sábado, febrero 08, 2020

MANDAR AL CARAJO O A LA PORRA

            Un modismo, le digo a Zalabardo, tiene muchas veces un origen confuso porque el tiempo lo convierte en una expresión lexicalizada e integrada en el habla con tal naturalidad que el hablante sabe a la perfección lo que quiere decir, pero desconoce de dónde, cómo y por qué se inició e incluso puede desconocer las palabras que la forman.
            En Internet abundan las páginas tratan de explicar ese origen. También hay muchos libros. Uno de los más conocidos es El porqué de los dichos, de José María Iribarren. Pero, y esto es lo que me interesa destacar, no siempre aciertan, bien porque el proceso es realmente complicado, o bien porque el autor, poco escrupuloso, no duda en inventarse una explicación carente de base sólida. No es este el caso, vaya por delante, del libro de Iribarren, serio y bien documentado.
            Probemos, por ejemplo, con Dar al traste. En casi todas partes se relaciona con el lenguaje marinero, ‘naufragar una nave’ y, por extensión, ‘malograrse cualquier cosa’. Solo me provoca dudas el hecho de que en ningún vocabulario marítimo, ni siquiera en el magnífico Diccionario Marítimo Español, compuesto por Martín Fernández de Navarrete en 1831, se dice qué sea traste. Solo Joan Corominas dice que puede ser un catalanismo que designa el ‘banco de remero’ de una galera. Porque en el DLE solo leo que es ‘cada uno de los resaltos de metal o hueso que se colocan a lo largo del mástil de la guitarra’. Nadie dice nada más, que yo conozca.
            El problema, si se lo puede llamar así, aparece cuando se ofrece al lector una explicación exhaustiva que, no obstante, genera más dudas de las precisas. La falta de escrúpulos de que hablaba antes. Y le planteo a Zalabardo dos modismos, aparentemente muy claros: Mandar (o irse) al carajo y mandar (o irse) a la porra. En ambos casos, según estas explicaciones, que no me convencen, su sentido es el de castigar a alguien.
            Vamos con la primera: se repite hasta la saciedad, incluso en libros, que carajo es la ‘cesta o plataforma que hay en lo alto del palo mayor de un buque y desde el que se puede vigilar’. No es un lugar agradable para estar, sobre todo en embarcaciones antiguas, porque es donde más se puede sentir el zarandeo al que someten las olas al barco. Pero me surgen cuatro dudas: la primera, la extrañeza de que se encomiende la vigilancia a un castigado, individuo del que menos hay que fiarse; la segunda, que en cualquier diccionario marítimo que consultemos, y ya he mencionado el de Fernández de Navarrete, esa ‘cesta o plataforma’ es llamada cofa y en ningún momento carajo; tercera, que con dicha palabra se forman multitud de modismos: importar un carajo, no servir un carajo, valer un carajo, ser algo del carajo, etc., ninguno de ellos relacionado con el mar; y cuarta, que en ningún diccionario ni léxico marinero aparece la palabra carajo. Aparecen otras, de las que me ocupo en el párrafo siguiente.
            Si existen car y caraja. La segunda es un ‘tipo de vela cuadrada’, lo que me lleva a descartarla. Pero la otra, car, es, según Fernández de Navarrete, el ‘extremo más grueso de toda entena y, por consecuencia, de las vergas de mesana’. O sea, es una parte de los palos de una embarcación y, especialmente, de las vergas. David Pharies, de la Universidad de Florida hizo un completo estudio de los sufijos españoles y nos dice que -ajo sirve para formar nombres de instrumentos (sonaja), objetos resultantes de una acción (colgajo), colectivos (espumarajo), así como diminutivos o despectivos (trapajo, pequeñajo, sombrajo…). Eso me da que pensar en que carajo, le pido a Zalabardo que no olvide su relación con verga, sea un derivado de car para denominar metafóricamente al pene. En conclusión, Mandar (o irse) al carajo (alguien o algo) no sería más que una manifestación de enfado con la que se desea verlo lo más lejos posible.

            ¿Y qué pasa con mandar (o irse) a la porra? Le digo a mi amigo que algo parecido. La explicación más repetida que encontramos es la de que porra es la ‘vara o bastón rematado en una bola con que el director de una banda militar dirige a sus músicos’. Y, se dice, la porra estaba hincada en un lugar extremo del campamento. Allí, concluyen los partidarios de esta opinión, se enviaba a los soldados castigados. Encontramos cierta semejanza con el caso de carajo. Este remite al lenguaje marinero y porra al militar, pero en términos parecidos.
            Volvemos a lo mismo. La porra es, según el DLE, es un ‘arma alargada, usada como maza’ y también ‘palo toscamente labrado que se usa como arma’; nada de bastón para dirigir a los músicos. Y me hago la misma pregunta de antes: ¿qué sentido tiene mandar a un castigado junto a un bastón de músico? Quienes eso defienden tal vez no tengan en cuenta que, ya en 1737, el Diccionario de Autoridades dice que porra ‘llaman los muchachos al último de orden en jugar’ y que el DEL, en su acepción 10 de porra, dice que es ‘entre muchachos, el último en el orden de jugar’. De aquí, concluyo yo, mandar a alguien a la porra podría ser ‘enviar a alguien lo más lejos posible, apartarlo’.
            Le digo a Zalabardo que lo que digo no son más que hipótesis, que de ningún modo considero que esas sean las interpretaciones fetén. En cualquier caso, me parecen más lógicas que las que circulan por ahí.

sábado, febrero 01, 2020

PATRIA / MATRIA

Teresa Rodríguez

            Heráclito, un filósofo efesio que vivió en el siglo V a. C. (pues los efesios existían mucho antes de que a Pablo de Tarso se le ocurriera enviarles una carta en la que explicaba el modo en que entendía la nueva religión) y al que unos llamaban “el oscuro” y otros “el llorón”, nos enseñó con sorprendente claridad que lo único permanente es el cambio. Todo cambia constantemente y nada permanece; es del todo imposible que volvamos a bañarnos en el río en el que estuvimos ayer porque, cuando hoy tornamos a sus aguas, ni el río ni nosotros somos los mismos.

            La lengua, le digo a Zalabardo, nos permite ejemplificar y comprender, día tras día, esta observación. Hace cosa de un año, Teresa Rodríguez, la Secretaria General de Podemos Andalucía, hizo unas declaraciones en las que, más o menos decía: “La patria, o más bien la matria, es una comunidad de cuidados. Uno se siente perteneciente a un grupo si lo cuidan. La matria son los hospitales, son las escuelas, la ayuda a la dependencia, el apoyo a las familias vulnerables… Esa es la matria. ¡Abajo la patria! ¡Viva la matria!”. Poco tardaron en echársele encima los muchos patrioteros, que no patriotas, que pululan en nuestra sociedad: que si otra parida del feminismo, que si de nuevo estábamos ante chorradas como la de las miembras y las portavozas, que si la manía por llamar inclusivo a un lenguaje que solo es antilenguaje y todos esos argumentos que ya van quedando manidos.
            Sabe muy bien Zalabardo que Teresa Rodríguez no es santa de mi devoción y que tampoco sintonizo con Podemos. El nacimiento de este movimiento me recordó Rebelión en la granja, de Orwell y dije que el tiempo nos aclararía la duda de quién, entre Iglesias y Errejón, sería Napoleón y quién Snowball; el tiempo ya nos la ha aclarado. Pero, como no me considero nada fanático, en este caso de matria tengo que darle la razón a Teresa Rodríguez, por más que digan que eso no viene en el diccionario, lo que no es necesario para dar validez a una palabra, o que es una incorrección gramatical, lo cual es una estupidez que solo puede pronunciar quien no conozca la gramática.

Miguel de Unamuno
            ¿Cómo demuestro lo que digo a mi buen Zalabardo, que me mira con ojos desorbitados porque cree que voy muy lanzado? De la manera más simple: acudiendo a la historia de la lengua y a la de las palabras. El primer origen de nuestra lengua y de las de nuestro entorno, que sepamos hasta ahora, lo tenemos que situar en el indoeuropeo. Luego, a fuego lento, como los buenos guisos, se fueron produciendo los cambios (eso del río heraclitiano) y, con el tiempo, nacieron nuevas lenguas. Unas, hermanas y muy semejantes entre sí; otras, simplemente primas o, en no pocos casos, parientes bien lejanas.
            Cojamos la palabra casa. Nadie ignora que es una construcción que nos cobija, nos abriga y protege. En el indoeuropeo, tenían una raíz demd ‘casa’, reconocible en el griego clásico domo, el latín domus o, incluso, el ruso dom. Pero es que hay otra raíz (s)keu, ‘cubrir, esconder’, de la que se valieron las lenguas de la rama germánica: el inglés house, el neerlandés huis, el alemán haus o el danés hus. Sin embargo, en español usamos casa, en maltés dar, en francés maison o en albanés shtëpi, formas para las que hay que buscar una explicación diferente, tarea que, acordamos Zalabardo y yo, dejaremos a quien se quiera entretener.
            En el muy interesante libro Historias de palabras, de Louis-Jean Calvet, un capítulo titulado El padre y la madre se inicia así: “La pareja padre-madre constituye una de las demostraciones más hermosas del parentesco que existe entre las lenguas indoeuropeas”. Y es que las raíces indoeuropeas pater- y matr- nos dan este resultado: en sánscrito, pitar-matar; en griego, pater-meter; en latín, pater-mater; en español, portugués e italiano, padre-madre; en francés, père-mère; en danés, fader-moder; en inglés, father-mother; en alemán, Vater-Mutter; en neerlandés, Vader-moeder… La f y la v del danés, inglés, neerlandés y alemán no suponen nada raro, porque responden a una ley fonética que muestra que el sonido bilabial de la p indoeuropea se conserva en las lenguas grecolatinas, pero se convierte en labiodental (f/v) en las germánicas.
            Explica Calvet que en el indoeuropeo primitivo no existía el paralelismo semántico que en la actualidad hay entre padre y madre. Padre remitía a la idea de ‘jefe’, ‘sacerdote’, ‘patrón’. Madre, en cambio, enviaba a la idea de ‘núcleo de la célula social’, de donde todo surge. Padre señala hacia quien garantiza la propiedad de la tierra y su transmisión, y de ahí nace el patrimonio; también, el padre transmite la pertenencia a un grupo y por eso la nación en que uno vive es la patria.
            La madre, que es quien da la vida, simboliza la reproducción y garantiza la maternidad legal (se puede dudar quién es el padre, pero nunca quién es la madre); eso justifica que el núcleo social básico se obtenga mediante el matrimonio. O que el registro y procedencia de algo nos lo garantice la matrícula. Y que una matriz sea como un tronco que da brotes. Esa es la razón de que tronco nos conduzca hasta madera y materia. En otras culturas, la cosa es diferente. En árabe, um, la madre, tiene la misma raíz que umma, ‘comunidad de todos los musulmanes’ y, entre los judíos, solo la madre puede transmitir la condición de judíos a sus hijos.
María Zambrano
            Y vamos cerrando, le digo a Zalabardo. ¿Es tan barbaridad esa matria de la que habla la representante de Podemos? Ni mucho menos. Es verdad que el Diccionario de la Academia no la recoge, pero no es un neologismo que se haya inventado Teresa Rodríguez. De esa noción de la naturaleza materna de la nacionalidad ya hablaron Virginia Woolf, Isabel Allende, Jorge Luis Borges y más gente. En el prólogo a su novela La tía Tula, Unamuno dice algo que luego repetiría en otros escritos: “Hablamos de patrias y sobre ellas de fraternidad universal, pero no es una sutileza lingüística sostener que no pueden prosperar sino sobre matrias y sororidad”. Y en una entrevista en Televisión Española, en 1988, María Zambrano, al ser preguntada sobre la proximidad entre la muerte de su padre y su salida al destierro, contestó: “Sí. Perdí a mi padre y perdí la patria; pero me quedó la madre, la matria”.
            Con el tiempo, patria ha ido acumulando connotaciones de autoritarismo, sentido de la propiedad y pertenencia, incluso violencia… No estaría mal, por tanto, que durante algún tiempo nos acogiésemos a la matria. Al fin y al cabo, siempre sabremos de quién somos matriotas (¿otro neologismo contra el que luchar?), pero toda la vida nos acompañará la duda sobre qué patriota es el verdadero. El inolvidable Caetano Veloso cantaba: “A lingua é minha patria. / E eu não tenho patria: tenho mátria. E quero frátria” (Mi patria es la lengua. Pero yo no tengo patria: tengo matria. Y quiero hermandad).



domingo, enero 26, 2020

SOBRE TOPONIMIA


            Mientras escribo esto, Zalabardo y yo oímos el fragor de la tormenta que descarga sobre Málaga y, a través de la ventana, vemos el cielo iluminarse con el resplandor de los relámpagos. Nos gustan estos días, aunque en los últimos tiempos al nuberío se le vaya la mano y caiga el agua descontrolada, con el consiguiente sobresalto para el personal. Estamos necesitados de agua, cierto, pero que nos venga sin estas apreturas.

            Llevaba Zalabardo unos días interesado en saber por qué hay ahora tanta gente dispuesta a polemizar sobre cuestiones relacionadas con la lengua. Me dice mi amigo, y no le falta razón, que la gente siempre ha hablado como mejor ha podido y ha sabido y se ha entendido con la voluntad clara de evitar conflictos. En cambio, continúa, la tendencia actual es imponer nombres y acuñar denominaciones para todo sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo.
            Le doy la razón salvo en un punto. En esto de las lenguas y de los nombres, ni a Dios ni al Diablo habría que encomendarse. Bastaría tener presente el buen uso tradicional que cada idioma ha seguido y las reglas que explican su estructura y funcionamiento. Eso sí, le admito, tal vez sobren quienes pretenden ajustar con calzador a su propio capricho cualquier parcela de la lengua sin contar con la historia, la tradición y ese buen uso que la avala.
            Le pido, es un ejemplo, que estudie lo que pasa con los topónimos, los nombres de lugares. El nombre de un lugar es muy diferente al de una cosa, pensemos en una silla. En el mundo hay millones de sillas y, está claro, cada lengua las llama como le da la real gana: el inglés, chair; el neerlandés, stoel; el hawaiano, noho; el checo, žėdle; el lituano, kėdė; el turco, sandolye o el gaélico, cathair… En cambio, los nombres de lugar, como los de personas, son únicos, intransferibles y, diríamos, no requieren traducción. Aunque Guadalquivir provenga del árabe y signifique ‘río grande’, en francés, italiano, lituano o cualquier otro idioma del mundo será siempre Guadalquivir.
  
          No obstante, desde muy antiguo, es costumbre aceptada que cada lengua adapte a su fonética y ortografía topónimos frecuentes que han nacido en otra lengua. Don Quijote menciona a un inexistente emperador de Trapisonda. Este nombre, así o con la forma Trebisonda, no es sino Trazban, nombre de una provincia del noreste de Turquía y, a la vez, de su capital. La forma original de un topónimo, como Trazban, recibe el nombre de endónimo; en cambio, a la forma usada fuera del ámbito de la lengua de origen, Trapisonda, la llamamos exónimo. El endónimo España tiene, entre otros muchos, los siguientes exónimos: Espagne, Espanha, Espanya, Spain, Spagna, Isbaniya, Sepharad, Spanien, etc.
            Pero, en ocasiones, le comento a Zalabardo, confundimos las churras con las merinas, la gimnasia con la magnesia o el hambre con las ganas de comer y acabamos meando fuera del tiesto. En nuestro país, entre los años 1992 a 1998 se dictaron varias leyes por las que algunas Comunidades Autónomas podían reponer a sus lugares los nombres oficiales autóctonos que en una etapa anterior se les habían prohibido. Lo que no sé es por qué estas leyes se referían solo a Girona, Lleida, Ourense, A Coruña e Illes Balears. La lógica pide que, con independencia de la letra de la ley, la medida sea aplicable a todos los topónimos gallegos, catalanes, vascos, valencianos, aragoneses o asturianos de nuestro país. Por eso no nos debería extrañar ver por ahí Gipuzkoa, Asturies, Terrassa y muchos más.

           Ante esta situación, ni Zalabardo ni yo entendemos que haya quien se escandalice de que se pueda decir Lleida u Hondarribia, cuando son personas a las que no les importa hablar de Ouaganodou o Salt Lake City. No lo entendemos porque estos que se ponen serios ignoran que Girona, Gipuzkoa o Sant Chuan d’a Penya son nombres oficiales. Habría que recomendar a esta gente escandalizada que lean lo que dice la Ortografía de la RAE al respecto: Muchos topónimos de zonas bilingües cuentan con dos formas […] Lo natural es que los hablantes seleccionen una u otra en función de la lengua en que están elaborando su discurso. El libro del estilo urgente de la Agencia EFE y el Diccionario de Usos y dudas del español actual, de Martínez de Souza son algo más explícitos y aclaran que el uso de los topónimos endónimos es obligatorio en cualquier escrito oficial del Estado español y en cualquier escrito que un particular dirija a la Administración; pero fuera de tales casos, el hablante puede optar con libertad entre utilizar la forma que considere de mayor implantación. Se recomienda, eso sí, que si hay un endónimo fuertemente arraigado, ese es el que debe usarse.
            Lo anterior significa que, en el uso coloquial y diario, tan normal como que un ampurdanés pueda elegir entre España o Espanya, un cacereño elija Gerona o Girona, o le resulte más fácil usar Fuenterrabía que Hondarribia. Pero difícilmente encontraremos una opción diferente, un exónimo, para Sant Feliu de Llobregat, porque no solo siempre se ha dicho así, sino porque nadie relaciona Feliu con Félix ni Llobregat con lóbrego.

            La duplicidad de nombre oficial y nombre usual no es exclusiva de España. En la relación que la ONU periódicamente distribuye con el nombre de países que la integran, estos países aparecen con su endónimo propio seguido del exónimo con que se los nombra en las seis lenguas oficiales del organismo. Y lo mismo hace la Unión Europea en su Libro de estilo interinstitucional, en el que aparecen todos los países de la Unión con su denominación usual y oficial en la lengua original, y la usual y oficial en el resto de las lenguas. Y ahí podemos enterarnos de que Česko es Chequia, de que Hrvatska es Croacia o de que Deutsland es Alemania.
            Por eso tampoco entiendo, le digo a Zalabardo, que, frente a los defensores del exónimo, surja también quienes pretendan que solamente se utilicen los endónimos, es decir, los topónimos en su lengua original. Eso nos obligaría a decir Bordeaux en lugar de Burdeos, Beijing en lugar de Pekín, London en lugar de Londres, New York en lugar de Nueva York… Si esta tendencia se impusiera, ¿cómo diremos que el baloncestista Arvydas Sabonis nació en Lietuva si siempre hemos dicho Lituania?; O que el novelista Günter Grass nació en Gdansk si en las solapas de sus libros lo leemos natural de Danzig?; ¿o que deberíamos llamar El trato de Al-Yazair a lo que Cervantes publicó como El trato de Argel?

sábado, enero 18, 2020

¿PIN PARENTAL? DIGAMOS CENSURA


            Nunca me ha gustado, Zalabardo lo sabe, que se violente el uso de una palabra o expresión para expresar algo diferente a lo que en sus orígenes se pretendía. No hablo de la evolución y cambios normales e inevitables, sino del interés por ocultar el auténtico objetivo que nos guía al hacerlo. Así, en su día critiqué que se quisiera obviar lo que es una huelga hablando de conflicto laboral; que se disimulara una grave crisis económica usando el término desaceleración; que algunos prostituyeran la noción de memoria histórica (reparación justa y debida) para dar rienda suelta a su revanchismo; que hoy me decante por llamar problema político a lo que siempre había llamado problema de convivencia; y podría seguir dando ejemplos.
            Ahora parece que le ha tocado el turno a pin parental, término con el que quiere justificarse un pretendido derecho de las familias a impedir que a sus hijos se les impartan en los centros educativos determinados conocimientos. Y digo pretendido porque tal derecho, como lo entienden quienes lo defienden, es más bien una aberración, un ejercicio de censura y vetos en términos que parecían ya desterrados en nuestro país.
             Los defensores de este pin parental (una especie de objeción de conciencia) esgrimen el artículo 27.3 de la Constitución, relativo al derecho que los padres tienen a que sus hijos reciban una formación religiosa y moral acorde a sus creencias y en el 30.2 sobre la objeción de conciencia. Pero, aparte de que nada se opone a ese derecho sobre una formación moral y religiosa (que, en mi opinión, debería impartirse fuera de las aulas), olvidan estas personas que el artículo 27.2 deja bien claro que el objeto de la educación es el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales; como también olvidan que, cuando en 2009 pretendieron la supresión de la asignatura Educación para la Ciudadanía, el Tribunal Constitucional les quitó la razón y dictaminó que no era aplicable en tal cuestión la objeción de conciencia.
            Zalabardo me pide que le explique qué es ese dichoso pin. El acrónimo (Personal Identification Number) nació como una herramienta, código o contraseña con la que las familias podían impedir a los menores el acceso a programas de televisión o páginas de internet inadecuados para su edad. Y quienes buscan censurar los contenidos de los currículos escolares, conscientes de que el Tribunal Supremo ya se había pronunciado sobre la improcedencia de la objeción de conciencia en este asunto, sibilinamente solicitan el pin parental en el ámbito educativo.
            Con el pin parental, las familias tendrían en sus manos capacidad para vetar que a sus hijos se les impartan las disciplinas complementarias. Si nos atenemos a la sencilla realidad, los defensores del pin parental se oponen a que a sus hijos se les hable en los centros educativos de sexualidad, de aborto, de igualdad de derechos, de prevención de drogodependencias, de matrimonio homosexual, de prevención de violencia machista…
            Pero, igual que desconocen la Constitución (o la usan mal) quienes buscan en ella el amparo para que se les dé la razón, desconocen también cómo funciona un centro educativo y cuáles son los fines de la educación. En los centros educativos, y Zalabardo sabe que he sido profesor durante cuarenta y dos años, se imparten materias regladas y materias no regladas. Las regladas son las que vienen impuestas desde arriba por las autoridades académicas, ministerio y consejerías; son el conjunto de materias que todos los centros están obligados a impartir (lengua, matemáticas, dibujo, historia del arte, biología, etc.).
            Las no regladas las programa cada centro y son cualesquiera otras que, no comprendidas en el apartado anterior, ayudan a una formación integral de los escolares. Estas materias pueden ser, a su vez, complementarias o extraescolares, y vienen siendo amparadas por una larga reglamentación legal que se remonta al R.D. 1694/1995.
            Las complementarias las organiza el centro, se imparten durante el horario escolar, están incluidas en el Proyecto Curricular y la asistencia a ellas es obligatoria. En el Proyecto anual de cada curso, que debe aprobar el Consejo Escolar, del que también forman parte padres y alumnos, tienen que aparecer descritas y fundamentadas. Pueden ser muy variadas: educación vial, formación en valores y tolerancia, educación medioambiental, conocimiento del medio físico, desarrollo de competencias culturales y artísticas, refuerzo del aprendizaje y de los hábitos de trabajo… Y también, y esto es lo que duele a quienes piden pin parental, educación para la salud, el consumo y habilidades sociales. En este último campo es en el que se puede hablar de esos temas relacionados con la sexualidad, como aborto, preservativos, drogodependencias…, pero también sobre derechos de las mujeres, violencia doméstica, solidaridad y respeto hacia todas las personas…
            Las otras, las extraescolares, son actividades encaminadas a potenciar la apertura del centro a su entorno y buscan la ampliación del horizonte cultural o la preparación para la inserción en la sociedad o el uso del tiempo libre. Estas actividades se desarrollan fuera del horario escolar y son voluntarias.
    Pues bien, en las complementarias, que por ley son obligatorias, radica problema. Pero no en su conjunto, sino en esos temas específicos que le he citado a Zalabardo y sobre los que hay padres que no quieren que sus hijos oigan hablar. Aun respetando este deseo, que respeto pero no comparto, la solución no es exigir ese pin parental, que iría contra las leyes y contra el espíritu de la Constitución. Hay una solución más fácil: pueden renunciar a matricular a sus hijos en los centros públicos y los matriculen en otros centros, concertados o privados, cuyo ideario no contempla incluir estas materias entre las complementarias que ofertan. Eso no infringe ninguna ley; eso sí, esos centros les supondrán un desembolso económico, a veces elevado, aparte de que sus hijos recibirían una formación más pacata y menos completa.
            El pin parental, digámoslo claro, no es ningún derecho; es veto y es censura. Es un ataque frontal a la libertad de enseñanza en la que, paradójicamente, también se escudan ellos; y es un ataque y una humillación para los enseñantes, a los que se tacha de adoctrinadores, cuando los verdaderos adoctrinadores son ellos, los que reclaman vetos y piden censura. Si se salieran con la suya, no me extrañaría que, le digo a Zalabardo, pronto apareciera quien exigiera que no se hable de teoría de la evolución, de la guerra civil, de los libros de Baroja, del teorema de Pitágoras, de la mecánica cuántica o vayan a saber ustedes de qué.

viernes, enero 10, 2020

POR QUÉ MUERE UNA LENGUA

Viñeta de la revista El Jueves

            Acabé el año hablando del “tirón de orejas” que el Consejo de Europa dio a España por su descuido en el cumplimiento de lo dispuesto por la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales. Tal vez algún lector, le digo a Zalabardo, pudo pensar que había exageración en mis palabras y no se crea que el gallego, por ahí se dirigían los tiros de la amonestación a España, corra ningún tipo de riesgo.
            Pero las lenguas, es una afirmación que he repetido innumerables veces, se comportan como organismos vivos y, como tales, sujetas a ese proceso cuyas tres principales etapas son nacimiento, desarrollo y muerte. El desarrollo puede durar muchos años, muchos siglos incluso, pero la muerte siempre estará ahí acechando. Veamos si no: lenguas tan prestigiosas como el latín, el griego clásico, el sánscrito, el chino clásico, son hoy lenguas muertas, cadáveres gloriosos a los que recurrimos, pero no son el instrumento de comunicación de ningún país.
            Pero, y esta es una pregunta interesante, ¿por qué mueren las lenguas? Sin ahondar en demasiadas cuestiones, digamos que hay dos tipos principales de causas. Una es la de la sustitución por otra lengua. Esta sustitución viene explicada por razones violentas (epidemias, guerras, genocidios que hacen que una lengua desaparezca con el grupo que la hablaba o que su uso sea prohibido), por razones de prestigio (se considera que otra lengua reúne más requisitos para ser adoptada en perjuicio de la materna) o razones socioeconómicas (el nivel de desarrollo tecnológico de otro país crea la necesidad de aprender su lengua). Otra causa es la evolución que un idioma padece; el latín, por ejemplo, se extendió con fuerza, pero los pueblos que lo aprendieron comenzaron a introducir modificaciones fonéticas, léxica y gramaticales que la hicieron descomponerse en multitud de lenguas distintas.
            Así pues, las tres señales que nos indican que una lengua está en trance de desaparición son: la falta de función que hace que los hablantes consideren más útiles para su comunicación otras lenguas; la falta de prestigio, que afecta especialmente a los más jóvenes y que los lleva a optar por una lengua diferente; y la falta de competencia, que lleva a los “semihablantes”, desconocedores del sistema, a simplificar y modificar la gramática de su lengua de origen.

Lenguas de América del Norte antes de la conquista
            Se dice que una lengua se enfrenta a un riesgo grave de desaparición los abuelos y las generaciones anteriores la hablan entre ellos, pero la omiten ante los niños. Y se considera que el estado es ya crítico cuando los hablantes más jóvenes son abuelos y personas mayores y la usan de forma esporádica.
            Un estudio de National Geographic sostiene que cada dos semanas muere una lengua y que de las aproximadamente 7000 que hay ahora, es probable que, para finales de siglo haya desaparecido la mitad, si atendemos a las causas antes expuestas.
            Pero lo que quizá descuidemos, le digo a Zalabardo, es que hay otra causa de muerte tan dañina o más que las ya citadas, la digital. Leo en un informe de BBC Mundo que las lenguas más utilizadas en Internet son: inglés, chino, español, árabe, portugués, japonés y ruso. Y, en ese análisis, se recoge que se hallan en riesgo de extinción digital el croata, el gaélico, el letón, el maltés y otras más, que prácticamente no tienen cabida en el mundo digital.
            Acerca de este último caso, es peculiar la situación del islandés. Islandia es un país que recibe al año cinco veces más turistas que habitantes tiene, que son solo unos 350000. Eso ya hace que, aparte de cuestiones puramente económicas, estos habitantes se inclinen por el empleo de la lengua inglesa en lugar de la oficial del país. Incluso se tiende al desdoblamiento lingüístico de las señales. Pero es que a esto hay que sumar otro dato: el islandés es una lengua de una complejidad morfológica grande, en verbos, en tipos de sustantivos y adjetivos, etc. Pero hay más: esta lengua no tiene versión válida para Whatsapp ni para Instagram y ni Siri ni Alexa, los asistentes virtuales de los principales sistemas operativos actuales, lo reconocen.

 
Señal de tráfico en islandés e inglés
          
¿Y qué pasa con el gallego?, me pregunta Zalabardo. Según un reciente artículo publicado en El País, el gallego, lengua que resistió durante 40 años, época en que se restringía el uso de catalán y euskera, comenzó a desmoronarse en el periodo de la Transición. Hay dos razones principales, conectadas ambas: por un lado, por eso del prestigio antes citado, el gallego siente un complejo de inferioridad y los padres han dejado de hablar en gallego a sus hijos. Y, como digo, conectado con este argumento, una mala política lingüística de las autoridades.
            Llama la atención que Fraga Iribarne, procedente del más acendrado franquismo, luchase por revitalizar el gallego durante sus años como Presidente de la Xunta. En cambio, el Presidente actual, Núñez Feijóo ha abandonado ese camino y ha suprimido la prioridad del gallego en las aulas. Todo ello deriva en esa situación que denuncia no solo el Consejo de Europa, sino la propia Real Academia Galega y muchos enseñantes. No es ya que se haya retirado el gallego de las aulas, es que cuando los niños salen de los colegios, usan solo el español, porque es la lengua que oyen hablar a sus padres. Eso, principalmente, es lo que explica que si hace unos años el número de niños que no hablaban gallego suponía un 29%, en poco tiempo el número se haya elevado hasta un 44%. No sé quién ha dicho que dejar descomponerse el gallego sería como derribar la Catedral de Santiago.

sábado, diciembre 21, 2019

ESPAÑA NO PRESERVA SU RIQUEZA LINGÜÍSTICA

Tuone Udaina

            Una mañana de 1967, era yo alumno de la Universidad de Granada, don Manuel Alvar nos habló de Tuone Udaina (Antonio Udina). Con la muerte, 69 años atrás, de aquel barbero de KrK (en la actual Croacia) moría una lengua romance, el dálmata, de la que era el último hablante. Le confieso con sinceridad a Zalabardo que me tomé la información como una mera anécdota, una curiosidad sin más.
            Años después, en 2008, Enrique Vila-Matas escribió un artículo, El último en hablar. Recordaba el caso de aquel Tuone Udaina. Pero también comentaba otros casos semejantes, algunos vividos por él de modo cercano, (la defunción de Marie Smith Jones, última hablante de la lengua eyak, hablada en una región de la desembocadura del río Cooper, en Alaska, o la desaparición de la lengua kasabe en una perdida zona de Camerún). Mi reacción fue diferente. Aquellas muertes dejaban de ser una anécdota y se convertían en acicate para informarme mejor sobre lenguas que desaparecen porque un día no hay quien las hable. Me conmovió una frase que no sé si pertenece a Vila-Matas o la tomaba de alguien: La soledad de hablar una lengua que ya nadie conoce tiene que ser una experiencia extraña. Dejé de sentirlas como lenguas muertas, como el latín, que nos siguen sirviendo de referencia; eran lenguas muertas y olvidadas para siempre.
            De las aproximadamente 100 lenguas que hay en Europa, solo la cuarta parte son oficiales. En el mundo hay unas 7000 lenguas y 2500 están en peligro de extinción. De una veintena de lengua se sabe que resta un solo hablante (quizá ya fallecido cuando escribo).

Marie Smith Jones
            En Europa se redactó, en 1992, una Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales a la que España se adhirió y firmó su compromiso de cumplimiento en 2001. En ella se exige algo tan simple como lo siguiente: reconocer que estas lenguas son expresión de riqueza cultural; compromiso de garantizar su pervivencia y uso; fomento de su aprendizaje por parte de quienes, sin que sea su lengua materna, vivan en la región; garantizar la educación desde preescolar hasta los niveles universitarios en dicha lengua, sin perjuicio de cualquier otra que sea oficial en todo el Estado; garantizar que los órganos judiciales (a petición de las partes) lleven los procedimientos en la lengua regional allí donde proceda; garantizar a sus hablantes el derecho a dirigirse a la administración en su lengua regional y a ser contestado en la misma.
            Pero muestro a Zalabardo unos datos estremecedores que he recogido: en Galicia, en 2008, un 29,5% de niños no hablaban gallego; en 2018, esta cifra se ha disparado hasta el 44%. Y el 13% de los abuelos de esos niños se expresa solamente el castellano. En Euskadi, hablan vasco solo 16 de los 343 jueces que hay, solo el 42% de agentes de la Ertzaintza y solo un 34% de sanitarios pueden atender a los pacientes en su lengua materna. En la Islas Baleares, el caso es peor: solo hay dos jueces conocedores del catalán.
            Datos, datos, datos, me dice Zalabardo. Le respondo que sí, que son datos y, a lo mejor, alguno errado por una búsqueda deficiente por mi parte. Pero es que el martes pasado, creo que fue ese día, me encontré con una noticia que, al menos a mí, me ha provocado escalofríos: El Consejo de Europa amonesta a España por incumplir el deber de preservar la riqueza lingüística del continente.

 
Octavilla impresa en A Coruña, en 1942
          
Esta acusación se dirige al Estado Español por no reforzar el uso de las lenguas cooficiales en la Administración Central y por no garantizar el derecho de los ciudadanos a poder dirigirse a la Administración en su lengua materna en procesos judiciales. De manera particular, se acusa a Galicia, cuyos poderes públicos se muestran pasivos ante una alarmante desgalleguización. La Comunidad Valenciana tampoco sale muy bien parada. Curiosamente, quienes más elogios reciben son los catalanes. De la Generalitat se dice que está aplicando un proceso modélico de inmersión lingüística que consigue que los alumnos concluyan su etapa escolar con un correcto conocimiento de la lengua propia y un excelente dominio de la lengua castellana.
            Le digo a Zalabardo que se me abren las carnes solo de pensar que un día tuviésemos que enterarnos de que ha muerto el último hablante de gallego, lengua que dio, presumiblemente, las primeras creaciones líricas romances en España. Que un día no hubiese alguien capaz de recitar, y entender, estos versos de un juglar del que apenas se sabe nada, Juiâo Bolseiro, que pone en boca de una joven estos versos:
Aquestas noites tan longas,
que Deus fez en grave dia,
por min, porque as non dormio,
e por que as non fazia
no tempo que meu amigo
soia falar comigo?
            [Estas noches tan largas que Dios hizo en mal día, por mí, porque no las duermo, ¿por qué no las hacía en el tiempo en que mi amigo solía hablar conmigo?]
            Como se perderían versos tan bellos como estos de Celso Emilio Ferreiro, este más moderno, en uno de los poemas de Longa noite de pedra:
Anque as nosas palabras sean distintas,
e ti negro i eu branco,
si temos semellantes as feridas,
coma un irmau che falo.
Por enriba de tódalas fronteras,
por enriba de muros e valados,
si os nosos soños son igoales,
coma un irmau che falo.
            [Aunque sean diferentes nuestras palabras, y tú seas negro y yo blanco, si tenemos heridas semejantes, como a un hermano te hablo. Por encima de todas las fronteras, por encima de muros y vallados, si nuestros sueños son iguales, como a un hermano te hablo.].
            Otro día, le digo a Zalabardo, quizá hablemos de las diferentes causas de la muerte de tantas lenguas.

domingo, diciembre 15, 2019

MÁS JUSTICIA SOCIAL Y MENOS LENGUAJE INCLUSIVO



           La ministra Carmen Calvo solicitó a la RAE un informe sobre la reforma de la lengua de la Constitución para hacerla más inclusiva. Pedía una “adecuación de la Constitución española a un lenguaje inclusivo, correcto, verdadero y acorde a la realidad de una democracia que transita entre hombres y mujeres”. ¿Cuáles de esos adjetivos no cumple nuestra lengua?
            Le digo a Zalabardo que, con el firme convencimiento de que nuestra sociedad debe caminar hacia una equiparación efectiva en derechos y deberes de todas las personas (sin reparar en su sexo), la visibilidad de las mujeres no se logra retorciendo la lengua, sino adoptando medidas sociales justas que mejoren la situación de las mujeres.
            Juan de Valdés, en el siglo XVI, en su Diálogo de la lengua, se ríe de quienes  le piden, atendiendo a su prestigio, información sobre la lengua castellana; toma como broma la solicitud. Le preguntan por qué le parece mal hablar de la lengua que le es natural y sí lo hace, en cambio, de la lengua latina. Les responde que la latina la ha aprendido por arte y libros, y la castellana por uso, de manera que de la latina podría dar cuenta “por el arte y por los libros en que la aprendí, y de la castellana no, sino por el uso común de hablar”.
            Nuestros políticos deberían aprender eso. La lengua es un tesoro que pertenece al pueblo que la habla y solo el uso que ese pueblo hace a través de los tiempos va dejando en ella su huella. Cambia según va cambiando la sociedad, y nunca por capricho de los gobernantes. En esta línea, decía hace poco Santiago Muñoz Machado, presidente de la RAE, que jamás una manera de hablar se podrá imponer por decreto ni por acuerdos entre determinados grupos particulares.

            Si ponemos un poco de atención, llamo la atención de Zalabardo, comprobaremos que el pueblo, la gente normal y corriente, va por otro camino. Cualquier padre o madre hablará de sus hijos, aunque entre ellos haya niñas y niños. Y cualquier niño o niña, hablará de sus padres, sin caer en esa ridiculez de decir mi padre y mi madre.
            Hay dos principios en el estudio de la lengua que no deben olvidarse nunca. Uno es el de la economía, decir mucho con pocos elementos. El otro es el de existencia de elementos marcados (precisamente para hacer posible el anterior). Un elemento marcado es el que posee un rasgo que lo hace significar de modo excluyente; si hablo de las españolas, automáticamente quedan fuera de mi discurso los hombres. El elemento no marcado, por el contrario, tiene un valor inclusivo que no hay en el otro; si hablo de los españoles, todos entendemos que ahí caben los hombres y las mujeres.
            ¿Qué eso, por sí solo, no es suficiente? Por supuesto. Aparte de que la lengua cambia de modo natural, Muñoz Machado dice que la RAE no se cierra al lenguaje inclusivo reclamado siempre que esos cambios sean razonables, no lesionen el idioma, mantengan su belleza y, sobre todo, su economía. Por esa razón, aunque parezcan estar en contra de alguna norma, aceptamos presidenta, jueza, edila, concejala, arquitecta y todos los etcéteras que ustedes quieran. O que se use la duplicación de género cada vez que no hacerlo induzca a duda o error.

           Por muchos frentes se presiona a la RAE para algo que no le compete. Pero creo que esta vez está llevando bien la cosa. Ya en 2012, Ignacio Bosque redactó el informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, que analizaba la serie de entuertos pretendidos por diferentes guías de lenguaje no sexista. Ahora, a petición de la ministra Calvo, se ha nombrado una comisión paritaria (Pedro Álvarez de Miranda, Paz Battaner, Ignacio Bosque e Inés Fernández Ordóñez) para replantear el tema. Creo que el documento no se ha dado a conocer todavía, pero parece que sus conclusiones no se apartan mucho del informe Bosque.
            Interesa escuchar algunas opiniones de los académicos citados. Paz Battaner, por ejemplo, afirma que el género no es lo más importante a la hora de estudiar la lengua. Que los diccionarios y gramáticas deben describir cómo usa la gente las palabras y la lengua, pero nunca ir por delante. Considera que no utilizar el masculino incluyente provoca inconsistencias muy grandes y discursos reiterativos que no mejoran la presencia de las mujeres en la sociedad. 
            Inés Fernández-Ordóñez cree que la Constitución está redactada en un tipo de lenguaje formal y administrativo que no es el habla común de la calle en la que se pueden tener más licencias. El lenguaje de la Constitución tiene sus propios códigos, más rígidos.
        Pedro Álvarez de Miranda, más categórico, mantiene que la lengua no es materia ideologizable (es decir, que no la pueden imponer los políticos) y que, si la Constitución española debe reformarse, no será por la lengua. A propósito de la Constitución, no ya Álvarez de Miranda, sino mucha gente de todos los campos, coincide en que lo que sí es reformable es el Título II, De la Corona, en el que exclusivamente se habla de rey y de príncipe, pero no de reina ni de princesa, aparte de que mantiene el criterio de preferencia del varón sobre la hembra en la línea de sucesión. Eso sí debe ser cambiado cuanto antes.
            Y si atendemos a ideas de personas abiertamente partidarias del cambio pedido por la ministra Calvo, lo cierto es que encontramos bastantes incoherencias. Escojo solo un artículo de una catedrática de Filología de la Universidad de Valencia, Maria Josep Cuenca.

           Reconoce que esos cambios que se piden son mecanismos lingüísticos frecuentes en el discurso político y en el administrativo, pero no en la lengua común. Señala que donde el artículo 39.4 de la Constitución, dice Los niños gozarán de protección… debería decir los niños y las niñas. Pero, de inmediato, añade que en desdoblamientos muy seguidos se dificulta la legibilidad; así, en el artículo 27.7, que dice: Los profesores, los padres y, en su caso, los alumnos intervendrán… reconoce la complicación que supondría Los profesores y las profesoras, los padres y las madres y, en su caso, los alumnos y las alumnas… y que duplicar solo el artículo (los y las profesores) contravendría los principios gramaticales. ¿Qué solución se le ocurre? La siguiente: Los profesores y profesoras, los progenitores y, en su caso, los alumnos y las alumnas… O sea, que emplea un masculino inclusivo y deja fuera a las progenitoras. Buena manera de dar visibilidad a la mujer.
            También olvida esta experta en Filología el principio de economía lingüística, que todo el mundo considera básico, cuando propone que, siempre que en la Constitución aparezca los españoles, para evitar la fea duplicación se cambie por las personas de nacionalidad española.
            Zalabardo y yo no sabemos si reír o llorar.

lunes, diciembre 09, 2019

SOBRE ANFIBOLOGÍAS



           La anfibología es un recurso literario basado en la ambigüedad, equívoco y confusión que puede generarse a partir de palabras de parecida forma y escritura, pero que poseen diferente sentido. Por ejemplo, si leemos simplemente Compró una vela, podríamos dudar si se hace referencia al ‘paño de que se sirve un barco para ser impulsado por el viento’, a un ‘cirio’ o, por ejemplo en mi pueblo, a un ‘toldo con que se cubre un patio en sus alturas para evitar los rigores del sol’.  Me pregunta Zalabardo, primero, por qué hemos de recurrir a palabras raras para cosas fáciles. Y le explico que la palabra proviene del latín amphibolia, que a su vez viene del griego ἀµφιβολος, que significan ‘doble lanzamiento’ y de ahí ‘doble sentido’ hasta terminar en equívoco o ambigüedad.
            Leemos en el DLE que, si nos referimos al lenguaje, es ambiguo lo que puede entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión; que es incierto o dudoso. Y de equívoco dice que es lo que puede interpretarse en varios sentidos, o dar ocasión a juicios diversos; también, equivocación, error.      
            De inmediato, me pregunta Zalabardo si, atendiendo a lo anterior, es lo mismo una cosa ambigua que una equívoca. He de contestarle que, en ambos casos, tenemos el doble sentido; y en ambos, también, la posibilidad de confusión. Y que, aunque busco con detenimiento, no hallo ninguna norma gramatical que aclare la diferencia que pueda haber entre un concepto y otro, lo que me inclinaría a responderle que sí son sinónimos. No obstante, me queda una duda que no sé resolver, pues equívoco es ‘lo que induce a errar’, lo que puede llevar a creer lo que no es, mientras que ambigüedad no pasa de ser ‘lo que induce a confusión, a duda, a incertidumbre’

           Lo que pretendo hoy, le digo a Zalabardo, es que la anfibología —y no diferenciamos ya entre ambigüedad o equívoco— sirve fundamentalmente para componer secuencias humorísticas. Por ejemplo, Quevedo, contando en El buscón la salida de la cárcel del padre del protagonista, afirma que lo acompañaban más de doscientos cardenales, solo que a ninguno llamaban señoría. Jugaba con el doble sentido de cardenal: ‘jerarquía eclesiástica’ o ‘moratón por los azotes’. Y Jim Carrey, en la película Man on the Moon, durante un monólogo, dice: Pueden ustedes tomar a mi mujer; y ante las risas de los asistentes, aclara: Bueno, eso no. Así podríamos seguir.
            Pero la anfibología está muy presente en la lengua cotidiana sin que apenas nos apercibamos de ello. Y, en la mayor parte de los casos, es el contexto quien nos ayuda a solventar cualquier duda. O la presencia de los interlocutores en la comunicación directa. Si yo digo a alguien Ayer vi a tu amigo mientras corría por el parque, siempre cabrá la duda de saber quién corría; o si le digo que Margarita quiere a María Jesús porque es muy buena, ¿quién de las dos es muy buena? La anfibología también la provoca la inadecuada colocación de las palabras en la frase. Así, cuando pregunto en una tienda ¿Venden sombreros para señoras de corcho?, no hay duda de que el complemento de corcho tendría que ir junto a sombreros. Muy frecuentes son las anfibologías que provoca el uso de posesivo su. En Tu primo y Felipe han discutido en su casa, ¿en casa de quién?

            Le llamo la atención a Zalabardo acerca de las anfibologías que se nos presentan en la prensa. Hay ocasiones en que la propia ambigüedad de una palabra impide una redacción que resulte más clara para el lector. Hace unos días, leía una información en la que se decía: La elección de los miembros de la Mesa del Congreso se convirtió en un suplicio para casi todos los partidos. Y, claro, me surgió la duda: ¿se hablaba de que los miembros de la Mesa eligieron algo o de que los partidos tuvieron dificultades para elegir a esos miembros? Solo la lectura del párrafo completo podía sacarme de esa confusión.
            Pero hay otras veces en que tendríamos que hablar de descuido por elegir una palabra que, aunque correcta, puede inclinar a entender lo que no se dice por las connotaciones que tiene. No hace tanto, se escribía en la cabecera de una noticia: Cifuentes planta a la juez alegando razones de enfermedad. La información era veraz, pero ambigua, pues utilizar el verbo plantar hacía pensar que Cifuentes se valió de alguna artimaña para dar un plantón a la jueza y eludir su obligación. Nada de eso sucedió. El DLE recoge bien ese significado para su no presencia, pero ¿no hubiese sido mejor titular Cifuentes excusa su comparecencia ante la juez por razones de enfermedad? Se hubiese evitado cualquier interpretación confusa.

            No es lo mismo cuando se quiere hacer uso de las anfibologías para dañar a alguien. Le cuento a Zalabardo lo que me parece una malévola intención de quien escribió este titular: Anders Breivik estudiará la misma carrera que Pablo Iglesias en la Universidad de Oslo. ¿Qué mueve a relacionar a este terrorista de extrema derecha con el presidente de Podemos? Y, por fin, en ocasiones, lo que hay es despiste supino o ignorancia en el origen de una redacción confusa o equívoca. Quien escribió Los 200.000 musulmanes españoles formularán sus deseos… no se molestó lo más mínimo en informarse que no hay esa cantidad de españoles que practiquen la religión musulmana; en realidad, no pasan de 3000. Cuando él escribía españoles, lo que debió haber escrito es que viven en España, la mayoría de los cuales son marroquíes. 
            Pero como le estoy tratando de explicar a Zalabardo que la anfibología se utiliza más para el humor y la ironía, le cuento el caso de este anuncio en el que el pobre anunciante no se dio cuenta de lo que realmente decía: Vendemos coches usados. ¿Piensa acudir a uno de esos sitios donde lo estafarán? Visítenos primero a nosotros.

domingo, diciembre 01, 2019

HAKETÍA. NOTA ACERCA DE UN ESPAÑOL NO PERDIDO


            Las casualidades nos deparan en ocasiones alegrías insospechadas. Zalabardo sabe bien lo que digo. Llevo un tiempo rastreando para hallar muestras en nuestra literatura y nuestro folclore que prueben cómo nuestra sociedad, la española, ha sido injusta, desde bastante antiguo, con comunidades que han aportado mucho a nuestra cultura. Judíos y moriscos, por ejemplo, perseguidos hasta el punto de ser expulsados de nuestra tierra, pueden dar fe de lo que digo.
            No hace falta recurrir al muy conocido episodio de la segunda parte del Quijote en la que el morisco Ricote, disfrazado, regresa a España para recoger a su familia. Casualmente, se encuentra con Sancho, a quien conocía por ser ambos del mismo pueblo; en la larga conversación que tienen, dice en un momento dado: Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nascimos en ella y es nuestra patria natural.
            Alguien me podría decir que, al cabo, cito un texto literario en el que Cervantes insiste en el tópico del moro bueno que se cultivó en los siglos XVI y XVII. Pero nada de tópico hay en mi descubrimiento, hace apenas dos días, de la haketía. Digo descubrimiento porque, aunque sabía del ladino, del judeoespañol, la lengua de los sefarditas expulsados de España, nada conocía de la haketía. Escuchando una canción sefardita, Zalabardo me acompañaba, me topé con unas palabras que se me resistían: kappará, al-azbas, fughrearSalomon Corcia, de la comunidad sefardita de Sevilla me señaló un camino: La lengua de esa canción no es exactamente ladino, sino haketía, me dijo.
            Casualidad sobre casualidad, así contacté con Mordejay Guahnich, presidente de la asociación Mem Guímel, de Melilla, con quien he podido tener una interesante conversación y a quien estoy muy agradecido. Hemos hablado del respeto que merece toda cultura y me ha explicado que la haketía es una modalidad del ladino específica del norte de Marruecos. En la charla, me manifestaba con un deje de amargura su queja: La gente dice que esto es lengua de hebreos, pero no saben que es una lengua española, que es el español que, desde la Edad Media, nosotros hemos venido manteniendo.
            Al encuentro de Mordejay ha seguido el de Alicia Risso Raz, de quien encuentro cosas en el portal Voces de haketía. Ella llama a la haketía el vernaculó ĵudeoespañol del norte de Marruecos, es decir, la lengua que aún emplean los descendientes de los judíos expulsados de España. De ella, licenciada en Filosofía y Arte por la Universidad de Nueva York, criada en Israel, pero cuya madre es de Tetuán y su padre de Fez son también estas palabras: Yo me puĵí (crecí) en Israel desde los 20 días en una caza ande se cantaba, se soñaba, se sentía, y se jammeaba (pensaba) en español, es dizir, haketía españolizada que me parecía español espejeado ḥatta (hasta) que me parece que fui yo la que me puĵí ahí! O que en la pequeña población del este de Marruecos Debdú a la kehi.la (comunidad) judía de allí se la sigue conociendo como la de los sevillanos.

fragmento del Quijote en haketía
            Zalabardo y yo hemos disfrutado con este acercamiento a la haketía. Hemos conocido un pequeño glosario y una colección de expresiones que suenan a un dulce español de hace siglos que resiste en una especie de estado fósil. Nos enteramos de que suelen saludar con un ansí me quedís vivos e sanos, que a ‘fallecer’ lo llaman arrancar de la vida o que ‘una cosa extraordinaria’ es eso que no viene en libro; que a quien está abatido o desanimado se le cae el alma al suelo, que al orgulloso se le suben los humos, que el derrochador tiene la manos aburacadas (con un agujero) o que para no ser molesto en una visita es aconsejable alibianar el pie (no quedarse quieto mucho tiempo en un lugar). También conserva la haketía muchos refranes y sentencias que no deberían sorprendernos: al enemigo que escapa, ponle puente; cuando la vaca cae, todos le dan con el pie; emenda la gotera y adobarás la caza entera; si tienes prisa, vístete debagar; todo lo lava la agua y lo leva el tiempo… Nada de ello debiera extrañar en el español de nuestros días.
            No es solo Ricote, pues, personaje de un libro. Los hablantes de esta reliquia del español de otros tiempos se consideran españoles y presumen de que el propio Cervantes utilice una palabra, hoy muy rara entre nosotros, desmazalado, ‘abatido, descuidado’, que entre ellos es muy común; o de que un personaje de El casamiento engañoso use el refrán Pensóse don Simueque que me engañaba con su hija la tuerta, y por el Dío, contrecho soy de un lado, en que aparece la forma Dío, que así lo llaman los sefarditas, en lugar de Dios. Y aún más, de que en El Quijote universal. Siglo XXI, edición que recoge traducciones en lenguas y modalidades a las que nunca había sido vertida la obra de Cervantes, aparezca un capítulo en haketía.
            Pero hay algo, se lo confieso a Zalabardo, que me ha sorprendido más. En español actual tenemos boca a boca o de boca en boca para referirnos a ‘lo que se transmite oralmente’. Así lo recoge el DLE. Mucho se ha discutido sobre si no sería más correcto decir de boca a oreja. A este respecto, la Fundación para el español urgente afirma: boca a boca es lo correcto (o, con valor adverbial de boca en boca); boca a oreja tal vez sea un catalanismo (y traducido no muy propiamente, pues bocaorella aquí en todo caso sería “boca a oído”). No sé si la locución será catalanismo o no; lo único que puedo decir es que en este castellano medieval jaltedo con palabras de otros manaderos lingüisticòs que es la haketía, lo que se transmite oralmente va de boca a orella.