domingo, noviembre 24, 2019

DE NIÑOS, NENES Y UN COMPAÑERO DE ESTUDIOS

Casino de Osuna. Acuarela de Eloy Reina

            En ocasiones, le digo a Zalabardo, me encuentro en una situación, si no azarosa, sí bastante complicada al ser incapaz de dar recta y clara respuesta a una pregunta que, en apariencia debería resultar sumamente sencilla. Es el caso que, hace unos días, en Osuna, en una reunión de amigos, durante una charla informal (como deben ser todas las charlas de amigos) uno de los presentes contó que él acostumbra a llamar nena a su esposa y ella lo llama a él nene, y que le gustaría saber el origen de tales palabras. No supe contestar en el momento, pero me propuse consultarlo, sin saber en qué berenjenal me metía.
            Porque la verdad es que hay palabras de las que no se sabe cómo, ni cuándo ni por qué entraron en el diccionario al no existir un campo léxico con el que se las pueda relacionar ni un étimo al que anclarlas para proceder a su explicación. No creo que nadie dude de que nene y nena son formas de referirse a niño y niña, pero la primera sorpresa nos la podemos llevar cuando reparamos en que el latín nos ayuda bien poco cuando queremos establecer su etimología. En latín encontramos infans y puer/puella; ni la primera, ‘el que no sabe hablar’, que se aplica al bebé y de la que procede infante, ni la segunda, que designa al muchacho de hasta 17 años y de la que deriva pueril, nos dan ninguna pista para explicarnos el sentido de niño/niña, nene/nena.

Primera página del diccionario de Fco. del Rosal
            El diccionario de la Academia ha ido dando bandazos a lo largo de los años en su criterio de asignar un origen a niño: que si es voz onomatopéyica, que si es voz expresiva propia del lenguaje infantil…; en su última edición dice que procede de la voz infantil ninno, sin aclarar la razón de esta. Joan Corominas se moja algo más y mantiene que es voz común en el castellano relacionada con el catalán nin y muchas otras occitanas e italianas, todas ellas procedentes de una antigua creación expresiva romance ninnus. Pero si me voy a uno de los más completos diccionarios de lengua latina, el de Agustín Blánquez, lo más parecido que encuentro es nenia, de procedencia griega, uno de cuyos significados es ‘cantinela infantil’, de donde el verbo nenior, ‘hablar frívolamente, sin reflexión’. Y cada lexicógrafo apunta en sentido distinto: Covarrubias dice que procede del hebreo nin, ‘hijo, regalo del padre’. Rodríguez Navas, en 1876, afirma que procede de una forma de ascendencia ibero-celta ninno que, entre otras, es la que ha originado el portugués me-nino, y, en zonas de Lombardía, nana para referirse a la canción de cuna. Incluso el diccionario de Larramendi aporta un posible origen vascuence ninia. O sea, que teorías no faltan, aunque pruebas testificales hay pocas. Naturalmente, todos coinciden en aceptar que nene y nena son una forma derivada de niño y niña.
            Ahí debería haberme rendido, le confieso a Zalabardo, de no ser por haberme topado con el que se afirma ser el primer diccionario etimológico de nuestra lengua, compuesto hacia 1610, que nunca fue publicado y que ha llegado a nosotros por una copia manuscrita realizada en el siglo XVIII por el agustino Miguel Zorita, que encontró el original en la biblioteca de los agustinos de Madrid. El autor de este raro diccionario no es otro que el médico cordobés don Francisco del Rosal, que nació hacia 1537 y murió hacia 1613.

Osuna. Antigua Universidad
            Me pregunta Zalabardo cuál es el interés de este descubrimiento y le respondo que no tanto el diccionario citado, sino la figura del autor, que podemos considerar compañero de quienes ese día estábamos hablando distendidamente en un salón del Casino de Osuna. Porque este médico cordobés, Francisco del Rosal, fue bachiller en Artes por la Universidad de Osuna en 1553. Y esa Universidad es la misma que, pasados los años, fue el Instituto donde también nosotros nos graduamos como bachilleres. Del Rosal pasó después a Salamanca, donde se doctoró en Medicina y donde parece que conoció a Sánchez de las Brozas, El Brocense, el famoso gramático. Se sabe que recorrió toda Castilla ejerciendo como médico.
            De las obras de Francisco del Rosal prácticamente no se conserva nada a excepción de este citado diccionario, Origen y etymología de todos los vocablos originales de la lengua castellana. De él copio el artículo completo:
Niño y Niña, de Minimo y Minore, de donde el catalán dice Miño y el Portugués Menino. Aunque parece del Griego ínis, que es el ίνις, Hijo o Nieto, que sea criatura pequeña, de donde el Arábigo llama Nena a la Ama que cría, y de allí el Vulgo llama Nene y Neno a la criatura, y arrullandolos las Amas cantan Nenene.
            No sé, le digo a Zalabardo, cuál será en realidad la etimología de niño y nene; pero me hace gracia quedarme con la opinión de este cordobés que estudió en las mismas aulas que quienes disfrutamos hablando aquellos momentos. Imagino que quien planteó la pregunta pensará lo mismo.


domingo, noviembre 17, 2019

INFORMACIÓN Y CONOCIMIENTO



            El azar depara inesperados encuentros. Tratando de localizar un papel antiguo, encontré una vieja carta que no sé cómo llegó a mis manos; tal vez oculta entre las páginas de un libro comprado en una librería de lance. Zalabardo y yo nos pusimos a leerla. Fechada en julio de 1924, la escribe en Bab-el Sar, durante la guerra de África, un soldado llamado Antonio Vargas Cobos, en respuesta a otra de un tío suyo que se interesaba por su estado. Con ortografía defectuosa e insegura sintaxis, el joven escribe: …con respecto álas operaciones debo desirle que si que acido un combate fuerte pero solamente uno y en la Posición de Koba-Darsa que estubo 7 – o – 8 dias aislada pero que no murieron ninguno: adonde murieron fue para sarbar la fuerza que estaba en hella y también le digo que esto no ancido operaciones esto acido un castigo para que no se metan con las posiciones. Líneas más adelante, tranquiliza a su tío: …por mi no tenga V. miedo por que yo estoy lejos de Tetuán

           Aunque parezca no tener relación, me acuerdo de un artículo de 2011 escrito por Mario Vargas Llosa, Más información, menos conocimiento, en el que denuncia la robotización humana que puede provocar un exceso de entreguismo a Internet. De ese texto es esta frase demoledora: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros. Quede claro que no es un artículo contra Internet ni contra el mundo digital. El autor reconoce el gran avance que supone, sobre todo en ahorro de tiempo, la existencia de Google, Twitter, Facebook, Skype… O la posibilidad de disponer de información sin apenas esfuerzo. Pero también avisa de algunos peligros que pasan desapercibidos.
            Como todos los suyos, el artículo está muy bien documentado. Cita, por ejemplo, un libro de Nicholas Carr, experto en el impacto de las nuevas tecnologías, que confiesa cómo la fuerte relación establecida con el mundo de Internet lo llevó de ser voraz lector de libros a no leer apenas ninguno. También cita la frase de un informático de prestigio que decía: ¿Para qué perder tiempo en leer un libro si con pulsar una tecla obtengo lo que ese libro me dice? En ese momento, recuerda Vargas Llosa que cuando la memoria deja de ejercitarse, se entumece y debilita; o que el mal no está en Internet sino en que dejemos de verla como herramienta y la convirtamos en prolongación de nuestro cerebro. Y teme que vayamos hundiéndonos en un mundo en el que cada día cueste más leer un libro completo y en el que nuestros jóvenes sean incapaces de leer el Quijote, la Celestina o cualquier obra de Shakespeare.
            Zalabardo sabe que no soy enemigo de Internet ni de las redes sociales: me ayudo de la rapidez en Google para acceder a informaciones que necesito, escribo este blog desde hace más de diez años, tengo cuenta en Facebook, acabo de leer, en formato epub La amortajada, de María Luisa Bombal (sin abandonar los libros tradicionales, como Contar los cuarenta, de Miguel Moreta, y El cazador de estilemas, de Álex Grijelmo, que leo ahora), mantengo fluido contacto con mis amigos gracias a whatsapp

            Pero nada de eso impide que sea consciente de los muchos males que aquejan al mundo informático y a las redes. A mi amigo le explico que, en whatsapp no me gustan, por ejemplo, los reenvíos si no se conoce el origen, veracidad y objetivo de lo que se reenvía. El reenvío es un peligroso método para difundir contenidos falsos o malintencionados, prueba fehaciente de que la cantidad casi inabarcable de información que Internet nos ofrece no es, en ningún modo, fuente de conocimiento. Podría hacernos reír el falso mensaje de una inexistente doctora Ana Judith Salazar, empleada de una empresa farmacéutica igualmente inexistente, que nos previene de cierto riesgo de muerte. Pero ya no es para reír que, partiendo de un hecho cierto, se extraigan argumentos con el único objetivo de dañar a personas, instituciones, partidos políticos, etc. Hace unos días tuvo lugar un vandálico incendio en una ermita zaragozana de Tauste. La lectura de la prensa aragonesa o navarra nos aclara el suceso; sin embargo, mi interlocutor me reenviaba una noticia que titulaba: Comienza el anticlericalismo y la quema de iglesias y, en su redacción, aludía a una frase escrita en el templo asaltado que en realidad no existió: Arderéis como en el 36. Todo adquiere su sentido si sabemos que la noticia se incluía tras las elecciones del pasado 10 de noviembre en rebeliónenlagranja.com, publicación digital dirigida por el presidente de Intereconomía y militante de VOX.
            Tampoco me gustan, tengo que decirlo así, esas fotos y vídeos que se emplean para saludar, desear feliz sábado, felicitar, etc. Los encuentro fríos y faltos de personalidad. Prefiero los saludos en los que un amigo me envía la imagen del pastel que está cocinando, la foto del último viaje que ha hecho, una reflexión sobre el libro que está leyendo, el vídeo de una canción que le trae recuerdos de tiempos pasados, su preocupación por cómo anda el patio político, lo hermosas que crecen las coles de su huerta, la experiencia de un reciente viaje… Pero todo ello escrito por su mano, como la carta de ese desconocido Antonio que menciono al principio.

            Porque esa es otra: ya no es que no se lea, como denuncia Vargas Llosa; es que apenas se escribe. Nos limitamos a enviar el frío saludo que otra persona escribió. Y eso si no se nos manda una imagen de un personaje ilustre, casi siempre ya difunto para que así no tenga oportunidad de desmentir nada, acompañada de una frase que, mira por dónde, digo a Zalabardo, nunca llegó a escribir ni pronunciar. Ni en el Quijote es posible leer Con la Iglesia hemos topado, mi buen amigo Sancho; ni en El Príncipe, de Maquiavelo, El fin justifica los medios; ni en ninguna obra de Einstein aparecerá eso de Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y de lo primero no estoy seguro. Porque como tantísimas frases que circulan por ahí, nunca fueron dichas ni escritas.
            Las que sí son tiernas y sinceras y llegan al alma de quien las recibe son estas palabras con que cerraba su carta, posiblemente desde una trinchera, ese soldado Antonio Vargas: Muchos recuerdos para: Antonio el de María Cobos y sufamilia y para Alonso y su familia. Los más tiernos afestos para mitita y para mis primos y primas y para todo el que por mi pregunte y V. mi Querido tito Recibe cuanto quiera de este susobrino que lo quiere y no lo olvida y lo soy. Es posible que este Antonio tuviera poca formación y dificultades para acceder a la información. Pero su conocimiento de las cosas era muy claro.

sábado, noviembre 09, 2019

ZASCA



           Se está celebrando estos días en Sevilla el XVI Congreso de la ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española). Siempre es elogiable que haya personas y organismos que se dediquen a la atención y cuidado de nuestra lengua y que busquen aunar los criterios de uso en todos los lugares donde es lengua oficial o, al menos, tiene un empleo abundante. Pero, eso sí, respetando en cada momento las peculiaridades lingüísticas de casa zona.
            Lo que me llama la atención, le digo a Zalabardo, es que cada vez que se produce una de estas reuniones, parece que todo el interés de los medios se centra en la lista de vocablos que entran, salen, amplían o modifican sus acepciones en el Diccionario de la Lengua Española. Las reacciones no se hacen esperar: extrañeza porque entre o no tal o cual palabra, aplausos a lo que se considera acierto o críticas por lo que se considera error.
            Pienso, reflexiono en voz alta para que Zalabardo me oiga, que una gran parte de los medios, y a ellos les siguen muchas personas, tienen una conciencia poco clara de lo que es un diccionario y, en este caso preciso, de lo que es el DLE. El diccionario, cualquier diccionario, no debería ser otra cosa que el valioso instrumento que nos deja constancia del estado del léxico de un idioma en un lapso más o menos extenso de tiempo. Pero, esa es la impresión que tengo, cada adición o reforma se espera como se espera el desfile anual de los ángeles de Victoria’s Secret o la ceremonia de los óscar. Más que interés por el estado de salud de la lengua, lo que hay es expectación por las modas. Y la moda, ya lo sabemos, es algo voluble y sin firmeza.

            Un Congreso sobre la lengua es más que curiosidad por el diccionario, que debe hacerse a fuego lento, sin prisas. Las palabras y sus acepciones han de estudiarse detenidamente, ver el grado de aceptación que tienen en los hablantes, el modo como cimentan su encaje en el habla, la fuerza con que resisten el vendaval de las efímeras modas. Y, sobre todo, debe hacerse pensando en el conjunto de la comunidad hablante, en lo que a una gran mayoría le es útil. Eso es, claro está, lo que pienso yo. Los tecnicismos, regionalismos, jergas y demás, deberían ir en diccionarios específicos.
            ¿No cabe, según esto, la posibilidad de un “diccionario total, universal” que recoja todas las palabras? Ni creo en esa posibilidad ni me parece necesaria. Y menos en un mundo como el de hoy, que nos permite contar con Internet. La carta de naturaleza de una palabra no se la otorga su presencia en el diccionario; como tampoco se la quita su ausencia. Se la da el arraigo entre los hablantes.
            Muchas personas se preguntan cuántas palabras tiene el español. Esa pregunta carece de respuesta por la simple razón de que la que se dé no será válida. A ver, ¿aparece en algún lado recogida mangalaspierdes, que llaman en el pueblo jiennense Chilluévar a la ‘persona alocada, que actúa sin objetivo preciso’? Y maco, que aparece en el Diccionario de argot español de Víctor León como ‘cárcel, calabozo’, ¿tiene algo que ver con el maco, ‘pícaro, bellaco’, del diccionario académico? ¿Dónde ponemos macró, ‘chulo de putas’, que recoge el mismo Víctor León? ¿O el vilorio, ‘inquieto’, que tanto oía yo en boca de mi madre? No hace mucho, hablando de un tipo de espárragos, un amigo, Pepe Sarria, me decía que los conocía como chochas y otro amigo, Rafael Pradas, me hablaba de chupones; ¿se puede encontrar eso en algún sitio aparte del habla peculiar de cada lugar y persona?

            Consulto una página del Centro Virtual Cervantes y leo que el DLE recoge unas 93000 palabras y el Diccionario Histórico unas 150000. En otro lugar, leo que, en español, podemos calcular que hay unas 300000 palabras de las que un hablante normal utiliza solo 300, una persona culta, 500 y un escritor, 3000. La verdad, confieso a mi amigo, no puedo opinar sobre estos datos, aunque sospecho que hay muchas más.
            Todo esto surge porque en ese Congreso de Academias del que hablaba al comienzo se ha presentado un documento con las adiciones, modificaciones, etc., que ya aparecen en la versión electrónica del DLE. Y, la verdad, tengo la impresión de que las Academias se están dejando llevar por esta afición a las modas. Nunca he sido contrario, Zalabardo lo sabe, a la aceptación de nuevos términos, de préstamos que tengan una justificación, de la natural y lógica evolución de nuestra lengua. Porque los nuevos términos, los préstamos y la evolución son algo inherente a la naturaleza de las lenguas. Pero hay decisiones que hacen pensar.

            Por ejemplo, la inclusión en el diccionario de zasca, ‘respuesta cortante’, me parece precipitada; no dudo del empleo del término ni de su notable difusión. Pero ¿está suficientemente asentado o es una moda pasajera? El año pasado se aceptó la inclusión de mazo, ‘mucho’; ¿quién la usa ya? Veo que se incluye arboricidio, ‘tala indiscriminada de árboles’ o antitaurino, ‘contrario a las corridas de toros’. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Por qué, en cambio, no se incluye, animalista, ‘defensor de los animales’? Un hablante debiera saber que con los sufijos -cidio o -ista, o con el prefijo anti- podemos formar una nueva palabra en cualquier momento. Otro caso: se incluye aniridia, ‘falta congénita del iris del ojo’, pero se deje fuera, junto a otras muchas, trabeculectomía, ‘abrir una vía de salida del humor acuoso desde la cámara anterior del ojo hasta el espacio subconjuntival’ ¿No estarían mejor, ambos términos, en un diccionario de medicina? ¿Tiene sentido dar entrada al extranjerismo brunch, ‘comida que se toma a media mañana, que sustituye al desayuno o a la comida principal’? Y, por último, ¿por qué se da entrada al americanismo sánduche/sanduche, ‘emparedado, sándwich’ si sánguche, también americanismo, está más extendido?
            Son solo algunos ejemplos de los muchos que se podrían dar de este modo precipitado, a mi juicio, de actuar sobre el diccionario. No debe tenerse miedo a que alguien proteste porque determinada palabra no aparezca o porque alguien considere que una acepción concreta no se ajuste a la realidad. El diccionario nunca impone nada. Se limita a dar fe de usos bien comprobados. Cuando está generalizado y asentado, lo recoge; cuando la mentalidad ha cambiado, se hace eco de ese nuevo sentir. Para modas, ya están los centros comerciales.

domingo, noviembre 03, 2019

PENDER DE UN HILO

Yggdrassil, fresno de la vida

            Cuando decimos que algo pende de un hilo, creo que todos tenemos claro lo que queremos dar a entender. El DLE dice que pender de un hilo es ‘estar en riesgo o amenaza de ruina de algo’ o que con ello ‘indicamos temor de un suceso desgraciado’. Muy semejante es colgar de un hilo, ‘estar con sobresalto, duda o temor, esperando el fin de un suceso’. Ya es menos frecuente oír estar cosido con hilo blanco, ‘no conformarse con otra cosa’ o ser de hilo negro, ‘avaro, mezquino, miserable’.
            Y pienso, le digo a Zalabardo, que es bastante probable que muchos conozcan el origen mitológico de la expresión, pese a que hoy se atienda a otras mitologías más que a las clásicas. ¿Quién no ha oído hablar de las Parcas? Incluso Serrat, en la inolvidable Mediterráneo, habla del día en que venga a buscarlo la Parca. Para los romanos, las Parcas eran divinidades identificadas con el Destino. Eran tres hermanas (Nona, Decima y Morta) que limitan a su antojo la vida de los hombres y, la última, quien decide nuestra muerte. A las Parcas romanas se le atribuyeron las mismas cualidades que a las Moiras griegas, personificación del destino de cada cual, de la suerte que ha de corresponderle a cada uno en el mundo. Parcas o Moiras (los griegos las llamaban Cloto, Láquesis y Átropo), son tres hermanas, hilanderas que manejan el hilo de la vida de los humanos, determinando su duración desde el nacimiento hasta la muerte. La primera, la más joven, maneja una rueca con la que va hilando hilos de variados colores y calidad; según la calidad o color, así será la vida de cada ser, o feliz o desgraciada. La segunda va enrollando en su huso los hilos que le presenta su hermana; cada hilo es una vida y, en su composición, siempre hay una estambre negra, que es la de la muerte. Cuando la tercera, la de más edad, corta con sus afiladas tijeras este hilo, cesa la vida de quien pende de él. En esta decisión no tiene nada que ver la edad, estado o condición de los individuos, sino el simple capricho de Morto, o Átropo, según miremos. Pierre Grimal nos cuenta todo esto muy bien en su Diccionario de mitología griega y romana. También J. Humbert en su Mitología griega y romana.

 
Parcas o Moiras
          
Pero, confieso a Zalabardo, la leyenda que más me gusta sobre el hilo de la vida es la que se nos cuenta en los relatos mitológicos escandinavos, que, aun coincidiendo en lo esencial con los relatos griego y romano, presentan en su desarrollo una mayor carga de poesía.
            Cuentan los Eddas, recopilaciones de poemas muy antiguos que recogen poemas de carácter mitológico y heroico, que en la naturaleza existen seres que, sin pertenecer a la escala de los dioses, tienen poder sobre el destino de hombres y dioses. En un lugar desconocido, se eleva un gran fresno, Yggdrassil, que puede ser considerado el árbol del mundo y de la vida, porque contiene en sí todas las fuerzas del universo. Sus ramas sostienen el cielo y sus frutos son las estrellas; lo sostienen y sustentan tres raíces. Una de ellas, la más grande e importante, se hunde hasta el mundo subterráneo de los dioses, donde hay una laguna, cuyas aguas alimentan las fuentes del conocimiento que vigila el gigante Mimir. En ese submundo habitan las Nornas, tres de las cuales (Urd, Verdandi y Skuld) son las encargadas de proporcionar a Yggdrassil el agua y arcilla del lago subterráneo para que se mantenga lozano.

 
Las Nornas
          
Pero, como las Parcas y la Moiras, son dueñas caprichosas del destino de los hombres, aunque hay una diferencia. Las Nornas tejen continuamente el tapiz de la vida; cada hilo de la urdimbre es la vida de una persona, de forma que, según la longitud que tenga, así será de corta o de larga su vida. Nadie, ni siquiera los propios dioses pueden ver qué escena es la que bordan las Nornas en el lienzo que tejen sin parar. Leo estas historias en Mitologías de las estepas, de los bosques y de las islas, magna obra dirigida por Pierre Grimal y en La magia de los árboles, de Ignacio Abella.
            Zalabardo me dice que entiende muy bien lo de colgar o pender de un hilo, porque nunca sabemos cuán largo será el de la vida de cada cosa o persona, ni cuándo será cortado por las siniestras tijeras. Pero que ya no le queda tan claro lo de estar cosido algo con hilo blanco o ser de hilo negro. Le digo que es fácil entenderlo si pensamos en la variante que las leyendas de Parcas, Moiras o Nornas presentan sobre los hilos que las hermanas tejen. El hilo blanco es el hilo de la vida feliz y próspera; el hilo negro, en cambio, es el hilo de la muerte y de las cosas desagradables.

domingo, octubre 27, 2019

CARCUNDAS


            Hace unos días, andaba yo por el monte, por el Cerro Tío Cañas, y me vino a la memoria un episodio de La regenta, de Clarín. Se lo cuento a Zalabardo y se echa a reír. Me pregunta si no tengo bastante con el esfuerzo o con disfrutar mirando el paisaje como para, además, dirigir mi atención a otras cosas. Le contesto que, a mí, el senderismo, aparte del ejercicio físico y el placer contemplativo, me ayuda a ordenar las ideas.
            El pasaje que recordé es uno en que don Santos Barinaga, borracho, despotrica contra don Fermín de Pas, magistral y provisor de la Catedral, hombre codicioso de poder que fluctúa, indeciso, entre sus funciones religiosas y sus ambiciones mundanas; aparte de otras cosas, de Pas regenta, de forma clandestina, una tienda de objetos de culto con la que ha conseguido arruinar a don Santos, que tiene un negocio similar. Santos Barinaga, en mitad de la calle, califica al provisor de carcunda, oscurantista, simoníaco, rapavelas, comehostias y no sé cuántas cosas más. En su desesperación, grita a un ausente magistral: Usted ha arruinado a mi familia… Usted me ha hecho a mí hereje…, masón. El pobre don Santos acusa al indigno sacerdote de haberlo incitado a alejarse de la religión. Y yo, mientras subía por una cuesta pedregosa, pensaba que el cura que, con su conducta, aleja a sus feligreses de la fe no es cosa del pasado, sino que todavía podemos encontrarlo.
            Zalabardo me pregunta qué peregrina cuestión me ha arrastrado a ese recuerdo y a ese pensamiento. Y le contesto que ha sido una palabra, carcunda, que hoy no parece tener mucha relevancia pero que designa un modo de ser que subsiste. Le hablo a mi amigo, se lo he dicho infinidad de veces, de que el léxico de una lengua no es un cuerpo inamovible, estático, sino que se va renovando con el tiempo, pues hay palabras que comienzan a pedir paso, mientras otras caen en el olvido. A veces he utilizado la imagen del árbol que, al tiempo que pierde hojas, ve cómo le nacen otras. También le hablo de las que podrían llamarse palabras guadiana, que desaparecen para, transcurrido un tiempo, volver a presentarse ante nosotros.
            En ocasiones, aunque una palabra pudiera parecer fuera del circuito del habla, algo nos la devuelve a un primer plano. Eso es lo que me ha ocurrido estos días con carcunda. Según nos explica muy bien Joan Corominas, le aclaro a Zalabardo, carcunda o corcunda, es un término portugués que significa ‘joroba y jorobado’ y, metafóricamente, ‘avaro, mezquino, egoísta’. Su sentido indudablemente despectivo se fue acentuando en el país vecino cuando se comenzó a utilizar, en el siglo XIX, como ‘reaccionario’. Se aplicaba a los absolutistas que se opusieron a la revolución liberal de 1820.

            El caso es curioso: España exportó a Portugal la revolución liberal y los portugueses nos dieron la palabra que designaba a sus opositores. Aquí, se empezó a llamar carcundas a los carlistas partidarios de Carlos María Isidro Borbón, hermano de Fernando VII. Pero, no sé si por comparación con el trabucaire catalán, ‘clérigo que coge un trabuco y se une a las luchas políticas’, también se llamó carcundas a los ultramontanos y neocatólicos, es decir a quienes ven el poder civil y el poder eclesiástico como una misma cosa y defienden que el primero ha de estar supeditado al segundo.
            Rastreando la historia de la palabra en España, carcunda significó, de modo general, ‘retrógrado, reaccionario’, con lo que volvía a su sentido original. Y, ya en el siglo XX, se aplicó a todos cuantos defendían ideas fascistas y de ultraderecha. Entonces inició su decadencia, pues la aparición de facha, con el mismo sentido, pareció que engulliría al portuguesismo.
            Zalabardo que es tozudo cuando se trata de obligarme a explicar algo, me dice que nada de lo dicho sobre origen e historia de la palabra le ayuda a entender por qué subiendo a un monte se me ocurre pensar en la novela de Clarín y en el adjetivo pronunciado por un personaje. Comprendo que tiene razón y accedo a sus deseos. El monte me hizo pensar en otra zona montañosa, Cuelgamuros, donde se levanta la basílica del Valle de los Caídos. La palabra, el episodio acaecido allí hace dos días antes, la exhumación de Franco por sentencia del Tribunal Supremo.
            Ni Zalabardo ni yo tenemos interés en comentar aquí dicha exhumación, que debería haberse tomado como algo natural y, sin embargo, se ha hablado demasiado y durante demasiado tiempo de ella. Me interesaba hablarle de la palabra y de algunos comportamientos recientes. Por ejemplo, que me ha causado estupor la cerrazón de ese cura ultramontano, carcunda, el abad benedictino del Valle de los Caídos, y su desfachatez al amenazar con enfrentarse a la sentencia del Tribunal Supremo de la nación y a un Estado que es quien mantiene la basílica y a la comunidad de la que él preside. Ese abad Cantera lleva su espíritu trabucaire no solo a desobedecer una sentencia, sino a desoír la opinión del propio Vaticano.

            Pero si pudiera entender la actitud del abad Cantera, que no justificar, por su pasado, ejemplo claro de carcunda y trabucaire, hemos asistido a otros comportamientos que me han indignado porque, a mi edad, creía que no iba a presenciar más nada parecido. Si en 1973, fuerzas reaccionarias gritaban lo de ¡Tarancón al paredón!, en estos días he tenido que ver cómo grupos ultras escriben pintadas, con una amenazadora mira telescópica, contra el cardenal Carlos Osoro y otros eclesiásticos cuyo único pecado ha sido acatar unas leyes civiles que en nada empañan sus creencias religiosas. Ante tales hechos, la jerarquía católica española no solo guarda silencio, sino que incluso se manifiesta molesta con el papa Francisco por no haberse opuesto a la exhumación del dictador. Esa conducta es propia de carcas, ultras, neos, sean eclesiásticos o no, y ellos son los que hacen un daño irreparable a tantos buenos cristianos católicos como hay, a la Iglesia en suma.
            Porque, lamentablemente, entre nosotros, el talante de aquel Fermín de Pas, ambicioso y soberbio, altanero y arrogante, reaccionario, carcunda que aleja a los fieles de la Iglesia, aún tiene seguidores.

domingo, octubre 20, 2019

¿Y CÓMO LO PASÓ CAÍN?


Plano de la isla del Purgatorio de san Patricio
            Un día, sin saber bien cómo, digamos que casi sin querer, me encontré ante un poema de un autor jerezano, Germán Terrón Fuentes, de quien no conocía, y sigo sin conocer, nada más que ese poema. Se titula Quisiera ser un sueño y comienza así:
Hay días que es mejor no leer los diarios,
ni abrir las ventanas,
sino volver a meterte en la cama…
            No recuerdo más. Si lo buscara en internet, estoy seguro de que lo encontraría, pero tampoco vale la pena; me vale con esto. Comentamos Zalabardo y yo que tiene razón este poeta, que también nosotros tenemos días en los que sentimos desgana de leer diarios o abrir ventanas, y preferimos quedarnos en la cama leyendo un libro o escuchando música. Ahora, al escribir esto, recuerdo que algo así decía el poema: mejor quedarse leyendo un libro o escuchando una canción. También decía, de ahí el título, que deseaba ser un sueño, no la realidad que nos envuelve.
            Muchos desearíamos hoy no ser ese sueño, mal sueño, que nos inquieta. Desearíamos no leer los diarios para no toparnos que esa pesadilla que se está viviendo en Cataluña, en España, de la que no sabemos cómo ni cuándo despertaremos. Lo peor es que esa situación es un mal sueño inducido, jaleado por muchos irresponsables que, eso sí, cuando llegue el momento de la verdad y de pedir cuentas, se lavarán hipócritamente las manos. Pero esto no es una columna de información política ni de sucesos. Solo que cuesta ver las penalidades y dificultades que muchos están pasando, y que de rebote nos afectan a los demás, y quedarse cruzados de brazos
            Aunque sean otros los motivos, le digo a Zalabardo que también yo tengo días en que lo paso mal porque no sé cómo ocupar esta página de su Agenda, qué tema tratar, pues ya se van acercando a los 900 los apuntes recogidos y temo repetirme. Zalabardo, de cuya desinteresada compañía gozo, me sugiere que podría hablar de eso, de las maneras de decir que se está pasando un mal momento, más o menos prolongado. Cuando le digo que creo haber hablado ya de eso, que una vez me detuve en contar lo que es pasarlas moradas, o que me parece demasiado obvio para insistir en ello lo de sufrir un quinario, sufrir un calvario o pasar las de Caín, mi amigo me responde: ¿Pero has hablado alguna vez de pasarlas canutas o de sufrir el purgatorio de san Patricio?

'Canuta' y Cartilla militar
            Y la verdad es que no, que no creo haber dicho nunca nada de esa curiosidad que supone que, para expresar exactamente la misma idea, se utilice una frase que proviene del lenguaje cuartelero y otra que proviene del religioso. Comencemos por esta última.
            Pasar las penas de san Patricio, o sufrir el purgatorio de san Patricio, se dice para referirse a quien padece penas y aflicciones difíciles de soportar. Su origen hay que buscarlo en relato legendario que, al parecer se empezó a difundir en el siglo XIII. Cuenta la leyenda que el papa Celestino ordenó a quien después sería san Patricio la tarea de evangelizar las tierras de Irlanda. San Patricio se sometió a toda clase de penitencias como modo de preparación para aquella tarea; pero al iniciar su labor evangelizadora amenazando con las penas del infierno a quien no acogiese sus palabras, se encontró con que nadie creía lo que decía y le exigieron una prueba palpable e indiscutible de sus argumentaciones.
            Patricio rogó a Dios que hiciera el milagro que se le pedía. Dios lo condujo entonces a una pequeña isla situada en mitad de un lago y le indicó un lugar en que había una cueva en la que, si se entraba, se podían conocer todas las penas del purgatorio. Quien entrase en ella con fe, saldría limpio de sus pecados; quien lo hiciera con desconfianza, moriría en su interior. Fueron tales los castigos que allí podían presenciarse que, desde ese momento, la evangelización de Irlanda fue rápida. Lo que no queda claro es si el dicho se refiere a las penalidades de su penitencia o a los castigos que veían los que se asomaban a la cueva.
            ¿Y pasarlas canutas? Es verdad, le digo a Zalabardo que en muchos lugares se encuentra expuesto el significado de la expresión, ‘encontrarse en situación apurada y adversa’, aunque en pocas se da cuenta del origen. En el Vocabulario andaluz, de Antonio Alcalá Venceslada encuentro coger el canuto, ‘obtener la licencia militar absoluta’. Y en un blog de Alfred López leo que canuta se llamaba en tiempos antiguos al documento en que se comunicaba a un soldado de reemplazo el fin de su relación con el ejército. Eso sería, le digo a Zalabardo, antes de que existiesen las cartillas militares. Este documento, licencia, se entregaba enrollado y metido en un cilindro, canuto, por lo que se le comenzó a llamar canuta.
 
Caín (fragmento) de Doré.
           ¿Y por qué pasarlas canutas? La razón se supone simple. El soldado que se licenciaba, debía reintegrarse a la vida civil y enfrentarse a un grave problema, el de hallar un trabajo con el que ganarse la vida, lo que no siempre era fácil. Por eso se veía en una situación apurada, difícil y molesta.
            Zalabardo me dice que yo lo he dado por sabido, pero que él no sabe cómo las pasó Caín. Le pido que mire el Génesis, capítulo 4, versículo 12, para que lea lo que dijo Dios a Caín después de haber matado este a su hermano: Cuando la labres, [la tierra] te negará sus frutos, y andarás por ella furtivo y errante. Vamos, algo parecido a lo que merecen quienes ahora nos lo están haciendo pasar tan mal a tantos.

domingo, octubre 13, 2019

LA ESPAÑA VACIADA


          Recuerdo que, en mis años de bachillerato, mi profesor de geografía nos enseñó detalladamente la diferencia entre la España seca y la España húmeda. Supimos de la existencia de lugares en que la lluvia caía con regularidad y sus habitantes disfrutaban de campos siempre verdes y de ríos de caudal constante. Otras zonas, en cambio, eran poco menos que secarrales cruzados, si acaso, por arroyos casi siempre secos y la lluvia un meteoro más o menos exótico. Si miraba por la ventana, descubría que mi pueblo pertenecía a este segundo grupo. También aprendimos a reconocer las estaciones y lo que correspondía a cada una.
            Pero, le digo a Zalabardo, aquellos conocimientos adquiridos nos sirven cada vez menos, porque, en mi pueblo y en todo el planeta, el clima, eso que definíamos como conjunto de condiciones atmosféricas propias de una región y cuya acción influye en la existencia de quienes la habitan, parece haberse vuelto loco, no obedecer a ninguno de los principios que nos hicieron aprender. Así, vemos que ahora llueve donde no acostumbraba a hacerlo y los viejos prados verdes se tornan amarillentos; o llueve en época en la que no se espera que lo haga; o cae en un día toda el agua que debería caer repartida en un año. Lo mismo puede decirse de la temperatura que, implacablemente, aumenta hasta el punto de que se nos están fundiendo los hielos polares.

            Hoy parece que no se habla tanto de las Españas seca y húmeda, pues vamos perdiendo la segunda. Ahora, los medios de comunicación conceden mayor espacio a hablar de otro fenómeno que no sé si se estudiará en los centros escolares: el de la despoblación. Sergio del Molino escribió un libro en 2016 titulado La España vacía, en el que analizaba las razones por las que regiones y pueblos españoles van perdiendo población hasta el límite de quedar vacíos. La expresión España vacía pareció instalarse con firmeza. Al menos, hasta que han surgido movimientos indignados por la pasividad con que se afronta el problema y han pasado de describir a denunciar. Y en esa denuncia exigen que se sustituya el adjetivo vacía, que es una mera descripción, por vaciada, que comporta una actitud de rebeldía y de señalar que hay culpables.
            Zalabardo se extraña y me pregunta si no es lo mismo una cosa que otra. Debo decirle que no y le recuerdo que no hace mucho hablé de la dificultad para encontrar verdaderos sinónimos. Siempre, decía entonces, habrá matices que expliquen por qué hay dos o más palabras y no una sola para determinados conceptos. Trato de hacerle ver que el adjetivo vacío señala un estado puntual, una situación sin más: una botella está vacía porque no contiene nada; una casa, porque en ella no encontramos a nadie.
            Frente a esto, vaciado supone la constatación de que un proceso tiene una determinada causa que ha terminado por provocar un efecto, y que detrás de ese proceso hay una intervención externa: una piscina ha sido vaciada para su limpieza; un tomate, en la cocina, ha sido vaciado para proceder a rellenarlo. Y así todo.
            ¿Por qué los activistas que luchan contra la despoblación piden ese cambio? Porque son conscientes de que hablar de un pueblo vacío se refiere solo a la ausencia de habitantes y no entra a conocer las razones de esa despoblación, de ese abandono. La verdad es que, en la mayoría de los casos hay causas (ausencia de servicios bancarios, sanitarios o educativos; deficientes vías de comunicación, incluyendo teléfono e internet; desindustrialización y falta de rentabilidad de los cultivos; falta de proyectos que ilusionen a la juventud, etc.) que hacen muy dura la vida de los habitantes de una región o un pueblo, hasta obligarlos a buscar en otra parte lo que allí no se les da. Ese pueblo, quién lo duda, queda vacío porque ha sido vaciado.

           Zalabardo se queda pensando un rato y concluye apuntándome que, lo que él ve peor en esto es que nos acostumbramos a ser espectadores del debate sobre vacío o vaciado, debate en el que intervienen toda clase de instituciones, incluidas las políticas, sin que, a la hora de la verdad, nadie piense en remedios para contener la despoblación, para conseguir que las personas no tengan que huir del pueblo que los vio nacer.
            Le respondo que ese caso no es único. Que algo semejante sucede con otra pareja de aparentes sinónimos: desertificación y desertización. En este caso, además, nos encontramos con curiosas paradojas. Por ejemplo, el Diccionario de la Academia, en 1992, solo admitía la forma desertizar como ‘convertir en desierto, por distintas causas, tierras, vegas, etc.’ Sin embargo, en la última edición, aun aceptando la validez de ambos términos, considera preferible desertificar, ‘transformar en desierto amplias extensiones de tierras fértiles’. Contra esta opinión, el Diccionario del español actual, de Manuel Seco, sigue considerando más adecuado desertizar, ‘transformar en desierto un lugar’. Según a quién acudamos, al buscar desertizar, la Academia nos remite a desertificar; y si buscamos desertificar, Seco nos remite a desertizar.
            Por suerte, hay un diccionario, Clave, que intenta atender a los matices diferenciadores. Nos dice que desertización es la ‘transformación de un terreno en desierto’; y desertificación es ‘esa transformación, causada específicamente por el ser humano’. O sea, que son sinónimos, pero no tanto. Es lo que decía de vacío y vaciado: la descripción de un fenómeno en un momento dado o la explicación del proceso por el que se ha llegado a ese estado.

            Llevando el asunto a un plano no filológico, sino al de la realidad del mundo que habitamos, el Diccionario del Medio Ambiente dice que desertización alude a la ‘pérdida gradual de población en un área geográfica’ y desertificación a la ‘pérdida de la cubierta vegetal de un territorio’; o sea, la desertificación lleva a la desertización. En esta línea, observamos que la página oficial de la ONU anuncia un programa para el Día Mundial contra la Desertificación y la Sequía. En ese documento se habla solo de desertificación y se señalan algunas de sus causas: la desaparición de la cubierta vegetal por culpa de la tala incontrolada para la obtención de madera, combustible o tierras de cultivo; el sobrepastoreo que impide la regeneración de las plantas; o la agricultura intensiva que agota los nutrientes de las tierras. Es decir, se atiende antes a las causas para prevenir los efectos.
            Zalabardo se queda otra vez serio y acaba por decirme: tenemos delante un panorama realmente oscuro: la grave despoblación que atestiguamos en nuestras tierras (la media europea es de 177 h/km2; la de Alemania es de 233 h/km2; y la de España, de 92 h/km2, con el dato preocupante de que en Castilla y León se cae hasta 26 h/km2) y las innegables señales, pese a los negacionistas del cambio climático, de que estamos degradando el planeta a pasos agigantados. ¿No sería mejor ocuparse en buscar soluciones que perder el tiempo discutiendo si vacío y vaciado o desertización y desertificación son o no sinónimos?


sábado, octubre 05, 2019

AD PEDEM LITTERAE (A PROPÓSITO DE 'MIENTRAS DURE LA GUERRA')

Página del códice Aemilianensis 60

            Durante siglos, el latín fue la lengua de la cultura, de la civilización y de una gran parte de los habitantes del mundo conocido. Siguió un periodo de oscurantismo, aunque no lo fue tanto como se dice, la Edad Media, en que la lengua latina se vio relegada a ser vehículo de transmisión de la cultura (lo que no es poco) y lengua de la iglesia, pues las lenguas que de ella se derivaron, las llamadas romances, la fueron desplazando en el uso diario. La ciencia y la universidad la mantuvieron durante mucho tiempo (Copérnico y Newton, por ejemplo, escribieron sus obras en latín) y para la Iglesia católica fue la lengua de sus ritos hasta el concilio Vaticano II, mediados el siglo XX.
            Pese a lo dicho, en la Edad Media, le digo a Zalabardo, la mayoría de la gente ya ni hablaba ni entendía el latín. Al decir la mayoría de la gente hay que incluir, cosa curiosa, a un número muy alto de eclesiásticos, que ejecutaban sus cultos sin saber lo que decían.
            Hubo, pues, que traducir los textos latinos si queríamos entenderlos. Pero a los traductores les precedieron los glosadores, por lo común monjes que, junto a las palabras más complicadas de los códices, en realidad bajo ellas, escribían el término equivalente de la lengua romance. Le recuerdo a Zalabardo que el primer texto castellano conocido es precisamente una glosa. En el códice Aemilianensis 60, del siglo XI, se encuentran muchos casos de palabras bajo las cuales un monje ha escrito la correspondencia en vasco o en castellano. Así, se lee jzioqui dugu bajo jnueniri meruimur; o ſanos e ſalboſ debajo de jncolumes. En ese famoso documento, Gómez Moreno encontró en 1911 algo que se les había pasado a los bibliotecarios de San Millán: la primera muestra de una frase completa en castellano, la ya muy conocida conoajutorio de nuesſtro dueno, dueno Christo
            Esa forma de anotación originó la locución ad pedem litterae, es decir, al pie de la letra, que indica que la palabra latina hay que entenderla tal como se entiende la palabra romance que se escribe debajo. Hoy, el DEL define ad pedem litterae ‘literalmente, enteramente y sin variación, sin añadir ni quitar nada’.

Fotograma de Mientras dure la guerra
            Le hablo de esto a Zalabardo porque leemos que, en Valencia, un grupo ultraderechista ha boicoteado una de las proyecciones de la película Mientras dure la guerra, de Amenábar. Y leemos solicitudes de boicot y artículos en medios digitales de idéntica o parecida inclinación que denuncian las “falsedades históricas” de la película. Mi amigo y yo hemos visto la película y nos parece excelente por muchas razones: magníficas interpretaciones, rigor en la narración de unos hechos históricos, neutralidad y distanciamiento (es decir, huida de perspectiva partidista) y más cosas.
            La película narra los inicios del alzamiento en Salamanca, la zozobra ideológica de Unamuno y, sobre todo, su choque dialéctico con Millán Astray. Por ahí vienen casi todas las críticas: que no se narra con exactitud ese encuentro, que Millán Astray dijo o no dijo, que cuál fue la intervención de Unamuno… Todos estos reventadores y fanáticos que muestran su intolerancia pidiendo prohibiciones o esos críticos nostálgicos de épocas pasadas parece que no entienden el tiempo en que viven, que no saben leer la lengua en que está escrito y necesitan que se aplique la técnica del ad pedem litterae.
            Primero, porque no ven que Amenábar ha hecho una película, lo que permite algunas licencias, y no un documental. Segundo, porque creo que el director no hace en su historia un juicio político ni se decanta por un bando. Unamuno, centro del film, se nos presenta atormentado porque habiendo sido republicano y después defensor del alzamiento, su conciencia le pide condenar las atrocidades cometidas tanto por la República como por el Alzamiento.
            Está claro que Zalabardo y yo no pensamos destripar la película, que ha sido calificada por críticos de apariencia más ecuánimes como sólida, buena, contenida, valiente, compleja o arriesgada. Solo queremos escribir bajo la línea de su relato algunas aclaraciones. Es cierto que no hay documentos exactos y fidedignos de cómo se desarrolló aquel acto. Amenábar, no lo dudamos, se habrá servido de una muy amplia documentación, pero creemos ver que para el episodio del acto de Salamanca sigue básicamente el relato que hace Hugh Thomas en su libro La guerra civil española, por otra parte, el más comúnmente aceptado por todos los historiadores de prestigio. Thomas reconoce, a su vez, que él se vale de la versión que Luis Portillo, que fue profesor en Salamanca, aunque tampoco estuvo presente, publicó en la revista Horizon.

Fotograma de Mientras dure la guerra
            Los parlamentos del acto, dice la crítica negativa, son una invención. Pero, y aquí viene lo que ad pedem litterae, José María Pemán, uno de los oradores junto al profesor Francisco Maldonado, publicó en ABC, en 1964, La verdad de aquel día, un artículo en el que quería rebatir el anterior de Portillo.
            Ese artículo, para mí, es la principal nota ad pedem litterae. En su alegato, Pemán comienza por decir que no hubo nada; que en Salamanca solo se pronunciaron dos oraciones universitarias sobre la hispanidad y que no recuerda bien la secuencia de los hechos. Pese a todo, su memoria le permite reconocer que Unamuno condenó el empleo que se hacía del término anti-España; que es cierto lo que se dijo sobre lo vasco y lo catalán, y que don Miguel habló algo sobre que no es igual vencer que convencer.
            Sobre otras cosas, se muestra seguro: que se produjo un gran revuelo en contra del rector salmantino; que Millán Astray pidió hablar tras la intervención del rector, pero que lo suyo no fue un discurso, sino gritos arrebatados; que no dijo “muera la inteligencia”, sino “mueran los intelectuales”, a lo que, tras las quejas de Maldonado y él mismo, añadió: “mueran los intelectuales traidores”; y que, y esto es importante, “quizá el profesor Maldonado y yo tuvimos algo de culpa de todo lo que sucedió”. El artículo de Pemán se convierte, pues, en magnífica muestra del sentido auténtico de la película. Entendamos, pues, lo que se desarrolla en la pantalla ad pedem litterae, enteramente y sin variación.
            Cualquier otra cosa es querer aferrarse al manido tópico, que puede que no sea ni manido ni tópico, de las dos Españas irreconciliables del que algunos, entre ellos Zalabardo y yo estamos bastante cansados.

sábado, septiembre 28, 2019

POR LA PEANA SE ADORA AL SANTO


            Hace tiempo que Zalabardo y yo no hablamos de refranes. Y eso que ambos somos aficionados a ellos, pese a que, lamentablemente, su uso se vaya perdiendo. No sabría explicar de dónde nos viene ese interés, aunque me atrevería a sugerir dos posibles razones. La primera es que los dos somos de pueblo y los pueblos suelen ser más propensos a conservar tradiciones, formas de hablar y todo aquello que pueda quedar incluido en lo que se llama acervo popular, sea eso lo que sea, que a veces no lo tengo claro. Y la segunda, en mi caso, es que comenzaron a apasionarme con la lectura del Quijote, donde aparecen como margaritas en el campo.
            Sin embargo, Zalabardo me pregunta hoy por uno que, aunque debe ser muy antiguo, nos extraña que no aparezca en la obra de Cervantes, ni tampoco en el Diccionario de Covarrubias. Me plantea mi amigo una duda que, debo confesar, también yo tenía antes de que nos pusiésemos a investigar: cuál sea el verdadero sentido de Al santo se lo adora por la peana, que tiene una variante más común, Adorar al santo por la peana. No sabe, me dice, si critica a quienes dan más valor a lo accesorio o, por el contrario, aconseja que se debe llegar a lo principal a través de lo accesorio.
            Esa posible ambigüedad nace de la propia concisión que acaban presentando los refranes. En este, todo dependería de que entendamos (No hay que) adorar al santo por la peana o bien (Es conveniente) adorar al santo por la peana. De cómo interpretemos peana puede depender el significado que demos al refrán. La peana es la base sobre la que se coloca una escultura, en especial una imagen religiosa. Hay ocasiones en que la peana está tan ricamente decorada que nos distrae de atender a la imagen que soporta. Pero, a veces, la peana incorpora un cepillo o limosnero, lo que inclina a pensar que cuanto mayor sea la limosna, mayor será el beneficio recibido.

            Tratando de dilucidar esta cuestión me doy cuenta, le digo a Zalabardo, de que nos hallamos ante una alteración que ha sufrido el refrán original en el dominio ibérico. Utilizo esta expresión para aclarar que Adorar el santo por la peana es una manera peculiar que el refrán o proverbio ha tomado en la península debido, creo, a una influencia de la religión en la vida diaria, aunque no tengo pruebas para afirmarlo. Y es que, si vamos a las diferentes lenguas de nuestro entorno, nos encontramos con: Al sant l’adoren per la peanya (catalán), Pola santa bicase a peaña (gallego), Santua oinarritik gurtzen da (euskera) y Pelos santos beijam-se os altares (portugués). Incluso en Francia, zona cercana, existe Pour l’amour du sant on baise les reliques,
            Sin embargo, los caminos por los que ha transitado este refrán son (supongo) más claros que lo que sugiere la forma peninsular. Si nos vamos a la página que el Centro Virtual Cervantes dedica a la paremiología, estudio de los refranes, leemos que con él se aconseja no tomar la vía más directa para conseguir algo, sino un camino más largo pero más seguro y eficaz. Y cuando señala la correspondencia des este refrán con los de otras lenguas, vemos lo que sigue: Chi vuol figlia, accarezzi la mamma (italiano, ‘Quien desea a la hija acaricia a la madre’), Many Kiss the child for the nurse’s sake (inglés, ‘Muchos besan al niño para acercarse a la niñera’), Man schmeeichelt den Hund wegen des Hewen (alemán, ‘Se adula al perro para ganarse al dueño’) o Οι καλοι παρακλητόροι ξέρουν πιανουν το χερι (griego, ‘Los buenos mediadores saben dónde cogen la mano’).
            Pero, en esta búsqueda, lo que sorprende poderosamente es la existencia de un equivalente latino, Puer osculatur propter matrem (latín). O sea, que estamos ante un proverbio que ya tenían los romanos y cuyo sentido es: ‘Besemos al niño si lo que queremos es besar a la madre’, lo que nos lleva al mejor entendimiento de la explicación que Sbarbi da a Adorar el santo…: ‘Es conveniente conquistar la simpatía, la amistad, amor, protección de una persona ganándose antes la de aquellos que sabemos que les son queridos’. Que la conclusión acertada es la de un origen latino se basa en el hecho de que Augusto Arthaber, en su Dizionaio comparato di proverbi e modi proverbiali, de 1929, recoge la frase latina Puer osculantur propter matrem del que señala una variante: Oscula nutrici pueri dant eius amici (‘Hay que hacerse amigo del niño si queremos besar a la criada’), formas ambas que vuelve a recoger Jesús Cantera Ortiz en su Diccionario Akal del refranero latino de 2005. Pero, además, añaden que, en francés, existe Pour l’amour du chevalier on baise la dame (‘Por el amor al caballero besamos a su dama’), que tiene una variante más vulgar: Pour l’amour du chevalier, baise la dame l’écuyer (‘Por amor al caballero folla la dama al escudero’) que, leo, aparece en la Crónica métrica de Godefroy de Paris.
            Y, para terminar, le recuerdo a Zalabardo que, en español, tenemos otros refranes que vienen a significar lo mismo, aunque parezcan haber perdido la referencia inicial: El que quiere la col, quiere las hojas de alrededor y Las caricias que hago al perro para el amo son. Y le cuento que, hace ya muchos años, cuando hacía la mili, entre los reclutas que salían por la tarde de permiso era frecuente oír la frase: Dejad que los niños se acerquen a mí, que detrás vendrán las niñeras. O sea, que en la mili, entre otras muchas necedades, nos enseñaban los evangelios e, incluso, latín.