domingo, noviembre 11, 2018

LA FE DE LOS CONVERSOS


            Se afirma, le digo a Zalabardo, que los conversos, en cualquier ámbito, suelen ser los más fanáticos e intolerantes en la defensa de la nueva creencia. Karl Vossler, en un ya antiguo ensayo titulado Trascendencia europea de la cultura española, de 1940, decía del nuestro que ningún país europeo ha engendrado el espíritu de la lucha por la fe, y ningún otro lo ha conservado ni tanto tiempo ni de una manera más tenaz. Decía también que, en cuestiones del espíritu, el español es un militarista ordenancista. Y cita en favor de su tesis los Ejercicios espirituales, reglamento clásico del cristiano militante, de Ignacio de Loyola. Extrae Vossler de su lectura que no pueden ni deben ser mantenidos ningún juicio propio, ninguna iniciativa personal, ninguna espontaneidad original ni ninguna originalidad intelectual. Aunque parezca un juicio duro, lo cierto es que en el texto del fundador de los jesuitas leemos cosas como esta: Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina.
            Tranquilizo a Zalabardo, que me mira con gesto receloso, diciéndole que no es mi intención hablar aquí de la fe religiosa, ni atendiendo a la acepción 9 del DLE, ‘asentimiento a la revelación de Dios’, ni a lo que se lee en la Carta a los Hebreos, ‘certeza de lo que no se puede ver’. Lo que antecede es un mero ejemplo. Me interesa ahora la acepción 4 del Diccionario académico: ‘creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice o por la fama pública’. Porque, creo, con demasiada facilidad nos creamos hoy autoridades o concedemos fama a lo que no la merece.

           Afirma Vossler que, durante mucho tiempo, se nos consideró a los españoles gente de temperamento fanático que veíamos errores, pecados y herejías por todas partes. Y parece que aún nos cuesta liberarnos de esa rigidez, de ese fanatismo. Da igual que hablemos de fútbol, de política, de religión o del más anodino asunto en las redes sociales. Tampoco el idioma se libra, lamentablemente, de la presencia de estos conversos. Aunque algo se vea blanco, ellos dirán que es negro solo porque la nueva fe que han abrazado así se lo impone. Con ellos no va, por mucho que se intente, ni la espontaneidad original ni la originalidad intelectual. No sé si en ellos pensaba don Quijote al aconsejar a Sancho: habla con reposo, pero no de manera que te escuches a ti mismo, que toda afectación es mala. O Juan de Valdés al responder a aquellos con quienes dialogaba: el estilo que tengo me es natural, y sin afectación ninguna escribo como hablo […] porque a mi parecer en ninguna lengua está bien la afectación.
            Porque afectación, y mucha, hay en quienes se empeñan en imponer un lenguaje, dicen, que no sea discriminatorio; inclusivo lo llaman. Como si alguien pudiera quedar fuera del lenguaje que usa, dado que la lengua no solo es nuestra propia vida, sino lo que refleja nuestro auténtico pensamiento. “Sospecho”, me dice Zalabardo, “que arremetemos de nuevo contra quienes defienden la creación de un lenguaje no machista”.
            Tengo que responderle que sí. Hace unos días vi por casualidad una carpeta en la que se leía: Delegados y Delegadas de Padres y Madres. Toda ella aparecía llena de textos explicativos de qué sean los Consejos Escolares y de cuáles son las funciones de sus componentes. Este descubrimiento me llevó hasta un folleto, Breve Manual del Consejero y Consejera Escolar, editado, como la carpeta, por la CODAPA, Confederación Andaluza de Asociaciones de Madres y Padres del Alumnado. Todo cuanto signifique igualdad de derechos es digno de elogios. Lo que censuro, le digo a Zalabardo, es la redacción del texto, todo un despropósito por su desprecio al principio de economía del lenguaje y al criterio muchas veces expresado por la Gramática de la Academia acerca de que evitar de modo indiscriminado el uso del masculino genérico mediante duplicidades, sustantivos colectivos o abstractos no solo puede resultar inadecuado sino, además, empobrecedor. El folleto citado me hace recordar otro más antiguo, Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género, editado en 2007 por la Junta de Andalucía. Uno y otro abundan en una aburrida sucesión de alumnos y alumnas, madres y padres, director o directora, delegada y delegado, secretario y secretaria, etc., así como alumnado y profesorado (sin reparar en que no siempre decir el profesorado equivale a los profesores, como hablar de la ciudadanía no siempre es igual que hablar de los ciudadanos).

            Pero, como dijo, o dicen que dijo, el Guerra (el torero), lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible. A sus autores, que muestran una fiebre renovadora encomiable, no solo se los puede atacar de desconocer los mecanismos de la lengua, sino de no dominar la propia fe que defienden. Veamos algunos ejemplos: 1. …un delegado o delegada…es…aquel padre o madre elegido… Es frase realmente rara. Elegido presenta concordancia con padre y con delegado; ¿qué pasa con las madres y las delegadas? 2. …las madres y padres interesados… ¿Se habla de todas las madres y solo de los padres interesados? ¿O hay que entender que las madres no están interesadas? 3. Los delegados de padres y madres no pueden ser un estamento aislado… ¿No hay delegadas?
            Si vemos confusión en estas concordancias, también llaman la atención los casos de las siguientes construcciones: Un delegado o delegada, sus propios hijos e hijas, aquel padre o madre, de entre las madres y padres, etc. Todas esas frases respetan escrupulosamente la norma gramatical que nos dice que, cuando dos o más sustantivos coordinados llevan un solo determinante, este debe concordar en género y número con el sustantivo más próximo…, pero chocan frontalmente con el pretendido lenguaje inclusivo, que exigiría la duplicación un/una, los/las, etc.
            La palma de los despropósitos se la lleva el apartado del Manual de la CODAPA que explica quiénes integran el Consejo Escolar. El folleto afirma que el director, el jefe de estudios, un concejal, un número de profesores…, el secretario del centro… Es decir, que para estos/estas conversos/conversas del lenguaje inclusivo autores del folleto han dejado de existir como por ensalmo las directoras, las jefas de estudios, las concejalas, las profesoras, las secretarias… O la redacción (mala puntuación y errores de concordancia) del folleto de la Junta.
Pareciéndome mal ese esfuerzo por imponer el lenguaje inclusivo, le digo a Zalabardo que me parece peor que las personas que han redactado esos textos se muestren tan negados para escribir un párrafo que tenga sentido. Luego nos quejamos de que en las oposiciones a profesores de Lengua Española los aspirantes suspendan por cuestiones de ortografía y redacción.

domingo, noviembre 04, 2018

NOVIEMBRE


 
Cementerio de Sayalonga
          
Recuerdo de mi niñez, hablo con Zalabardo, que sentía noviembre como un mes raro, diferente a otros. Mayo era el mes de las flores, estallido de la primavera; junio, el de inicio de las largas vacaciones veraniegas; diciembre y enero concentraban fechas alegres, desde el 8 de diciembre, fiesta grande en el instituto, hasta el 6 de enero, Reyes Magos, pasando por las festividades de navidad y año nuevo.


Cementerio de Macharaviaya y cripta de los Gálvez
           Sin embargo, noviembre tenía algo extraño. Noviembre era el mes de los muertos. Y, aunque el día 1 es el Día de Todos los Santos, su inicio verdadero era el día 2, Día de los Difuntos, con la obligada visita a los cementerios. Para los niños, allá en mi pueblo, Osuna, esa visita carecía de sentido fúnebre porque corríamos arriba y abajo de la calle Écija arrojando a los molestos piojos moriscos que se les enredaban en el pelo. En casa, supongo que en todas, se encendían mariposas, aquellas pequeñas luces flotantes sobre una superficie de aceite y que, en la oscuridad de la noche daban a todo un aire tétrico. Noviembre, sin embargo, tenía su contrapunto festivo: era frecuente la aparición de alguna compañía teatral ambulante que representaba el Don Juan Tenorio de Zorrilla.
 
Cementerio de Benamocarra
          
No es casual que noviembre sea el mes de los muertos. Es tradición que se remonta a muchos años atrás, que se pierde en la memoria de los tiempos. Casi todas las culturas conocidas coinciden en su preocupación por la existencia de una forma de vida posterior a esta terrenal, y en la duda (pues nada hay que nos avale su certeza) de qué será de nosotros una vez muertos. Y a los muertos se los ha honrado y se les han dedicado ritos, todos con el deseo de que la otra vida, si la hay, les resulte lo mejor posible. Incluso, en algunas culturas, se ha creído que, si no honramos su memoria, de alguna manera regresarán para castigarnos.


Cementerio de San Miguel, Málaga
            Eso puede que explique, le digo a Zalabardo, que ya desde el Paleolítico existiese la costumbre de enterrar a los muertos acompañándolos de sus objetos personales e incluso alimentos, con la esperanza de que, en su mundo de ultratumba, gocen de una existencia al menos parecida a la que han dejado.

Cementerio Inglés, Málaga

           
La inmensa mayoría de civilizaciones y culturas han escogido noviembre para brindar estos honores a los difuntos. Noviembre, otoño, es la época en que todo decae, en que los días menguan al tiempo que las noches se alargan, anunciando la proximidad del invierno. En la mitología egipcia se nos cuenta cómo Osiris, que preside el tribunal de los muertos, fue asesinado por su hermano Seth y arrojado al Nilo durante el mes el mes de athyr, que en el calendario egipcio se corresponde con finales de octubre y principios de noviembre.
            No solo los egipcios tenían ese mes dedicado a los muertos. Otras culturas, la asiria, la persa, la india, también lo tenían: arahsamna, mordad-month, durga, eran sus nombres. Si no estoy equivocado, o no lo están las fuentes que consulto, todos coincidían con nuestro octubre-noviembre. Pero el puente de unión entre estos cultos a los muertos y la forma en que se manifiestan en la actualidad hay que buscarlo en la cultura celta y en la fiesta de Samhain, ‘final del verano’, el 31 de octubre. Se creía que, en ese momento, la línea de separación entre este mundo y el otro era tan delgada que los espíritus, tanto buenos como malos, podían traspasarla con facilidad. Por ello, los druidas celebraban ceremonias y ofrecían sacrificios para homenajear a los espíritus benignos y ahuyentar a los malignos.


Cementerio de Casarabonela

            Con la cristianización, el papa Gregorio iv decidió trasladar, en el año 835, la fiesta de Todos los Santos desde mayo al 1 de noviembre, y Sahmain fue sustituyéndose por Halloween, que significa, precisamente, ‘víspera de Todos los Santos’. Tenemos, pues, otro caso más de que una tradición o fiesta pagana se adapte al pensamiento de una época, cultura o creencia diferente.
Cementerio de Casarabonela
            Estos días, la tradición impone, entre nosotros, visitar los cementerios. Me gusta la palabra cementerio que significa ‘dormitorio’. Hoy se tiende más a celebrar las últimas honras a los difuntos en los tanatorios, palabra que me gusta menos, porque su significado es más frío, ‘lugar donde se depositan los muertos’. Algunos cementerios son tristes, deprimentes, porque se ajustan a aquellos versos de Unamuno: corral de muertos, entre pobres tapias, / hechas también de barro. Pero hay otros que son verdaderamente bellos. Málaga, Zalabardo lo sabe, es un lugar que posee bellos cementerios. En la provincia, recuerdo el de Sayalonga, circular y lleno de misterios y leyendas; el de Benamocarra, con sus calles empinadas; el de Álora, que ocupa el interior de un castillo; el de Macharaviaya que, bajo su aparente humildad, guarda la cripta de los Gálvez; y, por supuesto, el de Casabermeja, considerado como uno de los más bellos de España. Y, en la capital, no hay que olvidar el de San Miguel, considerado monumento, y el Cementerio de los Ingleses, cargado de historia.



domingo, octubre 28, 2018

MIS ISLAS DEL TESORO


            Hasta donde me alcanza la memoria, la primera novela que recuerdo haber leído completa, de un tirón, y haberme sentido arrastrado por cuanto en ella sucedía, es La isla del tesoro. De ella aprendí muchas cosas: el poder de la voluntad, el valor de la amistad y del tesón, que junto al bien siempre cohabita el mal, que no hay que dejarse vencer, que la suerte hay que merecerla… Si a ello se une el atractivo de la aventura que se desarrolla de principio a fin, estaría todo dicho. Era bastante joven, un niño aún, y leía más cosas, la mayoría de forma fragmentada. He dicho muchas veces, lo repito, que yo casi aprendí a leer con el Quijote. Pero pasarían bastantes años antes de sumergirme por completo, con conciencia de lo que leía, en la novela de Cervantes, a la que vuelvo de forma recurrente. A la novela de Stevenson se fueron añadiendo las de otros autores: VerneSalgari, Twain…; pero, aun fascinado por las aventuras que leía, ninguna me caló tanto como la que enfrenta al pequeño Jim Hawkins y al malvado John Silver en la búsqueda del tesoro enterrado por el pirata Flint en una remota isla. Con los años, fueron llegando otras lecturas, que me entusiasmaban, aunque de diferente manera. Y, según crecía, hubo en mi vida momentos marcados por autores diversos: un momento Saroyan, o un momento Melville, un momento Conrad o un momento Kafka…, sin que el orden en que cito refleje una línea cronológica.

            Reflexionaba sobre este asunto, le digo a Zalabardo, tras leer hace días un artículo de Javier Marías titulado Literatura de penalidades o de naderías. Tal vez Marías sea algo exagerado y no poco severo cuando adjetiva el momento literario como “época de narcisismo” y denuncia que un significativo número de escritores actuales no hacen otra cosa que “contar sin más su biografía, porque, como es la suya, es importante”. Por ello, declara, lee tan pocos libros contemporáneos. Dice echar de menos “a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso, no pedante ni lacrimógeno”. Días después, me topé con otro artículo, este de Fernando Savater, en el que se dice, hablando de literatura fantástica, que “de este género solo se salvan las narraciones que cautivan por su imaginación y nervio, dejando a un lado su mensaje”. Los dos coinciden en nombres como Conrad, Faulkner, Flaubert, Brönte, Huxley, Bradbury
 Marías de que hoy solo se escriban naderías; hay muy buenos autores y muy buenas novelas, pero también veo que las estanterías de las librerías rebosan de libros insustanciales, aunque vengan apoyados por una fuerte industria editorial interesada en lanzar al mercado éxitos efímeros sin que importe la calidad. No son poco los premios literarios que caminan por esa senda.

           No sé en qué grado, pero debo admitir que no les falta algo de razón, aun admitiendo el nivel de subjetividad que hay que conceder a cada lector. Zalabardo sabe que cada día leo menos literatura actual y busco refugio en la relectura de obras anteriores. Por supuesto, no comparto la idea de 
            Le digo a Zalabardo que no quiero incluir en este apunte a los clásicos porque los considero un mundo aparte en el que es posible hallar respuesta a cualquier problema actual que imaginemos. Eso los convierte en imprescindibles. Pienso en novelas escritas a partir del siglo xix. Mi conclusión, y no olvido lo que dije al principio sobre la subjetividad, es que se han escrito pocas novelas se escriben que hagan sombra a Madame Bovary a La regenta o a Crimen y castigo, por citar solo tres casos. Y si me acerco a nuestros días y me fijo solo en novelas escritas en español, creo que pocas resisten la comparación, en contenido y estilo, con Pedro PáramoEn la orillaTu rostro mañanaAyer no másLa ciudad y los perros… La lista se podría ampliar, pero no sería demasiado extensa.
            Dar nombre de autores a los que uno admira es difícil; son muchos los factores que intervienen. Para mí, a los de las novelas antes citadas podría unir los de Faulnerk,  McEwanVirginia Woolf… Pero no debo callar que vuelvo bastante a Proust, a Poe, a Orwell, a Borges… Y me hago muchas veces, ante el empeño de muchas editoriales por crear solo superventas, esta pregunta: ¿cuántos nombres de hoy, con el tiempo, se librarán del olvido? A esos libros de laboratorio, a esas sagas tan en boga, les doy por completo la espalda. Y no soportaría, tampoco yo, la lectura de esa novela dividida en seis libros, con un total de 3500 páginas, en la que el autor se limita a contar su vida. Un buen amigo, José Francisco Martín Caparrós, opina que hay que ponerse en guardia ante una novela que precise más de 300 páginas para atraer el interés del lector. Estoy con él, aunque pueda haber, y las hay, excepciones.
            Por eso, le digo a Zalabardo, tengo mis islas del tesoro, en las que busco cobijo de vez en cuando. No las llamo novelas juveniles porque no tengo claro que haya una literatura para jóvenes y otra para adultos. ¿Quién puede mantener que la Alicia de Carroll, por ejemplo, sea un libro juvenil? Creo más bien que cada libro tiene su época y su edad para ser leído; lo que no depende, de manera exclusiva, ni del libro ni del lector.

            Mis otras islas del tesoro, a las vuelvo cada cierto tiempo, son bastantes: Las aventuras de Tom SawyerColmillo blancoLa llamada de lo salvajeLa cabaña del Tío TomLos tres mosqueterosRobinson CrusoeMujercitasEl mundo perdidoViaje al centro de la TierraLos viajes de GulliverIvanhoe… Me pregunta Zalabardo si acaso desprecio sagas como las de Harry Potter o El señor de los anillos y otros libros más actuales. Y le contesto que no, que son lecturas tan válidas como las otras. Pero que, por mi edad y por el ambiente en que se desarrollaron mi niñez y primera juventud, me sigue resultando más fácil identificarme con Jim Hawkins que con el joven mago de Hogwarts o con los conflictos de la Tierra Media. En cualquier caso, lo que pretendo decirle a Zalabardo es que, hoy, la literatura que puede llevar a los jóvenes a ser lectores adultos ofrece menos títulos que en otras épocas y están más plagadas de prejuicios. Y en esto coincido plenamente con Marías, la culpa es de esa sociedad a la que no parece interesarle una literatura que “muestre las ambigüedades y complejidades de la vida y de las personas”.




sábado, octubre 20, 2018

A TENTE BONETE




           ¿Hay algo mejor que compartir mesa con varios amigos? Pues sí, compartirla con muchos amigos. Lo primero sucedió el pasado martes; lo segundo, abrigo la esperanza de que suceda a mediados del mes próximo. Le cuento a Zalabardo que la reunión pasada surgió un poco por sorpresa, sin premeditación y, aún menos, sin alevosía. Había planeado hacer un poco de senderismo por mi pueblo, Osuna. Un circuito que nos llevaría, siguiendo la antigua Cañada Real de Écija a Teba y la Vereda del Calvario, a las ruinas del monasterio del mismo nombre para regresar por el cortijo El Rosso hasta el pueblo.
            Alguien, feliz idea, propuso que podría ser buena excusa para, a la vuelta, vernos en el pueblo con unas cervezas por delante. La reunión, al menos para mí, no pudo ser más grata. Se habló, como en toda tertulia que se precie, de mil cosas: del pasado, del presente, de lo divino y de lo humano. Y, en estas, salió Pepe Sarria, preguntando si recordábamos una expresión, ententemonete, que significa ‘totalmente lleno’, ‘atiborrado’. José Manuel Ramírez intervino para llamar la atención acerca de si no sería más acertado decir en tente bonete, pues la locución parecía aludir al acto de tener que sujetarse el bonete.
            Entonces se me pidió que tratara de buscar cuál era la forma correcta, cuál su significado y cuál su origen, pues Sarria estaba convencido de que era forma autóctona del pueblo. Y yo, le digo a Zalabardo, que tengo afición por estas cuestiones, puse mano a la tarea, cuyas conclusiones presento aquí. La primera, que la forma original es [en, a o hasta] tente bonete, según se recoge en el Diccionario de la Real Academia, en el de andalucismos de Alcalá Venceslada y otros. Pero, hoy mismo, recibo una comunicación de otro amigo, José María Pérez, que me pone en conocimiento de que en Internet, en la página sobre vocabulario andaluz Fitetu.es (‘fíjate tú’), ha encontrado que en Alcalá de Guadaira se emplea ententemonete. De aquí extraigo dos cosas: que Pepe Sarria no estaba equivocado en lo de monete y que la locución no es exclusiva de Osuna.
            Lo de monete por bonete tiene fácil explicación. Es un caso de lo que conocemos como etimología popular, presente cuando se establece una relación de causa espontánea entre palabras parecidas que puede dar lugar a cambios semánticos o simplemente a deformaciones fonéticas. Por etimología popular decimos cerrojo en lugar de verrojo (de verucŭlum, ‘barra de hierro’) porque relacionamos la palabra con cerrar; o decimos cortacircuito porque se piensa que viene de cortar y no de corto; o destornillarse (en vez de desternillarse) porque pensamos en tornillo en lugar de con ternilla; etc. Así, alguien, alguna vez, pensó que la locución que nos ocupa tenía que ver con mono sin pensar en bonete, prenda que, antiguamente, llevaban clérigos, colegiales y graduados.

            ¿Qué no es una forma exclusiva de Osuna? Aparte de lo difícil que es encontrar palabras o locuciones que pudiésemos considerar con denominación de origen protegida, sucede que tente bonete (o monete), aparte de en Osuna y Alcalá de Guadaira, se emplea en varios pueblos de Córdoba (Palma del Río, Valenzuela), Málaga (Sierra de Yeguas, Humilladero) y no pocos de Jaén y Huelva. Por eso, Alcalá Venceslada lo recoge solo como andalucismo, lo que también podría discutirse. Le digo esto a Zalabardo porque la referencia más antigua que he logrado encontrar está en el Quijote (¿qué es lo que no podemos encontrar en la novela de Cervantes?). En el capítulo xi de la segunda parte, leemos que Sancho dice: …considere vuesa merced, señor mío, que para sopa de arroyo y tente bonete no hay arma defensiva en el mundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce.
            Nuestro paisano Rodríguez Marín, en su edición crítica de la novela cervantina, dice que, dado que sopa de arroyo no es sino ‘guijarro’, tente bonete no es como se dice ‘con empeño, tesón o porfía’, sino ‘guijarro que, por ser grande y requerir mucho esfuerzo para lanzarlo, pone a peligro de caer al suelo el bonete o gorra del lanzador’. Francisco Rico, para mí con más acierto, dice que con tente bonete ‘se alude al esfuerzo necesario para lanzar un guijarro; tanto, que puede hacer caer el bonete’.
 
Don Quijote antes de morir, de Miguel Jadraque
          
Podría pensarse que Cervantes aprendió la locución durante su estancia por nuestras tierras. Pero es que he hallado dos ejemplos más que avalan el sentido con que aparece en el DEL: ‘con insistencia, con empeño, con demasía’. Quevedo, en Cuento de cuentos, dice: Sobre esto porfiaron hasta tente bonete. Y en la comedia burlesca del siglo xvii El comendador de Ocaña, se lee: Esa es otra; / por no ser más porfiado / baila hasta tente bonete. A ello se une que tanto Gonzalo de Correas como José María Sbarbi insisten en que tente bonete significa ‘con exceso, a porfía, con empeño, obstinadamente’. Lo que no he conseguido averiguar es el origen de la locución.

            Visto todo lo anterior, no debe extrañarnos que la gente común, que deberíamos ser todos, no se ande con zarandajas y acabe por pensar que a tente bonete también sirve para ‘estar hasta los topes, lleno, abarrotado, rebosante, a no poder más’. Al fin y al cabo, le digo a Zalabardo, la lengua está en constante cambio y los artífices del cambio son esa gente corriente que se vale de ella todos los días. Como debe ser. Por eso espero que, en nuestra reunión del mes próximo, el lugar de cita se encuentre ententemonete y no nos tiremos los bonetes, expresión que significa ‘reñir’.


domingo, octubre 07, 2018

O TEMPORA!, O MORES!


            Prevengo a Zalabardo de que no pienso hablar del tiempo de los moros, como, se cuenta desde tiempo inmemorial, que traducía un mal estudiante de latín la queja ciceroniana. Cicerón se quejaba de la corrupción en que se había hundido su tiempo; hoy, su frase se emplea como recordatorio nostálgico de un periodo en que las costumbres eran mejores. Al fin y al cabo, no ha variado tanto la cosa.
            Nunca defenderé que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque no es cierta tal aseveración. Aunque veamos en el actual muchas cosas que no nos gusten o aunque, a veces, muchas que recordemos del pasado nos hagan sentir nostalgia. Le pese a quien le pese, siempre iremos hacia mejor.
            De lo que quiero hablar a Zalabardo es de las abreviaturas, de la escritura en las redes sociales, de esos lenguajes que nos vamos inventando (el políticamente correcto, el inclusivo…), de las citas mal usadas y de cosas así. Pero hablar de todo eso nos llevaría, por desgracia, demasiado tiempo. Así que me pondré límites.

            Parto de la base, le digo a Zalabardo, de que hoy se escribe de otra manera. ¿Mejor, peor? No sabría qué decir. Observo que hoy tendemos a una simplificación grande y que en ello tienen algo que ver las redes sociales. Pero tampoco debemos culparlas solo a ellas. Sin embargo, a veces pienso que, en nuestros días, muchos tendrían dificultades para redactar una carta como la que nos presenta Campoamor en su poema ¡Quién supiera escribir! o como la que envía ese pobre soldado de la guerra de África, casi analfabeto, a su tío dando cuenta de su situación y pidiendo noticias de la familia.
Porque hoy impera la brevedad. Twitter, Whatsapp, Facebook han impuesto el mensaje corto, acelerado, de pocas palabras, de consumo rápido e inmediatamente desechables. En los mensajes que digo se usan en ocasiones más emoticonos que palabras, se acude a las abreviaturas para no pasar un determinado número de caracteres. Hace unos días, me comentaba un señora que había leído un texto mío en Facebook a pesar de ser tan largo (unas diez líneas). Por fortuna, ahora mismo mientras escribo siento el consuelo de haber leído una columna de César Antonio Molina, que se inicia con este recuerdo de Séneca: “¿Qué mal puede hacer leer una carta? Puede que hasta en ella haya algo que te guste”.

           Comencemos con lo de las abreviaturas ¿Son censurables? Ni mucho menos; siempre se han usado. Pero su aceptación se explica cuando hay una razón que las justifica. Cuando en mis tiempos de estudiante se tomaban apuntes —y uso el pasado porque hasta los apuntes, con lo que pierden su sentido auténtico, se venden ya fotocopiados— empleábamos tb, pq (‘también’, ‘porque’) y otras muchas para poder retener mayor cantidad del mensaje recibido.
            Es pues una razón de economía la que nos fuerza a la brevedad. En la antigüedad, porque grabar sobre piedra un texto era trabajo arduo o porque escribir a mano sobre pergamino todo un libro no solo exigía tiempo al monje aplicado a la tarea, sino que el material era escaso y caro. Se imponía, pues, la búsqueda del atajo que da la abreviatura.
Mirad, por favor, la lápida funeraria romana cuya foto adjunto: D·M·S / Q·PVBL·HERACLIDA / AN V H·S·E  S·T·T·L, lo que viene a decir Deis Manibus Sacrum. Quinto Publio Heraclida, Quinque Annorum, Hic Situs Est. Sit Tibi Terra Levis, o sea, Consagrado a los Dioses Manes. Quinto Publio Heraclida yace en este lugar. Que la tierra te sea te acoja. O esa otra imagen del comienzo del Beato de Liébana: IN NME DEI NSTRI IHV XRI INCIPIT LIBER REVELATIONIS DNI NSTRI IHV XRI, que traducido es: En nombre de Nuestro Señor Jesucristo comienza el Libro de las revelaciones de Nuestro Señor Jesucristo. Pero es que en libros ya impresos, mirad esa página de la Gramática de Nebrija, también las encontramos.

           ¿Qué impedirá que las sigamos empleando hoy? Ahí quiero ir a parar; si nos fijamos, una vez que una abreviatura ha sido aceptada, se respeta el criterio de su empleo: el STTL latino es equivalente a nuestros RIP, DEP, etc. ¿Por qué no aceptar esa economía en la lengua de las redes sociales? Lo que a mí me molesta es que no haya un criterio unánime ni lógico. Por eso no le veo sentido a escribir TKM, ‘te quiero mucho’, si podemos escribir TQM, respetando la ortografía. O que se escriba pl, ‘please’ cuando deberíamos, en español, escribir pf, ‘por favor’.
            Lo que digo de las abreviaturas y las redes lo traslado a ámbitos más amplios. No me gusta que nos abandonemos en brazos de unos correctores ortográficos que, hoy por hoy, son incapaces de distinguir entre vaya, valla o baya, por ejemplo. Así ocurre que, en un medio de prensa leo puya, ‘punta acerada de la extremidad de la vara de un picador’ donde debería decir pulla, ‘expresión aguda con la que se humilla a alguien’. El autor del texto, imagino, confió plenamente en un corrector que lo dejó en mal lugar.

           Lo anterior es dejadez, desgana. Pero, ¿y la falta de criterio? También hace unos días leía: tod@s los malagueñ@s incluidos…, frase que incurre en dos errores: el de  falta de criterio (¿por qué no l@s e incluid@s, ya que estamos?) y el de desconocimiento de que la @ no es símbolo alfabético, sino de capacidad y de peso; véanse, si no, las barricas de la Antigua Casa de Guarda. Es la misma dejadez o desconocimiento que cuando nos da por utilizar latinajos que escribimos o decimos mal: *Oh tempus, oh more, *Alia jacta est, *de motu proprio, *a grosso modo (por no citar más), son, en buen latín, O tempora, o mores, Alea jacta est, motu proprio y grosso modo.
            ¿Ves, le digo a Zalabardo, como en esto hay mucho que decir? He comenzado por una cosa y he acabado saltando a otra. Le pido que nos quedemos con que, para escribir, no es imprescindible ser más o menos extenso, usar o no abreviaturas, valerse de un medio u otro. Lo importante de verdad es tener un criterio y procurar ser lo más correcto posible.