domingo, abril 26, 2020

LA OBSESIÓN POR LOS NOMBRES


            Suele decirse que lo que no tiene nombre no existe. Quizá por eso, una de las primeras cosas que nos cuenta el Génesis es cómo Adán ponía nombre a cada cosa; y el evangelio de Juan comienza recordándonos que no hubo nada antes de la palabra. Más cercano a nosotros, Juan Ramón Jiménez escribió: Yo he acumulado mi esperanza / en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito; / a todo yo le había puesto nombre. Y poco antes, en el siglo XVIII, Feijoó advertía de que, para introducir una voz nueva, se necesita destreza, tino sutil, discernimiento delicado; y huir tanto de la afectación como del exceso. Todo ello, sin escandalizarse porque se coja una palabra de otro idioma en caso de carecer de equivalente en el propio, porque siempre será mejor usar una palabra, venga de donde viniere, que tener que recurrir a tres o cuatro para decir lo mismo.
            Zalabardo se siente intrigado viendo que me amparo en tantas fuentes, sin haber declarado todavía qué quiero demostrar, si es que quiero demostrar algo. Le contesto que los autores de las cuatro citas, cuando hablan, o escriben, están pensando en cosas diferentes, por lo que aún me escudo tras una quinta cita, más humilde y, aunque no es literal, bastante certera. Pienso en Berceo y en aquello de: Todo lo anterior es palabrería oscura y confusa; dejemos la corteza y vayamos al meollo.
            Vayamos, pues, al meollo. Leo informaciones que cuentan que la comisión de la RAE encargada del diccionario debate sobre palabras que, en la situación que padecemos, atraen a los hablantes: coronavirus, pandemia, resiliencia, triaje, desescalada, desconfinamiento, mascarilla… Comunico a Zalabardo mi extrañeza por la prisa en tratar algo que, en este momento, considero más competencia de los libros de estilo que de la Real Academia. Bien está que dicha comisión vigile los movimientos de nuestra lengua, que aclare dudas, que analice formas nuevas, que opine sobre su idoneidad… Pero, por mucha curiosidad que levanten estas palabras con que nos asaetean los medios, no creo urgente estudiar la posibilidad de su inclusión en el DLE.

            Y le doy mis razones. La primera es que ese conjunto de palabras es un totum revolutum, un amasijo de términos y conceptos que, tal como van circulando, confunden más que informan. Y no olvidemos que una información descontrolada no suponer mayor ni mejor conocimiento. Un diccionario, como el de la RAE, debiera ser, a mi humilde entender, un instrumento que auxilie a los hablantes en la comprensión de todas aquellas palabras que emplean la generalidad de los hablantes. Los tecnicismos, el vocabulario de una rama o actividad específica, tiene su lugar en diccionarios especializados, de aeronáutica, de química, de términos médicos, de ingeniería, etc. Por ejemplo, el diccionario académico no recoge demultiplexador, tecnicismo de telecomunicaciones, ni trabeculectomía, tecnicismo de la cirugía oftálmica; y nadie se queja por ello. Cuando los necesitemos, los buscaremos en un glosario especializado.
            ¿Entonces, coronavirus?, me pregunta Zalabardo. Y tengo que decirle, puede que me equivoque, que es inapropiado buscarle un significado. ¿Por qué? Porque ya lo tiene. Los coronavirus existen desde hace siglos y la palabra es un término genérico que engloba a conjunto característico de virus cuya forma forjó el nombre. Sin ir más lejos, uno de sus tipos es el que provoca el resfriado común, del que ya nadie se asusta. Con solo consultar la Wikipedia nos enteramos de que, relacionados con enfermedades respiratorias en humanos, hay siete tipos de coronavirus de los que uno es el llamado SARS CoV-2, más conocido por el acrónimo tomado del inglés COVID-19 (COronaVIrus + Disease [20]19), es decir ‘enfermedad provocada por un coronavirus descubierto en 2019’.
            Vayamos a otra palabra: triaje. La explicaba perfectamente Álex Grijelmo hace poco. Es un galicismo antiguo que se viene usando en nuestros hospitales desde mucho antes de esta pandemia. El enfermo que llega a urgencias, pasa por un triaje, una primera exploración de la que depende que se lo envíe a una sección concreta. Es, pues, un proceso de selección, de separación, de criba. En español tenemos el verbo triar, poco usado, que inicialmente significaba ‘dejar las marcas en el suelo por el paso continuado’, pero, por influencia del francés y el catalán, pasó a significar ‘separar, cribar, seleccionar’. ¿A quién no le suena trillar, ‘separar el grano de la paja’, que pertenece a la misma familia? Lo malo es que, ahora, algunos usen triaje para determinar a qué paciente se atiende y a cuál se abandona a su suerte. Mala cosa.
            Veamos desescalada y pico. La dos provocan no poca sorpresa. La palabra desescalada es impecable en cuanto a su forma. El prefijo des- sirve para expresar el proceso contrario a lo que otra palabra indica: cubrir/descubrir, andar/desandar, confinar/desconfinar… Pero si escalar expresa moverse hacia arriba, ¿necesitamos inventar desescalar, para el proceso contrario, que siempre hemos llamado descender o bajar? Es como cuando a acelerar, teniendo tan a mano frenar, oponemos desacelerar.

           Y queda el pico. El más básico diccionario nos dirá que curva es una ‘línea que se va apartando de manera continua de la dirección recta sin formar ángulos’. ¿Puede tener picos una curva? Si la evolución de la enfermedad que nos acosa nos la representan mediante una curva ascendente, todos desearemos que, cuanto antes, la curva deje de subir e inicie un descenso. Mejor eso que decir que ‘llegado a su pico, comienza la desescalada’.
            Le insisto a Zalabardo que no hay que dejarse arrastrar por modas momentáneas, por extraordinarias y dramáticas que sean, ni apresurarse en pedir la entrada de palabras en el diccionario. Las palabras van y vienen, aparecen y desaparecen; algunas tienen vida fugaz. No nos dejemos deslumbrar por una aparatosa escalada que puede acabar, mañana, en el desengaño de una desescalada. Por eso, lo que importa es que los medios de comunicación pongan cuidado y usen un lenguaje accesible y claro para el público. Que la Academia discuta dar entrada a una o cincuenta palabras tiene menos interés. Lo decía Paz Battaner, académica, coordinadora del Diccionario: Los términos científicos tienen mucho interés, pero otras palabras requieren mayor urgencia. No quiere, confiesa, que esas palabras, al poco, pasen a formar parte de lo que ella llama ‘el pozo sin fondo del Diccionario’. Ni que caigan, como dice Álex Grijelmo, en ‘el rincón de las telarañas’.

sábado, abril 18, 2020

EL ADJETIVO, CUANDO NO DA VIDA, MATA (Y EL ORGULLO DE LA ZARZA ARDIENTE)


            A Zalabardo le suena este título y le aclaro que mezclo el Antiguo Testamento y un verso de Vicente Huidobro, poeta chileno que en su poema Arte poética, considerado manifiesto del creacionismo poético escribió: Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; / el adjetivo, cuando no da vida, mata. Pero, aunque muchos poemas quedan vacíos por el mal uso de los adjetivos, no quiero hablar de eso, sino del cuidado de las palabras.
            Ya Góngora, maestro en estas artes, nos ofreció un atrevido modelo al escribir cómo Amor dudaba si el color de la piel de Galatea era púrpura nevada o nieve roja. El blanco del lirio adornado del rojo de las rosas o al revés. Mucho se ha escrito de esa traslación que eleva el poema a una categoría superior. Frente a esto, hay muchos incapaces que usan mal no solo los adjetivos, sino cualquier palabra y las emplean a destajo creyendo enriquecer lo que, en realidad, empobrecen. En piedra dura, fría nieve, suave seda… no hay sino adjetivos sobrantes. En las primeras veintidós líneas de Espacio, poema en prosa de Juan Ramón Jiménez, hay un único adjetivo, fuga raudal. Podía haber elegido rápida o rauda; pero, como Huidobro, Juan Ramón cuidaba la palabra.
            Que los adjetivos, cualquier palabra, “matan”, no es sino un modo de denuncia que hoy podríamos seguir lanzando cada vez que vemos el descuido con que se habla. Por ejemplo, cuando se usan los colectivos de manera irreflexiva, cayendo en generalizaciones inadmisibles. ¿Se puede aceptar que un político diga que españoles y catalanes estamos llamados a entendernos? No es preciso saber qué es un hiperónimo, palabra que engloba dentro de su significado a otras (deporte lo es de fútbol, tenis. Lo grave es no saber que un catalán es tan español como un gallego o un canario. Como igual de irresponsable es el político catalán que habla de que el pueblo catalán aspira a su independencia, cuando es palpable que, entre los catalanes, unos tienen esa aspiración y otros no. Es falta de cuidado, cuando no consciente mala intención, incluir bajo una forma de pensar o de sentir a todo el conjunto de los individuos que integran el colectivo. No se puede (no se debe) decir que los políticos son…, o que la Iglesia es…, o que los banqueros son…, o que los franceses son…, porque entre políticos, eclesiásticos, banqueros y franceses (como entre bomberos o toreros, hay de todo).

            El error, claro está, no es solo de los políticos. Le comento a Zalabardo mi decepción frente a quienes consideran que “sus palabras” son las verdaderas y únicas válidas. Por ejemplo, los de mi generación fuimos educados en la creencia de que república es palabra que remite a todo lo malo imaginable. Y cuando miro a mi alrededor, surge la extrañeza: ¿son Italia, Francia, Alemania, repúblicas, peores países que España? Otra depravación léxica. En nuestra guerra civil, por ejemplo, aparte de que la República cometiera errores, que los cometió y no pocos, lo que provocó en definitiva su caída fue un golpe de estado de militares desleales (que no eran todos los militares) que, aplaudidos y apoyados por eclesiásticos y no republicanos desleales (que no eran todos los eclesiásticos ni todos los no republicanos) se alzaron contra el gobierno e instituciones legítimos. Los golpistas, es decir, los delincuentes que infringían las leyes, se autodenominaron nacionales. ¿Carecían de nacionalidad española aquellos contra los que se levantaron?
            Cargamos de significados subjetivos las palabras y no reparamos en ello. En la polaridad, para distinguir los terminales de una pila, batería, etc., se habla de polo positivo y de polo negativo.  Es una convención. ¿Significa eso que uno sea mejor que el otro? Si aceptamos otra convención, que blanco y negro son los polos extremos de una gama de color, ¿cuál sería el positivo, el bueno, y cuál el negativo, el malo?
            Llevemos esto a la vida diaria. ¿Por qué se nos fuerza a elegir entre extremos? ¿No hay puntos de encuentro? ¿No es válida ya la máxima de que en el punto medio está la virtud? ¿Por qué tanto unos como otros rechazan a los que no secundan sus extremismos y los llaman grises?
            Sabe Zalabardo que estoy harto de expresiones eufemísticas que solo buscan ocultar lo que en verdad no se atreven a decir: ¿qué es derecho a decidir? ¿Acaso en una democracia el ciudadano no decide mediante su voto? ¿Por qué una recesión tiene que ser una desaceleración? ¿Por qué se habla de esas cosas para no pronunciar la palabra corrupción? ¿Qué clase de estupidez es cambiar la ponderación de los impuestos? Sinceramente, no lo entiendo.
            ¿Y por qué hemos de soportar que, a una sencilla pregunta, alguien responda: “Acerca de lo que dice, entiendo que…” ¿Por qué no dicen opino, creo, juzgo, etc.? Porque entender es de la familia de comprender, deducir o inferir, no de la de opinar, creer o juzgar. Si buscamos en diccionarios generales, hasta 1918 no recoge Rodríguez Navas entender como creer. Y en los diccionarios académicos, hasta 1817 no aparece que pueda usarse entender con el valor de creer, y eso en la séptima de sus acepciones, donde sigue todavía. En el DLE actual leemos: 1. Comprender, deducir, inferir; 2. Tener idea clara de algo; 3. Saber con perfección algo; 4. Conocer; 5. Discurrir, inferir; 6. Tener intención de hacer algo; 7. Creer, juzgar. Miro diccionarios prestigiosos de sinónimos y Gili Gaya, Olivé, Cortina y otros coinciden en que se entienden las palabras y se comprenden los pensamientos.
            Y aquí está el quid de la cuestión. Porque Zalabardo y yo, que somos ya bastante mayores y nos resistimos a dejarnos llevar por algunas modas, cuando decimos entiendo queremos decir que ‘hemos comprendido el sentido de las palabras y el pensamiento de quien nos habla’; y, si decimos no entiendo, manifestamos, con toda honradez, que ‘no hemos captado lo que se nos quiere comunicar’ y agradeceríamos una aclaración. Ni en el primero ni en el segundo caso emitimos juicio, opinión ni valoración de lo que se nos dice. Eso lo haremos, si acaso, cuando se aclare nuestra falta de comprensión.

            La segunda parte de esto es que ese que tanto entiende se enfada, porque da por sentado que sus palabras no admiten duda, si alguien le dice que no está tan claro su discurso. Y adopta la soberbia actitud de ese Dios que, preguntado por Moisés tras el encuentro con la zarza ardiente, lo leemos en el Éxodo: “¿Y quién digo que eres?, ofrece la tautológica respuesta: Yo soy el que soy. Magnífico; ya está todo claro. Hoy, a nuestras preguntas, se nos responde: “Pues ya ha oído usted lo que he dicho” o “No creo que haya nada que explicar”. Lamentablemente, todavía topamos con quienes se siguen creyendo poseedores de una mente y un pensamiento tan lúcido y certero que no tienen que explicar nada. Puede que tengan esa lucidez de pensamiento, pero les falta el rigor de la palabra. Y como no cuidan ese aspecto, no ya sus adjetivos, sino sus nombres y pronombres y hasta adverbios, “matan”.

sábado, abril 11, 2020

FIESTAS, CELEBRACIONES, CONMEMORACIONES

Jesús Nazareno, Osuna

Con el sábado santo enfilamos las últimas horas de esta semana santa. Semana santa extraña, de calles vacías, sin procesiones, sin fiesta, sin celebraciones. Aprovecho para hablar con Zalabardo sobre una circunstancia que suele pasar desapercibida. Que la lengua va cambiando con los años. Su paso puede ser lento, como el de esa hilera de procesionarias (símil adecuado al caso), pero constante, pues, si nos fijamos, la marcha que contemplamos es diferente a la que veíamos hace un minuto.
            Eso pasa con algunas palabras. Estamos convencidos de que su sonido, su grafía, es la misma de siempre; pero, interiormente, han sufrido una profunda alteración de su sentido.
            Veamos, si no, la palabra fiesta. El Diccionario del Español Actual, de Seco, que en bastantes aspectos prefiero al DEL, recoge estas acepciones de fiesta: ‘día en que, por ser domingo o por celebrarse una solemnidad religiosa o civil, no se trabaja’, ‘día en que la Iglesia exalta un hecho o un misterio, u honra de modo especial a Dios, la Virgen o un santo’, ‘día laborable destinado a exaltar algo’, ‘acto destinado a la alegría y entretenimiento de los asistentes’. Hay más, pero vale con esos.
            Si preguntamos a los hablantes, la interpretación más extendida en nuestros días es la que apunta a lo lúdico y alegre. Aunque conviene saber que el sentido primigenio de fiesta nos conduce al terreno de lo religioso. Se ha producido, pues, una traslación significativa grande. Roberts y Pastor, en su Diccionario Etimológico Indoeuropeo de la Lengua Española, nos cuentan cómo la raíz dhes- es la base de un amplio grupo de voces que expresan conceptos religiosos. Por ejemplo, la palabra griega θεός (el deus latino procede de deiw-, ‘brillar’) y toda su cohorte: teísmo, panteón, teocracia, teología… Diferentes sufijos hacen surgir feria, ‘día consagrado al reposo por ser el día de dios’ y ‘mercado que tiene lugar en esos días’ o fiesta, ‘día festivo o de celebración’. Al ser estos días de descanso, los acabamos identificando con la noción de alegría y entretenimiento; la misma raíz indoeuropea conduce al latín fānum, ‘templo’, de donde vienen nuestro desusado fano, y los más modernos fanático, ‘inspirado por furor divino, exaltado’ o profano, ‘lo que está fuera del templo, no consagrado’.
 
N. S. de los Dolores, Osuna
          
No debe extrañarnos, le digo a Zalabardo, que consideremos la semana santa una fiesta, puesto que lo es. Distinto es que muchos la interpreten de manera más profana. Eso explica, pienso, que haya quienes se preocupen más por la no celebración de la festividad que por el problema del coronavirus. Y esta reflexión me lleva a otra: ¿qué es celebrar? Nos hallamos ante una explicación parecida. Dice Seco que es ‘llevar a cabo actos públicos para dar realce a una fecha señalada’. Y, también, ‘dar realce con un acto alegre a un acontecimiento grato’. Para evitar confusiones como la de fiesta, me parecería más adecuado emplear conmemorar mejor que celebrar, ya que, aun siendo sinónimas, la primera añade el matiz de ‘solemnizar el recuerdo de algo’ que no hay en la segunda.
            Porque, vamos a ver, ¿qué es lo que mucha gente ha sentido con la supresión de procesiones y otros actos litúrgicos durante estos días? A Zalabardo y a mí nos gustaría estar equivocados, pero pensamos que lo que más ha dolido es la pérdida de un simple rito, más lúdico que religioso. Porque, vaya esto por delante, la semana santa, como festividad religiosa, no se ha suspendido. Religión, que viene del latín religio, significa ‘atarse, amarrarse fuertemente a algo’ y, también, ‘conjunto de creencias relativas a la divinidad y ritos derivados de ellas’. La religión apunta siempre a la intimidad de cada individuo, es una actitud espiritual, aunque pueda tener a la vez una manifestación social. Pero la creencia de los individuos no tiene que venir marcada por la externidad de un rito.

Stmo. Cristo de Ánimas y Ciegos, Málaga
            La semana santa, concluimos Zalabardo y yo, presenta tres componentes, que tendemos a ver juntos, pero que difieren mucho entre ellos. Hay un componente espiritual, que atañe al sentimiento y a la creencia. En este caso, el católico conmemora, recuerda, la pasión de Cristo, núcleo de su creencia, base de su religión. Nada externo, material, físico, es imprescindible para ese recuerdo.
            Un segundo componente sí tiene mucho de material. El creyente cimenta su fe con unas imágenes, tallas, que representan sus creencias. Solo que, puede observarse, el llamado arte sacro parece escoger sus modelos de los aspectos más macabros, exaltación de la muerte, de ese conjunto de creencias. Bellas imágenes, sí, que se recrean en tétricas escenas.
            Y hay un tercer componente, el lúdico o espectacular. La procesión, el rito de sacar a la calle las imágenes, es un complicado ejercicio de equilibrio entre expresión de una creencia y mera exhibición folclórica. Se cae en la competición de que la imagen que venera mi cofradía sea la más rica, la más admirada, la más lujosa. Se convierten las procesiones en aquellas antiguas superproducciones de Hollywood en la que la grandiosidad de los efectos se anteponía a la historia que se contaba. Para un creyente, en semana santa debería primar el recogimiento y la respetuosa conmemoración; sin embargo, parece predominar la alegre celebración, con todo el bullicio de la verbena. Eso, y no otra cosa, es lo que ha impedido el confinamiento por causa de coronavirus. Debería ser fácil de entender.



sábado, abril 04, 2020

DE LAS INTERPRETACIONES (Y UNA MATERNAL JABALINA)



           Sabe Zalabardo que, según avanzan los días, atiendo menos a los programas de televisión y radio, o leo menos informaciones periodísticas porque me crispa oír tantas y tantas versiones de lo que es la pandemia, tantas y tantas afirmaciones de quienes pretenden convencernos, llenos de orgullo, de que saben de dónde viene todo, qué se tenía que haber hecho para evitarlo, cuál es el camino para salir de lo ya inevitable, y, lo que me parece peor, tal cúmulo de lanzamiento de envenenados dardos contra las jerarquías médicas y políticas, nacionales e internacionales que, a veces desbordados por algo que nadie esperaba ni conocía, intentan sacarnos del atolladero. Quienes así se comportan parecen perseguir el objetivo de obtener un rédito político de la situación, conducta miserable, o buscar un minuto de publicidad para que se hable de sus, no sé hasta qué punto notables, currículos, conducta tan miserable como la anterior. Todo ello, en un momento en el que lo que sería de esperar es la solidaridad para atajar el mal. Luego, si hace falta, ya ajustaremos cuentas.
            Porque, le digo a Zalabardo, tengo la sensación de que nos movemos, o muchos se mueven, en el resbaladizo terreno de las interpretaciones. ¿Y qué es interpretar? Si nos vamos al Diccionario de la Academia, el DLE, encontramos ocho entradas o acepciones posibles de la palabra: 1. Explicar o declarar el sentido de algo. 2. Traducir de una lengua a otra. 3. Explicar acciones, dichos o sucesos que pueden ser entendidos de diferentes modos. 4. Concebir, ordenar o expresar de un modo personal la realidad. 5. Representar una obra teatral, cinematográfica, etc. 6. Ejecutar una pieza musical. 7. Ejecutar un baile. Y 8. Determinar el significado y alcance de las normas jurídicas.

           De estos ocho sentidos de interpretar, me gustaría centrarme en la tercera, la cuarta y la quinta. En la tercera dice que es explicar algo que puede ser entendido de maneras diferentes. Entonces me pregunto, ¿no es posible que alguna de esas formas de entendimiento resulte equívoca? Lo que yo veo de una manera sin duda puede ser visto de otra por cualquier persona. La cuarta señala que interpreta quien trata de ordenar la realidad, entenderla o exponerla según su personal criterio. ¿Qué avala que mi criterio sea el acertado? Y la quinta, por fin, nos relaciona interpretar con fingir. En el teatro, el actor no nos da su imagen, sino la que pretende que veamos, ya se trate de Hamlet o de Segismundo. Y en el cine, ¿cuántas veces hemos visto morir a un actor sin conmovernos porque sabemos que todo es simulación? Hace poco leí una curiosa estadística: la de actores que más veces han muerto en la pantalla. Encabeza la lista el secundario Danny Trejo, con 65 muertes, seguido de Chistopher Lee, con 60. De Trejo recordaré siempre su interpretación en Abierto hasta el anochecer, de Tarantino; en cuanto a Lee, ningún rostro como el suyo encarna en mi mente la figura de Drácula.
            Lo que quiero decir, razono a mi amigo, es que intento limitarme a escuchar solo las versiones oficiales de los hechos, porque no me cabe duda de que se abusa demasiado de las interpretaciones que nacen de un particular modo de mirar y no de la autenticidad de la realidad, que no están contrastadas de un modo pertinente o que, en no pocos casos, son abiertamente falsas. Porque, esto lo deberíamos tener claro, la realidad es la que es y no engaña; nos engañamos nosotros por no analizarla bien o por empecinarnos en distorsionarla para ver algo diferente a lo que ella nos muestra. Sobre este asunto, siempre he considerado magistral (acepto que estoy interpretando) el episodio de los molinos, en el capítulo 8 de la primera parte del Quijote. El caballero descubre, en la vaguedad de la lejanía, lo que le parece que son gigantes; de inmediato, su desbocada imaginación, deformada por la lectura de los libros de caballerías, interpreta que lo que ve son gigantes. Una secuencia perfecta: aparecer-parecer-ser. Sin embargo, si los dos primeros pasos del proceso son perfectos, el tercero es errado. Un hombre sencillo, nada dado a la especulación, Sancho, lo dice: ¿No le dije que aquello que parecen gigantes no son sino molinos? El caballero interpretaba la realidad de acuerdo a unos parámetros falsos que, en su modo de ordenar la realidad, ansiaba que fuesen verdaderos. El bueno de Sancho, simplemente miraba lo que había.

           Así vamos cada día a más y no queremos bajarnos del burro. Las redes sociales, con todo lo bueno que tienen, las utilizan muchos como vehículo para difundir su obstinación en interpretar los hechos sin analizar serenamente la realidad en que se producen. Le pongo a Zalabardo un ejemplo con el que pretendo convencerlo de lo que digo. Esta situación de excepcionalidad que vivimos, nos permite ver situaciones curiosas que se repiten con frecuencia. Por las calles de ciudades semivacías, aparecen animales silvestres que viven confinados en reductos cada vez más pequeños porque el descontrolado crecimiento urbano los ha dejado sin su hábitat natural. ¿Tienen sentido esos carteles que proliferan en algunas zonas masificadas de Málaga y que nos previenen de que son lugares de protección especial porque allí viven colonias de camaleones? ¿Dónde están esos camaleones si no hay ya sino bloques inmensos que han invadido el que debería ser su espacio natural? ¿O por qué las gaviotas anidan en vertederos y acuden allí a buscar su comida? ¿Dónde, si no, irían si no les queda ni un metro de costa donde vivir tranquilas? ¿Buscamos más ejemplos?
            Atendamos a una de estas interpretaciones caprichosas. Por Whatsapp me llega un vídeo que muestra a una jabalina paseando libremente con sus jabatos por las calles, me dicen, de la urbanización Pinares de San Antón, aquí en Málaga. A no mucho tardar, se me repite el mensaje, pero con la corrección de que no se trata de los Pinares de San Antón, sino que el lugar es Monte Sancha. Y tampoco tuvo que pasar demasiado tiempo para que me entrase un tercer mensaje: ni Pinares de San Antón, ni Monte Sancha, ni Málaga. Ese vídeo (del que he extraído algunos fotogramas), ha sido tomado hace pocos días en Italia, en Brescia. ¿La prueba? El reportaje sobre el tema que publica la Gazzetta di Modena y que ilustra con este vídeo y otros semejantes.
            Acabo con una breve nota filológica. Aunque la mayoría de los nombres de animales son epicenos, igual palabra para macho y hembra (foca, avestruz, delfín, ballena, etc.), no faltan algunos que se valen de las marcas normales de diferenciación entre masculino y femenino para nombra al macho y a la hembra (gato/gata, oso/osa, jabalí/jabalina), sin que olvidemos en que hay otros casos en los que para el macho y la hembra se emplean heterónimos, palabras diferentes (caballo/yegua, toro/vaca, carnero/oveja, etc).
            Lo anterior podría parecer que no viene a cuento. Y a lo mejor es verdad, pero no me resisto a exponerlo: la palabra jabalina, ‘hembra del jabalí’, no tiene absolutamente nada que ver con la jabalina, ‘aparato de atletismo’. Jabalí, ‘animal’, procede del árabe gābalí, ‘de monte, montaraz’, mientras que la jabalina del atletismo viene del indoeuropeo ghabholo, ‘horcadura, rama de árbol’, y a nuestra lengua llegó desde el francés javeline, que designaba primitivamente una ‘especie de venablo que se usaba en la caza’, para pasar luego a ser ‘pica empleada en la guerra’. Por fortuna, hoy las jabalinas no se lanzan contra nadie, sino solo con la intención de llegar lo más lejos posible. Confundir una jabalina con otra sería una interpretación carente de sentido.
            Y ya hemos cumplido otra semana de confinamiento. Mucho ánimo, que queda menos para salir de la pesadilla.

domingo, marzo 29, 2020

SOBRE CAUSA Y EFECTO, OCASIÓN Y PELIGRO


 Canta Menese unas bamberas que empiezan: Tengo una vecina enfrente / que parece buena moza. / Hoy le di los buenos días; / principio tienen las cosas. Los cantos populares, a veces, nos dicen verdades como puños. Nada hay que no tenga un comienzo, ningún efecto carece de causa que lo provoque. Como la pandemia que padecemos. Sería bueno hallar ese origen, las causas de este mal; así combatiríamos mejor sus consecuencias. Mientras tanto, ánimo y paciencia. E intentar seguir la rutina habitual para no caer en el desánimo.
            Le cuento a Zalabardo que un amigo, hace unos días, me sometió a una inocente prueba; me comentó luego que, solo por hacer saltar mi condición profesoral, había incluido en un mensaje una frase “rara”. Lo que escribió fue porque ya se sabe eso de que quien evita la ocasión buena sombra lo cobija. No le di la menor importancia porque consideré que se limitaba a hacer un juego de palabras de esos del tipo no hay peor sordo que el que no puede oír o creerse que todo el monte es orgasmo (¿cómo estará el monte cuando pueda volver a perderme en su laberinto de senderos?) Pero, al fin, va a lograr que me deje arrastrar por esa vena profesoral que antes intentó provocar. Por supuesto, él se refería a quien evita la ocasión evita el peligro, refrán sumamente popular. Después, pensé que lo que tal vez desconozca mi amigo, y mucha gente más, es la larga y curiosa historia que arrastra ese refrán. Lamentablemente, no he podido reconstruirla en su totalidad, aunque sí lo suficiente para que entendamos que, siendo la lengua instrumento con el que exteriorizamos nuestro pensamiento, se vuelve documento valiosísimo para analizar la evolución de las sociedades.
            Comencemos por declarar que la más antigua referencia hallada del refrán la tenemos en el latín: Sublata causa, tollitur effectus, es decir, suprimida (desaparecida) la causa, se evita (desaparece) el efecto, o sea, lo que canta Menese: nada hay que no tenga un principio. El latín es una lengua tan racional y exacta como las matemáticas. Lo que sucede es que no encuentro referencias al refrán, Quitada la causa, quítase el efecto, hasta el siglo XV, en una traducción anónima de un libro del siglo XIII, la Cirugía Mayor de Lanfranco. En ese mismo siglo, el XV, el Seniloquium o refranes que dizen los viejos, libro atribuido a un tal Dr. Castro solo porque, en su finalización se lee: Laus Deo, dr. Castro, recoge una forma diferente: Quitada la causa, se quita el pecado. Con esta variante lo hallamos en famosas colecciones de refranes, la de Gonzalo de Correas, el anónimo Refranes glosados, el Refranero de Espinosa, los Romances de los judíos sefardíes
            Una sentencia simplemente racional, sin causa no hay efecto, se nos ha convertido en máxima con tinte religioso, quitando la causa de pecar, no habrá pecado. Este cambio tiene, está claro, una causa: el cambio se da en los años del Concilio de Trento y España tomó partido por la ortodoxia católica frente a la Reforma protestante. No sé si será casualidad o no, pero en el Quijote coexisten las dos formas del refrán. En I, 7, cuando se cuenta cómo tapiaron la habitación donde el hidalgo guardaba sus libros, leemos: quizá quitando la causa cesaría el efecto, palabras que pronuncia el narrador, Cervantes, lo que demuestra que conocía el dicho latino. Como también lo conocerían el filósofo Fray Francisco Alvarado y el entomólogo Casildo Azcárate, ambos del siglo XIX, que siguen usando Quitada la causa, cesa el efecto. Sin embargo, en II, 67, mientras hablan de irse por ahí vestidos de pastores, es Sancho quien dice a su señor: quitada la causa, se quita el pecado, que sería ya la forma popular del refrán.
            Es interesantísimo lo que ese desconocido Dr. Castro expone en su Seniloquium. No habla nada del posible origen del refrán, pero sí desarrolla varias situaciones en que se puede aplicar. Entre ellas, cito solo algunas: 1. Se dice para no conceder préstamos a hijos de familia porque así, caso de no poder devolver lo pedido, no se podría hacer recaer el daño sobre los padres; 2. Cuando se prohíbe vender medicamentos en malas condiciones, filtros amorosos o abortivos, para no causar daño de muerte a nadie; 3. Que no hay que creer ningún escrito privado en contra de alguien para no caer en falsedad; 4. Que debe prohibirse la convivencia en monasterios de monjes y monjas para evitar la concupiscencia; 5. Ante la necesidad de guardar bien las cosas porque así se priva al ladrón de la oportunidad de robarlas; 6. Sobre que los militares no deben dedicarse a negocios privados para no olvidar lo que es el uso de las armas. Hay más y todas ellas concuerdan en que, si se suprime una causa, ningún efecto se producirá.
            Pero los tiempos, y las sociedades, como dije, van cambiando. Y ese Suprimida la causa, desaparece el efecto que pasó a ser Quitada la causa, se quita el pecado, ya en el siglo XX nos lo encontramos de nuevo transformado; y lo que decimos es Quien evita la ocasión, evita el peligro. No encuentro ejemplo más antiguo que una campaña de la DGT: Si evitas la ocasión, evitas el peligro. En cualquier caso, lo que no debemos obviar es que este no es un refrán específicamente español. ¿Cuáles son sus equivalentes en otras lenguas? En francés, L’occasion fait le farron (La ocasión hace al ladrón); en alemán, Lieber die Gefahr vermeiden, als Schmerz und Elend Leiden (Mejor evitar el peligro que lamentar dolor y miseria); en inglés, Avoidance is the only remedy (Evitar es el único remedio); y en italiano, Chi fugge l’occasione, fugge il peccato (Quien huye de la ocasión, huye del pecado). ¿No parece que todas estas formas remiten a los comentarios del Seniloquium? Sea como sea, le pido a Zalabardo que preste atención a un detalle. Aquellas naciones que estuvieron más cercanas a las tesis de la Reforma se inclinan hacia la originalidad latina del refrán. España e Italia, en cambio, van más en la línea moral de Trento.
            Ánimo a todos, que ya queda menos tiempo de confinamiento.


sábado, marzo 21, 2020

NI GALGOS NI PODENCOS


A nadie se le debiera escapar, me dice Zalabardo, que estamos ante una situación de máxima gravedad. Habrá quien se extrañe de que, en este estado de confinamiento, Zalabardo se encuentre a mi lado. Ninguna ley contravenimos. Siendo Zalabardo un ente virtual, tiene la fortuna de ser inmune a cualquier virus. Y desde la tranquilidad que eso le ofrece, procura infundirme ánimos y me ayuda a no dejarme abatir por la adversidad. Eso sí, mi amigo me sugiere que me preocupe en esta Agenda por la gravedad del momento y por transmitir serenidad a quien me quiera leer y escuchar (ya sabe bien él, me dice, que una cosa es ver y otra mirar, como una cosa es oír y otra diferente escuchar). Aquí, leer sería el equivalente de mirar, ‘prestar atención a lo que se ve’.
            Escuchando su consejo, estos día que aprovecho para releer a Montaigne, recuerdo: Los hombres se atormentan por las opiniones que se forman de las cosas, más que por las cosas mismas. Y le digo a Zalabardo que me cuesta enfrentarme a muchas opiniones sesgadas y pseudonoticias que me llegan. Como nunca he creído que cualquier tiempo pasado fuera mejor, no abjuraré de las posibilidades de comunicación que aportan las nuevas tecnologías. Si acaso, lamentaré la deficiente educación y formación que observo en su empleo. Pese a ello, no renuncio ni al móvil ni a las redes sociales. Si de algo tengo que prescindir, me lo apunta mi amigo, es de esas personas que, hipócritas y cínicas, con una falta de ética inimaginable, usan la mala baba que encierran en sus corazones para tratar de obtener algún rédito.
            Me desahogo ante Zalabardo y procuro explicarle qué es eso que me cuesta entender. Retomo la cita de Montaigne y, le digo que, inmersos en este problema del coronavirus, lo razonable sería centrarse en él: buscar sus causas, lamentar y paliar sus efectos, hallar una solución lo antes posible.
            Pero choco con quienes no lo ven así. Les interesan más las opiniones que se forman de las cosas que las cosas mismas. Estas opiniones, por desgracia, no siempre surgen de modo espontáneo, sino que suelen venir inducidas por mentes perversas, relacionadas con algún grupo político, congregación religiosa o sociedad del tipo que sea. El objetivo: que se difunda algo que, aunque dañe a otros, les reporte un beneficio.
            El presidente Sánchez, digo a mi amigo, no es un político que goce de mis simpatías, por los bandazos que me dificultan comprender qué defiende. Y hay otros muchos políticos (activos o en la reserva) que tampoco me gustan, la mayoría: un vicepresidente al que parece no afectar la cuarentena y se vuelca en alentar manifestaciones y protestas que, pudiendo ser legítimas, en este instante deberían importar poco; un expresidente que sale huyendo de Madrid y se refugia en su buen chalet de Marbella; presidentes de Comunidades Autónomas que se quejan del gobierno central haciendo propios el aborrecible lema “España nos roba” que poco antes afeaban a “traidores y golpistas” políticos catalanes. Y se podría seguir poniendo casos de malos ejemplos. ¿Qué esperaremos, entonces, de los ciudadanos?
            Repito, no lo entiendo. ¿Ha habido culpas en el modo de gestionar esta epidemia? Quizá se podrían haber hecho mejor las cosas. ¿Hay un problema de desabastecimiento y faltan recursos? Quizá haya que culpar a alguien por ello. Pero todo eso, le digo a Zalabardo, la opinión que me formo de la cosa, me importa poco. Me importa la cosa, el problema. Que, estando como estamos, aunque sea sobre la marcha se vayan corrigiendo los posibles errores, que esta situación de angustia se acabe, no solo en el plano sanitario; porque, en el laboral, ¿cuántas personas van a perder sus trabajos?
            En esta tesitura, sin embargo, creo ver que perdemos el tiempo con las opiniones sobre la cosa, discutiendo si son galgos o podencos. Ayer me llegaba un “reenviado” (esos anónimos que incitan a calumniar, con o sin razón, solo porque la coyuntura parece idónea) en el que se acusa, falsamente, de plagiador al rey Felipe y se llama a Sánchez enterrador. Ni tengo espíritu especialmente monárquico ni soy admirador del presidente Sánchez. Pero esas conductas, las de quienes crean y difunden tales mensajes, me parecen inmorales ¡Qué vergüenza y rabia me da que alguien se valga de una grave situación, en este caso sanitaria, para calumniar o para obtener un beneficio! Son gente de baja estofa que solo mira la opinión que se ha formado de las cosas sin atender a las cosas mismas. Viven de prejuicios malintencionados, porque carecen de argumentos.
            Entre esta clase de gente de conducta deleznable, más amplia de lo que uno imagina, algunos son seguidores de aquel que escribió: Si no puedes hablar bien de algo, guarda silencio; o algo así. No me gusta esa máxima, la cito porque me molesta que sus defensores se valgan de ella para ocultar sus propias vilezas, pero no para denunciar a los demás, aunque carezcan de razón al hacerlo. Montaigne, sigo con él, que era tan cristiano, apostólico y romano como el autor de esas palabras, había escrito, sin embargo: Quien confunde [mezcla] devoción con los actos de una vida condenable es más digno de censura que quien se comporta de manera disoluta.
            Por eso me parece inmoralidad escudarse en un problema grave que nos afecta a todos para atacar a unos políticos, del signo que sean. Ahora, es lo que pienso, toca estar unidos. Y, aunque guardando la distancia prudencial de separación, recordar con Benedetti que en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos. No difundamos mentiras, no ataquemos sin fundamento, no oigamos a tantos falsos predicadores, de todos los signos, como hay. No discutamos si son galgos o podencos, si está claro que es el coronavirus. Cuando lo superemos, entonces y solo entonces, pidamos cuantas explicaciones sean necesarias y exijamos responsabilidades por la falta de previsión y las carencias, si ello es procedente. Puede que nos llevásemos la sorpresa de que a quienes ahora se rasgan las vestiduras les quepa alguna responsabilidad por los recortes en sanidad decididos en años anteriores.

sábado, marzo 14, 2020

NUNCA ES MAL MOMENTO PARA LEER

Ilustración de El viaje de San Brandán

            Las cosas, me ha repetido muchas veces Zalabardo, hay que tomarlas como vienen y, además, no concederles ni más ni menos atención que la que precisan. Ahora estamos acosados por la epidemia de coronavirus y el Gobierno ha considerado pertinente declarar el estado de alarma. ¿Tiene sentido plantearse si lo ha hecho bien o mal, si debería haber actuado antes, si no hay que alarmarse tanto como nos dicen? Sería estúpido enredarse en esa cuestión. Esto es lo que hay y no queda sino aceptar los consejos que se nos dan, movernos lo menos posible y no salir de casa salvo para lo imprescindible. Ya, cuando todo pase, se analizará si las cosas se han hecho bien o mal o si alguien tiene que dar explicaciones.
            Y en estas estamos, soportando una cuarentena que, si queremos vencer al virus, habrá que asumir con toda responsabilidad y solidaridad. Porque ya no es que busquemos el bien propio, sino que tenemos que aunarnos en beneficio de la salud de la comunidad.
            Zalabardo sabe que soy persona de las que no se aburren; procuro tener siempre mi tiempo ocupado con actividades muy diferentes. Hago senderismo, leo, escribo, veo cine, me gusta la cocina… Ahora, aunque nada me lo impide, suspendo el senderismo. ¿Me dicen que procure estar en casa? Pues en casa me quedo.
 
J. W. Waterhouse: Decamerón
           A raíz de la crisis que sufrimos, una de las primeras cosas que me han venido a la cabeza ha sido el Decamerón, de Boccaccio. Siete mujeres y tres hombres huyen de la peste y se refugian en el campo. La vita fugge e no s’arresta un ora, había escrito Petrarca. La vida se escapa y no se detiene ni un momento. Por suerte, la cosa no es ahora tan grave, pero tampoco es para reírse. Los personajes del libro de Boccaccio ocuparon su retiro en contarse cuentos.
            Le digo a Zalabardo que, estos días que tenemos por delante, se podían ocupar con el placer de la lectura. Y que no estaría mal acudir a textos breves. Por ejemplo, el Decamerón podría servir muy bien. Recuerdo ahora el divertidísimo cuento en el que un monje enseña a una joven la manera en que se mete al diablo en el infierno. Por el estilo, más en la línea de cuento tradicional, se puede recurrir al Pentamerón, de Guiambattista Basile.
            Entre las lecturas que yo recomendaría para estos días no debería faltar El viaje de san Brandán, del monje Benedeit y que cuenta un viaje maravilloso de este monje anglonormando. También podemos recurrir al que quizá sea el libro más antiguo del que tenemos noticia, Gilgamesh, bellísimo relato en el que encontraremos historias sorprendentes.
            Si no queremos irnos tan atrás en el tiempo, recomendaría lecturas que son de siempre y para todas las edades, sea El viejo y el mar, de Hemingway, o La llamada de la selva, de Jack London. Los cuentos de misterio, terror o miedo los podemos encontrar en las Narraciones extraordinarias, de Edgar Allan Poe o en la antología Cuentos únicos, preparada por Javier Marías.
            ¿Queremos saber qué es esa maravilla de el realismo mágico sudamericano? Podemos pensar en Pedro Páramo, de Juan Rulfo; pero nadie debería desconocer que, antes, una mujer, María Luisa Bombal, escribió La amortajada, una joya que no debemos perdernos, junto con La última niebla. No olvidemos que bastante de ese realismo mágico ya lo teníamos en la literatura gallega; buena muestra de ello es El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez.
G. Doré: El cuervo, de Poe
            Que no quede atrás la interesante novelita de Balzac El coronel Chabert ni olvidemos tampoco la interesantísima Una habitación propia, de Virginia Woolf. Y, si es que nos ponemos así, en plan serio, podríamos echar una miradita a los Ensayos, de Montaigne. Tampoco dejaría de recomendar, le digo a Zalabardo, Jesús. Una aproximación histórica, de José Antonio Pagola.
            Me pregunta Zalabardo si olvido la poesía. Claro que no. Me limito a recomendar dos títulos, muy separados por el tiempo: El cantar de los cantares, de Salomón, y El cuervo, de Poe.
            La lista precedente está hecha, a la vista queda, bastante a la ligera. Pero pretende tan solo ser una invitación a que pensemos que, aunque muchos estén ocupados con el teletrabajo, otros muchos vamos a tener algunas horas de ocio más. No sería mala ocasión para leer. La gran mayoría de los libros recomendados son muy breves, además de entretenidos. Y, además, muchos de ellos están disponibles en Internet porque ya no les afectan los derechos de autor.
            Y, por supuesto, cada uno puede añadir todos los que quiera.

sábado, marzo 07, 2020

VERBORRAGIA Y FOBIAS (CON MI ADHESIÓN AL 8-M)


            Me alegra que sea un paisano mío, digo a Zalabardo, el actual Ministro de Justicia Juan Carlos Campo, quien, a propósito de un desencuentro con socios de Gobierno y unas declaraciones del vicepresidente Pablo Iglesias, reconozca que, “a veces, los políticos hablan demasiado”. A ese hablar demasiado, añado yo, se une, es lo peor, que hablan mal.
            El 7 de marzo de 2000, Adela Cortina, valenciana, catedrática de Ética y Filosofía Jurídica, publicaba en El País un artículo titulado Aporofobia. Era la primera vez que se usaba tal palabra y ella la defendía así: “La razón más profunda para acoger una palabra en el seno de una lengua es que designe una realidad tan efectiva en la vida social que esa vida no pueda entenderse sin contar con ella.” Y continuaba: “Importa dar nombre a las cosas porque mientras es indecible actúa como hacen las ideologías: distorsionando, confundiendo para ocultar la verdad de las cosas.” Y aún decía más: “Aporofobia no figura en las relaciones de lo éticamente correcto, en esas moralinas que la gente repite como los viejos catecismos.”
            ¿Qué interés tenía esta mujer en crear una palabra, aporofobia?, me pregunta Zalabardo y le respondo que la respuesta está en su artículo, cuyo contenido sigue teniendo plena vigencia. Se lamentaba de que se hable de racismo y xenofobia sin entrar en el verdadero fondo del asunto. Y denunciaba que, bajo los nombres racismo y xenofobia, se escondiese algo que no se reduce a rechazar a quien es de otra raza o pueblo. Sus ejemplos me parecen incontestables: no sentimos hostilidad hacia los jeques árabes que inundan la Costa del Sol, ni hacia los alemanes y británicos que son dueños de medio Mediterráneo, ni hacia los niños asiáticos o africanos adoptados por padres deseosos de tener hijos que no pueden conseguir por medios biológicos, ni hacia los futbolistas negros, o árabes que juegan en La Liga. A quien realmente rechazamos, decía Adela Cortina, es a quien carece de medios, al pobre. Por tanto, concluía, no rechazamos al de otra raza u otra nacionalidad; rechazamos al que es pobre. Y eso no es racismo ni xenofobia, sino aporofobia.
            Para crear esa palabra no tuvo que inventar nada ni contravenir regla alguna. En nuestro bagaje léxico hay elementos de sobra para crear términos que digan lo que de verdad queremos decir sin tener que pervertir el sistema. Por eso echó mano del griego άπορος, ‘pobre, sin recursos’ y de φόβος, ‘aversión’, y usó aporofobia, de la que nada hay que objetar, puesto que tenemos claustrofobia, agorafobia, por no citar la misma xenofobia, y otras que citaré más adelante.

           Y sí, vuelvo al principio, nuestros políticos hablan demasiado, padecen verborragia, término en que se aúnan latín y griego para designar al que habla sin parar y, por tanto, corre más riesgo de equivocarse. Porque nuestros políticos, Zalabardo está harto de oírmelo decir, hablan y se equivocan mucho. Miqui Otero, en un artículo de octubre de 2014, aparte de preguntarse por qué los políticos hablan tan mal, criticaba que, además, hayan creado una neolengua con la que pretenden evitar decir lo que, en realidad, no desean decir. Ponía de ejemplo, entre otros muchos, la siguiente declaración de Jordi Pujol: “La financiación de los partidos es un misterio, pero un misterio de aquellos que no son misterio, porque están muy claros, pero siguen siendo un misterio”. Clarísimo; no es misterio cómo conseguía dinero para sí y para su partido, aunque sí lo es saber dónde se encuentra hoy ese dinero.
            En la verborragia de nuestros políticos se descubre también una incapacidad para encontrar el término certero y adecuado, el que designe una realidad tan efectiva en la vida que esa vida no pueda entenderse sin contar con él. Adela Cortina tuvo muy claro que el problema no era de racismo ni de xenofobia, sino de aporofobia.
            Este domingo, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer. A Zalabardo y a mí nos gustaría que a partir de 2021 este día fuese de auténtica fiesta y desapareciera la necesidad de que sea jornada de huelgas y manifestaciones en pro de las reivindicaciones justas que no acaban de ser atendidas. Que se acabara la verborrea sobre el asunto y las filias sustituyeran a las fobias. A nuestros políticos les recordaría que con decir miembras, portavozas o jóvenas (¿por qué no modela, pilota o testiga, pongo por caso?) no se soluciona el problema del reconocimiento del papel real de la mujer en la sociedad actual. Y les pediría que dejen de jugar con palabras, aberrantes por otro lado, que no hacen más que soslayar la cuestión y confundir al personal. El problema de las mujeres, las injusticias que sufren, no se soluciona buscando nombres (le juro a Zalabardo que me pierdo oyendo hablar de feminismo radical, feminismo liberal, ecofeminismo, anarcofeminismo, feminismo de igualdad, feminismo de la diferencia, feminismo abolicionista…). Se soluciona dictando de una puñetera vez leyes que impongan la igualdad y supriman cualquier clase de discriminación. Cualquier otra cosa es marear la perdiz. Valga de muestra el enfrentamiento, dentro del propio gobierno, entre las ministras que luchan, no tan soterradamente, por convertirse en faro y guía del feminismo. Por ese camino, abonan el terreno para que las mujeres se rebelen de verdad y les griten a la cara lo que decía una querida amiga, que ya no tienen el chichi pa’ farolillos.

           Y a propósito de las fobias, le pregunto a Zalabardo si sabe cuántas hay. Pues tantas como personas; y a todas se les puede poner nombre. En la novela 2666, de Roberto Bolaño, hay unas páginas deliciosas en que la directora de una clínica informa a un policía sobre fobias existentes. Aparte de bastantes comunes, señalo algunas: sacrofobia (aversión a las imágenes y lugares sagrados), clinofobia (a las camas), iatrofobia (a los médicos), gefidrofobia (a cruzar puentes), ombrofobia (a la lluvia), talasofobia (al mar), antofobia (a las flores), dendrofobia (a los árboles), tropofobia (a cambiar de lugar), astrofobia (a los fenómenos meteorológicos), pantofobia (a todo), fobofobia (a los miedos)… Reconozco ante Zalabardo que por un momento pensé que Bolaño inventaba algunas. Pero no. Encuentro en internet varios Diccionarios de fobias; y algunas son realmente curiosas, como la aulofobia (miedo a las flautas), la autofobia (miedo a estar consigo mismo, solo) o la araquibutirofobia (miedo a que la mantequilla de cacahuete se pegue al cielo del paladar).
            Deseemos que, con tanta verborragia, no nos hagan caer en la verbofobia (aversión a las palabras).

sábado, febrero 29, 2020

LA RUTA MUDÉJAR Y EL NOMBRE DE LA AXARQUÍA


            La semana pasada, hablaba aquí de lo que puede ser un paseo por los Montes de Málaga. Esta, le toca a la Axarquía. Pero Zalabardo, esta vez, se queda en casa; su carácter retraído y su naturaleza tímida lo empujan a actuar así al saber que vamos acompañando a unos amigos para que conozcan una de las bellezas, una más, de la zona: la huella de la arquitectura mudéjar en los alminares de las viejas mezquitas trasmutados con el tiempo en campanarios de las iglesias que ocuparon su lugar. Acostumbrado a tenerlo a mi lado, lo echaré de menos, pero respeto su decisión.
            La Axarquía es un goce para la vista, una bella tierra, áspera y dura, a la que el hombre ha tenido que amoldarse para así domarla y obtener de ella el máximo producto. Recorrerla es ir descubriendo pequeños pueblos agazapados entre los pliegues de un terreno de color ocre, ahora ya verdea, pero que, cuando se llega a cualquiera de ellos, se convierte en una mancha de un blanco cegador. No es fácil moverse por estos pueblos de calles estrechas y empinadas hasta lo inverosímil. Pero el premio merece el esfuerzo.

           Algunos son pequeños y se diría que casi prefieren seguir en una especie de anonimato silencioso: Daimalos, Sayalonga, Corumbela, Árchez; otros han adquirido fama y renombre hasta convertirse en focos turísticos (esperemos que no se degraden) y figurar entre los más bellos pueblos de España, como sucede con Frigiliana. Unos y otros, no obstante, parecen competir por distinguirse en alguna producción concreta. Sayalonga y sus nísperos; los aguacates y mangos del entorno de Vélez-Málaga; el vino de Cómpeta; los higos de Almáchar; las pasas de Iznate; el aceite de Periana o Mondrón, donde hasta hay olivos con nombre propio. 

           Pero, al recorrer con estos amigos la ruta mudéjar, al hablar de los pueblos quiero hablar también de la razón de esa x que a tantos extraña. A lo largo de los años, soportando diferentes avatares históricos, los mudéjares —palabra que, aunque en principio significa ‘a quienes se les permite quedarse’, pasó luego a tener una connotación despectiva, ‘los domesticados, sometidos’— eran los musulmanes que permanecieron en tierras conquistadas por cristianos. Si en un principio se les consintió practicar sus cultos, más tarde, la intolerancia los obligó a cristianizarse e incluso fueron expulsados de muchos lugares. Muchos de ellos se refugiaron en estas tierras de lo que quedaba del reino de Granada —la Axarquía, las Alpujarras—. Pasaron a ser llamados, genéricamente, moriscos.


           Pero vamos con Axarquía. El nombre procede del árabe šarqíyya, ‘territorio al este de la ciudad de la que depende’. En efecto, no puede ser más descriptivo: la Axarquía es la parte más oriental de Málaga. Bien definida geográficamente, comprende desde Rincón de la Victoria, por el oeste, hasta Nerja, ya lindando con Granada; y, al norte, su linde es el boquete de Zafarraya y la impresionante Maroma que domina toda la comarca, máxima altura de la provincia, 2062 metros, cuya cima se disputan Málaga y Granada.
           El término árabe derivó hasta el castellano jarquía que, según contemplamos en el DLE, tiene el mismo significado. ¿Por qué, entonces, Axarquía y no Ajarquía? La explicación nos la ofrece una revisión de la evolución de nuestra lengua. No solo las palabras o la sintaxis cambian a través del tiempo; también cambia la fonética, los sonidos. El castellano medieval disponía de una pareja de sonidos palatales fricativos: š, sordo (semejante a la sh inglesa o ch francesa), que se representaba con la letra x; y ž, sonoro (semejante a la j inglesa o francesa), que se representaba con las letras g/j. Un sonido como la j actual no existía. Sin embargo, hacia el siglo XVI, el sistema consonántico del español comenzó a cambiar. Uno de esos cambios fue que la ž se ensordeció, con lo que se confundía con š; aparte de esto, ambos retrasaron su articulación a posición velar χ, pronunciación actual, que se representa mediante j o g (+e,i).

            En un principio, no obstante, se continuó utilizando la x para este sonido aparte de que había una gran inseguridad ortográfica. Pensemos que, en su primera edición, la novela de Cervantes aparecía como don Quixote. Pero hay más. Por una serie de circunstancias que no siempre se pueden explicar con acierto, hubo una serie de topónimos y antropónimos que se mantuvieron con una ortografía arcaizante. México, Oaxaca o Texas no deben pronunciarse Méksico, Oaksaca o Teksas, sino Méjico, Oajaca y Tejas. Incluso el primero y el tercero admiten las dos formas. Igual sucede con el nombre Ximena o el apellido Ximénez. Y para corroborar lo dicho, tenemos que los gentilicios de los topónimos Guadix, Almorox o Borox son guadajeño, almorojano y borojeño, donde se recupera la j.

           Axarquía, por tanto, es un arcaísmo fonético. Cierto es que un gran número de hablantes ha optado por Aksarquía, aunque lo más adecuado sería pronunciar Ajarquía. Si atendemos a los habitantes de la zona, no debería extrañarnos comprobar que, de acuerdo con naturaleza dialectal del andaluz, aspiren ese sonido y lo que realmente dicen es Aharquía. Como dicen hamón, ehército y ehemplo en lugar de jamón, ejército y ejemplo.