fue denunciado ante la Inquisición por sus ideas renovadoras y que se salvó gracias a una pragmática de Fernando VI en la que se declaraba que las obras del benedictino eran «del agrado de su real majestad».

            Zalabardo se ríe y me dice que, por lo que le cuento, parece que nunca han faltado manos blancas que no reparan en la suciedad propia. 

sábado, enero 04, 2025

¿AÑO NUEVO?


Como si viviésemos un eterno retorno, todo se nos repite y nos encontramos con que ya ha pasado la Navidad, ya ha pasado la Nochevieja y ya ha pasado 2024. Ayer tarde, en la consulta del médico, una doctora joven ―por el cansancio de las fiestas o el exceso de trabajo― se armó un lío con las recetas; en una escribió 2 de diciembre, en lugar de enero, y, en la otra, 2024 en lugar de 2025. En la farmacia descubrieron los fallos y se hizo necesario acudir a me hicieran recetas nuevas y correctas. Cuando se lo cuento a Zalabardo, se me echa a reír en la cara y me dice: «¿Año nuevo? ¿Vida nueva? ¿Tiempo nuevo? No sé la pobre doctora, pero tú sigues perteneciendo al grupo de los ilusos que piensan que las cosas cambian cuando la realidad no es otra que quienes cambiamos, si acaso, somos nosotros».

            Lo que más me extraña es ese si acaso que introduce en su discurso, porque yo me veo cambiado. Y se lo digo. Con no sé bien si incredulidad sobre sus propias palabras o desencanto, me contesta: «Solo en eso aciertas. En lo demás, tendemos a creer que el tiempo pasa, que los años pasan y que las cosas pasan, y que solo nosotros nos mantenemos incólumes y constantes. Nos equivocamos al no pensar que somos nosotros los que pasamos por el tiempo, que no tiene ni principio ni fin y, para colmo, nos deja tirados en la cuneta en cuanto que le parece».

            Creo que mi amigo se está poniendo muy filosófico y que no hay que tomar las cosas así. Pretendo que piense en la cantidad de nuevos propósitos, de deseos de felicidad, de mensajes alegres que la gente intercambia estos días. Sin darme tiempo a seguir, mi amigo continúa: «¿Ves lo que te digo? ¿Tú has leído cuando Manrique nos advierte del engaño de pensar que lo que se espera durará más que lo que ya pasó, o que solo es sabio quien no duda en dar lo venido por pasado? ¿Tú has leído al emperador Marco Aurelio cuando nos pide recordar que se vive solo en el momento presente, un breve lapso, pues el resto es vida pasada o futuro incierto? ¿Tú has leído a Horacio aconsejarnos que no concedamos crédito al futuro, pues mientras hablamos se habrá fugado el tiempo? ¿Tú has leído a Quevedo decir que ayer se fue y mañana no ha llegado? Todo ello se resume en el famoso carpe diem, o sea, vive el presente, consejo tan manido como poco seguido por muchos».


            Me quedo pensando en todo ello mientras Zalabardo se levanta a coger algo. Es un periódico de hoy, viernes, día 3, tercer día del nuevo y ―deseado― venturoso año 2025. Lo abre y me lee fragmentos de un artículo de Juan José Millás: «Se sigue matando a las mujeres, continúan naufragando cayucos, el hambre sigue haciendo estragos por doquier […] No somos capaces de imaginar cómo es morirse congelada a los veinte días de nacer».

            Reacciona así Millás ante la tragedia de que, entre los refugiados de Gaza, haya muerto a causa del frío un bebé de veinte días. Zalabardo ―en quien ya no voy viendo incredulidad ni desencanto, sino rabia poco contenida― casi me grita: «¿Año nuevo, vida nueva, tiempo nuevo, felicidad y prosperidad? Mira las noticias: sigue el genocidio palestino por parte del Estado de Israel, sin que nadie le ponga freno; sigue la guerra en Ucrania, promovida por un dictador con delirios imperiales; siguen sin poner solución honrosa al problema de los inmigrantes; siguen los atentados terroristas por parte de mentes intolerantes y fanáticas. ¿Qué nos trae el cambio de año?»


            Pero Zalabardo no se detiene: «Y, si nos vamos ya al terreno de los comportamientos ridículos, ahí sigue una organización ―fanática e intolerante, a más de hipócrita― llamada Hazte oír y que más bien debiera llamarse Ponte al día, escucha y comprende la realidad. Tiene la desfachatez de denunciar a una actriz cómica por mostrar una estampita que, según ellos, ofende sus principios y creencias religiosas ―aunque por una estampita que santifica a una política de su cuerda no se sintieron ofendidos―. Los miembros de esa absurda institución podrían ser denunciados cuando se atiborran de carne de cerdo o de solomillos de ternera porque con ello ofenden las creencias y principios religiosos de musulmanes e hindúes. O podrían ser denunciados por enriquecimiento injusto en negocios de alquileres y construcción. O por acaparar productos alimenticios para conseguir alzas de precios. O por negarse a un divorcio que ellos consiguen con otras prácticas o un aborto que realizan de maneras disimuladas en caras clínicas…».

            Me siento apabullado por las palabras de Zalabardo, siempre tan comedido. No sé siquiera si debo hablar, pero me atrevo y, pese a cuanto me dice, le pregunto si ve mal que la gente se desee paz, prosperidad y unos mejores tiempos. Mi amigo guarda silencio, parece meditar y, finalmente, me dice: «¡Pues claro que no me parece mal! Lo que me molesta es la despersonalización en que caemos casi sin pensarlo. Internet nos tiene tan comido el coco que no sabemos dar un paso sin recurrir a ella». Ahora resulta que mi amigo la toma con Internet. Y le pido que me lo aclare, porque lo encuentro hoy bastante sulfurado. «Mira» ―me dice― «Internet es uno de los mejores inventos de los últimos tiempos. Nos ofrece posibilidades casi sin cuento e inimaginadas hace solo treinta años. Pero nos volvemos tan vagos que solo cogemos de ella lo malo».



            Hoy soy yo quien escucha y Zalabardo quien habla. Por eso le ruego que, con brevedad, me aclare sus últimas palabras. Y lo hace: «Conectiva, una compañía dedicada al estudio de las patologías cerebrales, ha publicado recientemente un análisis que concluye en que el uso inapropiado de Internet provoca problemas de atención, de memoria, de aprendizaje, de comportamiento, de interacciones… ¿Te pongo un ejemplo? En otro tiempo, llegadas estas fechas, alguien ―que podías ser tú― compraba una tarjeta de felicitación en la que escribía un breve mensaje, la metía luego en un sobre, escribía una dirección y esa tarjeta llegaba a su destinatario ―yo, por ejemplo―. Con las redes sociales, un sujeto escribe un mensaje despersonalizado que envía, mediante un clic, a todos sus contactos ―¿100, 200, 300, 1500…?― de los que posiblemente no conozca más que a una decena. Eso sí, añade una foto muy bonita de un belén, un paisaje nevado, unas copas de cava…, que ha sacado también de la red. Y ya no digo nada cuando lo que se envía es uno de esos dichosos reenviados muchas veces. O sea, que Pepito, o Manolita, no pierden siquiera el tiempo en decirme: ‘Hola, Zalabardo, que lo pases bien’; ni siquiera escriben el nombre del destinatario. Envían algo que alguien envió a otro, y este a otro, y este a otro… y, así, hasta el infinito y más allá. ¿Vale la pena perder el tiempo en ver un reenviado?»

            Creo que tengo que callar y no añadir nada. Si acaso, sugerir que reflexionemos sobre las palabras de mi amigo. 

sábado, diciembre 28, 2024

CLASIFICACIONES Y ORDEN DE PRIORIDADES

 

¿Por qué se martirizará a los niños poniéndolos en la difícil situación de contestar si quieren más a papá o a mamá? ―me pregunta Zalabardo y me siento casi obligado a responderle que no es solo a los niños, que parece como si sobre los humanos pesara una maldición que nos lleva a tener que elegir entre opciones que no tienen por qué ser antagónicas o a priorizar entre elementos de una serie de elementos de semejante naturaleza. Se nos incita a elegir entre Beatles y Rolling; sin conocer si somos aficionados al deporte se nos pone en la tesitura de si preferimos el fútbol o el baloncesto. Suponiéndose que cualquier empleado de una empresa deberá ser amable con el cliente ―incluso si este es un malasombra, que también los hay―, se nos solicita que califiquemos entre 0 y 9 el servicio que nos han prestado.

            Me confiesa Zalabardo que se le ha ocurrido la pregunta así, de repente, mientras consultamos una de las innumerables listas de los mejores libros de 2024. Como es lógico ―le digo a mi amigo― en estas listas, que en verdad son muchas, aunque haya coincidencias, también aparecen notables divergencias, lo que se comprende porque cada una de ellas está realizada por una persona o grupo de personas diferentes y en la valoración de una lectura intervienen factores diversos. O sea, me contesta― que a unos les va más la paella de mariscos y a otros el arroz negro. Me parece que es una acertada manera de decirlo.


            Cuesta trabajo ―sigo diciéndole a mi amigo― escapar de esta fiebre clasificatoria. Y le hago saber que también yo he caído en la tentación de ver qué dicen los críticos sobre mis lecturas recientes. Y me congratula ver ―no lo negaré― que, pese a estos criterios y listas diferentes, los libros que me han interesado han atraído también a otras personas y varios de ellos me los encuentro incluidos entre los 10 o 15 primeros de los considerados mejores libros del año: Baumgartner, de Auster, La península de las casas vacías, de Uclés, Los Escorpiones, de Barquinero, La última función, de Landero… De ellas, la que más me ha gustado, con diferencia, es la novela de David Uclés. También he leído El niño, de Aramburu, que algunos no mencionan y a mí me ha emocionado hondamente porque recuerdo de forma muy vívida aquel suceso y lo que significó. Aramburu entra en él sin ninguna clase de melodramatismo y haciendo gala de su claro estilo. Y si se tiene en cuenta los libros de no ficción, me extraña no ver en lugar destacado Nexus, de Harari, que me parece un libro que hace un claro repaso de la historia de la información y, sin catastrofismos y apoyado en una exhaustiva documentación nos previene contra lo que pudiera significar la IA.

            La conversación deriva hacia las prisas con que solemos hacer cualquier cosa de unos años a esta parte. Cree Zalabardo reconocer ausencia de análisis, de estudio sereno del asunto de que se trate, imposición de modas pasajeras que, del mismo modo que entran, salen de nuestras vidas. Sucede con el propio lenguaje y le pongo a Zalabardo el ejemplo del diccionario oficial de una lengua; en nuestro caso, el DLE. ¿Debe recoger un diccionario todas las palabras que se utilizan en un país? La respuesta es claramente negativa. Faltaría espacio. Siempre oí decir en mi pueblo bilorio, ‘persona inquieta’ y saquito, ‘tipo de jersey’ y a nadie se le ocurrió pedir nunca que entrasen en el diccionario. En Málaga conocí moña, ‘afeminado’, significado que el diccionario no recoge, y foel, ‘cosa fea, de mala calidad’, que ni siquiera aparece.



            Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la RAE saca cada año una lista interminable de nuevos vocablos a los que se da acceso al DLE. ¿Habría que censurar esa entrada? No es eso lo que pretendo decirle a mi amigo. Siempre he considerado loable la postura de Feijóo ―el erudito del siglo XVIII, no el político de ahora―, que pedía tolerancia a la hora de adaptar y adoptar vocablos, y se oponía a cualquier falso sentido de pureza lingüística. A las palabras ―es lo que pienso― hay que dejarlas madurar, dar ocasión a que el pueblo se habitúe a ellas y las haga suyas ―o no― empleádolas con naturalidad, no porque provengan de una moda tal vez pasajera.

            Que no se dejan madurar y nos regimos por la moda, por la circunstancia de un momento, queda patente con la elección de las «palabras del año». Por citar algunos ejemplos, en 2020, entre las candidatas a tal honor se encontraban infodemia y estatuafobia; y un poco más atrás, en 2018, figuraban micromachismo y dataísmo. No fueron las ganadoras ni apenas nadie se acuerda de ellas. ¿Qué fueron ―como diría Manrique― sino verduras de las eras?


            Me dice Zalabardo ―regresando al tema de los libros― que lo que digo sobre prisas y falta de análisis se puede aplicar a unas noticias que ha leído. Hace días, en un diario aragonés se afirmaba que El infinito en un junco, de Irene Vallejo, era «la mejor obra del siglo XXI». Pero es que, en otro periódico se proclamaba que Arturo Pérez-Reverte es «el mejor novelista español del siglo XXI». El libro de Irene Vallejo es un extraordinario ensayo publicado en 2019 que mereció el Premio Nacional de Ensayo en 2020, que ha sido mundialmente valorado y del que, si no estoy errado, se han vendido más de dos millones de ejemplares hasta el momento. Sobre el prestigio y popularidad del prolífico Pérez-Reverte, periodista, corresponsal de guerra, novelista y académico, tampoco diré nada en contra.

            Pero, a punto de entrar en 2025 y así completar el primer cuarto de este siglo, ¿no parece excesivo calificar el libro de Vallejo y la figura de Pérez-Reverte como los mejores del siglo XXI? Quedan aún setenta y cinco siglos por delante. No tengamos tanta prisa por cerrar una lista de celebridades que aún dará mucho que hablar. Elogiemos la calidad de ambos, pero esperemos a que el tiempo los coloque en el lugar que les corresponda.

sábado, diciembre 21, 2024

LA IMAGEN Y LA PALABRA

 


«¿Crees que es cierto que una imagen supera el valor de mil palabras?» La pregunta me la plantea Zalabardo mientras conversamos sobre las adaptaciones cinematográficas de dos novelas míticas: Pedro Páramo, película, y Cien años de soledad, serie. La primera ya la hemos visto; la segunda, acabamos de verla ayer viernes; al menos los ocho capítulos de la primera parte, pues suponemos que continuará hasta el final de la historia.

            Vivimos unos tiempos incomprensibles de prisas, de negativa al análisis profundo y al debate sereno de cualquier cuestión. Somos miembros de una sociedad en la que ―frente a como se pensaba en otras épocas― parece concedérsele más valor a la imagen que a la palabra. Lo vemos en el hecho de que se soporta mejor un breve suelto periodístico que un reportaje profundo; y mejor la versión cinematográfica de una historia que su desarrollo en forma de libro. Es la inmediatez lo que prima, aunque eso entorpezca el análisis. En este caso, la inmediatez de la imagen sobre la lectura pausada del libro. Quizá por eso se elogie la fotografía como auténtico reflejo de la realidad.

            Sin embargo, no nos paramos a pensar en lo que decía Susan Sontag: «Que las fotografías sean a menudo elogiadas por su veracidad, su honradez, indica que la mayor parte de las fotografías, desde luego, no son veraces». No sé qué opinión tendrán al respecto mis amigos, magníficos fotógrafos, José Ramón San José y Paco Martín Cobos. Como filólogo ―le confieso a mi amigo― valoro más la palabra, sin que esto signifique menosprecio de la imagen, pues no solo me gusta la fotografía, sino que no niego la fuerza significativa que tienen las señales icónicas. Cuando vamos conduciendo, un círculo rojo con una banda horizontal blanca actúa sobre nuestro cerebro ―para nuestro bien― con mayor rapidez que un letrero donde se leyese «Tiene usted prohibido el paso por este lugar».

            No obstante, la imagen puede resultar si no engañosa, sí al menos confusa por no reflejar la totalidad de lo representado. Valga de ejemplo la polémica en torno a la fotografía de Robert Capa Muerte de un miliciano, imagen icónica de nuestra guerra civil. Richard Whelan, experto estudioso de Capa dice sobre ella: «Me he enfrentado al dilema de tratar con una fotografía que se cree que es verdadera, pero sobre la que no se puede estar seguro de que sea un documento veraz».

            Cuando leemos el Quijote, descubrimos pronto que la mayoría de las aventuras del caballero responden a un proceso semejante: algo, en principio, aparece; ese algo inicialmente indefinido parece ser una cosa; finalmente, la mente convierte lo que parece en algo que no tiene por qué coincidir con la realidad. O sea: aparecer, parecer, ser. La mente de don Quijote trabaja coaccionada por una literatura cuyos contenidos él confunde con la realidad. ¿Pero quién puede negar que su mente, su imaginación, es lo que lo empuja a interpretar aquello que ve de manera distinta a como lo interpretan otros? Aunque luego vengan los Sanchos insistiendo en que ya nos habían avisado de nuestro error.

            Vuelvo con Zalabardo, primero, a lo de la imagen y las palabras. El origen de esa sentencia se señala en una frase de Henrik Ibsen que luego se fue transformando: Mil palabras no dejan la misma impresión profunda que una sola acción. Eso fue lo que dijo el poeta y dramaturgo noruego. En 1911, en un reportaje del periódico The Post-Standard, publicado en el área metropolitana de Syracuse, Nueva York, se leía: Usa una imagen. Vale más que mil palabras. Y, en 1913, un concesionario de automóviles de una ciudad estadounidense se promocionaba con la frase Una mirada vale más que mil palabras. Álex Grijelmo, en su artículo Más que mil palabras, publicado el pasado mes de enero, desvela que fue un publicista americano Fred R. Barnard quien, para teñir de prestigio la frase, se inventó que Una imagen vale más que mil palabras era una máxima que había pronunciado Confucio.


            Y tras aclarar esto, nos centramos Zalabardo y yo en el tema con que se inició este apunte, la conversión en cine de determinadas obras. Aunque siempre existirá la polémica de si es mejor el libro que la película que en él se inspira, le propongo a mi amigo otra pregunta: ¿es susceptible todo libro de ser convertido en película? Pienso en películas que proceden de una obra literaria y recuerdo algunas que me parecen admirables por fieles y respetuosas con el texto original. Se podrían citar bastantes, pero pienso, así de pronto, en Matar a un ruiseñor, La naranja mecánica, Los santos inocentes o Doctor Zhivago.

            Pero, le digo a mi amigo, no puedo imaginarme el Quijote hecho película sin que se corra el riesgo de que el resultado sea una caricatura ridícula o una visión incompleta. ¿Cómo puede recrear una película esos pensamientos de un don Quijote arrojado a un mundo que no entiende y que desea mejorar, frente a la incomprensión de cuantos lo rodean? ¿Cómo se refleja en la película el sentimiento de quien dice a don Álvaro Tarfe: «Yo no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo»? ¿O el espíritu que anima al caballero cuando ante los sorprendidos pastores pronuncia su discurso sobre la edad de oro?

            Del mismo modo, me parecen difíciles de llevar al cine ―no quiero decir que imposibles― Pedro Páramo o Cien años de soledad. De la primera, puedo decir que me ha decepcionado. De la segunda, valoro la realización, las imágenes que, sin embargo, necesitan de una voz en off que pronuncia frases del texto para hacer comprensible lo que vemos. Pero soy de la opinión de que, en estas novelas, tan importante es lo que se cuenta como la forma en que se cuenta, es decir, las palabras. La imagen de Pedro Páramo es simple, pero las palabras que nos cuentan su historia son múltiples y mágicas. ¿Cómo trasladarlas a la pantalla? ¿Cómo conseguir que veamos el interior del protagonista cuando entra en una Comala silenciosa y piensa en lo que ha visto en otros lugares, palomas que rompen el aire quieto y el revolotear de gritos de niños que parecen teñirse de azul en el cielo del atardecer? ¿Cómo trasladar a la pantalla, en Cien años de soledad, la decepción de Aureliano Babilonia cuando comenzó a conocer su propio origen leyendo los escritos en sánscrito de Melquiades: «Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces»?

 


           El Quijote, como Pedro Páramo, como Cien años de soledad, son novelas para ser leídas, cascadas de palabras, mil y más, que te enganchan y que no hay imagen capaz de ofrecértelas con la magia que tienen en la letra impresa. Lo contemplado en la serie sobre la obra de García Márquez ―le digo a Zalabardo― choca con la imagen interior que yo tenía del texto leído. Y es que la literatura concede al lector la oportunidad de dejar volar su imaginación. La serie de que hablamos, en cambio, anula esa capacidad imaginativa e impide que conozcamos toda la carga de símbolos y poesía que la novela tiene.

sábado, diciembre 14, 2024

ABUNDIO Y COMPAÑÍA

 

Hay nombres ―reales o ficticios― que el pueblo y las tradiciones han convertido en símbolo y resumen de la ingenuidad, medida del tiempo, la falta de inteligencia, la fealdad, la gula…: Abundio, Maricastaña, el Tato, Picio, Pichote, la Bernarda. A nadie le resultará complicado añadir otros, puesto que son muchos los que hay.

        Hablando con Zalabardo, le cito a un tal Bertrand Ndongo ―que milita en el ultraderechista VOX y fue asesor de Rocío Monasterio― a quien se le puede aplicar perfectamente lo de ser más tonto que Abundio, personaje que simboliza la torpeza y la falta de inteligencia por sus incoherentes actuaciones. De Abundio se dice, por ejemplo, que vendió su coche para comprar gasolina, o que fue a vendimiar y se llevó uvas de postre, o que en una carrera en la que corría solo llegó segundo.

            Lo de Ndongo no lo digo por su afiliación política, pues cada uno es libre de meterse en el berenjenal que desee. Lo digo porque ―lenguaraz en las redes sociales― siendo de origen camerunés y habiendo entrado en España como inmigrante, es furibundo enemigo ―como su partido― de la inmigración; siendo de piel negra, no condenó a los racistas que insultaron a Niko Williams por el color de su piel, sino al futbolista «por pretender amoldarse a costumbres de los blancos»; disculpaba a Dani Alves, acusado de violación, culpando a las mujeres por su forma de vestir. Todo eso bastaría para calificarlo de ser peor que Abundio. Pero, ahora, se lanza a criticar al Gobierno de la nación burlándose en Twitter de una actriz cómica, Lalachús, por ser gorda. O sea, es inmigrante antiemigración, negro racista contra los negros, justificador de las violaciones y, para colmo, machista y gordofóbico. Vamos, que Abundio al lado de Ndongo es una eminencia.

        Ya puestos, mi amigo y yo repasamos cuál pueda ser la raíz de esos dichos que protagonizan Picio, Abundio, Pichote y otros. ¿Fueron personajes reales o son fruto de la imaginación popular? Sobre Abundio circulan varias versiones. Se habla de un san Abundio, mártir, presbítero cordobés que, en un periodo en que el Islam confraternizaba con el Cristianismo, él acudía cada día ante la puerta del cadí despotricando contra Alá y el Islam. El cadí, que observó que Abundio era hombre de pocas entendederas, lo conminó hasta once veces a deponer su actitud. Pero Abundio no se avino a razones. Finalmente, fue apresado y condenado a muerte. Otra versión nos lo presenta como mozo de un cortijo a quien enviaron a comprar unos dulces, bolados, hechos a base de azúcar y, a la vuelta, para protegerlos del calor, los iba metiendo en el agua de un río. Y aún hay una versión más «histórica»: la que habla de un capitán de fragata, Abundio Martínez de Soria, que, durante la guerra hispano-norteamericana de 1898, en la batalla naval de Cavite, ya perdida y retirados los pocos barcos españoles que se libraron del desastre, cometió la absurda heroicidad de dirigir el suyo contra los americanos, que lo hundieron con suma facilidad.



        A Pichote, el nombre, lo recuerdo de mi juventud. Solíamos muchos alumnos del instituto, para reforzar nuestros conocimientos de matemáticas, acudir a una academia. Su director, Cuevas, solía decirnos a veces: «Eres más tonto que Pichote, que se bañaba en un lebrillo y ponía al lado un martillo por si veía peligro de ahogarse». Más tarde, supe que Pichote fue un gánster, Gennaio Spummarolo, il Picciotto (el muchachito), miembro de una banda opuesta a Al Capone. Un día, le tendieron una trampa dándole un soplo sobre dónde podría acabar con el famoso gánster. Ingenuamente, creyó lo que le decían y fue él quien pereció en la emboscada.

        ¿Y quién no ha dicho que algo parece el coño de la Bernarda para referirse a la falta organización y existencia de desorden? Pues bien, parece que la Bernarda era una curandera granadina que andaba de un lugar para otro ejerciendo sus artes y en cuya casa entraba y salía mucha gente, creando un gran desconcierto. ¿Qué técnicas curativas usaba la Bernarda? Rezar unas oraciones que se inventaba y tocar los genitales de sus pacientes.

En El casamiento engañoso, de Miguel de Cervantes, leemos cómo el soldado Campuzano relata a su amigo el licenciado Peralta que, estando en un hospital de Valladolid curándose de unas fiebres, vio conversar a los pies de su cama dos perros. El licenciado le replica: «¡Cuerpo de mí! ¡Si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, o el de Isopo, cuando departía el gallo con la zorra y unos animales con otros!» Esta Maricastaña se cita cuando alguien desea referirse a tiempos muy antiguos. Y he aquí que José Godoy Alcántara ―lo cuenta José María Iribarren en El porqué de los dichos―, nos dice que Mari-Castaña era una tal María Castaño que, en el siglo XIV, junto con su marido y otros parientes, se negaron a pagar unos tributos exigidos por el obispo de Lugo, aunque se redimiría de su pecado donando más tarde una elevada cantidad de dinero a la Iglesia.

        ¿Y quién es ese Quico del que todos nos acordamos cuando comemos más de lo razonable? También, como en todos estos casos ―le digo a Zalabardo―, hay versiones diferentes. Una dice que Manuel Fernández Doña, pregonero de Aznalcázar, pueblo sevillano. Se cuenta que en 1940, para celebrar el Corpus, el Ayuntamiento organizó una mariscada a la que invitó a todas las autoridades y a cuatro empleados del municipio, entre ellos a Fernández Doña, apodado el Quico. Este hombre se puso a comer gambas hasta reventar. Estuvo desaparecido varios días y al final lo encontraron en las afueras, bajo un puente y presa de alta fiebre. Pero otros, entre quienes hay que contar a la filóloga de la Universidad de Oviedo María Prieto, sostienen que este Quico es un personaje popular muy anterior, que aparece en varios cuentos. Entre ellos, uno recogido por José Antonio Sánchez Pérez en Cien cuentos populares españoles. También Francisco Pérez Abellán publicó en 2010 El hombre lobo y otras bestias, entre cuyos relatos recoge el de un bandido catalán, Francisco Sabater Llopart, Quico, que se dedicó a robar bancos. De ahí ―dice este autor― viene lo de ponerse como el Quico, harto de robar dinero.



        Como esto podría ser el cuento de nunca acabar, le sugiero a Zalabardo que terminemos con el origen de No estuvo ni el Tato, con que aludimos a una reunión a la que nadie asiste. Aquí parece haber más realidad. En el siglo XIX vivió un torero, Antonio Sánchez, el Tato (1831-1895), sevillano, cuyas estocadas al volapié se hicieron célebres. Incluso, tras una grave cogida en que perdió la pierna, siguió toreando con una ortopédica. Alcanzó tal popularidad que apenas si había espectáculo taurino en cuyo cartel no apareciese, ni fiesta que se preciase a la que él no acudiese. Por eso, si una reunión resultaba desangelada, se decía que a ella no había ido ni el Tato.

sábado, diciembre 07, 2024

DEL ‘ME GUSTA LA FRUTA’ AL CARAPAPA…

 


Me cuenta Zalabardo que le preguntaron hace días qué es ser un tonto del culo y que él no está seguro de que tal expresión tenga por necesidad que entenderse como un insulto. Su pregunta nos lleva a plantearnos lo que en realidad sea un insulto. Leemos en el DLE que insultar es ‘ofender, provocar a otra persona irritándolo mediante palabras o frases’. Es una forma de menosprecio hacia quien se dirige. Le digo que, aceptado esto, podemos establecer una escala bien variada. Así, cuando alguien espeta a otro que le gusta la fruta con intención ofensiva, aunque disimulando decir otra cosa, solo muestra un pijerío pueril y una mentalidad próxima a la ridiculez. En el otro polo, si en una discusión alguien acusa a su contrincante de ser el chivato del módulo (esta historia me la contó hace unos días mi amiga Elena Picón ―referida a un personaje marginal, el Churumbel de Málaga―), se puede entender que se le está arrojando todo el veneno de que uno es capaz.

            Pero, le digo a Zalabardo, hay palabras y expresiones que se encuentran en unos límites que no dejan entrever si son en realidad ofensivas o, por el contrario, hasta pueden ser manifestación de cariño. O sea, que son insultos menores, pecadillos algo menos que veniales. Pero es que, además, algunos no reflejan tanto una calificación del otro, sino la impresión que en nosotros deja la observación de un comportamiento o modo de ser de otra persona.

            Por ejemplo, ¿qué es un malafollá granadino? Hay una historia que pretende ser origen de la expresión. Se cuenta que un herrero del Sacromonte tenía un hijo que no sabía manejar correctamente el fuelle que da aire para alimentar el fuego. Entonces, el padre decía de él que no sabía follar (soplar). Y a todo el que lo quisiera oír decía que su hijo tenía muy malafollá. Y el término se extendió como equivalente a malage, malasombra y cosas así. Pero José García Ladrón de Guevara, sostiene en un libro sobre el tema que la malafollá granadina no supone ni mala educación, ni mal carácter, ni desatención, sino que es «una suerte de mala hostia gratuita que los granadinos repartimos sin ton ni son». Viene a resumir que es una idiosincrasia granadina que los diferencia del resto de los andaluces y que no siempre es bien entendida.


            Frente a los malafollás, el vaina es un irresponsable, un engreído. Según el diccionario Clave, es «quien fastidia a otros por gusto propio». Aunque vaina puede significar también «cualquier cosa», como en menuda vaina me ha sucedido. A su lado pondríamos al tonto de capirote. Es esta una expresión no bien entendida, aunque la consulta al diccionario de Covarrubias nos la aclara. El capirote, dice, es «cobertura de la cabeza, bonete con borlas que se ponen los doctores en los actos públicos o los colegiales». Por lo tanto, un tonto de capirote es una persona vanidosa, un ensoberbecido que presume de saber más de lo que en realidad conoce. Y en el grado más bajo colocaríamos al sieso, palabra que la Academia recoge como ‘ano, con la parte inferior del intestino recto’. No obstante, Alcalá Venceslada afirma que un sieso es una «persona inaguantable, molesta e incluso despreciable». Y si decimos que es un sieso manío ―le aclaro a Zalabardo―, mejor no decir más.

            Ya en el terreno de los que no podríamos llamar propiamente insultos, pues encierran unas dosis de cariño y suelen dedicarse más a personas a las que uno conoce y aprecia, podríamos citar al tontolaba, al papafrita, al tontolculo y al carapapa. Los cuatro reflejan cierto nivel de ingenuidad que poco tiene que ver con la ignorancia o con la debilidad mental. El tontolaba es el que tiene mayor historia detrás. Suele decirse que la expresión, tonto del haba, señalaba en un tiempo a quien, en el reparto del roscón de reyes le tocaba el haba seca, pues eso señalaba que debería ser él quien pagase el precio del roscón, por lo que era diana de las burlas de todos los demás. También se dice que, en tiempos más antiguos, era la persona a la que sacaba de una cesta que contenía bolas diversas, el haba que designaba a quien haría el papel de rey de la fiesta, tonto del haba, que debería soportar todas las bromas.



            Sobre los demás no tengo ―me justifico ante mi amigo― mucha información. El tontolculo, tonto del culo, no es en modo alguno un bruto ignorante, sino un melindroso que se deja arrastrar por prejuicios de toda clase, un apegado en exceso a lo políticamente correcto; o sea, quien es remilgado desde la cabeza hasta el culo. El papafrita ―término que no acabo de entender por qué se marca como americanismo― es una persona ingenua, confiada, poco perspicaz, de quien otros se aprovechan. Y el carapapa ―para mí― es el menos ofensivo de todos. Conocí la palabra aquí en Málaga y siempre observé que se utilizaba para señalar a «cualquiera cuyo nombre no se menciona», aunque sea el mejor amigo que uno tenga; el carapapa este no me deja tranquilo, se puede oír, lo mismo que, ¡Oye, carapapa! Recuerdo ―le digo a Zalabardo― que yo acostumbraba a decir a mis alumnos: No os dejéis engañar por el primer carapapa que pase, es decir, por cualquiera.