sábado, septiembre 28, 2019

POR LA PEANA SE ADORA AL SANTO


            Hace tiempo que Zalabardo y yo no hablamos de refranes. Y eso que ambos somos aficionados a ellos, pese a que, lamentablemente, su uso se vaya perdiendo. No sabría explicar de dónde nos viene ese interés, aunque me atrevería a sugerir dos posibles razones. La primera es que los dos somos de pueblo y los pueblos suelen ser más propensos a conservar tradiciones, formas de hablar y todo aquello que pueda quedar incluido en lo que se llama acervo popular, sea eso lo que sea, que a veces no lo tengo claro. Y la segunda, en mi caso, es que comenzaron a apasionarme con la lectura del Quijote, donde aparecen como margaritas en el campo.
            Sin embargo, Zalabardo me pregunta hoy por uno que, aunque debe ser muy antiguo, nos extraña que no aparezca en la obra de Cervantes, ni tampoco en el Diccionario de Covarrubias. Me plantea mi amigo una duda que, debo confesar, también yo tenía antes de que nos pusiésemos a investigar: cuál sea el verdadero sentido de Al santo se lo adora por la peana, que tiene una variante más común, Adorar al santo por la peana. No sabe, me dice, si critica a quienes dan más valor a lo accesorio o, por el contrario, aconseja que se debe llegar a lo principal a través de lo accesorio.
            Esa posible ambigüedad nace de la propia concisión que acaban presentando los refranes. En este, todo dependería de que entendamos (No hay que) adorar al santo por la peana o bien (Es conveniente) adorar al santo por la peana. De cómo interpretemos peana puede depender el significado que demos al refrán. La peana es la base sobre la que se coloca una escultura, en especial una imagen religiosa. Hay ocasiones en que la peana está tan ricamente decorada que nos distrae de atender a la imagen que soporta. Pero, a veces, la peana incorpora un cepillo o limosnero, lo que inclina a pensar que cuanto mayor sea la limosna, mayor será el beneficio recibido.

            Tratando de dilucidar esta cuestión me doy cuenta, le digo a Zalabardo, de que nos hallamos ante una alteración que ha sufrido el refrán original en el dominio ibérico. Utilizo esta expresión para aclarar que Adorar el santo por la peana es una manera peculiar que el refrán o proverbio ha tomado en la península debido, creo, a una influencia de la religión en la vida diaria, aunque no tengo pruebas para afirmarlo. Y es que, si vamos a las diferentes lenguas de nuestro entorno, nos encontramos con: Al sant l’adoren per la peanya (catalán), Pola santa bicase a peaña (gallego), Santua oinarritik gurtzen da (euskera) y Pelos santos beijam-se os altares (portugués). Incluso en Francia, zona cercana, existe Pour l’amour du sant on baise les reliques,
            Sin embargo, los caminos por los que ha transitado este refrán son (supongo) más claros que lo que sugiere la forma peninsular. Si nos vamos a la página que el Centro Virtual Cervantes dedica a la paremiología, estudio de los refranes, leemos que con él se aconseja no tomar la vía más directa para conseguir algo, sino un camino más largo pero más seguro y eficaz. Y cuando señala la correspondencia des este refrán con los de otras lenguas, vemos lo que sigue: Chi vuol figlia, accarezzi la mamma (italiano, ‘Quien desea a la hija acaricia a la madre’), Many Kiss the child for the nurse’s sake (inglés, ‘Muchos besan al niño para acercarse a la niñera’), Man schmeeichelt den Hund wegen des Hewen (alemán, ‘Se adula al perro para ganarse al dueño’) o Οι καλοι παρακλητόροι ξέρουν πιανουν το χερι (griego, ‘Los buenos mediadores saben dónde cogen la mano’).
            Pero, en esta búsqueda, lo que sorprende poderosamente es la existencia de un equivalente latino, Puer osculatur propter matrem (latín). O sea, que estamos ante un proverbio que ya tenían los romanos y cuyo sentido es: ‘Besemos al niño si lo que queremos es besar a la madre’, lo que nos lleva al mejor entendimiento de la explicación que Sbarbi da a Adorar el santo…: ‘Es conveniente conquistar la simpatía, la amistad, amor, protección de una persona ganándose antes la de aquellos que sabemos que les son queridos’. Que la conclusión acertada es la de un origen latino se basa en el hecho de que Augusto Arthaber, en su Dizionaio comparato di proverbi e modi proverbiali, de 1929, recoge la frase latina Puer osculantur propter matrem del que señala una variante: Oscula nutrici pueri dant eius amici (‘Hay que hacerse amigo del niño si queremos besar a la criada’), formas ambas que vuelve a recoger Jesús Cantera Ortiz en su Diccionario Akal del refranero latino de 2005. Pero, además, añaden que, en francés, existe Pour l’amour du chevalier on baise la dame (‘Por el amor al caballero besamos a su dama’), que tiene una variante más vulgar: Pour l’amour du chevalier, baise la dame l’écuyer (‘Por amor al caballero folla la dama al escudero’) que, leo, aparece en la Crónica métrica de Godefroy de Paris.
            Y, para terminar, le recuerdo a Zalabardo que, en español, tenemos otros refranes que vienen a significar lo mismo, aunque parezcan haber perdido la referencia inicial: El que quiere la col, quiere las hojas de alrededor y Las caricias que hago al perro para el amo son. Y le cuento que, hace ya muchos años, cuando hacía la mili, entre los reclutas que salían por la tarde de permiso era frecuente oír la frase: Dejad que los niños se acerquen a mí, que detrás vendrán las niñeras. O sea, que en la mili, entre otras muchas necedades, nos enseñaban los evangelios e, incluso, latín.

sábado, septiembre 21, 2019

¿FIDELIDAD O LEALTAD?



           ¿Qué ha pasado desde que una moción de censura desplazara a Mariano Rajoy y aupara a la presidencia del gobierno a Pedro Sánchez? Diríamos que apenas nada; en palabras d Zalabardo, demasiado ruido para muy pocas nueces. Una incapacidad manifiesta de nuestros políticos para aprobar unos presupuestos, primero, o conformar un gobierno tras las elecciones generales del mes de abril.
            Nos vemos abocados a un nuevo paso por las urnas y esos mismos políticos que se han revelado tan incompetentes y obtusos, aparte de seguir tirándose los trastos a la cabeza, vuelven a exigirnos fidelidad a los proyectos que no han sabido conducir a buen puerto. Cuando, bastante cabreados, hablamos del asunto, Zalabardo solicita mi opinión acerca de si los creo merecedores de esa fidelidad. Le contesto que no estoy seguro, pero que de lo que sí estoy convencido es de que han hecho es méritos sobrados para no merecer lealtad. A mi amigo extraña mi respuesta: ¿Y no es lo mismo una cosa que otra?, me dice
            Intento hacerle ver que hay matices diferenciadores que hacen a cada palabra casi única. De lo contrario, nuestro léxico sería más reducido. Cuando hablamos de palabras sinónimas, la que cumplen el requisito de poder sustituir a otra sin que se resienta el significado de la frase, debemos ser precavidos. Un análisis cuidadoso nos muestra que solo encontramos una sinonimia absoluta, total, si esa sustitución es posible en cualquier contexto. Por ejemplo, siempre que empleamos cima, podríamos decir cumbre; y lo mismo sucede con alumno y discípulo. Pero estos casos son escasos. La verdad es que la lengua no es tan fría como algunos creen y pone continuamente en juego el entendimiento, por un lado, y la imaginación y las emociones, por otro. Sabemos que la expresión ganarse la vida es idéntica a ganarse el pan, ganarse las habichuelas y algunas otras. ¿Son, según eso, sinónimos pan, habichuelas y vida? En ese contexto queda claro que sí, puesto que podríamos sustituir cada uno de esas palabras por las otras; pero si digo que desayuno pan con manteca, nadie en su sano juicio diría que vida o habichuelas pueden ocupar el lugar de pan.
  
          Mi amigo dice que eso está muy bien, pero que lo que a él le interesa es saber si fidelidad y lealtad son lo mismo o cosas diferentes. Le digo que esos matices diferenciadores de los que hablaba antes son, a veces, poco perceptibles. Y que en este caso los hay. El DLE define fidelidad como ‘lealtad, observancia de la fe que se debe a otra persona’. Me gusta más, le aclaro, la definición de Manuel Seco: ‘comportamiento que se ajusta a lo prometido o debido a alguien o algo’. Lealtad, según el diccionario de la Academia es el ‘cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien’. Seco, por su parte, dice: ‘comportamiento honrado y sin engaño o sin fines ocultos respecto a alguien o algo’. Le pido que note que la Academia, en ambas entradas, mezcla fidelidad y lealtad, lo que induce a confusión y a hacernos creer que son lo mismo; en cambio, Seco está acertado al evitar esa duplicidad.
            Los diccionarios especializados en sinónimos nos ayudan a comprender la diferencia que hay entre una y otra. José Gómez de la Cortina opina que fidelidad es la ‘exactitud con que se cumple una obligación contraída’ mientras que lealtad lo que hace es añadir a lo anterior la idea de ‘afecto personal con que se cumple esa obligación’. Ilustra su exposición con este ejemplo: ‘nunca se jura lealtad, sino fidelidad’. Otro diccionario, el de José Joaquín de Mora, dice que la fidelidad es la ‘observancia de la fe prometida’ y que la lealtad supone ‘un sentimiento y entusiasmo que no hay en la fidelidad’. También aporta un ejemplo clarificador: ‘es fiel quien ejecuta lo jurado y es leal quien se sacrifica en la defensa de una causa’.
            Todo lo anterior, intento resumirle a Zalabardo, nos lleva a la siguiente: la fidelidad comporta siempre en su fondo una obligación, la de dar cumplimiento a una promesa basada en la fe que nos inspira quien nos la pide. Quien promete, podemos afirmar, se obliga a actuar, incluso en el futuro, conforme a algo que, en el momento de la promesa, juzga bueno. En cambio, la lealtad no implica obligación, es un valor, un sentimiento por el que decidimos que no debemos dar la espalda a la persona o causa a la que nos sentimos unidos por una cuestión de amistad, de gratitud o de afecto.
            Entendido así, la fidelidad es algo que se impone y, en consecuencia, puede ser exigida; la lealtad, en cambio, se fomenta y se refuerza mediante un acto de reciprocidad. La persona a la que somos leales debe también serlo con nosotros, ya que hablamos de un acto de libertad desde el que uno decide elegir.

           Zalabardo se remueve nerviosamente en su silla porque, me confiesa, no tiene claro si los políticos esperan de nosotros fidelidad, lealtad, ambas cosas o ninguna. En teoría, le digo, a los afiliados de un partido se les reclamará siempre fidelidad, porque, al integrarse en el grupo, se han comprometido, han depositado su fe en sus dirigentes. Es como si se les dijera “Si no estás de acuerdo, vete del partido”. En suma, se les impone la llamada disciplina de voto. Pero al común de los ciudadanos, a aquellos que no tienen un carné, a lo más que se puede aspirar es a ganarse su afecto y estima. Se les pedirá lealtad, que es un acto de voluntad soberana, para que, guiados por el afecto transmitido, la reciprocidad citada antes, elijan la opción que se les propone.
            El problema puede surgir cuando ese ciudadano no atado por ninguna promesa, no sujeto al compromiso de fidelidad, eche en falta reciprocidad y tenga la sensación de que los políticos les están pidiendo una lealtad que ellos no han tenido con los ciudadanos. Estos ciudadanos que no encuentran la correspondencia debida, pueden tener fundadas sobre qué hacer e, incluso, considerándose estafados, podrían optar por darles la espalda, no serles leales y abstenerse. Lo que no es nada bueno, pues si solo participan los que votan guiados por la fe (y sabemos que fe es creer aquello que no vemos) los resultados pueden ser peligrosos.

sábado, septiembre 14, 2019

SI LO FUERA SABIDO…

            Mientras comentábamos la desgraciada muerte de Blanca Fernández Ochoa, se me quejaba Zalabardo de la facilidad de los medios para convertir una tragedia en espectáculo. Hasta en la manera de hablar gustan de hozar entre los males ajenos. Recordé que Fernando Lázaro Carreter censuraba al periodismo su “lenguaje apartado del llano corriente y vadeable.” Y acusaba a la Administración de usar “una lengua que atenta contra el común sentir idiomático.” La reportera de un informativo de televisión presente en el tanatorio de Cercedilla iniciaba su intervención con: En efecto, nos encontramos a las puertas de este tanatorio donde estaría el cuerpo de… Me quedé perplejo. Si el cadáver de la esquiadora había sido trasladado ya, lo pertinente era está o ha sido conducido; y, en caso que de haberse efectuado dicho traslado, correspondía usar no ha llegado aún, será traído o algo por el estilo.
            Estos descuidos son frecuentes. Otro reportero televisivo afirmaba en fecha no lejana que el representante de un partido iba a proponer una propuesta al representante de otro. No cabe mayor redundancia. Una propuesta se plantea, se expone, se manifiesta, se ofrece, se medita, se rechaza, se estudia… Pero sobra decir que se propone.
            Lázaro Carreter rechazaba ese estaría por considerarlo uso inadecuado del llamado condicional de rumor surgido como rendición ante modos de expresión de origen francés. Y Álex Grijelmo se quejaba el domingo pasado de que en Pamplona se anunciase un festival con el nombre de Flamenco on Fire, anglicismo con el que no queda muy claro qué es lo que se anuncia. Grijelmo no critica la existencia de anglicismos, sino la ligereza con que se imponen muchos que son innecesarios.
            Habría unas doscientas personas, Si lo supiera, te lo diría, ¿Podría hacerle una pregunta? o Marchó a Nueva York, de donde regresaría varios años después son formas correctas porque expresan incertidumbre, condición, cortesía o modestia o futuro del pasado. Pero no tiene sentido decir Se calcula que habrían muerto treinta personas en el accidente o El presidente estaría pensando en una remodelación del Gobierno, porque es más adecuado parece ser…, se dice… o aseguran
            Le digo a Zalabardo que el problema no es solo el empleo de ese condicional más o menos válido o de que haya más o menos anglicismos. Hablando de las fuertes lluvias de estos días, leemos u oímos todo este agua (en lugar de toda esta), el agua ha entrado dentro (es imposible entrar fuera) y frases parecidas. O vemos cómo navarros y vascos dicen Si tendría dinero, me compraría un coche mayor, donde lo que corresponde es el subjuntivo tuviera

            El problema, sigo diciéndole a mi amigo, en la cantidad de personas que, cometiendo o viendo naturales estos deslices, sin embargo, se mofan y califican de vulgarismos la alternancia ustedes/vosotros del sistema pronominal andaluz o ese pluscuamperfecto de subjuntivo que oímos en Si lo fuera sabido, te fuera ayudado, que también se da en nuestra tierra y algunas regiones colindantes. Esta actitud deja patente el craso desconocimiento del instrumento con que trabajan por parte de no pocos profesionales.
            Pero peor aún me parece que los propios andaluces consideren incorrectas o vulgares estas formas. Podemos hablar de su mayor o menor difusión, de si se alejan más o menos del español normativo; pero nunca de incorrección, ya que tanto la confluencia ustedes/vosotros como el empleo de ser como auxiliar en lugar de haber se explican perfectamente recurriendo a la gramática histórica.
            Zalabardo sabe que rehúyo la exposición erudita y prefiero sencilla explicación. Cosa que han hecho Rafael Lapesa, hace ya algunos años, y, más recientemente, los componentes del grupo de trabajo El español hablado en Andalucía, de la Universidad de Sevilla. Coinciden en que no se sabe bien cómo y cuándo se produjo con exactitud el proceso del que hablamos, aunque sí explican la razón.
            Respecto al pronombre, hubo un momento en el que vos y comienzan a confundir sus referencias como formas de tratamiento. Por eso apareció usted para sustituir al antiguo vos. Según Lapesa, en unas zonas se optó por un sistema tú / usted, para singular, y vosotros / ustedes, para el plural. La forma de respeto se utiliza con verbo en 3ª persona (Usted sabe bien). Pero en otras zonas, por ejemplo Andalucía, se mantuvieron (no de modo total) las formas del singular mientras que, en plural, vosotros se vio suplantado por ustedes, aunque manteniendo la 2ª persona del verbo (Ustedes sabéis). Añade Lapesa que, en América, la lejanía permitió con facilidad el triunfo de usted y ustedes que en Andalucía no se completó, así como la implantación del voseo.
            ¿Y qué pasa con si fuera sabido? Antonio Narbona y sus compañeros del grupo El español hablado en Andalucía hacen un magnífico repaso sobre cómo en el español medieval ser compartía el valor de verbo auxiliar junto con haber. Dan numerosos ejemplos, como entrados son a Molina (por han entrado en Molina) o el invierno es exido (ha terminado), ambos en el Poema del Cid o aquel señor mio es ido (se ha ido), en La celestina. Con el tiempo, ser quedó como auxiliar de la pasiva y haber quedó como único auxiliar de la conjugación activa. Salvo en el caso extraño del andaluz, que conservó ese arcaísmo solamente en el pluscuamperfecto de subjuntivo: Si fuera venido… Porque no debe olvidarse que el andaluz es una modalidad hablada repleta de arcaísmos. Pienso, por ejemplo, en mi pueblo y en mi madre que, cuando me veía flojo y decaído, me decía: Anda, niño, que parece que estás ajilao. Ese ajilao no es otra cosa que el participio de ahilarse, ‘desmayarse de hambre’, que recoge Covarrubias en su diccionario de 1611. También son arcaísmos afrecho, ‘salvado’, quincana, ‘bolsa en que el campesino lleva su comida’, orilla, ‘tiempo atmosférico’, y muchos más. Que vayan quedando desusados no los convierte en incorrectos ni vulgares.
 
           Mi defensa de los casos citados, aclaro a Zalabardo, no justifica, de ninguna manera, la aparición de conductas esperpénticas como la del mijeño Huan Porrah, traductor al andaluz de El principito o la del granadino Alfredo Leyva, autor de El habla malagueña, con una traslación bilingüe malagueño-español. Con todos mis respetos, estas personas ni saben lo que es el andaluz ni lo que es el español.

viernes, septiembre 06, 2019

TRES CUARTOS DE SIGLO

Alcuza
            Llega septiembre, acaban los meses tradicionalmente considerados veraniegos y todo vuelve a la normalidad, lo que es decir demasiado si nos atrevemos a echar una mirada a nuestro alrededor. O si no nos importa qué hay que entender por normalidad. No sé si eso será suficiente para los demás; para mí, la sensación de normalidad me la proporciona encontrar a Zalabardo de nuevo a mi lado. Sin él me siento algo incompleto, incapaz de enfrentarme al ambiente crispado que nos envuelve.
            Mi amigo, sin ninguna mala intención, aunque sí con un poquitín de ganas de ver cómo reacciono, me pregunta, antes de desanudar el primer abrazo que nos damos, que tal me siento al reanudar esta Agenda que me presta próximo a cumplir ya 75 años de edad. Ignoro cómo ha conocido este dato, pues nunca hemos tenido el mal gusto de hablar de ese tema y yo no sé cuál es la edad suya.
            Procuro aparentar serenidad y le digo que, ni más ni menos, como quien está a punto de cumplir tres cuartos de siglo. Y como al parecer regresa de las vacaciones con espíritu burlón, me contesta: “Pues reflexiona si has tenido o no tiempo de espabilar, pues quien a esa edad no ha conseguido restar alguno de los muchos defectos que acumulamos y aumentar un poco el escaso número de virtudes de que podemos presumir ya no tendrá oportunidades para ello.”
            De inmediato, como si se hubiese olvidado de lo que ha dicho, salta a otro asunto y me cuenta que durante el verano ha estado leyendo algo acerca de los antiguos gramáticos y le ha sorprendido el interés que mostraban por averiguar si la normalidad lingüística se encuentra en el predominio de la analogía o de la anomalía, si hay más reglas que excepciones o al revés.
            Entonces le digo que es una cuestión que nunca me ha interesado, que siempre me ha atraído más observar cómo la verdadera normalidad lingüística, según mi humilde criterio, es el cambio constante, un año tras otro, siglo tras siglo, como queriendo hacer honor a lo que Garcilaso decía en aquel bello soneto: Todo lo mudará la edad ligera, por no hacer mudanza en su costumbre.

Palillero
            “¿Tanto y tan normal crees que es ese cambio?”, me pregunta. Le respondo que no sé si el cambio es rápido o lento, si es excesivo o es escaso, acertado o desacertado; de lo que no me queda duda es de que es incesante, aunque a veces no nos apercibamos de ello. Le pido que, para comprobar lo que digo, piense solo en el léxico, la situación de las palabras de las que nos hemos ido valiendo a lo largo de nuestra vida.
            En estos tres cuartos de siglo que estoy a punto de cumplir he visto cómo hay palabras que adquieren un nuevo significado perdiendo cualquier otro anterior, palabras que enriquecen su campo significativo, palabras que nacen, palabras que mueren y se pierden para siempre…
            En la década en que nací, y en otras que siguieron, se empleaban palabras que hoy tienen otro sentido: camarada era la ‘persona perteneciente a un mismo partido o facción’. O se modificaban otras para dar, al menos, impresión de cambio social. Se dejó de utilizar proletario para hablar de asalariados o empleados; el patrón pasó a ser empresario; pero en todas las casas se oía el parte como único informativo posible. Mi madre, cuando me veía distraído, como quien mira moscas, me decía que parecía agilado. Y echo de menos que cuando Zalabardo ha insinuado si ya he espabilado, a lo que se ve piensa de mí un poco como pensaba mi madre, no me ha dicho si sigo como quien se ha caído del guarderón. O sea, las palabras han ido yendo y viniendo, unas han ido ocupando el lugar de otras.

Cama y sus guarderones
            Le quiero decir a Zalabardo que hay palabras que han adquirido un significado diferente al original. El adjetivo formidable, que siempre señaló ‘lo que infunde asombro y miedo’, lo usamos hoy para ‘magnífico’, como vemos en el diccionario desde 1984. Alienígena, ‘extranjero’, antónimo de ‘indígena’, ‘del lugar’, desde 1990 mçás o menos ha pasado a ser ‘extraterrestre’. Han enriquecido su campo significativo avión, ‘ave comúnmente conocida como vencejo’, en 1925 adquiere también el significado de ‘aeroplano’. Curioso es el caso de violación, que por mucho tiempo fue exclusivamente la ‘fuerza que se ejerce contra una mujer’ y tendrá que llegar 1992 para que los diccionarios nos digan que cualquier persona puede ser objeto de tal fuerza. O el de aborto, que tiene que esperar a la misma fecha para que se acepte que es también la ‘interrupción voluntaria de un embarazo’. No se pueden olvidar las palabras nuevas, que designan conceptos o realidades que no existían antes. Muchas he visto nacer en este tiempo mío; entre las más recientes, amigovio, tuit, postureo o aporofobia.

Aldaba
            Pero le indico a Zalabardo que, de todos estos casos que menciono, los que mayor emoción me producen son aquellas palabras que van desapareciendo. Alguien las ha llamado palabras moribundas. Muchas de ellas son ya cadáveres plenos. Me resulta imposible evocar mis años de colegio sin pensar en los palilleros o en los pizarrines. Como no olvido los saquitos, aquellos abrigos de lana que me hacía mi madre; tampoco sé de nadie que se compre hoy un niqui ni de mujer que use combinación. Las madres no ponen a sus bebés pololos y solo en algunos trajes regionales se observa el empleo de puchos como los que utilizaban en clases de gimnasia mis compañeras de instituto. Ya no se celebran guateques y han desaparecido las lecherías, porque la leche se compra ya supermercados y envasada. ¿Cuántos jóvenes entienden hoy lo que es una libra de chocolate y las dieciséis porciones, las onzas, en que se dividía? En pocas casas se encuentra una alcuza para guardar el aceite usado (o alcucilla, si es para engrasar) y en pocas puertas se emplea una aldaba para llamar (o una aldabilla para asegurarla desde dentro). Desde que se inventaron los ambientadores, no necesitamos de sahumerio y los calefactores han desterrado las copas y las badilas
            Las palabras que he recogido aquí son una muestra muy pequeña, ínfima incluso, de todos esos cambios que he ido conociendo en estos tres cuartos de siglo.

domingo, junio 23, 2019

SOBRE GÉNERO, FEMINISMO Y MACHISMO



           Si digo que no me gusta la expresión violencia de género, de ninguna manera habrá que entender que estoy en contra del feminismo o que no repudie cualquier violencia que se ejerza contra la mujer; ni nadie podrá tildarme de machista por ello. Hablo con Zalabardo de dificultad de entablar un debate serio en las redes sociales; imponen una rapidez, concisión y brevedad que está reñida con la reflexión serena y la argumentación fundamentada. Por eso muchas veces parece que se dice lo que uno no quiere decir o se entiende lo que jamás pasó por la mente de quien se dirige a nosotros.
            Le cuento a mi amigo lo que me sucedió hace unos días. Alguien mostraba en su muro de Facebook, su indignación por que Vox haya conseguido incorporar en el lenguaje de la Junta de Andalucía el concepto violencia intrafamiliar. Es cierto que el partido ultraconservador, con esto, no pretende más que ocultar, disimular, una realidad que ellos niegan. A mayor abundamiento, leo hoy que un alto representante de esta formación tiene la desfachatez de afirmar que la sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso de la Manada está cargada de condicionamientos mediáticos y políticos.
            Comenté yo en aquel debate que también a mí me molestaba la expresión, por inexacta, incompleta y estar ya contemplada en el Código Penal. Y que, aun defendiendo los supuestos del movimiento feminista, tampoco me gusta demasiado violencia de género, por inadecuada. Mi conclusión era que, más que la expresión que se utilice, me importa que se adopten con todo rigor y urgencia medidas tendentes a evitar la violencia que padecen muchas mujeres y que nos acerquen a una plena igualdad de derechos. Creo que no se me entendió lo que quería decir: defiendo la solución de los problemas más allá de quedarnos en las palabras.
            Comentamos Zalabardo y yo que, lamentablemente, vivimos una época en la que preocupa más parecer que ser. Que las modas atraen a muchos conversos. Y ya se sabe que estos suelen ser los más fanáticos, los que presumen de ser aquello que nunca fueron. Por eso, le digo, aunque siempre me he considerado defensor de la equiparación hombre/mujer en todos los órdenes, nunca me ha preocupado ir por ahí presumiendo de mi condición de feminista. Me basta con serlo y ser consecuente con mis ideas. Y, a pesar de todo, no me gusta la expresión violencia de género.
            La historia de género es curiosa. Deriva del latín genus, ‘linaje a que se pertenece’. En nuestra lengua, la palabra ha tenido una evolución curiosa. En 1611, Covarrubias dice que se toma tanto por el sexo, masculino o femenino, o por lo que en rigor se llama especie. El diccionario de la Academia de 1734 se dice que, en Gramática, es la división de los nombres según los diferentes sexos o naturalezas que significan y corresponden a los artículos que se aplican, el, la, lo. Y en la edición de 1843 ya se suprime la alusión al sexo: Gram. división de los nombres según las diferentes clases de masculinos, femeninos y neutros. En cambio, en inglés ha vivido un proceso inverso: de expresar un sentido gramatical, que se ha perdido, ha pasado a significar sexo. Y del anglicismo gender violence, la que se ejerce por el sexo de la víctima, nació nuestra violencia de género.

           La lengua, lo he dicho siempre, es del pueblo y, si el uso de una palabra o expresión se generaliza, habrá que aceptarla. Así, la RAE ha dado entrada en el DEL a la siguiente definición para género: grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico. Pero la expresión sigue sin gustarme porque, si la analizamos con detenimiento, se refiere a la violencia que padece cualquier persona por el hecho de pertenecer a un grupo concreto, mujeres, hombres, niños, niñas…, ya que todos pertenecemos a un grupo de que no responde a características exclusivamente biológicas.
            Por esa razón, la Academia proponía el uso de violencia machista, porque hablamos de violencia contra las mujeres por el simple hecho de serlo. Defender esa violencia, o no condenarla, es machismo. Condenar esa violencia, y no solo eso, sino luchar por una igualdad plena hombre/mujer en la sociedad que vivimos, es feminismo. ¿Son entonces machismo y feminismo los dos extremos de una escala, es decir, son palabras antónimas? Se confunde quien eso crea.
            Intento explicárselo a Zalabardo diciéndole que las palabras tienen un significado recto, literal, denotativo, y, a veces, otro no directo, sino asociado; al que llamamos connotación. Diablo es ‘cada uno de los ángeles que se levantaron contra Dios’; tiene, pues, un sentido negativo; pero si llamamos diablo a un niño travieso y juguetón, privamos al término de su denotación negativa y le añadimos una connotación positiva.
            Vamos con machismo y feminismo. Machismo señala a la actitud de quien considera a la mujer como un ser inferior, la priva de sus derechos y lleva su sentido de prevalencia hasta la violencia de todo tipo. Su sentido recto es negativo y no vemos nada que lo convierta en positivo. En cambio, feminismo es defender que la mujer tiene iguales derechos que el hombre, rechazo de cualquier discriminación y lucha por que esa igualdad sea efectiva. Quien no pretenda esto, sea hombre o mujer, no es feminista.


            Llamo, pues, la atención de Zalabardo acerca de que machismo no es lo contrario de feminismo; no son palabras antónimas. La antonimia es un concepto más complejo de lo que parece. Dos términos son antónimos propios si se encuentran en los extremos de una gradación: caliente/frío cierran una escala en la que cabe, por ejemplo, tibio. Son recíprocos si cada uno de ellos implica la existencia del otro: comprar/vender. Y son complementarios si la negación de uno implica la afirmación del otro: soltero/casado.
            Ninguno de estos tres casos se da en la relación machismo/feminismo. No son extremos de ninguna escala; no tiene que existir uno para que exista el otro; y la negación de uno de ellos no implica la afirmación del otro. Solo si añadiésemos a feminismo una connotación negativa de revanchismo y usurpación sería antónimo de machismo. Pero, en ese caso, ya estaríamos hablando de hembrismo, que es algo diferente.
            Y, como ya ha llegado el verano, Zalabardo y yo nos tomamos un descanso. Felices vacaciones a todos.

sábado, junio 15, 2019

LA CENSURA QUE NO CESA

Caricatura de A. Moreira Antunes en The New York Times

            No sé si vivimos un tiempo mejor o peor que el que hemos dejado atrás o el que esté por venir, pero por todos los flancos observamos actitudes y conductas que, cuanto menos, preocupan. De corrupción, de intolerancia, de injusticias, de fanatismo, de depravaciones, de censura… Dan ganas de cerrar los periódicos, de apagar radios y televisores; aun así, las redes sociales ya se bastan para que escapemos de esa turbulencia.
            Hace unos días, a Zalabardo y a mí nos ha preocupado, e incluso nos ha dado miedo, leer una noticia que parece haber pasado desapercibida para muchos. The New York Times ha decidido, motu proprio, suprimir de sus páginas las viñetas de carácter satírico. Aparente causa: la reciente publicación de una caricatura en la que aparecen Trump y el primer ministro israelí Netanyahu que ha molestado a las altas esferas. Y no hace falta decir las susceptibilidades que se sienten heridas hoy cuando algo no nos gusta. ¿Será esto anticipo, nos decimos, de que un día dejaremos de ver, por ejemplo, las tiras políticas de Peridis o las viñetas-crónicas-análisis de El Roto? Le recuerdo a Zalabardo las palabras de Mario Vargas Llosa: se puede medir la salud democrática de un país evaluando la diversidad de opiniones, la libertad de expresión y el espíritu crítico de sus diversos medios de comunicación.

Peridis. El País, 11, junio, 2019
            La censura no es algo nuevo ni tiene un único color. Ya Platón, en el libro II de La República, sugería la necesidad de nombrar guardianes que vigilaran la idoneidad de lo que podía difundirse y quiénes no deberían leer/oír determinadas cosas. Y en cuanto al color, todas las dictaduras, de izquierdas o derechas, han querido poner freno a la difusión y acceso libre de ideas. La excusa estúpida de todos los censores es la preocupación por la formación (intelectual, moral, social…) del ciudadano. ¿No se le ocurre a ningún censor que los ciudadanos sean mayores y estén suficientemente formados para equivocarse solos, si ese es su deseo?

El Roto. El País.15, junio, 2019
            Le digo a Zalabardo que peor que la censura es la autocensura, de lo que se sabe bastante en esta edad de lo políticamente correcto. La decisión de The New York Times lo demuestra: hay miedo a molestar a alguien, aunque también miedo a las represalias de los poderes aludidos. En España, pienso, hoy no tendrían futuro revistas satíricas de épocas pasadas, como La Ametralladora, La Codorniz, Hermano LoboEl Jueves parecía haber cogido el relevo, pero bien caro le ha costado.
            Tendemos a confundir la libertad de pensamiento y creencia (que nadie nos puede quitar) con el derecho a impedir la libertad de expresión de quien no comulga con nuestras ideas (derecho inexistente). Esa confusión, le aclaro a Zalabardo, nace porque se desconoce que comulgar, en su más amplio sentido, señala a lo que se tiene en común con otros. Y nada es más negativo que la pretensión de anular las ideas discordantes.
            Cuando se habla de censura, algunos dirán que el Índice de Libros Prohibidos, dejó de tener vigencia en 1966, o que la Ley de Prensa de Fraga, de 1966, se derogó en 1997. Lo que ya no muchos, le aclaro a Zalabardo, es que ese catálogo de prohibiciones, no importa el nombre que se le dé, se mantiene en determinadas esferas, por ejemplo, en el Opus Dei, que hace una clasificación de lecturas de 1 a 6. A partir del grado 3, un libro ya puede considerarse pernicioso y requiere que alguien dictamine que estamos formados para acceder a él. Y para un libro catalogado 6, totalmente prohibido, se necesita un permiso especial de la Prelatura.
            Como Zalabardo me pide ejemplos de libros incluidos en esta lista, cito algunos. Comienzo por una sorpresa: en el grupo 4 (libros que no se pueden leer sin poseer una sólida formación además de contar con permiso del director espiritual) se encuentra Escatología: la muerte y la vida eterna, del anterior papa Benedicto XVI. En la larga lista lo acompañan la obra de Walt Whitman, algún libro de Antonio Machado, y de fray Luis de Granada, los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, una de las mejores novelas en lengua española. En el grupo 6, libros que suponen la condenación, están la Sonatas o Divinas palabras, de Valle-Inclán, Conversación en la catedral, de Vargas Llosa, Cien años de soledad, de García Márquez y varias novelas de Camilo José Cela. Esto es un mínimo ejemplo.

Página censurada de La colmena, de C. J. Cela
            Pero ya digo que en todas partes cuecen habas. En Barcelona, la Escola pública Tàber ha considerado tóxicos algo así como la tercera parte de los volúmenes de su biblioteca. Los niños de ese colegio no pueden leer unos 200 libros de literatura infantil y juvenil, entre los que están Caperucita roja, Blancanieves, El gato con botas o la mismísima Leyenda de Sant Jordi. Son “lecturas inadecuadas que transmiten valores políticamente incorrectos”. De nada han valido las quejas de la socióloga Marina Subirats, que sostiene que los cuentos tradicionales estaban pensados para enseñar cómo es la vida y, aunque hoy sea necesario revisar algunos planteamientos, la solución no es la prohibición, ni las de Paula Jarrín, que trabaja en la pequeña librería Al-lots, especializada en literatura juvenil y Premio de libreros en 2018: No se puede censurar ningún libro, porque eso es dejar paso al pensamiento único.
            Esta actitud censora implacable o la incitación a la autocensura, le digo a Zalabardo me hacen recordar un artículo de Mariano José de Larra escrito en 1834 titulado Lo que no se puede decir no se debe decir. Y también unas palabras de la cantante argentina Mercedes Sosa: Toda censura es peligrosa porque detiene el desarrollo cultural de un pueblo. The New York Times suprime las viñetas satíricas, Trump veta a los medios informativos que le resultan incómodos, una escuela prohíbe leer cuentos infantiles, reverdecen, tano por la derecha como por la izquierda, ideologías y castradoras de la libertad. Los de mi edad conocimos una censura feroz en radio, prensa y televisión (se censuraba a Serrat por cantar en catalán, la canción Calma ese fuego, muchacho, de Manolo Escobar, Bésame mucho, de Sara Montiel, sin olvidar el revuelo por un escote de Rocío Jurado en TVE); ¿acaso caminamos hacia algo parecido?

domingo, junio 09, 2019

LENGUAJE INCLUSIVO Y NATURALIDAD



            Esta tarde, Zalabardo y yo lo hemos pasado bien ante la tele viendo el partido del Mundial de Fútbol Femenino que ha enfrentado a España y la República Surafricana. Ha ganado España por un claro 3-1. Todo transcurría plácidamente, aunque marcasen primero las africanas, hasta el momento en que, tras el empate de nuestra selección, el narrador del partido hizo un comentario que percibimos como un desagradable chirrido: Las aficionadas y los aficionados, españolas y españoles, muestran su alegría por este empate. Seguro que en un partido de fútbol masculino no se produciría jamás tal desaguisado.
            Le digo a mi amigo que este bienintencionado periodista, pues no le negaré su buena voluntad, desconoce por completo lo que sea el lenguaje inclusivo, que tanto se defiende en nuestros días, en el mismo grado que desconoce el funcionamiento de nuestra lengua. Porque lenguaje inclusivo no es otra cosa que aquel en que cualquier persona se siente integrada.
            El narrador de quien hablo, como muchas otras personas, desconoce que la lengua no se impone (aunque, por desgracia, algunos pretendan hacerlo), sino que es el pueblo quien, poco a poco, a fuego lento, como se preparan los buenos guisos, le va dando forma, con naturalidad y sin estridencias. Y que, en todo caso, la lengua será siempre reflejo del pensamiento y de los factores geográficos y sociales que configuran a una comunidad.
            Se equivocan quienes, arrastrados por unos prejuicios de los que no saben desprenderse, culpan a la Academia de que se hable de esta forma o de la otra, de que la mujer tenga más o menos visibilidad en el lenguaje. Ignoran que la Academia no impone nada, ni en el Diccionario ni en la Gramática. Se limita a recordar cómo funcionan las lenguas y a recoger los modos que se van observando en la nuestra. Como mucho, desaconseja, que no prohíbe, un determinado uso o explica qué razones justifican que se opte por otro.
            Me circunscribiré al asunto del género, casi único que preocupa a algunos. En la Nueva Gramática de la Lengua Española, que ya no es tan nueva, pues se publicó hace diez años, leemos: …se ha comprobado que la presencia de marcas de género en los nombres que designan profesiones o actividades desempeñadas por mujeres está sujeta a cierta variación… Es decir, reconoce que ha habido un cambio. Pero, a continuación, con tono comedido, pero crítico, avisa: Frente a estos nuevos usos (la tendencia a suprimir femeninos que designan a la esposa de quien ejercía un cargo para usarlos solo cuando es la mujer quien lo ejerce, como coronela, gobernanta…) reflejo evidente del cambio de costumbres […] se percibe todavía, en algunos sustantivos femeninos, cierta carga despreciativa que arrastran como reflejo de la cultura y de la sociedad en que se han creado. No son usos que avale la Academia, los mantiene la sociedad.


           ¿Cuál es entonces la actitud de la Academia ante estos casos que quieren imponerse como modelo de lenguaje inclusivo? Es bien simple: Desaconseja el empleo de @, -e o -x para englobar lo que no es solo género masculino o femenino; la @, por no ser signo alfabético y no poder leerse; y los otros dos, porque se pretende aplicar un criterio biológico de sexualidad cuando la realidad nos indica que el género gramatical es algo diferente.
            En el caso de los sustantivos que designan actividades que en un tiempo solo practicaban hombres y hoy desempeñan también mujeres, se acepta el proceso que explica la siguiente transformación: género masculino (el juez) > género común (el juez / la juez) > aparición de forma femenina (la jueza). Y, en este apartado, la Gramática de la Academia recoge una enorme cantidad de sustantivos susceptibles de este empleo (abogada, árbitra, obispa, comisaria, filósofa, química, magistrada, mandataria, médica, torera…). Lo que pasa, esto no lo dice la Academia, es que hay colectivos, y personas, que se resisten a tales cambios; en unos casos, que los hay, porque consideran que es más prestigioso ser una médico que una médica; en otros, porque se dice que música, química, electrónica, jardinera… son palabras que ya existían y se aplicaban no a personas, sino a disciplinas o realidades diferentes. El rechazo de estas palabras es un prejuicio de las personas, nunca de la Academia, que las considera válidas.
            Estas ansias de diferenciación genérica (por criterios sexuales y no gramaticales) nos conduce al terreno de los desdoblamientos, eso que tanto nos ha molestado hoy a Zalabardo y a mí y que jamás se oye en una competición masculina (¿o acaso no van mujeres a un partido de fútbol masculino?). Lo que hace la Academia es desaconsejarlo por “artificioso, cansino e innecesario”; pero señala que siempre han existido casos muy concretos: en saludos (señoras y señores), en vocativos (estas palabras, diputados y diputadas que me oís…), en formularios (señor / señora...) y siempre que se quiera enfatizar la importancia de las personas incluidas en el discurso (no hay andaluz, ni andaluza, que desconozca…).
            ¿Qué nos queda, pues que hacer?, me pregunta Zalabardo. Y yo lo remito a los consejos que, sobre estas cuestiones imparte Fundéu, la Fundación para el español urgente. Que la lengua hay que usarla con naturalidad, sin forzarla nunca. Porque, si lo hacemos así, cualquier cambio que se produzca será asumido sin escándalo por parte de nadie. Y que si algunos de esos cambios que se solicitan no llegan a imponerse, no es porque alguien los prohíba, sino porque el pueblo, dueño soberano de la lengua, siente, aun de manera inconsciente, que no son procedentes. Y por eso, volviendo al partido de esta tarde, diremos que Paños es nuestra portera o que la árbitra señaló un penalty por indicación del VAR; pero diremos que la africana Kgatlana ha sido una extremo que nos ha generado bastante peligro.

jueves, mayo 30, 2019

ESTAR NAJABETA


            No hay mejores “ratos perdidos” —que no son perdidos sino ganados— que los que se pasan junto a un grupo de amigos en torno a unas cervezas y hablando sin restricciones y sin temor a ser mal interpretado, porque todos nos conocemos y sabemos de qué padre y de qué madre es cada uno, lo que impide fricciones que no sean rápidamente salvables. Zalabardo sabe bien que me gusta el trato directo, cara a cara. Peor llevo los hoy casi inevitables grupos de whatsapp; pienso que las redes sociales, si uno no anda con cuidado, pueden enredarnos más de lo deseable y convertirse en fuente de discordias. Porque las redes sociales, como las armas, las carga el diablo, que en este caso no se llama José María Pérez, uno de los amigos del día que ahora tengo en mente, que es un bendito pese a que él lo niegue.
            Los amigos de que hablo vivimos muy desperdigados y nos vemos de tarde en tarde. La última vez que nos vimos, uno de ellos, Pepe Sarria, soltó una expresión, estar najabeta, desconocida por mí, pero sobre cuyo origen le prometí indagar. En ese momento, discutíamos a quién le tocaría ir a comprar pasteles. Pepe Zamora alegaba en, en horas de siesta, con él no contásemos para nada; Prada ponía no sé qué excusa de la rodilla; José María argumentaba que, siendo él excelente repostero, suponía desdoro que lo viesen entrar en una pastelería; las mujeres, sobre todo Pepa Garrido y Mariloli, y también Pepa Márquez, disimulaban y fingían estar distraídas hablando de otras cosas. Total, que me tocó a mí ir a comprarlos. Le cuento esto a Zalabardo para que comprenda la razón de la confusión que sufrí. Y es que me pareció entender que estar najabeta, según Pepe, significaba ‘estar loco, con la cabeza perdida’.

           Total, ya en casa, emprendí la búsqueda, pues soy curioso y me interesa cuanto se relaciona con el léxico popular. Zalabardo conoce mi tesis de que es difícil hallar una palabra que sea tan localista, tan restringida en su uso a una sola comunidad, que impida documentarla. No obstante, najabeta, tras unos días de intensa búsqueda, no aparecía por ninguna parte. Me dirigí, pues, a Pepe Sarria para comunicarle mi fracaso. Le sugerí si acaso no sería una confusión y se refería a estar majareta. Su respuesta fue contundente: “No, aquí lo que decimos es estar najabeta y con ello damos a entender que alguien ‘está tieso, sin dinero’.”
            El asunto, expuesto así, cambiaba de forma radical; mi investigación debía dirigirse en otras direcciones. Esta misma mañana comencé a catalogar las diferentes formas de manifestar que no se tiene dinero: estar sin un duro, sin un céntimo, sin una pela, sin blanca, a la cuarta pregunta, a dos velas, sin un real, sin guita, con una mano detrás y otra delante, canino, tieso, pelao… Pero por ninguna parte me aparecía najabeta. Intenté otra forma de búsqueda, analizar sus posibles elementos integrantes; e imaginé que fuese un compuesto de naja, que conocía, y de beta, que no me decía nada.
            El Vocabulario andaluz, de Antonio Alcalá Venceslada me dio la primera alegría con una pista importante. Dice que beta, primero, que es término marinero que designa la ‘cuerda que sirve para arrastrar el copo’; y, después, recoge la expresión, tirar de beta, que define, figuradamente, como ‘usar de algo sin miedo: gastar dinero, comer, beber, etc.’ A continuación, da un ejemplo del que no indica procedencia: “En cuanto heredó, comenzó a tirar de beta hasta que quedó sin un real.” Tirar de beta, según esto, parece que pasa de ‘ser rumboso’ a ‘no tener nada’, es decir, ‘estar tieso’.
            Aun así, no me cuadraba mucho la cosa, porque el primer elemento, naja, najarse, de origen caló, significa ‘irse, huir precipitadamente’. ¿Cómo relacionar tirar de beta con estar najabeta? ¿Puede en algún momento naja pasar de ‘irse’ a ‘quedarse sin nada’? Zalabardo, que siempre sale en mi ayuda cuando me ve perdido, me dijo: ¿Por qué pensar en un compuesto y no en una palabra simple? Y como es persona sensata que se deja llevar por la lógica, me dio un segundo consejo: “Olvida beta y céntrate en naja, sin olvidar el posible origen gitano.”

            Dicho y hecho. ¡Qué alivio cuando se comienza a ver la luz en lo que parecía un oscurísimo túnel! En el Diccionario romanó-kaló, de Rober Heredia Jiménez y en Aproximación al caló, de José Antonio Plantón, encuentro el verbo najabar, ‘perder, desperdiciar’; y el Diccionario caló que incluye la web Portal del Flamenco y Universidad, me ofrece toda una familia léxica: el sustantivo najab, ‘pérdida’; el adjetivo najaba, ‘perdidoso’; y los verbos najabar, ‘perder’ y najabelar, ‘derrochar’.
            Queda una breve duda por resolver: si najaba es ‘perdidoso, el que se ha quedado sin nada’, y najabelar 'derrochar' ¿qué proceso nos lleva a najabeta? Recuerdo en este momento la expresión recogida por Alcalá Venceslada tirar de beta, ‘gastar hasta quedarse sin nada’; ¿pudiera existir alguna relación, algún contagio? La verdad es que no lo sé. De todas formas, creo que a Pepe Sarria le bastará con esto. Y estoy contento porque, de alguna manera, le debía este apunte; aquel día compartimos unas horas agradables, gozamos de una magnífica sobremesa y, luego, acompañamos a José Manuel Ramírez. Aunque me tocase a mí ir por los pasteles, encontrase cerrada la pastelería que me recomendó y tuviese que ir a comprarlos a las monjas.
                 Muchos lectores no sabrán quiénes son las personas que aquí nombro. Son amigos míos y a ellos dedico este apunte y les envío saludos de Zalabardo, que se alegraría de conocerlos.

domingo, mayo 26, 2019

DE NUEVO REFRANES

Francisco Rodríguez Marín

            No es cosa oculta que a Zalabardo y a mí nos gustan los romances. Aquí he hablado en varias ocasiones de ellos. Ayer mismo, por ejemplo, revisábamos, por puro placer, los refranes contenidos en el Quijote. Al comentar algunos, no podíamos olvidar la labor inestimable de los muchos e insignes paremiólogos que ha habido en nuestro país. Paremiología es el nombre de la rama del saber dedicada al estudio de las paremias (del griego παροιμία, ‘refrán, sentencia, proverbio’).
            Desde el clásico Refranes que dicen las viejas tras el fuego, del Marqués de Santillana, figuras como Pedro de Valdés, Sebastián de Covarrubias, Gonzalo de Correas, José María Sbarbi, Joaquín Bastús, Luis Montoto, Francisco Rodríguez Marín o, ya más cercana a nosotros, Julia Sevilla Muñoz, fundadora a finales del siglo XX de la revista Paremia, han dedicado muchas horas de sus vidas a recopilar, estudiar y explicar los refranes. Muchos se habrían perdido de no mediar su paciente labor.
            Porque, aunque exista un número relativamente amplio de refranes que repetimos con insistencia (A quien madruga, Dios ayuda, Vísteme despacio, que tengo prisa, etc.), son muchos más los que se habrían perdido de faltarnos la mediación de estos investigadores o que entendemos solo a medias. Dos son los principales motivos por los que podemos perderlos: la desaparición de las palabras empleadas, lo que los hace difícilmente inteligibles, y la desconexión con el hecho que los originó.
 
José María Sbarbi
          
Del primer caso puede servir de muestra, por ejemplo, Buenas son mangas después de Pascua, que se emplea para indicar que algo se consigue ya fuera de tiempo o cuando deja de interesar; y es que manga, lo encuentro solo en Covarrubias, significa también ‘regalo’, ‘obsequio’. Como difícil entender hoy es Ya está duro el alcacel para zampoñas, con el que indicamos que alguien acude a hacer algo cuando ya es tarde; entenderlo exige conocer que el alcacel, o alcacer, es la caña del trigo o cebada y que la zampoña es, entre otras cosas, una flautilla, pito la llamábamos en mi pueblo, hecha con estas cañas. Pero quienes tuvimos oportunidad de jugar entre los trigos verdes sabemos bien que es necesario para ello que la caña aún esté fresca. O este otro, Quien destaja no baraja, que ha sido interpretado de varias maneras; si bien algunos entienden que quien ajusta una tarea a tiempo evita posteriores complicaciones, yo creo más bien que avisa de que uno no puede encargarse de todo ni hacer dos cosas a un tiempo, ya que destajar es, en el juego de naipes, cortar, y sabido es que el que baraja nunca debe ser quien corte.
            Otras veces, ya digo, la razón por la que un refrán se nos puede atragantar es que tenga su origen en algún hecho, cierto o solo anecdótico, del que hemos perdido la noción. De este caso es el refrán El diablo anda en Cantillana y el obispo en Brenes, que se usa para señalar que algo se está haciendo mal o hay desorden. ¿Qué tienen que ver en ello Cantillana y Brenes, poblaciones distantes entre sí unos doce kilómetros y alejadas unos veinte de Sevilla, o un obispo? El origen no está claro del todo. Algunos aluden a una leyenda del rey don Pedro I, que cuenta cómo hizo justicia sobre un noble que se había comportado de manera despótica en Cantillana. Otros hablan de un caballero de la corte de Enrique IV, Juan Pacheco, muy odiado en Sevilla. Eso podría valer para la primera parte; pero, ¿y la segunda? Hay otra teoría diferente que hace remontarse el episodio a tiempos de Alfonso X. El rey había concedido al arzobispo sevillano don Remondo el poder sobre estas dos poblaciones; se cuenta que estando el obispo descansando en Brenes, unos sobrinos suyos alteraron la paz nocturna en Cantillana paseando figuras de diablos y fantasmas para asustar a la gente y estar más libres para encontrarse con sus amadas.

Julia Sevilla Muñoz
            En cualquier caso, comento a Zalabardo, lo importante es que, como don Quijote dice a su escudero, no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas. Y si no todos, bastantes. Por ejemplo, Por su mal nacieron alas a las hormigas, que a lo largo del tiempo ha presentado formas diferentes (Da Dios alas a la hormiga para morir más aína, Naciéronle alas a la hormiga para perderse, etc.). ¿Qué se quiere decir con esto? Afea la conducta de quien, habiendo obtenido un alto cargo, por usar mal su libertad, poder y dominio, acaba muchas veces fracasando, como cuando la hormiga se levanta del suelo para volar, que se pierde o se la comen los pájaros.
            También es sumamente ilustrativo este otro, No todo el monte es orégano, así en su versión moderna, pero que en época clásica era más largo, Plega a Dios que orégano sea y no se nos torne alcaravea; lo usamos para expresar nuestro recelo por que algo salga mal y obtengamos otra cosa de inferior valor. Porque siendo tanto el orégano como la alcaravea plantas que se usan en cocina, el orégano tiene muchas más propiedades: es digestivo, ayuda al aparato respiratorio y a la circulación, es carminativo y antibiótico, antioxidante y estrogénico; hace remitir los dolores de la menstruación, de la cabeza y los problemas gástricos; y a mayor abundancia, se emplea para hechizos amorosos y para ahuyentar los malos espíritus. ¿Hay quien dé más?