sábado, marzo 23, 2019

ESPAÑA, ESPANYA, ESPAINIAKO, AL-ANDALUS, SEFARAD, SESÉ


            Recordando el poema de Machado y pensando en el momento presente, se me ocurre preguntarle a Zalabardo cuántas Españas cree que hay. Y, sin dudar, me contesta: “Tantas como españoles.” Desorientado al principio, pienso que un ligero repaso a nuestra historia le da la razón. Somos una nación compuesta por una heterogénea fusión de pueblos, etnias, culturas, lenguas, costumbres… desde Tartessos, si no de antes… Se lo hago saber y me contesta: “¿No debería llenarnos de orgullo esa unidad construida sobre la diversidad?” Y, sin darme tiempo para reaccionar, continúa: “Pues no; para muchos es motivo de desazón, les cuesta aceptar la existencia del otro y se empeñan en ser los detentadores (aquí, bien empleado el término, ‘que retienen lo que manifiestamente no les pertenece’) de las esencias patrias. Pero de esa exclusividad no puede presumir nadie.”

Requerimiento para sustituir la lengua de una lápida
            Las palabras de Zalabardo me hacen pensar que nuestra historia está jalonada de incontables procesos de expatriación (¿se les puede llamar de otra forma?), sea la excusa religiosa, política, económica o ideológica. Los Reyes Católicos expulsan a los judíos; Felipe III, entre 1609 y 1613, a los moriscos, los últimos restos de quienes, tras acabar con la dominación goda, fueron dueños de estas tierras durante 800 años. Pero quizá la más sangrante de las expulsiones sea la que ha pesado sobre los gitanos. 1499, 1539, 1570 o 1749 fueron hitos importantes de esta persecución. George Borrow, en el siglo XIX, llegó a afirmar que en ningún país los gitanos han sido tan perseguidos como en España. Aún en 1978, los reglamentos de la guardia civil recogían normas de actuación contra ellos. Hasta Cervantes, que habla bien de catalanes, gallegos o vizcaínos, hace un negro y triste retrato de los gitanos.
            Comento con Zalabardo lo que podríamos llamar “nuestro conflicto lingüístico”. Cualquier país debería sentirse orgulloso de una riqueza idiomática como la de España. Pero nosotros no. Ni siquiera tenemos conciencia de dicha riqueza y con hartas dosis de desconocimiento, seguimos llamando dialectos a lenguas tan prestigiosas como el gallego, el euskera y el catalán, y negamos a quienes las tienen como lengua materna incluso el derecho a hablarlas.

Orden de mayo de 1938
            Me enseña Zalabardo recortes de periódicos en los que algunos nostálgicos intentan convencer a sus lectores de que nunca el franquismo persiguió a las lenguas vernáculas. Verdad es que no hubo ninguna ley en tal sentido, como verdad son las innumerables órdenes, requisitorias, multas, etc. contra el uso de lenguas que no fuesen la castellana en libros y revistas, inscripción en el registro civil, rotulación de locales comerciales, emisiones radiofónicas…, ¡hasta lápidas funerarias! Estas trabas al uso de las diferentes lenguas de España no fueron una prerrogativa de Franco. Con Felipe V, con Carlos III, con Isabel II también se cometieron abundantes tropelías; todos ellos quisieron la uniformidad lingüística y prohibieron las representaciones teatrales, la edición de libros, los telegramas, la enseñanza del catecismo, los actos oficiales e incluso las homilías que no usasen el castellano.
            Zalabardo me interrumpe y me pide que le aclare el título de esta entrada, pues aunque le suenan todas, incluso Sefarad o Al-Andalus, no entiende eso de Sesé. Le digo que Sesé es la palabra con que los gitanos llaman en su lengua (caló) a España. Porque, en el fondo, de lo que quería hablar hoy era de esa lengua. Y todo porque el otro día me preguntaron si podía explicar la palabra bajío, que es una palabra de esa lengua.
 
Justificante del pago de una multa 
          
Este bajío no tiene nada que ver con el castellano bajío, de bajo, que significa ‘terreno bajo que tiende a empantanarse’ o ‘elevación de mares ríos o lagos en que una nave puede embarrancar’. Por eso, dar en un bajío es ‘encontrarse en grave dificultad’. Pero da la coincidencia de que tener el bajío o echar a alguien un bajío es algo diferente, como puede apreciarse en el Diccionario romanó-kaló, de Rober Heredia Jiménez y en el fundamentado estudio Un vocabulario selecto del caló con datos sobre su conocimiento actual por una muestra de hablantes gitanos (2015), de Juan F. Gamella, Ignasi-Xavier Adiego y Cayetano Fernández Ortega. En ambos encontramos documentada la forma bají, ‘suerte’ y bajío, ‘mala suerte’, ‘destino’. Sin embargo, a causa de ese desconocimiento del que antes hablaba, le digo a Zalabardo, algunos aventuran explicaciones que no tienen sentido. Por ejemplo, Ángel Leyva, autor de una obra más que discutible, El habla malagueña, la recoge como bahío, ‘mala suerte’ y dice que procede del español bajido. Bajío es el que él tiene, pues ni siquiera se ha tomado la molestia de ver que en español no existe tal palabra.
            Tendríamos que ser más respetuosos y tolerantes con todas las lenguas. Catalán, euskera y gallego, no solo son lenguas españolas por los cuatro costados, sino que incluso históricamente son más antiguas que el español. No estaría mal tomar como modelos a autores de épocas pasadas, a quienes importaba usar una lengua, aunque no fuese la suya materna, si a la otra le reconocían un prestigio. Alfonso X, castellano, escribía poesía en gallego; Boscán, catalán, o Gil Polo y Guillén de Castro, valencianos, no dudaron en escribir en castellano.
 
Reglamento de la Guardia Civil, 1974
          
El caló, la lengua de los gitanos, también debería ser muy tenida en cuenta. Es una lengua muy antigua, de procedencia indo-irania. Gamella dice en su estudio que es la lengua de los gitanos españoles y portugueses. Su peculiaridad, y en esto coincide con lo que dice José Antonio Plantón en Chipí Cayí. Aproximación al caló (1993), es la misma del tradicional carácter nómada de los gitanos: es más bien un léxico que se articula como lengua dentro de la gramática de los pueblos en que viven. Si consultamos la edición 22ª de DLE comprobamos que aparecen recogidas 59 palabras de esta lengua (barbián, andoba, burel, canguelo, chingar, churumbel, diñar, gachó, jiñar, menda, naja, paripé, parné, pinrel…). Pero, aparte de estas, hay muchas otras que, sin aparecer en el diccionario académico, son de uso bastante frecuente: mui, ‘boca’; acáis, ‘ojos’; moyate, ‘vino malo’; piños, ‘dientes’; camelar, ‘querer’; ronear, ‘presumir’; chanelar, ‘saber’; pápiro, ‘billete’; Undibé, ‘Dios’; majarón, ‘loco’; pureta, ‘viejo’; calatí, ‘dinero’ (de donde cala, ‘peseta’); randa, ‘ladrón’; mulé, ‘muerte’… La interrelación de lo gitano, lengua y cultura, con el español no es nada despreciable.

sábado, marzo 16, 2019

CUANDO ‘BUENO’ ES ‘MALO’ (Y VICEVERSA)


 
Manifestaciones estudiantiles contra el cambio climático (El País)
          
Leyendo esta mañana informaciones sobre las manifestaciones estudiantiles para protestar por el escaso o nulo interés que muestran las máximas autoridades mundiales ante los problemas del innegable cambio climático que ya padecemos, traíamos a la memoria Zalabardo y yo dos recuerdos, en apariencia diferentes pero, a la vez, bastante similares.
            Zalabardo me recordaba la columna de hace unos días en la que Álex Grijelmo, en El País, denunciaba el desmedido afán de muchos políticos por parecer que se dicen sin llegar a decir, por evitar pronunciar una frase que alguien pudiese tomar como “molesta” simplemente negando lo contrario de lo que quieren decir. Por ejemplo, recurren a no aplaudo su actitud para no decir que condenan dicha actitud; o dicen no ha estado acertada esa persona cuando piensan que ha estado fatal.
            En retórica, ese recurso se denomina litote. Demetrio Estébanez, en su Diccionario de términos literarios, define la litote como una atenuación consistente en decir menos de lo que se piensa para dar a entender, por el tono y por el contexto, que se quiere expresar más de lo que se ha dicho. En otros lugares, se define como negación de lo contrario de lo que se quiere decir.

 
Desembocadura del Guadalhorce (diciembre 2018)
          
Yo, por mi parte, recordé la visita de ayer mismo, jueves, a Jorox, con la intención de ver su ermita de la Vera Cruz, La Mesa, el Nacimiento del río, la Cueva de las Vacas y el Charcón y su catarata. Cuando bajábamos hacia este último lugar, nos detuvimos a hablar con uno de los habitantes de esa pedanía. Hablamos, entre otras cosas, de lo que se siente viendo cómo las riquísimas naranjas de aquel fértil valle se pudren en los árboles y acaban cayendo al suelo. Nos decía que la culpa es de los precios, que les pagan tan poco por sus frutos que no vale siquiera la pena recogerlos; y añadía: “Así, cada día se arrancan más naranjos y se plantan aguacates, mejor pagados; hasta que haya tantos aguacates que sea preciso arrancarlos y plantar otra cosa.”
            Pero, del conjunto de la conversación, a mí se me quedó más grabada otra frase: “Con este tiempo que tenemos, no se sabe adónde iremos a parar; hace demasiado buen tiempo.” Y pensé: ¿es que lo bueno puede ser malo? Resolvió mi duda el ejemplo que me expuso: “Tengo ahí naranjos en los que se juntan tres cosechas diferentes: unas naranjas que habría que coger ya porque se van a caer del árbol; otras, pequeñas, verdes, que sustituirán a estas; y la flor de azahar, que anuncia la cosecha que seguirá a estas.”

Espino albar (marzo 2019)
Y es verdad; porque aún no ha terminado el invierno y nos encontramos que la primavera viene adelantada desde el pasado mes de diciembre, en que ya veíamos el campo florecido. Hoy mismo he visto florecido un espino albar, árbol del que leo que florece entre mayo y junio. Nos hemos pasado el invierno sin una gota de lluvia y ya es poca la que se puede esperar. Salvo que este tiempo loco, imposible de pronosticar, nos traiga una primavera tan lluviosa que acabe por ser dañina.
            O sea, el buen tiempo, este que ahora tenemos, es malo. Como cuando decimos de alguien buena pieza está hecho por no decir que es un mal bicho, empleamos una litote al decir tenemos demasiado buen tiempo, que no es más que insistir en que padecemos un tiempo fatal. Lo bueno, pues, se nos ha convertido en malo. Y cuando el agricultor se nos queja de que hace muy mal tiempo, los turistas se extrañan, pues llevan desde enero disfrutando del buen tiempo para el baño en la playa.
            Por eso, le digo a Zalabardo, ver a tantos jóvenes protestar por el estado de las cosas y exigir a los gobernantes que tomen en serio de una vez el problema del cambio climático me produce alegría, pues ellos, esos jóvenes airados, son los que muy pronto nos gobernarán. Confiemos en que ellos, sus quejas, no sean litotes, que sus mensajes sean claros y directos y digan lo que en verdad desean decir, aunque muchos se sientan molestos por sus juicios.




sábado, marzo 09, 2019

HISTORIAS DE PALABRAS: POLLA


 
Edificio de la Polla Chilena de Beneficencia
           El eufemismo tiene como base, por lo general, un tabú, que no es sino un modo de represión. Si queremos decir algo, ¿por qué rechazamos el término directo y recurrimos a otros que, en no pocas ocasiones, resultan cursis y melindrosos? Quizá, no estoy seguro, el campo léxico que más eufemismos presenta sea el de la sexualidad y, muy concretamente, el de los genitales. Me cuesta entender que se evite ante un niño la palabra pene y se le enseñe a decir, pilula, colita, lula, pito y cosas así. Si no gusta pene, puede recurrirse a falo, de ilustre raigambre sánscrita, pues viene de la raíz bhel-, ‘hinchar’, la misma que ampara a balón, bol, baluarte, bala, jolgorio y muchas más, según veo en el Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española; pero tampoco. Y lo que digo respecto a niños, vale igual para niñas.
            En estas reflexiones andaba cuando un amigo, José María Pérez Moreno, por no sé que extraño motivo, me pide que recabe la opinión de Zalabardo sobre la familia léxica de polla. Zalabardo, que cree adivinar por dónde va la pregunta, se rasca la oreja y me contesta que son tantos los sinónimos en todo el dominio hispánico que podría pasar medio día recitando palabras, incluso por orden alfabético, y no acabaría: badajo, banana, bicho, bimbín, bruta, canario, carajo, chaparro, chava, churra, cipote, colita, cosita, falo, instrumento, kika, lula, maleta, mandado, manubrio, mástil, miembro, minga, nabo, niño, pajarito, paquete, partes, pene, pepino, picha, pichula, pijo, pilila, pinchila, pistola, pito, polla, príapo, rabo, verga
            Pero, de inmediato, se pone serio y me dice que mayor interés tendría buscar una explicación válida para un curioso hecho: ¿por qué la palabra polla, del latín pullus, -i, ‘retoño’, y esta de pullus-a-um, ‘pequeño, menudo’, apenas se utiliza con su significado primario, ‘cría de cualquier animal’ y, en especial, ‘gallina nueva, que empieza a poner huevos’ de donde, por metáfora, ‘muchacha de poca edad’, y se emplea con dos significados tan diferentes en uno y otro lado del Atlántico: ‘juego, apuesta, lotería, quiniela’ en la América de habla española y ‘órgano sexual masculino’, en España.
            Me insiste Zalabardo en que, dado que el origen es el mismo, lo que habría que buscar es la razón del diferente uso. Consulto el Diccionario secreto, de Cela, y debo confesar que, de inicio, me he sentido algo desanimado, pues confirmo la extrañeza de mi amigo. Repite don Camilo lo que desde nuestro primer diccionario, el de Covarrubias, de 1611, hasta la ultimísima versión del DLE, se afirma: que la palabra tiene su origen en el latín pullus, -i.
Falo votivo de los siglos  III-IV a.C.
            Zalabardo me anima a no rendirme y a que siga mirando. Regreso a Cela y me entero de que la aparición de la connotación sexual es bastante tardía: el primer caso documentado por él es un texto de un fraile palentino, fray Damián Cornejo (1629-1707), franciscano, obispo de Orense, biógrafo de san Francisco, cronista de su orden y autor de… poemas burlescos de asunto picante y casi pornográfico. Es un poema en el que el fraile cuenta la disputa entre un joven y un hombre mayor por conseguir los favores de una tal Lisis, manejando una serie de equívocos sacados de la comparación de la escena con un juego de naipes, llamado Juego del hombre. En el Diccionario de Autoridades leo que es un género de juego de naipes [en el que para] ganar la polla se necesita hacer cinco bazas.
            Ya tenemos la relación polla/juego. Algo es algo. El mismo Cela reenvía a Cervantes que, en su novela El licenciado Vidriera, habla de unos gariteros que ni por imaginación consentían que en su casa se jugase otros juegos que polla y cientos, lo que ratifica que juego del hombre y polla son nombres para el mismo juego. En nota al texto, Francisco Rodríguez Marín, ilustre polígrafo y paisano nuestro, de José María y mío, y que da nombre al instituto en el que estudiamos el bachillerato, sostiene que juego del hombre es el moderno tresillo, y que se llama polla a lo que apuestan quienes a él juegan. Establecida la equiparación polla=apuesta, solo falta saber la razón del nombre y cómo pasa a ser también pene.
            Zalabardo, que me ha ido guiando en todo momento como Virgilio guio a Dante hasta las puertas del paraíso, me sugiere que, si hasta ahora he bebido en fuentes de esta orilla, podría aplacar mi sed consultando a alguien del otro lado del Atlántico. Y la respuesta me la proporciona Fernando Iwasaki, peruano, filólogo, profesor, novelista e investigador que, para mayor abundancia, vive desde hace muchos años en Sevilla, lo que lo convierte en conocedor de las modalidades lingüísticas de las dos orillas. Iwasaki ganó el IX Premio Málaga de Ensayo, en 2017, con Palabras primas, libro en el que uno de sus capítulos se titula, de manera en principio desconcertante, La polla de Cervantes. Pero pronto todo queda claro. Nos habla de que polla, en Hispanoamérica, solo designa la lotería, quinielas, rifas, apuestas en diferentes juegos, y carece de connotaciones sexuales; o sea, nada que ver con el español de España. A la vez, en ese libro me entero de que Jean-Pierre Etienvre decía en Figures du jeu: études lexico-sémantiques sur le jeu de cartes en Espagne: XVIe-XVIIe siècles (1987), que algunos juegos de naipes antiguos que sirven de fundamento a un lenguaje figurado ya no forman parte de nuestra experiencia, aunque sigan aflorando de diferentes maneras.
Manual del juego del tresillo
            Sabemos, dice Iwasaki, que en los siglos XVI y XVII se llamaba polla indistintamente al Juego del hombre o al conjunto de apuestas. Quien ganaba la partida se sacaba la polla. Pero sucedía que en dicho juego se utilizaban expresiones como meter, meterla doblada, correr, sacar (la polla) según se apostara, se doblara la apuesta, se pasara la mano al jugador siguiente o se tuvieran cartas tan buenas como para ganar la partida. En ese momento me recomienda Zalabardo que mire el diccionario latino de Agustín Blánquez, que cita un verbo pullo-as-are, ‘brotar, crecer’, derivado de pullus. Eso me hace pensar que, porque ‘crece o aumenta’, se llamó polla a las apuestas.
            La tesis de Iwasaki es que, en Hispanoamérica (basta ver el Diccionario de americanismos), polla permaneció como ‘juego’, sin ninguna otra acepción, mientras que en España no pudo evitarse que, al ser un juego en el que “se metía”, “se sacaba”, “se corría”, etc., la gente dejara de asociar polla a ‘gallina nueva’, a ‘mocita’, o incluso a ‘juego’, para establecer otro tipo de asociaciones. Por pudor o cualquier otra razón que desconozco (ya estamos con los tabúes y eufemismos), hacia finales del siglo XVIII el Juego del hombre vio sustituido su nombre por tresillo y, en lugar de polla, se prefirió decir pocillo, que, en el juego original, era el número de pollas de que constaba una partida. Zalabardo me aconseja consultar un último libro que avala lo dicho: Juego del Tresillo. Arte de jugarlo, escrito por un tal D. R. C. y publicado en Madrid en 1852.


domingo, marzo 03, 2019

NI CÁNOVAS, NI SAGASTA, NI CASTELAR…

Emilio Castelar

            Decía nuestro filósofo Emilio Lledó en unas recientes declaraciones, que la política, por lo general, está en manos de ignorantes. Es posible que lleve razón, aunque no me atrevo a asegurarlo. De lo que no me cabe duda, le digo a Zalabardo, es de que nuestros políticos carecen de aptitudes oratorias. No encontramos entre ellos un Sagasta, ni un Azaña, ni un Castelar, ni un Cánovas… Lamentablemente, ninguno de los políticos actuales resiste la comparación con aquellos.
            No sé, en verdad, quiénes fueron los últimos a quienes valía la pena escuchar, con independencia de las ideas que defendiesen. Hoy, ni oratoria fluida, ni carga argumental, encontramos en nuestro hemiciclo. Por no haber, ni siquiera vemos los rasgos de ingenio presentes en otras épocas. Hoy no se dan anécdotas como la de Cela, cuando lo reconvinieron por estar dormido: “No estoy dormido, señoría”, se defendió, “estoy durmiendo”; y cuando le contestaron que era lo mismo, dijo: “Ni mucho menos; ¿o acaso es igual estar jodido que estar jodiendo?”. En estos tiempos, más de gresca y bronca, cuando no de aburrimiento, a nuestros políticos se los recuerda más por sus deslices, por declaraciones infortunadas.

J. M. Aznar
            ¿Quién recuerda al que fue ministro de Trabajo, Sanidad y Seguridad Social, Jesús Sancho Rof por algo distinto a aquellas declaraciones de 1981, cuando la grave contaminación por aceite de colza adulterado, en las que afirmaba que todo se trataba de un episodio de gripe causado por un bichito del que ya tenemos nombre y primer apellido y nos falta solo el segundo; pero es tan pequeño que, si se cae de la mesa, se mata. Más cerca en el tiempo, en 2002, Mariano Rajoy, a la sazón ministro del gobierno de Aznar, declaraba al periódico La Voz de Galicia, a propósito de otra gran tragedia, la del Prestige, que todo estaba controlado y del buque hundido solo salen unos pequeños hilitos que parecen plastilina. Aquellos hilitos fueron una fuga de más de 50000 toneladas de fuel que provocaron una inmensa marea negra en costas de Galicia y Portugal. Y el propio Aznar nos dejó de piedra cuando confesó que, en familia, hablo en catalán.
 
Bibiana Aído
          
Pero parece que a nuestros políticos les atrae más darse a conocer por una palabra. ¿Para qué una idea, una frase, un argumento, si una palabra puede definirlos con toda perfección? Hay quien dirá, incluso el mismo Zalabardo me lo insinúa, que pudiera haberse tratado de un simple desliz, de un desafortunado lapsus al que se le ha dado más importancia de la debida. Le contesto que un desliz es otra cosa. Por ejemplo, en una emisora de radio, no recuerdo en qué año, una locutora leía una información sobre moda y, en un momento dijo: Este año se llevarán los hombres desnudos. No sé si le habían escrito el texto ya con la errata o fue un fallo suyo en la lectura, pero eso es un desliz y, además, cómico.
 
J. L. Rodríguez Zapatero
          
Podría ser un desliz que el presidente Zapatero, mientras leía un discurso, porque a nuestros políticos, si no leen, les cuesta decir nada, dijese follar a los rusos en lugar de apoyar a los rusos. ¿Pero qué desliz, o comicidad, había cuando, mientras nos hundíamos en la más dura crisis conocida en muchos años, y de la que aún no hemos salido, se le ocurría decir, muy serio, que no había crisis, sino solamente desaceleración, que en economía significa crecer más lentamente? Pues menudo batacazo nos dimos.

 
Irene Montero
          
Pero lo que parece que de verdad ha dado juego y ha ayudado a mantener el recuerdo de algunos es la disputa acerca de la duplicidad del género en los discursos o la creación de femeninos que no se sostienen se miren por donde se miren. Creo que fue el lehendakari Ibarretxe quien inició la moda con la machaconería de decir los vascos y las vascas, pero no habría que olvidar casos más curiosos que ese. Carmen Romero, por ejemplo, inició la tendencia, en 1997, al hablar en un discurso de las jóvenas, y, al parecer, Lorena Ruiz-Cuesta la imitó en 2012. A Bibiana Aído se la recuerda por su famoso miembras, en 2008. Aquello llevó al presidente de la RAE a denunciar ese camino que, para ser consecuentes, “nos tendría que llevar a decir que los brazos son miembros, pero las piernas son miembras”. Irene Montero, en 2015, se inventó portavoza y, ahora en 2019, nos sale Dolores Delgado con la última perla, su denuncia de la “derecha trifálica”. Pero, entre nosotros, parece conducta difícil la de aceptar el error. Y como en aquel drama de Guillén de Castro en que, hablando de la necesidad de acertar a la hora de tomar decisiones, se aconsejaba, caso de errar, “defendella y no enmendalla”, la ministra ha negado que decir tricéfala fuese un error, y se reafirmó en que lo dijo conscientemente. En fin, si ella lo dice…
            Como se ve, digo a Zalabardo, en este muestrario caben representantes de todo el espectro político. Y eso que a algunos los hemos oído poco. Por si acaso, mejor será que continúen en silencio.

domingo, febrero 24, 2019

¿SON COMPATIBLES LA HISTORIA Y SU MEMORIA?

Poema y dibujo de Rafael Alberti

            Javier Marías o Imre Kertész, no recuerdo ahora quién, aunque me inclino por el primero, escribió: Las palabras pierden su sustancia; solo los hechos presentan solidez. Quiero entender en esta frase que los acontecimientos son los que son y siempre estarán ahí; en cambio, las palabras con que los contamos pueden no ser tan precisas, hasta el punto de que, con ellas, demos una visión poco nítida de esos hechos. Así la interpreto en un capítulo de mi última novela, La noche a la ventana, en la que vuelvo a insistir en el valor del recuerdo y la memoria. El protagonista, ante la imposibilidad de contar un acontecimiento pasado del que solo posee algunos datos difusos, dice: No es que no quiera contártelo, sino que no puedo, porque no sabría cómo hacerlo. Aunque los hechos mantengan su robustez y cohesión, las palabras solas, van perdiendo su consistencia […] Cómo pudo afectarme aquello, la ignorancia de la solidez del hecho que vacía de sustancia las palabras que use. Eso es lo que me no me deja olvidar. Porque ahí está el peligro, no tanto en olvidar, sino en no recordar rectamente porque nos quedemos más con las palabras que con su referente.
            Le digo a Zalabardo que tanto la cita como el episodio de mi novela remiten a una cuestión que me parece de suma importancia: la historia, para un observador neutral, muestra hechos constatables, objetivos y sujetos a un continuo análisis y revisión; la memoria, en cambio, trabaja sobre la interpretación subjetiva, por lo común selectiva, de unos hechos del pasado que pudieron no ser tal como los recordamos, o que no todos recordamos de la misma manera, aunque no acusemos a nadie de falsearlos de modo intencionado.

Viñeta de El Roto
            Estoy pensando, le aclaro a mi amigo, en la tan traída y llevada Memoria Histórica. No porque me oponga al contenido de la Ley que se ampara bajo tal denominación y que, en mi opinión, es necesaria. Pero no me gusta su nombre; ese sintagma, memoria histórica, me parece inadecuado. No creo que casen bien ese nombre, memoria, con ese adjetivo, histórica, matrimonio que ha dado origen a bastantes desencuentros.
            El adjetivo, sabido es, expresa una cualidad del nombre. Puede ser especificativo (restrictivo lo llama la NGLE) si delimita o concreta esa cualidad, como en lámpara portátil, y explicativo o epíteto (no restrictivo según la NGLE) si solo destaca una cualidad inherente, como en duras rocas. Wolfgang Kayser, además, diferenciaba tres tipos: caracterizadores, mesa redonda; afectivos, pobre muchacho; y fórmulas, ancho mar.  Confieso que en memoria histórica no sabría señalar su función. Siglos antes, Voltaire actuaba de adivino y afirmó: El nombre y el adjetivo son enemigos mortales. Y la tendencia a abusar de ellos en algún momento hizo decir a alguien que la inflación del adjetivo ha reducido su potencia. Por eso no es de extrañar que en su poema Arte poética, Vicente Huidobro escribiera:
Inventa mundos y cuida tu palabra.
El adjetivo, cuando no da vida, mata.
            Pero vamos a lo de memoria histórica, que es el asunto que nos ocupa hoy. Ya digo que no me gusta ese nombre que, queramos o no, afecta de alguna manera a su contenido e intención, según vemos si consultamos a algunos analistas. Memoria histórica es un concepto relativamente reciente que incluye matices ideológicos e historiográficos no siempre equiparables. Creo que uno de los primeros en utilizarlo fue el francés Pierre Nora, y, en los comienzos, se confundía o identificaba con memoria colectiva o con memoria social. Desde el inicio de su empleo ya surgieron discrepancias en su interpretación, porque hablar de memoria histórica implicaba la conjunción de hechos y procesos históricos con relatos alternativos, productos de la memoria, cuyo resultado podía llegar a convertirse en “verdad oficial”, “verdad políticamente correcta” o “pensamiento único”, cosa no siempre deseable.

¿Y si la mejor memoria histórica fuese la desmemoria?, de Faro
            Y por aquí comenzaron las críticas. Tony Judt, historiador británico, dice que historia y memoria son conceptos tan diferentes que confundirlos en uno (unirlos supone tener que tomar partido por uno de los dos) comporta un grave peligro. La historia, señala, es un registro de hechos que se reescribe y reevalúa de manera continua a partir de nuevas o viejas evidencias que van saliendo a la luz. La memoria, en cambio, se asocia a un propósito público, más emotivo que intelectual, y se aviene más a museos, parques temáticos o programas televisión; se nutre de manifestaciones parciales, insuficientes y selectivas. Stanley Paine, conocedor de nuestra historia, dice que la memoria histórica ni es memoria ni es historia, sino un conjunto de versiones interesadas que, incluso, pudieran convertirse en mitos o leyendas. Porque la memoria es siempre individual, no histórica ni colectiva, en tanto que la historia no se puede basarse en memorias individuales, sino en la investigación intelectual de datos empíricos.
            Si acudimos a estudiosos de nuestro país, Paloma Aguilar comienza señalando que el concepto de memoria histórica atañe al recuerdo de un acontecimiento cuya relevancia excede la que pueda tener para un individuo particular; y matiza que, cuando en España se utiliza la expresión, se liga siempre a la Guerra Civil y al franquismo, con claros tintes reivindicativos. Y enfatiza en el hecho de que, aunque sectores de la izquierda pongan el acento en la necesidad de reconocimiento del padecimiento de una parte de las víctimas, el aprendizaje más ampliamente compartido por la sociedad española sobre el pasado a lo largo del proceso de cambio político se resume en que todos, de alguna manera, cometieron barbaridades durante la guerra y nunca más debería repetirse tragedia semejante.

 
Viñeta de Forges
           Vemos, pues, trato de resumirle a Zalabardo, que el concepto memoria histórica pudiera encerrar una trampa si lo enfocamos mal: conducirnos más hacia el debate sobre la idoneidad del sintagma, a la discusión de si es válido unir el nombre memoria con el adjetivo histórica, que hacia el verdadero objetivo de la ley: lograr una auténtica reconciliación nacional sin hacer distinción entre las víctimas, aunque, eso es de justicia, reconociendo que una gran parte de estas han padecido un mayor olvido y están necesitadas de una más rápida y plena reivindicación de sus derechos. La trampa, repito, estaría en que no haya debate sobre la inalterable sustancia de los hechos, sino sobre las palabras que empleamos, una lucha entre un nombre y un adjetivo. Por eso pienso que sería interesante conocer bien la historia, toda la historia, para que no nos veamos abocados, como señala la sentencia, a repetirla; tal conocimiento posibilitaría que las memorias individuales y colectivas, fluyesen por sus cauces pertinentes, con el respeto de todos.


sábado, febrero 16, 2019

¿USTED SABE CON QUIÉN ESTÁ HABLANDO?


            Zalabardo, nunca con mala intención, me plantea de vez en cuando celadas lingüísticas y hoy me pregunta si me parece correcta la generalización del tuteo o creo que es una pérdida de los buenos modales. No creo que sea Zalabardo la única persona que se hace la misma reflexión. Tal vez piense en aquellos tiempos de nuestra infancia en que era frecuente en muchas familias que los hijos tratasen de usted a sus padres. Más tarde, ya en la Universidad, recuerdo que ese trato respetuoso era recíproco entre profesores y alumnos; en cambio, cuando accedí a mi función de profesor, allá por 1970, el tuteo empezaba a extenderse entre profesores y alumnos, aunque de modo restringido. Por mi parte, jamás me opuse, siempre que en nuestra relación no se olvidara cuál era mi papel y cuál el de ellos. Confianza y respeto, es mi opinión, no tienen por qué confundirse.
            La pregunta de Zalabardo me exige necesariamente analizar la evolución de los pronombres como formas de tratamiento, análisis que ayudará a comprender cómo la lengua evoluciona con el paso de los siglos y cómo, si dicha evolución se produce de manera natural, no tiene por qué afectar a su más genuina función: la de facilitar el entendimiento entre los individuos que la hablan.
            Juan Alcina y José Manuel Blecua, en su Gramática española, que tiene ya casi cincuenta años de vida, hacen una exposición muy clara de la evolución histórica de dichas formas de tratamiento. Intentaré resumirla. En latín, tu, segunda persona del singular, señalaba a un individuo, y vos, segunda del plural, señalaba a varios. Es decir, no existía nada parecido a nuestro usted. No obstante, en los años del Imperio se documentan casos de vos para una sola persona como signo de respeto. Este uso fue heredado por el español medieval. La cosa no quedó ahí, pues, a partir del siglo XI, vos se extiende en el habla popular como forma de tratamiento entre iguales a los que une mucha confianza, lo que genera que vos empiece a confundirse con , aunque el primero expresa siempre un mayor grado de confianza, en tanto que el segundo se utiliza más para dirigirse a inferiores. Tal confusión hace necesario encontrar una nueva forma de expresar el respeto. Así nace, en el periodo clásico, vuestra merced, que, en un proceso más o menos dilatado (vuesa merced, vuesarced, vuerced, vuested…) acaba en la actual forma usted. Nacido ustedvos, sin esa compañía de merced, se considera ofensivo por parte de quien cree merecer respeto.

Ese fue el camino que condujo al sistema formado por y vosotros/usted. Pero los hablantes, que son los dueños de la lengua, reaccionan de diferente manera en distintos lugares y nos encontramos con soluciones diversas. Por ejemplo, que usted, segunda persona de respeto, se use con verbo en tercera persona (tú sabes/usted sabe, vosotros sabéis/ustedes saben); que en amplias zonas de América, especialmente Argentina, Uruguay, Paraguay y parte de América Central, se opte por mantener vos, en lugar de , como forma familiar de tratamiento (el llamado voseo), pero unida a verbo en segunda persona plural, que sufre a su vez una modificación (no se dice tú sabes, sino vos sabés, donde sabés es contracción de sabéis); o que en Andalucía se produzca una gran alteración del sistema, puesto que el lugar de vosotros es ocupado por ustedes, que pasa a ser la forma de confianza, con verbo en segunda persona (ustedes sabéis).
            Pero Zalabardo no gusta de quedarse solo en la teoría y lo que desea es mi opinión sobre la generalización del tuteo. Por eso me veo obligado a aportarle otros datos, de naturaleza menos erudita y, quizá, más práctica. La Nueva Gramática de la Lengua Española, de 2009, sin desatender a esta evolución histórica de las formas de tratamiento, pone más atención a los cambios producidos, no en las formas, sí en el uso, a partir del siglo XX. Lo primero que dice es que, aunque la distinción tradicional entre trato de familiaridad y trato de respeto sigue siendo válida en lo fundamental, no se aplica de manera estricta y apunta que tal vez sea más procedente, de acuerdo con la evolución social de los últimos tiempos, hablar de trato de confianza en lugar de respeto; esto supondría que, según circunstancias, la confianza entre interlocutores pueda inclinar al empleo de sin menoscabo del respeto que nos merezca la otra persona.

     Partiendo de esta base, la gramática académica señala además que, junto a la relación familiaridad/respeto, hay que considerar otras formas de tratamiento. Por ejemplo, un trato simétrico o recíproco, por el que se da y recibe el mismo tratamiento entre los interlocutores. En el trato recíproco es posible alternar la familiaridad con el respeto según el momento y situación; dos parlamentarios emplearán su señoría (equivalente a usted) dentro del hemiciclo, aunque, fuera, la confianza les permita tutearse.
            El trato asimétrico supone, por contra, usar la forma de respeto usted frente a alguien de quien se recibe la forma de confianza . Esto no tiene que suponer ni actitud ofensiva por parte de quien emplea usted, ni de sumisión por parte de quien usa . Todo depende de las convenciones culturales y sociales. La edad y la jerarquía son factores que influyen en ello. A un anciano se lo tratará de usted, aunque él responda con un al joven. Lo dicho no impide que el trato asimétrico pueda ser considerado a veces censurable.
      Y está el trato variable o circunstancial, que depende de muy variadas situaciones comunicativas. Un cura, desde el púlpito, el espectador de un partido de fútbol, un conductor, tutearán a sus feligreses, al árbitro o a otro conductor de quien piensa que ha realizado una maniobra incorrecta; pese a ello, en un ambiente diferente, utilizarían la forma de respeto usted frente a las mismas personas. Pensemos, incluso, que la frase-amenaza ¡Usted no sabe con quién está hablando! no tiene matiz de respeto, sino todo lo contrario. El trato variable no depende en modo alguno del conocimiento o confianza entre hablantes, sino de convenciones que impone en ese momento la situación.
            ¿Entonces, me dice Zalabardo, no hay norma a la que atenerse? Claro que la hay. Y la NGLE también trata eso. Se parte del hecho constatado de que en el español contemporáneo, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, se ha ido imponiendo el trato de confianza entre profesionales o trabajadores de una misma empresa, entre colegas, entre amigos, entre jóvenes..., con independencia de que se conozcan o no. Un caso notable es el de la publicidad, que emplea el tuteo precisamente porque se considera que crea un ambiente de mayor proximidad entre anunciante y receptor.
            No obstante, la gramática académica deja bien claro lo siguiente: se puede considerar inadecuado e incluso ofensivo el dirigido a un anciano, el que prodigan los sanitarios a los pacientes de edad (al amparo de un injustificado paternalismo), el que usa un alumno frente a su profesor, o un vendedor frente a un cliente a quien no conoce, el que algunos dispensan a un camarero adulto o al dependiente que los atiende… si el interpelado no ha dado su beneplácito a ese trato de confianza. A esta norma, le indico a Zalabardo, es a la que siempre he procurado atenerme.

sábado, febrero 09, 2019

DE PIJAMAS, ELEFANTES Y OTRAS ANFIBOLOGÍAS



            En una película de los hermanos Marx, El conflicto de los Marx (1930), Groucho suelta uno de sus delirantes discursos, este sobre la caza, en el que llega a decir la siguiente frase, que sí es suya y no como tantas otras apócrifas que circulan por ahí: Una mañana fresquita maté a un elefante en pijama. Cómo consiguió meterse en el pijama es lo que no sé. El carácter humorístico de la frase nace, nadie lo duda, del hecho de haber alterado el orden de las palabras de la frase: un complemento, en pijama, referido al sujeto de la oración, se ha colocado inmediatamente detrás del complemento directo, elefante, con lo que se da pie a una ambigüedad interpretativa.
            Le digo a Zalabardo que no recuerdo ahora (pienso en un trabajo que realicé en mis años de universitario y no tengo en mi poder el libro de referencia) si fue Helmuth Plessner o Henri Bergson, los dos escribieron ensayos acerca del tema, quien afirmaba que lo que hace que estas frases generen risa y se conviertan en chiste es una voluntaria incongruencia en el mensaje, la ambigüedad surgida cuando en la fluencia de un mensaje lógico aparece de pronto un elemento inesperado que, primero, desconcierta al oyente y, luego, lo hace reír. Es lo que sucede en el chiste que cuenta cómo, al decir un individuo a otro: Te vendo un perro, el segundo responde: ¿Y para qué quiero un perro vendado? O en el contenido del cartel situado a la entrada de unos locales de un ayuntamiento (cartel que, dicho sea, no creo que existiera nunca): Se prohíbe la entrada de animales, excepto el borrico del alcalde.

            Me pregunta Zalabardo si hoy va el apunte de chistes y le digo que, aunque el contenido mueva a risa, no es esa mi intención. Lo que quiero hoy tratar es la existencia de frecuentes errores de redacción en la prensa, sobre todo a la hora de titular las informaciones. Hace unos días leía lo siguiente: Un tribunal reconoce la invalidez permanente a una mujer violada hace 22 años por secuelas psicológicas. Lógicamente, las secuelas psicológicas son consecuencia de la violación y no su causa, como parece desprenderse de la incorrecta redacción.
            En El libro del español correcto, del Instituto Cervantes (2012), se dice bien claro que a pesar de que el español es una lengua que permite una relativa libertad en la colocación de los elementos en función de los intereses del hablante, el orden en que pueden aparecer las palabras dentro de un enunciado está supeditado a ciertas restricciones. Por ejemplo, lo apropiado es que, en las oraciones interrogativas, el sujeto se coloque detrás del verbo o al principio de la frase, fuera del signo de interrogación y separado por una coma (¿Qué desea usted? o Usted, ¿qué desea?), o que no se intercalen adverbios ni otros complementos entre las formas compuestas de los verbos (así, diremos Había dicho varias veces que se iba, pero no Había varias veces dicho que se iba). Una de las restricciones que nuestra lengua impone es que el mensaje no presente ambigüedad. En lengua, la ambigüedad, llamada también anfibología, se produce cuando un enunciado o una oración pueden interpretarse en dos sentidos diferentes. La anfibología puede ser un recurso válido en literatura (el hipérbaton es un ejemplo de ello) y en el humor, como en los casos citados de Groucho y el elefante o en el chiste de la venta del perro. Pero en el habla usual conviene desterrarla porque da lugar a equívocos.

           La anfibología puede tener un origen léxico si utilizamos una palabra que tiene varios significados; si decimos ¿Has visto el banco nuevo?, convendría que el contexto o la situación ayudasen a saber si se habla de un mueble o una entidad bancaria. O puede tener un origen gramatical, que suele ser lo más frecuente, si nos encontramos con un modo de colocar los elementos que constituyen la frase, como en Piscinas de plástico para niños con tapón de seguridad (¿quién tiene un tapón de seguridad?).
            Se pueden enumerar posibles causas de la ambigüedad o anfibología al redactar: la mala ordenación de los complementos (en el anuncio Pantalones para caballeros de tergal, ¿quiénes son de tergal?); falta de cohesión de los elementos de la oración (si digo María fue al cine con Lucía y su marido, ¿de quién es el marido que se cita?); empleo inadecuado de nombres que se derivan de verbos (en Me encantó la elección de Juan, ¿me encantó que eligieran a Juan o lo que Juan eligió?); puntuación deficiente o indebida (Si necesita más información, pídanosla, por favor es un aviso que manifiesta actitud cortés; pero Si necesita más información, pídanosla por favor manifiesta todo lo contrario).

           Todas estas frases pueden ser motivo de risa, pero lo cierto es que son un índice de descuido y se consideran defectos de uso del lenguaje que, si bien se aceptan en el humor, se deben evitar en la comunicación normal. En 2013, Tomás Delclós, a la sazón Defensor del lector en el diario El País, publicó un artículo en que recogía las quejas de los lectores sobre los numerosos fallos de redacción en el periódico; y uno de los más comunes era el de la titulación. Así, lamenta que su periódico hubiese titulado en bastantes ocasiones con perlas como las siguientes: Ikea retira un anuncio sobre una pareja de lesbianas en Rusia (¿se retira un anuncio en Rusia o se retira un anuncio de lesbianas rusas?), Las mujeres españolas cobran bastante menos que los hombres por el sexo (¿leeremos un artículo que habla de prostitución o de desigualdad salarial?) o Un hospital de Málaga entrega un recién nacido equivocado a una madre (¿afectaba el equívoco al nacimiento o a la entrega?).
            No niego que todos los ejemplos que he puesto provocan risa, pero ya el ensayo de Plessner, (o de Bergson, pues digo más arriba que no recuerdo bien quién de ellos fue), dejaba dicho que no toda anfibología es necesariamente humorística.