lunes, marzo 12, 2012


VINTAGE

    Toda la vida de Dios los filósofos han venido discutiendo si nuestro acontecer, la conciencia que tenemos de que el tiempo pasa, se desarrolla de acuerdo con un proceso lineal, rectilíneo, según el cual todo ha tenido un comienzo, ¿desde la nada?, y tendrá un final, ¿disolución en la nada?, o, en cambio, dicho proceso es circular, por lo que no hay sino ciclos que, cada cierto tiempo, concluyen retornando al punto de partida y vuelta a empezar. Vamos, como una pescadilla que se muerde la cola.
    En ese panorama se han movido todas las tesis que giran en torno a la idea del eterno retorno, con las variantes que queramos, o las que van a la zaga de aquella otra tesis que se resumía en el enunciado griego del panta rei (todo fluye). Y así, quienes no tenemos más entendederas que para cosas bien cercanas (si el sueldo me alcanzará para llegar a fin de mes y otras menudencias por estilo) nos devanamos los sesos tratando de saber por qué este río en que me baño hoy no es el mismo en que me bañé ayer o si el mal rato que me supuso ver cómo mi equipo preferido perdió su último partido me lo volveré a llevar en un próximo ciclo. A todo este batiburrillo se suma ahora el calendario maya que, según los entendidos, predice para el próximo 22 de diciembre el final del tiempo, la detención de todo movimiento para, de inmediato, recomenzar con más fuerza.
    Zalabardo me interrumpe para decirme, primero, que eso de utilizar la expresión toda la vida de Dios es hablar de mucho tiempo y puede dar pie a una tercera vía, la que supone que, si partimos de la aceptación de la eternidad de Dios, el tiempo no ha podido tener comienzo. Y la otra observación que me hace es que, si los mayas predicen el fin de los tiempos para el 22 de diciembre, mejor será que recemos para que nos toque la lotería el día 21 y podamos empezar el nuevo ciclo en mejores condiciones, por lo que pudiera suceder.
    Le respondo que a esto último me apunto sin más, pero que lo primero, aparte de ser una expresión que mi madre utilizaba con frecuencia, lo hago porque me parece feo aludir a una época muy remota diciendo de cuando Franco hacía la mili por resultar demasiado reciente para mi propósito, o porque hablar de la época de Maricastaña me suena a sumamente localista. Llegamos a una solución de consenso y quedamos en que esa antigüedad a la que deseo aludir podríamos datarla en cuando hablaban los animales, que, al parecer, también fue un periodo bastante remoto.
    En suma, lo que le quiero decir, aclaro a Zalabardo, es que tengo la impresión de que a los hombres nos mueve una cierta tendencia a volver atrás, a mirar hacia el pasado como si en él se nos fuera a conceder la oportunidad de conseguir lo que en el presente no logramos. Esta manía por recuperar tiempos pretéritos es muy acusada en el mundo de la moda, aunque no solo en él.
    Fundéu (Fundación del Español Urgente), muchas veces me he referido a ella, envía diariamente a cualquier persona que se registre a ese servicio una recomendación del día sobre usos de nuestra lengua, preferentemente léxicos. En febrero distribuyó una relación de doce términos del mundo de la moda que deben ser evitados. En esa misma notificación, recogía otros extranjerismos que, por haberse generalizado en su uso, podían ser aceptados. Uno de ellos era vintage, objeto del comentario de hoy. Lo definía, repito textualmente, como ‘ropa de [o inspirada en] hace más de veinte años’. Comento a Zalabardo que no pretendo corregir la plana a nadie, pero que creo que tal definición no es del todo adecuada porque podría inducir a algunos, si no se explica, a relacionar el término con el francés vingt ‘veinte’ y âge, ‘edad’, sin que ello sea así.
    Lo cierto es que el término vintage pertenece al léxico propio de la enología, que, como sabemos, es la ciencia de la elaboración de los vinos. Vintage, según podemos descubrir en Wikipedia, al menos ahí es donde lo descubro yo, es un vocablo anglonormando procedente del francés antiguo vendage, que a su vez se deriva del latín vindemia (español, vendimia) y que se utilizaba en enología para referirse a vinos de las mejores cosechas. De hecho, localizo una página de Montserrat Piñeiro Guerrero sobre léxico enológico que dice que vintage es un término inglés que se utiliza en Portugal para dar nombre a un determinado vino de Oporto que, tras pasar uno o dos años en barricas de madera, tiene un largo periodo de envejecimiento en botella, que puede ser superior incluso a treinta años.
    Pero el término ha ampliado su radio de significación y de designar vinos de una calidad conseguida gracias a su vejez ha pasado a designar cualquier objeto, producto o accesorio de calidad que presenta una determinada edad por la que, precisamente, se le concede un valor especial. En otras ocasiones, ya decía que el fenómeno no es solo de hoy, a lo que en la actualidad llamamos vintage se le llamaba retro, clásico, neo, de época… Ahora, lo vintage apunta, especialmente, hacia aquella moda de diseño posterior a 1900. Por eso, y no por otra cosa, me refería a lo “inadecuado” de la definición de Fundéu.
    ¿Es preciso armar tanto lío para hablar de lo que, al parecer, no es sino viejo?, me suelta Zalabardo. Y yo, procurando un tono conciliador, digo a mi buen amigo: ahí estás muy equivocado; para que nos entendamos, tú y yo no somos vintage, porque esto requiere un maridaje entre calidad y antigüedad. En cambio, nosotros, que poseemos la antigüedad, pero carecemos de la calidad; sí somos, simplemente, viejos, cosa que, a decir verdad, tiene poco de fashion, por emplear uno de los términos desaconsejados por la página de recomendación de Fundéu.

No hay comentarios: